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El medio día pasaba sin pena ni gloria, pero en una casa de cimientos formados por cuarzo y madera, tres Omegas reían con una singular fealdad y brusquedad indignas de los estándares de sus semejantes. A ninguno parecía importarle o siquiera pensar en ello. Se divertían a su manera entre puteos y recuerdos del pasado donde cada uno hacia sus respectivas metidas de pata. La conversación a veces se desviaba a contar anécdotas recientes. Spreen confesando la poca delicadeza empleada para compartirle a Conterstine de los cuatro meses de gestación que llevaba su segundo hijo. Luego Criss riéndose con burla por la pelea de gruñidos que tuvieron Killer y Rich en el hospital cuando con toda la confianza el albino quiso cargar a la bebé recién nacida. Farfa no dudo en unirse a las burlas, poniéndose el sombrero de héroe de la nación por llamar a su Alfa a tiempo, evitando que la explosiva agresividad de Rich se manifestara.
Rich era celoso, todos sus cercanos tenían el conocimiento de eso desde que comenzó el cortejo de la pareja. Pues Rich no desaprovechaba ninguna oportunidad para dejarle imprenado su aroma a Farfa, que desde ese momento tenía escrito en cada rincón “Omega propiedad de Alfa”. No mentiría que en un principio se descolocó por eso. No necesitaba, mucho menos queria sentirse una posesión. A ciencia cierta, desconocía si era la cara de angustia que deformo el rostro de Rich y el aroma a incendio forestal que calcino las rosas provenientes de las feromonas afligidas al cuestionarlo por eso o su propio subgénero embobado por la atención recibida del Alfa, la verdad era que termino cediendo a ese primer deseo de Rich. En su actual situación, ni de joda se pensaría quitarse de encima la mezcla de esencias que compartían.
Existían desventajas para Farfadox con los celos de Rich. Una de esas era la multiplicación exagerada que tuvieron desde el anuncio de su estado en cinta. Con la llegada de la pequeña a menos de una semana, ya no aguantaba los gruñidos y demandas del mitad whiter para quedarse encerrado con la limitante compañía de la niña. Amaba a su cachorra, pero necesitaba con urgencia hablar con sus amigos.
Farfa consiguió convencerlo de tener una reunión con tres de sus cercanos Omega. Discutiendo un poco porque el Alfa sobreprotector no deseaba aires ajenos a ellos cerca de su delicada bebé, F lo comprendía, pero igual deseaba que su amada comenzará a reconocer el aroma de quienes en un futuro llamaría tíos. Sumándole que también se estaba aburriendo de solo sacar charla con los biberones cuando los hervía. O esa era su gran excusa.
Toda la mañana se la paso en una discusión amistosa con su pareja, al menos por su lado le divertía en demasía el comportamiento infantil que el mayor llegaba a expulsar a puertas cerradas; arrastrando letras y haciendo pucheros discretos. Todo su arsenal para incentivar la diminuta posibilidad de que su Omega cancele los planes con sus amigos. No funciono, claro está.
—Amigo tengo demasiada curiosidad, ¿Qué tal la primera semana siendo padre? Ni en pedo te veía dejando la espada por un biberón tan pronto. —Comenzó Spreen.
—Tan pronto dice el que ya lleva uno y va por el siguiente. —Contesto con sarcasmo Farfa.
—Me atacaba para no responder, vite.
—Spreen, cómo podes soltar alto comentario cuando apenas Goncho dejo los pañales y te ensartaste uno más. —Apoyó Criss.
—Lo de coger como conejos solo era metafórico, boludo.
—Váyanse a cagar… Goncho, vení, deja el peluche de tu tío que se va a enojar.
Farfa no había notado al niño divirtiéndose a costa de un peluche en forma de unicornio que hace un par de ayeres era la recompensa de Rich por ganar un juego de feria, claramente paso a ser un gesto romántico para él y ahora solo acumulaba polvo en los espacios bajos de ese mueble lleno de recuerdos y decoraciones. Pero el niño lo podía tomar, no representaba gran problema, lo importante estaba arriba lejos de que el hijo de sus amigos o su propia pequeña pudiera causar un accidente.
Goncho corrió de regreso con una sonrisa, un poco divertido por ser pillado. Pero conocía a su mami Spreen, cuando este llego corriendo y repartiendo la ternura con su gran sonrisa cruzando la carita blanca, el hibrido de oso negro no pudo evitar sonreírle, estrujarlo entre sus brazos para acomodarlo en su regazo y llenarle la cara de besos cortos, repitiendo una y otra vez frases bonitas que solo un padre amoroso podía darle a su cachorro.
—Basta amigo, me vas a dar ganas de ir y exigirle a Killer que me anude ahora mismo y Farfa empezara a lactar.
—Ándate a cagar, envidioso.
La risa de los híbridos animal estalló con diversión, pero cuando no fueron seguidos por el espectro, voltearon a verlo con una expresión que iba mutando de la diversión al desconcierto. Farfa se veía algo avergonzado, pasando de su posición relajada a hombros tensos, jugueteo con ambas manos y evitando el contacto visual con los invitados.
—¿Farfa…?
—Escuchen, boludos… pasa qu…
Un sonido característico de su celular con manzanita le interrumpió. No era uno típico como de cualquier chat, era el chat de su alfa.
¿Estás bien? Te siento incomodo.
Todo piola. Concéntrate en la redstone que luego pones de menos.
Avísame si sucede algo. Por favor, Farfadox.
Dale, Rich. Ya te repetí mil veces que sí.
Ocupo mil y un veces más.
Dejaré el teléfono ahora.
Te amo.
También te amo.
Apartó el teléfono con una sonrisa, la incomodidad se le esfumo pese a que sus mejillas seguían manteniendo ese calor que le avergonzaba admitir. Sólo que, al notar el singular par de ojos curiosos sobre su persona, la llama en su cabeza se movió un poco y el rostro se volvió a sentir con pena de pronunciar palabras.
—Dale, Farfa, ¿Ocurre algo malo con la beba? —La cara de burla de Criss cambió a una más seria y preocupada al final de la interrogante.
—No, no, no. Suwie está perfecta… el detalle o dificultad, soy yo… ahm… chicos, no me ha… no me ha salido la leche.
Eso ultimo lo murmuró tan bajo que ni los sentidos propios de cada especie mamífera lograron escucharlo.
—Pero decilo alto, boludo, no te escuchamos una mierda.
—Criss… pará un toque. Goncho, anda con tu tío Amilcar a la cocina, decile que te dé un poco de jugo y más snacks que se nos terminó.
El osezno polar asintió feliz porque se trataba de jugo, desapareció corriendo de esa sala innecesariamente enorme, haciendo sonar la puerta de la cocina donde un chef Amilcar estaba preparando el almuerzo, pero recibió de lo más feliz al niño de dos años.
Spreen tomó la iniciativa primero, yendo a sentarte en el almohadón vacío del sofá a un costado de su mejor amigo.
—Farfa, me doy cuenta de que no es una declaración sencilla de decir o admitir, pero somos tus amigos, por más cortito de mente que sea Criss…
—Eh, pero por que el ataque.
—Y me lo confirma cada segundo del día.
—Chupala.
Eso hizo reír un poco a Farfa, la mueca de indignación exagerada del hibrido caballo fue un buen toque también.
—Podes confiar en nosotros, somos los menos indicados para juzgarte.
—Y sí.
—Pero te apoyaremos, sea lo que sea.
—Y sí también.
