Work Text:
Tu ropa es blanca como la nieve, y tu rostro es como el sol.
Eres toda hermosa, María, y la mancha original no está en ti.
Tota Pulchra es Maria
Impecabilidad. s. f. Incapacidad e impotencia de pecar. Atributo esencial de Dios, y por comunicación y gracia, propiedad de los bienaventurados.
Sus sueños siempre son iguales.
Él está de pie, en medio de un convento medieval, frío y oscuro, descalzo, solamente usando su bata para dormir. Cuando se lleva las manos al vientre, lo tiene abultado y duro. Los pechos le duelen, pesados de leche. Agua comienza a correrle entre las piernas y sabe que está a punto de dar a luz.
“¿Hay alguien ahí?”, pregunta él, respirando entrecortadamente, comenzando a sentir los dolores de parto. “Por favor, necesito ayuda”.
Pero nadie le responde, porque el convento está solo. No hay viejas monjas dormidas en las salas del segundo piso. No hay monjes caminando lentamente y sin rumbo por los pasillos, parloteando palabras en italiano. No están sus hermanas, ni siquiera está la madre superiora ni el padre Qui-Gon. Está solo, completamente solo.
No, se da cuenta, mientras corre hacia la capilla. No está solo, de hecho. Con él hay alguien más. El bebé que crece dentro de su vientre. Esa certeza lo hace temblar de terror. Nunca más va a estar solo, se da cuenta. Toda la vida, por mucho que desee lo contrario, será su madre.
En sus sueños, Obi-Wan siempre llega a la capilla y toma el clavo de Cristo, para encajárselo en el estómago. Es horrible. Siente un dolor indescriptible mientras se saca el interior de las entrañas hacia afuera, hacia los pies de la cruz de Jesús, del símbolo de su muerte por los pecados del mundo. Siente la calidez de su sangre, lo resbaloso de sus intestinos. Se introduce más y más, hasta que encuentra un saco caliente, que late como si fuera un corazón y se lo saca, gritando de dolor, de asco, de horror y cuando lo tira al suelo, lo escucha crujir, como si le hubiera roto la cabeza con una roca. Y así es como despierta, gritando, jadeando, como si hubiera dado a luz de nuevo a una bestia.
Esta vez, sin embargo, su sueño es diferente.
Ha recorrido el convento vacío. Ha llegado a la capilla. Ha tomado el clavo de Cristo, pero cuando se lo intenta clavar en el vientre, una mano roja lo detiene de la muñeca.
Antes de que pueda hacer algo más, alguien (algo) lo sostiene de las dos manos y abre sus brazos hacia afuera, en una cruz. Se voltea a ver las manos y ve como comienzan a abrírsele agujeros en las palmas, como si un clavo invisible estuviera atravesando su piel. Le pasa lo mismo en los pies y siente que la frente se le desgarra, como coronado por espinas que no puede ver. Los estigmas de Cristo en su cuerpo, revelando su destino.
Clavado en el aire, Obi-Wan no puede hacer nada más que ver como esa criatura carmesí le arranca la bata y lo deja desnudo, ensangrentado, lleno de líquido amniótico, temblando de miedo.
Escucha su respiración en su oreja, caliente y húmeda, como la de una criatura. Le parece que canta, en voz baja, grave, como si nunca hubiera utilizado sus cuerdas vocales hasta ahora:
Tu ropa es blanca como la nieve, y tu rostro es como el sol.
Eres toda hermosa, María, y la mancha original no está en ti.
Es una de las antífonas de la Inmaculada Concepción. Una canción que él escuchó una y otra vez en misa, pero ahora trastocada, convertida en algo sucio, doloroso. En una promesa de algo terrible. “Madre”, dice la voz detrás de él, al tiempo que una lengua larga de animal le lame con paciencia la oreja, introduciéndose dentro, como si fuera la punta de una flecha. “Madre mía, soy todo tuyo”.
Cuando despierta, la imagen se le queda grabada en las pupilas como si hubiera mirado al sol.
Intenta levantarse pero las piernas le tiemblan y se deja caer en el suelo. No llora, pero siente el aliento atorado dolorosamente en el pecho, como el nudo en la garganta antes de gritar de dolor.
Se queda ahí en el suelo frío de su casa sola, con el cuerpo resentido por un sueño de algo que nunca pasó, pero de un sentimiento que conoce sobra: No hay nadie ahí con él. Está absolutamente solo.
Pero ahora, esta es su única verdad, hasta que esté muerto.
*
En su piso no hay radiadores ni cuadros colgados. No hay alfombras en el piso, ni floreros con rosas, ni libros con las hojas marchitas por el sol.
Tiene lo suficiente para tener una vida más o menos digna. Un sillón, una cama, una mesa para dos personas, pero nada más una silla. En el baño, solamente tiene una barra de jabón y una botella de champú. En la cocina, un plato, un vaso de vidrio, una taza y los cubiertos necesarios para comer. En el cajón, un cuchillo. En la alacena, harina y especias. Dos naranjas, una manzana. En su clóset, un cambio de ropa, unos zapatos un número más grande, un abrigo largo.
Entre menos cosas tuviera, mejor se sentía. O mejor dicho, entre más vacío estuviera el piso, menos sentía. Y esa es su meta, eso es precisamente lo que quiere experimentar. El vacío, la nada, el silencio absoluto.
Casi no sale de su piso. Tiene un trabajo como editor en una pequeña revista turística de Stewjon, y el poco dinero que ganaba lo gastaba en la renta y en la comida. Lo demás, lo que le llega de Roma, se acumula en una cuenta de banco que no ve desde hace años. No tiene amigos. No tiene hobbies. Lo que lee son los artículos sobre los parques de la ciudad, sobre el nuevo restaurante en la avenida principal. No va al cine, no sale de vacaciones.
Las personas con las que más contacto tiene son las enfermeras de la clínica, que le dan su caja de pastillas cada mes y le preguntan si tiene alguna dolencia más. Él niega con la cabeza, comenzando a sentirse acechado por las sombras sepia del hospital, por el olor a yodo, por el ruido de las luces fluorescentes.
“Señor Kenobi, este año cumple 45 años, ¿no es así?”, pregunta la doctora de siempre, una joven de cabello rubio y cara redonda, que le recordaba mucho al joven que había sido él.
Él carraspea, incómodo. “Así es”.
“Para su próxima visita tendrá que cambiar su carnet de salud. A partir de esa edad, los omegas reciben otro tipo de servicios de salud, uno más apropiado para la entrada a su menopausia. Puede que entre en este proceso el año entrante o dentro de los siguientes 10 años, no es seguro. Pero por su salud y bienestar, estará recibiendo otro tipo de tratamiento, sobre todo si ya tuvo hijos”, le explica la doctora, sonriente, sin mancha alguna, sin ninguna razón para sospechar de él, para tratarlo mal, sin idea de lo que la maldad del mundo era capaz.
“Oh. Gracias”.
“No hay de qué, señor Kenobi. Cualquier cosa, anote mi número y yo le resolveré cualquier duda o preocupación que tenga”.
Sale de la clínica con el bolsillo trasero, donde guardaba el celular, sintiéndose pesado, con el número de teléfono de la doctora. Siri Tachi. Ese es su nombre. Joven y luminosa. Si él fuera otra persona, quizá, se hubieran hecho amigos. Si su vida hubiera ido por otro derrotero, quizá, podría mirarla a la cara sin sentir que su cuerpo entero temblaba.
Porque a veces se siente solo y a veces quiere irse a dormir con alguien abrazándolo de vuelta. Y porque a veces, esa soledad se convierte en algo horrible. Es agua estancada, una espina clavada en su corazón que se había encarnado, que se pudrió dentro de él y no le quedó más que crecer alrededor de esa herida ennegrecida. Y porque a veces, estar rodeado de gente lo hace sentir hambriento, enloquecido, como si sus manos, de repente, tomaran conciencia propia y se lanzaran contra el cuello blanco de la doctora Tachi.
No sale de su casa porque le da pavor salir a caminar por la calle llena de flores y colegiales y perder el control y tomar una piedra en el camino y romperle la cabeza a uno de ellos, al más inocente de todos, al que menos mereciera un castigo tan terrible. No sale porque le tiene miedo a los saludos de sus vecinos, a los ladridos amables de los perros, a la luz del sol contra su rostro.
Cualquier persona que lo conociera diría que a lo que Obi-Wan Kenobi le tenía más miedo era al mundo, pero eso no es verdad. Le tiene pánico a lo que habita dentro de él, a lo que se ha manchado irremediablemente por lo que le había pasado 20 años atrás, y a lo que, si se lo permitía, puede salir dentro de él, como una marea de oscuridad, de sangre y de tripas, para acabar con la vida sagrada de quien se descuidara. Y él todavía tiene en las plantas de los pies, en las manos y en el vientre las marcas de su ingenuidad convertida en violencia.
Así que despojaba de todo y vaciaba la casa. Se quedaba dentro de ella, como si fuera una cárcel, una habitación de pánico, un loquero. ¿Su diagnóstico? Muerto en vida por haber creído que Cristo lo amaba, por haber creído que había sido elegido para algo más grande, más hermoso, eterno y glorioso. Tan tonto. Nadie lo había salvado en el peor momento de su vida.
