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Alex siempre ha sido consciente de su belleza, siempre se le ha señalado desde que era un niño tanto por sus tías como por sus vecinos. Al principio no le prestó mucha atención, era un niño pequeño que no le interesaban esas cosas de las que tantas vecinas lo alababan.
Alex siempre supo que había algo que no estaba bien consigo mismo, primero fueron las criaturas monstruosas que veía pasar por la ventana de su salón o en la panadería que había en la esquina. Lo segundo fue que muchas veces con tan solo pedir algo a alguien con un tono diferente haría que lo cumplieran, pero todo llegó a un punto de inflexión una tarde cuando tenía tan solo 10 años.
Esa tarde había empezado normal, justamente hace unos días había sido su cumpleaños y su madre le había regalado el casco de stormtrooper que tanto había querido y le había pedido incansablemente desde que lo vió en una de las tiendas de la ciudad. Había ido al parque con su madre y padrastro después de un día estresante para ambos adultos, Alex corría por todo el recinto con su caso puesto ignorando todo lo de su alrededor hasta que una mano extrañamente grande y áspera le agarró el brazo.
El niño de diez años se giró confundido hacia el hombre demasiado alto, su mente inocente empezó a buscar a sus padres con desesperación pero no consiguió vislumbrar a ninguno. El hombre apretó más su pequeño brazo y una sonrisa apareció en su rostro cuando Alex soltó un pequeño quejido.
“No me esperaba encontrar uno como tú sólo, vosotros siempre tenéis un sabor delicioso.” Soltó el hombre y la desesperación recorrió el cuerpo del más pequeño, con toda su fuerza empezó a intentar soltarse del agarre del contrario sin éxito alguno. El hombre solo se rió. “Que tonto, ¿de verdad crees que un niñito como tú puede igualarse a mi fuerza?”
El pánico y la impaciencia empezaron a recorrer su pálido cuerpo, miró fijamente al hombre a través de su máscara y una sensación de picazón comenzó en su garganta cuanto más tiempo pasaba sin poder librarse. Con un último intento frustrado de intentar soltarse, la picazón creció y subió hasta que un dulce olor a rosas cruzó el aire.
“¡Suéltame, idiota!” Gritó el pequeño, su voz salió melosa y poderosa con una extraña sensación sobrenatural en su tono. Los horribles ojos del hombre se nublaron en una cuestión de segundos e inmediatamente soltó el pequeño brazo. “¡Piérdete, busca pelea con alguien de tu tamaño!”
Y con eso último dicho, el hombre se dió la vuelta con esa mirada nublada en su rostro y salió del recinto sin ni siquiera dudarlo. El niño de diez años miró confundido al hombre que se marchaba, pero la voz de su madre gritando le distrajo.
Miró alrededor intentando descubrir de dónde lo estaba llamando su madre cuando la mujer apareció detrás de unos árboles con su padrastro unos pasos detrás. Alex nada más ver a su madre salió corriendo hacia ella mientras la llamaba, la mujer inmediatamente lo abrazó aliviada.
“¿Dónde te habías metido, pequeño? Ni Merlon ni yo te podía encontrar.” Expresó su madre angustiada mientras revisaba a Alex en busca de algún rasguño.
“Había un hombre muy feo y alto que no me dejaba irme, decía cosas raras pero cuando le grité que se me soltara y se fuera lo hizo.” Explicó Alex despreocupadamente mientras aceptaba una botella de agua que su padrastro le ofrecía.
“Espera, ¿se fue nada más tú lo dijiste?” La pregunta salió con un tono de pavor que el pequeño no percibió.
Alex asintió mientras volvía a bajar su caso y le devolvía la botella a Merlon, su madre y su padrastro se miraron angustiados por lo que ese acto podría significar.
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Alex tiene once años cuando lo conoce por primera vez. Había pasado ya un año conviviendo en el Campamento Half-Blood con otros semidioses de distintas edades, había sido difícil al principio pero con ayuda de sus nuevos hermanos y amigos fue acostumbrándose poco a poco a lo que significaba la vida de un semidios. A veces la odiaba y otras veces le fascinaba, todavía estaba un poco incrédulo de que de verdad existieran dioses antiguos y que ellos eran el producto de sus travesuras en la tierra con los seres humanos.
Cuando llegó por primera vez al campamento no duró mucho tiempo en la Cabaña 11 cuando a la semana de estar allí fue reclamado por su madre, Afrodita. Al principio fue bastante impactante para él, pero con ayuda de sus nuevos hermanos y hermanas consiguió aclimatarse bien en su nuevo lugar.
