Work Text:
〖Brillo con una luz falsa que yo mismo he creado: es séptica, fea y no es un buen amarillo. Y quiero decir, tal vez es mejor si mi enemigo gana.〗
✠ Self Portrait Against Red Walpaper, Richard Siken.
Hokuto observó a Teppei irse, pensando por un lado que quizás no fuera tan buena idea darle el alta tan rápido. Por el otro, no mentía al decir que no quería llevarle la contraria al Imperio de las Máquinas. Le era fiel. Al fin y al cabo, le dio una oportunidad cuando todo su pueblo fue asesinado por esa bomba.
(Y entendía la urgencia de Teppei de ir a buscar a su hermano mayor. Más si había esperanzas de que siguiera con vida.)
—Max, ¿le colocaste a X el rastreador que te pedí? —preguntó a su B’T una vez dentro de su coraza.
«Sí, señor Hokuto.» Respondió la voz mecánica de su B’T.
—¿Y qué hay de sus signos vitales?
«X parece haber aceptado el corazón de oro adecuadamente, calculo que la sangre de Teppei fue adecuada para él.» Hubo una pausa, como si esperara a que Hokuto diera más órdenes. Cuando el doctor no dijo nada, la B’T habló de nuevo. «¿Señor? Hay un objeto volador no identificado, cuya trayectoria dicta que podría dirigirse a Eliah.»
Hokuto arqueó una ceja. No recordaba ninguna estrella fugaz pronosticada para este año. Mucho menos meteoritos.
—¿A cuánta distancia está de nosotros?
«Si mis cálculos son correctos, podría aterrizar a veinticuatro punto trescientos diecisiete kilómetros de nosotros. ¿Quiere que me acerque?»
—Por favor, Max. No querría que ningún agente externo le hiciera daño al Imperio.
En los minutos que le tomó a Max llegar al supuesto punto de aterrizaje, Hokuto estuvo estudiando las notas que había tomado de con Teppei. No era ingenuo, sabía que había cosas dentro del Imperio que necesitaban resolverse, o sino terminarían con la Tierra. Sin embargo, también se cuestionaba el mensaje de Fao, de ayudar a Teppei si es que llegaba a encontrárselo. ¿Qué es lo que hacía tan especial a ese niño que hasta su viejo compañero de armas le tenía fe?
«Llegamos al punto de aterrizaje, señor Hokuto. Parece ser un humano, y está cubierto de una especie de armadura.»
Esto alarmó al médico maestro. ¿Un humano? ¿Aterrizando como asteroiode? ¿Cómo habrá sobrevivido una caída así?
Se recompuso casi de inmediato. Tosió un poco, y asintió con la cabeza. —Abre la escotilla, Max. Bajaré a ayudarlo.
Se puso su traje de combate, en caso de que todavía estuviera consciente y fuere a atacar. Si seguía consciente, dudaba que estuviera dispuesto a recibir ayuda de un desconocido. Al llegar al sitio donde había aterrizado, notó un brillo envolviendo al hombre, como de una estrella.
Una vez que se hubo disipado, estudió mejor el cuerpo. Era un hombre en sus veintes, de eso no cabía duda. Su tono de piel y cabello rubio le hacía creer que era europeo. Su complexión era la de un guerrero, y si lo que Max dijo era cierto, la armadura (¿desapareció? ¿Cómo desapareció?) que traía puesta debió haberlo protegido de lo peor del impacto.
A su lado yacía una caja dorada, con un escorpión tallado en una cara, un sol en la parte superior y estrellas dentro de hexágonos en las otras caras. Finalmente, en el lado contrario de donde estaba tallado el escorpión había correas de cuero lo suficientemente largas para que las pasara por los hombros, como una suerte de mochila.
—Una armadura con inteligencia para armarse y desarmarse, fascinante —se pasó las correas de la caja por los hombros (en la que debiera estar la armadura, si sus sospechas eran correctas), se pasó un brazo del hombre inconsciente por el cuello y caminó de vuelta al interior de su B´T.
Una vez que lo conectó a los tubos que lo alimentaban intravenosa y le pidió a Max que le avisara si cambiaban en lo más mínimo, se giró a la extraña caja dorada y se puso a analizarla.
