Chapter Text
El hogar de la Oráculo era un recinto sombrío y opresivo, donde la oscuridad se asentaba como una presencia tangible y el silencio, denso y ancestral, parecía observar desde cada rincón. La única luz provenía de las runas grabadas en muros y columnas: signos antiguos que ardían con un fulgor frío, proyectando reflejos trémulos sobre la piedra y arrancando sombras vivas a la negrura. Desde lo alto se filtraba una cascada sin origen visible, como si brotara de la propia oscuridad del mundo, como si aquella tiniebla primordial hubiera decidido reunirse en ese punto olvidado. El agua caía desde el techo abovedado —demasiado alto para que Helaena distinguiera su final— y se repartía en fuentes dispersas por la cámara, llenando el aire con un murmullo constante, grave y casi hipnótico.
Los bordes de las fuentes no superaban el medio metro de altura y, aun así, jamás se desbordaban; el agua parecía conocer sus límites con una obediencia imposible, como si respondiera a una voluntad invisible. Todo en aquel lugar respiraba magia primitiva, antigua y proveniente de los dioses. Helaena lo supo en cuanto apoyó el pie en el primer escalón de la escalera que descendía hasta allí: aquel no era solo un santuario construido por manos divinas, sino un enclave de secretos, un punto de convergencia donde lo oculto hallaba su voz.
Desde muy pequeña, a Helaena le habían gustado las criaturas extrañas. Insectos, reptiles, anfibios: vidas que otros evitaban o aplastaban sin pensarlo dos veces. Ella encontraba belleza allí donde el resto solo veía incomodidad, repulsión o miedo. Pero ninguna de aquellas afinidades infantiles la había preparado para lo que ahora tenía frente a sí.
Sivyla era una criatura excepcional.
Había sido, alguna vez, una mujer de una hermosura devastadora: cabellos dorados como lingotes recién forjados, ojos turquesa semejantes a los mares de Braavos, un cuerpo por el que más de un hombre habría marchado a la guerra. Helaena aún podía verlo todo, incluso oculto bajo aquella piel viscosa y deformada. Ahora, sus ojos eran los de una serpiente venenosa, y se movía como tal. Sus dientes afilados hablaban de una depredadora distinta, más antigua, más paciente. Ya no cazaba por hambre, sino por hastío.
Y aun así, Helaena no le temía.
No le intimidaban sus burlas ni su actitud provocadora. Bajo la crueldad y la ironía, percibía algo más: a la criatura que una vez fue adorada y que ahora subsistía en la melancolía y el tedio de ser olvidada, encerrada, recordada solo cuando alguien necesitaba respuestas.
Sentía compasión por ella. Tal vez por eso Sivyla aún no había intentado devorarla.
¿Hacía cuánto que nadie era amable con la Oráculo sin exigir nada a cambio?
—¿Puedes sentirlo? —preguntó Sivyla, deslizándose entre las aguas de su fuente.
Helaena nunca la había visto fuera de ella. Más de una vez se había preguntado qué ocurriría si lo intentaba.
¿Moriría?
¿Estaba atada a aquella fuente por necesidad… o permanecía allí porque era el único lugar donde se sentía a salvo, donde los dioses no podían volver a tocarla?
—¿El zumbido? —repitió Helaena en voz baja.
Estaba sentada en el suelo, cerca de la fuente, observando cómo el agua caía desde lo alto y, al romperse contra la superficie, formaba imágenes cambiantes del mundo exterior: visiones que nunca permanecían quietas, que se deformaban y recomponían al ritmo constante de la cascada. En ese instante distinguió a un hombre de cabellos oscuros acompañado por un lobo blanco de ojos rojos.
Aquel lobo le recordó a Khasya, aun cuando él y su compañero no existirían hasta dentro de más de cien años. Solo sabía que si lo veía, importante para la historia del mundo sería.
El zumbido no era más que un murmullo tenue, apenas perceptible por encima del sonido del agua. Constante. Persistente. Como una advertencia sutil de que algo estaba ocurriendo. Helaena había comenzado a escucharlo poco después de llegar a Alheia y, al principio, lo había ignorado, creyendo que se trataba de algún malestar físico.
Ahora sabía que no era eso. Era más. Mucho más.
