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"Athena puede renacer... En cambio Aioros, jamás podrá hacerlo."
El corazón del samurái se encogió. El Código Bushido estipulaba que la mejor gracia que se puede tener con un enemigo era tenerle misericordia y darle una muerte rápida e indolora.
Shura al ver sufrir a su mejor amigo por los ataques de Afrodita de Piscis y Deathmask decidió ponerle un fin a una pelea absurda que se dividía en dos ideales opuestos.
Fue así como mostró a Excalibur levantando su brazo disparando un corte perfecto a los hilos que sostenían el viejo puente de madera que conectaba al Santuario con el Partenón de la ciudad de Atenas donde los turistas gozaban de tomarse fotos.
Pensó que Athena regresaría al Santuario el día menos esperado, pero eso no pasó. Sin embargo Aioros, había perecido en aquella batalla donde él fue su verdugo.
Pensar que había propuesto a un traidor al puesto de patriarca lo hizo sentirse como un idiota.
Aioros de Sagitario, su máximo ídolo y ejemplo a seguir solo trataba de vender a Athena al ejército de Hades... Eso fue lo que pensó durante cinco años más cuando finalmente su segundo género se hizo presente.
Frente al gran patriarca el caballero de Capricornio muestra sus respetos. Su cosmos filoso estaba tan elevado tratando de no mostrar la debilidad de su subgénero. —Shura de Capricornio, reportando ante su ilustrísima mi presentación como Omega.— mordió su lengua al presentarse de esa manera.
Los ojos azules del patriarca brillaron detrás de la máscara, un destello que fue imperceptible por los ojos verdes del Santo de Oro de la décima casa.
A Saga le complacía escuchar esa revelación, Shura comenzaba a sospechar sobre el verdadero motivo por el cual Aioros había escapado.
A decir verdad Capricornio ya era una maldita piedra en su zapato, siempre tan insistente, pero el saber que era un Omega lo salvó del mismo destino que el de Aioros, morir a manos del Santuario.
Siendo un Omega, Saga podía hacerlo sumiso a sus caprichos usando a su Alfa interior para someterlo, sin siquiera llegar a desgastar un poco de su cosmos con el ataque secreto del Satán Imperial. Shura pasaría de ser una cabra rebelde y fuera del rebaño a una cabra mansa y domesticada.
—Es una excelente noticia Shura. Athena te bendice con un vientre fértil después de cumplir con éxito tu misión de hace años.
Imponente y ocultándose detrás de la máscara del patriarca, Saga se levanta del trono para acariciar el rostro del joven caballero de 15 años.
Shura se da cuenta de que las manos arrugadas que un día lo saludaron cuando llegó al santuario ahora son manos suaves que irradian una placentera calidez, pero no dice nada, porque sus corazonadas son correctas.
El verdadero patriarca fue exitosamente asesinado por su mejor amigo, Aioros. —Saga.— su voz delgada llama al alto hombre de cabellos canos.
—¿Cómo lo sabes?— en el fondo Géminis se prepara para lo peor.
—Aioros asesinó al patriarca aquella noche, ¿no es así?— esa sola pregunta hace que su corazón se destroce por completo. —Por eso tú tuviste que recurrir a este método, tomar el lugar que ese traidor deseaba para él.
Con la batalla ganada sin siquiera luchar, Saga decide seguir mintiendo. —Estás en lo correcto, pero revelar la verdad a los otros Santos de Oro solo provocaría revivir viejos recuerdos que deben ser enterrados.— prefiere que Shura siga creyendo aquello.
La figura del castaño bondadoso se hizo añicos dentro de la mente del caballero de Capricornio.
El héroe en quien quería creer... No era más que una persona malvada.
—Tu misión ahora es guardar este gran secreto hasta que Athena vuelva a reencarnar nuevamente. Por ahora lo que me preocupa es saber dónde está la armadura de Sagitario.
Shura apretó sus puños, Aioros había mancillado por completo la sagrada armadura de Sagitario. —Si me permite...
—Tienes prohibido salir del Santuario Shura, siendo un Omega que a penas comienza a desarrollar sus instintos, debes permanecer aquí, bajo mi cuidado.
Con una reverencia y colocándose su casco salió del décimo tercer templo para bajar hasta su propio templo.
Durante los próximos años, Shura se convirtió en el caballero más fiel a disposición de la Diosa Athena, la cual Saga juraba había encontrado en una de sus expediciones fuera del Santuario.
Sin saberlo, Shura realmente era el caballero más fiel al Patriarca y a una falsa Athena que veía siempre a lo lejos, distante y sin una pizca de cosmos.
A los diecinueve años, su primer celo de maduración que confirmaba su casta se presentó y lo pasó con el perfecto e intachable hombre Alfa de 24 años en el que se había convertido Saga de Géminis, el ahora patriarca.
Lo más difícil en su extraña relación fue formar un lazo sin que los demás caballeros se dieran cuenta a excepción de Afrodita de Piscis y Deathmask de Cáncer.