Parecía estar hecha de materiales además del oro, probablemente oricalco. La energía que desprendía, a pesar de no ser una criatura consciente como lo son los B´T, no era tampoco la de una armadura que no tenía vida. Podía hasta verla, vibrando a su alrededor, y sabía que si hacía hasta el más mínimo intento de abrirla, se arrepentiría.
Se giró para ver a su nuevo paciente, mil y una preguntas formándose en su mente.
—¿Quién eres? —dijo en voz alta, aun sabiendo que no podría responderle.
Tenía quemaduras por todo el cuerpo, moratones y laceraciones, y aunque sus signos vitales eran los de una persona comatosa, su actividad cerebral seguía intacta. Es como si estuviera meramente durmiendo. Y si había estado entrenando, ¿dónde fue? ¿Habrá más sitios como del que salió Teppei, donde jóvenes crecen fuera del manto del Imperio de las Máquinas, ahí afuera?
Esa teoría era casi imposible. Hokuto, como uno de los Espíritus Guardianes, tenía conocimiento que los soldados normales no tenían. No sólo eso, había recorrido infinidad de locaciones con ayuda de Max, y había visitado muchos otros sitios apenas salió de la Academia.
La paz mundial que tanto anhelaba el Imperio de las Máquinas ya casi se había obtenido. Muy pocos sitios que se resistieran al imperio existían hoy en día, y ninguno tenía este tipo de tecnología. Mucho menos tenían gente con rasgos como los de este hombre.
«Señor Hokuto, su frecuencia cardiaca se ha acelerado. Actualmente, su corazón palpita a cuarenta y siete latidos por minuto. Aunque su respiración no ha cambiado, puede que se esté despertando.»
—Reduce el ritmo del fluido intravenoso a 40 gotas por minuto entonces, Max —se alejó momentáneamente de la caja que protegía la armadura, y se paró al lado de la cama donde reposaba su paciente no identificado. Notó cómo sus párpados se entreabrían y se cerraban, aparentemente luchaba por abrir los ojos. Esto en sí le pareció una hazaña médica, considerando que hace unos minutos su cuerpo estaba en coma.
Se aclaró la garganta, y presionó dos dedos en la muñeca del otro para checar qué tan notorio era el cambio en su ritmo cardíaco.
—Te recomendaría no despertarte ahora, —sabiendo que podía escuchar su voz, decidió advertirle—. Tu cuerpo necesita reposo. Y no me gustaría que murieras cuando recién te encontré.
Hubo otro intento más por despertar. Esta vez, el desconocido intentó mover las manos y pies. Aparentemente, la voz desconocida de Hokuto le hacía ponerse a la defensiva.
—Estás a salvo —añadió—, dentro del B´T más seguro. Así que haz lo que te digo.
Antes de desmayarse nuevamente, el paciente abrió los ojos, y estos lo observaron atentamente por dos segundos. Hokuto los observó de igual forma.
Jamás se imaginó que se encontraría con unos ojos igual de azules, casi grises, como los que ese hombre poseía.
—Mi nombre es Milo.
Pasaron horas antes de que el otro pudiera despertar completamente. Hokuto comenzó a aplicar una pomada a sus quemaduras, entregándole un vaso de agua para que pudiera quitar la resequedad en su garganta.
—Encantado, Milo. Soy Hokuto, el médico maestro, y uno de los Espíritus Generales. ¿Recuerdas qué fue lo que te pasó?
Milo lo observó con aprehensa y duda. Hokuto siguió aplicando pomada, tomando notas mentales de lo poco que parecía saber al respecto. Si no ubicaba su título, ni su nombre, entonces pertenecía a uno de los lugares que se oponían al Imperio. Por otro lado, sentía que eso no era toda la verdad.
—No realmente —admitió. Inmediatamente, comenzó a toser. Hokuto le hizo círculos en la espalda, esperando a que el ataque cesara para continuar hablando.
—Tienes quemaduras de tercer grado en hombros y tobillos, quemaduras de segundo grado en pecho y brazos, y quemaduras de primer grado en el resto del cuerpo. También había laceraciones leves a lo largo de tu sistema, y aunque tu corazón parece ser el de un corredor, late peligrosamente lento —Hokuto se detuvo, luego observó a su paciente, cuya mirada estaba desenfocada (probablemente por los anestésicos que le proporcionó)—. ¿Has caído en agua helada o estado en una condición en la que no puedas producir calor corporal?
