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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-08-19
Completed:
2024-12-17
Words:
10,880
Chapters:
2/2
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8
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215
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2,993

Por este sol | rodrivan

Summary:

Spreen y Carrera se reencuentran por primera vez después de meses, lejos de casa y rodeados de gente. Carrera tiene próxima una pelea muy importante. Para Spreen, lo más importante es tenerlo cerca.

Chapter 1: Quemaría mis días

Chapter Text

Estaba sintiendo la ausencia mucho más de lo que había estimado.

Spreen no era una persona muy dependiente ni muy apegada a nada. Bastaba con ver la relación con su familia para notar que la distancia nunca le había generado pesar ni con aquellos a los que más amaba, nunca había sido un problema. Un pibe autosuficiente y desapegado como él simplemente no pasaba por esas cosas, no mientras tuviera con qué distraerse, en qué ocupar su mente.

Bueno... Si tenía que ser completamente sincero, quizás lo había pasado al principio de su trayectoria como streamer, durante su estadía en aquella blanca mansión que marcó un antes y un después en su vida.

Aquella había sido la primera vez que había estado tan lejos de casa, tan solo entre tanta gente, tan chico en un mundo vertiginosamente inmenso, desconocido. Ahora le daba la sensación de que habían pasado siglos de eso, aunque la experiencia era difícil de olvidar. En ese tiempo sí que supo sentir el asfixiante peso de la soledad, su frío paralizante.

Pero entonces conoció a Carrera, y con su llegada trajo calidez, risa y amor, y no se despegó más de su lado.

Ahora Carrera se había ido a Bahía Blanca para entrenar, había decidido llevar a cabo su entrenamiento para la velada allí para una mayor concentración. Spreen admiraba su compromiso y lo apoyaba al cien por ciento, pero lo cierto era que la cuestión se reducía a eso: Carre estaba en Bahía, lejos de él.

Era absurdo que se estuviera sintiendo así sólo por eso, pero sí lo sentía, no lo podía negar. Y no era que no pudiera visitarlo puesto que tampoco se había ido a la otra punta del mundo, sino que él mismo se había comportado como si no fuera nada. Él mismo lo había tratado como una pequeñez, como algo que tenía que hacerse y que no le iba a afectar para nada, así que también estaba involucrado su orgullo.

«Si tenés que hacerlo por tu entrenamiento, hacelo y listo. No te preocupes por nada más» era lo que había dicho Spreen con tantísima ligereza, bien seguro de lo que decía durante lo que fue su despedida, aunque no la llamaron así porque a él le había parecido una exageración (y cuánto se había equivocado).

«Ya entendí que no me vas a extrañar, malo de mierda, pero yo sí, un montón» había sido la respuesta de Carre, entre besos y caricias que ahora Spreen tenía que cerrar los ojos para recordar, para aferrarse a la sensación aunque fuera en su mente. Le cosquilleaba la piel y el corazón le latía fuerte con el recuerdo, pero no era suficiente.

Spreen estaba solo, frustrado consigo mismo y sin poder evitar hacer un pucherito caprichoso que Carre besaría si estuviera con él. Agh.

Lo que estaba sintiendo tendría un poco más de sentido para sí mismo si por lo menos vivieran juntos, pero es que igualmente había una diferencia importante entre tener a Carre cerca y tenerlo en Bahía, y acababa de entenderlo. Tenía que admitir con mucho pesar que había subestimado la falta que le estaba haciendo.

Entonces estaba la cuestión de extrañar a Carre, la cuestión del orgullo, y además la cuestión de no querer ser una molestia. Además de ser orgulloso, Spreen quería dar la mejor imagen posible para que Carre no se distrajera de su entrenamiento con pequeñeces como estas, por lo que no lo mantuvo al tanto de sus complicaciones con la distancia. No quería interrumpirlo o traerle problemas con sus sentimientos, y además tampoco quería que lo cargara, por mucho que mereciera mínimamente una burla por su actitud.

Y de verdad tenía muchas cosas que hacer. Muchos proyectos en los que ocuparse, en los que pensar. Pero no dormía bien, estaba inquieto. Y extrañaba tanto a Carrera que se estaba volviendo insoportable, para él mismo y para los que tenían que trabajar con él.

No habían mensajes ni llamadas que se pudieran comparar a estar con Carrera. Pero Spreen decidió seguir el camino difícil, decidió seguir siendo un cabeza dura y simplemente esperó. Y esperó, y esperó, y siguió esperando.



Spreen siguió esperando hasta que ya no tuvo que esperar más.

