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Nobara había supuesto, con una ingenuidad impropia de ella, que tras el éxito rotundo de la limpieza de fin de año en casa de su abuela —donde ella, Fushiguro y un energético Itadori habían dejado cada rincón reluciente— se libraría de cualquier otra obligación sagrada. Estaba equivocada.
Su abuela le había permitido disfrutar de la Nochevieja a cambio de su servicio durante el primer día del año. Fue una tregua dulce: una tarde de películas, montañas de pizza y una cuenta atrás frenética en el salón de los Itadori. Una vez que el reloj marcó la medianoche, Kaori, con su amabilidad implacable, mandó a los chicos a escoltar a Nobara a su casa para asegurar que descansara, antes de que ellos regresaran a sumergirse en una maratón de videojuegos.
Mientras el resto de la ciudad despertaba con la resaca de la celebración, Nobara vestía el traje de miko: la túnica blanca y el hakama rojo resaltaban su puerta elegante, pero ella se sentía completamente fuera de lugar. Su abuela le había enseñado desde niña cómo moverse con pasos silenciosos y precisos en el templo, una disciplina que Nobara ejecutaba con una perfección resentida.
Aunque no podía negar que el contraste del rojo vibrante con su cabello le sentaba de maravilla —e incluso se había permitido un segundo de vanidad frente al espejo antes de salir—, la rigidez del conjunto la desesperaba. El cuello de la túnica, almidonado y perfecto, le impedía mover la cabeza con la soltura habitual, obligándola a mantener una postura erguida que le resultaba ajena. Cada vez que intentaba dar un paso largo o hacer un gesto brusco, la pesada tela del hakama le recordaba que aquel no era lugar para su impaciencia, sino para la solemnidad.
—El Año Nuevo es cuando la gente busca esperanza, Nobara —dijo la anciana, entregándole la llave del puesto de omikuji—. Trátalos bien y la fortuna te tratará bien a ti.
Nobara suspiro. Preferiría mil veces estar peleando en las calles de Shibuya por ofertas que estar entregando pedazos de papel con promesas de fortuna a desconocidos.
Fushiguro e Itadori llegaron más tarde, cuando la multitud empezaba a menguar. Cruzaron miradas con su amiga, pero se mantuvieron a una distancia prudencial del puesto de las suertes. La noche anterior, entre rebanadas de pizza, habían tomado un pacto solemne: ninguno recibiría su fortuna este año. El anterior, los tres habían obtenido resultados desastrosos que parecieron marcar sus desgracias durante meses. Esta vez, preferían la incertidumbre de un futuro ciego antes de leer una sentencia de mala suerte escrita en papel.
—¿Te recuerdas del año pasado? —había dicho Itadori la noche anterior, con la boca llena de mochi—. Yo saqué "mala suerte" y tú "pequeña maldición". ¡Nos jodió el año entero!
—Es mejor así —había sentenciado Megumi.
Así que se limitaron a cumplir con lo tradicional: dos inclinaciones profundas, dos palmadas rítmicas, una inclinación más, lanzar monedas a la caja y rezar en silencio por un año tranquilo. Nada de fortunas.
—No se ha movido para nada —susurró Itadori, señalando con la barbilla hacia el pequeño puesto—. Se ve... ¿incómoda?
Megumi se acercó apenas, observando la rigidez en los hombros de la pelirroja.
—Se ve como siempre: molestar con todo lo que no puede golpear.
—Está bajo la vigilancia de su abuela —añadió Yuji—. Parece que se va a mameluco si respira demasiado fuerte.
—Mejor no nos acerquemos o terminaremos barriendo el templo por los próximos seis meses —concluyó Megumi.
De pronto, una figura imponente cruzó el torii. Ryomen Sukuna avanzaba con una caja de ofrenda en las manos y una presencia tan abrumadora que hacía que hasta los cuervos del recinto callaran. La abuela Kugisaki lo recibió con una inclinación cargada de un respeto gelido.
—Ryomen-san. Qué sorpresa verde en terreno sagrado. ¿No te quema el aire o algo parecido?
Sukuna sonriendo de medio lado, una expresión que destilaba una arrogancia antigua.
—Kugisaki-sama, feliz año. Traigo una ofrenda. Veo que sigue torturando a la juventud.
—Solo a la mía —respondió la anciana con calma—. Usted debería probar con su sobrino. Le vendría bien un poco de disciplina.
—Ese ya está perdido —dijo Sukuna encogiéndose de hombros—. Pero su nieta... debería ser más estricto con ella. La chica tiene la lengua demasiado suelta.
Desde lejos, Itadori abrió los ojos como platos.
— ¿Sukuna charlando amigablemente con la abuela de Nobara? ¿Esto es el apocalipsis?
Megumi cruzó los brazos, analizando la escena.
—Son almas viejas. Se reconocen y se respetan. Es como ver a dos tiburones saludándose antes de morder a los demás.
Sukuna se acercó al puesto de omikuji. Nobara lo miró como si quisiera incinerarlo con la mirada, manteniendo la compostura solo por la presencia de su abuela a pocos metros.
—Toma uno —ordenó ella secamente, tendiéndole el cilindro de madera.