Milo pareció tomar unos minutos para responder la pregunta, y después asintió. —Recuerdo… una tundra helada.
Hokuto arqueó una ceja. —Eso explicaría la insuficiencia cardiopulmonar, pero no los trozos chamuscados de epidermis que hay presentes en tus hombros —si algo hacía toda la situación más extraña. ¿Podría ser posible que estuviera sumergido en hielo antes de que lo lanzaran volando como un meteorito? Sonaba descabellado, pero no era del todo imposible.
Milo se quedó callado. Hokuto buscó el respirador con el que le estuvo administrando oxígeno mientras dormía, y se lo colocó de nuevo en la cara.
—¿Recuerdas qué ocurrió después de la tundra? —Milo negó con la cabeza casi de inmediato. Hokuto alzó las manos en un tono tranquilizador—. Descuida, es normal tener pérdida de memoria por la hipotermia.
Su paciente no lucía contento con eso, pero asintió con la cabeza e intentó sentarse.
—Mentí.
Hokuto dejó de actualizar su traje de batalla, y se quedó viendo a donde estaba Milo, acariciando una parte de la caja que trajo consigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre no recordar —aspiró hondo, y Hokuto no sabía si es porque estuviera nervioso, o si era porque le costaba respirar todavía, y lo que estaba a punto de decirle fuera largo—. Recuerdo desde el momento en el que me enterraron en el hielo hasta el momento en el que estallé en llamas, pero mi área de trabajo no me permite discutir con civiles qué ocurre dentro y fuera.
Hokuto respingó. —Es peligroso omitir información a tu doctor, podría llevarme a un diagnóstico erróneo y no quieres ver lo que ocurre cuando se suministra el tratamiento equivocado a alguien que necesita claramente algo más —giró su asiento para ver directamente a Milo, quien no se notaba arrepentido de haberle ocultado información—. Afortunadamente para ti, nada de lo que omitiste parece ser muy vital.
Milo hizo un sonido ahogado, pero tampoco comentó.
—Mira, si eres parte de alguna de esas resistencias que evitan que el Imperio de las Máquinas traiga la paz total —movió las manos en el aire, como probado su punto. Luego, negó con la cabeza—, no me importa en lo absoluto. Yo lo único que tengo que hacer es asegurarme de que te recuperes, y una vez que pueda soltarte, irás a hacer lo que tú quieras.
—¿Imperio de las máquinas? —dijo con un tono de sorpresa. Hokuto rodó los ojos.
—¿No eres un rebelde? ¿No es por eso que vistes una armadura con características similares a las de los B’T? —Hokuto se sentía claramente escéptico de la falta de conocimiento de Milo. Especialmente ahora que el otro había admitido haberle mentido.
Milo negó con la cabeza. —No sé qué es este imperio del que me hablas —a pesar de ello, tampoco podía descartar que realmente no hubiera estado al tanto del imperio durante toda su vida. Era muy raro, considerando que estuvo a punto de aterrizar en Eliah, pero supuso que su teoría de que viviera en un sitio donde todavía no se había implementado la política del Imperio, no era del todo errónea.
—¿De dónde vienes? —en cualquier caso, esta pregunta sí podría contestarla, ¿no? No tendría razones para mentirle, y ubicar si venía algún sitio donde hubiera resistencias era el primer paso para descifrar el enigma que era Milo.
El otro lucía confundido por la pregunta, pero respondió a fin de cuentas. —Athenas. En un pueblo que vive a las orillas de unas ruinas del Templo de Poseidón —pareciera ensayado la forma en la que lo dijo, pero no necesariamente una mentira. Sino una media verdad. El tipo de cosas que ensayan cuando no quieren incluir a gente en un secreto.
Hokuto se sentía confundido por esto. Grecia no existía desde el 2025, y los pueblos cercanos a donde estaban los templos de los dioses griegos fueron de los primeros en aliarse con el Imperio. Dijo sus pensamientos al otro, añadiendo: —A menos que hayas vivido en una burbuja todo este tiempo, no sé qué decirte.
Milo, por su parte, lucía como si le hubiera destruído el mundo.
—¿En qué año dices que estamos? —Hokuto observó con cuidado su reacción. ¿Qué tenía que ver el tiempo en todo esto?
—2035, ¿por qué preguntas?
