Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-02-17
Words:
2,061
Chapters:
1/1
Comments:
9
Kudos:
61
Bookmarks:
2
Hits:
356

Carnaval toda la vida y una noche junto a vos

Summary:

Julián odia la murga... pero el murguero está lindo

Notes:

Bueno, esto es cualquier cosa pero ya fue. Va dedicado a mi gang de panditas chinchudos

Work Text:

 

–Careteala un poco aunque sea –lo codea juguetonamente en sus costillas.

Se le dificulta oír la voz de su amigo por sobre la música a todo volumen. Bah, si es que a eso se le puede llamar música.

–Te avisé que si venía iba a ser con la peor de las ondas.

–Daaale Juli, es carnaval una vez al año.

–Menos mal.

–Agreta que sos.

No le importa todo lo que pueda decirle Rodrigo, esto es una tortura. Desde el tipo “animando” al público desde el escenario con un micrófono que hace una interferencia espantosa. El quilombo que hacen los bombos y los platillos, monótono y ruidoso, seguro en media hora le empieza a doler la cabeza. Y los bailes…

–Che ¿Esta gente ensaya para esto?

–Sí, sí. Se juntan a practicar varias semanas antes.

–No se nota.

–Uy, que choto que sos cuando algo no te gusta, Julián.

El castaño revolea los ojos, ni que fuera su culpa que todos bailen tan descoordinados, no hay ni dos que estén sincronizados.

–Voy a comprarme un chori –avisa el más alto– ¿Vos querés algo?

–Nah, seguro ni se lavan las manos en los carritos esos.

–Listo, cagate de hambre, por mañoso.

Rodrigo se levanta del cordón, se sacude el polvo que pueda llegar a tener en la parte trasera del pantalón con algunas palmadas y se va a la zona de los food trucks.

Julián revisa su celular, pero no hay casi nadie en línea. Obvio que no, fin de semana largo, están todos en otra. Seguro con mejores planes que estar en un corso de cuarta…

Como si no tuviera suficiente, unos nenitos pasan corriendo a su lado tirándose espuma entre ellos y él la liga de rebote. Suspira harto. Cuando Rodrigo vuelva le va a decir que se va, que todo bien con segundearlo, pero la está pasando como el orto.

–¡Un fuerte aplauso señoras y señores para ‘Los murgueros de zona sur’!

El presentador alienta con su voz retumbando a través de los enormes parlantes. El público vitorea al grupo que acaba de desfilar por la calle. Seguro que son casi todos conocidos de los integrantes, porque bailaron bastante feo.

–¡Y ahora un fuerte aplauso para recibir a ‘Los chispitas del barrio’!

Más bien serán ‘Los chapitas del barrio’, piensa Julián. La gente aplaude, él no está de humor. Encima son todos los grupos medio parecidos, lo único que cambia son los integrantes y los diseños de los trajes.

Pero este grupo en particular tiene algo que no tenían los anteriores: nenes.

La gente se vuelve loca con los murgueros en miniatura imitando los pasos de baile de los mayores. Al frente, como marcando el paso, hay un joven con mucha energía que baila y parece ser el que tiene todo bajo control. Desde cuidar que los pequeños no se alejen demasiado del grupo, ya que pueden perderse entre la multitud, hasta de arengar al público incitándolos a hacer palmas.

–¡Arriba, arriba todo el mundo! –Grita haciendo movimientos con las palmas de sus manos hacia arriba.

Algunas señoras mayores luchando para ponerse de pie desde sus reposeras, sus maridos ayudándolas. 

–¡A ver esas palmitas! ¡Hey, hey, hey! –Aplaude.

Este chabón parece más estar tirando unos pasos de cumbia que de murga.

–¡Descontrolado yo vengo iguaaal, de visitante o de locaaal! –Agita un brazo como si estuviera en la cancha– ¡Tirando espuma, bailando fino, el que no alienta a Chispitas… ¿Para qué vinooo?

Julián se ríe.

Por primera vez en la noche.

Es una especie de barrabrava metido adentro de un traje brilloso con flequitos.

Uno muy lindo.

Puede ver su dentadura perfecta y brillante mientras canta. Lleva un traje azul con detalles en blanco sin vestir nada debajo, dejando entrever su pecho tatuado.

Para soportar el calor quizás, pero mentiría si dijera que no está hipnotizado por ese león grabado en tinta que parece mirarlo fijamente desde esa porción de piel morena.  