Obi-Wan entra a su piso, se quita los zapatos, el abrigo y se saca el teléfono celular. Lo deja entre las almohadas del sillón, como con miedo a que sonara en la noche y no le quedara otro remedio más que contestarle a Siri y pedirle que, por favor, fuera a su casa, se quedara con él y lo abrazara.
Se quita la ropa y se mete a la cama, como todos las noches.
Antes, cuando lo único que cabía en su corazón era amor por su Señor, rezaba piadosamente el Padre Nuestro y un Ave María. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Ahora, vacío y roto, como una casa abandonada, se queda callado, con los ojos puestos en el techo de su habitación, hasta que el sueño llega a él, tan indiferente como una manta sobre el cadáver de un niño.
*
Hueles bien.
Te huelo primero, antes de verte. Hueles a crema dulce, a la crema que le ponen a los pasteles para hacerlos más bellos. A eso hueles, a algo que decora lo bello, lo delicioso. Cuando te huelo, te siento en la boca, como si estuviera mordiendo tu carne blanca, color de la leche.
Te escucho. Escucho tus pasos, que crujen como la nieve recién caída. No haces ruido, no haces sombra porque nunca sales de noche para que te pueda ver debajo de las lámparas de la calle. Escucho tu respiración agitada cuando un niño pasa a tu lado. Escucho tu corazón, tum-badum, agitarse de miedo cuando un muchacho voltea a verte y te sonríe. Le tienes miedo a la amabilidad y yo amo tu miedo.
Te veo, porque solo sales de día, como el sol. Eres muy diferente a como te recuerdo. Te ves como un rayo de sol. Te veo y brillas demasiado, me calas en las córneas, me dueles en los ojos. Es la única crueldad que conoces, porque veo cómo le das el paso a las personas, cómo te detienes para ayudar a una anciana a cruzar la calle. Veo como regresas los saludos de los desconocidos, a pesar de que vuelvas a tu gesto triste cuando te dejan de ver, como un castigo por haberte permitido sonreír. Esa también es una crueldad. Tu sonrisa, eclipsada por la desdicha.
Te siento dentro de mí.
Día y noche, dormido o despierto, con hambre o con sed, lo primero que siento es a ti.
Se siente como amor, como mi sangre corriendo dentro de mi cuerpo, veloz, impulsada por la emoción que me produce olerte, escucharte y verte. Te sigo a todas partes, como la sombra que no tienes. Me quedo rezagado en la oficina en la que trabajas escribiendo palabras que no son tuyas. Tomo entre mis manos las frutas que tocas en el mercado y no te llevas. Me asomo por tus ventanas cuando duermes y te acompaño al ritmo de tus respiraciones. Shh, ah. Shh, ah.
No lo sabes, pero somos el mar cuando te veo. No me conoces, pero vives dentro de mí y, oh, oh, ¿sabes cuál es la cosa más milagrosa de todas? Que yo vivo dentro de ti también, pero no lo sabes, no lo sospechas. No me ves entre las sombras de tus cortinas, ni el rumor del aire de las calles por las que caminas. Y yo no sé si quiero romperte debajo de mis dientes o si dormirme lamiendo las lágrimas que lloras de noche.
Madre, déjame entrar. Déjame entrar a tu casa, dentro de ti, de nuevo. Déjame conocerte de cerca, desde adentro. Madre, lleno eres de gracia y no lo sabes. Amado y conocido, como un creyente hacia su dios y no te has dado cuenta.
Déjame entrar. No me vuelvas a abandonar.
*
“Vecino, ¿podría hacerte una pregunta?”.
Obi-Wan gira la cabeza hacia atrás, con tanta fuerza que siente que se le lastima el cuello.
En la parte superior de las escaleras, está una mujer pequeña y de cabello negro. Su vecina. Padmé.
“Oh, disculpa, no quería asustarte”, dice ella, sonriente. Padmé siempre lo saluda cuando lo ve salir del edificio. Y sus dos hijos también. Son gemelos, pequeños y sonrientes, como ella.
Él niega con la cabeza, sosteniéndose en el pasamanos. Su corazón está latiendo tan fuerte que, por un momento, le da horror que la mujer lo escuche y se burle de él. Pero Padmé no es cruel, es amable con él. A veces uno de sus hijos le toca la puerta y le regala uno de los panecillos que hizo para la comida.
“No te preocupes. ¿Qué pasa?”.
“Vas a decir que soy muy tonta, pero los niños rescataron un cachorro el otro día y bueno, ya sabes cómo son, me dijeron que le iban a dar de comer y sacar a pasear todos los días, pero a la semana, de repente, yo ya tenía otro hijo más que cuidar y cuatro seres viviendo en uno de estos pisos…”, explica Padmé, haciendo ruido con las llaves de su carro en la mano y sus tacones en la duela. Está vestida con un traje sastre azul rey, haciendo contrastar lo marrón de sus ojos. “Me preguntaba si no te interesaba, tal vez, tener una mascota. Es un mestizo. Muy listo y muy tierno. Y los niños estarían cerca de él. ”.
“Oh, no. No, yo no creo–”, comienza a tartamudear él. “Nunca he tenido un animal, no podría, no sabría cómo cuidar a uno. Lo lamento”.
“¿Estás seguro? Te ayudaré a pagar la comida”, insiste Padmé, con un gesto apologético, el que hacen las madres desesperadas, cansadas de tener que sostener el mundo con los hombros, buscando cualquier pequeña salida, por muy patética que fuera. Como preguntarle al hombre omega solitario del edificio si podía ayudarla con un perro. “O por lo menos que puedas cuidarlo durante las tardes, ¿podrías ayudarme?”.
Obi-Wan baja la mirada y maldice en silencio su vocación. Padmé se da cuenta de su conflicto, porque baja las escaleras y le coloca su mano tibia de madre sobre el brazo. Él quiere huir, pero no puede. Obediencia, castidad y caridad, esos fueron los votos que tomó junto con su hábito, más de 30 años atrás. Era una promesa que no se había desvanecido con el tiempo, igual que una cicatriz.
“Regreso a la 1 de la tarde del trabajo”, le explica a Padmé, quien sonríe aliviada. “Si me dejas una copia de tus llaves, puedo entrar por el perro. Cuidarlo mientras encuentran un mejor hogar para él”.
“Oh, gracias, gracias”, exclama la mujer, apretando su brazo con emoción. “Eres mi absoluto salvador. Un ángel. El mejor de todos”.
Padmé le da la llave de su casa sin dudar para nada de él. Le dice donde están las croquetas, donde está la correa. Le explica que el perro está dormido dentro del baño, que pasara a su casa cuando regrese del trabajo, a las 6 de la tarde. Que podría besarlo, incluso, pero que no es apropiado. Y Obi-Wan se hace hacia atrás para dejarla pasar, mientras ella corre hacia abajo, alegando que se la hace muy tarde y que se lo agradece tanto, que gracias a Dios por él, por ser un vecino tan bueno.
Él se queda en las escaleras, con la mano extendida, como si la llave plateada que le dejó Padmé en la mano fuera una cría de paloma, una hostia. Algo frágil, símbolo de algo más grande. Pasa a mi casa, decía esa llave. Entra a mí. No te tenemos miedo, todo lo contrario: bienvenido.
Obi-Wan pasa toda la jornada dentro de su oficina intentando no pensar en Padmé, sus hijos y el pobre animal encerrado en el baño. Es una tarea mecánica. Corregir adjetivos mal escritos, borrar adverbios y colocar puntos y comas donde deben ir. Durante los últimos 20 años, tuvo todo tipo de trabajos dispares. Doblando ropa en una boutique, limpiando salas de cine, sirviendo comida en un restaurante italiano. Al final, el trabajo de editor fue el que se quedó, por su silencio y por su uniformidad. No tenía que tratar con clientes borrachos y ruidosos, intentando meter sus manos debajo de su uniforme, preguntándole que por qué tenía un par de tetas tan grandes si no querían que lo tocaran, ni de mujeres viéndolo y preguntándose en voz alta si un omega de su edad no debería estar en su casa, cuidando a su alfa, en lugar de trabajar.
Es un mundo cruel y siempre lo supo. Quizá por eso siempre se había sentido tan tranquilo dentro del monasterio, donde su sexo secundario no importaba y donde al único alfa al que te le hincabas era a Jesús. La iglesia se convirtió en su verdadero hogar y ahora, Obi-Wan vive en el exilio, sin esperanza alguna de volver a sentir lo que era la fe verdadera. La creencia incontrovertible, pétrea, de que el dios al que Padmé le agradecía tanto, lo iba a salvar.
Y a pesar de que se alejó de Roma, a pesar de que no aceptó su perdón ni su oferta de quedarse en el Vaticano, como administrativo, como lo que fuera, pero quedarse, ni la compensación mensual que le mandan todavía, como para asegurar su silencio, a pesar de eso Obi-Wan sigue extrañando la comunidad de omegas que había construido en el monasterio. Extraña a Ahsoka, tanto que a veces le duele. Extraña sentirse cuidado, protegido, adorado. Incluso extraña al padre Qui-Gon, con su oscuridad tersa, como de terciopelo, como el lomo de una pantera, esperando su turno para clavarle los colmillos. Extraña a los pobres omegas envejecidos, rancios y abandonados, esperando el momento para morir y alcanzar su mayor deseo: hundirse en la luz de Dios, de su Alfa prometido.
