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Mientras se duchaba, Arthur no dejaba de regañarse por haber perdido el juego de cartas. Su suerte había sido tan mala que ahora debía salir del baño sin escudo ni espada que lo protegieran de las manos juguetonas del francés.
Tampoco es que le molestara tanto. Muy en el fondo, admitía que el sexo de odio con él se había vuelto parte esencial de su extraña relación.
“Aunque parece empeñado en ser romántico.” Inglaterra negó tras secarse el cabello. Se quedó con la nariz impregnada de la lavanda que perfumaba la toalla.
Cruzó los dedos para que, al salir del baño, la habitación no estuviera llena de pétalos de rosas y velas encendidas. No, no podría soportar la cursilería de Francia.
Sin embargo, su quijada casi se cayó al ver un traje negro, impecable, tendido sobre las sábanas. Junto a él, una caja azul marino brillaba como si viniera de una joyería cara.
Caminó despacio, esperando que Francis no le saltara por detrás y lo desnudara ahí mismo para obligarlo a usar el traje, no sin antes, manosearlo.
Al llegar al pie de la cama sostuvo una rosa entre sus dedos y bufó. No quedaban dudas de que algo tramaba el dichoso francés. Dejó la flor solo para leer la nota que sobresalía de uno de los bolsillos del traje. Al desdoblar el contenido, Arthur torció los ojos:
“He preparado un maridaje de vinos para celebrar lo pésimo que eres jugando póker. Vístete bien, perfúmate y asegúrate de ponerte bien mi ‘obsequio’. No es la primera vez que usas uno así. Lo sabes muy bien”.
Inglaterra frunció el ceño.
—¿Acaso me compró una correa? —Una risa seca abandonó sus labios.
Jamás le habían tratado como un perro, ni siquiera en sus años de pirata.
Abrió con sorna la misteriosa caja… y la cerró de un solo golpe. Las mejillas se le colorearon de un tenue rosa. ¡No podía con tanto descaro!
“¿Cómo sabe la maldita rana que yo…?”
Arthur hizo un inventario de vergüenzas: momentos bochornosos estando ebrio, confesiones a medias, de recuerdos muy íntimos.
En efecto, no era la primera vez que se estimulaba solo, usando uno de esos raros artefactos para darse placer. Pero no recordaba haberle contado a Francis.
O tal vez sí.
Al día siguiente de esa borrachera muy lejana, con el peso de la resaca y el olor de un desayuno francés, lo recordó.
Francis lo llevó a su casa para cuidarlo, sostenerlo hasta llegar a la habitación donde no pasó nada. Sólo la indiscreción de una lengua suelta por el whisky y esa maldita frase que le daba cosquillas en la espina dorsal:
—¿Y qué se siente vibrar bonito? —Francis se rió pomposo.
Arthur estaba muerto de vergüenza. Lo peor es que creyó que ambos lo olvidaron. Fue tan iluso pensar que Francis, fiel devoto de cualquier tipo de placeres, dejara pasar un detalle así.
Volvió a abrir la caja, y está vez el descaro fue mayor. Encontró una botella de lubricante esperando para ser usada.
Su orgullo gritaba que no lo hiciera, que no fuera parte de aquel juego burlón. Pero el cuerpo temblaba de ansias, de volver a ese momento donde la curiosidad pudo más que la razón.
—En fin, solo es un tonto juego —gruñó, como si eso lo excusara—. Y la cena es gratis.
Se encogió de hombros tras escuchar el clic del bote de lubricante. Respiró profundo, pero antes, notó que el juguete tenía un botón y al presionarlo, una lucecita discreta apareció.
—¿Tendrá vibración? —se preguntó más con curiosidad.
Casi se le cae de la mano al sentir una caricia eléctrica, pequeña, íntima, como un beso juguetón malintencionado. Las mejillas ya no estaban rojas, ardían pudorosas.
Debía encontrar el control del juguete, una vez probó todas las vibraciones sobre su mano. Pero al no verlo dentro de la caja, suspiró, aunque le pareció extraño. Quizás solo era uno de los que vibran si los presionan y no necesitan un mando a la distancia. Se encogió de hombros y lo dejó así, encendido.
“¿Qué es lo peor que puede pasar?” Concluyó tras relajarse, siendo cuidadoso con aquel aparato.