Sin embargo, no importaba cuántos nudos descargará Saga en el interior del Omega con olor a violetas cuando ambos compartían cama en sus celos. Shura solo podía quedar embarazado de los cachorros del Alfa que los dioses habían creado y destinado para él.
—No importa si no somos destinados, me negaré a soltarte, Shura.— dijo el de cabellos plateados mientras se sumergía en la calidez del pelinegro que solo podía arquear su espalda y omitir gemir el nombre del Alfa con olor a mentol.
Al convertirse en el Omega del Patriarca, sus misiones eran nulas, Saga prefería tenerlo cerca que lejos... O solo deseaba que no viera su otra cara.
Y todo hubiese continuado de manera perfecta, si tan solo cinco caballeros de bronce no se hubieran revelado diciendo que con ellos estaba la verdadera diosa Athena.
—No tienes porque temer. Yo no dejaré que avancen hasta este lugar sagrado donde se encuentra Athena. Confío en ti y en que el cosmos de Athena regrese, Saori Kido no es más que una simple impostora.
Saga asintió dejándolo ir no sin antes darle un corto beso que sabía a una cruel despedida. La verdad pronto sería revelada y el amor que Capricornio le profesaba pronto se convertiría en lo contrario.
—Si tan solo no hubieras visto mi rostro, todo esto no estaría pasando, Aioros.— su mirada se fija en la armadura dorada de Sagitario.
Debido a la manipulación, la marca en su cuello y su orgullo, Shura se negaba a creer en las palabras de Shiryū de Dragón, que en sus oídos no sonaban más que a crueles mentiras. El patriarca era el hombre más perfecto que había conocido en toda su existencia.
—Aioros no era un traidor, Shura.— aquellas palabras taladraron su interior y su mente se introdujo en una espesa neblina.
El hombre a quien estos años amo no era el villano de esta historia como lo hacían creer, Saga no era un pecador como lo había sido Aioros.
Shura se negaba a creerlo.
NO. Se negaba a creer que Saori Kido fuera la misma niña que Aioros protegió con su vida.
NO. Su vida no era una
mentira creada por Saga.
NO. Saga no podía ser
ese patriarca cruel
del que hablaban.
Aioros, no era el mártir que Shiryū quería hacerle creer. Aioros era un traidor, un culpable, un ángel celestial de dios como lucifer... Aioros había secuestrado a Athena para venderla al ejército de Hades.
Sí. Aioros era exactamente
lo que Saga decía que era.
Entonces fue aquí donde la mirada sin culpa de Aioros se presentaba una vez más como en sus pesadillas.
El recuerdo intacto de aquella noche del pasado que Saga quiso borrar con su cosmos regresaba fresco como si hubiera sucedido ayer y no hace 13 años.
Se negaba a creer que su vida todo este tiempo había sido una mentira, una trampa de Saga de Géminis.
Sus ojos comenzaron a segregar gotas saladas cuando sintió el cosmos cálido que había sentido aquella vez cuando no pudo moverse en contra de Aioros a pesar de haber cortado con su Excalibur la flecha sombra del caballero de Sagitario.
—¡Perdóname Aioros!
Pensó que con su muerte pagaría sus pecados, pero solo fue la transformación que le hacía falta a su vida para regresar del lado correcto y luchar en nombre de aquella niña que había protegido Sagitario con su propia vida, la misma niña que sobrevivió entre crueles ataques.
En el muro de los lamentos donde el cosmos de la verdadera Athena lo revivió quiso omitir fijar su vista en aquel mártir que fue su superhéroe, pero fue en vano, para abrir paso hasta ese remoto lugar del inframundo debía tomar su lugar al lado del cuerpo del moreno que ahora lucía como un hombre de 27 años y desprendía un olor a cedro.
Todo debía terminar en eso, en la redención de los verdaderos traidores donde se encontraba él, pero no. Los dioses jamás lo dejarían tener tranquilidad y del muro de los lamentos todos los santos de oro fueron llevados a Asgard y luego de regreso al Santuario con la verdadera Athena y un resultado dudoso de una Guerra Santa que no había tenido ningún ganador.
Y para su maldita suerte, Aioros el Alfa mayor reconocido como el salvador de la diosa regresó junto con ellos al refugio de Athena.
•
—Yo me haré cargo de mis acciones, Shura. Tú no tienes que pagar por mis equivocaciones, toda la culpa solo recae en mí, así que no te sientas culpable, amor mío.
De entre todas las mentiras de Saga, lo único que era verdadero es que realmente se había enamorado de él, el caballero más desdichado entre todo el Santuario.
Y ese mismo amor ahora le estaba pasando factura. El Alfa al que le pertenecía había arreglado los problemas del pasado con el Alfa que los dioses habían destinado para un Omega como él.
Aioros no había renacido como lo pensaba, pero si fue revivido de entre los muertos y con él... también revivieron todas sus desgracias.
