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Cuando Severus tenía siete, se enamoró de la chica que vivía al final de la calle. Tenía el pelo rojo y largo, y las rodillas sucias, y una tarde lluviosa le ofreció la mitad de su caramelo mientras esperaba afuera del colegio a que sus padres vinieran a recogerla.
Los padres de él no iban a venir— papá trabajaba hasta tarde y su mamá estaba en el pub, repasando viejas historias de sus días de gloria en Hogwarts, hablando de aquellos años en los que su vida era mágica— pero no le dijo eso a Lily. Él solo estaba esperando a que los matones de mayor edad que disfrutaban acechar el terreno baldío camino a casa se aburrieran y se fueran.
Se comió el dulce lentamente, en mordiscos pequeños y limpios mientras ella le sonreía y le contaba sobre la gran riña entre su hermana mayor y el profesor de ciencia, como si Tuney fuese alguna especie de superhéroe en un drama de espionaje político. Hablaba con las manos, cositas estrechas de dorso pecoso. La vió saludar desde la ventanilla trasera del auto de su madre y solo entonces inició el largo camino a casa.
Cuando Severus tenía quince, James Potter lo colgó boca abajo en el patio y se echó a reír. Severus cayó sobre sus codos y rodillas. Los moretones permanecerían por una semana. Las memorias no morirían con ellos— la sonrisa petulante de James, las risas al viento en primavera, el latigazo de la melena roja de Lily.
Con las rodillas pegadas al césped, se sintió chiquitito, como un insecto. Algunas noches, su madre volvería a casa, patearía la raída alfombra, haría resonar viejas sartenes de la alacena, maldeciría un Ministerio que odiaba a los sangre pura, que se la chupaba a los mestizos y sangre sucia, que dejaba pudrirse en la inmundicia a los verdaderos magos. Él se haría un ovillo, se haría a sí mismo chiquitito, como un insecto, e imaginaría un escudo quitinoso creciendo sobre sus hombros, su columna, la suavidad de sus riñones. Algunos días, su padre dormiría durante todo el ajetreo. En otros, gritaría de vuelta.
Tras conocer a Lily, Severus se hacía un ovillo bajo las mantas, chiquitito, como un insecto, y, tapándose las orejas con manos pequeñitas, leería los cómics que ella le había prestado. Quería que viniera el Profesor X y se lo llevara. Quería volverse alguien especial, alguien salvado. Quería que un gigante irrumpiese por la puerta y asustase a su madre y le ofreciera un pastel de cumpleaños aplastado y una escapatoria.
Cuando Severus tenía quince, se desplomó en sus rodillas sobre el verde patio de Hogwarts. Las carcajadas taladraron sus oídos, como maldiciones, como las noches en las que su padre gritaba de vuelta, y cuando Lily dio un paso hacia él, le espetó, “¡No necesito ayuda de una asquerosa sangre sucia!”
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Cuando Severus se arrastró a su puerta ese verano, Lily no lo invitó a pasar. Se apoyó en el marco vacíode la puerta, de brazos cruzados. Rara vez había visto a Lily ni sonriente ni incandescente de rabia, pero ella lo observaba con ojos estrechos como rendijas y una boca firme, inmóvil.
“Lo siento,” dijo. “No quise—”.
Ella pasó un mechón de cabello sobre el hombro, la irritación lo más cercano a una emoción que pudo detectar. Él la miraba desesperado: era Lily, su rostro siempre delataba emociones. Ella hablaba con las manos. Él nunca se sentía perdido con ella. “¿Pero, por qué?”, dijo Lily. “ ¿Por qué lo sientes? ¿Porque estoy molesta o porque lo que hiciste estuvo mal?”
“Nunca quise lastimarte”.
“Lo hiciste, y ese no es el punto. No me interesa si esa es la parte que te interesa, Sev, esa no es la parte que importa. Fue algo horrible de decir– de decírle a cualquiera. Fuiste cruel porque estabas asustado y avergonzado, pero Sev, me importa una mierda. Fuiste cruel”.
“Lo siento”.
“Lo siento no es suficiente, Sev— Carajo, sé mejor ”.
Severus dio un salto hacia atrás e intentó convertirlo en una especie de broma. “Cuidado con el lenguaje, tu mamá podría oírte”.
Ella se encogió de hombros, retrocedió a través de la puerta abierta, y se la cerró en la cara de un portazo.
Se pasó el verano leyendo cómics, penando en la librería local, luego el parque local cuando esta cerraba, y luego escabulléndose a casa cuando tenía la esperanza de que sus padres estuvieran dormidos. Intentó pensar en la valentía, pero a veces solo pensaba en el cabello de Lily. Intentó pensar en la nobleza, la ética y la gracia, pero las nubes se perseguían unas a otras, gordas y blancas, a través del cielo, y no estaba seguro sobre qué tenía que ver él con todo eso.
Su padre lo llevó a pescar a un lúgubre arroyo marrón y se sentaron en silencio. Severus podía escuchar cada crujido de las cañas, cada suave restallido del agua, cada inhalación y movimiento hecho por su padre. Pensó que si simplemente no decía nada nunca más, jamás volvería a decir algo que hiciese del rostro de Lily algo tan inexpresivo y distante. Si no decía nada, tal vez nada dolería.
Su padré se estiró hacia atrás para tomar una lata de cerveza en un movimiento rápido y Severus se congeló, obligándose a no mover ni un músculo. Se sentó en silencio después, ralentizando los latidos de su corazón, desmenuzando el repentino y rígido caparazón sobre sus hombros. Su padre tarareó y el abrir de la lata resonó como un disparo.
Ese año se sentó solo en el Expreso de Hogwarts, metido en un compartimiento con un puñado de niños de segundo que le dieron la mitad de sus asiento mientras reían entre sí sobre el corte de cabello de una niña llamada Gertrude. Cada fin de verano, durante cinco años, él y Lily habían abordado juntos el tren, presionado las narices contra el vidrio de la ventana y visto el paisaje pasar.
Durante el primer mes de escuela, Severus practicó pausar antes de hablar, por segundos o minutos de ser necesario. A veces, añadía una respuesta cuando la conversación ya había avanzado, encorvado sobre su puré de papas, sopesando las palabras con tanto cuidado como con el que pesaba ojos de salamandra y raíz de mandrágora.
(Si aplastabas el grano de sopóforo con la hoja de una daga de plata en vez de cortarlo, obtendrías más jugo de forma más eficiente. Los libros de texto decían que debías revolver seis veces en sentido contrario a las agujas del reloj para hacer Poción Somnífera, pero él sabía —porque había pensado e intentado e intentado de nuevo— que si girabas cinco veces en sentido contrario a las agujas del reloj y dos veces en el sentido de las agujas del reloj, la poción adquiriría ese color turquesa perfecto y el dormir sería dulce y profundo y sin sueños. Él guardaba sus notas en los márgenes de su libro de texto porque le ayudaba a recordar). f
En el segundo mes, intentó escuchar. La gente estaba empezando a pensar en la vida después del colegio, un gran abismo que se suponía debían llenar ellos mismos. La gente empezaba a enamorarse, tiernos e insignifcantes. La gente empezaba a creer en la guerra, susurrando, soñando, temiendo.
En la sala común, uno de los niños dijo algo sobre los sangre sucia y la cabeza de Severus se levantó de golpe. Intentó imaginar un caparazón creciendo sobre sus hombros, sobre su columna, cubriendo todas las partes suaves de su cuerpo. Quería sus mantas, quería encogerse, quería el cajón de cómics de Lily, pero se alzó sobre sus pies y respondió bruscamente. A veces no decir nada también lastima a la gente. Una pequeña hija de muggles vestida de verde y plata se escabulló hacia su dormitorio, apretando sus mangas en silencio.
Durante el tercer mes, intentó observar, no por la advertencia de muecas de desprecio ni sonrisas petulantes, puños apretados y hombros anchos, todas las cosas que llevaba observando desde antes de poder nombrarlas, sino para ver la forma en que los hombros podían ponerse rígidos, la forma en que los puños podían apretarse antes de esconderse, deseando por algo que protegiese cada parte suave de ellos.
Severus era huesudo y lleno de granos, con dieciséis años y sin gracia en ello, pero podía ser una interrupción. Podía burlarse como los mejores, moviendo las cejas y torciendo la nariz y haciendo preguntas precisas. Podía hablar, con voz inteligente y sarcástica, hasta que la atención se centraba en él, y entonces podía sobrevivir cualquier cosa que le lanzaran. Podía dar tan bien como recibía. Las pausas eran más cortas esos días, antes de hablar, pero siempre estarían ahí, un eco compensado por su grito, una avalancha que llegaba tarde y terrible.
Cuando los niños lloraban en los baños o las aulas vacías o la biblioteca, él no se movía para consolarlos, aunque los escuchara. No sabía cómo. Escribió sus propias maldiciones, afuera en el bosque donde podía marcar los árboles con sus experimentos, y todos resultaron siendo sangrientos. Amaba muy pocas cosas, incluso a Lily, tanto como amaba entregarse por completo a su trabajo, hasta que algo nuevo y suyo creció de ello. No estaba seguro de haber inventado algo amable alguna vez.
No intentó encontrar a Lily, pero una vez regresaba del Bosque Prohibido y casí se tropezó con ella, medio dormida entre las calabazas de Hagrid. Se tropezó con una gigantesca calabaza mientras ella se retiraba un mechón del rostro y lo miraba fijamente.
“Lo lamento,” dijo él, después de una pausa que retumbó y le revolvió el estómago, a la que se aferró con ambas manos, respirando en ella y dejando que sus hombros se suavizaran. “Lamento lo que dije. Lamento que te hiciera sentir pequeña porque yo me sentía… pequeño”.
Lily se enderezó un poco, dentro el pequeño semicírculo que había construído para ella a base de libros y pergaminos y gobstones y bocadillos. Había construido círculos de hadas como ese, cuando eran niños, a base de las flores que él había transfigurado para ella.
“Lamento que alguien tenga que sentirse de esa forma, alguna vez,” continuó. “No deberían. Me enoja que alguien tenga que sentirse así”.
“A mí también,” respondió ella y, tras rebuscar entre los guijarros que la rodeaban, le entregó la mitad de una barra de caramelo. “Vamos, ¿quieres un poco de té? Hagrid dijo que me pondría una tetera si terminaba mi tarea de Aritmancia”.
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Cuando Severus cursaba sexto año, Remus Lupin casi lo mata bajo la luz blanca de la luna llena.
Severus había querido respuestas, había querido meterlos en problemas, había querido algo un poco parecido a la venganza, y Sirius le había contado sobre el Sáuce Boxeador. Sirius había sonreído al decirlo, una sonrisita tenue y amarga, y Severus se había preguntado si él y James estaban peleados de nuevo, preguntándose por qué si no vendería Black a sus amigos.
“No pensé—”, intentó decir Sirius la mañana siguiente, mirando a Remus a través de tostadas y cocoa y grandes tazones llenos de jugoso melón.
“Nunca lo haces,” espetó Remus. (Un puñado de años después, erguido sobre las ruinas humeantes de la casa de James y Lily, Remus pensaría en la mirada errática de Sirius, en lo afilado en su voz, en su apellido, y se preguntaría si debería haberlo visto venir. ¿Qué era premeditado? ¿Qué era simple travesura? Sirius una vez casi había manchado las manos de Remus con sangre.)
Pero por ahora Remus tenía dieciséis y estaba enojado; tenía dieciséis y se sentía culpable de algo que podría haber sucedido. No habló con Sirius por un mes.
James también se rehusó a hablar con Sirius, pero solo le duró una semana. Lunático estaba enfurruñado y Peter ocupado estudiando durísimo, y James se inquietaba sin socialización regular y apropiada.
“Le partiré la nariz,” declaró Lily cuando Severus se lo contó. Se movió de donde se estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la mesa de la biblioteca, como si fuese a salir y cazarlo en ese mismo segundo.
“Black no merece esa atención”, dijo Severus.
“¿Que una chica la patee el culo? ¿Ese tipo de atención?”
“Que Lily Evans le patee el culo”, replico Severus. “Sería un honor y lo sabes”.
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Los reportes de violencia afuera de Hogwarts se pusieron peor. La gente desaparecía. La gente susurraba, temía. Los periódicos ignoraban las partes importantes y se alimentaban del alarmismo, o al menos eso le anunció Lily en la biblioteca mientras Severus intentaba estudiar.
Alice y Lily se habían pasado años compartiendo peroratas en la humedad de los invernaderos. Sobre un lecho ondulante de solanáceas luminiscentes, Alice acercó su cabeza hacia la de Lily y preguntó: “¿Has escuchado de la Orden del Fénix?”.
Fueron necesarias una serie de introducciones, disputas y contraseñas, pero unas semanas más tarde, Lily caminó con dificultad hacia Cabeza de Puerco para reunirse con un grupo de estudiantes y graduados interesados. Severus la seguía, aplastando con sus botas las huellas más pequeñas que ella dejaba en la nieve.
"¿Es legal que el director reclute estudiantes para su guerrilla?", se preguntó Severus en voz alta, metiendo sus manos heladas en sus axilas.
“Silencio”, dijo Lily.
Al entrar al pub, Severus intentó fingir que nadie lo estaba mirando. El único otro Slytherin era Kingsley Shacklebolt, ahora un aprendiz de auror en el Ministerio. Severus empujó a Lily hacia un par de asientos en donde podía sentarse sin darle la espalda a nadie.
Habían algunos adultos en el grupo: la profesora McGonagall, sentada rígidamente sobre un taburete, un hombre algo maloliente que parecía estar guardando una taza vacía en su bolso y una mujer pequeña de cabello suelto con caspa de gato sobre sus rodillas.
Albus Dumbledore se puso de pie, sonriéndoles de esa forma suya que tenía, como si supiera algo que tú no y estuviese orgulloso de ti por ello. “Amigos míos”, empezó.
La puerta se abrió de golpe e irrumpieron los Merodeadores, tarde y con las mejillas sonrosadas por el frío. El director les sonrió también, y Sirius le devolvió un pequeño y jovial saludo.
Severus se hundió aún más en su silla, fulminándolos con la mirada por sobre su cerveza de mantequilla. “¿También le dijiste a Potter?”
“No le vendría mal usar toda esa energía para una buena causa”. dijo Lily. “Y para ser precisa, se lo dije a Remus”.
“¿Pero Potter? ¿En serio?”, dijo Severus.
“Él y Black inventaron una maldición que te da un forúnculo cada vez que insultas a un hijo de muggles ,” dijo Lily. “Era invitarlos al club de guerra de Alice o hornearles galletas, y yo sé cuáles son mis habilidades”.
Severus resopló. “No vengas a llorarme si te jala de las coletas”.
“Ven a llorarme si jala las tuyas. Le partiré la nariz”, dijo Lily.
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En su tercera junta clandestina, Dumbledore llevó a Severus a un lado. De todos modos, Severus se mantenía al margen en estas reuniones, por lo que Lily ni siquiera notó que se había ido.
Afuera, en el frío callejón aledaño, Dumbledore puso sus manos en los bolsillos de su túnica y observó a Severus lentamente. Severus sintió que lo estaban midiendo. Tras un momento largo, levantó la barbilla y lo miró de vuelta.
“Severus," dijo Dumbledore. "Voy a pedir algo difícil para ti. Implicaría no venir más a las reuniones. Implicaría... muchas cosas". En las décadas que pelearían juntos en esta larga y silenciosa guerra, Severus llegaría a conocer a Albus Dumbledore mejor que la mayoría. Lo vería cansado, vería dónde sus enigmas se desvanecían en una agotada desesperación. Llegaría a saber que esta vacilación era algo que el director superaría con el tiempo; un día, cuando pidiera a niños que dieran sus vidas por la causa, no habría titubeo alguno en la voz de ese hombre.
"Quiero estar aquí", dijo Severus, en voz baja y haciendo todo lo posible para no enojarse por eso. "No estoy—". Respiró hondo, hizo una pausa, se aferró a ella con dos manos que intentaban ser pacientes. "Sé de qué lado estoy".
"Por supuesto", dijo Dumbledore. "Por eso te pido esto". Echó una ojeada hacia atrás a través de la puerta abierta, donde Lily escuchaba atentamente a Alice.
Las palabras llenaron la garganta de Severus, pero no las dijo. No sólo por ella.
“Será difícil”, dijo Dumbledore. “Puede que sea desgarrador. Pero tener un hombre adentro podría salvar vidas”.
Severus volvió a mirar a Dumbledore. “Un espía. ¿Quieres que yo sea un espía?”.
“¿En la guerra que se avecina? Creo que necesitaremos uno. Andamos a ciegas y la situación se vuelve cada vez más oscura”.
“Quiero pelear”, dijo Severus, y todavía lo decía en silencio. “Quiero defender algo, por una vez”.
“Esta es la pelea”, dijo Dumbledore. “Sé lo que estoy pidiendo, Severus. Sé los sacrificios que estoy pidiendo. Pero te necesitamos”.
En medio del calor del pub, Lily hablaba con las manos. Esto era un problema para la jarra de cerveza de mantequilla que sostenía, que se derramaba sobre sus zapatos.
"Alguien tiene que hacerlo", dijo Severus, las palabras sintiéndose sosas en su lengua. "Y no pareceré fuera de lugar allí".
Dejó de ir al Cabeza de Puerco. Dumbledore le dijo que no se lo contara a nadie, pero Severus le contó a Lily.
Desde ese momento, cuando él y Lily se reunían, era en la cabaña de Hagrid después del anochecer, o se colaban en las cocinas para visitar a los elfos domésticos después del toque de queda. Cuando el durazno del vitral se reía, a Lily le gustaba devolverle la risa, incluso en aquellos días. Brindaban con chocolate caliente que nunca entibiaba y no hablaban de la guerra.
Durante las comidas, Severus se empezó a sentarse con Avery y Mulciber. Flotaba a la deriva a través de sus conversaciones, respondiendo a sus palabras segundos o minutos muy tarde. “Pensé que esa Evans te tenía envuelto en su meñique sangre sucia”, dijo Avery una vez.
Severus rascó el plato con los dientes de su tenedor. "¿No la has visto dar vueltas alrededor de Potter últimamente?”, preguntó. Para cuando respondió, Avery ya había empezado la discusión sobre sus planes para vacaciones, pero ya estaban acostumbrados a las demoras de su compañero de casa. "Encontró a un lindo niño rico y me dejó olvidado".
En clases se sentaba con Narcissa. Podía fingir odiar a Lily. Podía conjurar en su lengua la amarga retórica de su madre. Pero prefería no arruinar sus estudios, y Narcissa al menos vería sus precisas anotaciones no como bondad sino como ambición.
Cuando Mulciber escupía palabras ponzoñosas en la Sala Común de Slytherin, Avery riendo y Regulus chillando divertido con los ojos muy abiertos, Severus no decía nada. No defendía a nadie. No reía tampoco. Solo sonreía, una mueca pequeña y fría que había practicado en el espejo una y otra vez, la finura de los labios y el alzar de la ceja.
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"¡Aquí viene el graduado!" exclamó su madre mientras Severus atravesaba la puerta principal, su bolso colgando del hombro.
"Cualquiera pensaría que regresa a casa de la guerra, Eileen". Pero su padre bajó el escalón de entrada para palmear a Severus en el hombro y tratar de tomar su bolso. La mano de Severus apretó la correa.
"En realidad, me lo quedo", dijo. "No estaré aquí mucho tiempo".
Su padre frunció el ceño. Severus lo miró a los ojos, como lo había hecho con Dumbledore, como lo hacía cuando sonreía ante las bromas de Avery. "He conseguido un trabajo", explicó. "Una pasantía, papá".
"¿Dónde?"
"Una especie de movimiento político de base", dijo Severus, sin ahogarse con ninguna de las palabras. "Repartiendo folletos. Ir de puerta en puerta".
“¿Y paga bien?”
Severus sonrió. La forma en la que la comisura de sus labios se torció fría y lentamente fue casi involuntaria. "Con experiencia".
Volvió la cabeza un momento y vio a su madre observándolo desde el escalón. "¿Este es el grupo que has estado mencionando en tus cartas? ¿Con quienes trabajan los padres de Avery y Mulciber?"
Sus ojos negros brillaron orgullosos. Casi podía oír el resonar de las ollas en su cabeza, el portazo, las maldiciones y sus agrios murmullos. "Bien", dijo ella. "Creo que lo harás bien", y la sonrisa de Severus se mantuvo y se mantuvo.
Dejó a su padre darle algunos consejos. Dejó que su madre le besara la mejilla y mintió cuando dijo que escribiría. La miró a los ojos cuando dijo que escribiría. Luego se ajustó el bolso al hombro y caminó hacia la casa de Lily.
Podría haberse aparecido. Alguien podría verlo caminando en esa dirección y entender quién estaba al final. Pero necesitaba caminar de nuevo por este camino: pasando por ese viejo olmo, el columpio en los juegos, el ruidoso perrito del patio frente a la casa amarilla y el perro grande en el patio de la esquina que siempre dormía bajo el jazmín. Conocía las grietas en el cemento. Conocía el sol sobre sus hombros.
Sabía que Lily estaba al final de eso, como lo había estado durante años: melena brillante y ojos brillantes, engañándolo para que le ayudara con las tareas domésticas, acostándose boca abajo en su habitación y garabateando los márgenes de sus libros porque a él le gustaban los registros, le gustaba registar, le gustaba tener cosas a las que podía volver y mirar cuando se olvidaba. Una vez ella se había parado firme en la puerta de su casa, sin ofrecer nada, y él había estado a punto de marcharse y jamás volver.
El árbol de magnolia fuera de la casa de Lily dejaba caer pétalos marchitos en la acera. Él aplastó sus cáscaras marrones. Lily los habría pateado y dispersado, por el sonido más que nada. Severus alzó la cabeza y ahí estaba ella, apresurándose en bajar las escaleras y arrastrarlo dentro.
