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“Mi hijo es el legítimo Rey de los Siete Reinos, como lo nombro mi difunto esposo, coronado bajo las leyes de los hombres y ante los dioses, su único hijo primogénito y cualquiera que crea que la princesa Rhaenyra tiene siquiera un pequeño derecho a su trono está equivocado, como equivocadas son las infundadas blasfemias hacia la legitimidad de mi matrimonio con el difunto Rey Viserys Targaryen. Mi vida sirviendo diligentemente a este Reino y mi Rey no son sus bastardos disfrazados de príncipes.”
Es lo que había proclamado la Reina viuda Ottaline Hightower ante la corte cuando llegaron las noticias de las fuerzas que Daemon Targaryen reunía para su esposa, la antigua heredera al trono de hierro, la princesa Rhaenyra. Viserys, el primero de su nombre, había nombrado a su hijo, el príncipe Gaemon Targaryen, su heredero en el onomástico diez y cuatro del joven Rey.
Madre de siete niños, esposa de dos Príncipes Targaryen, una compañera de Princesas y Reinas, consejera sabia de Príncipes y Reyes. Una hija del faro verde. Lady Ottaline Hightower pasó toda su vida rodeada de la familia Real.
De dama a princesa, de princesa a Reina consorte, y de Reina consorte, a Reina regente.
-Fuego y Sangre, una historia de los Reyes Targaryen de Poniente, por Archimaestre Gyldayn.
Año 80 d.c. Desembarco del Rey. La Fortaleza roja
Maegelle encendió otra vela para la Madre. No su señora madre la Reina, sino a la Madre de arriba. La Madre misericordiosa. La que todo lo ve y todo lo sabe. Ella sabría lo mucho que necesitábamos de su piedad. Levantándose lentamente de sus rodillas, Maegelle casi se resbaló por el calambre en sus piernas. Los numerosos restos de cera derretida ante ella se pegaron a sus largos dedos nudosos.
Era lo menos que podía hacer por su madre y su nueva hermana. La pequeña Gael era una cosita tan diminuta que los Maestres temían que no pasase el invierno. Una niña de invierno. Gaemon y Valerion aún estaban frescos en el corazón de la madre, un niño más solamente haría que sangrara donde solo los Dioses podían ver.
Suspiró
La madre ya no estaba en edad de traer más niños a este mundo. Ya había cumplido su deber para su padre, 44 onomásticos y aun luchando en la cama de parto. La Reina Alyssane debería de poder disfrutar de mimar a sus nietos y no luchar con amamantar a un recién nacido.
No era asunto de Maegelle como sus padres manejaban su matrimonio. Como hija solo podía esperar que su padre viese que no era prudente arrojar a la madre nuevamente con un niño. Pero como Septa, uno de sus deberes era aconsejar a los Señores y sus damas en el difícil pavimento del matrimonio.
Sí, eso.
Hablaría con el padre si intentara buscar otro heredero en la madre. Aemon, Baelon y Vaegon eran más que suficientes. La valiente Rhaenys vería un hermano pequeño más pronto que tarde, no dudaba que Alyssa le daría a su hermano otro niño robusto como Viserys y Vaegon, bueno, su querido hermano según las cartas que venían desde Oldtown era tan feliz como Vaegon podía ser. Prendió otra vela para la Anciana mientras salía del Septo, que su linterna iluminé a su hermano en su camino del saber.
Ser Mullerdone la esperaba pacientemente en la estatua del Guerrero
Pobre Ser Arthur, pensó Maegelle, con las bajas temperaturas debe de estar frío debajo de su armadura. Tal vez debió de orar en el Septo de la Fortaleza roja.
—Ser Arthur— llamó.
Con un sobresalto el caballero se sacudió dirigiendo su mano a su espada en su vaina hasta que vio quien lo llamaba.
—Mi princesa— respondió mirando el Septo en busca de bandidos.
— Ser, podemos irnos —rió Maegelle —, y no soy una princesa, he abandonado todo lo terrenal cuando tomé mis votos ante el Septo estrellado —añadió estirando los brazos a su alrededor.
Ser Arthur la conocía desde que era una niña en pañales, así que no le sorprendió su respuesta —Como ordene mi princesa —dijo con un deje alegre.
La nieve caía lentamente sobre su velo, la fría ventisca soplaba en su rostro desnudo. Ya podía sentir como sus mejillas se sonrojeaban. Solo esperaba que los desamparados de Desembarco del Rey se refugiaran en los distintos pequeños Septrios y casas Madre que la madre ayudo con Maegelle en preparar para atenuar las pérdidas que seguramente habría.