Cuando llegó la fecha para su viaje a España, Spreen se sentía ansioso por muchas cosas: la secuela de la Casa Madrid, el anuncio de Shinden, su regreso a España y el reencuentro con colegas muy queridos. Por sobre todas las cosas, Carrera. Volver a ver a Carrera. Encontrarse con Carrera y verlo pelear, verlo ganar. Tener a Carrera en brazos, escucharlo reír, besarlo hasta que le tiemble el cuerpo.

No podía negar que su novio estaba en el centro de toda su emoción, toda su alegría giraba en torno a él. La espera se había hecho larga, larguísima, y ya no encontraba fuerza en sí mismo para disimular las ganas que tenía de verlo.

Sin embargo, su ansia no lo hizo llegar temprano al punto de encuentro, al contrario, lo demoró un poco.

Angie había llegado primero y no tardó en sacarle el hecho en cara tan pronto como lo vio bajar de la camioneta. Ante eso, Spreen sólo le sonrió y asintió con la cabeza, sin escucharla realmente. Su atención estaba puesta en otro lado.

Estaba mirando a la calle con suma concentración, absorto, esperando todavía. Esperando por la misma persona. Esperando, esperando y esperando. Sólo un poco más.

Su rostro se iluminó cuando uno de los autos se acercó a ellos, y se rió tan pronto como vio a Carrera, como si su sola imagen fuera suficiente para animarlo, y lo era. Lo era porque lo sentía en el cuerpo, en los latidos desbocados de su pecho que parecían reverberar en su alma. Clamaban por una sola persona, festejaban su llegada. Al fin. Al fin.

Spreen trotó para acercarse y prácticamente tropezó sobre Carrera cuando bajó del auto.

―Epa. Me extrañaste me parece ―dijo Carre con una sonrisita, arqueando una ceja. Había tanta diversión en su expresión que Spreen se rió, pero le ardía la cara de vergüenza. Sabía que era un boludo terco y que con su entusiasmo no hacía otra cosa más que exponer toda su torpeza y su estupidez, con lo mucho que odiaba eso.

Pero Spreen esperaba que su estupidez no fuera lo único evidente para Carre. Esperaba que también pensara en lo mucho que lo había extrañado con sólo verlo trastabillar por él, que supiera lo mucho que lo amaba así como sabía que era un boludo. Esperaba que la mayor de las certezas de Carre fuera su amor, incluso por encima de todo lo demás.

Por eso y porque ya no aguantaba las ganas, se separó un poco, lo necesario sólo para sostener a Carre de los cachetes con ambas manos y besarle la sonrisa.

Carre le devolvió el beso y lo abrazó del torso, apretándolo bien fuerte contra él, y cuando Spreen finalmente sintió el calor de su cuerpo contra el suyo, fue imposible contener el suspiro de alivio que le salió del alma, el sonidito de gusto ante su toque y su olor.

―Hola mi amor ―saludó Spreen en un suspiro rápido, separándose lo suficiente para decírselo en los labios, y estaba tan contento que sabía que tenía una sonrisa de oreja a oreja. Carre sonreía igual, y por eso Spreen se tragó su respuesta con otro beso, tan emocionado que lo empujó un pasito para atrás.

De repente Carre estaba riéndose otra vez y Spreen no entendía muy bien por qué, pero si era de él ya no le importaba. Podía reírse de él todo lo que quisiera siempre y cuando volviera a besarlo.

―Hay gente, che ―dijo Nico, su mánager, y Spreen lo escuchó sólo como una voz de fondo, pero no podía ignorarlo por mucho que quisiera.

Lo que decía en tono de broma era cierto. No estaban solos y Carre todavía tenía que subir sus cosas a la camioneta de Speed y saludar a Angie. Además tenían que salir lo más pronto posible hacia el aeropuerto.

Spreen se separó medio rezongando, todavía sosteniendo a Carre de los hombros y agachándose para darle un último pico.

―Tanto tiempo ―dijo estúpidamente. Aunque era consciente de la presencia del resto, no podía mirar a nadie más que a Carre.

Carre se rió, acariciándole el pecho y un lado de la cara. Le acomodó un rulo loco detrás de la oreja y le pinchó el cachete con el índice.

―Si sabía que me ibas a recibir así arreglábamos para vernos solos antes, eh.

Spreen se rió también. Ni siquiera era algo tan gracioso, pero lo dijo Carrera, y ahora se sentía tan eufórico que podría reírse sin parar. Era eso o seguir besándolo.

