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La mitología alrededor de las diferentes designaciones Alfa-Beta-Omega ha sido exagerada con el paso del tiempo, otorgando cualidades más o menos animalísticas a cada grupo según las diversas culturas.
Obi Wan había estudiado el tema durante su tiempo como aprendiz en el Templo. Sabía que los relatos estaban inspirados en fantasías antiguas y que no tenían sustento alguno en la realidad. Historias sobre criaturas que podían transformarse en mitad animales o en monstruos enormes que obedecían a ciertas conductas según su designación. Todo mentira por supuesto, un discurso esparcido hace mucho tiempo para excusar los comportamientos violentos o inapropiados en pos de mantener una cierta jerarquía que normalmente beneficiaba a unos pocos.
A pesar de eso, a veces al observar a sus soldados, Obi Wan se preguntaba si quizá había algo de verdad en esos cuentos.
Los clones, al igual que Jango, eran todos Alfas perfectamente entrenados para la batalla, con movimientos letales y bien practicados luego de años de riguroso entrenamiento. No obstante, la observación del omega iba más allá de las habilidades aprendidas de los clones.
Durante los enfrentamientos, Obi Wan a veces podía sentir al Vode moviéndose más allá de su adiestramiento, como si se tratara de un todo, un grupo en perfecto entendimiento. Como depredadores cazando a su presa.
Posiblemente un Natborn no sería capaz de percibirlo, pero Obi Wan podía. Si no supiera que el Vode era prácticamente nulo en la Fuerza, habría pensado que los clones estaban comunicándose a través de ella. Esto era más instintivo, algo primario en ellos.
Obi Wan no sabía si atribuirlo a su tipo de crianza, la forma en que crecieron o si era algo más. El Vode tampoco sabía explicarlo de manera clara.
“Sólo lo sabemos, General.”
“Diría que es un instinto, veo a mis hermanos moverse y también lo hago. Si están en peligro cubro sus espaldas. Es más fácil con el tiempo.”
Kenobi no dejaba de maravillarse por lo increíble que el Vode era. Nunca tuvo oportunidad de conocer a Jango, solo sabía que era un excelente peleador, Obi Wan se preguntaba si ese hombre alguna vez compartió ese tipo de vínculo con sus compañeros o si era algo único del Vode.
Había muchas formas de describir a los clones.
Protectores, intrépidos, leales, únicos, valientes, peligrosos.
Cazadores. Era un buen adjetivo para los clones.
Obi Wan confiaba con su vida en sus hombres. Sabía sin lugar a dudas que los clones lo protegerían y lucharían a su lado, al igual que él lo haría por ellos. Kenobi sabía que no existían hombres más dignos de confianza en la Galaxia conocida.
Pero reconocía a un depredador cuando lo veía.
El Vode jamás lo lastimaría.
Al menos no intencionalmente.
Obi Wan había participado en varios conflictos bélicos a lo largo de su vida, sabía que cualquier enfrentamiento podría ser el último. Había visto numerosos Shiny y veteranos con los que compartió historias y alguna comida perecer al día siguiente en el campo de batalla.
Había recibido noticias de la muerte de viejos amigos Jedi, Caballeros, incluso jóvenes Padawan.
La supervivencia no estaba garantizada para nadie.
Así que varias veces, Obi Wan y el Vode compartían instantes para poder olvidar los horrores de la guerra. Una guerra que no sabían si ganarían, o si valía la pena pelear. Durante horas robadas, viajando por el hiperespacio, podían pretender que eran sólo ellos y que no tendrían que ver morir a nadie más.
En esos momentos, Obi Wan podía sentir de nuevo el peligro que rodeaba a los clones.
A veces compartía su cama sólo con Cody, cuando las misiones salieron terriblemente mal y las pérdidas eran demasiadas para soportarlas solo. En ocasiones acudía a Gregor o Wooley. Rara vez prefería quedarse solo en su miseria, al menos no desde que pudo abrirse con el Vode. La mayoría de las veces compartía su cama con varios de ellos. Juntos.
Peligroso.
Los Vode no sólo compartían ese extraño instinto durante las batallas. Obi Wan podía sentirlo cuando estaba debajo de ellos, la Fuerza advertía algo, ¿pero qué? No estaba claro.
Podía olvidarse de ese extraño aviso cuando tenía la boca de los clones sobre su cuerpo. Cody era el más osado entre sus hermanos cuando se trataba de complacer a su General Omega. Su comandante, su segundo al mando sería el primero en probarlo, en abrirlo y marcarlo, luego sus hermanos tenían permiso de tocarlo. Obi Wan los amaba. Todos tan diferentes y preciosos.
Los Vode no tenían nada que les perteneciera. Nacieron con un propósito y serían obligados a morir por ello, sin reconocimiento, sin nunca conocer algo diferente.
Así que naturalmente se volvieron posesivos con lo único que podían llamar suyo.
Su General.
Su Jedi.
Su amante.
Era suyo para tomar, romper, sanar, cuidar y proteger.
Los clones demostraba esa codicia de la única forma que sabían. Usando sus cuerpos.
Así que lo marcaban; reclamando su piel adornada de cicatrices, algunas nuevas, otras casi olvidadas.
Sus afilados colmillos, más largos comparados con otros alfas humanos, eran usados para romper la tierna carne de su general. Probando su sangre y disculpándose besando las heridas que ellos mismos causaron. Ellos siempre cuidaban lo que les pertenecía, aunque el resto de la galaxia no lo pudiera ver.
Mordían cerca, muy cerca de la glándula en el cuello de su Jedi, Nunca del todo ahí.
Si uno de ellos lo mordiera, pertenecería a todos. Suyo, como alfas y omega, nadie podría separarlos. Pero no podían, no sin romper la confianza que Obi Wan depositó en todos ellos.
Su general les dijo que les pertenecía, que los amaba, que podían marcarlo en todos lados, excepto su cuello. Ellos respetarían eso.
El placer y la felicidad son prestados.
Obi Wan era suyo, pero no por completo. Nunca por completo. Nadie podía asegurar que sobrevivirían al final de la guerra. Así que aunque lo quisieran, aunque sus bocas salivaban por la necesidad de morder su cuello, ellos no lo harían. Quizás en el futuro, pero por ahora tendrían que conformarse con el placer que su general omega les brindaba.
Podrían conformarse con el calor del interior de Obi Wan, su boca, su sexo y gemidos. Por el momento le demostrarían su amor en cada beso, caricia, cada mordida en sus hombros, cuello y muslos.
Obi Wan nunca los desalentó, amaba tanto al Vode, a su comandante, que les entregaría cada parte de sí mismo, aunque estuviera roto y sin oportunidad de reparación. A los clones no parecía molestarles su estropeado ser; al contrario, lo trataban como si fuera algo valioso que atesorar.
Incluso cuando la advertencia de peligro nunca abandonaba la mente de Obi Wan, él elegía quedarse con ellos. No podía salvarlos a todos, quizás a ninguno. Pero al menos podía darles placer, al menos podía amarlos.
¿No era eso suficiente?
