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Toques Fríos

Summary:

Boothill sabe lo que Argenti quiere aún cuando él no lo exprese.

Work Text:

La habitación era acompañada de un silencio tibio y el perfume de rocío en pétalos de rosas al amanecer.

En la pacífica recámara dos hombres compartían un momento privado.

El hombre de cabello blanco y negro dejá reposar su mentón en el hombro de su compañero pelirrojo. Al abrazarlo por la espalda su pecho quedaba en el justo lugar de sus costillas, sintiendo la vibración del corazón latiendo y los pulmones inhalando y exhalando.

Boothill besa delicadamente la mejilla de Argenti mientras su mano se desliza por la línea del vientre de piel aterciopelada pero fuerte músculo escondido bajo la capa de dermis suave.

– ¿Ya he dicho que eres hermoso? – Pregunta con una voz ronca, acariciando la audición del pelirrojo con aquel timbre bajo.

El aliento cálido del vaquero roza con la oreja del caballero, sacándole un pequeño suspiro dramático.

– Todo el tiempo, querido. – Responde entrando en la nube de anhelo a la que Boothill lo arrastraba.

Ese toque frío de la mano mecánica del androide rascando su vientre expuesto le estaba revolviendo los pensamientos en un nudo de deseo contenido ya desde hace algunos días. Sus cabellos rojos se erizaban con el metal y su deferencia de temperatura al tocar su cuerpo, más al frotar aquellas zonas donde sólo Boothill podía llegar, esas zonas donde sólo Boothill tenía permito posar sus manos. Aunque Boothill no ha tocado todavía su intimidad, el deseo se volvía lava ardiendo en lo profundo de su pecho. Una lava que bajaba por sus venas y llegaba fluyendo como torrentes salvajes de fuego líquido a su entrepierna húmeda tras estimularse en solitario. Pero ese día alguien más tocaría su piel.

Boothill observa en un silencio expectante como el cuerpo de Argenti parece temblar debajo de su tacto y en como la respiración de este mismo se volvía más pesada.

¿Quién era él para negarle el deseo a su rosa?

Los labios del vaquero se instalan a besar el cuello del caballero, ocasionando que este levantase la cabeza brindándole mayor libertad. La mano libre de Boothill se da a la tarea de acariciar el torso desnudo de Argenti, remarcando las líneas del pectoral ejercitado, dejando una estela de agua por el sudor supurante de los poros.

A la par, la mano que yacía pacientemente en el vientre se escabulló por debajo de la pretina del pantalón ajeno, tanteando el terreno inexplorado y escondido recelosamente debajo de las capas de ropa. Los dedos mecánicos se arrastraban por el monte de venus hasta llegar a donde la carne se dividía en dos y el calor era pegajoso.

Argenti dió un respingo por el tacto ajeno, escapando un quejido ahogado de vergüenza.

Con pequeños empujoncitos Boothill señaló la cama cuidadosamente arreglada, de sábanas blancas meticulosamente planchadas y lavadas.

Dejó un último beso juguetón entre hombro y cuello. Argenti volteo a ver el rostro de su compañero, encontrando la sonrisa de puntiagudos dientes del androide, la sonrisa de quién tiene en sus manos un manjar divino.

Se dejó guiar por el impulso de Boothill, cayendo sentado pesadamente sobre las piernas artificiales de este.

– ¿Tienes alguna elección en especial, cariño? – Bromeó Boothill, diciéndole indirectamente a su compañero si usar los dedos o su boca a falta de cierta cuestión entre las piernas.

Las orejas de Argenti enrojecieron igual que su cabello, sin dignarse a responder aquella pregunta indecente.

Al notar el silencio del hombre lo tomo para si mismo como una afirmativa personal muy introvertida a lo cual, empezó a deslizar la ropa que le quedaba encima al pelirrojo, fluyendo la fastidiosa tela por las piernas largas de su querido caballero que se dejaba llevar cuál hoja por aguas de un riachuelo, hasta dejar en completa libertad todo ese cuerpo centímetro a centímetro como Idrila lo trajo al universo.

