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Mas allá

Summary:

Un chef de fama mundial ya no encuentra sentido a su vida ni a lo que lo rodea.

Quizá su única esperanza es aprovechar las "vacaciones de Navidad" para volver a su patria y, con un poco de suerte, recuperar las amistades que dejó atrás y reencontrarse/ reconciliarse consigo mismo.

Notes:

¡Hola!

Primer intento real de fic semi largo (espero que resulte) con temática navideña (de nuevo, esperemos que resulte).
Empieza un poco duro, pero la idea es que en el camino todo vaya tomando su rumbo.
Y, por supuesto, bajo la magia y el espíritu de Navidad.

Aclaraciones (más en estos tiempos):
- Fic original, hecho sin IA (a lo que hemos llegado a aclarar).
- Como no soy argentina, pueden escapárseme la correcta utilización de modismos argentinos. Repito, no es IA (XD).
- Las fiestas en general, y la Navidad en particular, por su gran carga emotiva pueden resultar una época difícil para muchas personas. Si ves que alguien de tu entorno la está pasando mal, regala un abrazo y muestra interés. Eso puede marcar la diferencia.

Chapter 1: Cuando buscas con ardor / Y descubres tu verdad

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

*ADVERTENCIA: REFERENCIA A PROBLEMAS DE SALUD MENTAL*

 

***

 

 

El despertador rompe el silencio con su fuerte sonido.

No se inmuta ante el ruido. Ya lo esperaba despierto.

Hace mucho que está despierto. Toda la noche despierto. El insomnio sigue siendo un acompañante molesto, pero incondicional.

Tras varios minutos, el aparato parece cansarse y queda en silencio. Pero él sigue sin moverse, con la mirada fija en el blanco techo.

Diez minutos después, casi cronometrados, se levanta. Trata de espantar las penumbras abriendo las suntuosas cortinas de la enorme y lujosa habitación del exclusivo pent-house. Es evidente que toda la noche ha nevado, porque el paisaje londinense es también de un blanco sepulcral.

Techo blanco. Paisaje blanco. Mente en blanco. Espíritu en blanco.

Hace todo de forma automatizada. Su rutina en su gimnasio propio hasta sentir que los músculos se agarrotan. Duchazo y rutina de cuidado personal en el suntuoso baño con acabados de mármol. Vestirse con una de sus camisas de diseñador y uno de sus trajes hechos a medida. Colocarse sobre la camisa su cadenita con su crucifijo de oro, bendecido por el mismo Papa en la audiencia privada que le brindó. Elegir uno de sus abrigos Tom Ford.

Al salir de la habitación, lo espera en el enorme y ostentoso comedor —que nunca usa— un enorme vaso con el batido que el nutricionista más caro de Londres le ha indicado, esa mezcla infame que toma completa sin chistar, aunque no puede evitar una mueca. The best for the best, le dijo lisonjero el profesional de la salud cuando le extendió la receta. Duda que lo mejor deba tener un sabor así de horrible, pero si la información nutricional de la lata lo dice y es un producto tan exclusivo, debe ser verdad.

El Mercedes lo espera impecable, como a él le gusta. El chofer le abre respetuoso la puerta del coche. Antes de entrar, devuelve el saludo de uno de sus también exclusivos vecinos con una sonrisa brillante. La que no le cuesta trabajo mostrar, porque la tiene ensayada a la perfección.

Llega al fastuoso e imponente restaurante del que es dueño y chef principal, donde se exhiben a la entrada las tres estrellas Michelin ganadas y refrendadas por tercer año consecutivo. El personal con el que se cruza lo saluda respetuosamente, recibiendo por respuesta un distraído pero amable gesto con la mano del boss, mientras se dirige a su oficina, donde cambiará su atuendo de presidente de banco por uno de sus uniformes de chef, también hechos a medida.

Se dirige al lugar que más emociones le despierta, o le despertaba hasta hace un tiempo: la cocina. Es un hervidero de actividad. Un carraspeo del sous chef hace que todo quede rápidamente en silencio, para en coro saludar:

Good morning, chef.