Con ayuda de uno de sus hermanos, Lolito, consiguió descubrir muchas cosas respecto a sus poderes y a aceptar muchas otras respecto a sus gustos y cuerpo. Por eso mismo estaba ahora mismo entrando en un ataque de pánico mientras pataleaba en su cama e intentaba no volverse loco, Lolito estaba sentado al final de su cama esperando el momento a que Alex dejara de revolcarse en su miseria para poder averiguar qué era lo que le pasaba a su hermanito.
Algunos de sus hermanos se acercaban interesados e integrados por el drama que rodeaba a uno de sus hermanos, pero con solo una mirada de Silena todos volvían a concentrarse en sus cosas. Lolito agradecía mucho tener a Silena como su hermana.
“¿Se puede saber qué te pasa? Esta mañana estabas normal, pero desde que volviste de hablar con Vegetta te has vuelto. . . ¿raro?” Alex simplemente chilló en su almohada para después levantar y mirar de reojo a la pelirroja.
“Tiene ojos ámbar, dos piedras preciosas, piel bronceada y pecas.” Murmuró el pelinegro con una mirada ensoñadora. “Tiene pecas, Lolito.”
Lolito chilló ante lo que implicaba esa declaración, con una velocidad digna de un niño de Hermes o de Apolo se lanzó hacia el más bajito con pura alegría.
“Me tienes que contar todo, es el primer enamoramiento de mi hermanito preferido.” Y como si una bombilla se le hubiera encendido en su cabeza todo su rostro se iluminó y se puso de pie en la cama de Alex. “Atención cabaña Afrodita, tenemos una gran noticia que celebrar.”
Con tan solo esas palabras todas las personas que estaban allí en ese momento dejaron de lado sus casos para prestar atención a lo que Lolito quería anunciar.
“¡Nuestro querido hermano Alex ha tenido su primer flechazo!” Y toda la cabaña empezó a gritar emocionada, rápidos se reunieron alrededor de la cama del pelinegro, incluso Silena se sentó con gracia al filo de la cama con una sonrisa cálida dirigida hacia el de ojos marrones.
Alex sintió como sus mejillas se calentaban y se tornaban de un rosado casi rojo, con gran timidez se incorporó en su cama y hundió su rostro en un cojín con forma de estrella de la muerte.
“Es un nuevo campista, creo que llegó hace una semana o así. No habíamos coincidido en ningún momento hasta esta mañana después del desayuno, estaba en los campos de fresas recogiendo unas cuentas por petición de algunas ninfas cuando una sombra me cubrió y al levantar allí estaba él con una gran sonrisa pícara en su rostro.” Toda la cabaña Afrodita chilló emocionada ante el relato de Alex. “Cuando mis ojos chocaron con los suyos sólo pude fijarme en aquellas dos piedras preciosas, lo juro, sus ojos eran como el ámbar, no pude apartar la mirada ni prestar atención a otra cosa hasta que noté que me estaba hablando y yo ni siquiera le estaba prestando atención. Me quería morir de la vergüenza.” Ocultó su rostro en el cojín que tenías mientras sentía como su rostro se incendiaba.
Silena soltó una risita y posó delicadamente una de sus manos en la rodilla izquierda de Alex. “Es normal cariño, el amor siempre nos hace sentirnos tontos. No creo que haga falta que os recuerde como fue mi primera intención con Charlie, no salí de la cabaña hasta tres días después de eso.”
Con una pequeña sonrisa de agradecimiento, Alex siguió con su relato. “Cuando se dió cuenta que no lo estaba escuchando se rió y me volvió a preguntar si quería que me ayudara, por supuesto que le dije que sí. Pasamos casi toda la mañana juntos recogiendo fresas, incluso ayudó a llevar las cestas hasta las ninfas.” Su rostro volvió a sonrojarse y lo enterró en el cojín. “Antes de volver con su cabaña me dijo que si para ver una carita tan linda tenía que ir al campo de fresas tendría que hacerlo más a menudo.”
Toda la cabaña gritó emocionada tras terminar el relato, con toda la emoción contenida en sus cuerpo empezaron a lanzar preguntas tras preguntas en dirección al pelinegro quien solo rió avergonzado. Lolito se levantó y alzó los brazos haciendo callar a toda la cabaña.
“Uno a uno, amores, no podemos agobiar a nuestro conejito aquí, ¿cierto?” Todos asintieron y esperaron pacientes para poder preguntar.
“¿Cómo se llama?”
“Su nombre es Fargan.”
“¿Está reclamado?”
“Creo que no, pero estoy seguro de que es un hijo de Hermes, tenía esa mirada pícara en su rostro.” Rió.
“¿Cómo era?”
“Es más alto que yo, tiene una piel bronceada con unas pocas esparcidas por su rostro, pero sus ojos son los que más llegan a llamar la atención, nunca había conocido a alguien con ese color de ojos tan deslumbrantes y eso que soy amigo de Vegetta.” La cabaña rió ante esa declaración.