—El carruaje llegará en cualquier momento princesa— anunció de pronto el caballero, ambos bajando por los resbaladizos escalones.
—Eso no será necesario Ser, caminaremos hacia la Fortaleza, será mi penitencia para que los Dioses permitan que mi madre se recupere y viva un día más.
— ¿Está segura princesa? No quisiera que se enfermara— intentó negociar Arthur. Maegelle simplemente asintió apretando su mano a través de los guantes.
— ¿Serás mi acompañante mi querido Ser? — preguntó en cambio, gentilmente.
—No tiene que preguntar princesa, caminare sobre mis rodillas si lo ordena— dijo con un asentimiento.
—El Guerrero seguramente apreciaría tal desafío, pero la Madre solo pide que seas mi escudo mientras oró por la pequeña Gael. Acompáñame en oración mi buen Ser.
—Por supuesto, princesa.
Madre gentil, fuente de toda piedad
La madre antes de entrar en trabajo de parto, había hablado con Maegelle sobre Vaegon. Las escasas cartas que se dignaba a enviar no le sorprendieron, pero esperaba que su tiempo en la Ciudadela y la distancia le calentarán el corazón. Para desgracia de la Madre, Vaegon seguía siendo tal como recordaba Maegelle.
Salva a nuestros hijos de la guerra y la maldad
Su hermano pequeño siempre fue de pocas palabras y decidido a permanecer rodeado de libros y sus instrumentos propios de un erudito ermitaño. No permitiría que nadie tocase sus preciadas “baratijas” como las llamaba Alyssa. Respondió escuetamente a los besos y abrazos de la madre y escuchaba con estoicismo las palabras de su padre.
Que tengan un futuro de paz y de bien
No era culpa de nadie. Vaegon solamente era así. Y estaba bien. Los Dioses no se equivocaron en el. El camino que trazaron para su hermano era el de la búsqueda del conocimiento, como el destino de Maegelle la servidumbre para los Dioses. Nadie la señaló de mala manera cuando dormía con la estrella de Siete puntas ¿Por qué Vaegon era diferente? La espada no era de su gusto como lo era la tinta que escurría de sus dedos.
Contén las espadas y detén las flechas
Aemon era lo que todo padre buscaba en un heredero
Carismático, gallardo, honrado y con una buena cabeza sobre su cuerpo.
Baelon el hermano que todo Señor quería para su heredero
Obediente, valiente, leal y listo para defender y dar su vida por su hermano mayor
Vaegon podía ser ese hijo que blandía las palabras como un caballero empuñaba la espada. Destruirá un ejército enemigo con sus queridos pergaminos.
Ayuda a nuestras hijas en este día violento
Daella, la dulce Daella pregunto si fue su culpa que Vaegon se fuera, antes de que Maegelle pudiera responderle; Saera le respondió burlonamente que sí, que se escapó en un barco para nunca volver, porque si volvía lo obligarían a casarse con Daella y que preferiría ser torturado observando arder a sus preciados libros y pergaminos.
Claramente Daella se fue llorando, Maegelle detrás de ella, no sin antes mirar decepcionada a sus hermanas menores que se reían entre ellas.
(Más tarde la ayudaría a escribir una carta a Vaegon, diciéndole lo mucho que cuidaría sus cosas aquí en Desembarco del Rey para que Saera y Viserra no lo quemaran.)
Haz que nuestra vida sea más compasiva.
¿Qué estás haciendo Vaegon, mi querido hermano, eres feliz en donde estas?
Oraré por ti
Que la felicidad te encuentre y se envuelva en ti como un recién nacido al seno de su madre.
Oldtown. La Ciudadela
Vaegon se limpió las manos llenas de cera, príncipe o no, los viejos Maestres se le echarían encima si ensuciaba sus preciosos tomos “más antiguos que el mismo Feudo Valyrio muchacho”. Si son tan viejos porque no lo reescriben y usamos otros más nuevos, es lo que pensaba Vaegon antes de descubrir que tal trabajo era realizado con sumo cuidado y no por acólitos como él.
En sus primeras lunas en la Ciudadela se encontró con un manuscrito de aproximadamente 10.000 años, Vaegon casi no lo creía hasta que con la yema del dedo toco el borde de la tapa que parecía que se desmoronarían en cenizas si lo tomaba bruscamente.
Pensar que existían manuscritos de tal antigüedad parecía irrisorio, con la buena voluntad del Maestre Cedric, Vaegon pudo observar como los Maestres expertos en la restauración de libros transcribían un tomo escrito durante la llegada de los Ándalos. Un pergamino escrito en un lenguaje que a Vaegon le pareció tan extraño. Se trataba sobre el estudio de las constelaciones en Andalia.
