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Language:
Español
Stats:
Published:
2022-11-26
Words:
1,888
Chapters:
1/1
Kudos:
2
Hits:
13

fin de la primavera

Summary:

Era una primavera de 1932, podía sentir el viento cálido paseando a través de las hojas de los árboles, regalando susurros pacíficos mientras se sumergía escribiendo apuntes en su libreta debajo de uno.

El memorial de Midoriya con el amor de su vida y el término de cada estación ambientado en el Japón de los 40's.

Boku no Hero AU!No Quirk
Contiene OOC, esto significa que las personalidades cambian parcial o completamente.
Los personajes no me pertenecen, son obra de Kohei Horikoshi en el manga My Hero Academia.

Work Text:

Un nuevo imperio daba inicio tras la coronación del emperador hace unos siete años, para entonces, Midoriya era un alumno silencioso y cerrado, con facilidad pasaba desapercibido como le gustaba en sus días de secundaria.

Era una primavera de 1932, podía sentir el viento cálido paseando a través de las hojas de los árboles, regalándole susurros pacíficos mientras se sumergía escribiendo apuntes en su libreta debajo de uno.

Su vista salió de los garabatos y notas que traía entre las manos para darse cuenta de las personas que lo rodeaban a unos metros, todos en sus asuntos, pero hubo uno que se llevó su atención cuando lo vio acercándose, agitado, aunque a paso tranquilo. Su cabello rubio lo hizo destacar y el gakuran perfectamente puesto le sumó atractivo. Sin embargo, toda su apariencia le daba más a ser un vago que molestaba a otras personas.

Lo primero que pensó al verlo fue si su color era natural.

Se miraron un par de segundos, analizando físicamente al otro antes que cualquier cosa. Él, quien parecía ser más alto, tenía sus ojos rubí fijos en los suyos, como piedras brillantes clavándose en su persona, enfrentándolo sin una razón aparente. Fue bastante incómodo.

Al final, después de unos minutos tenso en el que parecía estar buscando a otra persona en los alrededores, pudo respirar al verlo alejarse e intentó retomar lo que estaba haciendo. Eso era lo que más recordaba cuando tenía quince años.

Porque esa fue la primera vez que vio a Bakugo.

Pasó un buen tiempo adaptándose a su entorno después de ese encuentro, de las voces ajenas que lo rodeaban diario durante horas y de los nombres que cada quién pronunciaba para llamarse entre todos. Como si hubiera sido empujado a abrirse y encontrar algo más, completamente diferente a lo que estaba acostumbrado, siempre aislado de las demás personas sin querer.

Con eso, estuvieron sumados los cruces constantes con el chico que lucía como delincuente juvenil dentro del instituto, no sabía explicarlos porque parecían tan casuales como planeados. Cada vez que caminaba por los extensos pasillos llenos de estudiantes y cruzaban miradas. Cuando iba por la calle de regreso a su hogar, e incluso cuando volvía al mismo árbol donde se sentaba con su libreta y un libro.

Para ser honesto, fue algo que jamás le molestó en absoluto, porque ese mismo chico se tomó el tiempo de entrar en su corazón hasta convertirse en un amigo casi íntimo sin darse cuenta. Celoso de su popularidad, de los comentarios que soltaban los demás sobre su estupidez que hacía diferir de su atractivo, ni siquiera sabía por qué lo había escogido a él.

Pasaban muchas cosas entre ellos y, en 1934, cuando llevaban al menos dos años de conocerse, confirmo los sentimientos que albergó durante varios meses respecto a Katsuki. Fue en verano y por suerte, como ya iba a terminar, el clima sofocante de julio fue reemplazado por uno más fresco haciendo del recuerdo algo más precioso para él.

Por un momento deseó revivir aquel día.

Bakugo lo acompañaba en un banco del patio e intentaba poner un pañuelo de tela húmedo sobre su cara herida. Izuku tenía rato sintiendo el frío concreto debajo de sí mismo, estrujando su uniforme ansioso bajo el tacto ajeno que intentaba ser delicado. En realidad, se estaba esforzando en no pensar tanto en el cabello rubio matizado del contrario, era lindo después de todo.