—Gracias chicos, ahm… lo que pasa es… que no he podido amamantar a Suwie. La leche no me ha bajado y en su momento estaba tan nervioso de hacerlo que me causo alta vergüenza. Desee que no me saliera jamás ese coso para no tener que llevarlo a cabo… pero ahora, siento que me falta algo con Suwie, esa pequeña conexión que se siente de estar dándole parte de mi fuerza, de mi cariño, de mí a mi hija… mi Omega se siente incompleto y ansioso, hasta patético por no serle útil al cachorro de su Alfa… es un tema horrible, boludo.
—¿Rich te ha cuestionado por eso?
—No, para nada. El pediatra nos explicó que era normal si no bajaba por dos o tres días luego de que Suwie me estimuló la primera vez. Pero ya pasó una semana y no me ha caído nada. Creo que Rich me lo quiere comentar, pero no se anima por no hacerme presión. Estoy seguro que ya tiene una cita con el medico agendada.
—Es Rich, ya debe tener algún curandero que te pase las ramas para que se te destapen los pezones.
Todos asintieron con una risa nasal a las palabras de Criss. Ese Alfa podía llegar a las ideas más inusuales buscando el bien del caballero.
—Pero ¿la niña se te ha pegado otra vez?
—Busca mis… pechos, pero no me animo a acercarla por completo.
—¿Por qué no? Boludo si ella es quien debe sacarla. —Spreen agregó con dos cejas arqueadas que reflejaban su confusión.
—¡Por qué me da mucha vergüenza, boludo! ¡Nunca hice esto! ¡Es de lo más incómodo tener ahora los pectorales hinchados e imagínate que tenga a la beba pegada acá!
—Farfa, es natural en nosotros. —Dijo Criss.
—¡Ya sé que es natural, Criss! ¡Pero no le quita el hecho que se me haga re bochornoso, boludo!
Farfa se ocultó de sus amigos cuando puso un cojín como escudo al abrazarlo, enterrando su rostro ahí y soltar gimoteos de lo más dramáticos. Los Omegas se miraron entre sí con cierta mueca de fastidio y diversión. Su amigo podía ser tan teatral con los asuntos de la casta.
El espectro no era un aficionado a ser Omega, la historia que acumula su espalda de todo lo que recorrió para portar una armadura y espada, junto a ser nombrado como caballero pese al constante estigma de ser Omega, era digna de ovación con todos de pie. Pero sin querer, en su vida apareció cierto Alfa con rasgos del Nether, una actitud segura que siempre lideraba sus aventuras y ese aroma a rosas marchitas inundadas de petricor que alborotaba sus sentidos. No lograba dar con un por qué lógico de su gusto por tan raro perfume. Pero su Omega sí, ese lado primitivo tenía todas las respuestas que la orgullosa razón se negaba a revelar.
Empezó un cortejo lento y extraño para más de uno de sus amigos. Citas que terminaban con la pareja llena de rasgos de explosiones y armaduras hechas pure por derrotar cinco Whiter a la vez. Regalos que iban desde diez bloques de netherita y un almuerzo altamente selecto en los alimentos favoritos del Alfa por parte de Farfadox a Rich, hasta doce rosas wither por parte de Rich hacia Farfadox, dónde un libro encantado tenía el puro léxico poético del Alfa, confesando que cada una de esas rosas significaba los meses del año que quería estar a su lado. Aquella sería la primera de muchas veces en dónde Farfa se sonrojaba tanto que incluso la madera del techo humeaba por el calor de su llama.
Poco a poco comenzó a aceptar más el subgénero que se le concedió. Le ayudaba enormemente que el Alfa al que le entregó su amor no fuera un imbécil que lo quisiera por su sumisión o poco carácter. Rich era fanático del espíritu de lucha de su pareja. De como nunca se quedaba quieto, de la fuerza que poseían esos músculos que enamoraban el eros dentro de su ser. Cada pequeña parte de su novio era magnifica e ideal. No podía imaginarse con nadie que no fuera Farfa, su perfecto, encantador y nada frágil Omega.
Suwie llegó a sus vidas de forma algo inesperada. En los términos que ellos se encontraban, si estaban buscando tener un cachorro, pues el Omega de Farfa -durante los dos años que habían sido esposos- siempre en sus celos le exigía al Alfa de Rich que lo preñara, deseando tener todos los cachorros que el Alfa quisiera. Rich solo movía una cola de lobo invisible de la emoción que le daba dejarle la pancita llena de sus crías al amor de su vida. ¿Pero lograrlo en el primer celo de su esposo? Eso si era tener buena puntería, según Rich.
—¡Wachos! El almuerzo se demorará un toque más. Pero acá les traigo jamoncito y aceitunas.
Amilcar salió de la cocina después del hijo mayor de Spreen, quien llevaba un tazón hondo con una mezcla singular de chatarra comercial que iba desde Takis a Doritos. Amilcar se encargaba de la tabla con jamón grueso, cubos de queso amarillo y aceitunas verdes.
Criss recibió la tabla de bocadillos que le ofrecía el Beta con gran gusto. Spreen no dudo en corresponder con gentileza la preferencia que tomo su hijo por acercarle la comida chatarra. Ahora mismo se le antojaba llenar de mayonesa esos Takis.
—Che, ¿Qué le pasa al negrito que se ve bien cabizbaja en esa ropa de vago? —Amilcar preguntó, ajeno a la conversación que tenían sus amigos Omegas y claro que no se daba cuenta del aroma al chocolate quemado que desprendían las feromonas de F.
—Está pasando por un momento complicado. —Empezó Criss.
—Cosas de Omegas. —Remató Spreen, comiéndose un dorito previamente lamido por su hijo, dejado de lado porque no le gusto el sabor.
—Cosas de Omegas las pelotas. Wacho no me dejaron cuidando de los tres al pedo. Vamos Farfita, decime que pasa que yo te ayudo.
—Dejaron a Sili a nuestro cuidado. —Farfa levantó la vista del almohadón para corregir al único Beta entre ellos. —Que justo le llegaron proveedores y fueras muy oportuno en estar por ahí es diferente.
—Mira que oportuno soy que hasta comidos los voy a dejar. Sus Alfas deben agradecer. Me alquilare como niñero de Omegas. Trabajo solo los jueves y no cobro mucho.
Amilcar recibió una lluvia de diferentes botanas por su comentario egocéntrico y poco gustoso para unos Omegas que poco tenían de débiles y necesitados de niñero. Pero Rich, Conter y Killer no compartían la mentalidad fiera de sus Omegas por poder cuidarse ellos solos, menos cuando uno tenía la cesaría fresca, otro un niño que cuidar y con cuatro meses en cinta y el ultimo solo existía, pero como la mayoría necesitaba cuidado y su Alfa lo convenció con unos compresivos arrumacos, se la aguantaba.
—Paren un toque. Qué nos estamos desviando del tema principal.
—A Farfa le da vergüenza que Suwie le chupe los pezones y no está lactando.
—Criss, me cago en la puta que te pario, cállate la boca.
—¿Ese es todo el problema, negrito? Pero que no hay nada de malo. Wacho, es tu hija.
—Eso ya lo sé, Amilcar. Es más… cosa mía y mis prejuicios.
—Prejuicios igual de chotos que el portador. Amigo, no hay ningún pecado en darle pecho a la beba. Sos su padre, el vínculo más puro y único que va a tener en su vida. A la mierda las creencias pelotudas de Omegas sumisos. Dar de amamantar no tiene nada de sumiso. Incluso debería ser celebrado. Como los Omegas siguen dando vida a una nueva generación ¡Vamo’ maricones!
El Beta comenzó a correr alrededor de los sofás, brazos extendidos como un avión y la mirada de tres Omegas en completo desconcierto, siendo cambiadas por una de diversión y ternura al momento que Goncho acompañó los pasos de uno de los tíos más locos que tenía. En cuanto Amilcar alcanzó a su pequeño sobrino, lo levantó sobre sus hombros, ahora era un avión grande y un avioncito corriendo entre los muebles y decoraciones, con risitas del infante opacando las obscenidades del mayor.
