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Mi Ángel De Ojos Grises

Summary:

En un mundo donde la narrativa de Dumbledore sobre la muerte de los Potter fue una fachada,Tom Riddle no es el mago tenebroso que todos creen, sino un poderoso y respetado señor oscuro que fue amigo de la familia Potter y padrino de Lucius Malfoy. La muerte de James y Lily fue un trágico accidente.La historia comienza con el encuentro fortuito en el zoológico de Surrey.Draco Malfoy, criado por sus padres Lucius y Narcissa, es testigo de cómo Harry Potter, maltratado por sus parientes muggles, libera accidentalmente una boa constrictor. Draco, reconociendo la cicatriz, alerta a sus padres. Lucius, sabiendo que Dumbledore había asegurado que Harry estaba en un hogar mágico seguro, contacta a su padrino, Tom Riddle. Juntos, investigan y confirman los horrores de la vida de Harry con los Dursley. Movidos por la justicia y un sentido de debeer orquestan un rescate, llevando a Harry a vivir a la Mansión Malfoy. Es recibido con calidez por los Malfoy y por el mismo Tom Riddle, quien se convierte en una figura paternal y mentor. Se forja una amistad instantánea y profunda con Draco.A medida que crecen, la admiración y amistad de Harry se transforman en un amor profundo y una obsesión posesiva.por su ángel de ojos grises.

Chapter 1: Capítulo 1: Destellos en el Terrario

Chapter Text

El sol de un día de verano en Surrey era implacable, derritiendo la atmósfera gris de la monotonía en un caldo húmedo y pegajoso. Para la mayoría, era un día perfecto para una excursión. Para Harry Potter, encajado en el asiento trasero del coche de su tío Vernon, era simplemente un cambio de escenario para su habitual sensación de estar de más. El vehículo olía a cera de automóvil y a la pesada colonia de su tío, un aroma que para Harry significaba "no perteneces".

Delante, Dudley Dursley no dejaba de gritar órdenes y quejas, su corpulencia de once años ocupando más espacio del que le correspondía, tanto física como audiblemente. Petunia Dursley, cuellilarga y siempre alerta, asentía a cada quejido de su "Duddykins" con una solicitud que Harry nunca había visto dirigida hacia él.

—¡Quiero ver las boas! ¡Las que comen personas enteras! —exigió Dudley, golpeando el respaldo del asiento delantero con sus pies regordetes.

—Sí, cariño, lo que tú quieras —respondió Vernon, lanzando una mirada por el espejo retrovisor que, al posarse en Harry, perdió todo rastro de amabilidad—. Y tú —gruñó—, no causes problemas. Comportamiento normal, ¿entendido? Nada de… rarezas.

Harry asintió en silencio, mirando por la ventana. "Rarezas" era la palabra de los Dursley para todo lo que no podían explicar, que, en el caso de Harry, ocurría con alarmante frecuencia. Cosas como encontrar su pelo crecido de la noche a la mañana después de un rapado brutal, o aparecer en la azotea de la cocina del colegio huyendo de los matones de Dudley. Eran sucesos que lo ponían en aprietos, que lo llevaban a ser encerrado en el armario bajo la escalera, su habitación llena de telarañas.

Mientras el coche se aparcaba en el zoo, Harry sintió una punzada de esa familiar y al mismo tiempo tan desconocida sensación. El lugar estaba lleno de familias riendo, padres tomando las manos de sus hijos, niños con helados que se derretían bajo el sol. Él era el extraño, el apéndice no deseado, el huérfano criado por obligación.

A solo unos cientos de metros de distancia, otra familia muy diferente comenzaba su día en el zoológico.

Draco Malfoy, de once años, caminaba entre sus padres con una curiosidad que rayaba en el asombro. Llevaba ropa muggle de diseño impecable —un pantalón corto de lino claro y una camisa polo de un blanco nuclear— que intentaba, sin mucho éxito, mimetizarse. Su pelo rubio platino estaba perfectamente peinado, y sus ojos grises escudriñaban todo con avidez.

—Es increíble —murmuró, señalando una jirafa que estiraba su cuello imposiblemente largo para alcanzar unas hojas—. No tienen ningún núcleo mágico, ¿verdad? Pero hay algo… fascinante en su torpeza.

Narcissa Malfoy, elegantísima con un vestido de verano color lila y un sombrero ancho, sonrió con suavidad. No mostraba el más mínimo atisbo de desdén hacia su entorno. Al contrario.

—El mundo natural de los muggles tiene sus propias maravillas, Draco —dijo su voz, melodiosa y serena—. Es bueno apreciarlas. La diversidad es una forma de riqueza.