"Llevamos tiempo conociéndonos y nunca me había tocado verte así" dijo él, recuperando su aliento tras la discusión previa que tuvo con un grupo de estudiantes más grandes que ambos.
"Lo siento" rió.

Recordó la sensación de sus ojos cristalizándose poco a poco con la expresión de angustia ajena y el regaño gentil que se llevó por querer enfrentarse a chicos más fuertes. Todo con una sonrisa después de asegurarse que estaba bien. Se dio cuenta de que se preocupaba por él de alguna forma y eso lo hizo sentir feliz como nunca.

Él más que nada quedó cautivado con la personalidad tan cálida de su amigo. Bakugo fue el pilar que necesitaba para sobrellevar lo que le quedaba de adolescencia. No fue como en una película romántica, tampoco es que le molestara el ritmo con el que tomaban la situación y su inminente enamoramiento.

Desafortunadamente, al terminar la escuela secundaria, Bakugo tuvo que buscar un trabajo y eso le quitó gran parte su tiempo para estar juntos. Y, por otro lado, Midoriya se quedó como un campesino mientras terminaba sus estudios posteriores y se preparaba para tomar un buen puesto político.

El día que miró al cielo después de mucho tiempo fue a través de las hojas bailarinas en el jardín cerca del refugio a donde tuvo que irse por culpa de invasiones y ataques enemigos por un conflicto entre países.

Entonces, existía un decreto que exigía el servicio de los varones mayores de 21 durante tres años para la asistencia en le ejército. Ambos fueron, pasando mucho más tiempo juntos y logrando formalizar su relación a escondidas de personas que no estuvieran dentro de su círculo, pero el país atacó una base y fue involucrado en lo que se conoció como la Segunda Guerra Mundial.

Hasta ese momento, todavía no sabía explicar lo que sitió al saber que Bakugo había sido seleccionado para combatir en los pelotones principales y él no debido a problemas de salud. Había sido frustrante, recordaba sentir como si estuviera perdiendo todo su mundo y la felicidad que vivió por siete años desde que lo conoció se le hubiera arrebatado.

El día que se despidieron, porque el pecoso debía estar en un lugar seguro con la demás población incapaz de enfrentarse, fue la tarde que más atesoraba pues todavía guardaba la sensación del pulgar de su novio acariciando el contorno sus labios y mejillas en un beso. Todavía las manos ajenas dejaron su calor sobre su nuca y cintura.

La incertidumbre en sí mismo existió y dolió por mucho tiempo mientras vivía de noticias en la radio y chismes. No fue fácil haberlo dejado ir cuando más lo quería, llegó a agotarse de solo ver la luz anaranjada del sol bajando y desapareciendo cada anochecer que contó. Incluso si el tiempo avanzaba, había algo que lo retenía en el mismo sentimiento por una eternidad.

Tenía que salir constantemente de su mente agobiada por escuchar gente acercándose. Se incorporó de dónde estaba echado y empezó en busca de la persona que se aproximaba, por alguna razón, se sentía inquieto.

Era 1935 cuando conoció a Mitsuki, la madre de Bakugo, recordaba bien esa fecha porque se quedó en su casa por una noche un fin de semana. Ella parecía saber desde entonces la conexión que ambos parecían tener porque su rostro se suavizaba cuando estaban juntos.

Bakugo era una persona bastante problematica y dura, a veces se metía en peleas o iniciaba las propias por puro gusto. Era curioso, pues a la hora de enfrentarse a su madre lleno de tierra o golpes visibles, parecía encogerse e indefenso, pero sabía que ella siempre velaba por el bienestar de su hijo.
A veces le tocaba a Midoriya reprimirlo. Por eso, le parecía cómico que alguien como él, fuera tan cálido y bueno.

