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Quizá lo primero que recordaba de aquel momento era que el frasco, ese frasco anaranjado que ya había visto antes en las manos de Freddy, rodando como si llevara dentro un bicho vivo, arañando por salir, golpeando contra las tablas húmedas de la cabaña hasta detenerse en un rincón donde la linterna de Foxy no alcanzaba a iluminar.
El silencio que vino después parecía más fuerte que el golpe: los grillos cantando afuera, las respiraciones fingidas de los demás, el crujido lejano de un árbol. Bonnie se inclinó, tanteó con la mano, y sintió el plástico frío entre los dedos: liviano, demasiado liviano para lo que era. Y supo que pertenecía a Freddy, porque no podía ser de nadie más, pues ya habían sido muchas veces las que lo había visto con él. Dos veces en los ensayos, aquella vez que Freddy se fue a sentar sobre un amplificador, murmurandose a él mismo mientras se tomaba la cabeza…; Ese frasco ya le era familiar a Bonnie.
Lo levantó con una calma meticulosa, algo que su maestro ya habia notado en él una vez. Entrecerró los ojos detrás de los lentes que se le resbalaban por el sudor, y leyó una palabra que no comprendió del todo, pero que reconoció: antipsicótico. No sabía por qué se le había quedado grabada. Quizá porque la había visto en la computadora de su hermana, en uno de esos foros que revisaba a escondidas cuando la curiosidad lo vencía.
Freddy se incorporó de golpe en el catre. Estiró la mano con brusquedad, como si Bonnie sostuviera un objeto peligroso en lugar de un simple frasco. Murmuraba cosas entre dientes (insultos, órdenes, palabras rápidas), y Bonnie lo miraba quieto, como siempre. Entonces, un grito raro se escapó de su boca, y Foxy, medio dormido, preguntó:
—¿Estás bien?
Freddy parpadeó, nervioso, como si alguien lo hubiera sorprendido en falta.
—¿Eh?… sí. Es que… vi una…araña—Se detiene, se muerde el labio, mira rápidamente a un lado y luego regresa la mirada a Foxy —. Voy a salir, ahorita regreso.
Bonnie se acercó, le tendió el frasco.
—Se te ha caído esto.
Freddy lo agarró demasiado rápido.
—Gracias —dijo, sin mirarlo.
Y Bonnie, porque no podía evitarlo, preguntó:
—¿Qué es?
Freddy dudó. Tragó saliva. Bajó la vista, como si la tierra fuera un escondite más seguro que los ojos de su amigo. Murmuró algo sobre alergias, sobre la humedad del bosque, sobre doctores que exageraban; una risa fingida “Jaja…si”; Una explicación torpe, vacía, como hojas secas que caen al suelo sin peso. Y Bonnie se quedó mirando el frasco en la mano ajena, guardándose el recuerdo de esa mentira tan mal construida.
Desde esa noche, el secreto se quedó en él. No lo pensaba todo el tiempo, no era obsesión, pero volvía en los momentos menos esperados: cuando Freddy se rascaba la nuca en los ensayos, cuando reía demasiado fuerte con Ann, cuando callaba en medio de una conversación y se quedaba ido, su conciencia perdiendo presencia en su mirada. Cada gesto era una pieza más en un rompecabezas que parecía esconderse de todos menos de él. Freddy ya no era solo el guitarrista nervioso, ni el amigo de mirada amable con destellos de agresividad. Era alguien que Bonnie no entendía; y a Bonnie de verdad le desespera no entender algo.
La Salle no era como las demás escuelas, o al menos Bonnie no la veía así. Sus muros de ladrillo parecían absorber el sol hasta dejar las aulas sofocadas. Y alrededor estaba el bosque, un rumor interminable de pinos altos y senderos que se convertían en lodo con la lluvia. El colegio tenía fama de estricto, de exigente, pero también de recibir a los que necesitaban una segunda oportunidad.