A su lado, Lucius Malfoy, apoyado en su bastón de Serpiente  (más por costumbre que por necesidad), asintió con aprobación. Su larga melena rubia caía sobre sus hombros y sus ojos, tan astutos , observaban con una inteligencia aguda y desprejuiciada.

—Tu madre tiene razón. Subestimar a los muggles por ignorancia es un error que no cometeremos. Su ingeniería, su zoología… carecen de magia, pero no de mérito.

Esta no era la actitud de los Malfoy que el mundo mágico creía conocer. La lealtad de Lucius no era hacia un ideal de pureza de sangre fanática, sino hacia su familia y hacia su padrino, Tom Riddle. Dumbledore había tejido una narrativa conveniente después de la trágica muerte de James y Lily Potter: Lord Voldemort, el mago tenebroso, los había asesinado, y su hijo, Harry, había sobrevivido milagrosamente para desaparecer en un lugar seguro. Pero Lucius y Tom sabían la verdad. Sabían que Voldemort era un espantapájaros, un chivo expiario. La muerte de los Potter había sido sin duda alguna un asesinato. Tom, gran amigo y mentor de Abraxas Malfoy, el padre de Lucius, había sido como un segundo padre para Lucius. La idea de que Tom fuera un asesino era tan absurda como ofensiva.

—Mira, padre, un rinoceronte —señaló Draco, impresionado por la mole gris y armada del animal—. Es como un graphorn, pero… más simple. Más sólido.

Lucius esbozó una sonrisa. Estaba orgulloso de su hijo. Curioso, inteligente, y libre de los prejuicios ciegos que plagaban a tantos de su clase. El deseo de Draco de visitar un zoológico muggle antes de empezar Hogwarts no había sido recibido con burla, sino con interés.

Las dos familias, polos opuestos en un mismo universo, se dirigían sin saberlo hacia el mismo punto de inflexión.

Los Dursley, con Harry arrastrando los pies detrás, llegaron al reptilario. El aire era cálido y húmedo, cargado con el olor a tierra húmeda y piel de serpiente. A Dudley le encantó. Se pasó de largo todas las exhibiciones más pequeñas, dirigiéndose directamente al gran terrario de la boa constrictor. Era magnífica, un músculo negro y marrón enrollado con pereza sobre una rama falsa.

—¡Aburrida! —declaró Dudley, golpeando el cristal con el puño— ¡Muévete!.

La serpiente no se inmutó.

Vernon, sudando profusamente, intentó animarla golpeando el cristal también, lo que solo consiguió una mirada de reprobación de un guarda. Harry se quedó un poco atrás. La serpiente le parecía triste. Sus ojos negros parecían fijos en la ventana al otro lado de la sala, en la libertad que representaba el cielo abierto. Harry se sintió identificado con esa mirada.

—Lo siento —susurró, casi sin pensar, dirigiéndose al cristal.

Para su asombro, la boa pareció girar ligeramente la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Harry. No era su imaginación. La serpiente lo estaba mirando.

Fue en ese momento cuando la familia Malfoy entró en el reptilario. Draco se detuvo, observando la escena. Vio al niño grande y mofletudo golpeando el cristal, a sus padres muggles, torpes y ruidosos, y luego su mirada se posó en el niño más pequeño, más delgado, que estaba apartado. Llevaba unas gafas redondas y rotas, prendidas con cinta adhesiva, y una ropa que le venía enorme. Pero no fueron las gafas ni la ropa lo que hizo que Draco contuviera la respiración. Fue la frente. Bajo el desordenado flequillo negro, se vislumbraba con claridad una cicatriz. Una cicatriz muy particular. Con forma de rayo.

Draco se quedó paralizado. Había visto ese símbolo en retratos de periódicos antiguos que su padre guardaba, en libros de historia. Era Harry Potter. El "Niño que Vivió". Según todo lo que se decía, estaba escondido en una familia mágica secreta, protegido por el mismo Dumbledore.

Pero estos muggles… no podían ser magos. Y la forma en que miraban al niño, con fastidio y desprecio… y el propio Harry Potter parecía… pequeño. Demasiado pequeño para su edad. Hundido.

Mientras Draco procesaba esto, la escena en el terrario estalló. Dudley, frustrado por la inmovilidad de la serpiente, empujó a Harry con fuerza contra el cristal.

—¡Quítate de en medio, estorbas! —bufó.

Harry perdió el equilibrio y cayó contra la fría superficie. El dolor en el hombro fue agudo, pero la humillación fue peor. Sintió una ola de calor, de rabia y vergüenza, que le subió desde el estómago. Era la misma sensación que tenía justo antes de que ocurriera una de sus "rarezas".

Miró a la serpiente. La serpiente lo miró a él. Y entonces, sucedió.

El cristal del terrario simplemente… desapareció.

