Chapter Text
«Yo, Farfadox, me uniré a ElRichMC para hacer que la era más oscura de Elitecraft comience.»
Antes de todo, el servidor era ruidoso.
No por explosiones ni por gritos, sino por voces. Risas cruzándose en el spawn, discusiones absurdas en el chat, pranks inofensivas, construcciones a medio terminar. Era un caos cómodo, uno en el que nadie pensaba demasiado en bandos ni consecuencias.
Pero entonces, la gente aprendió lo rápido que puede marchitarse todo.
Durante meses, Elitecraft estuvo sumido en una guerra de dos bandos, quienes no peleaban por tierras o riquezas, sino por egos y orgullos. Todo había comenzado de una manera tan estúpida. Un simple cartel con una mediocre confesión de amor fue lo que desató las muertes de ocho de sus habitantes.
Había rastros de obsidiana, explosiones, cristal y muchas otras cosas más por todas partes. Los ataques constantes de ambos grupos contaminaron el servidor hasta que uno de ellos fue forzado a alzar la bandera blanca de la vergüenza. El spawn no se salvó de esta destrucción, incluso cuando anteriormente se había acordado que sería zona neutra.
—Tío, que es el quinto shulker de tierra que uso— Lilicross expresaba su disgusto mientras colocaba más tierra en los baches abiertos. A su lado, Crisgreen se encontraba tirado del cansancio.
—¿Y de quién es la culpa, eh? Dad gracias que decidimos ayudaros después de toda la mierda que montasteis— habló con una clara molestia el ser blanco conocido como Killercreeper, a unos pocos pasos de distancia, plantando árboles.
—Déjense de boludeces y pónganse a laburar, sobre todo vos, Cris, a ver si agarrás la pala por primera vez en tu vida.
—Cerrá el orto, gordo, que el que se fue de viaje todo un mes fuiste vos— le recriminó al caballero sin siquiera incorporarse.
Farfadox, que ayudaba a Conterstine a ordenar los shulkers apilados cerca del camino principal, no le devolvió el insulto. Se limitó a seguir acomodando.
La reconstrucción de Elitecraft iba a llevar mucho tiempo y recursos. Por eso, aquellos que no habían sido partícipes de la guerra exigieron a los vencedores hacerse cargo de todo el proceso. Los más insistentes fueron Killer y Kaumaru, que no pararon de molestar al administrador hasta que obligara a sus subordinados a arreglar su propio desastre.
Y la verdad, no costó mucho convencer al Team Rich, o al menos eso sentía Farfadox. Después de todo, era innegable que causaron una masacre innecesaria.
El plan nunca fue atacar una zona segura, de hecho, todo lo contrario. Mientras los más experimentados en combate pasaron días trazando mapas y buscando las coordenadas perfectas para ejecutar un ataque limpio, Rich y Rubik creaban una máquina que, con la ayuda de un command block artificial —toque de Rich— lograría summonear un world border, encerrando a sus enemigos sin necesidad de estar presentes para correr riesgos. El resto era simple. Si no se rendían, cerrarían el world border, causando su inminente muerte. Todo estaba calculado y repasado. El equipo estaba orgulloso de su trabajo y, sobre todo, ansiosos por acabar ese infierno de guerra.
Pero nada salió como se esperaba.
Gona se les adelantó con un movimiento tan imprudente como precipitado, pero nadie esperaba que el comandante Rich cometiera un acto mucho peor, un acto lleno de ambición y rencor. Al saber que sus enemigos se encontraban concentrados en el spawn, y sin importarle los gritos y protestas de sus propios aliados, presionó aquel botón que activaría el world border, una acción irreversible que le concedió la victoria de manera casi inmediata. Sin embargo, no fue un acto sin consecuencias, y lo más cruel fue que no fueron ellos quienes lo pagaron. Farfadox volteó a ver el lugar donde Silithur se encontraba construyendo una estatua, erigida en memoria de alguien a quien, si bien no conoció profundamente, no tenía nada que ver con la guerra y había muerto a causa de aquel ataque. RaptorGamer.
Los pensamientos de Farfa fueron interrumpidos por una chica pelirosa que se acercaba con una canasta de pícnic hacia el grupo.