“¿Fue agradable?” Silena preguntó con amabilidad, su pregunta hizo que toda la cabaña se callara de inmediato y prestara atención a la respuesta de Alex. Todos los hijos de Afrodita sabían que muchos de sus descendientes podían llegar a enamorarse demasiado fuerte al punto de no poder mirar a nadie más que a esa persona, no eran muchos a quienes les pasaba eso pero aquellos que podían siempre eran caracterizados por un característico aroma a flores.
Una sonrisa tímida surcó su pálido rostro. “Fue lo más agradable que he llegado a sentir, su mirada hizo que una calidez apareciera por todo mi cuerpo y su voz tranquilizó tanto mi mente que me sentía como si estuviera en una mullida nube listo para seguir escuchándolo hablar todo lo que él quisiera. Creo que podría ser mi alma gemela, siento que si me pidiera que le entregara mi corazón lo haría.”
“Pero. . .”Continuó Silena, ella podía comprender ese sentimiento, su aroma siempre había sido invadido por rosas y camelias. No fue hasta que su madre se le apareció una vez en sueños que pudo comprender qué significaba aquello y queriendo cuidar de sus hermanitos y hermanitas recibió el cargo de consejera para poder guiar a ellos con amor y cariño.
“Pero tengo miedo, y si él no llega a sentir lo mismo o va a una misión y no vuelve más o me llega a engañar o simplemente quiere aprovecharse de que soy un niño de Afrodita. Tengo miedo, Silena.” Los brazos de Silena rodearon su cuerpo temblando por las lágrimas que escapaban de sus bonitos ojos, el abrazo era cálido casi maternal y Alex solo quiso fundirse en él.
“No te preocupes, mi niño, sé que al principio da miedo, pero todo saldrá bien, confía en mí.”
Los días pasaron y con ello su vínculo fue creciendo cada vez más, no había momento en que no vieras por el campamento a un hijo de Afrodita y a un hijo de Hermes juntos ayudándose mutuamente en sus respectivas tareas. Cada respectiva cabaña no se sorprendía al ver a alguno de los dos en la cabaña contraria ganándose burlas por parte de los hijos de Hermes y chillidos emocionados por parte de los hijos de Afrodita.
No todo fue de color de rosas, ya que en toda amistad o relación siempre había altibajos que enfrentar y con un hijo de Hermes a veces era demasiado difícil poder soportar las bromas. Muchas veces aquellas bromas dirigidas expresamente a Alex producían una pelea a gritos que terminaba con un silencio de tres días entre los dos.
Alex estaba desquitando su furia en su entrenamiento cuerpo a cuerpo, habían pasado dos días desde que no había hablado con Fargan, pero esta vez se había pasado y Alex no lo perdonaría tan fácilmente. Había tardado un día completo en quitarse toda la pintura de su cuerpo y ropas, no había sido gracioso tener que ir andando como una mancha azul gigante por todo el campamento hasta las duchas mientras escuchaba de fondo aquella estúpida risa, le daba igual lo que Vegetta le dijera, no iba a perdonar a Fargan tan fácilmente esta vez hasta que no le suplicara perdón.
Lanzó otra patada al muñeco de paja y uno de los brazos fue arrancado esparciendo paja por toda la arena, unos silbidos lo distrajeron de su entrenamiento y miró por encima del hombro quién había decidido interrumpir su entrenamiento. En la entrada había un albino saludando tranquilamente mientras sonreía con curiosidad, a su lado había otro semidios con una espada en sus manos.
Dirigiendo su mirada al banco a su derecha habló incriminatoriamente. “Te dije que vigilaras para que nadie entrara, Vegetta.”
El de ojos morados levantó la mirada desde su libro de arquitectura y miró a los dos nuevos semidioses que habían invadido el campo de arena. “Creí que te vendría bien compañía, no quise llamar a Lolito porque sé que se pondría modo hermano mayor y creo que Staxx está intentando crear un nuevo tipo de fruta extraña así que pensé que Willy y Rubius te ayudaran.”
Los dos mencionados saludaron entusiasmados y se acercaron a los otros dos, con una expresión de hastío ignoró a los otros dos semidioses y volvió a su entrenamiento, pero fue de nuevo interrumpido cuando se le lanzó una espada.
“Vamos Lely, quiero jugar un poco o eres demasiado Afrodita para pelear contra un hijo de Ares.” Sonrió con burla Rubius mientras Willy se sentaba al lado de Vegetta, levantó las piernas del niño para poder sentarse y las volvió a colocar encima de su regazo enfocándose en un artilugio en el que estaba trabajando.