Para Bonnie, que había llegado desde la secundaria, La Salle era refugio y prisión a la vez. Observaba a sus compañeros como quien desarma un reloj: cada gesto un engrane, cada palabra un tornillo, cada silencio un hueco. Honestamente no a todos observa, solo a aquellos que les ve algo interesante. A la chica rubia de los toys, a la pelirroja morena, la chica del cabello verde; tal vez es así que había notado en Freddy esa extraña dualidad: a veces el chico inseguro que afinaba la guitarra con paciencia obsesiva, otras el desconocido que coqueteaba con Ann, que miraba a las chicas con descaro, que buscaba pelea con Foxy como si necesitara provocar un incendio.
—Tiene un doble fondo —se había dicho alguna vez, en voz baja.
El grupo de amigos se había formado casi solo, como si el bosque los hubiera juntado. Foxy, que al principio le había caído mal, terminó siendo importante, sobre todo cuando lo defendió de los pesados de los Nightmare. Ann…, ella es todo un personaje. Al principio le desesperaba mucho como ella era tan energética; le recordaba un poco a pinkie pie (de My Little Pony), siempre llenaba de energía el aire. Golden era distinto: famoso, brillante, pero con un aire viejo, como si cargara una vida extra sobre los hombros. Y una vez se lo contó, todo lo que le hacía ese hijo de puta de su abuelo.
—¿Y porque no solo te vas? –Bonnie le había dicho, de manera genuina; no entendía porque golden no podía solo agarrar sus cosas e irse. Luego le enseñó sus brazos, y entendió.
Freddy… Freddy era el misterio. Se movía entre todos con esa dualidad que nadie realmente decía ni mencionaba, pero que Bonnie supone que todos intuyen. Bonnie lo observaba más que a los demás, porque en el fondo sabía que Freddy mentía. Y detestaba a los mentirosos.
Realmente el colegio era lo que los…unía?. Antes de eso Bonnie no tenía amigos. Se la pasaba todo el día leyendo o haciendo otras cosas en su compu; después que llegó Freddy es que se juntaron todos, y de ahi nació su banda. Algo que agradeció muy profundamente a Freddy. Igual es cierto que los ensayos eran el centro, sin embargo, también el camino hasta el salón de música, las conversaciones al anochecer, las esperas en las bancas húmedas. Bonnie registraba las marcas de cada uno: Ann mordiéndose el labio antes de llorar, Foxy golpeando siempre el hombro izquierdo de sus amigos porque el derecho traía mala suerte, Golden desviando la mirada si alguien mencionaba a su familia. Y Freddy, con el secreto del frasco anaranjado que ardía en su memoria como la primera vez que vio su Fender azul.
La primera semana después del campamento, Bonnie empezó a fijarse más en él. No por intrusión, sino porque ya no podía dejar de hacerlo. Veía el leve temblor en sus manos al afinar las cuerdas, la forma en que evitaba las miradas, los silencios repentinos seguidos de palabras atropelladas. Hasta su respiración parecía desajustada, como si dos ritmos distintos lucharan dentro de su pecho.
Una tarde, mientras esperaban a que Foxy terminara de discutir con el profesor de deportes, Bonnie lo vio de reojo en el pasillo. Freddy murmuraba frases entrecortadas, el ceño fruncido, molesto. Lo curioso era eso: siempre se veía molesto cuando hablaba al aire. Al notar la mirada fija de Bonnie, se corrigió de inmediato. Forzó una risa, dijo que era una canción que le rondaba la cabeza.
—-¿Qué canción dice “Me puedes dejar en paz”? —Bonnie le pregunta, ladeando la cabeza a un lado en duda.
Los ojos de Freddy se abren, su cuerpo se tensa. Él balbucea sus palabras, nervioso.
—¿Eso es lo que estaba diciendo? —se rasca el cuello —...No, no; yo estaba cantando otra.