—¡Os traje comida!— gritó LakshartNia, y Cris se levantó de un salto, claramente emocionado por la palabra.
Rápidamente todos se reunieron para descansar al menos un rato, pero lo que hace unos meses hubiera sido un momento de risas y anécdotas, ahora era un momento tenso, donde nadie tenía ganas de iniciar una conversación. Salvo por la sirena.
Nia se sentó sobre una caja de shulkers vacía y comenzó a repartir la comida con calma, como si el ambiente no le pesara. Nadie habló al principio. Solo se escuchaban mordidas distraídas, el roce de la tierra bajo los pantalones y alguna respiración cansada de más. Cris comía demasiado rápido, Conter jugueteaba con una fresa entre los dedos y Farfadox mantenía la mirada fija en el suelo, ausente.
La sirena los observó uno por uno, ladeando un poco la cabeza, como evaluando si era buen momento o no. Tomó aire, se acomodó el cabello detrás de la oreja y esbozó una sonrisa leve, de esas que no buscan alegría, sino alivio.
—¿Sabéis?—dijo al fin, rompiendo el silencio— siempre me ha parecido curioso cómo, después de una guerra, lo más difícil no es reconstruir el lugar… sino aprender a estar juntos otra vez.
Nadie respondió, pero varias miradas se alzaron hacia ella. Nia tomó aquello como una invitación y continuó, apoyando el codo en la canasta.
—En fin, supongo que para eso sirven las historias. Para llenar los huecos cuando nadie sabe
muy bien qué decir.
Robándole fresas a la pelirosa y con la boca llena, Lili habló.
—No todos tenemos millones de historias en la cabeza como tú, Nia. Venga, cuéntate una.
—Hmmm… ¿Conocéis la maldición de Hanahaki? La verdad es que es muy interesante, pero también triste.
Farfa negó con la cabeza, al igual que los demás, sin tomarle mucha importancia. Estaban más enfocados en comer.
—¡Ehem!— Nia se aclaró la garganta y continúo— Cuando estaba en la escuela de monstruos nos enseñaban todo tipo de hechizos y maldiciones. Sin embargo, las que más me llamaban la atención eran las que aparecían solas, o sea, las que no necesitaban ser invocadas. Veréis, según los ancianos y mis propios estudios, los sentimientos son un tipo de magia que no podemos controlar del todo. Algunos sentimientos fuertes son la base y combustible de ciertos hechizos, y es por eso que la mayoría de criaturas más hostiles son tan fuertes. Su odio fortalece su poder, por ejemplo, el Wither. Pero el odio no es el único sentimiento que destruye. Puede ser cualquier cosa, rencor, tristeza, anhelo… todo esto puede trascender a algo físico.
Hablaba con naturalidad, como si repasara una lección antigua.
—¿Desde cuándo sabes tú de magia?
—Desde hace mucho, querido Conter.— respondió sin dudar— En fin, esta maldición se alimenta del amor, del más silencioso de todos, o más bien del amor no reconocido. Todo empieza cuando una persona ama a alguien de manera pura y profunda en secreto, y aparece únicamente en quienes permiten que la esperanza permanezca más tiempo del que puede sostenerse. Aquello que no ha sido confesado deja de ser pensamiento y se convierte en algo vivo, comenzando a crecer hacia dentro.
Sirviéndose una taza de té, Nia soltó una risita, satisfecha al notar que ahora sí la escuchaban, incluso los menos apasionados por las historias.
—Al principio no pasa nada. El portador sigue con su vida con normalidad, ríe, habla, llora, pelea, como cualquiera de vosotros. Sin embargo, en silencio se crea una pequeña presión en su pecho, una molestia fácil de ignorar, y sus pensamientos comienzan a volverse incontrolables. Para entonces, la semilla ya ha sido depositada.
—¿Semilla?
—Mmh, semilla.— afirmó con calma— Pasan los días y la respiración se vuelve más pesada, como si fuera una gripa. Al principio no le dais importancia, pensando que pasará. Pero un día, sin aviso, de vuestra boca brotan fragmentos de vida. Una flor, la primera, junto con su tallo, es arrancada por la tos. No duele, no todavía, es más bien incómodo, una sensación parecida a vomitar. Pero para entonces ya no hay vuelta atrás.