"Con cuidado, no se supone que estés aquí", dijo Lily, cerrando la puerta detrás de ella y corriendo las cortinas de la cocina, ligeras, bordadas con amarillo y blanco.
“Quería despedirme primero”, dijo él. “Por si acaso”.
"Oh, Sev", dijo Lily. "Bueno."
"Tú te vas…"
"La próxima semana", respondió ella. "Dumbledore dice que Alastor Moody nos enseñará algunos trucos a los nuevos, pero creo que es más que nada para ver de qué estamos hechos".
No sabían en qué se metían. Tenían dieciocho años y pensaban que ya estaban grandes. Se habían apuntado a una pelea y no sabían cuál sería el final. Petunia ponía los ojos en blanco desde el otro lado de la habitación y pensaban que eso era lo peor que podía hacer.
Severus se comió el sándwich que la señora Evans le hizo al ver sus flacos huesos merodeando en su cocina. Lily le dio una radio de mano. "Ondas de radio muggles", dijo, "así que no creo que estén escuchando. Le puse algunas protecciones adicionales, por si acaso, pero igual tendremos que tener cuidado". Ella envolvió sus dedos alrededor de la caja de plástico negro. "Porque esto no es un adiós, ¿si?". Ella apretó sus dedos sobre los de él. "Estarás bien, ¿no?"
Él le dijo que estaría bien. La miró a los ojos al decírselo.
Severus se apareció en el Callejón Diagon para encontrarse con Avery en el Caldero Chorreante. El interior del pub era tan bochornoso como el día de verano que había afuera. Las nubes empezaban a arañar el azul y a encapotarlo. No alivió el calor sordo. Avery alzó la cabeza de su pinta y sonrió al ver a Severus. "Hola, Snape", saludó. "¿Listo para salvar el mundo?"
Todo empezó con favores. Severus se consiguió un apartamentito lúgubre y un trabajo abasteciendo los estantes traseros de la heladería de Fortescue. Cuando se le pedía, llevaba paquetes sin marcar de un lugar a otro. Iba a pequeñas y oscuras habitaciones traseras de restaurantes o a las recepciones de mansiones y escuchaba una retórica que podía escupir tan bien como cualquiera de ellos.
No conoció a Tom Riddle, llamado Voldemort, hasta dos meses después. Tom todavía era hermoso en ese entonces, con su cabello oscuro, sus dedos largos y esa sonrisa. Apenas había entrado en la habitación cuando Severus sintió una suave presión contra las paredes de su mente, manos a tientas, y entonces ofreció todo su descontento. Severus pensó sobre sentirse chiquitito. Pensó: sé por qué estoy aquí, y fingió durante un largo y frío momento que el centro de todo aquello era el odio.
No llamaba a su madre, pero se encontraba con Dumbledore en el enorme congelador de la heladería para entregarle frascos de tenues recuerdos. Rodeó su dormitorio con veinte centímetros de hechizos silenciadores y llamaba a Lily por radio mientras el verano avanzaba lentamente hacia el otoño.
Más y más de las historias de Lily se volvieron sobre James. Severus recordaba sentarse en los escalones del colegio y escucharla hablar sobre Petunia debatiendo con profesores cuatro veces su tamaño, una niña de nueve años, sobre las tareas y las violaciones a los derechos humanos. No había oído una historia de Tuney en años, solo captado su mirada de reojo y resoplidos femeninos durante las visitas en las vacaciones de verano.
No había escuchado una historia en años, pero no estaba seguro de que Lily alguna vez se rindiese con alguien. Tal vez debería, pero él estaba igual de agradecido de que no lo hiciera. Estaba agradecido, pero también escuchaba relatos diarios de sus aventuras con James Potter y trataba de no amargarse. Sé bueno, no un amargado, Sev. Ella es feliz. Ella está viva.
Lily enfrentó su primera acción una semana después que Severus. Todavía cargada de adrenalina, le susurró hasta casi el amanecer de la noche siguiente: sobre fuego y luz, sobre el miedo cerrando su garganta, sobre cómo había soltado su varita pero golpeado a un mortífago en la mandíbula. Remus había curado sus nudillos y Alice se había besuqueado con Frank concluido el evento y Moody los había llamado a todos bebés.
"Iban por los nietos del editor del Profeta", dijo Lily adormilada. Severus estaba sentado con las piernas cruzadas sobre su colcha, los libros abiertos a su alrededor y un té demasiado hervido levitando junto a su hombro izquierdo. "Susie-Lynn y Anthony. Ahora están en… en algún lugar seguro".
"Bien", respondió él. Y luego, "¿Potter te dijo que nunca te habías visto más bonita que cubierta de sangre, suciedad y rabia?".
"Oh, cállate", dijo ella, y él casi pudo oírla sonrojarse. Él casi sonrió y supo que ella casi podía oírlo también. "En realidad lo hizo", añadió. "No —no digas nada o le— le contaré a mamá sobre el verano de nuestro tercer año, con las babosas, ¡no creas que no lo haré!"
Severus no le contó sobre su primera misión.
Había llegado a casa lleno de humo y ceniza la semana anterior, encendió la radio y en vez de eso le contó sobre la fiesta de cumpleaños de un hombre de ochenta y seis años que había vislumbrado desde la parte trasera de la heladería esa misma mañana. Se habían robado la dentadura postiza con Accio, riéndose de viejos agravios y criticando las elecciones de helados del otro. "Es verdad", había dicho Lily. "El pistacho y el chicle son una pésima combinación".
“¿Y si tuviera trozos de galleta encima?", había dicho Severus, tratando de fingir que no estaba desplomado casi boca abajo en la cama, inamovible lugar en el que se había desplomado tan pronto como entró. "¿Acaso no hace que queden bien juntos?"
Tal vez si hubiese sido más valiente le hubiera contado sobre las llamas verdes. Tal vez si la hubiese amado menos le habría contado sobre el fuego conjurado, sobre la casa infantil de un terco hijo de muggles, sobre cómo se había quedado allí bajo la luz espantosa y parpadeante, tratando de descubrir qué habría hecho si el lugar no hubiera estado vacío. Si alguien hubiera estado en casa. Si no hubieran corrido lo suficientemente rápido.
Había pensado, mientras quemaban madera y ropa de cama, mesas y alfombras y papel tapiz— si tan solo pudiera separar a Crabbe del grupo, aislarlo para dejarlo fuera. Había pensado, y si pudiera distraerlos, si llevase conmigo un traslador de bolsillo, si hubiese aprendido a conjurar hechizos de camuflaje sin palabras. Luego había empuñado todos esos pensamientos y los había puesto a un lado y se había dicho a sí mismo No .
Si ninguna de esas cosas funcionara. Si estuvieran en casa y nosotros estuviéramos aquí con fuego en nuestras manos y no hubiera manera de salvarlos sin traicionar la misión, ¿qué haría?
¿Qué haré?
Pero en vez de eso le había contado a Lily la forma en que las viejas y ralas cabelleras blancas se sostenían sobre los viejos hombros huesudos, la forma en que el grupo había metido todas las cerezas de más en el vasito del amigo que sabían que más las amaba. Y ella había hablado de lo emocionada que estaba, de lo nerviosa que estaba por salir al campo por primera vez en sólo una semana.
Hablaban de noche: no todas las noches, pero sí muchas de ellas. Severus se sentía como si se estuviera ahogando, algunos días, y Lily no era un bote salvavidas pero sí un recordatorio para seguir adelante. Tres meses después, su radio chirrió en medio de una tarde fría. Él alzó la vista de su libro sobre creación de trasladores y frunció el ceño hacia ella.
La encendió pero no dijo nada, por si era una trampa. Era una desviación del protocolo estándar. Algo de lo que tener cuidado.
"¿Sev?" dijo Lily y él frunció aún más el ceño. "Mamá murió. Un infarto. No esperaba… El funeral es el martes. Sev."
“No puedo ir".
"Lo sé", espetó ella, sin crueldad. "Pero necesitaba que lo supieras, necesitaba—"
"Sí", respondió. "Yo… lo siento. Lo siento mucho, Lily", dijo. "Era maravillosa", dijo, y la escuchó llorar al otro lado de la línea.
Lily fue a ver cómo enterraban a su madre junto a la tumba de su padre bajo un cielo gris de primavera. Lily aún no era tan conocida como para tener que ir encubierta, pero Severus la imaginó vestida de negro, pálida, quieta y silenciosa, con las manos cruzadas sobre su regazo, y le pareció disfraz suficiente.
El Sr. Evans había muerto en el verano después del cuarto año de Lily en Hogwarts, y en ese entonces Severus había podido abrazarla, tomarla de la mano en el funeral y comprarle barras de chocolate después. El día del funeral de la Sra. Evans se lo pasó enviando paquetes clasificados por toda Escocia, deteniéndose en las ruta solo para abrir sus hechizos protectores, observar sus contenidos y reconstruir perfectamente las protecciones.
Le entregaba la información a Dumbledore por frascos: una docena de vistazos a paquetes abiertos, las ubicaciones y rostros de los remitentes y destinatarios. "Estás haciendo un buen trabajo aquí, Severus", dijo el anciano. El hielo se acumulaba en su larga barba.
Severus no respondió, no levantó la pluma del portapapeles, simplemente continuó anotando las cantidades de helado de chocolate y sorbete de arcoíris en los anaqueles. El trabajo tenía que hacerse, ¿y por qué no ahora?
En una cálida noche de verano, Severus y Mulciber fueron enviados tras un informante de la Orden llamado Elwin Monroe, que vivía en el extremo más alejado de una pequeña aldea mágica al norte. Tenía un huerto de calabazas en flor. Les habían dado la tarea a último momento, sin tiempo para que Severus le avisara a la Orden que se llevase lejos a Monroe. Él y Mulciber compraron algo de curry en la tienda del pueblo y luego atravesaron las calles pavimentadas a pie.
“No te gusta el picante, Snape?”.
“Prefiero el dulce”, respondió Severus, y Mulciber se rió todo el camino hasta la acera frente a la puerta.
Estaban solos. La casita estaba en silencio. Las enredaderas de calabazas florecían en el jardín. Se abrieron paso hacia el vestíbulo y Severus sacó su varita. La puerta se cerró detrás de ellos. Mulciber se subió la capucha y avanzó, empezando a patear puertas. "Oye, Sr. Monroe, tienes visitas".
"Avada Kedavra", susurró Severus hacia la espalda de Mulciber, pero su varita sólo emitió una débil chispa verde. Su estómago se encogió con frialdad. Su boca se torció brevemente. Estaba ahí porque en séptimo grado se había enamorado de la chica al final de la calle. No albergaba suficiente odio dentro suyo.
Ajustó el agarre de su varita. Susurró, "Petrificus Totalus".
"Tienes que largarte, largarte lejos", le dijo al anciano que salió al pasillo, parpadeando y aferrándose a las mangas de su camisa por sobre la forma rígida de Mulciber. "Ve con Albus o Minerva. Nunca me viste", dijo, y se dio cuenta de que era cierto por la capucha que ocultaba su rostro. Monroe desapareció y Severus levantó el rígido cuerpo de Mulciber y se apareció en el Atlántico para soltarlo. La espuma del mar empapó su túnica. Lanzó un hechizo de limpieza sobre la tela al tocar tierra y luego cojeó hacia casa de Avery.
"La Orden", jadeó en la puerta de Avery. "Llegaron primero. Se bajaron a Mulciber". Pensó en Lily sola en un funeral, imaginó la cocina de la señora Evans ardiendo en llamas verdes mágicas, trató de transmitir esa pesadumbre y esa rabia en su rostro.
Avery lo agarró del codo. "Esos bastardos", maldijo, y su voz tembló.
Severus lo miró a los ojos. "Los atraparemos".
Pero no podía asesinar a todos los socios con los que lo enviaban. Mantenía trasladores imposibles de rastrear en sus bolsillos. Le pasaba a Dumbledore tenues frascos de secretos y sabotajes en la congeladora de la heladería. Aprendió a lanzar hechizos de camuflaje sin decir palabra. Pero a veces nada de eso importaba.
A veces observaba. A veces ayudaba. A veces, cuando se levantaba por las pesadillas no podía resentir a la entidad superior que las había enviado; no podía odiarlas por la forma en la que sus extremidades sudaban y temblaban, por la forma en la que cojeaba al inodoro y vomitaba las imágenes que le cuajaban las entrañas. Solo se arrodillaba en la áspera alfombra y dejaba que lo invadieran los escalofríos, que la bilis le cubriese la lengua.
En el campamento de la Orden la vida continuaba. Alice se casó con Frank Longbottom en una ceremonia civil de diez minutos que habría hecho que la madre de Frank lo desheredara si no fueran tiempos de guerra y si hubiera tenido más hijos. Lily estuvo allí como testigo, pero no como dama de honor. Alice odiaba el alboroto.
“Quiero verte", dijo Lily por radio un viernes gélido. Era casi verano otra vez, pero el clima no parecía darse cuenta. "Sé que es difícil escapar, y difícil escapar de manera segura, pero no te he visto en más de un año".
“Es peligroso”, respondió él. “¿Por qué ahora, Lils?”
"Hay algo que quiero decirte", dijo, y él supo que se mordía las uñas, aunque seguía diciendo que ya lo había superado.
"Entonces dime."
"No, quiero verte. Quiero saber que estás bien— bien en general y bien con eso. Tu cara va a hacer algo , y quiero verlo".
Severus no estaba seguro de que su rostro hubiera hecho “algo” en años. Levantó las cejas y la comisura de su boca, como si fuera uno de los chistes de Avery, como si dudase. El moho del techo no parecía impresionado. "Dímelo de todos modos", dijo.
"Son mis noticias, Sev."
"¿Te vas a tatuar la cara de Potter en el bicep?"
" Sev ."
"Me has inscrito a clases de cerámica con Petunia. McGonagall te ha adoptado formalmente. Black se ha convertido en un canario gigante y necesitas que prepare una poción para hacerlo regresar: lamentablemente para ti, no lo haré. Oh, no, espera, sería aterrador como un canario gigante. Te haré una poción encogedora, pero solo eso”.
"Sev, me voy a casar", dijo Lily.
Severus tomó una pausa con ambas manos, la sostuvo y respiró en ella. "¿Con Remus?" le dijo.
"Con James, baboso". Ella suspiró y el sonido salió áspero por el altavoz. "Eres mi mejor amigo", dijo. "Me gustaría que pudieras estar allí para ello". Severus observó los zarcillos de moho arrastrándose por su techo. "Te extraño, Sev."
"Sí", dijo.
"Ven a visitarnos. Sé tan paranoico y cuidadoso como quieras, pero ven".
Severus tomó una ruta que atravesó seis países europeos y uno del norte de África, usó dos escobas, un traslador, un par de saltos de aparición y cuatro hechizos de camuflaje. Finalmente se detuvo bajo un farol en el norte de Londres, ahogándose en un suéter andrajoso y unos vaqueros muggles holgados, con el pelo recogido bajo una fea gorra de lana.
Movió los dedos de los pies dentro de sus botas durante un largo momento antes de subir los escalones de dos en dos y llamar. Cuando se abrió la puerta, Lily estaba parada allí.
"Así que no habías terminado de crecer", dijo, porque ella era toda una pulgada más alta, y ella extendió la mano y lo arrastró dentro de la casa y hacia un abrazo.
Esperaba que alguno de ellos hubiera tenido la sensatez de cerrar la puerta detrás de él, tal vez lanzar algunos hechizos de protección, pero no le importó y no lo comprobó. Simplemente enterró su rostro en la parte superior de la melena resplandeciente de Lily y cerró los ojos con fuerza. "¡Tú!" ella dijo. "Realmente estás aquí".
"Me pediste que viniera", dijo y ella se apartó y le sonrió. Su cabello era más largo, trenzado sobre un hombro. Parecía cansada, con las mejillas hundidas, ojeras y ojos brillantes.
"Te extrañé", dijo ella.
Su voz era diferente en persona y casi lo había olvidado.
"Eso dijiste."
"Tú también me extrañaste, idiota. Ahora ven, vamos".
Lily tenía su mano apretada fuerte alrededor de la suya mientras lo arrastraba escaleras arriba hacia el ático, y él observaba el lugar en que su propia piel cetrina se encontraba con el dorso pecoso de ella. Lily ajustó su agarre una vez más y lo empujó un último escalón hacia una habitación desordenada con hechizos de camuflaje tan densos que hasta Severus se relajó un poco. Un joven se levantó de un cajón vacío, revolviéndose el pelo con una mano y dándole un incómodo medio saludo con la otra.
"James", dijo Lily, sonriendo de oreja a oreja. "Este es Severus. Sev, James."
"Nos conocemos", dijo Severus.
"En realidad no", dijo Lily. Se sentó, luego saltó para empujar a Severus suavemente hacia otra silla. Severus cambió su peso sobre la vieja silla experimentalmente, escuchando el chirrido de la madera y los tornillos. Levantó la vista después de un momento en silencio y encontró a Lily mirándolo con intensidad dolorosa.
"Pareces un esqueleto, Sev, esto es horrible", estalló Lily. Ella saltó de nuevo.
"Pero sí como", dijo. "Estoy bien, Lily."
"Voy a traer té y voy a traer pan y voy a traer mermelada— ", dijo Lily, y huyó hacia la puerta del ático.
En el momento en que Lily salió del ático, James se volvió hacia él con una mirada tan sincera y determinada que Severus agarró el borde de su silla y le devolvió la mirada. "Fui un idiota contigo en Hogwarts", dijo James.
"Um", dijo Severus y luego frunció el ceño. Detestaba las palabras de relleno. Pero tal vez ésta fuera una ocasión especial.
"Lo siento", dijo James. "Tienes todo el derecho a odiarme, pero me gustaría que pudiéramos ser amigos".
Severus agarró su silla con más fuerza. Lo consideró. James— ¿acaso el cielo era morado? ¿Acaso fallaban todos los hechizos de cerdos voladores en toda Inglaterra en ese mismo instante? ¿Se congelaba el sótano de su madre?— esperó a que encontrara las palabras. "Eso haría ciertas cosas más simples," logró decir Severus.
James sonrió, sus mejillas se arrugaron; Severus había olvidado que era guapo. Fue muy frustrante. "Lily ha dejado muy en claro que no importa lo que yo piense de ti o tú de mí, no irás a ninguna parte sin ella".
"Voy a muchos lugares sin ella, estos días".
"Eso no es lo que yo…" James suspiró, frotándose la cara con una mano. "Eres importante para ella y yo la amo demasiado. Estuviste allí para ella, sobre todo cuando yo era una gran mierda… cuando yo era una gran mierda contigo. Y tú también eras una gran mierda, pero—"
"Deja de humillarte," dijo Severus. Le hubiera gustado interrumpirlo antes, pero le tomó un tiempo ordenar sus pensamientos. "No te sale".
James se detuvo y parpadeó con esos lindos ojos tontos. Qué color era ese, siquiera. ¿Qué derecho tenía a lucir tan cálido?
"He estado escuchando sobre ti por años", dijo Severus. "Y de todos modos, confío en el juicio de Lily. No tienes que probar nada. No tienes que disculparte".
"Pero quiero hacerlo", dijo James, y, oh, Dios, su seriedad hacía que a Severus le picara la piel. "No me gusta la persona que era. No me gusta la persona en que me hubiera convertido”. James titubeó. "Y creo que tú entiendes eso mejor que la mayoría".
Las mejillas de Severus se levantaron suavemente, y se preguntó por qué tenía ganas de llorar antes de darse cuenta de que no… eso era solo una sonrisa, escondida en ese oscuro ático. Hizo crujir la silla de un lado para otro por un segundo y luego dijo: "Es difícil sobrevivir a Lily y no terminar mejor por ello".
James se rió y los ojos de Severus se dirigieron hacia él, sorprendidos. "Sí", dijo. "Apuesto a que alguien podría resistirlo, pero Dios, me alegro de no ser yo".
Lily subió ruidosamente el último escalón, con el té apenas equilibrado sobre una vieja tabla de cortar. Tenía tres tarros de mermelada y los dejó ante Severus como si de un reto se tratase. "Hola, muchachos", dijo. "¿De qué hablaban?"
"El cabello de tu prometido es estúpido", le dijo Severus.
Pasaron el resto del día y la noche encerrados allí, pero James y Lily tenían patrullas que dirigir y bodas que planear, y Severus tenía una especie de cita atroz con Igor Karkaroff y una bóveda de Gringotts de horribles maldiciones heredadas. También tenía una lista de treinta centímetros de hechizos que podrían hacer que su redada se fuera al demonio (o una lista que hubiera tenido treinta centímetros de largo si su vida hubiera sido tan buena como para poder escribir esas cosas alguna vez).
"Me alegro por ti", dijo antes de irse. Severus no miró a Lily a los ojos cuando al decirlo, sólo apretó sus manos entre las suyas, porque lo decía en serio. Ella le devolvió el apretón. Él la envolvió en sus brazos y ella hundió la nariz en su hombro. "Estoy muy feliz por ti", dijo él.
"Yo también", respondió ella y se echó hacia atrás, deslizando sus manos por sus brazos para agarrar sus manos nuevamente. "Cuídate, Sev." Lo besó en una mejilla y él trató de no sonrojarse por eso. "Y esto todavía no es un adiós".
Lily Evans se casó con James Potter bajo un cielo azul encantado. Petunia no asistió, y Severus tampoco. El padre de Lily no la llevó hacia ningún altar pero Hagrid trajo hermosas y gigantescas flores de calabaza de su jardín para el ramo de la novia. Alice (ahora Longbottom) le pintó las pestañas mientras Remus trabajaba pacientemente en sus uñas. Sirius, Peter y James se pasaron una petaca de whisky que Sirius había robado de las mejores reservas de su padre.
Mientras Severus distraía a Karkaroff con panoramas de Quidditch y estiraba, modificaba, amplificaba y ocultaba los hechizos de guardia en la bóveda de Gringotts, la chica que vivía al final de la calle se convertía en Lily Evans Potter. Ella besó a James entre vítores y silbidos. Casi todos los que ella amaba la vieron reír, vieron a James levantarla, girarla y aplastarla en un abrazo que solo involucró lágrimas de felicidad.