Good morning. Continue with your work.

Cómo detesta el inglés, a pesar de ya dominarlo a la perfección, incluso con intachable acento británico. Se obligó aprenderlo y luego perfeccionarlo tras descubrir algunas sonrisas burlonas y de desprecio por su inglés rudimentario con fuerte acento latino. El idioma no iba a ser una barrera en sus sueños. Nadie iba a burlarse de él ni despreciarlo. Nunca más.

¿Is it everything ok, chef? —pregunta en voz baja Reece James, su sous chef.

Of course. Come on, there is a lot to work before we open.

Reece asiente. Por lo visto no es el mejor de los días, a pesar de la apariencia imperturbable del laureado chef.

El resto de la jornada día transcurre sobre ruedas. Mise and place perfecto. Entrevista programada con una de las principales revistas de gastronomía. Otra entrevista con la BBC. Almuerzo con el gramaje exacto indicado por el nutricionista, preparado por el mismo  James. Apertura de los turnos puntualmente. Verificar cada plato que sale, asintiendo cuando todo es irreprochable o lanzando una mirada de hielo ante el más mínimo error, lo que hace correr a los atribulados cocineros. Salir por momentos a cumplimentar a los más distinguidos asistentes al turno de cena, con la misma sonrisa que otorgó a su vecino. Salir a la sala principal para recibir la ovación de los satisfechos comensales, siempre a la misma hora, y tras ello retirarse, pues James se encargará del cierre y organización. Como corresponde a un sous chef.

Mientras regresa a su pent-house envuelto en el ronroneo del Mercedes (su chofer sabe que no debe hablarle si él no habla primero) va revisando en su ipad las reservas y pendientes.

Recién cae en cuenta que al día siguiente empieza el último mes del año. El más aborrecible. El imperturbable rostro se contrae por un segundo. Cómo se le pudo pasado. No solo hay que preparar la carta de invierno, sino también las cenas de Navidad y Año Nuevo. Las reservas deberían haber salido hace semanas.

Marca el número de Reece

Tell me, chef. —La voz de James suena siempre dispuesta a afrontar cualquier tarea.

About Christmas and New Year’s Eve…

Do not worry, sir, reserves were released six weeks ago.

Contiene un suspiro de alivio. Fue un acierto escoger a James como su sous chef tras todo lo ocurrido con Marc y Pedro. Su rostro se contrae por segunda vez, ante el recuerdo de sus ex colegas y ex amigos. Sobre todo le amarga el recuerdo de Pedro. Su padre más de una vez le había dicho “No se caga donde se come”. Cuánta razón tenía el viejo en todo. O en casi todo, piensa con amargura.

Good. Tomorrow we are going to work on that.

Llega a su exclusivo piso en Mayfair, decorado por la más celebrada diseñadora de interiores de Reino Unido. Todo gritando lujo, acabados de primera, impoluto, elegante, monocromático, impersonal pero aesthetic. Entra a la cocina. Se prepara otro repugnante batido. Por un momento se plantea cocinar algo, pero francamente no tiene ganas. Está agotado. Aunque no haya hecho una sola preparación, el día ha sido larguísimo.

Pero, por más cansado que esté, sabe que no podrá dormir. La excusa de hoy serán los menús que debe preparar.

Se acuesta en la cama king size, ipad en mano, para avanzar la planificación. Luego de un par de horas en las que crea un nuevo menú en base a los éxitos de temporadas pasadas, deja el ipad a un lado y se acuesta, los ojos fijos en el inmaculado techo. Apaga la luz a pesar de saber que no dormirá. Se fuerza a cerrar los ojos, pero es imposible, estos se abren solos.

 

Pasan lentamente los minutos, la vista fija en el techo hasta convertirse en horas. A cada minuto la blancura del techo, de su cabeza, de su corazón, de su alma, lo agobian más, hasta sentirse sofocado por tanto blanco. Porque este blanco no significa paz, sino vacío. Un estado de total abulia. Y Enzo está tan vacío que ni siquiera puede sentir compasión por sí mismo.