Movió las manos de los hombros de Carre a sus brazos, frotando y apretando distraídamente como para extender el momento tanto como fuera posible. Al hacerlo pudo sentir antes que ver la firmeza de los músculos de Carre debajo de la ropa, y de repente recordó las fotos, los videos. Todo lo que Carre se estaba esforzando en su entrenamiento, la razón que los había separado, todo eso que Spreen se había limitado a ver a distancia hasta el momento y que ahora tenía a su alcance. Todo lo que ahora podía tocar.

―Uh, estás fuerte, eh ―soltó, tratando de decirlo sin ningún tono en particular, tan sólo como mera observación porque había gente y callarse no era opción.

―¿Te gusta? Después te muestro bien ―dijo Carre, acompañado con un guiño que hizo reír más a Spreen pero que lo puso ligeramente colorado.

Entonces Nico tuvo que intervenir porque no terminaban de separarse y ya tenían que salir. Costó un poco, sobre todo por la insistencia de Spreen, pero las cargadas de Angie ayudaron, aunque perdieron su efecto durante todo el viaje hasta el aeropuerto y en el avión. Allí ya no hubieron comentarios que sirvieran para despegarlos el uno del otro.



―¿Duele? ―preguntó Spreen, sosteniéndole la mano vendada entre las suyas. Carre, sentado a su lado en otra reposera, negó con la cabeza.

―Nah. No es nada ―respondió, tranquilo, mirando distraídamente a los chicos de la batucada y del equipo de producción que entraban y salían de la casa, algunos recorriendo los espacios y otros organizándose.

El grupo de profesionales estaba dejando todo en orden para los próximos directos, asegurando el funcionamiento de todos los elementos de la casa para sus residentes temporales. Todavía faltaba mucho para el día de la Velada y para la visita de otros streamers, pero la Casa Madrid ya bullía de gente y de movimiento.

Spreen y Carrera habían reclamado un rincón para los dos luego del directo de inauguración, algo apartado del resto de personas y más silencioso. Los rodeaban las luces tenues de la piscina, y aunque estaban a la vista de todo aquel que los buscara, había cierta sensación de privacidad en esa esquina en la que reposaban lado a lado.

Carrera tenía el brazo estirado hacia un costado, flojo para que Spreen, que sostenía su mano lastimada, pudiera moverla para revisarla. Desde que el más bajo había sido liberado de los cuidados de los profesionales de salud, Spreen se lo había llevado a ese rincón y no había dejado su mano.

Spreen murmuró pensativo por su respuesta, todavía sin soltarle la mano. Gruesos vendajes blancos le rodeaban los nudillos, se sentía acolchonadito al tacto por el algodón, y si se acercaba lo suficiente podía sentir el olor a la solución salina que habían usado para limpiar la herida. Todavía había algunos rastros de sangre seca en su piel, eran apenas manchas difusas casi invisibles, pero ahí estaban. Podía verlas.

―De verdad no es nada ―insistió Carrera, esta vez mirándolo a él. Al mirarlo a los ojos, Spreen relajó el entrecejo que había fruncido sin darse cuenta.

Carre le sonreía suavemente, buscando tranquilizarlo con sus palabras y convencerlo con la mirada. Pero para Spreen no se trataba de creerle o no. La médica ya había descartado cualquier tipo de fractura rápidamente y les había aclarado que no se trataba de nada grave. No había sido nada más que un accidente boludo, y en ese hecho se encontraba el núcleo de su molestia. Toda esa situación podría haberse evitado. Pensar en eso provocaba ese algo que se asentaba en sus entrañas como un peso, una incomodidad insistente que no lo dejaba del todo tranquilo.

Por eso veía la sangre en la piel de Carre y se le arrugaba la frente, sostenía su mano y pensaba que preferiría cualquier cosa antes que verlo lastimado.

Spreen se quedó callado, todavía bajo la mirada cargada de afecto de Carre. Aún en silencio le levantó la mano, moviéndola con mucha delicadeza hasta sus labios, y con el mismo cuidado, le dio un beso casto en el dedo corazón. Tras eso, buscó los ojos de Carre y encontró que simplemente lo miraba atento, también en silencio y dejándose hacer. Entonces Spreen siguió besándole cada dedo lentamente, como un ritual de adoración que acababa de inventarse, que así le había nacido. Surgió como una necesidad desde sus adentros, impulsada por un deseo profundo de su corazón de cuidar a Carre, de expresarle cariño, incluso de disculparse.

Se sintió sonrojar un poco por lo que estaba haciendo, de repente muy consciente de sí mismo, y por la fijeza en la mirada de Carre, pero no se detuvo hasta dejar un último beso sobre la venda, justo donde reposaba la herida, muy despacio.

Un segundo después, la solemnidad abandonó el rostro de Carre y volvió a sonreír.