Bonnie apretó los labios. Le molestaba que Freddy creyera que podía engañarlo. No era un idiota. Se daba cuenta. Claro que se daba cuenta. Respiró hondo. No dijo nada, ni siquiera a Ann, que solía detectar con facilidad los cambios de ánimo en los demás. Prefirió guardar silencio, seguir observando, y construir en su interior un mapa de gestos, palabras y vacíos que lo acercaba cada vez más a la certeza de que Freddy ocultaba algo mucho más profundo que una simple alergia.
Los ensayos eran donde Bonnie más lo notaba. Freddy entraba al salón con la guitarra colgada, siempre afinando, siempre con esa cara de concentración, resolviendo un problema de matemáticas imposible en su mente; al menos así era la cara que ponía. Ajustaba las cuerdas con cuidado, como si cada una fuera una vena que, si apretaba mal, podía reventar. Ese era el Freddy normal, el que todos conocían: nervioso, medio callado, con miedo de equivocarse hasta al respirar. Pero otras veces… otras veces era como si alguien hubiera prendido un switch dentro de él. Bastaba que Foxy lo molestara o que Ann soltara una de sus bromas, y Freddy cambiaba. De golpe. La voz se le hacía más fuerte, más segura. Los ojos le brillaban raro, como si alguien los encendiera desde atrás. Pedía el micrófono, lo exigía casi, y se paraba frente a todos con una confianza que no tenía nada que ver con el chico que temblaba cada vez que hablaba en clase.
—¡Venga ya!, ¿Por qué no me dejan cantar a mi? —decia. Su voz era rara, incluso. Tenía un muy ligero seseo.
La primera vez que cantó en serio, Golden se quedó mirándolo sorprendido, pero no dijo nada. Foxy lo celebró con un “ya era hora, gallina”, y Ann lo aplaudió como si fuera su fan número uno. Todos parecían felices. Menos Bonnie. Porque él sí lo vio. Vio cómo Freddy se transformaba. La voz ya no era la suya: sonaba más áspera, más atrevida, presunciosa. Era la voz de alguien que quería que lo vieran, que quería presumir. Y al terminar, no sonrió nervioso como siempre, sino que se rió confiado, hasta arrogante.
Bonnie no aplaudió. Se quedó quieto, observando. Y algo molesto.
Esa noche, al llegar a casa, le dio vueltas en la cabeza como si tuviera una película grabada. Freddy afinando, Freddy con la cara roja de vergüenza, Freddy tímido. Y luego Freddy cantando, con los ojos brillando distinto, con esa risa que no era suya. Eran dos escenas incompatibles, pero las había visto en el mismo cuerpo.
Se preguntó si los demás lo habían notado. Foxy, seguramente demasiado ocupado en reírse de su propio chiste. Ann, distraída con sus costuras. Golden… bueno, Golden siempre parecía ver más de lo que decía, pero nunca hablaba. Tal vez sí lo había visto, pero había decidido callar. Y eso a Bonnie le dolía: que lo dejaran a él, solo, observando y sacando sus propias conclusiones.
Pensó en preguntarles. A veces tenía esa urgencia: acercarse a Ann y decirle “oye, ¿tú viste lo mismo que yo?”, o a Golden, “dime si lo notaste, ¿no?...¿Verdad que Freddy actúa medio raro a veces?”. Lo sentía como lo más lógico, porque si algo no se entiende, lo correcto es preguntar. Igual que cuando no sabes una palabra y buscas el significado en el diccionario. Pero con las personas no parecía funcionar así. Había reglas que él nunca entendía: reglas que decían que ciertas cosas se guardan, que no se dicen en voz alta. ¿Por qué? No lo sabía. Y lo frustraba. De verdad que le frustra. Le frustra no poder preguntar y entender el problema porque luego la gente se enoja. Quisiera preguntarle a Freddy, incluso.
—¿Estás enfermo?