Y no los ha perdonado. No hay perdón posible por lo que le hicieron.
Pero los extraña, porque su corazón es una cosita necia, como una paloma recién nacida, como un niño que se cree listo para cuidar un perro; porque el amor que ha dado no lo deja de dar, a pesar del tiempo que ha pasado.
De regreso al departamento, Obi-Wan se queda plantado frente a la puerta blanca de Padmé y sus hijos. Puede escuchar los gimoteos lastimeros del perro del otro lado. Está raspando la puerta del baño, rogándole a quien sea el poder salir. Obi-Wan siente el corazón pesado y la boca seca. Siente lástima por la criatura, pero al mismo tiempo no quiere acercarse a él. Le aterra su vulnerabilidad. Le asusta la posibilidad de encariñarse con él. No quiere conocer el interior de la casa de Padmé tampoco. Quiere que lo dejen en paz. Quiere dejar de sentirse así, atormentado y desolado.
Abre la puerta y el interior del departamento es idéntico al de él, pero esta es una casa de verdad. Está llena de muebles, de libros y juguetes. Hay una alfombra en la sala, macetas con helechos, cuadros colgando, zapatos y ropa tirada en el suelo. Huele a ajo rostizado y a un perfume rosado, que Obi-Wan reconoce inmediatamente como el de Padmé. No es un altar al vacío como su piso. Este es el hogar de tres personas que se aman. Es un nido cálido y amable, donde dos niños pueden crecer calentados por el amor de su madre.
Obi-Wan había escuchado varias veces, gracias a un par de vecinos indiscretos, que Padmé había salido de su ciudad porque su esposo se había muerto. Qué triste es una omega sin su pareja, ¿verdad?, decían ellos en voz baja. Escuchó decir que los niños a veces lloraban, de tanto que lo extrañaban, que a veces Padmé se tocaba su mordida y temblaba. Se pregunta ahora en qué consistirá el poder hacerle cara a la tragedia y seguir viviendo como si nada malo hubiera sucedido. Se pregunta qué de malo tiene él, que se ha quedado estancado en aquellos días de tortura y de dolor.
Un pequeño ladrido lo saca de su ensimismamiento.
Como guiado por el sonido de su desesperación, Obi-Wan atraviesa la sala y la cocina y llega a una puerta en el pasillo, que es la del baño. Al abrirla, un pequeño cachorro sale saltando, ladrando y llorando, absolutamente feliz de ver a alguien ahí, a quién sea. El pelaje de su lomo es negro, pero su carita redonda y sus patas son amarillas.Obi-Wan enternecido por su actitud, se agacha para acariciarlo y el cachorro, con su aliento a leche y croquetas mojadas, le lame la mano, dando coletazos de emoción.
Siempre le gustaron los animales. De niño, le encantaban los caballos y los conejos, a pesar de que nunca había tenido uno. Luego, después de su accidente en el lago congelado y de su convicción de que debía dejarlo todo para seguir el camino de la vida monacal, no volvería a tener otra oportunidad para cuidar de animales. Quizá si hubiera elegido ser un monje mendicante, para cuidar gallinas y vacas, su vida hubiera resultado muy diferente. Feliz, incluso.
“Vamos”, le dice al perrito, que ladra de la emoción cuando lo carga para sacarlo de ahí y se lanza a su rostro para lamerle la barba. “¿Tienes hambre o solo quieres un beso?”.
*
Luke y Leia, los hijos de Padmé, comienzan a ir a su piso todos los días.
Como a su madre, Obi-Wan encuentra que no puede decirles que no. Los niños tocan su puerta y le parecen que son más ojos que niños y le preguntan si pueden entrar a ver a Cachorro. No le han puesto un nombre porque no se deciden y porque Obi-Wan se niega a nombrarlo, así que solamente es Cachorro.
Leia quiere ponerle un nombre importante, que sirva como profecía para una vida importante y llena de gloria. Luke quiere ponerle el nombre de una de sus caricaturas favoritas, para que adquiera sus características. Obi-Wan, que no tiene nada más en su casa que un sillón y una silla, les cuenta historias de la Biblia, porque es lo único que sabe, es lo único que puede darles.
“Luke, tu nombre es de un apóstol de Jesús, ¿sabías eso?”.
Y Luke saltaba del piso hacia donde estaba él. “Pensé que mi mamá me había puesto así por un actor”.
“Tal vez. Pero Lucas fue el apóstol que escribió los sermones de Cristo y también los milagros que hizo cuando resucitó. Es un buen nombre para tener”.
“¡Wow!”.
“¿Y qué hay de mí?”, pregunta Leia con el ceño fruncido.
“Lea era la esposa de Jacob y fue madre de todos los patriarcas de las tribus de Israel. Decían que tenía ojos grandes y era muy dócil”, le dice él, seguro de que no le va a gustar el origen de su nombre.
La niña frunce el ceño aún más y se cruza de brazos. “¿Y por qué no pudo ser escritora, así como Lucas?”.
“Bueno, es una historia. Además, tú puedes ser la primera Leia escritora, ¿qué te parece eso?”, le ofrece a la niña que cambia su semblante enseguida y toma a Cachorro de las patas delanteras para plantarle un beso en su pequeño hocico.
“Y él va a ser la mascota de la primera Leia escritora”, dice Leia.
“¡Ey!”, exclama Luke. “Él también es mío”.
Obi-Wan no se da cuenta de lo doloroso que es sonreír luego de haber pasado tantos años sin hacerlo. Cuando los niños se van, la casa se queda súbitamente silenciosa y sus mejillas, adoloridas. De su paso por su casa, solo quedan los pelos oscuros de Cachorro y los envoltorios de dulces que Obi-Wan compró para darles a los gemelos.
Me gusta tu casa, decía Luke y Obi-Wan le regalaba una sonrisa. Cuando hablo suena el eco. Aaaah. Y el eco de su voz sonaba. A mí me gusta porque es tan blanca y huele a limpio. Cuando sea grande mi casa será igual que la tuya, le decía Leia, tocándole literalmente la rodilla, haciéndolo temblar de ternura. Y no nos importa que seas un omega. En la escuela dicen que un omega sin casarse y sin hijos es malo, pero no lo creemos, ¿verdad? No, mamá es omega también y es la mejor persona del mundo. Tú también, Obi-Wan. Y los veía bailar al ritmo de una canción imaginaria, mientras Cachorro les salta en las piernas, feliz de estar ahí, de ser amado.
No sabía siquiera que fuera posible, poder encontrar la dicha en dos niños que, por alguna razón, habían decidido que el viejo omega del piso de abajo era su nuevo mejor amigo. Pero ahí estaba él, yéndose a dormir con una extraña ligereza, una que no había sentido en años, desde que él mismo había sido un niño, tal vez, tan pequeño como ellos, antes de que supiera que era un alfa o un omega y que hubiera escuchado la voz de Dios en el fondo de un estanque helado que quería matarlo, tan real como para cambiar su vida entera en la persecución de su fe.
Padmé lo invita una tarde a pasear con los gemelos en un parque cercano. Obi-Wan no encuentra razones para decirle que no.
Sentados en una banca, mientras ven a los niños jugar. Es una visión idílica. Los niños, las flores. Un perro negro, acostado bajo la sombra de un árbol. Un par de abejas zumbando en el césped. Obi-Wan se clava las uñas en la palma para dejar de pensar que, quizá, a la distancia, parecen una familia feliz. Es tan patético, porque el hecho de que solamente pudiera tener una familia así, en un espejismo, en la perspectiva sesgada de un desconocido, es demasiado doloroso para soportar.
“En cierta manera, eres afortunado, Obi-Wan”, le dice Padmé, de repente, con la mirada puesta en los niños, el sol naranja pegándole en su frente sin arrugas. “Cuando perdí a su padre pensé que me iba a morir de dolor. Éramos almas gemelas. Y perderlo fue como desangrarme. A veces pienso que me hubiera ido mejor estando sola”.
“Pero tus hijos están aquí”, le contesta él, sintiéndose, de repente, como el padre del otro lado del confesionario. Es una perspectiva extraña. Él siempre fue el que se confesaba. “Eso es lo más importante. Que ellos están aquí”.
“Tienes razón, no me malentiendas. Pero es tan pesado estar sola y la idea de buscar a otra pareja es tan absurda. Todavía me voy a dormir con el saco de mi marido. Qué tonta, ¿no?”, suspira la mujer, cruzándose de brazos.
“No es tonto”, dice él, aunque piensa que Padmé tiene una tendencia muy marcada para dejarse vencer por todo lo que le sucede en la vida.
“¿Y tu, Obi-Wan?”, pregunta, volteando a verlo, sonriendo. Padmé huele a flores y a cachemira, a lo que huelen las madres, a lo que él recuerda que olía su madre. “¿Cuál es tu historia?”.
Inhala. Intenta no pensar en la campana que anunciaba la misa, en el olor a talco y polvo de los viejos omegas, en Ahsoka, golpeándolo ligeramente en las costillas. Ojos bonitos, vamos por un cigarro al jardín. Intenta no pensar en catacumbas, en dolores, en sus sueños rojos.