―Putito ―dijo, y Spreen resopló una risa de golpe―. Qué tiernito que andas.

Spreen se rió más, bajando la mano de Carre con cuidado para posarla en su regazo.

―Tenés que cuidarte. Trata de no lastimarte más ―dijo, su voz suave, bajita, mirándolo a los ojos―. Lo digo más por vos que por la pelea. Esa la ganas sí o sí.

Carre sonrió de costado, moviendo la mano herida para tomar la de Spreen y acariciarlo con el pulgar.

―¿Tanta fé, papi?

―Obvio. Lo vas a romper todo.

La respuesta de Spreen fue instantánea, natural. Lo decía tan seguro que dejaba a Carre sin otra opción más que creer en sus palabras. Si bien la pelea no lo ponía nervioso porque confiaba plenamente en su preparación de meses, cualquier pizca de duda o nerviosismo que pudiera llegar a sentir se desvanecía con sólo un vistazo de los ojos de Spreen, brillantes de adoración y confianza.

Si Spreen lo decía así, entonces así sería.

―A vos te quiero romper todo ―dijo Carre, mordiéndose el labio y moviendo las cejas para hacerlo reír. Pero Spreen no sólo se rió, sino que respondió:

―Eso también, pero cuando puedas ―y lo dijo igual de natural, igual de seguro, sin bajar la mirada. Y a Carre se le subió el calor a la cara tan rápido que no lo pudo disimular. Ante eso, la sonrisita de Spreen se volvió pícara, y Carre chasqueó la lengua y lo movió con la mano sana para que dejase de mirarlo.

―Basta, cortala.

Spreen sonrió mostrando todos los dientes.

―Vos empezaste.


 

No tuvieron mucho tiempo a solas después de eso.

Ambos sabían que no lo iba a haber una vez llegados a España y mucho menos en aquella casa, pero se las iban a arreglar para hacerse del tiempo, en especial Spreen, que no podía estar si no era cerca de Carre, si no lo tenía a la vista, si no recibía todo de su atención como fuera posible. Parecía que no podía estar quieto si no tenían al menos una extremidad de sus cuerpos en contacto, cosa que llamó particularmente la atención de Carre.

Carre se había dado cuenta de su entusiasmo puesto que era evidente para todos, y si bien correspondía a cada uno de sus gestos con el mismo ánimo, a veces se tomaba un segundo para mirarlo con cierta expresión burlona, bien altiva y con clara intención de joderlo, eso que Spreen tanto había anticipado que pasaría.

Spreen sabía que lo tenía merecido, pero eso no significaba que no fuera a evitarlo siempre que pudiera porque, por increíble que pareciera, todavía le quedaba un poco de orgullo al que aferrarse. Por eso lo distraía con lo que fuera antes de que Carre pudiera comenzar a descansarlo.

Sin embargo, cada vez era más difícil recordar siquiera lo que era el orgullo cuando Carre le sonreía y cualquier día se volvía bueno.



Carre decidió aprovechar las primeras horas de ese día para entrenar un poco. Salió temprano a trotar para no perder el ritmo que había mantenido durante sus meses de entrenamiento. Lo acompañó con algunos circuitos de ejercicios improvisados y decidió regresar. No se había tardado más de una hora y monedas.

Al volver, Spreen fue el primero en recibirlo. Carre le advirtió que estaba transpirado, pero Spreen simplemente lo ignoró y lo saludó con un beso y un fuerte abrazo que lo hizo soltar un uf.

―Me fui a tu pieza a fijarme si ya te habías despertado y no estabas ―murmuró Spreen, y Carre se rió, inevitablemente enternecido por el tono en el que se lo dijo.

Estaba seguro de que Spreen ni siquiera era consciente de que estaba hablando en pucheros. Carre le frotó la espalda de arriba a abajo y le besó el cuello por pura ternura.

―Me olvidé de avisar, y tampoco quería despertarte. Salí a trotar un poco nomás.

Spreen murmuró un sonido no muy conforme con su respuesta y siguió abrazándolo un poco más hasta que dejó que Carre fuera a bañarse. Sin embargo, ese momento de ternura se extendió a lo largo de todo el día, y se debía a Spreen.

Era como si quisiera compensar esos momentos que pasaron separados teniendo a Carre bien cerca, y Carre no podía hacer más que complacerlo. Esa actitud lo tenía muerto de amor, y adoraba ese trato en todo momento. No solía pasar más que en la intimidad porque Spreen era muy reservado, pero ahora parecía que era lo último que le importaba.