Pero no lo hace, porque sabe (por experiencias pasadas) que se materia en un reverendo problema si lo hace. Así que se quedaba callado. Preguntarse a sí mismo, en silencio, era más fácil que chocar con esas reglas invisibles que todos los demás parecían manejar con naturalidad y que a él siempre lo dejaban confundido, con la sensación de estar fuera de lugar. Tal vez Freddy se siente así también. Por eso es que Bonnie, en el fondo, también quiere saber; Porque al final estarían igual.
El pasillo estaba vacío a esa hora. Los demás ya se habían ido: Ann con sus telas bajo el brazo, Foxy maldiciendo por haber perdido otra discusión con el entrenador, Golden caminando siempre dos pasos más atrás que el grupo. Bonnie, como de costumbre, se había demorado guardando su guitarra, ajustando las cuerdas aunque no lo necesitara, fingiendo que buscaba algo en su mochila. Era una excusa. En realidad, lo hacía para quedarse un poco más.
Cuando por fin salió del salón de música, escuchó un ruido extraño: una voz ahogada, entrecortada. Volvió sobre sus pasos y se dio cuenta de que la puerta había quedado entornada. No lo pensó demasiado: la empujó suavemente, apenas unos centímetros, y se coló dentro otra vez.
Cerró la puerta despacio. Nadie lo notó. Freddy estaba de espaldas, en medio del salón, con las manos en el cabello, jalándoselo como si quisiera arrancarse algo de la cabeza. Su voz llenaba el espacio vacío.
—¡Cállate, cállate ya! —gritaba, y su garganta sonaba rota.
Un escalofrío le recorre la piel; Freddy está agitado. Tiene miedo. Y Bonnie también.
—No, no, yo no… yo no te tengo miedo, ¿me oyes? —la voz le temblaba, mezclada con sollozos que parecían arrancados a la fuerza. Su mano izquierda se mueve (no sabe porque él piensa que Freddy no la mueve adrede) y toma su otra mano.
De pronto arrojó la púa al suelo con un chasquido, como si fuera un cuchillo.
—¡Déjame en paz! ¡No quiero! ¡No quiero más!...¡ya basta!
Bonnie no se movió. Sentía que hasta respirar iba a delatarlo. Lo miraba fijo, con los ojos muy abiertos, como si estuviera frente a una película que nadie más debía ver. Freddy estaba agotado: los hombros encogidos, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, la voz quebrada entre gritos y llanto. Esto era algo muy privado, muy personal. Bonnie se estremece; sabe que él no debería de estar viendo esto.
—¡YA CALLATE FRED! —volvió a rugir, y se golpeó el pecho con la palma abierta, como si quisiera sacarse algo de adentro. Luego se hundió en una silla, cubriéndose la cara con ambas manos. Su cuerpo entero parecía temblar. Un llanto seco, uno que Bonnie conoce tanto. Un llanto que solo viene cuando ya uno ha llorado mucho.
Bonnie sintió algo que no sabía nombrar. Una mezcla de miedo y lástima, de querer acercarse y de quedarse quieto para siempre. Quiso preguntar qué pasaba, pero se quedó callado. ¿Qué podía decir en ese momento? Nada. No había palabra suficiente.
Y, sin embargo, ahí, en ese silencio pesado, entendió muchas cosas de golpe. Que Freddy cargaba algo más grande que él mismo. Que su cansancio no era sólo físico, que sus sonrisas forzadas eran un disfraz mal hecho. Que estaba peleando con alguien, aunque ese alguien no estuviera allí. Bonnie apretó los labios. El corazón le golpeaba fuerte. Parte de él quería abrir la boca y decir “yo también lo vi, yo sé que algo pasa”. Pero la otra parte sabía que no podía. No se suponía que uno hablara de esas cosas. Las reglas invisibles que nunca entendía volvían a colocarse frente a él, como un muro.
Entonces Freddy levanta la mirada. . El movimiento fue brusco, como si el aire mismo lo hubiera obligado. Sus ojos estaban enrojecidos, húmedos; el pecho subía y bajaba con violencia, los labios entreabiertos como si buscara oxígeno en un lugar donde no lo había. Se quedó congelado un segundo al ver a Bonnie de pie, junto a la puerta, los ojos abiertos de sorpresa, casi incrédulos.