Fue la primera vez que Vaegon se sintió verdaderamente agradecido de que sus padres lo hubieran mandado a la Ciudadela. Estar rodeado de tantos pergaminos llenos de tantos conocimientos que no encontraría en Desembarco del Rey, sin tener que pretender que se sentía cómodo en la corte de su Padre en presencia de las doncellas de su madre. Casi podía decir que su pecho rebozaba de felicidad.
Estaba buscando los libros de su lista de lectura cuando oyó cierta voz desconocida.
— ¿Acaso está ciego maestre? ¿O es que usted no sabe lo que significa esta llave? — Una vocecita petulante llegó a los oídos de Vaegon. Con curiosidad se acercó al estante lleno de los tomos de economía. Extraño, pensó ya que solo el maestre Cedric se encontraba con Vaegon.
—Porque si no estaba enterado, mi llave me permite navegar por todo el ala este de la Ciudadela, fue una decisión unánime de los Archimaestres — Por los Siete, suena como Viserra, corriendo una pila de libros, Vaegon pudo ver quien era la dueña de esa voz tan altanera.
Una niña o bueno, no tan niña como su hermana menor Viserra, sino parecida a las doncellas que su madre intentaría que cortejase cuando estaba en la Capital y Vaegon era un niño hosco que se alejaba de las damas recién florecidas que buscaban hacerse con un príncipe. Tercer hijo o no.
—Mi señora, sé que el cónclave acordó que tendría permitido el paso a esta vasta biblioteca, pero solo al ala este, esta área pertenece a la zona norte ¿acaso mi pequeña señora necesita que la guíe hacia donde tendría que estar? No es que la culpe, este lugar es realmente muy inmenso para una pequeña dama en ciernes—. Maestre Cedric realmente podía ser tan arrogante como cualquier caballero de torneo cuando se sentía insultado.
Los ojos avellana de la doncella permanecieron en la mirada del Maestre, sin dejar que nada la molestase. Aunque, criado como un príncipe, Vaegon podía decir que el comentario sobre pequeña la había molestado. Solo había que ver sus manos sobre su vientre, un movimiento de caricia sobre sus nudillos, parecía sopesar si debía golpear al Maestre o no.
Alyssa lo habría hecho
Con una suave sonrisa la niña se acercó a una mesa con una pila de libros encima, tomándolo a todos entre sus delgados brazos con cierto esfuerzo, aunque sin dejarlo entrever— En eso tienes razón maestre —concordó la joven de cabellos castaño rubio—. Uno llega a perderse como si estuviera en un laberinto, sin saber que sucede fuera de estas paredes. Incluso si no añadimos el hecho de aquellos que pertenecemos a rangos diferentes no nos llegan nuevas noticias en varios días o incluso semanas—. Parloteo mientras se alejaba lentamente.
— ¿A qué noticias se refiere Lady Ottaline? —Preguntó confuso el maestre.
— ¡Oh!, ¿no lo sabía maestre Cedric? — Exclamó con sorpresa la dama volteandose —.Todo el área de economía ahora pertenece a la zona este debido a la construcción del nuevo edificio de lenguas el cual será norte.
El mudo silencio del instructor de Vaegon respondió por él.
— ¿No me diga que no estaba al tanto maestre? —Se mofo cortésmente la doncella, sus ojos brillando divertidos—. Creí que alguien como usted, con tantos eslabones colgando de su cuello, estaría al tanto de tales proyectos.
—Pues parece que no es así mi señora— Replicó enfurruñado.
—Bueno, es una lástima— manifestó con concilio mientras se sacudía el polvo de las faldas. Los libros que llevaba fueron dejados de lado. Obviamente para Vaegon, la doncella ya se había cansado de sostenerlos, sus intentos de disimularlo no engañaron al novicio.
— Para mí el maestre Cedric es digno de mantener en alta estima— continuó la dama cuando Vaegon se canso de espiar—, y los metales en su cuello hablan por sí solos, no solo de su intelecto sino también de su perseverancia para ganarlos. Estoy segura que un futuro no muy lejano podrá hacerse con el título de Archimaestre.
Maestre Cedric siempre fue tan débil para los elogios, pensó Vaegon poniendo los ojos en blanco.
—Mi señora es muy amable por su estima —respondió escuetamente el maestre. Sus ojos se desviaron a su propia pila de libros, tanteándole con los dedos.
