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Language:
Español
Series:
Part 1 of Avataruto Chronicles (Spa & Eng)
Stats:
Published:
2026-01-14
Updated:
2026-03-09
Words:
142,917
Chapters:
25/?
Comments:
17
Kudos:
19
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4
Hits:
444

Kyōkai no Mon

Summary:

Dos mundos.
Dos héroes.
Una grieta que los une.

Separados por eras, entrelazados por el eco de la memoria. Cuando el equilibrio se rompe, el pasado se desborda. Y en el cruce de voces, Aang y Naruto descubren que lo que alguna vez fue uno, siempre vuelve a buscarse.

Notes:

Chapter 1

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

 

Una gran criatura voladora viajaba por los cielos, encima de las nubes, con una velocidad que aumentaba paulatinamente, su pelaje blanco y revuelto peinado por la brisa brillando bajo el tórrido sol canicular.

Cuatro expedicionarios ojerosos, cansados y encorvados, la montaban.

Uno de ellos, con la piel morena todavía más oscurecida por la inclemente estrella ardiente, rezongaba como animal acorralado. Estaba despatarrado sobre el lomo del bisonte volador, sacudiéndose frenéticamente el happi(1) sin mangas para evitar que se le pegara al torso sudoroso.

—¿Cuánto falta para llegar? —preguntó, agobiado por el calor.

—No mucho —replicó el conductor, apretando su agarre de las riendas que, por estar adormilado y cabeceando, casi aflojó. Acto seguido, se reacomodó erguido en la cabeza del bisonte.

El tono inseguro de su voz no apaciguó a sus compañeros.

—Aang... —dijo la chica ojiazul, intentando sonar gentil, pero se le oyó más bien descontenta—. ¿Estás seguro de que sabes en qué dirección debemos ir?

Aang no se habría sentido ofendido por su duda en circunstancias normales, pero el sopor de la insolación nublaba su juicio.

—¡Por supuesto que sí!

—Pues no lo parece —rebatió el de coleta de lobo guerrero—. ¡Llevamos días vagando sin rumbo!

—Pies Ligeros —llamó la pelinegra, apoyada contra el respaldar de la montura, los pies descalzos cruzados descansando sobre una de las mochilas de viaje como si fuera una banqueta, con la familiaridad imperturbable de quien no considera —ni le importa— que sea de otro—. ¿Hace falta volar tan alto? A este paso, acabaremos derritiéndonos antes de encontrar al dichoso espíritu ese.

El Maestro Aire, desencantado, suspiró ante los comentarios desalentadores de sus amigos. Una cálida mano se posó en su hombro; un bálsamo que mitigó su incertidumbre. A su vez, su lémur volador, Momo, se sentó en su cabeza, pretendiendo ofrecerle una extraña forma de consolación.

—Toph, tenemos que hacerlo por precaución, ¿o acaso quieres que vuelvan a atacarnos? —espetó la castaña.

Aventurarse por esas tierras, desconocidas para ellos, probó ser arriesgado desde el primer minuto. No era como pasear libremente por cualquiera de las Cuatro Naciones, ahora en paz tras un centenar de años de conflicto. La gente de aquel territorio demostró su hostilidad tan pronto avistó a la extraña bestia de seis patas sobrevolando. Creyéndolos invasores, trataron de repelerlos con ataques. Tuvieron que hacer frente a una lluvia de kunai y shuriken y contrarrestar técnicas elementales con las suyas propias.

Fue un enfrentamiento reñido, y no queriendo llamar la atención más de lo debido ni seguir enfrascados en la violenta arremetida, el Equipo Avatar escapó. Para eludir que se repitiera esa situación, decidieron volar por donde no fueran percibidos: sobre las nubes. Fueron suertudos de siquiera poder acampar de tanto en tanto sin ser descubiertos.

—Tranquilos, está cerca, puedo sentirlo. Mi instinto me lo dice —aseguró el monje, esperanzado.

—"Instinto", ¿eh? Seguro… ¿Y qué es lo que harás cuando lo encontremos? —inquirió Sokka—. Espero que no sea pedirle amablemente que regrese a su prisión árbol.

Desde hacía semanas, las inquietas noches del Avatar estaban plagadas de sueños inverosímiles.

Eran un confuso revoltijo de sucesos inconexos e imposibles de interpretar. Veía sombras irregulares, oía voces desconocidas que se transformaban en gritos, lamentos hórridos que penetraban su alma, amenazando con desgarrarla desde dentro.

En un abismal fondo oscuro, se arrastraba un ser de zarcillos negruzcos, distinguible solo por el brillo de los patrones carmín que recorrían su figura y el aura que lo rodeaba. Su risa era un zumbido grave y nauseabundo que resonaba en sus huesos. Jamás sintió una perversidad similar, ninguna así de aborrecible. Incluso él, con su espíritu abierto y su compasión intacta, que acogía sin juicio y miraba sin temor, percibía maldad pura; una energía tan hostil que ni su temple la soportaba. Quizás porque, teniendo mil experiencias tatuadas en el espíritu, reconoció el eco brutal que ese ser provocaba en su conciencia. El cuerpo lo identificó antes que la mente.

No era la única constante en sus terrores nocturnos.

Un enorme ojo con la pupila roja rodeada por figuras que se asemejaban a los magatamas(2), se abría gradualmente detrás del ente. En ocasiones, formaba parte del cuerpo de este, reemplazando el punto negro en el rombo anaranjado ubicado en la parte superior de su forma física.

Ambas imágenes lo atormentaban seguido, haciéndolo despertar jadeante y aterrorizado, saliendo de la cama de un salto. El terror dejó de ser sorpresa; se volvió visita con horario fijo, parte de su rutina nocturna. Preocupado porque pudieran ser un presagio de futuro infortunio, consultó con su vida pasada anterior: el otrora Avatar de la Nación del Fuego, Roku.

Lo que le dijo confirmó sus sospechas.

—Quien ves en tus pesadillas es un antiguo espíritu oscuro, la representación misma de la oscuridad y el caos. Su nombre es Vaatu —explicó el anciano. Su expresión severa —quebrada apenas por una inquietud que no solía mostrar— evidenciaba cuán serio era el asunto—. Hace eones, en la época del primero de nuestros antecesores, cuando los espíritus vagaban por nuestro plano terrenal, Vaatu combatía constantemente con su contraparte, el espíritu de la paz y la luz: nuestro espíritu, el Espíritu del Avatar, que es su eterno enemigo.

Un cierto día estaban librando una feroz batalla. El espíritu de la luz llevaba la ventaja, pues lo había atrapado, impidiéndole la huida. El Primer Avatar llegó durante su pelea y Vaatu aprovechó la oportunidad para engañarlo, pidiéndole que lo ayudara a separarse. Ya libre, vagó por el mundo propagando el caos donde quiera que fuera, haciéndose cada vez más fuerte, y así, debilitando a la luz.

El odio lo alimentaba, por lo que gustaba de esparcirlo. Incitaba peleas entre humanos y espíritus, pudiendo transformar a estos últimos en entidades rabiosas al volver su ira contra ellos. Nuestra vida pasada había descubierto que podía fusionarse con el espíritu de la luz temporalmente, lo que le permitía hacer uso de los Cuatro Elementos a la vez. Sintiéndose culpable por liberar a Vaatu, quiso enmendar su error abocándose al deber de detenerlo, lo que lo llevaría a enfrentarse a él durante la Convergencia Armónica.

—¿Qué es la Convergencia Armónica? —preguntó Aang, que escuchaba atentamente, sin perder el hilo.

—Es un fenómeno que ocurre cada diez mil años donde ambos espíritus luchan por decidir el destino del mundo —explicó Roku, tomando aire antes de continuar—. Sin embargo, es una batalla inacabable, ya que incluso si Vaatu es vencido, la oscuridad renacerá dentro del espíritu de la luz, dando lugar a su resurrección. Y si éste lo derrota, el otro también resurgirá nuevamente. Podría decirse que este ciclo representa el de nuestras vidas como Avatares.

La pelea de ambos se dio en el Mundo de los Espíritus. El Primero y el espíritu de la luz accedieron juntos a través de uno de los dos portales disponibles, al igual que Vaatu, y entonces comenzó el combate. Ya que el espíritu del orden estaba debilitado, fue nuestro predecesor el que peleó en su lugar, pero comenzó a ser sobrepasado y debió fusionarse con él para poder salvarse. La combinación de sus energías era tan abrumadora que lo dejaba agotado, llegando a ponerlo en peligro de muerte. Aun así, se negó a darse por vencido.

Cuando se produce la Convergencia Armónica, los planetas y el sol se alinean y se unen los portales del Sur y del Norte en el Mundo de los Espíritus —prosiguió Roku—. El Primero usó ese instante para fusionarse permanentemente con el espíritu al entrar en contacto con uno de los portales, amplificando su energía espiritual y dando a luz al Espíritu del Avatar, comenzando así el ciclo de reencarnación.

Con sus nuevos poderes, logró encarcelar a Vaatu en el hueco de un árbol: el Árbol del Tiempo. Cerró el portal espiritual del Norte con el fin de evitar que cualquier ser humano pudiera entrar al mundo de los espíritus para liberarlo, y guio a los espíritus que todavía estaban en el mundo de los mortales de vuelta al suyo. Una vez hecho, cerró el portal del Sur, declarando que, a partir de entonces, él sería el puente entre los dos mundos y el mantenedor de la paz y el equilibrio.

—Así que ese es el origen del Avatar… —murmuró Aang, fascinado por una historia que, aunque parte de su legado, nunca había investigado en profundidad—. Si el de mis pesadillas es Vaatu, deben estar intentando advertirme algo... ¿Podrá ser que esté intentando escapar? O… ¿que haya sido liberado?

Vistas las cosas, aquella posibilidad era tan preocupante para él como lo era para Roku. Desasosegado, el mayor caviló brevemente antes de dar su opinión.

—Es imposible, nadie podría llegar a él. Sólo el Avatar tiene la capacidad de abrir los portales. Por otra parte… —pausó, como si una imagen antigua estuviera presionando desde el fondo de su memoria, pero no pudiera ubicarla del todo—. Ese ojo que viste se me hace extrañamente conocido.

—¿Lo has visto antes?

—No por mí mismo. Es un recuerdo heredado de una de nuestras vidas pasadas, pero no podría decir de cuál con exactitud —aclaró, y algo en él se tensó, como si la pieza faltante acabara de terminar de caer en su sitio— …Es terriblemente parecido al Sharingan(3).

—¿Sharin... gan?

—Se relaciona con un grupo de personas conocidas como shinobi no mono(4). También son llamados "ninjas" —explicó—. Sé un par de cosas sobre ellos, aunque jamás los he visto en persona. Muchas personas los creen magos con poderes místicos. Se decía que usaban hechizos para volverse invisibles, y que podían transformarse en animales para escapar de situaciones peligrosas. Según el folclor, aprendieron sus artes de los tengu(5), patrones de las artes marciales. Un presentimiento me dice que el ojo rojo que viste forma parte de sus técnicas secretas.

—Pero ¿qué tienen que ver con la aparición de Vaatu?

—Según se cuenta, sus habilidades les permiten torcer las leyes de la naturaleza sin que ésta se queje —se acarició la larga barba con una mezcla de meditación e intranquilidad—. ¿Será posible que hayan llegado a él de alguna forma...?

—¡¿Pueden abrir los portales?! —exclamó el monje. Si podían hacer algo que solo el Avatar lograría, entonces eran cosa seria. Los relatos sonarían más a aviso que a fantasía.

—No puedo afirmarlo con certeza, pero con la forma en que se narran sus proezas, no extrañaría que logren lo que para otros es impensable, como encontrar la manera de intervenir los portales —sus labios se presionaron en una firme línea, queriendo contener lo sombrío de la deducción—. Eso significaría que han cruzado a nuestro mundo nuevamente.

Aang ladeó la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Nuevamente? —inquirió—. ¿Ya han estado aquí antes?

—Verás —partió, recomenzando su larga oratoria—, durante mi juventud, viajé a las regiones polares, donde se ubican los portales espirituales, al recibir noticia de que los espíritus oscuros se estaban agitando en la zona. Las tribus con inclinaciones espirituales que allí residían sostenían que su enojo se debía al abuso de recursos naturales y reclamación de tierras sagradas que perpetraron los líderes de mi era a causa de su codicia. Creían, además, que estaban airados por la tradición de cazar dragones que Sozin implantó en la Nación del Fuego.

Aang recordó vagamente haberlo oído de boca de Zuko, en una ocasión donde platicaron sobre su encuentro con los Guerreros del Sol. Expresó su interés en ayudarlos a mantener su sociedad en secreto del mundo exterior, para protegerlos a ellos y a sus tradiciones y evitar que se perdieran. Le contó que su tío había afirmado falsamente haber matado a los últimos dragones para que no se descubriera la existencia de Ran y Shaw, consciente de que, al revelar su paradero, dejaría el camino libre a quienes no dudarían en cazarlos por la gloria de un título legendario.

—Fui para investigar y verificar la situación. La mayoría de las cosas que sé sobre los shinobi las aprendí durante mi estadía con las tribus. Eran personas con un gran sentido de comunidad, y, como si fuera parte de un ritual, se reunían alrededor de una fogata todos los días a la misma hora para comer y compartir.

En una ocasión, me invitaron a sentarme con ellos. Empezaron a relatar mitos y leyendas de la zona, la mayoría protagonizadas por espíritus vengativos. Historias con las que pretendían asustar a los niños. Fue entonces que surgió la historia de los shinobi y su vínculo con nuestro mundo.

El adolescente asintió, pidiéndole silenciosamente que prosiguiera.

—Existe una vasta cantidad de antiguas leyendas y tradiciones que hablan sobre el surgimiento de innumerables universos, múltiples realidades con diversas formas de vida. En algunos, no existe más que plantas o animales; en otros, sólo océano. Hay mundos donde habitan dioses, y otros donde se veneran sus imágenes. La creación de estos universos y su disolución es un vaivén continuo e infinito como el mismo cosmos. Los hay nacientes, los hay yendo en camino hacia su destrucción. Según se dice, los shinobi pertenecen a uno de esos planos, y al igual que los portales espirituales permitieron el paso al mundo de los humanos, existió uno que les permitió entrar al nuestro.

—Un tercer portal... —dijo el ojigris, no menos desconcertado.

—Así es —dijo—. La puerta hacia una tierra completamente distinta. Tiānhé(6), la llaman los antiguos. La Costura del Cielo.

—¿Por qué?

—Porque una vez el cielo se quebró, Aang. Y esto… esto es solo la costura que impide que el mundo se deshaga —dijo como si el mito hablara a través de él, y no al revés—. Hubo un tiempo en que la energía espiritual fluía libre, como un río. Pero el mundo cambió. Las guerras, el dolor, la ruptura del equilibrio... hicieron que el cielo se rajara.

Aunque intuía que lo que venía sería cruento y difícil de asimilar, necesitaba entenderlo para saber a qué se enfrentaba. Tenía que comprender la magnitud de la amenaza que se cernía sobre ellos.

—¿Cómo?

—Los ninjas llegaron a nuestras tierras a través de La Costura, devastando todo a su paso con ansias de conquista. Se enzarzaron en una disputa sangrienta con los Maestros. Su fuerza era arrolladora, sus técnicas temibles, inverosímiles. Una época oscura de brutalidades amenazó con atenazar nuestro mundo hasta la llegada del Primer Avatar, quien acabó el conflicto cerrando el paso entre ambos.

Roku miró el horizonte.

—Se narra que lo consiguió manipulando un quinto elemento que actualmente se considera perdido. Siempre sospeché que se trataba de la Energía Control, la que te legaron los antiguos.

—¿Crees que se haya reabierto?

—No podemos descartarlo. Debe haber un motivo por el cual estás teniendo esos sueños. Quizás sea el Espíritu del Avatar intentando comunicarse contigo. —Sus manos se reunieron bajo el ala generosa de las mangas, cerrándose alrededor de sus antebrazos—. Tal vez sea apropiado que vayas a echarle un vistazo. De acuerdo a los relatos, deberías poder hallarlo, o al menos su pista, en las islas al oeste de la Nación del Fuego. El Sabio del Fuego Kaja me dijo una vez que esas áreas estaban tan cargadas de energía espiritual que nadie se atrevía a asentarse en ellas. Ni siquiera Sozin les dio importancia, pese a haberlas reclamado.

Así fue como Aang inició su viaje, acompañado de su leal equipo, a quienes explicó la situación lo mejor que pudo. Lo habían seguido por mar y tierra, a través de grandes dificultades, sin importar cuán peligrosas fueran, incluso batallando al poderoso Señor del Fuego Ozai. No se negarían a apoyarlo en esa instancia, pero cierto escepticismo surgió ante la idea de que existiesen tales mundos alternos de los que hablaba Roku. No era lo más alocado que escucharon a la fecha, y ya habían visto de todo: desde espíritus hasta criaturas ancestrales y gente que podía disparar llamas con el cerebro. Pero no dejaba de ser demasiado fantástico para sus estándares.

Sus dudas se esfumaron cuando encontraron La Costura al costado de un farellón, un umbral incrustado en la roca como si la montaña hubiera sido partida por un remezón violento en la tierra. Su forma era la de un arco natural, tallado por siglos de viento salado, y en su centro brillaba un resplandor casi imperceptible: un velo suspendido entre realidades que emitía un zumbido suave, como el roce de una aguja de oro sobre un telar de jade.

El joven Avatar pudo percibir que los alrededores estaban imbuidos y saturados de la energía que despedía. De no ser por sus elevados sentidos espirituales, no la hubieran encontrado tan fácilmente, dado que la delgada membrana en el hueco que necesitaba cruzarse para llegar al otro mundo era casi transparente.

Una vez comprobaron que efectivamente se trataba del mismo portal de la historia, y de que estaba abierto —Sokka tuvo que meter su brazo dentro para comprobar si podía ser atravesada, expresando gran preocupación porque una bestia extraterrestre pudiera arrancárselo desde el otro lado—, se plantearon los pasos a seguir. El monje pensó en volver a buscar la asesoría de su antecesor, pero sintió una corazonada intensa que le dictaba que debía ingresar al portal. Su alma, bajo el llamado de una voz sin nombre, fue convencida de seguir adelante con la intención.

Expresó su deseo a sus compañeros, quienes mostraron cierta renuencia inicial—especialmente Appa por medio de gruñidos, ya que a pesar de que el hueco era lo suficientemente amplio para que cupiera, le disgustaba la idea de entrar—, pero acabaron por aceptar. Sabían que Aang iría por su cuenta de todos modos y no quisieron dejarlo a su suerte en tierras desconocidas.

Emergieron del otro lado a través de una salida con forma similar, solo que ese arco estaba conectado a una cadena montañosa. Pronto se dieron cuenta de que estaban en otra isla, más verde y con más viento. Parecía un lugar cualquiera; no daba la impresión de encontrarse en un universo diferente, ni tampoco lo hacían sus gentes, comprobarían después.

Basándose en las palabras de su predecesor, creyeron que los habitantes de ese plano serían más parecidos a seres mitológicos. Descubrieron lo contrario cuando fueron atacados por un grupo de ellos: eran humanos de carne y hueso. Sus vestimentas eran bastante particulares, incluyendo armaduras corporales en la forma de chalecos antibala y protectores de frente de tela con placas de metal al centro con símbolos estilizados particulares.

Por más que el Nómada Aire trató de hablar pacíficamente con ellos, sus esfuerzos fueron en vano. Los hombres terminaron atacándolos con vehemencia, obligándolos a defenderse. En ese instante confirmaron que sus habilidades eran tan extraordinarias como se clamaba, aunque parecidas a las suyas en cuanto a control elemental. Movían sus manos velozmente formando señales, y después, efectuaban sus técnicas. También se desplazaban con una rapidez inhumana que hasta al Avatar le costaba igualar.

Al continuar su exploración, Aang se dejó guiar por la misma intuición que lo acució a llegar hasta ahí. Tenía la certeza de que estaba siendo encaminado hacia Vaatu gracias a la conexión de este con el Espíritu del Avatar; sin embargo, llegados a cierto punto, empezó a creer que quizás se estaba equivocando. No captaba la malevolencia del espíritu oscuro que había sentido en sus sueños, y, aun así, sabía que debía estar allí, escondido en alguna parte.

Descendiendo un poco, atisbaron un ingente asentamiento ninja establecido en medio de la fronda boscosa. Estaba rodeado por enormes murallas con puertas(7) en frente. Extensos ríos lo surcaban, desaguando al exterior de su barrera. Sus muros cerrados recordaban a la metrópolis de Ba Sing Se.

Una idea súbita llegó a su mente, cual relámpago.

—¿Por qué no bajamos a hablar con los shinobi de ese lugar?

Las reacciones ante su propuesta fueron, mayormente, de perplejidad.

—Eh... Bueno… —dijo Katara, mirando a los demás en busca de apoyo.

—¿Y qué les vas a decir exactamente? "Hola, soy Aang, provengo de un mundo del que seguramente nunca han escuchado. He estado teniendo pesadillas sobre un espíritu oscuro que creo que anda suelto por sus tierras, y además vi un ojo extraño llamado Shirogane que tiene algo que ver con ustedes", ¿y esperarás que te crean? —le reprochó el No Maestro con dureza. No era que su intento previo de conversar con ellos hubiera sido fructífero como para que tuviera tanta seguridad de que lo oirían antes de sacarlo a patadas, tachándolo de enajenado.

—Es Sharingan —corrigió el menor, suspirando.

—El alcornoque tiene razón. —Sokka bufó ante el injustificado insulto por parte de la Beifong, pero no dijo nada para defenderse. Sería inútil—. Nos atacaron sin detenerse a escuchar, ¿qué te hace creer que esta vez será diferente?

—No conseguiremos nada si continuamos así, ¿quién sabe? Quizás hayan visto a Vaatu en las cercanías.

—No lo sé, Aang —dijo la morena—. No sabemos casi nada sobre ellos, ni de sus habilidades, del mismo modo que ellos no saben de nosotros. ¿Cómo podríamos convencerlos de confiar?

Concordaba en que era arriesgado. El sitio era considerablemente grande, y si estaba habitado completamente por shinobi, se verían superados si estos decidían agredirlos. Reflexionó sobre su proceder y resolvió que lo mejor sería que fuera solo, para evitar poner a sus camaradas en peligro.

De pronto, el guerrero refunfuñó.

—Ya sé lo que estás pensando, y no, no te dejaremos ir solo —lo conocía desde hacía tres años. Era capaz de adivinar lo que pensaba sólo con mirar la expresión de su rostro: sabía lo que quería hacer.

—Katara tiene razón, es peligroso que…

—Y sería todavía peor si fueras solo —lo interrumpió Toph—. Admitámoslo, Aang, eres demasiado blando. Sacarán provecho de eso y te atacarán cuando menos te lo esperes. Es mejor si yo voy contigo. Si lo intentan, los haré morder el polvo en menos de lo que canta un cerdo gallo.

—Iremos todos —espetó la Maestra Agua, algo molesta por la actitud jactanciosa de su amiga—. Vinimos aquí juntos y así nos mantendremos.

Dicho aquello, entrelazó su mano con la de su enamorado, queriendo ofrecerle conforte con el gesto. Él sonrió por la calidez que le brindaba el apoyo incondicional de sus aliados, y, convencido, cambió la dirección en la que iba el bisonte volador para dirigirse a la morada de los ninjas.

 


 

Entrar por la puerta principal los haría ver menos sospechosos de lo que lo haría internarse por aire, así que optaron por ese acercamiento. Escondieron a Appa no muy lejos, entre arbustos y hojas que pudieron tapar apenas su gran tamaño, dejándolo en la compañía de Momo. Luego, caminaron a pie hacia el acceso.

Las grandes puertas verdes tenían escrita la palabra "ermita". Arriba de la entrada, se hallaba grabado el símbolo de una hoja en medio de dos caracteres más. Aang pensó, con cierta curiosidad, que quizás se tratara de un ícono representativo de la localidad.

Un grupo que trasladaba artículos de construcción estaba detenido a un costado del gran portón, esperando a que se terminaran de fiscalizar sus posesiones. Uno de sus miembros estaba enzarzado en una acalorada discusión con uno de los guardias en un puesto de control. Este último hizo un alto al ver al Equipo Avatar avanzar, ya que pretendieron colarse sigilosamente mientras se prolongaba la contienda verbal.

—¡Oigan! —el cuarteto paró en seco, volteándose con lentitud tortuosa para encarar al hombre que los pilló—. ¡No pueden saltarse el control! —exclamó, mirándolos de pies a cabeza con creciente confusión. Sus apariencias le parecieron demasiado extravagantes como para pasarlas por alto. Se giró hacia uno de los del conjunto de constructores—. ¿Vienen con ustedes?

Ellos le respondieron con una negativa. El hombre volvió a mirarlos, ahora más receloso.

Tenía el cabello castaño peinado hacia abajo, cubriendo su ojo derecho. Su protector de frente era un pañuelo que le tapaba la cabeza, y llevaba un traje oscuro con un cuello alto que parecía llegarle hasta la barbilla. Encima, un chaleco antibalas semejante al de los shinobi con los que se enfrentaron antes, sólo que este era verde y tenía protector de cuello. En la placa de metal estaba el mismo símbolo de hoja que en la entrada, lo que confirmó la sospecha de Aang de que era un alusivo de su pertenencia al pueblo.

—¿Acaso son viajeros? No estamos permitiendo la entrada de turistas, por medidas de seguridad —les dijo.

—No, uh, nosotros… —Aang no tenía idea de cómo explicarse. No podía simplemente decirle quién era y explayar sus motivos esperando que sonaran creíbles. Menos ahí, frente a tanta gente.

—Mmm… estructura, intercambio, seguridad interna. Esto huele a aldea. Y toda aldea tiene cabeza —susurró Sokka, inclinándose luego hacia el oído de su amigo—. Tiene que haber alguien a cargo con quien podamos hablar.

—Puede que tengas razón —coincidió Katara, en voz baja, alcanzando a oírle.

—¿Qué tanto murmuran? —preguntó el ninja, ya un tanto irritado. El Maestro Aire se aproximó junto al resto.

—Señor, mis amigos y yo venimos de tierras lejanas, ¿será posible que podamos conversar con el líder de este lugar?

Su interlocutor arrugó la frente: un claro indicio de que su petición era una infrecuente. Y a juzgar por su tono, no muy bienvenida.

—¿Quieren hablar con el Hokage?

¿Hokage? ¿Así llaman a su líder? —dijo Toph, con una ceja arqueada y una leve sonrisa socarrona. El mayor la miró como si le estuviera hablando en otro idioma, pero no hizo ningún comentario al respecto.

—¿De dónde vienen, para ser exactos? —interrogó, frunciendo el ceño.

Ninguno contestó, al menos, no inmediatamente. No había manera de saber si conocía el nombre de cualquiera de las Cuatro Naciones, o si siquiera sabía de su existencia.

La intempestiva pelinegra se encargó de llenar el silencio con una respuesta contundente, como ella sola.

—Mire, eso no importa. Tenemos que hablar con ese "Hokage" suyo urgentemente.

—¡Toph! —exclamó Katara, a suerte de regaño. Se paró frente a ella sonriendo nerviosamente, intentando escudarla de la indignación del ninja—. Lo que mi amiga quiso decir es que es... difícil de explicar.

—¿Qué es difícil de explicar? ¡Hablen claro! —se estaba hartando de sus evasivas. Sus acciones los hacían ver terriblemente sospechosos: tratar de escabullirse y negarse a declarar su lugar de proveniencia eran cosas que harían los infiltradores.

—Escuche, provenimos de las Cuatro Naciones —irrumpió Sokka, sabiendo que mentir sería inútil. No sabían lo suficiente de ese mundo como para urdir un engaño suficientemente convincente—. Hay asuntos importantes de los que debemos conversar con el Hokage.

—¿Las "Cuatro Naciones"? —estaba desconfiando más a cada palabra que salía de sus bocas. Soltó un resoplido que trató de parecer burlesco, pero acabó saliendo como bufido desganado—. Buena broma, niños, pero no tengo tiempo para juegos, ¿qué quieren en realidad?

—Me llamo Aang. Ellos son Sokka, Katara y Toph —los apuntó a cada uno a medida que los nombraba—. Por favor, necesito hablar con su jefe local. Sé que tal vez usted no crea nada de lo que digamos, pero si me deja hablar con él, estoy seguro de que lo entenderá.

—¿Crees que puedo simplemente llevarte ante él, así como así? ¡Ni siquiera me han dicho de dónde vienen!

—¡Acabamos de hacerlo, cabeza hueca! —reclamó Toph. El adulto hizo una mueca exasperada que dejó bien en claro su disgusto. Iba a decirle cuatro cosas a la chica cuando su compañero, quien acababa de terminar de timbrar los documentos de los carpinteros, se les acercó al percibir el barullo.

—Izumo, ¿qué sucede?

Este ninja era de cabello negro puntiagudo, no tan largo como el de su compañero. Una tira de vendaje le cubría el puente de la nariz, y tenía una marca oscura pintada en el mentón que parecía una barba.

—Estos chicos dicen que quieren hablar con el Hokage, pero se rehúsan a decir de dónde son —dijo el que se llamaba Izumo, cruzándose de brazos con un suspiro, con el cansancio de quien sabe lo que es repetirse una y mil veces frente a un grupo de chiquillos que se niegan a entender.

—Lo que dijimos es cierto. Cada uno de nosotros viene de distintos territorios dentro de las Cuatro Naciones —insistió Aang—. La tierra natal de Toph es el Reino Tierra. Katara y Sokka son de la Tribu Agua del Sur, y yo nací en el Templo Aire del Sur. Puede que no conozcan ninguno de esos sitios. Podría hablarles sobre ellos, pero nos tomaría algo de tiempo —precisó—. Les prometo que no guardamos ninguna mala intención hacia ustedes. Sólo queremos hablar.

Izumo bajó las manos hasta las caderas, girándose hacia su compañero.

—¿Qué opinas, Kotetsu?

—¿Reino Tierra? ¿Tribu Agua del Sur? —musitó el nombrado. Intercambiaron miradas, aproximándose al otro para discutirlo en voz baja—. ¿Ves cómo van vestidos? Y ese acento… Definitivamente deben ser extranjeros.

—¿En serio crees que existen esos lugares? ¿Cuándo has escuchado hablar de un "Reino Tierra" o un "Templo Aire del Sur"? —le rebatió Izumo—. Es obvio que son afuerinos, pero si están mintiendo es porque tienen algo que ocultar.

Kotetsu volvió a echarles otra mirada, en una pasada rápida.

—No creo que sean espías. Ninguno sería tan estúpido como para entrar directamente por la puerta con esas pintas creyendo que no llaman la atención.

—Muchos saben que estamos debilitados desde el ataque de Pain —murmuró Izumo, todavía observándolos con recelo—. No me sorprendería que tuvieran la desfachatez de tratar de entrar a través de métodos como estos. Seguro piensan que no podremos oponer resistencia.

—¿Y qué sugieres que hagamos?

—¿Tal vez dejar de hablar como si no estuviéramos aquí? —el de coleta se cruzó de brazos, con evidente molestia. No estaban siendo precisamente silenciosos.

El shinobi castaño se apartó para dirigirse directamente a Aang.

—Vale, chico, supongamos que vienen de esas naciones inexistentes que nombraste... ¿Qué es lo que tienes que decirle al Hokage?

Aang inhaló profundamente, consciente del reto que implicaba poner en orden un universo que él vivía pero que nunca había tenido que explicar desde cero. Hiló las ideas, pensó cuidadosamente en sus palabras y trató de escoger las que, mejor ordenadas, pudieran ayudarlo a construir un relato con un mínimo de sentido.

Terminó dejando que salieran en tropel las primeras ideas que se cruzaron por su mente, como si hubieran armado una estampida para salir antes de que pudiera revisar qué estaban diciendo.

—Ustedes no conocen la existencia de nuestras naciones porque pertenecen a un mundo totalmente ajeno a este, de donde venimos nosotros. He estado teniendo pesadillas que me alertan sobre una antigua criatura que anda suelta por sus tierras y es capaz de provocar catástrofes por donde vaya. No estoy seguro de cómo, pero creo que esto está relacionado con ustedes de alguna manera, porque vi en ellas una técnica que les pertenece, llamada "Sharingan", que es como un ojo rojo con... no sé cómo llamarlas... Bueno, el punto es que... ¡Ah! Olvidé mencionar que soy el Avatar, maestro de los Cuatro Elementos, puente entre el Mundo de los Espíritus y…

—Umm... Aang.

Por fortuna, Katara detuvo su incesante parloteo antes de que cavara más hondo en el hoyo en que se metió él mismo.

Había hablado con mucha celeridad, dejando a los dos ninjas absolutamente pasmados, parpadeando sin parar. Les estaba tomando trabajo procesar toda la información que acababa de arrojarles.

El asombro de sus rostros intranquilizó a los jóvenes. Dieron por hecho que los llamarían dementes y los mandarían a freír monos voladores. Lo tendrían merecido, pero en su defensa, Sokka diría que aquella historia era difícil de explicar de por sí. Lo de Aang fue como un vómito verbal cuando se los explicó la primera vez.

—...Este tiene que haberse golpeado muy duro en la cabeza —dijo Kotetsu a su colega. Este último seguía analizando lo que acababa de oír, recolectando lo poco que pudo sacar en limpio de su caos explicativo.

—Déjame ver si entiendo... —comenzó el otro, sobándose la sien con dos dedos, como si le doliera la cabeza de solo intentar buscarle la lógica a lo dicho—. ¿Viste el Sharingan en tus sueños, dices que una criatura está suelta por nuestra culpa, y, además, que eres el Avatar de ese viejo cuento para niños? No se oyen estas locuras todos los días —exhaló pesadamente—. Les sugiero que se vayan, no tenemos tiempo para sus tonterías, y menos lo tiene el Hokage con todo lo que ha pasado últimamente.

Aang estuvo a punto de decir que jamás los había culpado por la liberación de Vaatu, pero algo sobre lo que mencionó Izumo atrajo su interés.

—Espere, ¿qué quiere decir con "ese viejo cuento para niños"?

—Yo tampoco entendí esa parte —se unió el confundido Hagane. Su mejor amigo le dirigió una mirada poco impresionada. Su ignorancia no lo sorprendió en absoluto, pero, con todo, lo enervó.

—¿En serio tengo que explicártelo? —se le escapó un gruñido—. Hablo de esa antigua historia… La Leyenda del Avatar.

—Nunca oí de ella. —Kotetsu se rascó la cabeza, como intentando recordar.

—Eso es porque en tu vida te has molestado en hojear un libro —le largó Izumo—. Es una historia vieja que relata las hazañas de la encarnación de un dios que podía manipular los elementos al mismo tiempo sin ningún tipo de ninjutsu. Es una mera fantasía; un cuento. Sólo a un chiflado se le ocurría asegurar ser el Avatar. Es como afirmar la segunda venida del Sabio de los Seis Caminos.

Los chicos se observaron, desorientados por las palabras del shinobi. Se sumieron en un silencio contemplativo. Comprendieron que dominaban cierto conocimiento sobre el Avatar, pero que la historia sobre él difería enormemente de la versión conocida en las Cuatro Naciones. Persuadirlos a creer que un monje de dieciséis era la reencarnación actual de una deidad sería la verdadera hazaña, sin duda.

Entonces, Aang sugirió:

—Si les demuestro que soy quien digo ser, ¿nos llevarán con el Hokage?

Kotetsu e Izumo lo observaron, todavía incrédulos porque siguiese reiterando ser el protagonista de aquella fábula con tanta convicción. El segundo iba a protestar, pero el primero lo detuvo con un gesto de su mano.

—Sigámosle la corriente.

—¿Cómo dices? ¡Es obvio que no puede probar nada! —exclamó el más escéptico—. No hagas caso a sus niñerías, tenemos que volver al trabajo.

—Al chico se le nota convencido. Veamos qué puede hacer —dijo Kotetsu, con un dejo de diversión calmada—. Adelante, si puedes constatar tu identidad, pensaremos en llevarte con nuestro líder.

Era toda la confirmación que necesitaba. Sonrió triunfalmente, su ademán tornándose serio en seguida cuando asumió la postura corporal indicada para dar pie a su presentación. Sus tres acompañantes dieron unos pasos hacia atrás con el fin de darle espacio. No pretendía dar un gran espectáculo, sino uno que fuera lo bastante disuasivo, a partir de las palabras de Izumo.

"Un dios que podía manipular los elementos al mismo tiempo sin ningún tipo de ninjutsu". Él no era dios ninguno, pero no necesitaba ninjutsu para invocar las Artes de Control.

Sus ojos brillaron fugazmente con luz pura del Estado Avatar.

Inició con los ligeros y flexibles movimientos del Aire Control, con los que moldeó y maniobró una reducida corriente de aire que hizo girar a su alrededor. Le siguieron los fluidos, gráciles meneos del Agua Control, para lo cual Katara había destapado la cantimplora amarrada a su cintura, dejándolo extraer el líquido de ella. Creó dos aros de agua a sus pies y los deshizo, guiando el fluido de vuelta al contenedor.

La Tierra Control era diversa, pero siempre firme, aplastante. Dobló y separó las piernas, dando un pisotón con el que elevó un pedazo mediano de suelo. Lo hizo levitar y, levantando el pie dominante, lo dejó volver a caer dentro del hueco que dejó al arrancarlo. La superficie quedó intacta, como si nunca hubiera sido alterada.

Concluyó con el Fuego Control. Intenso, más agresivo. Inspiró lentamente e hizo nacer dos bolas de fuego en sus palmas —lanzar llamaradas a diestra y siniestra hubiera ocasionado desastres—, las cuales apagó con una sacudida después de fusionarlas en una corriente giratoria, con la misma facilidad con la que se apaga la flama trémula de una vela al soplarla.

Ya acabada su exposición elemental, unió ambas palmas en un gesto ceremonioso, marcando el fin. Antes de que abriera los ojos, el mordaz y burlesco comentario de Sokka alimentó su ilusión.

—¡Qué tal eso! ¡Quedaron boquiabiertos!

Ambos ninjas habían quedado pálidos como la cal. La conmoción en sus caras resultaba cómica, hasta cierto punto.

—¿Y? ¿Nos van a llevar con el Hokage ahora?

Se hicieron paso entre escombros y hogares derruidos. El pueblo estaba pasando por un proceso de reconstrucción, lo que explicaba los cargamentos cuantiosos de madera que estaban ingresando por la puerta principal. El paisaje era desolador. La destrucción, comparable a las secuelas de un tifón. No habían notado el alcance de la devastación cuando sobrevolaban, dado que lo hicieron a una distancia prudente para no ser confundidos con atacantes aéreos.

Fueron guiados hasta una carpa espaciosa que, supusieron, fungía como tienda provisoria del gobernante de la aldea. Había sido montada en un lado apartado del reedificado centro urbano, en medio de matorrales incipientes, más allá de un sendero con una corriente natural adyacente.

Los chūnin(8) se pararon frente a las cortinas de entrada y anunciaron sus nombres. Una voz grave vino del interior de la carpa, emitiendo una concesión, indicándoles que pasaran.

—Hokage-sama —ambos se inclinaron respetuosamente ante el hombre—. Traemos a unos extranjeros que solicitan una audiencia con usted, uno de ellos dice ser... —Kotetsu calló al instante, vacilante—. Será mejor dejar que él se lo explique.

El superior, ligeramente intrigado por una petición tan repentina, les dijo que se retiraran y los dejaran entrar, pensando que serían emisarios de alguna otra aldea aliada.

Los muchachos examinaron al Hokage cuando lo tuvieron enfrente. Era un anciano que reposaba la mano tranquilamente sobre un bastón. Tenía cabello negro y desgreñado, y su ojo derecho estaba vendado. En su barbilla tenía una cicatriz como un aspa. Llevaba un kimono blanco bajo una túnica negra dentro de la que ocultaba el brazo derecho, que cubría desde sus pies hasta su hombro derecho, dejando el otro sentado en un gran sofá rojo. Pilas de libros y cajas de madera esparcidas por las esquinas. Su único ojo visible los recorrió con la mirada, evaluándolos con suma frialdad. Su semblante denotaba severidad, pero yacía bastante relajado contra el respaldo, adusto y sereno a la vez.

Sin embargo, por alguna razón que no alcanzó a comprender, Aang tuvo una sensación ominosa, visceral, como si el aire en torno al hombre susurrara advertencias. Una especie de alarma muda, encajada en el pecho, que le exigía cuidado sin explicar por qué.

No podía explicarle la situación de la misma manera que lo había hecho a los dos shinobi. Podía decir, con sólo verlo, que este Hokage no tomaría en serio demostraciones lúdicas, ni relatos a medio construir. Tenía que ser lo más específico y técnico posible.

—¿Qué es lo que desean comunicarme?

El joven dio un paso adelante. Hizo un saludo colocando su palma derecha abierta sobre su puño izquierdo cerrado y se inclinó levemente, sin saber cuál sería el saludo correcto hacia una figura de autoridad en esa tierra, pero esperando que el suyo transmitiera el respeto necesario.

—Señor Hokage, mi nombre es Aang. Mis amigos y yo hemos viajado hasta aquí desde un territorio que probablemente sea desconocido para usted —comenzó a hablar lenta y claramente, distanciándose de su trastabillado recuento anterior—. He venido a informarle sobre una amenaza latente que podría cernirse en este mundo. Y hay algunas cosas que quisiera preguntarle respecto a ello.

La expresión del viejo era indescifrable. Se mantuvo compuesto, sin ofrecer indicios de querer interrumpirlo, así que prosiguió.

—Lo que le relataré podrá sonar difícil de creer, pero lo cierto es que vivimos en una realidad distante, conectada a ésta a través de un portal dimensional. De donde nosotros venimos existen cuatro territorios que, en conjunto, son conocidos como las Cuatro Naciones. En ese universo, yo sirvo como el protector del balance del mundo. Soy el único ser físico con la capacidad de controlar los cuatro elementos: Agua, Tierra, Fuego y Aire. Utilizo mi poder para mantener la paz entre humanos y espíritus. Me llaman "Avatar", y según entiendo, soy visto como una leyenda en esta realidad.

Hace un tiempo me percaté de que un poderoso ser —un espíritu oscuro— ha escapado de la celda en la que fue encerrado hace miles de años. Mis sospechas son que ha llegado a terrenos de los ninjas. Se me fue revelado en un sueño que una técnica llamada "Sharingan" guarda algún tipo de relación con su liberación. Por estos motivos acudo a usted, para averiguar si se ha avistado a este ente en los alrededores y, en caso contrario, prevenirlo de la posibilidad de que aparezca. Me gustaría que cooperáramos para encontrarlo y atraparlo.

Se extendió un duradero, tenso silencio. Un breve destello de asombro cruzó el rostro del hombre, pero pronto se desvaneció en su habitual impasibilidad. Su risa fue breve. Mofadora, pero carente de humor. Con ella, les confirmó lo que ya temían: no les creía un ápice.

—…Vaya tontería —dijo él—. De modo que me mandaron un escuadrón de críos cuentistas para entretenerme, o… ¿será una distracción? —entornó el ojo con desconfianza apenas velada; ninguno lo comprendió.

—¿Disculpe? —dijo Katara.

—Mencionaste el Sharingan, ¿acaso…? —su voz se fue apagando a medida que pareció darse cuenta de algo. Se puso de pie abruptamente, agarrando firmemente su cayado—. Ustedes… ¿Quién los ha enviado?

La acusación los dejó perplejos. Toph, casi indignada, lo negó al instante:

—Nadie nos envió, anciano, vinimos por nuestra propia cuenta.

—Una farsa concebida por soplones, pero ¿quiénes...?

Daba la impresión de que se hablaba a sí mismo en vez de a ellos. La tergiversación de sus intenciones alarmó al Maestro Aire. Lo que menos necesitaba era que pensara que eran emisarios de un enemigo suyo.

—¡Esto es un malentendido, le juro que no es lo que se imagina! Nosotros no...

—Lograron engañar a los guardias... No, ¿será que ellos también estén metidos en esto?

—¿De qué está hablando? Nada de lo que dice tiene el menor senti— —Sokka enmudeció al ver los tatuajes del muchacho resplandecer.

Pensaron que quería usar el Estado Avatar para probarse, pero en realidad, la frustración que se apoderó de él lo llevó a hacer lo impensable. Una ventisca estalló y remeció el toldo, levantando una nube de polvo que nubló sus campos de visión. Cuando comenzó a disiparse y se fijaron nuevamente en Aang, descubrieron que ya no estaba ahí: no era él exactamente. Lo había reemplazado un hombre de edad al que ya conocían, de larga barba y cabellera blanca, ataviado con túnicas rojo carmesí.

—Hokage, atiende cuidadosamente. Estos jóvenes vienen a ti con la verdad.

La fuerza de su voz no solo resonó: se alzó con una cadencia grave y ritual. Pareció despertar memorias antiguas desde los cimientos del mundo, obligando al Hokage a guardar silencio, inclinando el oído como quien recibe un llamado de otro plano. Cayó igual que un mandato incontrarrestable, haciendo que el aire se tensara, cruzándolo como trueno contenido.

Estaba plenamente descolocado.

—¿Qué demo—?

—Soy el Avatar Roku, anterior poseedor del título de Avatar.

Roku se irguió con la firmeza de una columna milenaria. Sus movimientos fueron medidos, precisos, pero el efecto rotundo: bastó que se incorporara, cada vértebra marcando el ascenso de un espíritu que no hablaba solo por sí mismo, para que la atención se vertiera únicamente sobre él, el entorno entero obedeciendo a su eje.

—Tal como mi reencarnación ha dicho, pertenecemos a un universo paralelo cuyas leyes, costumbres y habilidades no brotan de la misma raíz que las suyas; nuestras ramas se han extendido en direcciones que su mundo nunca ha conocido. Mucho podría decirte sobre nuestros orígenes, sobre los puntos en que su historia roza la nuestra, y podría desmentir esa versión fantasiosa que me ha reducido a mito, lejos de los acontecimientos que verdaderamente labraron lo que soy. Pero no estamos aquí para contar, sino para actuar —alzó muy apenas la mano, y los candiles temblaron: las llamas se erguían como si lo escucharan, alargándose en la penumbra, dibujando sombras fatídicas en cada rincón de la tienda.

—Si no deseas que el desequilibrio oscurezca los cielos de tu mundo —prosiguió, con voz templada que parecía llegar desde el subsuelo—, te aconsejo que colabores y ayudes al Avatar Aang. De lo contrario, deberás atenerte... y protegerte de la ira del espíritu que arrasará tu tierra.

Tal fue su conmina.

El aire se tensó como cuerda mojada. Nadie se movió. El Hokage permaneció quieto en su sitio, y aunque su rostro apenas se crispó, no ignoró el filo de la amenaza. No era solo su vida lo que se insinuaba en peligro. Era la de toda la aldea.

Pero más que miedo, lo atravesó otra cosa: una desconcertante incomprensión. Las palabras del hombre eran demasiado grandes, demasiado atávicas, demasiado remotas como para alcanzarlas. Y antes de que pudiera exigir una explicación, la figura se disipó.

En su lugar, el chico calvo volvió a ocupar la escena, llevándose las manos a la cabeza y reincorporándose lentamente desde el suelo, como si acabaran de devolverle el cuerpo que tomaron prestado de él.

—¡Aang!

Katara fue a ayudarlo.

—Agh... ¿qué sucedió?

—El Avatar Roku decidió hacer acto de presencia —dijo con una ligera sonrisa, entre preocupada y aliviada; si tenían suerte, su aparición tendría peso en la decisión del Hokage de asistirlos.

Aang parpadeó. No esperaba que eso ocurriese. Cada vez que sus vidas pasadas tomaban posesión de su cuerpo, olvidaba todo lo que decían o hacían a través de él.

Aún conmocionado, el Hokage se obligó a salir del estupor. Durante un instante, sus ojos recorrieron a los presentes con una dureza impostada, como queriendo recuperar el control del momento. Pero su respiración se había vuelto más entrecortada, y un músculo apenas visible en su mandíbula palpitaba con insistencia.

Observó al menor como se mide el alcance de una amenaza, no de una simple criatura. ¿Una Técnica de Transformación?  No, no fue eso… algo distinto había reclamado el espacio. Algo más antiguo. Más peligroso.

—…Levántate, muchacho —dijo al fin, con una gravedad que intentaba cubrir el temblor interior—. Escucharé lo que tengas que contarme.

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. 法被 (happi). Literalmente, “abrigo de ley”. Es una prenda tradicional japonesa sin mangas, usualmente usada en festivales o ceremonias, común entre obreros, comerciantes o participantes de desfiles.

2. 勾玉 (magatama). Literalmente, “gema curva”. Son antiguos talismanes japoneses con forma de coma o gancho, utilizados desde el período Jōmon como ofrendas o símbolos espirituales vinculados al sintoísmo.

3. 写輪眼 (sharingan). Literalmente, “ojo copiador giratorio”. Es una técnica ocular del mundo ninja que permite replicar movimientos, anticipar ataques y realizar genjutsu (ilusiones). Pertenece al clan Uchiha.

4. 忍びの者 (shinobi no mono). Literalmente, “persona furtiva” o “persona que se esconde”. Es la forma extendida del término “shinobi”, que se refiere a los ninjas en su sentido histórico y folklórico.

5. 天狗 (tengu). Literalmente, “perro celestial”. Son criaturas mitológicas japonesas con aspecto de pájaro y rostro rojo alargado, asociadas a montañas y bosques. Se cree que enseñaban artes marciales secretas a los humanos.

6. 天合 (Tiānhé). Literalmente, “costura del cielo”. En este contexto, alude a un portal mítico entre mundos, como una grieta cosida por la energía espiritual que impide que el universo colapse.

7. 鳥居 (torii). Literalmente, “morada de las aves”. Es una puerta tradicional japonesa que marca la entrada a un santuario sintoísta, separando lo profano de lo sagrado.

8. 中忍 (chūnin). Literalmente, “ninja medio”. Es un rango intermedio dentro de la jerarquía ninja del mundo shinobi, entre genin (novato) y jōnin (élite).

Chapter 2

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Danzō Shimura era un hombre calculador.

Su precaución y su suspicacia eran las cualidades que le habían permitido sobrevivir hasta ese momento. El mundo artero de los shinobi le enseñó a no fiarse ni de su propia sombra; incluso los más leales seguidores pueden apuñalarte por la espalda cuando menos lo esperas. El trabajo que realizaba, por su carácter inmoral, era subrepticio, lo cual requería que sus acciones se ocultaran al ojo público. Para dicho fin, quienes sabían los detalles de sus operaciones eran acallados.

Ello era la causa de su sobresalto cuando un muchacho forastero se apersonó en su tienda hablando sobre el Sharingan.

Lo primero que pensó fue que se trataba de una encerrona. Tratar de confundirlo con invenciones mitológicas era un modus operandi insólito. No era un proceder común, y su paranoia lo llevó a creer que se trataba del primer paso de una revuelta abierta planeada por sus opositores, en vista de que su nombramiento provisorio como Sexto Hokage no fue particularmente celebrado. Su reputación, si bien engalanada por sus largos años de servicio a la aldea, estaba lejos de ser apreciada por la mayoría de sus miembros, particularmente por los jōnin deslenguados que le guardaban aprensión.

A despecho de su adhesión fanática a los ideales de shinobi y su firme creencia de que debían sacrificar absolutamente todo por su pueblo, él era hipócritamente temeroso de la muerte. Se indujo a creer que su miedo estaba respaldado por la noción de que su supervivencia era necesaria para el bienestar de la aldea, pues era el único que podía dirigirla correctamente con mano dura y resoluta. Pero aquel terror era inherentemente humano; al ver al niño convertirse en un viejo de porte venerable e inflexible mirada dorada que caló en los rincones más profundos de su alma, sintió miedo. Un miedo visceral.

Tenía la certeza de que no era una ilusión.

Cuando la estupefacción se disipó, la intriga se abrió paso. Prestó atención a la ilación de sucesos que el monje desarrollaba —sin dejar de sorprenderse por estar haciendo caso a la descabellada narrativa en primer lugar— y dedujo, prontamente, que en verdad ignoraban conceptos básicos del mundo ninja en tanto contaron haber sido atacados por shinobi de Takigakure, aldea cuyo nombre también desconocían. Solo lo adivinó porque describieron, aunque pobremente, los símbolos de sus protectores de frente.

Los chicos comenzaron a hablar, al mismo tiempo y con asombro pueril, de las técnicas que los vieron usar. Mencionaron que habían hecho "señas extrañas con las manos" —las cuales el niño del tatuaje de flecha imitó pésimamente— y emitieron sonidos onomatopéyicos mientras recreaban los jutsu que vieron.

Bien podrían haber estado fingiendo ineptitud, pero su infantilismo bordaba lo ridículo. Dudaba que un grupo así hubiera sido enviado para deshacerse de él. No estaban fingiendo: eran genuinamente estúpidos.

Luego de hacerlos callar con malas maneras, comenzó a sacar a relucir una historia tan antigua como el tiempo mismo, una que nunca pensó que tendría que relatar. La narración consistía en una antigua leyenda que formaba parte del folclor del mundo ninja.

Hace eones, cuando el ninjutsu desarrollado por un monje conocido como el Sabio de los Seis Caminos comenzó a esparcirse por el mundo, ocurrió un quiebre irremediable entre dos sociedades intrínsecamente distintas que anteriormente coexistían.

Los otros, los shinketsukai(1), eran dueños de un poder que no respondía a los principios de la doctrina shinobi. Fueron descritos por el Hokage como una suerte de secta hereje que no canalizaba chakra(2) ni sellaba símbolos. Decían que su don venía del Verbo Original, anterior al ninjutsu. Poseían habilidades, culturas y creencias que diferían grandemente de las de ellos. Los numerosos desacuerdos que tuvieron con los ancestros de los ninjas conminaron con sumergir al mundo en una terrible ruina, pero un individuo llamado Avatar —quien era considerado la transmigración de la deidad Bichūten(3), también referida en textos sagrados como Vishnu—, el único capaz de contener la vibración de los Cuatro Sellos del canto original, evitó el conflicto pactando un acuerdo: se decidió que ambos pueblos vivirían aislados el uno del otro, de manera que cada uno sortease sus propias disputas, sin intervenir en las ajenas.

Danzō puntualizó que se conservaban escritos antiguos que estipulaban información ambigua sobre los miembros del grupo. Sin embargo, eran arcaicos y de veracidad incomprobable. No mencionó las Cuatro Naciones en ningún momento; por tanto, Aang supuso que tampoco sabían sobre sus formas de organización y tipos de gobierno. Todo lo que un gentilicio sabía del otro eran presunciones basadas en cuentos.

Los conocimientos que compartían eran vagos, lo que era comprensible; un convenio así debió implicar una total pérdida de comunicación entre Maestros y ninjas, motivo por el cual las generaciones futuras olvidaron su mutua existencia. Por eso se pensaba que tanto el Avatar como los Maestros eran seres de un mito vetusto. Que nunca fueron reales. Al igual que muchos de los suyos consideraban a los shinobi poco menos que hechiceros novelescos.

—Así que esa es su versión de la historia… Quizás le resulte decepcionante saber que no soy la reencarnación de ningún dios —Aang rió, sobándose la nuca en un gesto cohibido. La figura del Avatar era venerada en su mundo, endiosada incluso, pero siempre considerado humano.

—Nunca lo puse en duda —dijo el Hokage secamente. Una pulla apenas disimulada.

—Tengo una pregunta —Sokka alzó la mano como ese alumno inquieto que interrumpe a mitad de clase porque no piensa dejar pasar una duda—. Me imagino que hay ninjas esparcidos por todos los rincones de esta dimensión. Asumo que se dividen por territorio, ¿no es así?

Danzō se reclinó en su asiento.

—En efecto —respondió, medido—. Estamos arraigados en distintos países, los cuales albergan Aldeas Ocultas.

—¿Cuál es el nombre de esta? —preguntó Katara.

Se tomó un tiempo para responder. Hasta ahora, no le habían hecho preguntas fuera de lo que se consideraba cultura general.

—Konohagakure no Sato, del País del Fuego.

—¿País del Fuego? —dijo Toph, con las cejas alzadas en sorpresa. Los demás intercambiaron miradas.

—¿Qué tiene? —preguntó Danzō, sin llegar a retorcer el rostro del todo con el rastro sutil de duda.

—No es nada, sólo que… —dijo Aang, sus labios cerrándose sobre sí mismos, procesando una revelación que no esperaba—. Una de nuestras naciones se llama exactamente igual(4).

—"Aldea Oculta entre las Hojas", vaya nombre. Lo sentí antes de que lo dijeran —resopló Toph, con esa mezcla exacta de burla y suficiencia que dominaba como arte—. "Oculta entre las Hojas", claro, y yo soy sorda. ¿Cuál era la otra opción? ¿"Aldea Obvia entre los Árboles"?

—Si están repartidos en territorios que se rigen bajo la misma forma de organización, eso quiere decir que hay equivalentes del Hokage en otras aldeas —continuó el guerrero de la Tribu Agua, ignorando a propósito los comentarios de sus compañeros para no perder el rumbo de la conversación—. ¿Hay alguna manera de que podamos notificar a los otros líderes sobre la amenaza de Vaatu? De esa manera, podríamos recopilar avisos de su avistamiento más rápido.

El Rokudaime(5) reflexionó. El peligro creciente de la organización Akatsuki(6) los tenía a todos en vilo, y suficientemente ocupados. Sin embargo, a causa de lo que había dicho el Avatar, no pudo evitar pensar que podía haber una conexión entre la aparición del Sharingan en sus pesadillas con la reciente incorporación de uno de los ninjas renegados de Konoha al grupo delictivo: Sasuke Uchiha. Si ese fuera el caso y los dos estuvieran involucrados de alguna manera, entonces la aldea podría estar en grave peligro.

Incluso entonces, basarse en interpretaciones oníricas no ofrecía sustento real, y rozaba lo absurdo.

—Tal vez —fue lo más cercano a una concesión que obtendrían de él—. Pero necesitarán un buen alegato si lo que quieren es pararse frente a los Kage y conseguir que les crean. Tu pequeña transformación, aunque me ha bastado por ahora, no sé si despertará más que escepticismo en los demás líderes. Sobra decir que no creo todo lo que me dicen. Solamente les estoy dando el beneficio de la duda.

Toph estuvo a punto de soltarle, con toda la rudeza que merecía, que la única razón por la que los escuchó fue porque el Avatar Roku tuvo que bajar, echarle una mini cátedra espiritual y dejarlo al borde de una fuga digna de pantalones de repuesto... Pero se tragó el comentario, en un ejercicio de autocontrol poco frecuente. No por falta de ganas, sino porque la diplomacia tenía sus reglas, y autosabotear la estrategia justo ahora sería regalarles un fracaso innecesario. No habían hecho todo ese viaje para irse con las manos vacías.

—Y si... —Comenzó la morena, que fue quedándose en silencio mientras armaba la idea. Cuando la tuvo, volvió a alzar la voz, con mayor seguridad esta vez—. ¿Y si trajéramos a los líderes de nuestro mundo? —la sugerencia atrajo miradas—. Quizás así podríamos convencerlos de que es real, y, por consiguiente, que Vaatu también lo es.

—No lo sé, Katara. Tal vez papá y Zuko estarían a bordo con la idea, pero no creo que al Rey Tierra Kuei le sepa bien venir a una tierra donde la gente es... —Miró a Danzō de reojo y susurró a su hermana: —tan encantadora como una reunión de generales sin postre.

—Creo que podría funcionar —apoyó Aang—. Si conseguimos que hablen con los "Kage", podrían hacer un mejor trabajo que nosotros explicando cómo se organiza nuestro mundo, ya que ellos lo gobiernan.

—Buen plan —se sonrió la Beifong—. ¿Qué te parece eso, anciano?

Danzō convenía en que podría llegar a buen término, y si su historia era cierta, presentar a sus regentes era una prueba mejor que los sueños. La Hoja podría beneficiarse de aliados poderosos, pero todo dependía de si podían demostrar su valía, además de su existencia.

Si era para ayudar a su propia causa y promover su agenda, estaría dispuesto a cooperar con los forasteros.

—Muy bien. Estoy de acuerdo con lo que proponen —por poco se arrepintió cuando vio las sonrisas, tontas y victoriosas, en sus rostros. Continuó, sin perder el ritmo—. Íbamos a organizar una reunión para discutir otros asuntos de importancia; problemas que aquejan a nuestro mundo. Será una buena oportunidad para introducir el tema. Enviaré una carta al anfitrión para avisarle sobre la llegada de sus líderes, y que asistirán para explicar la situación.

—¿Esos problemas tienen que ver con... la destrucción de su pueblo? —preguntó Aang con curiosidad mesurada, no queriendo entrometerse de más.

—No es de tu interés —le respondió escuetamente el Shimura—. Ahora, si me permiten, tengo cosas de las que ocuparme.

—Espere —dijo Katara, frenándolo en seco—. ¿Hay algún lugar en el que podamos alojarnos hasta entonces?

Danzō lo pensó brevemente. En otro tiempo, habría bastado con enviarles a uno de los alojamientos disponibles cerca del distrito central. Pero tras la destrucción reciente de la aldea, y en plena etapa temprana de reconstrucción, muchos de los servicios que antes funcionaban con normalidad —incluidos los hospedajes— seguían fuera de operación.

—Puedo ofrecerles una tienda de campaña. No más que eso.

—También tenemos un compañero de viaje, pero es un poco grande. Es un bisonte volador. Si hay algún espacio donde podamos ponerlo que... —Danzō le lanzó una mirada rápida, con las cejas apenas alzadas y los labios apretados: una expresión que no decía "no", pero tampoco dejaba dudas. Ya estaban pidiendo demasiado—. Claro. No pasa nada. Mejor... acamparemos afuera de la aldea.

—Ese tipo no me dio buena espina.

Caminaron la misma senda arborada por la que anduvieron para llegar a la carpa del Hokage a la par que se enganchaban en la plática. Cierto era que el susodicho cargaba un aire tétrico y extraño, pero Aang jamás fue del tipo de persona que juzgara a otros por la primera impresión.

—Y que lo digas... Hasta nos acusó de ser enviados por alguien —agregó Sokka, sumándose a la reprobación de la actitud del líder supremo de la aldea como si intercambiaran un chisme—. Parece que tiene enemigos... Eso, o es de los que piensan que todo el mundo quiere envenenarlo.

—Yo también reaccionaría de mala manera si un grupo de extraños viniera a decirme que vienen de "otro universo" —lo excusó Katara, dibujando las comillas en el aire. Su hermano mayor alzó los hombros. Para él, era obvio que había un motivo en especial por el cual estaba con el recelo a flor de piel, pero si tenía correlación con la aparente destrucción de Konoha o no, era mera especulación de parte suya.

—No saquemos conclusiones precipitadas —dijo Aang, con esa apertura que lo caracterizaba—. Contentémonos con que haya dado el visto bueno a nuestra idea.

—Que, por cierto, tenemos que discutir —cuando el ojiazul detuvo su andar, le siguieron los demás—. ¿Quién se encargará de ir por los demás para traerlos aquí? ¡Ay! —soltó un alarido al sentir que le propiciaban un fuerte manotazo en la espalda; cortesía de la ciega del equipo.

—Yo diría que el Capitán Búmeran es el más indicado para esa tarea.

—¿Qué? ¡¿Por qué yo!?

—Estoy de acuerdo —Katara buscaba molestarlo, pero al mismo tiempo, creía sinceramente que delegarle la labor era pertinente—. Siempre has sido bueno con las explicaciones, ¿no eres el "chico de los planes"?

—¡Traerlos fue idea tuya! Además, tener que explicar que no estamos solos en el universo no es tan fácil como explicar un plan para atacar una flota de aeronaves...

—Suerte con eso —le dijo la azabache, sin dejar la sorna.

—No te preocupes. —Aang le palmeó el hombro del lado que Toph no golpeó—. Puedes llevarte a Appa.

Sokka se quedó cabizbajo, con esa energía derrotada de quien acaba de perder tres batallas y un plato de su comida favorita.

—Está bien, pero no creo que…

—¡Sasuke Uchiha de Konoha atacó nuestra aldea!

Un grito enfurecido los distrajo. Se giraron para ver de dónde provenía, y a pocos metros de distancia, divisaron a cinco personas involucradas en un pleito. Eran dos contra tres. El par inculpador estaba de pie sobre el agua del cauce contiguo a la vereda.

—¡Ese ninja renegado Uchiha se llevó a nuestro maestro! ¡Ahora ni siquiera sabemos si está vivo o no, idiotas! —reclamó la chica de cabello rojo.

—Eso es mentira… ¡¿Por qué Sasuke-kun iba a hacer eso?! —dijo la pelirosa. Vaya que los ninjas tenían tonos poco naturales...

—¡Como si supiéramos cuáles son los motivos de Akatsuki! —replicó el de piel oscura.

Aang decidió dejar de ser un espectador pasivo tan pronto se dio cuenta de que la chica con el llamativo cabello rosado estaba herida y arrodillada en el suelo, siendo sostenida por un compañero. Se acercaron todos, para disgusto de Sokka, quien insistió en que no deberían entrometerse en cosas de los shinobi y fue completamente ignorado.

El chico rubio frunció el ceño ante las palabras del peliblanco.

—¿Dijiste... Akatsuki? ¿Cómo que Akatsuki?

—¡¿Estás de broma?! —volvió a vociferar la morena, como si con ello pudiera sacar toda la rabia de su organismo—. ¡Sasuke es miembro de Akatsuki!

—¡Es porque dejan a sus ninjas renegados vagar impunes por ahí que el Raikage nos ordenó venir a conseguir el permiso del Hokage para encargarnos del Uchiha! —el otro se sacó la piruleta de la boca para escupir con cizaña: —¡Nos vengaremos!

—¡Sí! ¡Acabaremos con él!

 


 

Naruto quedó enmudecido.

No daba crédito a lo que oía. Sasuke, antiguamente un querido miembro del Equipo 7, quien dejó todo atrás por cumplir su venganza, se había aliado con la organización que les causó un daño inconmensurable. La que perseguía y cazaba a los jinchūriki(7) como a animales, usándolos para sus fines. La noticia lo atravesó con una crudeza inesperada, y durante un largo rato no pudo pronunciar una sola palabra.

Sasuke, ¿qué diablos te pasó? No pudo evitar preguntarse. A medida que pasaba el tiempo, parecía alejarse cada vez más de quién era, de quien solía ser. Y él no sabía si podía enfrentar esa realidad, o si quería.

Karui blandió su espada, apuntándolos con ella.

—Cuéntennos todo lo que sepan sobre Sasuke. Pero no solo de sus estilos de lucha y ninjutsu, también necesitamos cualquier dato que conozcan sobre sus compañeros de Akatsuki.

—¡No puede ser, es mentira! ¡Sasuke-kun no se uniría a Akatsuki! —Sakura siguió defendiendo férreamente a su excompañero.

—¿Están seguros de lo que dicen? —preguntó Naruto, notando que la voz se le había tensado como cuerda por el nudo que no podía deshacer de su garganta.

—¡Sí! ¡Se verificó el kamon(8) Uchiha en su ropa y su descripción coincide con la que aparece en la lista de buscados! —replicó Omoi.

—No… no es posible… —La voz de la ninja médico se quebró. Rompió en llanto y se cubrió el rostro con ambas manos, tratando de ahogar sus sollozos. Sabía lo que implicaba la integración de Sasuke a Akatsuki. La sola idea de que estuviera involucrado con ellos la llenó de desesperación y tristeza. No había forma de que pudiera regresar a la aldea. Ya no sólo se le tildaría de traidor, sino de criminal.

—¡¿Por qué estás llorando?! ¡Somos nosotros los que deberíamos llorar! —protestó ásperamente la kunoichi de Kumo. Por un momento, pareció que ella también estallaría en lágrimas.

Naruto pudo sentir su corazón encogerse al escuchar la angustia de su compañera de equipo. Quiso ponerle una mano en el hombro, hacerle saber que estaba ahí, con ella, pero sabía que cualquier muestra de consuelo sería inútil. De poco serviría para apaciguar su pena.

—...¡Pero lamentarse no traerá de vuelta a Killer B-sama o a Yugito-sama! —continuó, deteniéndose abruptamente al advertir la llegada de más personas. Los presentes dirigieron sus visiones hacia la izquierda, dirección en la que venían los recién llegados.

—Disculpen. —Naruto lo observó. Era un chico de edad aproximada a la suya, calvo y con una flecha azul pintada en la cabeza que cruzaba su cuerpo y se conectaba con las del dorso de sus manos. Llevaba una túnica de color naranja y amarillo azafrán sobre el hombro que dejaba el otro descubierto, sujeta por una faja carmesí en la cintura. Su vestimenta era del todo atípica, así como lo eran las de sus acompañantes—. ¿Está todo bien?

La desilusión de Naruto fue reemplazada momentáneamente por desconcierto.

—¿Ustedes quiénes son?

—Simples viajeros —la chica morena a su costado se acercó a Sakura, quien, con los ojos nublados y la mente en blanco, había apartado apenas las manos de su rostro para mirar a los desconocidos. Katara se arrodilló a su lado con una expresión amable.

—¿Estás bien? —En un vistazo detenido, recorrió los rasguños en su piel. Los brillantes ojos verdes de la kunoichi de Konoha estaban colmados de lágrimas y de confusión.

—¿Viajeros? —cuestionó Sai, entrecerrando los ojos sin ocultar la escama.

—¡Tch! ¡No interfieran, tenemos asuntos que discutir con ellos! —les dijo Karui, con un tono que era más advertencia que exigencia—. ¡Vamos, hablen! ¡Dígannos todo sobre Sasuke!

—No sé qué es lo que está pasando, pero no puedo quedarme parado sin hacer nada viendo cómo los atacan —respondió Aang, sin vacilar. A Naruto lo tomó desprevenido su defensa desinteresada y, sin embargo, se halló agradecido por ella, incluso aunque no conocía al chico y tenía un aspecto gracioso.

—¡Sal de mi camino o te quitaré de enfrente a la fuerza! —Karui los señaló con su arma. Los cuatro desconocidos adoptaron posiciones de combate: una prueba de que no eran meros civiles.

Antes de que las cosas pudieran escalar, el Anbu(9) intercedió rápidamente.

—Esperen —les dijo a los de Kumo—. Ahora que se ha dado la orden de matar a Sasuke, la aldea seguramente les otorgará voluntariamente la información que requieran. No hay necesidad de presionar a estos dos.

—¡Lo sabemos! ¡Nuestra capitana está siendo informada, pero pensamos en salir a buscar información nosotros mismos! —arguyó Karui.

—¡No nos vamos a quedar sentados esperando sin saber dónde está nuestro maestro o qué le ocurrió! —gritó Omoi—. ¡Ustedes no entienden cómo nos sentimos!

Naruto cerró los ojos. El recuerdo de Jiraiya lo invadió. El juramento de venganza que él mismo hizo una vez por la muerte del hombre que apodaba Ero-sennin resonó en su mente. Sabía perfectamente cómo se sentían. La impotencia, la ira, la desesperanza... fueron emociones que llegaron a hacerlo perder de vista lo que de verdad importaba.

Alzó una mano para indicarles a los viajantes que se quedaran ahí. Comprendieron el gesto y acataron. La de verde tenía unas ansias de pelea más intensas que el resto y bajó los puños a regañadientes.

—¿Su maestro es un jinchūriki? —preguntó Naruto. Los agresores se sorprendieron ante su deducción.

—¿Cómo sabes eso? —dijo Omoi.

—Yo también lo soy —replicó el Uzumaki—. Akatsuki está tras nosotros. Esta también es mi lucha. Quieren a los jinchūriki vivos, así que es posible que su maestro no esté muerto —sus caras se iluminaron con el auspicio—. Deberían intentar rescatar a su maestro antes de ir tras Sasuke.

Naruto esperaba que, con ello, pudieran ganar tiempo para interceder a su favor y evitar que se le fueran todos encima.

—¿Estás seguro? ¿Completamente seguro? —decía el peliblanco, todavía sin poder creerlo, descomponiéndose con el azote del alivio.

—¿No te lo dije? ¡Nuestro maestro no moriría tan fácilmente! —celebró la de hebras encarnadas.

El de Konoha asintió, sus ojos titilando con algo distinto a la inquietud de la que fue presa: era resolución.

—Les ayudaré a encontrarlo y les diré lo que sé de Akatsuki.

—Entendiste rápido, rubiecito —dijo Karui, con una sonrisa ladina que no auguraba nada bueno—. Pues ven con nosotros, y háblanos de Sasuke también.

—Naruto… —murmuró Sakura. Katara la rodeó por los hombros y la ayudó a ponerse de pie.

—Yo me encargaré, Sakura-chan —le aseguró su amigo, queriendo tranquilizarla.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó la pelirroja, con una soberbia en la mirada de soslayo que apenas dignificaba al otro grupo. Todavía había tensión en el ambiente; los viajeros no bajaron la guardia, demostrando desconfianza abierta hacia el dúo de La Nube a pesar de no estar al tanto de qué los motivó a acometer a los de Konoha.

El rubio exhaló. Profundo.

—Naruto Uzumaki.

A pesar de que la destrucción de la aldea la hubiera reducido a un cráter yermo, sus shinobi trabajaban arduamente para restaurarla. Los constructores bregaban con ahínco y los locales mantenían un ánimo optimista: decían que no tomaría mucho tiempo para restablecer la gloria de su amado hogar. Los cuchicheos incluían alabanzas al "héroe de Konohagakure", quien pronto descubrirían que se trataba de Naruto.

Sokka, Katara y Toph se quedaron junto a Sakura. Tras las presentaciones correspondientes, los invitó a acompañarla a dar una caminata para conversar con más calma. Mientras pasaban por la calle principal, el guerrero de la Tribu Agua vio con incredulidad cómo aparecieron tres casas enteramente reconstruidas en donde solía haber un puñado de escombros. Dos posibilidades: o contrataron constructores excepcionalmente rápidos, o hicieron que las casas aparecieran de la nada. No le sorprendería que tuvieran una técnica que les permitiera hacer lo último.

—¿Estás segura de que no necesitas que te curen? —le preguntó la Maestra Agua, algo preocupada. Sakura negó con la cabeza.

—No es nada, son solo raspones. Además, soy ninja médico. Puedo sanarme en un tris tras.

—Hm... Ninja médico... —Toph repitió, ladeando la cabeza, pensando que esa sería la versión de ese mundo de los curanderos.

—Así es —sonrió ligeramente la pelirosa, sin tener del todo la fuerza para hacerlo bien—. ¿Y de dónde vienen?

—Dejémoslo en que venimos de una tierra muy, muy lejana —dijo Sokka. No podían estar explicándoselo a todo aquel con el que se cruzaran.

La kunoichi, extrañada, arqueó una ceja, pero no indagó más. Decidió centrarse en las razones.

—¿Qué vinieron a hacer a la aldea?

—Fuimos a hablar con el Hokage —contestó Katara. La otra, ceñuda, desvió la mirada, como si su mención le fuera plato de mal gusto. Todavía estaba enfadada con Danzō por haber revocado la orden de la Quinta Hokage de no perseguir a Sasuke.

—Entonces, ¿estaban peleando por ese tal... Sasuke? —La indiscreción de la de ojos perlados indignó a su amiga.

—¡Toph! ¡No seas metiche!

—No, está bien. —Algo en su semblante develó una tristeza profunda, como si el nombre, por sí solo, bastara para cambiarle el humor entero—. Puedo contarles lo que sucedió. Al fin y al cabo, ustedes nos defendieron —inhaló profundamente, necesitando un momento de recolección para tocar el tema—. Sasuke es… solía ser un shinobi de Konoha y un querido amigo mío y de Naruto. Sucedieron algunas cosas, y terminó yéndose de la aldea hace unos años para cumplir cierto cometido. Pensábamos que regresaría cuando acabara, pero ahora...

—…Es un criminal buscado —completó Sokka, con algo de empatía por la muchacha. Frunció apenas el ceño y entrecerró los ojos, como si quisiera amortiguar sus propias palabras antes de que golpearan del todo. No dijo más, dejando que el silencio hiciera espacio para Sakura, que apretó los labios, reteniendo un nuevo desborde.

—No comprendo cómo fue que terminó así —acabó por decir, la voz hecha un hilillo.

Katara apoyó una mano firme en su espalda, pero fue el leve roce de sus dedos, apenas temblorosos, lo que reveló su propia pena por la situación que atravesaban.