Sivyla le regaló una sonrisa puntiaguda, de esas que harían a cualquier caballero perder la compostura y el orgullo al mismo tiempo. Se deslizó por el agua de su fuente, acercándose con la lentitud calculada de un cocodrilo hacia donde la princesa yacía en el suelo.
—El zumbido —afirmó, con una satisfacción casi palpable—. ¿Sabes qué significa ese zumbido, pequeña vidente?
—Me temo que no.
La Oráculo soltó una risa baja y húmeda. Se detuvo frente a ella y sus manos palmeadas emergieron del agua, chorreantes, mientras se inclinaba hacia adelante. Helaena la observó alzarse sobre ella, fascinada por su extraña y antinatural belleza.
—Los hilos del tiempo alterándose, dulce mía —dijo Sivyla, estudiándola con ojos de depredadora, midiendo cada gesto, cada respiración, inmóvil como si aguardara el instante perfecto para atacar—. Estamos entrando en una nueva era. Una que aún no ha sido trazada en los hilos del destino. Desconocida para los mortales… e incluso para nosotras: los ojos del mundo, las portavoces de los dioses. ¿Sabes lo que eso significa?
Avanzó un poco más, lo suficiente para que Helaena pudiera ver con claridad el largo de sus dientes, afilados como cuchillas.
—Significa… —Helaena se atragantó levemente con sus propias palabras. Tragó saliva y alzó la mirada para clavarla en los ojos de la criatura—. Significa que los dioses aún no han elegido.
Sivyla la observó desde lo alto.
Helaena tenía el cabello plateado como las perlas, ojos color lavanda que parecían estar siempre enfocados en otro plano de la realidad y piel pálida, marcada por un pequeño lunar junto al ojo derecho. No poseía la belleza evidente y deslumbrante de su hermana mayor, sino una más sutil, de esas que pasan desapercibidas… hasta que alguien se detenía a mirarla. Entonces, resultaba imposible apartar la vista.
Desde su llegada, la princesa había dejado atrás los vestidos verdes y ricos de la corte para vestir faldas del color de la corteza de los árboles y camisas bordadas con insectos: libélulas, mariposas, abejas. Su atuendo se había convertido, sin que ella lo notara del todo, en una extensión de su corazón. Una declaración silenciosa de quién era realmente.
No se diría que la princesa fuera una joven valiente por enfrentarse cada día al humor tirante e impredecible de la Oráculo. Aun así, había aceptado convertirse en su aprendiz para que, llegado el día en que el castigo que aquella cargaba —cada vez más cercano— llegara a su fin, pudiera ocupar su lugar. Helaena sabía que, cuando eso ocurriera, no estaría atada a aquel recinto como lo estaba Sivyla. Solo descendería allí cuando su cargo lo ameritara. Y, sin embargo, desde su llegada había subido cada mañana para visitarla, después de dejar a sus hijos mayores en la academia y a Maelor en la guardería.
Le gustaba aquel lugar: el hueco enterrado en la piedra del acantilado, la oscuridad constante, la frescura del agua que nunca dejaba de fluir, la magia que le erizaba la piel y le hacía cosquillas bajo la carne cada vez que cruzaba el umbral.
Desde que había llegado a Alheia y descubierto el destino que la aguardaba, Sivyla le había enseñado el arte de leer las aguas, a controlar las mariposas, a descifrar los mensajes velados en sus sueños. Helaena no sabría decir si era feliz con su nueva vida; aún no había pasado el tiempo suficiente para afirmarlo. Pero sí sabía que era feliz al ver a sus hijos caminar libres, riendo, explorando sin miedo junto a los demás limenios. Con eso le bastaba.
Además, había descubierto que le gustaba estar con Sivyla. Porque, aunque la extraña mujer pareciera planear devorarla cada día, nunca lo hacía. Y así, Helaena volvía, consciente de que a la Oráculo también le agradaba su compañía, aun cuando jamás lo admitiría en voz alta.
Ambas no eran más que dos desconocidas que, durante demasiado tiempo, se habían sentido solas.
Quizá algún día, las dos pudieran encontrar la felicidad.