“Te vas a arrepentir de esas palabras, te recuerdo que Afrodita también es una diosa de la guerra.”
Y con ello comenzó un intercambio de golpe tras golpe de espadas, en el fondo Alex se alegraba mucho de tener a sus amigos, siempre sabían cómo calmarlo sin que él dijera nada.
“Deberías hablar con Fargan.” Soltó de repente Willy haciendo que Alex se distrajera y recibiera un pequeño rasguño en su costado, a cambio recibió un ‘lo siento’ por parte de Rubius. “El pobre ha estado lamentándose de que no hablas con él, creo que Luke lo va a echar de su cabaña como no se calle.”
Alex ignoró sus palabras y siguió enfocándose en su combate.
“¿Nunca te preguntaste por qué solo a ti te hace estas bromas?” Preguntó esta vez Vegetta sin despegar su mirada del libro en sus manos. “Los niños de Hermes tienen una manera rara de coquetear, te lo digo por experiencia que he pasado mis últimos cuatro años conviviendo con ellos.”
Ante la implicación del coqueteo, Alex se distrajo provocando que se tropezara y cayera a la arena proclamando la victoria del hijo de Ares, quien se rió victorioso.
“¿Por qué dices eso?”
“¿De verdad nunca te has planteado por qué Fargan solo te hace bromas a ti? Y yo creía que los hijos de Afrodita serían expertos al coqueteo.”
“¡Hacerle bromas a alguien no es una técnica de coqueteo!” Exclamó ofendido Alex.
“Es Fargan.” Respondió esta vez Willy.
“Mierda.” Susurró derrotado Alex al darse cuenta que todo este tiempo Fargan había estado coqueteando con él a través de las bromas pesadas desde hace más de un año y Alex lo único que había hecho había sido enfadarse y gritarle.
La vergüenza se extendió por su cuerpo y una ligera chispa de esperanza se instaló en su corazón ante la perspectiva de poder ser pareja con el hijo de Hermes. Con un salto se levantó del suelo y salió corriendo en dirección a la cabaña 11 sin nisiquiera despedirse de sus amigos.
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Las cosas en el campamento habían sido extrañas desde hace un tiempo desde la llegada de un hijo de Poseidón, pasando por la traición de Luke y ahora no podían volver a sus casas porque Luke estaba reclutando a semidioses para que se unieran a su bando para una maldita guerra, por el amor a todos los dioses eran solo niños.
Alex estaba cansado, había tenido que calmar a tres de sus hermanas pequeñas de pesadillas ante la inminente guerra que se aproximaba y su cerebro no podía dejar de preocuparse demasiado ante la marcha de Fargan a aquella misión, había pasado ya una semana desde que se marchó junto a dos semidioses y todavía no habían recibido nada de ellos. Su corazón se encogió de temor ante la posibilidad de que se hubieran encontrado con algún monstruo perteneciente al ejército de Cronos.
Agarró con más fuerza su lanza y saltó sobre el muñeco insertándole violentamente la punta de la lanza y desgarrando todo el torso de paja, el entrenamiento había sido lo único que podía calmar su desesperada mente con la falsa esperanza de estar más que preparado para proteger a su cabaña.
Sabía que no era sano, sabía que si su madre se enteraba de este mecanismo de defensa sería recibido con una gran charla molesta sobre hablar sobre sus sentimientos y no reprimirlos, que sentir más de lo debido no era malo. Pero Alex no quería explicarle a su madre que había una guerra que cada vez estaba más cerca de ellos y que con tan solo dieciséis años tendría que enfrentarse a monstruos y humanos por igual, era doloroso pero no quería preocupar a su madre con más cosas de semidios. Su madre Afrodita lo había visitado más a menudo a través de sus sueños para informarle que su madre estaba bien y que se preparara para una gran prueba que estaba a punto de vivir.
Esas implicaciones todavía estresan y preocupan a Alex, nunca era bueno que viniera un dios a advertirte personalmente sobre un gran peligro.
Alex abrió los ojos y apareció tumbado en una butaca mullida al borde un hermoso lago de color rosa pálido, con desconcierto se sentó y observó intrigado el hermoso jardín en el que se encontraba. Una alegre risa llegó a su oído y se giró curioso a su izquierda donde una figura oculta salía del interior de unos setos llenos de camelias.
Una mujer hermosa con larguísima cabellera color calamaro apareció, sus ojos eran del color azul más cristalino que brillaban con gran picardía y su cuerpo era cubierto por una escasa tela. La hermosa mujer se acercó a paso coqueto hacia la butaca donde estaba sentado Alex y se posó en el filo de ella.