—Lo lamento mucho —dijo por lo bajo, poniendo a las palabras todo el peso de su sinceridad—. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudar?

—No... Este es un asunto con el que nosotros debemos lidiar —se secó las lágrimas con el pulgar—. Pero agradezco su ayuda. Fueron muy nobles al intervenir.

—No te estreses, florcita. Si hay bravucones, hay traseros que patear, y justo para eso nos levantamos cada mañana —soltó Toph, con la convicción casual de una experta en resolver problemas a puño limpio. Detrás de la arrogancia bien dosificada, había un consuelo tácito con compasión disfrazada que Sakura supo ver.

—Ese chico, Naruto... —Sokka se frenó para mirar hacia atrás, al camino por el que vinieron, solo para verificar si el nombrado venía de vuelta—. ¿Realmente les dará información sobre su amigo?

—Él jamás traicionaría a Sasuke —afirmó Sakura con un fervor que no dejaba lugar a dudas—. Me pidió que lo dejara en sus manos. Confío en él. Nunca nos ha fallado. Ni a mí, ni a la aldea.

—Ah, con razón el título de "héroe de Konoha" —dijo Toph, acordándose de cómo algunos aldeanos mencionaban el nombre con reverencia y otros, con incredulidad.

—Sí... Se ha ganado su fama desde que nos salvó del ataque de uno de los miembros de Akatsuki —dijo Sakura, y por un momento, la aflicción pareció disiparse, desplazada por el brillo silencioso del orgullo hacia su amigo.

—Por cierto, chicos —Katara interrumpió de pronto, como si acabara de notar un detalle que pasó por alto—. ¿A dónde fue Aang?

—Algo sobre "cosas sin cerrar" con el Hokage, o lo que sea —dijo Sokka, encogiéndose de hombros con la expresión relajada de quien conoce bien al Avatar y sabe que no hace nada que no crea necesario.

 


 

La sangre brotaba de su nariz a borbotones.

Aguantó los puñetazos valerosamente, cada uno haciendo arder sus pómulos, ya entumecidos, como si le pusieran brasas contra la piel.

"Golpéame hasta que estés satisfecha", le dijo a la encolerizada kunoichi de Kumo, negándose a confesar cualquier dato que pudiera comprometer a su pasado rival. Dejó que el odio fuera descargado sobre él para protegerlo, y para aminorar el dolor de los impactos, rememoró los momentos que pasó junto a Sasuke en su niñez.

Tenía grabada en la memoria aquella sonrisa altanera, tan nítida que por momentos le parecía verla frente a él, flotando sobre los recuerdos como una imagen suspendida en humo. Sabía que era una máscara: un gesto de soberbia que encubría el dolor punzante de una infancia rota, el germen ardiente de su sed de venganza. Lo que en otro tiempo juzgó como arrogancia insoportable, ahora lo comprendía como el modo torpe —y profundamente humano— en que había intentado ocultar el afecto que sentía por sus camaradas. Aquel afecto que, lejos de diluirse, se volvió más firme tras cada herida compartida. Durante los viajes en misiones, en discusiones y peleas.

Las palabras de Sasuke reverberaron dentro de él, como si las estuviera escuchando por primera vez.

—Ya lo perdí todo una vez... No quiero volver a ver morir a la gente que quiero.

Y en ese instante, lo supo. Aquellas palabras no fueron una confesión cualquiera: eran la prueba de que Sasuke aún sentía. Pese al odio, pese a la pérdida, los lazos que lo unían a su equipo... le importaban. Naruto entendió que no era resentimiento lo que los separaba, sino miedo. Miedo de volver a perder. Miedo de querer demasiado. Miedo de no ser lo suficientemente fuerte para poder proteger lo que amaba, y que, por ello, le fuera arrebatado de nuevo.

La memoria constreñía su pecho tanto que no lo dejaba respirar. Lo hacía cuestionarse: ¿cómo pudiste haber cambiado tanto, tú, que dijiste esas palabras tan sinceras? Se estaba distanciando de ellos sin remedio, perdiéndose en la bruma hasta que su silueta se volviese indistinguible.

Naruto se aferró al otro Sasuke, con quien intercambió puños e insultos infantiles, pero también sueños y soledad.

Eso le bastaba para resistir mil tundas.

—¡Detente!

Era el chico de la flecha en la cabeza. Descendió de un terreno en altura, corriendo hacia ellos con la intención de poner fin a la brutal paliza que Karui le estaba dando.

—¡¿Tú otra vez?! ¡Basta de aparecer como si fueras el salvador! —le gritó, medio agachada sobre él, el aliento agitado y la furia saliendo por cada poro. Naruto apenas logró parpadear desde el suelo, no reconociendo del todo la voz, ya que todavía le era nueva—. ¡Él lo quiso así, maldita sea! ¡Fue SU decisión!

—¡Estás siendo cruel! —bramó Aang, con una furia que no le era usual. No fue súplica ni consejo, sino indignación desnuda. La violencia frente a él parecía haber quebrado, por un momento, la paz que siempre lo definía.

—¿Cruel? ¿Yo estoy siendo cruel? —Le salió un gruñido disfrazado de risa, áspero, como si cada palabra le raspara la garganta. Temblaba, no de duda, sino de furia pura—. ¡Su amiguete secuestró a nuestro maestro y él sigue protegiéndolo!

—¡Eso no justifica que lo golpees!

—¡Lo seguiré haciendo hasta que se digne a hablar!

Alzó su puño para reanudar el aporreo ininterrumpido que le tenía los nudillos enrojecidos. Aang apareció junto a ella como si el viento lo hubiera depositado allí y la agarró por la muñeca. Con la diestra libre, Karui trató de atizarle, pero otra persona atajó su mano cerrada antes de que colisionara contra su rostro. Viéndose superada, se apartó de un salto y encaró a los interventores desde un punto alejado, cerca de Omoi, quien llevaba un buen rato observando.

—Bah, otro más que se une a la fiesta...

—Naruto —Sai, el segundo en llegar, se acuclilló próximo a su compañero—. No tienes que seguir haciendo esto por alguien como Sasuke.

Naruto intentó levantarse, lento, con el cuerpo protestando desde cada músculo. El monje se apresuró a ayudarlo, pero en cuanto le tendió la mano, el rubio lo apartó con un empujón breve y decidido.

—C-cállense, no… se metan. Esta… es mi elección —masculló a duras penas.

—Sasuke no ha hecho más que lastimarte —dijo, con la lentitud enfática que se le reserva a los cabezaduras bien intencionados.

—¡Si siguen entrometiéndose, les daré una probadita de lo que le di a él! —amenazó Karui, a lo lejos.

—Ya es suficiente, Karui —la paró su compañero, sujetándole el hombro con la fuerza justa que sabía necesaria para impedir que se moviera—. Esto no nos llevará a ningún lado. Además, prometió ayudarnos a rescatar a Killer B-sama.

—¿Qué dices? ¡¿De verdad crees que lo cumplirá?! ¡Tú no eres de esos que confía ciegamente en las promesas!

En medio de la discusión, Naruto retrocedió para apoyarse contra una cerca que estaba detrás, demasiado afectado por los golpes como para poder pararse por su cuenta. Debilitado, se deslizó hasta abajo por el vallado.

—¡Naruto! —Sai lo atrapó antes de que cayera.

Aang lo sostuvo desde el otro lado, afirmándolo del brazo. Observó las heridas con gesto grave, pareciendo detener la respiración ante la imagen del derrame de sangre que goteaba sin tregua de su nariz y boca. Un fino hilo rojo resbalaba desde su ceja, manchando el costado de su cara. Su ojo derecho estaba hinchado y apenas podía mantener el otro abierto.

—Se niega a entregar a su amigo, sin importar lo que esté en juego. Puede que esté del lado contrario, pero hay algo en él que respeto. No retrocede, no vacila. Un chico que no retira su palabra… Da igual cuánto lo azotes, no traicionará a Sasuke —dijo Omoi, con un tono de reconocimiento sincero.

En ese momento, alguien más se sumó a la escena: una segunda kunoichi de Kumogakure. Alta, de piel clara y cabello rubio liso hasta los hombros. En su rostro, la expresión distante de una emisaria solemne.

—¡Capitana Samui! —la identificó el peliblanco.

—Omoi, Karui, ¿cómo van? ¿Han conseguido algo? —frenó al ver al convaleciente Uzumaki echado contra el muro. Frunció un poco el ceño, girándose hacia sus compañeros—. No estarán causando problemas, ¿no?

La furia reciente de Karui pareció escurrírsele entre los dedos, y en su lugar quedó una inquietud torpe, como si se hubiera dado cuenta muy tarde de que se dejó llevar demasiado.

—¡Qué más da! Hemos descubierto que Killer B-sama puede estar vivo, ¡vamos a rescatarlo! Primero, debemos encontrar la guarida de los Akatsuki y... —dijo Omoi, interrumpido por Samui con precisión filosa.

—¿Y luego qué? ¿Qué crees que podemos hacer los tres contra enemigos que fueron capaces de capturar a nuestro maestro? —la mujer tronchó su ideación de golpe, con realismo brutal—. Sin mencionar que no sabemos cuántas guaridas tiene Akatsuki, ¿por dónde comenzaríamos? Lo primero es obtener más información y analizarla debidamente. No queremos que se repita lo que sucedió con Yugito. Le llevaremos todo lo que reunamos a Raikage-sama. Hay mucho que poner en orden.

—Llévenme... con ustedes... —pidió Naruto entre dientes, sin detenerse en el pensamiento fugaz de que, a lo mejor, Karui le había volado uno—. Q-quiero ayudarles a salvar a su jinchūriki.

—Naruto... —Sai, sin saber cómo, quiso hacerlo desistir a toda costa. No estaba en condiciones de ir a ninguna parte. Y si habían sido capaces de reducirlo a ese estado por un arranque de violencia, no había forma de estar seguros de que estaría a salvo en sus manos.

—Yo… tengo… tengo que hablar con el Raikage... —Porfió el rubio.

—¿Con el Raikage? ¡No me jodas, bastardo! —exclamó Karui, dando un paso al frente.

—Karui —la llamó su capitana para detenerla de continuar la golpiza que, suponía, provocó ella, a juzgar por cómo tenía los nudillos. Se giró hacia Naruto—. No sabemos nada de ti, y con Raikage-sama bajo guardia mínima, no puedo llevarte con él —luego, volteó hacia sus compañeros—. Karui, Omoi, vámonos. Tenemos permiso para inspeccionar los datos de Sasuke y Akatsuki. Necesitaré su ayuda para transferir las notas.

Dicho esto, los tres se retiraron. Karui les dirigió una última mirada cargada de desdén, sin molestarse en disimular el fastidio. A su lado, Omoi los miró con algo más de humanidad: un leve asentimiento que no alcanzaba a ser una disculpa, más bien un "no fue personal".

—Necesitas atención médica —urgió Aang. Naruto se quedó mirándolo por unos instantes. Estaba atontado de tanto que lo zurraron, y no atinaba si a expresar su gratitud o su incomodidad porque se hubiese interpuesto.

El pensamiento de Sasuke resurgió y lo sacó de su azoramiento. Tenía que comunicar lo sucedido a su maestro.

—Sai, llévame con Kakashi-sensei y el Capitán Yamato —pidió al castaño. Su compañero, aunque contrariado, asintió, asiéndolo por el torso para estabilizarlo—. Oye, tú, pelón... Ven con nosotros.

—Deberías dejar que Sakura revise tus heridas.

El usuario de técnicas de tinta estaba terminando de colocar un apósito en el antebrazo del malherido. Estaban en una de las tiendas provisorias de la aldea. No la que funcionaba como recinto médico temporal, sino la que ocupaba Kakashi. Naruto prefirió evitar las miradas indiscretas —no solo por pudor, sino por el temor de que alguien lo reconociera y se espantara por encontrarlo golpeado, vulnerable, con la cara medio desfigurada. Desde el ataque de Pain, muchos aldeanos lo miraban con admiración, y no quería que al verlo así —ensangrentado, maltrecho— se desatara una conmoción.

—Si me ve así, armará un escándalo —dijo Naruto, envuelto en vendas por todas partes. Aun así, logró dibujar una pequeña sonrisa para aminorarles la preocupación—. Sai... Gracias. Por lo de antes.

El mencionado lo observó unos segundos en silencio, como si calibrara la calidez inesperada que escondía esa voz carrasposa. Luego sonrió, sincero, aunque breve.

—No hay problema.

—Y tú, err… —Naruto lo miró con el ceño fruncido, como rebuscando entre los cajones desordenados de su memoria. Movió ligeramente la cabeza hacia un lado, como si tuviera el nombre en la punta de la lengua… pero no. Al final se rindió—. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

—No te dije mi nombre —respondió el monje, algo divertido, pese a que la preocupación le seguía enturbiando el gesto—. Soy Aang.

—Aang, ¿eh? —Naruto se acomodó en el borde de la cama improvisada, dejando a Sai trabajar—. No pensaba que volverías a aparecer, pero gracias de todos modos.

—No es nada. No iba a quedarme de brazos cruzados viendo lo que te hacían —qué bueno que decidió regresar, pensó el Maestro Aire. Le había dicho a Sokka que quería aclararle algunas cosas al Hokage, pero fue mentira blanca: en realidad quería buscar a Naruto para ver si estaba bien. Se dio cuenta de que esos dos habían atacado a Sakura y tuvo el presentimiento de que intentarían lo mismo con él, para sacarle información sobre Sasuke.

—Así que, ¿eres un viajero? —le preguntó Yamato. Desde que había entrado en la tienda, el ninja lo había estado observando con esa mirada suya, penetrante y meticulosa, como si estuviera sacando conclusiones internas sin decir palabra. Era una forma de escrutar silenciosa, muy parecida a la que los aldeanos les habían dirigido durante la escolta hacia el Hokage.

Aang entendió que su apariencia podía resultar excéntrica para ellos; quizás por eso sus gestos despertaban reservas. O tal vez, como había sugerido Sokka con cierta perspicacia, la reciente catástrofe de Konoha los mantenía más alerta de lo habitual.

—Sí, lo soy —no era mentira, solo verdad a medias. Sería problemático explicar quién era realmente a cada persona con la que se cruzara, y no quería tener que volver recurrir —aunque la primera vez no fue intencional— a la ayuda de su vida pasada para convencerlos.

—Imagino que no esperabas encontrar el pueblo en estas condiciones. Una pena que tu viaje haya sido en vano —dijo el hombre cuyo protector de frente cubría su ojo izquierdo, y quien, según las interacciones que vio desde que ingresaron a la tienda, Aang infirió que era el que se llamaba Kakashi—. Como seguramente viste, nuestros shinobi están trabajando arduamente para reconstruirla.

Procedió a darle una palmada en el brazo al otro jōnin: una jugarreta para molestarlo.

—Ajá... Especialmente yo —suspiró el de pelo almendrado, captando la broma mejor de lo que hubiera querido—. Probablemente tendré que volver al trabajo pronto.

—Si no le molesta que pregunte… —comenzó Aang, con la timidez discreta que le nacía cuando dudaba si estaba cruzando una línea—. ¿Qué fue exactamente lo que ocurrió? ¿Fueron atacados?

—Ya es noticia conocida —dijo Kakashi, casi como si hubiera notado el respeto tras su cautela—. Pero sí, lo fuimos. Afortunadamente, fuimos salvados por nuestro alabado "héroe de Konoha", el chico al que ves aquí que dejaron hecho polvo —hizo un ademán vago con la mano hacia Naruto, quien, en respuesta, rio con vergüenza, rascándose el cuello como si la modestia le diera comezón.

—¿De veras? —sonrió Aang, con esa expresión cálida que no solo celebraba la hazaña, sino que enseñaba el aprecio silencioso de quien entiende lo que significa ponerse en riesgo por otros.

Sai apretó uno de los vendajes con más fuerza de la pretendida, lo que provocó que se quejara. Al punto, se disculpó y continuó con su tarea, aplicando delicadeza medida.

—Es mejor si te tomas tu tiempo para recuperarte —sugirió su sensei.

—Nada de eso, ¡iré a ver al Raikage!

—¡¿Qué estás diciendo?! —Yamato se alteró con ese coraje que solo Naruto podía hacer aflorar en él con su imprudencia—. ¡La cumbre de los cinco Kage está a la vuelta de la esquina! ¡Se ha acordado que cada Aldea Oculta existente aplique restricciones en la realización de misiones y salidas!

—¿Y qué harás cuando lo veas? —preguntó Kakashi, develando un interés que sugería que no se oponía a su plan con la misma inflexibilidad que su excompañero Anbu.

—¡Voy a convencerlo de que perdone a Sasuke!

Su arrojo era admirable… si uno lograba ignorar que le colgaba una gasa del cuello y que apenas podía abrir un ojo. Con el rostro vendado, la garganta rasposa y el cuerpo resistiéndose a cada movimiento, Naruto parecía más un sobreviviente que un mensajero de reconciliación. Y aun así, ahí estaba: terco, ardiente, convencido de que la voluntad podía más que las heridas.

—¡Ya no tienes el collar del Primer Hokage! —le recordó Yamato, con la frustración propia de alguien que tiene que señalarle una obviedad a otro cuando la tiene en frente—. ¡Como Jinchūriki, no puedes salir de los límites de la aldea! En la última batalla liberaste la octava cola. Que el sello funcionara y retuviera al Kyūbi(10) fue pura suerte, ¡¿quién sabe qué pasará la próxima vez?!

Estaba tan enfocado en tratar de hacerlo abandonar su esfuerzo que obvió la presencia del extranjero, que no tenía ni idea de qué estaban hablando. Aang, quien escuchaba atentamente, frunció el ceño ante la mención del Kyūbi.

¿De dónde le sonaba ese nombre?

—¡Y yo tengo que ayudar en la reconstrucción de la aldea, no puedo estar contigo cada minuto! —Como usuario del legendario Mokuton(11), la asistencia de Yamato era indispensable para inmovilizar a la bestia, pero también para facilitar el proceso de reedificación generando columnas, muros y soportes de madera con una eficacia que ningún equipo humano igualaría.

—Conocí al Cuarto Hokage.

La revelación de Naruto hizo que los ojos de los tres shinobi se ensancharan con tensión súbita. Aang, en cambio, permaneció en silencio. No entendía el impacto del nombre, pero percibía que tenía peso, si se guiaba por las reacciones.

—Él fue quien hizo retroceder al Kyūbi—añadió el Uzumaki, poco después.

—¿Qué…? ¿Qué quiere decir? —dijo Yamato, preguntándose si acaso sería producto de su imaginación—. El Cuarto Hokage está…

Kakashi ofreció una posible explicación.

—No se conocen plenamente los misterios del Shiki Fūjin. Quizá dejó algo de su energía dentro de Naruto antes de morir y fue por eso que pudo comunicarse con él.

—Me dijo que el tipo de Akatsuki, el de la máscara, es quien estuvo tras el ataque del Kyūbi hace dieciséis años, y era tan fuerte que ni él pudo hacer nada para pararlo.

La expresión de los shinobi adultos se ensombreció de golpe, como si la memoria del desastre les hubiera regresado de baldazo. Aang pensó en excusarse. Ya antes había sentido que sus palabras eran demasiado íntimas para oírlas desde afuera, pero ahora —con esa revelación que parecía sacudir algo profundo en todos— el impulso de retirarse se volvió más fuerte. Tenía la impresión de estar ocupando un lugar que no le correspondía.

Sin embargo, nadie lo detuvo ni lo miró con desagrado. Era posible que lo que decían no fuera secreto. También podía ser —y esa idea no le agradaba del todo— que simplemente asumieran que no entendería nada. Que el contenido le rebotaría sin dejar huella.

Naruto continuó, sin titubear un solo segundo.

—¡Me dijo que él está detrás de todo, que incluso utilizó a Pain! Si Sasuke se unió a Akatsuki debe ser porque lo está manipulando también.

—Es tal y como Jiraiya-sama temía. Él era quien estaba moviendo los hilos... —dijo el Hatake, recordando sus palabras con el arrepentimiento que surge de reconocer un vaticinio al que no se le prestó la debida atención—. Posee el Sharingan y le guarda resentimiento a Konoha. El único Uchiha renegado con el poder de invocar al Kyūbi... No puede ser otro que Madara.

—¿Madara? —murmuró Naruto, sintiendo cómo despertaba un recuerdo lejano, nebuloso. Algo que el zorro dijo una vez sobre Sasuke.

—Esos ojos y ese chakra más siniestro que el mío... es igual al de Madara Uchiha en esos tiempos.

—¿Dijo usted "Sharingan"?

Fue en ese momento que recordaron que el joven aún estaba dentro de la tienda. Al escuchar el nombre de la técnica que lo había perseguido en sueños, Aang no pudo evitar intervenir. Lo hizo con cuidado, pero no lo suficiente para no interrumpir el flujo del diálogo.

Yamato y Kakashi lo miraron al instante: el primero, con esa expresión de "yo y mi bocota", lamentando haber hablado demasiado sin verificar la audiencia; el segundo, con la parsimonia habitual, alzando ligeramente la ceja y ladeando la cabeza, como si dijera "ups… nos fuimos de largo". El mensaje era claro para Aang: si quería enterarse de todo, mejor sería mantenerse en silencio la próxima vez.

—Ah, parece que hablamos de más... —Kakashi sonrió debajo de su máscara facial; se notaba por el leve entrecerrar de sus ojos—. Aang era tu nombre, ¿verdad? Te agradezco por ayudar a mi estudiante, pero puedes dejarlo en nuestras manos ahora.

Era un aviso de que era hora de marcharse. Sin embargo, lo que acababa de escuchar podía ser de suma importancia para su búsqueda. Quería quedarse. Lo necesitaba. No por curiosidad vacía, sino porque intuía que aquello conectaba con lo que debía comprender para encontrar a Vaatu. Abrió la boca, tanteando palabras que pudieran justificar su permanencia sin parecer invasivo, pero nada salió.

Naruto lo interrumpió antes de que pudiera decidirse, como si le hubiera leído la mente.

—Dejen que se quede. Es de confianza.

—No tengo nada en su contra, pero es un civil. Y ni siquiera es de la aldea. No pinta nada en esta conversación —replicó Yamato, con ese cansancio que le salía cada vez que debía explicarle a Naruto cosas que sentía haber dicho ya mil veces—. Además, ¿no lo acabas de conocer?

—Sí, pero parece de fiar. Nos ayudó con los de Kumo, a mí y a Sakura-chan.

—Eso por sí solo no significa que puedas confiar en él.

Aang se irguió con leve incomodidad, como si no supiera si tenía derecho a intervenir. Pero lo hizo igual, con una voz tranquila y firme que contrastaba con su postura contenida.

—No tengo malas intenciones. El Hokage puede dar buena fe de eso. Acabo de hablar con él.

Las palabras quedaron flotando un instante. Kakashi alzó una ceja, como si la curiosidad le hubiera rozado el rostro sin moverlo del todo. Yamato lo miró con más suspicacia, cuestionándose qué podía haber querido Danzō de un extranjero. Sai, por su parte, bajó ligeramente la mirada, como si procesara el dato por vías paralelas. Ninguno comentó nada, al menos, no de inmediato, pero los tres conocían al actual Hokage demasiado bien como para no preocuparse de qué había detrás de ese encuentro —y qué podía significar que Aang lo usara como garante de su buena voluntad.

—¿Vinieron a hablar con el Hokage? —Sai fue el primero en preguntar. Las menciones de Danzō siempre despertaban su interés; después de todo, era su líder en Raíz, y sus controvertibles procederes como Hokage no hacían otra cosa que alarmarlo, lo que era decir mucho para alguien tan carente de emociones como él.

—Entre otras cosas —dijo Aang, rascándose la nuca con la incomodidad de sentir todas las miradas sobre él—. Es una larga historia.

—¿Entonces te enviaron de otra aldea? —presionó Yamato. Lo sucedido entre los de la Nube Oculta y Naruto lo tenía hecho un manojo de nervios. No le agradaba la idea de que vinieran en tropel buscando información sobre Sasuke a través de métodos menos que protocolarios. Se imaginó, sin saber que se equivocaba, que el interés del muchacho por el Sharingan se debía a que también quería saber sobre el ninja renegado.

—¡Oye, oye, dejen el interrogatorio para más tarde! ¿Quién es ese tal Madara? —irrumpió Naruto, agitando una mano como si con ello pudiera volver a centrarlos.

—El exlíder del clan Uchiha que fue derrotado por el Primer Hokage en batalla y nunca más visto desde entonces —respondió el Hatake sin pestañear. No apartó la vista de Aang hasta pasados unos minutos—. Debemos decírselo a los altos mandos. Sai, ¿puedes reportárselo al Hokage por nosotros?

—Lo haré —asintió el muchacho. Kakashi le devolvió el gesto, girando la cabeza hacia su alumno esta vez.

—Naruto, ¿qué más te dijo el Cuarto?

—¿Mm?

—Normalmente, los padres tienen cosas que contarles a sus hijos.

Naruto sonrió radiantemente a través del entumecimiento de sus heridas punzantes, resplandeciente como la luz del sol. Aang lo miró, sorprendido por esa alegría repentina que parecía brotarle del pecho como si no hubiese rastro de dolor. Era tan genuina, tan cálida, que el monje sintió cómo algo parecido le florecía en la cara. Curvó las comisuras de sus labios, imitando el gesto sin siquiera pensarlo. Y solo segundos después, cuando el brillo del momento empezó a calmarse, reparó en lo que Kakashi había dicho. La revelación lo golpeó con retardo. Con que Naruto era el hijo del Cuarto Hokage...

—¡Dijo que creía en mí!

Kakashi levantó su pulgar en señal de aprobación. Por un momento, su gesto despreocupado pareció ablandarse, como si las palabras le hubieran removido una fibra delicada. Un recuerdo de su antiguo maestro, que heredó su misma sonrisa a su hijo.

—¡Genial! Puedes ir a ver al Raikage. Yamato y yo te acompañaremos.

¡¿QUÉEEE?! —profirió Yamato, pegando un salto casi teatral, con los ojos desorbitados, tratando de entender cómo el discurso de Naruto acababa de ficharlo para una excursión diplomática que, claramente, no había planeado.

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. 神訣使い (Shinketsukai). Literalmente, "Usuarios del Verbo Divino" o "Portadores del Mandato Sagrado". Compuesto por los caracteres 神 (shin, "divinidad"), 訣 (ketsu, "palabra secreta" o "conjuro revelado") y 使い (tsukai, "usuario" o "emisario"). Término empleado en antiguos archivos shinobi para referirse de forma críptica y peyorativa a los Maestros de las Cuatro Artes de Control. Según algunas interpretaciones doctrinales, se creía que canalizaban una forma de energía distinta al chakra mediante la pronunciación de un Verbo original, anterior incluso al ninjutsu. Asociado también al culto apócrifo de Bichūten (毘紐天), considerado una forma sincrética de Vishnu.

2. チャクラ (chakra). Energía vital espiritual y física que permite realizar técnicas en el mundo shinobi.

3. 毘紐天 (Bichūten). Forma japonesa del nombre Vishnu (en sánscrito: विष्णु, Viṣṇu), deidad del hinduismo. Vishnu es una de las principales divinidades del panteón hindú, asociado a la preservación del cosmos, el equilibrio y la compasión. En la tradición védica, encarna la protección del dharma (orden cósmico y moral), interviniendo cíclicamente a través de avatares para restaurar el equilibrio cuando el mundo cae en el caos.

4. 火の国 (Hi no Kuni). Literalmente, "País del Fuego". Nombre de uno de los grandes territorios en el mundo de Naruto, que alberga a la Aldea Oculta entre las Hojas. Curiosamente, en el doblaje japonés de Avatar: La Leyenda de Aang, la Nación del Fuego también es llamada Hi no Kuni, lo que genera un cruce lingüístico inusual entre ambos mundos. Esta coincidencia se vuelve significativa dentro del contexto narrativo del fanfic, donde los personajes de Avatar comienzan a notar paralelos culturales y fonéticos al interactuar con los shinobi.

5. 六代目 (Rokudaime). Literalmente, "sexto de la generación". En este contexto, Rokudaime Hokage se refiere al Sexto Hokage. A lo largo de la historia, se alterna el uso del término en japonés (como en Rokudaime, Yondaime, Sandaime, etc.) y su traducción al español (en este caso, "Sexto Hokage") como una decisión estilística consciente de mi parte.

6. 暁 (Akatsuki). Organización criminal compuesta por ninjas renegados de élite.

7. 人柱力 (jinchūriki). Persona que alberga dentro de sí a una bestia con cola (尾獣 – bijū).

8. 家紋 (kamon). Emblema heráldico japonés usado para identificar clanes o familias.

9. ANBU (暗部, “Lado Oscuro”), contracción de Ansatsu Senjutsu Tokushu Butai (暗殺戦術特殊部隊, “Escuadrón Especial de Asesinato y Tácticas”). Unidad ninja de operaciones encubiertas, especializada en asesinatos, misiones secretas y tareas de alto riesgo. Sus miembros portan máscaras con motivos animales para ocultar su identidad y responden directamente a las órdenes del Hokage.

10. 九尾 (Kyūbi). Zorro demonio de nueve colas. Una de las bestias con cola.

11. 木遁 (Mokuton). Estilo de liberación de madera, técnica heredada del Primer Hokage.

Chapter 3

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Al día siguiente, Sokka partió a buscar a los líderes de las Cuatro Naciones. El resto del Equipo Avatar se quedó en la aldea aguardando. En el entretanto, se dedicaron a familiarizarse con el pueblo y, particularmente, con el grupo al que defendieron de la cólera de los shinobi de Kumogakure, con los que establecieron rápidamente una amistad.

Naruto y Aang, en particular, desarrollaron una afinidad que parecía tejida por reflejos: la alegría ruidosa, la obstinación luminosa, la tendencia a involucrarse sin pensarlo demasiado. Lo suyo no fue exactamente instantáneo, pero sí inevitable. No tardaron en reconocerse en el otro —no por sus historias, sino por la energía que compartían. Congeniaron con una naturalidad inexplicable. No tardaron en reír juntos, bromear, compartir historias sin darse cuenta de que ya se trataban como amigos de toda la vida.

—Insisto en que mi novia podría tratar tus heridas. Es una muy buena curandera. Sanarías más rápido —le sugirió Aang, mientras caminaban por una de las callejuelas recién restauradas y delimitadas de la aldea.

El Uzumaki, quien andaba con las manos unidas detrás de la cabeza, las bajó al oírlo.

—¿Novia?

—Su nombre es Katara. Es la chica de azul que venía conmigo.

Naruto hizo memoria, recordando a quien ayudó a Sakura antes de que él se quedara a solas con Karui y Omoi. Hasta ese momento no se le había cruzado por la cabeza que entre Aang y ella pudiera haber algo más que compañerismo. Si alguien le preguntaba, habría dicho que eran amigos. Un giro inesperado en el mapa emocional que se había armado del grupo.

—Ehhh, ¡te lo tenías bien guardado! Yo pensé que solo eran compañeros de misión. ¡Y resulta que venías con tu noviecita! —Aang sonrió sin saber si debía sentirse descubierto o halagado. Naruto ya lo miraba con una mezcla de asombro y aprobación, como quien se entera de algo jugoso y decide celebrarlo sin medida—. En fin... Descuida, ¡unos simples raspones no van a pararme! —le sonrió de dientes, confianzudo, y se apuntó al ojo vendado con el pulgar, intentando restarle importancia al hecho de que todavía le dolía todo.

—Me alegra que tengas tantos ánimos —no conocía gente tan positiva como Naruto todos los días. Generalmente, él era quien tendía a ver el aspecto favorable de las cosas en su equipo; estaba acostumbrado a ser quien alienta entre pesimistas empedernidos—. Por cierto, sobre lo que hablaban ayer… ¡No me malinterpretes! No quisiera parecer entrometido, pero…

—Jeje, sí, entiendo si te perdiste. Yo apenas lo capté… y eso que estuve ahí —él mentiría si dijera que comprendió plenamente la historia del antiguo patriarca de los Uchiha. En ocasiones, era lento con las explicaciones—. Pero dime, ¿qué parte quieres saber?

Aang se sintió apenado, como si se estuviera aprovechando de su franqueza y buena voluntad. No quería meterse en sus asuntos más de lo debido, por lo que decidió concentrarse en las preguntas específicas.

—Sobre el Sharingan... Según entiendo, es una técnica ninja, ¿me equivoco?

Naruto asintió con la cabeza con entusiasmo.

—¡Mhhm! Se le llama… a ver, ¿cómo era…? ¡Dōjutsu! Es una habilidad del clan de Sasuke. Él también lo tiene.

Entonces era una herencia generacional. No todos los ninjas podían usar las mismas técnicas. En ese caso, una persona del clan Uchiha debía estar vinculada con Vaatu, de ahí la presencia del ojo rojo en sus sueños. Al menos, esa era la deducción lógica, pero no quería llegar a una hipótesis impremeditada y acusadora, pese a que tenía poca información con la que trabajar.

—Sasuke es tu amigo, ¿cierto?

Naruto iba a contestar afirmativamente, pero se detuvo. Una amargura que no vio venir se instaló en él de pronto: se le notó en el rostro.

Y es que había pensado en que el sentimiento quizás dejó de ser recíproco. Siempre pensaría en el pelinegro como un amigo, pero era probable que él ya no lo viese de ese modo.

Aang se dio cuenta de su cambio de actitud. Temió haber hurgado una herida todavía demasiado fresca.

—¿Naruto?

—Sí... Lo es —se forzó a retomar el ánimo anterior, aunque la voz le salió envuelta en una calidez rara, como de mirar hacia atrás y sonreír con los ojos aguados—. ¿Sabes? Hubo un tiempo en que lo odiaba, pero terminamos en el mismo equipo y pasamos muchos momentos juntos. Se volvió importante para mí. Es uno de los lazos que formé después de haber estado mucho tiempo solo... Incluso aunque ahora esté con Akatsuki, yo... siempre lo voy a considerar mi camarada.

El brillo de la sonrisa no se apagó, pero por debajo de ella vibraba algo suave, melancólico: un recuerdo que, a pesar de todo, aún sabía a casa.

El joven Avatar dedujo que Akatsuki era una especie de organización por los comentarios que escuchó sobre ellos. Los aldeanos decían que perpetraron el ataque a la aldea, que tenían otros antecedentes delictivos. A saber, el secuestro de los jinchūriki. Aang no sabía lo que significaba el término o qué rol fungían en las aldeas, solo que Naruto era uno.

—Él está siendo perseguido para ser... eliminado, ¿no es así?

La expresión sombría de Naruto fue suficiente respuesta. Aang apresó los labios, como queriendo encerrar la seriedad de sus pensamientos antes de que le pesaran demasiado. Había algo en aquella historia que le oscurecía el pecho, pero se esforzó por mantener el tono claro, respetuoso.

—No apoyo las ejecuciones, ni siquiera de criminales. Si hay alguna forma en que pueda interceder por él, ya sea hablando con el Hokage o de otra manera, estaré más que feliz de ayudar.

Naruto se rascó la cabeza con incomodidad, bajando la mirada como si buscara responder sin herir, pero al final se rindió a su estilo directo acostumbrado.

—Eso no servirá. Si no quiere escucharnos a nosotros, menos caso le hará a un extranjero... —hizo una pausa, parpadeando al darse cuenta de cómo había sonado—. ¡Ay, sin ofender, Aang! Lo dije feo, ¿no?

Aang le sonrió con sinceridad, sin rastro de molestia.

—Descuida, lo entendí. Y sé que lo dijiste con buena intención —respondió sereno—. Pero mantengo la oferta. Si en algo puedo ayudar, aunque sea poco, lo haré.

La calidez de su respuesta alivió de inmediato la incomodidad en el rostro de Naruto, que volvió a sonreír, feliz de no haber metido tanto la pata. Era ese tipo de intercambio donde la confianza se cuela por los gestos más pequeños.

Aang se puso a pensar. Aunque al ser el Avatar gozara de un estatus distinto —del que, de todos modos, no le gustaba aprovecharse—, dudaba que pudiera usarlo para convencer a los de Konoha de detener la persecución de uno de sus ninjas rebeldes. Seguramente el Hokage le diría que no era asunto suyo. Ya le había costado hablarle de por sí, y probarle su identidad fue todavía más complicado.

—La única manera es que yo vaya a hablar con el Raikage —continuó Naruto, con un brillo determinado ardiéndole en los ojos que Aang ya comprendía que era propio de él, especialmente cuando hablaba de proteger a alguien querido—. Él es quien pidió el permiso para eliminar a Sasuke.

—¿Cómo lo harás?

—Lo interceptaré junto a Kakashi-sensei y el Capitán Yamato cuando vaya en camino a la reunión de los Kage —dijo, sin titubear, habiendo aceptado todas las dificultades del plan antes de que empezaran.

Aang asintió despacio, tocado por esa convicción.

—Les deseo mucha suerte. De corazón. Espero que puedan disuadirlo.

—Oye, Pies Ligeros.

Toph Beifong hizo acto de presencia frente a ellos, rascándose la oreja con la uña del meñique abúlicamente. Sacó algo —¿una piedrita? ¿una costra?— y lo tiró al suelo sin mirar.

—Hola, Toph —saludó Aang con serenidad, acostumbrado a sus maneras como al aire que respiraba.

—¿Pies Ligeros? —Naruto reprimió una carcajada. El apodo le hizo cosquillas en la garganta. Fue la forma casual, desfachatada y certera en que lo había dicho lo que lo divirtió.

—Disculpen, no los he presentado. Naruto, ella es mi amiga, Toph Beifong. Toph, él es Naruto.

—¿El cabeza de jabalí puercoespín de ayer?

—¿J-jabalí puercoespín? ¡Oye! ¡¿Qué significa eso?!

—Hmpf, significa que tu pelo va en mil direcciones y tu actitud no se queda atrás —replicó Toph, cruzándose de brazos con aire impasible.

Naruto se quedó mirándola un instante, boquiabierto… y luego se iluminó con una sonrisa traviesa.

—Bueno, pues tú pareces una roca con piernas, ¡así que te llamaré Piernárida!

Aang parpadeó, negando con la cabeza.

—No empiecen, ustedes dos...

Toph arqueó una ceja, primero confundida, luego divertida.

—¿Piernárida? Qué nombre más bobo… Me gusta. Suena como alguien que derrumba paredes con los pies.

Aang optó por interponerse antes de que la conversación se convirtiera en un trueque de sobrenombres mal escogidos. No fuera a ser que se terminaran ofendiendo y prefirieran un enfoque menos... verbal, para resolver sus diferencias.

—¿Necesitabas algo, Toph?

—Cierto, a lo que vine... Quiero hablar contigo en privado —dijo Toph, haciendo énfasis en lo último. Naruto frunció los labios con fastidio, aún maquinando apodos que fueran tan creativos como insultantes.

—Te alcanzo más tarde —le propuso Aang.

—No, está bien —respondió Naruto, sin molestia—. Puede que no me encuentres más tarde; tengo que prepararme para el viaje.

—Ya veo... Bueno, si es así, despidámonos ahora. Espero que tengas un buen viaje y que logres convencer al Raikage. Aunque estoy seguro de que lo harás —agregó con convicción—. Sabrá apreciar tu determinación.

Naruto se rascó la cabeza, esquivando la emoción con torpeza. Nunca se le dio bien despedirse, especialmente cuando la otra persona le caía tan bien.

—Sí... yo, ehh... supongo que te veré por ahí, si todavía estás para cuando regrese.

Aang bajó la mirada por un segundo, como si no quisiera que se le notara la pena. Después levantó el rostro con una sonrisa franca.

—No puedo decirlo con certeza, ¡pero esperemos encontrarnos en algún momento! ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo!

—Vaya que son cursis los dos —intervino Toph, cruzándose de brazos con una media sonrisa. Sentía la incomodidad de Naruto como un perfume en el aire, y se deleitaba con ella.

Naruto le dirigió una mirada entre molesto y resignado.

—¡¿No tienes otra cosa que hacer que burlarte de los demás?!

—Claro que no —respondió Toph, satisfecha—. Nací para eso.

Aang simplemente soltó una risa. Él y Naruto se sonrieron el uno al otro por última vez antes de que el rubio se apartara, marchándose con una rapidez tal que pareció esfumarse en el aire, cuando realmente se trataba del Shunshin no Jutsu(1).

—Los shinobi sí que son rápidos —comentó, viendo el espacio vacío donde su nuevo amigo solía estar hace un par de segundos. Se dio la vuelta hacia la más baja—. ¿Qué es lo que querías decirme?

—Algo que estoy segura de que ya notaste —la gravedad de su tono, antes entretenido, sirvió como preámbulo para la seriedad del asunto—. Nos están vigilando.

Aang tuvo cuidado de no mirar alrededor.

—Sí, me di cuenta.

La había advertido el día anterior: una presencia deambulando, siempre cerca, pero bien escondida. No actuó pensando que era una medida de seguridad tomada por el Hokage. No lo podía culpar por ser precavido.

—Para ser llamados "maestros del sigilo" en esos viejos cuentos, no son tan buenos ocultándose —comentó ella, resoplando—. Aunque no me sorprende. Después de todo, amenazaste al líder de la aldea en su cara. O bueno, fue Roku, pero es lo mismo.

—¿¡Qué!? —Aang alzó la voz sin querer del pasmo—. ¿Roku hizo eso?

—Seh... Deberías haber visto cómo se puso el Hokage —imitó los temblores de manera bastante exagerada, solo por el valor cómico del gesto, y procedió a soltar una risita por su propia ocurrencia.

Pensó que Roku dio con una explicación certera para convencerlo de escuchar, ya que cedió bastante fácil, pero no tenía idea de que lo había amenazado. Su método dio frutos, sin embargo. Aun así, tendría que pedirle que no volviera a repetirlo en el futuro.

—Bueno... Mientras no nos ataquen, estaremos bien.

—No sé tú, pero a mí no me gusta que me sigan todo el tiempo.

—Tendremos que soportar hasta que Sokka llegue con los demás.

Toph suspiró largamente, como niño que rezonga ante un regaño.

—Lo que digas...

Empezaron a caminar juntos por el sendero que serpenteaba entre estructuras en distintos estados de reconstrucción: algunas ya tenían tejados improvisados, otras eran apenas esqueletos de madera.

A lo largo del trayecto, se oía el golpeteo rítmico de los carpinteros ajustando vigas y martillando tablones. El polvo se levantaba suavemente en el aire, mezclado con el aroma fresco de la madera recién cortada. Era un paisaje de heridas en proceso de cierre, donde el esfuerzo colectivo parecía un ritual de renacimiento.

—Te amistaste con él bastante rápido.

—¿Te refieres a Naruto? —no necesitó la confirmación para sobreentenderlo. Asintió hacia los aldeanos que pasaban a su lado, saludándolos con cordialidad—. Me agrada. Tiene esa forma de lanzarse al mundo sin pedir permiso... Y sí, es un poco terco. Bastante, en realidad —admitió con una risa suave—. Hay momentos en que no escucha ni aunque se lo griten, pero es difícil no admirar la fe que tiene en los demás. Esa tozudez suya... a veces parece hecha de esperanza más que de obstinación.

—Es un poco como tú.

—¿Tú crees?

—Los idiotas piensan igual —replicó Toph sin titubeos—. Era obvio que se llevarían bien.

Aang se sintió insultado, pero no le reclamó. En tres años de conocerla, ya había aprendido que el trato arisco de Toph venía en paquete con su afecto. Y por más que a veces lo sacara de quicio, no querría que fuera de otra manera.

—Por cierto, ¿dónde está Katara?

—Está con la rosadita. Parece que también hicieron buenas migas. Menos mal que no todos en este lugar están tan locos como el Hokage o esos otros ninjas que nos topamos.

—Tengo que estar de acuerdo contigo en eso —dijo con una risa tímida—. ¿Vamos a buscarla?

 


 

—Qué interesante giro de los acontecimientos.

Una figura misteriosa de larga túnica negra que portaba una máscara naranja con un patrón espiral observaba el hondo boscaje desde la altura, erguida en el grueso tronco de un roble. Su expresión, al estar cubierta, era inescrutable, pero el tono macabro y bufón de su voz revelaba un deleite malsano.

A su lado, emergido de la madera, se hallaba su informante: una mutación con un cuerpo conformado por dos mitades imbuidas —una negra y una blanca— que poseía extensiones similares a las de una Venus atrapamoscas, las cuales emergían de sus costados. Su nombre era Zetsu. En su tiempo en Akatsuki, usó el anillo verde que tenía el carácter correspondiente al signo del jabalí(2).

La ventisca hizo revolotear las mangas de su capa, arrastrando consigo las hojas. Encarando la corriente, sostuvo una entre sus dedos. Con qué facilidad podía destrozarse, qué sencillo sería dejarla arder hasta consumirse... Eso creyó Madara, pero no era tan simple. Las hojas de la planta vuelven a brotar; el problema yace en la raíz. Para eliminarlo, hay que arrancarla de cuajo.

—¿Ya sabías que esto pasaría? —preguntó el ser mitad planta.

—No esperaba este desenlace exactamente. Sin embargo, no perjudica mis planes, más bien todo lo contrario —dijo el enmascarado.

Realmente era una media verdad. Planeaba las cosas cuidadosamente para llevar a cabo su grandiosa maquinación. Reconocía, identificaba y preveía los muchos posibles resultados con anticipación. La visita de habitantes del otro mundo era algo que sabía que ocurriría, pero no contempló que traerían a sus gobernantes.

—El destino juega a nuestro favor. Creo que es hora de sacar el as que tenemos bajo la manga. La enviaré a la reunión con Sasuke y su equipo.

—¿Crees que puedan contra los Kage? ¿Será esa chica suficientemente fuerte?

—Será cosa de ver cómo se las arregla. La muchacha tiene habilidad, pero los Maestros son, en muchas maneras, inferiores a los shinobi. En cualquier caso, podrá sernos de utilidad encargándose de los líderes de su mundo —cerró su puño alrededor de la hoja, apretando—. Pero antes... les haré saber del plan del Ojo de la Luna.

—Entonces, ¿la anterior Hokage está en coma?

Sakura finiquitó su explicación asintiendo. Conversaron sobre varios temas hasta llegar al de Danzō, debido a que tenía curiosidad sobre por qué Katara y su grupo habían venido a hablar con él. Terminó expresando su irritación hacia el hombre que pasaba por encima de la autoridad de Lady Tsunade, y cuando la chica extranjera le preguntó a quién se refería, terminó contándole que la Quinta Hokage había estado de servicio hasta que cayó en un estado profundo de inconsciencia por sucesos ocurridos durante la Invasión de Pain.

A raíz de ello, el actual Sexto Hokage la reemplazó en el puesto, revocando su decisión de no dar persecución a Sasuke. En su momento, se había enfadado bastante por ello, pero la situación había cambiado. Con el ataque a otra aldea, Sasuke dejó de ser solo un desertor: ahora figuraba en el Libro Bingo(3) como una amenaza clasificada casi al nivel de los enemigos más buscados.

—Iba a verla ahora. Puedes acompañarme, si quieres —le ofreció. La Maestra Agua tenía tiempo libre hasta que llegara su hermano. Aang y Toph seguro estarían paseando por la aldea. No teniendo más que hacer, aceptó de buena gana.

Cuando entraron a la tienda donde se hallaba la comatosa, encontraron a una mujer de melena corta sentada a su lado que se dio la vuelta cuando llegaron, sonriéndole suavemente a Sakura, pero mirando a Katara con algo más que curiosidad. La kunoichi le explicó quién era y sus motivos de visita al presentarla.

—Soy Shizune —dijo ella—. Es un placer conocerte, Katara.

—El placer es mío —expresó cortésmente. Luego, se sentó junto a Sakura en el piso alfombrado.

El cuerpo durmiente de la Quinta yacía en un futón. Para Katara, se veía bastante mayor. Era la primera vez que la veía, y por ello, no conocía la apariencia joven que mantenía con su permanente Técnica de Transformación.

—¿Ha habido alguna mejora? —inquirió la Haruno.

—Me temo que no —respondió Shizune, con la voz algo áspera, como si el insomnio le hubiera limado los bordes—. La he estado observando día y noche —añadió, y aunque intentó sonar objetiva, el cansancio se filtraba por cada palabra, colándose en su postura y en los ojos apagados que no lograban disimularlo—. …Sakura, respecto a Sasuke…

Quiso ser delicada, pero el nombre solo bastó para agitar la melancolía que dormía en la otra. Sakura bajó la mirada, como si le pesara más que antes. Aquel dolor no era nuevo, pero seguía apareciendo con la misma crudeza, como si no hubiera aprendido a volverse costumbre.

—Lo sé, ya lo escuché —dijo con calma, aunque su tono se quebraba apenas, como una superficie que vibra sin romperse.

—…Lo siento —susurró Shizune, sincera, sin saber si sus palabras ayudaban o solo sumaban a la pena.

Katara observó el intercambio en silencio. No conocía a fondo la historia de Sasuke, ni todo lo que significaba para Sakura, pero el eco emocional de ese vínculo le era familiar. Supo que el consuelo fácil no serviría, y que cualquier gesto debía nacer de la autenticidad. Se limitó a acercarse un poco, no demasiado, solo lo suficiente para que la presencia cálida se sintiera cerca sin invadir. No sabía qué decir, pero a veces, estar ahí bastaba.

—Con permiso.

Un chico se deslizó a través de las cortinas, ingresando en la tienda. Sakura y Katara lo reconocieron primero: la primera, como su compañero, y la segunda, como parte del equipo de la ojiverde.

—¿Sai? —Sakura se puso de pie, intuyendo que venía a comunicar algo importante.

—Sakura... Hay algo de lo que debo hablar contigo.

 


 

Mientras tanto, Toph y Aang recorrían la aldea. A pesar de todo, la próspera población de Konohagakure se mantenía animada. Muchas ollas comunales desperdigadas de aquí y allá ofrecían alimento a cada aldeano o carpintero que necesitara llenar su estómago.

Si bien muchos los miraban con asombro por su curiosa vestimenta y apariencia, prestaban especial atención a los tatuajes de Aang, tan inusuales ahí como lo eran en las Cuatro Naciones tras la Guerra de los Cien Años. Alguien amablemente les ofreció un plato mientras pasaban, deseando ser hospitalario con los extranjeros. Declinaron cortésmente, aunque se quedaron a conversar por un rato.

—Viajeros, ¿eh? Ya han venido algunos aquí decepcionados por encontrar la aldea en este estado, en su mayoría, comerciantes y turistas —suspiró una mujer joven con el cabello cubierto con una pañoleta. Llevaba las mangas dobladas y un delantal de cocina de media cintura azul oscuro, meneando un cucharón mientras hablaba. Sus graciosos, despreocupados ademanes le valieron una sonrisa al Maestro Aire.

—Ayame, menos charla, ¡hay muchas bocas que alimentar! —la acució un hombre mayor, con gorro de chef. Ella se disculpó y volvió al trabajo, amasando un grueso trozo de masa sobre un mesón blanqueado por la harina vertida. El señor se les acercó a los chicos, limpiándose las manos con un paño de cocina que luego se echó al hombro—. ¿Seguros que no quieren un bol de ramen? Tenemos de sobra.

Aang miró a Toph con la intención de preguntarle si quería comer. Ella lo percibió antes de que hablara, y negó con la cabeza.

—No, muchas gracias. No tenemos hambre. Además, no querríamos hacer esperar a nadie —dijo Aang, una vez obtenida la confirmación, hablando ya no solo por él mismo. Estiró un poco el cuello para ver qué preparaba la muchacha—. Parecen bastante ocupados.

—Mucho, ¡pero estamos felices de poder ayudar! —dijo con una alegría que le apretaba los ojos, desde antes cerrados—. Nuestro héroe ya se encargó de protegernos, así que ahora es nuestro deber esforzarnos al máximo para apoyarnos entre nosotros.

El elogio llamó la atención de Toph, intuyendo a quién se refería, pero queriendo oírlo de él.

—¿Qué héroe es ese?

—¿No has oído que Naruto Uzumaki derrotó a ese sujeto, Pain? —la sorpresa del señor no era inusitada: no era un simple rumor de aldea. La noticia recorría todo el mundo ninja.

Ayame rio suavemente.

—¡La parrafada que les espera! Naruto es el orgullo y la alegría de mi padre.

Al hombre lo avergonzó un poco que revelase su aprecio por el chico con tanta soltura, pero mantuvo el contento, comenzando a hablar apasionadamente sobre su última hazaña.

—Ese muchacho... Cómo ha crecido —dijo con aire nostálgico—. Todavía lo recuerdo como ese pequeñín que andaba por ahí haciendo travesuras, como aquella vez que pintarrajeó las caras de los Hokage. Se ha convertido en un héroe amado por todos —en la pausa, se notó cómo la voz le descendía un tono, bajando hacia un rincón no muy grato del recuerdo—. El trato que solían darle no se compara en nada con el que le dan ahora.

—A un bromista no siempre se le aprecia, en mi experiencia —dijo Aang. Recordaba haberse ganado la inquina de muchas personas en la ciudad de Omashu(4) cuando gastaba bromas por sus calles junto a su viejo amigo Bumi.

Ayame detuvo el amasado.

—Sí... Pero esa no fue la única razón por la que los aldeanos trataron mal a Naruto. Desde el ataque del Zorro Demonio de Nueve Colas, lo excluyeron y rechazaron. Recién ahora comenzaron a aceptarlo.

Ambos jóvenes mostraron evidente confusión. Su padre se encargó de elaborar.

—Fue hace dieciséis años —comenzó, con esa ceremoniosidad antigua con que se relata una tragedia pasada que no resulta agradable de volver a sacar a la luz—. El Nueve Colas fue liberado, y enfurecido, causó estragos en la aldea. Muchos murieron. Otros perdieron a sus seres queridos en la catástrofe. La bestia fue sellada dentro de Naruto. Una vez los demás lo supieron, comenzaron a odiarlo y a temerle... —explicó mientras picaba agresivamente un ajo, como desquitándose a través de ello—. Era sólo un niño, para colmo huérfano, y aun así... Nadie fue capaz de dirigirle tan siquiera una palabra amable.

Sonaba razonablemente enojado por lo sucedido. Aunque Aang y Toph no sabían nada sobre el Nueve Colas, su nombre —y el que señalaran que era un zorro— les dio una buena idea de cómo debía de verse.

Conocer la actitud que los aldeanos tuvieron no fue lo que más los preocupó sobre lo que dijo.

—¿Fue... sellado? ¿Pero cómo? ¿Por qué? —preguntó Aang, absorto hasta la médula. No sabía qué quería decir con que la bestia fue "sellada dentro de él", o cómo eso era posible. La única explicación que se le ocurrió fue que debía ser cosa de ninjas. Tal vez una técnica especial, una de varias que no conocía.

—Nadie lo sabe realmente —dijo Ayame, sin más, limpiándose las manos en el delantal—. Todo lo que sabemos es que vive dentro de él. La gente lo culpó sin razón por años. Es bueno que hayan cambiado.

—Qué hipócritas —criticó Toph, cruzándose de brazos con un bufido—. Sólo lo tratan mejor porque les salvó el pellejo.

Aang hubiera deseado que lo expresara de otra manera, pero en el fondo, sabía que tenía razón.

—Sí... supongo que es cierto —concordó la mujer, con una sonrisa que no cargaba reproche, sino comprensión. Ella misma llegó a temerle a Naruto alguna vez, antes de darse cuenta de que era un niño como cualquier otro, solo que terriblemente solo, desamparado como ninguno en la aldea—. Pero al menos ha conseguido lo que siempre quiso: el reconocimiento de la gente. Está a un paso de lograr su sueño de convertirse en Hokage.

—¡Cierto! Recuerdo que siempre iba por ahí gritando "¡Me convertiré en Hokage, créelo(5)!". —dijo Teuchi, en un intento de imitar el tic verbal del Uzumaki—. ¿Quién hubiera pensado que acabarían pidiendo que lo sea?

Era una historia de autosuperación que a Aang le recordó la suya. Él también había sido juzgado por lo que representaba, incluso después de haber derrotado al Señor del Fuego Ozai. Aún quedaban voces que lo criticaban, que lo miraban más por su título que por su humanidad. Y aunque el reconocimiento nunca fue lo que buscaba, a veces deseaba ser visto como uno más: que sus amigos Nómadas Aire lo hubieran seguido tratando como a Aang, y no como al Avatar, el Maestro de los Cuatro Elementos. Que no lo hubiesen excluido de sus juegos cuando descubrieron que ya no era sólo él, sino miles en un solo cuerpo.

Naruto, con su pasado distinto pero resonante, le recordó aquella soledad cubierta de voluntad que vivió hace años.

Eran más parecidos de lo que pensaba.

—¡Aang!

Katara venía corriendo con tanta prisa que le faltaba el aire. Se detuvo frente a sus amigos sin tomarse un minuto para recomponerse.

—¿Qué sucede? —preguntó él, consternado de verla tan agitada. No solo eso: una angustia punzante surcaba su rostro.

—Es sobre Sasuke. Parece ser que los shinobi de Konoha también le darán caza —dijo, sin frenar—. Sakura parece convencida de que es lo que debe hacerse. Irá a buscar a Naruto para decírselo.

—¡¿Qué?! —Aang no pudo evitar exclamar, la frente fruncida de conmoción y confusión—. Pero... ¿Sakura no era su amiga también?

—Sí, y créeme que está bastante afectada, pero la convencieron de que Sasuke podría acabar provocando un conflicto mayor entre los ninjas de esa otra aldea y los de esta. Quieren evitarlo a toda costa.

Katara omitió que había escuchado a Sai, Sakura, y un muchacho llamado Shikamaru hablando fuera de la tienda de la Quinta Hokage. Pese a sus esfuerzos, cuando oyó los sollozos de la kunoichi y la mención del Uchiha, no pudo detener su propia curiosidad y se asomó a escucharlos en secreto.

—¡Aunque lo aceptó, sé que no es lo que realmente quiere! Tú viste cómo se puso cuando esos ninjas le dijeron que lo estaban buscando.

—Naruto se fue a hablar con el líder de esa aldea, el Raikage, para que le perdonara la vida a Sasuke. Si regresa y descubre que sus propios compañeros quieren perseguirlo, habrá sido en vano. —Aang apretó con fuerza su planeador.

Para él, dejar que la vida de una persona fuera tomada, sin importar los actos que hubiera cometido, sabiendo que podía evitarlo, sería una afrenta hacia sus propios valores como Nómada Aire. Solo pensarlo hizo que el pecho le pesara como si llevase una piedra envuelta en fuego. No solo lo embargó el recuerdo del dolor físico de Naruto, sino el eco moral que vibraba detrás de cada golpe. Cada puñetazo recibido había sido una negación —una forma de decir: "Esta vida vale tanto para mí que pondría la mía en juego para defenderla".

En otras circunstancias, quizás habría dudado antes de cuestionar cómo impartían justicia las demás naciones, especialmente las de un universo completamente distinto. Pero esto no era una política ajena: era una afrenta directa a todo lo que él creía sagrado. No permitiría que una vida —por más condenada que pareciera— fuera arrebatada sin intentar impedirlo. No mientras él pudiera alzarse contra ello.

Aang se dio vuelta con los ojos encendidos de propósito.

—¡Katara, por favor, llévanos con Sakura!

—¡¿Qué?!

La estruendosa voz de A, el Cuarto Raikage, resonó entre las paredes de su oficina ubicada en la torre más alta de Kumogakure. Sostenía entre sus manos un pergamino abierto, el cual releyó tantas veces con el ceño fruncido que parecía a punto de prenderle fuego con la pura mirada. Finalmente lo cerró con desdén, como si el papel hubiera osado insultarlo personalmente.

—¿Hay algún problema, Raikage-sama? —su asistente personal a su lado, una kunoichi de nombre Mabui, preguntó con turbación.

Él no contestó. Solo meditó sobre el contenido del mensaje que acababa de leer.

El Hokage explicaba una situación atípica. Una circunstancia sin precedentes había surgido en la aldea: un grupo de viajeros se presentó solicitando una audiencia urgente con los Kage. En un primer momento, la petición le pareció absurda —casi impertinente—, pero al escuchar sus razones, bien fundamentadas y cargadas de urgencia, juzgó necesario concederla. Según lo que habían compartido, existía la posibilidad de que Akatsuki estuviera vinculada a un nuevo incidente que amenazaba al mundo shinobi, y era imperativo que los líderes lo supieran.

En resumidas cuentas, el meollo era este: a la reunión se sumarían cuatro convocados más. Y ese desgraciado Shimura, en vez de solicitar permiso, simplemente lo estaba informando. Como quien deja una nota y se va. A esas alturas, ya era demasiado tarde para pedir la autorización individual de cada Kage.

—Más le vale no estar tramando algo —resopló el Raikage. Le extendió el rollo a su ayudante, como si ya no aguantara verlo sin querer hacerlo trizas—. Mabui, ¿aún no hay noticias del equipo de Samui?

—No, pero creo que pronto sabrá de ellos —dijo ella, tomando el pergamino y volviendo a guardarlo dentro del tubo de sellado—. Samui conoce la ruta al lugar de reunión; tal vez se los tope en el camino o le envíen un ave mensajera.

—Está bien, entonces, es momento de que me vaya. —El cabecilla saltó de su asiento. Sus acompañantes allí presentes, dos jōnin llamados Darui y C, lo alcanzaron por detrás, preparados para seguirlo—. ¡Andando!

—¡Sí, señor! —dijeron al unísono.

—¡Síganme!

Acto seguido, el Raikage se lanzó por la ventana del despacho —sin abrirla, claro está— atravesando el cristal como si fuera papel y dejándolo hecho añicos. Cayó desde el balcón con la gracia de un meteorito decidido, envuelto en adrenalina y cero consideraciones arquitecturales.

Mabui se llevó una mano a la frente, soltando un suspiro que parecía ensayado de ver repetida tantas veces la misma escena.

—Ahí va otra ventana menos… Al paso que vamos, el presupuesto de reconstrucción de la aldea va a necesitar un apartado exclusivo para salidas vistosas.

—Vamos, Darui —le instó su compañero, ya encaminándose tras la estela de vidrios rotos.

Darui no se movió. Se quedó rascándose la cabeza como si necesitara acariciar su última pizca de paciencia antes de dar un paso.

—Nah, yo usaré la puerta —masculló con voz apagada. No habían cruzado la frontera y ya estaba cansado de las excentricidades de su jefe—. Igual y más tarde los alcanzo...

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. 瞬身の術 (Shunshin no Jutsu). Literalmente "Técnica de parpadeo corporal". Técnica común entre los shinobi, que permite desplazarse a gran velocidad en distancias cortas, simulando una especie de teletransportación. Se basa en el dominio del chakra y el control muscular fino. No debe confundirse con las versiones avanzadas del mismo jutsu empleadas por figuras excepcionales como Uchiha Shisui, cuya aplicación supera ampliamente el estándar básico.

2. 亥 (I). Literalmente "Jabalí" o "Cerdo". Uno de los doce signos del zodiaco chino (干支, eto), correspondiente al último lugar del ciclo. Representa cualidades como la perseverancia, la sinceridad y el sentido del deber. En el sistema zodiacal empleado en el mundo shinobi, puede aparecer asociado a sellos, invocaciones o estructuras calendáricas.

3. 手配書 (Tehaisho). Literalmente "escrito de búsqueda" o "aviso de persecución". Documentos oficiales utilizados para identificar y rastrear a ninjas peligrosos, renegados o criminales de alto perfil. Incluyen datos físicos, habilidades conocidas y nivel de amenaza. Quienes logren eliminarlos o capturarlos pueden reclamar una recompensa económica proporcional al grado de peligro o a los delitos cometidos por el objetivo.

4. 奥瑪舒 (Omashu). Nombre propio escrito en chino tradicional. Está compuesto por 奥瑪 (Ào mǎ, "cornalina misteriosa") y 舒 (Shū, apellido que puede traducirse como "relajar"). En chino simplificado se escribe 奥玛舒. En Avatar: La Leyenda de Aang, Omashu se presenta como una de las ciudades más antiguas del Reino Tierra, famosa por su arquitectura y su sistema de transporte con toboganes de piedra.

5. だってばよ (Dattebayo). Expresión coloquial japonesa sin traducción exacta al español. Usada frecuentemente por Naruto Uzumaki como muletilla al final de sus frases, con la intención de enfatizar lo que acaba de decir. En el doblaje latinoamericano se traduce como "¡de veras!", mientras que en España se utiliza "¡vaya que sí!". También puede interpretarse como "¡ya sabes!" o "¡yo tengo razón!", aunque su función principal es marcar carácter e insistencia más que significado literal.

Chapter 4

Notes:

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Chapter Text

—Les pido que recapaciten.

Aang venía reiterando el mismo discurso desde hacía más de media hora en un fútil intento de detener a Sakura y su grupo. Llegó a proponer ser él quien parlamentara con el Hokage, aun siendo consciente de que no tenía caso; el resto de los integrantes del equipo de rastreo se empecinaba en recordárselo.

—¿Por qué insisten tanto? ¡Esto no es un asunto en el que forasteros como ustedes deban entrometerse! —le largó el muchacho con las marcas rojas de colmillos en las mejillas. No detuvo la caminata. Los tres miembros presentes del Equipo Avatar debieron seguirlos.

—Es cierto que no sabemos la totalidad de lo que ocurrió con Sasuke, ni lo hemos conocido en persona... ¡Pero no puedo permitir que se atente contra la vida de alguien de esta manera, sin importar lo que haya hecho! ¿Siquiera ha pasado por un juicio? —perseveró el monje.

—¡No hay juicio que llevar a cabo! Ya todas las pruebas fueron presentadas. No hay nada que podamos hacer —continuó el usuario de ninken(1), arrugando la nariz con un bufido, como los perros cuando estornudan de juego—. Así es como funcionan las cosas en el mundo ninja.

Un mundo hostil, pensó Aang, tan hostil como ha sido el nuestro en los últimos cien años.

Le consternaba la idea de que la discordia fuese inevitable en todas las realidades, y lo que era peor: aquella no contaba con un Avatar para evitar que su equilibrio colapsara. Si lo hacía, lo restablecerían a su manera, aunque fuera por la fuerza. Lo mismo habían hecho las Cuatro Naciones durante sus cien años de ausencia. No le cabía duda de que los ninjas también debieron librar guerras antes. Después de todo, eran una fuerza militar.

—Además, no somos sólo nosotros los que lo estamos buscando —insistió Kiba—. Incluso si no fuéramos tras él, Kumogakure lo hará.

—Ya deja de ladrar, aliento de perro —le largó Toph, medio harta de su parloteo.

Él, crispándose como un músculo en carrera, se preparó para dedicarle unas cuantas palabrotas de su mal cuidado arsenal. La chica se irguió de pecho alzado para hacerle frente. El perro mascota a su lado gruñó, detectando la intención.

—Kiba... —Murmuró el ninja de corte tazón, sin saber cómo detener a su compañero de equipo.

Katara se interpuso entre ellos. Con la cara enfurruñada y una vena palpitándole en la sien, les gritó a ambos:

—¡Dejen de actuar como niños! —su brote de ira, tajante e inamovible, bastó para calmarlos. Kiba chasqueó la lengua y se giró hacia otro lado, no queriendo dejar ver que se había intimidado. Un poco.

—Sai —recomenzó Aang, agradeciéndole mentalmente a su novia por frenarlos antes de que se fueran de manos—. ¿Le dijiste lo que pasó?

No lo negó. Tampoco trató de justificarse. Se le percibió apenas arrepentido por ello a través de su usual máscara de inexpresión. Pero el fondo de sus pupilas oscuras titiló con una luz de aflicción genuina. Acabó por asentir con la cabeza.

—Sakura, si sabes hasta qué punto ha llegado Naruto con tal de proteger a Sasuke, ¿por qué respaldarías su captura? —cuestionó el de tatuajes, volteándose hacia su interlocutora. Ella cerró los ojos con fuerza como si sus palabras la hirieran, negando con la petición silente de que no siguiera por ahí—. ¿No era tu compañero de equipo también? ¿Por qué de pronto cambiaste de opinión?

—No puedo seguir aferrándome al pasado —replicó, terminante, la mandíbula tensa en ese gesto de contención que retiene el temblor propio—. Hacerlo no me ha traído más que pena y dolor. No sólo a mí, sino también a Naruto. Era hora de afrontar la realidad. Sasuke no es quien solía ser.

—¡Pero lloraste por él! —exclamó Aang, en un frenesí de frustración verdadera. La de alguien que simplemente no puede entender cómo, de un momento para otro, la chica que vio llorar a mares por su amigo de infancia ahora lucía tan determinada a darle caza—. Y cuando te dijeron lo que hizo, no quisiste creerlo. Lo defendiste tanto como Naruto, ¿qué cambió?

—¡Todo cambió! —exclamó, intentando tragarse el nudo que tenía en la garganta para que no la afectara al hablar. Su respiración se volvió pausada, contenida por una barrera agrietada que mantenía en pie con su sola voluntad—. ¡Ahora existe la posibilidad de una guerra! No podemos ser egoístas, tenemos que... —Se dio la vuelta, quedando de espaldas a ellos para ocultar la vacilación que la dominó.

Quería aparentar fortaleza. Necesitaba hacerlo. Sabía que, si encaraba a Aang, con esos ojos grises tan puros como los de Naruto, corría el riesgo de dejar caer la máscara.

—Por favor, no... no insistas. Aprecio lo que han hecho, pero esto nos concierne solo a nosotros. A nadie más.

Katara apretó el hombro de Aang y dio un paso al frente.

—Sakura —llamó ella. La chica no se dio la vuelta—. Por favor, piénsalo bien. Tiene que haber otra manera.

La ojiverde se mantuvo quieta por lo que pareció una eternidad, solo para comenzar a alejarse después, a paso lento, pero digno, junto a sus compañeros.

Los Maestros no pudieron hacer más que observarlos hasta que sus siluetas se perdieron de vista.

—¿Y ahora qué? —preguntó Toph, llevándose ambas manos a las caderas, con una resignación que era más fastidio que aceptación de la situación.

Aang no sabía qué hacer. Las palabras de Naruto sobre el lazo que lo unía a Sasuke resonaron en su mente como el abatanar de un gong.

—Es uno de los lazos que formé después de haber estado mucho tiempo solo... Incluso aunque ahora esté con Akatsuki, yo... siempre lo voy a considerar mi camarada.

Sintió una punzada sorda en el pecho. Recordó lo que el vendedor de ramen y su hija les habían contado sobre la infancia del Uzumaki. Sobre la soledad que cargó, junto con el peso del odio y el resentimiento de una aldea entera por una tragedia de la que no era responsable. La imagen de su sonrisa —brillante como pocas que había visto— surcó su mente como una brisa que deja el rastro de un escalofrío tras de sí. Esa sonrisa que no se borraba pese a los golpes, pese a la sangre.

¿Cómo podría permitir que los esfuerzos de Naruto fueran en vano? No. No lo haría. No si todavía podía hacer algo.

—Los seguiré —declaró a sus acompañantes, ganándose las miradas pasmadas de las dos.

—Ese es el Pies Ligeros que conozco —se sonrió la Maestra Tierra, hundiéndole en el hombro con las puntas de los nudillos con brusquedad afectuosa. Siempre confiaba en que su amigo tuviera un segundo plan para todo. Conociendo el alcance de su compasión y respeto por la vida, no le sorprendía en nada que estuviera defendiendo así de tenazmente a un sujeto que ni siquiera conocía.

Katara, sin embargo, estaba un tanto más preocupada.

—¿Estás seguro acerca de esto, Aang?

—Más seguro que nunca. Puede que no sea el protector de este mundo, pero siempre ayudaré a quien lo necesite. Defendería cualquier vida de la misma manera. Criminal o no. Ninja o Maestro —golpeó la parte inferior de su planeador contra el suelo—. Ustedes esperen a que lleguen Sokka y los demás. Volveré pronto —se inclinó ligeramente para plantar un suave beso en los labios de la Maestra Agua. Toph, al sentir —especialmente oír— el gesto, sacó la lengua para expresar su disgusto.

Aang se impulsó con una ráfaga de aire, saltando hacia la copa de un árbol. Abrió su planeador, colgándose de él para dar un salto largo, y una vez suspendido, comenzar a volar.

—¡¿Que él qué?!

Sokka regresó un día después para recibir la noticia que menos quería escuchar. Unos transeúntes miraron en su dirección al notarlo alzar la voz, a lo que Katara frunció el ceño con alarma.

—¡Shh! No grites —reprendió—. Lo que oíste. Aang fue tras Sakura.

Su hermano se pellizcó el puente de la nariz, aplicando tanta presión que marcó pasajeramente las yemas de pulgar e índice en su piel.

—Debí saber que esto pasaría... ¡No tiene por qué meterse en los problemas de esos tipos!

—Ya sabes cómo es —dijo Toph, arqueando una ceja—. ¿En serio pensabas que iba a quedarse cruzado de brazos mientras van a mandar a alguien a la guillotina? Porque eso es básicamente lo que están haciendo. Aang jamás estaría a favor. Además, sabe lo mucho que Sasuke significa para Naruto… y eso que se hicieron amigos en menos tiempo del que tardé en aprender su nombre.

—¡No vinimos aquí para negociar con criminales ni para montar una operación de rescate ninja! —exclamó Sokka, moviendo los brazos como si la explicación necesitara coreografía—. ¡Vinimos porque un espíritu antiguo, supermaligno, extra siniestro, decidió despertar después de miles de años solo para convertir el mundo... o más bien, dos mundos, en sus patios de destrucción! ¿¡Cómo es que eso no es el foco principal!?

—Mira, en este momento lo único que podemos hacer es esperar. Y confiar, como siempre lo hemos hecho —dijo su hermana, con un tono que no dejaba espacio a dudas—. Aang no da la espalda cuando el mundo lo necesita. Nunca lo ha hecho. Encontrará la forma. Yo confío en él. Todos tenemos que hacerlo. No porque sea el Avatar, sino porque es Aang.

—¡No pudieron ni esperar a que regresara! —bufó Sokka, lanzando los brazos al aire como si acabara de perder una apuesta con el universo—. ¡Claro, claro, que se adelante sin avisar! Perfecto. Maravilloso. Me encanta tener que quedarme atrás en la Aldea Oculta de los Lunáticos.

Se cruzó de brazos, mascullando para sí antes de continuar con tono más práctico, aunque todavía visiblemente molesto: —En fin... si Naruto fue a ver al Raikage, lo más probable es que esté en camino al País del Hierro. Supongo que los otros se toparán con Aang cuando lleguen. No es que mi opinión importe mucho, ¿verdad? Sólo soy el tipo que planea las cosas.

—Claro que eres importante, Sokka —dijo Katara con una sonrisa contenida—. Ya completaste la mitad del plan tú solito. No podríamos haberlo hecho sin ti… y tu gran talento para agitar las manos mientras te quejas.

Sokka la fulminó con la mirada, pero era inútil. Katara sabía cómo envolverse en esa mezcla de afecto y sarcasmo que desarmaba cualquier protesta.

—Entonces, ¿los demás ya partieron? —preguntó, retomando el tono serio.

—Tan pronto llegaron —empezó Sokka, ya con tono de crónica indignada—. Cuando nos acercamos a la entrada, ¡bam! Apareció un escuadrón de esos ninjas silenciosos con cara de pocas pulgas, escolta cortesía del tal Danzō. Nos informaron que él ya había partido —cómo no— pero que muy gentilmente nos dejaba en manos de sus asistentes. Muy acogedor, si me lo preguntan.

Se cruzó de brazos, respirando hondo antes de continuar.

—Les rogué que me dejaran acompañarlos. Sí, rogué, en serio. Bueno, no me arrodillé ni nada, pero aun así. El shinobi que parecía sacado directamente de un manual de indiferencia me dijo que el Sexto Hokage había sido específico con el número de personas que podían ir. Y como el Señor del Fuego trajo dos guardaespaldas... Pues ya éramos multitud. Por supuesto, nadie se ofreció a irse para que yo pudiera entrar. Porque claro...

—¿Acabaste? —interrumpió Toph, con el tono de quien frena una presentación para avisar que ya se fue el público—. Porque si sigues dándotelas de cuentacuentos, voy a empezar a cobrar entrada. Y nadie quiere escuchar tu obra de teatro frustrada con el anciano ese, créeme.

—¿Fueron en Appa? —inquirió sin más preámbulos, como si lo anterior hubiese sido sólo ruido de fondo.

