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After Hours

Summary:

Neuvillette, el juez supremo de Fontaine, siempre ha tenido fama de trabajar arduamente por su nación. Tal vez demasiado. Nunca se lo había cuestionado, hasta que una visita de Furina le hizo reflexionar.

“Debes aprender a tomarte un descanso de vez en cuando... y sobretodo, no temas compartir tu tiempo con alguien más”, le había dicho Furina.

“¿Alguien…más?”... Por supuesto que sabía a quién se refería Furina.

Quizás ya era hora de organizar una pequeña reunión después del trabajo.

Notes:

Primer fic que publico en toda la historia de cosas que he escrito, qué nerviasssss. (igual es la primera vez publicando aquí y no entiendo bien los tags y todo eso, pero ahí vamos)

En fin, ojalá alguien lo lea y le guste jajaja.

:D

(está cortísimo qué oso jajajakdjskdja)

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Reuniones

Chapter Text

El Palacio Mermonia estaba en calma. Había muy pocos sonidos en el ambiente. Algún murmullo lejano en los pasillos, empleados caminando a pasos apresurados que se retiraban del lugar después de una larga jornada, o el eco suave de las melusinas que daban un último recorrido antes de volver a casa.

 

Ya era tarde, quizá las 11 de la noche. El leve movimiento de empleados rezagados por fin cesó y el silencio se adueñó del edificio. La mayor parte de las luces estaban apagadas, sobre todo en las oficinas, excepto una: la de Monsieur Neuvillette.

 

El juez supremo de Fontaine seguía en su oficina. Arreglaba papeles, organizaba horarios, repasaba los siguientes casos… o al menos eso parecía. Entre los empleados de la Corte era casi un secreto a voces: ¿de verdad trabajaba tanto el juez supremo?, ¿a qué hora salía de su oficina?

 

Lo cierto es que sí había mucho trabajo por hacer, a Neuvillette sí se le iban las horas ahí adentro. Después de todo, sentía sobre sus hombros la responsabilidad de toda Fontaine. Sabía que tenía que estar ahí para su nación.

 

Aún así, en medio de todo el orden y la disciplina, un pensamiento le rondaba la cabeza con insistencia.

 

Todo comenzó una tarde en la que Furina lo había visitado. Lady Furina, como él seguía llamándola a pesar de que le había pedido prescindir de los títulos, había llegado puntual a la reunión que habían acordado previamente. Un par de horas dedicadas a tomar el té, algunos aperitivos y ponerse al día con sus vidas.

 

Furina fue la encargada de llevar un pastel. Pero no era cualquier pastel. Con la energía que la caracterizaba insistió en comentarle a Neuvillette que era El Pastel. No un pastel cualquiera, sino un ejemplar único en su tipo. Ella misma se lo había pedido a Escoffier y tenía que ser extraordinario ya que tenía tiempo que no se reunían y quería que el encuentro fuera memorable.

 

“Veo que su relación con Miss Escoffier va de maravilla”, comentó Neuvillette, dejando caer una cucharada de azúcar en su té. El gesto fue elegante, aunque más por costumbre de años que por intención de aparentar.

 

“Así es, y es justamente sobre eso de lo que quiero hablarte”, dijo expectante Furina, antes de comer un bocado de El Pastel. Apenas lo probó, prácticamente vibró en su asiento, como si la alegría misma le recorriera el cuerpo entero. El juez supremo la observó en silencio, intrigado por aquella reacción.

 

Furina parecía seguir perdida en las sensaciones que El Pastel le provocaba por lo que el juez supremo decidió no interrumpirla y mientras saboreaba su té y esperó que ella fuera la que retomara la conversación.

 

Momentos después, continuaron.

 

“Ha sucedido tanto en tan poco tiempo… siento que he vivido más en estos últimos meses que en quinientos años. Es como si en cada instante hubiera un mundo nuevo por descubrir. Me siento… viva. Feliz. Y no podía dejar de compartirlo contigo. Pero, más que nada, desearía que tú también pudieras experimentarlo, Neuvillette.”