James le preguntó a McGonagall cómo podía verse desaprobadora incluso en el día de su boda, sonriendo de oreja a oreja. Albus se secó las lágrimas con su larga barba blanca. Alice retozaba por la pista de baile con Lily, ambas sonriendo furiosamente, casi volando, imposibles de atrapar. Ojoloco Moody pronunció un discurso, deteniéndose solo dos veces para lanzar maleficios amistosos a cualquiera de sus cadetes que no le pareciera lo suficientemente alerta. Llamó a Lily "una diabólica niña imprudente" y llamó a James "jodidamente afortunado".
Severus se desplomó en su cama a las cuatro de la mañana siguiente, las puntas de su cabello chamuscadas por fuego de dragón y su garganta dolorida por los hechizos sin voz. Si Lily había hecho sonar su radio para pedirle una felicitación o un saludo o un adiós, él no había estado presente para escucharlo.
Hubieron pocas cosas que Severus no le dio a Voldemort. Le dio noches de vigilia y mañanas horrendas, el poder detrás de su varita y sus manos y su mente. Cuando sentía esa suave presión invisible a lo largo de sus sienes, se entregaba chiquitito como un insecto bajo las sábanas de su infancia, el ruido de las ollas, el golpe de una bota y su padre gritándole a su madre. Se entregaba a sí mismo en laboratorios improvisados en el bosque, los profundos cortes en la corteza del árbol, la ardiente alegría de algo nuevo extraído de su pecho y hecho realidad.
Le dio las flores transfiguradas entre sus manitos de tenía siete años, media barra de chocolate en las escaleras de la escuela, la forma en que palabras espantosas habían hervido en su garganta por sus rodillas magulladas en un patio verde de Hogwarts; pero no sentándose con James en una oscuridad pacífica, hablando de sobrevivir a Lily Evans.
Cuanto más daba Severus, menos buscaba Voldemort. Severus le había dicho a Albus Dumbledore una vez que no se vería fuera de lugar allí, y así era. Entendía cómo alguien podía creer en aquella basura, cómo podía sentirse en casa en ese lugar, pero él había conseguido mejores cosas a las que aferrarse.
Cuando escuchó la entrevista de Dumbledore en Las Tres Escobas con Sybil Trelawney, también se lo entregó a Voldemort. No le dio los frascos de tenues recuerdos en sus bolsillos destinados a Dumbledore, pero le dio el resto: ver a Albus en las calles rebosantes con hojas de otoño, seguirlo silencioso como una sombra, entrar en un puesto cercano para esconderse detrás de una jarra, subir las escaleras como un fantasma y para espiarlo. No se dio cuenta.
Severus estaba acostumbrado a que Lily fuera uno de los pilares de su mundo, el corazón de su órbita, la voz de su consciencia. Tal vez debería haber sabido que su historia cambiaría el mundo entero, no sólo el suyo. Pero escuchó una profecía a través de una puerta cerrada —un poder desconocido, tres veces desafiado— y no pensó: "Oh Dios, son Lily y James" hasta que fue demasiado tarde.
Albus se dio cuenta la segunda vez que escuchó la profecía, mientras sostenía un frasco vacío en el congelador de la heladería de Fortescue, pero no se lo dijo a Severus. En este mundo necesitaba tentar a Severus para que no hiciera nada, no todavía. Eso sólo complicaría las cosas, y Albus estaba superando cualquier necesidad de dudas.
Lily llamó por radio una noche tibia de jueves y le dijo a Severus que estaba embarazada. Severus tuvo unos momentos de algo-conflictiva alegría antes de que su corazón se volviera plomo y cayera hasta los dedos de sus pies.
"¿Cuándo darás a luz?" dijo Severus, y aún sonreía, porque esas eran buenas noticias.
"Finales de julio", dijo Lily y todo en el cuerpo de Severus se volvió un zumbido estático.
"Yo", dijo. Con la muerte del séptimo mes. "Lily..." Tres veces desafiado . "Lily, él va a ir detrás de ti, va a, hay una— No lo, no lo sabía". Oh Dios , pensó, oh Dios, son James y Lily . "No pensé—" dijo Severus y casi se atragantó por ello. No había pensado... sí. ¿Adónde se habían ido sus pausas?
"Lo sé", dijo Lily. "Lo sabemos. Nos vamos a esconder. Albus encontró una profecía. Hay algo especial acerca de nuestro hijo, o podría haberlo. Él, o el hijo de Alice".
"¿Alice tuvo un niño?" dijo Severus, apagado, entumecido. "¿Dejándome fuera de todos los chismes, Lils?".
Ella soltó una risita húmeda. "Neville, su nombre será Neville, y aún no está aquí. Estamos apostando a que Frank se desmayará en el hospital, y Remus le está tejiendo una mantita".
"Vas a esconderte", dijo Severus, todavía atontado, todavía entumecido, todavía estallando. "Neville. Es un bonito nombre".
"No puedo decirte dónde. Vamos a conseguir un Guardián Secreto". Hubo un crujido, como si Lily se estuviera dando vuelta. "Quería que fueras tú, pero Albus dice que estás bajo demasiada presión y demasiada vigilancia, así que le preguntaremos a Sirius".
"Lily, fui yo quien se lo dijo, Lily, yo le di la profecía". La respiración de Severus quedó atrapada en su pecho estático. Sus pulmones eran bolsas de papel mojadas y le temblaban las manos.
"Lo sé." Su voz flotó, distante y gorjeante, como a través del agua o el lodo. "Ese es tu trabajo ahora mismo, Sev. Está bien. Eso es lo que se supone que debes hacer. No te pueden atrapar, está bien, no pueden".
" A ti es a quien no pueden", dijo. "No pueden, ¿me entiendes?, no pueden. Lily." En su mente, fuego verde titilante quemaba la cocina de la familia Evans, las cortinas amarillas y blancas ardían y se ennegrecían, a pesar de que Severus sabía que Lily no había estado allí en meses. La habían tapiado y puesto a la venta.
"Oye, um, ¿soy James? Lily está llorando —ay, Lils, quiero decir, ella está teniendo Emociones pero de una manera muy varonil— auch, de acuerdo, ¿de una manera muy femenina? Y, Snape, amigo, creo que estás teniendo un ataque de pánico, así que pensé en ayudar con esto de hablar. Todos, ¿respiren?"
"Oh, cállate, Potter", jadeó Severus. "No eres reconfortante, eres un puto pavo real maldito con habla humana".
"Todo va a estar bien", continuó James. "Sirius siempre presumirá de que lo amamos más a él, pero no te preocupes, los amamos a todos por igual".
“Ve y chócate con un árbol”.
"Nunca en mi vida me he chocado contra un árbol", dijo James. "Y si Lily te ha estado diciendo lo contrario, bueno, es una sucia mentirosa que intenta ponerte en mi contra".
"No sería muy difícil de hacer". Severus empujó su frente contra el lado de la radio, tratando de forzar que el aire entrara y saliera de su pecho.
"Mentiras", dijo James mientras Severus dejaba caer una mano contra el grueso tejido de su colcha, dejando el patrón en la piel de su palma. "Me enviaste un sombrerito. No estaba marcado, pero sé que era tuyo. Coincide con los ojos de Lily".
"Eso fue porque tu cabello es estúpido , bastardo incorregible, y deberías ocultarlo de ojos inocentes ". Severus se levantó con pies temblorosos y fue por un vaso de agua. Presionó la palma de su mano contra el desvencijado mostrador y colocó la radio junto a él. Podía sentir su corazón latir en la punta de sus dedos.
"Todo va a estar bien", dijo James.
"¿Pero qué pasa si no?" Severus tomó un largo trago de agua y solo se le cayó un poco en el pecho de su camisa.
"Vamos a pelear con todo lo que tenemos y lo sabes", dijo Lily, y su voz era solo un poco rasposa. Más le vale a James estarle trayendo un vaso de agua en este momento. Probablemente si, idiota considerado . "Sev, no quiero hablar de esto. Quiero hablar de cosas felices. Sev, voy a tener un bebé".
"Sí", dijo Severus. Se frotó una mejilla y frunció el ceño cuando la encontró húmeda. "Así es, Lils." Retrocedió para sentarse en su cama. No tenía ningún otro lugar donde sentarse. "Espero que se parezca a ti y no a tu feo marido".
"Yo también", dijo James. "Ten, Lily, deberías hidratarte."
Tres semanas después, Severus llegó a casa y se encontró con su casero luchando contra el cárabo más grande que había visto en su vida. Hubieron muchos chillidos y gritos por parte de cada uno de los respectivos individuos y Severus tenía algo que intentaba fingir que no era una migraña. "¿Disculpe?" dijo y el propietario se apartó del pájaro.
"Señor Snape." Se acomodó las gafas en la nariz sudorosa. "Solo intentaba llevar esto a mi oficina para guardarlo, pero este monstruo me atacó".
El cárabo había vuelto a posarse sobre un gran paquete envuelto en papel de estraza, donde ahora se acicalaba con despreocupada arrogancia. El paquete estaba atado con cordel. Severus entrecerró los ojos ante el grueso garabato escrito a mano en el centro, que decía Imbécil Grasiento.
"Sí", dijo. "Creo que es mío. Gracias, señor, ¿me disculpa?"
Se acercó al paquete con cautela una vez que el casero se fue, pero la lechuza saltó pacíficamente y luego siguió a Severus al interior del apartamento. Buscó en sus gabinetes algo de cereal viejo y seco que la lechuza aceptó con recelo; luego se sentó a abrir el paquete. Podía sentir los hechizos protectores reconociéndolo, desprendiéndose suavemente para dejarlo entrar.
Esta es una vieja herencia mía , decía la nota esparcida sobre los suaves pliegues plateados de lo que parecía ser una capa. Supuse que mi señora y yo no la utilizaríamos mucho por un tiempo, pero a tí podría serte útil.
Severus deslizó sus dedos debajo de la tela sedosa y los vio desaparecer. "Por supuesto que James tenía una capa de invisibilidad en la escuela", le dijo al cárabo. Ella picoteó serenamente su cereal. "Por supuesto que sí”.
La capa no aceptaría un hechizo de ilusión cuando probó uno, la magia se escurría sedosamente, lo cual era bastante sospechoso en términos de lo malcriado que debía ser Potter. "Vieja herencia, como si fuese un maldito suéter andrajoso", dijo y luego apartó el brazo bruscamente ante un tirón repentino en la manga de su camisa.
La culpable lo abucheó con suave desaprobación y volvió a mordisquear el hilo suelto de su manga. Severus bajó su varita.
Puso la Capa en el fondo de su bolso, debajo de sus Trasladores y sus pociones cotidianas (algunas para mentir, otras para esconderse, algunas para transformarse, algunas para curar, algunas para la verdad, otras para piedad). La lechuza decidió quedarse, así que él empezó a recoger ratones del Emporio y fruta de la bodega y a dejarle la ventana abierta por la noche.
Era el final del verano. Severus sudaba durante las peores noches y temblaba en otras.
"¿Adivina qué?", la voz de Lily llegó por la radio un miércoles que se había sentido como tres semanas juntas; Severus podría quemar la túnica que había estado usando, acostarse en la cama y nunca levantarse, pero la voz de Lily era mitad un grito y mitad un susurro y él levantó la cabeza para oírla mejor. "Tengo un hijo. Pesa ocho libras y grita como una bestia del infierno y jamás volveré a hacer esto, estoy segura, fue miserable" .
“Lils", dijo Severus, y eso fue todo lo que pudo hacer. Tenía la garganta espesa y el pecho tan lleno que apenas podía entrar aire. Si ella hubiera estado allí, la habría abrazado con tanta fuerza. Si ella hubiera estado allí, él podría haber llorado sobre ella y ella se habría reído de él.
"Pero es perfecto, Sev. Mi niño, mi bebé. Lo llamaremos Harry".
"Cuéntamelo todo", dijo Severus, y Lily hizo lo mejor que pudo.
"Tú eres su padrino, ¿sabes? De mi parte", susurró Lily por la radio cerca del final de la llamada. Harry dormía sobre su pecho, había dicho, y Severus se recostó en su colcha y trató de imaginarlo: su larga melena roja, las ojeras bajo sus ojos y una pequeña cabeza oscura bajo su delgada palma y su dorso pecoso. "Sirius es el suyo por parte de James. Oh, cállate, no digas una palabra... tendrás que compartir. O competir y malcriar a Harry, no importa. Lo mantendré humilde".
"Como si pudieras enseñarle humildad a un ratón", dijo Severus.
"¿Alguna vez te han dicho que eres muy encantador?", dijo Lily. "Ay, mierda, creo que está con hambre. Hablaré contigo luego".
Severus sintió como si solo estuviese esperando por ello, todas esas semanas antes de que sucediera. Intentando convencer a su cárabo de no arrancarle los dedos a Bellatrix cuando la bruja agarró una de sus cartas, y él solamente esperaba escuchar que habían encontrado a los Potter. Susurrándole a Lily por radio, tratando de no despertar al bebé, y se preguntaba si sería aquella la última vez que hablaría con ella. Regresando de casa de Avery, escaneaba los titulares de cada periódico busca de la noticia: FAMILIA DE TRES ENCONTRADA MUERTA. EX DELEGADA Y DELEGADO DE GRYFFINDOR ASESINADOS POR EL SEÑOR TENEBROSO.
"¿Has oído?" dijo Bellatrix, reclinándose en el lujoso asiento de la tercera mejor sala de estar de Lucius. "Grande, lo de anoche".
("¿Has oído?", dijo Lily por la radio esa noche, y Severus casi se desploma de alivio al escuchar su voz distorsionada a pesar de que para entonces ya sabía que no se trataba de ella. "Es una noticia terrible.")
El cabello de Bellatrix era una nube enmarañada, pero a diferencia de la mayoría de los otros Mortífagos, Snape sabía cuánto tiempo le tomaba lograr ese perfecto desorden caótico. Se estiró, su columna se curvó y su sonrisa se curvó. "Rodolphus y yo y el pequeño Crouchy Junior hicimos una visita a los Longbottom. Putos santurrones... ¿los recuerdas de la escuela, Snape?"
("Llegamos allí, pero no a tiempo", susurró Lily. "Fue terrible. No había sangre, sabes que el Cruciatus no es así, pero pudimos oírlos gritar— podía escuchar a Alice simplemente gritar—")
"Tenían un pequeño y lindo hechizo para esconderse, pero ya sabes cómo es Bebito Barty con esos".
("No se han despertado", dijo Lily. "Neville está con su abuela, escondido, gracias a Dios. Están en San Mungo y dicen que tal vez no se despierten, o si lo hacen, tal vez nunca—que tal vez jamás—")
"Frankie intentó interponerse entre ella y nosotros, por supuesto, y," Bellatrix se rió. "Le dije que esperara su turno".
("Es Alice", dijo Lily. "Y Frank. Ni siquiera sé cómo—" Ella lloraba. James estaba en el fondo, su voz confusa. Severus se recostó en su colcha y miró fijamente al moho en el techo. Se dormiría eventualmente, pero no por mucho tiempo.)
"Debería haber visto su carita de comadreja cuando Rodolphus la agarró por el pelo." Bellatrix sacudió su cabello, sonriendo al techo. "Dios, me voy a casar con ese hombre".
"Estoy seguro de que serás muy feliz", dijo Severus. "Disculpa, Bella, pero tengo trabajo real que hacer".
“Aguafiestas”.
Severus terminó todo lo que se había pedido de él: desde Voldemort, Avery, Lucius y su voz tonta y elegante. Compró un ratón para el cárabo. Se reunió con Dumbledore en la congeladora y le pasó puñados de viales tintineantes. "Marqué en azul los que creo que son urgentes", dijo. Luego subió las escaleras de su habitación, dejó caer el ratón sobre el mostrador y se desplomó en la cama.
Su radio emitió un sonido breve y agudo y después de un largo momento extendió la mano para encenderla.
"¿Has oído?" dijo Lily. "Es una noticia terrible". Cerró los ojos.
--
Severus esperaba, hasta que finalmente llegó.
"Adivina", dijo Bellatrix, colocándose sobre el mostrador como si fuera una especie de musgo colgante con demasiada afinidad por el delineador de ojos.
"Tú y Crabbe se fugan", dijo Severus. No levantó la vista del somnífero que preparaba en la cocina de Avery. Había una reunión esa noche y le había prometido a Goyle algunas pociones para su hijo, que tenía problemas para dormir durante toda la noche.
Bella se rió, balanceando un pie hacia él sin lograr tocarlo. "Rodolphus podría matarte por eso."
"Puedo con Lestrange", dijo Severus. "Pásame los ojos de tritón, ¿si?
Lo deslizó por el mostrador hacia él, casi tirando algunos de sus papeles por el borde. Cuando él la miró, Bella se rió triunfal y él sacó un ojo de tritón. Ella dijo: "El guardián secreto de los Potter ha cantado".
No , pensó. Oh Dios , pensó. Oh Dios, son Lily y James.
El ojo del tritón desapareció en el líquido espeso con un plop . Bella se estiró para revisar entre los gabinetes de Avery, buscando algo para comer, jugar o robar, riéndose. La poción era una pasta gris y densa. Todo el cuerpo de Severus estaba estático. "¿Sabes lo que dijo?"
Ella se encogió de hombros, con una mejilla rellena con un malvavisco. "El Señor Oscuro fue él mismo."
"No sabes dónde."
"No le preguntas al Señor Oscuro--"
"Discúlpame, Bella", dijo. Avery preguntaba cosas. Avery no podía mantener la boca cerrada, y mientras Voldemort le echaba un Crucio por ello la mitad del tiempo, la otra mitad le respondía, porque Avery era bastante más útil cuando sabía las cosas, a pesar de todas las apariencias.
Severus subió las escaleras ruidosamente hasta donde Avery estaba sentado bajo un rayo de sol. "¿A dónde fue el Señor Oscuro? ¿Te dijo?", preguntó Severus.
Avery rápidamente se metió su mala novela romántica debajo del muslo. La cubierta, que mostraba a una bruja desmayada con una túnica entreabierta, se arrugó y Avery emitió un pequeño sonido triste.
"Avery," dijo Severus. "Esto es urgente. No puedo explicar lo malo que va a ser si no me dices dónde se fue ahora mismo ".
Avery lo miró fijamente. "Creo que nunca te había oído decir tantas palabras".
" Avery ."
"Valle de Godric", dijo y el chasquido de Severus desapareciendo cortó el final de la segunda palabra.
Había humo saliendo de la casa. Si se hubiese aparecido una semana antes no habría sido capaz de verlo: esa casita de madera y ladrillos, el enorme seto elevándose sobre la cerca trasera, las ramas desnudas del árbol en el patio delantero. Pero alguien había traicionado a los Potter. Alguien había hecho arder su seguridad, roto una promesa, condenado a sus amigos. Algún día Severus habría de matar a Sirius Black por ello.
Severus entró de golpe por la puerta principal; colgaba abierta, y el aire de la noche entraba sin dificultad. No tuvo tiempo de fijarse, pero no estaba seguro de que aún quedase la parte superior de la casa. Un lamento retumbaba desde arriba de las escaleras, ensordecedor para los oídos de Severus que poco a poco se llenaban de desesperación y estática y rabia.
Nunca había estado ahí y jamás volvería. Había un conejito de trapo sobre la espantosa alfombra de la sala de estar. Lily le había recitado a Severus todos sus regalos de boda, por radio, y él sabía que la alfombra era de Sirius, una cosa horrorosa que regaló en broma pero que James y Lily guardaron por despecho.
Había un cuerpo sobre aquella alfombra horrible. Severus había visto muchos otros cuerpos en muchos otros pisos. Este tenía el cabello oscuro y desordenado asomando por debajo de un gorrito de lana verde. Severus subió las escaleras de tres en tres.
Tenía su varita fuera. Esperaba necesitarla— que esto fuera un combate de frente, que aún había ahí algo por lo que él podía pelear, algo por lo que poner el pecho— pero no fue así.
Severus se detuvo en la puerta de la guardería y se aferró al marco para permanecer de pie. No había señales de Tom Riddle. No había dedos fantasmales deslizándose por sus sienes, solo una tormenta aullante que sacudió todo su cráneo.
Lily yacía en el suelo, bajo el techo destrozado, bajo el viento de la noche.
Harry lloraba, con sus puñitos regordetes alrededor de la madera de su cuna, y él era el único ser vivo allí. Era la primera vez que Severus lo veía. Se parecía a James, incluso así de diminuto, con la cara sonrojada y cubierta de lágrimas. Tenía su misma tonta mata de pelo.
Severus entró en la habitación, hacia la alfombra de tenue púrpura, mucho más bonita que la de abajo, y pasó por un estante pintado con pequeños libros y juguetes, pasó por una manta arrugada en el suelo, pasó por Lily.
Le retumbaba el pecho. Se preguntó si se lastimaría algo —los pulmones o los músculos o sus costillas que se cerraban— por la forma que temblaba y se estremecía, su corazón algo violento, sus manos algo débiles.
"Oye", dijo. "Oye, pequeño, todo está bien." Harry no parecía muy convencido pero, para ser justos, tampoco Severus. Lily estaba en el suelo. Bajó lentamente sus manos para envolver las diminutas y suaves costillas de bebé de Harry y levantarlo. Trató de recordar cómo se suponía que debía sostener a los bebés. Harry era demasiado grande para necesitar que le sostuviera la cabeza, ¿verdad? Parecía tener eso bajo control.
El viento arrastraba el camisón de Lily y sus mangas de gasa se arrastraban sobre sus muñecas. Harry no dejó de llorar, pero agarró la túnica de Severus con esas manitas regordetas y se estremeció en las cuidadosas y temblorosas manos de Severus. "Te tengo", dijo Severus, y su voz era terrible: firme y pequeña y quebrada en los bordes. "Lily, lo tengo. Lo siento, pero no podemos quedarnos aquí". Envolvió una mano de dedos largos alrededor de la parte posterior del todavía suave cráneo de Harry y con un crujido la casa del Valle de Godric quedó vacía.