Sin tardar, recostó a su tesoro Argenti sobre el esponjoso colchón, dejando su sexo al descubierto.

Boothill masajeó con la yema falsa de sus pulgares la zona carnosa de los labios mayores de arriba hasta abajo, sin tocar las partes coloreadas ocultas, haciendo presión de vez en cuando en la carne que rodeaba el clítoris.

La frialdad inhumana con la que esas manos masajeaban su carne expuesta ocasionaban que a una velocidad ridícula bajase un hilo de humedad de la presa todavía cerrada.

Boothill recogió este riachuelo con la punta de un dedo, arrastrando consigo el pegajoso líquido transparente que producía Argenti. Desfiló su lengua por el filo de su dentadura, dando una mirada complacida al flujo que quedaba adherido a sus dedos artificiales para luego detenerse y analizar a Argenti. De rostro claramente avergonzado, mejillas rojas como su propio cabello, ojos entrecerrados y respiración ronca.

Boothill veía a su querida pareja con ese rostro tan... exquisito. Un manjar de dioses que él podía saborear en la punta de la lengua, un fruto prohibido a los mortales que tenía al alcance de sus manos, una fuente sagrada en la que un regresado de las puertas de la muerte y venganza podría limpiar sus pecados con una simple gota misericordiosa.

No obstante, tan hermoso es el fruto del árbol reservado a la sangre divina que al caer en manos de un mundano anhelante de los manjares de las mesas y copas de pristina perla y oro, este se vuelve igual que cualquier otra manzana de otras infinitas que hay. Lo puro se corrompe, lo limpio se ensucia, la divinidad del idealista se hace añicos bajo el peso del dedo del niño que toca inocente la reliquia a la cual los fanáticos reverencian y adoran con ceremonias de perfume e incienso.

Corromper algo tan hermoso, oír los ruegos, los gemidos y gritos de su perfecta rosa roja eran algo que tristemente Boothill lamentaba no poder disfrutar como se debe.

Separó los pétalos que protegían la entrada a la perdición, dos labios rosados que se unían sobre el clítoris hinchado. Las reacciones de Argenti eran algo exageradas, pero demostraban su extrema sensibilidad a toques ajenos. Procedió con el anular y el medio a cubrirse de la humedad recién producida y hundirse en la cavidad caliente.

Los dos dedos salían y entraban simulando embestidas suaves, arrastrando consigo más almizcle que Argenti producían desde su coño rosado. El vaquero sin sentirse satisfecho con los respingos del pelirrojo, usando su lengua acarició el clítoris hinchado que rogaba atención con urgencia, y recibió un fuerte gemido desde el fondo de la garganta del caballero.

Argenti sentía su clítoris siendo succionado, lamido y besado por Boothill como si chupase algún dulce. El interior de su vagina se acomodaba a los movimientos de los dedos de su amante, estirando las paredes húmedas a favor del placer del hombre de ojos verdes. Su coño estimulado chorreaba flujo que Boothill no era capaz de devorar por estar ocupado en chupar el interruptor de absoluto éxtasis que Argenti escondía bajo los pliegues de sus labios mayores, aquel fluido dejaba más engrasados los dígitos que jugueteaban con la apretada vagina, y corría por el resto de la intimidad de Argenti, se deslizaba hasta llegar a la sabana y dejar la mancha de su pasión impregnada en tela.

Los dígitos del androide comenzaron a tantear terreno interno, subiendo por las paredes y abriendo pliegues de las esquinas, rozando puntos que ni el propio caballero logró alcanzar tan hondo en alguna noche desesperada de monótonos amores febriles. Al chocar con el cuello uterino dió vueltas alrededor del cérvix, masajeando el fondo y provocando que la vagina del pelirrojo palpitara.

Argenti casi por reflejo envuelve la cabeza de Boothill con sus gruesos muslos en un abrazo tembloroso, siendo detenido por la mano libre del contrario aprisionando una de las piernas contra el colchón.

Boothill podía sentir como los músculos de Argenti acumulaban tensión al compás de gemidos rogando por más. Los espasmos vaginales y de cada fibra de carne vibrando al frío de su cuerpo falso. Arrastrándolo a las puertas del orgasmo que le regalaba su lengua.

