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Alejandro Vargas, conocido por su calculados ataques y ceño fruncido, apenado pasaba sus noches. Y es que el Coronel, devoto de la virgen y de los valores tradicionales enseñados en su casa, siempre había soñado con una boda en la Iglesia de Santa Catalina en la ciudad de Las Almas. Con todo lo que un señorcito de su categoría requería: una novia, una gran familia y muchos amigos invitados. Su vida en las Fuerzas Especiales Mexicanas no dejaban mucho tiempo o espacio para el amor, para conocer una muchacha de bien y cortejarla.
Todo había cambiado con la llegada de Rodolfo, o más bien, cuando acepto sus sentimientos por el Sargento. Rudy había estado muchos años a su lado en misiones, incluso considerandolo su mano derecha. Alejandro no se había permitido sentir más haya de una extraña amistad muy cercana, hasta aquella noche donde entre copas y toques que no son de amigos, ambos terminaron confesando su secreto.
Ninguno de los dos estaba dispuesto a una relación casual de una noche. Desde que sus labios se encontraron en la oscuridad, su unión se torno inquebrantable. Desde una misión hasta para comprar unos completos, iban juntos. Donde estaba Alejandro, estaba Rodolfo.
Lo anterior se torno aún más cercano, rozando lo interdependiente. El incendio cerca de la frontera, Alejandro traicionado y capturado por Shadow Company, finalmente liberado por el grupo de Task Force. Vargas actuó cortante, listo para el ataque durante aquellos días hasta que su labor con el equipo terminó. Apenas logró encontrar un poco de privacidad en su refugio con Parra, se desmoronó en sus brazos, culpandosé por haber confiado en el grupo estadounidense tan ciegamente. Mientras Rudy lo consolaba con un abrazo (tan apretado como su amado prefería), una idea estaba fija en su mente: debía pedirle matrimonio cuanto antes a Alejandro. Los hechos del último mes no serían los últimos, y Rodolfo no quería perder a su novio sin haber demostrado su amor públicamente.
Pero... ¿Alejandro querría esto? El matrimonio entre individuos del mismo sexo era legislado de diferentes formas según el estado en que estuvieran. Por suerte, en Las Almas era legal desde hace algunos años, aunque la Iglesia aún tenía sus opiniones al respecto.
Con la delicadez aprendida de los años de convivencia, fue lo más claro posible al preguntarle a su pareja ese mismo domingo. El cielo se teñia de naranja y rojo en ese atardecer, los dos solos en el refugio que llamaban hogar. El Sargento se paró en frente de su compañero, y arrodillandosé decidió hacer la gran pregunta:
— Alejandro, ¿quieres casarte conmigo? — Rudy era silencioso, mas no tenía motivos para temer la respuesta.
La declaración fue una sorpresa para el Coronel. No conocía como procedía el cortejo, nunca tuvo que hacerlo con Rudy. Tampoco tenía motivos para negar la propuesta, y entre medio de los besos inesperados, anunció que nada le haría más feliz. Parra no tenía ni un anillo en su presencia, pero con las muestras de afecto eran más que suficiente.
— Una boda... siempre soñe con una boda. — Alejandro confesó suave, con esa voz que solo dejaba que algunas personas lo escucharan. Su tono era un poco triste, años de educación religiosa dejaron su huella. — Una Iglesia decorada en blanco, toda mi familia de mi lado, los padrinos...
— ¿Una Iglesia? ¿Como la Santa Catalina?
— La Santa Catalina, precisamente. — el mayor se acurrucó en los brazos de su compañero.--De chamaco soñaba cada vez que iba a las misas, no podía parar de imaginarme como sería ese día.
Rudy suspiró, un poco frustrado que no podría darle la boda apropiada a su amado. Agradecía que al menos en el estado donde se encontraba el matrimonio fuera legal, aun así le quería dar con los gustos a ese hombre de ojos grandes que robo su corazón.
— No preocupes esa cabeza, chiquillo. — las palabras de Vargas sacaron a su pareja de su trance. — Ya me has hecho el hombre más afortunado con pedirme matrimonio.