Sivyla se apartó de ella. Retractó los dientes, ocultándolos tras sus carnosos labios, y volvió a hundir las manos en el agua. Retrocedió hasta quedar de nuevo semiescondida tras la cascada, y la burla desapareció de su rostro. Helaena continuó observándola cuando la Oráculo decidió hablar otra vez.
—Lo que viene aún está por verse, Helaena. Observa conmigo. Ven a ver cómo el mundo cambia su curso.
Las aguas de la cascada se agitaron y, ante los ojos de la princesa, tomaron forma. Un castillo se alzaba sobre una colina. Reposo del Grajo, supo reconocerlo Helaena. En los campos que lo rodeaban, soldados combatían con fiereza, armados con espadas, escudos y armaduras que portaban los blasones de las casas a las que servían. Un ariete avanzaba entre ellos, empujado con la intención de forzar las puertas de la muralla. El fuego devoraba las aldeas cercanas, pero su gente se hallaba a resguardo tras los muros del castillo, donde lord Staunton aguardaba con sus hombres, dejando caer la lluvia mortal de sus arqueros sobre el ejército que se congregaba bajo las murallas.
La batalla apenas había comenzado, y aun así los cuerpos ya salpicaban de rojo las tierras verdes. Helaena se arrodilló para observar con mayor atención y distinguió entre los caídos algunos escudos que portaban el emblema de la casa de su madre.
Una sensación de incertidumbre le inundó el pecho al contemplar a la muerte abrirse paso entre aquellos hombres, que no eran más que peones en los juegos de voluntades mucho más poderosas que ellos.
Más allá de la imagen danzante en el agua, Sivyla la observaba con atención, sin perderse ninguno de los cambios que atravesaban el rostro de la princesa.
Helaena, sin embargo, no se dio cuenta.
Sus ojos habían quedado atrapados por el movimiento de unas alas en el cielo de las imágenes que el agua le mostraba. El dragón poseía escamas escarlata cuyo color parecía desvanecerse hacia un rosa pálido en las alas; su cresta, cuernos y garras resplandecían con un fulgor cobrizo cada vez que el sol chocaba contra ellos. Meleys, la Reina Roja. Y sobre su lomo, ataviada con una armadura de cobre y acero, volaba Rhaenys Targaryen, la Reina que Nunca Fue.
Se aproximaba a toda prisa para defender las tierras de sus aliados, sin saber que todo aquello no era más que una trampa tendida para atraerla.
Cayó sobre el ejército enemigo con la furia que llevaba en la sangre. Meleys escupió fuego sobre ellos y, a cambio, recibió gritos de dolor y una lluvia de flechas que buscaban acabar con ella y con su jinete. Pero Meleys era una dragona vieja, curtida en guerras antiguas, y las flechas no hicieron más que enfurecerla. Rhaenys se aferraba a las riendas, comandándola en el Alto Valyrio de sus antepasados.
La gente seguía muriendo. Solo unos pocos, los más sensatos, arrojaron las armas e intentaron refugiarse entre los árboles o tras sus escudos, pero todo aquello que podía moldearse o arder no servía de amparo contra el fuego de un dragón.
Helaena se removió en su sitio, inquieta. Desvió la mirada hacia las otras aguas, cascadas menores, casi hermanas de la principal, y en una de ellas vio el rostro moreno de Ser Criston Cole, con su armadura blanca, gritando órdenes al ejército.
—¡Apuntad a la jinete!
Pero la jinete era difícil de alcanzar desde tanta altura. Ni siquiera los arqueros más diestros lograban tensar sus arcos lo suficiente como para llegar tan lejos.
Cuando Meleys descendió, aplastando soldados bajo sus poderosas extremidades y atrapando jinetes entre sus fauces, las flechas volvieron a caer sobre ellas. Helaena vio a Rhaenys —una mujer que siempre le había parecido inalcanzable— recibirlas sin vacilar, con el rostro firme, ajeno al miedo. Meleys soltó a su presa y descargó su fuego a su alrededor, reduciendo las flechas a cenizas en un instante. Al siguiente, ya volvía a ganar altura, surcando el cielo.
Entonces, el sonido de un cuerno resonó en la cueva, profundo y ominoso, y Helaena se estremeció. Sivyla se movió, girando el rostro para observar la cascada que caía a espaldas de la princesa.