Cuando Severus regresó a su apartamento (dos Apariciones de por medio para confundir a posibles rastreadores), cerró todas las cerraduras que tenía en la puerta y puso en las paredes todos los hechizos de protección que conocía. Acostó a Harry en el centro de la cama (Harry encontró terrible la primera aparición y chilló al respecto, pero las dos siguientes le parecieron bastante cautivadoras y se calmó) y lo observó ansiosamente mientras ataba una nota a la pata del cárabo y la enviaba con Dumbledore.
La lechuza batió sus alas contra el aire frío de la noche y se alejó. Severus regresó a la cama, lo suficientemente cerca como para atrapar a Harry si parecía que iba a caerse. Harry intentó meterse uno de los dedos de su pie en la boca. Severus lo miró fijamente, diminuto y respirando, vivo.
Las mejillas del niño estaban húmedas así que Severus buscó un pañuelo limpio y se las limpió. "Oh", dijo Severus. Se sentó pesadamente en la cama. "Tienes los ojos de tu madre".
"Pah", dijo Harry, amortiguado por unos deliciosos dedos.
"Pah," estuvo de acuerdo Severus y le ofreció un dedo para mascar. Hubo un fuerte golpe en la puerta. Severus tenía hechizos Anti-Aparición sobre su habitación para protegerla contra todos excepto contra sí mismo. Severus levantó a Harry en un brazo y sacó su varita con el otro para abrir la puerta y defenderse de cualquier cosa que entrara a través de ella.
"Tú tienes al niño", dijo Dumbledore. Pasó rápidamente junto a Severus y entró en la habitación, cerrando y trabando la puerta detrás de él: uno, dos, tres cerrojos encajando en su lugar. "Gracias a Merlín".
"¿En realidad eres tú?" dijo Severus. Harry borboteó húmedamente en el hombro de su túnica. "Albus. Lily y James. Están muertos."
Dumbledore tomó amablemente el hombro de Severus. "Soy yo." Sus ojos centelleaban detrás de unas gafas de luna creciente. "El pastel de confeti sigue siendo mi sabor de helado favorito". Se inclinó hacia adelante, mirando a Harry, quien tomó sus relucientes lentes. "¿Qué es esto?" Dumbledore se movió para pasar su pulgar por la cicatriz irregular en la frente de Harry. Severus lo miró fijamente.
"Es una cicatriz, no una herida", dijo Severus, dando un paso atrás. "No está sangrando, ya se curó. Debe haberse caído en algún momento".
"No", dijo Dumbledore. "Se la hizo esta noche".
"¿A dónde lo llevarás?"
"Con su familia. Tiene una tía, un tío y un primo. Muggles".
Severus asintió, mirando su alfombra manchada. "Bien. Petunia puede hacer algo útil por una vez en su vida", dijo en una racha de sonido. Harry era cálido en su pecho, olía dulce y era más pesado de lo que parecía que debía ser.
"¿Severus?" dijo Dumbledore, y su voz fue suave.
"Están muertos", dijo, y su voz todavía no era la correcta. No debería poder decir esas palabras y no ahogarse con ellas. Regresó a la cama, inclinándose para colocar a Harry con cuidado en el centro. "No puedo… no sé cómo…"
"Severus," dijo Dumbledore, gentilmente. "Me doy cuenta de que Lily se ha ido, pero esta pelea aún te necesita".
Severus levantó la cabeza y lo miró, todavía inclinado sobre la colcha. Había palabras burbujeando en su garganta, hirvientes y espesas, pero se aferró a una pausa silenciosa con dos manos de nudillos blancos. Respiró hondo, enderezándose.
"Este niño te va a necesitar", dijo Dumbledore, y Severus decidió que probablemente ya había pausado suficiente.
“Piensas que debes convencerme”, murmuró Severus. Colocó palabra tras palabra como si estuviera trazando un camino hacia algún lugar, pesadas piedras soltadas sobre la tierra. Harry hizo un ruidito desde la cama e intentó meterse los deditos del pie en la boca de nuevo. “Después de esto. Después de todo. Piensas que porque asesinaron a la persona más importante en mi vida voy a abandonar el barco ahora— ahora? ”
“Severus”.
"¿Entiendes siquiera un atisbo de lo que he hecho por esta causa?" espetó Severus. "¿Por ellos? ¿Por tí? ¿Entiendes lo que he sangrado y lo que he abandonado — habría muerto por ellos. He estado muriendo por ellos".
"Esto no será el final", dijo Dumbledore como si fuera un viejo sabio y no un anciano que amaba los calcetines y odiaba las respuestas directas y no confiaba en nadie; eso era lo que pasaba con Albus, aprendería Severus. Lo sabía incluso ahora, pero lo aprendería y seguiría aprendiendo…Albus no confiaba en nadie, y confiaba en sí mismo aún menos. "Y su hijo— debe ser protegido. Necesitará ser protegido. Severus, debes escucharme antes de hacer algo imprudente".
"¿Piensas que tienes que retorcer esto para mí, para que me quede?". Severus sacudió la cabeza, dando un tambaleante paso hacia atrás, torciendo su rostro con un desprecio que había estado perfeccionando durante años. "Albus, me siento halagado por lo mucho que significo para ti, pero cerremos la boca, ¿si? Ya tengo esto lo bastante acomodado para mí. Tus bonitas palabras nunca fueron mi razón de estar aquí".
"Pero Lily sí." Albus parecía afligido incluso al decirlo. "Y ahora… Lo siento, este no es el momento adecuado para esta conversación".
"Nunca será el momento adecuado para esta conversación. Por favor, llévate al bebé. Por favor, vete. Me pondré en contacto contigo cuando tenga algo nuevo que informarte".
"Su nombre es Harry."
"Sé bien su nombre", dijo Severus. "Largo”.
Revisó las cerraduras de la puerta, después de que Dumbledore se fuera. Abrió la ventana para la lechuza. Se acostó en su cama y miró el moho que se arrastraba por el techo.
Revisó las cerraduras de la puerta, después de que Dumbledore se fuera. Abrió la ventana para la lechuza. Se acostó en su cama y miró el moho que se arrastraba por el techo.
"Esto todavía no es un adiós", había dicho Lily.
Severus extendió la mano, encendió la radio y se quedó allí en la oscuridad hasta el amanecer, escuchando el crepitar de las ondas vacías.
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En la mañana le dijeron que la guerra había terminado. No lo había notado. En retrospectiva, tenía sentido, pero no había visto el cuerpo de Riddle.
Observó a la gente tropezar en las calles, feliz y con resaca, y pensó que tenían razón: que lo más importante que había sucedido la noche anterior era el fin de una guerra. Pero se sentó en el silencio de su habitación (la heladería estaba cerrada, como si fuera un día festivo, y tal vez se convertiría en uno) y no pudo obligarse a creerlo.
Sin embargo, no había visto el cuerpo de Riddle, así que cuando Avery llamó a su puerta la tarde siguiente, lo dejó entrar como a un amigo. "Tú sabías algo", dijo Avery.
Severus vertió agua caliente en una taza descascarada. Dejó la tetera y sacó una bolsita de té y luego habló. Avery ni siquiera parpadeó ante el silencio, porque este era Snape y todos habían acordado hace un tiempo que era un tipo un poco raro. "Me acababa de dar cuenta", dijo Severus. "Aún no sé muy bien qué hicieron".
"Tratabas de advertirle. Cualquier arma que tuvieran esos cobardes—"
"No eran cobardes," espetó Severus y luego trató de enterrarlo nuevamente en su garganta. Removió su té y le entregó la otra taza a Avery. "¿Cómo te atreves a llamar cobarde a alguien con el coraje de enfrentar a nuestro Señor? Tontos, tal vez".
Avery resopló. "Dicen que fue el bebé, pero claramente eso es una tontería".
"Mmm", dijo Severus.
"¿Qué vamos a hacer ahora?"
"Humíllarnos", dijo Severus. "Disculparnos. Mentir". Después de todo, no habían encontrado el cuerpo de Riddle. No habían encontrado ninguna cáscara fea de Voldemort. A Severus le costaba decir que esto era una victoria, y una de las razones era porque no estaba seguro de que hubieran ganado. No le contó esa parte a Avery, simplemente lo despidió y volvió a la cama. Su té intacto se enfrió en la encimera durante unos días antes de que finalmente lo vertiera por el fregadero.
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Quince minutos de pacientes golpes lo despertaron a las 3 p.m. de un martes asquerosamente brillante.
"Sigo encubierto", dijo Severus en su almohada, después de sacar su varita de debajo de su almohada y abrir las cerraduras de la puerta con un gesto. "Mi puto líder de culto acaba de convertirse en humo. Estoy de luto. Déjame en paz, Albus".
"He intercedido por ti en el Ministerio”, dijo Dumbledore. “Has sido absuelto”. Corrió las cortinas y dejó entrar un rayo furioso de luz.
Severus se sentó, resignado, pero se colocó la manta sobre los hombros en un acto de rebeldía. “Así que tú eres quien coartada”.
"Cuando él vuelva, le darás información sobre mí y sobre la Orden, y serás más valioso que nunca. Y en el interín, no te pudrirás en Azkaban".
"Hurra" replicó Severus secamente. Y luego, "¿Cuándo? No si, sino cuándo. ¿Eso crees?
“Eso temo”, explicó Albus. “Sé un poco sobre el tipo de magia oscura con la que jugaba Tom. No creo que esté muerto, no aún”.
"Genial".
Albus se sentó en el borde de la cama, por lo que Severus rodó fuera de ella y se acercó al lavabo para echarse un poco de agua en el rostro.
“Mi maestro de pociones ha renunciado”, dijo Albus.
"Y que tenga buen viaje" replicó Severus. "No podría enseñar ajedrez ni para salvar su vida”.
"Me gustaría contratarte para el puesto", sugirió Albus.
“No puedo. Extrañaría el helado”, respondió Severus. “Esas chispitas de arcoíris son el único resplandor mi vida”.
"Cuándo", dijo Albus, "y no si regresa… vendrá a Hogwarts, tú lo sabes".
"Un asqueroso nostálgico obsesivo," asintió Severus de mala gana.
"Vendrá por Harry", dijo Albus. "Te quiero allí. Necesito tu ayuda, Severus."
"Dios, está bien", dijo Severus. "No tengo que empezar mañana, ¿verdad?"
"No", dijo Albus. "Pero por favor considéralo. Creo que sería bueno para tí".
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Pusieron una estatua en el Valle de Godric. Severus no fue a verla. En lugar de eso, se apareció en una amplia colina verde cercada cerca de Sussex y caminó entre las lápidas, en silencio, hasta que encontró las que buscaba. No había estado allí desde que tenía quince años, sosteniendo la mano de Lily, sudando a través de uno de los viejos y raídos trajes de su padre.
"La tumba de Lily es casi una atracción turística", dijo al trozo de tierra verde a sus pies. "Me verían y no puedo responder esas preguntas. Hola, Sr. Evans. Hola, Sra. Evans. Lo siento".
El cielo era azul y quebradizo y eso era absurdo porque Lily estaba muerta. Lily estaba muerta y no debería quedar luz de sol. Un pájaro cantó dulcemente desde los arbustos y una ardilla corrió por la hilera de tumbas, con la cola alta y tupida. Absurdo . Se enojaría si no estuviera tan cansado.
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Bellatrix y su marido fueron a Azkaban. Barty Crouch Jr. desapareció en algún lado y Severus no le prestó atención. Los periódicos publicaron listas de arrestos, indultos y especulaciones, pero Severus había estado escaneando ansiosamente los titulares durante meses y ya estaba un poco harto de eso. Karkaroff arrojó confesiones e información desesperadas a los pies del Ministerio y luego abandonó el país con su reticente bendición.
Lucius Malfoy invitó a Severus a tomar té y cuando llegó a la segunda mejor sala de estar de Lucius había un voluminoso paquete sin marcar sobre la mesa.
“No”, dijo Severus, y casi se rió encantado por lo fácil que era decirlo. Se deslizó para tomar asiento y agarró un bollo. “No soy tu mula, Lucius”.
El rostro de Lucius se torció. Severus resistió la tentación de poner sus botas sobre el pálido cojín melocotón de la silla frente suyo y esparcir tierra negra sobre él. "Tú eras del Señor Oscuro", dijo Lucius. "Saltando al chasquido de sus dedos".
"No eres ningún Voldemort", dijo Severus y Lucius, incluso ahora, se estremeció ante el nombre. "Y estos días he oído que ni siquiera eras un mortífago."
“Y estos días yo he oído que eres un espía de la Orden”.
Severus resopló. "Si creyeras eso, yo no estaría aquí. Soy un espía tanto como tú eres un inocente bajo un Imperius. Sólo intento sobrevivir una derrota, eso es todo. Tú entiendes". Se sacudió las migas de la túnica y cogió otro bollo. "Están bastante buenos", dijo. "Saluda a Narcissa de mi parte y contrabandea tus malditos paquetes tú solo".
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“¿No quieres una ventana?”, preguntó Albus después de que Severus declinara varias lindas habitaciones en alguna de las torres o en la planta baja y se dirigiese directo a las mazmorras. Había encontrado el laboratorio de pociones y luego había dado varias vueltas alrededor de los pasillos para encontrar algunas salas que le pudieran servir de almacén. “Estos servirán”, había dicho, y después de eso había comenzado a fregar.
“No realmente”, dijo Severus, inspeccionando la habitación por el lugar ideal para una mesa de trabajo. Tendría que instalar hechizos de ventilación para eliminar los gases más tóxicos, pero de esos tenía al menos una docena en la punta de la lengua.
“Minerva tiene el piso completo de una de las torres”, añadió Albus. “La profesora Sprout se construyó una cabaña medio enterrada en los terrenos de la escuela. Todos los estudiantes piensan que es un simple arbusto. No nos falta espacio aquí, Severus. Es un castillo mágico”.
“Sabes, de hecho he estado aquí antes”, respondió Severus. “Me quedaré con estas dos, gracias. ¿Dijiste que querías que empiece clases mañana?”. Conjuró una robusta mesa de trabajo, un juego de cuchillos y un caldero del almacén de clases al fondo del pasillo y los colocó en su mejor rincón.
“Puedes preparar pociones en los salones o laboratorios”, dijo Albus. “Severus, tenemos muchas instalaciones disponibles”.
"Tiendo a ser autónomo", dijo Severus.
La primera habitación la transformó en despacho y la segunda, cuya única entrada era por la primera, en un dormitorio. Pensó que la falta de ventanas la desanimaría, pero el cárabo picoteó pacientemente su puerta hasta que la dejó entrar para descansar. "Hay una lechucería", le dijo. "Me han dicho que es muy bonita."
Ella ululó con desaprobación y destrozó la esquina de la pila de viejas tareas de Pociones que él había estado revisando. Vio que el profesor anterior todavía había estado enseñando las metodologías de Goeinger, incluso cuando Ralph et. las había desacreditado completamente en la década de 1940. Severus sacó la pila fuera de su alcance.
"Debería darte nombre", dijo. Ella se arregló las plumas del cuello y metió la cabeza bajo el ala para mordisquear un poco de mugre. "Tienes cara de Agatha", dijo, y ella no pareció ofenderse, así que así la nombró.
No todos los profesores lo conocían de antes, pero Minerva McGonagall sí. Había dejado muy en claro que solo toleraba su presencia por respeto a los deseos de Dumbledore. Su lechuza siseaba enojada cada vez que McGonagall miraba torvamente en su dirección en la mesa del desayuno, lo cual realmente no creía que estuviera justificado pero de todos modos lo apreciaba a regañadientes— aunque se preguntaba si las lechuzas normalmente siseaban. Agatha se acicaló remilgadamente, robó un triángulo de tostadas y despegó con un amplio batir de alas.
Primero hizo que los niños prepararan una poción apropiada para su grado, solo para ver en qué nivel estaban. Su nivel era terrible. Se pasó el resto del año tratando de arrastrarlos hacia el estándar.
“¿En verdad me quieres enseñando a niños?”, preguntó en una ocasión a altas horas de la noche. Afuera de las anchas ventanas de la oficina del director se podía ver todo el camino hacia el Bosque Prohibido.
“Conozco a muy pocos que entienden las Pociones tan bien como usted, profesor”. Albus sonrió ampliamente cuando la nariz de Severus se retorció ante el título.
“Saber sobre algo no significa que pueda enseñarlo. No soy paciente, Albus. No soy amable” .
“Tampoco Minerva”. Dumbledore titubeó. “Y no puedes ser amable”, dijo. “Tienes una reputación qué mantener”.
“No te preocupes por eso”, aseguró Severus. “Te estoy usando de excusa. Cuando un puñado de padres sangre pura vengan corriendo a la escuela y demanden tu cabeza en bandeja por entrometido, sabrás quién los envió”.
Cuando los pequeños niños de Slytherin cuyas terribles relaciones Severus conocía un poco demasiado bien vinieron a él y se quejaron de estar favoreciendo a Hufflepuff (no era verdad, solo favorecía a las personas que hacían sus malditas tareas ), decidió parecer agraviado, arrepentido y amargado y se quejó de Albus Dumbledore y su administración intervencionista. "Busquen quién tiene el poder, niños", dijo. "Busquen quién lo está usando y podrán sobrevivir en cualquier mundo en el que se encuentren".
Durante los dos primeros años, enseñó a pie de letra. Era adecuado, incluso si ‘adecuado’ generalmente hacía que Severus frunciera los labios con disgusto. Una vez consiguió un dominio decente del plan de estudios básico (dirigir un salón de clases no era nada comparado con navegar una reunión de mortífagos, excepto por el hecho de que era mil millones de veces más difícil) comenzó a incorporar sus propios métodos y recetas.
Daba clases particulares a todos los estudiantes que lo solicitaban, pero pocos lo hacían, por lo que se acercó a los que pensó que sacarían el máximo provecho de ello: los más talentosos, pero también los que parecían amarlo más y los que estaban muy por detrás y a los que simplemente no podìa alcanzar durante clases.
Se aseguró de refunfuñar durante todo ello. Se quejó ante sus alumnos Slytherin de cómo el director le había prohibido favorecer sólo a una casa en sus elecciones para tutorías. "Si por mí fuera", aseguró a los hijos, hijas, sobrinas y sobrinos de mortífagos y ellos asintieron sabiamente. La primera vez que Nymphadora Tonks preparó una Poción Somnífera perfecta, tuvo que fingir un ataque de tos para ocultar la sonrisa. "Aceptable, Srta. Tonks", le dijo y ella puso los ojos en blanco, agarró su bolso y se fue a almorzar con sus amigos.
(Tres años después, Severus encontró un sobre abierto en su escritorio, con su nombre escrito con la letra fluida de Albus en el frente. Dentro estaban los resultados del examen de Auror de Tonks, Nymphadora, quien había reprobado Sigilo pero sobresalido tanto en Disfraces como en Pociones).
La primera vez que Nymphadora entró al salón de clases de Severus, su cabello había sido azul brillante pero su nariz era con la que había nacido y su barbilla y su sonrisa también. Severus casi había saltado para ponerse de pie. Había estado cerca de agarrar su varita, pero en lugar de eso simplemente se quedó sentado y se aferró a la quietud. Bellatrix había estado en Azkaban durante años. Cuando se enredó con su lengua y le dijo a Nymphadora que se parecía a su tía, ella le lanzó una mirada de disgusto y le dijo que se parecía a sí misma.
Todos los años llegaba Halloween y Severus se sentaba durante todo el banquete a beber jugo de calabaza y alimentar a Agatha. Cuando Agatha lo visitaba durante las comidas, los otros profesores se aseguraban de darle suficiente espacio para acomodar toda su envergadura, y ella siempre lo visitaba en Halloween. Él encontraba todo estoy muy aceptable.
Su cumpleaños era a inicios de enero, al igual que el de Lily. Todo se congelaba por millas a la redonda y Severus se levantaba en las mañanas de invierno con los dedos fríos. Severus cumplió veintidós, veintitrés, veinticuatro y veinticinco, y Lily permaneció de veintiuno y muerta.
El sol se ocultaba temprano en enero pero era difícil de saber desde la oscuridad de su habitación, tan alejada de los rayos del sol, excepto por la forma en la que le dolían los dedos de manos y pies si no encendía el fuego o lanzaba un hechizo para calentarse. A menudo no lo hacía.
Ella está muerta, pensó él. Ella está muerta y tú estás vivo . Vive .
Subía a las cocinas y pedía un poco de chocolate caliente a los elfos domésticos. No se enfriaba. Él nunca lograba calentarse. Luego se iba a la cama.
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La segunda vez que Severus vió a Harry, el niño pasaba a través del Gran Comedor entre una multitud de diminutos estudiantes de primer año (se hacían más pequeños cada año, juraba Severus). Harry no le decía nada a los otros chicos de primero hablando a su alrededor, su cabeza inclinada hacia atrás para observar al cielo a través del techo.
Se parecía aún más a James que la última vez que Severus lo había visto, lo cual tenía sentido porque ahora podía caminar y presumiblemente hablar y probablemente no se mordía tanto los dedos de los pies.
Severus no estaba seguro de cómo sentirse al respecto, así que decidió que no importaba. En lugar de eso, miró al niño a través del largo pasillo , incómodo en su túnica nueva (¡cómo Lily había arrugado la nariz ante esas!), parado cerca de un niño que parecía probablemente el último de los Weasley. Por supuesto.
Todo el salón contuvo la respiración cuando Harry se sentó bajo el Sombrero, lo que Severus pensó que era bastante grosero. Dénle al niño algún tipo de complejo, ¿no? ¿Y cómo se suponía que se sentiría el resto de los niños al respecto?
"¡GRYFFINDOR!" La mesa de estridentes demonios vitoreó y aplaudió. Severus jugueteó con su tenedor amargamente. Por supuesto.
