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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-02-20
Completed:
2024-03-13
Words:
21,905
Chapters:
6/6
Comments:
49
Kudos:
414
Bookmarks:
45
Hits:
5,507

Cómo (cazar) conquistar a un ciervo en 5 sencillos pasos

Summary:

"Adam dirá lo que quiera, ¡pero yo fui el conquistador inicial! Podría engatusar a cualquiera. ¡Incluso a Alastor!"
-Lucifer, 5 minutos antes del desastre. Probablemente

O: Lucifer intenta repetir su táctica de conquistador infernal, que solo ha funcionado una vez, con Lilith, antes de que la gente tuviera estándares.

-Paso 1: Salvarlo del moscardón baboso que es el primer hombre
-Paso 2: Mostrarle las maravillas del libre albedrío
-Paso 3: Hacerle reír (¿patos?)
-Paso 4: ... ¿llevarle a cenar?
-Paso 5: ¡Bodorrio al estilo infernal!

Notes:

¿He comentado ya que Hazbin Hotel me ha consumido el cerebro y está parasitando mi vida? ¿Sí? Pues ahora lo hace en forma de fanfic cortito.

Chapter 1: Paso 1: Salvar a Alastor del moscardón baboso que es el primer hombre

Chapter Text

Vale, lo de que el paso uno pueda funcionar ha sido más una feliz y conveniente coincidencia que cualquier otra cosa. En realidad, Lucifer no esperaba que fuera a tener la más mínima oportunidad, para empezar porque tampoco creía que Alastor y Adam fueran a encontrarse. (Ni lo deseaba; no le desea un minuto a solas con Adam a nadie. Ni siquiera a su peor enemigo, que era, hasta hace un tiempo, el propio Alastor. Bueno… al parecer ese puesto ha vuelto al abogado de Lilith, el que llevó el divorcio.) 

El mundo es un pañuelo.

Así como resumen rápido: le ha prometido a Charlie que intentará llevarse mejor con el demonio de la Radio. Y luego, con el bueno de Husker y un par de copas de vino en vena (un par más de las recomendables, pero es que esto es el infierno, colegas) es posible que haya admitido que su repentino interés en tender puentes no se deba solo a Charlie. No solo. Puede y solo puede que tenga un crush del tamaño de un pentagrama gigante con ese ciervo del demonio, pero no se le ocurre cómo cortejarle.

 

“—¿Y cómo conquistaste a tu primera esposa, majestad?

—Pues le quité al idiota de Adam de encima, para empezar. Y después…”

 

¡Esto ha sido culpa de Husk, claro! ¡Él fue el que le recomendó que hiciera por Alastor lo mismo que por Lilith! Si funcionó una vez, funcionará dos veces, ¿no?

De momento, y una mierda.

Total, que la batalla final contra el Cielo le ha venido de perlas. Y a la vez no, porque la situación es bastante más sangrienta y precaria de lo que se esperaba, está hecho una furia y de no ser por la ira, tendría el estómago constreñido en una bola de pavor y estaría sufriendo un ataque de ansiedad de intensidad nivel: incapacitante. Esta vez la parte de "salvar" es un pelín más literal que las otras veces que le ha robado una víctima a Adam, véase, las dos ex esposas del primer capullo, le consta que Eva también le dio la patada (bien por ella). Y es que resulta que tiene al demonio de la Radio sangrando por un tajo que le cruza el pecho, inconsciente entre sus brazos (¡no es la clase de fantasía que se imaginaba cada vez que ha soñado con abrazarle o volar con él, muchas gracias! Prefiere a Alastor cuando parece que no se va a romper en cachitos, por increíble que suene y por agradable que sea no tener que soportar su parloteo) mientras vuela a toda prisa por encima del campo de batalla. Adam los sigue gritando sus gilipolleces habituales y blandiendo su hacha/guitarra cuando Charlie y Vaggie lo interpelan. ¡Esa es su niña! ¡Su hija! ¡Su hija va a patear el culo del primer hombre! ¡Chupaos esa, ángeles de mierda!