—Empieza con pétalos—tomó un momento y continuó— luego vienen los tallos y después flores enteras. Cada vez más difíciles de ocultar.
Hizo una pausa para terminar su bebida, dejando que la imagen se asentara en la mente de los presentes.
—No son un símbolo de belleza— dijo finalmente— son una invasión. Sus raíces se alojan en los pulmones, se alimentan de todo lo que nunca dijisteis y florecen con cada pensamiento que os guardasteis. Cuanto más profundo y silencioso es el amor, más firmes son las raíces… más se enredan en vuestro interior, hasta que ya no queda aire suficiente para seguir viviendo. Los antiguos dicen que el corazón no sabe obedecer al miedo. Cuando se le obliga a callar durante demasiado tiempo, se rebela y encuentra otra forma de hablar, aunque esa forma sea ahogar a quien lo silenció.
Con esas últimas palabras, un silencio se acomodó entre todos, incluido cierto caballero que mantenía la cabeza baja.
—Jo… que triste— murmuró Lili, casi en un suspiro, rompiendo apenas la quietud.
Nadie respondió. No hacía falta. El silencio se sostuvo unos segundos más, pesado, incómodo, hasta que el caballero respiró hondo y se aclaró la garganta con cuidado, midiendo cada sonido.
—Voy por más madera a la base —dijo entonces, con voz firme, demasiado firme quizá. Se levantó sin añadir nada más, se sacudió la tierra del pantalón y se marchó.
Agradeció que ninguno de sus amigos ofreciera acompañarlo, pues prefería estar a solas en ese momento.
No tuvo que caminar mucho para dejar de sentir las miradas de sus compañeros en la espalda, y por fin le permitió a su cuerpo jadear por el aire faltante. Su pecho subía y bajaba de manera irregular y su garganta picaba.
Caminó hasta llegar a la orilla de la isla, donde se sentó en un tronco caído y se permitió descansar. Se quitó el casco y miró al cielo, contemplando el vaivén de los árboles y algún que otro pájaro volando. Extrañaba esa tranquilidad. Atrapado en el momento, la neblina en su mente se disipó, al menos un poco.
Sentía que tanto su cuerpo como su alma eran incapaces de procesar todo lo sucedido en los últimos meses; capaz era él mismo el que se negaba a reconocer aquellos sucesos, pero es que había tanta mierda en su mente que no sabía por dónde empezar. Los días eran largos y dolorosos, sus amigos lo necesitaban, necesitaban estar unidos, pero por ahora no podía permitirse pensar en alguien más que en sí mismo si es que quería vivir un día más. Aun así, no podía detenerlo. Los recuerdos y las imágenes empezaban a encenderse en su cabeza, uno tras otro, acechándolo como pesadillas.
Solo desearía que aquel sujeto saliera de su mente.
Su momento de paz fue interrumpido por un dolor repentino en el pecho y una quemadura en la garganta. Se llevó el puño a la boca y empezó a toser en arcadas. Las sacudidas le recorrían el cuerpo, obligándolo a encorvarse, y cada respiración se le hacía más difícil que la anterior. Sintió que de su boca salían fragmentos de algo suave, pero no tardó en llegar aquel frío punzante que se extendía por su lengua y el paladar.
Pero, poco a poco, la tos empezó a perder fuerza. Las arcadas se hicieron más espaciadas y su cuerpo recuperó el control de nuevo lentamente. El frío punzante en la lengua se fue disipando, dejando un ardor seco que no se podía ignorar. Cuando estuvo seguro de que aquel ataque había terminado, se levantó lentamente y trató de recuperar todo el aire que podía antes de empezar a caminar de nuevo. Sintió pequeñas gotas calientes en el puño, pero no se detuvo a comprobar nada. Siguió caminando sin mirar atrás.
Afortunadamente la historia de Nia le había traído cierto consuelo. Además de ser entretenida, le otorgó información que pensó que jamás encontraría tras tantos días de búsqueda. Era como si alguien hubiese tomado un sueño ajeno y lo hubiera puesto en palabras con una precisión cruel y aterradora.
Casi todo coincidía.
Casi.
Porque había una cosa en la que el relato se quedaba corto.
No hay peor dolor que el de la primera flor