Llegó la hora de prender directo. Y cuando Spreen se acomodó en la silla frente al escritorio y se palmeó las piernas haciéndole ojitos a Carre, Carre simplemente se acercó y se sentó en su regazo, otro capricho cumplido.

―Che, ¿van a arrancar así el stream ustedes? ―preguntó Angie al cabo de unos momentos, sentada al lado acomodando una de las luces. En las pantallas ya estaba el starting soon.

Carre estuvo a punto de abrir la boca para responder que ya se movía, pero Spreen le ganó diciendo:

―Seh.

Y Carre volteó a mirarlo.

―¿Estás de la cabeza, pibito? ―preguntó, dándole un tincazo en la frente.

Spreen siseó de dolor, tomó su mano y mirándolo serio dijo:

―¿Qué tiene? ―con un tonito sinvergüenza, tan altanero que lo hizo sonar como un desafío. Para colmo le besó la mano.

¿Qué tenía? Muchas cosas, pensó Carre, mirándolo. Su relación no era exactamente un secreto, pero no se mostraban así. No aparecían de la nada en directo sentados uno encima del otro. Pero, ¿qué tiene? había preguntado Spreen. Y Carre...

La sonrisa de Carre se abrió paso lentamente en su rostro, y con ella Spreen sonrió también, como un espejo. Callado por un momento, Carre volteó hacia la computadora, dejándose caer casi por completo en el pecho de Spreen. Sonrió un poco más cuando fue rodeado por sus brazos y le puso el mentón en el hombro.

―No, nada —respondió simplemente. Le latía fuerte el corazón. Qué enamorado que estoy, pensó, por demás entregado al hecho.

Angie los miró negando con la cabeza y rodando los ojos. Hizo un comentario por lo bajo que ninguno de los dos escuchó muy bien, y que no repitió aunque se lo preguntaron.

Habrían iniciado el directo en esa posición de no ser por la llegada repentina de Lit. Carre se levantó para saludarlo y traerle una silla, y cuando regresó, sonrió ante el puchero terriblemente disimulado de Spreen. Capricho no cumplido.



―Decí la verdad, ¿me querías hacer llorar en directo?

Spreen soltó una risita.

―No.

Carre bufó.

―Menos mal eh porque casi lo hago. No podés ser tan tierno así de la nada ―dijo Carre, intentando sonar molesto pero era difícil cuando en realidad no estaba molesto en absoluto. Movió un poco la cabeza y le dio una palmadita a la almohada para quitarla de en medio y poder mirar bien a Spreen.

Estaban en la pieza de Carre, acostados de lado en la cama, enfrentándose. Los dos estaban sonriendo, dándose caricias delicadas y hablando en voz baja.

Todas las noches en la Casa Madrid eran noches de desvelarse, pero como Carrera no podía seguir esos horarios siempre se retiraba primero. Por eso Spreen siempre se iba tras él en filita y se acostaba a su lado hasta que Carre se dormía.

―Siempre soy ―respondió Spreen, haciendo círculos distraídos con el pulgar en la cadera desnuda de Carre―. Con vos siempre.

―Puede ser ―dijo Carre. Metió la mano abajo de la almohada y sacó su celular. En la funda estaba la foto que Spreen le había regalado. Allí se los veía juntos, más jóvenes, más inexpertos, hace tanto y nada al mismo tiempo. Había tantas cosas sobre ese gesto que le daban ganas de reír de amor, justo esa foto, justo en ese momento.

Miró a Spreen que le devolvía la mirada, con los ojos entrecerrados y una sonrisa vaga en los labios. Estaba contento de que a Carre le hubiera gustado tanto su regalo, uno que seguro había planeado darle por mucho tiempo. Carre lo conocía lo suficiente como para saberlo, como para que no le quepa la menor duda al respecto.

Y Carre también sabía lo importante que era para Spreen que lo tuviera bien presente, que no dudara nunca de su amor y de su apoyo incondicional.

Sentirse- saberse amado era el mejor de los regalos.

Carre se acercó la foto al pecho y la dejó sobre su corazón.

—¿Por qué será eso, che? —preguntó después a Spreen, guiñandole un ojo.

―Mmm... ―murmuró Spreen, haciendo su mejor expresión pensativa. Incluso miró reflexivamente hacia la nada. Carre tuvo que contener una carcajada mirándolo.

―¿No se te ocurre? ―insistió Carre, acariciándole el cuello―. Alguna idea tenés que tener.

―Mmm... Ah, sí, ya sé ―dijo Spreen, chasqueando los dedos. Carre sonrió y asintió como instándolo a decirlo.