Charlie y Vaggie lo han visto venir, literalmente. Cuando el escudo se rompió y Alastor se enfrentó a Adam, Lucifer supo que algo iba a salir mal, lo sintió en los huesos y se le erizaron las plumas. Llevaba mucho tiempo sin preocuparse así por nadie, desde que se enamoró de Lilith. Y aunque no quiso escuchar esa vocecilla que le gritaba “¡ve a por él!”, aunque quiso darle espacio para cumplir con su parte del plan, las cosas han acabado por salir justo como temía. El demonio de la Radio será un Overlord y todo lo que tú quieras pero... no, no pudo enfrentarse al primer hombre solo, y encima desarmado y sin un respaldo fiable. El ángel caído no consiguió llegar a tiempo, pero al menos ha podido sacarlo de allí antes de que Adam le dé el golpe de gracia. Desde el campo de batalla, su hija y la novia de su hija (¿nuera? ¡Tiene una nuera!) vislumbraron el cuerpo pertrechado en rojo en sus brazos, inmóvil en la distancia, los tres pares alas desplegadas y la mirada feroz en los ojos del Rey del Infierno. No les costó deducir el resto.

Poner a salvo a Alastor es relativamente fácil, aunque durante unos horrorosos minutos Adam parece empeñado en darle caza y decapitarlo delante de sus narices. Luego se ensaña con su hija, cosa que es peor todavía, y Lucifer pierde la escasa paciencia que le quedaba. Deja a un inconsciente Alastor resguardado por Angel Dust y Husk, que no creen lo que ven sus ojos, y se lanza de nuevo a la batalla, con motivos más que suficientes como para verter una auténtica cascada de fuego infernal sobre el capullo de Adam. Darle la paliza de su vida y de su muerte a ese cabrón no es precisamente sencillo, pero sí satisfactorio. Y luego perdonarle y humillarle para toda la eternidad... Para una eternidad muy corta. Nifty, que debe haber visto el estado deplorable en el que el primer hombre ha dejado a Alastor, tiene una idea mejor y termina al exterminio a golpe de puñaladas.

Sí... poner a salvo a Alastor es relativamente fácil. Lo complicado viene después, cuando el demonio de la Radio se despierta en los nuevos aposentos del Rey del Infierno, en el nuevo y remodelado Hotel de las Viejas Glorias. No está contento, aunque sonría. La mueca que se dibuja en su cara es enfermiza, y a Lucifer le preocupa casi tanto como la herida bajo las vendas que ha conseguido aplicar antes de que se despertase. En realidad, está iracundo y desquiciado, y el dolor del tajo infectado y de la derrota solo empeora las cosas. Ah, y eso de que Lucifer le haya salvado el culo también. Y es posible que el enfrentarse a su propia mortalidad, cortesía de Adam, le haya provocado una crisis. Así que ahora Lucifer está lidiando con el ataque de ansiedad más raro que ha visto en su vida. Porque puede que Alastor no hiperventile (solo respira rápido, claro) ni haya dejado de sonreír, pero podríamos llamarle el Rey de la Depresión. Sabe reconocer esa clase de crisis cuando las ve. 

Esta no era la reacción que se esperaba. Lilith estaba muchísimo más contenta cuando le quitó al primer hombre de encima.

Durante un momento, hubo paz. Con la reconstrucción del hotel y sus cientos de milagros —habrá caído, pero sigue siendo un arcángel— en marcha, pudo apartar a Alastor de las miradas indiscretas y llevarlo a su nueva suite. Charlie tiene mucho que procesar y en lo que pensar, un Infierno entero la espera, pero al menos está feliz de que su padre haya decidido establecer una segunda (primera) residencia en el Hotel de las Viejas Glorias. El Rey del Infierno se ocupó de cerrar la herida dentro de lo posible, pero el agotamiento de la batalla comenzó a pasarle factura antes de que lo consiguiese del todo, así que terminó la tarea a base de vendas. Aun así, Lucifer tiene un mal presentimiento. Los condenados no están hechos para sobrevivir a la energía angelical, que en sus venas es el peor de los venenos. Y cuando mira a Alastor allí, tendido en su cama, pálido por la falta de sangre, el rostro perlado de sudor y las orejas temblorosas, se le retuerce el estómago con el peso de los remordimientos. 

No debería haber dejado que pasara. Tendría que haber actuado antes. Tendría que haber llegado antes. Su hija, su… Alastor, su reino entero… Los ha puesto a todos en peligro por no ser capaz de plantarle cara a los soplapollas del Cielo, que ya han demostrado cientos de veces no ser mejor que los condenados más rastreros.