Si Milo no estuviera ya recostado en la cama, Hokuto pudiera jurar que se desplomaría después de haber escuchado esas palabras. En el momento en el que iba a preguntar cuál era el problema con el año, Milo volvió a hablar, y en esta ocasión, su voz tenía una cualidad tétrica que jamás hubiera creído posible venir de un humano que no ha cruzado el Bosque de las Memorias. Su rostro había empalidecido y sus manos, las cuales habían estado estáticas en ambos lados de su cama, temblaban.
—Porque de donde yo vengo, es 1990.
Fueron varias horas de discusión. Al inicio era convencer a Milo de que no, no estaba soñando, sí era el año 2035 y de alguna forma había viajado en el tiempo.
—¿Qué es lo que hacías para terminar aquí? ¿Un trabajo secreto para el gobierno de Grecia? —en el hipotético caso de que haya trabajado para el gobierno de Grecia, en cualquier caso. Milo, quien parecía debatirse entre decirle de dónde venía y qué es lo que hacía o no hacerlo, suspiró.
—¿Conoces los mitos griegos? Sobre los semidioses, los dioses, y los titanes?
Hokuto arqueó una ceja. Vino de la nada, y lo tomó desprevenido.
—Conozco lo más básico. Mi hermano es al que le gustaba la mitología —y los que recordaba, los recordaba sólo de las ocasiones en las que su hermano le leía.
Milo asintió. —Los mitos de los semidioses narraban de personas con habilidades superhumanas, capaces de partir a la Tierra en dos con sólo el poder de sus puños, —se miró las manos, y por primera vez notó Hokuto que el índice de su mano derecha parecía brillar de un color rojo—. No todos eran semidioses, pero sí tenían esto en común. Personas que ayudaron a mover la balanza en batallas vitales en la historia: la invasión de Cartago a Roma, la conquista de Galia, la batalla de Cannas, Waterloo, Trafalgar… era un grupo de personas que peleaban bajo el nombre de Athena y ayudaban cuando más lo necesitaban.
El lado escéptico de Hokuto le rogaba porque dijera que lo que Milo acababa de explicarle no era teóricamente posible. Era posible para personas comunes hacer hazañas extraordinarias, ¿pero personas sobrehumanas, que luchaban en las sombras bajo el nombre de Athena? Dale un poco de crédito por favor.
Sin embargo, también estaban los B’T. Aunque era posible crearlos y repararlos, no eran autómatas. No eran robots, y no eran mascotas. Eran criaturas vivientes, y no se podían explicar solo con lógica.
—Di que te creo por un minuto —lo observó a los ojos, fascinado nuevamente por el bello color que poseían—, que eres parte de esta organización de superhombres que han luchado por Athena y que ayudan cuando más los necesita la humanidad. ¿Dónde estaban cuando las guerras mundiales se volvían cada vez más despiadadas? ¿Dónde estaban cuando todos los niños se volvieron huérfanos, o casualidades de guerra? — ¿Dónde estaban cuando exterminaron a todo mi pueblo? Quedó sin decir, pero eso no era importante.
Lógicamente, sabía que no tenía sentido recriminarle nada. Después de todo, él no pasó por eso. Pero en el hipotético caso de que esas personas existieran, no habían hecho nada para ayudar a que la justicia existiera.
Milo frunció el ceño. —Si te refieres al futuro, no tengo idea de lo que hablas —se puso una mano en la barbilla—. Probablemente… —negó con la cabeza—, ¿has visto mi armadura? La tenía puesta antes de… perder el conocimiento.
La ira de Hokuto desapareció tan rápido como mencionó la armadura. Eso había dicho Max también, ¿no? Que al aterrizar poseía una armadura.
—Lo único que traías puesto eran ropas chamuscadas —se alzó de su asiento y tomó la caja con la que lo había encontrado, la cargó y la dejó al lado de la cama del otro—, pero estaba esto.
Milo lucía sorprendido por la aparición de la caja. —¿La caja de pandora de mi armadura? No debería estar aquí…
Hokuto se encogió de hombros. —Teóricamente, y si en verdad vienes del pasado, tú tampoco. Estoy en lo correcto en asumir que una de las propiedades de esta… armadura tuya, es el oricalco, ¿no?