Verlo pasar todos los días por su templo solo le recordaba la amargura de saber que se dejó llevar por la rabia de sentirse traicionado.
—¿Qué es esa marca que llevas en el cuello?
No habían cruzado ni una sola palabra desde su resurrección en Asgard y ahora que lo hacen, Aioros de Sagitario decide preguntarle sobre la marca morada sobre su cuello que con el paso de los días está perdiendo su coloración indicando que el lazo que formó con Saga se está debilitando por la presencia de su Alfa destinado.
—No es algo de tu incumbencia.— responde de manera fría, sabiendo de antemano lo que se avecina.
La mirada verde jade le indica lo decepcionado que se encuentra. —Tú, ¿ya tienes a alguien?
De todos los temas que podían hablar, Sagitario prefiere hablar de la marca sobre su cuello.
El Alfa se siente herido y traicionado, los ojos verdes de Shura siempre estaban sobre su persona, pero ahora esa mirada parece brillar por alguien más.
—¿Quién es?— solo puede preguntar al sentir el olor mezclado de las violetas del Omega y el olor mentolado del que tiene una idea a quien pertenece.
—Aioros, se supone que todos los días cruzas este templo para ponerte a dispocisión de Athena y del verdadero patriarca Shion, ¿qué pretendes con hacer preguntas sobre mi vida privada?
Sagitario lanza un gruñido bajo, no soporta sentir como el aroma de otro Alfa se mezcla con el que sabe es de SU OMEGA.
El instinto de un orgullo atropellado lo hace tomar con fuerza los brazos del caballero de Capricornio. —Pregunté el nombre de la persona que se ha atrevido a marcarte sabiendo que no eres su destinado.
El miedo y la sumisión ante un Alfa es algo que nunca conoció al lado de Saga, pero ahora frente a Aioros se siente de la misma manera que cuando se enfrentó al poderoso cosmos de Shaka de Virgo, uno de los dos betas en toda la orden dorada de Athena.
—No importa.— responde de manera robótica mientras las lágrimas ruedan por su rostro. —Nunca importará. Porque aunque seamos destinados, tú y yo no tenemos nada en común.
La palma cubierta por el guante de oro de la armadura se queda a unos escasos centímetros de su mejilla. —Es Saga.— dice con repudio observado claramente como la coloración de la marca no es tan nítida como la de un verdadero Alfa destinado. —¡Maldito!— maldice entre dientes y con solo pasar la punta de sus dedos sobre la marca esta desaparece como si nunca hubiera existido, borrando así el lazo formado. —¿Y tú?— entrecierra a los ojos. —No te bastó con crear toda una revolución por postularme al lado de Saga ante su ilustrísima para el puesto de Patriarca.
La culpa recae en sus hombros completamente, Sagitario tiene razón, solo él es culpable por todo lo sucedido.
—Dime Shura, ¿no te bastó con eso que ahora nuevamente nos pones a los dos en esta encrucijada?
—¿Qué diablos estás diciendo?
—No le voy a dejar el camino libre a Saga contigo. No me importa si él fue el primero en tu vida, yo me encargaré de ser el último porque así debe ser.
Aioros se marcha dejándolo solo, temblando entre las frías paredes de la casa de Capricornio, ahogado en un mar de lágrimas en el que no hay abrazos ni perdones.
"Esta es la misericordia de un samurái."
Su espada ahora mismo está tan oxidada como para utilizarla para cometer suicidio. Él nunca quiso verse envuelto entre un enredo de verdades y mentiras ocultas.
Jamás deseo que su toma de desiciones lo llevarán a desear querer morir.
Athena no debió perdonarlo, Athena debió darle un castigo que pagará el precio de sus acciones cometidas en el pasado.
Si en la época del mito, Athena le dio un castigo a aquella sacerdotisa que fue abusada por Poseidón convirtiéndola en un demonio con serpientes como cabello, por qué a él un caballero desleal lo había dejado vivir y regresar al santuario sin mandarlo al exilio.
Tal parecía que la diosa a la que ahora le rendía tributo prefería castigar a inocentes que a pecadores como él.
Shura siente arrepentimiento, pero también cólera al verse tan idiota.
Su forma de vida basada en el código Bushido ahora era una burla para su ética y moral sabiendo que nunca cumplió esas siente virtudes que deberían regir su vida como la de todo un samurái.
—¡Shura, vamos al coliseo rápido!— Afrodita llegó a su templo gritando desesperado tres días después de que hablara con Aioros. —Géminis y Sagitario están peleando, de no poder controlarlos esa batalla escalará hasta la guerra de los mil días.
Debía apresurarse e ir corriendo a separarlos, pero por el contrario se quedó pasmado pensando en lo que debía hacer.
Saga de Géminis era el primer Alfa en su vida, el mismo que lo comprendió cuando se presentó como un Omega, el que siempre estuvo para él. Saga fue quien le enseñó los placeres de la vida, quien le ofreció su amor, su pasión y todo lo que deseara.