Helaena se volvió también.
Y sus ojos se abrieron, horrorizados, al ver la figura de un dragón dorado alzarse en las aguas y, sobre su lomo, el rostro de su hermano-esposo, volando directo al encuentro con su propia sangre.
A su lado, en otra cascada, la enorme figura de Vhagar, recostada, oculta en medio de un bosque, con su jinete sobre sus espaldas, llenaba la imagen.
Helaena comprendió por fin el origen de su inquietud. Sus sueños se lo habían advertido, aquello tan atroz; la Danza de Dragones.
Los soldados avanzaron al tiempo que los dragones iban al encuentro el uno del otro. Rhaenys no se acobardó, recibió a su primo con una sonrisa en el rostro. Había estado esperándolo; no había creído que Aegon se atreviera, pero allí estaba él, con la apariencia de alguien que sabía que ya no podía dar marcha atrás a su impulso.
—¡Angōs, Meleys! —ordenó Rhaenys.
—¡Dracarys! —gritó a su vez Aegon.
Sunfyre acató al instante, descargando su fuego sobre la dragona más antigua. Rhaenys se inclinó hacia adelante, cubriéndose del fuego. Meleys descendió, perdiéndose entre las llamas.
El fuego se extinguió y Aegon perdió a su adversaria de vista. La buscó con la mirada, mas Meleys fue más rápida. Los atacó desde abajo, desgarrando a Sunfyre con sus garras, quien soltó alaridos de dolor cuando estas se enterraron en sus escamas doradas.
Sunfyre cayó del cielo, sangre desparramándose desde su pecho. Logró estabilizarse antes de llegar al suelo, agitando sus alas y enviando a los soldados más cercanos al suelo con una ráfaga potente de viento; su sangre derramada quemando a los más desafortunados.
Volvió a alzarse en el cielo, soltando alaridos de dolor, mas Meleys no le dio perdón; volvió a atacarla, esta vez desde la retaguardia. Atrapó una de sus alas con sus fauces, cargándola como una cría mientras aún volaban.
Las tierras quemadas y plagadas de soldados cayeron en silencio cuando desde el bosque Vhagar salió de su escondite y fue en defensa del dragón del rey Usurpador. Aemond iba en su lomo, y Helaena vio en su rostro una determinación que le asustó.
Alguien iba a morir ese día.
Ahora solo quedaba esperar para ver quién sería.
Meleys y Sunfyre seguían danzando en el aire. La primera se negaba a dejar ir a la más pequeña. Sunfyre, falta de experiencia, hacía lo que podía para atacar y devolverle la jugada a la otra. Los jinetes planeaban sus siguientes pasos. Rhaenys fue la primera en reparar en la llegada de Vhagar, que volaba directo hacia ellos.
—Dracarys —ordenó Aemond.
El fuego volvió a abrirse paso en el cielo y engulló a los dos dragones que peleaban.
Solo uno salió indemne. Meleys, más rápida y avispada, se apartó del fuego para proteger a su jinete.
Sunfyre, aunque feroz y leal a su jinete, cayó envuelta por las llamas, que se comían de a poco sus alas y la hacían caer, sin importar cuánto gritara. Cayó al suelo, levantando una nube de polvo y con una explosión de fuego que arrasó con los árboles a su alrededor.
Vhagar siguió volando, consciente de que el adversario que le quedaba se alejaba hacia el mar. Fue en su búsqueda, pero no fue necesario, porque ni Meleys ni Rhaenys eran cobardes, y como una sola fueron a su encuentro.
—Observa, pequeña soñadora —la voz de Sivyla susurró junto a su oído.
Helaena no supo en qué momento esta se había movido, tan consciente del enfrentamiento como estaba. Sintió sus dientes raspar su cuello, su nariz olfatear tras sus orejas; su presencia acechándola tras su espalda. Una de sus manos la rodeó, agarrándola del rostro. El agua adherida a su piel escamosa le mojó el rostro. No se resistió; dejó que su presión la inmovilizara.
—Observa a los dioses tomar una decisión.
Frente a sus ojos, Vhagar y Meleys estaban a punto de enfrentarse. Frente a sus ojos, Helaena observó aparecer tras las nubes a un dragón de escamas pálidas e iridiscentes y crestas rosadas.
