Chapter Text
Las olas rompían impetuosas contra las inamovibles rocas oceánicas, la brisa marina se sentía salina al llegar a sus pulmones, el cielo oscurecido símbolo de una pronta tempestad se acercaba con lentitud hacía su seguridad en tierra firme. No contaba con la ayuda de los dioses, Atenea ya no estaba a su lado para guiarlo en esta difícil decisión a la que se enfrentaba, Hermes simplemente le brindó una oportunidad de poder escapar de las garras de Calypso, y no debía de desaprovecharla.
Las heladas aguas acariciaron su piel al dar un solo paso adentrándose a lo desconocido, cánticos imposibles de descifrar se escucharon a la distancia, susurros inentendibles acompañaban la tenebrosa canción entonada, gritos de traición y odio que impedían que conciliara el sueño, el ruido del metal chocando entre sí, el ruido del mar abriendo paso a su gobernante supremo. El resplandor de la divinidad perturbó su campo de visión, todo sonido que alguna vez consideró como un cruel recordatorio de un castigo celestial se esfumó, el aroma que representaba una calma temporal fue corrompido por la cruda esencia de sal marina y abelmosco lleno de furia. Una presencia orgullosa fingiendo tranquilidad lo acompañaba una vez más después de tantos años sin causar su creciente furia.
—¿No estarás pensando en adentrarte nuevamente a los mares que custodio, verdad?
Las olas se calmaron ante el soberano de los mares, el ruido de las aves que sobrevolaban el cielo se detuvo tan solo con esa aura que sometería a cualquier ser que estuviera ante la presencia del dios. Una débil voz desesperada dentro de la mente de Odiseo causó que retrocediera alejándose del frío mar, siendo así el objeto de atención del tirano inmortal.
— Entra al agua, Odiseo—. fuerte, una orden disfrazada como una suave y calmada sugerencia salió de la imponente deidad; el hombre no se atrevió a seguirla. — Tu silencio es algo encantador después de todo lo que has dicho hasta el día de hoy—. un ligero e imperceptible estremecimiento recorrió su débil cuerpo. — Nadie te detiene para intentar ir a tu hogar, ¡Oh, infame rey de Ítaca! He de recordarte que nuestros caminos tienen ciertas discrepancias cuando llegues a ese punto de retorno… — una sonrisa se formó en el rostro de la gigantesca figura. —Sabes muy bien que tengo una reputación que cuidar, un título que he de mantener; si te dejara ir como si nada hubiese ocurrido, olvidarán lo cruel que soy.
Odiseo observó como una fría mano se acercaba hacia su persona, como posiblemente de un solo roce terminaría quitándole la vida. Se apartó, la sonrisa en el rostro de Poseidón tomó un nuevo significado.
—Entra al agua… — aquel conocido por tener una mente brillante retrocedió temeroso, mas la deidad lo sostuvo con fuerza arrastrándolo a la orilla nuevamente. —Observa bien mi estimado Odiseo — la figura del gigantesco ser se disolvió a un cuerpo similar al suyo para posteriormente sentir que su rostro era sujetado con fuerza llevándolo a mirar la furiosa marea indicando las verdaderas emociones de Poseidón. —, toda vida que hay en Itaca podría desaparecer con solo hacer que mis aguas se eleven.
—Espera… — las frías manos que lo sostenían se esfumaron teniendo nuevamente al imponente dios en el vasto océano con una mueca de éxtasis inigualable. —No hagas esto, por favor. — Una pequeña oveja perdida es lo que veía Poseidon, un ser completamente a su merced, temblando de miedo por lo que vaya a suceder, una sumisa presa.