 

Las palabras de Furina resonaron en la mente de Neuvillette. Comprendía perfectamente a lo que se refería. Pero la última parte, lo dejó confuso. ¿Qué tenía que experimentar él? ¿Exactamente a qué se refería?

 

La confusión en su rostro llamó la atención de Furina. Neuvillette no dijo nada pero ella sabía leerlo a la perfección, por lo que continuó hablando.

 

“Trabajas demasiado, Neuvillette. Si algo aprendí de… de los eventos recientes, es que no estamos solos. Podemos apoyarnos en los demás. Está bien delegar. Sé que tienes una gran responsabilidad sobre ti pero también debes procurarte a ti mismo. Debes de aprender a permitirte descansar, a confiar en quienes te rodean y a disfrutar de los pequeños momentos. A vivir, no solo a cumplir con los deberes.”

 

Neuvillette se tomó un momento para responder. Observaba a Furina orgulloso, en silencio. Seguía siendo ella misma aunque ahora con cambios que lo llenaban de admiración. Sonrió levemente, apenas perceptible incluso para él mismo.

 

“Sus palabras… son más perspicaces de lo que esperaba, Lady Furina. Confieso que no suelo concederme tales privilegios… la idea de permitirme algo más que mis obligaciones me resulta extraña. Sin embargo, su perspectiva me obliga a contemplar la posibilidad de hacerlo.”

 

“El primer paso siempre es el más difícil”, dijo Furina mientras alcanzaba su taza. “Debes aprender a tomarte un descanso de vez en cuando.”, “Y sobretodo, no temas compartir tu tiempo con alguien más”. Tras esto, le dio un sorbo a su taza de té, sin perder el contacto visual con Neuvillette, que se prolongó quizá un instante más de lo debido.

 

Neuvillette frunció ligeramente el ceño. “¿Alguien…más?”. Sabía exactamente a quién se refería Furina. Ambos guardaron silencio, y él se limitó a asentir con la formalidad que siempre lo acompañaba.

 

“Piénsalo… no pierdes nada.”, concluyó Furina y volvió a concentrarse en El Pastel.

 

El resto de la reunión transcurrió entre conversaciones agradables, y aquel tema, aunque no se retomó, quedó instalado en la mente del juez supremo.

 

Gracias a esa visita de Furina fue que Neuvillette se animó a organizar una pequeña reunión. Lo había pensado durante un par de semanas y por fin se había decidido. Sería esa misma noche. Y sí, estaba ordenando papeles, pero no por trabajo como todos en la Corte pensaban, sino porque su nerviosismo estaba a flor de piel y era la única manera de mantenerse ocupado hasta que él llegara.

 

“Once con veintiocho”, murmuró mientras veía extrañado el pequeño reloj que estaba sobre su escritorio. Frunció un poco el ceño. “Por lo visto la puntualidad no es una de sus virtudes”. Lo dijo en voz baja, aunque el silencio del lugar lo hizo sonar más fuerte de lo que pretendía.

 

Pasaron tal vez 20 minutos más. Neuvillette ya había terminado de organizar los papeles. Incluso los clasificó por tamaño, grosor del papel y… por las distintas tonalidades de blanco. Se estaba comenzando a impacientar cuando al fin, se escucharon unos toques en su puerta.

 

“Adelante”, dijo con el corazón atorado en la garganta.

 

La puerta se abrió y momentos después se cerró con un click suave. El eco de unas botas pesadas sobre el mármol llenó toda la oficina. Parecía que cada paso se sincronizaba con cada latido del corazón de Neuvillette. Finalmente, se detuvo frente a él, y con una reverencia deliberadamente exagerada lo saludó.

 

“Buenas noches, juez supremo”.

 

“Wriothesley”.

Notes:

El siguiente cap es seguro y de ahí tal vez haga un par más.

Besos en la cola (‿ˠ‿)