—Sí, era más rápido de ese modo —explicó Sokka, todavía divertido al recordar la cara de los dos ninjas que se quedaron paralizados frente a Appa, como si se les hubiera aparecido una criatura mitológica con complejo de sofá volador. Intentó tranquilizarlos asegurando que, si Appa tuviera problemas de carácter, ya los habría mandado a volar con un rugido. O sin rugido, con los dientes. Appa no necesitaba avisar.

—Pareces preocupado —murmuró Katara, como quien hojea un libro que ya conoce de memoria.

—¿Preocupado? ¿Yo? Cómo crees que... ¡Claro que estoy preocupado! —estalló Sokka, levantando los brazos en una nueva morisqueta de dramatismo paranoico—. Se fueron a reunirse con esos Kage misteriosos que no conocemos. Y si algo aprendimos en este viaje, es que los ninjas tienen una flexibilidad mental... digamos, cuestionable. Algunos pelean contigo, otros quieren matarte y otros te sirven té antes de apuñalarte. ¡No hay un protocolo claro!

—No es como si hubieras podido hacer mucho yendo con ellos —soltó Toph con su clásica ironía, aunque dejaba entrever un leve tono conciliador—. Estoy segura de que estarán bien. Saben cómo cuidarse solos. Tengo mis dudas sobre el Rey Tierra, sí, pero si Ty Lee y Suki están cerca, lo van a tener más vigilado que un niño intranquilo en una tienda de porcelana. Zuko... bueno, Zuko no necesita protección, a menos que alguien quiera protección contra él. Y tu papá, vamos, no llegó a jefe de tribu por saber hacer fuego con piedras. ¿O sí?

Sokka dejó escapar un suspiro, bajando los hombros. Confiaba en las habilidades de su padre y en la destreza de Suki —de hecho, los respetaba profundamente como luchadores—, pero eso no neutralizaba su inquietud. Habían ido a encontrarse con personas famosas por ser lo más parecido a mercenarios mágicos con historial sangriento. Y esa etiqueta no era exactamente reconfortante.

—Ten fe —dijo Katara, con esa firmeza serena que era su sello personal. Su sonrisa no era ingenua, sino una promesa de que Aang y los suyos estaban donde debían estar.

Pero incluso la fe —esa compañera silenciosa que los sostuvo en más de una batalla interna y externa— empezaba a tambalearse frente al abismo imprevisible que ahora se abría bajo sus pies.

Los copos caían sobre el país helado y bañado en nieve de los samuráis. De cara al cielo gris, el Niño de la Profecía se hallaba recostado en un tejado, perdido en el remordimiento. Una tristeza arraigada opacaba sus ojos azulados, volviéndolos ceniza.

Fracasó.

No pudo conmover al Raikage para que detuviera la busca y captura de Sasuke por más que le rogó de rodillas, enterrando el rostro tan profundo en la nieve que sus lágrimas —calientes, patéticas, disolventes— tocaron la hierba oculta debajo. Nada de eso importó.

Todo fue inútil.

El frío se le pegaba a las mejillas como dos láminas de papel mojado. Le atravesaba la chaqueta, haciendo sus músculos temblar en un intento de mantener el calor. La humedad del aire le hacía gotear la nariz. Pero le daba igual. Otro tipo de helada, más punzante, más rigurosa, le congelaba las entrañas.

Ahora sabía la fuente de la ira de Sasuke. Qué lo llevó a involucrarse con Akatsuki, y por qué no regresó a Konoha después de vengarse de su hermano, Itachi.

Casi deseó nunca haberlo sabido.

Resultó ser que Itachi había masacrado a su clan —el Uchiha— por orden de los altos mandos de la aldea para proteger a Sasuke y evitar una guerra. Tomó el peso del deber de mantener la paz y lo cargó sobre sus hombros hasta la tumba. Al descubrir la verdad, Sasuke juró vengarse de Konoha por lo que hicieron, no solo a su clan, sino también a su hermano mayor.

Naruto no había querido creerlo. Pensó, ingenuamente, que él querría respetar el deseo de su hermano regresando al hogar por el que dio la vida. Pero Sasuke, en cambio, eligió otro camino. Lo eligió él mismo. Fue su decisión.

Un "verdadero vengador", lo había llamado Madara cuando les contó a él, a Kakashi y a Yamato la verdadera historia. Mencionó que seguir la senda del odio era su destino, su maldición, su dogma. Uno transmitido por generaciones a través de la historia, y que necesariamente chocaría con la Voluntad de Fuego algún día. El odio era, para Sasuke, su mayor arma: su camino ninja.

Él necesitaba ver por sí mismo en qué tipo de persona se había convertido aquel a quien consideraba mejor amigo. Mirarlo a los ojos y comprobar que realmente tomó la decisión por su propia voluntad, no porque lo manipularon. Requería tener la prueba ante sus ojos para creer de verdad que se atrevería a tirar por la borda el sacrificio de Itachi sin miramientos.

Observó, desde arriba, cómo el Capitán Yamato se disculpaba con el posadero por el daño que causaron al techo en su confrontación con Madara, prometiéndole que lo repararía con el Elemento Madera. Luego vislumbró, a lo lejos, a alguien saltando desde un árbol alto, amortiguando su caída con una bola de aire que generó a sus pies como una alfombra.

—...¿Aang?

El monje corrió en dirección a la posada, con la agilidad propia de quien domina el viento como extensión de sí mismo. Naruto lo divisó desde la cornisa, y sin pensarlo, saltó al suelo para interceptarlo de frente. El encuentro fue tan súbito que Kakashi apenas alzó una ceja, mientras Yamato se tensaba al instante.

—¿Ese niño otra vez...? —murmuró el pelicastaño, descolocado—. ¿Cómo demonios supo que estaríamos aquí?

—¡Naruto! Gracias a los espíritus que te encontré primero —dijo atropelladamente, quitándose de a poco la premura de encima, pero no la urgencia.

Naruto parpadeó varias veces, abrumado por la repentina aparición. Las palabras del otro eran un torbellino que no lograba descifrar, y sin embargo, algo en su pecho se iluminaba entre la penumbra que lo atenazaba desde hacía horas. No entendía lo que estaba pasando, pero estaba feliz de verlo.

—¿Eh...? ¿De qué estás hablando? Quiero decir... No... —balbuceó, intentando poner orden en el caos mental antes de que sus emociones lo desbordaran—. ¿Qué estás haciendo aquí...? —añadió con una mezcla de confusión, incredulidad, y una sonrisa que se escapó sin pedir permiso.

—Hay problemas —dijo Aang, decidiendo dejar los saludos para después, en virtud del calibre de la noticia que debía darle—. Los ninjas de tu aldea decidieron perseguir a Sasuke también.

Naruto se congeló como si el frío por fin le hubiera calado los huesos. Yamato y Kakashi, que se habían llegado hasta su lado, quedaron igual de atónitos: aunque el del Sharingan un tanto menos que ellos.

—...Era de esperarse —dijo poco después, no con menos peso, aunque lo hubiese previsto—. Ahora que se ha dado la orden de eliminarlo, los demás se sentirán responsables de llevar a cabo esa misión, ya que era uno de los nuestros.

Naruto tembló de cabeza a los pies de pura furia desbordada.

—¡¿Y nadie está en contra de la idea?! —clamó, la voz destemplándosele en los márgenes—. ¿Qué hay de Sakura-chan?

—Ella... está de acuerdo.

El rubio retrocedió un paso como si le hubieran dado con el puño desnudo, el rostro desfigurado en una mezcla de horror e ira. Al verlo alborotarse —en la respiración fuerte, en el cuerpo tenso—, Aang dudó en si seguir era lo mejor. Pero no había vuelta atrás. Y él ya había resuelto involucrarse.

—No sé por qué cambió de opinión... ni cuándo —admitió Aang, aún con la respiración algo agitada—. Pero viene hacia aquí. Para informarles personalmente, en nombre de todos. La seguí hasta el pueblo. Debe estar por aquí en algún lugar. Traté de convencerlos, de que esperaran tu regreso tras hablar con el Raikage… pero no me escucharon.

Naruto bajó la mirada, y la tensión en su espalda se volvió más evidente.

—¿Qué pasó? ¿Lograste hablar con él?

—No me escuchó —confesó, con un tono que mezclaba decepción y frustración—. Yo… traté de todo. Pero no pude convencerlo. No me dio espacio ni para explicarlo bien. Y lo peor... lo que más me cuesta entender, es que los demás estén de acuerdo. ¡Consideraban a Sasuke un camarada! ¡Un compañero como cualquiera de nosotros! ¿Cómo pueden decidir algo así tan rápido? Como si ya hubiesen renunciado a él...

El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso. Aang lo miró con comprensión, reconociendo esa mezcla de impotencia y lealtad desesperada que él mismo había sentido alguna vez al defender a otros.

—Quieren evitar una guerra entre Kumogakure y Konohagakure —dijo Aang, la mano que temblaba alrededor de su planeador delatando su propio desengaño—. ¡Pero tiene que haber otra alternativa! Matarlo no es justicia, es un atajo cruel. Si los cargos son ciertos, que se le juzgue como corresponde. ¡Deshacerse de él como una forma de equilibrio diplomático es... es inhumano!

La frase quedó flotando en el aire justo cuando Sakura apareció. Se detuvo en seco al verlo, atónita.

—¿Aang...?

—¡¿Cómo llegaste aquí?! —exclamó Kiba, apuntándole como si fuera un intruso colado en una reunión secreta.

—Tal vez nos siguió —sugirió Lee, entre impresionado y confundido—. Aunque encontrar a Naruto-kun antes que nosotros… eso tiene mérito.

Naruto dio un paso adelante, instintivo, colocándose frente a Aang con gesto protector. Su mirada a Kiba fue afilada, no agresiva, pero sí firme.

—Ya me contó todo —dijo, dejando claro que estaba del lado del extranjero—. Y quiero entender qué está pasando. ¿Por qué están decididos a ir tras Sasuke como si fuera una misión de ejecución? ¡Era nuestro compañero! ¡¿Cómo pueden renunciar a él tan rápido?!

—¡Tch! ¡Te dije que no te entrometieras! —le espetó Kiba a Aang, con una tensión que raspaba en la voz. Naruto, sin moverse ni un centímetro, se mantuvo frente al Avatar, como un muro reforzado de convicción—. ¡Y basta de hacernos ver como los villanos! ¿Qué más da si somos nosotros o los de Kumo quienes lo persigan? Al final, lo van a ejecutar igual. ¡Es inevitable!

—¡Cállate! —Sakura irrumpió con corte de navaja en el drama, y su patada bien dirigida a la canilla fue más persuasiva que cualquier argumento. Kiba se desplomó con un quejido, masajeándose la pierna como si con ello pudiera reconstruir su dignidad—. Naruto, escucha… —empezó ella, queriendo recobrar control.

—¿Tú también estás de acuerdo? —la interrumpió él, incrédulo, la desesperación filtrándose en cada palabra.

—...Lo estoy —respondió Sakura, sin esquivar la mirada. No era crueldad, pero tampoco consuelo.

Naruto dio un paso atrás, como si la respuesta le golpeara el pecho con más fuerza de la que estaba preparado para soportar.

—Pero... ¡¿Por qué?! ¡Nunca aceptarías que Sasuke muriera! ¡Tú... tú lo amas!

Hubo un silencio que pesaba más que la frase. Sakura bajó apenas la mirada, y entonces dijo:

—¿Quién dice que lo hago?

Naruto se quedó mudo, como si el aliento se le hubiese desordenado por dentro y no supiera dónde quedaba la salida.

—Cierto, puede que haya sentido algo por él hace años, pero era una niña entonces —comenzó Sakura, su voz más firme de lo esperado—. Sasuke-kun ha estado lejos demasiado tiempo, y las cosas que hizo... —Las palabras salían como cuchillas al aire helado—. ¿Cómo podría seguir enamorada de alguien que eligió ese camino?

Naruto la miró, incrédulo.

—¿Qué estás diciendo...?

—Que ya no lo amo, Naruto. Dejé de hacerlo hace mucho. Estos últimos años lo quise como a un amigo, como a un recuerdo bonito que se fue desdibujando. Pero hace poco entendí algo. A quien amo de verdad... es otra persona —dijo, bajando apenas la voz. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave, como si revelaran lo que su tono trataba de mantener bajo control—. Y esa persona eres tú.

El silencio que siguió fue un segundo suspendido en piedra. Las miradas de los presentes se cruzaron como piezas de un rompecabezas desordenado. Kiba se quedó con la boca abierta, Rock Lee buscó súbitamente interés en una nube, y Aang entrecerró los ojos, tratando de procesar qué acababa de ocurrir.

Pero nada se comparaba con la expresión de Naruto: ojos enormes, gesto congelado entre el desconcierto y algo que empezaba a parecer esperanza.

—S-Sakura-chan... ¿puedes... puedes repetir eso? —logró decir, como quien necesita asegurarse de que el universo no le estaba haciendo una broma pesada.

—¡Te dije que te amo, idiota! —estalló Sakura, con las mejillas ardiendo—. ¡Por lo menos presta atención cuando una chica se te confiesa!

Yamato dio un paso adelante, claramente incómodo por el giro repentino, pero Kakashi lo frenó con una mano en el hombro. Sabía que interferir no arreglaría nada. Y tenía la sensación de comprender lo que su alumna pretendía conseguir con aquello.

—La verdad, no sé en qué estaba pensando cuando me gustaba Sasuke —continuó Sakura, rehuyendo la mirada como una chiquilla avergonzada—. Tú siempre estuviste ahí, Naruto. Siempre. Y recién ahora me doy cuenta de cuánto significó eso. Fui una tonta por no verlo antes.

Naruto, sorprendido al principio, dejó que la ilusión se colara en su rostro por un instante... pero pronto se volvió duda.

—Si estás bromeando, no tiene gracia... —dijo con la voz tensa.

—¿Bromeando? ¿Por qué crees que bromearía con algo así? —replicó Sakura, herida—. Ya no soy una niña, Naruto. Y tú tampoco. He empezado a ver el verdadero color de las cosas. Ya puedes olvidarte de esa promesa que me hiciste. No la necesito.

—No entiendo… ¿por qué ahora? ¿Por qué de repente?

—¿Quieres que te diga por qué me enamoré de ti? —preguntó ella, acercándose lentamente—. Porque fuiste tú quien siempre me animó, quien me sostuvo cuando sentía que todo se venía abajo. Sasuke se fue, se volvió cada vez más ajeno… hasta convertirse en alguien que no reconozco. Pero tú… tú creciste. Te convertiste en alguien fuerte, en alguien que todos aman… incluida yo —lo abrazó, con una ternura que temblaba entre las palabras—. El niño tonto que conocí se volvió el hombre que está frente a mí, y no puedo dejar de verlo. Desde el fondo de mi corazón, yo…

—¡Basta, Sakura-chan! —interrumpió Naruto, cortante, apartándola de golpe y sosteniéndola por los hombros—. ¡Te dije que esta broma no tiene gracia!

Ella se quedó inmóvil.

—¿Por qué estás actuando así? Sólo te estoy diciendo que me gustas… que ya no es Sasuke. ¿No dicen que el corazón de una mujer cambia como el cielo de otoño?

—¡Odio a las personas que se mienten a sí mismas!

Sakura retrocedió como si él la hubiese golpeado.

—¿Estás diciendo que me estoy mintiendo a mí misma? —La voz se le quebró, luego estalló—. ¡Yo sé lo que siento! ¡Si yo no te gusto, podrías haberlo dicho en vez de inventar excusas!

—¡¿Es que no te parece raro venir hasta acá solo para decir eso?! —exclamó Naruto, aún abrumado.

—¡¿"Solo" para decir eso?! ¡¿Crees que es fácil para una chica confesar lo que siente?! —respondió Sakura, dolida y encendida—. ¡Por supuesto que vendría hasta acá! Siempre es lo mismo contigo: corriendo detrás de Sasuke, arriesgando tu vida sin mirar atrás. ¡Eres el jinchūriki del Nueve Colas, por el amor de Kami! ¿Podrías preocuparte por ti al menos una vez? Estoy tratando de decirte que quiero que pares, que regreses... que regreses a casa. Conmigo.

—Todo lo que escucho... son mentiras —murmuró Naruto, apretando los puños.

—¡¿Qué te pasa?! ¡No siento nada por ese criminal! ¡Deja ya esta tontería y esa promesa absurda!

Naruto alzó la mirada. Había una sombra nueva en sus ojos, algo que no estaba allí la última vez que la vio.

—Esto ya no se trata de la promesa. Ahora entiendo mejor por qué Sasuke se obsesionó con la venganza. Él amaba a su familia, a su clan… tanto, que no sabe cómo perdonar lo que se perdió.

—¿Y entonces por qué se unió a Akatsuki después de derrotar a Itachi? —interrumpió Kiba, con tono ácido—. Si eso fuera cierto, habría vuelto… no se habría alineado con criminales.

—No es como piensas, él en realidad...

—¡Naruto! —lo cortó Kakashi con firmeza. Había sido claro antes: hasta que tuvieran pruebas claras, no debían revelar la verdad sobre Itachi. Naruto se detuvo, recordó... y desvió su argumento.

—...No importa. Incluso si aquella promesa ya no tiene sentido, quiero salvarlo. No por obligación. Por lo que aún creo que queda de él. Ya lo decidí.

Sakura frunció el ceño, agotada. El filo en sus palabras volvía.

—¡Tch, ya tuve suficiente! —gruñó, girando sobre sus talones—. Me voy. Kiba, Lee-san, Sai… vamos.

Y se marchó con pasos furiosos que dejaron huellas en la nieve. Lee le dirigió una mirada consternada a Naruto. Kiba suspiró, luego lo siguió. Sai, como siempre, no dijo nada.

Después de observar en silencio cómo Sakura y los demás se perdían entre la nieve, Naruto permaneció un momento más frente a la puerta. El aire gélido le ardía en los pulmones, pero no se movió. Finalmente, se giró sin decir nada y volvió a entrar en la posada con pasos pesados, como si arrastrara más que nieve en las sandalias.

—Naruto... —se atrevió a decir Aang, con cautela—. ¿Estás bien?

Naruto se detuvo, y giró apenas el rostro. Su sonrisa fue rápida, falsa, demasiado pulida para ser auténtica.

—Estoy bien —dijo, como quien repite algo aprendido—. ¿No tienes frío tú? Estás como... a medio vestir, ¿no? Vamos, adentro.

Aang abrió la boca para replicar, pero se quedó ahí. Sabía reconocer un intento de esquivar emociones cuando lo veía. Naruto no quería hablar, y él no iba a forzarlo.

—…En realidad, no. Regulo la temperatura de mi cuerpo con Aire Control.

Naruto parpadeó.

—¿Aire qué?

Desde un rincón más apartado, Yamato observaba en silencio. Kakashi junto a él no decía nada, pero su mirada estaba cargada con una mezcla de comprensión y lástima. Ambos sabían que ese tipo de dolor no se esquivaba: sólo se acomodaba, despacio, como una herida que uno se niega a mostrar.

Y Naruto era dado a esconderlas.

Seis figuras se acomodaron alrededor de una mesa ovalada, cada una detrás de un pergamino vertical donde se leía el nombre de su respectiva aldea. El ambiente estaba cargado de silencio eléctrico. Fue como si la temperatura, ya baja, hubiera descendido de golpe a cero, amenazando con convertir la nieve que caía ese día sobre el País del Hierro en granizo.

A un costado, un hombre de postura firme y vendajes en la cabeza permanecía de pie junto a una mesa contigua. Su voz, grave y cortante, rompió el mutismo inicial:

—Pongan sus sombreros sobre la mesa.

Los Kage obedecieron sin objeción. Uno a uno, los símbolos de poder quedaron reposando sobre la superficie, como emblemas de tregua temporal.

—Nos encontramos aquí en respuesta a la convocatoria del Raikage —prosiguió el hombre—. Mi nombre es Mifune, Taishō(2) del País del Hierro, y seré el moderador de esta junta.

Las miradas entre los líderes se cruzaron como kunai invisibles, cada una evaluando la voluntad y el peligro del otro. La reunión estaba lejos de ser una conversación: era una danza en la cuerda floja del equilibrio mundial.

—¡La junta comienza ahora! —anunció Mifune.

El primero en tomar la palabra fue el joven Kazekage, Sabaku no Gaara(3), que irradiaba una calma casi monástica.

—Yo comenzaré. Les pido su atención...

Pero antes de que pudiera continuar, lo interrumpió una voz áspera y cargada de años.

—Cuánto ha cambiado la constitución de los Cinco Kages —comentó Ōnoki, el veterano Tsuchikage, con media sonrisa torcida—. Debes de ser muy especial para portar ese título a una edad tan... precoz. Parece que tu padre te entrenó bien. Bueno, salvo en modales.

Gaara lo miró sin parpadear, como quien escucha el viento más que las palabras.

—Es probable que tenga razón. Justamente por eso estoy aquí. Como Kazekage.

—¡Jajajaja! ¡Mocoso insolente! —se carcajeó Ōnoki, divertido y ofendido a la vez.

—Tsuchikage —intervino Mei Terumī, con la elegancia afilada que la caracterizaba—. Le agradecería que no interrumpiera. Kazekage, por favor, continúa.

—Empezaré diciendo que fui un Jinchūriki —declaró Gaara con calma glacial, pero con la intensidad propia de quien habla desde la cicatriz—. Akatsuki me convirtió en objetivo. Me capturaron. Estuve al borde de la muerte cuando extrajeron a mi Bestia con Cola. Por eso, estoy calificado para decir que son una amenaza letal.

Sus ojos recorrieron la mesa, sin miedo, sin temblor.

—Pedí ayuda en repetidas ocasiones. Fui ignorado. La única que respondió fue la antigua Hokage. Pero ahora, con tantos jinchūriki ya capturados… temo que estamos reaccionando demasiado tarde.

Un murmullo contenía el aire, hasta que el Tsuchikage lo cortó con una exhalación de desdén.

—¡Hmpf! Que las grandes naciones ninja alerten sobre la desaparición de sus jinchūriki es una vergüenza. ¡Se les debe recuperar en silencio, sin debilitar el prestigio! ¿Desde cuándo se clama ayuda por asuntos internos?

Gaara no respondió, pero su siguiente frase cayó como arena sobre una porcelana rota:

—Las buenas apariencias… el estatus… Qué conceptos tan ridículos y caducos.

Ōnoki frunció el ceño. A su juicio, ese chico no estaba hablando por preocupación global. Lo veía como una provocación directa: una manera elegante de señalarles su negligencia. Y eso, claro, lo irritaba.

Antes de que Mei pudiera intervenir, la reunión se vio interrumpida por el sonido de pisadas firmes. La puerta se abrió, revelando a dos samuráis escoltando a un grupo de ninjas de Konohagakure. Se detuvieron frente a la mesa y uno de los samuráis anunció:

—Los asistentes faltantes de la reunión han llegado.

Los Kage giraron levemente los rostros, evaluando con rapidez la irrupción. El foco recaía ahora sobre Danzō. Y con él, una serie de silencios expectantes que nadie quería romper... todavía.

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. 忍犬, (ninken). "Perros ninja".

2. 大将, (taishō), "general". Es también un rango samurái.

3. 砂瀑の我愛羅 (Sabaku no Gaara) vendría a significar "Gaara de la Cascada de la Arena", aunque en el doblaje latinoamericano se traduce como "Gaara del Desierto".

Chapter 5

Notes:

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Chapter Text

La sala de reuniones se sumió en un silencio cortante. Los cuatro recién llegados permanecieron en la entrada mientras uno de los escoltas de Konoha hacía el anuncio oficial. Frente a ellos, los Kage los observaban con expresiones enigmáticas, como quien descifra piezas nuevas en un tablero demasiado antiguo como para añadirle otras.

—¿Esos son los invitados que mencionaste, Hokage? —preguntó A con el ceño fruncido, lanzando una mirada ladeada a Danzō.

El hombre de vendajes entreabrió su único ojo visible para examinar a los recién llegados.

—Me parece que lo son, Lord Raikage.

—¿Invitados? —replicó Terumī, girándose con gracia bordeada de acero—. ¿De qué están hablando?

—Hn. No me sorprende que no se los haya comunicado —bufó el Raikage, echándose hacia atrás con los brazos cruzados como un muro de músculos y desconfianza—. Apenas tuvo la decencia de informarme. Y eso... en el último minuto.

—Hokage —intervino Gaara con voz firme—. Le pido que se explique.

—Es justamente lo que iba a hacer, joven Kazekage —respondió Danzō, con tono falso de cortesía donde brillaba una nota de animosidad difícil de esconder. Para Gaara, esa nota era cristalina. —Hace unos días, un grupo de viajeros llegó a mi aldea solicitando asistencia para localizar una amenaza emergente, la cual, según sus testimonios, muestra indicios de estar conectada con el objeto central de esta reunión: la organización criminal Akatsuki.

—¿En qué manera, exactamente? —inquirió el Tsuchikage, áspero como grava seca.

—Dejemos que los extranjeros nos lo expliquen —respondió Shimura, girando la cabeza con parsimonia hacia Mifune. El samurái asintió en silencio y luego hizo un ademán solemne, invitando a los recién llegados a aproximarse.

—Por favor, preséntense.

Los samuráis y los ninjas de Konoha se retiraron a la orden. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, los visitantes intercambiaron miradas y, sin necesidad de palabras, eligieron a su portavoz.

El más joven dio un paso al frente. Aun en su evidente juventud, su porte irradiaba autoridad y su andar tenía el peso de alguien que ha conocido el deber antes que el descanso. Vestía ropas ornamentadas que no respondían a ningún canon conocido en aquella sala: hombros en punta como salidos de una ópera marcial, una capa carmesí que danzaba al ritmo de sus pasos, y botas de líneas angulosas. Su cabello negro estaba recogido en un moño alto, coronado por un tocado con forma de llama estilizada. Pero lo que más llamaba la atención era la quemadura que surcaba la mitad izquierda de su rostro: reseca, correosa, imborrable. Aquella cicatriz hablaba de batallas personales que no figurarían en ningún informe.

Nadie le ofreció una silla, y él tampoco se detuvo a esperarla. Sabía por qué estaba allí, y no era para perder tiempo.

—Mi nombre es Zuko. Ignoro si el Hokage les ha compartido esta información, pero ostento el título de Señor del Fuego, lo que me convierte en el líder supremo de la Nación del Fuego, lugar del cual provengo —dijo con calma, dejando cada palabra caer por su propio, exacto peso.

Los presentes se tensaron, alertados por la coincidencia. Varias cejas se alzaron como un murmullo sin voz.

—¿Nación del Fuego, dijiste? —preguntó Gaara, moderando el pasmo que le cruzaba el rostro como arena en calma.

—Así es… Me han informado que el nombre de mi nación coincide con el del país en el que se encuentra Konohagakure, pero es una simple coincidencia. Como entenderán, la mía existe en otro mundo.

—¿Qué cosas estás diciendo, mocoso? —tronó el Raikage, con esa voz suya capaz de quebrar paredes—. ¡Aclárate, que no haces ningún sentido!

Zuko no se inmutó. No había en su rostro ni rastro de enojo o intimidación, sólo un cansancio sereno que hablaba de muchas noches en vela.

—Supongo que no están del todo informados —dijo, con un suspiro leve.

Para él tampoco era fácil de creer. Cuando Sokka irrumpió en el palacio con aquella historia descabellada —una realidad alterna poblada por humanos con habilidades prodigiosas—, pensó que su amigo había vuelto a probar jugo de cactus. Pero entonces mencionó las pesadillas de Aang, las advertencias del Avatar Roku, el cruce entre mundos… y Zuko, que había aprendido a confiar en el instinto del monje, decidió arriesgarse.

Se detuvo apenas unos segundos, paseando la mirada por cada rostro en la sala.

—No estamos aquí por capricho —añadió, esta vez con una firmeza templada por la responsabilidad—. Vinimos porque hay algo allá afuera que amenaza nuestro mundo. Y si nuestras realidades están empezando a entrelazarse… podría terminar amenazando el suyo también.

Un silencio pesado se instaló como una niebla entre todos. El relato se alejaba tanto del protocolo común que incluso los más templados parpadearon con lentitud, como intentando actualizarse a las reglas modificadas de un juego que creían conocer. Nadie interrumpió. Ni un carraspeo. Solo el aullido lejano del viento afuera.

Zuko continuó, impasible.

—Lo resumiré lo mejor posible. Venimos de una realidad muy diferente a la suya. En nuestro mundo, los territorios se dividen en cuatro grandes regiones, a las que llamamos las Cuatro Naciones.

Se volvió hacia su izquierda.

—Este es el Jefe Hakoda, líder de la Tribu Agua del Sur.

Hakoda hizo una leve reverencia. Su vestimenta era mucho más sencilla en comparación con Zuko: una túnica azul claro, de manga corta y cuello alto, que resaltaba aún más al lado del rojo fuego del Señor del Fuego. Parecía curtido por batallas, de mediana edad, con ojeras que parecían labradas por décadas de guerra.

—Él es el Jefe Arnook, de la Tribu Agua del Norte.

Arnook era notablemente mayor. Llevaba cuentas en el pelo —un adorno tradicional de las tribus— y un collar hecho con dientes de ballena. Su atuendo era de un azul profundo, con cuello de piel blanca propio de tierras gélidas.

—Y él, el Rey Tierra Kuei, del Reino Tierra.

Más que vestido, parecía estar envuelto por un ritual estético: un chaofu(1) de tonos amarillos y verdes, un collar con cuentas de jade y lentes delicados que empujó temblorosamente sobre el puente de su nariz. Aunque su postura era rígida, la boca apretada lo traicionaba. Aterrorizado, sí, pero aún así reacio a soltar su dignidad. Se mantenía cerca de Arnook, como si el frío del norte pudiera atemperar sus nervios.

Zuko volvió a dirigirse a la mesa:

—Estamos aquí por solicitud del Avatar. Él ha conversado previamente con el Hokage, planteándole la preocupación que hoy nos trae: la liberación de un antiguo espíritu llamado Vaatu.

Pausa.

—Aunque no puedo decir que comprendo del todo lo que el Hokage quiso decir al afirmar que este espíritu estaría vinculado, de algún modo, con "Akatsuki". Ese nombre… no me resulta familiar.

La siguiente pausa fue larga. Tan larga que incluso el aire pareció incomodarse. Los Kage se miraron entre ellos, no para compartir opiniones, sino porque necesitaban validar que todos seguían en la misma dimensión.

El Raikage fue el primero en desatarse.

—¡¿Qué es este absurdo, viejo zorro?! —rugió, inclinándose hacia adelante como si fuera a arrancar la mesa del suelo—. ¡¿Con qué propósito nos traes a este montón de locos?!

—Francamente... no sé qué decir —admitió la Mizukage, el ceño apenas fruncido. Su rostro intentaba mantenerse sereno por protocolo, pero fallaba por dentro—. Esta historia me resulta... inverosímil. ¿Ustedes aseguran ser visitantes de otra dimensión?

—Créannos que esto es tan increíble para ustedes como lo es para nosotros —intervino Hakoda, dando un paso al frente con gravedad serena—. Hemos cruzado hasta aquí mediante lo que podría llamarse un portal, un punto de conexión entre ambos mundos. Según me informaron, se encuentra en algún lugar del País del Agua.

Aquello lo había escuchado de boca de su hijo, Sokka, durante aquella explicación larga y extraña. Hakoda había dudado, sí, como todos los hombres razonables lo hacen ante lo imposible. Pero el nombre del Avatar tenía peso. Y su intuición lo empujó a considerar que tal vez no todo era locura.

—¿En el País del Agua? —Mei frunció aún más el entrecejo, como si quisiera atrapar la lógica del asunto—. Nunca he oído mencionar semejante portal...

—¿Quién es el "Avatar"? —preguntó Gaara, mirando al grupo con el mismo aplomo con el que uno mide el clima antes de salir a caminar por el desierto. Daba a entender que cualquiera era libre de responder.

—Dudo que usted o la señorita Mizukage lo conozcan —respondió Danzō, con esa sequedad que disfrazaba superioridad—. Es una figura de leyenda ancestral.

—No estarás hablando del mismo Avatar de esa vieja historia, ¿verdad? —inquirió Ōnoki, medio incrédulo y medio intrigado.

—¿Leyenda? ¿Qué leyenda? —bramó A, más reactivo que curioso.

—¡Jaj! Los jóvenes necesitan leer más —bufó el anciano Tsuchikage, con una sonrisa de piedra—. No me sorprende que no hayan oído hablar de ella. Es cosa de mayores. Una historia de fogata, sobre un ser mítico y ancestral, encarnación de lo divino... poderoso, impetuoso, cambiante.

Hizo una pausa dramática, antes de clavar su mirada en Danzō.

—Pero si estás diciendo que hablaste con él, Shimura... eso ya roza la locura. Y francamente, no veo qué demonios tiene que ver todo esto con Akatsuki.

—Yo mismo dudé, Tsuchikage-dono —respondió Danzō, con la gravedad de quien se juega la carta final—, pero estoy convencido. El individuo que vino a mí no solo decía ser el Avatar… lo demostró. Y aquí está su gente.

—No puedes pretender que nos traguemos esta fantasía, Danzō Shimura —gruñó Ōnoki—. Ese cuento siempre se ha tomado como eso: un cuento.

—Tú no eres precisamente alguien que cree en fantasías —se sumó el Raikage, su furia bajando un par de tonos, casi como si el desconcierto hubiera amortiguado la indignación—. Desprecio tu forma de actuar, Hokage... pero sé que no te dejas llevar por niñerías.

Destensó brazos con lentitud, como quien acepta discutir un absurdo solo por estrategia.

—Muy bien. Supongamos que toda esta locura que dicen es cierta... ¿Qué es ese tal "Vaatu" que mencionaron?

—Vaatu es descrito en antiguos textos como el espíritu del desorden, la discordia, lo no armonioso —dijo Arnook con serenidad, aunque firme, como si solo con nombrarlo ya invocara algo oscuro.

Había leído sobre él en sus años de investigación espiritual, motivado por las enfermedades de su hija, la princesa Yue. El informe de Sokka trajo esos recuerdos como fragmentos de hielo derretido.

—Nuestro mundo tiene una relación profunda con los espíritus —continuó—. En los tiempos previos a nuestras civilizaciones, los espíritus vagaban libremente. Vaatu, portador del caos, luchaba constantemente contra el espíritu de la luz, aquel que reside hoy en el Avatar. Hace milenios fue encarcelado, pero recientemente fue liberado. Y ahora... está aquí.

—¡¿Qué?! —el Raikage se agitó en su asiento, como si algo invisible le apretara el pecho—. ¡¿O sea que se les escapó y quieren que lo cacemos nosotros?! ¡No me jodan!

—No es... exactamente así —balbuceó el Rey Tierra Kuei, tomando aire como quien se lanza a una piscina helada. Al principio intentó sonar seguro, pero la mirada cortante del Raikage redujo su voz a cristales rotos—. El Avatar... tuvo una visión. Una premonición. Vio que Vaatu estaba vinculado a alguien de este mundo.

—¿Con quién? —preguntó Gaara, su voz tan quieta que parecía una hoja sobre la arena.

—No lo sabemos con certeza —respondió Zuko, ahora más solemne que nunca—. Pero en cada sueño, Vaatu aparece... acompañado por algo llamado "Sharingan".

Entonces sí: los ojos se abrieron. Todos. Salvo, por supuesto, los de Danzō.

—¿Entonces creen que todo está relacionado por un simple sueño? —se burló Ōnoki, con una risa seca que apenas le arrugó el rostro—. Qué ridículo.

—Lo creo por encima de cualquier otra cosa —replicó Arnook, sin elevar la voz, pero con un temple que desafiaba los siglos—. La precognición, en especial la del Avatar, jamás debe subestimarse. No sé cuáles son sus creencias en este mundo, pero en el nuestro, los sueños tienen valor. Pueden ser presagios, advertencias disfrazadas de visión. Muchas veces han anticipado catástrofes… con escalofriante exactitud.

La sala quedó en silencio, apenas interrumpida por el crujido de una armadura samurái al cambiar de postura.

—Ahora es buen momento para mencionar esto —interrumpió el Hokage abruptamente, su tono sin ceremonia—. Creo que Madara Uchiha es el líder de Akatsuki.

El aire se congeló. Los representantes de las Cuatro Naciones se miraron entre sí, completamente ajenos al peso del nombre. Pero para los Kage, era como si una tumba mal cerrada se hubiera abierto.

—¿Madara Uchiha...? Pensé que llevaba siglos muerto —dijo Ōnoki, con voz más baja, y algo más humana.

—Yo también lo creí. Pero nuestra fuente es confiable —afirmó Danzō, sin pestañear.

Ōnoki apretó los labios. Él lo conocía. Él había luchado contra ese hombre. No contra un símbolo o una historia: contra un monstruo que caminaba con pasos de guerra.

—Nunca lo hubiera imaginado… aunque sí, era un monstruo —murmuró con voz tan amarga que parecía provenir de otra década.

—Entonces, según entiendo, la hipótesis es que este "Vaatu" está conectado con Madara por el sueño del Sharingan, ¿correcto? —dedujo Mei, entornando los ojos hacia Danzō.

El Hokage no respondió, pero su ojo se cerró con lenta deliberación. Un gesto que, viniendo de él, equivalía a un asentimiento.

—No me parece una teoría absurda —añadió la Mizukage, cruzándose de brazos—. Pero si pretende que tomemos todo esto como verdad, más vale que haya visto algo que lo convenza sin lugar a dudas. De hecho, resulta una coincidencia inquietante que esto ocurra justo cuando Akatsuki parece fortalecerse.

Mei se inclinó levemente hacia la mesa, retomando con voz más fría:

—Pero volviendo al punto anterior: la captura de los bijū por sí sola no justifica un pánico inmediato. Controlarlos… no es tan simple.

Ōnoki asintió con la cabeza, dirigiendo la palabra ahora al Kazekage:

—Según entiendo, los hospedadores deben convivir años con las Bestias con Cola para empezar a adaptarse. Y aún así, controlarlas no sucede de un momento a otro. ¿Estoy en lo cierto, Kazekage?

Gaara no respondió enseguida, pero el silencio le dio la razón.

—De hecho —añadió Danzō, retomando el foco—. Los únicos individuos que se sabe han logrado controlar a un bijū son Madara Uchiha, el Primer Hokage Hashirama Senju… tal vez el Cuarto Mizukage, Yagura… y por supuesto, el hermano del Raikage, Killer B.

De súbito, el Raikage golpeó la mesa con el puño, despedazándola en un solo movimiento. La madera estalló en astillas, dejando un cráter en el centro del salón.

¡Dejen de parlotear! —rugió A, con la garganta hecha trueno.

El estruendo fue tal que pareció detener el tiempo. Los cuatro extranjeros retrocedieron instintivamente, sorprendidos por una fuerza que solo habían oído en leyendas.

En un pestañeo, los guardaespaldas de los Kage irrumpieron por todos los flancos, saltando como proyectiles sobre lo que quedaba de la mesa. Sus armas centelleaban, tensas y dirigidas hacia el Raikage. Frente a él, dos figuras lo interceptaron al instante: los hombres del Hokage, Fū y Torune, bloqueando a los demás con determinación férrea.

Kuei chilló, estridente e inapropiado, desentonando con la gravedad del momento. Dos guerreras se deslizaron frente a él sin vacilar: Ty Lee y Suki, las guerreras Kyoshi que habían llegado con Zuko. Levantaron sus abanicos dorados, su silueta impecable y en guardia.

Zuko se adelantó, firme y sin palabras, su fuego interior apenas contenido. Hakoda se llevó la mano a una daga mandíbula que colgaba en su cadera, y Arnook blandió una cimitarra de dientes de ballena, la misma que sólo usaba en rituales. Los dos hombres sabían que estaban a un latido de perder el diálogo.

La tensión era un filo invisible, suspendido en la garganta de todos. Si un solo músculo se contraía fuera de lugar… Sería una carnicería.

—Estamos aquí para hablar —intervino Mifune, su voz tan filosa como su katana—. Por favor, absténganse de esas muestras de rudeza.

—Siéntense, Fū, Torune —ordenó el Hokage con calma casi inquietante. Su tono no admitía réplica.

El Kazekage lo secundó de inmediato:

—Kankurō, Temari. Basta.

—Todo está bien —dijo la Mizukage, sin apartar los ojos del Raikage—. Ao, Chōjūrō.

El Tsuchikage simplemente alzó la mirada a sus pupilos: Kurotsuchi y Akatsuchi. El gesto fue suficiente.

—Ty Lee, Suki —dijo Zuko, sin mirar atrás—. Retrocedan.

Todos obedecieron. Los filos se bajaron, las posturas se relajaron apenas. La sala volvió a respirar.

Pero mientras el ruido se desvanecía como el eco de una tempestad que no ocurrió, Danzō Shimura se quedó mirando un instante más de lo necesario a las guerreras. Sus ojos no decían nada. Sin embargo, si alguien lo hubiera advertido, diría que parecía haber notado algo que nadie vio.

Después de gruñir con el peso de toda su indignación, el Raikage continuó, su voz rugiendo como una avalancha:

—¡Konoha, Iwa, Suna, Kiri! ¡Akatsuki tiene entre sus filas a ninjas prófugos de sus aldeas! ¡Y no sólo eso! Sé que, entre ustedes —incluyendo a sus predecesores— hay quienes han usado a Akatsuki para sus propios fines.

—¿Usado a Akatsuki...? —murmuró Gaara, los ojos ensombrecidos por la confusión.

—¡No confío en ustedes! Y para ser claro, no tenía intención alguna de dialogar. ¡Pero mi propósito al llamarlos es descubrir dónde yacen sus lealtades!

—Espera… ¿A qué te refieres con haber "usado a Akatsuki"? —insistió el joven Kazekage, con la frente fruncida.

—¿¡Me estás diciendo que no lo sabes!? ¡Eres el Kazekage, pregúntales a los ancianos de tu aldea! ¡La Arena usó a Akatsuki en batalla!

El golpe fue emocional. Gaara no parpadeó, pero se notó el temblor sutil en su mandíbula.

El Tsuchikage se ajustó la capa, como si se preparara para hundirse él mismo.

—Las grandes naciones han disfrutado años de paz. Pasamos de la expansión militar al desarme. Con ello, las aldeas ocultas dejaron de ser necesarias, y los países empezaron a verlas como un gasto… pero eliminarlas era arriesgado. ¿Y si estalla una guerra? No se puede confiar en ninjas sin experiencia. ¡Perderíamos! —dijo, en tono de justificación que apenas ocultaba el cinismo.

—Así que una manera de contrarrestar esa debilidad fue recurrir a una fuerza mercenaria como Akatsuki… —dedujo Gaara, con un filo indeleble.

—Exacto —añadió Ōnoki, con una confesión que parecía arrastrar décadas—. Crear ese tipo de fuerza lleva tiempo y dinero. Los Akatsuki eran profesionales, vivían del conflicto. Siempre activos. Aceptaban contratos militares baratos, y daban resultados… demasiado buenos.

Zuko se inclinó apenas, con una mueca de desdén que no intentó ocultar:

—Entonces han estado contratando al mismo grupo con el que ahora dicen estar en contra, para mantener funcionando el negocio de la guerra...

El silencio que siguió fue una losa. Todos entendían lo que se estaba diciendo. Y ya era tarde para fingir ignorancia.

—Calla, muchacho. No sabes nada. —Disparó Ōnoki con veneno en la voz, pero sin verdadera fuerza.

—Está bastante claro —intervino Hakoda, el tono seco, frío como el acero de su daga—. Han estado vinculados a Akatsuki. Quizás no sepa qué actos los volvieron temidos, pero deduzco que el que los hayan usado para su beneficio y que los compongan antiguos miembros de sus aldeas… los hace sospechosos. A eso apunta Lord Raikage, ¿no?

—¡Exacto! —bramó A, con un dedo acusador temblando por la furia contenida—. ¡Sunagakure intentó destruir Konoha con la ayuda de Akatsuki a través de Orochimaru! Aunque no se ha confirmado si él seguía siendo miembro. ¡Y murieron el Cuarto Kazekage y el Tercer Hokage! No puedo evitar pensar que fue parte de un complot más grande…

Dirigió una mirada cortante a Danzō. No dijo su nombre. Pero lo miró. Largo. Como quien sabe lo que no se ha dicho.

Luego giró hacia la Mizukage, sin cambiar el tono:

—¡Y Kirigakure es la más sospechosa! ¡No tienen relaciones diplomáticas con otros países y se rumorea que Akatsuki nació allí!

Mei guardó silencio durante un instante que pesó como plomo. Y luego habló, por fin:

—Llegados a esto… seré honesta. Muchos de nosotros sospechamos que mi predecesor, Yagura, el Cuarto Mizukage, estaba siendo controlado desde las sombras. Y sí, existe la posibilidad de que Akatsuki haya estado detrás. Pero nadie quiso alborotar más de lo necesario. Nadie quería que el asunto se volviera… desproporcionado.

El Raikage apretó los dientes, su rostro una tormenta que no escampa:

—¡Ustedes me dan asco, todos! ¡Ninguno es de fiar! —bramó—. ¡Y me atrevería a decir que estos extranjeros tampoco lo son! ¿¡Cómo puedo saber que no están confabulados con el Hokage!?

—¡Nosotros no somos los que nos hemos involucrado con una organización criminal! —replicó Zuko, con los ojos encendidos como carbones—. Yo diría que somos nosotros quienes no podemos confiar en ustedes. ¡Vinimos esperando diálogo razonable, y lo que encontramos es una batalla verbal cargada de trapos sucios!

—Sin mencionar que todos ustedes han tenido vínculos con Akatsuki —añadió Hakoda con frialdad—. Si la suposición del Hokage es correcta, ese grupo está conectado al incidente de Vaatu.

—Y este espectáculo de violencia hace imposible la conversación… —murmuró Kuei, encogido en su túnica, temblando bajo el peso de las figuras que lo rodeaban.

—¡No me importa lo que piensen! —exclamó el Raikage, la furia aún sin disiparse.

Zuko se alzó ante él, la postura firme, la mirada directa, un desafío implícito que Gaara no tardó en detectar.

—Deberíamos escuchar lo que tienen que decir —intervino el Kazekage con voz serena—. No creo que hayan cruzado mundos solo para contarnos cuentos. Son claramente extranjeros, y a juzgar por su rango y presencia… podrían estar diciendo la verdad.

—¡Para mí son tan deshonestos como los de aquí! —espetó A.

Las palabras hicieron saltar al Tsuchikage, que hasta entonces se había mantenido en reticente compostura.

—¡Cuida tu lengua, Raikage! —bramó—. ¡Fuiste tú quien acumuló poder y técnicas durante el desarme! ¡Por eso los demás países se vieron forzados a contratar a Akatsuki en primer lugar!

Mifune alzó la mano como si apartara la tormenta con la palma.

—No profundicemos en ese argumento —interrumpió, con la voz templada como un filo limpio—. Es evidente que este asunto requiere una investigación seria. Pero los extranjeros pueden ser útiles… Si están realmente ligados a Akatsuki o a la amenaza que mencionan, será conveniente trabajar en conjunto para esclarecerlo.

—¿Estás proponiendo una alianza? —Ōnoki entrecerró los ojos, escéptico.

—Como país neutral, debo decir que el líder de Akatsuki ha sabido explotar el carácter de estos tiempos: la estabilidad y la desconfianza entre países. Si seguimos así, hasta el País del Hierro acabará afectado. Pero también es extraordinario que los cinco Kage estén reunidos… Así que propongo que, antes de que esa organización nos destruya uno por uno, nos unamos bajo un solo ejército.

—¿¡Un ejército aliado!? —exclamó A, como si la idea le repugnara.

—…Es una buena idea —musitó Danzō, y aunque su tono era mesurado, el Raikage lo fulminó con la mirada. Zuko también. En esa sala, todos comenzaban a desconfiar de todos.

—¿Y quién lideraría ese ejército? —inquirió el Tsuchikage.

—Si lo discuten, terminarán peleando —intervino Mifune, imperturbable—. Como país neutral, ejerceré esa elección. Propongo que el Hokage sea nuestro comandante.

—Si hay consenso, sería un honor —dijo Danzō, sin pestañear.

—¡¿Por qué él?! —gritó el Raikage, el puño temblando sobre lo que quedaba de la mesa—. ¡Ese hombre es conocido como "La Oscuridad de los Shinobi"! ¡No puede liderar!

—¿Entonces a quién sugiere?

—¡Mi aldea no ha producido ningún miembro de Akatsuki! ¡Soy el único que puede hacerlo!

—No estoy de acuerdo —respondió Mifune, señalando con la mirada la herida aún abierta en la madera—. Liderar no es solo fuerza. Como ha mencionado el Rey Tierra, usted actúa impulsivamente. Esa mesa es prueba suficiente. El Kazekage es demasiado joven. Aún no tiene los vínculos necesarios con otras naciones. El Tsuchikage… demasiado mayor, y ha contratado a Akatsuki tantas veces que no es confiable. Y Kirigakure… si la Mizukage toma el mando, corre el riesgo de filtraciones. Se dice que Akatsuki nació allí.

Hizo una pausa.

—No sabemos con certeza lo que Akatsuki planea hacer con los Bijū. Pero lo que sí sabemos es que el Kyūbi está en Konoha. Por eso, el Hokage debería liderar.

—¡Me niego a formar parte de una alianza que requiera que mi aldea revele sus secretos! —bramó A, levantándose de nuevo—. ¡Y menos si me tengo que aliar con ellos! —señaló a los extranjeros como si fueran el epicentro de la amenaza.

—¡Tampoco hemos acordado aliarnos contigo, shinobi! —Zuko estaba fuera de sí, la voz como un relámpago cruzando la sala—. ¡Sabemos poco o nada de ustedes más allá de relatos que pintan un pueblo belicoso y lleno de intrigas! Y sin confianza, no puede haber alianza. Sin ella, todo pacto está condenado a romperse.

—Las historias antiguas hablan de ustedes como una nación violenta, sedienta de guerra —dijo Arnook con tono de reproche—. Y hoy han honrado esa fama con cada gesto hostil.

—¡Nosotros tampoco sabemos nada de ustedes! —saltó el Tsuchikage, con el ceño hundido—. ¡Ni siquiera está claro si esos países que mencionan existen realmente!

—¡Como ya les dijimos, pueden ir al País del Agua cuando lo deseen! —replicó Zuko, frustrado, tratando de mantener una compostura que se escapaba con cada palabra del anciano—. Pero parece que trabajar juntos es simplemente imposible. Investigaremos por nuestra cuenta la relación de Akatsuki con Vaatu. Nos concierne tanto como al Avatar.

Ōnoki lo observó con creciente molestia. El tono del joven, la firmeza con la que lo encaraba sin titubear, encendía una chispa que el viejo Kage no solía mostrar abiertamente. Una irritación apenas disimulada le surcaba la expresión; una mezcla de desdén y cierto tipo de incomodidad. Quizás porque Zuko le recordaba demasiado a sí mismo… antes de que la edad le enseñara a desconfiar de todas las causas nobles. Pero eso nunca lo admitió ni lo admitiría.

—¿Y dónde está ese "Avatar" ahora? —inquirió Gaara, dejando caer la pregunta como una piedra en aguas turbias.

—Esa sí que es una pregunta oportuna —asintió Danzō, clavando su mirada en Kuei—. Estaba en Konoha... ¿Por qué no vino con ustedes?

—No estaba allí cuando llegamos —respondió Kuei, mirando de reojo hacia Zuko, como si buscara su confirmación.

—¿Se escapó? —Ōnoki alzó una ceja con sarcasmo—. ¿O acaso nunca estuvo ahí?

—Aquí parece que el Avatar es poco más que una leyenda —comentó Arnook—. En nuestro mundo también se lo trata como figura mítica... Pero te aseguro, es tan humano como cualquiera de nosotros.

—¿Humano? —el Tsuchikage soltó una risa grave, cargada de incredulidad—. Las versiones de la leyenda nunca lo describen como un ser común. Dicen que es una divinidad, un espíritu, una criatura... Nunca un simple hombre.

—¡¿Y cómo esperan que les creamos si ni siquiera nos lo han presentado?! —exclamó el Raikage, la paciencia al borde del colapso.

Zuko se apresuró a responder, pero justo entonces, las cortinas se agitaron.

Chōjūrō emergió junto a Ao, ambos tensos como arcos en plena batalla.

—¡Hokage! —gritó el del parche, voz firme—. ¡Muéstrame el ojo bajo esos vendajes!

—¿Qué ocurre? —Ōnoki frunció el ceño, sorprendido por la irrupción. A pesar del tono agresivo, algo en la expresión de Ao lo hizo ceder.

—¡Estoy convencido de que ese ojo derecho fue robado a Shisui Uchiha e implantado en usted! ¡Era capaz de manipular la voluntad ajena sin que la víctima se diera cuenta! ¡Una de las técnicas más peligrosas que existen!

—¡¿Está controlando a Mifune?! —estalló A, girando la cabeza hacia el samurái, que ahora miraba a todos como si la realidad se deshiciera ante él.

—Lo vi con mi propio Byakugan —aseguró Ao, con las venas de su sien pulsando como nudos de verdad—. Tomé este ojo tras una batalla contra un Hyūga. Sería hipócrita juzgarte solo por tener un Sharingan... Pero si lo estás usando así... ¡Eso no puede permitirse! Fui quien detectó el genjutsu del Cuarto Mizukage, y no pienso dejar que repitas la historia.

—¡Bastardo! —tronó el Raikage, los puños hechos ira pura. La mesa —o lo que quedaba de ella— ya no era barrera: era una formalidad vacilante entre la furia y el estallido.

La conmoción reverberó como un eco maldito cuando algo emergió en el centro del hueco de los restos de la mesa. Los escoltas reaccionaron al instante, rodeando la zona con destreza entrenada. Pero lo que vieron no era humano: era una criatura blanca, amorfa, cuya piel viscosa parecía fluir como una babosa desfigurada. Su forma era grotesca. Su saludo, sin embargo, fue... alegre. Y agudo.

—¡Ranas voladoras! ¿¡Qué es eso!? —exclamó Kuei, más desconcertado que alarmado, el horror empaquetado en absurdo.

Suki y Ty Lee fruncieron el ceño al unísono.

—¡Eww, qué asco! —murmuró la acróbata, manteniendo su postura de Cuarenta-Sesenta mientras su compañera alzaba apenas un abanico con repulsiva cautela.

—¿¡Akatsuki!? —Danzō se levantó con un movimiento seco, la tensión cruzándole el rostro.

—Eso parece —respondió Ōnoki, esbozando una media sonrisa torcida—. Hay que tener agallas para presentarse así frente a los Cinco Kage. Tal vez sea hora de acabar con esto de una vez.

—¿Es uno de ellos...? —Hakoda deslizó su mano hasta la empuñadura. El cuestionamiento fue grave, en guardia.

La criatura, sin levantar la mirada, habló con extraña neutralidad:

—En algún lugar de este edificio… está Sasuke Uchiha.

La frase cayó como una bomba silenciosa. Los ninjas se revolvieron. Algunos susurraron nombres, otros recordaban hazañas: Zabuza, Haku, el hermano de Ichizokugoroshi no Itachi(2)... rumores, historias, fragmentos oscuros de expedientes sin resolución. Los representantes de las Cuatro Naciones se cruzaron miradas. No sabían de quién hablaban. Pero era claro que el aire había cambiado.

El Raikage se adelantó de golpe y agarró al visitante por el cuello.

—¿Dónde está Sasuke Uchiha? —bramó. Con un tirón brutal, la criatura fue arrancada del suelo como si la tierra misma lo expulsara. —¡Habla! Si no cooperas, esto no va a ser bonito.

Zetsu tembló.

—Bien… —graznó, con voz estrangulada—. Te daré una pista...

Pero el Raikage no era hombre de acertijos. Con un crujido seco, le partió el cuello. El cuerpo se desplomó como un saco inútil.

—No hacía falta matarlo —dijo Mei Terumī, cruzada de brazos, decepcionada—. Podríamos haberlo interrogado.

—No habría servido —replicó Gaara—. Los miembros de Akatsuki son fanáticos. Romperles el silencio es más difícil que romper roca.

La sala entró en movimiento. Los shinobi se reorganizaron como engranajes en alerta. La Mizukage llamó a Ao con un gesto preciso.

—Vigílalo —dijo, clavando la mirada en Danzō. Ao alzó la ceja y activó su Byakugan. El ojo visible se fijó en el Hokage como un faro implacable.

Gaara cruzó la sala, intercambió unas palabras con sus hermanos y se aproximó al grupo de extranjeros con paso medido.

En ese instante, el Raikage, sin ceremonia alguna, golpeó una pared. Un agujero quedó abierto tras el impacto.

—¡¡Me acompañan!! —rugió a sus escoltas, desapareciendo por la abertura como un huracán de ira militar.

—Lo sentimos por la mesa… y la pared —suspiró Darui, con actitud de quien parece necesitar una siesta, antes de seguirlo.

Ōnoki lo observó irse con una mueca que era más lamento que sarcasmo:

—Qué violento. Siempre fue un mocoso rebelde. Ni siquiera convertirse en Kage lo ha cambiado.

—¿Quién es Sasuke Uchiha? —preguntó Zuko al Kazekage, que ahora se había posicionado junto a ellos. Había percibido su disposición a escuchar y pensó que sería más fácil dirigirse a él que a los demás, sin contar que era un muchacho cercano a su edad.

—Un miembro de Akatsuki. Ninja renegado de Konoha —respondió Gaara con voz neutra. Luego desvió la conversación—. No tengo certeza sobre la historia a la que se refieren el Tsuchikage y el Hokage. Necesito ver con mis propios ojos antes de creer completamente… Aunque dudo que formen parte de una conspiración. Parecen razonables. Quiero escuchar lo que tengan para decir, y espero que estén dispuestos a compartir más.

—Siempre que ustedes también lo estén —concordó el Señor del Fuego, buscando confirmación entre sus compañeros. Todos asintieron con firmeza.

—Si ese tal Sasuke es una amenaza y el Raikage ha ido tras él, ¿no deberíamos ayudarlo? —preguntó Arnook.

—Le dará una buena paliza él solo —dijo Ōnoki con aire de suficiencia—. Además, ¿qué podrían hacer ustedes?

—Si yo fuera usted, no nos subestimaría, Lord Tsuchikage —replicó Hakoda. Una comisura de sus labios se curvó con discreta ironía, y su mirada se tornó apenas retadora—. No conocemos técnicas ninja, pero somos veteranos de guerra. Tenemos más de un truco bajo la manga.

—Señor Ao, vigile si el Hokage está usando sus poderes —pidió uno de los guardaespaldas de Mifune.

—No, sólo veo chakra fluyendo con calma. Ya no usa la técnica —respondió Ao, ajustando sutilmente su postura.

—No hay necesidad de alarmarse. No es una técnica que se pueda usar muchas veces.

—Yo seré quien lo determine. No podemos confiar en ti —repuso Ao.

—No puedo creer que un Byakugan haya acabado en manos de un afuerino —bufó el tercero—. Si hubiera sabido que un Hyūga de Konoha traicionó a su clan, habría sido ejecutado sin demora.

—¿Él posee ese ojo… el Sharingan que apareció en el sueño del Avatar? —preguntó Arnook, inclinándose discretamente hacia Zuko.

—Por lo que deduzco, sí —dijo Zuko—. Aunque no podemos saber si el suyo está relacionado. Entiendo que no es el único que lo posee.

—¿Y qué puede hacer con eso? —preguntó Kuei, con la voz cargada de una curiosidad temerosa.

—Es una técnica ocular heredada por el clan Uchiha de Konoha —explicó Gaara, comprendiendo que probablemente desconocían su origen—. Permite al usuario copiar casi cualquier jutsu que vea, y memorizar ninjutsu, genjutsu y taijutsu con precisión casi perfecta. Aunque eso es apenas una fracción de su capacidad.

—Es una habilidad temible —añadió Mei, sin apartar la vista de Danzō—. Se sabe que los Uchiha tienen poder sobre los Bijū; pueden ingresar al subconsciente de un Jinchūriki y controlar el chakra de la bestia que alberga. Puede que eso sea lo que le ocurrió al Cuarto Mizukage.

La deducción la endureció. Había atado cabos, y no dudaría en actuar si se veía forzada a hacerlo.

—Impresionante… —murmuró Hakoda, más pasmado que alarmado, aunque medía bien sus palabras—. No tenemos nada así en nuestro mundo.

—Probablemente estés planeando matarme por haber descubierto tu secreto, pero no te será tan fácil —le espetó Ao al Hokage, sin apartar la mirada.

—Hokage, el ninjutsu está prohibido en esta sala —recordó Mifune, aún tratando de sacudirse la niebla de sentirse manipulado—. No tuviste suficiente fe… Te habría elegido de todos modos.

—Posiblemente —respondió Danzō, con el cinismo apenas contenido—, pero no podía arriesgarme. Haré lo que sea necesario para proteger el mundo ninja. Debemos unirnos como lo hizo el Primer Hokage con los clanes para fundar la aldea. No se logró con debates morales… Rendirse a ideales hubiera sido una pérdida de tiempo. Akatsuki acabará con todo si no actuamos.

—Transformar ideales en realidad toma tiempo —replicó Ōnoki, alzando la voz con el filo de la experiencia—. Si te apresuras, pierdes los estribos y cometes errores como este. Tus intenciones pueden parecer nobles, pero tus actos siembran desconfianza, amargura y odio. Danzō, tus palabras no merecen fe.

—Me crean o no, los resultados… siguen siendo resultados —replicó el Hokage, como si eso le bastara.

—Si este es el mundo shinobi, si esta es la naturaleza humana… entonces no hay futuro —dijo Gaara, bajando la cabeza. Su voz era un susurro grave—. Cuando se pierde el entendimiento y la fe, sólo queda el miedo. No puedo aceptar su cinismo ni la facilidad con que se rinden.

Ōnoki resopló con dureza.

—Hablas desde el púlpito de la juventud. No sabes lo que es comandar a un pueblo, muchacho. ¿Desde cuándo dejamos que los críos gobiernen? —miró tanto a él como a Zuko con desdén—. Por lo visto, la gente de tu mundo es igual de imprudente al escoger líderes.

—Puede que sea joven, Tsuchikage —dijo Zuko, con la furia bien domada en la voz—, pero he conocido de cerca la corrupción. He visto lo que los líderes egoístas hacen a sus países. Y en eso… no son muy distintos de los de nuestro mundo.

—No actúes como si lo supieras todo —gruñó Ōnoki—. Hay que vivir lo suficiente como para rodear el mundo antes de fingir sabiduría. No tienen experiencia… ¿Por qué no hacen preguntas? Nosotros los guiaremos. ¿Verdad, Danzō?

—¡¿Qué te pasa, viejo decrépito?! —rugió Kankurō, incapaz de contenerse.

—¡Kankurō, cálmate! ¡Es un líder de aldea! —intervino Temari, sujetándolo con fuerza por el brazo.

Gaara dio un paso hacia el centro, elevó la voz sin dejar de ser sereno:

—Muy bien, tengo una pregunta para ustedes —dijo, solemne, como si encendiera una lámpara en medio del caos—. ¿Cuándo fue que dejaron de creer en ustedes mismos?

El silencio cayó como un manto pesado. El Tsuchikage chasqueó la lengua, incapaz de ocultar el efecto de aquel dardo. Lo que más le molestó no fue que viniera de un adolescente… sino que fuera cierto.

Los hermanos de Suna discutían a media voz qué acción tomar a continuación, justo cuando los guardias del Tsuchikage se acercaban a él para hacer lo mismo. Nadie reparó en el silencio que se estaba formando a su alrededor.

Entonces, desde el agujero que el Raikage había abierto en la pared, irrumpió una esfera de llamas azules, surcando el aire como un cometa violento. Zuko reaccionó por instinto. Se lanzó hacia ella con precisión impecable, se estabilizó en el aire y la partió con ambas manos, disolviéndola en un remolino de calor suspendido.

Los presentes se tensaron. Todos se pusieron en guardia.

El fuego se disipó revelando su fuente: una figura femenina de andar felino, envuelta en una capa negra adornada con nubes rojas. El uniforme de Akatsuki.

Tenía ojos dorados como filos recién forjados. Y los clavó directamente en el Señor del Fuego. Una sonrisa maliciosa curvaba sus labios carmesí. Zuko sintió un sudor frío recorrerle la columna.

—Esperaba encontrarte aquí, hermano.

Zuko bajó lentamente los brazos. La incredulidad le pintaba el rostro. No pudo prestar atención a las miradas que ahora se le clavaban como dagas.

—No puede ser… ¡¿Azula?!

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. 朝服 (chāfú). Literalmente, "vestimenta matinal". Es una túnica ceremonial utilizada en la corte de la dinastía Qing por miembros de alto rango como príncipes, funcionarios y el propio emperador. Su color y bordados variaban según el rango y ocasión, simbolizando autoridad y protocolo imperial.

2. 一族殺しのイタチ (Itachi Asesino de Clan). Apodo que se le da al personaje Itachi Uchiha en la serie Naruto: Shippūden, episodio 456. Hace referencia a su papel en la masacre del clan Uchiha, un acto que lo marca como figura trágica y controvertida en el universo narrativo.

Chapter 6

Notes:

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Chapter Text

—No puedo creerlo... —Aang bajó la mirada hacia el suelo de madera, afligido. Él y Naruto estaban sentados, descalzos, en el salón principal de la posada. La tetera colgando del jizaikagi burbujeaba sobre el irori(1), soltando un vapor tenue que dibujaba formas inciertas en el aire.

El rubio le había contado todo. Todo. El motivo por el que Sasuke había abandonado la aldea tres años atrás. Su encuentro con Madara. La revelación sobre Itachi. La masacre ordenada por los altos mandos de Konoha. El intento desesperado de evitar un Golpe de Estado.

Aang estaba escandalizado.

Naruto acercó las manos al fuego para calentar sus dedos, como si ese calor pudiera disolver el hielo que sentía por dentro.

—A mí también me cuesta creer todavía que fueran capaces de algo así... —murmuró, apretando la mandíbula. —Los que mandan en la aldea... son unos miserables. Ni siquiera pensaron en el daño que le hicieron a Itachi... y a Sasuke. —Cerró los puños sobre sus piernas, tenso. —No puedo culpar a Sasuke por odiarlos. Pero... tengo que encontrarlo antes de que sea demasiado tarde. Tengo que hacer que me escuche.

Aang guardó silencio, sintiendo el eco resonar en su pecho. El mismo dolor. El mismo vacío.

Él sabía lo que era perder a los suyos. El genocidio de los Nómadas Aire lo había dejado solo en el mundo. Le arrebató todo lo que conocía y amaba. Gyatso, su guardián. Su familia. Su hogar. Todo fue reducido a cenizas.

Sintió, tiempo atrás, el aguijón del odio. Pero supo que seguirlo era un camino sin retorno.

—La venganza es como una víbora-rata de dos cabezas. Mientras ves a tu enemigo caer, tú mismo estás siendo envenenado.

Naruto no captó del todo la metáfora —especialmente por el nombre del animal—, pero le bastó la intención detrás.

—Igual voy a intentarlo. Voy a buscarlo.

—¿Sabes dónde está?

—No, pero no voy a parar hasta que lo encuentre. —Su voz tenía una firmeza que iluminaba el cuarto como una segunda chimenea, una determinación que encendió algo en el Avatar. Luego el ninja se congeló un segundo, como si algo le hubiera cruzado por la mente.

—Oye... una cosa.

—¿Sí?

—Desde que llegaste te metiste en todo esto por Sasuke... aunque ni lo conoces. ¿Por qué?

Aang meditó un instante tan solo. Ya tenía clara la respuesta. Había germinado en él mucho antes de que decidiera ir en busca de Naruto.

—Desde niño me enseñaron que toda forma de vida tiene valor. Por eso estoy en contra de castigos como la pena de muerte. Además... —Hizo una pausa, bajando la mirada un segundo— Cuando vi cómo te dejaste golpear por defenderlo, entendí lo importante que es para ti... para ustedes. Y el dolor que han cargado por él. Quise ayudar como fuera. No sabía cómo, pero… no podía quedarme al margen.

No lo dijo, pero ahora entendía que Sasuke había perdido lo mismo que él. Compartían un sufrimiento que no muchos experimentaban.

No era solo empatía. Era familiaridad. Una herida que reconocía por forma y peso. Y en ese reconocimiento nació un nuevo compromiso. Ayudar a Sasuke ya no era solo por Naruto. Era porque vio, en los fragmentos de la historia del Uchiha, el reflejo profundo de su propia tragedia: el niño que sobrevivió a la extinción de su gente. El último de su linaje. El que cargaba con una historia que le fue arrebatada por el miedo de otros.

Si había una posibilidad, por mínima que fuera, de que Sasuke encontrara un camino distinto al de la venganza, Aang estaba decidido a ayudarlo a verlo.

Naruto bajó la cabeza, sonriendo apenas, con una timidez rara en él. Las palabras de Aang lo habían sobrepasado. No por lo que decían, sino por cómo habían sido dichas: con una bondad tan desinteresada que resultaba conmovedora.

—…Gracias —dijo, sin mirarlo.

—No hay nada que agradecer —respondió Aang, con una sonrisa sincera—. Es mi deber ayudar a quien lo necesite.

Naruto abrió la boca para decir algo más, pero fue interrumpido por la entrada de Kakashi y Yamato, que aparecieron en el marco de la puerta.

—¿Qué pasa? —preguntó el rubio.

Sai los seguía detrás.

—¿Sai? ¿No te habías ido?

—Es un Bunshin(2) —indicó Kakashi, con ojo agudo, notando la irregularidad en el chakra—. Vino para hablar contigo.

El clon se acercó sin rodeos.

—Naruto… cuando Sakura se te confesó… no te dijo toda la verdad. Pero yo sí lo haré.

—Tiene el uniforme de Akatsuki —notó Gaara, sin apartar la vista de la recién llegada. Nadie había pasado por alto el hecho de que la chica había llamado "hermano" al Señor del Fuego.

Zuko estaba petrificado. Su expresión bastaba para dejar claro que no tenía nada que ver con su aparición.

—¡¿Cómo…?! ¡¿Qué haces aquí?! —exclamó, la voz cargada de rabia y desconcierto. Ty Lee y Suki se tensaron al instante, listas para intervenir.

Azula soltó una risa aguda, esa risa suya que parecía bailar entre la locura y la arrogancia.

—Qué grosero. No pareces feliz de verme —dijo, con una sonrisa torcida. Miró a las chicas con desdén: su amiga traidora y su prisionera favorita. —¿Trajiste la caballería contigo?

—¡Respóndeme!

—No armes tanto escándalo. Solo vine a saludarte —respondió con tono casual, dando saltitos por la habitación como si fuera su patio de juegos. Fū, Torune, Akatsuchi y Kurotsuchi se tensaron, listos para atacar, pero se contuvieron por orden de sus superiores—. No esperaba que vinieras a este mundo. Eres demasiado débil de mente para soportar el derramamiento de sangre.

—¿Estás involucrada con Akatsuki? —preguntó Zuko, incrédulo—. ¡¿Por qué?!

—Digamos que la gente de aquí es mucho más competente que los inútiles de nuestro mundo. En cuanto al cómo… alguien vino a mí con una oferta interesante.

—¿Madara? —intervino la Mizukage, con el ceño fruncido—. ¿Qué podría ofrecerle a alguien de otra realidad?

—Nada que te interese, anciana —replicó Azula con veneno. Ao y Chōjūrō palidecieron. Sabían lo que podía pasar cuando alguien insinuaba que Mei era mayor. Por suerte, se contuvo. Azula estaba más interesada en el juego que en la provocación. —. Pero ya que estoy aquí… creo que es apropiado que continuemos desde donde lo dejamos, Zuzu.

—¡¿Qué te traes entre manos, Azula?! —exigió Suki, con furia contenida.

—No me interesa tener una revancha contigo, campesina. Ambas sabemos cómo terminaría. Hazte a un lado.

—Suki, yo me encargo —dijo Zuko, dando un paso al frente. —Lord Tsuchikage, Mizukage, Kazekage… ustedes y sus guardias, manténganse al margen.

—Dando órdenes como si fuera el jefe… ¿Quién se cree que es? —resopló Ōnoki.

Zuko no respondió. Disparó un potente fuego desde su puño, obligando a Azula a retroceder y salir de la sala de reuniones.

—Usan los elementos sin sellos manuales… —observó Danzō, con tono neutro. Pero en su mirada había algo más: reconocimiento. Como si hubiera visto eso antes. Como si lo estuviera recordando.

—Es cierto… no formó ni un sello —añadió Temari, sorprendida—. ¿Esto es lo que hacen los "Maestros"?

—¿La princesa Azula también es parte de Akatsuki? —preguntó Kuei, tragando saliva. —Eso… eso no puede ser bueno.

—No me esperaba esto —dijo Hakoda, con el rostro endurecido—. Sabía de su enemistad con el Señor del Fuego y de sus intentos por derrocarlo, pero… ¿aliarse con gente de otro mundo? ¿Qué está buscando?

Ty Lee se cruzó de brazos, inquieta.

—Azula tiene un aura... diferente. Oscura, pero no como la de un villano cualquiera. Es como si estuviera hecha de fuego que no sabe a dónde ir. Y eso… eso la hace peligrosa.

—Entonces, ¿ella es la hermana del Señor del Fuego? —preguntó Kankurō.

—Sí —respondió Suki, sin dudar—. Se le considera enemiga por sus atentados contra la Nación del Fuego y el Reino Tierra. Estuvo recluida, pero escapó. Nunca pensé que volveríamos a verla… y menos aquí.

—De todos modos, quedarnos aquí haciendo suposiciones no sirve de nada —dijo Hakoda, firme—. Iré a ayudar al Señor del Fuego. Jefe Arnook, usted quédese aquí.

—No. Iré contigo. Guerreras, protejan al rey.

Ty Lee y Suki asintieron. Hakoda y Arnook salieron corriendo, decididos a unirse a Zuko en la batalla.

 


 

Las llamas danzaban y se extendían por los pasillos. La batalla de Fuego Control era impetuosa, y en un espacio cerrado, peligrosa.

Zuko se lanzó de frente. Azula intentó mantenerlo a raya con ráfagas sucesivas de fuego, buscando desestabilizarlo. Él las disipó con rápidas patadas y golpes, avanzando con precisión.

Cuando se acercó demasiado, ella saltó hacia atrás, aterrizando con agilidad sobre una estructura elevada, lejos del suelo.

—¿Qué negocios tienes con ese grupo? ¿Qué te ofrecieron? —le gritó, enviándole un fogonazo.

La pelinegra brincó en el aire para esquivarlo, y desde allí, le devolvió uno. Zuko rodó por el suelo, esquivando con destreza.

—Mucho más de lo que alguna vez tuve… y de lo que tú ahora tienes —respondió con altivez. —Solía creer que mi destino era ser la Señor del Fuego. Cuando descubrí que estaba equivocada, pensé que lo era convertirte en un gobernante despiadado. Pero no hace mucho… —alzó ambas palmas, encendidas con brillantes flamas azules— ¡He encontrado un destino aún mayor! Uno que me pondrá por encima de ti, del Avatar… ¡De todos!

Disparó las llamas en rápida sucesión. Zuko apenas tuvo tiempo de levantar un escudo de fuego para protegerse del ímpetu abrasador.

—¿Entonces te prometieron poder? —interrogó, sorteando sus ataques con movimientos precisos. —No eres del tipo que trabaja para otros. Debieron ver algo útil en ti… y tú en ellos.

—Me conoces bien —se mofó Azula, con una sonrisa torcida. —Naturalmente, es un intercambio mutuo. Nuestros intereses coinciden. Pero no te equivoques: soy independiente de Akatsuki.

—¿Por eso llevas ese uniforme? —replicó Zuko con ironía.

—Vistoso, ¿no? —descendió con gracia, girando para mostrarle el traje completo. —No es mi estilo, pero es una formalidad.

—¿Qué sabes de Vaatu?

—Andas de metido hoy —respondió con fastidio. —Lamentablemente, esa no es información que esté dispuesta a compartir contigo, querido hermano.

Se preparaba para atacar de nuevo, pero fue detenida desde atrás. Alguien le sujetó el brazo que iba a levantar, lo torció y usó una pierna para desestabilizarla. Azula cayó al suelo con un gruñido. Giró la cabeza, furiosa.

—¡Tú…! ¡Maldito campesino!

—Lo siento, princesa. No podemos dejar que sigas causando problemas —dijo Hakoda, sujetando sus brazos con firmeza y presionando una rodilla contra su espalda.