Pero Spreen hizo suspenso, primero chitándolo, después acercándose más, finalmente diciéndole sobre la boca:

―Porque te amo ―y besándole la punta de la nariz. A su acto le siguió un guiño que se vio más como un parpadeo descoordinado.

Y Carre no pudo no soltar una carcajada que sonaba a ternura y amor.



Tocarse era algo natural entre los dos, como reírse juntos, sonreírse y buscar la mirada cómplice del otro después de un chiste. Pero últimamente el contacto físico venía con un segundo efecto no tan satisfactorio.

Las restricciones con respecto a la intimidad hacía las cosas un poco más difíciles, puesto que marcaba límites donde normalmente no los habría.

Era el freno abrupto después de un beso que se había extendido demasiado, un escalofrío de advertencia con algún toque en alguna zona peligrosa que disparaba alarmas en sus mentes. Una mano que se retiraba casi renegando luego de posar quieta y cálida, jamás del todo inocente, sobre una cintura, un muslo, un cuello. Dos cuerpos calientes que debían separarse en contra de todos sus deseos.

Carrera tenía la impresión de ser él quien más lo padecía de los dos puesto que era él el que cargaba con la prohibición y ni siquiera podía aliviar algo de la tensión por su cuenta.

«Cien veces no debo, amigo» habían sido las palabras de su entrenador, y Carre lo repetía como un mantra cada vez que alguna sonrisa o un comentario medio sugerente de Spreen le calentaba todo el cuerpo.

Y Spreen lo tocaba mucho más últimamente, era tan cariñoso con sus toques, sus palabras y sus ojitos brillantes que Carre se sentía morir de amor por él. Pero lo estaba matando en vida.

Moría en vida como ahora, que otra vez estaban en la cama de Carre, Spreen supuestamente esperando que se durmiera para irse a su propia habitación como todas las noches. Pero no había una distancia prudente entre ellos esta vez, y no estaban compartiendo caricias delicadas. De hecho, se trataba de todo lo contrario. Spreen estaba recostado sobre Carre, hundiéndolo en el colchón con su peso, metido entre sus piernas y besándolo como si quisiera comérselo ahí mismo.

Spreen era el más sensato entre los dos, por lo que Carre había asumido erróneamente que sería él el de los límites, el que los iba a cuidar. Pero siempre encontraba algo para calentar tanto a Carre que lo dejaba lagrimeando de frustración, ya sea voluntariamente o no. Carrera quería creer que era sin querer, pero conociéndolo no podía evitar pensar que disfrutaba de tener a Carre así. Y Carre agradecía todo el contacto de su novio, lo volvía loco de felicidad, pero había elegido el peor momento para eso.

Spreen se separó de golpe del beso con los labios brillantes de saliva, y mientras Carre respiraba hecho un desastre ya, el más alto comenzó a descender por su cuerpo. Dejó un camino de besos por su pecho desnudo, y cuando llegó a su ombligo volvió a subir un poco para lamerle los abdominales.

El escalofrío que le dio fue como un latigazo para Carre, que gimió tan fuerte con eso que estaba seguro que alguien lo había escuchado, pero no le importaba. Agarró a Spreen bien fuerte del pelo y tiró de él para alejarlo, y Spreen soltó un ay de dolor, pero estaba mirándolo con una sonrisa que hablaba de todo menos de arrepentimiento.

―Dale, sí. Si seguís jodiendo así te voy a tener que coger la boca y sabés que no puedo ―dijo Carre, sonando brusco―. No debo ―agregó después, melodramático, su firmeza flaqueando y diluyéndose en un pucherito lastimero.

―Tranqui ―murmuró Spreen, acariciándole los costados del torso dulcemente, sonriéndole así también, como si no fuera la razón por la que ya había lagrimitas acumuladas mojando las pestañas de Carre.

Pero Carre era débil, entonces le soltó el pelo, y Spreen volvió a acercarse al instante. Fue directo a su pecho.

Allí dejó un beso justo sobre su corazón, y fue subiendo hasta su clavícula, variando entre besos húmedos con la boca abierta y otros cortos y castos. Le alcanzó el hombro, el centro de la garganta, la línea de su mandíbula. Finalmente le besó los labios castamente, interrumpiendo el jadeo incesante de la boca de Carre, profundamente afectado por sus acciones.

―Es una tortura lo que me estás haciendo ―volvió a decir Carre. Tenía los ojos cerrados, las piernas abiertas para Spreen y el cuerpo caliente por él.

Spreen sonrió y le besó la frente, entonces Carre abrió los ojos y suspiró.

―Te amo ―soltó Spreen, sin dejar de mirarlo.

―Dios ―resopló Carre, una risa de sorpresa en medio―. Yo también, mi amor. Te amo.