—Por supuesto estas no son meras palabras vacías maestre— prometió acercándose —.Cuando llegue el momento, tenga por seguro que contara con mi apoyo como única hija de mi padre. Admiro a aquellos que se labraron un lugar en la Ciudadela sin el apellido de sus parientes.
—Cuidado mi señora, incluso en la Ciudadela hay orejas largas como en la Capital— Advirtió con un viejo tomo entre sus manos.
Si, de eso se había dado cuenta Vaegon apenas unas semanas después de llegar a Oldtown. Estaba seguro de quién era la instigante. La madre siempre fue así de inquieta, tal vez esperando que Vaegon llorase como un niño pequeño sin madre por las noches.
Con un suspiro, el maestre Cedric entregó el libro en las manos de la doncella —Tomé, solo recuerde tratarlo con mucho cuidado. Nos quedan tan solo 3 copias.
Una sonrisa deslumbrante se formó en el rostro de la niña dejando al descubierto sus lechosos dientes. Sus delicadas manos recibieron el viejo manuscrito que apretujo en su pecho como si fuese un preciado obsequio.
Es una niña, pensó Vaegon, toda la fachada de una dama, pero la niñez se le escapaba de los poros. Como a los niños nobles se les enseñaba la importancia del manejo de la espada en el patio de entrenamiento, a las niñas se le inculcaban usar sus cortesías como una armadura. Esta Lady Ottaline iba por buen camino. Su señora madre y su Septa han de estar orgullosas.
—Es usted muy amable mi querido maestre y no se preocupe, cuidare de este tomo como si fuese mi propia sangre y carne— aseguró dejando al libro encima de su pila de lectura— .No dude de mi favor a su persona y, espero que cuando llegue el día de decidir si podré obtener la llave Sur, pueda obtener su apoyo.
—Si niña lo tu digas, ya vete— despidió el maestre con un ademán.
— ¡Nos veremos por ahí maestre, sonría un poco, no se le caerá el rostro! — dijo la doncella escabulléndose con los brazos temblorosos por el peso de los libros. Sus faldas cerúleas dieron un suave giro cuando volteo en una esquina.
El maestre Cedric se sentó en una silla con pesar frotándose la frente con arrugas prematuras. Vaegon casi lo entendía. Casi, porque las damas de la corte eran como decía Baelon, un dolor en los huevos. Esta dama estaba bien encaminada, pero una niña no obstante.
— ¿Quién es ella? —Preguntó Vaegon, dejando que su rostro fuese visible en el hueco de la estantería.
— ¡Por los Siete de arriba! — Exclamó maestre Cedric sobresaltado — ¡Vaegon! ¿No eres tú un príncipe? ¿Por qué me asustarías de esta manera? ¿No ves que ya no soy tan joven como solía ser?
—Que exagerado ¿y no eres tu un maestre? creería que un eslabón en medicina te daría inmunidad a los sustos. Culpa mía. Ya no supondré cosas.
—Silencio muchacho.
— No me respondiste ¿Quién es ella? ¿Por qué le diste el libro de finanzas? Ni siquiera me lo darías a mí y se lo das a ella —se quejó Vaegon.
— A veces dudo de que seas un príncipe de la corona —se lamentó el maestre sacudiéndose la cabeza— ¿Quién más podría meterse a la Ciudadela así como así? Piensa Vaegon, usa ese cerebro tuyo y piensa— enfatizó el maestre tocándose la frente cerrando sus ojos grises.
— ¿Mi padre? Pero el no enviaría una chiquilla así como así, el rechazo la petición de la madre para que las mujeres sean aceptadas en la Ciudadela— razonó el acólito apoyando la cabeza en el estante—. Sin embargo la madre también podría entrar cuando le plazca, es la Reina de los Siete Reinos; aunque no sea técnicamente la consorte de Siete Reinos. Dorne aun no se subyugado por lo que sé.
— Es la hija de Lord Hightower, Lady Ottaline Hightower. Y harías bien en mantenerte alejado de ella muchacho — amenazó señalándole como si fuese un sucio asesino —, se le permitió vagar por el ala este solamente porque Lord Garland temía que algún novicio intentara deshonrar a su hija en los demás sectores.
— ¿Qué? ¿Acaso soy un depravado? — Respondió con indignación —. Esa niña siquiera debe de haber florecido aún y ya se me acusa de querer deshonrarla, ¿Sabe maestre que si estuviéramos en la Capital, el rey intentaría tomar su lengua por sus calumnias? —Amagó fingidamente Vaegon.
El padre no haría eso.