—Estoy seguro que tu esposa e hijo se ahogarán con los maremotos que estoy dispuesto a enviar. — un grito de desesperación pidiéndole que se detenga, que no lo hiciera inundó sus oídos, la mirada que encontró en el mortal aumentó su ira, una mirada que aún no se rendía a pesar de rebajarse a las súplicas. Sus puños entraron en contacto con la arena causando que el mar subiera hasta cubrir los muslos del hombre. —No creas que mis amenazas son en vano, ya te di la oportunidad de continuar con tu existencia. —Odiseo fue testigo de cómo un gran tridente tomaba forma entre los falanges del dios, quiso retroceder pero esa acción solo fue para encontrarse con el filo del arma y su reflejo en el. —¡Puedo tomar a tu hijo y arrancarle sus ojos si no eliges morir en este lugar! ¡ENTRA AL AGUA!
La respiración del soldado yacía agitada sintiéndose tan incapaz de luchar, el aroma a olivos que alguna vez fue portador de su gran confianza y decisión se vio apagado con el de una toxicidad salina, sus ojos por primera vez transmitían el verdadero temor que sentía, su corazón latía con fuerza aferrándose a la blanca arena entre sus manos, no debía rendirse aún. Recordando a Penélope, al pequeño niño que dejó para ir a la guerra alzó su vista hasta toparse con las frías gemas azules que buscaban su muerte, debía de terminar con este acto tan irracional. Con dificultad se puso de pie, inhaló el aire a su alrededor captando la esencia del dios, dio un paso al frente bajo la atenta supervisión del colosal.
—¿Acaso no está cansado de todo esto, Poseidón? —Debía de llegar a él… debía de lograr que dejara de atentar contra él solo por no poner un fin a la vida de su hijo… —Ya han pasado ocho años, ¿cuánto más quieres que dure esto? —quería volver a su hogar, quería volver a ver a su esposa una vez más… a su pequeño hijo… —sé que ambos estamos heridos por las pérdidas… ¿Por qué no poner un fin a todo esto e irnos a casa sin rencores? —debía de intentarlo…
Las aguas embravecidas parecían calmarse de a poco, parecía que el dueño de los mares estaba pensando seriamente en lo que el humano le pedía. Odiseo se permitió respirar unos instantes, instantes en los que no pudo ver lo que tramaba Poseidón, la marea subió tan solo con un pequeño movimiento de su amo, estaba acorralado. El de largos cabellos castaños buscó una superficie donde pudiera apoyarse, una gran roca en medio del mar captó su atención, podía llegar a ella pasando la gran imagen del tirano cruel. Rápidamente intentó nadar a su destino, los iris azules llenos de odio juzgaban sus acciones en silencio inquietante, cada vez estaba más cerca, solo faltaba un poco más para lograr sobrevivir…
Un golpe y su cuerpo en un segundo yacía estampado contra la dura piedra, un fuerte jadeo de dolor escapó de sus labios, sintió entumecer su espalda, sus ojos que se cerraron por tal acción inesperada se abrieron para buscar la colosal imagen de la deidad, imagen que ya no se encontraba en el lugar donde esperaba que estuviera.
Dedos completamente helados acariciaban una parte de su nuca enrollándose suavemente alrededor de su cuello, el cálido aliento de su captor chocaba contra sus orejas, no podía ser cierto… Giró su cabeza con lentitud, Poseidón no podía estar tras él…
El azul y el crisocola se encontraron, la ira disfrazada de gentileza junto el temor disfrazado de tranquilidad. Una nueva sonrisa se formó en el rostro del ser divino viendo la posición de su enemigo, enemigo que yacía aprisionado por sus manos, tan débil y obediente, tan…
Una carcajada abandonó los labios de la divinidad, el aroma tóxico que expresaba enojo cambió completamente a uno que buscaba dominar a su contrario, dejarlo sin fuerza. El agarre en la garganta de Odiseo se apretó causando que este tratara de quitarse al dios de encima, que tuviera miedo, miedo que se filtraba en su esencia a olivos marchitos. El mortal empezó a rasguñar como intento por liberarse, el contorno de sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas y su mirada se volvía de a poco una súplica silenciosa. Poseidón estaba más que encantado con esa nueva faceta del luchador, sutilmente se apegó más al oído del contrario y en un profundo tono de voz dejó en claro sus intenciones.