Farfa no sabía si su amigo en verdad pensaba eso o estaba cayendo en la presión de tener a tres Omegas de frente que podían molerlo a golpes. Estaba lejos de ser parte de los problemas sociales que presenciaban ambas castas, siendo Beta, la vida resultaba más fácil.
Pero el aroma tierno de Suwie y ese cuarto que olía a rosas con chocolate que compartía con su esposo, le provocaba amar un poquito más su lado animal. Un mundo donde el aroma de Rich no le cosquilleara la nariz al despertar, seria tortuoso, inimaginable, triste.
—Pará, boludo. Vas a romper algo y luego como consigo que Rich acepte que vengan de vuelta.
—Ah, pero mira cómo le hace caso al esposo sin discusión.
—Hasta vos le haces caso a lo que dice Rich, que hablas, pelotudo. —Ataco Spreen, por qué tenía razón.
—Che, es porque lo respeto. Alto miedo me da ese mastodonte. —Defendió sus razones el tío Amilcar que le devolvía la cría a su dueño.
—A pesar de todo, creo que Amilcar tiene razón. Y lo de que la leche no te baje es más cosa tuya psicológica y no de tu propio cuerpo. Porque si te ves robustito de acá.
Spreen se atrevió a llevar la mano al pectoral más cercano que tenia del farfano, pues ya que lo tenía al lado, aprovecho para palpar esa zona y justamente la sentía levemente aguadita pero firme, suponía que ahí estaba concentrándose todo el líquido con los nutrientes necesarios para la cría.
—¡Pero qué hacés, desubicado!
Aunque Farfadox no lo tomo con la mejor de las formas. Pues su cara estaba deformada en indignación y sus piernas ya lo habían hecho pararse rápido de la comodidad del mueble beige. Grave error, sus puntos frescos en la zona de vientre y pubis, reclamaron y pasaron la factura llena de dolor punzante y un ardor tortuoso.
—Uh… la concha de mi vieja… esto es lo que más me molesta de todo el asunto de bebés y parto, boludo.
—Ah ¡Pero sos re gil! ¿Para qué te parás así?
—Vos que sos pelotudo, ¿Cómo me vas a tocar de la nada?
—Tudo.
El cuarteto dirigió miradas de sorpresa al cachorro del Spreenter situado en las piernas de su padre, pero muy atento a la conversación adulta, tanto para absorber -como buena esponjita- lo peor dicho por uno de sus tíos.
Amilcar estalló en risas, seguido de Criss y Farfa, mientras el padre incorregible le reprendía de forma amable al cachorro sobre dicho bisílabo.
—Hay que regular el vocabulario por acá o mamá Conter nos puede cagar a piñas.
—Amigo, ¿Cuándo empezó Goncho a pronunciar cosas? Siento que ayer lo tuviste y hoy hablar con libertad se acabó.
—No hace mucho empezó a decir ciertos balbuceos con más sentido. Pero nunca algo que recién escuchara. Pero no lo volverá decir, ¿verdad, gordito?
Spreen dejo cariñitos en las mejillas pachoncitas del cachorro, terminando con un beso frambuesa que iba arrancando risas al infante por el sonido particular que generó el rebotar esa presión de aire contra su piel esponjosa y sonrojada. Cada espectáculo del Omega con su cachorro conmovía el corazón de los demás adultos.
Puede que Spreen no lo notara, pero estaba ayudando a que el verdugo subyugante de Farfadox perdiera valor, todo gracias al amor fraternal demostrado sin pena alguna.
—Bueno, todos ustedes a cuidar el vocabulario. Que si no los reprendo por malas mamis.
—Cerra el orto, Beta culiado. —Criss comenzó a atacar al Beta con una almohada.
Amilcar optó por huir a la cocina. Pero Criss no lo dejaría en paz. Junto a su cacería de Beta se unió la pequeña cría, después de batallar contra el abrazo de su padre, este lo dejo libre para unirse al desorden.
—Vamos, soltalo. —Spreen regresó la vista al farfano que se posaba en el brazo de la pieza individual de ese juego de sala.
Farfa suspiró. Los años conociéndose eran una desventaja cuando se quería callar las cosas.
—Me preocupa que salga mal… ya los escuché decir que es natural a ustedes, a Rich, a los médicos, pero no es natural en mí. Reprimí demasiado a esa parte que casi la extingo. Ahora le vengo a forzar a dar vida y realizar cosas que deberían salirme con tanta naturalidad, pero a mí me dan vergüenza y no sé si vaya a ser capaz de hacerlo, ¿Qué clase de Omega soy si me cuesta y fracaso?
La habitación se comenzó a llenar de las feromonas que desprendía el anfitrión, con olores que semejaban a una fábrica de chocolate incendiándose. Los ojos brillando en blanco del espectro se tornaron aguados, fue cuestión de tiempo para que se desprendieran de ellos ese liquido transparente que reflejaba todo aquello que no podía retener más y necesitaba que alguien entendiera.
Spreen no dijo nada y fue directo tomarlo en brazos. Farfa no dudo en corresponderle con fuerza a ese abrazo lleno de hermandad, cariño y, sobre todo, empatía.
Spreen no era un Omega ideal ni mucho menos y esa misma imperfección encajaba perfecto en la bruma que ahora atravesaba su amigo.
Las pestañas rizadas de Farfa se empapaban de emociones difíciles de controlar y todas ellas se refugiaban en la camisa azul turquesa del Omega más bajo.
No pasaron ni treinta segundos cuando el teléfono de Farfa se desbordo en sonidos de notificaciones, un sonido redundante que ya hasta Spreen reconocía al sujeto del otro lado de la línea.
—Voy a…
—No, pará. Dejame a mí.
El úrsido tomó aquel metálico instrumento entre sus manos con uñas pintadas, encontrando ahora treinta mensajes que iban en aumentando, todos de “R♥︎” y los recibido a continuación no cambiaban el remitente.
—Che Rich, soy Spreen. —Comenzó un audio con ese tono juguetón. Pero con ganas de regañar al Alfa por ser tan… insistente e invasivo. —Farfa está bien, loco. No es necesario que lo llenes de mensajes. Relájate haciendo tus cosas técnicas y déjanos a nosotros, cuando regreses estará en una pieza, te lo prometo.
Simple y conciso audio de menos de treinta segundos. Spreen no dejo de abrazar a Farfa en ningún momento, ni darle esos masajes con su palma extendida por todo lo ancho y largo de la espalda que cubría aquella camiseta deslavada que se usaba de pijama como buena tradición.
El Omega mayor volvió a soltar sollozos tímidos, hasta que Spreen considero prudente detenerlo, no por invalidarlo, pero sí en busca de que lo escuchara para tenderle una mano sobre todo aquello que le martillaba en la mente a su mejor amigo.