—Sigue soñando muchacho— rió el maestre—, lo más probable es que el Rey Jaehaerys viniese el mismo en su dragón para una audiencia privada con Lord Hightower. Seguramente acordarían la fecha de la boda no demasiado lejos para que los rumores de deshonra se dispersen; y por supuesto, que no se trata de una niña, sino una doncella florecida —. El rostro del maestre se arrugo en una mueca feliz al ver el descontento de Vaegon.
El viejo bastardo, pero no se equivocaba.
—Imagina lo feliz que estaría el Rey al ver que su hosco hijo se enamoró de una hermosa doncella noble ¡y no cualquier dama! ¡La única hija de Lord Hightower! Oldtown no es cualquier cosa muchacho y Aegon I lo sabía, espero que lo hayas aprendido, la querida Line te traería una dote digna de una reina.
Vaegon no navegó hasta Oldtown, evitando casarse con unas de sus hermanas solo para matrimoniarse con otra niña. Estaba listo para detener la conversación tan idiota cuando vio que el maestre abruptamente se detuvo en un libro cuya tapa leía Arreglo floral: El arte de dejar que las flores vivan. Que hacía un manuscrito de jardinería en la sala de economía estaba más allá de Vaegon.
—Aunque… — sopesó sus palabras el maestre —si Lord Hightower aceptaría de buena gana tal unión está en duda. Entregar a su única hija a la misma familia que entregó a Ceryse Hightower en una urna vacía, luego de humillarla y asesinarla; cuando la Casa Hightower entierra a sus muertos más queridos en mausoleos de piedra blanca en una pequeña isla que guardan para ellos.
— La tumba de Cece es una de las más hermosas —murmuró el maestre guardando los libros desparramados —.Lord Lyonel amaba a su hija como todo padre ama a su primera niña. Y cuando la perdió, se dice que lloró debajo del llanto. Ya sabes, las seis lunas que Visenya y su hijo pasaron en Oldtown fueron un suplicio para los Hightower. No dejes que te engañen.
No lo sabría, nunca he tenido una hija, pensó Vaegon. Nunca tendré una niña para perderla para siempre por culpa de un marido monstruoso. Cuántos pequeños señores en los Siete Reinos sufrieron el mismo destino que Lyonel Hightower sin poder nada al respeto más que llorar a sus hijas.
Vaegon sabía la isla a la que se refería el maestre, fue uno de los primeros destinos a los que fue cuando llegó a Oldtown. Como dice cada marinero que atraca en los distintos puertos, no te puedes ir sin ver a las estatuas de mármol. Los lugareños dicen que cuando se oculta el sol, las figuras se mueven escondidas por el manto de la noche. Si escuchabas con cuidado en la madrugada, oirías risas y llanto de la isla.
La tumba de Lady Ceryce Hightower se encontraba en las orillas, Lord Lyonel deseaba poder ver a su hija desde lo alto de su torre alta. Se trataba de la figura blanca de una hermosa mujer que encendía un enorme candelabro, la mirada solemne observando eternamente la luz de las velas. Su rostro adornado con una corona de magnolias entretejida en sus hebras doradas. Distintos arreglos florales de piedra a sus pies descalzos adornaban la tumba sellada.
—Lady Ceryce escribió este libro muchacho— espetó, presionando el legado de la mujer muerta en su pecho. Vaegon lo inspecciono por pura curiosidad. Para su sorpresa estaba firmado por la misma dama, nada de seudónimos y nada parecido. Hablaba sobre como el arreglo floral no se trataba sólo de juntar algunas flores lindas, sino como una expresión creativa del artista ilustrado en las combinaciones de colores, las formas gráciles y naturales en una sola vasija.
Había varias ilustraciones bastante propias de un pintor en ellas, cada una explicando el porqué de sus representaciones, indicaciones y reglas de cómo realizar un buen arreglo floral. La caligrafía de Lady Ceryce era redondeada y suave, sus párrafos bien narrados y explicados; podías sentir el entusiasmo de la dama en sus párrafos.
“La esencia del arreglo floral es la noción de dejar que las flores vivan. No las dejamos alienarse con lo que queremos crear, sino que observamos la belleza y la esencia de cada flor, dejamos que brille y viva tal y como es. Nuestro papel como seres humanos es ver la belleza de la naturaleza y dejarla aflorar. Para que cada pieza natural del arreglo floral alcance todo su potencial, tenemos que abordarla con actitud receptiva y voluntad de escuchar. No debe-
—Hay varios libros más de ella —lo interrumpió el maestre—, pero este es el único que se encuentra aquí. Tengo entendido que Lord Lyonel solo se pudo despegar de este porque sintió que sería un desperdicio que un libro tan elaborado no se leyera a diario por los nuevos estudiantes.