Sin embargo, nunca pudo corresponderle de la misma manera.
Y Aioros... Aioros era su amigo a quien siempre observó con ojos llenos de admiración y respeto, pero al que ahora no lograba reconocer, estaba tan cambiado y diferente, pero con el mismo sentido de justicia que antes.
—Shura si no hacemos algo se van a matar, no están peleando como dos caballeros de oro, se están destrozando como dos Alfas y... esto tiene que ser por ti.
Oh, siempre tenía que ser así, el tenía que estar en medio de ellos dos.
Para cualquier Omega saber que dos Alfas competían por el debía ser una cuestión que lo hiciera sentirse orgulloso al ser deseado de esa manera, pero Shura se encontraba en blanco.
—Yo me encargo Afrodita.
Hizo a un lado al Omega y caballero más hermoso dentro del Santuario para dirigirse lo más rápido posible hasta la arena del coliseo.
—No lo amas Saga, ¡Deja de mentirle!— gritó Sagitario en medio de la pela.
—Aioros, tú no sabes lo que es amar y si Shura es tu destinado no me importa, lo quiero para mí.
El trueno atómico y la explosión de galaxias que se habían fusionado en Asgard para derrotar al malvado Dios Loki ahora chocaban entre sí.
Los demás santos de oro estaban en primera fila observando como ambos caballeros con armaduras de oro peleaban con coraje.
—Yo sé lo que es amar. Lo sé porque siempre he amado a Shura a pesar de que cuando morí no sabía mi subgénero ni el de él, pero si Shura te amara yo me haría a un lado y lo dejaría ser feliz contigo, pero él tampoco te ama. Han estado juntos porque tú así lo has querido Saga.
Lo has manipulado con un falso amor.
Aioria y Mu eran los únicos preocupados porque este conflicto escalara a niveles inimaginables, pero justamente cuando estaban perdiendo la esperanza de que alguien llegara y los hiciera entrar en razón, Shura apareció corriendo lo más rápido que sus piernas podían dar con lágrimas en los ojos y su ropa de entrenamiento.
—¡Ustedes dos detengan esta locura!— gritó desesperado.
Pero ninguno de los dos Alfas lo escucharon, los dos seguían metidos en lanzarse puños y destrozar al contrario.
—¡Basta!
Los ojos de los presentes se enfocaron en su persona y un león furioso retenido por Mu exclamó. —¡Esto es tu culpa!
Shura trato de serenarse y observar el choqué de cosmos.
—Shura, si no te hubieras revolcado con Saga, nada de esto estaría pasando.— Deathmask, a ese que consideraba como uno de sus amigos, ahora se atrevía a decirle eso. —Eres un cualquiera.
Los comentarios ya no podían dañarlo más, fue considerado un asesino y después un traidor.
Sin armadura, el joven Omega se adentra al círculo de cosmos provocado por el poder de los santos más poderosos. Si su muerte detenía la locura de Saga y Aioros, entonces ofrecería el hilo de su vida a las moiras para que lo cortaran y le pusieran fin a su existencia.
—¡Shura!— Dohko de Libra abrió los ojos al ver semejante locura.
A punto de cerrar sus ojos para siempre, Shura lanzó una poderosa Excalibur que intentó dividir la energía del choque de técnicas, pero no fue lo suficientemente poderosa para alcanzar un milagro. Su cuerpo recibió el impacto de ambos cosmos y luego cerró los ojos.
Integridad, respeto, coraje, honor, compasión, honestidad y lealtad, debían ser las virtudes que lo guiaran como el samurái que era, aunque su técnica tuviera el nombre de una espada mítica inglesa.
Este tipo de suicidio no era digno de un samurái que debía suicidarse con la técnica de seppuku. Una técnica donde debía realizarse un corte vertical en el vientre para morir por desentrañamiento para salvar el nulo honor que le quedará.
Nuevamente la suerte no estaba de su lado, Athena había bajado desde el décimo tercer templo para detener esa guerra de los mil días y por ende su cosmos lo había salvado al verlo entrometerse en medio de una pelea.
Aioros y Saga fueron amonestados, pero Shura pidió la misericordia de la diosa para obtener un exilio para sí mismo sin importar si su armadura debía quedarse en el santuario, cosa que le fue negada y a cambio se le dio una misión que debía cumplir en completa soledad.
—Saga, después de que regresé al santuario, tú y yo debemos hablar de nosotros.— dijo en un abrazo sincero.
—La marca ha desaparecido…— suspiro.
No necesitaba ser un genio para saber que las caricias de Shura nunca le pertenecieron. —No necesitas preocuparte por mí, entiendo que nunca debí tomarme la libertad de tenerte en mis brazos sabiendo que no éramos destinados.
Este era el mismo Saga que conoció cuando era un niño, un hombre cálido y bueno, no el patriarca que lo tomó como su Omega cuando su primer celo se hizo presente.