Arrax había vuelto a la vida, más grande, más feroz de lo que había sido gracias a la magia de los dioses, y sobre su lomo iba Lucerys Velaryon, el Fantasma.
Golpeó a Vhagar en el cuello, aferrándose con sus dientes a su carne, antes de que esta se diera siquiera cuenta de que estaba allí. Vhagar rugió y se meneó, intentando deshacerse de este repentino enemigo que había caído del cielo. Meleys esquivó, evitando chocarse contra ambos; sobre su lomo, Rhaenys carcajeaba.
Helaena no la culpó; la expresión de asombro y espanto en el rostro de Aemond, pálido de repente tras ver un fantasma del que creía haberse deshecho volver a la vida, era digna de risa.
Tras su espalda, Sivyla también rió.
Lucerys sonreía, con el cabello oscuro agitándose al viento, brillante con una armadura plateada y dorada como si fuera una estrella en la mañana. Observaba a su tío, su intento de asesino, con venganza y dicha en los ojos.
Vhagar se sacudió, y haciéndose con sus fauces y garras logró deshacerse del agarre de Arrax, que, aunque llena de una magia palpitante y mucho más grande de lo que había sido, seguía sin alcanzar el tamaño colosal de la dragona de la Conquista.
—Tío —llamó Lucerys, oyéndose a través del viento gracias a la magia de su amiga—. Volvemos a encontrarnos. Me temo que no pareces tan feliz como yo me siento.
—Imposible —murmuró Aemond, con el único ojo que le quedaba abierto de incredulidad. La palidez no había desaparecido de su rostro y se aferraba a las riendas de su dragón como si fuera lo único que lo mantuviera en vuelo—. Yo te maté. ¿Qué eres?
—Soy yo, tío. Lucerys. Aquel que intentaste matar, pero que ahora vuelve con venganza… y con amigos.
La sonrisa de Lucerys creció.
Una flecha atravesó el aire junto a su rostro. Del cielo aparecieron Pegasos, con sus crines de diferentes colores, que iban desde un negro impoluto hasta un amarillo que parecía dorado, y liderándolos estaba uno pálido como la luna en la noche. Montándola había una joven de arrebatadora belleza, de cabello igual de pálido y ojos del color de la sangre. Llevaba un arco en manos y era quien acababa de disparar la flecha.
Era Khasya, y sonreía al ver su flecha incrustarse en uno de los ojos de Vhagar.
Vhagar rugió al sentir la flecha clavarse en su ojo. Se agitó, sacudiendo la cabeza como si quisiera arrancársela y no pudiera. Cayó, sus alas batiéndose de forma descompensada, presa de la desesperación de quedar con la mitad del mundo sumido en la oscuridad.
Aemond se aferró a las riendas con desesperación para no caer, observando sin saber qué hacer a su dragón descender. Su atención volvió al dragón plateado e iridiscente, que no hacía nada por volver a atacarlo.
Volando tras ellos estaba Meleys, que parecía esperar para volver a la refriega.
Uno de los pegasos voló cerca, y Helaena pudo escuchar a Aelor pedirle a Rhaenys que se replegara.
—Solo uno morirá hoy.
Fueron sus palabras, y pronto Meleys se alejó hacia el sur.
—Podría acabar contigo ahora, tío —Lucerys volvió a hablar. La presencia de Khasya volaba aún tras él, una flecha nueva ya preparada a la espera de su orden—. Fuiste cruel conmigo, cruel incluso en tus palabras. Me mataste, o eso intentaste. Arrax murió —el dragón rugió, como dando testimonio de la verdad de sus palabras—. Los dioses me lo devolvieron.
Vhagar volvió a alzarse en el aire, aún entorpecida por la flecha clavada en su ojo, pero más calmada, reflejando el cambio en las emociones de su jinete, que se volvía cada vez más frío. Helaena vio a su hermano quedarse inmóvil, como si meditara cada palabra, escuchando a Lucerys e intentando tomar una decisión.