"Bueno, este será un año interesante", comentó alegremente Flitwick, a su lado.
"Sí", dijo Severus secamente. Miraba a Harry por sobre el hombro de Quirrell mientras el niño se dirigía hacia la animada mesa de dorado y escarlata. Cuando el niño se giró para mirarlo —once, él tenía once , ¿alguna vez él y Lily habían sido así de pequeños?— Severus lo vio estremecerse. Frunció el ceño y volvió a su plato.
Severus lo observó atentamente durante las siguientes semanas, porque los observaba a todos con atención. Sopesó sus opciones y decidió que ignorar a Harry en clase era probablemente la mejor respuesta. Le quitó diez puntos a Gryffindor por la corbata perdida de Harry y escuchó al chico Weasley sisear a su lado : "Tiene una mancha de sopa en su túnica de la semana pasada , ¿qué derecho—?"
"Otros diez, creo, Sr. Weasley", dijo y la chica Granger a su lado le dio una patada a Weasley debajo de la mesa. Eso podría haber sido otro puñado de puntos menos, pero pensó que ella estaba bastante justificada.
El nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras apestaba a magia oscura. Era común en los profesores del curso, por supuesto; era reconocido que defenderse contra la magia oscura afectaba un poco a uno, y también estaba la cuestión de la maldición en el puesto. Pero había algo casi familiar sobre Quirrell y Severus se pasó el inicio del año asegurándose de que sus escudos se mantuviese altos y su rostro con la expresión correcta, al mismo tiempo que trataba de averiguar qué nueva tragedia traería la maldición del curso al año escolar.
Dumbledore también le había dicho que guardaba un objeto mágico que otorgaba la inmortalidad en un corredor del tercer piso, por lo que Severus además había pasado varias noches sin dormir por eso .
"¿Vas a mantener esa cosa en una escuela? ¿Con niños?" había demandado Severus, caminando de un lado a otro de la oficina de Dumbledore. "Sabes exactamente quién más va a querer esa Piedra. Sabes exactamente quién… Albus, si estás poniendo un cebo en medio de esta escuela, haré que tus cuerdas vocales se contraigan de tal manera que hablarás una octava más alto durante una semana."
"Eso podría ser interesante".
"A veces te odio", había dicho. "Albus, ¿qué estás haciendo?"
"No es un cebo, Severus. Este es simplemente el lugar más seguro que tengo para la Piedra, y Nicholas me pidió un favor. Me gustaría pedirte ayuda con su defensa."
Severus había suspirado. "Ya se me ocurrirá algo."
Severus pensaba en Petunia Evans Dursley como "Tuney", porque así era como Lily la había llamado en sus historias. Estando en la cocina con Lily, hacía toda una vida, no habría podido imaginar que Tuney pudiera odiar a un niño durante años sólo por ser un recordatorio de todas las cosas que ella no podía tener. Pero esa vieja cocina ya no estaba, la casa de los Evans tapiada y vendida, y Harry era flaco para sus once años, desconfiado y de rodillas nudosas.
Cuando Severus vio a Harry no vio a James. No vio a Lily. Vio a un chico mestizo de un hogar feo, y su corazón se quedó estático en su pecho.
"Podrías ser mejor que esto", pensó, cuando vio a Harry imperturbable, cuando vio sus hombros rígidos en los pasillos de Hogwarts. "Deberías haber sido mejor que esto. Tuney, ella pensó que ibas a salvar el mundo".
Dumbledore le había contado sobre las protecciones en la sangre de Harry, las reglas y sacrificios bajo los cuales trabajaban, pero no estaba seguro de que valiera la pena.
Severus no vio a James al ver Harry, o trató de no hacerlo, pero vio a James al ver a Fred y George Weasley. Vio a James y vio a Sirius y les dio detención por cada descuido que cometieron en su órbita.
En las semanas previas a Halloween, murieron todas las hojas. De niño había sido la estación favorita de Severus, el otoño, porque en esos meses Lily solía usar bufandas y gorras de gran tamaño y patear hojas secas y sostener su mano a través de voluminosos guantes de lana. Le gustaba el sonido que hacían las hojas, al deslizarse por el camino de cemento fuera de su casa.
Lily las había nombrado las estaciones cambiantes, primavera y otoño, y le gustaba que sus nombres se volvieron fácilmente adjetivos. Severus pensaba en eso en esos largos meses otoñales.
Para Halloween, cada año, Severus bebía su jugo de calabaza y alimentaba a Agatha, que se escondía en el respaldo de su silla. McGonagall se ponía rígida alrededor de Halloween, todos los años, criticando a Severus en las reuniones de personal e ignorándolo en los pasillos. Estaba bastante seguro de saber a quién pensaba ella que le guardaba luto durante los días lluviosos de octubre.
Sus agudos silencios significaban que él hacía bien su trabajo, de eso estaba seguro. Era una victoria. Intentó sentirse satisfecho. Le dio a Agatha un poco de postre.
"¡Troll!" Quirrell irrumpió a través de las puertas del pasillo y Severus levantó la cabeza, sintiendo como si los músculos de su cuello lucharan contra melaza en lugar de solo aire y gravedad. "Troll en las mazmorras".
Los prefectos reunieron a los de primero año, arreándolos de vuelta a los dormitorios como perros pastores ansiosos. Severus pensó que se estaban encargando de Harry, por lo que se alejó rápidamente para proteger lo segundo más importante en el castillo. Pero, por supuesto, era hijo de James, era hijo de Lily, así que mientras Severus custodiaba la Piedra y el perro monstruoso de tres cabezas de Hagrid le abría la pierna, Harry enfrentaba a un troll de montaña en el lavatorio de damas.
Una vez que el troll fue eliminado y todos los niños de once años fueran enviados a la cama, Severus subió a las habitaciones de Dumbledore y pasó horas bebiendo whisky de fuego y quejándose sobre cómo la temeridad era hereditaria.
Pero durante las siguientes semanas, Severus observó a Harry flotando entre la multitud al lado de Hermione, o de Ron, vio la forma en que se inclinaban y permanecían cerca y se exasperaban el uno al otro. Había algunas cosas por las que valía la pena incluso mirar fijamente a un troll de montaña de tres metros y medio, y esa amistad era una de ellas.
"El chico Longbottom", preguntó Severus en la sala de profesores cuando no había nadie alrededor excepto la profesora Sprout. "¿Cómo le va en tu clase?"
“Buena mano”.
“Lo sospechaba”, dijo Severus. “Le va mal en la mía, pero creo que es por el enfoque, no por habilidad. Probablemente debería hacer algo al respecto”.
Sprout untó con mantequilla su tostada en un pacífico acuerdo.
"Sin embargo, si lo llamo para recibir tutoría, creo que se morirá de miedo".
"Le diré que te lo pedí como un favor", dijo Sprout. "Y que estás aterrorizado de mi ira y por lo tanto te portarás lo mejor posible".
" Estoy aterrorizado por ti", dijo Severus.
"Pues gracias, cariño."
La Navidad rebosaba ansiosamente en el horizonte. Escuchó a Harry decirle al más joven de los chicos Weasley que el año pasado había recibido una percha y una galleta rancia.
Severus le compró a Agatha el ratón más regordete que pudo encontrar, y a Albus algunos calcetines, y luego sacó la capa de invisibilidad de James del fondo de su armario. La última vez que lo había usado había sido para dejar caer un poco de belladona en el té nocturno de un mortífago, lo cual supuso que era el propósito más noble que algo así podría tener. Dobló la sedosa tela plateada sobre su escritorio y luego conjuró un poco de papel de regalo.
No sabía para qué había usado James la Capa cuando era niño, pero Severus recordaba tener siete años y acurrucarse hambriento bajo las sábanas, demasiado asustado como para escabullirse a la cocina porque su padre roncaba en el sofá.
Tu padre dejó esto en mi posesión antes de morir, escribió. Úsala bien.
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Severus pensó que tal vez si hubiera sido una persona diferente podría haber hablado con Lily en su cabeza. Oye, Lily, hoy me comí una toronja y tienes razón, son asquerosas. Oye, Lily, ha estado lloviendo durante semanas, pero hoy vi a unos niños en la Lechucería tratando de conjurarle a cada búho un paraguas. Oye, Lily, te extraño.
Pero nunca le había hablado a Lily porque tuviera cosas que quisiera decir. Él le había hecho flores a partir de hojas. Le había hablado de las fiestas de cumpleaños de ancianos de 86 años porque no quería hablar de otras cosas.
Había querido escuchar sobre su día y cómo le iba, y qué estupidez había hecho James últimamente y para quién tejía Remus un suéter y si Alice se había cansado de hechizar a la tostada del desayuno para que bailara. Había querido hablar con Lily porque quería escuchar a Lily, lo que ella quisiera compartir, lo que quisiera decir.
Así que cuando los lirios volvieron a florecer en primavera, él no se lo dijo. Cuando arrinconó a Quirrell en el Bosque Prohibido, no se lo dijo, solo siseó amenazas en las sombras del bosque y no notó a Harry escuchando a escondidas desde las ramas. Cuando Neville logró hacer su primera poción sin quemaduras, calderos derretidos ni oleadas de gases venenosos, le dijo al niño: "Aceptable, Longbottom", y no le dijo nada a Lily.
Su hijo surcó los cielos sobre el campo de Quidditch, y Severus nunca había visto al niño verse tan en paz. No pensó, Lily, mira .
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Pensó que Quirrell era un subordinado, un buscador de gloria o víctima de chantaje que intentaba localizar la Piedra. Para ser justos, Albus asumió lo mismo, pero Severus todavía estaba furioso cuando descubrió al final del año que Tom Riddle había estado haciendo autostop en las aulas de Hogwarts.
Había mantenido su carácter durante todo el año, alzándose y siseando sobre el hombre tartamudo. Le había advertido a Quirrell que se alejara del tercer corredor con amenazas y brillantes ojos negros, como si la hubiera querido para sí mismo, como si hubiera algún maestro al que soñaba ofrecérsela. Si alguna vez volviera a ver a Tom en persona, podría caer de rodillas en estado de shock y arrepentimiento: "Pensé que protegía sus intereses, mi Señor. No me di cuenta. Si me hubiera dicho—"
Por supuesto, Harry también había visto su pierna desgarrada después de impedir que Quirrell pasara a Fluffy, lo había escuchado sisear veneno y amenazas a Quirrell en el bosque, pero así era como se suponía que debía ser, después de todo. Harry lo miraba torvamente en los pasillos y Severus lo llamaba victoria, era una victoria, tenía que serlo, eso era todo lo que tenía.
Severus había estado durmiendo en sus habitaciones cuando Harry, Ron y Hermione petrificaron a Neville, superaron las protecciones de media docena de profesores de Hogwarts y finalmente enfrentaron el fragmento de Voldemort que vivía en la parte posterior del cráneo de Quirrell.
Dumbledore se lo contó más tarde y Severus se hundió con el rostro entre sus cansadas, cansadas manos. "Bueno", dijo. "Ciertamente es hijo de sus padres, ¿no? Oh, Dios, se va a morir ".
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Al año siguiente, el hijo de Narcissa compró su entrada al equipo de Quidditch. Se parecía muy poco a su madre, excepto por el cabello, la estructura ósea y la excelente capacidad para despreciar cosas. Pero Narcissa se había movido por Hogwarts con una columna vertebral de acero exquisito. Sabía quién era y qué quería y se habría esforzado hasta los huesos para conseguirlo.
Draco quería cosas, pero no sabía lo que hacía. Repetía como loro las palabras de su padre y no las de su madre y Severus se preguntó cuándo descubriría el niño dónde residía el poder en su familia.
Ese año Severus enseñó a Harry Expelliarmus desde el escenario del Club de Duelo. Él mencionó la poción multijugos en clase y Hermione robó los suministros de sus reservas. A su alrededor, los estudiantes cayeron congelados y rígidos, alineándose en las camas de la enfermería. Sprout revoloteaba sobre sus mandrágoras y Severus pasó la mayor parte de ese año en sus mazmorras, elaborando pociones de práctica ineficaces con sustitutos de mandrágora.
Dumbledore le dijo después que había sido Voldemort. Guardó el diario destruido en la bóveda detrás de su escritorio y le contó a Severus sobre Tom Riddle, de dieciséis años, que en ese entonces ya era un asesino de niños. "¿Cuántos más hay?", preguntó Severus, mirando la pintura sobre el escritorio de Dumbledore y pensando en el Horrocrux muerto detrás del mueble.
"No hay manera de saberlo", dijo Dumbledore. "Pero él es un... tradicionalista. Creo que serán siete".
"Encantador", dijo Severus. "Simplemente encantador."
Dumbledore asintió, sentado en su escritorio con los hombros inclinados, como si fuera viejo, como si hubiera visto todo esto antes.
"¿Quieres venir a los invernaderos a tomar un té?", preguntó la profesora Sprout el día que los estudiantes abordaron los trenes de regreso a casa, cuando encontró a Severus dormido en la sala de profesores. Él entrecerró los ojos ante su propia taza de té frío, pero ella siguió sonriéndole pacientemente, así que agarró la taza y la siguió hasta las grandes casas de cristal.
"Ya conoces Aguamenti , por supuesto", dijo después de prepararles grandes tazas humeantes y dejarlas flotando junto a ellos. "Ese arbusto necesita unos tres galones, este pequeño necesita alrededor de uno..."
Severus levantó su varita obedientemente. A veces había regado el seto detrás de la casa de los Evans, pero había sido con una manguera. Sprout tarareó una pequeña melodía y comenzó a recorrer el follaje, chasqueando a las hojas marrones.
"La joven Weasley, la más pequeña", dijo.
"¿Sí?" preguntó Sprout. "Oh, cariño, no, no puedes crecer hacia ese lado. Respeta a tus vecinos".
"Si pudieras echarle un ojo el año que viene. Una mano, si la necesita".
"¿Por qué no lo haces tú?" dijo Sprout.
"¿Sabes lo que le pasó?" dijo en lugar de responder.
Sprout estaba ahora con medio cuerpo dentro de un arbusto. "Vi la escritura en la pared. Sé que su hermano y el chico Potter la sacaron. Gilderoy también, supongo, aunque dudo que haya sido de mucha ayuda, el pobre muchacho. Debe haber estado aterrorizada".
Once , pensó Severus. Dios, se hacen más pequeños cada año .
"La cosa que abrió la Cámara," empezó Severus lentamente. "El Heredero. Estuvo... molestándola todo el año", dijo. "En su cabeza. Como si la estuviera… acechando". A través del cristal deformado del invernadero, el cielo era de un azul feroz y terrible. Tom Riddle había estado merodeando por la escuela de Severus todo el año, otra vez, y no lo había notado.
"Sé algo de cómo es eso", dijo. "Tener a ese hombre merodeando en tu cabeza. Tocando lo mejor de ti. Susurrando. Quizás necesite de alguien cuando regrese".
"Bueno, siempre estoy cerca", aseguró Sprout. "Los invernaderos son buenos para escapar de los susurros."
Severus no estaba muy seguro de cómo decir gracias, así que se quedó en el cálido silencio del lugar y la ayudó a regar los parterres del jardín.
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Ni siquiera los profesores podían aparecer en los terrenos de Hogwarts. Al comienzo del siguiente año escolar, Severus se encorvó de hombros y pasó junto a los dementores flotando a la deriva en las puertas. Eran como los días más húmedos de octubre, las peores heladas de enero: el frío lo agarró por la médula y lo arrastró hacia abajo, así que apretó la mandíbula y se abrió paso por el camino de grava.
De todos modos, no era gran cosa. La gente decía que a veces podían oír cosas, cuando los dementores se acercaban demasiado, que retrocedían a los peores instantes de sus vidas y se ahogaban allí. Severus se puso la capa con más firmeza sobre sus hombros. Lo único que él podía oír era una radio encendida y llena de ondas vacías. Lo único que podía oír era el viento.
Pasó la primera hilera de setos en el terreno y los dementores desaparecieron detrás de él. El frío se mantuvo.
Ese tercer año, la chica Granger consiguió un gato monstruoso como mascota y este jugaba a las atrapados con Agatha en el Gran Comedor, chillando por los pasillos entre las mesas y aterrorizando a los estudiantes de primero. Sin embargo, Agatha parecía divertirse, así que lo dejó ser.
Remus Lupin se unió a la facultad de Hogwarts y fue peculiar. Algunos días Severus no se sentía mucho mayor de dieciséis años, inseguro y crudo (algunos días se sentía mayor que Dumbledore, íntimo con la manera en que esos hombros flacos se encorvaban y anudaban) pero con Lupin parado allí en esos mismos viejos salones sagrados, era fácil ver dónde estaban. El rostro de Lupin estaba tan raído como su ropa. Siempre se habían podido ver sus codos huesudos, incluso cuando era la sombra sensata por sobre el hombro de Potter y Black, el contrapeso a sus peores ideas, excepto cuando él era la peor idea de Black.
Severus se había puesto de mal humor en la oficina de Dumbledore al escuchar la noticia. "¿Y qué con las lunas llenas?".
"Le prepararás poción Matalobos", había dicho Dumbledore con toda la facilidad del mundo y Severus se había hundido en su silla y se había enfurruñado aún más.
“Merezco un aumento”.
("Sabe peor frío", dijo Severus, dejando la taza humeante sobre el escritorio el primer día de luna llena. "Por si quieres esperar".
"Gracias", dijo Lupin mientras Severus salía de la habitación.)
Severus acechaba alrededor de Madame Pomfrey después de la primera cena de los estudiantes, durante la cual Draco había representado en voz alta el supuesto desmayo de Harry en el tren. "¿Qué les prescribes a los estudiantes que reaccionan mal a los dementores?" preguntó. "¿Una poción? Nunca he encontrado tal cosa en mis estudios."
"Oh, nada tan sofisticado como eso", dijo. "Un poco de chocolate y un lugar cálido para sentarse suele ser la mejor medicina". La mujer ordenó las camas y le contó cómo el nuevo y simpático profesor había repartido chocolate en su compartimento de tercer año. "Potter no parecía muy agitado, para alguien tan gravemente afectado", dijo. "Pero supongo que estoy acostumbrada a ver al muchacho en situaciones más terribles— regenerándole los huesos, ese tipo de cosas".
"Hm", dijo Severus y robó una paleta del frasco en el escritorio de la bruja.
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Era Halloween y los niños celebraban el exceso de postres en la cena y Lupin dibujaba diseños sin sentido en su salsa con lentos trazos de su tenedor.
"¿No fue ella tu amiga una vez?", preguntó Lupin. Lo preguntó como si tuviera curiosidad, como si fuera amable.
"¿No era Black el tuyo?" dijo Severus. "Todos tomamos decisiones dolorosas. Pásame las papas, ¿quieres?" Volvió a beber su jugo de calabaza y Lupin dejó de hacerle preguntas que Severus no podía responder.
Los gemelos Weasley todavía le recordaban a Severus a Potter y Black, cómo desaparecían y reaparecían sin previo aviso, como cuando nunca podías deshacerte de la brillantina o de esa mancha en los libros del Gato Ensombrerad o. Pero Severus estaba bastante seguro de que Harry no les estaba prestando la vieja Capa de Invisibilidad de James, porque después de todo habían sido así de molestos antes de que él le entregara la Capa a Harry.
Parecía que tenían algo más bajo la manga, y fuera lo que fuera se lo enseñaron a Harry, porque el niño comenzó a desaparecer y flotar hacia la superficie como un huevo podrido en lugares donde no se le permitía estar.
A Harry no se le permitía salir a Hogsmeade, con Black suelto, pero Severus estaba bastante seguro de que el chico se escabullía allí de todos modos. Lo encontró en el castillo con los bolsillos llenos de juguetes y trucos de Zonko, y mientras Harry se paraba frente a él, terco y testarudo, Severus recordó al audaz y arrogante James en la escuela, recordó el pequeño y suave peso de Harry sobre su pecho mientras lo cargaba fuera del hogar al que Sirius Black había traicionado. Entre los detritos, Harry tenía un viejo trozo de pergamino, doblado con cuidado. Severus asumió que era otro juguete de Zonko hasta que lo pinchó con su varita y vio tinta esparcirse por su superficie.
No conocía los apodos porque había sido algo entre ellos, pero conocía muy bien ese guión tan jodido. El Sr. Cornamenta está de acuerdo con el Sr. Lunático y le gustaría agregar que el Profesor Snape es un feo imbécil.
"Es claramente de Zonko", dijo Lupin tras aparecer e interponerse entre los rígidos hombros de Harry y Severus. Sonreía, con su rostro lleno de cicatrices y sus manos cerrándose sobre el pergamino, y Severus se lo permitió. Fuera lo que fuese, ese remanente de James probablemente le pertenecía a Remus.
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El año siguió avanzando. En una helada mañana de febrero, Severus le dio cincuenta puntos a Slytherin porque Crabbe tenía la corbata bien puesta y escuchó una voz familiar detrás de él.
"Todavía favoreciendo a Slytherin", dijo Lupin.
"No creo que Slytherin fuera la palabra que querías decir allí", dijo Severus. "Las viejas lealtades no mueren fácilmente, como estoy seguro de que sabes". Y en su siguiente paseo a clase le quitó cincuenta y cinco puntos a un Gryffindor por silbar fuera de tono.
En los días de luna llena, Albus le pedía a Severus que se hiciera cargo de las clases de Lupin. Severus entró al salón de clases, arrojó números de páginas en la pizarra y se sentó con sus botas en el escritorio de Lupin.
"Um", dijo Granger. "Aún no hemos llegado a ese punto en el libro".
"¿Parece que me importa?" dijo Severus.
"Esto es—" hojeó el libro. "Um, ¿comienza en la sección sobre venenos para la sangre y luego pasa a un capítulo sobre magia de ilusión? ¿Usted... los eligió a propósito?"
"Obviamente," dijo Severus. "Veinte centímetros de cómo los dos temas se afectan mutuamente".