El silencio se volvió insoportable. Freddy se incorporó de golpe, con la silla rechinando detrás de él, y dio un paso hacia Bonnie, sus ojos se enfocan hacia la salida. Bonnie lo reconoció al instante: esa postura de animal acorralado, listo para correr. Freddy iba a huir.
—No —dijo Bonnie, casi sin pensarlo, y extendió un brazo para cerrar la puerta del todo. El golpe seco resonó en el salón. Freddy retrocedió medio paso más, como si buscara otro escape.
—No… no digas nada —balbuceó Freddy, con la voz rota, la respiración entrecortada.
Bonnie tragó saliva. El corazón le latía demasiado rápido, pero por primera vez no quiso callar. Las palabras se le amontonaron en la boca y salieron todas juntas, torpes, atropelladas, sin un orden que tuviera sentido:
—¿Qué te pasa, Freddy? ¿Por qué estabas gritando así? ¿Con quién hablabas? ¿Qué… qué fue lo que vi? ¿Por qué te haces esto?
Freddy apretó la mandíbula. Parecía más asustado que enojado. Aterrado, mas bien. Bonnie dio un paso hacia adelante, y en ese instante su voz cambió: se suavizó, aunque seguía cargada de urgencia.
—No te preocupes, no le voy a decir a nadie. De verdad. No voy a decir nada. Sólo… sólo dime qué pasa. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que me quede?
Las palabras le salían una tras otra, como si no pudiera detenerse. Era su forma de cuidar: preguntar, preguntar, hasta armar con las respuestas un mapa que lo ayudara a entender. Pero aquí no había respuestas. Sólo Freddy, respirando como si acabara de salir de una carrera, mirándolo con los ojos llenos de miedo y rabia.
—No entiendes —murmuró Freddy, y la voz sonó quebrada, más susurro qué palabra.
—Pues explícamelo —respondió Bonnie, casi suplicando—. Porque yo sí me doy cuenta. Sí lo veo. Y no me gusta que me mientas. No me gusta que pienses que soy tonto. Porque…vi tus pastillas, Freddy.
Freddy se quedó quieto. Los hombros le temblaban. Sus labios se movieron, como si fuera a decir algo, pero nada salió. Sólo el ruido de su respiración pesada llenaba el salón. Y su mirada, ahora erratica. Aterrada, espantada. Avergonzada, nota Bonnie, después de observarlo por más de unos diez segundos.
Bonnie lo miraba fijo. Tenía miedo, sí, pero más que eso tenía una necesidad que lo quemaba por dentro: entender. Porque no soportaba más el peso de estar observando en silencio, acumulando preguntas que nadie contestaba. Porque sabía, en lo más hondo, que Freddy no podía con todo eso solo. Y sin embargo, ahí estaban: los dos quietos, atrapados en un salón vacío, mirándose como si cada uno esperara que el otro diera el primer paso.
—No me mires así —dijo Bonnie de pronto, sin poder aguantarse el silencio. La voz le salió temblorosa, pero firme—. Porque yo sé que algo pasa, Freddy. No me lo niegues.
Freddy abrió los labios, pero no salió nada. Su respiración sonaba dura, cada inhalación siendo un esfuerzo.
—Siempre estás hablando solo —continuó Bonnie, dando un paso más cerca, la voz atropellada—. Te enojas con el aire, como si hubiera alguien ahí. Y yo… yo pensé que tal vez te imaginabas cosas. O que estabas… no sé… enfermo. Y luego vi las pastillas.
El nombre de las pastillas quedó suspendido en el aire como una piedra lanzada. Freddy bajó la cabeza un segundo, pero enseguida volvió a alzarla, con los ojos desorbitados.