—Creo que encontré una mejor función para ti… — el pavor inundó al mortal, las lágrimas se deslizaron por sus pálidas mejillas por la incertidumbre de lo que pasaría con él, ¿que quería ese ser de él? —Ya, ya, no derrames tus lágrimas como si fuera a hacerte algo malo… — el fuerte agarre en su cuello desapareció dando paso a una tos desesperada por la falta de oxígeno. Poseidón acarició suavemente los largos mechones del menor ordenándolos como más le complacía, acarició la marca rojiza de su mano alrededor del anteriormente níveo cuello del hombre más joven, se acercó y olfateó dicha zona encontrando solo el pútrido olor de olivos y menta, ese olor prontamente cambiaría a uno más dulce y refinado. Sintió el estremecer de su contrario cuando su aliento entró en contacto con la blanca piel, un sobresalto cuando su lengua recorrió lentamente el lugar y un grito de dolor cuando sus dientes se hundieron haciendo un reclamo en el desafortunado sujeto.
—Detente… — un sollozo suplicante acompañado de jadeos y chillidos de su presa llegó hasta él, una mirada confundida y llena de terror causó un sentimiento de satisfacción. Un ruido de sorpresa salió de Odiseo cuando la deidad rompió su vestimenta de un solo movimiento, su ropa se había vuelto añicos en un instante, se convirtió en trozos de tela sin arreglo alguno. —que… ¿qué es lo que quieres de mí? —Poseidón observaba atentamente la desnudez del otro, cada músculo, cada curva, cada cicatriz que este tenía y la parte que debía de quedar inutilizable, su mirada analítica se vio detenida por el intento del mortal por cubrirse, por no sentirse expuesto, era una pena que debía de acostumbrarse a estar así de ahora en adelante. Con un simple chasquido los brazos de su recluso se vieron apartados por cuerdas de agua, esa posición era mucho mejor para aquel sujeto. —Suéltame… ¡por favor!
—No puedo hacerlo. — el gélido toque de los dedos del rey de los mares causó un extraño revoltijo en el estómago de la ingenua criatura atrapada en sus redes, las ásperas manos bajaban lentamente por sus hombros trazando cada línea que estaba a su paso, suave y ligero como si quisiera memorizar cada parte de ese ser. El roce prontamente se detuvo para luego ser dirigido a un movimiento delicado en las areolas del individuo, el brusco movimiento del mortal al sentir ello fue inmediato, Poseidón sostenía con fuerza la pierna dirigida a golpearlo en el rostro, sus ojos expresaban vivida furia ante esa reacción, esa acción fue estúpida en todo el esplendor que podía existir en esa cansada mente, estúpida e intolerable, más debía de ignorarla y seguir con sus nuevos planes, no debía de tener ningún error. Besó la punta de los dedos de los pies de esa figura insignificante haciéndose presente un nuevo estremecimiento por parte del hombre, la deidad contuvo su risa mientras se detenía a contemplar los muslos de su nuevo juguete, lamió, chupó y mordió dejando marcas violáceas junto a las gotas de sangre deslizándose. Estando a punto de llegar a su entretenimiento principal un gruñido por parte de la inmunda existencia lo detuvo, las piernas antes abiertas e incapacitadas se cerraron y lo único que fue capaz de llevarlo a un renovado sentimiento de éxtasis fue esa nueva mirada desafiante del alfa menor. Poseidón creyó que Odiseo no se negaría a seguir con su pequeña idea espontánea, firmemente creyó que todo el orgullo de ese débil lobo se había esfumado como la efímera vida de una rosa. —Te dije que tengo nuevos planes para tí, ¿acaso no deseas terminar con todo esto?