“No tengo historia. Mis padres fallecieron cuando era muy joven. La mayor parte de mi infancia la pasé en un orfanato estatal. Cuando tuve mi primer celo, me dejaron escoger entre la escuela de oficios, para convertirme en enfermero o secretario, o la Iglesia… y ahora estoy aquí”.
No le dice a Padmé qué escogió. No le dice que escogió la iglesia porque se cayó en el estanque que tenía el orfanato, una mañana fría de diciembre. No le dice que escuchó a la Virgen y a Dios decirle que tenía qué vivir y que cuando lo sacaron del agua, tosiendo, a punto de la hipotermia, le pareció que vio un ángel entre la nieve y el cielo. Deja que Padmé interprete su pasado, que lo haga un secretario solitario en su mente.
“¿Y nunca te has enamorado?”.
Obi-Wan cruza las manos sobre su vientre. Amor. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió atravesado por el amor? ¿Cuándo se ordenó como monja? ¿Cuándo lo coronaron en el convento, como si él hubiera sido la imagen viva de la Virgen? ¿Cuándo se iba a dormir, vestido de blanco, y se llevaba las manos a su vientre abultado, sintiendo las patadas del milagro de Dios?
“No”, le asegura a Padmé, quien suspira y vuelve su mirada a sus hijos. “No, nunca me he enamorado”.
*
Lo despierta un aullido de muerte.
Por un momento, Obi-Wan no sabe si es un sueño o la realidad. Pero se levanta y sale dando tumbos hacia afuera, hacia las escaleras. Varios vecinos salen de sus pisos, envueltos en suéteres, con las caras arrugadas de sueño.
“Viene de afuera”, dice uno.
“¿Luke?”, pregunta otro. “¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás descalzo?”.
Obi-Wan corre hacia abajo, en el vestíbulo, sintiéndose mareado por las luces frías de halógeno que iluminan las escaleras. De pie, lleno de tierra, está Luke que lo mira con sus ojos de aguamarina. Lo toma de los brazos, sintiendo que la sangre se le va hasta los pies.
“Bebé, ¿qué pasó? ¿Dónde está tu madre?”.
Luke abre la boca y la cierra, como si no supiera qué decir. “Está afuera. Con Cachorro”.
Así que sale por la puerta abierta del edificio y corre hacia el patio trasero, donde los vecinos estacionan sus autos, donde los niños juegan en los columpios y los perros salen a orinar. Es muy tarde en la madrugada y en el cielo no hay luna ni estrellas, solamente oscuridad, apenas atravesada por la luz amarilla de las farolas.
Las ve ahí, en medio del patio. A Padmé, abrazando a Leia, que llora desconsoladamente.
Cuando se acerca, Obi-Wan tiene que llevarse una mano a la nariz porque el olor que asalta su nariz es uno que conoce perfectamente. El de la sangre recién derramada, acumulándose, pudriéndose.
“Lo sacaron por mi ventana”, solloza Leia, volteando su rostro lleno de lágrimas, arrugado por la pena. “Mamá no me cree, pero yo lo vi. Unas manos rojas lo sacaron y Cachorro lloró y no pude hacer nada y ahora lo mataron”.
En el suelo, alguien ha dejado el cuerpo del perro. Parece como si alguien hubiera intentado cercenarle el cuello, pero no hubiera podido y, frustrado por aquello, hubiera intentado cortarle el resto del cuerpo de la misma manera, masticándolo hasta no dejar nada reconocible de él. Ya no era Cachorro. Eran los pedazos de Cachorro, nadando en un charco de su propia sangre, oscura, que ni siquiera reflejaba el brillo de las lámparas.
“Padmé, saca a Leia de aquí”, le dice Obi-Wan a la mujer, que está petrificada de espanto. “Yo me encargo de lo demás. Sácalos de aquí. Padmé. Escúchame. Vete de aquí. Ahora”.
Cuando la niña y su madre se van, Obi-Wan actúa casi como por compulsión.
Le parece que no es muy diferente a cuidar el cadáver de un omega en el convento. Toma los pedazos de Cachorro y los mete a una bolsa negra, temblando de frío, aunque no hace frío, aunque es abril y el calor de la primavera lo haga sudar de camino a casa. Pone agua y jabón en una cubeta y restriega el piso del patio hasta que empiezan a salir los primeros rayos de sol por el horizonte entre los edificios.
Cuando sube a su piso, todo está en silencio. Se mete al baño y se quita la pijama, la única que tiene, que está manchada de sangre y de tierra y de agua jabonosa y se queda así, intentando controlar su respiración, preguntándose qué oración podía rezarle al alma de un animal, a qué santo encomendarle la protección de una familia tan joven. Le duele el cuerpo, por todas partes, como si cada uno de los cortes que sufrió el perro los hubiera sufrido él.
Y lo peor de todo es que no puede dejar de pensar en la criatura que él mismo mató en el bosque, veinte años atrás—
Los pelos de la nuca se le levantan, como si alguien le hubiera soplado desde atrás. Obi-Wan alza el rostro hacia el espejo de su lavabo y lo ve, por encima de su hombro.
Un rostro negro, enorme, alargado, de animal. Ojos amarillos, la boca abierta, en una sonrisa imposible, llena de dientes afilados, una lengua roja, de fuera, saboreando el aire entre su garganta y el cuerpo de Obi-Wan. Es un hombre, pero también es un coyote. O es un hombre con una máscara como la calavera de un perro. Es un demonio, altísimo, ancho, como si fuera la oscuridad de la noche hecha criatura hambrienta, que alza una mano negra, perpetuamente manchada de sangre coagulada.
“Maaadddrrrreeeeee.”
“¡AH!”.
Obi-Wan se da la vuelta, gritando, aterrorizado, cayéndose al suelo de la impresión. Del otro lado de la puerta de su baño no hay nada. Está solo, tirado en el piso, en ropa interior, con las manos llenas de sangre y un dolor impresionante en el centro del vientre, como si esa terrible aparición le hubiera vuelto a abrir la herida que Qui-Gon le hizo cuando intentó sacarle a su hijo a la fuerza.
“Santa María, madre de dios”, comienza a rezar, pero se le olvidan las palabras, no sabe qué más decir. No sabe a quién perdirle ayuda. “Padre nuestro que estás en… dios te salve, María—Jesús. Dios. Por favor. Por favor, por favor, por favor, no me dejes solo”.
*
Lo único que recuerdo, Madre, es el frío.
Me dejaste entre las raíces de las zarzas y lo único que me abrazó mientras te ibas fue el frío, como si fuera un daga en mi corazón. Fuiste mi primera madre, pero la segunda fue tu abandono.
Todo en lo que me convertí después fue el contrario de tu presencia. Donde había luz, quedó brea. Donde había leche, quedó bilis. Donde debías haber estado tú, se quedó un abismo desesperado.
Nunca me abrazaste, nunca me besaste la frente. Nunca me diste de tu leche. Me dejaste morir, me abandonaste para ser composta, comida de gusanos. Pero no me morí, Madre. Resistí, como una promesa.
Soy tuyo. Tú eres mío.
Me recogieron hombres de ropa oscura y ojos helados. Me curaron las heridas, me vistieron, me sentaron frente a un pizarrón y me hicieron aprenderme todas las palabras de un libro oscuro. Eres como un ángel, me decían. Eres un nuestro salvador, me aseguraban. Vas a cambiar el mundo, eres el príncipe prometido, el rey del nuevo orden.
No me contaron de ti, Madre. Por mucho tiempo creí lo que me decían en el templo: que había salido de las entrañas de la tierra, como el hijo de un dios caído.
Pero siempre supe que no era verdad. Madre, mi dulce, perfectamente madre. Nací de tus entrañas, como el hijo de un omega sin pecado.
Así que te busqué durante años. En la cara de las personas que me educaron. En el aroma de los omegas que andaban por la calle, sin darse cuenta de que el fin de este orden estaba a su lado, copiando sus pasos. Te busqué en los archivos y en las noticias, en mis recuerdos, entre las palabras de los hombres que me educaron.
Te encontré, eventualmente. Madre. ¿Sabes cómo te encontré? Convertido en un animal.
Este es el cuerpo que tú abandonaste, después de todo. Estos son los ojos que te aterrorizaron tanto. Esta es la boca que te hizo romperme debajo de una piedra. ¿Qué madre mata a su hijo? Solamente aquella que es tan culpable como él.
Así que me convertí en el animal que tanto odiaste y seguí tu aroma por toda la tierra, hasta que te encontré. Las patas heridas, el hocico seco, el estómago cóncavo, solamente lleno de una obsesión innata. Hasta que te encontré, Madre. Como si yo fuera un agujero negro y tú, un sol entero al que comerme. Estás aquí y yo también, por fin. Estamos unidos por algo más grande que el amor de Dios, Madre. Soy de ti y tú eres de mí.
Soy tuyo. Tú eres mío.
*
Padmé decide irse.
Luke y Leia se despiden de él.
Nos vamos de vacaciones con los abuelos. Mamá no puede dormir. Dice que hay algo malo en el edificio. Leia tuvo pesadillas, ¿verdad, Leia? Luke, cállate, no quiero hablar de eso. Además el que tiene miedo de dormir en la oscuridad eres tú. Extraño a Cachorro. Te vamos a extrañar, Obi-Wan. Te vamos a marcar por teléfono cuando estemos allá.
Obi-Wan no sale de su piso.