La inquietud nunca se fue, menos cuando llegó Uraraka y tomó su mano para arrastrarlo entre toda la gente acumulada en busca de novedades cada que llegaba un transporte. Izuku no estaba acostumbrado a ir porque, según él, era muy problemático estar ahí intentando que las demás personas ansiosas dejarán libre un espacio para mirar. Además, era muy desalentador escuchar los llantos de desconsuelo por parte de algunas mujeres que recibían malas noticias.
Y también tenía miedo. Miedo de estar en los zapatos de cualquiera de esas mujeres y madres de familia que lloraban desesperadas por su ser querido. De solo pensarlo quería morir.

Pero ese mismo día supo que sería el día cuando un hombre conocido traía en sus manos un equipaje extra. Lo notó desde que había distinguido su rostro serio y apagado.
Ese mismo hombre de cabello rojo y una sonrisa pesada le entregó una pequeña maleta y una especie de telegrama; entonces no pudo escuchar más. Una oscuridad hasta entonces desconocida lo rodeó y estrujó su corazón que latía ansioso desde que se levantó.

Jamás descartó las posibilidades, las conocía muy bien. Estaba consciente de la poco oportunidad de volverse a ver, sin embargo, decidió no pensarlo y mantenerse positivo, pero eso no le sirvió de nada porque ni la esperanza ni la fé, ni siquiera las noches que pasó despierto pensando en Bakugo, le iban a devolver al amor de su vida.

Era un verano, casi otoño, de 1945 y de pie frente al portón de aquel refugio cuando un nudo se formó en su garganta, agitando su respiración y prohibiendo el paso de alguna palabra. Sus uñas se marcaban sobre sus manos aferrándose a sí mismas con la esperanza de poder controlar las lágrimas que buscaban salida.
Las personas conocidas a su alrededor estaban expectantes, esperando una reacción. En ese momento, estando bajo las miradas ajenas y la tenue luz del atardecer, pudo por fin llorar.
Lo sintió más como un llanto berrinchudo que uno doloroso porque sintió la culpa de no haber hecho muchas cosas.

Bostezó en un intento de hacer algo para no dormirse y no traer devuelta esos recuerdos que se manifestaban en un momento como ese. Giró su vista a la ventana que se hallaba al otro extremo de la habitación, divisando árboles que se meneaban con el viento helado. Hacía mucho frío.

Debió abrazarlo mucho antes de que se fuera. Debió regañarlo y acompañarlo. Infinidad de cosas que pudo hacer venían a su cabeza y la que más le martillaba el pecho era no haberle dicho cuán valioso era para él.
En ocasiones solían pelear, más cuando eran adolescentes, decían que no se querían volver a ver o no se querían más.

Pero Katsuki se fue al ejército sabiendo que esas palabras eran mentira, sabía que alguien siempre lo esperaba.
Sabía, incluso, que si regresaba herido, inválido o impecable, Izuku estaría listo para recibirlo con los brazos abiertos y una sonrisa.

Él contaba con que todo iba y venía sin decir hola o adiós, sin embargo, nunca se preparó para una despedida real.
Entre sus manos estaba el telegrama, no lo había soltado desde que lo recibió, en realidad sólo era un pedazo de papel con pocas palabras visibles por fuera, tal vez estaba incompleta y por eso dudaba tanto en abrirla. Pendía de un hilo delgado e inestable que amenazaba con romperse en cualquier momento.

Su mente estaba perdida en horas y pequeños ratos de sueño dónde había hombres hablando y perros ladrando, las madres y esposas gritaban adoloridas dentro de su cabeza.

"Tengo la esperanza de que regresaré a tu lado". Decía. "¿Y sabes qué? Nos casaremos".

Era lo único que había, terminaba tan mal como había empezado dejándolo cómo un desastre. Suspiró pesadamente mientras se limpiaba las mejillas, eso era todo. No había más, no iba a haber más.

Recibió tiempo después el informe de que Bakugo se encontraba cerca de Hiroshima, lugar donde ocurrió una catástrofe, y no se había recuperado nada hasta el momento.

Entonces se preguntó si esa hermosa historia algún día iba a poder continuar.