—Oricalco, oro, polvo de estrellas y… otro material que no me recuerdo, Mu sabría mejor de lo que hablas —asintió con la cabeza. El médico maestro, por su parte, estaba sorprendido. ¿Una armadura hecha de polvo de estrellas y oricalco?
—Mu era… ¿quien les confeccionaba estas las armaduras?
Milo negó con la cabeza. —No, estas armaduras existen desde la era del mito. Mu era… un compañero de armas, aparte de entrenar para nuestro… grupo, por decirle de alguna forma, él estudió durante muchos años cómo reparar armaduras. Era parte del legado que le heredó su maestro.
Hokuto asintió, aunque todavía seguía sin creérselo del todo. ¿Estas armaduras existían desde hace mucho tiempo? ¿Y no se habían destruído?
—¿Te molesta si la examino? —sólo había examinado la caja de la susodicha armadura, por temor a que se activase un mecanismo de defensa, pero si tenía el permiso de Milo, seguramente no habría mucho problema.
Milo lo observó extrañado. —Es peligroso que alguien sin cosmo la maneje, pero dudo que te vaya a atacar si no tienes intenciones de destruirla o hacerme daño.
Hokuto rodó los ojos, viendo cómo abría la tapa y sacaba un par de piezas para luego entregárselas al mayor.
—Por favor, soy tu médico —y un hombre de ciencia que sentía curiosidad por las propiedades de esta armadura, que más y más se parecía a los B’T.
—Entonces… ¿el Emperador de las Máquinas?
Hokuto dejó de untar el ungüento para verlo extrañado.
—¿Qué con él?
—Mencionaste que era la máxima autoridad del mundo. Y que ha unificado a todos los países, de forma que la mayoría están en paz.
Hokuto asintió con la cabeza. —A grandes razgos, pero también ha ayudado a hacer grandes avances médicos, y le ha dado lo que muchos no le darían a los huérfanos: una oportunidad de reconstruir sus vidas.
Milo hizo una mueca cuando llegó a la quemadura del hombro izquierdo, pero no hizo ningún sonido.
—¿Y alguien lo ha visto?
—¿Por qué deberíamos?
Milo sacudió las manos, en un intento de parecer desinteresado. —No sé, considerando que es la persona con más autoridad en todo el mundo, creo que la gente tiene derecho a ver a quién le besan los pies.
Hokuto hizo un gesto.
—No le “besamos los pies”, como tú dices. Y es un hombre de ciencia, se la pasa encerrado en su laboratorio personal —al menos eso es lo que asumía, pero no podía decirle eso a Milo, porque dudaría más del hombre al que le debía su vida—. Pero existen Nasha y Misha.
—¿Quiénes son esos? ¿Sus hijos?
—No, son su portavoz. Ellos conocen al Emperador de las Máquinas desde hace mucho tiempo, y son los que tienen su favor.
—¿Y cuál es ese?
Hokuto tomó una venda limpia del botiquín y comenzó a cubrir el hombro de Milo en un vendaje de libro. —Vida eterna.
Milo lucía alarmado por la conclusión de Hokuto, pero no comentó nada después de eso, y por muchas horas sólo se quedó sentado en su cama, acariciando la caja de su armadura (Caja de Pandora, si había escuchado correctamente), meditando.
Una vez que tenía suficiente fuerza para levantarse, Milo lucía indeciso.
—¿Tú crees que el Imperio de las Máquinas es perfecto?
Sus ojos azules lucían como los de un niño asustado. Hokuto se sintió confundido por lo aleatorio que había sido la pregunta.
—Creo que hay personas que en vez de pensar en el bien común que podría traer seguir las órdenes del Imperio de las Máquinas, usan su rango para su propio beneficio personal, y que deberían ser sacadas de puestos de poder —admitió. Esto pareció tranquilizar al otro en una forma mínima, pero no parecía ser la respuesta que quería escuchar.
—Hay algo que no me gusta en esto —dijo, pasándose una mano por su cabello rubio—. Ningún humano debería ser capaz de otorgarle a nadie más vida eterna, y si lo fuera, entonces sería obra de alguna deidad poseyéndolo.
—¿Era común entre tus rangos que alguno de los suyos fueran poseídos? —inquirió con un poco de escepticismo, y un tono juguetón, en un intento de aligerar el ambiente.