—Lo que dijo él es verdad, ¿tú no me amas?
En el pasado la idea de sentirse amado por alguien lo hacía sentir vivo, pero ahora… Saga había recuperado por completo el control de su cuerpo y su contraparte malvada que era buena solo con él había desaparecido gracias a su suicidio frente a Athena quien con un abrazo después de la batalla de las 12 casas lo sano para que en su paso al otro mundo no sufriera.
—Lo hice, te amé y lo sigo haciendo. Mi contraparte tenía que estar unida a mi corazón… Pero en tus ojos nunca apareció ese brillo del que solo el idiota de Aioros es dueño.— mordió su labio inferior. —Cuando regreses al santuario no hablaremos de este tema, te amo, pero sé que tu corazón jamás me perteneció ni me pertenecerá. No necesitas elegir.
Yo no te haré elegir, ya que de igual manera cuando mi verdadero Omega destinado se presentará frente a mi este sería el resultado, alejarnos, porque es el destino que nos toca vivir.— aspiró el calmante olor a violetas. —¡Adiós, Shura!
El sabor amargo se instaló en su boca, Saga lo amaba, pero no podía corresponderle, cosa que solo lo llevó a sentirse más miserable antes de partir a su misión.
Aioros los observó a lo lejos sintiendo como su corazón se arrugaba como una hoja de papel. Por derecho Shura le pertenece así que haría todo lo que estuviese en sus manos para recuperarlo, su lobo interior se lo exigía.
•
Shura aspira el fresco olor de las altas montañas de los cinco picos. Athena le ha encomendado la misión de que continúe el entrenamiento del caballero de Dragón, ya que Dohko ahora que ha regresado como un caballero de oro al Santuario tiene más responsabilidades que no puede desatender.
También estando alejado del Santuario, Shura puede pensar con mayor claridad y encontrar su paz interior así como la justa razón por la cual continúa siendo un caballero y su armadura no lo ha abandonado a pesar de no estar siempre del lado de la justicia.
Shiryū y la linda Sunrei lo reciben con un cálido abrazo que lo llevan a sentirse en familia. A pesar de que no es muy bueno en el manejo del chino mandarín para comunicarse con la joven, el caballero Dragón lo ayuda y le implementa un poco más de vocabulario.
Con el paso de los días, Shiryū pone en práctica esa sagrada espada que le ha heredado.
—Me gustaría convertir mi brazo en una gran espada para honrarte en cada combate que tenga en el futuro, Shura.— apunta con su mano a la cascada intentando cortar el flujo de agua como el caballero de Capricornio lo ha hecho con anterioridad en su entrenamiento. —No planeo dejar en vergüenza una técnica sumamente mortal.
—Tampoco necesitas esforzarte a tal grado, Capricornio no tiene a tu estrella guardiana, así que será complicado que logres un corte tan limpio como el mío.
Tardes alegres pasaban, Sunrei se encargaba de preparar infusiones de té para relajarse y cuando su periodo de celo estaba cerca para atraer a su verdadero Alfa, la joven que Dohko había criado como una hija se tomaba las molestias de ir a recoger hierbas medicinales entre ellas unas que servían para retardar los celos.
Dulce y cálido, así era el hogar al que Athena lo había enviado a vivir, sin embargo el dolor en su corazón seguía siendo inmenso. Que Aioros fuera su Alfa solo detonaba en que se trataba de un castigo divino propio de Eros o cualquier deidad relacionada con los asuntos amorosos de la humanidad.
—¡Excalibur!— la energía cortante que envío el brazo de Shiryū sobre la cascada, no solo dividió su flujo, sino que también daño un tanto la estructura del acantilado donde el agua caía.
Ver el estallido le provocó una inmensa felicidad, esto era por lo que luchaba, Shiryū y él tenían el mismo sentido que regia su vida. Proteger a Athena con base a la justicia ciega que profesaba la diosa.
Tener largas pláticas sobre los samuráis después de comer era algo que le alegraba, la curiosidad del caballero del dragón junto con el interés de la joven dama eran suficientes para sentirse escuchado.
Fue así como pasó nueve meses de su vida analizando cada aspecto suyo en el pasado que quería cambiar.
Cada dos meses recibía una carta de Camus de Acuario a través de Hyōga de Cisne que visitaba al Dragón. En aquellas cartas, Acuario le relataba algunos eventos acontecidos en el Santuario omitiendo hablarle de aquel castaño o del Caballero de Géminis.
—Caballero de Capricornio, aquí está tu té.
El color tenue amarillo del té le recordaba que pronto su celo llegaría.
Iba a comenzar a beberlo cuando Shiryū se adentró al comedor con una gran sonrisa. —Shura, tienes visitas.
Durante su estancia en los cinco picos no comentó nada al respecto sobre su vida personal a los dos orientales, por lo que Shiryū dejó en la puerta a aquel hombre que los caballeros de bronce tenían en un alto estigma.