Y ahora solo puede esperar mientras contempla cómo pequeñas manchas rojas florecen en las vendas, y se pregunta si esa herida llegará a curarse algún día.

Lucifer traga saliva. Más valiente de lo que nunca ha creído que podría llegar a ser, se sienta al borde de la cama, al lado de Alastor. El demonio ciervo se revuelve, todavía inconsciente, por primera y única vez privado de su sonrisa, la marca de la casa. El Rey del Infierno no puede evitar la tentación y acaricia su mejilla. Aunque… ¿no es acaso el primer tentador, la Serpiente del Edén, por cosas como estas?

Rostro suave, piel febril. La paz dura tan poco como su roce. Por tierna que sea la caricia, los ojos carmesí de Alastor se abren de par en par nada más sentir los dedos ajenos tocándole. Recupera la sonrisa de forma instantánea y se incorpora de golpe, como si el tacto del ángel caído le quemase. No tarda ni un segundo en escanear la habitación con la mirada, aunque la falta de sangre hace que su cabeza vaya un poco más lenta de lo normal. Al principio, no entiende dónde está. Lucifer intenta hablar, intenta tender esos puentes que le ha prometido a Charlie —que él mismo necesita — intenta extender una mano hacia él y rozarle de nuevo…

Alastor se aparta a toda velocidad con un gruñido animal que pronto se convierte en un gemido entrecortado. Por desgracia para el demonio de la Radio, la brusquedad del movimiento no tarda en pasarle factura, y es una cara. El ardor de la herida le dobla sobre sí mismo, jadeante, las orejas aplastadas contra su pelo. Pero cuando el Rey del Infierno trata de acercarse de nuevo, Alastor tan solo recula hasta amenazar con caerse por el borde de la cama. El aviso en sus ojos, convertidos los iris en dos diales de radio, está más que claro. No me toques. Aunque sonría, al mirarlo gruñe entre dientes. Se abraza a sí mismo y la habitación blanca se llena del chasquido de la electricidad estática al crepitar. 

Lucifer suspira. Se le ha olvidado que Alastor le odia… Genial. En fin, por algún sitio hay que empezar.

Sin intención alguna de dejar que se hiera todavía más solo por el asco que al parecer le tiene (una parte muy pequeñita de él susurra que puede que no sea tanto eso, si no el miedo y el instinto de huir o morir que le atenazan) Lucifer levanta ambas manos en señal de rendición y se levanta de la cama. Tienes espacio, le dice sin palabras. No haré nada que no me permitas. 

La sonrisa… mueca sonriente de Alastor se relaja un poco. Las interferencias del ambiente también se atenúan. Sin embargo, sigue teniendo un aspecto deplorable. Un solo golpecito en el hombro y, Lucifer está seguro, el temido Overlord que a tantos ha masacrado quedará fuera de combate. 

(Quizá debería hacerlo… Así por lo menos se asegurará de que el maldito ciervo no se empeore la herida con esa tozudez que parece sacada del pozo más profundo del Infierno.)

Alastor trata de enderezar la espalda, aunque todavía sentado en la cama (entre sus sábanas… menos mal que no se ha dado cuenta) y mira a su alrededor. La tensión en su rostro, el intento claro de mantener la sonrisa como careta para ocultar el dolor que siente, es más que visible para Lucifer, que tan solo suspira. 

—Sabes que el truco de la sonrisa falsa para aparentar que tienes el control de la situación lo inventé yo, ¿verdad? —cuestiona el ángel caído, cruzado de brazos—. No necesitas fingir aquí, Alastor.

Sin embargo, el demonio de la Radio no cede. Parece que se le ha olvidado como mostrar cualquier otra expresión facial, y Lucifer no puede evitar sentir… pena. Compasión. No quiere que sufra, pero no sabe cómo ayudarle.

—Nos hemos levantado misericordiosos hoy, ¿eh, majestad? 