" No lo hacen ", dijo Granger.
"Diez puntos menos para Gryffindor, Srta. Granger", dijo Severus e inclinó la cabeza hacia atrás y pensó en la mejor manera de preparar extracto de hueso de dragón durante el resto de la clase.
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La última luna llena del año escolar llegó, pero cuando Severus fue a darle su poción a Lupin, él ya no estaba. El pergamino que había dejado desdoblado sobre su escritorio tampoco estaba en blanco, con la tinta moviéndose y retorciéndose en la página.
Severus habría recordado la poción de Lupin, humeando sobre el desordenado escritorio, cualquier otro día, pero vio el nombre de Black en el mapa y todo lo que pudo pensar fue Lily . Todo lo que pudo pensar fue: Prometiste que la mantendrías a salvo.
Conocía el camino a través del terreno hasta el Sauce Boxeador y el nudo en su tronco que detendría su violento azote por un tiempo. Se sintió helado, con la violencia extendiéndose delante y detrás de él. Conocía esos oscuros pasajitos tortuosos. Recordó ser un joven de dieciséis años y ser celoso y miserable, buscando un secreto al final de ese corredor enterrado y encontrando en su lugar a un monstruo que gruñía adolorido.
James había venido por él, y Severus no había sabido qué hacer con eso, más que arriesgarse a tomar su mano y salir corriendo. Habían corrido, y Lupin se había disculpado más tarde, herido y furioso, y Severus lamentablemente no había aceptado la oferta de Lily de golpear a Sirius Black en su hermosa nariz. Habían corrido y Severus se movía, ahora, a través de esa misma oscuridad mohosa.
El cabello de James había estado enmarañado, su boca apretada y seria, su mano extendida (ambos rara vez habían estado serios, Lily, James, siempre riendo o incandescentes, furiosos, cegadores) y tal vez eso había cambiado, en los largo y fríos días de la guerra, pero sus trincheras habían estado muy lejos de sus cálidas madrigueras. ¿Acaso Lily se había congelado? ¿Se había quedado James en silencio, convertido en roca y escarcha?
Severus había estado una vida lejos de ellos, fingiendo convertirse en algo que odiaba. Él no había estado allí para verlos separarse, al final de cada día, en aquellos días que no sabían que eran el final. A vidas de distancia, escuchando el crepitar de voces a altas horas de la noche… se sintió entonces como si Lily hubiera estado muerta por vidas enteras.
James había arriesgado su vida por Severus, una vez, porque el hombre al final de ese corredor había pensado que sería divertido . James estaba muerto porque ese hombre lo había traicionado. Lily estaba muerta. ¿Qué quedaba ahí de travesura? ¿Qué era pura malicia? ¿Qué era cobardía?
Cuando Severus irrumpió por la puerta de la Cabaña de los Gritos, tenía un Avada Kedavra en la lengua, listo. De pocas cosas en su vida había estado más seguro que de tener suficiente odio en él para lanzarlo.
Pero aparentemente tres Expelliarmus simultáneos, incluso lanzados sólo por tan solo unos magos de tercer año, pueden dejar a un hombre inconsciente.
Severus no escuchó lo que vino después, pero lo habría entendido. "Habría muerto antes que traicionar a Lily y James", le gritó Black a Pettigrew en esa cabaña. "Habría muerto antes de traicionar a mis amigos".
Pero Severus no escuchó nada de eso. Estaba inconsciente mientras Black contaba su historia, mientras Pettigrew chillaba, mientras Harry se paraba con los puños firmes y asustados y decía “Mi padre no lo habría querido”, como si supiera algo de lo que James quería.
Severus no escuchó nada de eso, pero lo habría entendido. Habría entendido a Black gritando en la cara de Pettigrew, demacrado trece años y con las mejillas hundidas. Habría entendido la forma en que el rostro testarudo de Harry los detuvo en seco.
Severus había caminado por el largo y oscuro corredor, con una maldición asesina hirviendo en sus entrañas, y no lo sabía, pero Black también lo habría entendido.
Severus despertó frío y húmedo, con la nariz aplastada contra guijarros cubiertos de musgo. Lupin se había ido. Granger, Weasley, Black y Harry esparcidos a su alrededor, bajo la niebla que surgía de la superficie del agua. "¿Qué carajos…?", murmuró Severus, y luego conjuró camillas para los niños y el Ministerio para Black. Sentía frío y mucho dolor, el fuego apagado en sus entrañas, y pensó que tal vez Black merecía la larga y lenta tortura de Azkaban más que una muerte limpia.
Severus no estaba seguro de qué habían estado pensando los niños; no podía imaginar qué podría haberles dicho Black. ¿Qué había dicho Lupin? ¿En qué había estado pensando? ¿Dónde estab—oh, mierda, la poción.
Levitó a cada uno de ellos sobre las camillas conjuradas: sus extremidades colgantes, el yeso de Ron, el mechón de cabello de Granger, la forma en que el de Harry se deslizó por la cicatriz de su frente. Severus nunca había visto a Harry sin una cicatriz. Gritando en su habitación, pesado en su pecho y Albus delgado y cansado en la puerta de su casa, Harry siempre había tenido esa tormenta eléctrica grabada en él, sanada y marcada. Nunca había tenido la oportunidad de ser una herida.
Severus los llevó a la enfermería, y luego se mantuvo alrededor de los Aurores y funcionarios del Ministerio reunidos, así que estuvo allí cuando comenzó el alboroto: Black se había ido.
Black se había ido…y también el hipogrifo de Hagrid, de todas las cosas, aunque Severus no se lo señaló a los Aurores. Harry se veía arrogante, como James en su peor momento, y Severus irrumpió en la oficina de Dumbledore mientras los niños tomaban los trenes a casa.
"No puedes dejar que hagan esto", dijo Severus.
"¿Mmm?" dijo Dumbledore. "¿Caramelo de limón?"
"Confiar en Black", dijo Severus. "Albus, hizo que mataran a James y Lily."
"Ni una mención a Pettigrew y la docena de muggles, por lo que veo," dijo Dumbledore.
"No te atrevas a decirme de qué preocuparme", espetó Severus. "Me preocupo por Harry y te conozco. ¿Por qué dejaste que esto sucediera? Sé que lo ayudaron a escapar, en la enorme paloma enojada de Hagrid".
"Mira quién habla sobre palomas enojadas".
" Albus ."
Dumbledore suspiró. "No fue Sirius."
Hubo una oleada en los oídos de Severus y trató de calmarla. "Lo fue", dijo. "Él era su guardián secreto, porque no les permitiste elegirme ".
"Intercambiaron en el último momento, sin decírselo a nadie. Pensaron que Sirius sería demasiado obvio, así que le preguntaron a Peter".
"Pettigrew," dijo Severus. "Ese pedazo de escoria sin huevos, ese—"
"Pensaron que sería más seguro. Sirius lo sabía, por supuesto, y persiguió a Pettigrew después de que murieron. Peter fue quien mató a todas esas personas y se cortó su propio dedo—"
Severus levantó una mano y sacudió la cabeza. "Pettigrew", dijo. "¿Estás seguro?"
"Sí."
"¿Sabes si está vivo?" dijo Severus.
"Vivo, y temo que reuniéndose con Voldemort mientras hablamos."
“Entonces será fácil encontrarlo”.
"Severus," regañó Dumbledore con severidad. "No hagas nada precipitado. Te necesitamos".
"¿Cuándo he sido precipitado?" dijo Severus.
Ese verano no cazó a Peter ni lo asó sobre brasas al rojo vivo. Lo consideró lenta y detenidamente, con muchos grotescos detalles imaginados, pero en lugar de eso se embarcó en un largo viaje de mochilero por los Alpes, en busca de ingredientes para pociones que solo florecían bajo cierto brillo de la luna.
Albus tenía razón; Harry era la prioridad, y eso significaba que Severus mantendría su coartada. Pero Severus tenía una lista y Peter estaba en ella. Lo guardó en su mente: su vida no había cambiado tanto como para poder darse el lujo de poder escribir tales cosas.
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En el cuarto año de escuela de Harry, el Cáliz de Fuego lo eligió como el francamente ilegal segundo campeón de Hogwarts. "¿Qué pasa con el espíritu deportivo ?" Severus le preguntó a Dumbledore secamente. "¿Qué pasa con que el niño no se muera antes de que aprenda a cepillarse el pelo?"
"Debo descubrir quién puso su nombre en el cáliz", dijo Albus, abriendo un envoltorio de caramelo de limón. La luz del sol entraba a raudales por las ventanas y Severus puso sus pies sobre el escritorio de Albus. "No puede haber ninguna razón para ello excepto ponerlo en peligro".
"Apuesto a que piensa que fui yo", dijo Severus.
La primera prueba fueron los dragones, por lo que Severus se mantuvo junto a los cuidadores de dragones, preguntando sobre algunos de los ingredientes para pociones más raros derivados de dragones. Durante la verdadera prueba, se sentó rígido en las gradas y trató de no pensar en Harry, de once años (Dios, ¿alguna vez había sido tan pequeño?) colgando de su escoba mientras Severus siseaba Anti-Maldiciones en voz baja.
Severus había estado dándole tutorías a Neville una vez a la semana desde su primer año. Se las pasaba con el ceño fruncido y a veces dormía una siesta en su escritorio durante los períodos más seguros de preparación, cuando sabía que era algo que Neville conocía . El niño se acercaba a los estándares del nivel de su grado y al menos en una ocasión había corregido a Granger sobre un hecho de preparación.
"¿Qué es eso?" Neville preguntó cuando Severus puso una caja de branquialgas en su escritorio mientras rebuscaba entre sus ingredientes en busca de esencia de flor de fuego. Fruncía el ceño, roncaba y refunfuñaba, pero Severus trataba de alentar las preguntas, por muy amargamente que las respondiera.
"Branquialgas", dijo Severus. "Ingeridas, le permite al mago respirar bajo el agua. Pero tienes que preparar una bebida de Iluminación, Longbottom, así que ponte a trabajar". Y luego puso sus botas sobre su escritorio y fingió roncar mientras Neville robaba tentativamente sus reservas abiertas de branquialgas.
Alastor Moody lo arrinconó en los terrenos; ahora él sí apestaba a Artes Oscuras, pero Severus supuso que el auror había tenido suficiente terribles años como para que se le pegara encima. Era como la brillantina, nunca terminaba de quitarse. Severus estaba contento de tenerlo, sin embargo, porque entonces cuando cualquier lacayo de Voldemort levantase su horrible cabeza, podía confiar en el viejo Moody para matarlo sin rechistar. Pequeños consuelos.
"Por supuesto que Dumbledore confía en ti", dijo Moody. "Es un hombre confiado, ¿no? Cree en las segundas oportunidades", dijo y Severus casi se rió porque la gente seguía diciéndole mentiras sobre Dumbledore. En lugar de eso, levantó ambas cejas y un lado de la boca y esperó.
"Pero yo", dijo Moody. "Yo digo que hay manchas que no se borran, Snape. Manchas que no se borran, ¿sabes a qué me refiero?"
"Siempre es un placer verte, Alastor", dijo Severus. "Pero me gustaría volver a mi caminata".
Karkaroff también lo arrinconó, en sus mazmorras, con la mano apretada alrededor en el interior de su antebrazo opuesto.
“Karkaroff, ha pasado tiempo”, saludó Severus. “¿Te han puesto a cargo de niños? Qué raro”.
"Tú no eres quien para hablar, Snape." La mano de Karkaroff alrededor de su antebrazo tenía los nudillos blancos presionando la carne marcada. Severus conocía el sentimiento. Su Marca Tenebrosa había estado picando y oscureciéndose durante todo el año, pero había tenido a Quirrell rondando sus aulas, había visto a Dumbledore encerrando un diario destruido, había estado esperando esto.
"Mantén la compostura, Karkaroff", sugirió y se fue a calificar algunos trabajos.
Se suponía que la Copa debía dar algún tipo de señal cuando un campeón la alcanzara, pero no pasó nada. Las vistas de los espectadores para la tercera prueba estaban mal pensadas, pero mientras la multitud se inquietaba y miraba entre los altos setos, Severus sintió que la Marca en su antebrazo cobraba una vida cegadora. Sintió que cortaba su carne como si la estuviera recibiendo de nuevo, el brazo extendido, los dedos fríos de Voldemort alrededor de su muñeca, la punta de su varita arrastrándose por la piel.
Para cuando Severus llegó junto a Albus entre la multitud de espectadores, Harry había regresado. Estaba de rodillas sobre la hierba, con ambas manos apretadas en la túnica de un niño muerto. Cedric había sido terrible cortando prolijamente en clase de Severus, pero maravilloso prestando sus útiles a aquellos a su alrededor que se habían olvidado de traer lo que necesitaban.
Todo era bulla. El dolor en su antebrazo atraía su atención. Amos Diggory estaba de rodillas sobre la hierba.
Moody (no, Crouch el menor, como lo había llamado Bella, Bebé Barty Jr) tomó a Harry y Albus se dio cuenta de su error a tiempo. Severus y Minerva lo flanquearon, y Severus desenterró Veritaserum de sus reservas cuando se lo pidieron. Le dolía el antebrazo… la piel, sí, pero se sentía como si el dolor le atravesara el tejido y los tendones hasta el hueso.
"Ha vuelto", decía Harry. "Ha vuelto". Tenía el pelo sobre los ojos y le temblaban las manos y no se parecía a nadie más que a un asustado chico de quince años con manchas de pasto en las rodillas. Cuando Severus y Lily eran niños, regresaban a casa después de las tardes de verano cubiertos de manchas de pasto y la Sra. Evans había lavado las cosas de Severus antes de enviarlo a casa. "No quiero que tu mamá se preocupe", había dicho, sus manos vacilando sobre los huesudos hombros de Severus sin tocarlo.
Albus llevó a Severus a un lado, silencioso y lento. “Vete”, dijo. “Ya sabes lo que tienes que hacer.”
Severus envolvió su mano alrededor de su antebrazo, apretándolo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sabía dónde se suponía que debía estar y podía sentir la impaciencia de Voldemort recorriendo su columna.
Severus no agarró nada, simplemente salió de la habitación, del castillo y de los terrenos, pasó las puertas principales y los encantamientos Anti-Aparición. Desapareció con un violento ruido sordo y apareció en una habitación mal iluminada en algún lugar debajo de Londres.
Habían abandonado el cementerio, pero allí estaba el fantasma alto y pálido de un joven enojado. Allí estaba la sensación de los dedos gentiles susurrando en el interior del cráneo de Severus. Los hombres dispuestos alrededor de Voldemort llevaban sus máscaras y capuchas, a excepción de Pettigrew acurrucado en un rincón, pero Severus estaba de pie con la cabeza descubierta y en su túnica de profesor. Inhaló el aire mohoso de la habitación.
"Mi Señor", dijo Severus, y cayó de rodillas.
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Severus se escabulló en la escuela al día siguiente. Tenía que mantener las apariencias, le había dicho a Voldemort. Sí, toma, le dijo, paseate por quince años de cansancio en los hombres de Albus, es todo tuyo, esto era para ti, solo para ti, Señor. Una migraña se deslizaba por sus sienes como dedos helados, como la punta de una varita.
Hogwarts se sentía casi vacío, con sus corredores llenos de ecos, sus salones cerrados. Severus se movió por la piedra y dejó atrás armaduras y lienzos pintados hasta que los encontró: todo el estudiantado, los docentes, los administrativos, reunidos en el Gran Comedor. Albus se erguía por encima del podio y Severus podía ver el peso sobre sus hombros.
“Va a llegar el día”, dijo Albus. “En que van a tener que escoger entre lo que es correcto y lo que es fácil ”, dijo, y Severus dio la vuelta y se marchó otra vez hacia el pasillo vacío.
La voz de Dumbledore lo siguió. “Recuerden a Cedric Diggory”.
Severus bajó a su habitación y se sentó sobre su colcha con la puerta cerrada. Puso la punta de su varita en su sien y extrajo tiras blancas y temblorosas llenas de aire mohoso y voces bajas. Las extrajo de sí y metió las memorias en frascos destinados a las cansadas manos viejas de Albus.
Severus podría haber corrido hacia los límites del terreno al sentir la Marca recobrar toda su fuerza. Podría haber corrido lo suficientemente lejos para aparecer en el cementerio y tal vez Cedric todavía hubiera estado vivo. Tal vez podría haber hecho algo, comprometer su cubierta, salvar a un niño.
Pensó en una casa en llamas, tapiz, cortinas amarillas y blancas. Harry nunca le contó toda la historia del cementerio y Severus nunca supo que Cedric estaba ya muerto mucho antes que la Marca siquiera se activara. Se acostó en su cama y escudriñó el techo buscando moho, y se preguntó qué precio era demasiado alto como para pagarlo.
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"Lo revisaste, ¿no, Albus?" dijo Severus. Ojoloco Moody lo fulminaba con la mirada desde apenas el interior de la puerta de Grimmauld Place, y Severus le dijo, “Mira, el pequeño Barty entendió bien tu miradita esa, hacerlo no te hace ningún favor”.
Dumbledore suspiró. "Estoy seguro, Severus."
"Mm", dijo Severus y entró sigilosamente, pasando a Moody. Siguió un paso detrás de Dumbledore, para que cualquier mirada preocupada, inquisitiva y acusadora pudiera rebotar primero en la sonrisa cómplice del anciano y sus protestas pudieran morir en sus gargantas.
El vestíbulo se alzaba imponente y la gran mesa fuera de la cocina aún se encontraba medio sumida en la oscuridad a pesar de los mejores intentos de Molly Weasley para iluminarla. Las voces se amortiguaban en los rincones de la pesada madera. El pan, las lámparas y los suelos fregados enérgicamente hacían su mejor esfuerzo, pero algo en la habitación se resistía.
Severus le dio a la comida de Molly un amplio radio y se sentó en la esquina más alejada de la mesa, ignorando la mirada furiosa de Black y la mirada considerada de Lupin. No quería a ninguno de los dos. Una voz de mujer maullaba escaleras abajo, haciendo resonar las palabrotas y chillando los verbos.
Shacklebolt parecía preocupado por el sonido. Black dijo con un lamento: "El retrato de mi madre fue colocado con unos malditos y muy poderosos encantamientos adhesivos. No se irá hasta que la casa se queme".
El grito fue in crescendo. "Deberías quemarla", dijo Severus, y Black se giró para mirarlo.
"¿ Quejicus realmente debería estar aquí?" dijo Negro.
"Confío en él", dijo Dumbledore y Severus levantó dos cejas y un lado de la boca hasta que Black arrugó la cara y miró hacia otro lado.
Tonks entró a la habitación derribando un perchero y una silla y luego comenzó la primera reunión de la segunda Orden del Fénix. Severus no le preguntó a Tonks si había seguido con su preparación de pociones y ella no miró en su dirección.
No le dijeron a Harry sobre los pasos que se daban o las medidas que se tomaban. Harry no le escribió a su profesor de Pociones menos preferido, pero Severus escuchó de Dumbledore que el niño preguntaba y demandaba, desesperado y enojado. Había nacido en una guerra, una vez. La gente había estado fingiendo que había terminado por años, pero Severus sabía más, Albus sabía más, y ahora Harry también.
Severus fue a las reuniones de la Orden en Grimmauld Place, el lugar seguro en manos de Dumbledore. ( Seguro ). Regresó al tercer mejor salón de Lucius (alfombra nueva, tumbonas viejas), a la pequeña y estrecha cocina de Avery, a un elenco rotativo de sótanos y cuartos traseros. Embotelló tenues fibras de blancos recuerdos para Dumbledore y dejó que Voldemort se paseara por su mente. Pasó el verano. Severus sólo pudo vislumbrar a Harry en Grimmauld Place, nervioso y con el ceño fruncido, pero le gustó la forma en que Granger y Weasley lo miraban con el corazón en sus gargantas ansiosas.
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Severus nunca había visto a McGonagall tan enojada por algo como por Dolores Umbridge, y había sido objeto de sus miradas más de una vez en sus tres décadas de vida. Le confundía que ella pudiera estar tan enojada por ese sapo de mujer como lo estaba por el tal-vez-mortífago frente a ella, pero supuso que ella había sido capaz de luchar contra Voldemort en su momento, y allí no había mucho que pudiera hacer contra Umbridge. Minerva rompió una taza en la sala de profesores y una vez que se fue, tiempo después y sin testigos, Severus la limpió.
El día que Umbridge asistió a la clase de pociones de Severus fue el momento más arrogante que había visto jamás de Harry y compañía, y Severus permaneció rígido al frente de la sala, tratando de pensar en nada más que ojos de tritón y peltre, y no en James con maldiciones y sonrisas, no James con un gorrito de lana verde, no en los trece años de Black, no Pettigrew encogido pero vivo en el fondo de las reuniones de Voldemort.
No permitió que Umbridge asistiera a las tutorías de Neville, ni a las de Goyle, quien realmente lo intentaba y podía seguir las instrucciones si te sentabas quieto y las explicabas con suficiente paciencia y le dejabas jugar con los cuchillos.
Sue Li era una Ravenclaw que lo había perseguido a los doce años para exigirle pociones extracurriculares. Dejó que Umbridge flotara alrededor mientras él interrogaba a Li sobre las tendencias liminales de los hongos de manchas rojas. Li lo atacó con preguntas aclaratorias y suposiciones que los llevaron hasta la gestalt filosófica inherente en la elaboración de pociones, y Umbridge salió escabulléndose de las mazmorras luciendo francamente mareada.
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Tom Riddle rondaba por la mente de Harry, dijo Albus. Tenían una conexión, dijo Albus y Severus miró por las ventanas por encima del hombro del director. Harry necesitaba que alguien lo entrenara en Oclumancia, dijo Albus, y Severus lo intentó.
Él frunció el ceño durante todo momento, porque así es como fue, y Harry frunció el ceño a su vez. La mente del niño era frágil y abierta, codiciosa y desesperada por respuestas que nadie le daba. Severus trató de fingir que tenía demasiadas respuestas feas sobre sus hombros como para sentir simpatía por él.