Le marcan del hospital pero no contesta. Alguien toca a su puerta, pero no se atreve a abrirles. Luego de tres días de abandono laboral, el despido es justificado, así que no se preocupa por la editorial. Se queda en su habitación, en medio de la cama, mirando hacia su puerta. Esto es lo más cerca que ha estado de estar en un nido de omega, piensa, casi con humor. Pero no hay nadie a quien cuidar ahí. Es un nido de sus peores miedos, es un nido frío, roto, de sábanas ásperas, que no va producir nada salvo más terror. Es una tumba, piensa. Es la tumba en la que él debió haber acabado, enterrado en vida, como Ahsoka, como las demás monjas que no lograron procrear dentro de sus entrañas al Anticristo.
Porque todas ellas eran inocentes. Porque todas ellas eran claras, limpias por dentro, llenas de la gracia de Dios. Pero él, un hombre omega, él había sido el elegido, porque a diferencia de los demás, él estaba sucio, manchado por algo más que el pecado original. La criatura lo había sentido, dentro de él, en su vientre. Sintió su violencia adormecida, su perversión vanidosa, su gélida maldad, como un semilla que solamente necesitaba unas gotas de agua para crecer en la tierra de su fe.
Como si no hubiera entregado el mundo entero por vivir un día más de esa devoción que experimentó en el convento: como todos se hincaron ante él, le rogaban que los tocara con la punta de sus dedos; como lo cuidaban, como si fuera la cosa más frágil y preciosa; como lo amaban, solo por ser él, solo por ser la madre del Apocalipsis.
Se queda en su cama, luchando contra el sueño, contra su propio cuerpo, su corazón; ese corazón que no deja de amar a nadie nunca; que sigue amando a Qui-Gon, a Ahsoka; que ama tan terriblemente a Luke y a Lea, a pesar de haberlos conocido tan poco. Que ama a su hijo, a pesar de haberlo matado con sus propias manos.
No se da cuenta de que está dormido y soñando, porque, después de todo, ha llegado a la conclusión de que nunca salió del agua del estanque congelado.
Obi-Wan está caminando con cuidado por la nieve recién caída y le parece que suena como un guante de cuero haciendo un puño de furia. Tiene tanto frío, pero hay algo en el centro del agua que lo llama. A través de la ventana de su habitación en el orfanato había sentido la voz del agua, como si fuera una soga conectada a su pecho, como un cordón umbilical, revolviéndole el estómago con su voz cristalina. Ven, asómate. Así que tomó sus guantes y se puso las botas.
El sol ni siquiera puede atravesar la capa de hielo que se forma en el cielo. Los árboles están petrificados, blancos. Obi-Wan siente la nariz y la garganta en carne viva, quemados por las bajas temperaturas, pero sigue caminando, porque toda la semana ha estado teniendo una especie de fiebre que no se le va, un malestar dentro del cuerpo que lo único que busca es refrescarse con algo, con lo que sea.
Tener fiebre en diciembre es horrible, piensa. Hace calor y frío al mismo tiempo.
Quinlan le dijo una vez que a veces el hielo cantaba, que si patinabas en su superficie sonaba como si estuviera hecho de cristal. Quizá eso es lo que escucha, los tañidos del hielo, como la campana que llama a los feligreses a entrar a misa. Ven, ven, decía el hielo. Tócame con tu mano desnuda.
Obi-Wan da un paso inseguro hacia el estanque congelado, como esperando escuchar el estruendo del quiebre. Nada sonó, como un pequeño milagro. Así que siguió caminando, hasta el centro de esa charca luminosa, como esperando encontrar algo sobre su superficie de vidrio.
De repente, siente un dolor desconocido. Un calambre como un rayo, un ardor en su estómago, que lo hace torcerse hacia el hielo, donde se acuesta, buscando alivio, algo que calme el fuego en su cabeza y en su vientre.
“No estoy listo” le dice Obi-Wan al invierno, porque siempre lo ha sabido: que a pesar de desear salir del orfanato y ser un hombre como el de los libros de historias, su vida estará relegada al cuidado de los alfas y de sus descendencia. Atrapado en una casa, teniendo cachorros y nada más. “No estoy listo para tener hijos”.
Y durante toda su vida, nunca supo explicar el por qué el hielo tan duro y ancho se había quebrado debajo de él. Siempre lo había considerado un milagro de Dios, como el que le había hecho a Abraham y su hijo Isaac: acercarlos a los dos a la muerte para luego sacarlos de ahí de golpe. Como una broma de mal gusto. Como una amenaza: yo te puedo matar, hijo mío, pero decido darte la vida entera.
Ahora piensa que, quizá, el asunto era más sencillo. Su cuerpo, hirviendo por su primer celo, había adelgazado el hielo y su peso lo había arrojado al fondo del estanque. Al final del día eso era. No un Dios, sino la pulsión de su carne, el destino que subyacía en su sangre y no Dios, ni la virgen, ni los ángeles ni los demonios. Solamente él; el creador de su propio miedo.
El hielo se quiebra debajo de él y Obi-Wan siente el frío más terrible de su vida. Es como un cuchillo; como cientos de ellos, atravesando su piel, sus huesos, sus entrañas. Como cientos de manos apresándose de cada centímetro de su cuerpo, apretándo y desgarrando. Abre los ojos, pero solo ve azul de hielo, burbujas. No escucha nada más que agua batida y el ruido del mundo distorsionado. Le entra el agua por la nariz y él solamente puede patalear miserablemente, con el peso de la ropa arrastrándolo hacia el fondo.
Se está ahogando.
Se está muriendo—o hasta que alguien lo toma del cuello y lo alza y pega su cuerpo caliente al de él y Obi-Wan piensa, este es un milagro, este debe ser Dios.
Obi-Wan abre los ojos.
Está sudando profusamente y el sudor se le enfría sobre la piel, haciéndolo tiritar. Se quitó la ropa en algún momento de la noche y solamente está usando sus calzones de algodón. La puerta de su habitación está abierta y puede ver la sala y la puerta de la entrada desde donde está acostado. Es de noche y por su ventana media abierta, solamente entra la luz ámbar de las farolas de la calle.
“¿Hola? ¿Hay alguien ahí?”, dice, a pesar de que sabe que no es nadie.
“¿Obi-Wan?”, responde alguien. Un niño. Es la voz de Luke. “Obi-Wan, ¿puedo entrar?”.
Se levanta, asustado, cubriéndose el pecho con los brazos. Le duelen. Le duele la cabeza y le duele el estómago. Del otro lado del corredor, ve a un niño de pie, pero las sombras de la casa ocultan su rostro. Debe ser Luke. Su pequeño Luke, a quien extraña tanto, a pesar de haber pasado tan poco tiempo con él. ¿Estará Leia con él también? Dios. Siente su falta como un agujero en el corazón.
“Bebé, ¿que haces aquí? Ven”, susurra, poniéndose de pie, afiebrado, sin pensar en que está desnudo, en que es medianoche, en que todavía no puede entrever los ojos azules a Luke. Da un par de pasos, con los brazos cruzados sobre el pecho todavía. “¿Estás bien? ¿Necesitas algo?”.
Luke da un paso hacia él y Obi-Wan piensa que tiene el cabello demasiado largo. La luz le pega en el rostro y Luke no luce exactamente como él. Su rostro está más redondo, sus labios más anchos, más rosas.
“¿Luke?”.
El niño sonríe y, para su espanto, comienza a correr hacia él. Los pasos del niño suenan en la duela del departamento como si pesara una tonelada y corre tan rápido que le parece que corta el aire. En menos de un segundo, Luke se convierte en un adulto y el adulto se convierte en algo más, en algo espantoso, que alza las manos hacia su cuello y lo arrojan con fuerza hacia el suelo de su habitacion.
Obi-Wan no alcanza a gritar. Una de sus manos de bestia, larga y de uñas afiladas, como las garras de un halcón, le tapan la boca. El hombre se coloca encima de él y pega su rostro sobre su mejilla, aspirando con fuerza el olor de su piel. Apesta a alfa. Huele a ceniza, a madera quemándose, a algo carnal y jugoso, que le inunda todos los sentidos.
Al principio, Obi-Wan no puede creer lo que está pasando. Por un instante, está seguro de que es un sueño todavía, uno de los tantos que ha tenido desde que salió del convento. Pero siente el cabello largo del hombre hacerle cosquillas en el rostro y siente su otra mano acariciarle el estómago y posarse sobre uno de sus pechos, que aprieta con violencia. Su grito se ahoga entre los dedos del hombre.
“Nadie nunca me dijo lo grandes que tienes las tetas, madre. Tan gordas y sensibles” y cuando dice esto, aprieta su pezón entre su pulgar y el índice, estirándolo hacia arriba. Obi-Wan grita de dolor, sintiendo como si un rayo le atravesara el cuerpo, en una combinación horrenda de pavor y alivio. Porque su corazón estaba latiendo como loco, atemorizado por su vida, pero su cuerpo parecía desear ese tipo de caricias, aunque vinieran de un hombre con manos de monstruo. “¿Te gusta, verdad? A mí también”.
Obi-Wan se sacude debajo del alfa, buscando una manera de salirse de ahí. El hombre –la criatura– no le ha soltado el pecho y ahora ha puesto su boca caliente en su cuello, donde ha comenzado a succionar la piel delicada debajo de su barba. Obi-Wan ha comenzado a sudar, de miedo, por el calor que el ser emana. Para su pesar, el hombre hunde su rodilla entre sus piernas y roza la otra humedad de su cuerpo, haciéndolo temblar.