“Mamá.” Exclamó Alex sorprendido, es cierto que no era la primera que su madre lo visitaba en sueños pero nunca se presentaban tan sólida como esa noche. Todavía menos en su verdadera forma.
“Hola, cariño.” Acarició con delicadeza el suave cabello azabache de su hijo, su aura era maternal, pero Alex sabía que algo malo había en su postura. “Sé que no me esperabas esta noche, pero necesito advertirte de esto.”
Un pavor se extendió por su cuerpo al escuchar esas palabras.
“Quiero que seas fuerte, quiero que muestres lo valiente y terco que eres, tu alma no va a ser tratada con amor y calidez, un gran peligro se extiende sobre ella y amenaza tu amor.”
Y con esas palabras dichas, Alex se volvió a despertar en su cabaña rodeado de sus hermanos.
Sacudió su cabeza intentando alejar esas escenas de su mente y se volvió a centrar en el muñeco que tenía delante y en la lanza que sujetaba en sus manos.
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Sus pulmones ardían por el sobreesfuerzo, sus ojos estaban rojos por todo el polvo y humo del campo de batalla, su mirada borrosa observaba inquieta buscando a cualquiera de sus hermanos en peligro. Su mano apretaba con fuerza la lanza y pequeñas astillas se clavaban en su mano manchada de sangre y polvo dorado.
No llegaba a entender que había llegado a pasar, sabía que iban a ser atacados pero toda esta masacre ya estaba muy por encima de lo común, no sólo estaban combatiendo contra monstruos sino que también contra otros niños como ellos, como él, semidioses conocidos o no, seres humanos engañados por un loco retorcido lleno de rencor por los dioses.
Las lágrimas se acumularon en sus ojos al pensar en todo lo que habían perdido en tan poco tiempo, ni siquiera quería pensar en cómo esto afectaría al ánimo ya decaído del campamento.
De repente escuchó el sonido de pasos, el crujimiento de la hierba marchita y maltratada. Con un paso veloz giró todo su cuerpo empuñando con fuerza su lanza, pero lo que se encontró no fueron colmillos enormes o garras llenas de sangre, sino que se encontró con aquella mirada ámbar que tanto amaba y había echado de menos, aquella mirada ámbar que siempre calentaba su cuerpo y corazón, aquella mirada ámbar que siempre estaba llena de alegría.
Pero esta mirada ámbar estaba cansada, apagada y triste.
Después de tanto tiempo sin poder ver esa mirada, tenía que ser en estas circunstancias y en ese momento las cosas fueron encajando en la mente de Alex desde el momento en que el otro desapareció.
“No.” Susurró con voz quebrada, su lanza se tambaleaba por sus manos temblorosas. “Dime que no es cierto, por favor, dime que no.”
Sus palabras solo fueron recibidas con silencio y una espada apuntando su cuello.
La ira rugía en su corazón y el dulce olor de las rosas se enroscaba como veneno alrededor de su cuerpo.
“¿¡Ni siquiera te atreves a dirigirme la palabra, rata ponzoñosa!?” Gritó con ira y reafirmó su agarre, la punta de su lanza rozó el cuello bronceado del otro semidios.
Pero su pregunta fue respondida con una risa que enviaba escalofríos por su columna, Alex reconocía esa risa y esperaba no tener que volver a escucharla más, pero parece ser que se equivocaba.
Desde su espalda apareció un chico alto y rubio con una característica cicatriz que surcaba su rostro, tenía una sonrisa engreída extendida por todo su rostro y una alegría latente en su mirada dorada sobrenatural.
“Luke.”
“Que bonito encuentro, ¿verdad Alex? No esperaba verte aquí fuera luchando por este campamento.” Soltó con desprecio la última palabra, observando la destrucción a su alrededor con alegría. “Sabes, nunca pensé que ustedes dos se encontraran así, pero es un escenario interesante.”
“Interesante va a ser cuando te atraviese con mi espada, maldito imbécil.” La rabia se arremolinaba dentro de su estómago, sus miembros querían saltar encima de éste y matarlo.
“Grandes palabras para un niño de Afrodita, si ni siquiera me ha podido derrotar un hijo de Poseidón, ¿cómo quieres que crea que una mosquita muerta puede derrotarme?” Luke miró fijamente con aburrimiento a los ojos marrones del más joven. “Pero no te preocupes, si tanto quieres pelear puedes hacerlo.”
Y con un silbido aparecieron tres perros del infierno esperando poder lanzarse encima del hijo de Afrodita, un temor se instaló en el fondo de su estómago y una alarma de pánico chillaba dentro de su cerebro. Esto no iba a salir bien y Alex lo sabía.
Luke empezó a marcharse llevándose al otro semidios con él, pero antes de que pudieran desaparecer de su vista Alex gritó. “¡Fargan, te prometo que nos volveremos a ver y yo seré quien te saque tu último aliento de ese cuerpo!”