—Este plan no es nada conveniente para mí. —el brillante dorado lleno de fiereza dejaba en claro quién le estaba declarando esa guerra por el control de la situación, lastima que eso sólo aumentaba las burlas del soberano. Una sonrisa sádica adornó sus labios dejando entrever sus colmillos al lamentable lobo que deseaba enfrentarlo por su honor.
—¿Cuándo mencioné que sería conveniente para ustedes? —una expresión de sorpresa fue registrada por sus azules gemas al igual que un chillido y un nuevo gruñido de advertencia al separar sin piedad los muslos para estar entre ellos. El dios ladeó la cabeza con sorna reposando una de sus manos arriba de la entrepierna del humano. —Me recibirán como una buena perra en celo, sentirán como ultrajo su ser mientras claman por mi perdón. —los tonos salinos naturales de Poseidón encubrieron cualquier aroma del hombre impidiéndole ser capaz de registrar otro perfume que no fuera el suyo, el lobo de Odiseo notó rápidamente ello siguiendo dispuesto a dar pelea. Fue testigo del débil intento de sobreponer sus feromonas a las que había esparcido, tan débil intento y tan dulce decepción.
—No… — Poseidón rió despojándose del quitón que portaba, la respuesta que obtuvo del menor solo fue una de resignación, ni siquiera lo miró o apreció su cuerpo, no oyó ninguna queja al estampar sus caderas aún cubiertas por las telas contra el trasero del otro alfa, solo captó un gemido lastimero y el ligero arco que formaba inconscientemente, las manos apartadas del muchacho se cerraron en puños y la tenacidad en su mirada decaía gradualmente con cada movimiento que ejercía sobre su pequeño cuerpo. Realmente era tan obediente…
—Se convertirán en mi nueva yegua reproductora. — dejó que la tela cayera débilmente revelando su ser con lentitud mientras acercaba su rostro al de su presa observando como esas bellas joyas verdosas lo miraban con cierto temor debajo de toda esa bravura. La alegría y la dicha reinaban en su pecho al saber que esos sentimientos eran provocados por su persona, tan dulces emociones que pronto solo serían provocadas por él y para él.
Sus labios entraron en un contacto violento con los del desdichado hombre, sus manos agarraban con fuerza esa frágil cintura mientras que las olas llevaban consigo todas las lágrimas que el mortal derramaba. Su roce estaba viajando por todo el cuerpo, sintiendo cada parte de su piel, cada curva y línea que lo conformaban donde el propietario solo podía pedir clemencia para poder llenar de aire sus pulmones o despertar de esa real pesadilla.
La respiración apresurada al romper el violento beso parecía bailar con la brisa, los suaves susurros pidiendo ser perdonado por sus pecados solo eran respondidos con indiferencia y diversión sádica. Odiseo solo era un simple espectador que cayó en la desgracia, un simple espectador de su propia desgracia. Vio como Poseidón tocaba con gentileza aquella parte que nadie se atrevió a mancillar, vio como este mismo sonreía mientras trataba de deslizar sus dedos en dicho lugar, escuchó como lo felicitaba por ser tan obediente, escuchó cómo le hablaba simulando que era su amante virginal.
Su interior se sentía extraño con cada pequeño movimiento que la deidad ejecutaba con sus falanges, por más que deseaba evitar reaccionar, por más que quería evitar que sus labios dejaran en claro aquel oscuro placer, el destino no estaba de su lado ni los dioses que desde su niñez había adorado y venerado. Su espalda formó un arco contra la dura roca cuando los dedos del dios rozaron hábilmente lo que era desconocido en su propio ser, un grito agudo lleno de sorpresa y más lágrimas sin significado alguno escaparon de sí alimentando el ego de aquel portador de crueldad.