No se rompió en mil pedazos. No hizo ruido. Se esfumó como si nunca hubiera estado allí. El aire húmedo del terrario se mezcló con el del pasillo.

Un grito colectivo se elevó en la sala. La gente retrocedió, aterrada. Dudley, que se había inclinado para ver mejor, dio un chillido agudo y cayó de bruces al suelo del terrario, aterrado al encontrarse cara a cara con la ahora muy despierta boa constrictor.

Harry se quedó mirando, atónito. Lo había hecho otra vez. Él lo sabía.

Pero lo más asombroso fue lo que pasó después. La serpiente no atacó a Dudley. En cambio, se deslizó con elegancia sobre el cuerpo paralizado del niño, y su cabeza se acercó a Harry. Una voz, una voz susurrante y siseante que Harry lo oyó, lo entendía en su mente,  la serpiente dijo:

—Graciassss, hablante... Brasilsss, allá voy...

Luego, con un movimiento fluido y poderoso, la serpiente se deslizó por el suelo de cemento del reptilario y desapareció en un respiradero.

El caos fue absoluto. Vernon Dursley estaba rojo de ira y pánico, intentando sacar a su gritón hijo del terrario. Petunia chillaba. Los guardias corrían de un lado a otro.

Y Harry, en medio del alboroto, solo podía pensar en la voz de la serpiente. ¿La había oído de verdad?

Su mirada, sin embargo, se cruzó con la de otro niño. Un niño rubio, impecable, que lo observaba desde la entrada con una expresión de absoluto asombro y reconocimiento. Sus ojos grises estaban clavados en la cicatriz de Harry. Durante un instante que se sintió eterno, se miraron. Harry vio en esos ojos curiosidad, incredulidad y algo que parecía… preocupación. Luego, el niño rubio fue arrastrado por un hombre alto y rubio y una mujer hermosa, que lo miraban con cara de sorpresa.

Los Dursley no se demoraron. Vernon, tras rescatar a un Dudley histérico (que ahora lloraba que la serpiente lo había mirado a los ojos y quería comérselo), agarró a Harry por el brazo con una fuerza que prometía moretones.

—¡A casa! —rugió, su aliento oliendo a ira y miedo—. ¡Esto sí que te va a costar caro, muchacho!.

Harry fue arrastrado fuera del reptilario, fuera del zoo, y arrojado al asiento trasero del coche, donde el silencio, cargado de odio, era más aterrador que cualquier grito.

Mientras el coche de los Dursley se alejaba chirriando de ruedas, los Malfoy permanecían junto a su propio y discreto vehículo muggle (un modelo de lujo que Lucius había encantado para que se condujera solo si era necesario).

—¿Lo viste, padre? ¿Lo viste? —Draco estaba excitado, hablando rápido—. ¡Era él! ¡Harry Potter! ¡Y ese muggle enorme lo empujó! ¡Y el cristal… desapareció! ¡Fue magia accidental, tuvo que se!.

Narcissa puso una mano calmante en el hombro de su hijo, pero su rostro estaba pálido.

—La cicatriz, Lucius —murmuró—. Era exactamente como en las descripciones.

Lucius Malfoy tenía el rostro convertido en una máscara de piedra. Sus nudillos, agarrando el bastón, estaban blancos.

—Dumbledore —dijo el nombre como si fuera un veneno—. Dumbledore nos dijo que el niño estaba con una familia mágica leal. Que estaba protegido. Amado.

Había visto a aquel niño flaco y harapiento. Había visto el miedo en sus ojos cuando el muggle lo empujó. Había visto la resignación en sus hombros cuando fue arrastrado. Eso no era la mirada de un niño amado. Era la mirada de un niño que había aprendido, desde la cuna, que el mundo era un lugar hostil.

—Padre —dijo Draco, su voz más baja ahora, llena de una preocupación infantil pero genuina—, esos muggles… no eran buenos con él. Lo trataban… mal.

Esas palabras, saliendo de la boca de su hijo, confirmaron los peores temores de Lucius. No era solo una impresión. Algo andaba muy mal.