–¡Vení, vení, bailá conmigo, que un amigo vas a encontraaar! ¡Que de la mano, de los Chispitas, toda la noche vamo’ a bailar!

Julián ya no parece estar de tan mal humor, el nuevo showman está haciendo que la noche sea más llevadera con sus cánticos.

No se percata que al volver su mirada al morocho, este parece estar viéndolo fijamente mientras avanza desfilando. Piensa que debe ser su imaginación, hay mucha gente como para que lo esté viendo justo a él. Pero luego se da cuenta que es posible; porque es el que menos onda le está poniendo; no aplaude, no silba, no hace nada. Por eso lo está mirando con una sonrisa canchera de lado y ese par de ojos penetrantes y oscuros. Julián traga saliva.

–¡A ver, a ver, a ver! ¡Paren todo! –Grita para que la orquesta de su murga deje de tocar los instrumentos, los demás miembros dejan de bailar– Shhhh –hace señas para que el público haga silencio–. Yo no quiero decir nada, pero en el público hay gente que no está aplaudiendo…

Los presentes se miran entre ellos, con sonrisas cómplices, al parecer algunos saben lo que va a pasar a continuación. Julián está desorientadísimo y se siente de alguna manera algo intimidado frente a esta especie de llamado de atención por parte del murguero.

–¿Alguien me puede alcanzar un micrófono? Esas personas tienen que escuchar lo que el señor Benjamín tiene para decirles.

Una chica del puesto de burbujeros y globos con luces le alcanza un micrófono inalámbrico, el morocho le agradece.

–Vení, Benja.

Llama con la mano al pequeño de, aproximadamente, unos dos años que se acerca hasta a él y, cuando está lo suficientemente a mano, lo hace a upa.

Hay un silencio sepulcral, expectantes de lo que van a decir. El morocho vuelve a cantar como si estuviera en la cancha.

–¡Canten conmigo, canten conmigooooo, el que no aplaudeeee…! –Deja sin terminar la frase y le acerca el micrófono al pequeño justo frente a su carita.

–¡E’ un abudidoooo! –Agita su manito regordeta.

Julián no tiene más remedio que largar una carcajada.

El morocho hace una seña al grupo, se reanuda la música, el baile y todo el público acompaña con palmas, todos con amplias sonrisas surcando sus rostros. El murguero mira en dirección a Julián, como aguardando.

Este niega con la cabeza, resignado, y comienza a hacer palmas, a lo que el contrario sonríe victorioso, mostrando sus perfectos y perlados dientes.

Que chabón…

 

–¡Un fuerte aplauso para ‘Los Chispitas del Barrio’! –Dice el anfitrión desde el escenario y presenta al siguiente grupo.

A Julián no le interesa lo que sigue, no van a ser más divertidos que los que acaban de marchar, así que se dispone a buscar a Rodrigo, que nunca más volvió.

Camina hasta los puestos de comida, pero no lo ve por ningún lado. Al final, por caprichoso, sí le está dando hambre, así que se compra una bolsita de garrapiñadas y un agua saborizada, volviendo a sentarse, ahora sobre el césped, un poco más alejado del bullicio principal.

Debería irse. Es decir, es lo que estuvo esperando hacer desde que llegaron, pero por alguna razón se queda allí un rato. Está pensando en eso, cuando alguien se sienta junto a él sobre el pastito.

Se sorprende al verlo a él.

El murguero, que ahora lleva la parte superior del traje desabotonada y el cabello empapado cuando se quita la galera de color blanca llena de lentejuelas.

Deja el sombrero sobre el césped y toma una papa frita del cono de papas que sostiene en su otra mano.

–¿Querés? –Ofrece, amable.

Ahora habla de forma mucho más pausada y tranquila que antes. Tiene una fina capa de transpiración sobre su rostro, haciendo que el glitter azul y blanco de sus cachetes brille aún más.

–No, gracias –declina la oferta. No piensa admitirle que cuestiona las condiciones higiénicas del lugar.

El joven se acomoda mejor y comienza a devorar sus papitas. Se nota que todo el show de antes le abrió el apetito.

Lo observa sin ningún tipo de disimulo. Tiene un perfil precioso, con una nariz super delicada, unos labios carnosos, unas curvas y tupidas pestañas. Da un sorbo del jugo, esperando apagar un poco el incendio que siente dentro.