—Te ves tan lindo tratando de negar la realidad—. escuchó. —¿Acaso este rostro lleno de lágrimas se lo mostraste a tu bella esposa?— un jadeo abandonó los labios del mortal tras el repentino vacío que dejó el dios en su interior. —¿O a tu mejor amigo que fue asesinado por mi hijo?— Contuvo sus sollozos cuando el roce de algo mayor se estableció en su trasero. —¿O lo descubrieron las dos diosas que te mantuvieron cautivo?— un solo empujón fue suficiente para sentir que moriría, para sentir como si lo estuvieran rompiendo en dos, un grito desgarrador causó que su garganta ardiera en fuego vivo y que el aire que estaba conteniendo se sintiera nulo. —Es una pena que a partir de ahora solo yo veré esa parte de ti.
No tuvo tiempo para respirar, no hubo tiempo para quejarse antes de que las embestidas salvajes comenzaran al ritmo brutal del océano. Sus manos solo podían aferrarse a la espalda de su captor, sus labios solo podían estar vacíos para respirar y sumergirse nuevamente en el pasional juego del inmortal, sus piernas solo podían estar abiertas recibiendo todo lo que la divinidad tenía que otorgar. Cada golpe certero era como una daga en su corazón, los recuerdos de su juventud junto a su amada de a poco se estaban corrompiendo con cada canto de Poseidón dirigidos a su Penélope, su preciosa Penelope.
—No llores dulzura, causarás un gran pesar en mí—. ese frío tacto acarició sus mejillas limpiando las salinas gotas que se desbordaba de sus ojos, desbordadas ante recuerdos que tuvo al saber de su preciado hijo, recuerdos que pudo haber formado con su familia si hubiera llegado a Itaca hace mucho tiempo atrás. —Llorar no servirá, Odiseo—. Gemidos y sollozos salieron de su boca no pudiendo diferenciar si eran de dolor o de placer escondido entre el sufrimiento. —Nada te salvará de este destino.
Aquella voz inundó su mente y sus sentidos, su cansado lobo aullaba de tristeza al ser sometido por la pesada esencia del mayor. Su pacifico mundo se resquebrajaba cada segundo, sus sueños y deseos se volvian inalcanzables, su cuerpo ya no se sentía como suyo. Poseidón se satisfacía con cada parte de él, mordía y lamía su piel como si fuera el platillo más exquisito que había probado en su longeva vida.
Odiseo miraba al cielo sin alma o esperanza de ayuda, resignado a ser un muerto en vida, sin un propósito, sin una guía divina. Sus piernas fueron alzadas bruscamente, la mirada orgullosa de su contraparte solo le recordaba sus errores, su perdición.
—No, por favor…
—¿No? ¡Sí lo estás disfrutando! Como toda una ramera—. El último susurro causó que su corazón parara de latir y más lágrimas cayeran de sus cuencas mientras escuchaba la risa macabra de la deidad.
Brusco y doloroso, su interior se expandía para recibir algo prohibido, el ardor y la sangre en la parte posterior de su cuello nombraban a una unión insólita entre ellos, la silenciosa atmósfera dentro de su mente lo dejaba apreciar la completa subordinación hacía el otro alfa que intentaba culminar con aquel acto atroz. Gritó, pidió perdón, lloró y chilló de aflicción al sentir el nudo completamente dentro suyo así como la semilla divina inundar su ser. Era extraño, era irreal, mas las caricias y promesas vacías decían todo lo contrario.
Nadie sabría de él, nadie sabría que pasó, nadie sería capaz de decir que el océano lo capturó y llevó a las profundidades para nunca jamás ser visto a menos que así lo deseara el rey de los mares.
En aquel palacio dorado nadie lo ayudaría, solo escucharían sus gritos y gemidos llenos de tormento, solo agacharían la cabeza al verlo encadenado sin nada más que una tela para cubrirse del resto, solo lo vestirían por órdenes de su señor y lo ignorarían sin más.