Mira a sus lados, pero no hay nada que pueda tomar para golpearlo. Así que alza una rodilla y golpea el costado del alfay con las manos, tan frías como el piso debajo de su espalda, lo avienta hacia un lado. El hombre se ríe al caer y Obi-Wan se da la vuelta y se levanta para correr. No sabe ni a dónde ir. Por un momento, piensa que necesita encontrar a Luke, que quizá está escondido detrás del sillón. Piensa en Cachorro, piensa en Padmé. ¿Están bien? ¿Les ha pasado algo por su culpa?
Antes de que pueda alcanzar la puerta, Obi-Wan ve las manos del alfa rodearle la cintura y luego siente el dolor más horrible que ha experimentado en su vida.
La criatura detrás de él lo ha mordido. Lo está mordiendo. Ha clavado sus dientes en la curva de su cuello y ha desgarrado la piel, ha atravesado las venas, ha llegado hasta el hueso de su clavícula, que truena bajo la potencia de su mordedura. Le arde y el dolor es tan explosivo, que pierde la vista por un segundo. Es todo lo que hay en el mundo, de repente. Dolor y el color negro.
Obi-Wan grita. Grita con todas sus fuerzas. Grita tanto que siente que le sale sangre por la boca. No—le está saliendo sangre por la boca. Los colmillos del alfa le han roto la tráquea y cuando intenta respirar, Obi-Wan siente que traga sangre, caliente, espesa, con sabor a metal.
El hombre lo levanta del suelo y lo vuelve a tirar al piso de madera, sin dejar de moderlo. Es como un lobo con su presa. Es como un cocodrilo con una gacela, que arrastra hacia el fondo de la charca donde ha estado aguardando su descuido. El olor de la sangre y el súbito mareo que lo invide le impiden seguir luchando contra su presencia. Intenta alzarse con las manos, levantar el rostro del suelo, pero se le resbalan por la sangre, que comienza a mancharle el pecho. Obi-Wan desea poder desmayarse, que la criatura lo mate de una vez, pero a pesar de estar desangrándose, petrificado por la agonía, está completamente consciente de todo. Y no sabe qué es lo que está sucediendo en su cuerpo, porque a pesar de que está consciente de que no quiere que esto suceda, sus piernas se ablandas, sus corazón baja su ritmo, como si estuviera a punto de irse a dormir.
“Espera”, le dice Obi-Wan, entre las burbujas de sangre que se escapan de sus labios. “Por favor, espera”.
Pero el alfa lo está haciendo de todos modos: con los dientes todavía clavados en su cuello, Obi-Wan lo siente arrancarle los calzones de algodón y abrirle las piernas con las rodillas. Arriba de él, el alfa está completamente vestido. No lo ha visto bien, pero siente en la espalda el material de una camisa suave y en los muslos, la aspereza de unos pantalones para vestir. Escucha, también, que el hombre se baja la bragueta del pantalón.
Finalmente, el hombre suelta su mordida y Obi-Wan vuelve a gemir de dolor al sentir el frío de la noche golpearle la herida en carne viva.
“Shh, shh. Esto es lo mejor que te puede pasar ahora. Ellos querían que te matara. Pero ¿cómo podría hacerlo? Tu rostro es como el sol”, susurra el alfa, tomándolo del cabello para alzar su cara hacia donde está él.
Obi-Wan lo mira a la cara, por primera vez en toda la noche. No es un hombre. No es una bestia del Hades. Es un muchacho. Tiene el cabello largo, que le cae en caireles dorados por el rostro y hasta los hombros. Tiene sus mismos ojos azules, tiene su misma nariz recta. Es como verse en un espejo. Es hermoso, piensa. Es tan hermoso como una de esas pinturas de ángeles renacentistas que solía ver en el convento. Un ángel de Dios.
“Madre”, dice el chico, acercándose a su rostro y lamiendo la sangre que le mancha la mejilla, debajo del ojo. “No soy tan cruel como tú”.
El terror ebulle en su estómago. No sabe si porque ha tragado su propia sangre y le está quemando el interior del cuerpo o no sabe si son los ojos del chico, que se ven dorados bajo el chorro de luz que entra por la ventana de la sala. No sabe si es la certeza, la verdad, entonces, de que quien está encima de él es el niño que mató veinte años atrás, en el bosque de un convento italiano.
El muchacho parece ver su entendimiento en el rostro porque sonríe y asiente con la cabeza. “Y casi lo hago, un par de veces. Era cuestión de entrar por la ventana y desgarrarte en pedazos. Pero cuando te olí, madre, me di cuenta de lo mucho que te extraño. ¿No me extrañas tú?”, y cuando dice esto, Obi-Wan siente el peso de su verga sobre la curva de su culo: se siente enorme, húmeda, increíblemente caliente, como si fuera un fierro encendido.
Él solamente alcanza a gimotear, incapaz de formar una palabra.
“Creo que necesitas esto más que yo. Todavía eres virgen, ¿no, mi hermosa madre? Creo que Dios te guardó para mí exclusivamente. Para nacer de ti y para que, con el tiempo, yo pudiera hacerte mi perra”.
Lo suelta del cabello y Obi-Wan cae al suelo con un golpe, volviendo a su charco de sangre. El alfa (su hijo no muerto) aprieta con sus dedos la herida en su cuello y se moja la mano con el líquido que sigue saltando a borbotones de sus venas. Sus manos ya son los de un humano. Anchas y hermosas, y con una mano, Obi-Wan lo siente abrirle los pliegues de su coño, mientras con la otra, lo humedece con la sangre que recogió.
Aquella acción se siente sagrada, como lo que hicieron los judíos sobre sus puertas para evitar que la última plaga acabara con la vida de sus primogénitos. Es un ritual arcano; es un bautizo de una transgresión más terrible que la de una madre matando a su hijo. Este es el matrimonio de un hijo con su madre, de un alfa con su omega.
“No necesitas mucho, ya estás lo suficiente mojado. He sido tan paciente. Eres tan blanco como la crema. Quiero comerte”.
Hasta ese momento, Obi-Wan no se da cuenta de que cada vez que él habla, su cuerpo entera tirita, como si cada palabra le calara hondo, muy dentro de los huesos. Su voz es precisa: grave, estudiada, serena. Una alfa en control. Un alfa que está a punto de quitarle la virginidad. Pero, ¿no era suya, de todos modos? ¿No le había dado su castidad a Dios, años atrás? ¿Qué significaba que un milagro de vida, que un ángel de dios, viniera a él para quitársela? ¿No tenía qué dársela con todo el gusto del mundo? ¿Diciendo, tómame, Señor, haz de mí lo que tú quieras?
“Oh, mira como te alzas. Te estás muriendo, pero todavía te estás ofreciendo”, susurra el alfa, tomando sus nalgas entre sus dedos y abriéndolo dolorosamente, colocando su miembro sobre la raja húmeda de su coño. “Debí haber entrado desde hace días, entonces”.
La punta abrasadora de su verga besa delicadamente la humedad de su coño y Obi-Wan piensa que va a ser menos doloroso que la mordida, pero está equivocado: el chico se hunde totalmente dentro de él, brutalmente y de una sola vez, golpeando el interior de su útero con el filo de una espada.
Es enorme. Sus paredes se expanden adoloridas alrededor de su anchura, pero no parece suficiente, porque Obi-Wan siente como todo su interior se desgarra. Aulla de dolor y, como despertado por el suplicio de su cuerpo, Obi-Wan intenta huir. Se levanta con las manos y se arrastra hacia adelante, logrando que la verga del alfa se salga dolorosamene de su interior. El vacío que le queda dentro se mantiene, como el trayecto de una bala en la carne.
“No”, dice el muchacho detrás de él, con furia. “No te vas a ir ninguna parte. Nunca más”.
Y Obi-Wan no puede irse muy lejos, porque el alfa vuelve a saltar encima de él, sacándole el aire de los pulmones. Lo toma de la muñeca derecha y alza su mano enfrente de él y antes de que pueda forcejear para quitárselo de encima, el chico le clava la cuchilla plateada de un puñal en el dorso de la mano. El cuchillo atraviesa su mano y se clava en la madera. Obi-Wan se observa la mano, completamente ofuscado, gritando de nuevo, tan fuerte que no entiende por qué nadie más ha llegado a su auxilio.
“Los maté a todos”, le dice el alfa, enterrando sus dedos de nuevo en su cadera, alineando su verga en su entrada de nuevo. “A los niños del primer piso, a la vieja beta que vive arriba. Solo estamos tú y yo, madre. Hasta que me ames como yo te amo”.
El alfa vuelve a introducirse en él, llenándolo por todos lados. De dolor, de su aroma a fuego, de su verga caliente, golpeando su cérvix a cada estocada. Obi-Wan no se atreve a moverse más porque no quiere seguir lastimándose la mano. De repente, está cansado de pelear. De repente, piensa que debería dejarse destrozar.