–¿Qué te trajo hasta acá? –Pregunta de repente el murguero, sorprendiéndolo. No está viéndolo, sigue absorto en su comida; incluso habla con la boca un poco llena.

–¿Cómo que me trajo hasta acá?

–Es bastante obvio que la murga no te gusta. ¿Qué te hizo venir?

–Ah… –se siente un tanto culpable de no haber fingido siquiera un poco de interés al principio– un amigo me pidió que lo acompañe.

–Mmh –asiente– ¿y dónde quedó tu amigo?

–No sé, se me perdió. Seguro se encontró con una piba y me dejó tirado.

–Mal ahí.

Ambos quedan un rato en silencio. Pero no es un silencio incómodo, eso es lo que más le llama la atención a Julián. En ese lapso, el morocho termina su cono de papas y es ahora el castaño quien le ofrece un trago de su bebida, que el otro acepta encantado.

–¿Querés que te cuente un secreto?

Esa inesperada pregunta hace que el corazón de Julián se acelere.

–A mí tampoco me gustaba la murga –dice ahora mirándolo directamente a los ojos.

A Julián le es imposible no fruncir el ceño y mirarlo de arriba abajo ante semejante revelación.

–No te creo –suelta, en un arrebato de honestidad, haciendo que ría.

Que linda su risa.

–Te juro.

–¿Qué te hizo cambiar de idea?

Su mirada oscura se suaviza, su tono se torna dulce.

–Los chicos.

El castaño recuerda a todos los nenes bailando en la murga de los Chispitas. Eran unos cuantos, todos parecían adorarlo y seguir sus indicaciones. Se ve joven como para tener hijos, pero no descarta la posibilidad, así que trata de indagar de una manera no muy invasiva.

–¿Pero qué onda? ¿Son tus hermanitos o…?

–No, no. No tengo hermanos más chicos yo. Aunque son como hermanitos para mí. Los quiero una banda.

–¿Entonces?

–Son los nenes del comedor.

Julián se queda en silencio. El otro parece darse cuenta de que no sabe qué decir, así que opta por continuar hablando.

–Mi mamá tiene un comedor, es la señora rubia de pelo corto que bailaba con nosotros. Hace ollas populares y meriendas para los chicos del barrio.

Por si Julián no se sentía lo suficientemente culpable hasta ahora…

–Hace unos años ya que pensamos que sería lindo que tengan algo en qué invertir tiempo y energía; algo divertido, que les guste. Ya más o menos por septiembre empezamos a vender torta fritas y rifas para juntar plata para las telas y eso. Una abuela de los nenes sabe coser, así que nos hace los trajes sin cobrarnos. Ellos se divierten pegando lentejuelas, flecos, brillitos.

–Te dijeron de sumarte a bailar y no te pudiste negar.

–No se les puede decir que no. ¿O acaso Benja no te hizo aplaudir hace un rato? –Lo carga y Julián se ríe. Tiene razón. –Pero a mí la murga no me gustaba, ni hablar de que soy de madera bailando, así que le busqué la vuelta para que sea divertida. De participar a mi manera.

–Te sale muy bien –admite, casi sin pensar. El morocho alza las cejas ante el cumplido– o sea, esto que hacés a tu manera, está muy bueno.

–Guarda que si me seguís tirando flores voy a pensar que te está empezando a gustar la murga, eh.

Julián hace una mueca casi de aceptación.

–Puede ser…

Ambos se dedican una anchas, anchísimas sonrisas. Todo en este simple intercambio está cargadísimo de tantas cosas; de complicidad, de tensión, de júbilo.

–¡Enzo!

Se oye la voz de una nena llamándolo a lo lejos y el morocho comienza a levantarse del piso, no sin antes tomar la brillosa galera y ponerla con cuidado sobre los rulos chocolates del castaño.

–Quién te dice que el próximo año no te tengamos bailando con nosotros ¿No? –Le guiña un ojo con una sonrisa de lado antes de irse.

Julián niega con la cabeza, divertido.

Imposible.

A él no le gusta la murga.

Una vez que lo pierde de vista entre la multitud, toma su celular del bolsillo para pedirse un uber.

Si hace una breve parada técnica en Instagram antes, nadie tiene por qué saberlo.

Los Chispitas del Barrio.

Seguir.