Cuando Lucerys habló de la muerte de Arrax y de cómo los dioses se lo habían devuelto, Aemond se tensó visiblemente. Toda su atención se concentró en esas palabras. Helaena sabía que su hermano jamás había creído en los dioses de su madre, aquellos que ella había intentado inculcarle durante años; los consideraba entidades mudas, inútiles, incapaces de intervenir. Sin embargo, siempre había sentido una extraña reverencia por los dioses de la Antigua Valyria.
De niño se había obsesionado con ellos, con la idea de que habían castigado a Valyria por sus excesos, y de que permitir a unos pocos escapar de la catástrofe con tan pocos dragones había sido una prueba. Para Aemond, aquello era una muestra de su existencia.
Nunca había sido religioso. Jamás había rezado. Pero al oír a su sobrino hablar de los dioses como si lo hubieran elegido, algo se quebró en su interior. No solo ira, sino miedo. Miedo de que los dioses hubieran elegido a Lucerys… y no a él. Miedo de tener su poder en contra.
Lucerys se volvió serio, como si supiera lo que acababa de provocar.
—Podría matarte —repitió—, pero eso sería darte misericordia. Cuando caí de Arrax, todo fue dolor, y la agonía me hizo desear morir. Eso es lo que quiero darte, tío. Esa oportunidad de sentirte tan pequeño, tan roto, que la muerte parezca el único escape. Quiero que sufras como yo sufrí. Quiero que tu familia sufra como la mía sufrió. Planeo devolverte todas y cada una de las cosas que me hiciste.
Aemond no respondió de inmediato. Los dragones giraron lentamente en el aire, tensos, como si sintieran el peso de la decisión que pendía sobre ellos. Helaena apenas sintió la presión en su rostro; estaba demasiado inmersa en lo que sucedía. El aire se le escapó de los labios al ver a los demás limenios tras Khasya descender en dirección al bosque.
Aemond también los observó, antes de volver sus ojos a su sobrino. Su mirada iba de Lucerys a la mujer peligrosa tras él. Sabía que la flecha que ella sostenía no erraría si intentaba atacar.
Helaena vio cómo Aemond se relamía, como si una burla estuviera a punto de nacer en sus labios. Pero los ojos de Khasya —un presagio silencioso de lo que podría sucederle— lo detuvieron. No sabía exactamente qué era lo que ella podía hacerle, pero podía imaginarlo por el brillo de su mirada.
Y con Vhagar herida, sin saber cuán grave era la lesión, prefirió no tentar a la suerte.
—Me culpas por lo que te sucedió —continuó Lucerys, plenamente consciente del peligro latente que tenía tras sus espaldas—, pero eso no fueron más que las consecuencias de tus actos. Igual que ahora. Acepta mi regalo, tío: tu dragón, por fin, está a tu altura.
La burla caló hondo. Aemond tensó la mandíbula, el enojo brillando en su único ojo con una intensidad peligrosa. Comprendía demasiado bien la amenaza que se palpaba en el aire. Su mirada se desvió hacia el lugar donde Aegon y Sunfyre habían caído, la misma dirección por la que los demás limenios habían desaparecido… pero no se dirigió allí. Sabía que no llegaría muy lejos.
Volvió a mirar a Lucerys y a su aliada, con furia contenida, y finalmente dio la orden.
Vhagar tardó en responder, la vieja dragona aún desorientada por su herida, pero terminó obedeciendo y se alejó pesadamente, perdiéndose en el horizonte.
Helaena vio a Khasya bajar el arco. Miró a Lucerys, pero él seguía observando la dirección por la que su tío se retiraba, como si aún estuviera conteniéndose de perseguirlo y acabar con él. Arrax gruñó, un sonido bajo y vibrante que reflejaba las emociones de su jinete.
Helaena solo podía conjeturar los planes que Lucerys guardaba para Aemond al ver la expresión de su rostro joven: una calma peligrosa, dura, impropia de alguien de su edad. Tras un momento, Lucerys inclinó la cabeza en una orden silenciosa. Khasya giró a su pegaso en dirección a los suyos.
El campo de batalla había caído en un silencio antinatural tras la aparición del nuevo dragón. Su rey había caído, Meleys había desaparecido y Vhagar había huido para escapar de la muerte. Ahora Arrax descendía para encontrarse con lo que quedaba.