Busca las píldoras para dormir recetadas por su terapeuta de 500 libras esterlinas la hora. Dejó de tomarlas porque aunque lo hacen dormir, no descansa, y al día siguiente la blancura es peor. Pero si quizá tomase varias de una… hasta la blancura desaparecerían… y podría al fin descansar.

Este pensamiento le da un poco de paz en medio de su agotamiento. Eso debe ser una buena señal. Decidido, se levanta y tiende la cama. Elige con cuidado su mejor traje y su camisa favorita. Incluso podría decirse que se siente mejor. Al fin un poco de control real sobre su vida. La perspectiva de descansar ininterrumpidamente se hace cada vez más agradable.

En medio de sus preparativos, prende el televisor de 84 pulgadas. No recuerda cuándo fue la última vez que lo prendió. Hace tanto que ni ver series o películas le motivaba. Ni siquiera ver las entrevistas que le han hecho últimamente le genera curiosidad.

El televisor está en un canal argentino. Por la diferencia horaria, es un programa tipo revista de misceláneos, llena de entrevistas a famosos y reportajes divertidos o conmovedoras.

El contenido no le interesa mucho, así que no presta atención a las imágenes, pero escuchar el acento de sus paisanos siempre lo hace sentir mejor, menos blanco. Sigue organizando todo (papeles, recibos, y demás, para no dejar quilombos a terceros) mientras escucha distraídamente el programa.

La nota en curso trata sobre un restaurante que está causando furor por el Barrio de San Martín, por su filosofía de servir comida gourmet a gente de barrio. Comida gourmet de barrio, ¿pero qué clase de chamuyo barato es ese?, piensa despectivamente.

—Comer gourmet no significa comer poquito o tener que pagar un montón de guita. Va mucho más allá. Es ofrecer un plato de alta calidad, con una preparación cuidadosa, a quien más lo merece, el laburante que día a día se parte el lomo por sacar adelante a su familia.

La voz que explica el concepto del restaurante hace que abra los ojos grandemente. Juraría que sabe de quién es esa voz. Voltea tan rápido la cabeza que podría haberse roto el cuello y, efectivamente, es él. El rostro moreno de sonrisa franca es inconfundible, tal como esa voz con marcado acento cordobés.

Deja todo lo que estaba haciendo, y se sienta en la cama, ahora sí con toda su atención puesta en el programa. El moreno luce muy bien. Van enfocado imágenes del restaurante. No es muy grande, pero sí bien iluminado e inteligentemente dispuesto. Lleno de color y detalles. Aunque es lo opuesto a su sofisticado y ultra elegante restaurante, el nro 1 en The World Travel Awards y en The World’s 50 Best Restaurants, y que para él es la antítesis de lo que debe ser un restaurante gourmet, debe reconocer que el restaurantito luce bien.

A su lado, otro rostro conocido. Algo parecido a una emoción empieza a crecer en su pecho. No le sorprende que sigan juntos. Siempre fueron el uno para el otro. Le sorprende el valor de verlos tomados de las manos en un programa de televisión nacional, con proyección a otros países.

—A nosotros, nos parece un concepto re copado, Cristian. Contanos, ¿es tuyo? ¿o quizá la idea fue de Lisandro?

A través de la pantalla, puede ver cómo Cristian ríe, mientras dedica una mirada dulce a su novio.

—No, el cerebro detrás de esta idea es mi socio, que no está presente porque no le gustan las cámaras. A nosotros nos pareció un concepto fantástico y como Licha es administrador, entre los tres montamos el restaurante.

—¿Y dónde está tu socio?

—¿Dónde más va estar ese culiado (pitido de censurado del programa)? En la cocina, es su lugar en el mundo. ¿Querés conocerlo?

—Pero claro.

—Dale, vení.

Si alguien tiene ganas de saber quién es el socio y dueño de la idea, es justamente él. Aunque está casi seguro de su identidad. Aumenta el volumen del televisor. Se aferra al control remoto como si este fuese un salvavidas en medio de un mar tempestuoso.