El filtro radiofónico no enmascara las palabras de Alastor, cosa que claramente le incomoda. Se nota en cómo frunce las cejas, en las orejas, que de pronto le tiemblan, en la respiración superficial y rápida. Lucifer suspira. No va a camuflar el miedo que debe estar resolviéndose el estómago con truquitos baratos en un futuro próximo, se siente. No cuando su bastón-micrófono está ahí, partido en dos en una silla, encima de su chaqueta y su camisa. Lo que quedaba de ellas, de todas formas.

—¿Cuánta gente sabe que estoy aquí?

—¿Todo el mundo? —Lucifer se encoge de hombros, tranquilo, aunque le inquieta el rumor de la electricidad estática, de nuevo de vuelta—. Te saqué de la azotea antes de que Adam acabase contigo —explica—. Y luego te dejé con Angel Dust y Husk. Ellos se aseguraron de mantenerte a salvo hasta que terminó la batalla. De hecho seguramente querrán que les avise de que estás…

Lucifer hace el amago de echar a andar hacia la puerta, pero la sombra de Alastor captura el pomo con sus tentáculos negros antes de que el arcángel pueda siquiera alargar la mano. Por si la pérdida de sangre no le había dejado lo suficientemente pálido y drenado de fuerzas, la respuesta del Rey del Infierno termina con él. La respuesta del Rey del Infierno y, por supuesto, su propia tenacidad. Convocando esa magia horrible cuando debería descansar… ¿no ha oído hablar nunca del instinto de supervivencia o qué?

El ángel caído frunce el ceño. Esto va a ser como tratar con un niño pequeño.

—Y otros nos hemos despertado bravos —se mofa. Del demonio ciervo no obtiene más contestación que una mirada asesina, desenfocada y vidriosa, y los jadeos de una respiración acelerada. Ahora le está dando una crisis. Increíble. Fantástico… ¿Todo el mundo lo hace tan mal cuando pierde práctica en ligar?—. Magia es lo último que deberías hacer ahora mismo, Alastor.

—¿El mismísimo Rey del Infierno se preocupa por mí? —sisea—. Qué honor.

—Y todo lo que tú quieras, pero para con eso. Te vas a hacer daño.

—¿Por qué debería?

—¿Porque has estado a punto de desangrarte en mis sábanas? —le espeta, y la sorpresa basta para que la sombra de Alastor se calme. El Rey del Infierno no hace amago de volver a alcanzar la puerta, y así establecen un equilibrio… precario, en el mejor de los casos—. Bastante me ha costado salvarte la vida. No vamos a darle otro disgusto así a Charlie.

Alastor entrecierra los ojos, pero no contesta. Lucifer suspira. Hay una pequeña parte de él que, pese al crush, está disfrutando de este momento privado de humillación. No puede evitarlo, quedar por encima del demonio de la Radio se ha convertido en uno de sus sueños húmedos. Puede que en más de un sentido, pero esa es una conversación para otro día. Además, que es el Rey del Infierno. Le pagan para ser mezquino.

—Adam te dejó hecho un desastre —dice, no sin cierto regocijo que luego se templa—. Cuando la batalla terminó y te vio medio muerto, Charlie estaba desesperada. Nunca se lo perdonaría si no sobrevivieras.

Y nunca me lo perdonaría a mí… ni yo mismo lo haría. Pero esa parte se la calla. Durante unos segundos, Alastor ni siquiera reacciona. 

—Todo el mundo… —rumia el ciervo. Al parecer sigue atascado en eso, como una especie de disco rayado.

—¿Y qué? Luchaste para protegerles y luego, cuando caíste, te devolvimos el favor. ¿Dónde está el problema en dejar que tus amigos te protejan, Alastor?

La sonrisa del demonio ciervo no desaparece por completo, pero parece parpadear, como si durante un segundo estuviera en su cara y al siguiente las interferencias en el sonido le borrasen la boca por completo. Es un parpadeo, una nimiedad en una lista de debilidades que parece hacerse infinita y que se suma al temblor de sus hombros, a las orejas pegadas a su cabeza y a las sacudidas frenéticas de su cola.

(Joder, es adorable.)

—Vaya, majestad... nadie podría imaginarse al Rey del Infierno con una palabrería tan sumamente infantil. ¿Cómo es posible que no te hayan derrocado todavía?

(Joder, es un capullo.)

—Nadie puede y lo sabes.

—Quizá deberíamos intentarlo. He oído que la república es un grandioso sistema de gobierno.