Lucerys observó los rostros de aquellos hombres que no eran más que peones, seguidores de la palabra de su señor. Helaena esperó ver compasión, o al menos duda, en los ojos de aquel muchacho que siempre había considerado el más dulce y amable de su familia.
Lo único que encontró fue una frialdad implacable, una mirada que ya no pertenecía del todo a un niño.
Arrax rugió, y los hombres retrocedieron al contemplar su grandeza y su fiereza, tan desproporcionadas en contraste con Lucerys, que aun en su frialdad seguía siendo pequeño, apenas un niño de catorce días del nombre. Tenía la edad de alguno de los hijos de aquellos hombres, pero no era su hijo, no era su familia, y por ello no les ofreció clemencia.
Los miró a cada uno a los ojos, dejando que sintieran el peso de su mirada, de lo que había ocurrido, del miedo que ahora les correspondía cargar, antes de hablar.
—Ríndanse ahora, o ríndanse al fuego.
La orden fue simple, pronunciada con una voz que atravesó todo el campo de batalla, de modo que incluso quienes se hallaban más lejos pudieron oírla.
No necesitó más. Helaena vio a los hombres caer de rodillas, sus armas y escudos olvidados en una rendición inmediata ante aquel príncipe que no solo se había enfrentado a Vhagar una vez, sino dos. Se rendían ante un niño que había sobrevivido a la muerte, que la había conocido en persona, y que seguía con vida.
Con la conclusión de aquella visión, la imagen cambió.
Helaena vio a Sunfyre y a Aegon… o, al menos, lo que quedaba de ellos. Ambos habían sido casi consumidos por el fuego y destrozados por la caída, pero aún respiraban. Vio a Ser Criston Cole observando al hombre al que llamaba su rey; vio a su tío Gwayne preguntarle qué debían hacer ahora.
No sabían que Aemond los había abandonado. Lo descubrieron cuando los limenios descendieron del cielo montados en sus pegasos y los rodearon, armas apuntando hacia ellos, ordenándoles soltar las suyas. Superados en número, no les quedó otra opción.
La llegada de Khasya anunció lo sucedido. Se los contó sin delicadeza, con burla, y mientras ellos asimilaban la noticia, sus compañeros limenios sonrieron, celebrando en un silencio cargado de satisfacción.
Helaena vio a Khasya acercarse a Aegon con el arco y la flecha ya preparados. Supo lo que ocurriría incluso antes de verlo.
Ser Criston Cole intentó impedirlo. Avanzó y alzó la espada para defender a su rey caído, pero no llegó lejos. Lyra lo desarmó y lo redujo contra el suelo, imponiéndose con su fuerza sobrehumana. Sonrió con crueldad.
—¿Tú también quieres? —se burló.
Gwayne guardó silencio. Stric y Aelor rieron abiertamente a su costa.
Khasya sonreía. De pie frente al hermano-esposo de Helaena, esta pensó que parecía un demonio arrancado del infierno.
—Adiós, majestad —dijo, tensando el arco—. Su existencia ya no es requerida en este mundo.
Así murió Aegon, el rey Farsante, con una flecha atravesándole la cabeza. Al verlo, Helaena solo pudo agradecer que ya no sintiera el dolor de sus quemaduras ni de su cuerpo roto.
Sunfyre tuvo una muerte más dulce. Stric apoyó una mano sobre su hocico y la bestia no se agitó, reconociendo su magia como la de un hermano lejano. El limenio rezó en nombre de su padre, y Aegarax respondió a su llamado. Sunfyre murió en silencio, liberada del dolor, rodeada por la presencia de su creador.
La imagen de la fuente comenzó a difuminarse poco a poco, hasta volver a ser agua cristalina, lisa y tranquila. Helaena oyó movimiento tras ella, y de pronto la mano de Sivyla la soltó.
—La alianza entre lo efímero y lo eterno ha sido sellada —dijo la Oráculo, con un tono grave, desprovisto de burla—. El futuro es ahora incierto.
Helaena sintió un nudo cerrarse en su interior. No era miedo lo que la invadía, sino una incertidumbre profunda, pesada, al comprender que los hilos del destino ya no seguían un camino conocido… y que el mundo acababa de cambiar para siempre.
