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Enzo escucha a Amadeo quejarse, abre un ojo y se da cuenta que ya amaneció, seguramente tiene hambre. Se despereza con cuidado de no despertar a Juli que duerme abrazado a su cintura, deja un beso en su sien, lentamente lo despega de su cuerpo y se desliza fuera de la cama. El invierno llegó y el frío se siente en los huesos, a pesar de tener la calefacción encendida es necesario abrigarse, mientras se acerca a la cuna de su hijo, va pasando por su cabeza el primer buzo que encontró, se asoma a la cuna y ve a Amadeo chinchudo haciendo puchero, a punto de largar el llanto, lo levanta con cuidado y rapidez a la vez, no quiere que Julián se despierte, en la madrugada fue él quien se levantó a darle la mamadera y volver a dormirlo. El bebé se esconde en el cuello de su papá y comienza a succionarlo, Enzo sonríe y mientras acaricia lentamente su espalda, le habla bajito:
—Eu, cachorro, tenés hambre, eh? —besa su cabecita y continúa con ternura— vamos a preparar esa mamadera.—
Mientras la leche está calentándose, el bebé pierde la paciencia y comienza a llorar, el morocho lo acuna y trata de calmarlo.
—Ya va, ya va, no te enojes —le susurra.—
Amadeo no afloja y Enzo se apura para poder alimentarlo. Con la mamadera en mano, se acomoda en el sillón y ni bien la acerca a su boca el chiquito la abre como un pez fuera del agua y la atrapa rápidamente, succiona con fuerza y premura, y a Enzo se le llena el pecho de amor al ver esos cachetes que se mueven con ganas. A medida que su apetito es saciado, va aflojando el ritmo, con los ojos cerrados levanta su manito para atrapar la nariz de su papá y jugar con ella, siempre lo hace, y esa demostración de cariño le explota el corazón una y otra vez.
Con el chiquito satisfecho, Enzo se levanta y se mueve con soltura con su hijo en brazos, prepara el mate y las tostadas con manteca y dulce de leche para llevarle a Julián, que por el silencio reinante, sigue en el quinto sueño.
Con todo listo hace malabares para llegar hasta la habitación con Amadeo en un brazo y la bandeja en su otra mano. Julián aún dormía profundamente y a Enzo no pudo parecerle más hermoso, a pesar del tiempo que llevaba enamorado de él no había un día en que verlo no le hiciera volar las mariposas en el estómago. Deja la bandeja en la mesita de noche y se sienta a su lado en la cama, se acerca y roza con sus labios su mejilla.
—Buen día, dormilón —lo saluda el morocho.—
Julián se remueve y abre los ojos lentamente mientras sonríe.
—Buen día mis amores —responde con la voz pastosa todavía— ¿hace mucho se levantaron? —pregunta.—
—Y sí, si este wachín es un desesperado por comer —dice el morocho con picardía, sabiendo que Juli va a retarlo por llamar así a su hijo.—
—Enzo, no le digas así, Amadeo se llama —le tira la bronca el cordobés.—
—Bueeeeno, no me retes —se queja fingidamente el morocho haciendo puchero— encima que te traigo el desayuno que te gusta!—
Julián lo mira y niega con la cabeza, la sonrisa se le dibuja sola y la imagen de su hombre con su hijo en brazos lo desarma.
El desayuno estuvo exquisito y Julián no tiene más opción que felicitar a Enzo como Dios manda —mimarlo de todas las maneras posibles— y quién podría juzgarlo si, aprovechando que Amadeo volvió a dormirse y se quedaron solos, los besos y caricias escalaron tanto que terminaron enredados y desnudos demostrándose lo mucho que se aman.
Julián sigue recostado en el pecho del morocho, mientras éste acaricia suavemente su espalda, ninguno de los dos quiere salir de ese refugio, con el frío que hace, y sabiendo que tienen el día libre dan ganas de quedarse en la cama toda la mañana.
Por supuesto, Amadeo no está de acuerdo con eso y comienza a reclamar la atención de sus padres. Esta vez es Julián quien acude a su llamado, mientras Enzo se levanta de la cama para comenzar a vestirse. Se acerca a la ventana para correr las cortinas y que la luz entre a la habitación, con sorpresa ve la nieve caer, es la primera nevada del año y el morocho sonríe feliz.
—Juli, Juli, Juuuuu, vengan a ver! Está nevando —grita eufórico para que lo escuche desde la otra habitación.—
El cordobés sonríe divertido imaginando el entusiasmo del morocho, en esas situaciones, Enzo es un nene en el cuerpo de un hombre.
Amadeo y Juli no llegan a la habitación, a mitad de camino se encuentran con el morocho, que impaciente se acercó a buscarlos.
—Dale, Ju, abrigá al gordo y salgamos al jardín —apura el morocho— No sabés lo lindo que está todo nevado.—
Julián lo mira pensativo.
—Mmm, no sé, En, hace mucho frío, mirá si se enferma? —duda—
—Daa, Julián, no seas ortiva —se queja el morocho— lo abrigamos bien y no pasa nada —continúa un poco caprichoso— ¡tiene que conocer la nieve!
Julián no está del todo seguro, pero se deja convencer al ver esa carita llena de ilusión que le regala el morocho.
—Está bien —lo mira dubitativo— pero se llega a enfermar y te cuelgo de los huevos —le advierte alzando una ceja el cordobés.—
Enzo sonríe victorioso, se acerca hasta Juli, le besa la mejilla mientras toma a Amadeo en sus brazos y dice:
—Te amo, culón, sos el amor de mi vida.