—Alastor... —suspira Lucifer, masajeándose el puente de la nariz. Este cretino va a conseguir que le estalle una vena a este ritmo, pero se obliga a recordar que aquí la víctima no es él mismo, si no su… la otra figura paterna de su hija. El demonio de la Radio actúa como una presa enjaulada. Muerde, vicioso, pero cada comentario mordaz y cada interferencia estática no es nada más que una manifestación de su miedo. Está atrapado, herido y aterrorizado, y a él le encantaría hacerle entender que no tiene que ser así. Aun así, Lucifer sabe que debe actuar con cuidado. Uno de esos mordiscos podría costarle una mano—. Estoy aquí para ayudarte. Lo sabes, ¿verdad? Estás a salvo.

La única respuesta que recibe es un gruñido entre dientes, una sonrisa tensa y tan falsa que resulta vomitiva. Y, cuando da un paso hacia él, Alastor se pega al cabecero de la cama (¡su cama! ¡La de Lucifer! Después de esto, no va a cambiar las sábanas durante semanas) como si quisiera fundirse con el mueble.

Eso no detiene al Rey del Infierno. Lo primero que hizo por Lilith fue deshacerse de Adam, y eso le abrió la puerta. Repetir ese gesto por Alastor y recordarle que está en un lugar seguro al menos, espera, podrá suavizar las cosas con él, ¿no? Así que, con esa convicción, vuelve a sentarse al borde de la cama. A distancia prudencial esta vez y sin intentar tocarle. No parece que el demonio ciervo aprecie esos acercamientos. Mejor no tentar demasiado a la suerte.

—Hablo en serio. —Sí, va a seguir intentándolo. No es de los que se rinden fácilmente después de todo, aunque quién lo diría después de verle rendirse con su hija—. También con lo de la sonrisita. No necesitas fingir.

Alastor titubea. Con los labios cerrados en una línea que todavía traza una curva, parece más enfadado que asustado, pero Lucifer sigue viendo todo el resto de señales. Hasta que, para su sorpresa, el demonio deja escapar un suspiro y toda su fachada se desinfla. Ahora sus orejas caen, como la cola, como sus brazos, demasiado agotado como para mantener la farsa. El deje en su expresión es apenas un fantasma. No se deja ir del todo pero… Lucifer jamás le había visto así. Consciente y vulnerable.

Oh, mierda. Quiere besarle. A Lilith no la besó hasta que no se casaron.

—Por estimulante y encantadora que sea la charla, majestad —masculla el demonio de la Rabio—, debo admitir que la batalla me ha dejado… cansado. 

—¡Ah, sí, claro! ¡Necesitas tiempo y descanso para sanar! —No puede decirle que no está seguro de que eso vaya a sanar. Todavía no—. Si quieres dormir un rato, puedo irme… Aunque ya sé que no vas a querer que vengan y te vean, Charlie y los demás se merecen saber que por lo menos vas a sobrevivir.

—¿Irte?

—Claro. Para dejarte… eh… espacio y eso… Estarás más cómodo.

—¿Esta no es tu habitación?

—Sí, bueno, pero… 

—Haz lo que quieras, majestad. —¡Como si necesitara su permiso! ¡Será…!—. Mientras no me despiertes, me da igual.

Solo hay un maldito demonio en todo el infierno que pueda dejarle así, con la palabra en la boca (en mitad de lo que hay que admitir que no era mucho más que un tartamudeo sin sentido, cierto) y lo tiene delante. Lucifer abre y cierra la boca un par de veces, tan asombrado como indignado, mientras busca una réplica. Para cuando la encuentra, es tarde. Alastor se ha escondido bajo las sábanas y el bulto que es su cuerpo sube y baja, la respiración acompasada. De su herida sigue emanando energía angelical, pero al menos parece que no le impedirá descansar.

Solo con constatar eso, la expresión de Lucifer se suaviza. Se convierte en una sonrisa que nada tiene que ver con las muecas de Alastor, táctica de la que clama su autoría. A los pies de la cama hay una manta. Y, esto no puede salir del Hotel de las Viejas Glorias, el Rey del Infierno tapa un poco más al despiadado demonio de la Radio antes de salir en busca de su hija.

Pero volverá. Todavía tiene un ciervo que… conquistar.