"No puedo hacer esto", se quejó Severus, apenas unas semanas después de comenzadas las lecciones. "Es un mocoso entrometido e irresponsable y no puedo hacer esto. No puedo estar ahí. No puedo seguir arrastrando esta mierda. ¿Crees que no estoy mintiendo lo suficiente, Albus?"
Dumbledore le frunció el ceño sobre sus dedos entrelazados, todo cálida preocupación, y Severus le devolvió la expresión. Albus dijo: "Pensé que disfrutarías la oportunidad de conectarte con él".
"Él no debería conectar con un maldito mortífago, y por si lo has olvidado, eso es lo que soy ."
“Eres el mejor Oclumente que he conocido jamás, incluyéndome a mí mismo”, replicó Dumbledore.
“Qué pena. Encuentra a alguien más”.
Harry había ahondado en el pensadero de Severus y encontrado una tarde soleada que inundó de lástima incluso al maldito Harry Potter: las rodillas de Severus en la hierba, la bilis en su garganta, James riéndose y Lily no. Severus se había sentido chiquitito, como un insecto, con un caparazón quitinoso creciendo sobre todas sus partes más suaves. No podía recordar, en estos días, el vivir sin ese exoesqueleto sobre su piel, y ya no le importaba tanto.
Volvió a bajar a su oficina y enderezó las entrañas de su pensadero, clasificó los carretes de memoria con el agarre más suave que pudo.
Lo que Harry había encontrado... ese no era el peor recuerdo de Severus. No fue en ese entonces cuando la perdió.
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Umbridge prohibió todo lo que fue capaz y Severus observó. Granger fundó un grupo de resistencia en los cuartos traseros de su escuela, y Severus observó. Albus fue expulsado de su propia oficina y Severus observó. Le dio a Umbridge veritaserum falso cuando se lo pidió, y durmió tan bien como siempre.
Severus los vio en los pasillos, agrupados alrededor de sus miembros más pequeños; en detención, escribiendo mentiras con trazos firmes de la pluma. Fred Weasley le recordaba a James, sentado junto a un asustado estudiante de primero y esperando que encontrara las palabras.
Los hombros de Harry se estaban poniendo rígidos como si le estuviera creciendo un caparazón sobre todas las partes blandas de sí mismo: algo firme y brillante, como las armaduras que se alineaban en los pasillos. Se ponía de pie en clases, pasillos y salas comunes y decía su verdad una y otra vez.
Severus estaba algo así como que celoso. Estaba algo así como que orgulloso. No habló con Lily, ni siquiera solo en sus habitaciones a altas horas de la noche, ni siquiera cuando Harry se paraba en la línea de fuego de Umbridge, negándose a ser doblegado. No pensó, Lily, mira.
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A finales de primavera, Harry tuvo una pesadilla. Su mente era frágil y desesperada, aferrándose a todo, recibiendo nada, y entonces el viejo Tom deslizó miedo y conocimiento en su mente dormida. Severus no supo todo esto hasta más tarde, hasta que estuvo hablando con Albus, sumiso en su oficina entre cosas y baratijas rotas.
Harry estaba en la oficina de Umbridge, a punta de varita. Incluso en lo peor de la primera guerra de Severus, Hogwarts, al menos, nunca había sido un campo de batalla. Severus casi había muerto en un túnel bajo un sauce, tal vez, pero eso había sido por mezquindad y niños e incapacidad de ver las consecuencias… pero aquí estaba una mujer parada temblando y señalando, aquí estaba Draco Malfoy con una placa en el pecho y una sonrisa que creía genuina.
“Tiene a Canuto”, dijo Harry. “Tiene a Canuto en el lugar en que se esconde”, dijo.
Severus podía ver a Granger barajeando líneas de acción como una mujer tras líneas enemigas. Podía ver la desesperación que vivía detrás de los ojos lisos de Harry. La más joven de los Weasley tenía una mejilla magullada y un rostro testarudo y Severus se preguntó si Sprout alguna vez la había llevado a los invernaderos. Le dijo a Umbridge que ya no le quedaba Veritaserum y que Potter decía tonterías, y luego fue a llamar al resto de la Orden a las armas.
Se reunieron en Grimmauld Place, a todas las personas que pudo encontrar: Kingsley y Moody, Tonks y Lupin. Ellos vinieron y él trató de no sorprenderse. Molly, inquieta y ruidosa al respecto, y Arthur, quien todavía estaba demasiado pálido, pero vinieron, escucharon y se fueron.
Era casi nostálgico escuchar los golpes y crujidos de la gente que se iba a pelear sin él. La marca en su brazo cobró vida dolorosamente, pero sabía que ninguno de los dos lados lo esperaba.
En el Departamento de Misterios, seis estudiantes de Hogwarts se enfrentaron con combatientes adultos encapuchados. En una habitación encantada por un arco velado, llegaron refuerzos a apoyarlos. Sirius Black murió a manos de Bella. Voldemort inundó todos los lugares vacíos en el pecho de Harry, enviándolo a retorcerse sobre el piso del atrio, y Severus se sentó en la oscuridad de Grimmauld Place y escuchó a la madre de Black gritar.
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Severus se apareció de regreso a las puertas exteriores de Hogwarts, cuando le dijeron que todo había terminado, y caminó de regreso al castillo con su capa ondeando detrás de él. En Hogwarts siempre se estaba un paso muy lejos. En Hogwarts, había que correr hasta sus límites antes de poder desaparecer hacia algún lugar útil.
Subió a la oficina de Albus, donde sus baratijas, juguetes y tesoros habían sido destrozados aquí y allá por la pena de un Harry de quince años. Quince…¿Severus alguna vez había sido tan pequeño? A esa edad, había tomado la mano de Lily, se había sentado en el bochornoso calor del funeral de su padre y después le había comprado una barra de caramelo.
Albus fue reinstituido y Umbridge había desaparecido. Severus dio una lección sobre bezoares y observó a Harry fruncir el ceño y apretar los puños en la última fila.
Severus no estaba seguro de cómo Harry pensaba que la Orden habría podido recibir la noticia, si no fuera por Severus. No arrinconó al niño ni le dijo que no lo había abandonado en la oficina de Umbridge; que había transmitido el mensaje, como se lo pidió, ¿qué más quería ? A veces había que decir una cosa y hacer otra.
Pero tal vez Harry sí lo sabía: si Severus no hubiera alertado a la Orden, Black no habría ido al Ministerio y Black no estaría muerto. Harry sí, tal vez, pero Black no. Severus observó al chico caminar por los pasillos, de quince años con los hombros encorvados hasta las orejas, y pudo entender eso. Había sido así de pequeño antes.
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Ese verano, Dumbledore encontró el anillo de Gaunt y asesinó el fragmento de espíritu que vivía en su interior. Hogwarts estuvo vacío durante las vacaciones de verano, excepto por Hagrid que quitaba las malas hierbas del terreno. Severus se encontró con Albus en su alto estudio y giró su mano ennegrecida entre sus dedos cetrinos.
"Esta es una fea maldición", dijo, como si comentara el clima cálido que quemaba el pasto afuera.
"¿Esperabas menos de Tom?" dijo Albus.
"Aparentemente, tú no," espetó Severus, poniendo la mano de Albus suavemente sobre la mesa.
"Hay algunas cosas contra las que no puedes defenderte", dijo Albus. "Tome una decisión".
Severus se puso a caminar, con un siseo contenido detrás de sus dientes.
"Se avecinan tiempos oscuros", dijo Albus.
" Obviamente ," espetó Severus. "¿Escuchaste las noticias que te traje? Está reclutando a los gigantes. Ha mandado a Fenrir tras los hombres lobo—" Albus no lo estaba mirando. "Albus, ¿qué sabes? ¿Qué has oído que yo no sepa?"
"Narcissa Malfoy pronto te pedirá un favor", dijo Albus, mirando su mano.
"Albus, dímelo."
"Tengo más fuentes además de ti, Severus. Es solo que… ella podría pedirte un favor. Por favor di que sí".
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Los padres de Severus habían muerto y él los había enterrado en tierra poco profunda, por lo que la casa en la Hilandera era suya ahora. Narcissa nunca había estado allí antes y Severus trataba de decidir si apreciaba la forma en que ella lo miraba a él y no las manchas de agua, las cacerolas maltratadas o la alfombra raída. Bellatrix entró detrás de ella y se dejó caer en un sofá hundido, con suaves cojines enrollándose alrededor de sus caderas.
"Le pidió a Draco que—", dijo Narcissa, con la voz entrecortada, y Bella dijo: "Sí, es un honor", y Severus fue a servirse un vaso de agua. No le ofreció nada a ninguna de los dos.
Narcissa no le preguntó para bien del Señor Oscuro; le preguntó por su propio bien. Severus se preguntó si era porque ella sabía algo. Ella tomó sus manos y las apretó como si todavía fueran adolescentes, como si él estuviera enamorado de Lily Evans y Cissa estuviera considerando seriamente la curva de la mandíbula adolescente de Lucius. "Mi hijo", dijo Narcissa. "Cualquier cosa que necesite hacer, debes prometer ayudarlo".
Bella exigió el Juramento Inquebrantable, porque no entendía nada de él: que las manos secas de Narcissa apretando las suyas eran todo lo que se necesitaba para atarlo allí, que Severus rompería cualquier promesa que necesitara, sin importar si su sangre le hervía en las venas por la mentira.
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"¿Te gustaría ocupar el puesto de Defensa este año, Severus?"
Severus miró fijamente a Albus. “Entonces, ¿dentro de un año? dijo Severus. "Crees que todo esto se derrumbará en el lapso de este año, si es que estás dispuesto a entregarme a esa maldición, ahora". La mano marchita y cenicienta de Dumbledore descansaba sobre el escritorio entre ellos. Había mantenido el anillo de Gaunt en su dedo, el alma morbosa.
"No creo que sobreviva el año, y cuando me mates ya no serás bienvenido en Hogwarts."
"¿Qué pasa si no quiero matarte , Albus? Prometí ayudar a Draco, no—"
"¿Desde cuándo esto se ha tratado de lo que quieres?" Dumbledore negó con la cabeza. ¿Siempre había sido así de viejo? se preguntó Severus. ¿Siempre había sido así de pequeño, de hombros estrechos, bajo generaciones de retratos de magos y brujas muertos?
Albus dijo, "Este año le contaré a Harry sobre los Horrocruxes. Draco intentará matarme y no podemos permitírselo, Severus. Matar deja cicatrices en el alma; él es demasiado joven para cargar con eso, no podemos permitírselo".
Demasiado jóvenes… ¿Habían sido ellos alguna vez tan jóvenes?
"¿Qué pasa con mi alma?" dijo Severus. "¿O acaso no estoy incluido en sus cálculos, director?"
"No será un asesinato, en tus manos", dijo Albus y Severus resopló y caminó hacia las ventanas. "Tú sabes más que él. De tu parte, será una misericordia".
"No para mí", dijo Severus.
"Para mí", dijo Albus. "Por favor, Severus."
"¿Entiendes siquiera un atisbo de lo que he hecho por esta causa?", le había gritado Severus una vez, pero no lo dijo ahora. "¿Por ellos? ¿Por tí? ¿Entiendes lo que he sangrado y lo que he abandonado —”
"De acuerdo", dijo Severus. "Cuando llegue el momento. Asegúrate de despedirte este año, Albus."
"¿De quién?" dijo Albus y Severus bajó la cabeza y se rió.
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Draco se escabullía por las esquinas ese año, luciendo pálido y con los ojos pesados. Se veía peor que Harry, lo cual era decir bastante. Harry se escabullía detrás de él, todavía desesperado, todavía aferrándose, y Severus recordó haber intentado muy duramente desenterrar los secretos de Lupin a los dieciséis años.
Arrinconó a Draco cuando pudo: ofreció ayuda, fingió saber secretos que no conocía, amenazó, cualquier cosa con tal de quitarle peso a los hombros al chico. Pero Draco se mantuvo erguido, temblando, y se negó.
Severus y Lily habían escrito en las páginas de sus libros de texto, boca abajo en el dormitorio de Lily, inclinados sobre ellos en las mesas de la biblioteca de Hogwarts. Él había llenado su libro de texto de pociones con irritadas correcciones a recetas imperfectas y ella había dibujado pequeños cómics de sus compañeros de clase: James revolviendo tanto su cabello que se le caía todo; Lucius dejando un rastro de suciedad detrás de él; Alice parada en la mesa de Hufflepuff en el Gran Comedor y gritando sobre los derechos de los no-humanos.
Severus había inventado cosas en el bosque, había arrancado magia de su pecho y había considerado sus descubrimientos. Muy poco había sido amable.
Severus escuchó ruidos en un baño, años después de haber escrito esas cosas, vidas después, y encontró al hijo de Narcissa sangrando sobre los sucios azulejos debido a un hechizo que había inventado cuando tenía dieciséis años.
“No… yo no…”, dijo Harry. “No quise… no me di cuenta —”
Todos siempre decían que Harry se parecía a su padre, y Severus había conocido a James mezquino y joven, feo e hiriente; lo había conocido tranquilo en un ático polvoriento, esperando a que Severus encontrara todas sus palabras. La sangre de Draco teñía de rojo los azulejos del baño y Severus la limpiaría más tarde, cuando terminara con las heridas del niño y le diera a Harry detención todos los sábados hasta fin de año.
Todos siempre decían que Harry se parecía a James, pero Harry estaba parado sobre un compañero de clase desangrándose y todo lo que Severus vio en ese momento fue a Tom.
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Albus le dijo más tarde que Harry había estado enojado, que había estado asustado, que había pensado que Draco había estado tramando algo, que no sabía lo que hacía el hechizo Sectumsempra .
Severus no estaba seguro de que eso mejorara nada. Fue al bosque y ensangrentó los troncos de los árboles, como si tuviera dieciséis años y volviera a sentir curiosidad por ello. Pensó en Levicorpus en la lengua de James, en todas las cosas que Severus había sacado de su propio pecho y luego encontrado en las manos descuidadas de otras personas.
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Ese año había mortífagos en los terrenos de Hogwarts, más que la parte posterior del cráneo de Quirrell o el diario de Riddle o una rata acurrucada en lo alto de la Torre de Gryffindor, más que Lucius Malfoy dándole un regalo a su hijo o Barty Crouch Jr. escondido en la piel de otras personas. Draco les consiguió una puerta y entraron, en parejas, con túnicas, varitas en la mano, sonriendo bajo sus capuchas.
“Por favor”, rogó Albus, parado en la Torre de Astronomía entre enemigos y Draco y Severus, ¿ cómo había llegado Severus a tal punto en su vida que Albus Dumbledore era la única persona viva que sabía algo de quién era él en verdad? “Por favor, Severus”, dijo, y ¿cómo podía ser esto real, que Albus Dumbledore fuese a morir suplicando?
Draco temblaba, el brazo que empuñaba su varita ni siquiera levantado, y Severus quiso gritarle sobre las manos secas de Narcissa, sobro cómo en la escuela Severus había estado tan seguro de que ella lograría algo, conquistaría cosas, brillaría; sobre tener dieciocho en una incruenta casa en llamas, decidiendo ahí y entonces qué haría el día en que alguien vivo estuviese al otro lado de la varita. Severus quiso gritarle si hubieses sido más fuerte yo no tendría que hacer esto, pero Draco era un niño y Severus no había sido uno de esos en mucho, mucho tiempo.
Draco no podía hacerlo… ni por su madre ni por sí mismo. Ni siquiera podía alzar la varita y Severus estaba como que medio celoso. Estaba como que medio orgulloso.
“Por favor”, dijo Albus, y Severus encontró suficiente odio en su corazón como para matarlo.
Podría haber sido misericordia para Albus. Podría haber sido un rescate para Draco y una bendición para Narcissa, pero Severus tuvo que ver la luz desvanecerse de los ojos de Albus. Escuchó a Harry gritar por debajo de los tablones del piso, y había escuchado el mismo grito de pulmones más pequeños. El viento rugía a través de la ventana más alta de la Torre de Astronomía y Albus Dumbledore golpeaba el suelo un lugar muy por debajo.
“Será mejor que corras”, Severus le dijo a Draco. Su voz no tembló, porque le ordenó que no lo hiciera.
Hogwarts se alzó contra los invasores y Severus bloqueó sus maldiciones y pensó, bien . Ginny Weasley le lanzó maleficios de mocomurciélago a Avery y Susan Bones esquivó los Avada Kedavra de Bellatrix y Neville Longbottom atacó a Rodolphus con la varita en su grueso puño y Severus pensó: ¿alguna vez fuimos así de jóvenes?
El cuerpo de Dumbledore se enfriaba sobre las losas. Severus estaba tan cansado de correr hacia los límites de Hogwarts. Estaba tan cansado de no estar donde necesitaba estar. Estaba tan cansado de que otros le gritaran. Estaba tan cansado.
Y allí estaba el hijo de James, allí estaba el hijo de Lily corriendo por el césped tras él. Harry gritaba sobre cobardía porque no sabía cómo gritar sobre cómo había perdido demasiados padres últimamente. Tenía los ojos de Lily. Tenía el puto pelo estúpido de James y Severus estaba cansado.
Los mortífagos desaparecían a su alrededor con un crujido y un boom . El castillo estaba en llamas detrás de Harry y sus furiosos Desmaius . Albus había muerto a manos de Severus. Había rogado por ello, al final, por el bien del alma de un niño asustado, y Severus no podía llamarlo una misericordia.
"No me llames cobarde", dijo Severus. Dio un paso atrás, sobre el límite de la propiedad de Hogwarts, y desapareció.
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Le hubiera gustado un día. Le hubiera gustado pedirle a Sprout que alimentara a Agatha. Le hubiera gustado encontrar un rincón donde nadie lo molestara y sentarse allí hasta quedarse dormido, pero en cambio Severus apareció con un crujido en el vestíbulo de la Mansión Malfoy. Voldemort se levantó con una túnica susurrante, con una sonrisa, y Nagini se enroscó alrededor de sus tobillos. Dedos suaves presionaron contra el cráneo de Severus y el mortífago llenó su mente de odio.
El verano continuó, bochornoso y espeso. Enterraron a Dumbledore y Severus leyó sobre ello en los periódicos y Rodolphus le dio una palmada en la espalda, sonriendo. Agatha lo encontró y él la ahuyentó con furiosos movimientos de sus brazos —era grande incluso para ser una lechuza, pero Nagini era enorme para ser una serpiente y Severus no podía, no podía—
"¿Qué te parecería ser director de Hogwarts?", le preguntó Voldemort, sonriendo. "Necesito a alguien allí en quien pueda confiar, Severus, y tú lo conoces mejor que cualquiera de nosotros."
"Lo que necesites, mi Señor."
Harry y sus amigos no regresaron a Hogwarts. Alecto Carrow asumió el cargo de profesor de Estudios Muggles, y la antigua profesora se retorcía sobre la mesa de Voldemort. Los primeros golpes cayeron en los pasillos de Hogwarts: Neville Longbottom, de todas las personas (por supuesto que Neville, de todas las personas), interponiéndose entre Amycus y un estudiante de segundo año, y Severus observó.
En la clase de Defensa, los estudiantes practicaban maldiciones entre ellos bajo la mirada de Amycus y los puños de Parvarti eran pequeños y tensos en su túnica. Ella y Lavender se emparejaban con Crabbe y Goyle para que nadie más tuviera que hacerlo. Anthony Goldstein se escondía en la biblioteca y trataba de inventar hechizos protectores imposibles de rastrear para dárselos a los estudiantes más jóvenes, y Severus observó.
La más joven de los Weasley, la niña Lovegood y Neville intentaron robar la espada de Gryffindor de la oficina del director. Alecto se levantó en toda su altura, siseando amenazas, y Severus intervino y dio detención a los niños en el bosque con Hagrid, como si fuera un castigo. Harry, Granger y Weasley robaron el Horrocrux guardapelo, y Severus se quedó dormido con los pies sobre el viejo escritorio de Albus y se despertó sólo cuando su silla se desequilibró y lo arrojó al suelo.
McGonagall lo miraba torvamente desde el otro lado de la mesa del Gran Comedor, y Flitwick decidió no dirigirle la palabra, pero Sprout entró a su oficina y dejó barro por toda la alfombra. "Sé que le tienes miedo", dijo Sprout, y podía verla tratando de ser compasiva al respecto. "¿Pero cómo puedes dejar que hagan esto?"
"Por favor, profesora", dijo Severus, porque eran sólo algunos momentos de su vida los que podía ocultar de los ojos de Voldemort, porque al final, ¿qué importaba realmente la opinión de una anciana? "Si pudiese salir de mi oficina".
"Esperaba más de ti", dijo.
"Y me disculpo por eso", dijo Severus.
Él sabía que ella los escondía en sus invernaderos: los de primer año que ella consideraba demasiado frágiles o los niños que se pintaban dianas en la espalda. Sprout los llevaba allí para pasar tardes tranquilas de paz, un respiro en medio de un mar sofocante, y a algunos nunca los devolvió. Conocía cada montículo y árbol de los terrenos de Hogwarts. Algunos los había hecho ella misma y escondió allí a los niños que pensó que los necesitaban.
Los de primer año desaparecieron entre los setos de Sprout. Susan Bones y Hannah Abbott desaparecieron entre los muros de Hogwarts, compartiendo cálidas madrigueras con Neville, Weasley y Lovegood, quienes ya se habían ido. Neville se había parado en la mesa de Gryffindor antes de irse y había sacudió el Gran Comedor con una voz tan grande como la de Alice, y Severus se sentó solo en la oficina del Director y habló con los retratos de brujas y magos muertos como si supieran algo sobre lo que se suponía que tenía que hacer.