La cámara sigue a Cristian hacia la cocina, chiquita pero impecable, bien distribuida muy bien iluminada, y en cuanto enfoca una figura de espaldas, sabe que no se ha equivocado. A pesar de tener el pelo recogido en una cofia, lo que le impide ver los rulos color chocolate, sabe que es él. Reconocería esa figura así pasasen mil años sin verla. Esta vez, definitivamente siente un calor hermoso en el pecho. Hermoso y doloroso. También siente algo cálido bajando por sus mejillas, pero no le importa.

—¡Hola!, encantada de conocer a la mente detrás de la idea. Para todo el público, ¿Cómo te llamás y de dónde sos?

A través de la pantalla se observa cómo las blancas mejillas se sonrojan, adoptando un delicioso tinte rosado, pero responde con una sonrisa tímida.

—Hola a todos, muchas gracias por la nota. Me llamo Julián Álvarez y soy de Córdoba, bueno, Cristian y yo somos de Córdoba. Amigos desde pibes.

—¿De dónde nació la idea de hacer un restaurante gourmet en un barrio de conurbano?

—Bueno, mi mamá siempre nos dijo que cocinar y alimentar a alguien es un acto de amor. Con este restaurante queremos honrar al argentino de a pie, el que labura de sol a sol, al que quizá no le alcanza para ir a un restaurante de lujo, pero que merece más que nadie comer y comer bien. Una buena comida da felicidad. Nosotros queremos dar felicidad al argentino común y corriente, brindarle un trato de rey.

—¿Y se puede lograr eso con ingredientes, digamos comunes?

—¡Claro! Es cuestión de creatividad. Es lo que hacen nuestras madres todos los días, y no hay nada mejor que la comida de mamá.

—Olvidate, nada supera las milangas con puré de mi madre, a quien le mando un beso y prometo traerla. Pero Julián, me contaron también que vos trabajás con el concepto de cocina autosustentable.

—Y bueno, si aprovechás todo lo de un producto, disminuís costos y podés brindar más opciones. Todo lo que anteriormente se consideraban desperdicios, como las cáscaras, pueden tener diversos usos dentro de la cocina.

Mientras absorbe cada palabra Julián, piensa en todos los desperdicios que a diario se producen en su propio restaurante.

—Contanos Julián, ¿dónde estudiaron?

—Nosotros somos egresados del IAG.

La periodista parece encantada con el dato.

—¡El IAG! La misma escuela de donde salió el gran Enzo Fernández, el mejor chef del mundo por tercer año consecutivo, y que la está rompiendo con su restaurante en Londres. ¿Llegaron a conocerlo?

La sonrisa no desaparece del rostro de Julián, pero se tensa. Imperceptible para quien no lo conoce, pero no para Enzo, quien siente que su corazón se acelera, mientras espera la respuesta de Julián como el acusado que espera el veredicto del juez, los nudillos blancos de tanto apretar el control remoto.

—Sí, lo conocimos. Un grande Enzo, siempre fue un capo.

No dijo más. Nadie siguió el tema. Lisandro inmediatamente tomó la rienda de la conversación, comentando el proyecto barrial que lidera el restaurante para dar una cena de Navidad decente al menos a 1000 hogares de bajos recursos. De alguna manera, Enzo sintió que, como siempre, Licha aparecía para dar auxilio al que estaba en apuros.

—El 50% de las ganancias de este mes se destinarán a los preparativos de esa cena. Pero no es necesario que vengan a comer al resturante. Si desean, pueden hacer llegar un donativo o un vívere. No a nosotros, sino al padre Antonio, encargado de la parroquia de San Martín, con quien estamos trabajando en este proyecto. Incluso pueden venir de voluntarios si así lo desean. Todo suma.

Mientras Lisandro sigue cautivando a la cámara, Julián termina una preparación y la sirve para la periodista y el camarógrafo. La expresión de placer en el agraciado rostro de la reportera es sincera.

—Pero mirá qué belleza de plato, che. Ahora probemos… Mmmm, esto está delicioso, Julián. ¡En mi boca siento una explosión de sabores! Nononono, está buenísimo.