Así que, poco a poco, comienza a sentir en el vientre que se forma algo distinto. Es una especie de placer extraño, que nace a partir de su coño abusado y que se expande por tu su cuerpo, como la hiedra que cubre la pared de un convento abandonado. Es un placer que está teñido por la más total de las agonías. Cada golpe que el alfa da dentro de él le retumba en todas las heridas: en el cuello, en la mano, en el estómago arañado, en las tetas amoratadas; pero con cada movimiento, con cada bombeo, Obi-Wan no puede evitar gemir, sintiendo como su clítoris virgen se inflama y su coño produce más y más lubricación, para facilitarle la entrada al nudo de su alfa.
De su hijo. A la violencia y al amor de su hijo, su único hijo, a quien creía muerto.
“Estás tan apretado, es lo mejor que he sentido en mi vida”, gimotea el chico, pegando su frente llena de sudor en su nunca. “Siento que me quiere de vuelta. ¿Me quieres de vuelta, madre? ¿Quieres que entre de nuevo a ti?”.
Obi-Wan no puede responder. Ni siquiera está seguro de que está escuchando. El asalto a su cuerpo es total: su mente se está oscureciendo, su cuerpo se está dejando llevar por la marea de dolor y placer. No es más que un pedazo de carne, masticado por las fauces de la bestia.
En algún momento, el muchacho escupe sobre su agujero y Obi-Wan no tiene fuerza para impedirle que le meta dos dedos gruesos hasta los nudillos, abriéndose dentro de su recto, como buscando romperlo ahí también. “Estás sucio aquí”, dice el alfa, con absoluto placer, sacando la mano para darle una nalgada dolorosa. “Qué maravilla”.
La violación de sus agujeros toma horas, días y noches, una eternidad.
Es un martirio del que no puede huir. Está clavado de la mano, está clavado en su coño, mientras su hijo rapiña su cuerpo, como un chacal alimentándose de la carroña de un animal muerto. Así pasan minutos eternos, hasta que su hijo comienza a moverse erráticamente dentro de él, gimiendo de placer, mientras su cuerpo le responde en equivalencia, poseyéndolo un orgasmo, el primero, que le nubla la vista en una explosión de estática nívea.
“Mami”, llora su hijo, como si fuera un niño pequeño. “Mami, mami”.
Y Obi-Wan se deja arrastrar por el placer, por el agua helada, por la luz de Dios. Por su hijo, que lo ha estado esperando tanto años con los brazos abiertos.
*
Cuando Obi-Wan despierta, es de día.
Lo primero que ve es la ventana de su habitación, cerrada. El cielo que alcanza a ver por la ventana está gris, encapotado. El aire de su cuarto está húmedo también. Huele a tierra mojada, a incienso.
Le gustan los días así. Le encanta el aroma de la tierra ablandada por la lluvia.
Intenta mover la mano, pero no puede. Voltea a verse y descubre que tiene la mano atada a la cabecera de su cama. Gira la cabeza hacia el otro lado y comprueba que su otra mano está en la misma posición, y que además está vendada. Intenta patalear, pero no puede: está amarrado a cada esquina de la cama, completamente inmovilizado, crucificado, herido con las heridas de Cristo.
Lo que lo hace exhalar de la sorpresa es que está completamente desnudo y que, además, le han amarrado los dos pechos con la misma soga con la que le han sujetado las extremidades. La soga da un par de vueltas por la base de cada una de ellas, y cruza su pecho y su cuello, dejándoselas bien apretadas, exhibidas y enrojecidas, por la falta de circulación. Y aunque no le duelen, es una visión horrible. Es una humillación absoluta.
Intenta alzar la cabeza para ver por la puerta, pero el movimiento lo hace qujarse de dolor. Se da cuenta de que tiene un venda alrededor del cuello, que exuda un olor a antiséptico y mentol. De repente, todos los recuerdos del día anterior se acumulan dentro de su cabeza: la fiebre, la noche, Luke y el alfa que parecía un monstruo, rompiéndole el cuello a mordidas, abusando de él hasta la inconciencia.
Y ahora, está ahí, capturado, como para cumplir lo que le había prometido: Hasta que me ames como yo te amo.
“¿Ya te despertaste?”, pregunta una voz y Obi-Wan se da cuenta de que viene del piso. Con terror, voltea hacia abajo y ve al chico acostado al pie de su cama, como un cachorro.
De día, su rostro todavía es más impresionante. Sus pómulos afilados y lo rosa de sus labios lo hacen ver como uno de esos chicos en las pinturas de Boticelli. Está vestido de negro: camisa y pantalón y un alzacuello blanco también, que está manchada de rojo. Es la ropa de un sacerdote. “¿Tienes hambre o sed?”.
El muchacho se levanta y se arrodilla, para besarle con ternura la mano izquierda, que le cuelga por la orilla de la cama. Obi-Wan cierra la mano, pero el chico se la vuelve a abrir y comienza a besarle el interior de la palma. Se la besa como si estuviera besándole la boca: con lengua, lamiéndole entre los dedos, suspirando, como enamorado. Luego, se levanta, impulsado por su propia excitación y se sienta a su lado, para seguir besándole la muñeca, el brazo, el hombro, el interior de su axila y el pedazo de piel sobre su teta izquierda, atrapada por la soga.
“¿Te duele?”, le pregunta, volteándolo a ver con ojos que parecen de jade bajo la luz lechosa del día. Con la uña de su dedo índice, le rasga la piel roja de su teta, haciéndolo exhalar de incomididad. El chico entonces le besa el botón erecto de su pezón, que está comenzando a amoratarse. “Estaba esperando que sacaras leche, pero supongo que primero tengo que meterte un hermanito aquí”.
Y cuando dice aquí, el joven alfa le da un golpecito con el dedo en la vulva, haciéndolo saltar. Obi-Wan cierra los ojos, incapaz de seguir observando cómo esa criatura insiste en burlarse de él de todas las maneras.
Siente al chico ponerse de pie y salir de la habitación. Cuando vuelve, Obi-Wan entreabre los ojos para ver que trae un vaso de agua que le coloca en los labios resecos. Y él, que después de todo es un humano, bebe toda el agua con desesperación.
“¿Tienes alguna pregunta, madre?”, le pregunta el chico, de repente, como exasperado. Obi-Wan todavá no se acostumbra a que le diga así: madre. “¿O solamente me vas a ver mientras te toco?”.
Obi-Wan traga saliva e intenta hablar. Su voz suena ronca. “Yo… ¿cómo—cómo es que…?”.
“¿Cómo es que sobreviví?”, termina el chico, encogiéndose de hombro. “No lo sé. Dímelo tú. Supongo que no me diste con la roca lo suficientemente fuerte”.
“Dios”, susurra él, completamente mortificado.
“Exactamente. Dios fue el que quiso darme la vida. Así que aquí estoy”, explica él, dejando el vaso en la mesita de noche y pasando su pulgar salado por sus labios, para limpiarle el agua. “Y toda la vida me dijeron que mi vida era un milagro, así que supongo que es verdad”.
“¿Te dijeron?”, pregunta Obi-Wan, confundido. “¿Quién? ¿Roma?”.
El chico asiente, poniendo un gesto de inocencia en el rostro. Obi-Wan no puede evitar pensar que es como un cachorrito, buscando la aprobación de su madre. El muchacho se sube por completo a la cama y se acurruca a su lado, pegando su rostro al lado de su cuello que no está rasgado por sus dientes. “Me educaron para odiarte. Y me mandaron a matarte. Ayer mientras te amarraba, estaba pensando en que debía cortarte las tetas y comérmelas, en venganza de la leche que nunca me diste. O tal vez, no sé, amputarte una pierna. Quitarte los ojos. Crucificarte de cabeza. Los martirios de los santos. Pero ayer descubrí que me gustas más con las tetas pegadas en el cuerpo”.
Mientras dice esto, el chico hace círculos sobre su ombligo con la punta de su dedo. El contraste es atroz: la delicadeza de sus caricias con la crueldad de sus palabras.
“Es gracioso, ¿no?”
“¿Qué?”, pregunta él, temblando de miedo.
“Que los que más sufren son los preferidos de Dios. Sus hijos más fieles. Siempre me pregunté por qué sucedía así. Por qué los que más lo amaban sufrían más por su causa. Eres como mi dios, Madre. ¿Por eso me hiciste sufrir tanto?”.
“Yo no—yo no quise lastimarte”.
“¡MENTIROSO! ¡ME QUERÍAS MATAR!”.
Su hijo se levanta, enfurecido, convertido de repente en algo más, no en un muchacho de cabello rubio y ojos de piedra preciosa, sino en un alfa poseído por su animalidad. El cambio es tan brutal, que Obi-Wan grita e intenta alejarse de él, pero atado como está, lo único que hace es lastimarse.
De un momento a otro, el alfa está sobre su vientre y le ha cerrado las manos alrededor del cuello, apretando con fuerza. Obi-Wan ve luces, mientras el chico lo ahorca, exclamando como poseído, te odio, te odio, te odio. Estaba seguro de que lo iba a matar en ese momento, pero antes de desmayarse, el chico lo suelta y salta de la cama con un brinco.
Obi-Wan comienza a toser, respirando el aire húmedo de la habitación, incapaz de creer que seguía vivo, y no se da cuenta de que el muchacho lo está soltando de los pies.
“Un omega como tú no merece más que esto. A todas las madres que odian a sus hijos deberíamos hacerles esto. Cuando yo reine esste mundo miserable, es lo que voy a hacer. Empezando por ti, puta de mierda”, grita el alfa, poseído por su odio.