Maestre Cedric tomó el libro de sus manos y pasó sus páginas rápidamente, el aroma de los pergaminos viejos inundando las fosas nasales de Vaegon. Suspiró. Era una de sus fragancias favoritas.
—Lady Ceryce era una mujer muy inteligente, su señor padre alentaba este comportamiento suyo de erudita y florista, es por eso que se mantenía soltera a sus 22 onomásticos. Incluso tuvo la oportunidad de navegar a Essos en busca de especies vegetales nativas para su jardín y poder añadirlas a su arte —El maestre señaló el libro—. A pesar de que la feminidad de Cece se desborda de estas páginas, este tomo es tan intrincado y buen elaborado como cualquier texto de cálculos.
— ¿Por qué me dice esto Maestre? —pregunto confundido.
— Ceryce tenía todo para ser un Maestre pero por lo único que se la recuerda es por no darle un hijo a un tirano con seis esposas. Su esposa infértil y amargada, y valiente, oh, qué valiente era. Cada vez que se refería como la única Reina de Maegor no era porque deseaba recuperarlo a su lado. Quería amararlo a ella como él lo hizo con ella, que su línea maldita muriese en su vientre vacío. Lo odiaba. Intento darle hijos como una buena esposa y cuando no pudo, la arrojó como basura. Se burlaron de ella, desde la más humilde puta hasta el más grande Señor. Algo tan sencillo, que todas podían hacer, para lo que ella nació y no podía. Pero lo intento, como lo intento.
Vaegon se quedó en silencio, cualquiera diría que el maestre Cedric conocía a la dama de toda la vida. Como si hubiera sido una preciada amiga (o amante), cuando la mujer en cuestión llevaba más de 30 años muerta. ¿A dónde quieres llegar maestre?
— Siento que entiendo a Lady Ceryce y que ella me entendería— dijo, sorprendiendo a Vaegon—. A falta de una polla obtuvo un útero infértil. Ni uno ni lo otro. Debió de ser tan frustrante para ella —rió el maestre —.No creo vida de su vientre pero la vida florecía de sus manos espinadas y perfumadas por el follaje verde de su arte.
Maestre Cedric se detuvo y se volteo mirándolo de soslayo
—Por tirano que fuera, hay quienes dicen que Maegor tenía razón en tomar más de una esposa. No hubiera resultado tan monstruoso si la bruja Hightower hubiese cumplido su maldito deber. Es cuando me pregunto si estas personas realmente leyeron sobre los crímenes de este monstruo y culparon a su esposa rodeada por floreros de sus fechorías. Su esposa que también era un Hightower y disfrutaba de la Ciudadela como cualquier novicio.
Espero que no estés tratando de decir lo que estoy pensando viejo
—Cada vez que veo pasar a Lady Ottaline con esos pesados libros en sus brazos flacos temo ver el fantasma de Ceryce detrás de ella. Cece y Line hubieran sido muy buenas amigas. Niñas Hightower que usan la influencia de sus padres para abrirse camino en la Ciudadela— una mueca se formó en su rostro—. Se dice que Ceryce murió por “astucia” y a Ottaline no le falta. Se diría que le sobra. Por muy molesta y autoritaria que sea, sigue siendo una niña. Le tengo aprecio, no tengo idea de cómo lo logró, pero lo hizo.
Vaegon lo observo y observo esperando que ya hiciese su maldita advertencia.
—Príncipe Vaegon— dijo ya por fin—, tenemos un dicho aquí en el Alcance. Dice que no debemos tentar a los Dioses en repetir los mismos errores del pasado. Ellos nos harán saber cuánto le disgustan nuestra falta de prevención, llamando a la mala suerte para que la lección quede comple-
—Yo no trataría a ninguna mujer de la manera que Maegor el cruel trato a sus esposas —tronó de repente Vaegon, ya sin una pizca de gracia en su voz (si es que alguna vez la tuvo). Por supuesto, pensó que por el hecho de ser un Targaryen cualquier niña Hightower estaría en peligro junto a él.
Ni siquiera tengo un dragón y soy mediocre en el mejor de los casos en el uso de la espada. Yo estoy en peligro.
Maestre Cedric lo miró fijamente. Vaegon sentía que observaba sus ojos purpuras, su cabello plateado; todo aquello que lo hacía tan distinto a los demás —Si, tienes razón, mis disculpas. Maegor el cruel me hubiera aplastado la cabeza con sus propias manos y cortado mi cuerpo en 7 partes para exhibirlas en toda la ciudad por llamarlo un tirano.