Cuando terminó de decir aquellas palabras los tres perros del infierno se abalanzaron hacia su cuerpo cansado, con un gran esfuerzo consiguió esquivar las garras y dientes de los tres seres mitológicos mientras rodaba por el áspero césped. Con gran urgencia volvió a ponerse de pie dispuesto a huir con todas las fuerzas que le quedaban y poder ganar ventaja para llegar a atacar, pero todo se fastidió cuando sintió unas garras gruesas hundirse en la parte trasera de su muslo izquierdo, por un momento su vista se nubló y su boca se llenó de sangre al morderse la lengua con fuerza.
Un miedo se apoderó de su cuerpo ante la sensación de la sangre fluir hacia abajo desde la herida de su muslo, se tragó ese miedo y volvió a correr con más urgencia ignorando los gritos de dolor y las punzadas que le enviaban su pierna. Necesitaba llegar donde estaban los demás para poder tener alguna ventaja contra los perros del infierno.
A lo lejos divisó una melena ondulada rojiza y automáticamente reconoció a la propietaria de aquella melena y sintió un gran alivio recorrer todo su cuerpo cansado. Con todas las pocas fuerzas que les quedaba gritó el nombre de su querida hermana Lolito, ésta al escuchar el grito se dió la vuelta corriendo y observó con horror la escena de Alex corriendo cojeando con la pierna izquierda ensangrentada mientras tres furiosos perros del infierno la perseguían muy de cerca.
Lolito llamó a Willy y a Rubius para poder acabar con los monstruos y llegar a Alex para poder llevarlo con urgencia a la enfermería. Con un asentimiento de parte de los otros dos semidioses se alzaron encima de ellos.
“No te preocupes Alex, estamos contigo, sólo aguanta un poquito más.” Las palabras de Lolito junto a su cálido toque mandaron una gran ola de alivio por todo el cuerpo de Alex y con ese sentimiento su cuerpo se rindió.
Su vista se nubló y se desplomó en los brazos de Lolito.
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Su cabaña había sido la encargada esta vez en ir a por provisiones a la ciudad, cada vez que se acercaba más la Segundo Guerra de los Titanes más cosas eran necesarias en el campamento por si algo peor de lo previsto ocurría. Cada cabaña tenía una semana asignada para ir junto a Argos a la ciudad y recoger los pedidos que Quirón había hecho, estas excursiones a la ciudad sólo la podían realizar los niños mayores a quince años por lo que fueron elegidos para ir Lolito, Alex y Silena, quien seguía siendo la consejera de la cabaña.
El camino fue silencioso, nadie tenía el mismo ánimo en sus cuerpos que ha principios de este año a pesar de los intentos de Silena por empezar una conversación, pero los acontecimientos de la batalla del Laberinto seguían en la mente de los dos jóvenes, habían perdido amigos y hermanos y la realidad de una guerra ya no solo era una advertencia de un centauro de hace miles de años, no, ahora estaba vigente sobre las cabezas de todos los semidioses del campamento.
Llegar a la ciudad fue desconcertante en un principio, todo parecía tan normal y la gente tan despreocupada que los tres tuvieron un pequeño momento de contemplar su alrededor, no fue hasta que Argos les dió una palmadita a cada uno que despertaron de su ensoñación.
“Bien, nos dividiremos las tiendas para poder ir más rápido y no dejar que nos noten, si os pasa algo no dudéis en gritar, ¿entendido?” Los dos asintieron ante las palabras de Silena y con eso se separaron.
Alex observaba la lista que Silena les había entregado antes de salir de la furgoneta y tachó otra tienda más, ya solo faltaban dos más y podría volver a la furgoneta. Reacomodó las bolsas en sus manos y guardó la lista en sus pantalones cortos, cuanto antes acabara antes podría irse de aquí y volver a entrenar, cada vez la sensación de inquietud aumentaba y lo último que quería era que algún monstruo lo notara.
Se arrepintió de haber pensado en eso a los minutos después cuando una mano agarró su brazo con fuerza y tiró de él hasta meterlo en uno de los callejones sucios. Alex estaba a punto de gritar ya sea por ayuda o de asco por tocar la pared sucia de ladrillos cuando una mano bronceada le tapó la boca, con furia en su mirada levantó sus ojos para encontrarse de lleno con el ámbar.
La ira y la felicidad chocaban entre sí al reconocer ese rostro que tanto ansiaba de volver a ver a pesar de todo lo ocurrido, odiaba haber nacido con aquella habilidad y le gano mucho odio dirigido a su madre después de la desaparición del hombre que tenía en frente.