Azula se liberó con una patada de fuego. Hakoda tuvo que apartarse. Desde el otro lado, Arnook se acercó y le hizo un corte en la mejilla con su cimitarra.

La chica retrocedió hacia una esquina. El trío se juntó para acorralarla.

Para zafarse, Azula creó un círculo de fuego a su alrededor. Las llamas se dispararon, obligándolos a retroceder.

Se tocó la cicatriz en la cara, sintiendo la sangre correr.

—¡Pagarás por eso, sucia rata de alcantarilla! —rugió.

Saltó sobre su propio fuego y lanzó una patada ardiente hacia el norteño. Luego otra. Y otra más. Continuó sin cesar, decidida a golpearlo al menos una vez.

Estaba a punto de perder el ritmo cuando Zuko intervino. Le agarró el tobillo alzado y la derribó. Azula cayó, golpeándose la cabeza contra el mármol.

—No te bastó con los líos que causaste con el asunto de los Kemurikage(3)... —articuló Zuko lentamente, su cólera creciendo como brasas avivadas. La tomó por el cuello del abrigo y la levantó, sus pies colgando en el aire. —Viniste a causar caos en un mundo que no te pertenece, ¿y por qué? ¿Por poder? ¡¿Te das cuenta de la magnitud de lo que estás haciendo?! ¡Serás perseguida por los shinobi por formar parte de esa organización! —vociferó, apretando la tela con tanta fuerza que amenazaba con desgarrarla. La sacudió con violencia, como si eso pudiera hacerla entrar en razón. Sabía que no.

Azula comenzó a reírse, desquiciada. La sangre que caía de su frente por el golpe la hacía parecer aún más trastornada. Zuko no se inmutó. Una parte de él ya había asumido que no tenía salvación. Pero lo enfurecía que fuera plenamente consciente de sus actos y no sintiera ni una pizca de remordimiento.

Podía dejarla en manos de los ninjas. El pensamiento cruzó su mente como un relámpago. Pero no se quedó. Ella era su hermana. Su responsabilidad.

—No quiero escuchar los sermones de un líder tan lamentable y patético como tú.

En ese momento, un violento terremoto sacudió el edificio. Azula aprovechó la distracción y le propinó una descarga eléctrica. Zuko la soltó, aturdido por el rayo de baja intensidad. No reaccionó a tiempo para proteger a Arnook del siguiente ataque.

—¡Arnook! —gritó Hakoda al verlo caer, el cuerpo convulsionando. Partes de su abrigo se quemaron, soltando humo. El sureño corrió a auxiliarlo.

—Parece que la batalla de Sasuke también ha comenzado —comentó Azula con indiferencia, como si no acabara de lanzar un golpe fatal. Zuko estaba encorajinado.

—¡Has ido demasiado lejos, Azula!

—El hombre estaba demasiado viejo para ser jefe. Necesitaba descansar —se burló.

—Me temo informarte… —Arnook se apoyó en una rodilla, con una mano en el pecho—... que se necesita más que eso para matarme.

Sus ojos se abrieron al mostrar la cota de malla bajo el abrigo. Lo había salvado del rayo.

—Ustedes son como las cucarachas —dijo Azula, disgustada—. ¡Muéranse ya!

Sus disparos se volvieron erráticos. Zuko los disipó con facilidad.

Entonces llegaron los síntomas de la concusión. Se sintió somnolienta, débil. Su visión se nublaba. En medio del mareo, comprendió su desventaja. Se impulsó con Fuego Control por el corredor, dándose a la fuga.

—La seguiré. ¿Estará bien, Jefe Arnook? —preguntó Zuko.

—Yo lo ayudaré. Vaya por ella —respondió el otro guerrero.

Zuko asintió y usó su fuego para acelerar la carrera. La alcanzó en un pasadizo… pero no estaba sola.

Azula yacía inconsciente, cargada al hombro por un misterioso individuo enmascarado.

—Ah, Señor del Fuego —saludó con la mano libre—. Advertí que mi subordinada sufrió una indisposición y vine a llevármela. Si me disculpa, tengo otro sitio en el que estar.

Sin más, desapareció dentro de un vórtice. Zuko quedó atónito, preguntándose qué acababa de suceder.

 


 

Sasuke Uchiha tenía un propósito: Eliminar la impura mancha que era Danzō Shimura de la faz de la tierra. Y para cumplir ese propósito, lucharía contra cualquier oponente. Kage o no.

Mientras se defendía del Elemento Disolución de la Quinta Mizukage, con la ayuda de Zetsu, sintió que un poco de su fuerza regresaba. La pérdida de chakra lo había debilitado considerablemente. El uso continuo del Mangekyō Sharingan le pesaba. Su conciencia amenazaba con desvanecerse, pero debía resistir. El Tsuchikage lo esperaba.

Se cubrió el sangrante ojo izquierdo, intentando regular su respiración agitada. No podía invocar a Susanoo(4). Pero se las arreglaría.

—No puedo creer que un chico como tú venciera a Deidara —dijo el anciano, flotando sobre él. Su voz le sonaba distante, como si viniera desde el fondo de un pozo. Sasuke maldijo para sus adentros. Danzō había escapado durante el caos de la confrontación con los otros Kage. No podía dejarlo huir. Tenía que acabar con él.

—No tengo nada contra ti, pero el mundo ninja exige tu muerte —añadió Ōnoki. Entre sus palmas, comenzó a formarse un cubo de tamaño creciente. —Adiós.

Sasuke intentó saltar, pero fue atrapado dentro del hexaedro.

¡Jinton: Genkai Hakuri no Jutsu!(5) —Una luz cegadora estalló. Luego, solo humo. Y silencio.

Sasuke ya no estaba a la vista.

—¡Sasuke! —gritó Karin, horrorizada. El cubo se desvaneció. —El chakra de Sasuke… se ha ido… —Las lágrimas le nublaron la vista. —No… No puede ser…

—Desintegré su cuerpo a nivel molecular —informó Ōnoki con indiferencia, su capa verde revoloteando en el aire. —Y sigues tú, niña.

Doblando la esquina, el Kazekage y el Raikage irrumpieron en la sala destruida. Detrás de ellos, sus guardaespaldas. Gaara le indicó a Kankurō que ayudara a los atrapados en el miasma blanco de Zetsu.

—¡¿Dónde está Sasuke?! —rugió A, furibundo. Había regresado con un brazo menos, amputado por él mismo para evitar que el Amaterasu se propagara.

—Lo he convertido en polvo —respondió Ōnoki, seco.

—¡¿Qué?! ¡Ese era mi trabajo! ¡¿Cómo te atreves?!

El Señor del Fuego y los dos jefes tribales también llegaron. Notaron que Arnook estaba herido.

—Chiquillo, ¿has lidiado con tu hermana? —preguntó el Tsuchikage.

—Alguien se la llevó —respondió Zuko, aún procesando lo ocurrido. —Era de Akatsuki, él…

Estaba por explicarse cuando un remolino apareció en el aire. De él emergió el mismo hombre que se había llevado a Azula.

—Ambos están a salvo, por si se quedaron con ganas de apalearlos, así que no desesperen —dijo con tono burlón.

En cada hombro, el de la máscara cargaba a los desmayados Sasuke y Azula.

—Mi nombre es Madara Uchiha —anunció, con voz grave— Y estoy aquí para explicarles algo. Quiero hablarles de mi plan del Ojo de la Luna.

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. 囲炉裏 / 居炉裏 (irori). Literalmente, "hogar sumergido". Es una chimenea tradicional japonesa empotrada en el suelo, utilizada para calentar el ambiente y cocinar. Sobre ella se coloca el 自在鈎 (jizaikagi), un garfio ajustable que permite colgar ollas o teteras, símbolo de la vida doméstica en casas rurales.

2. 分身 (bunshin). Literalmente, "réplica" o "clon". En contextos narrativos o místicos, también se traduce como "doppelgänger", aludiendo a una copia física o espiritual de un individuo. En el universo de Naruto, el término se asocia con la técnica del 影分身の術 (Kage Bunshin no Jutsu), que permite crear duplicados corpóreos capaces de interactuar con el entorno y retener memorias, a diferencia de las ilusiones convencionales.

3. 煙影 (kemurikage). Literalmente, "sombra de humo". Es el término japonés que inspira el título de la trilogía Smoke and Shadow del universo Avatar. En ella aparecen los Kemurikage, figuras enmascaradas que evocan leyendas y temores ancestrales.

4. 須佐能乎 (Susanoo). Técnica de defensa extrema en el universo Naruto, manifestada como un avatar gigantesco de energía. Su nombre proviene de 建速須佐之男命 (Takehaya-Susanoo-no-Mikoto), dios sintoísta de las tormentas, hermano de Amaterasu y figura clave en los mitos fundacionales del Japón según el Nihon Shoki.

5. 塵遁・原界剥離の術 (Jinton: Genkai Hakuri no Jutsu). Literalmente, "Elemento Polvo: Técnica de Desprendimiento del Mundo Primitivo". Es una técnica avanzada en Naruto que desintegra la materia a nivel molecular, combinando los elementos tierra, viento y fuego en una forma de kekkei tōta.

Chapter 7

Notes:

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Chapter Text

Los presentes se tensaron al unísono, como si el aire se hubiese vuelto más denso. Observaban al hombre con una mezcla de extrañeza y recelo.

—Parece que lo que dijo C era cierto… ¡El Hokage se escapó! —exclamó el Raikage, girando sobre sí mismo al advertir la ausencia del Shimura.

—Así es… Gracias a Sasuke —replicó el Tsuchikage.

A no esperó a que el aparecido continuara su alocución; se lanzó al ataque al instante, propulsado por la velocidad fulminante que le otorgaba su Modo Chakra de Elemento Rayo.

—¡Qué rapidez! —admiró Hakoda.

Cuando el puño del dirigente de Kumogakure iba a impactar contra la máscara de Madara, este atravesó su cuerpo como si fuera humo, yendo a chocar contra la pared detrás de él. Un remolino que nació del orificio de su máscara engulló tanto a Sasuke como a Azula, desapareciéndolos. Zuko reparó en que era la misma técnica que lo vio utilizar anteriormente.

—¿A dónde has llevado a Azula? —Zuko apuntó el puño hacia él, adoptando una postura de Fuego Control. El fuego no solo ardía en su mano, sino también en su pecho: miedo, rabia, y una pregunta que no se atrevía a formular.

—Puede que te lo diga cuando termines de escucharme, Hi no ō(1). —dijo Madara con tono sereno—. Eso también va para ustedes, cinco Kage. Les entregaré a Sasuke si atienden y contestan a mis demandas.

—¡No me interesa lo que tengas que decir! ¡Nunca razonaré con Akatsuki! —rugió A, saliendo del hoyo que él mismo horadó al impactar contra el muro.

—Cálmate, Raikage. Escuchemos lo que tiene que decir y después actuemos —lo acució Ōnoki. El otro resolló, haciendo caso a regañadientes.

El Uchiha saltó hacia donde se hallaba la muchacha pelirroja, la compañera de Sasuke.

—Hazme el favor de curarlos —ordenó, y se valió del mismo Jutsu para enviarla a otra parte. Los hermanos de La Arena dedujeron que se trataba de uno de teletransportación.

Tras ello, saltó a una alta plataforma para reanudar su discurso.

—Parece que se han decidido a escuchar, damas y caballeros.

—¿Qué pintan Sasuke y la princesa en tus planes? —Gaara fue directo al punto.

—Un Sharingan capaz de utilizar Susanoo es muy raro. No me gustaría dejar que un par de ojos con tanto potencial se me escaparan entre los dedos. De hecho, decidí darle esta oportunidad de entrenar su poder enfrentándose a los Cinco Kages. En cuanto a la chica… —hizo una pausa—. Conozco de su complicada relación con el Señor del Fuego. En cuanto supe que se presentaría, la envié con el propósito de que se encargara de nuestros inesperados visitantes de su mundo. Me hubiera gustado que me facilitaran la opción de tomar a uno de ustedes como rehén, pero parece que pedía demasiado.

—¿Un rehén? ¿Con qué propósito? —inquirió la Mizukage.

—Para asegurar el éxito de mi plan del Ojo de la Luna.

—Sin duda es una sorpresa escuchar que Madara Uchiha aún vive, pero... ¿Por qué un hombre como tú necesitaría llegar al extremo de emplear estrategias no directas? Con tu poder, podrías hacer lo que quisieras. —Ōnoki, que se había enfrentado al temido Uchiha en su juventud, conocía de primera mano su tremenda capacidad. Los de la tierra de los Maestros no estaban familiarizados con su fama; mas pronto lo estarían.

—Las heridas que recibí en mi pelea con el Primer Hokage, Hashirama, fueron demasiado graves… Ahora no soy poderoso, no soy más que el cascarón vacío de mi antiguo yo.

—Entonces, ese plan tuyo… ¿Es para restaurar tu poder? —preguntó C.

—Podría decirse que sí, pero no es todo lo que conlleva.

—¿De qué se trata exactamente tu plan? ¿En qué involucra a las personas de ese otro mundo? —Mifune le reclamó una respuesta.

—Me gustaría explicar esto con calma, por favor, tomen asiento. —Él mismo se sentó para instarlos a que lo imitaran. Nadie se molestó en acatar. Su conducta les ponía los nervios de punta.

—Déjate de rodeos —le exigió el adolorido Arnook, removiéndose bajo el agarre de Hakoda.

—¡Sí, ya dinos sobre tu plan! —el marionetista apoyó su reclamación. Era de mecha corta y no le gustaba que se fueran por las ramas.

Madara alzó un solo dedo.

—Consiste en que todos se vuelvan uno conmigo… —El tinte rojizo de su ojo de tres aspas, visible a través del agujero de su máscara, refulgió. Exudaba una calma que enervaría al más inmutable de los hombres. Los de las Naciones Elementales supusieron que aquel era el mentado Sharingan—. Me refiero a alcanzar una forma completa, en la que todo esté unido. Una sola conciencia, una sola voluntad. El mundo dejará de fragmentarse en deseos individuales. Seremos totalidad.

El alcance de sus palabras crípticas era indescifrable.

—¿Todo unido...? —El quincuagésimo segundo Rey Tierra se sintió desorientado en demasía. Escuchar tamaña cantidad de nombres y términos que le eran desconocidos armó un embrollo en su mente que no hallaba manera de desenredar. Y para colmo de males, aparecía uno de los Akatsuki a soltarles incongruencias—. ¿Qué quieres decir con eso?

—Verá, Su Majestad, hay un monumento de piedra que ha pasado de generación en generación en mi clan, el Uchiha. Se halla bajo tierra, justo debajo de la Aldea de Konoha. En ella se registran los secretos que nos legó Rikudō Sennin(2). Sin nuestros ojos, es imposible leer la inscripción. Lo que es más, la cantidad de conocimiento que se revela es progresiva en función del Sharingan, el Mangekyō y el Rinnegan(3), que es, junto al Sharingan y el Byakugan, una de las tres grandes técnicas oculares.

—¿Rikudō? —Hakoda se viró hacia los otros en busca de una explicación.

—Se le conoce como el Ancestro y Dios de los Shinobi —dijo el de Iwa en la explicación más breve que pudo ofrecer. —. Pero lo que está diciendo es simplemente ridículo e imposible.

—Digo la verdad. ¿No se cree también, acaso, que el Avatar y los Maestros son personajes de una historia ficticia? Sin embargo, las pruebas de que existen están justo aquí —y apuntó a los cuatro líderes—. El Sabio también existió, y nos dejó ese monumento.

—¡Ya tuve suficiente! ¡¿Qué tienen que ver el Rikudō y el Avatar con ese plan que dices tener?! —reclamó A.

—Tienen mucho que ver, pues existe una conexión entre ambos, y eso está estipulado en la tabla de piedra. —Con eso sorprendió a todos por igual. Los líderes se miraron como si acabaran de escuchar que el cielo tenía raíces. La lógica se tambaleaba, y la historia que conocían comenzaba a resquebrajarse.

Luego, Mei volvió a tornarse hacia Madara.

—Tú posees el Mangekyō Sharingan, y en Akatsuki había un chico con el Rinnegan... Debes saber todo lo que estaba escrito en el monumento.

—Oigámoslo. —El Tsuchikage descendió para posicionarse a menor altura en el aire.

Madara estaba complacido por el interés que tenían de escucharlo, aun sabiendo que no lo hacían de buena gana. Aclararles las cosas sin usar la fuerza podía facilitarle las cosas.

—Rikudō salvó al mundo de un monstruo —dijo mientras se acomodaba, reposando un brazo sobre su rodilla en ademán indolente—. Kazekage Gaara, dentro de ti llevaste apenas una porción de dicho monstruo, el cual era una fusión de todos los Bijū, un ser poseído del chakra definitivo… El Jūbi(4).

—¡Pensé que sólo existían nueve bestias! —repuso Temari.

—Como dije, el Jūbi es una fusión de todas las bestias, no una aparte. Los Bijū, del Ichibi(5) al Kyūbi, fueron seres creados a partir de la división del chakra del Diez Colas, la cual llevó a cabo Rikudō Sennin.

—¿Y no se le ocurrió que dividir un monstruo no lo hace menos monstruoso? —añadió secamente la kunoichi de Suna.

—¿Es por eso que Akatsuki ha estado intentando reunir a los Bijū? —sugirió Kankurō.

—El Sabio produjo cierta técnica para proteger al mundo del Jūbi —comenzó Madara, con voz pausada, como quien recita una verdad ancestral—. Esta se ha transmitido discretamente hasta la actualidad. Se trata del sello que crea a los Jinchūriki.

Hizo una breve pausa, dejando que la palabra flotara en el aire.

—Aunque no lo crean, así es: él fue el contenedor espiritual del Diez Colas.

Los murmullos se apagaron. Nadie interrumpió.

—Para suprimir su poder, lo selló dentro de su cuerpo. Y gracias a que liberó al mundo de su amenaza, fue venerado como un dios. Pero el chakra del Jūbi era tan masivo, tan desbordante, que si el Jinchūriki moría, podía escapar… y aterrorizar a la humanidad de nuevo.

Madara bajó la mirada un instante, como si contemplara el peso de esa historia.

—Temiendo que eso ocurriera, en su lecho de muerte, usó sus últimas fuerzas para dividir su chakra en nueve partes… y las desperdigó por el mundo. Una vez se deshizo de su chakra, selló el cuerpo vacío del monstruo y lo envió a los cielos, a donde su poder no pudiera alcanzarlo.

Su voz se volvió más grave.

—Y eso… se convirtió en la Luna.

Un silencio espeso se instaló. Los ninjas estaban turbados. Los viajeros dimensionales, aún más.

—Esto es demasiado… ¿Cómo podría un ser humano llegar a lograr algo así? —dijo Darui, incrédulo.

—Como Jinchūriki del Jūbi, el Sabio de los Seis Caminos iba más allá de lo que llamamos "humano".

Madara se incorporó ligeramente, como si se preparara para la parte más importante.

—Así que estás reuniendo esas nueve partes —dijo Mifune, con tono cortante—. Es decir, a todos los Bijū… para obtener ese poder sobrehumano. Pero ¿qué pretendes hacer con él?

Madara alzó la cabeza. Su ojo brilló con intensidad.

—¿Que qué es lo que haré? ¡Recompondré al Jūbi y me convertiré en su Jinchūriki! Usando su poder, amplificaré el poder de mis ojos hasta un nivel supremo… y activaré un Jutsu. Un Genjutsu perfecto que refleje mis ojos desde la superficie de la Luna…

Su voz se elevó, como si invocara el destino mismo.

—¡El Tsukuyomi Infinito! Y cuando lo ponga en acción, todos los humanos de la tierra quedarán atrapados en él. Controlándolos con el Genjutsu… me volveré uno con el mundo. Será un mundo sin odio ni conflictos. Todo será uno conmigo. Todo estará unido.

Guardó silencio. Su respiración era tranquila. Su mirada, inamovible.

—De eso se trata mi plan Ojo de la Luna.

Su diatriba lunática los había estremecido a todos. Incluso a los extranjeros, que no entendían completamente las repercusiones de la historia mencionada.

Zuko dio un paso adelante.

—¿Qué tiene que ver con nosotros? —le preguntó enfáticamente—. ¿Cuál es tu relación con Vaatu?

Madara rio bajo. Una risa hueca, sin alegría.

—Parece que lo descubriste —dijo—. Aunque es curioso... Tu hermana no es precisamente del tipo que comparte secretos, ¿verdad?

Zuko apretó los puños.

—El Hokage teorizó una conexión entre ustedes basándose en un sueño del Avatar… Parece que tenía razón.

Madara ladeó la cabeza, como si saboreara el reconocimiento.

—Ese canalla de Danzō… Es perceptivo, se lo concedo —respondió tras soltar una única carcajada vacía de humor.

Arnook, aún con el pecho vendado, se incorporó un poco.

—¿Cómo se relaciona Rikudō con el Avatar? —preguntó.

Madara bajó la mirada. El silencio que siguió parecía anunciar que lo que venía sería aún más difícil de creer.

—Retomaré el hilo, Jefe Tribal —dijo, con una calma que contrastaba con la magnitud de lo que estaba por revelar. Se acomodó la capa, como si se dispusiera a recitar una profecía larga.

—Hay una parte de la tableta que alude, aunque muy brevemente, a la leyenda del Avatar. La historia en sí es poco recordada actualmente… pero permítanme ilustrarlos.

Los presentes se tensaron. Madara hablaba como un sacerdote de un culto olvidado.

—Relata una de las muchas proezas que efectuó la primera de muchas formas terrenales de un dios. Su nombre era Vishnu, conocido como "el omnipresente" y "el preservador". Su deber: proteger el mundo cuando se viera amenazado por el mal, el caos y las fuerzas destructivas.

Hizo una pausa.

—Por eso reaparece en cada era, en distintas encarnaciones… sus "Avatares". Su propósito es restaurar el orden cósmico y proteger el Dharma(6). Lo que algunos consideran la ley universal. El equilibrio.

Los rostros se endurecieron. Se sintió como si estuviera revelando una verdad que había estado oculta bajo siglos de polvo.

—Los manuscritos afirman que provenía de uno de los tres reinos superiores de los seis reinos del renacimiento… En otro plano de existencia.

—¿Reinos del renacimiento(7)? —susurró Arnook, apenas audible.

Madara lo ignoró.

—El Avatar estaba encargado de proteger uno de esos reinos. Aquel donde moraban los "Maestros". Expertos en las cinco Artes de Control. Para cuyo uso no se valían del ninjutsu.

Su tono se volvió casi reverente.

—Podían producir fuego con un chasquido de sus dedos… Mover rocas con la mente… Congelar el agua con un solo toque… Y robar el aliento con un simple movimiento de la mano.

Los viajeros se miraron entre sí, sin evitar notar cómo sus propias leyendas parecían estar siendo reescritas.

—En fin… nuestros mundos estaban conectados a través de un nexo. Una puerta, si se quiere. Más específicamente: un portal. Uno que había estado abierto durante milenios.

Madara alzó la vista. Sus ojos brillaban con una intensidad fatídica.

—Permitía a nuestra gente transitar al reino de los Maestros… y a ellos, al nuestro. Al principio, aprendieron a convivir. Mantenían una relación de beneficio mutuo.

Entonces su voz se volvió más sombría.

—Con el tiempo, se dieron cuenta de que sus sociedades eran demasiado diferentes. Idiomas, religiones, creencias, poderes, formas de organización… Todo los separaba.

—Los desacuerdos y las batallas estaban a la orden del día —continuó—. Un mundo quería imponerse al otro. Ambos lados amenazaban con enzarzarse en una guerra.

El aire se volvió denso. Como si el relato estuviera despertando tensiones antiguas.

—El universo estaba en crisis. Y entonces… el Avatar descendió de los cielos. Para apaciguarlos. Para restablecer el equilibrio.

Madara se detuvo en un silencio litúrgico.

—De este modo detuvo el conflicto: Decretó que los shinobi y los Maestros debían permanecer separados. Y cerró el portal para siempre con sus poderes divinos. Para evitar que volvieran a entrar en contacto.

Los presentes estaban absortos. Algunos con incredulidad. Otros con temor.

—Así va la historia… O al menos, una de sus versiones mejor aceptadas.

Madara se inclinó levemente hacia adelante.

—Pero hay cosas que no se mencionan. Como el hecho de que ese portal… El mismo por el que ustedes viajaron… Se reabre paulatinamente cada siglo.

—Eso es una locura… —farfulló Kuei, absolutamente absorto.

—Es sorprendente… —dijo Arnook, aún procesando—. Pero no sería tan disparatado. Después de todo, se sabe que nuestro mundo está conectado al Mundo de los Espíritus. Un plano paralelo que coexiste con el de los humanos.

—Mencionaste cinco Artes de Control… —apreció el líder sureño—. Sin embargo, nosotros tenemos sólo cuatro.

Madara sonrió tras la máscara. Una sonrisa que no surgió de alegría.

—El quinto elemento… También conocido como la quintaesencia… Se ha perdido.

Su voz se volvió susurrante, como si lo que iba a señalar fuera un detalle irrelevante en el relato.

—Solía permitir controlar la energía vital, cósmica y espiritual. Tengo la impresión de que su Avatar se ha hecho con este…

Sus ojos se clavaron en Zuko.

—¿O me equivoco, Señor del Fuego?

Zuko frunció el ceño. Captó el sentido oculto de las palabras más rápido de lo que hubiera querido.

¿Se estará refiriendo a la habilidad que Aang usó para eliminar el Control de mi padre?

Ese hombre sabía demasiado.

—¿Cómo es que tienes conocimiento de todo eso? —preguntó, con voz tensa.

El Uchiha no respondió de inmediato. Su silencio fue más inquietante que cualquier palabra.

—Hago mis investigaciones —dijo Madara, casi casual, como quien comenta el clima—. Conseguí acceso a varios textos y pergaminos… tanto de este mundo como del de ustedes. La Biblioteca de Kōrinden… el Santuario de los Mil Sellos… Hasta me paseé por los archivos imperiales de los palacios de uno que otro daimyō. Pequeñas visitas, nada demasiado formal.

Los líderes se miraron con inquietud. Madara hablaba como si hubiera recorrido ambos mundos con la facilidad de un viajero entre estaciones.

—¿La biblioteca que está en el País de las Llaves? —intervino Mei, con la voz afilada—. ¿La que recoge información sobre la historia de los shinobi?

—Escuché que pocos han podido ingresar a los documentos que guarda… —añadió Ōnoki, pensativo—. Debido a que las Aldeas Ocultas tienen tensiones entre sí incluso en tiempos de paz, sus encargados han centrado sus esfuerzos en proteger los datos de posibles enemigos. No es de sorprender; la biblioteca sufrió grandes pérdidas durante la Segunda Guerra Mundial Shinobi. Escritos fueron robados, varios quemados.

Rio entre dientes, con una mezcla de sarcasmo y respeto.

—Pero tú eres Madara Uchiha. Por supuesto que pudiste obtenerlos…

—Me das demasiado crédito —bufó Madara, con el rastro de una sonrisa seca—. No lo hice todo solo.

Su tono se volvió más cortante.

—Mi indagación habría sido imposible sin la ayuda de la princesa de la Nación del Fuego. Demostró ser un activo valioso para adquirir información bien escondida en las bibliotecas de los Sabios del Fuego… Archivos que contienen datos sobre el origen del Avatar.

Zuko apretó los puños. Azula, una vez más, había hecho de las suyas. Quiso preguntar cómo se había puesto en contacto con ella en primer lugar, pero tenía interrogantes más relevantes en mente.

—Así que ya has estado en nuestro mundo…

—Si no, no podría haber entrado en contacto con ella —respondió como quien señala una obviedad—. Aunque no he tenido el placer de conocer al Avatar… Pero ya vendrá la oportunidad.

Zuko no se dejó distraer.

—Todavía no has aclarado cómo él y Vaatu entran en tu plan.

—A eso iba —respondió Madara, como si la interrupción fuera parte del guion—. Como decía, hay hechos de esa historia que la narración omite… y otros tantos que están equivocados. El origen del Avatar no tiene nada que ver con un dios, aunque ustedes, los de las Cuatro Naciones, ya lo saben. El Avatar es, en realidad, el producto de la fusión entre un ser humano y el espíritu de la luz y la paz.

—¿El espíritu de la luz? —preguntó Gaara, frunciendo apenas el ceño.

—Lo he escuchado antes —murmuró Arnook, con la mirada fija en el vacío—. Uno de los espíritus más antiguos. Dicen que existió miles de años antes de los humanos. Mucho antes de nosotros.

—Su contraparte y enemigo era Vaatu, el espíritu de la oscuridad y el caos —continuó Madara—, quien fue vencido por el Primer Avatar y encerrado dentro de un árbol en el Mundo de los Espíritus. Árbol al cual entré… para liberarlo.

Un silencio cargado de algo indecible cayó sobre la sala.

—Por eso apareció tu ojo en el sueño del Avatar… —murmuró Hakoda, en una comprensión repentina.

—¿Es así? Hm… Debe tener algo que ver con la conexión que su espíritu tiene con Vaatu —comentó Madara, sopesando la hipótesis con una dejadez pasmosa, como si fuera un pormenor insignificante—. Volviendo al punto: la razón por la que liberé a Vaatu de su prisión es porque es un elemento importante para el cumplimiento de mi propósito. Si su energía se combina con el chakra de los Bijū, el poder del Diez Colas aumentaría en escala planetaria. Dado que el espíritu del Avatar y Vaatu nacieron de la energía de Shinju(8), poseen parte del poder que fue utilizado en la concepción del Jūbi.

—¿De Shinju, dices? —Darui arqueó una ceja.

—Así es… Aquel al que los antepasados rendían culto por traer prosperidad y alimento. Ahora bien, el Shinju del Mundo de los Espíritus no era el mismo que el nuestro. Una de sus semillas fue a parar al reino espiritual, pero sus condiciones ambientales no permitieron que el árbol se desarrollara en plenitud. Ese árbol incompleto pasaría a ser el Árbol del Tiempo primordial… Y fue este el que engendró a los espíritus del orden y el caos.

—Creo saber a dónde va esto… —Kuei tragó saliva con dificultad—. No sólo quieres a Vaatu y a esos tales Bijū… también al espíritu que vive dentro del Avatar, para multiplicar el poder del Diez Colas.

—Lo has entendido —dijo Madara. Estaban seguros de que estaba sonriendo debajo de su máscara—. Una vez lo haya conseguido, el genjutsu llegará incluso a aquellos lugares donde el sol nace cuando muere en nuestro lado. El mundo entero caerá inevitablemente bajo mi ilusión, haciéndome su unificador. Crearé un lugar sin rencor y sin guerras. Todos se volverán uno conmigo… y entre sí. Ese es mi plan.

—¡Al diablo con eso! ¡No le entregaré el mundo a alguien como tú! —gritó A, con la furia de un trueno.

—La paz creada a través de una ilusión no es más que una mentira —dijo Gaara, con la voz firme—. Tendrá significado sólo si es establecida dentro de la realidad.

—¡¿Qué esperas que encontremos en un mundo así?! —añadió Mei, con fuego en la mirada—. ¡No tendría sueños ni esperanzas! ¡Sería como huir de la verdad!

—Dices que quieres unir al mundo… Danzō dijo algo similar antes —intervino Ōnoki, con tono grave—. Pero para mí, parece que lo que ustedes dos quieren realmente… es hacerse con él.

—Estoy de acuerdo —dijo Hakoda, cruzando los brazos—. La idea de crear un mundo sin guerras parece un propósito noble a simple vista… Pero suena más como una excusa para justificar tu actuar.

—Jaj… ¿Y qué han logrado ustedes, los Kage y los líderes de las Cuatro Naciones? —Madara alzó la voz, con un tono que oscilaba entre burla y condena—. Ambos mundos tienen un historial extenso de guerras sangrientas. El nuestro ha enfrentado tres hasta ahora… Y el suyo, una de duración centenaria.

Su mirada recorrió la sala como un juicio.

—Ninguno tiene derecho a prometer la paz ni abogar por ella. Seguramente ya se habrán dado cuenta de que… ¡La esperanza no existe! —gritó, como si la revelación fuera un dogma grabado en piedra—. La esperanza es rendición. Es una palabra que no guarda verdadero valor…

Hizo una pausa. Bajó la inflexión, pero no el filo.

—Ahora… entréguenmelos. Al Avatar, al Kyūbi y al Hachibi. O conocerán una guerra que hará que las anteriores parezcan juegos de niños.

—¿Guerra…? —musitó Gaara, el más joven de los Kage, con el rostro sombrío.

—¿Al Hachibi…? ¡¿A qué te refieres?! ¡Si ya capturaste a B! —exclamó A, con el tono de quien exige una explicación.

Madara lo interrumpió sin esfuerzo.

—Fracasamos en la captura del Hachibi. Se nos escapó. Ha alcanzado la perfección como Jinchūriki… y como shinobi. Como se esperaría de tu hermano.

El Raikage echaba humo. Sus puños temblaban de pura tensión. El Rey Tierra se alejó discretamente, temiendo que el coraje se desatara sobre el primer desventurado que tuviera cerca.

—Ah… Me imaginé que algo así había sucedido —suspiraron Darui y C al unísono. El primero se pasó una mano por la frente, resignado.

Conocían bien al hermano de su jefe. Sabían el tipo de trucos con los que podría terminar saliendo. Y se anticiparon a la posibilidad de que, si no aparecía, era porque simplemente no tenía ganas de hacerlo… Y no necesariamente porque hubiese sido capturado.

—¡Ese pedazo de…! ¡¿Aprovechó para escaparse de la aldea e irse a divertir a otra parte?! ¡Eso es imperdonable! ¡Le voy a dar una buena probada de mi Garra de Hierro! —rugió A, furioso.

Una vez su rabieta se calmó relativamente, Gaara se dirigió al Akatsuki con una aserción inapelable.

—No te entregaré a Naruto Uzumaki.

La Mizukage se le unió al instante, con la misma firmeza.

—Te equivocas si crees que planeo darte a Aang en bandeja de plata. —Zuko dio un paso adelante. Su decisión resonaba con la misma resolución. —No tendrás al Avatar.

Ōnoki se volvió hacia el Raikage.

—¿Qué dices tú?

A apretó los dientes, pero su respuesta fue clara.

—¡No le entregaré a mi hermano!

Hakoda se adelantó, con la voz como un filo.

—Creo que está claro que ninguno de nosotros planea ceder a tus demandas —siseó—. No te daremos voluntariamente lo que quieres.

—Puede que ya no sea tan poderoso como antes —dijo Madara, con una calma que helaba la sangre—, pero tengo el poder de Vaatu… y el de los Bijū que he reunido hasta ahora. Incluso si se unen, no tienen ninguna posibilidad de ganar.

—No perderemos la esperanza —afirmó Gaara, sin titubeos.

Madara lo miró con desdén.

—Muy bien entonces… Por la presente, declaro la Cuarta Guerra Mundial Shinobi.

El anuncio cayó como un rayo. Nadie se esperaba una determinación de tal calibre, menos aún que la expresara con tanta tranquilidad. Ōnoki frunció el ceño, incrédulo.

—¿Hablas en serio…?

—No sería tan necio como para decir algo así en broma.

—Resulta contradictorio para alguien que desea la ilusión de un mundo sin guerras —escarneció Arnook.

—Ustedes lo quisieron así. La próxima vez que nos encontremos… será en el campo de batalla.

Sin más, se teletransportó con el Kamui, abandonando el desmoronado salón. El silencio se prolongó tras su partida. De los muebles destrozados seguían cayendo pedazos de madera. Todavía quedaban restos de la lava viscosa del Elemento Lava de Mei adheridos a las paredes. Un fragmento grande de yeso, parte de uno de los agujeros abiertos por el Raikage, se desplomó, haciéndose trizas sobre el embaldosado.

—¡Válgame Kami! —exclamó el usuario de Jinton, agotado, y eso que los problemas apenas comenzaban—. …¿Y ahora qué?

—Necesitamos formar una alianza ninja. Es la única manera de oponernos al poder de los siete Bijū —dijo Gaara, mirando a los extranjeros—. ¿Podemos contar con su ayuda?

—No dejaré que se lleve a mi amigo. Y también debo responder por la participación de mi hermana en Akatsuki. Pueden contar con mi apoyo y el de mi nación para lo que requieran —replicó Zuko, mirando a sus copartícipes para escuchar sus deliberaciones.

—Este asunto también concierne a nuestro mundo. He colaborado antes con el Señor del Fuego, y como él, no tengo problemas en trabajar con ustedes si es necesario para detener a ese sujeto —se adhirió Hakoda.

—No dejaremos sola a la Tribu del Sur en otro conflicto. No les quepa duda: mis guerreros estarán con ustedes —sonrió Arnook, con seguridad a pesar del dolor persistente. Sentía una oleada de autoconfianza al saberse aún en pie, y la fe que depositaba en el pacto que formarían sus naciones ayudaba a afianzarla.

—El Avatar ha hecho mucho por nuestro mundo: puso fin a la Guerra de los Cien Años y ayudó a reconstruir nuestras naciones. Sería inaceptable no hacer nada para evitar que sea capturado por el enemigo. Consideren a mi nación parte de la alianza —dijo Kuei, con una bravura que sorprendía. Había decidido dejar de ser el medroso monarca para tomar las riendas de su reinado. Esta vez, no se dejaría amilanar.

—Raikage, ¿qué hay de usted? Antes no estaba de acuerdo con la idea de una alianza —preguntó la Mizukage.

—Parece que Akatsuki no ha dañado a mi hermano… ¡Pero me rehúso a permitir que hagan y deshagan a su antojo! Debemos crear una alianza, y rápido —concedió.

—¿Qué hacemos con Konoha? Hay que tener en cuenta que el Hokage huyó de la escena —dijo el de las Dos Escalas.

—Los oscuros rumores sobre Danzō son demasiado notorios para ignorarlos. Después de lo que hizo en esta reunión, perdió nuestra confianza. Si los shinobi de Konoha se enteran, su posición se verá perjudicada… y no tardarán en echarlo.

—Le hablaré sobre la alianza a un shinobi de Konoha en quien confío —dijo Gaara.

—¿Quién sería? —cuestionó el anciano.

—Kakashi Hatake del Sharingan.

—Oh… ¿El hijo del Colmillo Blanco? —Ōnoki sonrió. El renombre del ninja lo respaldaba.

A recordó haberlo visto acompañando al muchacho que se arrodilló frente a él para pedir clemencia por Sasuke. Había sido prudente en su intento de convencerlo a escucharlo.

—Muy bien. Al menos parece más confiable que Danzō.

—¿No sería mejor que encontremos al Hachibi, al Kyūbi y al Avatar y los escondamos en un lugar seguro? —propuso la Mizukage. Su subalterno, Chōjūrō, estuvo de acuerdo.

El Tsuchikage no compartía la idea. Sugirió, por el contrario, que los incluyeran en sus líneas de combate.

—Aang es un Maestro fuerte y capaz, pero si ese hombre, Madara, ha logrado apoderarse de Vaatu… Creo que fácilmente podría apoderarse del Espíritu del Avatar —dijo Zuko—. Por si fuera poco, desconocemos el alcance de las técnicas shinobi. No lo arriesgaré.

El Tsuchikage parecía irritado por su negación, pero no comentó nada.

—Protegerlos es nuestro objetivo prioritario. Creo que Madara comenzó esta guerra porque, en su condición actual y con los pocos miembros de Akatsuki que le quedan, le resulta demasiado difícil capturarlos. Incluso si lo lograra, correría altos riesgos. Está esperando que los llevemos al campo de batalla para atraparlos —dijo Gaara. Todos estuvieron de acuerdo.

—Imaginen lo que pasaría si llevamos a mi hermano. Él no entiende ni sigue estrategias… ¡Quién sabe lo que terminaría haciendo! Probablemente esparza el caos. —A suspiró. C y Darui sonrieron nerviosamente. Sí, ese era el B que conocían.

—...Podría decir lo mismo del Jinchūriki del Kyūbi, Naruto —comentó Gaara. Sus hermanos coincidieron.

—Aang es bueno con las estrategias, sin embargo… tiende a ser demasiado… santurrón —Zuko exhaló pesadamente—. Es el gurú de los perdonadores(9).

—Yo no podría haberlo dicho mejor —Suki rio levemente. Ty Lee sonrió de oreja a oreja, reprimiendo una carcajada.

Una vez que todos confirmaron estar de acuerdo con el objetivo planteado, se dispuso que el Raikage enviaría información sobre su hermano a todas las aldeas, con la esperanza de que colaboraran en su búsqueda. El Kazekage quedó a cargo de localizar a Kakashi Hatake. Zuko, por su parte, debía encontrar al Avatar y explicarle la situación.

Ōnoki cruzó los brazos, su mirada fija en el suelo, como si escudriñara el futuro.

—¿Realmente estamos actuando de la manera correcta...? La fuerza de las siete bestias que Madara usará contra nosotros es de proporciones desconocidas. Y no sabemos lo suficiente de los Maestros como para afirmar si su poder será una ventaja… o una carga. —Su tono era seco, sin intención de suavizar el impacto de sus palabras. No le molestaba que sus dichos desagradasen a los otros cuatro líderes—. Por eso insisto: sería ventajoso permitir que los Jinchūriki y el Avatar se unan y trabajen directamente con la Alianza.

—Madara también corre riesgos al usar el poder de los siete Bijū. Si no fuera así, no habría venido aquí a negociar. La situación no está completamente a su favor —intervino Mifune, con la voz firme—. Además, los samuráis también participaremos en esta guerra.

Hakoda se adelantó un paso, con una sonrisa que mezclaba orgullo y desafío.

—Si lo que le preocupa es que no seamos útiles… Le diré que la gente de nuestro mundo no debe tomarse a la ligera, Tsuchikage. Nunca antes nos hemos aliado contra un enemigo común. Diría que nuestras fuerzas, unidas, le darán un buen golpe a Akatsuki.

Zuko se giró sobre sus talones, listo para marcharse.

—No malgaste aliento, Jefe Hakoda. Él mismo lo verá cuando llevemos nuestros ejércitos al campo de batalla.

Su voz era cortante, pero no arrogante. Tenían mucho que planear y poco tiempo que perder.

—Organizaremos una nueva reunión cuando hayamos terminado de estructurar nuestra propia coalición. De ahí, buscaremos el modo de hacer que trabaje en armonía con su Alianza Shinobi. Hasta entonces.

—¡Tch! Mocoso insolente… —regañó Ōnoki, desdeñoso, aunque sin verdadera animosidad.

El Taishō sonrió con suficiencia, como quien sabe que el tiempo pondrá todo en su lugar.

—Creo que ya no tiene motivos para preocuparse, Tsuchikage-dono.

Y así, los líderes de las Cuatro Naciones se retiraron, dejando a los Kage terminar de coordinar el diseño de la alianza. La sala, aunque aún marcada por los estragos del enfrentamiento, comenzaba a llenarse de una nueva energía: la de una guerra que no sería solo shinobi… sino universal.

—La razón por la que Sakura mintió sobre sus sentimientos fue para que pudieras olvidar la promesa que le hiciste de traer de vuelta a Sasuke —explicó Sai—. Ella sabe cuánto has sufrido por eso y se siente culpable por poner esa carga sobre tus hombros.

—Sabía que algo andaba mal... Ella lo ha amado desde que éramos unos niños —Naruto cerró los puños—. ¡Por eso no entiendo cómo puede estar de acuerdo con que le den muerte!

—Es porque lo ama que no quiere verlo descender más en la oscuridad —dijo el Anbu—. Porque lo ama… ha decidido tomar cartas en el asunto.

—…Quieres decir que quiere ir a matar a Sasuke ella misma —dedujo Kakashi, para horror de todos.

—¡¿Qué?! —Naruto inmediatamente se levantó desde donde estaba sentado—. ¡No puedes hablar en serio! ¡Sakura-chan nunca haría eso!

—Viste lo determinada que estaba justo ahora al punto de mentirte, ¿de verdad crees que no es capaz? —le dijo Sai—. Es más, está buscando a Sasuke en este mismo momento.

—¡Debemos detenerla! —Aang también se puso de pie—. Si ella lo mata, puede que se arrepienta para siempre. No hay vuelta atrás de tal decisión.

—¿Es realmente una sabia decisión dejarlo vivir? —miraron a Sai—. No ha hecho nada más que sembrar el caos donde ha ido; claramente no es el mismo que conocías, Naruto... ¿No sería mejor dejarlo morir y recordarlo como solía ser?

—¡No, tengo que hablar con él! En algún lugar podría quedar algo del Sasuke que conocí, ¡sólo lo sabré si lo veo! —Naruto se giró hacia la entrada para recoger y volver a ponerse sus sandalias de combate—. ...Sai —dijo—. Si estás de acuerdo con su asesinato, ¿por qué viniste a decirme esto?

Sai bajó la mirada, su expresión por primera vez desprovista de cálculo.

—...Me siento en parte responsable de empujar a Sakura a su mentalidad actual —confesó—. Y supuse que tenías derecho a saber.

Naruto se quedó en silencio por un momento, con la mirada clavada en el suelo. El eco de las palabras de Sai parecía haberle arrancado el aire. Aang lo observaba con preocupación, mientras Kakashi, aunque sereno, tenía los ojos entrecerrados, como si intentara leer entre líneas algo que aún no se había dicho.

—...Ella está dispuesta a cargar con el peso de esa decisión sola —murmuró Naruto, más para sí que para los demás—. Pero no debería tener que hacerlo.

—No —respondió Sai con voz queda—. Nadie debería.

Naruto se giró hacia él, con una mezcla de determinación y vulnerabilidad que solo él podía sostener sin contradicción.

—Entonces llévanos con ella. Tal vez no pueda detenerla… —tragó saliva—. Pero no la dejaré sola cuando decida qué hacer.

Aang asintió, comprendiendo que no se trataba solo de salvar a Sasuke, sino de salvar a Sakura de sí misma.

Kakashi se acercó, colocó una mano sobre el hombro de Naruto y dijo, con esa calma que a veces dolía más que cualquier grito:

—Sea lo que sea lo que encontremos… lo enfrentaremos juntos.

Sai los miró a todos, uno por uno, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba al margen de la historia, sino dentro de ella.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero debemos darnos prisa. Si Sakura encuentra a Sasuke primero… puede que no haya vuelta atrás.

Y así, sin más palabras, los cuatro salieron de la sala. Lo que estaba en juego ahora no era todavía la guerra, sino el alma de una amiga, el recuerdo de un compañero, y la esperanza de que aún quedara algo por salvar.

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. 火の王 (Hi no Ō). Literalmente, "Rey de fuego". Es la traducción utilizada en el doblaje japonés de Avatar: The Last Airbender para el título "Señor del Fuego", que designa al líder de la Nación del Fuego.

2. 六道仙人 (Rikudō Sennin). Literalmente, "Sabio de los Seis Caminos". Figura legendaria en Naruto, considerado el fundador del ninjutsu y el primer portador del Rinnegan. Su mito se entrelaza con conceptos budistas sobre la reencarnación y la iluminación.

3. 輪廻眼 (Rinnegan). Literalmente, "Ojo de Saṃsāra". El término Saṃsāra (sánscrito: संसार) refiere al ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento en religiones indias. En Naruto, el Rinnegan permite técnicas como el Camino Exterior — Jutsu de la Vida Celestial de Saṃsāra, que otorga al usuario la capacidad de revivir a los muertos, encarnando el poder de romper el ciclo.

4. 十尾 (Jūbi). Literalmente, "Diez Colas". Criatura primordial en Naruto, formada por la unión de las Bestias con Cola. Representa una fuerza destructiva de escala divina, vinculada al origen del chakra.

5. 一尾 (Ichibi). Literalmente, "Una Cola". Es la primera de las Bestias con Cola en Naruto, también conocida como Shukaku. Tiene forma de tanuki y está asociada con la arena y el desierto.

6. El término proviene del sánscrito, donde se escribe धर्म (dharma) en alfabeto devanagari. Su raíz etimológica, dhṛ- (धृ), significa "sostener" o "mantener", lo que refuerza su vínculo con el orden y la estabilidad. Es un concepto complejo y multivalente en las religiones indias. En el hinduismo, se refiere a la ley universal o justicia que sostiene el orden cósmico. En el contexto de esta historia, se utiliza para representar el equilibrio que el Avatar debe proteger, aunque su significado varía en el budismo, jainismo y otras tradiciones.

7. 六道 (Rokudō). Literalmente, "Seis Caminos". En sánscrito ṣaḍgati (ಸದ್ಗತಿ), y en chino 六趋 (liù qū). En el budismo, representan los seis reinos de existencia a los que se puede renacer según el karma: tres superiores (kuśalagati) y tres inferiores (akuśalagati). El reino humano pertenece a los superiores, junto con los mundos de los asuras y los devas, donde residen deidades como Brahma y Vishnu.

8. 神樹 (Shinju). Literalmente, "Dios Árbol". En Naruto, es el árbol divino del que surge el chakra. Su fruto otorga poder absoluto, y su existencia está ligada al origen del conflicto entre humanidad y divinidad.

9. いい子の導師さま (Ī ko no dōshi-sama). Literalmente, "Gurú de los buenos chicos". En el episodio 16 del Libro Tres: Fuego de Avatar, titulado "Los Invasores del Sur", Zuko se refiere a Aang con distintos apodos según el doblaje. En japonés, lo llama いい子ちゃん (iiko-chan), "buen chico", mientras que los subtítulos japoneses de Netflix lo traducen como "Ī ko no dōshi-sama", una expresión que mezcla afecto y burla hacia su rol espiritual.

Chapter 8

Notes:

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Chapter Text

Sasuke despertó recostado sobre uno de los innumerables prismas rectangulares de distintos tamaños, dispuestos al azar dentro de un vacío oscuro e interminable. Era la dimensión creada por la habilidad del Mangekyō Sharingan de Tobi.

A su lado, se hallaba Karin, observándolo con sus brillantes ojos carmesí, que parecían desbordarse en cualquier momento. Una alegría luminosa se esparció por su rostro al verlo reaccionar.

—¡Sasuke! —exclamó, al instante arremangándose para ofrecerle su brazo.

Él se incorporó lentamente, gruñendo por el dolor que recorría su cuerpo. Mordió el antebrazo de su compañera y enseguida sintió cómo su fuerza comenzaba a reponerse. Sólo cuando se sintió mejor echó una mirada a su alrededor.

Sobre una de las estructuras cuadradas se hallaba Azula, inconsciente. Su cabello estaba revuelto; mechones desiguales caían sobre su frente ensangrentada.

Sasuke se preguntó brevemente con quién había peleado. Recordó que Madara les había mencionado su propósito de manera vaga cuando les presentó a la princesa.

—Ella es Azula. Estará acompañándolos a la cumbre de los Kage —les dijo Madara cuando interceptó a Taka en el bosque. Les comunicó la destrucción de Konoha, el fracaso en la captura del Hachibi, y finalmente, que Danzō asistiría a una cumbre entre Kage. Una oportunidad perfecta para acabar con él.

La mencionada apareció detrás de Madara, ataviada con la capa de la organización: prueba de su membresía.

—Es de la realeza, así que trátenla bien.

Azula los observó de pies a cabeza con una sonrisa de suficiencia. La manera en que lo hizo enervó a Karin, que no tardó en cuestionar su presencia.

—No piensen que iré con ustedes por gusto —comentó, llevándose las manos a las caderas—. Da la casualidad de que debo encontrarme con uno de los asistentes de esa reunión… al igual que tú —miró a Sasuke con una chispa de malicia fundida en el oro ámbar de sus irises. No transmitía confianza a primera vista.

—No necesitamos a alguien que nos ralentice —declaró él, lo que la molestó ligeramente.

—No lo hará. Es bastante competente —le aseguró el enmascarado—. Ella es bastante famosa en su mundo, después de todo.

—¿"En su mundo"? ¿A qué te refieres? —inquirió Suigetsu.

—Es una larga historia… y no una que les vaya a entrar en la cabeza a ignorantes como ustedes —replicó Azula.

—¡O-oye! —exclamó el peliblanco, ofendido. Ya habían comenzado con el pie izquierdo.

El Fantasma de los Uchiha detuvo la inminente discusión antes de que comenzara.

—Tengamos la fiesta en paz —dijo—. No se interpondrá en tu camino, Sasuke. Podrás ir por Danzō sin problemas. Ella irá a lo suyo.

—¿Tiene algo que ver con los Kages? —interrogó el pelinegro.

—No con ellos… sino con sus invitados —aclaró—. A los otros los dejaremos para ti.

—Suficiente cháchara —cortó la princesa—. ¿Nos vamos ya?

Se les adelantó sin aportar nada más. Sobraba decir que su actitud no agradó a ninguno, incluso a Jūgo, quien era generalmente indiferente con cualquiera que no fuese Sasuke.

Prosiguieron su camino en cuanto Tobi se retiró. Karin se pasó el trayecto protestando contra la altivez de Azula, y en cuanto la alcanzaron, se lo hizo saber con imprecaciones directas que la pelinegra desatendió.

A Sasuke no le importaba demasiado su presencia mientras no fuera estorbosa. Sin embargo, debía admitir que sentía una leve curiosidad sobre sus motivaciones. ¿Era acaso un nuevo miembro de Akatsuki? ¿Desde hacía cuánto?

Se percató de que la observaba constantemente, y mientras viajaban por el gélido país, le dijo:

—Oye, incompetente que no sabe controlar a sus subordinados. Dile a la pelirroja que, si no deja de gritar, la rostizaré hasta que quede irreconocible.

Acto seguido, se propulsó con llamas que emanaron de sus pies, ascendiendo por los aires. Aquello lo sorprendió por instantes. Sus llamas eran azules.

 


 

No le prestó mucha atención después de eso, y todavía le importaba bastante poco lo que hiciera o dejara de hacer. Pero ahora necesitaba preguntarle por el paradero de su enemigo.

—Karin —dijo—. Encárgate de ella.

La Uzumaki miró a Azula removerse. Había recuperado la conciencia. Soltó un quejido y se llevó la mano a la cabeza.

Karin realmente no quería ayudarla. Lo hizo únicamente por petición expresa de su interés amoroso.

—Agh… ese… maldito pordiosero… —rezongó Azula. Notó que la otra llevaba un buen rato extendiéndole un brazo. —. ¿Qué…? ¿Qué quieres?

—Muerde —le dijo Karin de mala gana.

La aturdida princesa miró las marcas de mordeduras que dañaban su piel. Arrugó la nariz, asqueada.

—Qué repugnante.

—¡¿Te ofrezco ayuda y así es como respondes?! ¡Para ser una princesa, no tienes nada de educación, malagradecida!

—¿Es que acaso nunca te callas? ¡Tus chillidos empeoran mi dolor de cabeza!

—Si te duele tanto como dices, hazle caso —le dijo Sasuke.

Azula no lo había visto hasta ese momento. Sus ropas eran un desastre, tenía zarpazos por toda la cara, pero se le notaba más vigorizado de lo que debería estar tras enfrentar a los Kage. Dedujo que tenía algo que ver con lo que le pedía que hiciera.

Intercambió miradas entre él y la rabiosa kunoichi. Suspiró, tiró de su muñeca y acercó el brazo a su boca, enterrándole los dientes. Sintió una oleada de energía regresar a ella en pocos segundos, lo cual la pasmó. Una vez se apartó, escupió hacia un costado. Sólo Agni(1) sabía qué bocas inmundas habían tocado esa piel.

—Eres una pequeña—

Sasuke interrumpió a Karin antes de que pudiera seguir insultándola.

—Azula —llamó—. ¿Viste a dónde se fue Danzō?

Ella se limpió los labios antes de contestar, frotándolos de manera un tanto exagerada.

—¿Se escapó? ¿Quiere decir que no lo mataste? Ja. Supe que eras un inepto desde que me contaron lo del Hachibi, pero no pensé que tanto.

Pensó largarle que no tenía derecho a decirlo, considerando que estaba bien apaleada, pero se contuvo. No tenía tiempo para trifulcas inútiles.

—¿Lo viste o no?

—Danzō… Era el vejestorio de las vendas, ¿no? En ese caso, sólo lo vi cuando llegué —contestó—. Tuve que ocuparme de mis propios asuntos después.

Sasuke chasqueó la lengua. Necesitaba salir de esa dimensión pronto, o se alejaría demasiado.

—¿Y dónde se supone que estamos? —preguntó.

—Ese tipo, Tobi, nos trajo aquí con su Sharingan —dijo Karin—. Parece ser una especie de espacio alterno… ¡Eh, ahí está!

El aludido descendió desde el remolino del Kamui.

—Se ven mucho mejor —comentó en cuanto los divisó—. Hicieron un numerito con ustedes.

Azula frunció el ceño profundamente.

—¿Dónde están? Juro que cuando los tenga en mis manos…

—Lamentablemente, eso tendrá que esperar —le dijo—. Tu hermano y los demás ya se han retirado.

La Maestra Fuego estaba furiosa, agraviada por la humillación de perder nuevamente contra los paisanos de las Tribus Agua. Sasuke la miró de reojo. Así que estuvo peleando con su hermano.

Volvió a atender su interés primordial: salir de ahí para ir en busca del Hokage.

—Déjanos salir —exigió el joven Uchiha.

—¿Podrías relajarte? En un momento saldrás —lo regañó como si fuera un niño agitado; en cierta manera, lo era—. Tengo un pequeño obsequio para ti esperándote afuera.

Sin más, sacó a Sasuke y a Karin del Espacio-Tiempo del Kamui. Se quedó a solas con Azula por unos instantes.

—Tú tendrás que esperar aquí un rato. No te preocupes, esto no tardará mucho.

—Jum —refunfuñó—. Como sea, que se apresuren.

Afuera, Sasuke se encontró cara a cara con el responsable de la caída de su clan. Quien le arrebató cruelmente a su familia y a su hermano. El mismo al que llevaba anhelando asesinar las últimas noches sin descanso.

—Sasuke, ¿eh? No podría pedir nada mejor.

Danzō acababa de liberar su brazo derecho del brazalete de sellado que lo protegía. Las tres piezas de oro y los pernos que las mantenían en su lugar cayeron pesadamente al suelo. Él comenzó a quitarse las vendas, revelando un enfermizo detalle: su extremidad estaba cubierta de Sharingan implantados.

—Ahora podré agregar sus Sharingan a mi colección.

 

 

—Naruto, ¿está todo bien? —preguntó Aang con suavidad.

El chico andaba pensativo desde que había escuchado sobre los planes de Sakura. Se había apartado del resto para poder reflexionar. Se sentía al borde del colapso. Todo le daba vueltas. No alcanzaba a comprender cómo las cosas habían tomado un rumbo tan oscuro. Y en cuanto a Sasuke… estaba atrapado en una encrucijada.

—Sí, sí… Estoy bien —afirmó, tratando de sonar seguro. —¿Los demás están listos para partir?

—Sobre eso… —dijo Aang, con una pausa breve—. Hay unas personas que vinieron a hablar con ustedes.

Naruto arrugó el entrecejo, preguntándose quién más habría venido a buscarlo. Regresó a la entrada de la posada junto al monje, y se encontró con los visitantes: el Kazekage y sus hermanos. Viejos amigos suyos.

—¡Gaara! —exclamó con sorpresa entremezclada con alegría—. ¿No estabas en la reunión de los Kage?

—Precisamente venimos de allá —respondió Kankurō. Kakashi, Yamato y el clon de Sai también salieron a su encuentro.

El marionetista señaló al chico de túnicas naranjas.

—¿Quién es él?

—Mi nombre es Aang —respondió el monje, con una sonrisa tranquila.

—¿Aang? —Gaara frunció el ceño, recordando algo—. ¿Tú eres el Avatar?

Aang parpadeó, sorprendido.

—¿Sabes quién soy?

—¡¿Qué?! ¿Es él? —Kankurō lo miró con incredulidad—. ¿El mismo del que habló Madara?

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Temari, confundida.

—El Señor del Fuego, Zuko, lo nombró en la reunión. Dijo que se llamaba Aang. —contestó el de cabello carmín.

—¿Conociste a Zuko? —preguntó el monje, tan asombrado como los familiares del Kazekage. Gaara asintió.

Naruto, por su parte, estaba completamente perdido.

—¿Qué…? ¿Avatar…? ¿De qué están hablando? —dijo, arrugando el entrecejo, la voz cargada de confusión.

Temari se adelantó, con tono serio.

—Vinimos a explicarles lo sucedido en la reunión. Hay mucho que contar, así que presten atención.

La usuaria del Elemento Viento comenzó a relatar los hechos ocurridos durante la junta. Primero explicó el motivo de la convocatoria de los líderes, luego la llegada inesperada de los regentes de las Cuatro Naciones. Kakashi, Yamato, Sai y Naruto se desconcertaron al escuchar sobre "el otro mundo" y el Avatar.

—Pensé que eso era un mito... —murmuró Yamato, con el ceño fruncido.

—Oye, espera, espera... ¿¡Y por qué no nos contaste nada de eso!? —Naruto apuntó a Aang con un dedo acusador, el semblante cargado de indignación.

—El Hokage me dijo que esa historia se consideraba un invento... —respondió Aang, encogiéndose un poco—. Pensé que, si se los decía, no me creerían. Además, es algo complicado de ir explicando a cada persona que conozco… incluso a él le costó creerme.

—Hay que admitir que es difícil de creer —intervino Kakashi, con tono neutral.

Naruto frunció el ceño con teatralidad, cruzándose de brazos y ladeando la cabeza mientras miraba a Aang con una ceja levantada.

—La verdad… tampoco me parece que seas un tipo sacado de una leyenda. Mírate. Te tropezaste con una tetera hace apenas un rato.

Aang frunció el ceño, ofendido.

—¡Oye! ¿Eso qué quiere decir?

—Nada, nada… sólo que... no creo que esos "Avatares" se quemen los dedos haciendo pastelitos de aire.

—¡Estaba probando un truco nuevo! —replicó Aang, indignado.

Ninguno ahí pudo evitar pensar que el chico no parecía en absoluto una figura que, según Madara, podía alterar el equilibrio del mundo. Sai y Yamato los observaron discutir en silencio, el segundo apenas conteniendo una sonrisa resignada. ¿De verdad estamos ante una figura de leyenda…?, pensó. Y es un monje adolescente que discute con su amigo como si estuvieran en la escuela.

—¿Van a seguir con la pelea de patio o podemos volver al tema real? —interrumpió Temari, tajante.

El silencio cayó como una piedra. Aang y Naruto se enderezaron al instante, como si les hubieran lanzado una técnica de parálisis. Incluso Kakashi alzó una ceja, impresionado por la eficacia del regaño.

—Gracias —añadió Temari, sin variar el tono—. Como sea... Aang, ¿no? Le ahorramos al Señor del Fuego el trabajo de buscarte. Él, los Jefes Tribales y el Rey deben estar camino a Konoha ahora mismo.

—De todos modos, eso no es lo único que venimos a decirles… —añadió, ahora grave—. Madara Uchiha ha declarado la guerra al mundo entero.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Sus rostros se tensaron, la consternación se esparció como una sombra.

—Irrumpió en la reunión junto a su séquito. Entre ellos estaba Sasuke… quien atacó a los Kage.

—La hermana del Señor del Fuego también estaba con ellos —añadió Kankurō.

—¡¿Azula?! —Aang bajó la mirada, incrédulo—. No es posible…

—Él estaba igual de sorprendido al verla —dijo Gaara—. Parece que está trabajando con Akatsuki.

—Increíble… Y luego está también Sasuke —Kakashi exhaló lentamente—. No puedo creer que llegara al extremo de atacar a los Kage.

—Sospecho que su irrupción tuvo algo que ver con Danzō —añadió el Kazekage—. Escapó poco después de que Sasuke llegara.

Aquello no sorprendió tanto a los jōnin como lo demás.

—Siempre supe que Danzō no era de fiar —dijo Yamato, con tono sombrío. Sus años en Raíz le habían enseñado a desconfiar de aquel hombre. Había visto con sus propios ojos la podredumbre de la organización. Y aunque fue testigo —y a veces ejecutor— de sus medidas más radicales, nunca estuvo de acuerdo con que se le otorgara el puesto que correspondía a la princesa Tsunade.

—Por eso se acordó tratar con otra persona para mantener contacto con Konoha —intervino Temari, mirando al peliplateado—. Se sugirió que el nuevo Hokage fuese Kakashi Hatake.

Todos lo miraron. Kakashi parpadeó, como si no hubiera escuchado bien.

—Nunca me ha emocionado la idea de convertirme en Hokage… —murmuró. Ya sabía que había sido considerado antes, pero nunca lo había tomado en serio—. De cualquier modo, no puedo decidir nada hasta que regresemos y escuchemos las opiniones de los demás.

—No tenemos tiempo para la política —cortó Temari, seca.

—Tengo el presentimiento de que todos estarán de acuerdo con tu nombramiento —añadió Yamato, palmeándole la espalda. Luego bajó la voz—. En cuanto a Sasuke…

El silencio se volvió denso. Todos miraron a Naruto.

Él no reaccionó. En algún punto de la conversación, se había cerrado. Cabizbajo, los ojos fijos en el suelo, parecía atrapado en un ruido interno que no dejaba espacio para nada más.

Sus amigos comprendieron su pesar, pero sabían que no había palabras que lo consolaran. Las culpas de Sasuke se acumulaban como piedras. Y ni siquiera Aang, que aún se atrevía a interceder por él, sabía qué decir. ¿Cómo defenderlo, cuando estaban hablando de una declaración pública y efectiva de guerra?

—Madara quiere hacerse con las Bestias con Cola para llevar a cabo su plan del Ojo de la Luna —dijo Gaara, con tono serio—. Los únicos Jinchuriki restantes son tú y el hermano del Raikage. Pero no sólo los quiere a ustedes…

De pronto se detuvo. Algo en su memoria se activó.

 


—No le diremos al Avatar que él es uno de los objetivos de Akatsuki —dijo el Señor del Fuego, una vez se hubo apaciguado la turbación general.

—¿A qué se debe su decisión? —preguntó Mei, girándose hacia él.

—Lo conozco bien —respondió Zuko, con un asomo de preocupación—. Jamás aceptaría que esta guerra tenga como uno de sus propósitos protegerlo... Querrá cargar con el peso solo.

El Godaime lo meditó en silencio. Y decidió respetar su juicio.


 

—También a un espíritu proveniente del mundo de los Maestros —continuó Gaara, saliendo del recuerdo—. Su nombre es Vaatu, y ya se ha hecho con él.

Previó la impresión de todos, especialmente la del Maestro Aire, y se encargó de explicar con detalle. Describió el plan del Uchiha, la necesidad del poder de los Bijū y del ser mencionado.

—En resumidas cuentas… esta guerra es para evitar que obtenga a las bestias restantes. Para proteger al Hachibi y al Kyūbi. Para protegerte a ti, Naruto. Y a la vez, a todo el mundo ninja.

Gaara se acercó un paso, firme, con todo el peso de su presencia.

—Debes entender que yo, como Kazekage, estoy arriesgando mi vida por ti. Y si Sasuke, un miembro de Akatsuki, se enfrenta a mí… no le mostraré piedad.

 


—Eres como yo, Sasuke. Has caminado por la zona más oscura de este mundo —le dijo Gaara, entre ruinas y polvo, intentando que su voz alcanzara algo más que el oído. Quería estremecerlo, sacudir su alma entre los escombros del último nivel del edificio.

—Tienes que haber visto al menos un poco de luz en la distancia. En el pasado. Incluso ahora.

Sasuke lo miró con media sonrisa, el rostro ensangrentado, el ojo rojo brillando como una herida abierta.

—Cerré los ojos hace mucho tiempo —dijo—. Lo que busco yace en otra parte ahora. ¡En la oscuridad!


 

Desde aquel intercambio, Gaara supo que era irredimible. No había forma de sacarlo de las tinieblas en las que se empeñaba en hundirse. Y necesitaba que Naruto lo entendiera.

—Ya no le importas a Sasuke. Está buscando la oscuridad por voluntad propia.

Naruto apretó los dientes. No dijo nada, pero su cuerpo hablaba: tensión en los hombros, los puños cerrados, la mirada clavada en el suelo como si pudiera encontrar una respuesta ahí.

—Una vez me dijiste: "Yo soy el futuro Hokage". Bien. Yo me convertí en Kazekage. Si estás verdaderamente preparado para asumir como Kage… entonces, siendo amigo de Sasuke, ya sabes lo que debes hacer.

Aang cerró los dedos con fuerza alrededor de su planeador. Sus ojos se apretaron, como si quisiera bloquear el mundo entero.

La realidad los golpeaba sin tregua. La desesperanza comenzaba a filtrarse, lenta pero firme, como agua entre las grietas.

—Una guerra… otra vez… —murmuró el Avatar, ahogando un gruñido frustrado.

El mundo siempre encontraba la forma de enzarzarse en conflicto. Pero esta vez era distinto. Dos mundos que no debían cruzarse estaban entrelazados por la ambición de una sola persona. Todo porque Azula se había mezclado en los asuntos de los shinobi.

Otra guerra que no pude detener, pensó Aang, con amargura.

Una herida que creía cerrada volvió a abrirse en cuanto los recuerdos lo alcanzaron. Las palabras que aquel pescador le había dicho años atrás en una ciudad portuaria del Reino Tierra volvieron a punzarle el pecho igual que como cuando las oyó.

 


—¡El Avatar desapareció durante cien años! ¡Le diste la espalda al mundo!

—¡No le grite así! Aang nunca le daría la espalda a nadie —Katara lo defendió con pasión, colocándose entre ambos como una barrera de protección férrea.

—¿Oh, no lo haría, eh? —el hombre se burló con cruel ironía—. Entonces supongo que debo haberme imaginado los últimos cien años de guerra y sufrimiento.


 

Estaba tan enfrascado en sus pensamientos que las palabras del Kazekage le sonaban lejanas. Gaara se había acercado a Naruto, colocándole las manos sobre los hombros. Pero él se las apartó con brusquedad.

No era el gesto en sí lo que le molestaba. Era la lástima que dejaba entrever.

—Ya hemos transmitido el mensaje. Nuestro trabajo aquí acabó. Vámonos a casa, Gaara —dijo Temari, girándose con decisión. No tenía caso insistir con el ojiazul. —. La Arena actuará como si fueras el Hokage, Kakashi Hatake. Como aliados de Konoha, te pedimos que hagas saber a todos lo que está sucediendo.

Kakashi asintió, sobrio.

Los hermanos estaban a punto de irse cuando Gaara se detuvo. Se volvió hacia Naruto, con una última cosa que decir.

—Yo te considero un amigo.

Naruto alzó la vista, sorprendido por la sencillez de la frase.

—Cuando era niño, para mí la palabra "amigo" no era más que eso: una palabra. Pero desde que te conocí, entendí que lo que importa… es el significado que le damos. Piensa cuidadosamente en lo que eso quiere decir. Y en lo que puedes hacer por Sasuke.

Dicho eso, se retiró junto a sus hermanos.

—Naruto… —El Capitán Yamato intentó acercársele, pero Kakashi lo detuvo con una mano firme. Tenía que descifrar las palabras de Gaara por su cuenta.

Ellos y Sai comenzaron a discutir los siguientes pasos. Kakashi iría a detener a Sakura. Yamato volvería con Naruto y Aang a Konoha. Debían informar sobre la coyuntura actual a la mayor cantidad de gente posible.

Pero mientras el vertiginoso ritmo de los sucesos pretendía hacer a la realidad estrellarse estrepitosamente… Naruto se estancó.

—¡Sasuke Uchiha, un ninja de Konoha, ha atacado nuestra aldea y secuestrado a nuestro sensei! ¡Es un miembro de Akatsuki!

—Sasuke no perdonará a Konoha por sacrificar a Itachi para su propio beneficio. Él buscará venganza. Es un vengador. Su odio es su camino ninja.

—Konoha va a encargarse de Sasuke. Mientras hablamos, tus compañeros se preparan para llevar a cabo esa misión.

Naruto se tocó el pecho. Le dolía. Le escocía.

Las palabras retumbaban, inclementes, en cada recoveco de su interior.

—Sakura planea acabar con Sasuke ella misma.

¿Cómo fue que las cosas terminaron así?

—Por favor, por favor… Trae de vuelta a Sasuke… ¡No pude hacerlo! ¡No pude detenerlo! Así que ahora… El único que puede detenerlo, salvarlo… eres tú. Sólo tú, Naruto.

—Si estás verdaderamente preparado para asumir como Kage… entonces, siendo amigo de Sasuke… ya sabes lo que debes hacer.

No podía respirar. Por mucho que inhalara, no era suficiente. Su corazón palpitaba con violencia, como si quisiera salirse de su pecho.

Pensó que iba a morir.

Sudaba. Se sentía mareado. Como si no tuviera control sobre sus sentimientos. Como si no pudiera pensar con claridad.

Se sentía inútil.

Cayó de rodillas sobre la nieve.

—¿Naruto? —Aang salió de sus pensamientos al verlo desplomarse, apretándose la chaqueta sobre el pecho, jadeando desesperadamente—. ¡Naruto!

—¡Se está hiperventilando!

—Naruto, intenta mantener la calma. Respira.

—¡Naruto!

Su visión se fue volviendo borrosa. Poco a poco. Hasta que se apagó completamente.

De vuelta en Konoha, Zuko, Hakoda, Arnook y Kuei fueron recibidos por los demás miembros del Equipo Avatar. Les contaron lo ocurrido en la asamblea a grandes rasgos; entrar en detalles tomaría tiempo. Prometieron aclararlo todo en su debido momento.

—Necesito hablar con Aang. ¿Dónde está? —preguntó Zuko, directo.

—Se fue —respondió Toph, cruzada de brazos. Sintió el azoramiento del Señor del Fuego como si echara humo por la nariz. —Marchó a ayudar a unas personas que conocimos aquí. Trabajo de caridad, ya sabes… lo suyo.

Zuko se masajeó las sienes, conteniéndose.

—Lo que faltaba… Tengo que hablarle sobre una guerra inminente y él está haciendo voluntariado.

—No puedo creer que esto se haya vuelto tan serio —Katara apenas contenía el enfado, enfocada en curar las heridas de Arnook. Fue un milagro que hubiese estado preparado ante el impacto directo del rayo de Azula. No quería imaginar qué habría pasado sin el oncemil. —. ¡Azula ha llegado demasiado lejos esta vez!

—¿Y qué le vas a decir a Aang? —Sokka se cruzó de brazos, pragmático. —No le va a gustar saber que se desatará otra guerra… y menos si es para protegerlo.

—No podemos dejarlo a merced de ese hombre —dijo Hakoda, acariciando la cabeza de Appa. —Aunque permitirle pelear podría ayudarnos, hay que ser realistas. Con todo lo que se dice sobre Madara, no sabemos si puede detenerlo. Será difícil convencerlo, pero tiene que aceptar.

—Dudo que lo haga —intervino Toph, con tono seco. —Pies Ligeros no es de los que se quedan esperando a que las cosas sucedan. Y otra cosa: si el Kyūbi y el Hachibi son tan poderosos, ¿por qué no los dejamos pelear con nosotros?

—Los estás subestimando —la contrarió Arnook, serio. —Vimos apenas una fracción de lo que los shinobi pueden hacer. Sus capacidades superan nuestra comprensión. Sí, valernos de las Bestias con Cola y del Avatar podría inclinar la balanza… Pero también los estaríamos exponiendo a ser capturados.

—Sin mencionar que Madara ya tiene al resto de las siete bestias… —añadió Kuei, sombrío.

Appa emitió un sonido grave, como si estuviera de acuerdo. Despertó a Momo, que dormía en su cabeza. 

—No podemos esperar a que regrese —dijo Zuko, firme—. Necesitamos volver a nuestras naciones, reunir a nuestros ejércitos, ordenarlos… y ponernos en marcha. Les encargo que le cuenten a Aang lo que pasó.

—Otra guerra en toda regla… justo cuando evitamos una después del incidente de Yu Dao. —Katara combatía su propia desesperanza ante la indeclinable declaración de guerra. El resto del grupo no estaba menos angustiado. Todos habían sufrido a causa de la Guerra de los Cien Años. Sabían que, incluso si el resultado les favorecía, las pérdidas humanas podrían ser incontables.

—¿Están… seguros de esto? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿En verdad no hay otra alternativa? ¿Será realmente una buena decisión involucrar a todas las naciones?

Zuko bajó la mirada por un instante, luego la sostuvo con firmeza.