En menos de dos semanas, se encontraban una vez más en una misión para frenar el avance del cartel. O al menos eso era el objetivo principal, ya que una vez neutralizado el cargamento, Parra fue precoz al notar que los camiones no solo llevaban armas. Las Fuerzas Especiales no solían hacer misiones de rescate, aquella noche fue una excepción. Niños y padres por igual, incluso un párroco, habían sido cautivos del cartel por algunas horas, quizas días. El último de los mencionados fue el más agradecido con el equipo liderado por Rodolfo. Bendiciones y hálagos brotaban de su boca, como una cáscada dulce.
— Padre, gracias por sus palabras. — Parra agradeció tranquilo mientras subían a los civiles a los vehiculos de la Fuerza. — Pero este es nuestro trabajo, es lo mínimo que le podemos devolver a Las Almas.
Aún así, el sacerdote no iba a quedarse de brazos cruzados. Había rezado desde su captura, y ayudó a mantener la calma cuando fueron trasladados en los camiones. El grupo de Rodolfo le parecía como ángeles caidos del cielo, la ayuda que había solicitado al de arriba.
— Pertenezco a la Congregación de la Santa Catalina. Puedo bendecir sus armas, sus banderas. ¡Puedo bendecir lo que necesites!
Parra frenó sus acciones, luego de haber cerrado la puerta del todoterreno. ¿Lo que necesitará?
— Pues si así lo dices, Padre... entonces necesitaré tu bendición y tu Iglesia.
De vuelta en la base, el Sargento se encargó de que todos los rehenes fueran correctamente tratados por el equipo médico. A la mañana serían restituidos en sus hogares, o llevados a ciudades cercanas por asilo. Por ahora, Rodolfo debía dar parte a su Coronel acerca de la misión que resulto con doble propósito.
Camino tranquilo entre los pasillos, la mayoría de las oficinas estaban vacías excepto por la de su amado. A lo lejos visualizó las luces prendidas de su despacho, nunca podía descansar cuando Rudy salía a neutralizar, incluso los objetivos más pequeños.
Tocó la puerta dos veces, Alejandro conocía el sonido de sus nudillos contra la puerta. Salió a su encuentro, y lo invitó a pasar para darle un fuerte abrazo que los tumbo en el escritorio.
— Los estaba siguiendo por el satélital. — El mayor confesó mientras buscaba los labios de su prometido. — Tenía el corazón en la boca hasta que diste el aviso por radio. ¿Civiles, en serio?
— Si, amor. — Rudy se acurrucaba en su cuello, necesitaba oler ese perfume de Alejandro. — No tenían conexiones directas con el cartel. Quieren sembrar miedo, hasta en los más pequeños.
— Hijos de...
Rodolfo lo calló con un largo beso, lengua y dientes incluidos. Era húmedo, intentaba ser lo más íntimo posible. Era su forma de asegurarle al Coronel que ya todo había pasado, que ya estaba de regreso. Vargas lo agarro desde el chaleco antibalas, acercándolo más mientras le daba espacio entre sus piernas.
— Calma, Ale. Ya estoy de vuelta. — le dejó un beso en la frente del hombre de su vida, mientras ambos jadeaban recuperando el aire. — Además... vengo con buenas noticias.
La Iglesia se vestía de blanco, para una ocasión esperada por Las Almas. Aquella ceremonia no quedaría registrada en las actas de la Parroquia, mas estaría guardada en el corazón de los habitantes. La cantidad de invitados era reducida, tanto por una cuestión de seguridad como de prestigio. El cura se estaba jugando su papel en la congregación por este favor devuelto a Parra, y rogaba que nadie extendierá la palabra al Arzobispado.
El mundo se detuvó en el momento que se dió aviso, y la tradicional música para estos eventos comenzó a sonar. Alejandro entró de la mano con Rodolfo, sin temor, a su Iglesia favorita. Ambos de traje oscuro, las condecoraciones sobraban para este día.
Las flores, sus familiares presentes, y un hombre guapísimo al que ya podía llamar su esposo. Tal como lo había soñado. Rudy no podía contener su felicidad ante la sonrisa de su amado. Una bendición de su unión civil era lo máximo que había ofrecido el párroco, y Parra no dudo en aceptarlo. Cada momento había valido la pena.
Se acercó en un instante a su Alejandro para susurrarle solo para sus oidos, justo antes de llegar al altar.
— ¿Preparado, Sargento?
— A tus órdenes, Coronel.