—Yo pensé que eran para las alergias, pero no —siguió Bonnie, casi sin respirar—. Dijiste eso y fue una mentira. Y lo odio, Freddy. Odio que me mientas, ¡que la gente me mienta!. Porque yo no soy tonto. Yo sé cuando alguien cambia, yo sé cuándo una voz no es la misma, o cuando alguien finge. En los ensayos… tú no cantas igual. No eres tú.
Freddy retrocedió un paso, tropezando con la silla detrás. Tenía la boca entreabierta, como si quisiera gritar, pero lo único que salía eran respiraciones entrecortadas.
—Hay… hay alguien más —dijo Bonnie al fin, bajando la voz, pero sin apartar la mirada—. Dentro de ti. Eso lo vi hoy. Era como si estuvieras peleando con él. Como si… como si te estuviera matando por dentro.
Freddy dejó escapar un sollozo que intentó sofocar. Se llevó una mano a la cara, cubriéndose los ojos.
—No sigas… —murmuró apenas audible.
Bonnie se mordió los labios. Sus palabras salían sin filtro, porque no sabía detenerse. Nunca supo como. ¿Ven porque no tenía amigos?....siempre la termina cagando.
—Pero es que quiero entender, Freddy. Quiero que me digas qué pasa. Porque… yo no voy a decirle a nadie. Nunca. Ni a Foxy, ni a Ann, ni a Golden. Yo sé guardar secretos. Solo… no me dejes afuera. No me mientas más. Porque si me doy cuenta, ¿si?; solo…solo dime.
Hubo un silencio largo, roto apenas por la respiración áspera de Freddy.
—Bonnie… —dijo al fin, y la voz le salió quebrada, como de niño—. Tú no entiendes. Tú no quieres entender.
—¡Claro que quiero! —interrumpió Bonnie, con una fuerza que ni él esperaba—. ¡Siempre he querido! Sólo que nadie me explica nada nunca. Todos esperan que yo adivine lo que está bien y lo que está mal decir. Y yo no sé. ¡No sé! Pero yo sé mirar. Y yo te miro, Freddy. Y sé que no estás bien; y me encabrona que finges estarlo. Desde que te conozco lo finges. Desde que entrase por esa puerta el primer día de clases lo haces.
Las palabras quedaron colgando. Freddy lo miraba como si hubiera recibido un golpe en el estómago, con los labios temblando y los ojos inundados. Freddy traga saliva, pero la garganta no le obedecía. Cerró los puños, apretándolos contra los muslos, como si pudiera anclarse a si mismo. Los ojos azules le temblaban, rojos, demasiado abiertos.
—Tú… —empezó, con la voz ronca—. Tú no deberías haber visto nada.
Bonnie no contestó. Sólo lo miraba, fijo, como si no parpadear fuera la única manera de no perderlo. Freddy se inclinó hacia adelante, la frente cubierta de sudor.
—No estás equivocado —dijo al fin, con un hilo de voz—. No estoy solo… nunca estoy solo. Y no sabes lo que es eso, Bonnie. No sabes lo que es… que alguien esté dentro de ti, todo el tiempo, empujándote, hablándote, riéndose de ti.
Su respiración volvió a agitarse. Se llevó una mano al pecho, apretando la tela de su camisa como si quisiera desgarrarla.
—Yo trato… yo trato de callarlo. Las pastillas ayudan, pero no siempre. Y cuando no las tomo… él gana. Y cuando gana… yo pierdo todo…—lo mira, y rueda los ojos —...por algo me tuve que cambiar de escuela.
Las palabras salieron en tropiezos, como si le costara sacarlas de un pozo. Freddy lo miró, desesperado, con una mezcla de vergüenza y súplica.
—Ese era él… —susurró, bajando la mirada al suelo—. A quien me viste gritarle hace un rato. El que canta. El que grita. El que me hace quedar como un imbécil.
Bonnie sintió que se le helaban los dedos. No había respiro en Freddy: su voz, sus hombros, su cuerpo entero parecían a punto de quebrarse.