—Muchas gracias —es la avergonzada respuesta de Julián, aunque se nota aliviado por la aprobación de la reportera, que se nota que le está pasando muy bien con cada bocado.

—A nuestros televidentes, anímense a visitar el restaurante de los amigos Cristian, Lisandro y Julián. Comerán re bien y rico y, no sólo eso, sino que ayudarán a que varias familias tengan una cena digna esta Navidad.

 

 

Mientras el programa ha pasado a otras notas, Enzo sigue sentado, pero su cabeza, por primera vez en semanas, está a mil, llena de imágenes.

El “lo conocimos” de Julián, así, en pasado, ha abierto su propia Caja de Pandora de recuerdos.

Recuerdos de la escuela de cocina. Recuerdos del pequeño departamento que Julián y Cristian, a quien todos llamaban Cuti, compartían desde que llegaron desde Córdoba. Recuerdos de los tres, el Cuti, Julián y él, preparándose para los exámenes de la escuela hasta altas horas de la madrugada, entre risas y descansadas mutuas cuando algo salía mal. Recuerdos de Licha llegando con comida rápida para alimentarlos, mientras seguían practicando diversas técnicas de cocina y repostería. Recuerdos de las bromas medio boludas y los chistes del Cuti, que los hacían llorar de la risa pero de lo malos que eran.

Recuerdos de Julián. La afinidad que nació apenas se conocieron. La amistad que se fue consolidando clase a clase, tarea a tarea, conversación a conversación, mate a mate. Las innumerables horas que se quedaban practicando lo aprendido en clase, muchas veces solos porque el Cuti abandonaba y salía con Licha. El confiarle sus sueños y sus secretos más hondos. Los enormes y dulces ojos castaños que no se cansaba de ver, la hermosa sonrisa que siempre le cortaba el aliento, y que con el tiempo supo que era una solo reservada para él, para su mejor amigo.

La nostalgia le golpea en el pecho con fuerza, como si se tratase de un tanque de guerra. Nostalgia de su tierra que nunca más visitó. Nostalgia de los amigos, con los que cortó toda comunicación en cuanto se subió a ese avión. Nostalgia incluso de los buenos momentos con la familia de la que renegó. Nostalgia de Julián, a quien jamás volvió a darle cara luego de esa tarde.

Recuerda que alguna vez fue feliz. No tenía nada, más allá que sus sueños y sus ganas de comerse el mundo, pero era feliz. La opresión que siente en el pecho sube por su garganta, hasta salir en forma de un desgarrado sollozo, que convulsiona todo su cuerpo. Pasa mucho tiempo, no sabe cuánto, hasta que deja de llorar. Pero el llanto lo ayuda a sentirse más liviano. Suspirando profundamente, se dirige al baño para lavarse la cara. Tiene los ojos hinchados y está hecho un desastre para sus elevados estándares, pero eso ya no tiene ninguna importancia.

Sigue pensando en el plato de Julián. Su aspecto es perfecto. Le resulta imposible creer que haya preparado algo tan hermoso en una cocina tan poco equipada, comparada con su cocina. Por la expresión casi orgásmica en el rostro de la periodista, el sabor también era perfecto. Pero al mismo tiempo no le sorprende. Todo lo que tenga que ver con Julián siempre fue perfecto. Aunque él hubiese demostrado lo contrario.

Inconscientemente, se tira sobre la cama. Mientras sus pensamientos giran en torno a Julián y el plato que preparó, se olvida de las píldoras y el destino que quería darles. Al fin todo dejó de ser blanco. Al fin, algo, alguien, ocupa su mente.

Notes:

Espero que el primer capítulo les haya gustado, y de ser así, me dejen sus kudos y comentarios.

Este primer capítulo inicia fuerte porque sí, hay ideación suicida. Las estadísticas muestran que las fechas de festividades especiales son donde incrementan los índices de suicidos y de violencia doméstica. Es una realidad triste que intenté plasmar en la primera parte del fic.

No dura mucho, yo odio el angst, pero a veces es necesario para el crecimiento de los personajes (Enzo, te amo mi chiquito, pronto te saco de esto).

¡Un abrazo y espero que hasta pronto!