Una vez que se vistió, salió de la recámara. La idea de caminar como una luciérnaga encendida del trasero le provocaba una risa nerviosa, impropia de él y la situación.
Por lo menos esperaba que la cena con maridaje fuera deliciosa, porque amena no iba a ser, no para su orgullo.
En el comedor, la luz tenue de las velas adornaba el centro de mesa. El aroma de varias especias le abrieron el apetito apenas cruzó el umbral. La mezcla de romero, pimienta rosa y ese maldito aroma a canela que siempre lo relajaba sin querer.
Entonces Francis apareció con una bandeja llena de diferentes quesos, frutas picadas y carnes frías, que se le antojaron al inglés tras escuchar el golpecito del metal sobre el cristal de la mesa.
—Bienvenu, mon amour. No esperaba que bajaras tan… dispuesto —dijo Francis, con la elegancia de un mayordomo experimentado.
Esto no parecía un castigo para alguien que perdió en el póker, sino un festín para los sentidos. Hasta la música suave de jazz le daba al comedor ese toque de cena de lujo.
Arthur no dijo nada, abrió la silla y se sentó frente a la mesa, esperando ser atendido. La confusión lo tenía contrariado, apoyando la barbilla sobre sus dedos entrelazados, hasta que… lo sintió.
Un jadeo se le escapó con descaro, y su cuerpo se arqueó contra el respaldo, tenso, traicionado por sus propios músculos. Sus mejillas volvieron a cobrar el tono rosa, y entonces sus ojos verdes se abrieron suplicantes, confundidos, para la mirada azul profunda del francés.
—Es de mala educación llegar sin saludar, monsieur —sonrió Francis altivo—. ¿Acaso los ingleses carecen de modales?
—¿Qué demonios, Francis? —se quejó Arthur, presionando sus piernas en un vano intento por detener la ligera vibración del juguete.
—Las reglas de este maridaje son simples: una grosería tuya, equivale a un toucher magique —chasqueó la lengua.
Francis irguió la espalda, presumiendo su elegante uniforme de camisa blanca y chaleco negro bien ceñido a su cuerpo. Su cabello rubio y ondulado, se encontraba atado a una coleta baja, como si supiera exactamente lo que ese gesto provocaba.
Arthur se dio cuenta que Francis tenía una mano metida dentro del bolsillo de su pantalón negro, mientras que la otra, adornada con un guante, le acariciaba despacio el mentón.
—Al menos que estés desesperado por sentir la petit morte, querrás jugar con mi paciencia —Francia le sostuvo la barbilla con firmeza, acercando su rostro todavía más—. Pero te advierto… eso arruina el vino.
El ronroneo bajo se le antojó como una caricia que se colaba por debajo de la ropa, encendiendo zonas que aún intentaba mantener firmes.
El rubio de ojos verdes, trató de poner los pies estáticos sobre el suelo, pero el temblor en su pelvis lo traicionaba sin piedad.
—Bien, empecemos de nuevo —Francis se alejó de la mesa, acercándose a la cava de vinos a un lado del comedor—. Para esta noche, he seleccionado los mejores vinos de la región, monsieur. Espero que su lengua esté dispuesta a seguirme en el orden que los disponga.
—¿Po-podrías apagar la vibra…? —Arthur fue interrumpido por otro gemido, uno más lánguido y necesitado. El placer le enredaba la lengua.
La intensidad de la caricia fue tan deliciosa que los dedos de sus pies se encogieron dentro del calzado. Echó la cabeza hacia atrás, recibiendo el nuevo oleaje en su pelvis. Sus nudillos se pusieron blancos como la cera de las velas, aferrándose a los reposabrazos de la silla.
—No, no —canturreó el francés—. Una vez encendidos los motores, es difícil regresar al inicio.
—¡Por favor! —Arthur suplicó con la voz ahogada y el orgullo por los suelos—. Ya no hablaré, ni diré nada —se ruborizó al escucharse gemir.
—Al contrario, me encanta oírte suspirar —ronroneó Francis, acercándose con una copa y una botella nueva de su colección—. Mírate, estás más que apetecible… que podría degustar el vino directo de tu piel —se pasó la lengua por encima de los labios.