—Tienes mal genio, eres tan amargado como un limón y hostil como un gato montés, pero eres un buen muchacho. No dañarías a tu esposa como lo hacen ciertos hombres —finalmente dijo el maestre. Dejó cinco libros en sus manos y hizo un ademán para que lo siguiera.
—Desperdicias aliento viejo, no me casare con Lady Ottaline ni hoy ni mañana — prometió Vaegon—. Ni con ninguna doncella ya que estamos, he venido a la Ciudadela para formarme en un Archimaestre. No dejaré que ninguna mujer, por muy hermosa que sea, me distraiga.
—El amor es la muerte del deber dirían las septas más aventadas, pero sí, eso sería ideal, Desembarco del Rey estaría mejor sin Line en ella. Y tú sin arruinarle la vida a una pobre mujer.
—Suficiente maestre, mi lección no se dará sola
Año 83 d.c. Desembarco del Rey. La Fortaleza roja
Alysanne encendió una vela para su pequeña flor, su Daella, ya siete lunas desde que partió de sus brazos en medio de una fiebre por la cama de parto. Aun dolía. Parecía que dolería por el resto de su vida. Los desgarradores sollozos de su hija cuando le negaron sostener a su Aemma resonaron en su cabeza.
Es mi bebe, por favor dame a mi bebe ¡madre!¡ por favor, quiero a mi bebe!
—Madre por favor, no me dejes vivir más que mis hijos— suplicó la Reina con la mirada acuosa.
Estaba preocupada por Alyssa. Su niña de ojos brillantes estaba embarazada de su tercer hijo y a pesar de que su hija estuviera rebosante de alegría, Alysanne no podía dejar de pensar en la muerte de Daella.
Viserys y Daemon tendrían que ser suficientes, ambos eran niños robustos y de buena salud. Alyssa no tendría que arriesgarse de nuevo en la cama de parto, pero como la niña obstinada que era, seguiría sus propios deseos. Quería darle a su esposo una docena de hijos. Los Siete sean buenos.
Mírame niña, tuve 13 bebés y ya enterré a 5 ¿no quieres seguir los pasos de tu madre o sí? Es un camino doloroso. Lleno de piedras puntiagudas.
Solo pido que ambos sobrevivan y que este embarazo sea el fin de sus batallas en la cama de parto.
Te lo suplico , por favor
— Septa Lyra —llamó Alysanne.
— ¿Ya nos vamos mi Reina? — Preguntó su septa. Ya estaba tan anciana pensó con pesar Alysanne tomando sus arrugadas manos, debería permitir que regresara a su casa madre como deseaba. Pero no quería despegarse de la Septa de su niñez aun.
—Sí, el Rey y el consejo me esperan, la Ciudadela anunció que el invierno pronto terminara, los Siete sean buenos.
—¡Es una buena noticia! Mis pobres huesos se lo agradecerán
—Si, ya no soy una jovencita septa. Mis días en esta mundo ya comienzan a descender.
—¡Oh, vivirás mucho más querida!
Alysanne solo trago saliva.
—Ya estáis todos tan pronto lo lamento, me detuve un momento en el Septo— Se disculpó Alysanne. Esperaba que Jaehaerys recordase que dia era. Quien se le escapó de los dedos llenos de sangre.
La mirada de su marido se veía afligida, si, avergüénzate, Daella estaría aquí si no la hubieses arrojado a la cama de parto —No importa Alysanne, estábamos viendo las cartas que llegaron— respondió. El resto del consejo parecía fingir demencia entre la tensión entre el Rey y la Reina.
Gran maestre Crey cito todos los remitentes de la pila de cartas a lado suyo.
—Y una carta de Oldtown— dijo finalmente, Alysanne se ánimo ante esto—, permítame mi Rey. Si, es del príncipe Vaegon.
Alysanne levantó la mano hacia el maestre a su lado esperando que le entregase la carta. Cuando no sintió el papel en su palma, la reina volteo la cabeza extrañada.
—¿Qué sucede maestre?— preguntó
Aclarándose la garganta dijo—El príncipe Vaegon lo envía a su gracia el Rey, mi reina.
—¿Qué? démela maestre— Alysanne se la arrancó de un tirón. Pero que
Efectivamente. Era para Jaehaerys.
Alysanne miró sorprendida a su esposo, Jaehaerys se veía igual de confundido. Oh, querido, ¿olvidaste que tienes un tercer hijo?
Esto sí que era una novedad. Vaegon sólo escribió una vez a su padre desde que se fue. Solo para informar que llegó a Oldtown en una pieza. Luego, siempre usaba a su madre como un cuervo para desearle buena salud a su padre en las escasas cartas que enviaba.
