Work Text:
Jason Todd no creía en los nidos.
Nunca vio uno cuando era niño; el concepto ni siquiera existía en su cabeza. Su madre era una Beta y Willis era un Alfa de pacotilla, así que no había tiempo para pensar en dinámicas o castas ajenas a las que había en casa; tenía cosas más importantes que hacer, como cuidar de su mamá. En las calles de Gotham rara vez se veían omegas, y si los había, Jason no los notaba. Estaba demasiado ocupado sobreviviendo.
Al llegar a la Mansión Wayne, las cosas no cambiaron. Bruce era un Alfa y, aunque su instinto paternal era fuerte, no tenía un omega en su pequeña manada, en realidad no había habitado ninguno en aquella mansión desde hace décadas. Alfred por su lado era un Beta. Ambos le brindaron una cama cálida, un techo y comida suficiente, pero nunca le hablaron de biología básica.
En la escuela aprendió lo justo: cómo funcionaban las jerarquías, las diferencias anatómicas y la importancia de que cada casta conociera su propio cuerpo. Fue ahí donde escuchó por primera vez aquel término, pero en aquel momento carecía de sentido para él. No era cercano a ningún omega para preguntarle y, para ese entonces, Dick ya no vivía en la mansión. Y aunque lo hiciera, seguramente el joven Alfa habría estado demasiado ocupado en otras cosas como para explicarle nada.
El hambre durante la niñez y la vida en constante alerta congelaron su biología. Su presentación nunca llegó. Murió en Etiopía a los quince años, siendo un cachorro no presentado, ignorante de lo que pudo haber sido.
Pero el Pozo de Lázaro lo cambió. Las aguas verdes no solo repararon sus huesos, sino que dispararon su desarrollo, obligando a su cuerpo a madurar en cuestión de segundos entre la locura y la asfixia.
Cuando salió de la tumba, no tuvo tiempo de adaptarse a su nueva piel. "Eres un Alfa", era lo que todos decían, lo que siempre oía, lo que todos veían, pero él se sentía tan infinitamente alejado de ese concepto. Era una etiqueta vacía. El mismo pozo que le dio la casta se había llevado su olfato, dejándolo ciego ante el mundo químico de las feromonas. Aprendió a identificar las castas de los demás por otros métodos, aprendió a leer el ambiente a través de deducciones frías que carecían de relevancia real para él.
Hasta que lo conoció a él.
Aquel ser de otro universo. El chico de ojos avellana y rulos castaños, el autoproclamado Beta. Jason no lo juzgaba, pero no le creía. No creía que aquellas pestañas largas, esos dedos delgados y manos de apariencia suave pertenecieran a un beta.
Y, oh chico, estaba en lo correcto.
Peter Parker no era un Beta. Era un Omega. Uno con demasiada actitud. Jason no podía olerlo, pero podía percibirlo: en la forma en que patrullaba el departamento como si cuidara el perímetro, en cómo mostraba los colmillos cuando sus hermanos lo fastidiaban lo suficiente, y en cómo su ropa había comenzado a desaparecer misteriosamente.
Jason Todd nunca había visto un nido. Hasta que encontró a Peter, herido y vulnerable, ovillado en medio de uno dentro de su habitación.
Sabía cómo tratar una herida de bala, una puñalada o una fractura. Pero no sabía cómo navegar esto. Todo su entrenamiento con Batman, toda su experiencia con la Liga de Asesinos, no tenía un protocolo para "Intruso en el Nido de un Omega Herido".
Dio un paso adelante, y el sonido de sus botas militares contra el suelo pareció un disparo en el silencio de la habitación.
Peter se removió. Sus ojos avellana se abrieron a medias, vidriosos por la fiebre o el dolor. No había reconocimiento en ellos, solo un instinto primario de protección. Se ovilló más fuerte, protegiendo su vientre herido, mostrando los dientes en un gruñido, era una advertencia débil.
—Tranquilo, araña. Soy yo. — Dijo levantando las manos, mostrando las palmas vacías. Se sentía ridículo, como si estuviera tratando de calmar a un animal salvaje en un callejón— Estás sangrando. Necesito ver eso. —
Peter parpadeó, la confusión luchando contra el instinto. —No... —murmuró, su voz sonaba rota— Es mío. Fuera. —
Jason apretó la mandíbula. —Me importa una mierda lo que sea que sea esto, Parker. — Sus manos hicieron un gesto desesperado señalando el montón de sábanas y ropa sobre su propia cama. — Lo que me importa es que te estás desangrando sobre mi sudadera favorita. —Era una mentira a medias, pero necesitaba que Peter se enfocara en su voz, en la realidad, y no en la interrupción que estaba por hacer.
Ignoró completamente la advertencia territorial. No tenía tiempo para negociar con instintos que no comprendía del todo. Se arrodilló, invadiendo el espacio personal que Peter había delimitado con tanto recelo, aplastando con su rodilla una de sus propias camisetas de dormir.
El castaño reaccionó rápido, demasiado rápido para alguien que estaba perdiendo sangre. Una mano se disparó para detenerlo y por un segundo, Jason recordó que, herido y delirante, Peter seguía siendo capaz de levantar un autobús con una mano. El agarre en su muñeca fue férreo, casi doloroso, deteniendo su avance a centímetros de la herida.
—Mío —repitió Peter, esta vez con un silbido bajo que vibró en su garganta, casi como un siseo. Sus ojos, dilatados y salvajes lo miraban como una amenaza potencial.