Spreen se acercó como para besarlo, pero se detuvo a centímetros de su boca y volvió a hablar.

―Te amo ―repitió, sosteniéndolo de la cara con mucho cuidado, sus palabras cargadas de sentimiento―. Te amo y te extrañé mucho.

Carre juntó con fuerza las piernas que le rodeaban el cuerpo a Spreen, apresandolo con los muslos, pegandolo bien a él. Movió ambos brazos para rodearle los hombros y tenerlo firmemente abrazado. Lo sostuvo tan cerca como para respirar el mismo aire, para que sus corazones palpiten al mismo ritmo.

―Me vas a hacer llorar ―advirtió, pero sonrió a la par de Spreen―. Te amo y te extrañé más. Perdón por habernos separado tanto tiempo.

Spreen lo besó una vez más.

―No pidas perdón —fue un reto ligero—. Vas a ganar ―le prometió. Y volvió a besarlo.



Una vez más estaban juntos en la piscina.

Eran casi las ocho de la mañana y Spreen estaba amanecido. Se había desvelado luego de la victoria de la selección Argentina del día anterior. La casa se había llenado de gente, pero en ese horario se podían ver tan solo unas cuantas personas todavía merodeando por ahí. El ruido había disminuido considerablemente, ya no había música y solo se podía escuchar algunos pájaros dándole la bienvenida al día y el sonido del agua moviéndose.

Spreen estaba sentado en el borde de la parte más profunda de la piscina. Tenía los pies sumergidos en el agua, moviéndolos lentamente de un lado a otro mientras bostezaba de vez en cuando. Sentía como el sueño le pesaba en el cuerpo, pero estaba tranquilo mirando a Carre nadar.

Carre estaba recién levantado. Spreen había estado a punto de irse a dormir justo cuando lo vio salir de la pieza y dirigirse a la piscina. Entonces pegó la vuelta y lo siguió hasta allí.

Y ahí se encontraban los dos ahora, en silencio compartido. Spreen no hacía más que observar a Carre mientras éste se zambullía en el agua y nadaba ágilmente de una esquina a la otra, a veces hacía el payaso para hacerlo sonreír, otras pataleaba exageradamente para escucharlo quejarse por salpicarlo.

La calma del momento era suficiente descanso para Spreen. Además murmuraba complacido por la manera en la que el sol reflejaba sus primeros rayos sobre la piel pálida de la espalda y los brazos de Carrera.

A Spreen siempre le había gustado mirarlo. El brillo de su cuerpo mojado lo tenía encandilado. Carre parecía moverse en borrones luminosos frente a él. Se movía con destreza, en movimientos practicados. Entrenados. Perfectos. O capaz Spreen estaba delirando por el sueño, pero eso no lo hacía disfrutar menos de la vista.

En un momento Carre comenzó a nadar en su dirección, y Spreen parpadeó lento, distraído. Sonrió despacio al ver su carita linda emerger del agua justo entre sus piernas, apoyando los brazos empapados sobre sus muslos como lo haría con el borde, mojándole la ropa.

―Soy una sirena ―chilló Carre, haciendo una mueca graciosa. Spreen arrugó la cara por su tono alto y agudo, demasiado ruidoso, pero no dejó de sonreír.

―Sí, de policía ―respondió, su voz ronca por el sueño pero serena, mucho más bajita en comparación. Con la misma calma le movió un pelo de la cara a Carre, mojándose la punta de los dedos con su piel.

Carre hizo una cara ofendida que duró unos segundos antes de asentir.

―Estuvo buena esa ―dijo, acariciándole el muslo. Le besó una rodilla y posó la cien en la otra, mirándolo desde abajo con picardía.

Spreen sonrió suavemente ante el espectáculo irresistible que era Carrera, lo bonito de sus rasgos filosos, la gracia y sensualidad de sus gestos. Le apartó delicadamente una gota de agua que se deslizó por su mejilla sonrosada, trazó su recorrido en una caricia con el pulgar.

Apenas podía abrir los ojos, pero se esforzó por no perderse detalle de ese rostro y esa mirada verdosa.

―¿Viste? Soy bueno.

―Sip, el mejor.

Carre lo estaba mirando con el sol en los ojos, con la misma calidez, el mismo brillo. Spreen quería cerrar los suyos y dormir, moría por sucumbir a esa ternura arrulladora pero no podía apartar la vista. Era tan hermoso, y lo amaba tanto. Sólo aceptaría dormir si significaba que iba a soñar con él.

―¿Por qué no vas a dormir, amor? ―dijo Carre, más como sugerencia que como pregunta, percatándose de su estado. Su tono gentil se sintió como seda para la mente soñolienta de Spreen.