—Yo estoy involucrado desde que Azula se amistó con Akatsuki. Como su hermano… y como Señor del Fuego, no puedo quedarme al margen. Aunque estoy de acuerdo en que quizás sea mejor que ustedes no se arriesguen —miró a los tres líderes—. No me malinterpreten, aprecio su apoyo, pero Azula es de la Nación del Fuego. Y por ende, responsabilidad mía. No puedo pedirles que paguen culpas que no les corresponden.

Hakoda se adelantó un paso, con voz grave pero cálida.

—Con el debido respeto, Señor del Fuego Zuko… esto no se trata sólo de usted ni de la princesa. Se trata del Avatar. Todos estaremos de acuerdo en que dejar que peligre su vida es inadmisible. Se ha ganado el favor de muchos por acabar con la Guerra de los Cien Años… incluido el mío.

Entonces sonrió, mirando a su hija con complicidad.

—Además, ¿qué clase de suegro sería si dejara a mi futuro yerno en manos del enemigo?

Aquello logró iluminar el rostro de Katara, aunque tenuemente.

La determinación del jefe tribal pareció tener efecto en Zuko, especialmente cuando los demás lo secundaron.

—Estoy de acuerdo con el Jefe Hakoda —dijo Arnook, mientras Katara le envolvía el torso con vendas—. El Avatar siempre ha arriesgado su vida por nosotros. Salvó a mi tribu de la armada de Zhao… y le estaré eternamente agradecido por ello. Es hora de pagar la deuda que tenemos con él.

Le agradeció con un leve movimiento de cabeza.

—El Avatar hizo mucho por nosotros, incluso cuando dudamos de él —añadió Kuei, solemne—. Dejar solo a nuestro protector… darle la espalda… sería una terrible ingratitud. Desearía que hubiera otra manera, pero está claro que no podemos razonar con el enemigo. Usar la fuerza es nuestro único recurso.

Zuko guardó silencio unos segundos. Luego asintió, con una leve sonrisa.

—Tienen razón. Si no fuera por Aang, nada habría cambiado. El mundo sería el mismo desastre que era hace tres años.

Su motivación por protegerlo estaba guiada, principalmente, por su sentido de la amistad. Pero reconocía que, por su impagable contribución a la restauración de las Cuatro Naciones, habría muchos más con el mismo deseo.

A fin de cuentas, el monje era el héroe de su mundo. ¿Y qué sería de ellos sin él?

—Entonces está decidido —dijo Zuko, más determinado—. Estamos todos juntos en esto.

—Oigan, a todo esto… —interrumpió Toph, con ese talento innato para pinchar momentos emotivos—. Ese Zorro de Nueve Colas… ¿No está sellado dentro de Naruto?

Katara y Sokka alzaron ambas cejas al unísono.

—¿Él es el tal Jinchūriki del Kyūbi? —preguntó Sokka, apabullado—. ¿El chico que conocimos?

—El Kazekage mencionó que su nombre era Naruto —recordó Zuko, frunciendo el ceño—. Sí, debe ser el mismo… ¿Por qué?

—Lo conocimos apenas llegamos a la aldea —explicó Katara, aún procesando la conexión.

—Vaya… el mundo… este mundo es pequeño —comentó Hakoda, cansadamente. Eso de las "dos dimensiones" todavía le parecía un rompecabezas sin instrucciones.

—Aang fue a tratar un asunto que tenía que ver con él… y con otro chico llamado Sasuke —agregó Toph, como quien lanza una piedra al estanque.

Zuko se tensó.

—¿Sasuke, dices?

—¿Hm? Sí, ¿qué con eso?

Zuko se volvió hacia los otros líderes.

—¿Será el mismo que…?

Los cuatro se miraron entre sí, como si acabaran de encajar una pieza crucial.

—¿De qué están hablando? —preguntó Sokka, inquieto.

Zuko respondió, con voz tensa.

—Además de Azula… hubo un ninja de Konoha que atacó la reunión. Dijeron que su nombre era Sasuke Uchiha.

—¡Sasuke-kun!

El grito de Sakura resonó en las cavernas, rebotando entre las paredes como un eco de algo perdido.

El Uchiha estaba de pie frente al cuerpo de su compañera, Karin, a quien minutos atrás él mismo había apuñalado para alcanzar al ya fallecido Danzō. Ahora, el chidori danzaba en su mano, listo para rematarla.

Se viró lentamente. Su mirada vacía se clavó en su antigua compañera de equipo.

—…Sakura —su voz era áspera, sin un solo rastro de la amabilidad con la que alguna vez le había dado las gracias. Antes de abandonar la aldea. Antes de romperle el corazón.

¿Es realmente él?, pensó ella. No se parece en nada al antiguo Sasuke.

—¿Qué quieres? —demandó él, sin emoción.

Sakura tragó en seco. Evitó mirar a la sangrante mujer en el suelo. Sabía que, si lo hacía, su mirada la traicionaría. La lástima se le escaparía por los ojos.

Tenía que ser fuerte. Sólo por un poco más.

—¡He desertado de Konoha… para irme contigo!

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. अग्नि, "fuego". Es también el dios del fuego en el hinduismo. En ATLA, esta palabra fue combinada con 会, かい, para crear el término "Agni Kai".

Chapter Text

Kakashi viajaba a toda velocidad.

Hacía poco había encontrado a Kiba, Akamaru, Rock Lee y Sai inconscientes en el bosque, víctimas de un poderoso gas del sueño que Sakura había usado contra ellos. Todo para encargarse de Sasuke por su cuenta.

Aunque debía admitir que le sorprendía que su alumna hubiese podido sola con los tres, sabía que, incluso así, no era rival para el Uchiha. Y aun si pudiera… ¿tendría el valor para hacerlo? ¿Tenía el coraje que se requería para matar a un antiguo camarada?

A pesar de haberse perdido gran parte del crecimiento de Sakura como kunoichi —al optar por entrenar a Sasuke, por afinidad de habilidades y temperamento—, Kakashi sabía que ella seguía siendo la misma chica amable que había conocido a los doce años. Podía decir muchas cosas: que Sasuke era un criminal, que ya no lo amaba… Pero mientras su boca expresaba desprecio, sus ojos delataban añoranza.

Una profunda culpa lo embargaba.

Veía replicada en el Equipo 7 la misma tragedia que vivió con sus propios compañeros. Fue por su debilidad que perdió a Obito y a Rin, dos de las personas más preciadas para él. Y esa misma debilidad —la de no saber cómo detener el dolor antes de que se volviera irreversible— era la que había desencadenado la situación actual.

Si hubiese sido un maestro más fuerte… más atento… Tal vez habría podido detener a Sasuke antes de su inexorable descenso a la oscuridad. Tal vez habría comprendido el peso que cargaba en su corazón.

Pero ya era demasiado tarde para arrepentimientos.

En honor al vínculo de sensei y estudiante que los unió… Debía zanjar el asunto de una vez por todas.

Kakashi llegó a la escena justo a tiempo.

Sasuke estaba a un paso de impactar a Sakura con el chidori. La electricidad chisporroteaba en su mano, lista para atravesarla.

—No te enseñé esa técnica para que la usaras contra tus compañeros —dijo Kakashi, sujetándolo con fuerza por la muñeca. Su voz era grave. —Qué bajo has caído, Sasuke.

El Uchiha lanzó una patada para zafarse. Kakashi la esquivó con un salto, y en el aire, le propinó una propia que lo envió lejos.

Al descender, se paró frente a Sakura. Escudo. Maestro. Última línea.

—Estabas tratando de matar a Sasuke, ¿no es así? —dijo Kakashi, con la mirada fija en el kunai que Sakura sostenía en su temblorosa mano.

Ella no respondió. No podía.

—No hay razón para que cargues con ese peso tú sola… Sakura, una vez te dije: "No te preocupes, pronto todo volverá a ser como antes". Eso fue una irresponsabilidad. Quise hacerte sentir mejor… pero la verdad es que solo me estaba mintiendo a mí mismo. Me disculpo. He sido un pésimo sensei para ustedes.

—No, Kakashi-sensei, usted… —Quiso decirle que no era su culpa. Que sus razones eran comprensibles. Sabía que ver el cambio de Sasuke le dolía tanto como a ella.

Pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.

Kakashi se volvió hacia Sasuke.

—Sasuke… odio repetir las cosas. Esta será la última vez que te lo diga: ¡No dejes que la venganza te posea!

Las mismas palabras que le había dicho cuando era solo un niño. Un niño encadenado al deseo de retribución. Un niño que pataleaba, atado al tronco de un árbol, mientras Kakashi intentaba hacerle entender que ese camino —la senda de la venganza— solo conducía a la perdición.

Había visto a demasiados hombres seguir ese mismo sendero. Camaradas asesinados. Juramentos de sangre. Ciclos interminables de odio que se perpetuaban como una enfermedad entre los shinobi.

Sasuke lo sabía. Y aun así, se aferraba con uñas y dientes a su deseo más oscuro.

Comenzó a reírse. Una risa desquiciada, frenética. El sonido de una mente al borde del abismo.

—Regrésame a Itachi —dijo, cuando por fin se calmó—. A mi madre. A mi padre. ¡Devuélveme a mi clan entero… y entonces me detendré!

Kakashi lo miró con tristeza.

—No quiero matarte.

—¿Oh? —Sasuke se mofó—. Hablas como si pudieras hacerlo cuando quieras. No sigas actuando como mi maestro. No aguanto las ganas de acabar contigo…

Sus ojos estaban alterados. Saltones. Insanos. Kakashi lo atribuyó a la influencia corruptiva de Madara.

Se volvió hacia Sakura.

—Llévate a la muchacha herida. Tiene información valiosa sobre el enemigo. Cúrala. Protégela.

Sakura dudó. Pero obedeció.

Cargó a Karin en brazos. Apretó los labios, conteniendo las lágrimas. Y se marchó.

Kakashi se quedó solo frente a Sasuke.

—Finalmente entiendo cómo debió sentirse el Tercer Hokage al enfrentarse a Orochimaru —murmuró. A pesar de todo lo que había hecho, él siguió recordándolo con aprecio hasta su confrontación final. Sentía su misma agonía. La de enfrentarse a un querido estudiante… convertido en enemigo.

Sasuke carcajeó.

—Pues terminarás igual que él.

La batalla comenzó con un rápido lanzamiento de kunai.

Kakashi saltó del puente hacia el agua que corría abajo, sus pies apenas rozando la superficie mientras corría sobre ella. Sasuke lo siguió sin vacilar.

El diseño de su Sharingan había cambiado drásticamente. Había evolucionado al Mangekyō tras descubrir la verdad sobre su hermano.

Activó su dōjutsu. Y el gigantesco espíritu conocido como Susanoo se materializó a su alrededor.

Con el arco en su mano izquierda, lanzó una flecha generada a partir de un orbe de chakra que formó con la derecha. El impacto levantó un chorro de agua colosal. Pero Kakashi estaba indemne.

Ese debe ser el mítico Susanoo de los Uchiha, pensó.

—… Ya veo. Te ha salvado la habilidad de tu ojo —concluyó Sasuke.

Efectivamente, Kakashi había usado su único Sharingan para enviar la flecha a otra dimensión.

—No puedo creer que alguien como tú —un externo al clan— haya podido despertar el Mangekyō. Espero que le estés agradecido a los Uchiha por brindarte ese poder.

—Sasuke… tu clan y el odio no pueden ser lo único que guardas en tu corazón. Mira en tu interior, por una última vez. Tú sabes lo que de verdad hay ahí dentro.

Sabía que sus palabras podían no alcanzarlo. Pero él, al igual que Naruto, quería creer que aún quedaban restos del viejo Sasuke. Enterrados bajo capas de sufrimiento. Y deseaba poder sacarlo de alguna forma.

—¿Quieres saber lo que veo? —Sasuke bajó la mirada.

El recuerdo de sus excompañeros sonriendo ingenuamente lo abrumó. No con nostalgia. Con furia.

—Los veo reírse —dijo, con la mandíbula temblando por la fuerza con la que la tensaba—. ¡Todos se están riendo al unísono, a costa de la vida de Itachi! ¡Se ríen como idiotas, sin tener idea del precio que él tuvo que pagar!

La liberación de su odio completó su Susanoo. El blindaje liláceo lo envolvió por completo, asemejando una capa de la que sobresalían dientes afilados.

Kakashi observó la transformación con sorpresa.

—¡Sus risas son como escarnios y desprecios ahora! Pero yo cambiaré eso. ¡Convertiré sus carcajadas en gritos y lamentos!

El Susanoo gimoteó. Luego, de repente, comenzó a desvanecerse.

Sasuke ululó de dolor. Se cubrió los ojos con las palmas de las manos.

Cuando volvió a mirar hacia arriba, parpadeó repetidamente. La silueta de Kakashi se le aparecía borrosa. Sus líneas, como borrones.

—Mi vista… —murmuró.

El uso constante del Sharingan comenzaba a afectarlo. Maldijo por lo bajo. Y se frotó los ojos con desesperación.

Sakura aprovechó ese momento.

Se acercó a Sasuke por detrás. Había terminado de curar a Karin y, a pesar de las advertencias de Kakashi, decidió auxiliar a su sensei.

El Hatake echó a correr en cuanto se dio cuenta de que ella había regresado… y de cuáles eran sus intenciones.

Sakura sostenía el kunai envenenado con fuerza. Estaba justo detrás de Sasuke. Solo necesitaba perforarle la espalda. Y todo terminaría.

Pero tembló.

Se había dicho a sí misma que podía hacerlo. Que tenía que hacerlo. Pero…

 


La escena era la misma. La banca. La noche. El silencio roto solo por su voz.

—En ese entonces… me enseñaste que la soledad es sufrimiento, Sasuke-kun. Tengo familia. Tengo amigos. ¡Pero si tú ya no estuvieras… para mí sería lo mismo que estar sola!

—Desde ahora, iremos por nuestros propios caminos. Individualmente.

—¡Yo… yo te amo! ¡Demasiado! Si decidieras estar conmigo, no dejaría que te arrepintieras nunca. ¡Haré lo que sea por ti! ¡Te lo ruego, quédate! Incluso te ayudaré con tu venganza. Buscaré la manera. ¡Te lo prometo! Por favor… quédate aquí conmigo. Y si eso no te sirve… llévame contigo.

—En verdad que eres molesta.

—¡No te vayas! ¡Si te vas, voy a gritar y…!

—Sakura… Gracias. Por todo.


 

No podía hacerlo.

Sollozó. Las lágrimas corrían por su rostro. Ese sonido fue lo que alertó a Sasuke.

Él se dio la vuelta rápidamente. La agarró por el cuello. Le quitó el cuchillo de la mano. Y lo alzó hacia ella.

—¡No, no lo hagas, Sasuke! —gritó Kakashi, desesperado.

Dos destellos anaranjados cruzaron el aire.

Naruto apareció. Apartó a Sakura justo a tiempo, tomándola en sus brazos. Su mirada penetrante se encontró con la de Sasuke.

Y entonces, una poderosa ráfaga de aire arrastró al Uchiha hacia atrás. El golpe vino de un bastón. Desde nadie menos que Aang.

—¡Naruto! ¡Aang! —exclamó Sakura, en shock.

Naruto la bajó suavemente una vez se apartaron del nukenin. Aang descendió, posándose sobre el agua. Pero lo hizo de una manera distinta: a través del Agua Control.

—Eres más oportuno que yo, Naruto —dijo Kakashi, sin apartar la vista de Sasuke—. No esperaba que me alcanzaras… pero me alegro de que lo hayas hecho.

Miró al monje por el rabillo del ojo.

—Tú también, Aang.

El Avatar asintió en silencio.

—¿Están bien los dos? —preguntó.

—Sí… estamos bien. Gracias —respondió Sakura, limpiándose el rostro.

—Entonces… él es Sasuke —dijo Aang, con la voz baja.

Sakura asintió con tristeza. Era la primera vez que lo veía. No era la forma en que le habría gustado conocerlo. Pero tampoco esperaba tener una charla precisamente amena.

—Sasuke… —Naruto habló, iracundo. No podía creer lo que acababa de ver. —¡Sakura-chan es parte del Equipo 7, igual que nosotros!

Sasuke se rio entre dientes. La llegada de su viejo amigo lo divertía. Seguía regresando como un insecto que no se cansa de ser pisoteado.

—En caso de que lo hayas olvidado… ya no pertenezco a ese equipo.

—¿Ver esto es suficiente para que entiendas que ya no es el mismo Sasuke de antes, Naruto? —lo presionó Kakashi. No había necesidad de que se lo dijera. Naruto lo estaba viendo con sus propios ojos.

Avanzó un par de pasos.

—Sasuke… Tobi nos dijo la verdad sobre Itachi.

Escuchar eso pareció descolocar al Uchiha. Su expresión cambió por un instante.

—No sé si creerlo o no… Pero, de cualquier manera, entiendo por qué hiciste todo lo que has hecho hasta ahora.

Sakura, que no sabía lo que había ocurrido, lo miró confundida.

—¿Naruto…?

—Ya te lo dije una vez —interrumpió Sasuke, con voz cortante—. ¡Nunca tuviste padres ni hermanos! Nunca tuviste a nadie… ¡Así que cállate, entrometido!

—¡Naruto tenía fe en ti, Sasuke-kun! —exclamó Sakura, con la voz quebrada—. ¡Aun cuando todos te difamaban, él te consideraba un amigo! Todavía te considera uno…

Sasuke la ignoró.

—Qué curioso —dijo, con una sonrisa torcida—. Hace unos minutos vengué a Itachi. Maté a uno de los que lo traicionaron. Uno de los mandamases de la Hoja. Su nombre era Danzō.

Los tres palidecieron. Aang, sobre todo.

—¿Él… mató al Hokage? —murmuró, incrédulo.

—Nunca me había sentido así —continuó Sasuke—. Era como si estuviera borrando el estigma que persiguió a los Uchiha durante años. Como si liberara al clan de ser asociado con este corrupto mundo shinobi.

En cierto modo… eso es lo que Konoha siempre quiso.

Después de rechazar a mi clan durante generaciones… Finalmente lo borraré de sus recuerdos.

—¡Matando a todos y cada uno de ustedes! ¡Destruyendo Konoha para siempre! —gritó, frenético.

—¡Y con ello, cualquier vínculo que tuvo con los Uchiha será cortado! ¡Nuestro nombre será purificado! ¡Así es como reviviré a mi clan!

La invectiva demencial de Sasuke los dejó boquiabiertos. Aang reconoció esa mirada. La había visto antes… en Azula. Llena de odio desbordante. De un trastorno que podía arrasar con cualquiera que se interpusiera en su camino.

Se acercó a Naruto, se paró junto a él, y levantó la voz.

—Sasuke… sé que no me conoces. Pero he oído sobre ti.

Naruto lo miró, sorprendido por la intervención.

—Puede que no lo creas… Pero también puedo entender lo que estás padeciendo.

Sasuke frunció el ceño.

—¿Y tú quién demonios eres?

—Mi nombre es Aang —respondió, firme—. Yo, al igual que tú, perdí a toda mi gente. Soy el único sobreviviente de una etnia que fue exterminada por otra nación… hace muchos años.

El silencio cayó como una losa. Ninguno de ellos sabía nada sobre sus orígenes. Solo que era el Avatar.

El tono de Aang era duro. Pero también sonaba increíblemente dolido. Sus ojos contaban una vieja historia. Una de dolor, traición y soledad. Una que Sasuke conocía bien.

—Nadie sobrevivió al genocidio. Nadie… excepto yo.

El peso de sus palabras era palpable. Sasuke sintió un latido violento en el pecho. Su cuerpo se puso rígido. Aang había tocado una fibra sensible.

—Por eso puedo comprender tus motivos —continuó—. Mentiría si dijera que mi corazón jamás albergó una pizca de resentimiento hacia quienes me arrebataron a mi pueblo. Pero nunca permití que me consumiera. La venganza nunca ha sido la respuesta. Cualquiera puede guardar rencor. Pero sólo los realmente fuertes… son capaces de perdonar.

No sólo Sasuke fue afectado por sus palabras. Naruto también. Sintió una profunda compasión. Y una oleada de ira. Parecía que había genocidas sin corazón en todas partes. En todos los mundos.

—Cuando te vi —prosiguió Aang—, me di cuenta de que yo podría haber terminado igual que tú… Si no hubiese tenido el apoyo incondicional de mis amigos. Y el recuerdo de los valores de mi gente.

Sé del sacrificio que tu hermano hizo por la aldea. ¿No harías bien en honrar su memoria… defendiendo lo que él quiso proteger?

Sasuke calló por una eternidad. Cerró los ojos. Aang quiso creer que, de alguna forma, había calado en él. Pero se equivocaba. Lo supo al ver reaparecer esa mirada. Llena de rencor. Por minutos se había suavizado… Pero algo dentro de él se había reafirmado. Tal vez se dijo algo a sí mismo. Algo que reforzó su determinación. Y funcionó.

—No compares nuestras situaciones —dijo, con voz bronca—. Ni siquiera te conozco. ¡No pretendas predicar sobre lo que no entiendes!

Abrió los ojos. Negros como la noche.

—Y yo no soy como Itachi… No me importa una aldea que sacrifica a sus ninjas como carneros.

Comenzó a acumular chakra. El sonido del Chidori —como el canto de los pájaros— resonó en el acantilado.

Kakashi se interpuso de inmediato. Se colocó frente a los menores.

—Kakashi-sensei… ¿Acaso…? ¿Acaso va a matar a Sasuke? —reclamó Naruto.

—Es mejor que se alejen. No quiero que vean esto —advirtió. No iba a permitir que nadie más interfiriera. Era su deber como antiguo maestro del nukenin.

Aang quiso protestar. Pero entonces Naruto realizó el Kage Bunshin no Jutsu. Uno de sus clones retuvo a Kakashi. Otro lo ayudó a generar el Rasengan.

Saltó hacia adelante. Dispuesto a chocar su técnica contra el Chidori de Sasuke.

Verlo dividirse en dos impresionó tanto a Aang que no reaccionó a tiempo para detenerlo.

—¡No lo hagas, Naruto! —gritó Kakashi, atrapado. Sakura también gritó.

Y en ese momento, Naruto pensó:

 

Sasuke… yo realmente…

 

Las técnicas colisionaron. Una luz brillante llenó el paisaje. Todo se volvió blanco.

 

…¡Me alegro de haberte conocido!

 

La explosión los envió volando hacia atrás. El agua se agitó violentamente. Aang y Sakura se alejaron del torrente. Kakashi se liberó del clon y saltó para atrapar a Naruto en el aire.

Sasuke también fue sujetado. Zetsu Blanco apareció, amortiguando su impacto contra una roca. Lo depositó sobre la superficie del agua. El Uchiha se arrodilló, magullado.

Y entonces… Madara apareció. Emergió de uno de sus torbellinos.

Aang se consternó. Las habilidades desconocidas lo desorientaban. Pero en cuanto escuchó a Kakashi murmurar el nombre del hombre enmascarado, volteó su planeador y lo apuntó hacia ellos.

—Creí haberte dicho que regresaras y descansaras —amonestó Madara. Luego se giró hacia los demás.

—Mira nada más… El Kyūbi y el Avatar en el mismo lugar. Vaya gracia del destino.

Sasuke frunció el ceño.

—¿Avatar? —preguntó, volviéndose hacia el muchacho de la flecha—. ¿Lo conoces?

—Es la primera vez que lo veo en persona. No pensé que lo haría tan pronto.

—Tú… ¿Tú eres Madara? —Aang elevó la voz.

—Lo soy. Qué honor es conocer al mismísimo Avatar Aang… A pesar de las circunstancias.

Su tono burlón no pasó desapercibido. Aang vislumbró el brillo del Sharingan a través del agujero de su máscara. Y sintió un déjà vu.

—¿Dónde está Vaatu? —exigió. Descubrirlo era su principal preocupación.

—Ah, me temo que es información clasificada —respondió Madara—. Pero estás conectado a él por el espíritu que reside dentro de ti. Eventualmente lo encontrarás. O él a ti.

La denegación enfureció a Aang. Madara hablaba como si todo fuera un juego. Declaraba una guerra entre dos mundos y se atrevía a hablar con ese enervante desafecto. Como quien niega tener culpa… sabiéndose causante de numerosas amarguras, habidas y por haber.

—Déjame encargarme de ellos. Después de todo, necesitamos capturarlos a ambos, ¿no es así? —Zetsu emergió, sacando varios clones del agua.

Pero Madara lo detuvo.

—No, Zetsu —dijo Madara, sin volverse—. No serías capaz de capturarlos. Menos si están juntos. No eres rival para ellos.

Zetsu se quedó en silencio.

—No esperaba que acabaran conociéndose —continuó Madara—. Puede que esto complique las cosas… Pero no importa.

Se dio la vuelta.

—Dejaré que Sasuke se ocupe de Naruto. Así será más divertido.

—Aparte… no sé nada del paradero de Kisame. Ve a investigar. Reúnete con tu parte oscura en el camino.

Se arrodilló junto a Sasuke. Colocó una mano en su espalda.

—Vamos, Sasuke.

—Espera —le dijo Sasuke, al notar que Naruto se había acercado.

—Sasuke… ¿Recuerdas lo que me dijiste aquella vez en el Valle del Fin? Sobre los ninjas de alto rango.

El Uzumaki lo observaba con una mezcla de firmeza y melancolía.

—Dijiste que cuando dos de ellos pelean… Pueden leer la mente del otro instantáneamente, en el momento en que chocan sus puños.

Naruto bajó la mirada por un instante. Luego la alzó, con una claridad que dolía.

—Después de aquella confrontación… Comencé a entenderlo mejor.

Ahora nos hemos convertido en ninjas de alto rango. Así que dime… ¿Viste lo que hay en mi corazón? ¿Viste cómo me siento realmente?

—Si tú y yo peleamos… Ambos moriremos.

Sus palabras dejaron estupefactos a todos.

—Nuestra batalla será inevitable si atacas a Konoha. Así que guarda tu odio. Déjalo acumularse. Y luego úsalo para golpearme con toda tu fuerza. ¡Soy el único que puede soportar su embate! ¡Es mi misión y de nadie más!

—¡Aguantaré el peso de tu odio… y moriremos juntos!

Sasuke sintió que un torbellino de emociones lo invadía.

No lo entendía.

No podía comprender racionalmente por qué Naruto seguía siendo tan inflexible. Tan empeñado en ayudarlo. Después de todo lo que había hecho.

Le había reafirmado que destruiría Konoha. Que no cambiaría de parecer. Y ni con eso se doblegó.

Hasta había intentado acabar con las vidas de Sakura y Kakashi hace apenas unos minutos.

Por alguna razón… Por alguna maldita razón… Algo sobre toda esa situación no le sentaba bien.

Se sentía extrañamente enfadado por su persistencia.

¿Se debía acaso a que sería más fácil matarlo… y destruir Konoha… si no supiera que todavía le importaba?

No quería la respuesta a esa pregunta.

—¡¿Qué demonios…?! ¡¿Qué demonios quieres de mí?! —gritó.

Su garganta ardía. Como si estuviera siendo quemada por el katon en el que, en vida, se especializó su clan.

—¡¿Por qué insistes tanto en ayudarme?!

Naruto lo miró. Sin odio. Sin miedo.

—Porque eres mi amigo.

El viento aullaba como un espíritu plañidero. Las hojas susurraban al caer, bajo el sol abrasador del mediodía.

Allí, el mundo parecía haberse detenido. Como si contuviera el aliento.

La sonrisa de Naruto rivalizaba con el resplandor de la estrella llameante. Lentamente, levantó el puño hacia adelante.

—Nunca nos entenderemos con sólo palabras. ¡La única forma de comunicarnos es con nuestros puños!

Rio entre dientes. Una risa que dolía de oír.

—Jeje… Sasuke… Si realmente terminamos muriendo, ya no seremos Uchihas ni Jinchūrikis ni nada de eso.

—Finalmente nos entenderemos. Aunque sea… en el otro lado.

El mundo de Sasuke comenzó a moverse de nuevo. Como si algo se hubiera desbloqueado. Como si el tiempo volviera a fluir.

—No voy a cambiar —repitió, cansado de hacerlo—. No quiero que haya entendimiento alguno entre nosotros. Y no moriré. Serás tú quien muera.

—Es suficiente, Naruto —intervino Kakashi—. Yo me ocuparé de Sasuke. Todavía tienes un sueño por realizar: el de convertirte en Hokage. Puede que él esté perdido… Pero no dejaré que te lleve consigo.

Naruto lo miró con firmeza.

—¿Cómo podría llamarme a mí mismo Hokage… si ni siquiera puedo salvar a un amigo? No. El que va a pelear con Sasuke… soy yo.

Sasuke lo aceptó sin vacilar.

—Que así sea. Entonces te mataré a ti primero.

Ese acuerdo silencioso fue entendido por todos. Sakura, con el corazón encogido. Kakashi, con resignación.

Aang simplemente deseaba que las cosas no llegaran a ese punto. Que, de alguna manera, Naruto encontrara un modo de evitar la confrontación directa.

Pese a todo… Aunque lo había conocido hacía sólo unos días, confiaba de todo corazón en su juicio.

Sabía que Naruto no era realmente capaz de matar a Sasuke. Él, al igual que Sakura, creía que hallaría cómo traer de vuelta a su amigo.

Todo lo que podían hacer… era confiar en ellos.

—Muy bien —se resignó Kakashi—. Sasuke es todo tuyo, Naruto.

Seguidamente, se volvió hacia Madara. Su ojo con el Sharingan se abrió más. Planeaba usar el Kamui contra él.

—Sakura, encárgate de mi cuerpo. ¡Atraparé a Madara antes de que las cosas se compliquen más!

Pero el hombre en cuestión simplemente levantó una palma. Un gesto que lo detuvo.

—No te molestes, Kakashi. Esa técnica no tiene ningún efecto en mí.

Puso su mano sobre el hombro de Sasuke.

—Vámonos.

Y desaparecieron en el remolino.

Naruto se quedó mirando el vacío.

—Estaré listo… cuando tú lo estés, Sasuke.

Hubo un breve silencio. Un instante suspendido en el tiempo donde reflexionaron sobre el revelador encuentro.

Hubo lágrimas. Hubo incertidumbre.

Pero las palabras de Naruto habían aliviado sus temores. Su vibrante determinación siempre hacía eco en los demás.

El que tiene… es un poder muy especial, pensó Aang, con una sonrisa.

Sakura se acercó a su amigo y le dio las gracias. Pero justo cuando lo hizo… Naruto se tambaleó. Y cayó hacia atrás, sumergiéndose en el agua con un plop dramático.

Su boca despidió un gorgoteo burbujeante.

Los tres entraron en pánico.

—¡¿N-Naruto?! —exclamó Sakura, con la voz quebrada.

Kakashi reaccionó al instante. Lo sacó a la superficie y lo examinó rápidamente. Notó el tajo abierto en su mejilla.

—¡Es la herida en su rostro! ¡Sakura, rápido, el antídoto!

Entonces lo entendieron.

Sasuke lo había rozado con el kunai… el mismo que Sakura había envenenado.

La kunoichi emblanqueció. Se tapó la boca, horrorizada.

—¡Ay, no…! ¡Ay, no, no, no…! —comenzó a buscar a tientas el antídoto, mientras rogaba disculpas entre jadeos.

La cara de Naruto, echando espuma y goteando por la nariz, lucía tan preocupante como lo habría sido risible… en una situación donde su vida no estuviera en peligro.

—Aang, ayúdame aquí —le pidió Kakashi, entregándole al envenenado como si fuera un saco de arroz.

—¡S-sí! ¡Enseguida! —respondió Aang, tratando de sostenerlo sin que se le resbalara.

Naruto soltó un quejido burbujeante.

—Gghhh… Sakura-chan… ¿Por qué me envenenas…? —murmuró, medio inconsciente.

—¡No era para ti! ¡Era para Sasuke-kun! ¡Lo siento! —gritó ella, revolviendo su mochila como si buscara una aguja en un campo de arroz, ahora con la ayuda de su sensei.

—Esto es lo más Naruto que ha pasado en todo el día —murmuró Kakashi, resignado.

Aang solo podía asentir, con Naruto medio colgando de sus brazos y haciendo burbujas.

—Dijiste que querías hablar conmigo —Madara ingresó al escondite junto al joven Uchiha—. ¿De qué se trata?

—Dos cosas —respondió Sasuke, sin rodeos—. Primero… dime. ¿Quién es ese sujeto al que llamaste "Avatar"?

—No has de preocuparte por él —replicó Madara con simpleza—. Es Naruto quien te interesa, ¿no?

La respuesta no lo satisfizo. Sasuke arrugó la nariz, juzgándolo con la mirada. No le agradaba su secretismo.

—¿Tiene algo que ver con esa chica que enviaste con nosotros? ¿Azula?

Madara sonrió apenas.

—De modo que ya te diste cuenta…

—¿Para qué quieres capturarlo?

—Dijiste que sólo querías saber dos cosas. Estás pidiendo mucho —se rio sin humor—. Me es necesario, eso es todo. Enfócate en lo que se nos viene adelante.

Sasuke decidió no seguir insistiendo. Aunque había ganado curiosidad sobre Aang después de lo que le había dicho. Una parte de él quería creer que había sido una artimaña cuidadosamente planeada para hacerlo dudar. Pero los demás… eran demasiado cándidos. Demasiado sentimentales para montar una farsa como esa.

A pesar de no saber absolutamente nada sobre él, y pese a su vacilante campo de visión, había visto el desamparo. El dolor de la alevosía en el brillo de sus ojos grises.

Había sido una agonía real. Genuina. Como la suya.

No le dio más vueltas. No podía permitirse hacerlo. No si quería permanecer resoluto.

—La otra cosa que quería pedirte… son los ojos de Itachi.

Madara lo miró en silencio.

—…Ya veo —dijo finalmente—. Sabía que te harías a la idea. Has estado usando demasiado tu Susanoo. Puedo ver que estás perdiendo la vista.

—Quiero que me los trasplantes lo antes posible.

—Aun así, esto es muy repentino… ¿Qué te hizo cambiar de parecer?

Sasuke bajó la mirada. Probó nuevamente su turbia vista, mirándose la mano. La apretó con fuerza.

—Quiero destruir a Naruto con todo mi poder. Así… rechazaré todo lo que representa.

Chapter 10

Notes:

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Chapter Text

Los preparativos para la guerra comenzaron con presteza. Tras la aprobación de los daimyō de las distintas naciones shinobi para formar una alianza ninja, se dio aviso inmediato a las Aldeas Ocultas. Aunque hubo dudas respecto al trabajo conjunto con las Cuatro Naciones, las guerreras Kyoshi —Suki y Ty Lee— permanecieron como testigos en nombre de los líderes ausentes.

La mayoría no comprendió del todo la historia que les relataron. Excepto los Señores del Viento y de la Tierra, quienes, a diferencia de sus contemporáneos, sí habían oído hablar del Avatar. Pero más que eso, bastó con escuchar los nombres "Bijū" y "Madara" para que dieran su aprobación.

De vuelta en Konoha, la noticia de que Kakashi Hatake sería nombrado Sexto Hokage se esparció rápidamente. Sin embargo, justo cuando su investidura iba a hacerse oficial en la reunión pertinente, alguien irrumpió con un anuncio inesperado: Tsunade había despertado de su coma.

El revuelo y la incertidumbre crecían en ambos mundos. Los Kage comenzaron a reunirse con sus ninjas de alto rango para discutir la próxima beligerancia. Lo mismo ocurrió en la tierra de los Maestros, donde los Consejos de Guerra de cada territorio se convocaron.

Muchos veteranos de la Guerra de los Cien Años no estaban contentos de verse involucrados en una batalla ajena. La mayoría no dio crédito a la existencia de los shinobi. Pero para algunos, la complicidad del Avatar otorgaba cierta verosimilitud.

El argumento de los descreídos tenía peso: la creencia en otras dimensiones no era universal. Incluso en las Naciones Elementales había quienes no creían que el Mundo de los Espíritus fuera real. Se necesitarían pruebas concretas para convencerlos. Aun así, obedecían a sus naciones y líderes por encima de todo.

…O eso sostuvieron, hasta que se les informó que tendrían que colaborar en la formación de una alianza que incluyera a todas las naciones.

—Señor del Fuego Zuko, espero que no necesite que le explique por qué aliarnos con estos… —Shinu, Alto General del ejército de la Nación del Fuego y miembro de su Consejo de Guerra, miró de reojo al resto de soldados reunidos en la asamblea. Los cuatro líderes habían acordado reunirse con sus asesores para establecer la organización de la alianza y definir los cargos. Era un encuentro sin precedentes, y las tensiones no tardaron en aflorar. —… hombres, puede ser una mala idea.

—¿Qué es lo que quisiste decir realmente, Maestro Fuego? —lo desafió el General Duanmu, miembro del Consejo de los Cinco—. ¡Si ya empezaste, termina!

—Lo que quiero decir, Reino Tierra, es que no se puede esperar entendimiento entre nuestros hombres si consideramos que hace apenas tres años eran enemigos —se explayó con desaire—. Y, por lo que se ve, tampoco lo habrá entre nosotros.

—Ni lo habrá mientras los crea-cenizas(1) nos falten el respeto —le largó Khièu.

—Señores, por favor, guarden la calma —pidió Bato, mano derecha de Hakoda—. Es claro que aún hay resentimientos entre nosotros, pero necesitamos dejarlos de lado si queremos que…

—¿Resentimientos? —El Maestro Wei de la Tribu Agua del Norte rio entre dientes, sin humor—. "Resentimientos" es poco para describir lo que sentimos… Tribu Hermana, ¿ya se olvidaron de todo lo que la Nación del Fuego nos hizo? ¿Del inconmensurable tormento que nos causaron? ¡Yo fui quemado por nadie más que el Señor del Fuego Zuko cuando él y los suyos atacaron mi pueblo!

La cara del aludido, sentado junto a los jefes de Estado en la plataforma elevada al final de la sala, se contrajo en una mueca. La memoria de lo que había hecho le supo amarga. Lo había atacado para forzar a Katara a ir con él, con el propósito de atraer a Aang, amenazando con matarlo si no lo hacía.

Aquello ocurrió hace años. Pero no lo olvidó. Cometió atrocidades durante su persecución del Avatar.

—El Señor del Fuego ha cambiado. No es quien solía ser en su exilio —lo defendió el General Mak—. Está trabajando arduamente con las otras naciones para reparar el daño que les hemos causado.

—¡Sus esfuerzos no traerán de vuelta a los muertos! —Duanmu se puso de pie, golpeando la mesa. Su furor alertó al resto de los militares, que se levantaron al instante, listos para contenerlo si era necesario.

—¡General, mantenga la compostura! —How, como General Líder, no lo pidió: lo ordenó—. ¡No estamos aquí para pelear!

—Es justo como lo esperaba… ¡No se puede razonar con los gente sucia y los salvajes del hielo(2)! —exclamó Shinu.

Se originó una barahúnda sin cuartel. Era imposible hallar claridad en el escándalo. Los sensatos intentaron acallar el griterío, abogando por la resolución pacífica, pero los rencorosos generales estaban a la greña.

La cámara se sumergió en un calor que no provenía del bochorno de la disputa, sino de las crecientes llamas del candelabro colgante. Las llamas se intensificaban cuanto más Zuko apretaba los puños… hasta que reventaron al hacerlo su voz.

¡SUFICIENTE!

Su bramido fue de una ferocidad inigualable. Los enmudeció sin demora, incluso a Hakoda, Arnook y Kuei. Se paró de su silla en un único, violento movimiento y contempló a los milicianos, descolocados por su arranque.

—¡No me sentaré a oír sus discusiones sin sentido! ¡No fue para eso que los convocamos aquí! —vociferó. El grave sonido se hizo eco en las paredes.

—General Shinu, usted sabe tanto como yo que la única razón por la que sigue formando parte del Consejo es porque su experiencia en el ejército aún es útil, y porque todavía es joven. De lo contrario, tenga por seguro que lo habría echado, como lo hice con Bujing. ¡No toleraré que insulte a quienes serán nuestros compañeros, aunque no lo quiera!

El pragmático director de los Arqueros Yuyan se quedó cabizbajo, el peso de la humillación cayendo sobre él como una sentencia. Se lo había buscado.

Zuko inhaló profundamente antes de reanudar su proclama.

—Sé que muchos de ustedes encontrarán difícil, incluso imposible, trabajar con personas de mi nación. No puedo culparlos. Soy consciente de que el daño que provocó la Nación del Fuego no se puede reparar con disculpas ni promesas. Pretender hacerlo sería ignorar su dolor, y nada más lejos de lo que deseo.

—Lo que deseo es que podamos llegar a entendernos. Que logremos un acuerdo que nos permita colaborar por un bien mayor. ¡Nuestro Avatar está corriendo un gran peligro! Su vida podría caer en manos de un hombre tan poderoso que nadie puede hacerle frente. El Avatar… quien derrotó a Ozai y con ello salvó al mundo. Ahora, yo quiero salvarlo a él.

Zuko se conmovió. Su voz tembló, pero no se quebró.

—Como muchos sabrán, fui exiliado por mi padre a los trece años. Desde entonces recorrí el mundo buscando al Avatar para capturarlo, pensando que con eso restauraría el honor que perdí…

—No fue sino hasta después que descubrí lo inútil de mi empresa. Que mi verdadero destino era ayudar al Avatar a dominar el Fuego Control, para que pudiera enfrentar al Señor del Fuego.

—Él me aceptó. Decidió confiar en mí a pesar de las terribles cosas que hice. Incluso me rescató una vez, cuando todavía éramos enemigos. Y me habló de la posibilidad de que, en una época sin conflictos, hubiésemos podido formar una amistad…

 


Zuko yacía inconsciente en el claro, la máscara del Espíritu Azul aún entre sus dedos. Aang lo observaba en silencio, el polvo de su escape disipándose poco a poco. Había visto su rostro. Sabía quién era. Y, sin embargo, no se había ido.

Cuando Zuko abrió los ojos, lo encontró sentado a su lado, tranquilo, como si no hubiera peligro.

—¿Sabes cuál es la peor parte de haber nacido cien años atrás? —le dijo Aang, con voz suave—. Que extraño a todos los amigos con los que solía pasar el rato.

Zuko no respondió. Su mirada era una mezcla de confusión y recelo.

—Antes de que empezara la guerra, solía visitar seguido a mi amigo Kuzon. Juntos nos metíamos en tantos problemas… Fue uno de los mejores amigos que jamás tuve. Y era de la Nación del Fuego. Igual que tú.

El príncipe sintió la necesidad de voltear hacia otro lado, como si sostenerle la mirada abriera una grieta que no podía permitirse. Pero no lo hizo.

—Siempre me pregunté —continuó Aang—… Si nos hubiéramos conocido en ese entonces, ¿crees que podríamos haber sido amigos?

El silencio se volvió denso. Zuko se incorporó lentamente. Sus ojos ardían, pero no por fiebre.

Sin decir palabra, lanzó una llamarada. Aang la esquivó con facilidad, saltando entre los árboles, sin atacar. No había ira en él. Sólo tristeza.

Zuko quedó solo en el bosque, con el eco de una pregunta que no supo responder.


 

—¿Cómo sería capaz de mirarme al espejo si lo abandonara? ¿Cómo podríamos, después de lo que hizo por nosotros?

Zuko apretó los labios. Un brillo acerado en sus ojos.

—Maestro Wei, no le pido que me perdone. Tiene todo el derecho de odiarme. Lo que hice es inexcusable…

—Pero no haga esto por mí. Hágalo por el Avatar, quien ha socorrido a su tribu en más de una ocasión.

—Lo mismo les pido a todos ustedes: No que olviden, sino que avancen. Recuerden, pero miren hacia adelante, no al pasado.

—Esa es la única forma en que podremos cooperar. ¿Acaso no quieren, como yo, pagar su deuda con Aang?

El de canas se estremeció. Asimismo los generales que tenía a cada costado. El joven había vertido su corazón en aquella arenga. La pasión con la que deseaba proteger a su amigo indujo a los presentes una profunda admiración. Los generales se sintieron apenados por sus actitudes. Esas demostraciones de negligencia temeraria no eran dignas de los cargos que ostentaban.

—Entiendo su sentir, Señor del Fuego —dijo Fong, un funcionario militar que había ascendido como general superior en reemplazo del incompetente Sung, antiguo miembro del Consejo de los Cinco—. Durante la guerra, recibí al Avatar y a sus amigos en mi fortaleza, al oeste del Reino Tierra. Fue allí que intenté convencerlo de usar el Estado Avatar para acabar con Ozai.

—Mis varios intentos de obligarlo a activarlo fallaron. Y entonces… decidí usar la fuerza —su voz sonaba arrepentida, corroída por la culpa—. Hice que mis soldados lo atacaran en vano. Estaba tan obsesionado con lograr mi objetivo que, finalmente, lo llevé a creer que había matado a su compañera, la Maestra Agua, al enterrarla bajo tierra.

—Logré mi cometido. Entró en el Estado. Y me regocijé en mi éxito. Pero más tarde comprendí que erré en mi actuar.

—Mi afán de golpear a la Nación del Fuego fue tan fuerte que me cegó. Siempre fui conocido por utilizar tácticas inusuales y agresivas… Pero nunca me ofusqué así. No me detuve a considerar el peso que el Avatar Aang cargaba en su espalda. Lo vi sólo como una herramienta.

—Después de eso, no hubo un solo día en que no me reconcomiera el remordimiento. Deseé ayudarlo en la invasión del Día del Sol Negro, pero estando ocupado durante la Caída de Ba Sing Se, sólo pude enviarle algunas de mis tropas.

—Quisiera tener la oportunidad de disculparme con él en persona. Pero por ahora, lo único que puedo hacer para enmendar mi error… es ofrecer mi entera disposición para trabajar en la alianza. Pueden contar conmigo.

—Me uno a las palabras del General Fong —dijo How, severo pero empático—. Siempre se ha dicho que el deber del Avatar es velar por el equilibrio y proteger al mundo… Pero, ¿quién ha de protegerlo a él?

—El Señor del Fuego tiene razón. Tenemos una deuda que saldar. No dejemos que la animosidad nos nuble el juicio. ¡Debemos unirnos!

—Consejo de los Cinco, ¿están conmigo?

Los mencionados asintieron simultáneamente.

—Estoy de acuerdo —sonrió Mak—. ¿Qué dice usted, General Shinu?

El hombre carraspeó antes de responder.

—…Admito que me precipité. Me… me disculpo por mi irreflexión.

Los generales no supieron decir si era sincero o no. Mas no les importaba. El simple hecho de que se hubiera forzado a pronunciar la palabra "disculpa" era suficiente.

—Colaboraré con ustedes.

Del mismo modo, el resto de los integrantes del Consejo de Guerra de la Nación del Fuego dio su visto bueno. Les siguieron los guerreros del Sur y los del Norte.

La bulla enfurecida se convirtió en algarabía.

—Tiene el don de la palabra, Lord Zuko —le dijo Arnook, poniéndole una mano en el hombro.

Se estableció que los altos cargos dentro de la Cuádruple Alianza serían los siguientes(3):

El Señor del Fuego Zuko ocuparía el puesto de Gran General, actuando como comandante supremo de todas las fuerzas aliadas.

El Jefe Hakoda, de la Tribu Agua del Sur, sería su segundo al mando y General de la División de Caballería, con Bato como su mano derecha.

El General How, del Reino Tierra, asumiría el rol de General de la División de Infantería, además de fungir como Coronel del Primer Regimiento(4).

El General Mak, de la Nación del Fuego, sería nombrado General Guerrillero.

El Jefe Arnook, de la Tribu Agua del Norte, ocuparía el cargo de Coronel del Primer Regimiento de Caballería.

El General Fong, del Reino Tierra, lideraría la División de Apoyo Logístico y Abastecimiento.

El Teniente Jee, de la Nación del Fuego, sería General de Artillería y Coronel de su Primer Regimiento.

Yagoda, de Agna Qel'a, estaría al mando de la División de Servicios Médicos y Sanitarios.

Los puestos menores —capitanes, tenientes y otros oficiales— serían seleccionados por los coroneles de cada regimiento, quienes tendrían libertad para designar líderes de subunidades según criterios propios.

La estructura estaba definida. Pero surgía una problemática crítica: ¿cómo transportar a las tropas a través de La Costura?

El portal interdimensional se encontraba en una isla, lo que implicaba un despliegue naval masivo. Enviar barcos era la opción obvia, pero la magnitud del traslado —sumada a la incertidumbre sobre los efectos de un tráfico tan alto en la energía del portal— hacía imposible movilizar a todas las tropas de una sola vez.

No podían arriesgarse a desestabilizar el umbral. La decisión fue clara: el avance sería gradual.

Cada nación enviaría la mitad de sus tropas en un primer despliegue, seguido por la segunda mitad una vez confirmada la estabilidad del cruce. El proceso sería supervisado por los Generales de División, quienes viajarían previamente a la isla junto a un pequeño grupo de oficiales menores para asegurar la logística y la seguridad del tránsito.

A medida que la noticia se difundía entre los rangos militares, la inaudita guerra que se avecinaba comenzó a estar en boca de todos. Hubo intentos de contener la información para evitar el pánico colectivo, pero fue inútil. Los rumores se esparcieron como fuego en pasto seco.

—Otra guerra por delante —decían en los rincones de cada continente, el miedo royendo sus voces—. Dicen que el Avatar está en peligro…

Tal conocimiento fue recibido con profunda preocupación. Si el más poderoso entre ellos estaba en riesgo, ¿qué les quedaba?

Las cosas tampoco fueron fáciles en las Cinco Grandes Naciones Shinobi. Aunque muchos Kage hubieran preferido evitarlo, sus aldeas se vieron obligadas a recurrir al reclutamiento forzado: ninjas retirados, chūnin recién graduados, incluso civiles con entrenamiento básico.

Los tiempos de paz habían mermado sus números. Numerosa sería la gente arrancada de sus hogares y rutinas para participar en una guerra que nadie había pedido. Una guerra que demostraba, sin lugar a dudas, la gravedad de la amenaza que se avecinaba.

Fueron informados de los movimientos de los Maestros por mensajeros designados, enviados a través del portal y recibidos al otro lado por los shinobi de Kirigakure, encargados de transmitir los reportes a la Alianza Ninja. Aunque Madara había confirmado que el reino de los Maestros era real, el escepticismo del Tsuchikage persistía. Expresó su deseo de ver el portal con sus propios ojos, pero debía regresar a Iwagakure para informar y reunir a sus hombres. Ante sus dichos, los demás Kage estuvieron de acuerdo: ellos también querían confirmarlo. Mei se ofreció a ir personalmente, acompañada por Ao y Chōjūrō.

La isla en cuestión era pequeña, al noreste de Kirigakure. Azotada por fuertes vientos, deshabitada por la civilización, y poblada únicamente por algunos animales marinos en la costa. Los únicos humanos allí eran los shinobi apostados para recibir mensajes.

El arco rocoso se alzaba en la costa como la espina dorsal de un monstruo marino dormido. Las olas rompían contra las piedras sin que el sonido resonara del todo. El aire era denso, cargado de electricidad.

Entre los pilares de piedra, el espacio vibraba tenuemente. A simple vista, parecía solo una hendidura en la roca. Pero si uno se detenía… había un velo. Una delgada película, casi líquida, que distorsionaba la luz y doblaba el horizonte.

Desde el lado shinobi, parecía casi ilusorio. Desde el lado Maestro, era un vórtice espiritual.

Era el Tiānhé, como lo conocían algunos Maestros. La frontera entre los mundos. Y estaba abierto.

—¿Dónde está? No veo nada… —murmuró Chōjūrō, nervioso, mirando a su alrededor con los hombros tensos y la mano cerca de la empuñadura de su espada.

—Llegué hace poco en apoyo, y créanme, pensé que me estaban jugando una broma —dijo Tetsu, un chūnin de Kirigakure con rostro amable y voz algo temblorosa—. No veía nada… Pero luego vi a los otros empezar a entrar, uno por uno.

—¿Puedes señalar dónde está? —pidió Ao, con tono firme.

—Justo dentro de ese arco, a los pies de la montaña.

Mei se cruzó de brazos, la mirada fija en el arco pétreo.

—Así que este es el nexo de los mundos… Pensé que sería más imponente.

—Las cosas más peligrosas suelen ocultarse bajo apariencias simples —dijo Ao, activando su Byakugan con un gesto preciso, como si estuviera abriendo una cerradura invisible.

—¿Ves algo? —preguntó la Mizukage, sin apartar la vista.

—Eso creo… ¡Sí, ahí está! Se puede ver sin el Byakugan, pero hay que esforzarse. Es como… una lámina dentro del agujero. Eso es increíble… Yo tampoco lo había creído. ¡Realmente existe!

Kyōkai no Mon… —comentó Tetsu, con voz baja—. Los chicos de la base empezaron a llamarlo así. Como si custodiara el borde del mundo.

—Entonces los extranjeros no estaban mintiendo… —murmuró Chōjūrō, con los ojos muy abiertos.

—Por supuesto que no.

A la voz desconocida, todos se giraron. Ao ya lo había sentido detrás. Chōjūrō, en cambio, dio un respingo que casi lo hizo tropezar, para disgusto del ninja sensor.

—¿Quién eres? —interrogó Mei, con tono cortante.

—Soy Bato. Encantado —respondió el hombre de piel morena y ojos azul real, vestido de forma similar al Jefe Hakoda. Notó la timidez del chico de cabello azul y le sonrió con gentileza. —No te preocupes, vine como uno de los mensajeros.

—P-perdón… solo me sorprendió un poco…

—¡En serio, los niños de hoy en día no tienen carácter! —bufó Ao con fastidio, metiéndose las manos dentro de las mangas—. En el pasado, no habrían permitido tu comportamiento. ¡Yo soy prueba viva de eso!

—…Ao —murmuró Mei, sombríamente.

—¿Sí, Lady Mizukage?

—Cállate o te mato.

El silencio que siguió asustó a los cuatro hombres por igual.

—¡¿P-por qué…?! ¡¿Qué dije?! —se quejó Ao, con una mezcla de indignación y resignación.

Tetsu se inclinó hacia Chōjūrō y susurró:

—¿Siempre se pone así?

—Solo cuando alguien empieza a hablar del pasado… Cree que la están llamando vieja.

Mei lo escuchó.

Giró apenas el rostro, sin cambiar la expresión.

—¿A quién llamas vieja?

El aire se volvió más denso que el portal.

Chōjūrō palideció. Ao se petrificó. Tetsu tragó saliva.

Bato suspiró, mirando al horizonte.

—Y así comienza la guerra…

—Llegaron puntuales —señaló el Raikage, cruzado de brazos, con la mirada fija en la entrada.

Los Gokage se habían reunido una vez más para discutir los próximos pasos. Tsunade había retomado su puesto como Hokage tras recuperarse por completo. Ōnoki no tardó en comentar:

—¿Realmente te has repuesto del todo, Tsunade-hime? Podrías aprovechar esta oportunidad para poner a alguien más joven en tu lugar. Después de todo, ya no eres una chiquilla, ¿sabes?

—Eso no es algo que quiera escuchar de un viejo como tú —respondió Tsunade, sin levantar la voz, pero con una ceja arqueada que decía más que mil palabras.

El intercambio fue breve, casi anticlimático, pero sirvió para marcar la diferencia entre ella y Danzō: Tsunade era mucho más accesible, más humana. En cierto modo, todos se alegraban de que hubiera retomado el cargo, incluso si en su momento consideraron a Kakashi como sucesor.

—Bueno, vamos al punto —intervino Mifune, con tono neutral—. Primero debemos resolver el asunto del Hachibi, el Kyūbi y el Avatar. También debemos alinear toda información sobre el escondite del enemigo, su poderío militar, y cualquier anomalía detectada.

La Hokage informó sobre los procedimientos llevados a cabo por su equipo para localizar la base enemiga. Aunque advirtió que el lugar identificado podría ser una trampa.

El Raikage propuso comparar los resultados con los obtenidos por su propia unidad. La Mizukage, con elegancia, sugirió unificar todas las divisiones de inteligencia en una organización separada. Ōnoki asintió, aprobando la moción.

—Muy bien —dijo el Tsuchikage—. ¿Y dónde esconderemos al Avatar y a los Jinchūriki?

—¿Esconderlos? —Tsunade se inclinó hacia adelante, incrédula—. ¡Naruto y B son los mejores combatientes que tenemos! Y he sido informada respecto al Avatar…

Kakashi le había explicado lo que Gaara contó sobre la reunión con los Maestros. Aunque al principio se mostró escéptica —¿cómo algo así pudo ocurrir durante su coma?—, entendía que no tenía sentido falsear semejante historia. Además, los relatos sobre el Avatar no le eran ajenos: los había leído en pergaminos antiguos, y escuchado en narraciones durante su infancia.

—Si las historias sobre sus poderes son ciertas, con él a nuestro lado tendríamos una ventaja decisiva. ¡¿Cómo vamos a esconderlos?!

—Yo pensé lo mismo —respondió Ōnoki, con tono grave—. Pero esos tres son los objetivos principales de esta guerra. No podemos arriesgarnos a llevarlos al campo de batalla. Lo discutimos en la reunión anterior.

—¡Nuestro enemigo es Madara Uchiha! —replicó Tsunade, golpeando la mesa con la palma abierta—. Necesitamos usar toda nuestra fuerza, o no tendremos otra oportunidad.

—Esta guerra implica que los protejamos —interrumpió Gaara, con voz serena pero firme—. Hokage, no puede hacer demandas unilaterales. Lo decidimos por mayoría.

Tsunade frunció el ceño.

—Mocoso… Naruto es…

—Si lo que desea es hablar de Naruto, no hace falta —la interrumpió Gaara, sin elevar la voz—. Lo conozco perfectamente. Haría cosas absurdas e imprudentes por el bien de sus compañeros… Ese es precisamente el problema.

Tsunade apretó los labios. Por más que quería negarlo, sabía que era verdad. Si supiera que todos estarían arriesgando sus vidas por él, se lanzaría al peligro sin pensarlo dos veces. Nunca fue de los que pensaban antes de actuar.

—Tsk… está bien.

—Parece que al final la atrevida princesa babosa sí goza de buena salud —se sonrió el Tsuchikage, con tono burlón—. Ese fue un discurso bastante enérgico.

—Decidamos dónde los esconderemos, entonces, si no hay objeciones —continuó A, lanzando una mirada a Tsunade en busca de su aprobación. Ella asintió con firmeza.

—Se ha decidido la localización del refugio. El lugar está en Kumogakure, lo cual es apropiado: mi aldea es la única de la que no han salido miembros de Akatsuki.

A se permitió una sonrisa ladeada, cruzando los brazos con aire satisfecho, como si esperara que los demás lo aplaudieran por su récord impecable. Ōnoki soltó un resoplido apenas audible. Mei se limitó a alzar una ceja. Tsunade rodó los ojos con una exasperación silenciosa. Gaara, como siempre, permaneció impasible… pero el leve movimiento de sus párpados lo delataba.

—Como sea —continuó A, sin notar —o sin importarle— la reacción colectiva—, el sitio en cuestión es una isla solitaria donde B y yo solíamos entrenar intensamente.

—¿Los demás también estuvieron de acuerdo con esto? —inquirió Tsunade, cruzando los brazos.

—Afirman con seguridad no querer arriesgar la vida del Avatar a manos de un enemigo de otro mundo, por más poderoso que él sea —respondió Mei serenamente—. Es el protector de su mundo, después de todo. Lo consideran un héroe. Es natural que quieran protegerlo.

—Dijeron que no le contarían nada de esto —añadió Gaara, sin alterar su tono—. Mis hermanos y yo también nos aseguramos de no decírselo cuando les informamos a él y a Naruto sobre lo que sucedió en la última reunión.

—¿Oh? ¿Hablaste con ambos? Entonces ya conociste al Avatar —Ōnoki se inclinó ligeramente, mostrando interés—. Esperaba poder verlo con mis propios ojos… Pero ahora que hemos decidido esconderlo, dudo que se pueda. ¿Y bien? ¿Cómo es?

—Es un chico normal. Un monje, al parecer —respondió Gaara, con calma—. De la edad mía y de Naruto.

Hubo un breve silencio. Pareció sorprenderlos.

—¿Estás diciendo que el tal Avatar no es más que un crío? —el Raikage se inclinó sobre la mesa, frunciendo el ceño—. Justo lo que necesitábamos: otro niño con más poder del que debería manejar. Naruto es demasiado impulsivo para seguir órdenes; B no sabe lo que es una estrategia, aunque se la canten en rap… Y ahora resulta que el salvador de otro mundo también es un adolescente. Esto parece una guardería.

Ōnoki soltó una risa seca.

—Hablas como si tú no hubieras sido igual de imprudente a su edad. La diferencia es que tú sigues igual.

—¡Viejo terco! —gruñó A, girándose hacia él—. ¿Quieres que te recuerde quién fue el que casi destruye una montaña por no calcular bien su propio jutsu?

—¿Y tú quieres que te recuerde quién se lanzó contra un Bijū sin plan ni respaldo, solo porque "tenía prisa"?

—¡No fue prisa! ¡Fue táctica ofensiva avanzada!

—Más bien estupidez muscular.

—¡¿Qué dijiste?!

—¡Ya basta los dos! —interrumpió Tsunade, decisivamente cortante—. ¡Si van a medir egos, háganlo fuera de la sala!

Hubo un silencio incómodo. Gaara apenas alzó una ceja rala.

—¿Él y Naruto se conocen? —preguntó Tsunade, ahora más tranquila, pero aún con filo en la voz.

—No sé los detalles de cómo se conocieron —dijo Gaara—. Pero cuando fui a hablar con Kakashi Hatake, los dos estaban con él.

—Hm… eso hará las cosas más fáciles entonces —comentó Tsunade, pensativa—. Encontraré la manera de que vayan juntos a la isla. Y de paso, conoceré al chico yo misma. Les informaré cuando partan.

—Ahora que eso está fuera del camino, necesitamos recopilar nuestros datos para compartirlos con los otros líderes —intervino Mifune, con tono diplomático—. Acordamos que brindaremos información sobre nuestras fuerzas: shinobi y samuráis, incluyendo técnicas, estilos de combate, y capacidades estratégicas.

—Por su parte, ellos dijeron que harían lo mismo a su regreso, una vez terminen de conformar su propia alianza.

—De esa manera, sabremos con quiénes estamos trabajando… Y cómo podemos usar nuestras fuerzas combinadas.

 


 

Un día después, Naruto —recién regresado a la aldea junto con sus amigos— fue invocado a Myōbokuzan(5) por Gamamaru, el Gran Sapo Sabio. La profecía que recibió fue curiosa, pero lo que más lo impactó fue la visión de un enfrentamiento contra un joven con ojos muy poderosos. No le tomó ni un segundo adivinar a quién se refería.

Al ver su resolución, el Honorable Vejestorio decidió otorgarle la llave para abrir el sello que el Cuarto Hokage —su padre— le había impuesto, permitiéndole liberar todo el poder del Kyūbi. Naruto dudó. Recordó lo que había hecho cuando perdió el control: cómo hirió a Sakura tras enfrentarse a Orochimaru. Pero sabía que necesitaría ese chakra para luchar contra Sasuke. Así que aceptó.

No mucho después, reapareció en el mismo lugar del que había desaparecido: el asiento del medio en la barra de Ichiraku Ramen. Sakura lo había estado buscando desesperadamente, temiendo que el enemigo lo hubiera secuestrado. Cuando lo encontró, respiró aliviada… pero igual le gritó.

—¡Tú...! ¡¿Adónde te escapaste?!

—¡Ay! Lo siento, Sakura-chan, estaba...

—¡No importa! Ven conmigo, Tsunade-sama quiere hablarte.

Lo condujo a la oficina de la Hokage, quien acababa de regresar de la reunión con los otros Kage. Antes de que lo reprendiera, Naruto se adelantó:

—El Sabio Abuelo Gigante me invocó con el Jutsu de Invocación Inversa.

Ese acto no notificado casi les provocó un infarto a los presentes: Shikamaru, Kakashi, Sakura y Tsunade.

—¿Para qué te llamó Ōgama Sennin? —consultó la Sannin, cruzando los brazos.

—Tenía una profecía para mí.

—¿Una como la que le dio a Jiraiya? ¿De qué se trata?

Naruto se llevó un dedo a la barbilla y miró al techo, pensativo.

—Bueno… dijo que iría a un lugar paradisíaco y que encontraría un pulpo.

El presagio era tan extraño que ni siquiera Shikamaru, con toda su inteligencia, pudo interpretarlo.

—¿Un... pulpo? —el Nara parpadeó varias veces, incrédulo.

—Sí, dijo que el pulpo me ayudaría con algo. No dio más detalles, pero también dijo que terminaría peleando con Sasuke.

Solo mencionarlo bastó para que se le bajara el ánimo, aunque se obligó a sonreír.

—…Aunque ya estaba preparado para eso.

En ese momento, se escuchó un golpe en la puerta. Todos se giraron al ver a Yamato entrar, acompañado por Aang y sus amigos.

—Si nos disculpan —dijo al pasar.

Naruto los saludó con entusiasmo.

—¡Aang! —exclamó, contento. El monje respondió con la misma energía. Sus amigos saludaron a los demás. —¡Ah, cierto! Creo que la profecía también hablaba de ti.

—¿Profecía? ¿Qué profecía? —Sokka frunció el ceño. Si había algo que odiaba, eran las predicciones. Lo supo desde que conoció a la adivina de Makapu.

—El Sabio Abuelo Gigante dijo que conocería a un tipo calvo realmente poderoso. ¡Tiene que haberse referido a ti!

Aang parpadeó, confundido. Sus amigos también se miraron entre sí, sin entender del todo.

—Pero dijo algo raro… ¿Ya conoces al Gran Sapo Sabio?

—No, nunca he oído hablar de él.

—Qué extraño… Me pidió que te saludara.

—Tú eres el Avatar, ¿no? —interrumpió Tsunade, yendo directo al grano.

El mencionado asintió.

—Sí, señora, mi nombre es Aang —se inclinó con el puño contra la palma abierta, un saludo propio de su mundo—. Es un placer conocerla. Me han dicho que acaba de recuperar el puesto de Hokage. Había discutido sobre mis orígenes con el señor Danzō antes de que él…

Sintió que se le secaba la boca. Pensar que había tratado con un hombre ahora muerto a manos de Sasuke le revolvía el estómago. Tragó saliva, decidiendo obviar el final, que ya era consabido.

—…Si necesita que le explique algunas cosas, estaré más que feliz de—

—No será necesario —lo tranquilizó Tsunade, echándose atrás en su silla y cruzándose de brazos—. Ya me han hablado del tema. Incluso sabiendo quién eres, tengo que admitir que todavía me resulta inconcebible saberme frente al mismísimo Densetsu no Abatā(6).

—Si le quedan dudas, le podría dar un espectáculo como el que le dio a ese viejo loco —Toph soltó una carcajada estruendosa. Katara la golpeó en el brazo, y la risa de la Maestra Tierra se convirtió en un alarido.

—Nos alegra saber que está rehabilitada —sonrió Katara, desentendiéndose del enojo de Toph, que ya la amenazaba con enterrarla bajo una tonelada de rocas.

—Vamos a lo que nos compete —interrumpió Tsunade con firmeza—. La razón por la que los llamé aquí. Me han dicho que ustedes dos se llevan bien. Lo tuve en consideración a la hora de tomar esta decisión…

Naruto, te enviaré a completar una misión de rango S. Y me gustaría que el Avatar te acompañe.

—¡¿Una misión de rango S?! —gritó Naruto, emocionado. Ese tipo de misiones eran de alta peligrosidad, reservadas para jōnin o Anbu destacados. Si se enviaba a un ninja en solitario, era porque su nivel era sobresaliente.

—¿Me está dando una misión tan importante a mí?

—Así es —confirmó Tsunade—. Tendrás que ir a un lugar en la región de Kumogakure. Yamato también irá con ustedes —miró al aludido—. Su compañía es necesaria para mantener al Nueve Colas a raya ante cualquier eventualidad.

—¿Y por qué necesitaría que Aang fuera con él? —preguntó Sokka, entornando los ojos con sospecha.

Ya lo sabe, pensó Tsunade. Había descubierto cuál era su plan, y probablemente los demás ninjas en la sala también.

—Lo siento —intervino Aang—. Pero con la amenaza de Vaatu al acecho, necesito concentrarme en encontrarlo. Tal vez, si lo hago, podamos evitar que esta guerra comience.

Tsunade colocó la barbilla sobre el dorso de su mano izquierda.

—Los líderes de tu mundo han acordado poner todos sus esfuerzos en trabajar con nosotros para lidiar con esa amenaza… y con Madara. Tu ayuda en esta misión es una instancia de colaboración entre nuestras partes. Más importante aún, nos han dicho que podrías encontrar pistas sobre el enemigo en ese lugar.

Aang abrió mucho los ojos.

—Espera un minuto… ¿Es este el lugar paradisíaco del que habló el Sabio? —intervino Naruto.

—Parece que todo va acorde a su profecía —comentó Kakashi, metiéndose las manos a los bolsillos.

—¡Vaya, genial! ¡Nos iremos de vacaciones!

—¡Tonto! ¡¿Cómo que "irán de vacaciones"?! ¡Vas a emprender una misión que podría resultar vital para el desarrollo de la guerra! —el grito furioso de Tsunade hizo temblar las paredes. La Quinta Hokage no debía ser tomada a la ligera.

Naruto rio nerviosamente.

—¡E-estoy bromeando, de veras! —dijo, con el sudor brillando en su frente—. ¿Encontraré al pulpo allí?

—No sé eso —respondió Tsunade, sin cambiar su inflexión—. Sea como sea… Avatar Aang, ¿aceptarás?

—Si puedo encontrar alguna pista sobre el paradero de Vaatu… iré a donde me lo pidan —dijo Aang con firmeza. Sokka y Toph intercambiaron una mirada inquieta, pero se abstuvieron de decir nada. El silencio que siguió fue denso, cargado de lo que no se decía.

—Creo que es importante que vayas, Aang —intervino Katara, con suavidad. Los demás se giraron hacia ella. —Este podría ser el primer rastro que encuentres desde que comenzamos a buscarlo.

—Tienes razón —asintió Aang, tras una breve pausa. Su mirada se volvió hacia Naruto, y una sonrisa se dibujó en su rostro. —Me uniré a ti entonces, Naruto.

El ojiazul le devolvió la sonrisa, con ese brillo inconfundible de emoción en los ojos.

—Estupendo. —Tsunade palmeó con ambas manos, dando por cerrada la cuestión—. Partirán en breve. Les aconsejo que empiecen a empacar ahora mismo. No tarden demasiado.

Se volvió hacia el ninja conocido anteriormente como Tenzō.

—Yamato… cuídalos.

—Entendido —respondió él, con la sobriedad que lo caracterizaba.

Sokka se apoyó contra la cabaña, cruzándose de brazos mientras miraba a su hermana con un dejo de reproche. Katara le devolvió la mirada con irritación apenas contenida. Después de que Aang se fuera con Naruto a buscar sus pertenencias —aunque, siendo Aang, no había traído ninguna—, se quedaron afuera de la oficina provisional de la Hokage junto a Toph, Sakura y Shikamaru para discutir la última conversación.

—Sigo pensando que esconderlos a ambos es una mala idea —dijo Sokka, con ese tono que usaba cuando ya había hecho los cálculos y no le gustaba el resultado. Desde que Zuko les contó el plan, le pareció una estupidez. Y, en última instancia, inútil. Conociendo a Aang, sabía que eventualmente se daría cuenta de por qué lo enviaron a la isla, especialmente cuando estallara la guerra. No había forma de mantener el secreto por mucho tiempo. —No va a apreciar que le ocultemos esto. Y menos que tú insistieras en que se fuera, Katara.

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Decírselo delante de todos, echando todo por la borda? ¡Oíste lo que dijeron papá y los demás! —Katara estaba afectada, y mentirle a Aang le dolía más de lo que quería admitir. Ser increpada por su hermano no ayudaba. —No sabemos nada concreto sobre las habilidades de Madara ni sobre esas criaturas que controla. Por lo que cuentan, estaremos enfrentando a un enemigo como ninguno antes. ¡Esto no es como luchar contra Ozai o Azula!

—No digo que estén equivocados —intervino Toph, encogiéndose de hombros—, pero creo que subestiman tanto a Aang como a Naruto. Si ese tipo salvó a toda su aldea, debe ser fuerte. Y nosotros ya sabemos lo que Aang puede hacer. Yo digo que, si los ponemos juntos, podrían patearle el trasero a Madara con un buen combo y sanseacabó.

—¡No es tan simple como crees! —saltó Sakura, tan sobresaltada como Katara. —Estamos hablando de un hombre que posee un arsenal de bestias. Y además está aliado con alguien de su mundo. No podemos tomarlo a la ligera.

—Solo digo que lo descubrirán tarde o temprano —insistió Toph, alzando los hombros como si se desentendiera—. Aang no es tonto, y por lo que he visto, Naruto tampoco. Van a notar que algo anda mal cuando llegue la hora de la verdad.

—Tu nombre es Sokka, ¿verdad? —preguntó Shikamaru. Él asintió. —Estoy de acuerdo contigo. Naruto es más perspicaz de lo que muchos creen. Pero si tomamos las medidas adecuadas, no debería haber forma de que se entere. Tenemos suficientes personas leales que lo protegerán a él y al Avatar. No les dirán ni una palabra. —Luego miró a Toph. —Muchos han dicho que tener a ambos, más el Jinchūriki del Hachibi, podría inclinar la balanza a nuestro favor. Pero cuando uno entiende la personalidad y los ideales de Naruto, ve el problema. Lo conozco desde hace años. Todos sabemos lo que haría por sus compañeros si estuvieran en peligro. No le importará arriesgar su vida por nosotros, y eso lo llevará a actuar sin pensar. Madara aprovechará esa oportunidad para llevárselo.

—Aang es igual —dijo Katara, bajando la voz. —Se culpó tanto por la Guerra de los Cien Años… Sé que esta guerra también le va a pesar. Y será peor si descubre que una de las razones por las que se libra es porque el enemigo quiere al Espíritu del Avatar. No sé lo que sería capaz de hacer. Y temo… temo que podamos perderlo. —La voz se le quebró. —Que podría perderlo.

—Katara… —murmuró Sakura, conmovida. Sentía la misma congoja al pensar en el peligro que corría su amigo. Le aterraba que Akatsuki pudiera llevárselo. Había soportado la pérdida de Sasuke, pero no creía poder sobrellevar la de Naruto.

Sokka suspiró y rodeó los hombros de su hermana, dándole unas palmadas torpes.

—Está bien, está bien, lo entiendo… No te preocupes. No vamos a decirle nada, ¿verdad, Toph?

—Uf, lo que sea —gruñó Toph, pero su voz fue más suave. Aunque el desconsuelo le resultara incómodo, simpatizaba con la pena de Katara. Se acercó y la palmoteó con brusquedad. —Con tal de que la princesita no llore.

—Iré a hablar con nuestros compañeros sobre esto —dijo Shikamaru a Sakura—. La mayoría ya han sido informados sobre la guerra, pero les contaré sobre el plan.

—…En cuanto a nosotros, tenemos que reunirnos con Suki y Ty Lee y esperar a que Zuko y los demás vengan con la gente —dijo Katara, recomponiéndose.

—Hay mucho trabajo que hacer —Sakura estaba exhausta, tanto emocional como físicamente—. Y mucho más se nos viene.

—Es lo que tiene la guerra —dijo Toph, con su habitual autosuficiencia—. Y vaya que lo sabemos. No es la primera en la que hemos participado.

—Más vale que sea la última —exhaló Sokka, fatigado. Y con eso, todos se marcharon a ocuparse de sus asuntos.

El nombre de la Shimagame(7) de Kumogakure era Genbu, una antigua tortuga domesticada que, a cambio del cuidado que los ninjas le otorgaban, servía como campo de entrenamiento para los shinobi del País del Rayo. Los héroes zarparon en barco al día siguiente de que Tsunade les explicara la misión. Ahora se aproximaban al lugar. Su guía ninja les informó que se prepararan para desembarcar.

Naruto se acercó a la barandilla, donde Aang ya estaba apoyado, con Momo jugueteando en su hombro. Ambos miraban el agua, en silencio, mientras la brisa revolvía hebras de cabello rubio.

—Oye, Aang…

—¿Sí?