Capricornio pensando que se trataría de una presencia como la de Mu de Aries o el propio Camus de Acuario se apresuró a la entrada, dejando de lado el té.
La figura de oro que esperaba ver era la de alguien diferente, no esta presencia que solo perturbó sus sentidos con olor a cedro irradiando del cuerpo mayor. —Caballero de Sagitario.— su voz tembló.
No esperaba una visita de esta índole, pero comprendía por qué que Shiryū se alegró al ver al centauro de oro.
—El mismo.— respondió.
—Aioros, pasa. Eres bienvenido.— invita el pelinegro de cabellos lacios y largos.
—No quiero importunar, pero viaje desde Grecia solo para ver a Shura.
Shiryū apretó fuertemente sus puños, sabía que nada saldría bien si ellos dos estaban juntos pues conocía los terribles antecedentes de la relación de ambos hace más de trece años.
—Si es así, prefiero recibir a Sagitario en mi propia y humilde morada. Shiryū, Sunrei, gracias por la tarde amena que hemos pasado juntos.— agradeció con una pequeña reverencia.
La chica de ojos azules se mostró preocupada debido a que el caballero dejaba atrás su taza de té y aunque ni ella ni Shiryū se hubieran presentado en alguna de las castas todavía, sabía por el maestro Dohko el peligro que corría un Omega en celo.
Shiryū le dio la mano como despedida y ni siquiera este corto gesto tan cortés que tenían ambos caballeros pasó desapercibido a los ojos del Sagitario.
Sin decir nada, Shura guía al moreno hacía una pequeña cabaña de bambú en medio del bosque, algo apartada de la casa tradicional de Dohko frente a la cascada de Rosan.
—¿Es aquí donde vives?
La pequeña cabaña no se parecía en nada al majestuoso templo de Capricornio con vitrales en sus ventanas y en la cúpula pinturas renacentistas.
—Dudo que haya un lugar cercano en donde comprar decoraciones y no puedo pedirle al discípulo de Camus que me traiga unas cuando viene a visitar a Shiryū, no confío en el gusto de los Acuarios.— el sarcasmo es como un lenguaje adicional en su propio léxico.
Los muebles y unas escasas cosas dentro de la casa habían sido viejos muebles pertenecientes a Dohko, muebles que regresaría cuando su estadía en los cinco picos terminará con el llamado de la diosa Athena.
Aioros se siente tan ajeno a esta plática, es obvio que Shura está nervioso y por eso da detalles de más que son completamente innecesarios tal y como cuando era un niño que se veía involucrado en un lío.
—¿Por qué estás aquí?
—Athena me otorgó el permiso para venir a verte.
¿Acaso la diosa alguna vez le negó algo a su salvador?, La respuesta es obvia, Saori le tenía una gran gratitud al caballero de Sagitario que todo lo que le pidiera era concedido sin objeciones como una remuneración en pago a sus valientes acciones.
La calma que todo este tiempo Shura se encargó de construir se desmoronó con la simple presencia de su Alfa. Todavía no culmina de cerrar el ciclo de sus herradas acciones cuando el verdadero peso de sus remordimientos le cae de imprevisto como un balde de cubos de hielos.
—¿Por qué me dijiste aquella vez que nosotros no teníamos nada en común más que este lazo del destino?
Aquí venían los reproches e incluso insultos, Aioros estaba sereno, pero no sabía por cuánto podía seguir estando así. No lo conocía realmente o quizás nunca lo conoció, pero decidió arriesgarse sacar todo ese veneno que lo estaba consumiendo.
—Es la realidad de las cosas. Tú y yo éramos muy unidos en aquellos tiempos, pero después de lo ocurrido tú moriste cayendo por ese acantilado, aunque si te soy sincero no planeaba matarte. A pesar de sentir rabia y rencor por tu supuesta traición, decidí darte la misericordia perfecta, quise darte tiempo para huir, pero estabas tan débil por los ataques de varios santos de Oro que terminaste por aceptar que tu destino era morir.— finalmente le dio la cara y lo observó a los ojos. —Nosotros no compartimos más que un cruel destino y de antemano sé que como Alfa aborreces que haya formado un lazo previo y débil con otro Alfa.
Si, la sola mención de eso hizo que su rostro sereno y perfecto del griego se viera teñido de una notable frustración.
La marca había sido removida y eso debía ser suficiente para verlo nuevamente puro, pero la sola idea de pensar como Saga se atrevió a tocarlo y Shura a corresponderle le hacía sentir repulsión… Tal vez debía borrar por completo las caricias de esos encuentros en medio de los celos de ambos amigos que ni afligidos por su recuerdo, se atrevieron a revolcarse entre ellos como si se estuvieran burlando un poco más de alguien tan justo como lo era él, Aioros de Sagitario.
La mirada verde bajo al piso, su héroe y máximo ejemplo que nunca lograría alcanzar a seguir lo veía de tantas formas diferentes que le era difícil de descifrar que sentimiento tenía.