Jason no retrocedió, pero tampoco forzó el agarre. Sabía que en una prueba de fuerza bruta incluso contra un Spider-Man medio muerto, tenía las de perder. ¿Quién le aseguraba que aquel chico podría controlar su fuerza en ese momento? En su lugar, hizo lo único que se le ocurrió: dejó de actuar como un médico y por un momento, intentó actuar como... lo que se suponía que era.
Bajó la cabeza ligeramente, rompiendo el contacto visual directo que el otro parecía interpretar como un desafío, y relajó los hombros. —No voy a quitarte nada, chico —dijo bajando la voz a un tono más grave, más controlado. No sabía si su aroma sería tranquilizador, así que tuvo que inyectar toda la calma posible en sus palabras— Solo voy a arreglarte. Si te mueres, no podrás cuidar tu nido. ¿Entiendes? —
Algo pareció atravesar la neblina febril de Peter. El agarre en su muñeca no desapareció, pero se suavizó, pasando a ser un anclaje desesperado. Inhaló profundamente, temblando. Su nariz rozó su muñeca justo donde el pulso latía bajo la piel, justo sobre una glándula de olor. Fuera lo que fuera que olió allí pareció ser la llave correcta.
El chico soltó un suspiro entrecortado y dejó caer la cabeza hacia atrás contra el cabecero de la cama, exponiendo finalmente su costado empapado de sangre. —Duele... —admitió volviendo a sonar dolorosamente vulnerable.
—Lo sé — Aprovechó la oportunidad al instante. Sus manos se movieron con eficiencia, apartando la tela pegajosa de la sudadera para evaluar el daño. Era un corte feo, profundo, pero no había tocado órganos vitales si tenía suerte. — Va a doler más antes de mejorar. No me muerdas. —
Peter no respondió con palabras, pero mientras Jason sacaba las gasas y el desinfectante del botiquín que había arrastrado con el pie, el chico estiró su mano libre. Buscó apenas la pierna de Jason y se aferró a su pantalón táctico, tirando de él ligeramente, como si quisiera asegurarse de que el intruso, ahora aceptado, no se fuera a ninguna parte.
Jason sintió un peso extraño en el pecho, de todos los lugares a los que Peter pudo haber ido, de todas las personas a las que conocía, el instinto del castaño lo había elegido a él. Había irrumpido en su habitación y entre sus delirios había formado un nido con su ropa.
—Quédate quieto —murmuró comenzando a limpiar la herida.
Esa fue la primera vez que Jason durmió en un nido, incapaz de alejarse y dejar a Peter solo.
Al amanecer, la situación no parecía menos surrealista.
Despertó con el cuello torcido y un calambre en la pierna, atrapado bajo el peso muerto de un superhéroe arácnido. La luz del sol se filtraba por las cortinas, iluminando el caos de ropa que formaba el nido. Visto con la luz del día, era un desastre hecho de franela, algodón y telarañas, pero Peter dormía ta plácido en el centro como si fuera un palacio.
El chico seguía aferrado a él. Su cabeza descansaba sobre au pecho, justo encima de su corazón y su pierna estaba entrelazada con la suya. Jason se quedó quieto, contando las respiraciones de Peter. Estaban rítmicas, profundas. La fiebre había bajado. Debería levantarse. Debería irse antes de que el otro despertara.
Pero no se movió.
Curiosamente, no sentía la necesidad de huir. Por primera vez desde que salió del Pozo Lázaro, se sentía… tranquilo.
Peter se removió, soltando un pequeño quejido al estirar el costado herido. Parpadeó lentamente, las pestañas largas rozando la camiseta de Jason, hasta que sus ojos avellana se enfocaron. Ya no había ese brillo salvaje y vidrioso de la noche anterior. Solo cansancio y una repentina y muy obvia, vergüenza.
—Oh... —graznó con la voz pastosa por el sueño. Se puso rígido, dándose cuenta de dónde estaba y más importante, sobre quién estaba. Hizo un amago de apartarse, pero se detuvo al sentir el tirón en su herida.
—Cuidado —advirtió Jason, manteniendo una mano firme en el hombro del chico para evitar que se hiciera daño— No te muevas brusco. Te cosí, necesitas descansar. —
El castaño se dejó caer de nuevo, suspirando derrotado. Se frotó la cara con las manos, ocultando su expresión. —Dios... lo siento. Yo... mis instintos... a veces es difícil controlarlos cuando estoy herido. —Separó los dedos para mirar a Jason a través de ellos— ¿Te obligué a quedarte? —
—Digamos que fuiste muy insistente —respondió con una media sonrisa, restándole importancia. Hizo una pausa, la curiosidad ganando la batalla a su prudencia— Anoche... dijiste que olía seguro. —
Peter bajó las manos, mirando la tela de la camiseta de Jason donde había estado babeando minutos antes. —Lo haces —dijo simple y honesto.
Peter Parker fue el primero en explicarle cómo funcionaban los nidos. Fue el primero en explicarle como estos traían paz y seguridad a los omegas. Con las mejillas sonrojadas también fue el primero que le confesó que su aroma era lo único que lo hacía sentir verdaderamente a salvo en ese mundo. Y por primera vez en su vida, Jason le creyó.
Jason Todd nunca había creído en los nidos. Pero después de aquella noche, nunca más dudó en ofrecer su ropa para construir el de Peter.