Sue Li preparó una poción multijugos en el baño de chicas con ingredientes robados de las antiguas despensas de Severus. Astoria Greengrass se rió de los chistes de Amycus y lloró de manera suplicante y robó pelos y recortes de uñas para escabullirse de regreso con Li. Anthony se escondió en el bosque, dejando cicatrices en los árboles y tratando de inventar contra-maldiciones imposibles de rastrear, escudos que retornaban el golpe, y Severus extravió algunas de sus viejas notas en la mochila de Anthony.
La radio de Lee Jordan susurraba por los dormitorios, pasillos y patios del castillo. Seamas Finnegan ya no dormía toda la noche, revisando mapas en la Sala de los Menesteres, y Severus envió a su Patronus para guiar a Harry hasta la verdadera espada de Gryffindor, ahogada en un estanque helado.
Llamaron a Weasley, Lovegood y Longbottom generales. Llamaron a Amycus y Alecto Tonto y Más Tonto y Severus no escuchó cómo lo llamaban, porque se lo había ganado. Esta era la victoria. Esto era lo que tenía.
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Encontraron la copa, el guardapelo. Ya habían matado el diario y el anillo. La diadema esperaba en Hogwarts, la serpiente a los pies de Voldemort, y Harry no sabía, ni siquiera ahora, qué llevaba consigo en el pecho.
Severus había pensado que Granger podría haber adivinado sobre el octavo Horrocrux, pero no lo hizo. No estaba seguro de qué habría hecho ella con esa información: ¿planes de contingencia, huida, negación, un cuchillo en la espalda de un niño durmiente?
O tal vez lo había adivinado y simplemente había decidido no hacer nada. Quizás ella estaba esperando.
El castillo se levantó contra los invasores. McGonagall desterró a Severus en el Gran Comedor, como había estado soñando con hacerlo cada Halloween durante dieciséis años.
Hogwarts se levantó y Severus, huyendo por las amplias ventanas del Gran Comedor, pensó bien .
La gente se volvió hacia Neville, escucharon cuando hablaba, asintieron y agarraron su mano —Severus había estado observando al niño convertirse en un pilar durante todo el año. Fred Weasley murió entre risas y Severus, arrastrando su túnica por el barro en su camino hacia Willow, no lo supo. Nymphadora Tonks cayó sobre la piedra húmeda, su cabello volviendo a tener un color marrón claro, y Severus nunca lo sabría.
Minerva lo había desterrado y Voldemort lo había llamado, y así Severus se iba. Era una forma oscura que se movía entre la maleza pálida y todos creían conocerlo. Flitwick pensó pues qué bien y Harry pensó en Albus suplicando en la Torre, y Sprout pensó que estaba asustado. Voldemort pensó que tenía derecho al poder de la Varita de Sauco, pero Severus no tenía nada.
"Lo siento, Severus", dijo Voldemort en la cabaña. Harry estaba escuchando desde las sombras, Harry había corrido, Harry estaba tratando de descubrir qué hacer a continuación, y Voldemort no lo sabía pero Severus sí. "No has sido más que leal, pero sólo uno de nosotros puede vivir para siempre".
Y Severus quería decirle: ¿quieres al que derrotó a Dumbledore? Busca al niño en tu sombra vacilante, porque yo lo maté desarmado. Yo fui misericordia.
Severus quería gritarle: ¿qué sabes de lealtad? ¿Qué sabes de vivir? Él tiene sus ojos. Se va a dejar matar en tus manos, porque le voy a decir que debe hacerlo, porque así salvará a todos los que ama. ¿Qué has sido alguna vez, Tom, que pueda compararse con eso?
¿Sabes lo que he hecho por ellos? ¿Sabes lo que he sido?
Habría muerto por ellos. He estado muriendo por ellos.
Y lo hizo.
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Era egoísmo, pero cuando Severus lanzó jirones de recuerdos al aire, le dio a Harry más que el último plan de batalla de Dumbledore.
Harry necesitaba saber que tenía una parte de Tom Riddle viviendo en él, y que tenía que morir, pero también necesitaba saber que tenía algo de Lily vivo dentro en él, y de James, y que habían vivido y vivido. El pecho de Severus se volvía estática bajo todo su peso.
"Ve", le dijo a Harry. Jadeaba en el suelo de la Cabaña y Harry lo miraba fijamente: la sangre, el cabello grasiento cayendo sobre sus ojos, sus manos temblorosas. ¿Acaso Harry había visto morir a alguien alguna vez antes? Por supuesto, por supuesto que sí... "Por favor", dijo Severus, y ya no sabía si esas eran palabras todavía. "Por favor, escucha."
Harry se fue, y luego la habitación quedó vacía, excepto por la oscuridad y el polvo y él.
Está vivo, se dijo Severus. Sus oídos se quedaron estáticos, sus ojos.
Pero no por mucho , susurró algo.
Está vivo, se dijo. Y eso significa tomar decisiones. Y eso significa morir, a veces.
Le dolía, un dolor que surgía de la herida. Estaba frío.
Está vivo, se dijo. Él tiene sus ojos. Tiene su corazón, y sí, eso significa que no vivirá mucho, pero está vivo. Llegamos hasta aquí, llegamos hasta el final.
La habitación se oscurecía. Severus dejó caer la cabeza hacia atrás, su respiración resonando en su pecho. Ni siquiera pudo vivir más que tú. Lo siento, Lily.
Lo habría salvado, de haber podido. De haber podido habría hecho que termine diferente, pero nunca tuve una salida. Por eso estamos aquí. Pero creo que habrías estado muy orgulloso de él.
El veneno se hundió en sus venas. El frío no se fue. Severus murió solo y adolorido y en ese momento nadie lloró por él, ni siquiera él mismo.
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Pero sus recuerdos no murieron con él.
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Harry caminó de regreso por el túnel por el que había corrido una vez desesperado, detrás de Ron y un emblema de la muerte; que Severus una vez había caminado con silenciosa ira.
Severus había estado sacando pedazos de sí mismo de su cráneo durante años y entregándolos… en la oscuridad de su habitación, en el aire frío y dulce del congelador, de pie frente al escritorio de Albus con la luz entrando por las ventanas.
Harry subió a lo que una vez había sido la oficina de Dumbledore con un frasco de humo blanco apretado en su puño. Era lo único que Severus había dejado atrás además de un conjunto de libros de texto llenos de anotaciones y un cárabo malhumorado. Harry lo vertió en el cuenco plateado del pensadero y se inclinó hacia adelante hasta que sintió que caía.
Todo estaba estático, y luego tocó el suelo.
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Harry había estado ahí antes.
Estaba arrodillado sobre la hierba verde, con su padre riendo y con moretones brotando. Escupió la bilis de su lengua y nunca podría volver a tragarla.
Esa es una razón para odiarlo , pensó Harry, mirando sus puños cerrados, sus manchas de tinta y la forma en que carecían de sus cicatrices. No era razón para odiarme.
La hierba era verde y el cielo azul, y Lily corría por el patio con su largo cabello al viento, y Harry comenzó a levantarse—
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Cortinas de encaje amarillas y blancas ondeaban en la ventana de una cocina que Harry nunca había conocido. Una mujer con cabello amarillo canoso murmuró ante la lista de tareas pendientes escrita en tinta en su palma hasta que lo vio flotando allí. "Oh, cariño, me asustaste. Lily debería volver de su práctica flauta en un segundo".
Apoyó su peso en el mostrador. Sus uñas habían sido pintadas de color magenta con mano inestable, pero ella le sonrió y Harry reconoció su propia nariz en su rostro. "¿Quieres un sánguche, muchacho? Te juro que eres todo huesos".
"Estoy buscando una respuesta", dijo Harry, mientras su abuela le preparaba un sándwich de jamón y le cortaba las cortezas porque Severus siempre había odiado las cortezas. "Necesito saber qué hacer a continuación. Prometiste que me dirías—"
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Llamas verdes rugieron a través de una pequeña casa: vigas ennegrecidas, cortinas marchitas, papel tapiz arrugado. Harry podía oírlo pero no podía sentir el calor, sólo su mano apretada alrededor de una varita.
"¿Qué es esto?" dijo Harry. "¿Es la última guerra?" Se dio la vuelta y había capuchas a su alrededor, como en el cementerio, en la Torre de Astronomía, y la casa ardía.
¿Qué habrías hecho? preguntó en un susurro. ¿Qué vas a hacer?
No tienes que saber, no tienes que saber, sólo tienes que morir…
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Severus gritaba en la oficina de Albus acerca de criar a un niño como un cerdo para el matadero, pero la voz de Albus era lo más fuerte allí. Sacudió la tierra y llenó el aire y abrumó a Harry con la luz del sol que entraba por las ventanas.
"Debes entender", dijo Albus, y parte de Harry gritaba ante el sonido. Se hundió como plomo hasta acumularse en los dedos de sus pies. Sacudió las vigas. "Cuando mató a Lily y James, hizo otro Horrocrux".
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"Que Lily Evans le patee el culo", dijo Severus y Harry se quedó allí en una biblioteca que le había salvado la vida una y otra vez y miró el rostro de su madre. Tenía once años y estaba perdiendo noches y noches de sueño mirando un espejo encantado. Tenía trece años y estudiaba minuciosamente el álbum de fotos de Hagrid. La gente le decía, una y otra vez: Tienes los ojos de tu madre.
Lily le frunció el ceño, con las piernas cruzadas sobre la mesa y los codos desgarbados sobre las rodillas. Severus dijo: "Sería un honor y lo sabes".
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La puerta de la casa del Valle de Godric estaba abierta. El humo se elevó. Faltaba la mitad del techo y Harry estaba allí a la sombra, mirando hacia arriba. "¿Estuviste aquí?" dijo, pero Severus se había ido, dentro de la casa, desapareciendo.
Harry entro por la puerta abierta. Los pies de Severus subieron las escaleras con fuerza, porque el bebé seguía gritando, porque, ¿dónde estaba Lily? porque tal vez, tal vez no era demasiado tarde— pero Harry se detuvo en el borde de la fea y llamativa alfombra.
Severus había llegado demasiado tarde, pero Harry lo recordaba.
¡Lily! Él está aquí. Toma a Harry y vete.
Había un conejo de trapo tirado en el suelo. James estaba tirado en el suelo, su maraña de cabello cayendo debajo de su gorrito de lana verde. Harry se quedó allí, contando años, contando puntos, tratando de no llorar, y pensó, Tiene la edad de Fred.
Subió las escaleras una a la vez. Él y Hermione habían venido aquí pero con diecisiete años de intemperie escritos en las paredes. Tocó el papel tapiz y las yemas de sus dedos lo atravesaron, dejando mechones blancos rizados detrás de él.
Llegó a lo alto de las escaleras y el viento se lo llevó.
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El sonido de las hojas pateadas sobre el duro pavimento. El arrugar del envoltorio de un caramelo—
Lily se levantó de un círculo de hadas de tareas escolares y detritos, con las piernas cruzadas entre calabazas del tamaño de rocas. Las disculpas le dolían en la garganta.
Lily lo empujó a través de la nieve hacia el calor puro del pub, y Harry se paró en Cabeza de Puerco y observó a Dumbledore arrastrar a Severus hacia el callejón aledaño. Se preguntó si Severus alguna vez se había dado cuenta de que Dumbledore había esperado hasta que Lily se distrajera para llevarlo a un lado. El aire invernal entró por la puerta abierta y lo congeló hasta los huesos.
Lily lo llevó escaleras arriba y Severus miró fijamente donde sus pecas se encontraban con la piel cetrina de su muñeca. Suena diferente cuando no está al otro lado de la radio , pensó Severus.
Suena diferente cuando no está entre su hijo y un asesino , pensó Harry, y luego el viento se lo llevó de nuevo: salió del ático, pasó tres frascos de mermelada abiertos y James se inclinó hacia adelante para escuchar mejor a ambos.
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Las manos de Harry nunca se habían movido tan suavemente sobre los cuchillos. Los largos tallos verdes se convirtieron en astillas perfectas. Los champiñones de color azul eléctrico se convirtieron en cubos perfectos, cortados en cubitos y apilados a un lado. Aplastaba los bulbos con la parte plana de una hoja de plata y podía oír sus nombres en una docena de idiomas bailando detrás de sus ojos.
Se apartó el pelo grasiento de la frente y todo quedó en silencio, silencio, silencio por sólo un segundo antes de que la estática subiera y subiera.
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"Sé los sacrificios que estoy pidiendo", dijo Albus, y Severus tenía dieciséis años y estaba parado en la nieve sucia. No le gritó al viejo, pero no lo sabes, no lo sabes, no lo sabes. Lo haré pero no sabes—
"Oh, cariño, come otro sánguche, ¿quieres?" dijo la señora Evans, y las cortinas amarillas y blancas ardían —nunca se habían quemado, pero estaban ardiendo— habían tapiado la casa y Lily había enterrado a su madre sin él—
"Me enviaste un gorrito. No estaba marcado, pero sé que fuiste tú", y aquí estaba James riendo. "Coincide con los ojos de Lily", y aquí estaba James acostado en la terrible alfombra que Sirius les había comprado y que James y Lily habían conservado sólo por despecho.
Una coraza quitinosa crecía sobre sus hombros, sobre todas las partes más blandas de él y moriría con ella —moriría por ella—
Le tapaban la cabeza con una manta —lo ocultaba una capa y robaba secretos y echaba venenos en las bebidas, tragaba venenos y escupía venenos—
Ponte tu armadura, chico, vamos, constrúyela y que salga de ti. No será bonito, chico, pero puedes ser más fuerte, puedes ser—
“Porque este no es un adiós, ¿si?”, dijo Lily.
No solo por ella. No solo… ella no, ella no, no, yo habría muerto por ella, habría muerto—
No puedes. No puedes, ¿sí? No puedes . Lily.
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El sonido de las hojas pateadas sobre el duro pavimento. El arrugar del envoltorio de un caramelo. El siseo de las ondas vacías.
Una niña se sentaba en las escaleras de la escuela, bajo un cielo de pizarra, ofreciendo media barra de chocolate. Ella tenía siete años y Harry se sentía demasiado pequeño con su suéter de gran tamaño, se sentía como en casa con el descuidado remendado sobre sus rodillas. Un pájaro chilló desde el arce.
Tenía una piedrecita en el zapato, pero Lily le sonreía con una mancha de chocolate sobre las pecas del pulgar. Se sentó y comió el dulce lento y con cuidado mientras ella le contaba cómo, un día, Tuney iba a crecer y salvar el mundo.
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Había un niño acostado en una cama, mirando el techo mohoso, escuchando la estática de las ondas de radio vacías. No murió allí. Continuó. Arrastró los recuerdos de su cabeza y la médula de sus huesos y el temblor de sus manos.
Había un niño mestizo en una casa fea, hambriento, escuchando a su padre roncar en el sofá. Había un niño mestizo que se sentaba invisible en la encimera de la cocina de su tía en las medianoches de verano de su segundo, tercer, cuarto y quinto año de escuela y comía Nutella directamente del frasco.
Había un chico mestizo con ropa demasiado grande para él. Había un niño caminando por los pasillos de Hogwarts mientras alguien le siseaba de entre la multitud. Había un chico enamorado de una chica que hablaba con las manos. Había un niño sopesando las palabras en su lengua.
Severus tomaba la mano de James en un túnel enterrado. Severus corría por el mismo túnel, rebosando de rabia, seguro de ella, preparado. Lo prometiste. Se suponía que la mantendrías a salvo. Severus escuchaba una profecía y no se dio cuenta, no se dio cuenta —
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Lily lavaba platos y le arrojaba espuma de jabón. Lily corría demasiado rápido a través de un campo verde. Tom Riddle tenía sus dedos apretados alrededor de la muñeca de Severus, su varita arrastrándose por su antebrazo. James se sentó en un ático, esperando que Severus encontrara sus palabras. Lily tenía hojas en sus pequeñas palmas pecosas, tratando de convertirlas en flores. Severus tenía a Harry pesado sobre su pecho en una habitación abierta y el viento robaba las palabras de su boca. "Oye. Oye, pequeño, está bien. Te tengo. Lily, lo tengo".
Harry recorría los recuerdos de un hombre que había pensado que lo odiaba y Lily estaba al otro lado de una radio, riendo, susurrando, con el vientre y los tobillos hinchados. "Quiero que seas su padrino, de mi lado".
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"Llegará un momento", dijo Albus y estremeció las paredes, sacudió las ventanas, derribó las vigas. "Llegará un momento", dijo Albus, "en el que tendrán que elegir entre lo que es correcto y lo que es fácil", y Harry giró sobre sus talones y caminó por el largo y vacío pasillo.
La voz de Albus lo siguió. "Recuerda."
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“Por favor”, rogó Severus. “Escucha”.
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Harry abrió los ojos en la antigua oficina de Albus en medio de la guerra. La alfombra era áspera bajo sus rodillas. El día terminaba y por las altas ventanas no entraba nada más que el crepúsculo.
Tenía diecisiete años. No quería morir, pero ¿qué tenía que ver el querer con todo esto?
Todo —el deseo tenía mucho que ver con eso. Eran todas las razones que tenía.
Harry nunca quería ver a Molly llorar por nada de la forma en que había llorado sobre el cuerpo de Fred. Quería que Hermione tuviera largas tardes para acurrucarse en un sillón, al sol, con un montón de "lecturas ligeras" y Crookshanks ronroneando en su regazo como si pudiera derribar la casa. Quería limpiar las ojeras de Luna y sacarla con su mono más manchado de pintura y encontrarle un campo de flores silvestres y los mejores pinceles que el dinero pudiera comprar.
Quería estar siempre cerca para que Ron volviera, orgulloso e inteligente y demasiado rápido para detenerse a sí mismo; quería perder al ajedrez en la gran mesa de la cocina de Molly, y quería ver a Ron tocar el hombro de Hermione sin pensar, con calidez, en un apartamento diminuto y terrible, y quería ver a Hermione matar cada pobre planta que intentaban mantener en macetas en el alféizar de la ventana.
Quería irse a dormir por la noche con Ginny respirando en la oscuridad a su lado, y quería volver a casa por la noche y encontrarse con una despensa accidentalmente vacía y comer comida para llevar apresuradamente mientras ella agitaba sus palillos y le contaba todas las estupideces que había visto ese día y también todo lo maravilloso. Quería burlarse de ella cuando usase tres años de suéteres navideños en invierno y todavía tuviese manos de hielo, y quería que ella estuviera viva. Quería que todos estuvieran vivos.
Harry pensaría, mientras caminaba hacia el bosque: Hay una diferencia entre ser arrastrado al estadio para morir y caminar con la cabeza en alto. Dumbledore lo sabía, mis padres lo sabían y ahora yo también.
Severus lo habría dicho diferente, pero Harry no lo sabía, y nunca lo sabría. Hay una diferencia entre morir y morir por algo.
Los árboles del bosque estaban viejos y vivos bajo el viento. A su sombra, Severus había fracasado toda su vida en inventar algo amable, pero había muerto por esto.
Harry viviría, pero no lo sabía. Salió hacia el bosque sin nada más que una piedra, un palo de madera y todos los fantasmas que lo amaban a su lado. Tenía diecisiete años.
Harry murió en el mantillo del bosque y se levantó en un patio de Hogwarts y mató a Tom Riddle. No tenía suficiente odio en él, pero tampoco lo necesitaba. Encontró a Ron entre la multitud, larguirucho y pecoso, con una mancha de tierra en la nariz; encontró a Hermione con su pelo tupido, llorosa y ardiente; encontró a Ginny y ella le agarró las manos, se rió y lo aplastó en un abrazo y lo último de estática se desvaneció de sus oídos.
La guerra había acabado. La guerra se había ganado.
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Cuando Harry estuvo en aquel lugar limpio y blanco que parecía la estación de King's Cross, se cuestionó.
En los años venideros, los años largos, los años cálidos, pensó en Ginny en el campo de batalla con su melena roja como un estandarte de guerra; pensó en Hermione, quién nunca se fue, y en Ron, quién siempre regresaba; y se preguntó si Severus había estado en un lugar así, en sus últimos momentos. Se preguntó si había tenido una opción.
Harry se preguntó si alguien había tomado la mano de Severus y le había dicho que podía dejarlo ir… que podía subirse a un tren y simplemente irse y que habría gente que lo amaba esperándolo al final del viaje.
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epílogo: siete años después
James Sirius dormía sobre el pecho de Ginny, la mano pecosa de ella alrededor de una pequeña cabeza oscura.
"Si es una niña, le pondremos el nombre de Luna", dijo Ginny.
"¿Madrina, tocaya y modelo a seguir?" dijo Harry. "Eso es mucha presión y Luna es tan pequeña".
"Pequeña y terrible", dijo Ginny con los ojos medio cerrados. "Conquistadora de mundos, soñadora de sueños, sacudida del estancamiento. Ella es mi favorita. No estoy seguro de cómo puedes competir, Potter".
"Mi libertino y atractivo rostro"
"No", dijo ella.
"Mis encantos libertinos", dijo.
"¿Qué encantos? ¿De dónde sacas esa impresión de que eres libertino? Usas los suéteres de mamá en serio—"
"Me quedan bien—"
"Silencio, silencio", dijo Ginny. "Si lo despiertas, haré que Charlie coloque un dragón en tu bonita cara, no creas que no lo haré".
"Si lo despierto," siseó Harry y Ginny se rió, su pecho temblando bajo la cabeza dormida de James.
En un rincón había una pila de libros de texto viejos y maltratados, con los márgenes llenos y cargados de dos manos entintadas. Harry los había llevado consigo, desde la habitación de invitados de Andrómeda Tonks, hasta el primer departamento de él y Ron, donde Hermione se alojaba constantemente durante sus años universitarios, hasta el pequeño lugar con Ginny encima de la heladería, hasta aquí.
Los brotes de guisantes trepaban por el muro del jardín exterior. En unos minutos, Agatha vendría con el correo y los acosaría hasta que Harry se levantara para hacerle unas tostadas.
Ginny había echado la cabeza hacia atrás, sonriendo, pero se volvió hacia Harry cuando él hizo un sonido.
"Si es un niño," dijo Harry.