—Farfa, ‘cucha. —El hibrido de oso obligó al caballero a despegarse de su hombro humedecido. Utilizó la mano que mando a volar al móvil -ahora en perfil de No Molestar- contra los cojines, para pasarla por los ojitos llorosos de su amigo, quitando rastro de los ríos salados. —La clase de Omega que serias si fallas, es un Omega primerizo. Boludo, no todo está en nuestra estúpida naturaleza, ni génica, ni crianza, ni nada de esas mierdas. Nuestros instintos nos pueden guiar, pero somos personas al final del día, nos equivocamos o hacemos las cosas porque no tenemos todas las respuestas. Tu subgénero puede gritarte que cuides a tu cachorro, ¿pero que sabe ese pelotudo de cómo es criar un cachorro en un mundo moderno como ahora? ¡Qué nos den una guía al menos! ¿Lo cuido de las abejas, de los mods, de una pandemia mundial, del camarón que no sé si es alérgico? Todo lo que te diga es muy ambiguo, todo lo que sientas es muy subjetivo, incluso se puede considerar antiguo, ¿en serio crees que otro Alfa le haría daño a tu cachorra en esta sociedad? Antes lo funan en 5 redes sociales diferentes. Lo que siente Rich de sobreproteger a su familia es tan boludo como el miedo que tienes por fallar. Pero él está intentándolo al dejarnos venir acá y vos también al abrirte conmigo y poder yo decirte, desde mi experiencia como papá; que vas a fallar, te vas a equivocar, pero no por ser un mal Omega que avergüenza a su Alfa y esas pelotudeces. Vas a fallar porque es tu primer bebé, por que debes pagar el precio del novato y porque eso, si es natural. Pero no pasa nada, porque tenes una familia, una mafia que te cuida las espaldas y te aconsejara cuando veas las cosas chuecas, como ahora.
Farfa observó a Spreen con una expresión llena de ilusión y agradecimiento. Justo eso era lo que necesitaba escuchar. Que no todo era su subgénero. Que no fallaba por ser un defecto de casta. Fallaba por primerizo, fallaba por no tener experiencia en su curriculum vitae sobre ese ámbito.
—Gracias, Spreen. En verdad necesitaba eso.
Volvieron a estrujarse para tener un nuevo abrazo, solo que ahora más cálido y con un aroma de chocolate dulce mezclado con un fresco río, naciendo de la calma de ambos Omegas.
Un nuevo sonido interrumpió su momento de solidaridad.
—Me estás cargando… ¿Tenes una hija que te siente también?
Spreen se quejaba con una sonrisa de oreja a oreja que le formaba arrugas en las mejillas. El comunicador que vigilaba los sonidos de Suwie sonaba por el llanto de la recién nacida.
—Dejala en paz. Quizás se asustó por no oler a nadie cerca, aun no es su hora de comer.
—¿Vas a querer que te ayude con tu problema?
—Supongo que sí… pero primero iré a ver a mi hija. ¿Podes asegurarte de que mi cocina no termine llena de harina o algo así?
—Uh, wacho. No prometo nada. Intentaré. Pero dale que ella se escucha demandante.
Farfadox desapareció de la escena con pasos veloces que le guiaban a la planta alta. Spreen no lo confesaría, pero no tomó el puesto de vigilante en la cocina. Se quedó escuchando como Farfa llegaba a la habitación y guardo para si -con una sonrisa reflejando la calidez en su pecho- cada palabra en ese tono meloso que Farfa dedicaba exclusivamente para su hija.
El tiempo cambiando a un bebé recién nacido puede no ser mucho, pero si lleva su técnica y meticulosa precisión, más si vas en tu primera semana carreando esa labor. Pero al fin su pequeña estaba lista, limpia y perfumada como toda una damita.
Farfa hizo la entrada triunfal por las escaleras con un bultito enroscado en sabanas moradas y un edredón gris. Los Omegas presentes le miraban maravillados y el Beta solo lanzó chiflidos -permitidos por mamá F- de la emoción que causaba ser los primeros en conocer a la señorita del Farfarich.
No podía hacerlo.
La enormidad de la casa se sumía en un silencio de paz ahora que los visitantes se habían marchado en conjuntos. El deguste vaporoso de la lasaña proveniente desde el comedor se escurría como un intruso cauteloso por la hogareña habitación compartida por toda su familia. A pesar de lo pegajosa que podía ser la pasta horneada, su rivalidad con el chocolate amargo era risible. F era una destiladera de sus feromonas incomodas, sobrepasando y buscando salidas coherentes en lo que sus anchos brazos sostenían a su cachorra, protegiéndola de todo mal que habitara en el exterior del nido.
La espalda apenas apoyada contra el cabecero y los sonidos mínimos de la niña contrastando con el mar embrolloso que rompían su cabeza con cada ola. Era tan pequeña que parecía frágil incluso envuelta en las mantas, respirando con esa calma confiada de su lugar seguro en el molde perfecto que hacían los brazos de su padre.
Ignorante a los latidos desbocados del Omega.
Farfadox podía sentir cada golpe en las costillas, irregular, incómodo… siendo empujado por su cuerpo a base de espada a todo aquello que su crianza rechazaba. Respiró hondo, una vez, dos veces y se rindió en la tercera por el caprichoso aire que no alcanzó a llenar sus pulmones como debería. Se aferraba a quedarse atrapado en la garganta, en ese nudo hecho de grueso cáñamo trenzado.
Sabía lo que tenía que hacer. La lógica era simple, “natural”, como muchos comentaron. Incluso esperado. Pero sus manos no eran obedientes. Se tensaron alrededor de la manta, dedos rígidos, incapaces de hacer mover las articulaciones por mero desconocimiento si el control sobre sí mismo seguiría ahí, si él seguiría ahí.
Un calor incómodo le subió por la piel.
Vergüenza.
No se hallaba nadie que lo perturbara. No existirían testigos en aquella casona escondida entre gruesos abetos y menos en la alta habitación cubierta por persianas y cortinas black out. No había juicio externo, solo el suyo. Considerablemente el peor de todos.
Pensamientos insistentes empezaron a filtrarse, ásperos, difíciles de callar:
No deberías sentirte así.
Otros pueden hacerlo sin dudar.
Pero… ¿Esto me quitará lo que soy?
Tragó saliva. Sintió la sequedad en la boca, la tensión acumulándose en la mandíbula. Eran frases añejadas del pasado. Frases que nacieron después de leer un papel con sus análisis donde confirmaban que estaba gestando.
Tenía terror de perderse en aquella ocasión. Con el aumento de su barriga y su inutilidad sosteniendo una espada, todas las pesadillas por las que despertaba en la noche parecían cobrar sentido. Siendo sus pensamientos intrusivos no tan intrusivos y más semejantes a la realidad.
En su embarazo, Farfadox conoció por primera vez lo que era un ataque de ansiedad.
Era de mañana, Suwie en su vientre creciendo, alcanzando los seis meses y Farfa quería seguir siendo el útil compañero de su Alfa.
Pero aun los rayos del sol no calentaban lo suficiente y él ya sudaba frio.
No podía levantarse.
La espalda baja le dolía como mil demonios lanzándole tridentes diminutos en las cinco vertebras lumbares. Y los pies eran propios de un calzado del jugador más alto y corpulento de baloncesto; estaban hinchados y de dolor no se quedaban atrás.
Era la primera vez que no podía aportar nada en la mañana desde hace dos años que convivían como pareja casada. Era la primera vez -en mucho tiempo- que no se alcazaba a levantar de sus aposentos por complicaciones con su cuerpo. Era la primera vez que se sentía de lo más inútil.
Te has convertido en una carga para tu Alfa.
¿Dónde quedó ese caballero de Netherita que nos iba a demostrar a todos que ser Omega no era impedimento para partirnos el orto?
Acepta tu destino. Sos débil. Sos patético. Tu deber solo es parir y complacer a los Alfas.
Farfa no proceso cuando comenzó a hiperventilar, cuando las lágrimas atiborraron los abanicos blancos en sus ojos, cuando el corazón estaba consiguiendo la peligrosa taquicardia, cuando su aroma a chocolate dulce era reemplazado cruelmente por un cacao insípido y chamuscado, cuando Rich había llegado a posarse de rodillas con gran preocupación frente a su afectado Omega sentado a la orilla de la matrimonial.