Milo reaccionó como si hubiera bebido jugo de un limón muy ácido. —Lastimosamente. Durante trece años, fuimos gobernados por un falso patriarca que engañó a toda la Orden de caballeros de Athena. En su mayoría, era alguien justo y benigno. Entrenó a los caballeros dorados desde niños, ayudaba a los aldeanos que vivían a las faldas de nuestro santuario; pero el momento en el que la diosa Athena intervino, reveló sus intenciones, y nos ordenó a varios de los caballeros que extermináramos a los que le eran fiel, diciéndonos que eran traidores y que querían asesinar a nuestra diosa, agraciados por una impostora —lo decía con desapego, como si en vez de narrar su propia historia, narrara un cuento que había leído érase una vez, hace varios años—. Sangre de inocentes estuvo en todas nuestras manos, las del falso patriarca incluídas. Tiempo después, cuando se suicidó en frente de varios de mis compañeros de armas y a los pies de nuestra diosa, nos enteramos que había sido manipulado todo este tiempo por un dios menor, Ker.
Hokuto dirigió su vista hacia el trozo de Rafaello que le pidió Karen que cuidara, y meditó en las palabras de Milo.
—¿Entonces sugieres que nuestro Emperador podría ser en realidad un dios?
—Un títere —corrigió Milo—. Entiendo si te incomoda esta conversación, pero… si mis sospechas son ciertas, entonces este Emperador necesita caer.
Lo más triste de todo, es que lo que decía Milo tenía sentido. Últimamente, las decisiones del Emperador eran erráticas, y según los informes que Aramis había hecho sobre Rafaello, es que era una criatura inestable, que lo devoraba todo a su paso. Todavía no recibía noticias de Ron, quien le mencionó que iría a ver por sí mismo lo que ocurría en Eliah.
—A pesar de mi título de Espíritu General, yo no disfruto de los combates —le dijo, masajeándose las sienes—, pero le soy fiel al Imperio de las Máquinas, por sobre todas las cosas. Y si lo que quieres hacer es destruirlo, me temo que no puedo ayudarte. Sin embargo…
Los ojos de Milo se iluminaron levemente con esperanza. —¿Sin embargo?
—Antes de que llegaras, asistí a un joven entrenador que busca destruir al Imperio tanto como tú —tomó un rastreador de entre las cosas que habían en su mesa de trabajo y se lo entregó en la mano a Milo—. Si sigues la ruta programada en este GPS, estoy seguro de que podrás seguirlo; su nombre es Teppei Takamiya. Él escuchará lo que tengas que decir, y apoyará tu causa.
Milo se notaba decepcionado todavía, eso era obvio. Pero no importa qué tan hermosos fueran sus ojos, o qué tan noble fuera su espíritu, Hokuto no estaba dispuesto a traicionar al Imperio por un hombre apuesto al que conoció hace apenas una semana.
—También reparé daños menores en tu armadura —mencionó. Esto pareció sorprender a Milo, quien le dijo que era imposible que le hiciera algo—. El procedimiento era similar al de reparar a un B’T herido, así que no fue muy difícil hacerlo.
Señaló a la caja de Pandora que ahora estaba cerrada. Milo se acercó y en el momento en el que la tocó, un halo dorado lo iluminó, como en una de esas películas de héroes que tanto le gustaban a Subaru.
Hokuto alzó la voz.
—Max, ¿cuál es la situación con X?
«Mis sensores me indican que está peleando con Meimu, señor Hokuto.» Hokuto asintió con la cabeza.
—Gracias, Max.
Milo se regresó a donde estaba Hokuto, e hizo un leve asentimiento con la cabeza.
—Te agradezco mucho todo lo que hiciste por mí.
—No es necesario que me lo agradezcas. Mi labor como médico maestro es curar a todos los seres humanos, viajeros en el tiempo o no.
El otro soltó una leve risa, y tomó de las correas a su Caja de Pandora. —Entonces, ¿esto es una despedida?
Hokuto asintió. —Me temo que sí. Pero si no mueres, y si lo que decías es verdad, de que el Imperio es una farsa, y tenemos un Emperador falso, entonces puede que nos veamos de nuevo.
Milo asintió, y se encaminó a la escotilla abierta de Max.
—Eso haré.
Con algo de suerte, Hokuto también viviría lo suficiente como para que se reencontraran, una vez que todo se hubiera resuelto.