La infusión de hojas de herbolaria china se enfrió y Sunrei la utilizó para regar una verde planta a la que esperaba ver florecer algún día no tan lejano.
Para Aioros venir a los cinco picos en este momento podía considerarse como una locura, pero no podía seguir apartado del calor del décimo caballero.
—Si debo perdonar una de tus acciones esa sería la de matarme con tus manos.— se acercó al de cabellos negros que ahora llevaba una vestimenta oriental al igual que los dos adolescentes que conoció hace unos instantes. —No te guardo rencor por matarme.
Este no era el momento justo para que su Omega atrajera al fuerte Alfa a través de su olor, pero sin poder controlarlos Shura involuntariamente lo hizo. El aroma a violetas comenzó a salir de su cuerpo de manera descontrolada.
Aioros se sintió mareado y atraído como las polillas ante la luz de la llama de las velas.
Shura tembló cuando esos carnosos labios se juntaron con los suyos en una danza de acoplamiento. Aioros no necesitaba su aprobación para nada, su alma, su vida y su propio destino le pertenecían, Capricornio así lo había decidido y su Omega simplemente se dedicaba a gozar de ello, de las caricias y besos que siempre espero para sentirse satisfecho.
El calor lo invade, su celo que siempre fue regular ahora se activa de manera impulsiva con el simple hecho de que su Alfa haya viajado desde Grecia solo para verlo.
Su presión arterial está regulada, pero su temperatura no.
—Para perdonar tu segunda ofensa de entregarte a un Alfa al que no le pertenecías… Necesitó borrar por completo las huellas que ha dejado sobre tu cuerpo.
La alteración hormonal en el Omega, hizo que el propio Alfa despertará sus instintos para corresponder dignamente el notorio apetito sexual del pelinegro.
Hace tiempo que la esencia del mentol abandonó el cuerpo de Shura por lo que ahora su aroma a violetas era tan pura como siempre debió serlo hasta la llegada de su Alfa.
Mejillas acaloradas propias del calor que sentía por el celo se vieron cubiertas de lágrimas. Aioros probablemente no sentía nada por él y si le correspondía solo se debía a su orgullo resentido y celoso de que hubiera estado ligado a otro Alfa.
Besos peligrosos bajaron por su cuello, las caricias de Sagitario lo hacían fundirse como el hierro al ser sometido a un calor extremo.
Su sensibilidad a manos de su alma gemela era correcta, cada caricia que sentía era como sentir la gloria misma.
—Aioros… ¡Alfa mío, ayúdame!— gimió despacio llamándolo de manera inconsciente e invitándolo a tomarlo en la manera en que quisiera.
—Tan necesitado.
Lo estaba, había pasado más de un año desde que comenzó a utilizar supresores para no verse en la necesidad de clamar por ayuda, ya que cuando lo hizo arrastró con ello a Saga.
Las manos de Aioros le arrancaron la parte superior del Changshan que estaba usando. La chaqueta verde con bordes en negros cayó al suelo mostrando su desnudez superior, desnudez que Aioros se encargó de marcar como su propiedad.
Su juicio estaba nublado por el deseo y el éxtasis de mostrarle al Omega lo mejor amante que podía ser incluso si solo actuaba por instinto porque la experiencia le faltaba.
Shura provocó aún más al Alfa moviendo sus caderas contra su anatomía, estimulando la creciente erección en los ropajes griegos de entrenamiento.
—Omega ofrecido.— su ladina sonrisa, causó escalofrío en el cuerpo del español. —Te encanta llamar la atención.— apretó el cálido cuerpo para causarle más provocaciones y gemidos.
Esto no era exactamente a lo que venía, pero las cosas pueden salir diferentes a lo que se planean.
Besos descuidados de su parte hicieron que el Omega se viniera de manera rápida gritando su nombre entre lloriqueos y gemidos desesperados.
Con parsimonia baja de manera los pantalones y la ropa interior manchada.
—Solo unos cuantos besos han provocado un desastre en ti.— sus manos tomaron el pene que aún después de segregar líquido blanco seguía erguido y se puso de rodillas para adorar al mismo hombre que terminó con su vida hace más de 13 años.
Sus labios probaron el manjar prohibido. El trozo de carne entró en su cavidad bucal y comenzó a chuparlo, lamerlo y acariciarlo. Estaba en celo, cualquier locura que el Santo de Sagitario cometiera podía ser lavada con ese pretexto.
Shura debía sentirse único como ningún otro hombre Omega dentro de la orden dorada, pues solo él tenía la dicha de haber puesto a los dos caballeros de oro más poderosos del santuario de rodillas ante él como si fuera un dios.
Sus largas piernas comenzaban a flaquear y su trasero comenzó a segregar lubricante de manera natural.