“Solo quiero hablar, necesito que sepas esto y no sé si llegaré a la batalla para que sepas la verdad.” La desesperación brotaba de sus palabras, sus ojos estaban opacos y cansados, su rostro no era igual de brillante y lleno de picardía, estaba demacrado, cansado y roto. Alex sintió ganas de llorar. “¿Me prometes que si te quito la mano de la boca no gritarás?”
Alex odiaba a su corazón sangrante, odiaba como su cerebro suplicaba por aquel hombre, odiaba como estaba dispuesta a hacer lo que él le pidiera. A pesar de todo, asintió.
“Te he echado tanto de menos, no sabes cuánto quise tenerte en mis brazos cuando te vi, mi amor.” Su mano recorrió el pómulo de porcelana del hijo de Afrodita, su voz salió apagada. Alex se obligó a retirar su mirada de los ojos del contrario antes de que se lanzara hacia él para juntar sus labios.
“¿Cómo estás tan seguro que no utilizaré mi encanto en ti?”
“Porque te conozco, cariño, sé que si tuvieras la intención de utilizarlo en mí ya lo habrías hecho.”
Alex maldijo a su estúpido corazón y el haber amado a Fargan.
“Entonces, ¿qué quieres? Querías hablar, pues habla.” Volvió a dirigir su mirada a la contraria con más firmeza, aunque flaqueó por un segundo cuando sus miradas chocaron.
“No estoy en el bando de Luke.”
“¿Qué?”
“No estoy en el bando de Luke, Alex.” Volvió a repetir con más firmeza. “Quirón nos reunió a mí y a otros dos campistas para poder infiltrarnos en el bando contrario para poder reunir información y trasladarla a él, quise decírtelo pero esta petición fue mandada directamente por mi padre. No sé qué será lo que tienen planeado los dioses, pero requerían que nos adentráramos en el bando contrario.”
Las lágrimas se acumularon en los ojos de Alex, no quería creer en las palabras de Fargan, pero deseaba tanto que fuera realidad y poder volver a estar entre sus brazos. Su cuerpo necesitaba a Fargan.
“¿Por qué decidiste decírmelo ahora? Fargan han pasado dos años desde que te fuiste, creí que te había perdido para siempre.” Su voz salió destrozada por los sollozos y las lágrimas surcaron sus pálidas mejillas.
“Lo siento, lo siento muchísimo Ales, lo siento mi conejito, lo siento tanto.” Con delicadeza acercó su frente hasta la del azabache. “Me prohibieron decirte o comunicarme con cualquiera del campamento para no arriesgar esta misión, pero no pude dejar de pensar en tí en el momento en que te encontré en el campo de batalla. Un miedo se apoderó de mí cuando pensé que podrías irte de este mundo sin saber lo mucho que te adoro, lo mucho que te amo.”
En ese momento, Alex se convirtió en un lío de sollozos y mocos mientras se aferraba a la camiseta desgastada de Fargan, sus piernas se convirtieron en gelatina. Fargan rodeó el cuerpo del más pequeño con fuerza, deseando poder quedarse allí toda su vida.
“Por favor no te vayas, no vuelvas con él, vuelve conmigo, vuelve al campamento. . . te necesito.” Suplicó desesperado Alex aferrándose con fuerza.
“No puedo, niño bonito, todavía no puedo asegurarme de que estés a salvo. La guerra está cada vez más cerca y me tengo que asegurar de que sobrevivas a ella.”
Con una mirada rota y desesperada, Alex juntó sus labios con los de Fargan en un beso lento y tierno, lleno de sentimiento y tristeza. Ninguno de los dos sabía si este sería su último beso.
Cuando el moreno desapareció de la vista de Alex, volvió a mirar la calle abarrotada de gente y la lista de tiendas que visitar. Suspiró derrotado y con la necesidad de dormir una semana entera, volvió a guardar la lista y tocó el pequeño pendiente de su oreja derecha para expandir un casco de stormtrooper igual al que su madre le regaló con tan solo diez año, un regalo que su madre Afrodita le dió al cumplir quince. Útil en la batalla.
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La batalla duró tres días enteros, tres días en la que Manhattan fue un desastre lleno de cuerpos, destrucción y suciedad. Los segundos después de la victoria fueron una mezcla de alivio y desesperación, muchos semidioses recorrían las calles buscando signos de vida de sus amigos o hermanos, incluso de cualquier semidiós del otro bando. Con cada minuto que se pasaba, más probable era que aquella persona pereciera y suficientes vidas habían sido ya arrebatadas a lo largo de este pequeño periodo de tiempo.