—Lo que le dijiste a Sasuke… sobre tu gente… —Naruto dudó. Había querido preguntar si era verdad, si no estaba exagerando para hacer que Sasuke reaccionara. Pero la idea le pareció cruel apenas la pensó. Aang no mentiría sobre algo así. Ni siquiera sabía por qué lo había considerado. —Olvídalo. No quise decir…

—Está bien —respondió Aang, con una sonrisa suave, comprensiva. Era natural que tuviera dudas. Apenas se conocían. —Sí, es verdad. Soy el único superviviente de mi pueblo, los Nómadas Aire.

Naruto bajó la mirada, pensativo.

—¿También… enviaron a alguien a matarlos?

—Otra nación lo hizo. Al comienzo de la guerra. Bueno… la guerra de mi mundo.

—¿Tu mundo?

—Ya sabes, lo que dijo tu amigo, el Kazekage, sobre mí. ¿No te acuerdas?

—Ah, eso… No lo entendí mucho, para ser honesto. Solo que eres como… un tipo superpoderoso, ¿no?

—Bueno, algo así —Aang se rio, ligero. —Luego te lo explico mejor. Es un poco complicado. Pero sí, estaba diciendo la verdad cuando hablé con Sasuke. Pensé que, compartiendo mi historia —que es parecida a la suya— lograría sacudirlo un poco. Pero supongo que no funcionó.

Naruto volvió a mirar hacia el mar, el reflejo del agua temblando como sus recuerdos.

—…Poco después de que dejó la aldea, hace años, mis compañeros y yo fuimos a buscar a Sasuke. Cuando peleamos, me dijo que yo no podía entender cómo se sentía. Que él había tenido una familia, vínculos… y los perdió. Mientras que yo siempre estuve solo. Tenía razón. Crecí sin conocer a mis padres; vivía solo. Pero luego conocí a gente como él… como Iruka-sensei. Y empecé a entender lo que era tener un hermano. Un padre. Aun así, no entendía realmente a Sasuke. No entendía la venganza… hasta que…

Hizo una pausa. El recuerdo de Jiraiya cruzó su mente como una sombra cálida y dolorosa.

—…Hasta que perdí a Ero-sennin. Cuando murió, quise vengarme de quien lo mató. Desde entonces entiendo mejor a Sasuke. Pero mis palabras todavía no lo alcanzan.

Naruto apretó los puños sobre la barandilla, sin rabia, solo con esa impotencia que se instala cuando uno ha dicho todo lo que podía… y no fue suficiente.

—Nunca tuve un clan. No crecí con mis padres ni con un hermano. Pero creo que lo que tú dijiste… puede haberle llegado, aunque sea un poco. Él nunca sintió que yo pudiera entenderlo, porque nuestras vidas eran distintas. Pero tú pasaste por algo parecido. Y ahora lo sabe. Así que quizás… quizás ya no se sienta tan solo.

Aang lo miró largamente. Él también deseaba haber causado un impacto en el Uchiha. Pero sabía que, incluso si lo hizo, no sería suficiente para sacarlo del camino que había elegido.

—Creo que lo que tú le digas tiene más peso que cualquier cosa que yo pueda decirle. Él era tu amigo. A mí no me conoce. Debes ser importante para él, aunque lo niegue. Yo también espero que mis palabras le hayan importado… Pero el único que puede sacarlo de la oscuridad eres tú, Naruto.

La niebla comenzó a disiparse, revelando la silueta de la isla. La tortuga era enorme, su caparazón cubierto de púas que sobresalían como montañas. Su aspecto le recordó a Aang al León Tortuga que le enseñó los secretos del Control de Energía… Pero esta criatura tenía algo más salvaje, más primitivo. Ambos palidecieron al verla.

—¿Este era el paraíso del que hablaba el Gran Sabio Sapo? —murmuró Naruto, incrédulo. —¡Nada de esto parece un paraíso! ¡Ese sapo viejo e idiota…!

—Es comparable al Bosque de la Muerte de Konoha —intervino Hikaru, el shinobi de Kumogakure y capitán de la embarcación—, aunque este es mucho más extremista. Pero es seguro. Los animales que viven en él son dóciles… si no se les provoca. Eso sí, hay otra cosa…

—¿Cuál? —preguntó Yamato, colocando una mano en la espalda de Might Guy, que apenas se mantenía en pie por la cinetosis.

Aoba Yamashiro, el reservado tokubetsu jōnin de Konoha, observaba en silencio. Había sido enviado como músculo extra, pero su verdadera función era otra. Su técnica oculta sería útil si el secreto detrás de la misión se revelaba… Y si los adolescentes descubrían la verdad. Alguien tendría que impedir que escaparan. En el peor de los casos.

—Verán, en la costa hay un… —Hikaru apenas comenzaba a explicar cuando una sombra colosal emergió detrás de la nave.

Una criatura gigantesca rompió la superficie del mar, sus tentáculos se alzaron como torres vivas, y Naruto gritó con entusiasmo desbordado:

—¡¡Es él!! ¡¡El pulpo de la profecía!! ¡¡Finalmente vino a aleccionarme!!

Levantó los brazos para saludarlo como si fuera un viejo amigo. La criatura respondió salpicando el océano con sus extremidades, haciendo que la embarcación se tambaleara salvajemente. Los pasajeros se empaparon de agua salada, intentando mantenerse en pie. Los ninjas gritaron. Momo siseó como un gato mojado.

—¡Naruto, eso no es un pulpo, es un calamar! ¡Uno gigante! —exclamó Yamato, sujetando la barandilla mientras Guy se veía aún más pálido que antes.

Naruto, con el ceño fruncido, comenzó a contar tentáculos entre chapuzones.

—¡Incluso si no tuviera ocho, basta mirarlo para saber que no es un pulpo! ¡Ayúdenme a lidiar con él! —gritó Yamato.

—¡Estoy en eso! —respondió Aang, ya en posición de Agua Control. Levantó las palmas, dispuesto a invocar una ola que abatiera al molusco… Pero se detuvo cuando el calamar tiró de Naruto, arrastrándolo hacia el mar.

Antes de que pudiera reaccionar, otra criatura emergió. Más grande. Más poderosa. Y con una actitud que no dejaba lugar a dudas.

—¡Desvíate, calamar, o te voy a apalear! —berreó la bestia, rimando con una voz grave y singular.

Naruto, liberado por el ataque de la nueva presencia, saltó de regreso a la nave, empapado pero eufórico.

—¡Eh! ¡Tiene ocho tentáculos! ¡Definitivamente es un pulpo!

—¡Espera… tienes razón! —dijo Aang, enumerando los tentáculos con gesto concentrado.

Los ninjas de Kumogakure sonrieron, como si acabara de llegar el alma de la fiesta.

—¡Es B-sama! —exclamaron al unísono.

—¿B-sama…? Entonces el pulpo es… —murmuró Yamato, boquiabierto.

Un hombre de piel oscura apareció sentado con desparpajo sobre uno de los tentáculos del pulpo, sonriendo con aire triunfal. Su protector de frente mostraba el símbolo de la Aldea Oculta de las Nubes.

—¡Llegan tarde, estúpidos bastardos(8)! —gritó con entusiasmo, rimando sin esfuerzo.

No era otro que Killer B, el Jinchūriki del Ocho Colas. El hermano del Raikage. El pulpo de la profecía. Y, sin duda, el inicio de una nueva etapa en la misión.

Notes:

Notas del anotador de Ba Sing Se

1. El término original es "ash-makers". Es un insulto que se les dirige a los de la Nación del Fuego.

2. Tanto "gente sucia" como "salvajes del hielo" son insultos usados por nativos de la Nación del Fuego. En el idioma original de ATLA, "dirt people" y "ice savages", respectivamente.

3. Los rangos militares de yóujī jiāngjūn (游擊將軍, General Guerrillero o de Guerrillas) y dàjiàngjūn (大將軍, Gran General) se empleaban en la Antigua China durante las dinastías Qin y Han.

4. Durante la dinastía Han, el Ejército del Norte (北軍, Beijun) que servía para proteger la capital estaba al mando de cinco coroneles, cada uno al mando de un regimiento. Su estructura difería en tiempos de guerra, cuando necesitaba movilizarse, y era entonces comandado por generales. En la guerra civil que sucedió la caída de Wang Man, las divisiones eran comandadas por Generales en Jefe, Generales o Tenientes Generales que se dividían en regimientos bajo el mando de un Coronel y un Mayor del Ejército, aunque en ciertos casos, el Mayor podía comandar un regimiento entero. Los regimientos se dividían en compañías a cargo de un Capitán del Ejército y estas se dividían en pelotones bajo un Jefe de Pelotón. La descripción de esta organización es, sin embargo, incompleta, dado que en la guerra las posiciones del ejército podían variar (Bielenstein, H. 1980. La burocracia de los Tiempos de Han. Cambridge: Cambridge University Press).

5. 妙木山, literalmente "Montaña del Árbol Exquisito/Misterioso".

6. 伝説のアバター, "Legendario Avatar". Datito, ATLA en japonés se titula アバター 伝説の少年アン, que se traduciría como "Avatar: El Legendario Niño Aang/Aang, el Niño Legendario".

7. 島亀, "Isla Tortuga".

8. El Bakayarō! Konoyarō! (バカヤロー! コノヤロー!) de B viene a querer decir "¡Estúpidos! ¡Bastardos!", pero es, finalmente, sólo un eslogan, como el "Dattebayo" de Naruto.

Chapter 11

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

—Entonces, ¿el plan es esconder nuestra mejor arma?

Para cuando Shikamaru terminó su relato, Kiba ya estaba echando humo. Los Once de Konoha se sumieron en sus pensamientos tras escuchar al Nara explicar la situación actual. Ya estaban preparados para aceptar que una guerra se avecinaba… Pero no esperaban oír una historia tan asombrosa como la del Avatar.

Después del aviso de los Kage, se difundió que cooperarían con personas de otro mundo —por más absurdo que sonara—, así que la mayoría de las aldeas ya sabían sobre los desconocidos líderes y su papel en el conflicto. Shikamaru había ido a informar a sus compañeros tras salir de la reunión de los jōnin.

Kiba estaba indignado. La idea de esconder a los dos últimos Jinchūriki y al Avatar le parecía absurda.

—¿Y en vez de usarlos, los mandan a esconderse quién sabe dónde? ¡Es ridículo!

—Es mejor así, Kiba —intervino Tenten, con tono conciliador—. Piensa en cómo actúa Naruto a veces. De esta manera evitamos que lo capturen.

—Sin mencionar que, si él y los otros dos caen, estamos acabados —añadió Ino, reprimiendo un escalofrío—. ¡Ese tipo espeluznante de Madara ya tiene siete Bestias con Cola!

—Creo que al menos deberían habérselo dicho a Naruto —comentó Chōji, zampándose otra bolsa de papas fritas. El nerviosismo por la guerra lo tenía comiendo el doble. Sus compañeros se preguntaban cómo eso era siquiera posible. —Sé que es impulsivo, pero tiene derecho a saber, ¿no? Esta guerra está relacionada con él.

—Es precisamente porque es un imprudente que no se le puede decir —expuso Neji, con su habitual lógica implacable—. Naruto es demasiado terco. No hay forma de convencerlo de quedarse escondido mientras los demás luchan.

—Saldría corriendo a unirse a nosotros —murmuró Shino, con su tono monocorde—. Porque es tozudo.

—Si es para proteger a Naruto-kun… —farfulló Hinata, tímida pero firme, con el puño contra el pecho— …entonces creo que es lo que debe hacerse.

Shikamaru los observó en silencio por un momento. Luego se aclaró la garganta.

—Vine a informarles de todo esto para que estén preparados. Sé que es mucho para asimilar, así que quería que lo supieran antes de que las cosas se pongan feas.

Su tono se volvió más austero.

—Necesito que estén listos para lo que sea.

—¡Pff, yo siempre estoy listo! —musitó Kiba, como si lo hubieran insultado.

—Debemos admitir que esto es algo… —Tenten jugueteó con sus dedos, buscando la palabra.

—¿Aterrador? —completó Shikamaru, sin rodeos—. Sí, lo es. No tengan pudor en reconocerlo. Nunca hemos estado en una guerra antes.

—Pero aun así… —Miró a todos, con una sonrisa ladeada— Voy a necesitar que aguanten. No puedo dejar que todos se derrumben, ¿o sí?

En ese instante, todos estuvieron agradecidos de que el usuario del Kagemane no Jutsu(1) fuera su líder tácito. Su brújula moral y su calma les eran invaluables.

—Échenme una mano con esto, muchachos.

—¡Bien! ¡Daremos lo mejor de nosotros con la mayor pasión de la juventud! —gritó Rock Lee, levantando el puño con fervor.

Sus compañeros soltaron risas y resoplidos. Una pausa luminosa en medio del caos.

La princesa de la Nación del Fuego se sentó en una roca, justo fuera del actual escondite de Akatsuki, con aire pensativo. Suspiró, traicionando una irritación que en realidad era un cansancio cuidadosamente disimulado. Se quitó la capa sucia y desgarrada con un gesto elegante, pellizcándola con los dedos antes de dejarla caer al suelo. Debajo, llevaba su atuendo real de cuello alto: carmín, el color de su nación. Se alegró de que no se hubiera manchado con la sangre de la herida en su cabeza, ahora vendada.

Miró con interés a su "colaborador".

—Entonces, ¿ese tal Sasuke no murió? —inquirió, masajeándose la nuca—. Qué curioso. Pensé que dijiste que Danzō era un adversario formidable.

—Lo era. Sasuke terminó en un estado bastante lamentable, en realidad —respondió Madara, sin mirarla, distraído con su anillo con el carácter para jade(2). Se lo quitó y lo inspeccionó. Ya no servían de mucho, razón por la cual no se había molestado en darle uno ni a Azula ni a Sasuke y su tropa de mocosos.

—Aunque no fue exactamente él quien lo mató. Danzō se quitó la vida.

—Jum. Entonces no era tan cualificado como dijiste. Una pena que sólo tengas subordinados patéticos —se burló ella.

Siguió un breve silencio. Madara alzó la mirada hacia la chica, el Sharingan brillando, entrecerrado, como si quisiera provocarla.

—Entonces, ¿qué dirías que eres tú, princesa?

Ella soltó una risa seca.

—Obviamente, no encajo en esa categoría. No soy como ellos, y tampoco soy tu subordinada. ¿Necesito recordarte cuál es nuestra relación de negocios?

—…Ciertamente no —respondió con sequedad. Su tono nivelado y monótono dejaba poco espacio para interpretaciones, aunque uno diría que sonaba harto. —Eres mi socia. Pero una sociedad implica que ambas partes cumplan con su parte del acuerdo.

Azula frunció el ceño, profundamente. Pareció a punto de estallar. Sabía que él se refería a su fracaso en derrotar a su hermano. La simple mención del tema bastaba para encenderla.

—¡Ese campesino de la Tribu Agua simplemente me atrapó con la guardia baja! —espetó, cruzando los brazos con brusquedad. Miró a Madara de reojo, mientras su mente deambulaba por los recuerdos del día en que se conocieron.

Habían pasado algunos meses desde el incidente de los Kemurikage. Tras aquello, su orden de Guerreros del Fuego se dispersó y debilitó: los números menguaron, las facciones se fracturaron. Azula no intervino en las acciones individuales de sus antiguos aliados. No detuvo ni apoyó el complot de asesinato contra el oficial Iso, aunque el caos que generaban servía para socavar el reinado de Zuko. La mayoría decía que había abandonado el grupo. La verdad era más simple: sólo lo necesitaba cuando le servía. Y hacía tiempo que se había dado cuenta de que era inservible.

Sus constantes evasiones de los oficiales de la Nación del Fuego la llevaron a un pequeño pueblo rural, en una de las islas centrales. Había convertido una caverna cercana en su escondite personal. Bajaba al pueblo solo para recoger provisiones, cubierta de pies a cabeza con atuendos negros. Las primeras semanas de vida nómada fueron tortuosas. No por la falta de comodidades, sino por tener que cruzar palabras con campesinos al comerciar. Solía optar por métodos más eficaces: robaba a vendedores y viajeros que le entregaban sus pertenencias tan pronto como encendía una llama en la palma de su mano.

Un día, al regresar a la cueva, lo encontró.

Un extraño estaba sentado tranquilamente en la oscuridad. Llevaba una máscara naranja con un remolino, y una oquedad que dejaba ver su ojo derecho: rojo, encendido como una antorcha. La pupila, más negra que la noche, estaba rodeada por tres tomoe. La visión la horrorizó lo suficiente como para adoptar una posición de combate en segundos.

—¿Quién eres tú? —exigió, con los dientes apretados.

El encapuchado emergió de las sombras. Su cabello corto y puntiagudo se volvió visible.

—Por fin te he encontrado. No fue fácil seguirte el ritmo, eso lo admito —comentó con indiferencia, poniéndose de pie frente a ella—. Es un placer conocerte, princesa Azula.

Ella gruñó, furiosa.

—¿Quién te envió? ¿Fue mi estúpido hermano?

Él levantó una palma, en gesto de calma.

—No es nada de eso —aclaró con voz serena—. He venido por mi cuenta.

Azula soltó una risa sin gracia. Parecía querer seguir hablando, pero no le dio oportunidad. Tomó impulso, giró sobre sí misma y lanzó una patada envuelta en fuego.

Y entonces ocurrió lo imposible.

Su pierna atravesó el cuerpo del hombre. Lo cruzó como si fuera intangible. Azula perdió el equilibrio, trastornada por la sorpresa. Su expresión se contrajo en una mezcla de confusión y rabia. Retrocedió unos pasos, con los ojos muy abiertos.

—¿C-Cómo…?

—Si me permites… —retomó él.

Azula le disparó una llama desde la palma. Como antes, el fuego lo atravesó sin hacerle daño. Probó de nuevo, esta vez con un chorro continuo. Nada. Él no se movió ni un centímetro.

—Fuego azul… La señal de que eres una auténtica prodigio —murmuró, observándola con interés—. Parece que lo que he escuchado de ti es cierto. Tienes un Elemento Fuego poderoso.

Se corrigió.

—No… Ustedes lo llaman Fuego Control, ¿no es así?

Azula se mantuvo firme, aunque el sudor le resbalaba por la frente. No encontraba una explicación lógica para lo que estaba viendo. Por un instante, consideró que todo fuera producto de sus delirios recurrentes: síntomas del deterioro mental que se agravaba día a día.

Pero no podía ser eso. Las visiones que solía tener eran de personas que conocía. Las voces que escuchaba pertenecían a quienes la habían traicionado, descartado como basura de rango inferior. Esta aparición no se parecía a ninguna de ellas.

¿Un espíritu, entonces? No, imposible. Ese idiota niño calvo que el mundo tenía por Avatar se suponía que mantenía a raya a los espíritus. Y si no lo hacía, estaba haciendo su trabajo peor de lo que pensaba.

—¿Quién demonios eres tú? —repitió, aún conmocionada.

—Permíteme presentarme —dijo el hombre enguantado, bajando una octava su voz al pronunciar su nombre—: Soy Madara Uchiha. Y vengo a hacerte una oferta que te resultará interesante.

Azula parpadeó. Sintió que sus nervios se calmaban apenas, lo suficiente para permitir que sus hombros se hundieran ligeramente. Rio con desdén.

—Qué bajo he caído si un campesino con ínfulas cree que puede venir a proponerme algo —no bajó los brazos—. ¿Qué te hace pensar que aceptaría lo que sea que me ofrezcas?

—Es fácil de adivinar —respondió él, extendiendo los brazos con un gesto que abarcaba el entorno—. Mira a tu alrededor. Y luego mírate a ti misma. Lo que ves es, en sí, motivo suficiente para tomar lo que voy a darte.

Si estás de acuerdo, entonces te explicaré de qué se trata exactamente.

La miró, buscando cualquier expresión que delatara interés. Azula entrecerró los ojos dorados. Para su disgusto, se encontró cediendo parte de su precioso tiempo al extraño.

—Habla. Y hazlo rápido.

Lo que le contó era un plan más grande que cualquier otro que hubiera escuchado. Y tan pronto como lo oyó, lo consideró una locura. Lo cual era decir bastante, viniendo de alguien a quien tan a menudo tildaban de lunática.

Madara le narró historias de épocas pasadas, de leyendas que parecían fantasía. De seres sobrenaturales que bien podrían haber salido de cuentos populares. Mitos que, en ambos mundos —el de los Maestros y el de los shinobi—, eran considerados meras supersticiones.

Azula solo había oído hablar de ese segundo grupo una vez, durante sus días en la Academia Real del Fuego para Chicas. Había aprendido la historia de la Nación del Fuego con más facilidad que su hermano. Recordar detalles era natural para ella.

Una de sus maestras, una anciana de voz aburrida, los había mencionado brevemente en una clase sobre tácticas militares. Fue un tema fugaz, nunca retomado. Pero despertó su atención al instante.

Al hablar de guerra no convencional y sigilo, la maestra mencionó que el ejército de la Nación del Fuego enseñaba técnicas inspiradas en las de un grupo de mercenarios conocidos como Suppa o Rappa(3), más comúnmente llamados Shinobi, y luego Ninjas en tiempos modernos.

Sin embargo, había poca o ninguna prueba escrita de su existencia. Lo que se decía sobre ellos eran, en su mayoría, patrañas.

Y ahora, el hombre frente a ella —ofreciéndole la oportunidad de recuperar todo lo que había perdido, y más de lo que jamás imaginó— le garantizaba, con alarmante certidumbre, que esas farsas eran reales.

Azula no pudo evitar sorprenderse. En otras circunstancias, se habría burlado. Pero esta vez… no lo hizo.

—Este mismo ojo —dijo, señalándolo con el pulgar— es una de nuestras técnicas más preciadas. Lo llamamos Dōjutsu. Una habilidad temible. Lo verás en acción cuando llegue el momento. Es decir, si aceptas mi ofrecimiento y decides tenderme una mano amistosa, princesa.

Y así comenzó su asociación.

Lo primero que le pidió fue acceso a los archivos sobre los orígenes del Avatar, resguardados en el Templo Mayor de la Capital de la Nación del Fuego. Tras la Guerra de los Cien Años, los pergaminos históricos del Templo del Fuego de la Isla Creciente fueron trasladados allí, luego de un incidente que involucró al propio Avatar y dejó la pagoda inhabitable.

Desde el inicio del reinado de Zuko, el recinto fue fuertemente custodiado. Los Sabios de la antigua isla fueron reubicados para organizar, conservar y restaurar los papiros, asegurando su preservación para las generaciones futuras.

Entrar no fue difícil para Azula. Su reputación como opositora de la monarquía le había ganado el favor de ciertos Sabios del Fuego de pensamiento afín, a pesar de que sus cargos exigieran neutralidad. Conocía la infraestructura del edificio lo suficiente como para saber dónde buscar lo que necesitaban.

El objetivo era claro: Madara quería encontrar información sobre dos espíritus antiguos, esenciales para el avance de su plan. El Espíritu del Avatar… y su contraparte: el espíritu de la oscuridad y el caos, Vaatu. Ambos eran necesarios, aunque Azula aún no comprendía del todo por qué.

Fue gracias a los documentos que descubrieron la ubicación exacta del espíritu encarcelado. No fue necesario abrir el portal con los poderes del Avatar. Madara, con el poder de su Sharingan, podía viajar entre dimensiones.

La prisión de Vaatu era un árbol ancestral en el Mundo de los Espíritus, ubicado entre los dos portales espirituales que conectaban con los polos norte y sur del reino mortal. El árbol, alto y sin hojas, tenía ramas irregulares y delgadas. En el centro de su tronco, un gran orificio emanaba una luz carmesí. Dentro, estaba el ser ancestral.

Según las leyendas, Vaatu estaba recluido por una barrera espiritual imposible de romper. Solo podría liberarse si los portales se abrían durante la Convergencia Armónica, un evento que amplificaba la energía espiritual al superponer ambos portales, permitiéndole romper el sello. Pero ese fenómeno no ocurriría sino hasta dentro de setenta años. Y no contaban con el Avatar para liberarlo.

No importaba. Madara había encontrado otra forma.

Al transferirle su chakra, alteró el equilibrio de la barrera. La debilitó, permitiendo que Vaatu usara su propia energía para liberarse.

Una oleada de lobreguez se expandió al hacerlo. El ambiente cambió por completo, su oscura presencia alertando a los espíritus cercanos.

Mientras giraba por el cielo, regocijándose por su libertad, sus zarcillos oscuros danzaban. Se acercó a sus liberadores, soltando una risa grave que retumbó en el aire.

—Así que fueron humanos quienes me liberaron… Qué curioso —dijo—. Pensé que el Avatar se había asegurado de que no pudieran cruzar a este mundo nunca más.

—Quien tiene un propósito hace lo que sea necesario para cumplirlo, Antiguo Espíritu —respondió Madara—. Y es por ese propósito que te he liberado.

—Un propósito humano, ya veo… ¿Y cómo me involucran tus mezquinas pretensiones?

—En cierto modo, sirven a tus propios intereses —le picó la curiosidad con eso—. ¿No deseas derrotar a tu eterna enemiga, el Espíritu de la Luz? Pues te daré esa oportunidad… si me ofreces tu colaboración.

—Jajaja… ¿Qué te hace pensar que aceptaría trabajar con alguien de tu raza? Esos vanidosos y débiles humanos a los que desprecio.

—Yo no soy más que un viajero de otro mundo. Tengo un proyecto que involucra al Avatar… en el sentido de que necesito deshacerme de él. Tu ayuda sería trascendental para lograrlo. Y creo que no me equivoco al decir que ese objetivo conecta con el tuyo… ¿O sí?

El espíritu se rio nuevamente. Vaatu era calculador. Capaz de dejar de lado su desprecio por los humanos si eso le acercaba a su objetivo principal: derrotar a su contraparte. Vengarse de ella por haberlo encerrado durante milenios.

No le importaban las motivaciones personales de Madara. Mientras le sirvieran, mientras lo acercaran a la victoria, eran tolerables.

Aceptó.

Lo que el ninja le había dicho era solo una verdad a medias. Pero mientras lo creyera, no había motivo para preocuparse.

Azula, siempre aguda, le preguntó cómo planeaba mantenerlo cerca. ¿Qué haría si Vaatu decidía huir e ir por el Avatar por su cuenta?

La respuesta fue simple:

—Dudo mucho que lo haga. Creo que nos considera hábiles por el mero hecho de haber viajado a su plano y liberarlo. En cierta forma, confía en que podemos entregarle al Espíritu del Avatar. Además, he planeado una forma de transportarlo a mi mundo de manera expedita… evitando las complejidades que enfrentaríamos si lo lleváramos a pie.

Sabía de un jutsu capaz de sellarlo dentro de un pergamino. Y lo usó, a pesar de las protestas de la criatura.

Le prometió que no permanecería allí por mucho tiempo. Aunque la credibilidad de sus promesas era, como siempre, cuestionable.

 


 

Volviendo al presente, Azula reflexionó sobre su situación. Supuso que Madara se había acercado a ella por dos razones: porque se oponía abiertamente al Señor del Fuego y —más importante aún— al Avatar, y porque sus habilidades, elogiadas incluso por sus enemigos, le resultaban ventajosas.

Aun así, se preguntó cómo se había enterado de la existencia de su mundo. De los Maestros. De esos viejos espíritus.

Él nunca le dio detalles. Y ella no se molestó en preguntarlos. Pero, indudablemente, lo había pensado una o dos veces.

Los shinobi y sus trucos, conjeturó.

—He de saludarte, Tobi.

Una voz descendió desde lo alto.

Cubierto por una capa escarlata, un hombre los observaba desde una cornisa. Una serpiente se deslizaba bajo él, como si fuera una cola viva. Azula se giró para mirarlo, al mismo tiempo que Madara alzaba la vista.

—Ah, perdóname… Ahora te haces llamar Madara, ¿verdad?

—Me sorprende que me hayas encontrado —respondió el nombrado, levantando la barbilla con calma.

—Y tú debes ser la princesa Azula —dijo el recién llegado, ajustándose los anteojos. Su piel mostraba escamas donde era visible, y sus ojos amarillos tenían pupilas verticales. Era un auténtico reptiloide.

—Tu nombre ha estado dando vueltas desde la reunión de los Gokage. Al igual que el de Sasuke.

—¿Quién es este perdedor?

—Soy Kabuto —respondió, sin inmutarse—. He sido espía para numerosos países. Incluso trabajé para Akatsuki. No deberían subestimarme.

—Efectivamente… Fuiste uno de los espías de Sasori. Y un traidor de Akatsuki.

Madara se lanzó hacia él de inmediato, con intención de atacar. Azula se puso de pie con un salto ágil, apartándose de su trayectoria.

Kabuto giró en el aire y aterrizó con una pirueta. Unió sus manos, palma contra palma. Cinco ataúdes de madera emergieron de la tierra al impacto de su caída.

Madara se detuvo en seco.

—¡No puede ser!

Los ataúdes se abrieron. Dentro, estaban los cuerpos de los miembros fallecidos de Akatsuki. De derecha a izquierda: Nagato, Kakuzu, Deidara, Sasori e Itachi.

Azula los observó fascinada. No conocía sus nombres. Pero algo en su presencia —en la quietud ominosa de sus cuerpos— le hizo entender que no eran simples cadáveres.

—El Kinjutsu(4) que solo el Segundo Hokage y Orochimaru-sama sabían usar… Ahora soy el tercero en dominarlo. Y he superado a sus antiguos usuarios —se vanaglorió Kabuto, con una sonrisa torcida.

—La Reencarnación del Mundo Impuro… Edo Tensei(5) —murmuró Madara, como si no quisiera creer lo que estaba presenciando.

—Pensé que mostrándote esto podrías confiar en mí. En mis habilidades. No he venido a pelear. Relájate. Lo que quiero es unir fuerzas contigo.

—¿Unir fuerzas?

—Te ofrezco poder militar para tu guerra —continuó Kabuto, mirando los cuerpos alineados frente a él—. Este es un reparto de hombres muy poderosos… Y eso que ni siquiera son todos los peones que poseo.

Madara lo observó con atención. No podía estar haciéndole tal propuesta por nada. Así que lo interpeló:

—¿Qué quieres a cambio?

—A Sasuke Uchiha.

Un trueque peculiar, caviló Azula, cruzando los brazos. Observaba la escena con creciente interés.

—…¿Qué es lo que te traes entre manos?

—Nada en particular. Simplemente quiero entender la pura e inalterable verdad del Ninjutsu. Necesito a Sasuke-kun. Un joven y frágil Uchiha vivo… Para poder responder mis dudas.

—¿Y si me niego?

Kabuto invocó otro ataúd. Azula apenas le echó un vistazo. Pero notó algo extraño.

Madara vaciló.

Su lenguaje corporal lo delató. La sorprendió. Nunca lo había visto traicionar otra emoción que no fuera arrogancia o calma irónica.

No sabía quién era el hombre dentro del ataúd. Pero sí sabía que le arrebataba la serenidad a su socio.

Y eso… le interesó poderosamente.

—Eres un orate… ¿Cómo fue que lo encontraste? —dijo Madara, con los dientes apretados.

Kabuto sonrió.

—Tranquilo. No se lo he contado a nadie. Pero… ¿De verdad pensabas que vendría aquí sin un plan de respaldo? ¡Ahora sí que no puedes negarte!

La estupefacción fue abandonando a Madara poco a poco. Y en su lugar, apareció una risa baja, contenida.

—¿Qué es tan gracioso?

—Yakushi Kabuto… Honestamente, no esperaba que tuvieras tanto potencial. Pelear contigo solo debilitaría mis capacidades bélicas. Además, el hecho de que hayas dispuesto todo esto de antemano… Eres astuto. Muy astuto.

—¿Entonces…?

—Acepto tu oferta. Pero con una condición: Esperaremos hasta que termine la guerra antes de entregarte a Sasuke. Hasta entonces, no dejaré que te acerques a él. Estaré vigilándolo día y noche.

—Sabía que eras sensato, Madara Uchiha… Realmente eres un fuera de serie.

—Listillo —dijo con un dejo de desdén—. Voy a reformular mi programa para incluir tu arsenal. Vamos.

Le hizo un gesto a Azula para que los siguiera.

Cuando el ataúd del medio se cerró, ella no pudo evitar volver a preguntarse:

¿Quién era el hombre que estaba dentro… y por qué había logrado sacudir a alguien como Madara Uchiha?

Naruto caminaba furioso por la habitación, recorriéndola en vaivén como un león enjaulado. Yamato lo había estado observando tanto rato que ya se estaba fastidiando. Sentado en la cama, con la barbilla apoyada en la mano, lo miraba de soslayo mientras el chico murmuraba blasfemias entre dientes.

—¡Ese maldito pulpo! —estalló Naruto.

La razón de su enojo era clara: acababa de regresar de pedirle a Killer B que le enseñara a controlar al Nueve Colas… Y B le había cerrado la puerta en la cara. Literalmente.

Naruto había intentado convencerlo usando su Hāremu no Jutsu(6). Fracasó miserablemente. Pensándolo bien, no había sido su mejor idea, pero no se le ocurrió otra forma.

Lo que más lo enfurecía era que un idiota como B —que rapeaba cada palabra y no se tomaba nada en serio— fuese capaz de controlar a su Bestia con Cola. ¿Cómo podía alguien así ser un Jinchūriki Perfecto?

—A este paso voy a terminar más mareado que Guy en el barco —suspiró Yamato—. Naruto, cálmate. Este es un problema solucionable. ¿No puedes volver a preguntarle… amablemente?

Naruto se cruzó de brazos y frunció el ceño, haciendo un puchero digno de un niño de cinco años.

—¡Ni en sueños voy a…!

Se detuvo a mitad de la frase al escuchar a Aang murmurar desde la segunda cama. El Avatar se removía como si tuviera una pesadilla. Yamato se acercó para tocarle el brazo, pero Aang se incorporó de golpe, alarmado, respirando con dificultad.

Miró alrededor de la habitación. Naruto y Yamato lo observaban con preocupación.

—¿Estás bien? —preguntó el mayor.

Aang luchó por recuperar el aliento. Se tocó el pecho, intentando regularizar su respiración.

—Sí… sólo fue un mal sueño.

Llevaba semanas atormentado por ellos. Y últimamente, se estaban agravando. Le preocupaba que fueran un presagio. Algo se acercaba. Lo sentía.

No quería alarmar a los demás, así que forzó una sonrisa tranquilizadora.

—Estoy bien ahora, gracias.

—¡Ya está! ¡Voy a hablar con ese viejo de la marca en la nariz! —gruñó Naruto, caminando hacia la puerta. La abrió con ímpetu y la cerró detrás de sí con una fuerza innecesaria.

Aang hizo una mueca.

—¿Por qué está así?

—Porque Killer B no quiere ayudarlo a controlar al Nueve Colas —explicó Yamato, con tono resignado—. Confía en que Naruto sepa pedir las cosas educadamente… —añadió con sarcasmo.

—Iré con él antes de que se meta en problemas —dijo Aang, saltando de la cama para seguirlo.

Naruto ya había llegado a la habitación de Motoi y comenzó a golpear la puerta con impaciencia. El hombre abrió, visiblemente irritado.

—¿Qué quieres?

—¡Dígame qué hizo el tipo de los lentes de sol para controlar al Ocho Colas!

Motoi frunció el ceño.

—Ah… así que esto es por el régimen de entrenamiento de B-san.

—¡No quiere decirme cómo lo logró! Por eso vine a preguntarle a usted.

—¿A mí…?

—¡Héroe de Kumogakure o no, es terco, injusto y no me gustan sus bobas rimas! Pensé que él, siendo un Jinchūriki como yo, me trataría mejor, es decir—

Motoi lo agarró por el cuello de la chaqueta, con una fuerza inesperada.

—¡¿Qué sabes tú sobre B-san?! ¡No te atrevas a decir nada más en su contra, escuincle!

Naruto se quedó sin palabras.

—¡Si realmente eres un Jinchūriki, entonces debes saber por lo que tuvo que pasar!

—¡Créame que lo sé! —gritó Naruto, recuperando el aliento—. ¡Y él también debería saber lo que yo he pasado! Así que dígame, ¿por qué no me quiere ayudar?

Motoi lo soltó lentamente, bajando la mirada.

—…B-san puede ver cómo eres realmente. Debe haber tenido una razón. Dime algo… ¿B-san te saludó?

—¿Eh? ¿Que si me saludó? Bueno… Choqué puños con él.

Motoi se mostró menos reacio al saberlo. Una pequeña sonrisa se asomó en su rostro.

—Vale. Tu nombre es Naruto, ¿no? ¡Sígueme! Te llevaré al lugar donde B-san entrenó.

Aang y Yamato aparecieron justo a la vuelta de la esquina. Aang se secaba la frente, aliviado.

—¡Gracias a los espíritus! Pensé que le iba a dar un puñetazo —dijo.

Motoi rio nerviosamente, disculpándose por haber reaccionado con tanta hostilidad.

—No sería la primera vez que Naruto es golpeado por decir demasiado —bromeó Yamato, sobándose la cabeza—. Bueno, lo dicho… Tendré que acompañarlos. Como usuario del Mokuton, estoy algo así como a cargo de Naruto.

—Ohh, el Elemento Madera… Claro, pueden venir los tres.

Motoi los condujo a una cascada rodeada de vegetación exuberante. Flores silvestres descansaban a sus pies, y en lo hondo del agua transparente, cantos rodados brillaban bajo la luz. Se detuvieron frente a la orilla.

—¿Es aquí? —preguntó Naruto.

—Sí. Bienvenidos a la Cascada de la Verdad.

—¿Aquí es donde Killer B aprendió a controlar su Bijū? —inquirió Yamato.

—No —respondió Motoi, mirando a Naruto—. Este es sólo el primer paso.

Se acercó y extendió una mano, señalando el círculo de césped en medio del estanque.

—Siéntate ahí y cierra los ojos, Naruto. Verás cómo eres de verdad por dentro.

—Bien.

Naruto saltó al centro, se sentó con las piernas cruzadas y cerró los ojos. Comenzó a concentrarse. El proceso le tomó varios minutos. Parecía completamente centrado cuando los demás retomaron la conversación.

—¿Cuál es el propósito detrás de este ejercicio? —preguntó Yamato.

—Al sentarse frente a la cascada y concentrarse, es posible entrar en el mundo interno de la mente. Entonces, esta catarata se convierte en un espejo que refleja tu "verdadero yo". Es un lugar muy misterioso… En este momento, Naruto debería estar confrontando una versión diferente de sí mismo —explicó Motoi.

—Es una buena práctica de meditación —comentó Aang, observando el claro con interés—. ¿Puedo intentarlo yo también?

—¿Eh? Oh… Bueno, si lo deseas —respondió Motoi, algo sorprendido.

Aang asintió hacia Yamato, luego saltó con agilidad para sentarse junto a Naruto. Cerró los ojos y comenzó a concentrarse.

Hacía tiempo que no meditaba. Temía que la falta de práctica afectara su capacidad de conectarse con Vaatu, dificultando encontrar su paradero. Pero siendo honesto consigo mismo, lo evitaba por otra razón: por cómo se sentía al hacerlo.

La presencia de Vaatu era abrumadora. Una ruindad sofocante que lo envolvía por dentro, llenándolo de un terror indescriptible. No sabía por qué le afectaba tanto. Sospechaba que tenía que ver con las relaciones de sus encarnaciones pasadas con los espíritus. Sabía que al menos una —el Avatar Kuruk— había tenido problemas con un espíritu en particular: Koh, el Ladrón de Rostros. Tal vez ese instinto visceral que lo estremeció al buscar a la Madre de las Caras en el Valle Olvidadizo… Tal vez eso era un residuo de una vida pasada.

Mientras se sumergía en su pasaje mental, los murmullos comenzaron. Confusos, envolventes. Llenaron sus oídos hasta que el rumor de la cascada desapareció por completo.

Frunció el ceño ante el sonido alucinante, pero mantuvo la calma. Intentó disiparlo. Cuando se volvió imposible, trató de identificar las voces. Desmenuzarlas. Abstraer una sola. Comprender.

Pero no pudo.

Los volúmenes aumentaban cuanto más lo intentaba. Y entonces, las palabras comenzaron a ser comprensibles.

 

—¡AANG!

 

Era su voz. Y a la vez, no lo era.

 

—NO DEBERÍAS ESTAR AQUÍ… ES… PELIGROSO… TIENES QUE…

 

El estruendo lo asordó. Dolorosamente.

Abrió los ojos. Miró el infinito azul a sus pies. Una figura se deslizaba sobre las aguas.

Su forma era borrosa. Como una mancha de pintura que cae al río y fluye. No podía distinguir qué era. Quién era.

Sólo vio el color marrón del cabello. Unas líneas rojas. Y luego cerró los ojos con fuerza, gimiendo por la repetición del estruendo.

 

—NUESTROS MUNDOS… NO DEBEN…

 

La voz era demasiado fuerte. Retumbaba en su cabeza. Atravesaba sus tímpanos. Rompía el rumor de la cascada. El silbido del viento.

Aang gritó al regresar al mundo real. Se cubrió los oídos, doblándose sobre sí mismo. Trataba de recuperar el aliento. De pensar en lo que acababa de suceder.

Motoi y Yamato le hablaban, preguntándole si estaba bien. Pero no los escuchaba. Lo que oyó se le había quedado grabado. ¿Fue una advertencia? ¿Un mensaje que debía descifrar?

Se sentía más nervioso que nunca. Ni siquiera podía fingir que había hablado con una "versión diferente de sí mismo". O tal vez sí. Tal vez…

¿Había sido un Avatar del pasado intentando comunicarse con él?

Naruto había reaccionado unos minutos antes. Lo que vio en su propia mente también lo había sacudido.

—¿Qué diablos pasó? —preguntó Yamato, acercándose rápidamente.

Naruto fue el primero en responder.

—Vi a otro tipo… Se parecía a mí. Era… la oscuridad dentro de mí —dijo entrecortadamente.

Aang no respondió. No podía explicar lo que había visto. Ni lo que había oído.

Prefirió quedarse en silencio, mirando a los tres. Su corazón desacelerándose poco a poco.

Naruto luego explicó que había luchado contra su otra versión. Pero que tenía las mismas habilidades, las mismas técnicas. No podía superarlo.

—Si no puedes vencerlo, no podrás usar el poder de tu Bijū —le dijo Motoi con seriedad.

—¡¿Cómo voy a vencer a un tipo así?! —exclamó Naruto, frustrado.

—No lo sé… estamos en las mismas —respondió Motoi, encogiéndose de hombros.

Naruto frunció el ceño, pensativo.

—Ese pulpo también entrenó aquí, ¿verdad? Entonces, si le pregunto… No, a juzgar por su actitud, no me ayudaría…

Se puso de morros. ¿Será que él también tenía oscuridad dentro?

—Motoi-san, ¿podría contarme la historia de ese sujeto? Cosas sobre su infancia, su carácter… ¡Quizás podría encontrar una pista ahí! ¡Podría descubrir cuán diferentes somos él y yo!

Motoi vaciló. Parecía que no quería tocar el tema. Pero recordó las palabras de Naruto, cuando dijo que Killer B debería tratar de entenderlo más, dado que ambos habían vivido pasados similares.

No sabía exactamente por qué el Jinchūriki del Hachibi se negaba a ayudarlo, ni qué tipo de conversación se había producido entre ellos. Pero reconocía que era vital —para la paz mundial— que el Uzumaki aprendiera a dominar al Kyūbi.

Así que comenzó a contar su historia.

Tal como se había mencionado, B tuvo una infancia dura. Fue despreciado y temido por su aldea, simplemente por contener a una Bestia con Cola.

La diferencia entre él y Naruto era que B nunca se dejó hundir por el rechazo. Siempre estaba feliz. Se pavoneaba, orgulloso de su estatus.

La razón era simple: vivía para proteger al Raikage, su hermano.

Motoi les explicó que, para evitar que los Jinchūrikis se convirtieran en traidores, era común elegirlos entre los cónyuges o hermanos de los Cinco Kages, o al menos entre quienes tuvieran algún parentesco. Su fuerza no era sólo para proteger a los líderes, sino para demostrar el poder que estos representaban.

—Completó su entrenamiento en esta cascada en un abrir y cerrar de ojos —dijo Motoi, con respeto en la voz—. Lo admiro desde el fondo de mi corazón. Lo considero un héroe de Kumogakure.

—No suena a que sea una mala persona —comentó Aang, con una sonrisa leve. Todavía no le había hablado, pero a pesar de la inquina que Naruto le tenía, no se había formado una mala opinión de él. Nunca fue de los que juzgaran a otros por lo que los demás decían.

—Sí… y pensar que un Jinchūriki pueda ser tan amado… Debe ser un gran tipo —añadió Yamato, sonriendo a Naruto.

Parecía que las palabras de Motoi habían hecho mella. Naruto se encontró sintiendo un respeto recién descubierto hacia Killer B.

—¡Eh! Señor Motoi, tal vez pueda pedirle al pulpo que me diga un truco para pasar el entrenamiento —exclamó Naruto, con renovado entusiasmo.

Motoi bajó la mirada.

—No… No puedo hacer eso.

—¿Qué? ¡¿Por qué no?!

—No estoy calificado para hacerlo porque… Intenté matar a B-san.

Los tres se quedaron en silencio. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Pero… pero acaba de decir que lo respeta mucho! —exclamó Naruto, pasmado por la confesión.

—Tuvo que haber sido una circunstancia muy especial… —murmuró Yamato, con cautela.

—Señor Motoi, ¿por qué habría hecho tal cosa? —preguntó Aang, sin acusación, sólo con genuina curiosidad.

—¡Sí! ¡¿De qué diablos se trata?! —añadió Naruto, aún incrédulo.

Motoi bajó la mirada. Su expresión se tornó sombría. Cerró los ojos, como si buscara fuerza en el silencio.

—Supongo que puedo decírtelo… Ya que eres un Jinchūriki como B-san —dijo, con voz grave.

Pausó. El aire pareció espesarse.

—…Te contaré sobre ese incidente de hace treinta años.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. 影真似の術, "Técnica de Imitación de Sombras".

2. 玉, Gyoku. Tiene muchos significados, como "esfera", "joya", "perla/cuenta".

3. 素っ破 y 乱破 respectivamente, ambas maneras en que se llamó a los shinobi en el Sengoku.

4. 禁術, "Técnica Prohibida" o "Jutsu Prohibido".

5. 口寄せ・穢土転生, "Kuchiyose: Edo Tensei", en español," Invocación: Reencarnación del Mundo Impuro", en el doblaje latino, "Jutsu de Invocación: Resucitación" y en el de España "Jutsu de Invocación: Reanimación".

6. ハーレムの術, "Jutsu: Harem". La combinación del Jutsu: Clon de Sombra y el Jutsu Sexy.

Chapter 12

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

—Así que B mató a tu padre —resumió Yamato, tras escuchar el relato—. Y tú decidiste vengarte.

—No, no fue así —aclaró Motoi—. Éramos amigos. Teníamos como cinco años cuando murió mi padre. El Jinchūriki que lo mató fue el anterior a él. Falleció cuando el Hachibi fue expulsado de su cuerpo y resellado. Luego, B-san fue elegido como el nuevo Jinchūriki casi de inmediato.

La razón por la que intenté matarlo… Fue porque creía que nadie podría controlar al Ocho Colas. Pensaba que intentarlo solo traería más muertes.

Pero lo que más me enfurecía… Era que él sonriera. Sonreía, a pesar de todo.

Lo odié. Pensé que si lo mataba, mataría a la bestia también.

Lo intenté. Fallé. Y lo único que pude hacer fue huir, asustado.

Me tapé la cara, pero estoy seguro de que sabía que era yo. Después de eso… no me atreví a hablarle nunca más.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión respecto a él? —preguntó Yamato.

—Mi odio no desapareció de un día para otro. Lo seguí vigilando. Pero no era el único. Los aldeanos lo despreciaban. No les importó que el gobierno lo hubiera escogido para proteger la aldea. Lo rechazaron.

—Tuvo una vida dura… Su sufrimiento fue mayor que el mío —añadió Motoi, con la voz quebrada. Tal vez solo le decía esto a Naruto porque era un Jinchūriki. Pero algún día… Tenía que decírselo a B-san. Necesitaba reparar sus errores.

Naruto se dio la vuelta de repente y comenzó a alejarse.

—¿Naruto, a dónde vas? —inquirió Yamato.

—Necesito estar solo un rato.

Yamato dudó. Como su supervisor, no quería dejarlo solo. Pero Aang lo apaciguó.

—Estará bien. Probablemente necesite pensar en lo que escuchó. Oír una historia tan parecida a la suya debió afectarlo… A mí me pasó lo mismo… con Sasuke.

Naruto caminó en silencio, reflexionando sobre el destino maldito de los Jinchūriki. Siempre vilipendiados. Aislados por las mismas personas que protegían con su existencia.

Gaara había pasado por el mismo infierno. Menospreciado por su aldea. Incluso por su padre, que mandó asesinarlo en múltiples ocasiones.

Akatsuki le arrebató al Ichibi. Y de no ser por el sacrificio de la Abuela Chiyo, no estaría vivo.

Naruto recordó las palabras que le dijo su mitad oscura:

—Soy tu verdadero yo, la parte de ti que escondes en lo profundo de tu corazón.

Se sintió molesto. Unos compañeros ninjas de Konoha le habían pedido un autógrafo en Ichiraku Ramen. Las mismas personas que lo despreciaban cuando era niño… Ahora lo elogiaban por salvar la aldea.

No era algo malo. Pero sí frustrante.

Era la máxima expresión del doble estándar.

¿La gente realmente confiaba en él? ¿O había una parte de ellos que aún lo odiaba?

Ahora era el "Héroe de Konoha". Pero… ¿Cuántos lo veían realmente así?

Su cambio de actitud había sido tan repentino, tan inesperado… Que no sabía cómo sentirse. Ni si debía creerlo.

—¡AAAH!

Un grito vino desde abajo. El calamar que Killer B había golpeado al llegar había reaparecido. Y había atrapado a Motoi.

Todos entraron en acción.

Yamato pidió que usaran la Formación C. Aang, aunque no conocía la táctica, se preparó con su planeador.

Naruto bramó:

—¡Detente, hombre pulpo! ¡El viejo Motoi de verdad confía en ti, no lo mates!

—¿El pulpo regresó? —dijo Aang, alarmado.

—¡Ese es el calamar! —gritó Yamato, al borde de perder los estribos. Vio que Naruto empezaba a contar tentáculos… otra vez. —¡Que no hace falta que los cuentes! ¡Un pulpo es redondo, un calamar es triangular!

—Ah… pensé que el viejo Motoi le dijo la verdad al tipo pulpo y éste se enojó con él…

—¡Chicos, quizás sea mejor conversar después! —exclamó Aang, viendo que Motoi se estaba poniendo azul.

—¡Cierto! ¡Hagámoslo! ¡Mokuton: Mokusatsu Shibari no Jutsu!(1)

Yamato invocó pilares flexibles de madera que sujetaron al calamar gigante. Naruto lo remató con un Rasengan. Aang corrió para atrapar a Motoi en el aire justo cuando fue soltado.

Afortunadamente, Killer B apareció en el momento justo. Luchó contra el calamar como ya lo había hecho antes.

—¡El Ocho Colas ha vuelto al mar! ¡Estamos aquí para ponerte a raya, maldito calamar! —aulló B.

—¡Viejo pulpo! —sonrió Naruto.

Con un solo golpe, el pulpo mandó a volar al monstruo. Motoi salió disparado, pero Aang planeó hasta él y lo atrapó antes de que se despeñara. Lo dejó sobre uno de los pinchos de piedra de la concha de la Isla Tortuga.

Se reunieron todos allí.

—B… ¿por qué me salvaste? —preguntó Motoi, aún temblando.

El mencionado hizo un sonido de no entender.

—Ya lo sabías, ¿no? Sabías que traté de matarte una vez… Y aun así…

B extendió el puño hacia él.

—¿Eh? ¿Cuándo pasó eso?

Las lágrimas llenaron los ojos de Motoi. Aceptó el saludo, chocando su puño con el de B.

Y así, hicieron las paces.

El perdón de Killer B —a alguien que había intentado quitarle la vida— mostraba la compasión que lo definía.

—Gracias por intentar salvar a Motoi, Nueve Colas —le sonrió B.

—¡Ningún problema! —respondió Naruto, con una sonrisa radiante.

—¿Y tú cómo te llamas, calvito? —preguntó B, mirando a Aang.

Aang sonrió de vuelta. No era la primera vez que alguien lo llamaba así… Y sabía que no sería la última.

—Soy Aang.

—No eres un ninja de Konoha, ¿verdad?

—¡Él es en realidad este tipo superpoderoso y genial llamado Avatar! ¿O no, Aang? —intervino Naruto, entusiasmado.

—Avatar, ¿eh? —B presionó los labios, como si rumiara algo, y luego sonrió de nuevo—. ¡Vaya ropa llevas, calvito! A tu cabeza le vendría bien un gorrito.

—Uh… ¿Son esas rimas lo… del rap que mencionaste? —susurró Aang a Naruto. No tenía ni idea de lo que era el "rap". No era una práctica conocida en su mundo, y no había tenido oportunidad de preguntarlo antes.

Naruto se sonrió.

—¿No sabes lo que es el rap? ¡Parece que vamos a tener que enseñarle, Tako no Ossan(2)!

—Naruto —B se giró hacia él—. ¡Pensé que eras un tonto la primera vez que te vi, pero ahora sé que eres tan genial como Killer B!

—¡Pulpo, haces el mejor rap! ¡Estoy feliz de conocerte, vaya que tengo suerte!

¡Yo! ¡Agarra el ritmo! —le ofreció el puño.

Naruto lo chocó gustoso. Yamato, observando desde atrás, estaba feliz de que se llevaran bien… Solo deseaba que dejaran de rimar.

—¡Sí sí, yo soy Naruto, de veras que es así!

—Hombre… solo sabes decir "de veras", "de veras"… —lamentó B, sacudiendo la cabeza—. ¡Cállate ya, de veras!

Naruto se rio y miró a Aang.

—Ahora inténtalo tú —le dijo, palmeándole la espalda.

Aang se puso nervioso. Nunca fue bueno con los versos.

—Pues, uh… Gracias por ayudar a mi amigo, espero que sepa comportarse contigo…

B lo miró, horrorizado.

—…¡Eso fue horrible! ¿Y por qué me mencionaste a mí? —Naruto se cruzó de brazos, fingiendo indignación.

—¡No se me ocurrió nada más! ¡Además, tienes que admitir que te dejas llevar a veces!

El intercambio entre ambos divirtió a B. Su risa resonó como un tambor alegre en la concha de la Isla Tortuga.

—Bueno, ahora te toca volver a la Cascada de la Verdad —le dijo a Naruto—. ¡Ve y derrota a tu oscuridad!

Naruto asintió con determinación y se adentró en su pasaje mental.

Aang lo observó desaparecer. Pensó en intentar canalizar sus propios pensamientos, ver si podía obtener una imagen más clara de lo que había visto antes… pero decidió no hacerlo. Sus sueños eran demasiado crípticos, y una parte de él no quería enfrentarse de nuevo al trueno que le había estallado en los oídos ni a la constricción que le había cerrado el pecho.

 


Naruto estaba frente a su otra versión. Las pupilas rojas brillaban con desdén en el centro de sus escleróticas negras. Furia. Reproche. Naruto le mostró el autógrafo que pensaba firmar al regresar a Konoha: el que no pudo escribir antes, cuando el resentimiento le nublaba la mano y los saludos de los aldeanos le sabían a piedras.

"Candidato a Hokage No. 1", era lo que escribiría.

—¡Estás diciendo eso porque ahora te quieren por haberlos salvado! ¿¡Pero qué pasará después?! ¡No puedes confiar en los aldeanos!

—Los aldeanos son importantes… pero hay alguien más en quien debo confiar primero. En mí. Debo confiar en que soy la persona en la que ellos creen.

—¿Y ahora qué?! ¡¿Ahora te olvidas de mí?! ¡Tú eres la razón por la que existo! ¡¿Qué se supone que debo hacer ahora?!

El otro se lanzó a atacarlo. Naruto lo atrapó entre sus brazos.

—Sé como yo, porque tú eres yo —lo abrazó con firmeza—. Gracias por todo. Todo estará bien ahora.

El otro se disipó en el aire.

Naruto despertó.


 

Sonrió a sus camaradas: la señal clara de que había ganado. Los demás compartieron su alegría.

—Es demasiado pronto para celebrar, estúpido bastardo. —B caminó sobre las aguas—. ¿Vamos ahora con lo de controlar el chakra del Kyūbi? ¡A partir de hoy seré tu profesor, así que prepárate para un entrenamiento demoledor!

—¡Sí! —clamó Naruto, eufórico.

Yamato levantó la mano, con tono más serio.

—Necesitamos acompañarlos. Si el chakra del Kyūbi se descontrola, debemos estar preparados.

—Motoi-san, ¿vienes? —preguntó el Anbu.

—Necesito reportarme en Kumogakure.

—Entiendo. Gracias por todo.

—No hay por qué. Naruto no la tendrá fácil.

—¡Calvito! ¿Tú vienes? —llamó B a Aang.

Aang alzó la mirada.

—Tal vez debería inspeccionar los alrededores mientras ustedes van. La Hokage dijo que podría haber pistas de Vaatu aquí…

Yamato lo miró fijamente. Sabía que no existían tales pistas. Su orden directa era vigilar a Naruto, pero el éxito de la misión también implicaba evitar que cualquiera sospechara.

Caminó hacia el Avatar y colocó una mano sobre su hombro.

—No tienes que preocuparte por eso. El resto del equipo ya está indagando con ayuda de los ninjas de la Nube. Ambos lados son bastante competentes. Tú ven con nosotros.

—Pero…

—¿Vienen o no? —preguntó Naruto, impaciente.

Yamato esperó la respuesta del chico de la flecha, sabiendo que era fundamental que estuviera convencido.

—…Si usted lo dice.

Pasaron a través de la caída de la cascada. En su interior, había un lugar antiguo, con inscripciones en las paredes. Una especie de templo. Estatuas de Bodhisattva(3) sin cabeza custodiaban los murales que representaban al Ocho Colas y al Dos Colas en una de las gigantescas murallas.

—¡Guau! —Naruto observó los alrededores, deslumbrado.

—Es increíble… —murmuró Aang. Las esculturas decapitadas lo perturbaban cómicamente—. Y aterrador.

—Aquí es donde pelearás contra el Kyūbi —indicó B.

Era hora de la verdad.

El día había llegado.

Los Gokage y los líderes de las Cuatro Naciones se sentaron alrededor de la mesa redonda. En el centro, se extendía un mapa. Shikaku Nara se levantó con precisión quirúrgica y señaló la zona donde se encontraba La Costura con un puntero.

—Obedeciendo las órdenes, nuestros equipos han recibido a las tropas de la Cuádruple Alianza en el lugar donde se encuentra el portal, sin mayores inconvenientes —informó—. Se solicitó el permiso del daimyō del País del Agua para esta operación. Las unidades fueron movilizadas metódicamente, siguiendo el orden sugerido por sus generales. Los últimos contingentes deben estar reuniéndose con la Alianza Shinobi en este momento.

Tsunade asintió, pero su mirada se mantuvo fija en el mapa.

—Qué bueno que mover cantidades tan grandes de personas no haya causado problemas con el portal. Sin embargo, es intrigante… ¿Su tamaño lo permite?

—Contemplamos esa posibilidad —respondió Arnook, con tono sereno—. Hicimos una prueba antes de dejar ir a nuestra gente. Descubrimos que el portal se adapta según la cantidad o el tamaño de aquello que lo atraviesa. La primera vez que vinimos, lo hicimos en un bisonte volador, un animal de gran tamaño. Algunos de nuestros sabios creen que la potente energía espiritual de la isla donde se asienta impide que se altere, y propicia que se mantenga estable a pesar de las interferencias.

Hakoda se inclinó ligeramente hacia Tsunade.

—No nos hemos tratado antes, Lady Hokage. Tal vez deberíamos informarle ciertas cosas sobre nuestro mundo que aún no tenga claras, dadas las circunstancias.

—No hace falta —respondió ella, firme—. Ya me lo han explicado todo. Lo importante ahora es que encontremos la manera de coordinar nuestros equipos.

Hakoda volvió a tomar la palabra, esta vez con un tono más técnico.

—Hemos distribuido a nuestros soldados en seis grandes divisiones, formadas por varios batallones y grupos. Cada división se redondea a aproximadamente doce mil efectivos, lo que hace que nuestro ejército total supere los setenta mil. El número de regimientos, cada uno dirigido por coroneles, varía, al igual que la cantidad de efectivos en sus compañías. Contamos con grupos especiales de operaciones, como los Rinocerontes Rudos y los Arqueros Yuyan, además de unidades pequeñas dirigidas por capitanes.

—En cuanto a las Fuerzas Aliadas Shinobi —añadió el Comandante jōnin—, somos alrededor de ochenta mil. Nuestro Gran Regimiento de Batalla está dividido en cinco divisiones, cada una dirigida por un comandante. Luego, tenemos al Comandante de Regimiento liderando el conjunto entero. Además, contamos con cuatro divisiones de apoyo: la División de Ataque Sorpresa, la División Médica y de Apoyo Logístico, la División de Inteligencia y la División Sensor. Paralelamente, hay equipos especializados en naturalezas de chakra específicas. Y no olvido mencionar el Equipo de Comunicaciones, que se mantendrá en contacto con el cuartel general para recibir y transmitir inteligencia en tiempo real.

—Sumando nuestros números totales estimados —concluyó Shikaku—, nuestra Alianza Elemental tendría un número de ciento cincuenta y dos mil soldados.

El Jefe Tribal del Sur y el Comandante jōnin se sonrieron el uno al otro. La magnitud de sus fuerzas les daba seguridad, pero sabían que no podían confiarse demasiado.

Tsunade cruzó una pierna sobre la otra, sin perder el tono inquisitivo.

—¿No habría sido mejor reunir a todos nuestros hombres bajo una misma jerarquía, en una única alianza?

—Me temo que eso habría sido caótico —dijo Hakoda, con tono firme pero diplomático—. Primero, hay que considerar lo complejo que fue constituir la Cuádruple Alianza. Nuestra gente no ha olvidado la Guerra de los Cien Años. Fue difícil lograr que los rangos superiores de nuestras naciones se sentaran en una misma mesa a conversar. Hubiese sido aún más complicado hacerlos dialogar con gente de un mundo completamente distinto. Y segundo… Bueno, era improbable que nuestros hombres obedecieran las órdenes de comandantes ninja. Saben poco o nada sobre los shinobi. No están dadas las condiciones para construir una relación basada en la confianza mutua, al menos no de inmediato.

—Y por eso debemos velar porque nuestros equipos trabajen en estrecha colaboración —añadió Shikaku, con la precisión de un estratega—. Para evitar conflictos derivados de la desconfianza, se han difundido informes en pergaminos a la Alianza Shinobi. Estos detallan información sobre nuestros aliados: sus números, habilidades, unidades de fuerzas especiales, las identidades de los Jefes de Estado de las Cuatro Naciones, y los generales al mando de sus divisiones. Del mismo modo, nosotros generamos informes propios para la Cuádruple Alianza, los cuales ya están en su poder.

—Con esto podremos crear mejores estrategias —dijo Hakoda—. Ambos bandos estarán al tanto de sus capacidades y sabrán qué esperar del otro.

—Veo que ustedes dos trabajan diligentemente —intervino Mifune, con una sonrisa leve—. Es una alegría que ambos mundos tengan personas tan curtidas entre sus altos rangos.

Gaara tomó la palabra, cambiando el rumbo de la conversación.

—Tras conversarlo con el Señor del Fuego en nuestra primera reunión, me mantuve en contacto con sus escoltas, las guerreras Suki y Ty Lee, para informarles de la asamblea resolutiva que efectuaron los daimyōs. Ambas estuvieron presentes como testigos de fe de los cuatro líderes. Lo que nos quedaría por mencionar es la situación que tuvimos con un cierto miembro de Akatsuki llamado Kisame… aunque ya se ha solucionado.

—Así como la situación de Deidara —añadió el Tsuchikage.

Las miradas de los líderes de las Cuatro Naciones se dirigieron hacia él, pidiéndole que explicara.

—No se preocupen —dijo—. El Kyūbi, el Hachibi y el Avatar están a salvo. Pero uno de los ninjas encargados de vigilar al Nueve Colas, un usuario del Elemento Madera, fue capturado por el enemigo.

—¿Qué? —Arnook frunció el ceño—. Lord Raikage, en su misiva, nos informó que los tres habían sido enviados a una isla oculta de su país. ¿Cómo fue que el enemigo los encontró?

—Esos desgraciados lograron rastrear la ubicación de la Isla Tortuga —respondió A, con displicencia—. El viejo Tsuchikage tuvo que cargarla por aire hasta aquí.

—¿A qué se refiere con que "tuvo que cargarla"? —Zuko arqueó una ceja.

—A que la trajo él mismo.

—Pero… ¿No es una isla? ¿Cómo es que…?

—Utilicé un jutsu para manipular su peso y así poder llevarla. Cielos, niño, ¿hay que contártelo todo con pelos y señales? —Ōnoki resopló.

—…Es sólo que me cuesta imaginarme a alguien como usted transportando una isla entera, sea ninja o no.

—¡¿Qué se supone que significa eso?! ¡Más te vale no estarlo diciendo porque soy un hombre mayor, muchacho!

Shikaku carraspeó, interrumpiendo con diplomacia entrenada.

—Creo que mejor pasamos a analizar la información que recibimos hoy —dijo—. Según el Escuadrón de Reconocimiento e Infiltración de Anko, el número de tropas enemigas asciende a cien mil. Teniendo en cuenta eso, es muy probable que sólo una pequeña fracción venga por mar. Incluso con nuestros números, estaríamos en graves aprietos si logran rodearnos.

El silencio se instaló por un momento.

—En ese caso —dijo el samurái, con voz grave—, la victoria será para quien haga la primera jugada…

—¡Samui! —tronó el Raikage—. Informa al Gran Regimiento que debe prepararse. Pide a los capitanes que comiencen a organizarse y trabajen junto a los generales de las divisiones de la Cuádruple Alianza.

—Shikaku —ordenó Tsunade, sin levantar la voz pero con autoridad férrea—, asegúrate de que la División Médica y de Apoyo Logístico esté completamente equipada, y que los escuadrones de inteligencia conozcan sus rutas.

—Chōjūrō —dijo Mei, girándose hacia él—, comunícate con Ao y la División Sensor de inmediato. Diles que estén listos.

—Guerreras Kyoshi —pidió el Rey Kuei, dirigiéndose a Suki y Ty Lee—, busquen al Equipo Avatar e infórmenles de la situación. Díganles que aseguren que tanto Maestros como No Maestros cooperen de buena fe con los ninjas.

Las mencionadas se retiraron prestamente, sus pasos firmes como sus convicciones.

Gaara se acercó al Tsuchikage y le tendió un objeto envuelto en tela.

—Tsuchikage, mientras estaba fuera, terminamos esto. Aquí está el suyo.

El anciano desplegó la tela. Era un hitai-ate. El símbolo de las placas de metal había sido modificado: en lugar del emblema de las Aldeas Ocultas, todos los protectores llevaban ahora el kanji de shinobi(4).

—Así que estas serán nuestras bandanas como miembros de la Alianza Shinobi… ¡No está nada mal! —sonrió el anciano, con genuino orgullo.

—Las he diseñado yo —dijo Mifune, poniéndose en pie—. Ustedes, quienes siempre han estado divididos, ahora lucharán como uno solo. ¡Como shinobi!

—Y nosotros, los samuráis, uniremos fuerzas con los shinobi —añadió, con voz resonante.

—Al igual que lo harán los Maestros —se le unió Hakoda.

—¿Quién lo hubiera pensado? Después de años de guerra, nuestra gente luchará unida contra un enemigo común —dijo Arnook.

—Será una dura batalla —admitió Zuko—, pero no perderemos.

—Hasta que dices algo acertado —se sonrió el Anciano de las Dos Escalas—. Muy bien, entonces… ¡En marcha!

Después del arreglo de la disposición de la Alianza Elemental, que tomó casi dos días debido a la elevada cuantía de militares, se decidió que los equipos se unieran bajo el coliderazgo de capitanes y generales.

La División de Ataque Sorpresa, dirigida por Kankurō de la Aldea Oculta de la Arena, contaría con la colaboración de la División Guerrillera del General Mak de la Nación del Fuego. Entre los miembros se encontraban Sai y Omoi. Como todas las divisiones de la Cuádruple Alianza, la suya estaba integrada por Maestros y No Maestros de cada una de las Cuatro Naciones.

—Kankurō-san, ¿eh? Tendré que pensar un buen apodo para ti —le sonrió el Anbu de Konoha, con tono amistoso.

—Nuestro capitán es muy joven… ¿Será que nos podremos zafar de esta? Digo, qué pasa si… o qué tal si… —Omoi había comenzado con su mal hábito de pensar de más, murmurando para sí mismo catastróficas posibilidades. No lo suficientemente bajo como para que el funcionario militar no lo escuchara.

—Nuestro Gran General también es joven —dijo Mak, con voz firme pero tranquilizadora—. Seguro lo hará bien.

A los ninjas médicos de la División Médica y de Apoyo Logístico se unieron las curanderas de la División de Servicios Médicos y Sanitarios. Shizune de Konoha trabajaría junto a Yagoda de la Tribu Agua del Norte. Entre ellas también habría chamanes Maestros Fuego, capaces de sanar con una técnica similar al reiki(5), canalizando calor y energía vital.

La División Sensor, por su parte, tenía a Ao como capitán, con C de Kumogakure entre sus muchos miembros. Uno de los grupos anexados provenía de la División de Infantería: Maestros Tierra con Sentido Sísmico, capaces de detectar posiciones enemigas y objetos por las vibraciones del suelo. La afinidad de sus funciones justificó su integración.

El capitán de la División de Inteligencia era Inoichi Yamanaka, acompañado por su compañero de Konoha, Aoba Yamashiro. También se sumó Tenga, agente de la Oficina de Inteligencia del Daimyō. Por sugerencia de Arnook, se decidió que el Jefe Tribal Hakoda permanecería en el cuartel general, trabajando en estrategia junto a Inoichi y el jefe táctico Shikaku.

La alianza conjunta de Maestros y shinobi se reunió para la presentación oficial de los comandantes de las Cinco Divisiones y los generales de la Cuádruple Alianza. Junto a Gaara, Comandante General del ejército ninja y líder de la Cuarta División, se alinearon al borde de una escarpadura para observar las largas filas de soldados que, al notar su presencia, alzaron la vista con expectación.

La alteración fue inmediata. Todos los hombres y mujeres designados para el combate, ubicados sobre el suelo desértico en cinco amplias y extensas ringleras, comenzaron a murmurar entre sí. La inquietud se propagó como una onda sísmica.

La turba estaba compuesta por shinobi, Maestros y No Maestros. Grupos que, según los registros, no habían tenido contacto entre sí en cientos de años. A nadie sorprendería que se armara un pleito.

Pero no era sólo la tensión entre culturas. Muchos estaban asustados. Nerviosos ante lo que estaba por venir. Algunos eran jóvenes. Nunca antes se habían enfrentado a una guerra.

No podían valerse de la experiencia. Pero hubo quienes intentaron apaciguar a otros, recordando que tendrían que luchar con las cartas repartidas. Al final, lo que estaba en riesgo era nada menos que el destino de un mundo… que se había entrelazado con otro de la manera más desastrosa.

Luchar era la única opción que les quedaba. Y tendrían que cumplir con el deber, para proteger lo que amaban.

—Gaara-kun, siendo nuestro Comandante General, creo que deberías tratar de calmar los ánimos con unas palabras —sugirió Kakashi, comandante de la Tercera División.

El joven Kazekage observó a la multitud: soldados feroces de orígenes y habilidades dispares, todos bajo su mando. Ellos también lo miraban. Con escepticismo. Con ansiedad. Con genuina curiosidad. Los murmullos se prolongaron.

—¿Realmente podemos ganar con un comandante tan joven? —soltó un shinobi de Iwagakure.

—¡Gaara-sama no es un bebé como los de tu aldea, no hables de lo que no conoces!

—¡¿Y cómo lo voy a saber si ustedes han sido nuestros enemigos todo este tiempo?!

—Yo digo lo mismo. No pienses ni por un segundo que confío en ustedes, ¡así que cuida tu tono!

Los shinobi no eran los únicos que discutían. Los Maestros también cargaban con sus propias guerras, sus propios enemigos. Cien años de conflicto habían dejado cicatrices profundas. El rencor y el recelo afloraban con facilidad.

—Realmente son como se cuenta, estos shinobi... —Desdeñó un soldado de la Armada de Fuego, cruzando los brazos mientras observaba la trifulca entre los ninjas de la Roca y la Arena.

—Tú y los tuyos no son quienes para hablar —le espetó un guerrero de la Tribu Agua del Norte—. Los crea-cenizas no han hecho más que destruir todo a su paso. No tienen derecho a ir por ahí con aires de grandeza. ¡Y para colmo tenemos que seguir las órdenes de ese mocoso que tienen por Señor del Fuego!

—¡¿Qué dijiste, salvaje de la nieve?!

—Ya está, cálmense —intervino un ninja de Kirigakure, colocándose entre ellos—. Estamos en guerra. No podemos gastar tiempo en refriegas.

—¿Y qué sabes tú? ¡No te metas en nuestras discusiones como si las entendieras! —le gritó el norteño—. ¡Ustedes también son sospechosos! ¡Todo lo que he oído de los shinobi es que son traicioneros y expertos en el engaño! ¡No me fío ni un pelo!

—¡¿Crees que nosotros sí?! ¡Apenas sabemos sobre ustedes! ¿Por qué tenemos que trabajar juntos? ¡No es nuestra culpa que esa princesa suya metiera las narices donde no debía! —exclamó un ninja de la Nube—. ¡Además, sólo nos retrasarán!

—Como si estuviéramos contentos de trabajar con gente como ustedes —gruñó un soldado del Reino Tierra—. Sólo estamos aquí porque nos lo ordenaron.

—Si les molesta tanto, entonces váyanse por donde vinieron.

—¡Sí, hágannos un favor a todos y lárguense!

Las divisiones estaban al borde del colapso. Algunos ya se iban a los golpes. Otros intentaban apaciguar. Unos más contenían físicamente a los que querían atacarse. El jaleo se propagó como un incendio.

La aprensión los consumía. Nadie esperaba que un intercambio entre grupos tan diversos saliera bien. Cada mundo tenía su historia de batallas cruentas. Pero si Maestros y shinobi se odiaban, la Alianza Elemental estaba condenada.

Entonces, un pilar de roca emergió del suelo, separando a los combatientes con un golpe seco. Una joven de cabello negro caminó hacia el centro de la audiencia, sorprendida. Su voz aguda y fiera se impuso:

—¡Será mejor que se tranquilicen, cabezotas, si no quieren que les atraviese la garganta con el pie!

La mediación, aunque tempestuosa, surtió efecto. Toph se cruzó de brazos, satisfecha. Los soldados la miraron con una mezcla de irritación… y miedo real.

Mentalmente agradeciendo la intercesión de la muchacha, Gaara dio un paso al frente. Su dicción, aplacada pero severa, se impuso. El silencio arrasó.

—Ya han sido tres veces… Tres veces que hemos peleado guerras mundiales por nuestras aldeas, por nuestros países. —Dejó caer la mano con la que había manipulado su arena para separar a los contendientes—. Nos hemos herido. Nos hemos odiado. Ese odio creó una sed de poder… Y esa sed me creó a mí.

—Yo solía ser un Jinchūriki. La personificación del odio y el poder. Albergaba en mi cuerpo una terrible bestia que amenazaba con devorarme. Me aislaron. Me despreciaron. Me temieron. Llegué a odiar al mundo. A toda su gente. Quise destruirlo con mis propias manos. Eso es justo lo que Akatsuki pretende hacer ahora.

Su voz se quebró apenas, como si el recuerdo le rozara la garganta.

—Pero un chico… Un ninja de Konoha… Me detuvo. Yo era su enemigo. Y aun así… ¡Lloró por mí! ¡Lo herí, pero me llamó su amigo! ¡Él me salvó!

—Fuimos enemigos. Pero también compañeros Jinchūriki. Sufrió lo mismo que yo… Y aun así, no albergó rencor en su corazón.

Gaara alzó la voz, vibrante:

—¡Aquí no hay enemigos! ¡Todos hemos sufrido a manos de Akatsuki! ¡No hay Arena, ni Piedra, ni Hoja, ni Nube, ni Niebla… sólo shinobi! ¡Y si todavía le guardan rencor a la Arena, cuando termine esta guerra… vengan y tomen mi cabeza!