Tenía un tinitos tan abrazador en ambos oídos que la voz gruesa de Rich no alcazaba a quebrarlo. Ni siquiera sabía que su Alfa intentaba consolarlo, calmarlo y estabilizarlo. Todo era muy confuso y abrumador. El mundo lo veía con un filtro abstracto por el lente generado a base de lágrimas. Tampoco se fiaba del olfato, la mucosa se desbordaba de su nariz bloqueada e impedía hasta respirar, por eso no dejaba de jadear.
Rich concluyó que darle calma por su lazo estaba fuera de jurisdicción ante ese estado atosigante que sumergía a su Omega en ansiedad. La única alternativa era hablarle al subgénero.
Rich nunca había usado la autoridad Alfa con Farfa. Tenían un acuerdo verbal de que solo se permitiría que caso de vida o muerte. Quizás ahora no era la circunstancia establecida en las cláusulas, pero el perdón se lo imploraría después arrastrándose. Ahora le interesaba calmar a su pareja y asegurarse que el cachorro no resintiera toda la tensión de aquella situación.
El Omega respondió a su Alfa, escuchando por instinto, dejándose guiar a un abrazo protector cuando el mayor tuvo autorización para tocarlo. Rich tuvo excesivo cuidado en regresarle sentido a sentido a Farfa.
Primero limpio las cascadas infinitas que le quitaron más de una exuberante pestaña.
Después, lo guio a sonarse la nariz, lento y delicado, contrastando con la acción brusca y fuerte de su Omega contra el papel. Pero ayudo a que las feromonas de un bosque lluvioso repleto de una alfombra de rosas marchitas entrasen hasta sus pulmones agotados.
Eso delibero un evento de enjambre en el menor: calmando la locomotora en medio del esternón, sacudiendo los pensamientos enroscados y poco gentiles lejos de su foco de atención, el cuál ahora luchaba contra el zumbido desesperante, para captar cada palabra gentil que el Alfa -sin la voz de mando- le susurraba con amor, amabilidad y paciencia.
Cómo remate final, Rich mantenía un vaivén de lamidas llenas de gentileza sobre la marca cicatrizada de su unión, siguiendo la orquesta de los dedos largos que no dejaban de mimar las costillas de su Omega, otorgando masajes suaves que migraban ocasionalmente al vientre hinchadito.
Farfa se tomó sus completas dos horas de mimos sin pena alguna. Las necesitaba luego del evento desgastante.
La pareja yacía acostada, con su siempre boca arriba participación de parte de Farfa y Rich de costado, admirando la belleza de su triste Omega. Lo veía perderse en sus pensamientos, hacer muecas que insistían en hacerlo llorar y luego quejas cuando el Alfa lo reprendía por enfocar su mente en algo que no fueran ellos.
Rich se enteró -después de una hora de insistencia- de todos los pensamientos malintencionados que estaba teniendo su pareja. Le destruyó el corazón por completo. ¿Cómo podía pensar siquiera todo eso? Podía ser la diferencia en años que se cargaban o la ralea que los colocaba en extremos sociales. Siendo una u otra, no tendría que comerse la cabeza entendiéndolo, lo que su Omega necesitaba era confirmación de quien era. Recordarle lo fuerte y poderoso que era Farfadox, un caballero con vestimentas del mineral más raro del Nether que podía destruir en seis golpes a cualquiera. Un guerrero que estaba luchando con su propia mente para seguir con aquello que amaba: su embarazo, al hijo que ambos buscaban tener. Nada lo podía hacer débil, nada ni nadie le podían quitar quien era. Menos el hecho perfecto que volvía real las palabras de Rich sobre su magnificencia y opulenta grandeza, estaba dándole vida a su primogénito.
Después de esa mañana -y con mucha ayuda de confirmación de Rich- la ansiedad disminuyo, nunca volvió a cruzar ese límite y la niña estaba sana después del altercado. Cierto, en ese chequeo de emergencia descubrieron por primera vez que esperaban una niña. Farfa le recorrió un sentimiento de felicidad pura al instante que la Beta les comunico la sorpresiva noticia. Por el contrario, a su Omega le invadió la desconfianza y desilusión.
Los Alfas siempre querían un varón.
Pero cuando volteo a ver al hombre de piel gris, sus escleróticas bañadas en negro no se despegaban del monitor, ilusionadas y con un brillo muy cercano a las lágrimas. Bajando más, encontrabas una gigantesca sonrisa comunicando bobería y ternura por lo que sus ojos no daban justicia.
“¡Tendremos una niña, Farfa!”
Fue lo único que salio de los labios del wither, antes de lanzarse contra el hombre que le había dado todo.
Farfa y su Omega se tranquilizaron durante la correspondencia del abrazo. Su Alfa aceptaba a la cachorra.
Farfa comenzó a pensar que debía educar mejor al pelotudo de su Omega. Rich no era como todos los Alfas. Rich no lo miraba como una carga o un ser inferior. Rich lo amaba por sobre todas las cosas. Ya venía siendo hora de dejar de juzgarlo con la misma regla que los desadaptados del pasado.
En el presente, la sonrisa en sus labios le salía tan fácil al recordar el final feliz de su época de embarazo.
No obstante, una nueva dificultad respecto a sus creencias debía ser atravesada. Pero ya no llegaría a ese extremo de perderse en su propia cabezota.
Miró a su bebé, siendo testigo de la tranquilidad con la que descansaba contra él, ajena a la tormenta silenciosa que le recorría a su padre por dentro, y ese contraste daba una presión extraña en el pecho. Nunca le podía faltar amor para su hija -de eso no había duda- se trataba de algo más complejo, más difícil de nombrar: una mezcla de nerviosismo y resistencia interna que nacía de enfrentarse a algo que todavía le resultaba desconocido. Algo que lo obligaba a habitar su propio cuerpo desde un lugar distinto; vulnerable, expuesto incluso en la soledad.
El bochorno comenzó a instalarse bajo su piel, un calor que ascendía lentamente por su cuello. Su juicio llegaba sin vacilar. Provenía exclusivamente de sí mismo, de esa voz persistente que cuestionaba su naturalidad, su competencia, su capacidad de cumplir sin vacilar. La idea de fallar, aunque fuera en algo aparentemente simple, le revolvía el estómago, y la incertidumbre se transformaba en tensión física que endurecía sus hombros y le hacía ajustar la mandíbula sin darse cuenta.
Era una resistencia asquerosa y más profunda que el simple miedo al error; era el temor a la exposición emocional que implicaba aceptar esa experiencia sin defensas, a reconocer la propia inexperiencia, a sentir que cruzar ese umbral confirmaría una fragilidad que no estaba seguro de querer admitir.
Un pensamiento cruzó el mar revuelto de su cabeza como una idea llena de calma; posponer el momento bajo cualquier excusa silenciosa. Llevar a la infanta de regreso a su cuna, acomodar las mantas con aroma de sus padres alrededor, bajar por el biberón a temperatura controlada y esperar hasta mañana en su soledad para intentar la guía de pasos sugerida por Spreen y conseguir la famosa lactancia. Durante unos instantes la idea resultó tentadora por su resolutiva facilidad.
Sin embargo, un pequeño movimiento del bollito enrollado llamo su atención; la manita escapó de la red mullida para ir a darle palmaditas en el territorio del radio. A ello, lo acompaño un sonido suave que apenas perturbó el aire entre ellos, pero tan fuerte para sostenerlo y obligarlo a detener esa retirada interna. No había exigencia en ese gesto, ni presión consciente; sólo una necesidad instintiva que confiaba en él sin cuestionarlo, y esa confianza tuvo más peso que cualquier argumento que su inseguridad pudiera construir.