Francis se tomó su tiempo para quitar el corcho de la botella. Sonrió tras escuchar el aire contenido en el interior y observó a Arthur, sabiendo que él no podría quitarse el juguete, no aún.
Sus manos ágiles sirvieron el Chardonnay tan despacio que el inglés creyó que el vino sería eterno en caer. El tiempo ya no tenía sentido.
El traje se aferraba a su cuerpo sudoroso como una segunda piel incómoda. Su interior pedía desnudarse, pues no soportaría más el calor, menos la presión del pantalón contra su miembro.
Francis lo sostuvo de la barbilla con la mano enguantada, elegante pero fuerte, mientras la otra le ofrecía el borde de la copa. Arthur se zafó de su agarre, con un movimiento seco, escurridizo. No podía beber, no así, con su cuerpo tiritando febril.
—Mon lapin, no estás disfrutando como debe ser —negó con la cabeza—. Tendré que tomar medidas drásticas.
Después, devolvió la copa de vino sobre la mesa, solo para meter la mano al bolsillo del pantalón. Le arrancó un gemido gutural al británico al presionar el control del juguete, recorriendo con sus ojos las gotas de sudor que bajaban por el cuello de Arthur, empapando las solapas de su camisa como si ardiera desde dentro.
Del bolsillo del mandil sacó unas esposas con felpa azul. Las hizo girar lentamente en su dedo, como una ofrenda lasciva.
—No vas a ocupar las manos por ahora, mon cher —musitó al hincarse al lado de Arthur, apreciando mejor el sutil vaivén de las caderas sobre el asiento—. Sé que te está haciendo vibrar delicioso… pero lo disfrutarás aún más si confías en mí.
—¡No intentes… chantajearme! —habló entre dientes Arthur, con temor de soltar un nuevo gemido.
—No se trata de eso —Francis le acarició una rodilla con los dedos, descubriendo el calor a través de la ropa del británico—. Sólo que goces, sin límites.
Bastó con bajar su manos hacia la pierna para que Arthur respirara con pesadez. Lo vio abrirse el saco y desabotonarse el cuello de la camisa, buscando un alivio.
—¿Te ayudo? —preguntó Francis con la voz dos octavas baja. Sonrió al verlo asentir.
Se levantó, con sus manos dispuestas a desatar la corbata del inglés tan lento, que Arthur pensó que más que ayudar, lo seguía torturando con anticipación.
En un parpadeo, ya tenía una muñeca sujeta con las esposas al reposabrazos. Ni siquiera lo vio venir.
Francis lo arrulló, tapándole los labios con su dedo índice. Le limpió el sudor de la frente con su propia corbata.
—Confía en mí —le repitió como un mantra suave—. Te voy a aliviar muy pronto.
—Por favor —volvió a suplicar sin aliento.
Francia caminó rápido al otro lado de la silla, atando la otra muñeca al reposabrazos con la corbata. Luego sus dedos comenzaron a desabotonar la camisa de Arthur con cuidado. Sus ojos se perdieron en las gruesas gotas de sudor cayendo libres por el pálido torso del inglés.
Se mordió los labios al detenerse a apreciar la agitada respiración del pecho de Inglaterra. No esperaba que la intensidad de las vibraciones le dejarán la piel bañada de rocío, con el aroma embriagador de madera pulida y tabaco con notas florales.
Está vez fue más delicado con la caricia bajo el mentón de Arthur. Le ofreció la copa de Chardonnay y la vertió muy lento. El inglés iba a protestar antes de que su lengua tocara el licor
—No hables, mon cher. Traga —ordenó Francis con voz gutural.
Y Arthur no tuvo más que obedecer. El sabor del Chardonnay empapó su lengua, y lo hizo suspirar. Unas gotas de vino se desbordaron por las comisuras de sus labios, pero el francés las sorbió sin darle un beso.
—No hay que desperdiciar nada —sonrió tras pasarse la lengua por el colmillo—, pero te perdonaré, solo por esta vez.
Francis tomó un gajo de naranja de la mesa y lo acercó al rostro de Arthur, que lo miraba sin entender bien qué haría. Primero lo llevó muy lento a su nariz y luego lo bajó a su boca, pidiendo que comiera la fruta.
El inglés le dio una mordida temblorosa y probó el jugo, llenando su paladar del sabor cítrico. Le pareció que su boca ahora estaba llena de gajos de fruta. Francia lo besó y lamió sus labios, separándose con cuidado de él para morder otro gajo de naranja.