Aioros se puso de pie sin darle el derecho merecido a terminar en su boca, por el contrario con un movimiento brusco lo hizo apoyarse con sus brazos en la pequeña mesa. Golpeó sus glúteos susurrando palabras sucias y llenas de obscenidades que nunca en su vida creyó pudieran salir de la boca de un caballero como Aioros.
—Estás mojado, quizá durante toda tu vida hasta este momento esperabas a alguien que pudiera satisfacer tus celos como era debido.— tiro de su cabello negro a la par que dejaba besos por su espalda. —Saga nunca te dejó satisfecho.— se burló de lo que sabía era verdad.
Un Omega con un destino nunca se sentirá saciado hasta que su alma gemela lo tome por completo.
Sus dedos se introdujeron marginando las paredes a su paso, estaba siendo rudo, lo sabía, pero su preciado Omega merecía eso y más.
Acostumbrado siempre a los malos tratos de la vida, Shura no sentía más que placer, era un masoquista empedernido que aprendió que en medio del dolor también puede sentirse la gloria y la felicidad. No importaba si su cuerpo era ultrajado por el Alfa al que estaba destinado, sus caricias se sentían como gloriosas indulgencias. Aioros estaba siendo benévolo al tocar su cuerpo.
Los largos dedos hundidos en su cuerpo llegaron al punto exacto de su anatomía, el botón exacto que Aioros se encargaba de presionar para ver lo que sucedía.
Su estómago se contrajo y sintiendo toda una descarga física y emocional, alcanzó el pico más grande que un orgasmo. Un squirt del que tenía conocimiento solo las mujeres Omega podían tenerlo, pero aquí estaba él siendo tocado de manera correcta y placentera que lo llevó a tocar más allá de infinito cosmos del universo.
—Eso es algo nuevo.— Aioros tomó asiento en una silla observando la arrugada entrada abrirse y cerrarse en espera de recibir algo más que simples dedos.
—Es la primera vez que siento que puedo morir por algo así.— se quejó sintiendo como sus piernas que habían sido entrenadas para obtener resistencia ahora mismo lo hacían caer al suelo.
Aioros se quitó la ropa, contrario a sus deseos él también sentía hervir en una temperatura que necesitaba ser disipada. Completamente desnudo, jaló a su regazo al guapo Omega de origen español.
Todo él era un desastre que lo provocaba de sobremanera.
—Eso no es nada, viene la mejor parte.— su lengua delineó los pectorales trabajados del joven ibérico y tomó preso uno de esos dos volcanes que cuando amamantara a sus cachorros harían una erupción de leche.
Shura arqueo su espalda y sus cortas uñas se enterraron en los hombros morenos del heleno. —Estás tan mojado y loco por mí, precioso.— no podía responderle, ni decir nada coherente su mente estaba sumida en sentir el placer que alimentaba sus instintos. —Has sido un buen chico y tal vez esto ha purificado un tanto tus pecados.— su boca busco desesperada los delgados labios para besarlos y morderlos a su antojo.
—Aioros...— el estremecimiento creció. El Alfa destinado y creado en todos los aspectos para llenarlo y satisfacerlo entró en sus paredes húmedas y necesitadas de su calor.
Sus ojos se encontraron creando un contacto visual que los hizo sentirse plenos y satisfechos. Aioros no necesita hablarle de sus sentimientos, pero era propio que lo hiciera. —No puedo odiarte, mi instinto me lo pide, pero mi corazón me grita que lo único que puede sentir por ti es algo cálido y maravilloso.
Las cálidas manos del español acarician sus mejillas.
—No te merezco.— esas palabras seguidas de un hilo de gemidos crean el contraste idóneo del arrepentimiento. —Jamás voy a aceptar que alguien tan celestial como tú tenga sentimientos por alguien tan miserable y manchado como yo.
Para callarlo utiliza fuerza en sus vaivenes. A como sucedieron las cosas, el interior de su pequeño demonio sigue siendo apretado y estrecho.
—Lo mereces, mereces que te dé la salvación y mi misericordia... Esta es la misericordia de un Santo como yo Shura.
Esa palabra fue la que firmó su muerte y ahora mismo es la palabra que firmara la unión de sus dos almas junto con una mordida que indique que el cuerpo del ibérico siempre y por la eternidad le pertenecerá.
—Esta es la misericordia de Aioros de Sagitario.— sus colmillos perforan el cuello de Capricornio que lanza un estrepitoso grito por el dolor que eso le causa.
Su anterior mordida no había dolido tanto como la de su verdadero Alfa.
La unión de sus celos solo trajo consigo el perdón de sus pecados, la aceptación de su Alfa y posiblemente la gestación de sus cachorros, porque puede sentirlo, Aioros no solo lo está marcando, también está liberando su primer nudo en su interior, un nudo que sabe será fértil con éxito porque su útero lo recibirá complacido.
—¿A quién le perteneces?
—A ti... Yo, Shura de Capricornio solo le pertenezco a Aioros de Sagitario.
•Fin•