Alex cojeaba entre escombros y polvo dorado en dirección al Empire State para poder reunirse con sus hermanos y hermanas, también sería bueno poder descansar durante dos semanas enteras. Pero Alex sabía que no llegaría dormir tranquilo después de todas las imágenes de los cuerpos de niños siendo masacrados por monstruos o por otros niños, era desgarrador y casi vomitivo tener que caminar herido mientras evitaba observar demasiado los cuerpos de jóvenes semidioses o la sangre esparcida y mezclada con el polvo dorado dejado por los monstruos.
Obligaba a su cuerpo seguir adelante, que ignorara el cansancio que recorría su cuerpo, que no prestara atención a la sangre que recorría su rostro. Más de una vez se tropezó con los escombros del suelo y reprimía las ganas de llorar mientras suplicaba a Afrodita para que viniera a por él y lo dejara descansar, si no había sido un buen hijo, si había demostrado ser valiente y fuerte. Quería saber si había sido lo suficiente para hacerla orgullosa, para demostrar que no solo era una cara bonita a la que felicitar.
Su cuerpo gritaba de dolor y Alex se mordía el labio para evitar que aquellos gritos salieran de su cuerpo, su mano se aferraba a su espada con toda la fuerza que le quedaba, no podía bajar la guardia ni ahora, todavía podía haber algún monstruo escondido esperando el momento para sorprenderlo.
Una piedra se cruzó en su camino que no pudo ver y tropezó con ella, intentó evitar la caída que fuera más dura poniendo sus brazos delante para que absorbieran el impacto, pero se le olvidó que su brazo izquierdo estaba roto y gritó de dolor cuando éste chocó contra el duro asfalto. Aguantó las lágrimas que se esforzaban por salir.
Por un segundo pensó en simplemente sentarse allí y descansar, cerrar los ojos un segundo y recuperar fuerzas, pero cuando estuvo a punto de cerrar su ojo un grito se escuchó a cerca.
“¡Alexby!”
Intentó reconocer aquella voz que gritaba, pero su cabeza daba vueltas.
“¡Alex, contesta!”
Volvió a levantar la cabeza e intentó contestar, pero las náuseas se interpusieron en medio.
“¡Ales!”
Y eso fue suficiente para obligarse a levantarse y caminar hacia aquella voz, sólo había una sola persona en todo este mundo que llamaba a Alex de esa manera.
Fue un camino duro y difícil, pero valió la pena cuando vió a los lejos la figura de Fargan entre escombros de asfalto y los coches tirados. Con un nuevo vigor en su cuerpo, aceleró su paso, intentó llamarlo pero su voz no salía y sus miembros empezaban a fallar. No se iba a rendir, había pasado por dos guerras y su cuerpo no iba a ser el culpable de que no pudiera tener a su alma gemela entre sus brazos.
Soltó su espada y estiró su brazo temblando para poder alcanzar al otro, una risa rota salió de su boca y su ojo soltó dos lágrimas que se mezclaron con la sangre que se acumulaba por su rostro. De un momento a otro, el cuerpo de Fargan se dió la vuelta y su mirada chocó con el cuerpo tambaleante de Alex, una alegría explotó en su corazón y salió a su encuentro ignorando sus propias heridas. Nada era más importante en ese momento que su Alesby.
Fueron unos segundos agonizantes para ambos hasta que por fin pudieron envolverse en los brazos del otro, soltando risitas llenas de lágrimas y alivio. Años de añoranza y cansancio, años de separación y guerras por fin habían terminado, podían estar de vuelta en los brazos del otro sin que tuvieran que temer que alguno no volviera.
Fargan se retiró y pasó una suave mano por el rostro ensangrentado del azabache observando con lágrimas en sus ojos ámbar aquel profundo corte que cruzaba desde su frente hasta su mandíbula, destrozando uno de sus ojos en el camino.
“No te preocupes, búho tonto, estoy bien.” Intentó tranquilizar mientras se apoyaba en la cálida mano. “Mientras tú estés a mi lado, siempre estaré bien.”
Los sollozos destrozaron el cuerpo de Fargan.
“¿Después de todo lo que he hecho sigues queriendo estar conmigo?” Preguntó.
“Siempre estaré esperando por tí, mi amor, siempre me volveré a enamorar de ti una y otra vez.” Proclamó Alex con una pequeña sonrisa mientras le daba un beso en el centro de la palma de Fargan.
“Parece que han pasado veinte años desde la última vez que te tuve en mis brazos.”
“Te amo tanto, búho apestoso.” Alex acercó su rostro lentamente al de Fargan. “Por favor, nunca vuelvas a irte así.”
“No lo haré, lo prometo.” Se acercó Fargan. “Te amo por y para siempre.”
Sus labios se juntaron, ignorando por completo las lágrimas de sus rostros mezcladas con polvo y sangre. En ese momento sólo existían ellos dos.