Sukuna lo agitó con una parsimonia irritante, extrajo el palillo y desplegó el papel.
-Dai -kichi . Gran fortuna —leyó en voz alta, con una sonrisa que era pura provocación—. Vaya, pequeña Kugisaki. Parece que los dioses me quieren este año.
Nobara apretó los dientes con tal fuerza que el sonido resultó casi audible.
—Claro. Porque el universo tiene un sentido del humor pésimo.
—¿Celosa? —preguntó Sukuna, inclinándose ligeramente sobre el mostrador—. ¿Quieres que te lea mi suerte en voz alta para que tengas una razón real para llorar?
«Quiero que te lo tragues y te atragantes», pensó ella, sosteniéndole la mirada con furia contenida. Sukuna soltó una carcajada burlona y se alejó con paso despreocupado. El traje de Miko se sentía más pesado.
Horas más tarde, la abuela finalmente dio el visto bueno para terminar la jornada.
—Vete, Nobara. Yo me quedaré un rato más para cerrar.
Nobara se cambió a una velocidad que habría impresionado a un atleta olímpico. Al salir con sus amigos, su frustración estalló finalmente. Navegaba frenéticamente en su teléfono, viendo cómo sus marcas favoritas publicaban el temido cartel de Agotado en las Lucky Bags.
—¡Se han ido! ¡Mis bolsas de la suerte han volado mientras yo le servía la "Gran Fortuna" a ese ogro! —lloriqueó, con un dramatismo que resonó en todo el sendero.
Yuji, sintiendo lástima por ella, se adelantó trotando.
—Iré por algunos bocadillos recién hechos, eso te animará. ¡No se muevan!
Megumi y Nobara caminan despacio por el sendero lateral, rodeados por el brillo de las linternas de papel que empezaban a encenderse.
—Hubiera sido mejor que participaras en las actividades nocturnas del templo —comentó Megumi—. Habrías tenido el día libre para tus compras.
—Ya lo sé, Fushiguro —suspensó ella mientras guardaba el celular, calmándose ante la tranquilidad del atardecer—. Pero quería pasar tiempo con ustedes. Eso también es importante... supongo.
Se detuvo y le extendió un amuleto pequeño, tejido con un cuidado que no se encontraba en los puestos turísticos del templo. Megumi notó que los hilos estaban entrelazados con una precisión que delataba horas de esfuerzo.
-Lo prepararé especialmente. Espero que este año nos tratemos mejor. No hay nada para Itadori, él necesita un exorcismo.
Megumi lo tomó, sintiendo la textura de la seda y el calor que aún conservaba del contacto con las manos de ella. Fue entonces cuando lo comprendió: Nobara había sacrificado su actividad favorita de todo el año, sus preciadas compras, solo por asegurar unas horas extra de su compañía. El peso de ese detalle le oprimió el pecho de una forma extrañamente agradable.
—Gracias. De verdad —respondió él. Sus dedos rozaron los de ella al recibir el regalo y Megumi no los retiró de inmediato, permitiéndose un segundo de contacto que decía mucho más que sus palabras.
—Oye... Tsumiki-chan ya debe estar en casa, ¿verdad? —preguntó ella con una pequeña sonrisa esperanzadora—. Quiero entregarle un amuleto especial que hice para ella. Necesito ver una cara amable después de aguantar todo esto, ya Sukuna, en un solo día.
Megumi ascendió, sintiendo una oleada de afecto. Que ella tuviera presente a su hermana de esa manera era la estocada final para sus defensas.
—Seguro que sí. Vamos a casa.
La burbuja de tranquilidad explotó cuando Yuji regresó con la bolsa de bocadillos y el celular en la mano.
—Es mi tío... —anunció Yuji, poniendo el altavoz con un temor evidente.
—Escucha bien, mocoso —la voz de Sukuna sonó clara, cargada de una malicia triunfal—. Dile a la ruidosa de tu amiga que si sigue divulgando el rumor de que regalo pasteles secos de una semana, voy a cobrarme la difamación. Acabo de hablar con su abuela; ella está totalmente de acuerdo en que le vendría bien "disciplina externa". Si abre la boca otra vez, trabajará en mi cocina todo el próximo mes, con la mitad del sueldo y bajo mi supervisión total.
El silencio que siguió fue sepulcral. Nobara procesó las palabras mientras su rostro pasaba del blanco al rojo puro.
—¡Ni muerta! ¡Vámonos, Fushiguro! —gritó Nobara, agarrándolo del brazo con fuerza y arrastrándolo hacia la estación—. ¡Tsumiki-chan curará mi alma! ¡Lejos de ese viejo decrépito!
Yuji le lanzó una mirada socarrona a Megumi, alzando las cejas al ver cómo Nobara no soltaba su brazo. Megumi, con las orejas ardiendo por el contacto y la burla de su amigo, le propinó un golpe certero en las costillas sin dejar de caminar al paso de Nobara. El año empezaba con problemas y amenazas, pero mientras ella no soltaba su brazo, Megumi sintió que podría lidiar con cualquier fortuna que el destino decidiera lanzarle.