—Vamos a casa —dijo Lucius, su voz fría y decidida—. Ahora mismo.

~~~~~~

La Mansión Malfoy siempre había sido un refugio de calma y poder ancestral. Pero esa noche, la calma estaba cargada de una tensión eléctrica. Draco, agotado pero demasiado alterado para dormir, fue enviado a sus aposentos con la promesa de que se hablaría más del asunto por la mañana.

En la biblioteca, entre las estanterías repletas de grimorios antiguos y el suave crepitar del fuego en la chimenea, Lucius y Narcissa se miraron.

—No puede ser —susurró Narcissa, tomando una copa de whisky de fuego con manos que apenas temblaban—. ¿Dumbledore mintió? ¿A todo el mundo mágico?.

—Dumbledore hace lo que cree necesario para el "mayor bien", Cissa —respondió Lucius, derramando un brandy ámbar en una copa de cristal—. Su verdad es maleable. Pero esto… esto es una abominación. Dejar al hijo de James y Lily, a su único heredero, con muggles que lo maltratan… —La copa estuvo a punto de romperse en su mano.

—¿Y si Draco se equivocó? —planteó Narcissa, desesperada por encontrar una explicación menos horrible.

—Draco no se equivoca en esas cosas. Y tú misma viste la cicatriz. Y la magia… esa fue una explosión de poder accidental potente, incontrolada. La magia de un niño que no ha sido educado, que reacciona a la angustia. No, era él.

Lucius bebió un trago largo. Sabía lo que tenía que hacer. Era un riesgo, pero la deuda con James y Lily, a quienes había considerado aliados políticos antes de su trágica muerte, y el simple e instintivo horror de ver a un niño mago en peligro, lo impulsaban.

Se dirigió al gabinete situado en el rincón más oscuro de la biblioteca. Dentro, no guardaba documentos, sino un objeto pequeño y discreto: un espejo de mano con marco de plata oscura. No era un espejo cualquiera. Era un canal de comunicación, uno que solo se usaba en las circunstancias más extremas.

Sostuvo el espejo frente a su rostro.

—Tom —dijo, su voz firme pero respetuosa.

Durante un momento, nada. Luego, la superficie plateada del espejo se empañó como si alguien hubiera soplado sobre ella. Cuando se aclaró, no reflejó el rostro de Lucius. Mostró otro: un hombre de mediana edad, de pelo oscuro y lacio, con facciones afiladas y unos ojos marrones intensos y penetrantes. No había nada de la serpentina deformidad que la propaganda de Dumbledore atribuía a Lord Voldemort. Este era Tom Riddle, tal como lo recordaba Lucius de su infancia: inteligente, carismático y peligrosamente poderoso.

—Lucius —la voz de Tom era suave, pero tenía una cualidad que hacía que hasta el aire se quietara para escuchar—. Es tarde. Esto debe ser importante.

—Lo es, padrino —dijo Lucius, usando el término cariñoso que había empleado desde niño—. Hemos visto algo hoy. Algo que… contradice directamente lo que nos han hecho creer.

Y procedió a contarle todo. La visita al zoo muggle. El niño con la cicatriz. Los muggles groseros y hostiles. La magia accidental que liberó a la serpiente. La expresión de Harry Potter. La certeza de Draco.

La imagen en el espejo permaneció impasible durante todo el relato, pero Lucius, que lo conocía bien, vio el destello de furia fría en sus ojos cuando describió el maltrato.

—Dumbledore —murmuró Tom, cuando Lucius terminó—. Siempre tejiendo sus telas. —Hizo una pausa, sus dedos largos y pálidos aparecieron en el borde del espejo, tamborileando ligeramente—. James y Lily… su muerte fue una tragedia, un caso  que aún no logro descifrar. Prometí, cuando ese niño sobrevivió de alguna manera, que estaría a salvo. Y Dumbledore me lo arrebató, escondiéndolo detrás de encantamientos y mentiras.

—¿Qué debemos hacer? —preguntó Lucius.

—La primera prioridad es confirmar que es él, y evaluar su situación real —dijo Tom, su mente ya analizando el problema con precisión quirúrgica—. No podemos actuar solo sobre las sospechas de un niño, por agudas que sean. Y necesitamos saber qué tipo de protección ha tejido Dumbledore a su alrededor. Una acción precipitada podría ser desastrosa.

—Entonces, ¿investigamos? —preguntó Lucius.

—Investiguemos —asintió Tom—. Pero con cuidado. Usa tus recursos, Lucius. Tus contactos en el Ministerio. Rastrea el linaje Potter, busca cualquier mención a una familia muggle llamada Dursley. Yo me ocuparé de… enfoques más arcano. Hay hechizos que pueden rastrear residuos mágicos, localizar a un niño con una firma tan única después de un evento mágico tan potente. Nos reuniremos de nuevo en cuarenta y ocho horas. Y Lucius…

—¿Sí, padrino?

—Si esto es verdad, si Dumbledore ha condenado al hijo de James Potter a esto… entonces la guerra que creímos terminada solo ha entrado en una nueva fase. Una guerra por la verdad.

La imagen en el espejo se desvaneció, dejando a Lucius mirando su propio reflejo, pálido y decidido. La caza había comenzado. No era una caza para capturar, sino para rescatar.
Y en el corazón de un niño de once años que, en ese mismo momento, estaba encerrado en su habitación en el número 4 de Privet Drive, con el estómago vacío y la mente llena de la imagen de una serpiente que le hablaba y de un niño rubio que lo había mirado como si fuera alguien.