Rápidamente se lleva a Amadeo hacia a su habitación, de fondo se escucha a Julián protestar.
~•••~
Mientras Julián le cambia el pañal y abriga a Amadeo puede escuchar a Enzo, que ya está en el jardín jugando con Tarzán, se ríe y le pide que no se cruce en su camino. Cuando casi está terminando de sentar al bebé en su cochecito, Enzo comienza a gritarles:
—¡Dale, Juli, salgan que está hermoso, estoy haciendo un muñeco para Ama!—
Ni bien se asoman por la puerta que da al patio, el perro corre hacia ellos dejando al morocho pagando.
—Pero mirá que perro trolo —se queja indignado— ¡ya vas a venir para que te saque a pasear!
Julián ríe divertido, Tarzán se acerca a Amadeo que sonríe al verlo, a lo lejos se escucha a Enzo que sigue rezongando.
Es cierto que el frío apretaba, por suerte en ese momento, la nieve aflojó y con todo lo que se tiraron encima, estaban perfectos, Amadeo parecía un astronauta en ese enterito que llevaba puesto, apenas asomaban sus manos y carita, y Julián no pudo negar la belleza del paisaje, Enzo había tenido una buena idea.
El morocho se acerca rápidamente y lo abraza por la cintura, el cordobés se deja abrazar y sonríe. Tarzán está acostado a los pies de Amadeo quien estira sus bracitos pidiendo que lo alcen. Sin hacerlo esperar, el cordobés cumple el pedido y el bebé se acomoda en su pecho.
—¿Viste qué lindo? — dice Enzo mientras mira a su alrededor, una sonrisa tierna asoma en sus labios.—
Julián asiente y se acerca más al morocho que aprieta el abrazo.
–¿Ama, te gusta la nieve? —pregunta Enzo—
El bebé lo mira y sonríe, agitando sus bracitos.
—¡Yo te dije Juli que le iba a gustar! —lo toma de los brazos del cordobés — ¡Vení a ver el muñeco que te hice!
—Dios, Enzo, tenés cinco años—
—Dejame, a Ama le va a encantar —pucherea— Vení, bebé, no escuches a papá.
La verdad que Enzo armando muñecos de nieve es un excelente papá. Julián no puede evitar reírse con ternura por el desastroso intento de armar la figura, pero verlo disfrutar y compartir con su hijo es sin duda de sus cosas favoritas.
Enzo se sienta en el piso con Amadeo en su regazo, lo acerca al muñeco para que pueda verlo, pero al tocarlo y sentir el frío, por reflejo se lleva puesto la cabeza de esas dos bolas superpuestas con un palito por nariz que suponía ser un muñeco de nieve.
—Uy, hicimos macana, bebé —le habla bajito el morocho, Amadeo lo mira y toca con la manito fría la mejilla de su papá.—
Enzo trata de arreglar con una sola mano el muñeco, Amadeo no para de moverse y el morocho se ríe del desastre que están haciendo.
Julián se aleja un poco junto a Tarzán que buscó su pelota y quiere jugar también. El cordobés los observa a la distancia, se ven tan lindos jugando juntos, se siente bendecido por la familia que formaron, por el compañero y padre que es Enzo.
Mientras camina a buscar el juguete del perro, resbala un poco y puede ver que la nieve se corre fácilmente, es en ese momento que una idea cruza por su mente, si sale bien a Enzo le va gustar.
El morocho distraído con su hijo, no se da cuenta lo que Julián está haciendo.
Cuando llega a su lado acompañado de Tarzán, Enzo está tan concentrado en su trabajo que no los escucha.
Los copos empiezan a caer nuevamente y con un poco más de intensidad.
—Dale, Olaf, vayamos adentro que está nevando mucho.—
Enzo se ríe y se levanta para mirar a Julián con indignación.
—Soy un artista incomprendido —le dice mientras se acerca al cochecito donde sienta al bebé y lo cubre. Acomoda una mano en la cintura del cordobés y los guía hacia la casa— Vamos.
Una vez en el interior, Enzo se dispone a preparar unos mates para entrar en calor. Está en esa tarea cuando Julián, con su hijo en brazos, tiene la excusa perfecta y le pide que vaya a su habitación en el piso superior a buscarle el celular que dejó en su mesa de noche.
El morocho entra al cuarto y rodea la cama, yendo donde le indicó el cordobés, toma el celular y gira sobre sí para volver al living, y es entonces que lo ve. Se acerca más a la ventana y sonríe lleno de emoción mientras niega con la cabeza.

El morocho se acerca a Julián quien tiene a Amadeo dormido en sus brazos, deja el celular a su lado sin decir una palabra, toma al bebé y lo lleva a su cuna. El cordobés cree que Enzo no llegó a ver su creación, pero no podía estar más equivocado.
El morocho vuelve de la habitación de su hijo y se acerca, con la mirada mitad encendida, mitad emocionada, no le da tiempo a decir nada que ya tiene a Enzo sobre su regazo, rodeando su cuello con sus brazos y acercándose a su boca le susurra:
—¿Así que me amás?
—Mucho —responde el cordobés—
Enzo sonríe grande sobre su boca, sus narices chocando, sube sus manos y se enreda en sus rulos.
—A final, el artista sos vos —dice bajito, sin apartarse un milímetro.—
—Dale, Olaf, dejá de hablar y besame —dice mientras sonríe el cordobés—
Y Enzo lo besa, como siempre, como nunca, porque se aman y porque quiere.
Afuera el temporal seguía intenso y quién iba a pensar que la nieve pudiera generar tanto calor.