No sabía cuánto llevaba en esa habitación, no sabía porque su cuerpo reaccionaba cada vez más al aroma de su captor, no sabía porque su musculatura yacía desapareciendo cada día, no sabía de quién era el reflejo que veía en el espejo. Sus manos tocaron aquel cristal que reflejaba lo desconocido, las joyas crisocola llenas de tristeza se encontraron con confusión y gran pesar sin distinción.
La puerta del dormitorio se abrió como cada noche, un atisbo de luz se colaba débilmente para luego extinguirse como días anteriores. Sus dedos dejaron de acariciar la brillante superficie esperando que el intruso hablara con su inequívoca autoridad. Mas no hubo palabra alguna, solo el sonar de los fuertes pasos en su dirección que le advertían lo que el señor de los mares venía a buscar, ni siquiera se quejó, ni siquiera mostró negación cuando sus bocas se juntaron en un beso salvaje e inhumano.
Las telas que cubrían sus cuerpos desaparecieron permitiendo caricias directas a su piel, cuidadoso y violento, era como variaban los roces en las diferentes zonas. Suspiros suaves y respiraciones entrecortadas era lo que más captaba sus oídos, en algunas ocasiones podía discernir algunos gruñidos de la deidad al olfatear cerca de la marca que dejaba al acabar con su rutina, rutina a la que de a poco se fue acostumbrando. Odiseo chilló ante la rápida mordida de Poseidón quien inhalaba suavemente la fragancia que desprendía, la fragancia que había esperado saborear durante todas las semanas de tormento dirigido al mortal.
Los dientes se desprendieron de la carne magullada, las pequeñas gotas de sangre escurrían por la piel pálida mientras los jadeos de simple agotamiento tomaba presencia en el desafortunado hombre.
—Debo decir que estoy sorprendido por el rápido cambio en todo este tiempo—. sus oídos registraron el tintinear de la cadena en su pie siendo atraída débilmente por su contraparte, sus ojos esmeralda se dirigieron con desconcierto al perpetrador de la paz en la alcoba. El tiempo parecía detenerse cuando se encontró con el larimar, sus latidos se aceleraron y su cuerpo comenzó a temblar al registrar un sentimiento extraño nacer de la profundidad de su vientre.
El miedo inundó su ser ante este nuevo descubrimiento en sí mismo, podía sentir sus piernas debilitarse con más rapidez comparado a otros días, sentía la temperatura subir gradualmente ante el atento mirar del dios, simple y pulcra obediencia era lo que sentía por aquel ser.
Aspirando el crudo y tentador perfume fue que se derritió entre las manos bañadas de sangre de mil hombres, el deseo resurgió cual venenosa tentación, la débil son de la traición trajo lágrimas de dolor, mientras ambos cuerpos en el placer se fundieron sin distinción.
No hubo odio ni rencor, todo quedó olvidado por toda acción lujuriosa en el salón, las manos se entrelazaban en la danza lasciva, el sudor resbalaba por las pieles resaltando el sonido implacable del encuentro entre dios y mortal.
Odiseo creyó que fallecería, la temperatura no hacía más que incrementar al igual que la posesividad del inmortal, Poseidon se volvía cada vez más cruel e impasible, sumergido por completo en sus ideas y pensamientos saciandose con su cansada existencia. Por más que deseaba cerrar sus ojos una pequeña parte de sí se negaba a dejar a su “potencial pareja” solo, sus manos se aferraban a los hombros de su señor y sus labios entonaban la melodía que Poseidón deseo desde el momento en que empezó toda la tortura.
No podía descansar ni diez minutos antes de que el sofocante calor llevara toda cordura recuperada, no era capaz de contar las veces en que fue tomado por la deidad, ni cuánto tiempo llevaban en ese bucle eterno de lujuria y pasión, las vasijas llenas de alimento y bebida comenzaron a invadir el suelo de la habitación, las telas blancas sobre su lecho yacían llenas de fluidos tanto propios como ajenos.