Farfa cerró los ojos por un momento, permitiendo que la respiración descendiera más profundamente, el aire conseguía romper un poco la molestia en la garganta, llegando a expandirle el pecho y, con ello, suavizar ligeramente la rigidez que le dominaba los músculos. El miedo seguía presente, la vergüenza no desaparecía, la duda continuaba susurrando como un rabioso can en el fondo de su mente. Pero junto a todo ello existía algo más estable, más fundamental, más real: la certeza de querer cuidar, de querer responder, de querer estar a la altura -pese a todavía no encontrarse preparado- para su bebé y que esta se sintiera amada en todos los sentidos posibles.
Las persianas plateadas volvieron a dejar expuestos sus ojos brillantes, las manos comenzaron a moverse con deliberación, todavía conscientes, todavía cautelosas, ajustando su postura no desde la confianza absoluta sino desde la decisión infranqueable de avanzar pese a la inseguridad.
Lo haría, con todas sus dudas y penas provocando llamaradas en su rostro.
Los dígitos de la mano diestra se arrastraron con lentitud por la división de la bata sedosa en color oscuro, no le pertenecía, pero por decreto real ahora era de su propiedad. Lo pensó una vez más, levantó la cabeza hacia el techo forrado en cuarzo, le bastó un suspiró para retirar con lentitud la prenda, dejando a la vista la desnudez de su pectoral derecho, ahora no solo era grande por su carrera de caballero, si no que se expandía un poco más hacia abajo por la cantidad acumulada de leche sin salida. No disponía de problema alguno con su producción orgánica, eso era bueno, al menos quería aferrarse a ello. Tragó saliva, no seguro de hacer esto, no seguro de poder, no seguro de aguantar. Suwie le hablo una vez más, con un sonido típico de bebé que le recordó por quien estaba luchando, por quien rompía sus propias cadenas y cuestionamientos.
—Ya te escuché, princesa… Es un trabajo de dos, ¿Dale?
Su hija era más abierta a sus instintos que su propio padre, en eso ya le estaba ganando. No le costó mucho acomodar el cuerpecito cerca del botón más oscuro que el resto de su piel y a la niña le tomo un par de segundos atacar la sensible zona con ese paladar exigente rebosante en hambre. Iniciar el acto no borró la tensión de inmediato; su pulso volvió a acelerarse y su respiración se mantuvo atenta, pero la catástrofe anticipada nunca llegó, y lentamente la realidad tangible sustituyó a los temores abstractos que habían crecido en su mente.
Claro que chasqueo la lengua por el agobio, claro que gruñía un poco por la bola de sorpresivas sensaciones que nunca había experimentado. Claro que le pedía alguna deidad malnacida que todo terminara ya. Pero apenas iba empezando y Suwie no era la única que debía aportar.
El férreo agarre se volvió más decisivo, la mano derecha la tendría ocupada y no podía disponerla a sostener a su bollito. S le aconsejó masajear un poco la zona del seno más blanda. Suwie lo estimularía, pero un movimiento en dirección a la succión aceleraría el correcto goteo para iniciar la lactancia.
Por primera vez, tener amigos con una neurona servía de algo.
Un aproximado de tres minutos después y el desliz de líquido bajando por la tetilla le disparó los nervios.
¿Lo había conseguido? ¡Lo había conseguido! La puta que lo pario.
Suwie se veía de lo más complacida -o eso leía en la inexpresión de la bebé-, ahora su manita se enganchaba a la piel que la alimentaba. Quizás queriendo imitar los dedos que le sacaban cinco tallas, mientras más estrujara, más comida tendría.
Con el paso de los minutos, la serenidad maquillaba a la bebé con ojitos cerrados, pero boca glotona. La rigidez en sus hombros disminuyó y su cuerpo comenzó a acomodarse a la nueva forma de alimentación que tendría su pequeña a partir de ahora. No con seguridad plena, pero sí con una calma que nacía de comprobar que podía permanecer ahí, que podía atravesar la incomodidad sin quebrarse, que podía responder sin desmoronarse ante sus propias expectativas.
Comprendía que esa no sería su única lucha contra sus inseguridades. No conseguiría erradicar años de jardines espinosos con una sola podada. Pero podía darles un ajuste, aceptar al fin que ese miedo existía, pero no por ello era defectuoso o incluso dejaba de amar a su hija. Que su dudar tenía una convivencia extraña con el compromiso, y que aun sintiéndose vulnerable, imperfecto o insuficiente en ocasiones, podía seguir eligiendo actuar desde el amor. Mientras sostenía a su hija cerca de su pecho, esa comprensión se asentó en él con una quietud inesperada, permitiéndole experimentar una sensación tenue pero real de pertenencia al momento, como si por primera vez no estuviera midiendo su valor en comparación con una idea abstracta de suficiencia, sino simplemente habitando el vínculo que se construía entre ambos. Eso bastaba, era suficiente por esa tarde-noche y su sonrisa de ternura dirigida a la cachorra era el punto final para el tema por ese día.
Para el tiempo que la luz solar dejaba el cielo de aquel bioma en un morado tirando a azul, el pestillo de la puerta se escuchó ceder, el tintineo de unas llaves daba origen al último habitante de esa familia.
Rich regresaba de su mundo a su hogar.
—Farfa. Ya llegué.
Anunció su llegada deshaciéndose de un abrigo con hombreras, de una capa roja y las protecciones en las manos tapizadas de bedrock.
Segundo después, el timbre personalizado para las notificaciones de Farfa sonó en su teléfono.
Estoy arriba con Suwie.
El padre Alfa no tuvo problemas en presumir la felicidad plasmada en arrugas de su cara por ese mensaje. Su familia le esperaba en la cama. Seguros, cómodos, calientitos y cuidados.
Rich ignoró su propia necesidad de hambre. La lasaña que le esperaba soltó una lagrima triste y en algún bar lejano se escuchaba el chillido dramático de algún Beta. Ni por asomo el aroma de Omegas ajenos detuvo su andar.
Las kilométricas piernas ignoraron la seguridad para tomar los escalones de dos en dos. Deseando postrarse en el nido con su familia. Llenar de besos a su esposo y cargar a la niña de sus ojos.
Pero se detuvo a mitad de camino.
Extraño. Aroma. ¿Omega?
El lobo que lo mandaba instintivamente le delimitaba su avance. Extrañado por un aroma danzando a su alrededor nunca antes detectado. Las pupilas de Rich se volvieron anchas y las fosas nasales se dilataron en lo que analizaba las particulares singulares en el aire. No era peligro, no era un extraño. Ya podía disminuir la agresividad de sus colmillos y el exabrupto gruñido en su garganta. Ese aroma tenía el sello personal de su amado, entonces, ¿Por qué era tan… diferente a su aroma natal a chocolate? No era malo, no era retrayente. Era dulce, empalagoso, adictivo, delicioso y reconfortante… le recordaba a… una taza de chocolate caliente en una mañana de invierno.
La planta alta le daba la bienvenida con un pasillo inundado de luz cálida, perfumado con más intensidad a la leche con chocolate que lo guía como ciervo hasta la puerta doble de su alcoba.
Madre del amor hermoso.
Que ternura. Que belleza. Que cuadro tan majestuoso veían sus ojos muertos.
Su esposo amamantando a la criaturita que habían concebido juntos. Por fin. Después de una semana preocupado de que algo malo le sucediera a su Omega, ya podía destensarse de esa duda y cancelar las citas con los cinco pediatras.
El Alfa entró a la habitación con cuidado, rodeando la cama hasta dar con la orilla más espaciosa, no quería interrumpir a su amado y el almuerzo-cena de su hija, pero quería, no, necesitaba unirse a tan encantadora puesta en escena.