―Ya voy ―murmuró, sonando un poco rezongón. Carre resopló con gracia ante su actitud testaruda.

―¿Te voy a tener que llevar de la manito?

A Spreen le gustaba la propuesta, pero igualmente le agarró la oreja y tiró un poco. Ante la queja de Carre se rió, y estaba a punto de decir algo pero justo en ese momento Angie apareció con un licuado en una mano y unos lentes oscuros cubriéndole los ojos.

―Ojo con los fluidos que le meten al agua, degenerados.

Carre se agarró de las piernas de Spreen para poder voltear a mirar a Angie antes de responder.

―Ay, Angie, qué exagerada. Es obvio que no le voy a meter fluidos aparte de mi transpiración y el pis que me acabo de echar. Pesada, dios.

Angie hizo una arcada automáticamente. Spreen carcajeó.



Ya habían dejado atrás los días en los que eran tan sólo unos cuantos gatos locos en la Casa Madrid. La casa se encontraba repleta de streamers, de figuras públicas de todo tipo. Eran personas tan variadas las que reunía que en otras circunstancias parecería imposible tenerlas todas juntas habitando un mismo espacio, compartiendo esos momentos como un gran grupo.

Y el común denominador de todos ellos era Carrera. Ninguno de ellos perdió la oportunidad de acercarse a saludar al próximo luchador (cada vez más próximo, más cerca, contando los días) que además era probablemente la persona más querida de todas. Carrera era fácil de querer, siempre con un chiste en la punta de la lengua, risueño y cariñoso.

Por eso todos le estaban hablando, alentándolo, dándole sus mejores deseos. Carre estaba vibrante de energía. Agradecía cada gesto con una sonrisa encantadora, y siempre con un abrazo enorme para todo el mundo. Faltaban dos días para su pelea y no había rastros de nerviosismo en él, tan sólo emoción y felicidad.

Spreen lo estaba mirando a la distancia. La imagen de Carrera rodeado de gente no era algo nuevo puesto que el más bajito siempre atraía a las personas, y él había entendido el por qué desde el momento en el que lo conoció. Desde que calmó su nerviosismo por estar entre desconocidos con una sonrisa amable, y lo hizo reír hasta que se olvidó de todo menos de él.

Aquella vez en la que Spreen había estado un poco desorientado, Carre había sido su palabra justa, su aliento y su motivación. Lo era desde entonces, su ancla a tierra, la voz que lo acompañaba en conversaciones soñadoras, la mano que tomaba la suya dispuesta a ir con él a dónde fuera. Todo lo que necesitaba, todo lo que más quería lo encontraba siempre en Carrera.

Spreen notó un segundo en el que Carre finalmente estaba solo, entonces no perdió tiempo y se le acercó de atrás, le rodeó la cintura en un abrazo y le besó la cabeza.

Carre se apoyó contra él, levantó una mano para acariciarle la mejilla y con la otra palmeó el brazo que lo rodeaba. No le dijo nada porque sabía que era él, y esperó hasta que él le hablara.

Pero Spreen no tenía nada para decir. O sí, sí tenía. Quería decir muchas cosas, sentía la presión imperiosa de las palabras en su garganta, pero si intentase dejarlas salir, no sabría por dónde empezar. Presentía que si hiciera el intento, se le harían nudos en la lengua y sólo balbucearía su nombre una y otra vez.

Entonces se calló y apretó más el cuerpo menudito de Carre. Ni siquiera todo ese entrenamiento le había quitado la ternura, lo mullido de su cuerpo cálido, por lo que abrazarlo era tener algo chiquitito, firme y fuerte pero delicado y suave a la vez en brazos. Algo precioso para él. Alguien amado.

Spreen se quedó un ratito así con los ojos cerrados, meciéndose ligeramente.

―¿Tas bien? —preguntó Carre al cabo de un tiempo, ladeando la cabeza y besándole la mandíbula.

Spreen respiró el aroma de su pelo, y lo apretó un poco más. Por un momento se preocupó de que Carre pudiera llegar a sentir en su espalda la forma en la que su corazón estaba latiendo, golpeteando inquieto contra su esternón como si quisiera escaparse. Desorientado, nervioso.

Carrera iba a pelear en dos días. Carrera iba a ganar en dos días, y Spreen estaba segurísimo de eso.

¿Entonces qué era esa inquietud? ¿Qué era esa molestia muy parecida a un miedo? ¿Miedo a qué?

―Sip —respondió Spreen simplemente, y le besó la mejilla. Carre sonrió.