La forma en que sorbió la fruta, se le hizo diferente a Arthur. En especial, por las pupilas dilatadas entre el mar profundo de aquella mirada. Por un instante, quería ser rodaja y comer del mismo gajo.
Estaba aún distraído con la sonrisa gatuna de Francis, que no notó lo rápido que tenía frente a su boca un trozo de queso fresco, bañado en una salsa de tomate con especias.
—N-no… no sería capaz de comer… estando así —rechazó, sellando los labios.
—Arthur, mon cher… —susurró Francis con tono grave—. Has tenido llena esa boca sucia de marinero, estando a nada de correrte —la sonrisa burlona estaba acompañada de un ronroneo bajo.
La vibración del juguete aumentó aún más, obligando a Arthur a abrir la boca, soltando varios gemidos desvergonzados. Su lengua probó la salsa de tomate y le supo a la misma gloria. Estaba confundido entre si era el juguete o era la comida, lo que le provocaba un estado de éxtasis profundo.
Entre suspiros, aceptó el trozo de queso, disfrutando de cómo su cuerpo poco a poco se iba desinhibiendo. Ya no le importaba que Francis le lamiera los restos de salsa. Tampoco que su erección estuviera a punto de estallar. Cada vibración era un paso más hacia el cielo.
—¡Carajo! —masculló Arthur, sin poder dejar de impulsar sus caderas hacia arriba.
Sus manos se apretaron a los bordes del reposabrazos como garras, tanto que creyó que los podría romper.
Francis lo contempló maravillado, de pie, a un lado de la cava de madera. Se mordió el pulgar, casi celoso de que nadie más pudiera admirarle de esa forma.
—Te ves tan hermoso así —gruñó, limpiándose las comisuras con los dedos—. Al borde, a punto de tragar todo lo que te dé.
—Francis… —lo llamó, gutural.
—Espera un poco más —mencionó antes de girarse a tomar una botella de Merlot.
Le quitó el corcho al vino, sin importarle que este cayera al suelo con un golpe sonoro. Tenía otros planes, unos más salvajes que nacían desde el fondo de sus fantasías.
Él tomó una copa limpia y degustó el vino desde ahí, apreciando la mirada verde de Arthur, suplicando sin palabras, que lo necesitaba ahora; después de comprobar la dulzura del licor, le sostuvo la barbilla al inglés y le ofreció el vino directo de la botella.
—Toma Arthur —le ordenó sugerente.
Arthur llevó los labios al pico de la botella y bebió como si fuera un premio. Luego la lamió, sin apartar los ojos de él. Fue un gesto descarado, cargado de reto.
—¿Crees que eso está bien, mon lapin? —La respiración de Francis salió entrecortada—. ¿Ser así de sucio?
Volvió a apretar el control, castigando con una vibración más potente al británico. Los gemidos de Arthur inundaron el comedor, sonando por encima de la música ambiental, rebotando contra la vajilla como el eco de una confesión indecente.
Pero no había terminado ahí. Francis vertió el vino sobre el torso de Arthur. Escuchó un jadeo, luego una queja sobre lo costoso del traje y después, más suspiros de placer al lamerle el cuello, la clavícula y limpiar cada tramo de piel humedecido por el Merlot.
Su lengua avanzaba por el pecho de Arthur, adorándolo como un altar a Dionisio, estremeciéndolo con sus lengüetazos hambrientos. Esperaba oírlo suplicar por más, pero el rubio de ojos verdes estaba con la cabeza perdida en los placeres de la carne.
Desde el contraste de su calor contra el vino, y la cálida boca del francés, hasta la deliciosa vibración del juguete. Su aguante se veía tentado, más aún cuando sintió el frío del Merlot bañando su abdomen.
Arthur quería quejarse por lo lento que se movía el francés, pero un gemido lo interrumpió. La libidinosa lengua de Francis giró cerca de su ombligo, antes de sorber vino de ahí.
—Eres un cerdo —siseó Arthur con la mandíbula apretada. Ni él se creía que no lo disfrutó.
—¿Estás insultando al sommelier? —Francis ronroneó en advertencia y se rió bajo tras presionar el botón del juguete—. No trates de ocultar tu lujuria con tus groserías… porque te haré venir dentro de tus pantalones.