—Entrá.
Farfa le leyó la mente casi al instante. Ese nido era de ellos dos. Pero Rich siempre le preguntaba a F si tenía aun permiso de entrar. El nido por más que lo compartieran era de su Omega y ahora, de su Omega y su cachorro.
—Veo que te sirvió mucho estar con tus amigos.
Rich se instaló a un costado de Farfa. Pero le dio la privacidad que las mejillas coloradas le exigían. Pues no observo el acto de alimentación de Suwie, se fue a instalar al cuello de su esposo, a lamer la marca reabierta hace dos días. Farfa le agradeció con feromonas que revelaban lo mucho que necesitaba eso. El Alfa no podía estar más complacido por embriagarse desde la fuente con esa nueva variación del aroma de su pareja.
—Spreen me aconsejó un poco. Era esto o ir con un curandero.
—¿Qué narices se supone es un curandero?
—Alguien que te sana a base de ramazos. Criss dijo que posiblemente ya tendrías alguno pensado.
Ambos rieron por eso. Pero no perturbaron la calma de la niña.
—Qué va. Sólo íbamos a dar un recorrido por cinco hospitales diferentes.
—No pues, cosas simples para vos.
Farfa rodó los ojos. Sería mejor que el Alfa cancelara todo eso.
—¿Ella está bien?
—Que si está bien. Miralá. Esta mocosita se está hinchando y me deja a mi sin pecho.
—Eh. Yo te sigo viendo con bastante pecho, cariño.
El amago de Rich por levantar la vista para echar un vistazo fue reprendido por el estiramiento de la mano libre de Farfa, que le dio un zape y lo obligo a no moverse.
—Para atrás. Acá no ves nada.
La risa gruesa de su Alfa recorrió sus sentidos con un escalofrió. Rich no protesto más, pues se estaba deleitando con ese nuevo aroma que brotaba de los poros de su Omega. Lo incitaban a morderlo. Reclamarlo. Poseerlo.
Un rato más pasó y Suwie dejó de exigirle leche a su padre Omega. Rich notó enseguida los movimientos y supo que ya podía salir de su encarcelamiento. Acercó a su pareja un pañuelo con animalitos animados, Farfa le agradeció porque era justo lo que ocupaba para limpiar primero la boquita embarrada de su bebé y después a sí mismo. Rich rodeó la cama con paso veloz. Llegando justo a detener con una mano gentil el levantamiento de su pareja, recibiendo de respuesta un entrecejo fruncido por su extraño actuar.
—Damela. Yo le saco el aire y la acuesto a dormir. —Rich le entregó un parche justo y necesario para evitar que su lactancia lo manchara y le causara frustración cuando no la requería.
—¿Seguro? No tengo problema con hacerlo.
—Venga, tio, la tuviste todo el día y con gente extraña. Es turno de papá.
El Omega pasó a la criatura con su segundo padre. Siendo recibida por apodos de Rich llenos de ternura y diminutivos. La niña apenas y tenía energía para mantener los ojos abiertos. Pero eso no evito regalarle una burbuja de su saliva -aun algo blanca- al mayor de los tres. La explosión fue cosa de celebración para el Alfa encantado con su pequeña. A la que no dudo en arrullar después de su forma única de decirle Te quiero.
La noche extendió su manto a lo ancho y largo del continente. Para ese momento, Rich daba las ultimas lamidas a los cabellos desordenados de su bebé, llenándola con la protección del aroma que emitía su casta, en lo que Farfa le pasaba el edredón gris previamente perfumado por las feromonas filtradas a través de sus glándulas. La niña quedo lista y arropada para las siguientes seis horas donde dormiría, ilusamente eso calculaban siempre, porque Suwie era una cajita de sorpresas que se despertaba hasta porque quería atención de sus progenitores.
Un pensamiento algo preocupante llegó hasta la mente de Farfa. ¿Qué pasaría si no alcanzaba a tener leche cuando la bebé despertara en medio de la madrugada? Ya no tenía intenciones de darle fórmulas químicas. Se demostró a si mismo que podía con la responsabilidad de alimentar a su cachorra y no iba a flaquear ahora.
Rich lo encontró nadando en su duda, pues pronto lo tuvo sosteniéndole una mano. Rascando la atención ajena con ósculos delicados y pacientes, hasta que lo volteo a ver.
—¿Qué tanto piensa tu mente?
—Me preocupa no tener acumulada leche para más al rato.
—¿Le diste de ambos pechos?
—No… sólo de uno.
—¿Te preocupas entonces por qué…?
Los besos continuaron ascendiendo por el antebrazo, se descuidó un segundo y ya el Omega no le regresaba la mirada. Se estaba perdiendo de algo y no conocía que era.
—¿Farfa?
—No me ha salido leche del izquierdo. —Con toda la pena del mundo, confesó. Demonios quería que ese día terminara. No aguantaba un segundo más la cara toda caliente.
—Oh.
Oh.
OH.
—¿Te ayudo?
—¿Qué decís, boludo?
—Podemos intentar estimular tu seno para que empiece a sacar la-
—Ya, ya, ya, entiendo a qué te referís. ¡No!
—¿Por qué no?
—Rich, es muy vergonzoso esto. Apenas logre hacerlo con Suwie. Ahora con vos, no, ni de joda.
—Pero no es algo que no haya hecho antes.
—¡Callate! Dios. —Farfa hizo volar un almohadón contra Rich. Arrebatando también su mano de las muestras de afecto.
—Farfadox, por la virgen santa. Soy tu esposo, tu compañero, tu Alfa. ¿Cómo vas a sentir vergüenza conmigo después de todo lo que hemos vivido?
—¡No entendes que esto me sobrepasa!
—¿En qué forma te sobrepasa? Sólo es ayudarte a que empieces a lactar. No encuentro como te sobrepasa eso.
Farfa se quedó en silencio. Si es verdad que era completamente diferente ahora que las dos mil catástrofes imaginarias no pasaron. Todo se sentía más ligero y permisivo. Pero eso era con Suwie. Ahora con Rich, no encontraba como sentirse.
—No lo sé, Rich, me da alta vergüenza.
—Permite tratar, cariño. Si no te sientes nada cómodo, me detengo.
—No me siento nada cómodo ahora con tu insistencia.
—De acuerdo. Paro.
El Alfa guardo su respectivo silencio, pero no movió un centímetro de su metro noventa y ocho. Incluso conto internamente del 3 al 1 en intervalos cronometrado por el Mississippi.
—Está bien, hacelo. Pero me empiezo a sentir incomodo y se acaba todo.
—Lo que tu digas, Farfa.
La luz en la habitación era cálida por el reflejo de las bombillas en el techo, encerradas en un elegante cuadrante que le generaba un estilo moderno al tapiz forrado en cuarzo. La cercanía del Alfa no llegó como una irrupción, sino como una presencia que se instalaba con suavidad en medio de las toscas piernas del Omega, reduciendo la distancia entre ambos hasta volverla casi irrelevante. Farfa era profundamente consciente de cada pequeño cambio: el hundimiento apenas perceptible de la cama, el desplazamiento del aire tibio entre sus cuerpos, la forma en que su propia respiración comenzaba a volverse acompasada antes siquiera de comprender por qué. Había una tensión residual en sus músculos, una memoria corporal de la vergüenza anterior que todavía le tensaba los hombros y le mantenía la espalda rígida.
Rich prendió el motor construido en su garganta, era un ronco y constante ronroneo aprendido, salía a flote en situaciones complicadas, tensas y estresantes, todo para ofrecerle a Farfa algo de calma y confort cuando se sentía expuesto a la vulnerabilidad.