Finalmente no se resiste más y con un violento espasmo el jugo de amor del caballero chorrea al romperse la presa, olas calientes de pulsos orgásmicos inundando la piel perlada en sudor de Argenti.

El androide aparta sus dedos de la entrada, prefiriendo lamer la amplia franja desde su entrada hasta el clítoris, rozando con la lengua el punto sobreestimulado hasta que siente las manos de Argenti acomodándose en su cabello.

Su sabor es divino, embriagador como un vino bien añejado. Al sumergirse en el agujero de Argenti, gruñe ante el chorro de flujo que se acumula en sus labios al introducirse en la intimidad, y el gruñido resuena como un eco ronco el la carne. Lo lame con gusto, metiendo la lengua lo más profundo posible, curvándola hasta formar una punta metiéndola y sacándola rápidamente. Más humedad le invade la boca, Boothill no puede evitar intentar hundirse más profundamente, metiendo el rostro entre los pliegues de Argenti hasta que su barbilla y nariz también quedan resbaladizas de ese amor pegajoso.

Boothill alterna entre amplios movimientos de lengua, suaves succiones y el toque de su nariz contra el clítoris. La segunda vez que siente el orgasmo de Argenti, simplemente suaviza sus movimientos y deja que todo se inunde. Se deleita con el manjar que degusta con devoción y los dulces suspiros entrecortados del caballero de la belleza que se retuerce desesperado contra él.

No es hasta la tercera vez que Argenti se corre, tirando con fuerza del pelo de Boothill mientras tiembla sin control, que Boothill finalmente se relaja. Bebe de la fuente de humedad antes de levantar la cabeza para mirar con atención a Argenti, el pelirrojo tiene los ojos muy abiertos y el pecho agitado tras correrse tres veces. Parece completamente destrozado con el pelo revuelto, sudor cristalino bajando en gruesas gotas por la piel pálida, los labios húmedos de saliva y el corazón aparentemente compitiendo en una maratón, pero Boothill piensa que puede hacer un mejor trabajo.

Es esa imagen de un hilo de humedad conectando la intimidad de Argenti con la boca de Boothill que provoca que los hombros del caballero se pinten de un rosado vergüenza.

Deja un beso húmedo en el clítoris antes de volver a sumergirse el los mares espesos, sorbiendo y penetrando con la lengua. Sus manos aprietan los muslos del caballero, dejando completamente abierto su sexo ya vulnerado. Se concentra en penetrar a Argenti con la lengua usando movimientos precisos en los puntos estratégicos, sintiendo nuevamente la tensión acumularse progresivamente y estando apunto de volver a estallar en la creación de un nuevo cuerpo de agua.

Se podían apreciar los sonidos delatores de un orgasmo devastador, gritos y aullidos guturales llamando al nombre de Boothill que sigue trabajando arduamente en la vagina de su amado hasta que un tsunami hace acto de presencia y se desborda sin control, el líquido derramando y chorreando.

Las piernas de Argenti se estiran y contraen en movimientos erráticos, pataleando al aire, luchando contra un enemigo que no existe. Sus dedos se aferran al pelo del vaquero como su fuesen su ancla al mundo real antes de caer al abismo. Boothill reduce la velocidad a lametones y besos suaves hasta que los músculos de Argenti ceden y sus muslos terminan cayendo pesadamente con un rebote de la cama. Al levantar la vista se encuentra con un par de ojos verdes vidriosos, las mejillas húmedas y jadeando como si su vida dependiese de cuánto oxígeno podría absorber de la habitación en unos segundos.

– ¿Estás bien, Genti? – Pregunta con suavidad al ver el estado en el que se encontraba su pareja.

El mencionado sólo puede jadear e intentar recuperar el aliento. El peliblanco abandona la resbalosa entrepierna del caballero, dejándose caer al lado de su amado y acurrucando al hombre en su pecho de metal. Termina por plantar un delicado beso en la frente de su querido Argenti antes de permitirse descansar junto al exhausto erudito que ya era arrastrado a un pesado sueño.