Sus dedos acariciaron la punta de aquella erección palpitante, empeorando los jadeos de Arthur. El galo se limitó a seguir ahí, sin bajar la mano por aquella longitud, sólo admirando como un roce sobre la tela, le cambiaba el gesto ceñudo de esos ojos verdes, a una súplica silenciosa.
—Estás tan excitado, Arthur —suspiró, masajeándolo con la palma abierta—. Tan sólo escúchate… ya te quieres correr.
—¡Déjate de juegos! —exclamó desesperado.
—Bien, tú lo pediste —Francis le sonrió por un instante, poniéndose de pie.
Arthur lo siguió extasiado, atento al siguiente movimiento. Le ofreció de beber más Merlot antes de darle un beso arrebatado, casi animal. Sus lenguas se enredaron una y otras vez, saboreando del vino que se derramaba entre ellos.
Al quedarse la botella vacía, Francis la abandonó sobre la mesa, sólo para sacar el control remoto del juguete y aumentar la vibración hasta el tope.
Arthur se estremeció sin control sobre la silla. Pensó que la tortura había llegado a su fin, pero el juguete no hizo más que enloquecerlo. Si había algo de autocontrol y censura de sí mismo, ya no existía, quedándose con las mordidas de Francis sobre sus hombros, mientras luchaba por desabrocharle el pantalón.
Él gimió por el contraste del clima contra su miembro recién liberado, antes de recibir las tersas caricias de Francis.
Su cuerpo rozaba el delirio, como si el placer lo desconectara de la carne y lo fundiera con el vino, el sudor y la voz de su amante.
En un parpadeo, el francés se encontraba arrodillado delante de él, luchando por bajarle los pantalones con voracidad. Arthur quedó semidesnudo en aquel comedor, entre el olor de las especias, el vino regado y la lujuria que su cuerpo brotaba.
Como era de esperar, las ágiles manos de Francis lo trabajaron con una devoción insaciable. Una tocaba su miembro con apuro, mientras la otra lo enloqueció aún más, sacando y metiendo el juguete una y otra, y otra vez.
Su cuerpo terminó cediendo, dejándose ir tras varios gemidos. Soltó los dedos de los reposabrazos, cerró los ojos y su cabeza cayó hacia atrás. Su vientre se empapó de la calidez de su clímax.
Arthur suspiró aliviado, aunque volvió a temblar después de que Francis le limpiara el abdomen con varias lamidas, asegurándose de no dejar ni un rastro de su orgasmo sobre su piel.
—C'est exquis —el rubio de ojos azules le regaló una sonrisa ladeada al ponerse de pie. Luego, le besó la frente y los labios de una forma más tierna—. Tendré que asegurarme de hacerte perder otra vez en el póker.
—Eso quisieras —se burló Arthur.
Después de que Francia lo desatara de la silla, se acarició las muñecas con cuidado, antes de empezar a abotonarse la camisa, con la espalda recta y esa pose en la que finge verse digno, aún cuando su orgullo se escapó por la ventana de la cocina.
Al levantar los ojos, se percató que Francis lo miraba de forma peculiar, mientras trapeaba el piso.
—¿Qué? ¿Acaso estás ebrio? —Inglaterra soltó con sorna, pero sus mejillas se ruborizaron, al verlo regresar ante él.
—No, es sólo que te ves tierno fingiendo que no ha pasado nada —Francis musitó cerca de la cara de Arthur. Bajó sus manos al cuello de la camisa de él—. Te abrochaste mal estos botones.
Francia se tomó su tiempo para acomodarle la camisa, asegurándose que ni un ojal le faltara un botón, luego le ajustó la corbata, como si quisiera devolverle la compostura que le había robado con las manos minutos antes.
—Listo, te ves perfecto —le guiñó un ojo, pícaro—. Espera a que traiga la cena, aún no termino contigo.
—Idiota —masculló Arthur azorado.
Aunque debía admitirlo: Francis no se veía tan mal vestido así, mucho menos sirviéndole con esa elegancia jocosa que a veces le causaba dolor de cabeza… o un gusto culposo.
La próxima vez, se aseguraría de ganarle en el póker, y obtener su tan deseada venganza.