El aire conservaba el aroma suave y cálido de la leche reciente, y aunque ninguno lo mencionó, ambos eran conscientes de la intimidad silenciosa que flotaba entre ellos. Farfa mantenía la mirada alta y desviada, todavía sensible al esfuerzo anterior, todavía lidiando con esa mezcla compleja de satisfacción y susceptibilidad que le dejaba su victoria. Había algo de vergüenza persistente en la rigidez de sus hombros, algo de incertidumbre en la forma en que evitaba encontrarse con los ojos de su pareja, incapaz de admitir tan fácil la fragilidad de ese momento que aún le costaba a su psique registrar. No todo lo podía arreglar la garganta de su Alfa, pero si le ayudaba.
El lado izquierdo fue despojado de la suave seda, exponiendo la belleza de la piel morena de Farfa, todo ese musculo definido se exhibía más abultado, más rellenito y esponjoso. El Omega seguía negándose a dirigirle la mirada al gran Alfa. Rich no tenía problema en eso, su objetivo ahora era ayudar, acompañar y no dejarlo sólo en esa experiencia, conociendo lo complicado que era para su esposo atravesar las propias barreras de sus prejuicios.
El contacto que siguió fue medido, delicado, y en el no hubo urgencia ni apropiación, sólo una intención cuidadosa que Farfa percibió primero como un cambio en la temperatura y humedad de su piel y luego como una oleada de sensibilidad que lo obligó a concentrarse en su respiración para no perderse en la intensidad inesperada. Sus dedos se cerraron apenas sobre la tela bajo sus manos. No por rechazo o dolor -todo lo contrario-, sino por la necesidad de sostenerse firme mientras su cuerpo procesaba una cercanía que despertaba sensaciones complejas, chocando con otras que disfrutaba solo en la oscuridad con su pareja y ahora, se le dificultaba de clasificar. Podía sentir el pulso marcando ritmo en su garganta, un ligero despliegue de sus colmillos queriendo perforar el labio inferior al morderlo, la expansión y contracción de su pecho más evidente de lo habitual, la conciencia aguda de la presencia de su esposo tan próxima que resultaba imposible ignorarla, la abrazaba incluso como propia.
No era sólo el acto; era la carga emocional que lo acompañaba.
La silenciosa atención de su pareja no contenía juicio alguno, sólo cuidado. Esa cercanía fundiéndolos le recordaba que no estaba siendo observado para ser evaluado, sino acompañado, siendo sostenido si lo requería.
Poco a poco, la tensión en su cuerpo comenzó a ceder, sus hombros descendiendo apenas mientras su respiración encontraba cadencia en la del Alfa, como si sincronizarse fuera inevitable. Hubo un instante en el que sus miradas se cruzaron, Rich admiró ese naranja intenso de las mejillas y nariz de su Omega, era afortunado de tener la exclusividad de tan majestuosa imagen. Farfa se perdió en una ternura vergonzosa de ver a su pareja colgado de su pecho, en otro contexto quizás le hubiera molestado. Pero se incluía algo en ese momento breve que las palabras nunca alcanzarían a ser suficiente para explicar: la confirmación silenciosa de que aquello no era una prueba que debía superar, sino una experiencia compartida, un trabajo en equipo, como la dupla dorada que siempre eran.
Cuando finalmente la respuesta física que buscaban comenzó a manifestarse, el alivio desbordante en el Omega no fue sólo corporal, transmutó lo emocional. Una liberación que incendio su pecho con la fuerza de una erupción, aflojando la rigidez que llevaba acumulada. Encontrando una familiaridad reconfortante que su lazó le permitía sentir: la certeza creciente de que su vulnerabilidad no lo hacía menor ante los ojos de su pareja.
Rich se apartó del botón oscuro con lentitud, obligándose a tragar aquel calostro poco apetecible para su paladar. Juraba que su rostro no mostró ninguna mueca de asco. Pero el castigo de un almohadazo le confirmo estar en lo equivocado.
—Pero… ¡Qué es esa cara, Rich! Disimulá un poco, por dios.
—¡Perdón Farfa! Pero, jolines, esto sabe de lo más amargo y pastoso.
—No es para vos de todas maneras, boludo. Pero dale, te lo paso por que conseguimos que saliera.
Rich pasó un nuevo parche, pensando si lo ideal hubiera sido succionar un poco más para que el flujo no se detuviera. Dar esa opción ahora significaría su destierro de la habitación hasta nuevo aviso.
—Me alegra que te sintieras a salvo, cariño.
Su lugar entre las piernas de su Omega en bata era cosa del pasado, ahora era una adición más del costillar izquierdo de su amado, con ambos brazos siendo el refugio predilecto del farfano.
—Siempre me haces sentir así, Rich. Este coso era más mental mío. Cómo cuando el embarazo, ¿te acordás?
—No podría olvidarlo nunca. Me asuste mucho al encontrarte con la mirada perdida y oliendo a quemado. Pero esta vez no dejaste que te pasara, cariño. Eso es para que te sientas de lo más orgulloso.
—Aprendo un poco de mis errores. Ahora no podía fallarle a ella, ni a vos. —Farfadox murmuró esas tres últimas palabras más bajito. Pero no escapaban de quien tenía pegado a su cuerpo.
—Que me vas a fallar tú. Eres el ser más espectacular que conozco. Me sorprendes cada día de nuestras vidas. Y hoy es uno de esos dónde me vuelas la cabeza. Con todo el asunto de la lactancia, también descubrí un nuevo aroma en ti que me incita a devorarte.
—¿Nuevo aroma? ¿A qué huelo? —Farfa por un segundo pensó que la fragancia de sus amigos y la niña le dieron una combinación extravagante.
—A leche con chocolate. —Murmuró el Alfa contra el oído del Omega. Virgen Santa, había usado ese tono grueso que podría pasar casi como ronroneo. Rich no era tonto y conocía todos los efectos fisiológicos que le ocasionaba esa tonalidad a Farfa.
—Paraaaaá. Que me haces cosquillas y no necesito más emociones por ahora. Che, que no he dejado de sentir la cara caliente desde que los chicos estaban acá.
—Espero que con ellos no ronronearas así.
Su Omega era un boludo que no podía soportar estar medio segundo quieto luego de que Rich le molestara con esa voz que le llevaba a explotar en feromonas alegres.
—Qué va. Es todo un caos. No hay chance de eso.
—Sabes, me ha surgido una duda ahora. —Rich dejó besitos suaves por la mejilla y la formación de la oreja ajena. Sin acatar la orden de Farfa por detenerse, el ronroneo volvió en medio en cada palabra.
Eso no ayudaba al erizamiento de sus vellos. Farfa aclaró la garganta, evitando que el ronroneo le impidiera hablar.
—¿Qué? —Interrogó, a la espera de más tono grave de su Alfa provocativo.
—¿Te empiezo a ordeñar? —Rich cambio por completo toda la atmosfera con ese tono burlesco y risueño.
Le costó el alejamiento a base de puñetazos por parte de su pareja, pero no se arrepentía y el millar de risas saliendo de su diafragma lo probaban.
—Anda a cagar, Rich. —Farfa le comenzó a lanzar almohadas.
En otras circunstancias, ya estaría sobre el Alfa arremetiendo con golpes y mordidas. Pero eso volvería cuando los puntos ya no fueran un foco de infección y dolor. Ahora se conformaba con acabarse la munición de almohadas para arremeter contra su esposo.
En medio de risas y quejas bajas para no despertar a su cachorra. Farfadox recordó por qué se había casado con ese hombre. Lo hacía sentir seguro, en paz, cómo un igual y sobre todo, amado.
