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Apenas podía mover su cuerpo, apretaba los ojos con fuerza porque al intentar abrirlos eran lastimados por el resplandor del sol más cegador de aquellas tardes de verano. Era extraño, sentía cansancio, pero al mismo tiempo se consideraba capaz de levantarse y caminar a su alrededor para investigar en dónde se encontraba. Algo más se lo impedía, la pesadez no venía sólo de un poco de agotamiento.
También apreciaba la ligera sensación de una mano en su frente, luego acariciaba su mejilla y parecía ser lo suficientemente grande para cubrir su rostro entero, desde el mentón hasta el nacimiento de su cabello. Ah, su cabello, siempre era peinado y apartado de sus ojos, a pesar de no recordar en qué momento había crecido tanto como para necesitar de ese gesto. Era extrañamente reconfortante, al igual que su compañía.
Nunca fue muy bueno para bailar, pero ahora era capaz de seguirle el ritmo de maravilla a esta persona. Quizá las horas y horas de giros, deslizarse de un lado a otro, las manos que nunca abandonaron su cintura, son las razones para que pudiera desenvolverse de esa manera. En ocasiones se preguntaba si así se sentía volar, lo comparaba con la fluidez de sus vestidos y los movimientos que pocas veces conseguía detener.
Se enfrentó a un desconcierto al hablar y no reconocer su voz. Veía la figura de alguien que le daba la espalda y sus hombros sacudirse con las vibraciones de su risa, quiso preguntar cuánto tiempo había pasado y ese alguien solo rio, más adelante respondiendo que no pensara mucho en eso, que estaba a salvo aquí. ¿Qué lugar es aquí? Todo le era confuso, pero de alguna forma familiar, su cabeza dolía al esforzarse en recordar.
Advertencias, hubo advertencias por parte de la gente, suponía que de sus más cercanos. Caminaba por el jardín en las afueras de su hogar, buscaba calmarse, liberar tensión, respirar otro aire. La menor de sus preocupaciones era si pisaba o no una flor en el camino, o un círculo de hongos para ser más específicos, en instantes eran de colores brillantes y siempre se confiaba de poder verlos y no entrar accidentalmente en uno de ellos.
Debía haber una nueva posibilidad, otra manera de hacer que ese individuo no se acercara más, que le explicara qué estaba sucediendo y por qué no lo dejaba salir de ahí. Qué era exactamente lo que lo retenía en ese pequeño sitio lleno de naturaleza. Una pesadilla, un sueño exageradamente lúcido, así se convencía. No lloraba, no gritaba, sin embargo, el temblor en sus manos evidenciaba algo más.
—Pensé que serías más listo, Chanhee. Bienvenido a mi infierno.