Aquel aroma que alguna vez fue dominante, se había tornado completamente dulce, delicado y suave, como si fuera el aroma de una joven doncella en pleno florecimiento, pero él no era una doncella ni una flor hermosa e impoluta, era una rosa sin espinas y mancillada al antojo de su cuidador.
A lo que parecía ser el sexto día de cruel tortura placentera, Odiseo se había quedado anonadado al observar al soberano completamente tranquilo en un sueño acogedor y melancólico. Por breves lapsos las expresiones del dios cambiaban imperceptiblemente a una de completa tristeza y desamparo. No lograba comprender cómo dicha figura podía hacer una expresión como esa, alguien que había arruinado por completo su realidad, que había acabado con sus camaradas sin piedad, alguien que le arrebató sus sueños, su vida…
—Pélope… —El llamado desesperado de un hombre por un amor inalcanzable hizo que todo espectro de ira se desvaneciera.
No podía comprender, no quería comprender que aquel monstruo sufría por algo que desconocía. Deseaba escapar, olvidarse de todo ese teatro armado por malentendidos, por egoísmo y dolor, no obstante nunca podría hacerlo, no con él a su lado.
Débilmente dejó que sus piernas se acomodaran fuera de la cama, obligó a su cuerpo a levantarse, a salir de ese lugar. Creyó que por fin obtendría algo de paz, que al fin podría tener un poco de libertad, pero eso nunca fue así.
—Por favor, no te vayas. No me dejes otra vez.
El fuerte abrazo por su cintura impidió todo ello, su hombro yacía aprisionado por el mentón del mismo ser que lo tenía entre sus brazos mientras las lágrimas le bañaban anhelando el regresar de alguien que no era él.
De manera imprevista fue empujado nuevamente hacia la cama y acorralado por la deidad que comenzaba a depositar suaves besos por cada parte de su rostro suplicando que no se alejara, prometiendo cuidarle y amarle sin importar nada. Por primera vez Poseidon lo tocó con cariño y aprecio, como si fuera el más grande y preciado tesoro bajo su potestad.
La poca ropa desapareció como días anteriores, sin embargo, los roces no eran los mismos, eran más ligeros y cuidadosos, llenos de amor y consuelo. Mas el profundamente deseo que no siguieran así, no pronunciando el nombre de otra persona, no sonriéndole como si viera a otro, no quería ser sólo un reemplazo.
Al despertar no sintió el calor de su compañero, no recibió una mirada llena de admiración, sólo obtuvo una mirada llena de disgusto y una expresión sin emociones del dios.
Su corazón se rompió en mil pedazos, sabía muy bien que no había ni una pizca de piedad para él desde un principio y tampoco habría alguna pizca de cariño ahora, no importaba si oficialmente le perteneciera a la deidad, no importaba cuanto ese nuevo lado de él suplicara por amor y perdón, no importaba si deseaba regresar con su verdadera familia, Poseidón nunca lo dejaría libre, nunca sentiría compasión ni amor por él, nunca lo vería por quien fue y por quien es.
Aún en su dolor solo pudo ver como las más finas telas eran lanzadas hasta él y las más bellas joyas dejadas con cuidado cerca del tocador. Tan solo bajó la mirada en silencio como un gesto de agradecimiento, no quería que el otro oyera su voz quebrándose por tanta diferencia presentada en tan solo un par de horas.
—Arreglate y baja a almorzar. Mis hijos no tienen toda la vida para conocer a un esclavo insignificante.
Fue lo único que mencionó el rey antes de dar paso a las ninfas que lo miraban con lástima y consuelo mientras preparaban el baño y la vestimenta que debía presentar ante los hijos de su amo y su esposa, la diosa del mar.
Odiseo no refutó o se enojó por dicha compasión de las mujeres que solo cumplían con su trabajo, no se movió a menos que se lo pidieran con sus suaves voces, no causó ningún alboroto, nada.. Ya que no tenía sentido hacer ello cuando solo era un simple juguete desechable para un soberano arrogante y sin sentimientos.