“Detente, por favor”, le ruega Obi-Wan cuando ve que el chico le está levantando la pierna para atársela antinaturalmente en la cabecera. “Me estás lastimando”.
Pero su hijo hace lo mismo con su otra pierna y lo deja en una posición humillante: las piernas abiertas, tensadas por la soga, abiertas de tal manera que su coño adolorido queda completamente exhibido, al igual que sus tetas. El alfa se coloca frente a él, de rodillas, y comienza a golpearle con la palma abierta sobre su vulva, que, muy a su pesar, comienza a rezumar lubricación con cada golpe.
“Me contaron todo sobre ti, madre. Lo mucho que te gustaba pasearte conmigo dentro, como una zorra preñada. Pecadora infiel. ¿Te tocabas, mami? ¿Cuándo me tenías adentro? ¿Me diste mi primer orgasmo cuando seguía dentro de ti?”.
Obi-Wan comienza a llorar, negando con la cabeza. Las palabras que dice son peores que los golpes. Nunca se tocó. Nunca le gustó ser el centro de atención.
Y la verdad de los hecho es aún más humillante, porque cuando estuvo embarazado de él, Obi-Wan llegó a amarlo. Era un regalo de Dios. Era su milagro, la palabra hecha carne, la promesa del Alfa. Durante esos meses dentro del convento, coronado como la Virgen María, Obi-Wan se sintió lleno de un amor tan absoluto por su hijo, que el resto de su vida fue un vacío en comparación.
“Voy a anudarte el culo, madre. Eso te enseñara a no mentirme, a no burlarte de mi”.
El chico se abre la bragueta y se saca una verga roja y carnosa que asusta a Obi-Wan. No parece humana. Parece el miembro de un animal. Es enorme y su punta está mojada también, goteando de emoción por hacerle daño; puede verle el nudo en la base, engrandecido, del tamaño de un puño. “Esto te va a doler mucho. Espero que te duela”.
Esta vez, el alfa no tiene el cuidado que tuvo la noche anterior, cuando uso su propia sangre y su saliva como lubricante. Ahora, solamente se coloca sobre la entrada de su culo y entra dentro de él.
Al principio, su propio cuerpo no lo acepta. Solamente logra meterle la punta, incapaz de entrar más profundo. Obi-Wan comienza a sudar de dolor y el alfa se sostiene de sus piernas para encajarse en su carne con la violencia de una flecha.
Es peor que el dolor de parto. La verga del alfa lo rompe y el interior de su cuerpo se desgaja. Cada centímetro que se hunde dentro de él es un martirio. Ni siquiera sabe si le está gustando al chico, que tiene los ojos cerrado y se está mordiendo los labios mientras entra a él.
El dolor se irriga a su estómago, a sus entrañas y la presión de su miembro dentro de él es tan grande que Obi-Wan no puede soportarlo y comienza a sentir que se orina. Intenta aguantarse, pero cuando su hijo llega hasta el fondo de él y se detiene ahí, como para acostumbrarse a la extrema presión del agujero de su madre, Obi-Wan siente el primer chorro de orina salir de él.
“Mierda”, exhala su hijo, volteando a ver el pequeño arco de líquido dorado que golpea su camisa y comienza a mojarle el estómago a Obi-Wan, quien ni siquiera registra la vergüenza de la situación, deleitándose momentáneamente del alivio de su vejiga. “Eres una zorra asquerosa”.
Deleitado por su humillación, el alfa comienza a moverse dentro de él. Y para el pesar de Obi-Wan su propio orina hace más fácil la penetración, así que se deja ir con el chorro de su pis y cierra los ojos, esperando la llegada del placer que experimentó ayer mientras el chico lo violaba.
Pero hasta ese momento, su hijo sigue cumpliendo sus promesas: Obi-Wan no encuentra nada más que dolor. El chico le muerde las tetas, le golpea el vientre y se coge su culo con tanta violencia que ni siquiera un loco encontraría gozo en aquel acto. Y sin embargo, Obi-Wan comienza a sentir algo más: una euforia que solamente puede ser descrita como la mano de Dios tocándolo.
Mientras siente que el nudo de su hijo se hincha dentro de su recto, Obi-Wan vuelve a recordar lo que sintió cuando le dijeron que estaba embarazado, a pesar de ser virgen y de estar en un convento lleno de omegas: el miedo, la incredulidad, que luego se convirtieron en un ardor religioso sin igual. Él había sido el omega elegido. Él cargaba dentro de sí el hijo de Dios. Él era la esposa elegida del Alfa. No importaba el dolor. No importaba la vergüenza. Su cuerpo era un campo de batalla, su vientre, la salvación del mundo.
Su hijo ruge, enloquecido, cuando dentro del culo de su madre estalla su orgasmo y expande hasta el límite su nudo de alfa. El dolor que Obi-Wan siente trasciende todo: cuando el chico se deja caer sobre él, pegado a su cuerpo, como un cordon umbilical, le parece que es lo mejor que le ha pasado en la vida. Está perdiendo la cabeza, esta seguro, pero al mismo tiempo, la libertad de la locura se siente como un bálsamo.
Este es su propósito, piensa. Esta es la razón por la que nació.
“Perdóname”, susurra Obi-Wan y el chico levanta su rostro, para mirarlo a los ojos. “Mi hijo, perdóname. Te amo”.
El chico le besa una mejilla llena de lágrimas. “Mi nombre es Anakin, mamá. Anakin. Escribiste mi nombre en una servilleta, cuando fuiste a tu revisión mensual con el doctor. Ellos la guardaron. ¿Te acuerdas?”.
“Anakin”, exhala él, deseando poder cerrar sus brazos sobre su hijo, Anakin, pero incapaz de hacerlo. “Sí, me acuerdo. Te amaba desde ese momento, ¿sabes? Te amé siempre. Solamente que estaba asustado”.
Anakin se vuelve a agachar hacia su cuello. Con cuidado, le afloja la venda del cuello y le deja al descubierto la herida que le hizo. Se acerca a ella y con su lengua caliente le lame la sangre seca, la piel abierta. Obi-Wan espera sentir dolor, pero la saliva de su hijo le alivia inmediatamente. La saliva de su alfa. “Está bien, madre. Eres tan blanco como la nieve, tu rostro es como el sol. Eres lo más hermoso del mundo. No hay pecado dentro de ti. No tengo nada qué perdonar”.
Se quedan así, unidos por el nudo de Anakin, llenos de todos los líquidos que un cuerpo humano puede derramar.
El piso está vacío, salvo el aroma del sexo y el petricor. No hay ruidos, no hay gritos, ni llantos. Obi-Wan piensa, dejándose vencer por el sueño, que esto es lo más cerca que estará del cielo y que cuando sea arrojado a las llamas del infierno, se acordará de este momento.
*
Hueles a crema dulce, pero sabes a miel con leche.
Eres el cielo hecho persona, Obi-Wan. Madre. Mi hermoso omega. En la noche cuando te vas a dormir, con mi semen saliendo de tu coño rosado, yo sé que el amor de Dios es real. Nos creo para cometer este dulce pecado entre los dos, para transgredir el orden viejo y crear uno nuevo. Alfa y omega, madre e hijo.
Amo cogerte, madre. Amo tenerte sobre mí y ver como saltan tus tetas sobre mi rostro, mientras tomas tu placer, poseído por el amor que guardaste tanto tiempo para mí. Amo dormirme contigo y besarte, hundir mi lengua hasta tu garganta, escupirte la espuma de mi boca y ver cómo te la tragas, como si fuera una hostia. Amo cuando me tomas de la mano y me la besas, amo cuando me tomas del cabelo mientras te como el coño, amo cuando te metes a bañar conmigo y tomas mi verga en tu mano y me la limpias con tu boca.
Ellos me hablan, Madre. Me preguntan por qué tardo tanto en cumplir mi misión.
A veces, todavía quiero hacerlo. Esa es la verdad.
Me duelen los colmillos de verte dormido en tu cama, recién follado, rosa y suave como un peonía, salpicado de pecas, satisfecho y casi feliz. Quiero hacerte sufrir como me hiciste sufrir a mí. Quiero hacerte sufrir como Dios hizo sufrir a sus hijos más fieles: quiero abrirte el estómago en canal y volver a meterme dentro de ti. Quiero cortarte la lengua mentirosa, quiero coserte el coño y solo dejarte el agujero, volverte un omega anal, impedir que tengas otro hijo, que yo sea el único. Quiero romperte el cráneo con una piedra, como Caín y Abel, como tú lo intentaste conmigo.
Pero Madre, hueles a leche y miel y te amo como Dios amó al mundo.
Quiero que seas la madre de mis hijos, de mis hermanos. Quiero volver a coronarte, como la consorte del príncipe de este nuevo mundo. Quiero vivir siempre atado a ti, quiero ver siempre tus ojos en blanco mientras tomas mi nudo y tiritas de placer, al cumplir tu misión en esta tierra, cuando me sirves, cuando te tragas mi semilla, cuando te clavas en mi verga, cuando me dices que sí y te corto en la piel la inicial de mi nombre.
A de alfa. A de Anakin. A de amor.
Obi-Wan, nunca vas a estar solo de nuevo.