Su proclama cayó como una mordaza. Los soldados que antes gritaban se quedaron en absoluto silencio. Era como si sus palabras les hubieran atravesado las entrañas.

Gaara respiró hondo. Su mirada se volvió hacia los Maestros.

—En cuanto a ustedes… Sé que estas circunstancias son tan extrañas para ustedes como lo son para nosotros. Al principio, no creí en su existencia. Ni en la de su mundo. Pero he conocido a sus líderes. ¡He visto sus voluntades! Y son las mismas que las nuestras.

—Ellos también quieren proteger a alguien que Akatsuki quiere capturar. Sé poco de sus guerras. Pero sé que han perdido gente. Han sufrido. Y ahora están parados junto a quienes consideraban enemigos.

Su voz vaciló, pero no se detuvo.

—¡Necesito que dejen de lado el odio! ¡Nuestro enemigo va tras el Avatar, su salvador, el que acabó con su guerra centenaria! ¡Y también va tras el amigo que me salvó! ¡Si lo capturan… será el fin del mundo!

—Quiero protegerlo. Quiero proteger a ambos. A los dos mundos. Pero soy joven. Soy inexperto. No puedo hacerlo solo…

—¡Así que les ruego… bríndenme su fuerza!

Las palabras de Gaara estremecieron a todos por igual. No importaban las nacionalidades. No importaban las dimensiones. La Alianza Elemental vitoreó, inflamada.

Incluso los Maestros, sorprendidos de que un ninja tratara de empatizar con ellos, alzaron los puños al cielo. Los que antes peleaban comenzaron a disculparse. Se estrecharon las manos.

—¡Les daremos una paliza a esos Akatsuki! —exclamó un hombre de Iwa.

—¡Van a desear no haberse metido con nosotros! ¡Los haremos morder el polvo! —rugió un soldado de Omashu.

—¡Nadie mejor que tú para decirlo, Reino Tierra! —rio un joven del Ejército de Fuego. Los que lo rodeaban rieron con él.

La ovación unísona resonó como una reverberación que viajaba por el cálido viento. Gaara liberó el aire que retenía en sus pulmones. Y pronunció su siguiente mandato:

—¡Quienes estén conmigo… síganme!

Madara, recién envuelto en nuevas ropas y máscara, con el gunbai(6) amarrado a la espalda y el Rinnegan de Nagato trasplantado en su ojo izquierdo, se detuvo frente al hombre serpiente. Kabuto sostenía con su larga cola a la inconsciente Anko Mitarashi, absorbiendo el chakra residual de la Marca Maldita que Orochimaru le había dejado. Su cuerpo, ahora similar al del Sannin, necesitaba esa energía vital para nutrirse… y para fortalecer el Jutsu de Resurrección.

El ninja médico acababa de terminar de explicarle el funcionamiento del Edo Tensei. Madara lo había obligado, prácticamente lo había amenazado. Como parte de la demostración, le entregó a los ayudantes de Danzō que había capturado: Fū Yamanaka y Torune Aburame.

Sin contemplaciones, el Uchiha quebró el cuello de Torune. Luego, pidió que lo reviviera.

—Para hacerlo —explicó Kabuto—, primero se necesita material genético del individuo. Una tarea difícil… implica asaltar tumbas. Algunos cuerpos, como los de Shisui Uchiha y Jiraiya, no pueden ser recuperados. La segunda condición: el alma debe residir en la Tierra Pura(7). Si está sellada o en otro plano… es imposible invocarla.

Kabuto activó la técnica. Fū se convirtió en el recipiente vivo. Torune volvió de entre los muertos.

—Esta técnica, creada por el Segundo Hokage y perfeccionada por Orochimaru-sama, es la más poderosa del mundo shinobi —dijo, mientras pasaba un kunai con un talismán colgando por la cabeza del revivido—. Este talismán les quita la personalidad. Los transforma en marionetas vacías. Siguen mis reglas. No pueden ser asesinados. Y conservan todas sus técnicas originales… incluso el Sharingan y el Rinnegan.

Madara lo observó con atención.

—Suena demasiado buena para ser verdad. Debe conllevar algún riesgo.

Kabuto soltó una risa seca.

—Jaja… No implica ningún riesgo para el usuario. Quizás el único… es que te la he explicado.

Se dio la vuelta.

—Bueno, me despido. Los introvertidos preferimos lugares aislados.

—No tan rápido. Aún no me has dicho cómo detenerla.

Kabuto se detuvo.

—Ah, cierto. No bastará con matarme. Tendrías que controlarme, obligarme a hacer los sellos del perro, caballo y tigre… y luego decir "disipar". Puedes hacerlo con tu Sharingan. O podrías sellar las almas de los revividos.

Madara entrecerró los ojos.

—Sería muy fácil, claro… si realmente estás diciendo la verdad.

—No soy tan valiente como para mentirte —respondió Kabuto, mientras su cola se deslizaba con sigilo—. Ahora me voy. Necesito comandar mis marionetas… las recién agregadas también.

Madara lo detuvo con una última pregunta.

—¿Las que sugirió la princesa?

Kabuto sonrió.

—Esas… Y unas cuantas más.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. 木遁・黙殺縛りの術 (Mokuton: Mokushatsu Shibari no Jutsu). Literalmente, “Elemento Madera: Jutsu de la Zarza Asfixiante”. Técnica que utiliza la madera para inmovilizar y sofocar al oponente.

2. タコのオッサン (Tako no Ossan). Traducción aproximada: “Viejo Pulpo”. El término ossan (オッサン / おっさん) se usa coloquialmente para referirse a un hombre de mediana edad, como “tío”. Naruto suele llamar “viejo/a” a muchos personajes, por lo que se opta por esta traducción. En ocasiones, también se le oye decir “Tío B” a Killer B.

3. बोधिसत्त्व (Bodhisattva). Del sánscrito clásico. En el budismo indio, un bodhisattva es quien recorre el camino hacia el bodhi (la iluminación), aspirando a convertirse en Buda. Ejemplos célebres son Mañjuśrī (Manjushri) y Vajrapāṇi.

4. 忍 (Shinobi). Kanji que significa “ninja”. En el texto se alude a un hitai-ate (protector frontal) cuyo símbolo fue modificado: en lugar del emblema de las Aldeas Ocultas, todos los protectores llevaban ahora el kanji de shinobi.

5. 霊気 (Reiki). Práctica japonesa de medicina alternativa que busca aliviar dolencias manipulando el flujo de qi/chi. En La Leyenda de Korra, una chamana emplea un reiki basado en el Fuego Control. En la novela La Sombra de Kyoshi, el Sabio del Fuego Nyahitha utiliza un método similar para sanar el daño espiritual del Avatar Kuruk.

6. 軍配 (Gunbai). Abreviatura de 軍配団扇 (gunbai uchiwa). Es un abanico de guerra japonés, usado históricamente por comandantes para dar órdenes en batalla y, en la ficción, como arma.

7. 浄土 (Jōdo). Literalmente, “Tierra Pura”. Concepto del budismo Mahāyāna (particularmente en Asia Oriental), también llamado buddhakṣetra (बुद्धक्षेत्र). Se refiere a los mundos o realidades habitadas por los Budas, donde las almas renacen según su karma.

Chapter 13

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Naruto seguía pensando en las palabras de su madre.

Habiéndose enfrentado a su odio interior, removió el sello del poder del Kyūbi con la llave que su padre había confiado a Jiraiya, sabiendo que lo necesitaría para su futuro enfrentamiento con Sasuke. Con ayuda de Yamato y Killer B pudo contenerlo… hasta que tuvo que confrontarlo solo. Estuvo a punto de ceder, cuando Kushina apareció para salvarlo, reteniendo al bijū con sus cadenas de adamantina.

Pelirroja, hermosa y temperamental. La madre que nunca había conocido y que tanto necesitó en su infancia le contó lo sucedido años atrás: el día en que Madara atacó la aldea para liberar a la bestia, el mismo día en que Naruto nació. Allí descubrió que Kushina también había sido recipiente del zorro.

Había sido una chica con un sueño similar al suyo: convertirse en Hokage. Compartía esa aspiración con Minato, aun cuando ambos eran compañeros en la Academia Ninja. Se había enamorado de él cuando la salvó de los ninjas de Kumogakure que intentaron secuestrarla para controlar al Nueve Colas.

De su historia, Naruto comprendió cuánto había heredado de ella: su energía, su determinación, la soledad de la infancia marcada por lo que representaban, incluso esa muletilla que se escapaba en momentos dados(1). Pero más que todo… Kushina le había legado amor.

Ese mismo amor la llevó a no dudar en sacrificar su vida para que él viviera. Luchó hasta el final contra Madara, comprendiendo que sellar a la bestia, aunque le causara sufrimiento, era necesario para encomendarle el futuro. Fue ese amor el que permitió a Naruto liberarse del odio del Kyūbi y obtener su poder.

No podía usar todo el chakra a la vez, pues estaba dividido en un lugar separado. Pero al acceder a él, su forma física cambiaba, rodeándose de energía vital llameante. La nueva habilidad le permitió detectar presencias malignas, lo que lo llevó a descubrir a Kisame Hoshigaki oculto dentro de Samehada, la espada que Killer B cargaba. Ese tiburón idiota que B y A creían haber derrotado les aclaró que sólo habían acabado con un clon.

La batalla contra el espía comenzó. Aoba, Motoi y Guy ayudaron a contenerlo cuando B fue debilitado por la absorción de su chakra por parte de Samehada. El Hirutora de Guy lo dejó en el suelo. Antes de que Aoba pudiera extraerle información, Kisame se arrancó la lengua y dejó que su propia invocación lo engullera. Sabía que no podría escapar y decidió acabar con su vida. El antiguo compañero de Itachi lo hizo para que el enemigo no obtuviera nada de él. Lo hizo por Akatsuki, por sus compañeros. Pese a todo, vivió y murió como un verdadero shinobi.

Como parte de su última trampa, logró enviar la localización del Avatar y los dos Jinchūriki restantes en un pergamino. Sin que ellos lo supieran, Ōnoki acudió con Kurotsuchi y Akatsuchi para mover la Isla Tortuga y evitar que el reanimado Deidara y Kabuto llegaran a ellos. En medio del enfrentamiento, Yamato fue capturado por el enemigo.

Para que no se enterasen, Motoi y Aoba los distrajeron con encargos menores. Killer B y Naruto aprovecharon para entrenar sus transformaciones de Bestia con Cola. Naruto aún no sabía controlar la extensión de su chakra como B, capaz de convocar tentáculos del Ocho Colas a voluntad.

En eso estaban. El rubio, agotado, se desplomó en el suelo junto a Aang, que meditaba con los ojos cerrados, con una calma ritual casi entrenada. Naruto rodó de lado, el cuerpo pesándole toneladas, y agitó una mano frente al rostro del Avatar para ver si lo distraía. Nada. Debía llevar desde el comienzo del entrenamiento ahí sentado, inmóvil.

—Oye, Aang… Oooyeee…

—¿Qué, Naruto? —preguntó sin abrir los ojos ni cambiar la postura, ambas palmas sobre las piernas en posición de loto. Inamovible. Aunque la ceja se crispó un poco por la irritación del atosigamiento. No era la primera vez que intentaba desconcentrarlo.

—¿No estás cansado de estar así? ¿Para qué meditas tanto?

—Estoy intentando activar el Estado.

—¿El… Estado? ¿Qué Estado?

—El Estado Avatar.

Naruto parpadeó, sin entender. El de la flecha suspiró, resignándose a que no podría centrarse con el otro curioseando. Abrió los ojos, dejó caer los hombros y explicó:

—Es un mecanismo de defensa que mejora mi poder y habilidades. Suele activarse en peligro. —Simplificó lo que implicaba entrar en el Estado, omitiendo que sus habilidades se potenciaban gracias a los conocimientos de sus vidas pasadas. —Quiero tratar de controlarlo a voluntad.

Naruto ladeó la cabeza, interesado. Killer B caminó hacia el otro costado de Aang, apoyándose en Samehada con relajo.

—Si el poder te domina, te vuelves su esclavo. Debes mantener la calma, y serás el bravo.

Aang asintió, concordando con el mensaje implícito del rap. Su expresión se ensombreció al recordar las veces que perdió el control del Estado Avatar, ya fuera por pánico o dolor. Como aquel día en el Templo Aire del Sur, cuando descubrió los restos de Gyatso.

—A veces, cuando entro en el Estado… pierdo la noción de mí mismo. De mis acciones. Puedo acabar hiriendo a las personas. Hubo una ocasión en que estuve a punto de lastimar a un amigo. Pude haber acabado con su vida.

Recordó el conflicto en Yu Dao, cuando casi malhirió a Zuko. Pensó que tendría que honrar la promesa de detenerlo si actuaba como Ozai. El Ejército del Reino Tierra y el de la Nación del Fuego estuvieron a punto de enfrentarse. El General How le imploró que lo ultimara. Incluso Roku insistió en que cumpliera su promesa por el bien del mundo.

El día de la lucha, Aang separó la tierra de Yu Dao, detuvo el conflicto y retomó las negociaciones. Pero no pudo quitarse la culpa de haber perdido el control tantas veces. Si Katara no hubiera estado ahí para calmarlo, ¿qué habría hecho al volver en sí?

Naruto se acomodó, apoyando las palmas detrás. Miró al cielo, sin sorprenderse por el rápido movimiento de las nubes, como si la isla se desplazara. Le dio vueltas a las palabras de Aang y, con gravedad, dijo:

—Entiendo cómo te sientes. A mí me pasó lo mismo… una vez con Sakura-chan. Perdí el control de la bestia. No recuerdo lo que pasó, pero Yamato-taichō me lo contó. —Sus dedos se crisparon al recordar las heridas que Sakura ocultó con una sonrisa, diciendo que eran de Orochimaru. —Desde entonces, tuve miedo de hacerlo otra vez. No quería recurrir al poder del Kyūbi, pero si quiero luchar, tengo que hacerlo.

Volteó a mirar a Aang con resolución.

—Tú también tienes que hacerlo si quieres proteger a los que quieres.

Las palabras resonaron en Aang. Killer B le tocó la espalda con la sandalia para llamar su atención.

—Puedes aprovechar de ponerlo a prueba con nosotros. Mira que a Naruto le va a tomar un rato pillarle el truco a su Modo Chakra.

—¡No lo estoy haciendo tan mal! —replicó el ojiazul, cruzándose de brazos con ofensa. —¡Apilé varios bloques con un brazo de chakra!

—Eso es calentamiento. Espera a las Bolas de la Bestia con Cola.

Aang volvió a mirar al frente, cerrando los ojos y concentrándose en el chi que recorría su cuerpo como pequeños charcos de agua. Sus ojos y tatuajes comenzaron a brillar en una luz blanca, impoluta, que descolocó a Naruto y a B.

—¡Guau…! ¡¿Ese es el Estado Avatar?!

Se puso de pie y maniobró los elementos con cuidado… hasta que, tomándolos por sorpresa, lanzó a ambos Jinchūriki por los aires con Tierra Control.

—¡¡Oye!! ¡¿Qué fue eso?! —se quejó Naruto, descendiendo con manejo.

—Lo siento —dijo Aang, saliendo del Estado, algo avergonzado. —Pensé que íbamos a entrenar…

—Así que ese era el plan…—se sonrió el otro, preparándose para el enfrentamiento amistoso. —Si quieres probar tu fuerza, lánzate sin demora, que este entrenamiento te va a llevar a la victoria.

—Mientras no se pasen de la raya —bromeó Aang, preparando su postura con ambas palmas extendidas a la altura del torso.

Naruto intercambió una mirada cómplice con Killer B. El brillo anaranjado de su chakra iluminaba el suelo, mientras el de Kumo giraba a Samehada con un gesto ligero, como si la espada respirara junto a él.

—¡Allá vamos! —rugió Naruto, impulsándose hacia adelante con la velocidad de un relámpago.

¡Oh, yeah! ¡Haremos temblar el escenario, si es necesario! —entonó B, dejando caer otra rima improvisada mientras cargaba a su lado.

El aire se tensó. Aang, sereno, aguardó el impacto con los ojos entrecerrados, el chi fluyendo por su cuerpo como un río manso. Y cuando los dos Jinchūriki se lanzaron contra él, el Avatar abrió su postura, listo para recibirlos en un choque que no sería batalla, sino prueba. Un entrenamiento donde poder y voluntad se medirían en equilibrio.

Las divisiones comenzaron a moverse por el mapa. Los habitantes de Yu no Kuni(2) y Shimo no Kuni(3), junto con sus daimyōs, fueron evacuados para no quedar atrapados en el fuego cruzado entre Akatsuki y la Alianza Elemental.

No pasó mucho tiempo antes de que esta última comenzara a enfrentar los efectos de la técnica de Kabuto.

La División de Ataque Sorpresa se encontró cara a cara con el Escuadrón de Emboscada y Distracción enviado por el exasistente de Orochimaru. Entre los revividos estaban Akasuna no Sasori(4), Deidara, Chūkichi de Kirigakure… y Shin de Konoha.

Los dos miembros de Akatsuki hicieron estragos. Habían utilizado a Muta Aburame —un shinobi del Escuadrón de Reconocimiento e Infiltración— como señuelo. Colocaron arcilla explosiva dentro de su vasija de insectos. Kankurō logró salvar a los que se acercaron demasiado… pero no al del noble clan.

Mientras Sai luchaba contra su hermano Shin, Omoi se ocupaba de evitar que Sasori controlara a los demás miembros de la división. Kankurō localizó el escondite del otro titiritero y lo arrastró fuera, enfrentándolo con su antiguo cuerpo de marioneta.

La batalla fue difícil de seguir. Eventualmente, lograron atrapar a Deidara y Sasori dentro de los títeres Cuervo y Hormiga Negra. Sólo quedaba Shin.

Pero no hubo necesidad de pelear.

Sai había dejado caer su cuaderno de dibujos. La página abierta mostraba una imagen de él junto a su hermano. Verla fue suficiente. La memoria compartida liberó el alma de Shin. Sai lloró en silencio al despedirse. Mientras tanto, Kankurō se dirigió a Sasori, aún atrapado.

—Sasori, se suponía que eras un titiritero de élite… No un cuerpo inútil que permite que lo controlen —dijo, manteniendo los hilos de chakra firmes—. Cuando es el marionetista el que es controlado… todo acaba para él. Al controlar la marioneta Sasori que tú creaste… ¡estoy controlando al tú real!

—Y sobre tu idea de que el verdadero arte es el que dura para siempre… Son tus técnicas y tus creaciones, en las que pusiste tu alma, las que prevalecen a través de quienes las heredan.

Sasori sonrió desde dentro de Cuervo.

—Quizás… así era como quería que se percibiera mi arte.

Deidara gritó que no se dejara engañar, pero el alma de Sasori comenzaba a liberarse.

—Kankurō… Quédate con las marionetas de "Madre" y "Padre". Y cuando mueras… dáselas a la siguiente generación.

—…Así será.

El cuerpo de Shin se desplomó. Los ninjas y Maestros de la división se acercaron a inspeccionarlo, confundidos.

—No entiendo… ¿No se supone que los invocados con la técnica de la Resurrección del Mundo Impuro son inmortales? —Ittan se agachó junto al cráter que había dejado el recipiente.

—Quizás Kabuto disipó la técnica —sugirió Omoi.

—Lo dudo. Si así fuera, el bocón de allá también habría desaparecido —añadió Mak. Deidara llevaba buen rato gritando que lo dejaran salir del interior de Hormiga Negra.

—Es una técnica interesante, esa arcilla explosiva —comentó Chey, ex capitán de la Armada de Fuego—. Soy experto en explosivos, y nunca había visto algo así.

—¿Cuál sugiere que es la razón, comandante? —preguntó Sneers, de los Luchadores Libertadores del Reino Tierra.

Kankurō se cruzó de brazos, pensativo.

—Puede que tenga algo que ver con sus sentimientos. Parece que la deficiencia de la técnica es que no pueden reprimirlos.

Sonrió, triunfal. Aquel era un descubrimiento importantísimo.

—¿Qué? ¿Tenemos que vencerlos con el poder del amor y la amistad? —dijo Smellerbee, arqueando una ceja.

—Eso no es a lo que… —Kankurō se detuvo a media frase. —Olvídalo. No hay tiempo para balbuceos. ¡Miren adelante!

Llegaban más enemigos.

Omoi, Sai y Zaji iniciaron una emboscada aérea contra el equipo de Zabuza Momochi. Al verse superados, dispararon una bengala roja para pedir refuerzos. La división más cercana —la de Kakashi— respondió al llamado.

Haku los había derribado del pájaro de tinta con sus Espejos Demoníacos de Cristal de Hielo. Cayeron al suelo con fuerza. Mientras se ponían de pie, el resto del Primer Escuadrón de Batalla de Akatsuki apareció.

—¡Son… Pakura de La Arena y Gari de La Piedra! —gritó Zaji, en shock. —¡Todos tienen Kekkei Genkai!

—Todos menos yo —comentó Zabuza, con su voz rasposa, casi burlona.

—No tenemos nada contra ustedes… pero no tenemos otra opción —dijo Haku, lanzándose junto a Zabuza contra el trío.

Kakashi y su división llegaron justo a tiempo. El reencuentro con los miembros presentes del antiguo Equipo 7 fue inmediato.

—Kakashi… No pensé que volvería a pelear contigo —dijo el espadachín de Kiri, con una mezcla de respeto y resignación.

—¡Zabuza! ¡Haku! —Sakura se quedó paralizada al verlos.

—¿Los conocen? —preguntó Katara, acercándose.

—Los conocimos hace años… cuando apenas comenzábamos como equipo —respondió Sakura, sin apartar la vista.

El resto de la división aguardó la señal del comandante.

—Esa es tu estudiante kunoichi, ¿eh? Ha crecido —comentó Zabuza, observando a Sakura. —¿Y qué pasó con ese niño? ¿Le está yendo bien? Debe ser famoso, ya que te ayudó a derrotarnos.

—Sí. Llamaron a ese puente "El Gran Puente de Naruto". Ahora es conocido como el héroe de Konoha.

Haku sonrió al escuchar el nombre. Recordó aquel día en el País de las Olas, cuando encontró a Naruto inconsciente tras entrenar. Le habló sobre el frío, sobre propósitos, sobre las personas que uno elige proteger. Le dijo que creía en él. Y que volverían a verse.

—Fue gracias a ustedes dos que Naruto encontró su camino ninja —añadió Kakashi, con voz firme—. Juró en sus tumbas que siempre lo seguiría. Se ha convertido en un shinobi admirable.

—Entonces estoy seguro de que se hará todavía más fuerte —dijo Haku, con una paz que contrastaba con el caos alrededor.

Otros miembros de la División de Ataque Sorpresa y de la Guerrillera se unieron a los de la Tercera División. El resto seguía con Kankurō, manteniendo a raya a Deidara. Los Combatientes de la Libertad también llegaron.

—¡Chicos, son ustedes! —Katara los saludó, asombrada. —¿Qué hacen aquí?

—¡Katara! —Smellerbee se acercó con urgencia—. Cuando nos enteramos de lo que estaba pasando, no pudimos quedarnos sin hacer nada. Vinimos a ayudar.

—La noticia de esta guerra causó un gran alboroto en nuestro mundo —dijo Kori Morishita, la Maestra Tierra—. Por lo raras que eran las cosas que decían, muchos empezaron a creer que el Señor del Fuego y el Rey Tierra se habían vuelto locos. Al menos eso dicen en Yu Dao.

—Sí… Imagino que descubrir que hay otra dimensión con humanos como nosotros, pero con poderes de cuento, puede conmocionar a más de uno —resopló Katara, como si decirlo en voz alta lo hiciera aún más surreal.

—Si estás aquí, eso significa que el resto del Equipo también. ¿Dónde están? —preguntó Sneers.

—Están en las otras divisiones. Ellos…

—¡Smellerbee, cuidado! —Katara se lanzó hacia ella, empujándola a un lado. Sacó un hilo de agua de su cantimplora, lo envolvió en hielo y bloqueó el impacto de una espada gancho que iba directo a la chica.

El arma le era terriblemente familiar.

Y entonces, una voz que rara vez hablaba se quebró en el aire:

—…¿Jet?

Cuando levantó la vista, lo confirmó. Frente a ellos estaba el antiguo líder de los Luchadores Libertadores… y el primer amor de Katara.

Jet se veía casi igual que cuando murió. Pero sus escleróticas estaban teñidas de negro, y sus pupilas, del mismo color, solo eran visibles por un débil brillo. La piel mostraba grietas, como todos los Edo Tensei.

Katara sintió que se le cerraba la garganta.

—No es… no puede ser… —La voz de Smellerbee se quebró. Sneers comenzó a temblar. Kori, al ver la alteración de su novio, le colocó una mano en el hombro.

—¿Es tu amigo? ¿El que murió en Ba Sing Se?

—Sí… Eso dijeron, pero… Él está… ¿cómo…?

Jet entrecerró los ojos. Su voz salió baja, cargada de tristeza.

—Chicos… Ha pasado un tiempo.

Su conciencia aún no había sido completamente dominada por Kabuto.

—¡Katara! —Sakura corrió hacia ellos, pero se detuvo al ver sus rostros. —¿Qué está pasando?

Katara no podía hablar. Mantenía la mirada fija en Jet.

Obligó a las palabras a salir. Estaban en batalla. No podía perder la concentración.

—Es alguien que conocíamos… Han… ¡han revivido a alguien de nuestro mundo!

Lo dijo lo suficientemente alto para que todos escucharan. La información se dispersó como fuego en pasto seco.

—No puede ser… ¿También del nuestro? —frunció el ceño un guerrero de Cueva Lobo(5).

—¡Que alguien lo informe al Equipo de Comunicaciones! ¡Ya mismo! —ordenó Kakashi. Saltó hacia atrás junto a Might Guy y Rock Lee, jalando a Zaji, Omoi y Sai a un lugar seguro.

La influencia de Kabuto comenzó a suprimir las personalidades de los Edo Tensei. Los hacía atacar sin escrúpulos.

—Kakashi-san… debes detenernos de nuevo —rogó Haku. —Mi sueño era proteger a Zabuza-san y morir como su herramienta. Pero si estoy aquí ahora… es porque fallé aquel día. Ni siquiera puedo ser su herramienta. Mucho menos protegerlo…

Kakashi lo miró con firmeza.

—No. Le salvaste la vida. Zabuza murió por otra razón. Y él… no te veía como una simple herramienta.

Haku se quedó en silencio. El pasmo se le notó en la respiración contenida, en los ojos que no parpadeaban.

—Kakashi… cállate, bocazas —dijo Zabuza, sin amenaza real.

—Naruto fue quien lo empujó a pensar de esa manera.

—…Esa fue mi primera derrota —rio Zabuza, con una sombra de orgullo. —Kakashi, debes detenernos a como dé lugar. No te frenes… ¡Mi humanidad ya está muerta!

Kakashi se levantó el protector de la frente. El Sharingan quedó al descubierto.

—Comprendido.

Cuando dio la señal, comenzó la batalla.

Zabuza activó su Kirigakure no Jutsu(6). Kakashi ordenó que los escuadrones se agruparan alrededor de los ninjas Tipo Sensor y los Maestros Tierra con Sentido Sísmico(7). Debían cubrirlos desde las tres, seis, nueve y doce en punto. La formación era conocida como Manji(8).

El Hatake les recordó que Zabuza podía detectar posiciones enemigas por el sonido.

La neblina densa comenzó a formarse. No podía disiparse con Agua Control. Debían confiar en los sensoriales.

Haru cerró los ojos. Aunque todos los Maestros Tierra tenían cierto grado de sentido sísmico, solo los más precisos estaban en la División Sensor.

Oró para que el suyo fuera suficiente.

Dos pasos. Los sintió cerca. Luego, un salto.

Abrió los ojos.

—¡Vienen por la izquierda!

Los ataques de Zabuza y Haku fueron detenidos gracias al aviso. Un shinobi bloqueó el kunai del Momochi. Un Maestro Agua interceptó la lanza de hielo de Haku con una propia.

—¡Buena sincronización, chico! —lo felicitó el ninja. Pero no hubo tiempo para celebrar.

Pakura y Gari también habían comenzado a atacar.

¡Shakuton: Kajōsatsu!(9)

La Héroe de Sunagakure creó orbes de calor que momificaban a sus adversarios. Muchos comenzaron a caer. Sus cuerpos quedaban secos, evaporados desde dentro.

Un ninja se lanzó contra Gari, furioso por la muerte de su camarada. Might Guy lo interceptó justo a tiempo.

—¡Es un hecho que verás morir a tus camaradas! Debes estar preparado para eso. Si no… verás morir a más de ellos.

Guy lo sostuvo por los hombros.

—Convierte la muerte de un camarada… en la supervivencia de otro. ¿Entendido, novato?

Katara y Jet seguían intercambiando golpes. Pero la Maestra estaba perdiendo el equilibrio. Él atacaba implacable, sin piedad. Ella sabía que no estaba en control de sus acciones. El lanzador de la técnica lo obligaba a atacar. Eso lo había entendido gracias a la información que la Cuádruple Alianza había recibido sobre el extraño y terrible jutsu que traía de vuelta a quienes debían descansar en paz.

Le hervía la sangre. La memoria de los difuntos estaba siendo manchada.

—¡Jet, contrólate! —suplicó Sneers, tratando de acercarse. Jet aprovechó el impulso. Le agarró el tobillo con uno de sus ganchos dobles y lo tiró al suelo.

Kori corrió a ayudarlo. Arrojó su martillo meteoro para engrillar a Jet, pero él escapó con un salto.

Smellerbee lo esperaba abajo. Sacó una daga. No fue lo suficientemente rápida.

Jet la tiró al suelo y le puso la bota en el estómago. La chica gimió de dolor.

—¡¿Qué están haciendo?! ¡Tienen que detenerme! —gritó el reanimado, desesperado. No quería estar en esa posición. No quería lastimar a sus amigos más queridos.

Un latigazo de agua de Katara lo alejó.

—¡¿Qué crees que estamos tratando de hacer?! —le gritó, enfadada.

—¡Ni siquiera lo están intentando! —Jet se paró con un kip-up. —Tengo poca idea de lo que está pasando, pero sé que no soy yo mismo. Y no importa lo que me hagan… ¡no podrán vencerme! Si me hieren, me regenero. ¡Tienen que retenerme! ¡Mantenerme quieto!

Más fácil decirlo que hacerlo, pensó Katara. Lo peor era no saber si le costaba derribarlo por el jutsu… o porque no se atrevía a asestar un golpe letal. Ambas posibilidades le dolían igual.

Longshot se había colocado detrás de Jet sin que lo notara. La neblina dificultaba usar su arco, pero estaba muy cerca. A esa distancia, no podía fallar.

Sus manos temblaban como nunca antes.

—¡Longshot! —gritó Kori, intentando que reaccionara.

—No… puedo…

Con eso reveló su ubicación.

Jet se giró de inmediato. Siempre había sido más ágil que cualquiera de ellos. Lo agarró por el cuello y lo empujó contra la corteza de un árbol. Sacó una flecha de la aljaba de Longshot y la sostuvo en alto.

¡Katara! —su eco fue desgarrador. No podía detenerse. Iba a apuñalar a su amigo. Y no podía hacer nada para evitarlo.

Jadeó.

Sintió que su espalda era atravesada por un objeto puntiagudo.

Katara lo había apuñalado con una daga de hielo. Él no sangró. Los revividos no lo hacían.

La zona lesionada comenzó a desintegrarse. No sería suficiente para detenerlo. Pero lo mantendría quieto por un rato.

Longshot estaba espantado. Jet lo miró. Le dolía pensar en lo que sus amigos debían sentir al verlo así. Muerto o no.

Le asintió con la cabeza. Una señal silenciosa para que se alejara.

El arquero obedeció. En silencio como siempre. Se arrastró fuera de su alcance y observó desde más lejos.

Jet se quedó arrodillado. La lanza de hielo seguía atravesando su pecho vacío.

—Díganme algo… —dijo, con la voz quebrada. —¿La Nación del Fuego ganó?

—El… El Avatar logró detener la guerra. Derrotó al Señor del Fuego —dijo Smellerbee, aún recuperándose del golpe, más emocional que físico. Longshot la ayudó a levantarse con manos temblorosas. —Nuestras naciones están en paz. El Reino Tierra y las Tribus del Agua están luchando junto a la Nación del Fuego en este conflicto.

Jet soltó una risa áspera, amarga.

—Ja… Qué rápido olvida la gente.

—No es así —intervino Sneers, con la voz firme pero herida—. Nadie ha olvidado. Pero, Jet… siempre tuvimos la idea equivocada. La gente de la Nación del Fuego no tiene la culpa de lo que causó su líder.

—Yo pensaba igual —continuó, mirando a Kori—. Eso me llevó a pelear con ella. Le pedí que eligiera un bando durante el Movimiento de Restauración de la Armonía. Zuko quería sacar a los colonos de Yu Dao para devolverlos a la Nación del Fuego. Fue un conflicto largo. Casi empieza otra guerra. Pero lo resolvimos.

—Ahí entendí que nuestro odio nos nublaba. Estábamos culpando a todos por lo que hicieron unos pocos.

Jet lo fulminó con la mirada.

—¿Unos pocos? ¡¿Ya olvidaste que esos "pocos" hicieron desaparecer a todos los que amamos?!

—¡No actúes como si fueran los únicos malos de la historia! —gritó Katara, por fin logrando sacar su voz. Había sentido el escozor en los ojos, el nudo en la garganta. Sabía que él ya estaba muerto. Pero atacarlo… la había afectado. —¿No recuerdas que los Dai Li, de tu propia nación, te lavaron el cerebro? No fue solo la Nación del Fuego. Todos perdimos algo. Todos tomaron vidas. No podemos culpar solo a uno.

Su control sobre la lanza de hielo vacilaba.

—El mundo ha cambiado, Jet. Ya no es el lugar colmado de odio que alguna vez fue. El Señor del Fuego y el Avatar son amigos. Han estado trabajando juntos para reconstruir el mundo. Todos lo hemos estado haciendo.

—No podemos quedarnos con ese rencor del pasado en nuestros corazones… ¡Tenemos que seguir adelante!

Jet se quedó quieto. Conmocionado. Pero el odio que había sido su combustible vital durante toda su vida… no sabía cómo dejarlo ir. Ni siquiera en la muerte.

Las llamas. Los gritos. Los cuerpos irreconocibles de sus padres. La mirada de Mongke. La aldea ardiendo.

Todo seguía ahí.

Se empujó hacia adelante, liberándose de la lanza. La herida comenzó a regenerarse. Cargó contra Katara.

Ella esquivó su espada rodando por el suelo. Sacó sus tentáculos de agua.

Kori pisoteó el suelo, levantó una roca, la dividió con patadas. Cada pieza fue lanzada hacia Jet. Él las hizo pedazos con sus armas duales. Excepto una, que lo tiró hacia atrás.

Sneers lo atrapó. Lo rodeó con los brazos, inmovilizándolo.

—¡Mira a tu alrededor! —gritó Katara.

A través de la niebla, se veían miembros de la división luchando lado a lado. Shinobi y Maestros. El Reino Tierra, la Nación del Fuego, la Tribu Agua… Espalda contra espalda.

—¡Están peleando juntos! Incluso con personas que ni siquiera sabíamos que existían hace una semana. ¡Y los shinobi, que solían ser enemigos entre sí, han dejado el resentimiento por una causa mayor!

—¿No crees que es hora de dejar ir tu amargura… y finalmente descansar?

Jet lo vio.

Maestros Tierra cubriendo a Maestros Fuego. Maestros Fuego lanzando llamas en la dirección que les indicaban. En la niebla apenas visible, confiaban en ser los ojos y las manos del otro.

Se preguntó por qué su pecho se sentía tan constreñido… si realmente estaba muerto.

—…Yo…

Una débil luz lo recubrió.

El cuerpo de Jet empezaba a esfumarse.

—¿J-jefe? —Sneers mantenía el agarre, como si pudiera impedir lo inevitable. Jet le tocó el antebrazo con una suavidad que nunca antes había mostrado.

—Perdónenme —dijo, con una sonrisa apenas dibujada. —Smellerbee, Longshot… lo siento. Si los hubiera escuchado cuando me pidieron que dejara de obsesionarme con la Nación del Fuego… cuando quisimos recomenzar en Ba Sing Se… las cosas habrían sido diferentes. Pudimos haber hecho una vida en paz. Juntos.

Smellerbee sintió cómo las lágrimas se acumulaban sin permiso. Sneers comenzó a llorar audiblemente, como si el sonido pudiera retenerlo. Longshot contrajo el mentón, intentando contenerse. Pero no pudo. Era demasiado.

Los tres sufrieron por su camarada. Por lo que fue. Por lo que pudo haber sido.

—No hay nada que perdonar —susurró Smellerbee, con la voz quebrada pero firme.

Jet giró hacia Kori.

—Kori, ¿verdad? Cuida de Sneers por mí.

Ella asintió, sin palabras, con una firmeza que hablaba de respeto.

Y luego, sus ojos buscaron a Katara.

La Maestra Agua lo miró con una expresión dura. Convicción pura. Pero en sus ojos azul mar… una tristeza leve, contenida. Ella siempre había sido fuerte ante la adversidad. Incluso cuando él, como un idiota, le rompió el corazón.

Sabía apartar su pena para hacer lo correcto. Esa fuerza fue lo que lo hizo enamorarse de ella.

—Gracias —dijo él, sin esperar respuesta.

Y entonces, el alma de Jet fue liberada.

El cuerpo que había usado para su resurrección se desvaneció en los brazos de Sneers, que lo soltó con reverencia.

Katara exhaló fuerte. Como si ese solo gesto pudiera liberar todo el peso que había cargado.

—…Tenemos que movernos —dijo, con una sonrisa suave, más para ellos que para sí misma. Sabían que más tarde, en soledad, también lloraría por él.

Smellerbee se secó la cara con la manga, con rabia y ternura. Puso las manos en los hombros de sus amigos.

—Andando.

El escuadrón de la División de Inteligencia en la base principal acababa de alertar a la Segunda División, estacionada en la costa norte del País del Rayo, sobre una gran cantidad de tropas enemigas moviéndose bajo tierra. La cifra era alarmante: veinte mil. Y estaban al menos a veinticinco o treinta metros de profundidad.

—Cielo santo… —murmuró el comandante de la División Sensor—. Si no fuera por los sensores sísmicos de Infantería y el reporte de Muta Aburame, nos habrían pillado con el pie cambiado.

Acto seguido, pidió a sus compañeros que movieran la barrera hacia abajo, ampliando el rango de detección para ubicar con precisión al enemigo.

Al mismo tiempo, se recibió otro informe: una persona resucitada del mundo de los Maestros había aparecido en el frente donde luchaba la Tercera División, junto a miembros de la División de Ataque Sorpresa y la Guerrillera.

Inoichi se encargó de informar a todas las divisiones. Debían estar preparados para cualquier llegada inesperada. Y prestar atención a los datos que la base enviará sobre nuevos Edo Tensei.

—Entonces ya ha sido derrotado… ¿Quién era él? —preguntó Tsunade.

—Por lo que he oído —respondió Hakoda—, era el líder de un grupo de rebeldes del Reino Tierra que saboteó a la Nación del Fuego varias veces durante la Guerra de los Cien Años. Tenía orden de captura. Vaya chicos…

Su rostro se endureció.

—Es preocupante que también estén reviviendo a personas de nuestro mundo. ¿Cómo se las arreglaron para hacerlo?

Ya conocía los entresijos del Edo Tensei. Se había quedado helado al saber que existía un jutsu capaz de resucitar muertos… y que el enemigo lo usaría para traer de vuelta a los ninjas más temidos de la historia shinobi.

Pero, francamente, cada vez estaba menos sorprendido por sus técnicas. Lo que lo asombraba era que hubieran conseguido material genético de alguien de su mundo.

Madara les había dicho que cruzó a su dimensión. No le sorprendería que él —o Kabuto— hubiese profanado el cadáver del chico de los Libertadores.

—Es seguro que sacarán a más de los nuestros del entierro.

—Habrá que estar atentos a cualquier nueva aparición —dijo Shikaku, sopesando la amenaza con mente fría.

—¡Acabamos de recibir información! —exclamó Ao, con las manos extendidas sobre la cúpula sensorial—. ¡Los Siete Espadachines de la Niebla han aparecido en el campo de batalla! La Tercera División y otros se están enfrentando a ellos.

Los Kage se sorprendieron.

—Por esas miradas, deduzco que son un problema —comentó el Jefe Tribal.

—Son una organización formada por grandes shinobi de Kirigakure —explicó A—. Se dice que, juntos, pueden acabar con una nación entera. Son los más fuertes de su aldea, detrás del Mizukage.

—Sí… definitivamente un problema —coincidió Hakoda, con la tensión marcada en el rostro. No era para menos. En pocas horas, habían perdido una centena de soldados.

—Zabuza y Haku ya han sido sellados —informó Tsunade—. Si seguimos a este ritmo, la balanza se inclinará a nuestro favor.

—¿Cómo va la Segunda División? —preguntó Ōnoki.

La respuesta no era alentadora.

El ejército de Zetsus Blancos que emergía del subsuelo los estaba dominando. No importaba cuántos derrotaran… seguían llegando más.

Debieron llamar al Primer Regimiento de la División de Infantería —el más cercano— como refuerzo.

—¡Uf, son demasiados! ¡Jūkenhō Ichigekishin!(10) —Neji logró liberarse del agarre de uno con su técnica de cuerpo completo. Había notado que absorbían chakra al contacto.

Kiba acabó con otro, jadeando.

—¡Estos bichos raros siguen viniendo! —gritó, agotado.

—¡Deja de quejarte y pelea! —le espetó Neji.

—¡Nos avisa Inteligencia que están pasando miles de ellos bajo nuestros pies! —comunicó un ninja al comandante Kitsuchi.

El hombre se mantuvo calmado… hasta que su hija, Kurotsuchi, lo llamó con voz chillona y agotada.

—¡Papá!

—¡Ya sé, ya sé, cierra el pico! ¡Lo manejaremos! —rugió. Era igual de mecha corta que Ōnoki. Tenía a quién parecerse.

Las fuerzas aliadas llegaron.

El líder del Consejo de los Cinco iba a la cabeza. Se reunió con Kitsuchi justo al llegar.

—Están maltrechos —observó How, posicionándose en postura de Puente Directo(11). Una horda de enemigos se acercaba. —Shinobi, deberías descansar un poco. Nosotros nos ocuparemos.

—No me subestimes, Maestro —respondió Kitsuchi, con petulancia amistosa—. Podría hacer esto todo el día. ¡Vamos!

—Lamento la demora.

Zuko se había presentado en el frente de la Cuarta División. Parado junto a Gaara en lo alto de un escarpe, miró hacia el horizonte. La noche caía lentamente. Demasiadas cosas habían pasado en un solo día de batalla, y nadie sabía cuántas más librarían antes de ganar.

La sangre derramada en el camino a la victoria permanecería. Un rastro imborrable. Un pensamiento amargo, inevitable. Pero si uno se quedaba en él demasiado tiempo, solo se pondría trabas a sí mismo.

—¿Cómo van las cosas aquí?

—Acabo de localizar al enemigo —respondió Gaara. Había colocado Arena Sensitiva en puntos estratégicos. Alguien había sido descubierto. El invasor, invisible hasta entonces, reapareció al saberse detectado.

—Allí está.

El intruso, envuelto en vendas dejando solo sus ojos al descubierto, se agachó y tocó el suelo. Tres ataúdes de madera emergieron de la arena. De ellos salieron cuerpos revividos.

—¿Dónde… es esto? —preguntó el Tercer Raikage, condecorado como el más poderoso en la historia de Kumogakure. Se giró en todas direcciones, desorientado.

—Vaya, vaya… Pusieron a mi peor enemigo justo a mis pies —sonrió Gengetsu Hōzuki, el Segundo Mizukage. —A ti no te reconozco —dijo al Cuarto Kazekage, también revivido.

—Esta es la condenada técnica del Segundo Hokage —intervino Mū, el Segundo Tsuchikage—. Saca a los muertos del inframundo y los ata. Fui obligado a invocarlos.

—¿De qué estás hablando? ¿Cómo que "los muertos"?

—¿No te acuerdas? Yo mismo te maté. Llevas muerto mucho tiempo, Mizukage.

—Ahhh, sí, ya me acuerdo… Espera, ¿cómo? Pero tú también moriste, ¿no? ¡Te maté!

—Sí, así es. Pero olvidemos eso y concentrémonos.

—Me pregunto dónde está el Segundo Hokage… —prosiguió—. No siento su presencia. Los únicos chakras que detecto están a unos kilómetros. Uno de ellos se parece al del chico nuevo —refiriéndose a Rasa—. Y detrás de él… hay un gran ejército.

—¿Acaso eres…? —inquirió el pasado Raikage.

—Soy el Cuarto Kazekage —respondió el usuario del Polvo de Oro—. Mis ancestros me contaron historias sobre sus hazañas. En mis días, el Segundo Hokage llevaba mucho tiempo muerto. Pero había otro shinobi capaz de usar su técnica: Orochimaru.

Gaara los observaba con su Tercer Ojo.

—…Es mi padre.

Zuko se giró, sorprendido.

—¿Tu padre es uno de los revividos?

Gaara simplemente asintió. Hizo un gesto de saludo con la mano libre. Una señal dirigida a la Alianza: el enemigo estaba cerca.

—Es la señal —advirtió Shikamaru desde abajo.

—No hemos recibido información del cuartel general… Me pregunto por qué —murmuró Temari.

—Debe haber enemigos que ni siquiera ellos pueden detectar —dijo Shikamaru—. Están reviviendo a los ninjas más fuertes de la historia.

—Ay, cielos… como que me estoy empezando a asustar… —Chōji tragó en seco.

En el cuartel general, los sensores luchaban por distinguir enemigos específicos. La cantidad de Zetsus Blancos dificultaba la lectura. Ao tuvo que filtrar los Edo Tensei para diferenciarlos.

Al Raikage lo horrorizó saber que su padre estaba entre los resucitados. Se concentró al máximo y logró captar más presencias.

—Muchos shinobi del Mundo Impuro se dirigen hacia la Primera División —informó Ao.

La Primera División, comandada por Darui, se hallaba en la costa occidental del País del Rayo. Para fortificar la cabecera de playa, colocaron sus fuerzas a lo largo de los acantilados. Vieron llegar al Ejército de Zetsus Blancos por mar… acompañados por los redivivos.

—Aquí vienen. Envía la señal a la tropa —ordenó Darui, sin apartar la vista de los que se aproximaban.

—¡Son demasiados! —exclamó Tenten.

Hiashi Hyūga activó su Byakugan.

—Y no son solo ellos. He distinguido a los shinobi de primera categoría que nos informó el cuartel general.

—¡Comandante Darui! —Sokka se acercó, armado hasta los dientes. Había sido designado capitán de una pequeña unidad de Caballería enviada como apoyo. Además de su boomerang, llevaba un garrote, una espada, y una riñonera con armas pequeñas. Todo colgaba sobre piezas de cuero marrón que caían sobre sus caderas.

Darui se giró ante su llamado.

—¿Son ellos?

Se les habían dado descripciones para que los Maestros pudieran reconocer a los Edo Tensei. Sokka divisó los ojos negruzcos, la piel resquebrajada.

—Sí, lo son —respondió Darui, escueto. —Prepárate, chico guerrero.

—¡No… no es posible! —un shinobi de la Nube retrocedió, aterrado.

—¿Qué pasa? —preguntó Sokka.

—¡Son… son… Kinkaku-sama y Ginkaku-sama!

El Raikage acababa de recibir la noticia en el cuartel general.

—¡¿Qué?! —exclamó, al escuchar de Ao que dos chakras poderosos, similares al del Kyūbi, habían sido detectados. —¡Deben ser los Hermanos de Oro y Plata de Kumogakure! ¡Esto ya pasa de castaño oscuro! Tengo que ir personalmente al campo de batalla y unirme a la pelea.

—¡Por favor, no lo haga! —le suplicó Shikaku, firme pero respetuoso. —Usted es el líder supremo del ejército shinobi. La máxima autoridad. Debe mantenerse a salvo detrás de las líneas para comandar las tropas. Esa es su responsabilidad.

A gruñó, frustrado, como si quisiera romper otra mesa. Tsunade, aún en shock, apenas procesaba que Dan, su amante, estaba entre los revividos que marchaban contra la Primera División.

—Las cosas están pasando demasiado rápido… —dijo Hakoda, con voz grave. —Akatsuki no parece seguir una estrategia convencional. Están desplegando sus efectivos sin tino, como si quisieran convertir esto en una guerra relámpago. Quieren tomarnos desprevenidos, no dejarnos tiempo de reacción…

—Podrán tener el elemento sorpresa —intervino Shikaku, señalando el mapa—, pero nosotros tenemos la agilidad mental para anticiparnos. Observen aquí. Repasemos el estado de cada división.

La acción se concentraba entre los países de Aguas Termales, Helado y Rayo. Shikaku los señaló con precisión.

—La División de Ataque Sorpresa y la Guerrillera derrotaron al escuadrón de emboscada Edo Tensei. Ahora se dirigen a su campamento base. La Tercera División de Kakashi y parte de la de Mak enfrentan a los Siete Espadachines de la Niebla y llevan la ventaja. El punto crítico está aquí: la División de Kitsuchi, apoyada por el Primer Regimiento de How. La Quinta División de Mifune ha dispersado sus fuerzas en una línea extensa para proveer refuerzos donde se requiera.

—Ahora bien —continuó—, llamaremos "A" al campo de batalla de la Primera División, y "B" al área donde están Gaara y Zuko, enfrentando a los Kages revividos.

—Con eso dispuesto, armemos la estrategia. Primero, concentraremos fuerzas en el frente A. La Quinta División formará un cinturón de refuerzo desde atrás. Mientras lo hacen, moveremos a la mayor parte de la División de Kitsuchi por mar, rodeando al enemigo en un movimiento de pinza. Aunque eso reduzca los números de la Segunda División, terminarán en la misma formación de cinturón que la Quinta. Combinadas, nos darán una sólida línea de defensa.

—En el área B, la Cuarta División retrocederá lentamente en formación de chevrón lateral, actuando como cebo. En cierto punto, la mitad superior del chevrón se separará y se unirá a Darui y los demás, reforzando su posición. Una vez eliminados los enemigos del área A, la Primera División y los refuerzos de la Cuarta rodearán a los adversarios que Gaara y Zuko atrajeron, destruyéndolos de una.

Hakoda deslizó un dedo sobre el mapa, deteniéndose en la zona de la Segunda División.

—Estás olvidando algo —dijo con calma. —El Regimiento de Infantería que se unió a Kitsuchi.

Shikaku asintió, sin perder el ritmo.

—Me refiero a la Segunda División en sentido global, incluyendo al Regimiento de How. La idea es enviar ambos grupos al área A.

—Entiendo por qué quieres centrar los esfuerzos allí —replicó Hakoda—. Hay oponentes importantes dirigiéndose a ese frente. Pero no podemos dejar el resto de las zonas desprotegidas. Los restantes de la Segunda estarían enfrentando solos a una gran cantidad de Zetsus Blancos. Muchos están extenuados.

—Si queremos enviar a nuestros mejores hombres al área A, concuerdo en que el Regimiento de How debe ir con Kitsuchi. Pero sugiero que el Segundo Regimiento de Infantería, cuyo coronel es Yung, capitán del ejército de Omashu, apoye a la unidad más reducida. Están estacionados cerca, por el centro de la línea de Mifune. No les tomará mucho reunirse.

Shikaku lo miró un segundo. No dijo nada. Solo inclinó la cabeza en señal de respeto. Hakoda respondió con un leve gesto de asentimiento. Silencioso. Preciso. Dos estrategas reconociéndose mutuamente.

—Justamente quería hacer el alcance de que, al partir a la mitad las fuerzas de la Cuarta División, el enemigo podría aprovechar para atacar de lleno —añadió el Raikage.

—Estoy de acuerdo en ambas cosas —replicó Shikaku—. Pero en el área B, los antiguos Kage no lanzarán un ataque total. Cuando vean a la mitad de la Cuarta partir de repente, sospecharán. Tendrán cautela. Y aun si atacan, la división se especializa en combate de largo alcance. No les permitirán acercarse demasiado. O al menos los ralentizarán.

—Aun así, podemos enviar al regimiento de Yung como refuerzo al área B si se ven sobrepasados tras la separación —indicó Hakoda. —Que respalden en caso de cualquier eventualidad.

—En ese caso —concluyó Shikaku—, cuando la Primera División y el refuerzo de la Cuarta lleguen al área B, lanzarán un ataque más contundente con las fuerzas adicionales de Infantería... ¿Qué tal suena eso, Líder Supremo?

A cerró los ojos un momento. Pensó. Inclinó la cabeza en señal de conformidad. Pero fue con un ligero orgullo que resopló y expresó sus elogios:

—Ahora entiendo dos cosas… La primera, por qué Arnook propuso que Hakoda se quedara en el cuartel general. Y la segunda, por qué Konoha ha sido tan difícil de derrotar… Tienes buenos shinobi, Tsunade.

—Puedes halagarme cuando termine la guerra. ¿Cuáles son tus órdenes? —le metió prisa la rubia.

—Está bien… ¡Hagámoslo!

—¡Inoichi! —gritó Shikaku hacia el otro extremo de la sala. —¡Espero que lo hayas escuchado todo!

—¡Ya estoy contactando a todos! —respondió el Yamanaka, sin levantar la vista de su panel de comunicación. —He informado a Mifune la ubicación del Escuadrón de Emboscada; van a prestarles apoyo. Los médicos y curanderos de la división conjunta de Shizune y Yagoda fueron repartidos equitativamente para sanar a los heridos.

—Muy bien… creo que es hora de que la formación Ino-Shika-Chō haga su aparición. —sonrió Shikaku, con un destello de orgullo contenido.

Ōnoki, que había estado escuchando en silencio, se inclinó hacia adelante.

—Todo lo que dijeron está muy bien, pero… hay algo en lo que sólo yo puedo ayudar.

Hakoda y Shikaku intercambiaron una mirada breve. No fue necesario hablar; respeto mutuo, reconocimiento táctico. El Jefe Tribal asintió apenas, como quien concede el turno de palabra en una asamblea ancestral.

—El Segundo Tsuchikage no es un shinobi ordinario —intervino Tsunade, viendo la confusión en Hakoda. —El anciano indeciso es el único que puede detenerlo.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Hakoda, con genuina curiosidad.

—Posee una habilidad que va más allá de un Kekkei Genkai…—añadió el Raikage—. Un Kekkei Tōta(12).

—¡¿Kekkei Tōta?! —Shikaku se alarmó. —Pero, Tercer Tsuchikage, ¡se supone que usted es el único que lo tiene! ¿El Segundo también?

—Así es —respondió Ōnoki, con voz grave. —Fue mi maestro. Me enseñó los secretos del Jinton.

—¿Jinton? —Hakoda miró a su alrededor, buscando una explicación.

—Es una naturaleza avanzada de chakra —explicó el anciano—. Permite desintegrar cualquier cosa a nivel molecular. En términos simples: convierte a quien sea y lo que sea… en polvo.

—En la reunión, lo escuché decir que había convertido a ese chico, Sasuke, en polvo… ¿a eso se refería?

Ōnoki asintió. Hakoda frunció el ceño, no por miedo, sino por respeto.

—Suena como una técnica temible… Entonces, ¿qué hará? ¿Acudirá al campo de batalla?

—No tengo otra opción —dijo, deslizándose lentamente fuera de su asiento. —Iré a enseñarles algunas cosas a esos jovenzuelos de la Cuarta División. Ustedes pónganse cómodos.

 


 

Mientras tanto, la División de Darui ya había comenzado a enfrentarse a sus enemigos. Inoichi emitió la orden a Kitsuchi y a How para que se dirigieran al frente de la Primera División, dejando parte de la Segunda en espera de los refuerzos de Infantería.

Ōnoki tardó poco en su viaje por los cielos. Cuando llegó a su destino, descendió junto a Gaara y Zuko, aterrizando con la dignidad de quien ha visto demasiadas guerras.

—Hm… pensé que, siendo el Comandante en Jefe de la Cuádruple Alianza, preferirías quedarte dirigiendo en el cuartel, Señor del Fuego Zuko.

—Nunca he sido de los que se paran tras las líneas mientras otros luchan, Lord Tsuchikage.

—No hacía falta que viniera —le dijo Gaara, alternando miradas entre los enemigos y el anciano—. Esforzará demasiado la espalda.

Ōnoki lo miró con una ceja alzada.

—¿Y quién crees que me ha puesto la espalda tensa? —replicó Ōnoki, con una sonrisa seca. Aludía, sin rodeos, a aquella pregunta lacerante que el joven Kage le hizo en la reunión. —Estoy aquí para recoger los principios que tiré hace mucho tiempo.

Zuko no pudo evitar sonreír. Gaara también, aunque apenas. Era un gesto leve, compartido entre tres generaciones que, por fin, se encontraban en el mismo frente.

Pero el momento se quebró al escuchar un grito desde las líneas traseras.

—¡Llegando del cuartel general! ¡Se han detectado otras tres presencias enemigas a las nueve en punto! —avisó un guerrero de la Tribu del Norte.

—¿Más? —Zuko se giró en la dirección indicada.

La fatamorgana del desierto distorsionaba las siluetas. Tres figuras caminaban con paso seguro hacia el ejército. Muchos intentaron adivinar sus identidades, entrecerrando los ojos, cubriéndose la frente con las manos para bloquear el sol. Pero estaban demasiado lejos para distinguir sus rasgos.

Gaara cerró los ojos un instante. Activó su Tercer Ojo. Lo que vio lo dejó en silencio por unos segundos.

—Señor del Fuego —dijo finalmente, sin apartar la vista—, sospecho que los nuevos enemigos… son de tu mundo.

Zuko frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—Visten ropas parecidas a las de tu gente… Y uno de ellos lleva un atuendo muy similar al que tú llevas puesto.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. だってばね (dattebane). Muletilla característica de Kushina, semejante a la de Naruto, que refuerza sus similitudes madre-hijo y la conexión que él siente al conocerla. No tiene traducción literal, transmite insistencia o énfasis.

2. 湯の国 (Yu no Kuni). País de las Aguas Termales.

3. 霜の国 (Shimo no Kuni). País Helado.

4. 赤砂のサソリ (Akasuna no Sasori). “Sasori de la Arena Roja”.

5. Capital de la Tribu Agua del Sur, según Avatar Legends.

6. 霧隠れの術 (Kirigakure no Jutsu). Jutsu de Ocultación en la Niebla.

7. El Sentido Sísmico es una habilidad rara entre los Maestros Tierra. Se conocen sólo siete usuarios, aunque las novelas sugieren que es inherente a todos, con distintos grados de agudeza. Los miembros de la División Sensor son aquellos cuyo sentido supera el promedio.

8. 卍の陣 (Manji no Jin). Formación representada con el símbolo budista del manji (卍).

9. 灼遁・過蒸殺 (Shakuton: Kajōsatsu). Elemento Quemar: “Asesinato Extremadamente Humeante”.

10. 柔拳法一撃身 (Jūkenpō Ichigekishin). Arte del Puño Suave: “Golpe de Cuerpo Entero”.

11. 直橋 (Zhí qiáo). Uno de los Doce Puentes del estilo Hung Gar.

12. 血継淘汰 (Kekkei Tōta). “Selección de Línea Sanguínea”.

Chapter 14

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Darui encendió la mecha. Acometió al enemigo con el Rayo Negro que le fue legado por el Tercer Raikage. Sus tropas se lanzaron al ataque con un estridente grito de armas. El sonido de los impactos de hierro pronto sobrecargó el pesado aire.

Las resistentes criaturas blancas iban siendo despedazadas por los shinobi y los miembros de la compañía de Sokka. Era su primera vez liderando un equipo militar de manera formal, y no podía rehuir su nerviosismo. Había luchado en incontables ocasiones como miembro del Equipo del Avatar; su experiencia en batalla no podía ponerse en duda. Pero lo que preocupaba a sus subordinados era su corta edad para capitanear.

Una particularidad de la División de Caballería de la Cuádruple Alianza era que sus regimientos contaban con animales terrestres variados como caballos de batalla. El Primer Regimiento, al cual Sokka pertenecía, usaba al leopardo caribú de las nieves; el Segundo, al rinoceronte de Komodo. Montado en su félido designado, cargó contra tres Zetsus Blancos, cortándolos con su espada de una sola tajada. Uno de ellos no cayó. Se repuso rápidamente y se abalanzó sobre su atacante, casi logrando tirarlo de su cabalgadura. Pero el otro pudo reaccionar a tiempo, partiéndolo a la mitad.

—¿Qué son estas cosas? —se preguntó, con una mueca de repulsión. Ni siquiera la Alianza Shinobi, quien les proveía la mayor parte de la información, estaba completamente segura de lo que esas problemáticas alimañas eran.

Múltiples de los engendros salieron disparados cuando Chōza Akimichi activó su Baika no Jutsu(1), adquiriendo el tamaño de un coloso. Sokka advirtió que muchos de los suyos se le quedaron viendo como embobados.

—¡Oigan! Ya sé que piensan que están alucinando, ¡pero no lo están! ¡Así es, acaban de ver a alguien volverse como diez veces más grande! ¡Ahora muévanse!

En otro rincón, el líder del clan Hyūga estaba enfrentándose a su hermano, Hizashi. Los demás resucitados eran Dan Katō y Asuma Sarutobi, ambos ninjas de Konoha, además Kakuzu de Akatsuki y, cómo olvidar, los Kingin Kyōdai(2) de Kumo, a quienes el comandante estaba por enfrentar.

—Qué molesto es estar siendo manipulados por la técnica de ese Segundo Hokage que derrotamos, ¿no lo crees, Kinkaku?

—Lamento que las "Dos Luces" de La Nube hayan sido humilladas de esta forma —dijo Darui, parado a unos metros de distancia de ambos hermanos.

—Oye, Ginkaku, mira su hombro izquierdo. —El moreno tenía tatuajes de caracteres en los deltoides; en el derecho, el de agua(3), y en el izquierdo, el de rayo(4). Ambos denotaban sus naturalezas de chakra afines, el Elemento Agua y el Elemento Rayo, y que, además, poseía el Kekkei Genkai del Elemento Tormenta.

—Es el chico que heredó las técnicas de rayo del Tercer Raikage. Puede ser un oponente decente.

—Me apena tener que hacerles esto a mis senpai, pero tendré que humillarlos un poquito más. Puede que su revestimiento de oro y plata se desconche de a poco cuando mi Ranton(5) los golpee, aunque sea un poco lento.

Samui y su hermano, Atsui, aparecieron para darle apoyo a Darui.

De vuelta en el cuartel general, el Cuarto Raikage golpeteaba ansiosamente la mesa con un dedo. En vista de su intranquilidad, Tsunade le pidió que se calmara, pues era el Comandante Supremo del Ejército Shinobi.

—Es fácil decirlo cuando no sabes la historia detrás de los Hermanos de Oro y Plata —alegó—. Son los más vilipendiados criminales de La Nube Oculta… En la ceremonia donde entramos en una alianza formal con La Hoja, intentaron llevar a cabo un Golpe de Estado emboscando al Segundo Hokage y al Segundo Raikage.

—Lo que sí había escuchado es que ellos tenían los "Cinco Tesoros" del Sabio de los Seis Caminos y que habían dejado a mi tío abuelo al borde de la muerte, pero nunca oí que tenían chakra del Nueve Colas —dijo la ninja médico.

—En sus tiempos, Kumogakure intentó capturar al Nueve Colas. Aparentemente, el zorro se tragó a los dos —explicó A—, pero sobrevivieron y se revolvieron tanto en su estómago que tuvo que regurgitarlos. A raíz de eso, parte de su chakra se impregnó en ellos. Tiene sentido cuando se considera que estuvieron ahí dos semanas.

—No sé si creer todo esto... —insistió Tsunade.

—Yo sí que puedo —dijo Hakoda con atonía, resoplando apenas—. No sería lo más extraño que he escuchado desde que llegamos aquí.

—Lo que digo es la verdad. Es porque tienen chakra del Kyūbi que pueden manejar los Cinco Tesoros en primer lugar.

—Qué molestia —murmuró el pastor de ciervos, repitiendo inconscientemente la frase preferida de su hijo. Realmente me vendría bien un trago, se dijo mentalmente. —La guinda del pastel es que no tenemos ninguna información sobre los resucitados del mundo de los Maestros. No sabemos quiénes son ni qué habilidades poseen.

—El Kazekage nos comunicó su sospecha de que los otros tres que llegaron a su ubicación son de nuestra dimensión. Lo mejor es enviar un equipo a investigarlos de cerca —dijo el guerrero—. ¡Comandante Inoichi, dígale a la división que mande un grupo a averiguar y que el Kazekage se enfoque en los Kages pasados!

—¡Recibido! —el cabeza del clan Yamanaka se encargó de entregarles la consigna con el Dispositivo de Comunicación de Transmisión de Chakra—. ¿Qué…? ¡Acabo de recibir de la subunidad de Sokka que los Edo Tensei de su mundo que llegaron a su frente son una Maestra Agua y un Maestro Tierra, respectivamente Tagaka y el Rey Tierra Jialun!

Hakoda se puso pálido.

—¿Tagaka, dices? No se referirán a…

—¿Sabes quiénes son? —le preguntó de inmediato Shikaku, deseoso de conseguir la mayor cantidad de datos posibles sobre los oponentes.

—…Tagaka era la reina de un grupo prominente de brutales corsarios llamado la Quinta Nación. Eran étnicamente diversos, pero ella y la mayoría de sus miembros descendían de la Tribu Agua del Sur —explicó, una vez recuperó la voz—. Era una mujer despiadada, una Maestra Agua de temer. Las historias sobre sus gestas y las de su familia recorren la tribu a día de hoy. No fue por nada que se ganó el nombre de Azote Sangriento del Mar del Este. En vida, destruyó casi completamente la Armada del Reino Tierra. No puedo creer que la hayan revivido… Murió hace cientos de años.

—Kabuto y sus mañas… —dijo Shikaku—. Es increíble, no nos dan tregua. ¿Y qué sabes sobre el Rey Tierra?

—Sólo que reinó durante la era del Avatar Roku —replicó Hakoda—. El indicado para resolver nuestras dudas no podría ser otro que el Rey Tierra actual.

—¡Inoichi, contacta al Rey Tierra Kuei, pronto!

La División de Protección Daimyō de Mei Terumī se desplazaba en rotación constante, cambiando de ubicación cada cierto intervalo para evitar que Akatsuki interceptara a los Señores Feudales. Kuei fue puesto junto a ellos, pues, a diferencia de los demás líderes, no podía pelear. Era vital que fuese custodiado, especialmente porque Azula formaba parte de la organización. Ya había atentado contra su vida una vez, durante el Golpe de Estado de Ba Sing Se.

—¡Su Majestad, ha ocurrido algo en el campo de batalla y el cuartel general solicita su cooperación! —anunció un ninja que llevaba a la espalda el dispositivo portátil de comunicación.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó con curiosidad el Señor Feudal del País del Fuego, abanicándose con parsimonia.

El shinobi explicó la situación. El rey número cincuenta y dos del Reino Tierra se levantó del tatami tan presuroso que por poco cayó.

—¡¿C-Cómo?! ¡¿Han revivido a mi tátara-tátara-tátara abuelo?!

—Uh… eso parece. ¿Qué puede decirnos sobre él?

Al ser excluido de las decisiones de gobierno desde su infancia, Kuei había buscado pasatiempos para distraerse. Además de coleccionar criaturas de todo el mundo, estudiaba la historia de sus antecesores. Antes de que Long Feng le prohibiera continuar por temor a que descubriera el lado oscuro de los reyes tierra, había alcanzado a investigar sobre Jialun.

Los textos lo pintaban como un gran soberano benevolente. Pero la realidad era distinta. Durante su reinado ocurrió la infame Noche de los Sabios Silenciados: una purga masiva de Sabios Tierra por parte de los Dai Li, por hablar en contra del rey. No fue para "defender la patria", como se decía, sino para proteger un sistema ineficaz que servía a sus intereses. Además, fomentó un odio xenófobo hacia las otras naciones.

Era un Maestro Tierra habilidoso, entrenado por Sud, el profesor de Tierra Control del Avatar Roku. El mismo fue reconocido en su época como uno de los mejores Maestros de dicho arte.

—Lo que faltaba… alguien que fue preparado por el maestro de un Avatar —Hakoda intentó enfriar los ánimos—. Al menos ahora sabemos a qué atenernos.

—¿¡Qué pasa con la división de Darui?! ¿Y los refuerzos?! —exclamó Shikaku.

—¡Han logrado atrapar y sellar a Ginkaku, pero Kinkaku se ha cubierto con el Manto del Kyūbi y está arrasando todo!

—¡¿El Manto del Zorro Demonio?! Entiendo que tengan su chakra, pero ¿¡cómo es posible que puedan tomar su forma también?! —profirió Tsunade.

—Como dije, pasaron dos semanas dentro de él. Sobrevivieron comiéndose la carne de su estómago. Ningún humano en la historia ha comido la carne del Nueve Colas —aclaró el Raikage—. Alguien de La Nube intentó replicarlo comiéndose un tentáculo del Ocho Colas, pero murió. Puede que los hermanos sean tan especiales por ser parientes lejanos de Rikudō Sennin.

—¿Qué hacemos?

—Sólo se me ocurre una manera de detenerlos. Kinkaku tiene un chakra monstruoso, pero lo que no tiene es el quinto tesoro. Y nosotros sí —dijo—. Podemos usarlo para sellarlo. Vengan conmigo.

Los llevó al sitio donde se guardaba la Kohaku no Jōhei(6), uno de los Tesoros Sagrados de los Seis Caminos. El Raikage explicó que fue usada para sellar al Hachibi. Su funcionamiento consistía en que el portador llamara al objetivo; si este respondía, la vasija registraba su voz y lo sellaba dentro.

La enviaron a Darui con el Tensō no Jutsu de Mabui.

Kitsuchi y How llegaron por fin. El primero salvó al comandante de la Primera División de un ataque, mandando a volar a Kinkaku con un puño envuelto en piedras.

—¡Lamento la tardanza!

How saltó frente a unos soldados de la compañía de Sokka, resguardándolos de los dardos de roca enviados a toda velocidad por parte de Jialun.

—¡General How! —el joven capitán llegó hasta él en su montura y se bajó de ésta.

—Nunca pensé que me enfrentaría a un Rey Tierra… Mucho menos a uno muerto.

La autoproclamada Marquesa del Mar del Este surfeó sobre una ola que se alzaba como una lengua de agua viva. Llegó a la playa con la gracia de una cazadora que sabe que todos la están mirando.

—Así que estamos peleando una guerra junto a los "shinobi"… —La pirata sonrió ladina, con una mueca lobuna que mostraba más dientes que simpatía—. He escuchado una que otra historia sobre ustedes. Aunque quién iba a decir que eran más que una fantasía...

—Imposible… ¡¿Ella es la famosa reina Tagaka del Sur?! —exclamó un atemorizado guerrero de la Tribu del Norte.

Inoichi acababa de esparcir la información sobre los dos Edo Tensei a todas las divisiones cercanas. La esclavista los observó con su mirada sin alma, como un depredador que ya ha elegido a quién desgarrar primero.

—Hay gente de todas las naciones aquí… como en mi Quinta Nación —comentó, con tono casi nostálgico—. ¡Hasta compatriotas míos! Qué agradable sorpresa.

Sokka sintió un escalofrío. Su semblante retorcido lo repelía, y cuando ella se fijó en él, el malestar se volvió náusea. El joven alzó su espada. Tagaka levantó ambas cejas, fingiendo sorpresa.

—Un koala-oveja tratando de ser un lobo ártico. Qué divertido.

—¡No hables con ese sentido de pertenencia! —exclamó un guerrero del sur, ya entrado en años—. Por años, la Tribu Agua del Sur te despreció a ti y a tus ancestros por haber fundado esa detestable banda de piratas. ¡Saqueaste, esclavizaste y devastaste las costas del Reino Tierra! ¡Eres una vergüenza para nosotros!

—Ah, como sea… —Tagaka giró sobre sí misma y saltó hacia atrás, posándose sobre las aguas con la ligereza de una sombra—. Me duele tener que hacerles esto, pero no me queda de otra.

Separó las piernas, flectó las rodillas. Tiró ambos brazos hacia arriba. Una inmensa ola se levantó detrás de ella, enorme y recia como un barredor tsunami.

Su ataque los iba a destruir.

La embestida de los Zetsus y la de Kinkaku ya los habían diezmado. No podrían reponerse de esto.

Sokka sintió su corazón caer hasta el estómago.

—Los brutos de las Tribus Agua siempre van actuando como bárbaros. —Jialun se elevó sobre una plataforma de tierra, evitando el maretazo. How lo siguió, erigiendo una columna de piedra que lo llevó a la misma altura.

—Su Majestad, no quisiera faltar a alguien de la realeza… Pero usted no es quién para decirlo. ¿O acaso olvidó que intentó debilitar a las Tribus Agua creando riñas entre ellas? ¿Que se empecinó en impulsar la intransigencia para desviar la atención de su gobierno corrupto?

Jialun lo miró de pies a cabeza, analizando su uniforme. Era distinto al de su época.

—Si un súbdito tiene la osadía de hablarle así al Rey Tierra… Mi sucesor debe estar haciendo un pobre trabajo.

—Se equivoca —replicó How, con una media sonrisa—. No le echaré flores; muchos lo consideran cobarde y débil. Pero tiene algo que ningún Rey Tierra ha mostrado tener antes: La capacidad de admitir sus errores y defectos. Y de colaborar abiertamente con las demás naciones, en vez de acaparar el poder.

La ola de Tagaka seguía creciendo. Una masa de agua viva, monstruosa, con la intención de devorar la costa entera.

Sokka trató de pensar. Ignoró los gritos despavoridos de Maestros y shinobi. La idea se incubó en su mente como una chispa en medio del fuego cruzado. Y con el calor de la batalla, nació.

Le gritó al primero de sus hombres que encontró cerca:

—¡Diles a los Maestros Tierra que corran y levanten un dique alrededor de la costa! ¡Crearemos un rompeolas!

—¿Un rompeolas…? ¡Eso no funcionará, la ola es demasiado grande! ¡No les dará el tiempo para formar una muralla del tamaño necesario para…!

—¡No hace falta que sea absurdamente alto! Primero levantarán un murallón bajo la superficie del mar, y luego el dique. El muro le restará energía a la ola, pero no la detendrá por completo. Para eso es el dique. ¡Pídeles a los ninjas de los equipos especializados en Doton y Suiton que ayuden!

El soldado lo miró dubitativo. Sokka no supo si era por incredulidad, por miedo, o por prejuicio. ¿Pensaba que era una bufonada, viniendo de él?

Trató de no sentirse ofendido. Inhaló profundamente por la nariz, y le gritó como un loco:

—¡Tu capitán te está dando una orden! ¡Obedece!

El infeliz cedió. Corrió gritando a los cuatro vientos lo que Sokka había ordenado.

Mientras los que estaban en los arenales se congregaban para ejecutar la consigna, las nuevas generaciones de la formación Ino–Shika–Chō llegaron desde los acantilados, siguiendo la estratagema que Shikaku había diseñado para frenar a Kinkaku.

Chōji abrió con su taijutsu Nikudan Sensha(7); Shikamaru lo siguió con su Jutsu: Imitación de Sombra, paralizándolo. Kinkaku logró zafarse, pero Ino lo detuvo justo antes de que hiriera a Shikamaru, aplicando su Jutsu de Transferencia de Mentes.

Teniendo control del cuerpo de Kinkaku, respondió al llamado de Darui. La vasija registró su voz, sellándolo exitosamente.

—¡¿Cómo pudieron las Dos Luces ser derrotadas por unos dones nadies chapados en cobre?! —voceó el Hermano de Oro, mientras era absorbido por el contenedor.

—Es cierto que la plata y el oro brillan más que el cobre, y que son más valiosos —dijo Darui—. Pero si reúnes suficiente cobre, vale lo mismo que una moneda de oro. Actuaste como si fueras de oro puro, pero sólo tenías la fachada. ¡Por eso ganamos!

Sonrió con arrogancia. Puso la tapa al recipiente. Proceso de sellado: terminado.