Emocionada con este nuevo cambio, Alysanne se la entregó ella misma a Jaehaerys. Tal vez Vaegon empezaría a escribir a su padre, visitará incluso al menos una vez en los 5 años que se fue.
—Leelo Jaehaerys—ordenó emocionada. El consejo podía esperar. Queria saber que tenia Vaegon por decir.
Los ojos sorprendidos de su esposo tomaron la carta y
Los ojos de Jaehaerys se arrugaron y
—Imposible—musitó incrédulo.
—¿Que sucede Jaehaerys? ¿Algo pasa con Vaegon? ¿está enfermo?—los nervios picotearon las palmas de Alysanne, la reacción de su marido poniendola mas alterada.
¡Qué sucede con mi hijo!
—Será mejor que lo leas tú primero esposa—respondió aún estupefacto, observando al resto de la habitación se aclaró la garganta—. ¡Muy bien consejo, no es nada preocupante, solo una inesperada sorpresa! ¿Qué pueden decirme sobre Lord Garland Hig-
Alysanne se lo quitó de las manos y
A Jaehaerys i Targaryen, Rey de los Ándalos, los Rhoynars y los Primeros hombres, Señor de los Siete Reinos y protector del Reino:
Mi señor padre, se que a menudo no escribo a la capital y tal vez esté sorprendido, y no lo culpo, pero no se preocupe que este sea un llamado de guerra. Simplemente deseo agradecerle por la confianza puesta en mi persona al enviarme a la Ciudadela, he sido lo suficientemente feliz mientras permanezco aquí. Sin embargo, tendré que romper su Fe en que me convierta en un Maestre. Ya no deseo tomar los votos. Aunque mi corazón siempre albergará sed por el conocimiento y los viejos libros de textos, es por mi propia voluntad que le pido su permiso y bendición para poder contraer matrimonio con Lady Ottaline Hightower.
La dama en cuestión es la única hija de Lord Garland Hightower, estoy seguro que usted conoce a su abanderado y la importancia que tiene en el Reino. Mi futura esposa no es la hija de un pescador, incluso hay quienes dirían que mi prometida podría hacerlo mejor que con un tercer hijo, príncipe o no, no le faltan pretendientes que la convertirían en la dama de una gran casa. No soy un guerrero, no soy guapo, no me gustan las conversaciones ociosas y ni siquiera tengo un dragón, pero ella me tomaría de todas formas de entre todos los herederos que luchan por su mano. Ella me eligió y no encuentro en mí rechazarla cuando también deseo tomarla como un hombre toma a una mujer.
No la deshonre en un ataque de lujuria si es lo que piensa, pero si intenta detener mi matrimonio calumniando a Lady Ottaline bajo falsas acusaciones sepa que nunca se lo perdonaré. No he sido más que caballeroso como la madre me enseñó que se deben tratar las damas de alta alcurnia. Pero si intenta impedir la promesa que le hice a Line, olvidare todos los consejos de la madre y la raptare en la oscuridad. Colgaré la sangre de su doncella como una bandera para que todos sepan que somos una sola carne y corazón.
Se equivoca si cree que se trata solo de deseo carnal. Quiero esperarla en el septo estrellado para cubrirla bajo mi protección y jurar los votos que nos atarían de por vida, llamarla mi señora esposa y poner un bebé en ella; no porque quiera particularmente un niño gritón merodeando por ahí. Los susurros de infertilidad dañarían a mi señora y yo no permitiría tal cosa.
Ella es “mi Alysanne” como dijo usted padre cuando trato de emparejarme con Daella, los Siete tengan su alma, y no necesito ser su “Jaehaerys” porque para ella simplemente soy Vaegon y me ama, lo que sea que eso signifique, porque aun no lo entiendo pero sé que no quiero que me deje.
Espero su respuesta padre y envié mis saludos a la madre.
Príncipe Vaegon Targaryen
Alysanne leyó y releyó, pero no pudo encontrar sentido alguno.
MI hijo Vaegon está ¿enamorado? ¿lei bien?
Mi niño hosco que se alejaría de todas las doncellas ¿el?
—¡Alysanne!—la Reina se obligó a alejar sus ojos de esas palabras con la letra de su hijo. La atónita mirada de Jaehaerys se mezclaba con lo que parecía una incipiente sonrisa.
—Será mejor que desempolves tu capa de doncella—anunció, la alegría deslizándose en su voz —Parece que tenemos que hacer una visita a Oldtown.
La reina solo leyó de nuevo esa oración.
"Deseo tomarla como un hombre toma a una mujer"
"Llamarla mi señora esposa"