—Su nombre es Fred —añadió, casi en un suspiro—. Y yo… yo ya no sé si sigo siendo yo cuando él aparece.
Freddy lo miraba como un animal acorralado, esperando que lo odiara, esperando que lo delatara. Pero Bonnie no se movió;
no respondió de inmediato. Se quedó mirándolo, quieto, con los labios entreabiertos, como si las palabras estuvieran ahí pero no quisieran salir. Nunca había escuchado algo así, nunca. “Dentro de mí” había dicho Freddy, y esa frase le daba vueltas en la cabeza, como si fuera un eco que no terminaba. No sabía cómo imaginarlo. ¿Un fantasma metido en el pecho? ¿Una voz en la nuca? ¿Un hermano pegado por dentro? Le costaba entenderlo, pero lo que sí entendía era el temblor en las manos de Freddy, la forma en que respiraba como si le hubieran quitado el aire, la desesperación en su mirada. Eso sí lo entendía. Y no necesitaba manuales ni reglas invisibles para reconocerlo: Freddy estaba sufriendo.
Entonces, sin darse cuenta, las palabras empezaron a salir. Primero con torpeza, luego con fuerza, todas amontonadas, como siempre.
—No me importa… —dijo, bajando la voz pero sin dejar de mirarlo—. No me importa que sea Fred, ni cómo se llame, ni que grite, ni que cante distinto. Yo lo que quiero es que no me mientas. Que no pienses que soy idiota, porque yo sí me doy cuenta. Y… y no me gusta estar callado.
Freddy levantó la vista, anonadado.
—Yo siempre veo cosas —continuó Bonnie, nervioso, hablando demasiado rápido, atropellandose—. Cosas que los demás no ven. Y no sé qué hacer con ellas. A veces quiero decirlo, quiero preguntar, pero… todos dicen que no se pregunta, que es de mala educación. Que es raro. Pero yo no sé cómo quedarme callado, Freddy. No puedo. Y contigo… contigo no quiero.
Se pasó una mano por el cabello, incómodo, como si acabara de admitir algo peligroso.
—Si Fred existe, está bien. No digo que me guste, pero está bien. Lo único que quiero es que no estés solo. Porque te juro que yo he visto a la gente sola… y no quiero que tú seas uno de ellos. No quiero que estés como yo estuve toda la primaria, secundaria y principio de la prepa.
Freddy lo miraba sin pestañear, con la boca apretada, y Bonnie sintió la urgencia de llenar ese silencio, de no dejarlo escapar, de asegurarse de que no corriera.
—No voy a decir nada a nadie. Nunca. Te lo prometo. No a Foxy, ni a Ann, ni a Golden. Ni aunque me lo pregunten de frente. Y no porque sea un secreto tuyo, sino porque… porque yo quiero ser tu amigo. Y los amigos no hacen eso, ¿no? No venden lo que saben.
Las últimas palabras le salieron casi torpes, como si no estuviera seguro de cómo sonaban, pero en su interior eran la verdad más clara que podía ofrecer. Freddy cerró los ojos. Se llevó las manos a la cara, y por primera vez no parecía pelear contra algo invisible, sino contra sí mismo. Un sollozo se le escapó entre los dedos, y después respiró hondo, como si al fin pudiera soltar un poco del peso que llevaba cargando.
Bonnie lo observó con esa mezcla suya de intensidad y desconcierto. No sabía si había dicho lo correcto, si había cruzado una línea, si Freddy lo odiaría después. Pero dentro de él, en ese instante, había una calma rara, como si por fin hubiera encontrado una manera de usar todas esas cosas que veía y que nadie más notaba.
El salón estaba en silencio, apenas roto por la respiración entrecortada de Freddy. Y Bonnie, aún con el corazón acelerado, entendió que, aunque no supiera todas las reglas, aunque no entendiera qué significaba tener a alguien más dentro, lo que sí podía hacer era quedarse. Simplemente quedarse.
—Gracias —le susurra Freddy.
Bonnie le sonrie: —No es nada.