Muchos celebraron. Los padres del trío de Konoha, orgullosos, también lo hicieron.

Pero Kitsuchi alzó la voz a la brevedad:

—¡No cantemos victoria antes de tiempo! ¡Que los escuadrones del seis al diez saquen a los heridos de aquí! ¡El resto, quédese conmigo!

Le indicó a Darui que se acercara. Ambos se pararon al borde de un farallón para observar lo que sucedía en la playa.

El de pelo blanco amarillento echó maldiciones.

Un largo dique, formado en secciones, había sido levantado frente a la costa. Una muralla improvisada, una línea de defensa contra la ola colosal que se acercaba como una bestia marina.

Estaba yendo camino hacia al muro.

—¡Ahí viene! ¡Los del agua, prepárense! —ordenó Sokka.

El agua colisionó con tal ímpetu que los Maestros Tierra y usuarios de Doton tuvieron que luchar por mantenerse firmes, sosteniéndose ellos mismos y los dos malecones: el que estaba bajo el agua, y el del litoral.

—¡No va a resistir! ¡Se nos vendrá encima! —exclamó un ninja de Sunagakure, sudando profusamente con las manos pegadas al suelo.

—¡Tienen que permanecer así un poco más! ¡Aguanten! —gritó Sokka.

—¡Es más fácil decirlo que hacerlo! —replicó un soldado de Ba Sing Se.

—¡Ya dejen de lloriquear, maldita sea! ¡Aaaghh! —rugió otro de Iwagakure, como si el grito le diera más peso a sus pies.

Sokka vio el agua saltar por encima del dique y descender en hilillos por el muro. Estaba a punto de rebosarlo.

Son duros de roer, pensó Tagaka, observando desde el otro lado del rompeolas improvisado. La ola comenzaba a decrecer. Les daré un empujón.

Quería retroceder la ola para darles una falsa sensación de seguridad… y luego empujarla de nuevo cuando bajaran la guardia.

Pero escuchó un salpicón detrás de ella. Se giró.

Allí estaban Sokka, un Maestro Tierra y un shinobi del Equipo de Sellado, sobre una recién elevada porción de suelo.

Ese era el último paso del plan.

—Mientras la mayoría se ocupa de detener la ola, nosotros llegaremos hasta ella viajando por un túnel submarino y la atraparemos distraída… ¡Luego, la sellaremos!

Tagaka ensanchó los ojos. Extrajo su espada jian(8) esmaltada en verde y cortó al Maestro Tierra. Sokka chocó su arma con la suya.

—Eres hábil, muchacho —sonrió, mostrando los dientes—. Si hubieras nacido en mis tiempos, te habría reclutado en mi flota.

—Jugar a los piratas no es lo mío —sus músculos temblaban mientras trataba de frenarla, pero logró superarla y empujarla. Empezaron un duelo de espadas en el que ella tenía la ventaja.

—¿Sabes? Esta espada perteneció al último almirante de Ba Sing Se. Lo maté en un duelo legendario. Me la quedé como recuerdo. De relumbrón, ¿eh?

—Tristemente, la gente no sabe apreciar a las leyendas. Evité que flotas hostiles navegaran a las costas de la Tribu Agua del Sur. No abandoné a mi gente, a pesar de que me dieran la espalda. Y bueno, ya ves el trato que recibo.

—Tú estás liderando, ¿no? Seguro entiendes lo que digo. Lo que se siente que aquellos a quienes tratas de proteger recelen de ti.

Sokka lo sabía. Desde que fue nombrado capitán, suscitó críticas. Entendía que a los shinobi les costara confiar en él. Aún no se acostumbraban a la gente de su mundo. Pero los vituperios más duros venían de los suyos.

Que si era muy joven. Que si no querían hacerle caso a un salvaje de la Tribu Agua. Que si no tenía la experiencia para dirigir.

No le importaba la imagen que tuvieran de él. Pero debía admitir que tanta reprobación lo hizo dudar. De sí mismo. De sus capacidades.

—…pero de ahí a compararme con una pirata desalmada como tú hay un abismo.

El Maestro Tierra caído se levantó. Apresó las piernas y brazos de la reina de la Quinta Nación en rocas, impidiéndole usar su Agua Control.

—¡Séllala ya!

El ninja de Sunagakure lanzó su Nunoshibari no Jutsu. Tagaka fue envuelta firmemente en un rollo de tela. Inmovilizada. Le pegó una etiqueta de sellado encima. No podría ser convocada de nuevo al campo de batalla.

El dique descendió. Y se reveló a la soldadesca su victoria.

Eufóricos, festejaron. Alzaron puños al cielo. Júbilo saturado.

Sokka sonrió. Ayudó al Maestro Tierra a mantenerse en pie con la ayuda del de la Arena.

—Llevémoslo al equipo médico.

 


 

Mientras tanto, Shikamaru, Ino y Chōji se enfrentaban a su sensei, Asuma.

El Nara, con su Kagemane no Jutsu, atrapó al Sarutobi y lo lanzó hacia el Akimichi para que lo golpeara, pero Chōji detuvo su agrandado puño a medio camino.

—¡Chōji! ¡¿Qué estás haciendo?! —le gritó Shikamaru.

—¡No puedo hacerlo! ¡No puedo golpear a nuestro sensei!

Su aflicción entristeció a Ino. Chōji tenía un gran corazón, pero en esa situación, su bondad les jugaba en contra. A ella y a Shikamaru tampoco les complacía pelear con su maestro, pero comprendían que no podía primar el sentimentalismo.

—¡Vamos, dijiste que estabas listo para esto! —lo reprendió Shikamaru.

—¡Apártate del camino, Chōji! ¡Fūton: Fūjin no Jutsu!(9) —el resucitado, sin poder controlar sus movimientos, se libró de la técnica del Nara y lanzó una ráfaga hacia su estudiante rollizo.

Demasiado afectado para reaccionar, fue Ino quien tuvo que saltar y tirarlo al suelo para que esquivara el ataque.

—¿Están bien? —Shikamaru se les acercó, en guardia ante otro posible embate.

—Por poco… —replicó Ino.

—¿Por qué…? ¡¿Por qué está sucediendo esto?! —Chōji apretó los puños con frustración.

El manipulador del Edo Tensei era cruel. Forzaba a tantos a enfrentarse a sus seres queridos. Chōji sintió sus ojos arder. Los cerró, haciendo un esfuerzo inhumano por someter la melancolía que quebraba su voluntad.

—¡No es momento para sensiblerías! ¡Tenemos órdenes que cumplir! ¡Prometimos detener a Asuma juntos!

—¡Supéralo, Chōji, soy tu enemigo ahora! ¡Estás peleando con un hombre muerto, no muestres piedad! —dijo el exmiembro de los Doce Guardianes Ninja, uniéndose al intento de Shikamaru de espolearlo.

Pero Chōji seguía murmurando excusas. Entonces, Asuma lo miró con dureza.

—¡Deja de gimotear, gordo inútil, y enfréntame!

Él siempre se enfadaba cuando lo llamaban "gordo". Quienes lo hacían sufrían las consecuencias.

Enfurecido, quiso golpear a Asuma… pero volvió a detenerse.

Recordó momentos breves, preciosos: las veces en que iban a comer a Yakiniku Q; los entrenamientos en los que siempre vencían a Shikamaru porque era demasiado flojo para pelear; las misiones que completaron juntos.

Todo eso se le venía a la mente cuando pensaba en que tenía que lastimarlo.

Asuma frunció el ceño. La amabilidad de Chōji siempre fue una de sus mayores fortalezas. Incluso ahora lo creía. Pero temía acabar hiriendo a cualquiera de los tres.

Ino usó el Shintenshin para controlar a su compañero y bloquear los ataques de Asuma. Le habló desde su mente:

—Escucha, sé cómo te sientes. Los tres, como equipo, fuimos en muchas misiones con Asuma-sensei. ¡Shikamaru y yo tampoco queremos pelear con él! Pero es porque lo conocemos bien que podemos detenerlo sin poner en riesgo al ejército. Chōji, ¿no recuerdas lo que representa el arete que llevamos?

Él se tocó la oreja.

Cuando ascendieron a Chūnin, Asuma les dio pendientes de botón de plata. Era parte de una tradición: un miembro del clan Sarutobi los entregaba a los de los clanes Yamanaka, Nara y Akimichi al ser promovidos.

Habían dejado atrás los aros de argolla. Se habían vuelto adultos. Como mayores de edad hechos y derechos, debían responder a sus responsabilidades.

Chōji lo sabía. Pero no podía asumirlo.

Su padre llegó para interponerse entre él y el Katon: Haisekishō(10) de Asuma. Se quemó con el ataque. El fallecido gritó su nombre, preocupado.

Shikamaru comenzaba a impacientarse. Si las cosas continuaban así, su maestro acabaría lastimando a quienes fueron sus camaradas. Podría incluso…

 


—Nunca te dije quién era el "rey"…

Asuma le había dicho eso mientras moría en sus brazos, vencido por Hidan de Akatsuki. Él no pudo hacer nada para evitarlo.

El hombre tosió sangre en su chaleco, luchando por decirle sus últimas palabras.

Era una alusión al shōgi(11). Shikamaru había pensado que el "rey" era el Hokage. Pero no. Los "reyes" eran los niños aún por nacer. Los que crecerían y cuidarían a La Hoja.

—Uno de ellos todavía está en el vientre de Kurenai. Es nuestro hijo…Shikamaru, cuida a mi "rey".


 

Sintió su mandíbula temblar. Las manos se le cerraron tan fuerte en puños que la piel se blanqueó.

—¡Sé hombre, Chōji! —lo abroncó. —¡Ya no somos niños que necesitan que los adultos los protejan! ¡Ahora nosotros somos los protectores! ¡¿Acaso quieres quedarte sentado mirando mientras Asuma mata a su propio hijo?! ¡¿Crees que eso es tener piedad?!

—¡No te me ablandes, Chōji! —le gritó Chōza. —¡Eres el futuro decimosexto líder de los Akimichi, actúa como tal!

En ese momento, Chōji recordó el juramento que había hecho el día en que su padre le entregó sus aretes. Fue cuando se volvió oficialmente chūnin.

Los pendientes no eran solo ornamento. Eran legado. Los niños los llevaban desde que se volvían genin, heredándolos de sus padres, para que el juramento de la generación anterior se grabara en su memoria. Y al devolverlos, se les reconocía como adultos. Como protectores.

Chōji lo había olvidado. Pero ahora, lo escuchaba. El juramento susurrándole al oído.

—Juro solemnemente que, como decimosexto líder de la familia Akimichi, defenderé el juramento hecho por la quinceava generación y criaré a la decimoséptima para defenderlo. Yo, Chōji Akimichi, con tal de proteger a los clanes Yamanaka y Nara, así como a la Aldea Oculta Entre las Hojas, por la presente salgo de mi capullo como una mariposa plenamente desarrollada, ¡y tomo vuelo!

…Y lo honraría a como diera lugar.

Su padre, sus compañeros, y su maestro lo miraron estupefactos.

Dos grandes alas azules de chakra se desplegaron desde su espalda. Había activado el Modo Mariposa. Sin necesidad de ingerir las Tres Píldoras de Colores(12).

Chōza se quedó sin palabras. Era una muestra irrefutable: su hijo había recuperado la determinación.

Chōji fijó la mirada en Asuma. Ya sin vacilar.

Buen chico, sonrió el Sarutobi para sus adentros. ¡Esa es la mirada que quería ver!

Sasuke estaba cansado de esperar.

Seguía en Sangaku no Hakaba, con los ojos vendados tras el trasplante que le hizo Tobi. Le había aconsejado descansar hasta acostumbrarse a ellos, y dejó a Zetsu como guardián para asegurarse de que obedeciera. Pero Sasuke no creía necesario alargar su estancia. Ya sentía el poder de Itachi latiendo en su interior. Todo debía estar en orden.

El silencio y el aislamiento lo empujaron a reflexionar con una intensidad que no esperaba. Su encuentro con el pasado —con sus excompañeros, con su sensei— lo perseguía.

—¡¿Qué demonios quieres de mí?! ¡¿Por qué insistes tanto en ayudarme?!

—Porque eres mi amigo.

No podía entender qué pasaba por la cabeza de Naruto.

La conversación había reafirmado lo que siempre pensó de él: que era un cabeza dura. Un idiota. Pero por algún motivo, esas palabras lo estaban molestando más que nunca. Tal vez porque se negaba a aceptar que había cambiado. Que el viejo Sasuke había muerto junto a su hermano. La negación era una forma de sobrellevar el dolor, sí, pero ¿cómo podía Naruto seguir llamándolo "amigo" sabiendo lo que hizo? ¿Por qué lo defendía?

Estaba con Akatsuki. Había intentado matar a Sakura. Quiso hacer lo mismo con Kakashi. Y aun así, Naruto se obstinaba en sacarlo de la oscuridad, como si pudiera arrastrarlo de vuelta a la luz.

Pero para Sasuke, no existía la luz. Sólo había tinieblas. El sol se había apagado.

Miraba directo a la fosa renegrida donde irían a parar los que abandonaron, los que utilizaron a Itachi. Y su resolución se afianzaba. Naruto quería que renunciara a su venganza, que regresara a la aldea que ejecutó a su clan. Pretendía que viviera entre los culpables de su sufrimiento como si nada hubiese pasado.

Era un egoísta.

Sasuke no pensaba recular. No pararía hasta que Konoha fuera destruida y no pudiera resurgir de entre las ruinas. Estaba seguro de lo que tenía que hacer.

—Yo, al igual que tú, perdí a toda mi gente. Soy el único sobreviviente de una etnia que fue exterminada por otra nación hace muchos años. Nadie sobrevivió al genocidio… Nadie excepto yo.

Sasuke frunció el ceño. ¿Qué iba a entender ese sujeto? Que sus situaciones fueran similares no le daba derecho a hablar como sabihondo. Lo irritaba sobremanera. Después de acabar con Naruto, haría que ese "Avatar" se tragara su falsa empatía y entonces—

—Qué miseria. —dijo una voz femenina. Reconoció el tonillo pretencioso al instante—. Nunca vi un ambiente más lamentable. ¿No te aburres aquí?

—… ¿A qué has venido, Azula?

Escuchó el taconeo de sus botas al caminar. Estaba paseándose por los rincones.

—¡A visitarte, por supuesto! Oí que estabas bastante solo, así que vine a hacerte compañía.

—No quiero tu compañía.

—Hieres mis sentimientos. —Se llevó una mano al pecho, fingiendo pesar. Sasuke no podía verla, pero lo imaginaba perfectamente.

—¿Tobi te mandó?

—Yo no recibo órdenes de nadie.

—¿Entonces?

Fue a apoyarse contra la pared. Dobló una rodilla y puso el pie sobre ella.

—Ya que estamos, podría hacerte unas preguntas. —dijo. Sasuke no confiaba en la princesa en absoluto; apenas la conocía. Y tenía la certeza de que ella tampoco confiaba en él. No encontraba sentido en su acercamiento. —Madara… Tobi… como se llame. ¿Qué sabes de él?

—¿A qué viene eso?

—Has estado trabajando con él más tiempo que yo, ¿no? Algo debes saber.

Sasuke se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las piernas. Aparentemente, la chica no tenía tanta connivencia con el enmascarado como pensaba. Tenía sentido. Dudaba que alguien como él confiara plenamente en nadie.

—Incluso si supiera, no te lo diría.

—Bien. —dijo ella—. Hay muchas maneras de hacer hablar a alguien.

Él resopló, burlón. ¿Se suponía que debía sentirse amenazado? No le tomaría nada quitarse las vendas y liquidarla con el poder de su Fūmetsu Mangekyō Sharingan.

—Dime, ¿Madara te ha hablado de su plan? —ella captó el leve tic en su entrecejo—. ¿Sabes lo que está pasando afuera?

—… ¿De qué hablas?

—No me digas que no te lo contó. —Tomó su silencio como respuesta—. De verdad no estás enterado de nada… ¡Bah! Tal vez no sabes tanto como imaginaba. En ese caso, no me sirves de nada. —Giró sobre sus talones para marcharse. Sasuke la detuvo.

—Aguarda. —le dijo. Azula torció los labios. —Si hablas de lo de capturar a los Bijū, estoy enterado.

—Bueno, eso es una parte del plan. Una muy vital. —prosiguió—. Supongo que, si sabes eso, también sabes para qué los quiere… y al Avatar.

—¿Qué tienes que ver con ese tipo, el "Avatar Aang"? ¿Qué sabes?

—Incluso si supiera, no te lo diría.

Sasuke chasqueó la lengua. Era insidiosa. Pensó en una conversación que tuvo con Madara días después de la muerte de Itachi(13). Le había preguntado con qué fin reunía a las Bestias con Cola y en qué se relacionaba con La Hoja. Las respuestas fueron vagas, pero inquietantes.

 


—Madara, ¿cuál es tu objetivo?

—¿Mi objetivo? Bueno, si de verdad quieres saber, busco guiar a este mundo a una dimensión donde la justicia no existe.

—¿Qué quieres decir?

—Tomemos la guerra, por ejemplo. Es el choque de dos justicias, pero no hay manera de saber cuál es la correcta. El punto de vista del ganador siempre se impone. Así se escribe la historia. En otras palabras, la justicia es poder. La justicia sin poder se desecha como basura. Si eso es cierto, entonces el fin del mundo es inevitable. ¿Sabes por qué? Porque será dañado irreversiblemente por el choque entre los más poderosos de los seres.

—¿Hablas de las Bestias con Cola?

—Esa es una forma de verlo.


 

No sacó nada en limpio de esa plática, salvo que Tobi tenía una labia capaz de sacudir y cautivar corazones.

—Sé lo mismo que tú sobre él. —dijo llanamente—. No me importan sus planes mientras sirvan a los míos.

—Hm. Entonces, ¿no te importa que haya comenzado la Cuarta Guerra Mundial Shinobi?

Se irguió.

—¿La Cuarta Guerra?

—Y no sólo de shinobi. —Podía oír la sonrisa en su voz—. Hay un increíble cruce de mundos dándose ahora mismo.

—Explícate.

—Ya sabes… de mi mundo. Y el de ustedes.

Sasuke frunció el ceño, recordando las palabras del antiguo Uchiha:

—Ella es bastante famosa en su mundo, después de todo.

—¿Tu mundo…? ¿Vienes de otro mundo?

—Diste en el clavo. Vaya, no eres tan tonto.

—¿Y el Avatar también?

—Ya te haces una idea. —Azula levantó una mano y comenzó a agitarla en despedida—. Me marcho. Me doy cuenta de que fue inútil venir. Cuando te mejores, ve y pregúntale a Madara tú mismo… sobre el "Ojo de la Luna".

Se fue, dejando a Sasuke azorado.

Zetsu Negro asomó del suelo cuando ella pasó por la entrada. Azula se detuvo, sin voltear a verlo.

—¿Por qué no me detuviste de entrar?

—Dudaba que le hicieras daño a Sasuke. —dijo dócil—. Y no lo hiciste.

De alguna manera, estaba segura de que él sabía la verdadera razón detrás de su "visita", y lo que aspiraba al despertar la suspicacia de Sasuke hacia las acciones de Madara. Si lo sabía, tenía curiosidad de por qué, siendo su esbirro, lo permitió.

—Esa no es toda la razón.

Lo escuchó carcajearse falsamente antes de fundirse de nuevo en el suelo.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. 倍化の術 (Baika no Jutsu). Jutsu de Multi-Tamaño, característico del clan Akimichi.

2. 金銀兄弟 (Hermanos de Oro y Plata). Kinkaku y Ginkaku, célebres por portar el chakra del Kyūbi.

3. 水 (Mizu). Agua.

4. 雷 (Kaminari). Rayo.

5. 嵐遁 (Ranton). Liberación de Tormenta, un elemento combinado de agua y rayo.

6. 琥珀の浄瓶 (Kohaku no Jōhei). Literalmente, “Vasija Ámbar de Purificación”. Artefacto sellador legendario.

7. 肉弾戦車 (Nikudan Sensha). “Bola de Carne Humana” o “Tanque Humano”. Técnica de los Akimichi.

8. 劍 (Jiàn). Arma blanca china de hoja recta, tradicional en artes marciales.

9. 風遁・風塵の術 (Fūton: Fūjin no Jutsu). Elemento Viento: Jutsu de Tormenta de Polvo.

10. 火遁・灰積焼 (Katon: Haisekishō). Elemento Fuego: Cenizas Ardientes.

11. 将棋 (Shōgi). Juego de mesa considerado el “ajedrez japonés”. Se cree descendiente del chaturanga (चतुरङ्ग), mencionado en el Mahābhārata.

12. 三色の丸薬 (Sanshoku no Gan’yaku). Medicinas del clan Akimichi que regulan calorías y potencian el Modo Mariposa.

13. Conversación tomada casi textualmente del capítulo 1 de la novela Naruto Jinraiden: El Día que el Lobo Aulló (NARUTO -ナルト- 迅雷伝 狼の哭く日).

Chapter 15

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Un aguacero intenso azotaba la llanura.

Tajos silbantes cortaban el aire, y las armas caían con estrépito metálico junto a los cuerpos de sus empuñadores. Cuchillas kunai y shuriken yacían desperdigadas como semillas sobre la hierba manchada. Los gritos de combate se apagaron con el sonido ahogado de quien se atraganta con su propia sangre. Era la visión cruda y execrable de una matanza.

Una figura caminó entre los cuerpos exánimes: una mujer guerrera, blindada, que tras acabar la encarnizada escena, sacudió la hoja con un movimiento de muñeca casi casual y envainó su wakizashi(1) con elegante fluidez. La impetuosa lluvia dejó el campo a medio lavar, pero en esa época de tormentas, no tardaría en volver. El llanto de los cielos ante la brutalidad humana no se apaciguaba fácilmente.

Un hombre fingió estar muerto y se levantó de golpe para atacarla por la espalda con su ninjaken(2). Ella movió el suelo bajo sus pies, lo hizo caer, se adueñó de su espada y se la clavó en el pecho. Un gorgoteo de sangre brotó de su boca en chisguetes. Murió en segundos.

Solo al empujarlo para liberar la hoja, notó la puerilidad de sus facciones. La rigidez cadavérica había dejado incrustada una mirada de horror y los dientes apretados. Era un muchacho. No debía tener más de catorce años. Su armadura destrozada le quedaba grande.

Lo dejó caer boca arriba.

Debía marcharse antes de que llegaran más, pero una onda de cansancio la recorrió. Sus piernas temblaron. Ensartó la ninjatō en la tierra y se arrodilló, usándola como soporte. Permaneció así un largo rato, hasta que sintió un chispeo sobre la piel.

Levantó la cabeza.

Iba a llover. Otra vez.

 


 

Aang abrió los ojos de golpe, ofuscado.

Se llevó una mano a la cabeza, desconcertado por lo que había visto. El cuadro era tan cruento que le afectó el ánimo. ¿Qué había sido eso? ¿Quién era esa mujer? No logró ver su rostro ni un instante, pero sentía que la conocía.

—¿Aang? —Naruto lo observaba con preocupación—. Oye, ¿qué te pasa?

Tardó en reaccionar.

—Ah… ¡Nada! No fue nada...

Naruto le dio una mirada extraña, pero no insistió.

—Si tú lo dices… —murmuró—. ¡Eh, tío B! ¡Aquí hay otro león…! ¿O leona? ¡Ay, ay, ay! —jadeó cuando sintió a Momo jalarle la oreja. —¡Aang, dile a tu mascota que me deje en paz!

Naruto apartó al lémur con un gesto, y Momo salió volando en un chillido breve antes de volver a aterrizar justo sobre la cabeza de Killer B. El jinchūriki soltó una risa rítmica y, sin perder el compás, alzó una mano para rascarle suavemente.

—Este pequeñín no entra en el conteo, yo… —entonó con su rap improvisado—. ¡Es libre, es ágil, es Momo, bro!

El lémur se acomodó feliz en su nuevo trono improvisado, mientras los demás lo miraban con una mezcla de resignación y diversión.

Después de horas de entrenamiento, se dedicaron a investigar el ecosistema de la Isla Tortuga, tal como indicaba la misión de Naruto. Él y Killer B pasaron horas discutiendo sobre el sexo de los animales a los que no podían verles las partes íntimas.

Los dos días en la isla habían dejado mentalmente exhausto al Avatar.

Aoba, Naruto y Killer B le explicaron los conceptos básicos de las Naturalezas de Chakra que usaban los shinobi. Aunque Aang entendió mejor las explicaciones del Jōnin que las poco claras de Naruto o las de B, cuyo constante rapeo no ayudaba. Fue entonces que comprendió cuán profundas eran las diferencias entre sus mundos.

Para los ninjas, el chakra era una sustancia inherente a las formas de vida: su energía vital. En eso coincidían con los Maestros. La diferencia estaba en cómo lo utilizaban.

Mientras los shinobi usaban el chakra como arma —a través del ninjutsu—, los Maestros manipulaban las Artes de Control gracias al chi(3). Según los primeros, el Sistema de Circulación de Chakra tenía trescientos sesenta y un tenketsu(4) distribuidos por el cuerpo. Estos puntos podían ser dañados, bloqueados o liberados, y era a través de ellos que el chakra se proyectaba hacia el exterior para ejecutar jutsus.

El gurú Pathik le había enseñado a Aang que los chakras eran siete, alineados como estanques sobre un eje vertical. Se abrían y cerraban según el estado emocional del individuo. Por ejemplo, su Chakra de la Tierra —en la base de la columna— se había bloqueado una vez por el temor de enfrentar al Señor del Fuego Ozai.

El Control consistía en manipular el chi propio hasta poder extenderlo más allá del cuerpo e interactuar con el entorno. Los chakras eran racimos concentrados de chi, así que los Maestros no podían controlar el chakra como tal. Los ninjas sí, y lo hacían mediante diversos métodos, como los sellos manuales. Esa capacidad les permitía caminar sobre el agua, exhalar fuego o crear ilusiones.

Aang tardó en entender esa noción disonante, pero aceptó que cada cultura tenía sus propias creencias sobre cómo funcionaban las cosas. No intentaría decidir cuál era la correcta. Eran distintas, como lo eran sus técnicas.

Había visto a los ninjas de Takigakure en acción, a Naruto creando réplicas de sí mismo, a tres hombres con ojos rojos mágicos, a Killer B fusionándose con un pulpo gigante, a Yamato moldeando madera de la nada, a Guy desatando una fuerza física inhumana contra el tiburón y su espada viviente… Podría seguir y seguir.

Lo que realmente lo turbaba era la nueva transformación de Naruto.

No sabía cómo explicarlo, pero desde que la obtuvo, sentía algo extraño. Ya antes, al conocerlo por primera vez, había tenido una sensación similar. Pensó que era una simple corazonada, como la que tuvo al ver a Danzō, y la desestimó. Pero ahora se había reavivado con fuerza.

Sospechaba que estaba relacionada con el Kyūbi. Tal vez su espíritu podía percibir su presencia.

Cuando Naruto estuvo a punto de ser dominado por el odio de la bestia, Aang sintió su oscuridad y malevolencia, acuciante como la de Vaatu. Yamato y B intentaron ayudarlo a resistir, mientras él solo pudo observar, paralizado por la impresión que le causó la pujanza de ese chakra siniestro. Le resultaba familiar. Reaccionó igual que como lo hacía cuando había espíritus cerca.

No era solo eso lo que lo inquietaba, sino la supuesta misión de Naruto, "vital para la guerra".

Se había unido a las humoradas zoológicas de los Jinchūriki, pero en cierto momento, cayó en cuenta: investigar la fauna y flora del caparazón de una tortuga no parecía tener relación con un conflicto bélico que buscaba conquistar el mundo.

Pensó que el verdadero motivo para enviar a Naruto allí era evitar que el enemigo lo capturase y se hiciera con el Nueve Colas. Se preguntó si el de Kumogakure también estaba allí por lo mismo… y si lo sabía.

Si era así, ¿por qué la Quinta Hokage había insistido en que él lo acompañara? ¿Realmente existían esas pistas sobre Vaatu, o lo habían traído para ayudar a retener a Naruto en la isla? ¿No se lo habrían dicho si ese fuera el caso?

No sabía qué creer.

Además, la idea de que la guerra estallara en cualquier momento lo ponía ansioso. No quería que se llevaran a Naruto. No solo porque le había tomado cariño, sino porque sabía que si Madara —que ya tenía a Vaatu y contaba con el apoyo de Azula— se hacía con el Kyūbi, podría volverse imparable.

Tampoco dejaría que atraparan al señor B. No si podía evitarlo. Pero desde donde estaba, no podía hacer nada. No podía pelear para protegerlos.

Quizás debía preguntarle directamente a Yamato.

Aang se levantó del lugar donde había estado meditando y buscó con la mirada.

—Ey, chicos… —B y Naruto se voltearon hacia él—. ¿A dónde fue el Capitán Yamato?

—¡Va en dirección al poniente! —Raidō exclamó, lanzando el aviso mientras corría con toda la velocidad que podía reunir.

El equipo encargado de proteger a los daimyō y al Rey Tierra se encontraba en un aprieto: el enemigo había logrado secuestrar al señor del País de la Tierra y al propio Kuei.

Durante el trayecto, Raidō no dejó de vociferar contra sus compañeros, Genma e Iwashi, acusándolos de haberse descuidado por perder tiempo discutiendo banalidades, como los nombres que los Señores Feudales planeaban para las medallas de la Alianza Shinobi. Los otros dos lo dejaron desahogarse, conscientes de que sus reproches eran más frustración que juicio real.

—Enterado —respondió Genma, cambiando de golpe su dirección de viaje. No necesitó explicar nada: sus compañeros comprendieron al instante el plan. Rodear al enemigo desde múltiples flancos. Sabían que desde otras posiciones se acercaba el resto de la División de Protección.

Raidō iba a la delantera con su Kokutō(5) desenvainada, la hoja negra impregnada de veneno, más oscura que la obsidiana. Fue el primero en interceptar al secuaz de Madara: la criatura conocida como Zetsu Negro. Este arrastraba a cada líder en extensiones vegetales, ramas maleables que los sacudían en su huida. El daimyō tenía el rostro lívido, a punto de vomitar; el rey no estaba mejor.

—No se está mimetizando con el entorno como antes —observó Iwashi, con tono analítico.

—Será porque no puede llevárselos de otro modo —replicó Genma, evaluando la situación. Algo no cuadraba. Les habían contado que el enemigo secuestró a Yamato absorbiéndolo desde el suelo, oculto. ¿Por qué ahora exponerse? ¿Era incapaz… o estaba tratando de distraerlos? La División había previsto que intentara capturar a los demás daimyō, por eso habían dejado refuerzos en el escondite. Pero no parecía ser ese el objetivo. Más bien, buscaba dividirlos. Mantenerlos separados.

Raidō cargó contra el enemigo con el filo por delante. Zetsu reaccionó colocando al daimyō como escudo humano. El de Konoha giró sobre sí para evitar herirlo y se replegó a distancia.

—¡Tenga más cuidado! —bramó el anciano, aterrorizado de que su vida estuviera en riesgo incluso en manos aliadas.

—Perdone, Señor de la Tierra —dijo Raidō con templanza entrenada, plantándose frente a la amenaza sin retroceder, cuidando cada movimiento para no incitar al enemigo a dañar a los rehenes—. Pero esta es una situación crítica…

Genma e Iwashi tomaron posiciones en la retaguardia. Zetsu giró la cabeza de manera retorcida, como si husmeara el aire. Quedaba claro que podía detectar presencias cercanas.

—¿Creen que pueden engañarme? —su voz era viscosa, grave, como raíces arrastrándose bajo tierra—. No hay escondite que me detenga.

—Tendremos que retenerlo aquí hasta que la Mizukage y su guardia lleguen —dijo Genma. Entonces, un destello dorado entre las copas llamó su atención. Alzó la vista y distinguió un rostro maquillado, camuflado entre verdes. Dos. Tres… seis figuras. Una agitaba su abanico hacia la luz para señalar su presencia.

Genma se incorporó sobre la rama, su mente repasando posibilidades. Un ataque frontal no serviría: la vida de los líderes estaba en juego. Lo que se requería no era fuerza bruta, sino estratagema.

El Shiranui se enderezó, su expresión súbitamente severa, incluso irritada, como si la situación fuera un juego ridículo con solución obvia.

—¿Por qué no nos entregas al daimyō… y te quedas con el rey?

La sugerencia arrancó miradas de sorpresa de sus compañeros. Genma, el más templado, diciendo semejante barbaridad.

—¿Cómo dices…? —Iwashi masculló, pasmado. Genma no se inmutó.

—Lo que oyes —respondió, mirando a la criatura blanquinegra, que se detuvo, desconcertada. Sus palabras, escuchadas por aliados del Reino Tierra, podían sonar a traición. —Como ninjas, nuestro deber es proteger a los nuestros. Priorizar lo que fortalece a la Alianza. Es lo natural.

La despreocupación con que hablaba descolocó a Raidō e Iwashi. Se miraron entre sí, buscando confirmar que no era una broma. Genma removía el senbon en su boca como si todo fuera un detalle menor.

—¡¿De qué demonios hablas?! —Raidō estalló, rompiendo su calma habitual. —¡¿Quieres entregar al rey al enemigo a cambio del daimyō?!

Kuei soltó un chillido agudo, como gato al que pisan la cola. Entró en pánico, forcejeando en las garras de Zetsu al comprender que los ninjas parecían conspirar contra él. Raidō se alarmó y se preparó para atacar, pero Genma insistió:

—¡Piénsenlo! Si dejamos morir al Señor de la Tierra, las consecuencias para la Alianza serían desastrosas. Lo que ocurra con el rey no es asunto nuestro.

—Esto no es propio de ti, Genma —dijo Iwashi, consternado. —Traicionar así a la Alianza…

—Puedo entender que no confíes en ellos, pero conspirar contra compañeros de armas… —añadió Raidō, decepcionado.

—Piensen lo que quieran. Yo sólo tengo los intereses de la Alianza en mente —replicó Genma, mirando al enemigo—. ¿Y bien? ¿Cuál es tu respuesta?

Zetsu no era una criatura que mostrara emociones, pero incluso él se vio sorprendido por el giro del shinobi de la Hoja. ¿Está hablando en serio? se preguntó. Su naturaleza desconfiada no le permitía aceptar sin dudar.

En ese instante, una figura cayó desde arriba, mano firme sobre la wakizashi ceñida a su cintura. Sus ojos azules, afilados, escanearon a los hombres con la resolución de quien se sabe engañado.

—Mostraron su verdadera cara, shinobi —pronunció la joven. Era la líder de su subunidad: las Guerreras Kyoshi del Reino Tierra.

—¡Las Guerreras! —exclamó Kuei, aferrándose a la esperanza de ser liberado por sus aliados.

Las otras cinco descendieron tras ella, abanicos abiertos, listas para el combate.

—¡Sabía que estaban tramando algo! —Ty Lee estalló, con un enojo poco habitual en ella.

—Suki, Rie y yo nos enfocaremos en el rey. Tú y las demás encárguense de ellos —murmuró Aika a su compañera.

—Tsk… —Genma llevó la mano a su riñonera táctica, con intenciones claras de defenderse. Iwashi pensó en detenerlo. Raidō, horrorizado por lo que se avecinaba, apenas alcanzó a exclamar:

—¡Esperen…!

Suki extrajo una bomba de humo. La arrojó al suelo. Y la confusión se adueñó del campo.

 


 

La Quinta Mizukage, acompañada por Chōjūrō, avanzaba hacia el punto de enfrentamiento contra el miembro de Akatsuki. En la prisa no habían tenido tiempo de avisar al Cuartel General; en parte porque Mei había decidido no hacerlo hasta tener la certeza de que los líderes eran irrecuperables o que podían alcanzarlos. No quería esparcir el pánico entre las fuerzas aliadas, ya concentradas en resistir en cada frente.

El humo aún no se disipaba. Zetsu leía los movimientos de sus adversarios incluso con la visibilidad nublada. Tras él, volaba uno de los tessen de las Guerreras Kyoshi, afilado y brillante; la hoja de metal cortó el aire y la criatura se movió hacia un costado para evitar el golpe.

El abanico se deshizo con un poof y, en su lugar, apareció Genma, girando hacia el enemigo.

—¡¿Henge?! —exclamó Zetsu, sorprendido; deformó su cuerpo en un hueco para esquivar la patada del ninja. Genma escupió un senbon que silbó hacia la cabeza del adversario; Zetsu lo eludió, pero al girar descuidó la retaguardia. Suki y Ty Lee emergieron en ese instante, sus sables cortos cortando las extensiones que retenían a los prisioneros.

Genma observó cómo Zetsu intentaba fundirse con el suelo, como una cataplasma viscosa. Vio las ramas brotar con violencia y gritó:

—¡Salten!

Las Guerreras se apartaron justo antes de que las extremidades del enemigo intentaran arrastrarlas. Se reagruparon más allá del alcance; Aika sostenía al rey en brazos, y él, temblando, se aferraba a ella como a un salvavidas.

—¡Nos salvaron! ¡Gracias, gracias! —balbuceó Kuei. Aika suspiró, dejando que descargara el miedo en sollozos contra su hombro.

—¿Están todos bien? —preguntó Suki, acercándose a Genma y posando una mano en el hombro del Señor Feudal para comprobar su estado.

—Sí… se los agradezco profundamente. Estamos en deuda con ustedes —respondió el anciano, incorporándose con ayuda de Iwashi.

—Buen trabajo. Entendieron el plan de inmediato —halagó Genma con una sonrisa demasiado casual para el momento.

—Imitó a la perfección la forma de mi abanico —dijo Suki, todavía sorprendida por la rapidez de la idea.

Genma había usado el lenguaje de señas de la Alianza: "Sígueme". La supuesta traición no era más que una estratagema para romper la lectura del enemigo y ganar tiempo.

—¡Pudiste habernos avisado! —reclamó Raidō, aún tenso; desconocer la artimaña le había hecho imaginar lo peor: la ruptura de la colaboración entre ambos mundos.

—¿Querías que te explicara el plan frente al enemigo? Ni siquiera yo soy tan confiado —replicó Genma, divertido por la consternación del Namiashi.

—Ya es suficiente de discutirlo. Los recuperamos, eso es lo que importa —intervino Iwashi, práctico.

Zetsu se alzó de nuevo, recomponiéndose en espirales de ramas y fango. Su voz, viscosa y obstinada, rasgó el aire:

—No crean que esto ha terminado… Voy a arrastrarlos a todos conmigo.

—Formación hexagonal —ordenó Suki, organizando a las Guerreras—. Los líderes al centro. Si intentamos huir, los capturará de nuevo. Nuestra mejor opción es derrotarlo aquí y ahora.

—Los dejamos en sus manos —concedió Iwashi, y los ninjas avanzaron.

Antes de que Zetsu pudiera lanzar su contraataque, un olor corrosivo inundó el campo.

¡Yōton: Yōkai no Jutsu(6)! —vociferó Mei.

La lava lamió la carne sintética de Zetsu; la criatura se retorció, la superficie de su cuerpo burbujeó y se agrietó. Mei se limpió los dedos con gesto despreocupado, el carmín intacto.

—Ya no tienes a dónde escapar —sentenció.

Zetsu intentó abalanzarse hacia ella, pero Chōjūrō plantó Hiramekarei(7) entre ambos. Su hoja trazó una cortina de agua que se entrelazó con la lava de Mei; el choque produjo vapor y presión, una trampa térmica que volvió quebradizas las ramas del enemigo y le negó el refugio del suelo. Chōjūrō, más firme que de costumbre, sostuvo la línea con una determinación que sorprendió incluso a la Mizukage.

—¡Voy a defender este frente a como dé lugar! —advirtió, y por un instante su voz vaciló antes de recuperar firmeza—. O… bueno, lo haremos todos juntos.

Las Guerreras Kyoshi se movieron como una sola unidad. Los abanicos cortaban trayectorias, sus pasos cerraban el perímetro. Aika y Rie protegían a Kuei y al daimyō con sus cuerpos; Ty Lee y las demás interceptaban cualquier extremidad enemiga que intentara penetrar la defensa. Raidō e Iwashi aprovecharon la inmovilidad parcial para avanzar. El primero, con la Kokutō en alto, buscó un punto decisivo para ensartarla; Iwashi, analítico, le marcó la dirección exacta desde donde debía golpear.

Zetsu lanzó un latigazo de ramas para romper la formación. Las hojas se clavaron en la tierra, pero la combinación de agua y lava las volvió quebradizas. Intentó mimetizarse con el suelo, fundirse en la maleza, pero la presión térmica y la coordinación de los atacantes le impidieron esconderse. Sus movimientos, antes fluidos y confiados, se tornaron erráticos.

—¡Ahora! —ordenó Suki, y las Guerreras cerraron el hexágono con precisión. El perímetro se estrechó hasta que Zetsu no tuvo más que retroceder, sus ramas golpeando el aire sin encontrar presa.

Genma, al costado del cerco, sonrió con esa calma afilada que siempre lo precedía. El enemigo, distraído en su intento de capturar a Kuei y al daimyō, había dejado una abertura.

—¡Raidō! —llamó.

—¡Sí!

Los ojos de Raidō buscaron el punto débil que Iwashi había señalado; tensó los músculos y se lanzó. Zetsu logró escapar a duras penas, con parte de su cuerpo maltrecho, reapareciendo en una rama alta.

—Se movió en el momento preciso —se quejó Raidō, retomando la postura, mientras Chōjūrō se colocaba a su lado para presionar al contrincante.

Zetsu, por primera vez, mostró un atisbo de duda. La criatura que se había creído invulnerable se encontraba acorralada por la conjunción de ingenio y poder elemental.

El campo quedó suspendido un instante. Guerreras y ninjas se prepararon; la batalla que decidiría si los líderes saldrían intactos estaba a punto de estallar.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. 脇差 / 脇指 (wakizashi). Sable corto tradicional japonés.

2. 忍者剣 (ninjaken), también llamada ninjatō (忍者刀). Espada larga de hoja recta y cincelada. Se diferencia de la katana por permitir un desenvainado más rápido. Su uso histórico por parte de los ninjas sigue siendo objeto de debate.

3. Chi o qi (氣). Concepto de la cultura tradicional china. Muchas culturas poseen nociones similares, como el prana en la tradición hindú. Se entiende como “energía natural”, “fuerza vital” o “flujo de energía” presente en todos los seres vivos.

4. 点穴 (tenketsu). “Puntos de presión”, equivalentes a los puntos de chakra.

5. 黒刀 (kokutō). Espada negra, arma especial portada por Raidō Namiashi.

6. 溶遁・溶怪の術 (Yōton: Yōkai no Jutsu). Técnica del Elemento Lava, “Aparición de Fusión”.

7. ヒラメカレイ (Hiramekarei). Espada de hoja ancha y plana con dos hendiduras curvas cerca de la base, formando una guarda cruzada. Sus dos empuñaduras están unidas por un cordón corto, lo que le ha valido el nombre de “espada gemela” (双刀, sōtō). Transmitida desde la era del Primer Mizukage, es capaz de almacenar chakra y liberarlo bajo comando.

Chapter 16

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Fume y Mira llevaron a Kuei y al daimyō a un sitio más apartado del combate, evitando que fueran alcanzados por el cruce de ataques. Suki, Genma y Mei habían ideado capturar a Zetsu; sugerencia de la Mizukage, quien consideraba necesario obtener información del enemigo, ya fuera que la criatura la entregara voluntariamente o no.

Primero, Suki se encargó de la distracción. Con ayuda de Genma, lograron acercarse lo suficiente para propinar golpes a corta distancia. El adversario, huidizo, atrapó a ambos en uno de sus tentáculos maderosos y los estampó contra los troncos con un ruido seco que hizo temblar los árboles. El suelo estalló con el Mokuton emergiendo como garzas inquietas, lanzando zarpazos por doquier. Eran gruesas, numerosas, y se extendían como plantas trepadoras. Iwashi quemó varias a su paso con el Katōn: Karyūdan(1), exhalando una corriente de fuego desde la boca.

La arremetida comenzó a superarlos mientras las raíces se multiplicaban, viajando por debajo del suelo para emerger en sitios inesperados. Chōjūrō cortaba las que se acercaban, Hiramekarei liberada de las vendas que solían envolverla. El chakra azul recubría la espada larga, afinando la precisión con que destazaba la técnica del Akatsuki.

Recuperaron la delantera cuando arribaron los refuerzos. Los miembros de la División de Protección cortaban con sus kunai y detonaban sellos explosivos atados a las cuchillas arrojadizas, con tal agilidad que Zetsu no lograba regenerar sus órganos plantoides a tiempo. Viéndose rodeado, Mei creó una mezcla espesa de lodo ácido con su Elemento Lava, buscando atrapar e inmovilizar al enemigo. Pero este logró fundirse a medias con el suelo, en una charca maleable más allá de la hierba que chicheaba bajo el ardor del kekkei genkai de la Mizukage.

—Tengan cuidado con dónde pisan —la risa de Zetsu Negro reverberó como un eco cavernoso que vibraba en el estómago de quienes lo escuchaban.

Suki ensartó su wakizashi en la porción del suelo donde estaba fundido. Él desapareció antes de ser atravesado y no volvió a resurgir.

—Escapó —gruñó Suki, arrancando el sable de la tierra y escudriñando los alrededores, alerta a cualquier camuflaje.

—¡Ag, ese tipo es como una bola de baba viscosa! ¡Parece un charco de moco negro! —exclamó Ty Lee, frunciendo la nariz, más confundida que asqueada esta vez. Los informes decían que tanto aquel enemigo como las formas blancas estaban hechas de algún material artificial que la Alianza todavía no podía identificar. La acróbata saltó ágilmente entre los restos de la técnica de la Mizukage para evitar quemarse.

—Es una pena… esperaba que pudiéramos llevarlo a la División de Inteligencia para obtener algo —lamentó Mei, observando la erosión que su mezcla viscosa había dejado en el terreno. —Tendremos que reformar el traslado de las cinco posiciones de escondite, ya que el enemigo las conoce.

—¿Cree que volverá a intentar llevárselos? —preguntó Aika.

—Puede que la vigilancia constante lo disuada. Si tenemos suerte, Akatsuki desistirá. Como sea, debemos ser precavidos; no podemos permitir un segundo secuestro —advirtió Mei con severidad. —Debemos regresar con los otros daimyō e informar al Cuartel General de lo sucedido.

Mei se giró hacia las guerreras que cargaban a Kuei y al daimyō en sus espaldas. El Señor de la Tierra se había torcido un tobillo en el zarandeo de Zetsu. Y Kuei… simplemente estaba demasiado asustado como para volver a pisar el suelo. Creía que en cuanto lo hiciera, Zetsu lo atraparía otra vez, como si hubiera trampas esperándolo bajo sus pies.

—Chōjūrō —lo llamó ella con una sonrisa amable—. ¿Podrías ayudarlas? No es caballeroso dejar que las mujeres carguen solas.

—¡S-sí, mi Lady! —asintió el de gafas con frenesí, acercándose para ayudar. Fume lo detuvo con un gesto firme.

—No hará falta. Podemos llevarlos de vuelta sin problemas —dijo ella.

—Somos más fuertes de lo que parece… ¡Aaah! —añadió Mira con una sonrisa confiada, soltando un alarido cuando casi se ladeó porque Kuei se aferró demasiado a su cuello.

—Oh, lo siento… —se disculpó con timidez.

—Los acompañaremos de vuelta al escondite. Después, iremos al frente de la Cuarta División para prestar apoyo —comunicó Suki a la Mizukage, quien frunció apenas las cejas, intrigada.

—¿Hay problemas?

—Según la última comunicación que recibimos, así parece —respondió la ojiazul con gravedad, lo que preocupó a Mei. —Los revividos que aparecieron son de nuestro mundo.

—Con que Kabuto logró traer incluso a los de su mundo, ¿eh? —suspiró Genma, mordiendo un senbon nuevo y negando con la cabeza. Todavía no podía creer que el ayudante de Orochimaru, ese renegado de Konoha con afición por los juegos de poder, les estuviera causando tantos problemas. —Ese tipo… me pregunto qué pretende lograr con esto. Orochimaru está muerto, y él lo seguía como un perro fiel.

—No tiene caso preguntárnoslo —dijo Raidō, aunque también sospechaba que Madara le había prometido algo a Kabuto a cambio de su apoyo. —¡Bien! Es hora de regresar.

Al caer la noche, la Primera División seguía enfrascada en su batalla contra los interminables Zetsus Blancos. Ya se habían encargado de los resucitados: Dan encerrado en una barrera, Asuma vencido por sus estudiantes, Kakuzu contenido por Chōji, al igual que Hizashi, para ser posteriormente sellados.

How había terminado su fiero enfrentamiento con el Rey Tierra Jialun, saliendo victorioso, aunque no indemne. El hombre —ingenioso, político al fin— fingió ineptitud con una credibilidad alarmante, lo que llevó al general a confiarse. Ese error por poco le costó la vida. Terminó gravemente herido, pero logró reducir al soberano del pasado empalándolo en una serie de pinchos que alzó desde la tierra. Habría sido un espectáculo doblemente espantoso si el enemigo tuviera sangre en las venas. Darui acudió a socorrerlo, afirmándolo mientras el Equipo de Sellado envolvía al vencido.

Estaban enfrentando la última tanda de Zetsus cuando Tenten colapsó en pleno campo de batalla. Había utilizado el Bashōsen(2) —una de las Armas Atesoradas del Sabio de los Seis Caminos— para destruir la Máscara de Rayo de Kakuzu. La legendaria arma consumía cantidades exorbitantes de chakra. La kunoichi, tendida boca abajo, intentó arrastrarse para reincorporarse y seguir luchando, pero no le quedaban fuerzas. Uno de los monstruos blancos se abalanzó sobre ella.

Fue detenido por una ráfaga de cuchillos aerodinámicos, de hoja larga y tintado rojo, lanzados con precisión letal.

—¿Sigues con vida? —preguntó la desconocida, con un tono apenas interesado.

Tenten se giró con esfuerzo. Era una muchacha del mundo de los Maestros, de su edad aproximadamente. Llevaba el cabello negro recogido en un peinado similar al estilo fukiwa(3), que caía sobre el pecho de su túnica carmesí. Su expresión era impasible, casi aburrida.

—Me estoy… muriendo… auxilio… —logró decir entre jadeos.

La otra adolescente suspiró y se inclinó para observarla mejor.

—No tienes heridas graves.

—No… es… chakra… no queda…

—Ugh. No entiendo nada de lo que dices. —Se dio la vuelta con indiferencia y alzó la voz para pedir asistencia médica.

—Gra…cias…

—Deja de hablar. Guarda tus fuerzas.

—¿Quién… eres?

—Mai. ¿Te callarás ahora?

Un ninja adulto de Konohagakure se acercó corriendo.

—¡Tenten! Usaste demasiado chakra —la regañó, mientras colocaba las manos sobre su espalda. Un haz verdoso brotó de ellas: la Técnica de la Palma Mística—. ¡No vuelvas a tocar ese abanico!

El Bashōsen yacía a unos metros. Un shinobi de Kumogakure lo recogió y lo examinó con curiosidad.

La empleadora de bukijutsu murmuró una disculpa antes de caer en la inconsciencia.

El clima en la zona de combate se calmó. Kitsuchi sostenía en alto al último Zetsu Blanco, parado sobre una pila de ellos. Los soldados sobrevivientes, extenuados, inhalaron paz por una fracción de segundo. Luego, volvieron a moverse.

Quedaba trabajo por hacer: ordenar a los heridos y a los fallecidos en hileras, dispuestos sobre el suelo en grupos separados. Maestros curanderos y ninjas médicos no solo atendían a los lesionados, sino que también constataban y contaban las muertes para informar al Cuartel General el número de bajas.

Sokka y su compañía se reunieron con Darui. Le explicó brevemente lo sucedido con Tagaka, y el Jōnin, a su vez, le contó que ya se habían encargado de la mayoría de los resucitados invocados por el Edo Tensei. El guerrero sintió una oleada de alivio… que se disipó al instante.

Se giró para observar a los hombres —los que estaban bajo su mando y los demás— y percibió en sus rostros una lasitud lastimera, como si el alma se les hubiera drenado. La atmósfera era infernal. El llanto de los combatientes desgarraba el aire, ya fuera por camaradas muertos o por el atroz dolor de miembros mutilados. Los detalles grotescos no podían ignorarse: sangre coagulada, extremidades cercenadas, miradas vacías.

Sokka desvió la vista. Conocía la guerra. Había presenciado su carnicería desde una edad temprana. Pero jamás se acostumbraría a ese tipo de escenas.

Sintió una mano en el hombro.

—Lo sé. Es macabro —dijo Darui, con voz grave—. Lamentablemente, tendrás que ver esto a diario. Esta es la verdad de la guerra.

A pesar de estar golpeado y exhausto, le dedicó una leve sonrisa.

—Perdimos a muchos hoy. Pero tus acciones salvaron a varios más. Lo hiciste bien. Siéntete orgulloso.

El gesto le dio a Sokka un alivio escaso, pero real.

En ese momento, Shikamaru, Ino y Chōji pasaron cerca.

—¿Shikamaru? —llamó Sokka, con un tono que mezclaba sorpresa y una pizca de necesidad de distracción.

—¿Mm? Ah, eres tú… esto… Sokka, ¿no?

El moreno asintió. Los compañeros del Nara se detuvieron, curiosos.

—¿Quién es? —preguntó Chōji.

—Capitán de compañía del Primer Regimiento de Caballería. Amigo del Avatar —explicó Shikamaru con simpleza—. ¿Cómo te fue con la Reina Pirata?

—Nada que no pudiera manejar —alardeó Sokka, poniéndose las manos en las caderas e inflando el pecho con teatralidad. Tal vez esa fanfarronada era su forma de disipar la falta de aplomo que sentía como capitán. Su voz tenía un dejo de comedia forzada, como si buscara aire en medio del espanto—. ¿Y tú? ¿Cómo es que te llaman… "Genio de Konoha"?

—Controlamos la situación —respondió Shikamaru, escueto. No quería entrar en detalles sobre su reencuentro con su sensei. Su mirada se desvió hacia el horizonte—. Me preocupan más las otras divisiones. Me pregunto cómo le estará yendo a la Cuarta.

—Preocupado por Temari, ¿eh? —Ino le dio un codazo juguetón.

—No es solo ella. Piensa que todos tendrán que enfrentarse a cuatro antiguos Kage —dijo, con tono sombrío—. Además de los otros tres Maestros que llegaron…

El cielo nocturno se había despejado, y la luna brillaba con intensidad. El viento soplaba con suavidad, pero barría con rapidez la tierra del suelo pedregoso. Tres hombres se mantenían en pie en el campo de batalla, aún lejos de la posición del ejército. Sus sombras se proyectaban sobre el suelo por la luz blanca que los iluminaba desde atrás.

—Luchar junto a un Maestro Aire y un Maestro Fuego me trae recuerdos… —comentó uno de ellos. Vestía un chaleco verde de hombros anchos con bordes dorados sobre su túnica: claramente del Reino Tierra.

El pelinegro arrugó la nariz, como si el aire mismo le disgustara. Extendió las manos, luego las ocultó dentro de sus anchas mangas.

—Has envejecido, pero aún recuerdo tu rostro, Alto Monje Gyatso —dijo con tono cortante.

El Nómada Aire bajó la mirada, rehuyendo su hostilidad. No por sumisión, sino por evitar el conflicto.

Sozin emitió una interjección de desdén y se giró hacia el tercero, a quien ninguno de los dos conocía.

—Sin embargo, ignoro quién sea él.

—Mi nombre es Jianzhu, Su Majestad —respondió con calma, pese a que no se le había dirigido directamente. No le fue difícil deducir la identidad del otro por los arrequives dorados de su vestidura y las hombreras anguladas, aunque no llevaba tocado. Había visto esa indumentaria en vida, portada por miembros de la Familia Real de la Nación del Fuego.

—¿Jianzhu? No me suena.

—Puede tener que ver con que no somos de la misma era. Usted no era el Señor del Fuego en la mía.

—Entonces, ¿quién lo era?

—Chaeryu de los Campos Verdes(4), hasta ser sucedido por su hijo, Zoryu.

—Por lo tanto, de la era Zhang Shun(5) —concluyó Sozin, pensativo, como si calculara mentalmente fechas y generaciones—. Es impresionante que hayamos sido traídos de vuelta. Pensaba que aquellas historias de resurrecciones eran charlatanería de los Bhanti(6).

—Como ya sabe, quien nos invocó no es de nuestro mundo —recordó Gyatso. El invocador se había comunicado con ellos a través de Mū, a quien envió poco después de su llegada.

Los tres se materializaron en cuerpos ajenos, poseídos por el Edo Tensei, de manera brutal. El aire les llenó los pulmones como si volvieran a respirar tras siglos de silencio. Jadeos ásperos, espasmos en las manos, miradas perdidas. Se incorporaron con torpeza, confundidos por la sensación de estar vivos otra vez. Jianzhu tensó los músculos de inmediato, como si aún estuviera en medio de la confrontación que lo había matado. Gyatso, con el corazón acelerado, se llevó las manos al pecho, incapaz de comprender cómo podía sentir de nuevo. Sozin, aunque más contenido, frunció el ceño con una mezcla de sorpresa y desdén.

—¿Qué…? —murmuró Jianzhu, ronco, todavía incrédulo.

Se les apareció delante como un espíritu. Su cuerpo, invisibilizado por su Mujin Meisai(7) se reveló tornándose translúcido gradualmente: un hombre cubierto por vendas intrincadas, una cinta negra alrededor de la cabeza, pantalones oscuros. Se había tomado sus ritos funerarios muy en serio, pensó Sozin con humor seco.

—Esto es… —susurró Gyatso, los dedos temblando, la inflexión un rezo en silencio.

—Seguro se preguntan qué están haciendo aquí —dijo el hombre, dejando de flotar y posando los pies en tierra.

—¿Acaso tú lo sabes? —preguntó Jianzhu, aún con la respiración agitada, pero tratando de recuperar su ecuanimidad.

—Por supuesto. Fui yo quien los invocó —respondió, con una sonrisa que se intuía en la voz—. Aunque esta no es mi verdadera apariencia. Tomé prestado el cuerpo de otro revivido para poder hablarles.

—¿Nos… invocaste? ¿Cómo puede ser eso posible? —Gyatso estaba visiblemente conmocionado, la incredulidad marcada en su expresión.

—Lo hice a través de una técnica especial. Un ninjutsu. Quizás hayan oído hablar de los shinobi.

—Algo —dijo Sozin, abriendo y cerrando las manos, menos marcadas por la edad de lo que recordaba en su lecho de muerte—. En su mayoría, cuentos sobre sus habilidades casi mágicas… ¿Sugieres ser uno de ellos?

—No lo sugiero, Señor del Fuego. Lo afirmo.

—Pensaba que eran una mera invención… Quién diría que me toparía con uno ya en la muerte. —Jianzhu cruzó los brazos sobre el pecho, aunque su postura seguía rígida—. Recuerdo bien el momento en que morí. Aún más al par de desagradecidos que lo causaron. Debes estar diciendo la verdad. Pero dime, ¿para qué nos invocaste?

—Verán, señores, estamos en guerra. Los Maestros y los ninjas se han aliado, formando una gran coalición para destruir a mi bando. Sé que son figuras reconocidas por su poder y legado. Su asistencia me es invaluable.

—Y si nos negamos… —Gyatso lo miró con gravedad, todavía perturbado por la idea de estar vivo de nuevo.

—Lamento decirles que negarse no es una opción. Tengo control total sobre ustedes. Así que, en vez de oponerse, ¿por qué no aprovechan esta oportunidad para compartir sus destrezas con el ejército?

—El verdadero tú está comandando desde un lugar seguro, enviando a otros a luchar por ti. ¿No te parece una jugada artera, shinobi? —reprobó Jianzhu, seco.

—Así funciona el conflicto armado —dijo Kabuto, alzando la mano con gesto didáctico, como si señalara un ejemplo invisible frente a ellos—. Alguien debe estar a la cabeza, dando órdenes sin poner su vida en peligro. Si el líder cae, ¿quién lideraría?

Sozin asintió lentamente, como si saboreara la lógica detrás de las palabras.

—La guerra no es un escenario para la virtud —dijo, firme—. Es una herramienta. Como tal, debe ser empuñada por quien sabe usarla. No por quien teme ensuciarse las manos.

Jianzhu lo observó sin parpadear. Sus brazos seguían cruzados, tensándose apenas.

—Una herramienta, ciertamente —repitió con neutralidad—. Pero no una que se empuña sin consecuencias. He visto lo que cuesta mantener la paz… y lo que cuesta perderla.

—¿Paz? —Sozin arqueó una ceja—. La paz es una ilusión que los débiles se cuentan para no admitir que han sido conquistados. Yo prefiero el orden. Y el orden se impone.

—¿A costa de qué? —preguntó Jianzhu, sin elevar la voz. Su rostro mostraba la tensión de quien, aun habiendo caído en la corrupción moral, nunca dejó de reconocer la necesidad de mejorar las condiciones de vida de otros, a diferencia de tantos Sabios ensimismados en su propio poder—. ¿De cuántos niños hambrientos? ¿De cuántos pueblos arrasados? No me interesa el orgullo nacional ni los proyectos vanidosos. Pero tampoco me engaño: la guerra destruye más de lo que construye.

Sozin se inclinó hacia adelante, como si quisiera leerle el alma en los ojos oscurecidos por la técnica.

—Y sin embargo, aquí estás. Revivido por un shinobi, en medio de una guerra que no es tuya. No por compasión. Sino porque tu poder aún sirve, al parecer.

Jianzhu soltó un resoplido que pudo pasar por risa irónica.

—No me confunda con un idealista —replicó—. Hice lo que fue necesario, sin importar lo que costara. Pero nunca confundí mi ambición con destino. Lo único que me importaba era preservar el equilibrio, aunque el método pareciera monstruoso.

Gyatso los observaba en silencio. Sus manos juntas, la mirada baja, como si evocara a sus pies a los muertos que dejó la devastación del Templo Aire del Sur. Recordaba a sus hermanos, que, pese a sus votos de pacifismo, se vieron obligados a luchar contra el ataque genocida de la Nación del Fuego.

Había visto demasiados hombres como ellos, demasiados discursos que convertían la sangre en estrategia inapelable y justificaban la guerra en nombre de sus aspiraciones.

—Sucede que yo no soy un simple soldado —añadió Sozin, como dictando un decreto imperial—. Si es como dices y no tenemos más opción que obedecerte, supongo que no me queda de otra… Pero comenzaré quemando un par de ninjas primero.

Kabuto carcajeó, encantado.

—Haga como guste.

 


 

—No me agrada ser controlado por uno de ellos —dijo Sozin entre dientes, con la aversión de quien intenta arrancarse una espina molesta—. También son el enemigo.

—A propósito del enemigo… —Jianzhu entornó los ojos hacia una roca erosionada, a unos veinte metros de distancia—. Estamos siendo observados.

—¡Imposible! ¿Sabe que estamos aquí? —susurró, alarmado, uno de los dos escondidos tras la roca. Habían sido enviados por el Cuartel General para investigar a los recién llegados.

—Debe tener un sentido sísmico agudo —supuso el Maestro Tierra, reconociendo la habilidad de uno de los suyos—. Conoce nuestra ubicación… Esto es malo. Tenemos que regresar a informar antes de que—

El ninja fue succionado por un agujero que se abrió bajo sus pies. La tierra lo escupió frente al trío. Obra de Jianzhu.

—¿Es el único? —preguntó Sozin, observando al ninja encogerse como un insecto rodeado.

—No. Hay otro —respondió Jianzhu, sin emoción—. Pero lo dejaré ir para que regrese al ejército y les diga lo que vio. No atacarán hasta tener información. Voy a apurarlos.

Gyatso frunció el ceño, compungido. Sabía lo que le sucedería al infortunado, y que no podía impedirlo debido al control que Kabuto ejercía sobre ellos.

—Me temo que este es tu fin —dijo Jianzhu, con una sonrisa fantasma que no alcanzaba los ojos—. Pero no te preocupes. Sólo durará un minuto.

El ninja tragó saliva. El miedo le cerró la garganta antes de que pudiera gritar.

 


 

Gaara, Zuko y Ōnoki detuvieron el retroceso de las tropas, ordenado por el Cuartel General según el plan del Jefe Estratega. El Tsuchikage, impaciente por la tardanza, sugirió que comenzaran a atacar.

—Empecemos con ataques de largo alcance. Veamos cuánto tardan en reaccionar.

Zuko, decidido, alzó la voz en contraposición. No buscaba desafiarlo, sino asegurarse de contar con toda la información a su favor.

—El equipo que enviamos a investigar a los tres de nuestro mundo todavía no ha regresado.

Ōnoki lo miró con gravedad.

—No podemos seguir esperando. Ya están cerca.

—¡Señores, malas noticias! —El Maestro llegó jadeando, con el rostro desencajado. Gaara estuvo a punto de comentar que llegaba justo a tiempo, pero el hombre lo interrumpió: —Han… han matado a mi compañero. Pero logramos descubrir algo: uno de ellos, el Maestro Tierra, se llama Jianzhu. Otro es un monje… de los Nómadas Aire. Aniquilados, claro. Y el tercero…

—¿Quién es? ¡El tiempo apremia, muchacho! —exclamó Ōnoki, inquieto.

—… Es un Señor del Fuego. No estoy completamente seguro, pero podría tratarse de… —Su voz se apagó. Miraba un punto fijo, como si el aire se hubiera congelado.

Los tres líderes siguieron su mirada. El soldado alzó un dedo tembloroso.

—¡Ya están aquí!

Desde lo alto de una torre rocosa, los tres revividos oteaban el campo. El ejército los divisó también, sorprendido por su súbita aparición. Los murmullos se esparcieron como pólvora: ¿quiénes eran?

Zuko reconoció a uno de ellos al instante. Había pasado incontables horas en la Galería Real, estudiando los retratos de los antiguos Señores del Fuego.

—Es mi bisabuelo —dijo, con una gravedad que no ocultaba del todo el pasmo—. Sozin.

Ōnoki y Gaara lo miraron, incrédulos.

Sozin, el instigador de la Guerra de los Cien Años, observaba a su sucesor con altivez. Sus ojos dorados, bordeados de negro, se clavaron en Zuko. La túnica real, aunque menos ornamentada que las de sus predecesores, no dejaba lugar a dudas. Pero fue el tocado en forma de llama lo que lo confirmó.

¿El hijo de Azulon? No… Sozin entrecerró los ojos. Su nieto, tal vez.

—Llegaron más —advirtió Mū, girándose hacia los recién aparecidos. Lo primero que percibió fueron sus señales de chakra, distintas a las de los shinobi; dedujo, en voz baja: —Son del mundo de los Maestros.

—Como si nosotros solos no bastáramos para aplastar a toda la Alianza… —dijo Gengetsu, chasqueando la lengua con la arrogancia que lo acompañaba como segunda piel.

—¿No acabas de decir que no querías pelear contra los de tu aldea? —repuso Mū, recordándole su queja anterior.

—¡Y no quiero! —aclaró Gengetsu—. Solo digo que tenemos poder de sobra. —Y añadió, con una sonrisa socarrona: —Aunque no sé si tú sirvas de mucho, Tsuchikage.

—¿Qué quieres decir con…? —Mū se interrumpió, la postura agudizándose—. Ya vienen.

En el horizonte se alzó una formidable ola de arena. Rasa reaccionó al instante: anillos oscuros rodearon sus ojos mientras invocaba el Jiton para generar Polvo Dorado en cantidades masivas.

—Ahora recuerdo… —comentó el Tercer Raikage al advertir la técnica—. Tú puedes usar el kekkei genkai del Tercer Kazekage.

La arena se detuvo al entrar en contacto con la mezcla dorada.

—El Polvo Dorado tiene una gravedad específica más ligera que la arena —explicó Rasa—. Al combinarlo, puedo desacelerarla.

—¿Cómo sabes detenerla? —preguntó el Hōzuki, intrigado.

Rasa alzó la vista lentamente, como si ya supiera lo que vería.

—Porque así solía detener la arena del Shukaku cuando se descontrolaba.

Entonces lo comprendió. La arena no era del Ichibi.

Era de Gaara.

Su hijo flotaba sobre una plataforma de arena, suspendido en el aire. Con un gesto, atrapó a los Kages por las piernas; el único que logró zafarse fue el Segundo Tsuchikage.

Ōnoki reaccionó con rapidez. Moldeó una figura cúbica para su Jinton; su maestro replicó con la misma técnica.

—Has llegado a viejo, Ōnoki… ¿Será gracias a tu Jinton? —bromeó entre la tensión.

¡Jinton: Genkai Hakuri no Jutsu! —vociferó Ōnoki.

La explosión dejó un cráter inmenso; fragmentos de roca llovieron sobre el ejército. Temari alzó la voz con autoridad:

—¡Esperen la señal antes de actuar!

El Mizukage miró a su archienemigo con una mezcla de burla y asombro.

—Espera… ¿Es ese mocoso que te seguía a todas partes? ¿Ese mismo Ōnoki? Parece que nos perdimos de mucho.

Gaara dedicó a su padre un saludo seco, sin afecto ni perdón.

—Padre. Ha pasado mucho tiempo.

—Gaara… ¿Dónde está Shukaku?

—Se ha ido —respondió él sin titubear—. Ya no soy el jinchūriki que creaste.

Desde lo alto, el Sabio de Yokoya observaba el caos.

—Ya han comenzado —dijo, viendo la destrucción provocada por los Tsuchikages—. Los shinobi realmente están hechos de otra madera.

—No nos quedemos atrás —dijo Sozin.

Saltó desde la aguja pétrea. En la caída, conjuró llamas bajo sus pies y se impulsó con velocidad violenta; antes de tocar el suelo, las usó para levitar y maniobrar con precisión. Luego se dejó caer, como si la tierra le debiera reverencia.

Zuko lo observó. Lucía más joven que en los retratos. Era Sozin en su apogeo. Que Akatsuki lo hubiera revivido rejuvenecido no lo sorprendía tanto como el hecho mismo. La ira le brotó al imaginar que Azula había entregado la ubicación del cuerpo en las Catacumbas del Hueso del Dragón. No le tenía estima a Sozin, pero profanar su tumba… eso era otra cosa.

Sozin se acercó con las manos tras la espalda, irradiando la confianza despampanante de quien cree que el mundo aún le pertenece.

—Es toda una rareza encontrarme con un descendiente mío en una situación como esta —dijo, ladeando apenas el rostro mientras examinaba las facciones del joven, reconociendo rasgos familiares—. Eres el nieto de Azulon, presumo.

—Lo soy.

—Más joven que yo cuando me convertí en Señor del Fuego. Y más joven que él, si asumió el trono tras mi muerte… ¿Qué hay de tu padre?

—Mi padre perdió el derecho a gobernar. Mejor dicho: nunca lo tuvo —respondió Zuko, la frase cargada de una alusión que hablaba más de usurpaciones y ambiciones que de títulos—. Cometió el error de emular tu visión viciosa del mundo, como lo hizo su padre antes.

Sozin lo miró con una frialdad enervante, sintiendo la ofensa como un golpe directo a su legado.

—¿Qué has dicho...? ¡Qué descaro! El error fue no enseñarte a respetar.

Las palabras de Ozai en aquel Agni Kai volvieron a Zuko como cuchillas.

 


—¡Por favor, padre! ¡Solo quiero lo mejor para la Nación del Fuego! ¡Lamento haber hablado así!

—Pelearás por tu honor.

—¡No quise ser irrespetuoso! ¡Soy un hijo leal!

—Levántate y pelea, príncipe Zuko.

—¡No quiero pelear contigo!

—Vas a aprender a respetar... y el sufrimiento será tu maestro.


 

Zuko se llevó una mano a la cicatriz, rozándola con las yemas de los dedos; Sozin lo notó.

—Él le relegó esa tarea a alguien más —dijo Zuko, la voz rasposa, como si su garganta aún recordara los gritos de dolor cuando el fuego paterno marcó su piel—. Si me enseñó algo, fue precisamente a no respetarlo.

Sozin entrecerró los ojos.

—Un Señor del Fuego… marcado por insubordinación. Uno que reniega de su padre. Qué bajo ha caído nuestra familia durante mi ausencia.

—Mi padre no fue una gran figura para la nación. Tampoco mi abuelo. Ni siquiera para mí —replicó Zuko, íntimo en lugar de acusador—. Tiene sentido si miras nuestra historia: los hombres moralmente corruptos crían hijos despiadados y perversos.

Sozin frunció el ceño y soltó una risa sin alegría, como quien encuentra ingenua una verdad inconveniente.

—Los hombres de mente débil crían hijos ilusos e ineptos. Para gobernar se necesita mano dura. Sin ella no se toman las decisiones necesarias para asegurar el futuro de la nación.

—¿"Asegurar el futuro de la nación"? ¿Eso buscabas con el genocidio de los Nómadas Aire? —la interpelación de Zuko fue directa y acerada.

La pregunta lo dejó inmóvil por un instante. No reculó; si algo, su desprecio adquirió firmeza.

—No esperaría que lo entendieras.

—Nunca lo haría.

Zuko adoptó la Postura del Jinete; Sozin lo imitó con la misma elegancia marcial.

—De acuerdo —dijo Sozin—. Veamos si al menos eres un Maestro Fuego decente.

El Cuartel General había recibido la información sobre los Maestros revividos por el Edo Tensei y la difundió entre todas las divisiones con la esperanza de que alguien aportara datos. El general Fong, estacionado con su unidad al sureste de la Aldea Oculta Entre las Nubes, acababa de escuchar la primicia de boca de un ninja del Equipo de Contacto. Su rostro se contrajo cuando la noticia le cayó encima como un jarro de agua fría.

—No puede ser… —masculló, incrédulo—. ¿Han traído de vuelta al Arquitecto?

—¿Sabe algo de él, señor? —preguntó uno de sus hombres.

—¡Ponme con el Cuartel General, ya!

En cuanto la comunicación llegó, Inoichi la retransmitió a Hakoda y Shikaku, repitiendo palabra por palabra lo que el funcionario militar había dicho.

—Jianzhu era un Sabio Tierra, maestro del control de la Tierra y compañero del Avatar Kuruk. A lo largo de su vida acumuló poder y una red de aliados tan extensa que se convirtió en el líder de facto del Reino Tierra. Fue célebre por perseguir a los daofei, bandas que tomaban el control de regiones enteras. El más brutal de ellos fueron los Cuellos Amarillos, liderados por Xu Ping An. Jianzhu los enfrentó en la Batalla del Paso Zhulu. Capturó a Xu. Y sepultó vivos a cinco mil Cuellos Amarillos.

—¿A cinco mil…? —Hakoda intentó mantener la compostura y no lo logró; una gota de sudor le surcó la sien.

—Una amenaza de alto nivel —dijo Shikaku, golpeando los nudillos contra la mesa mientras calculaba el alcance del peligro—. Será un verdadero problema.

—¡Inoichi, pásalo a las tropas! —ordenó el jefe tribal—. ¡Tienen que encontrar la forma de incapacitarlo!

Los rumores se propagaron como fuego entre las filas de la Cuarta División, que llevaba horas esperando conocer las identidades enemigas y no imaginaba encontrarse con algo así.

—¿Qué? ¿Él es el Señor del Fuego Sozin? ¡No puede ser!

—¿En serio? ¿El Sepulturero? ¿Tienen al Carnicero del Paso Zhulu(8) entre los suyos?

—Estamos fritos. No hay forma de salir de esta.

—¡Vamos a morir!

—¿Quiénes son? —preguntó Sagan, de Iwagakure, desconcertado por el pánico.

—Sozin fue uno de los Maestros Fuego más poderosos de su época —respondió un veterano del Ejército del Fuego, con la voz curtida por años de servicio—. Mi padre sirvió como uno de sus altos generales; me contaba historias sobre su grandeza. Me cuesta creer que lo esté viendo en persona.

—Ese desgraciado ordenó el genocidio de los Nómadas Aire —afirmó un guerrero de la Tribu del Norte; nadie de la Nación del Fuego lo defendió.

—¿Y el Maestro Tierra? Dijeron que se llamaba Jianzhu.

—¡El Arquitecto era un asesino! ¡Causó más muertes que la viruela! —exclamó un joven del Si Wong—. ¿Cómo se supone que lo derrotemos?

—¿El "Arquitecto"? —Toph se entrometió con una risita que sonó fuera de lugar entre tanto miedo—. ¿Y qué va a hacer? ¿Construir una casa?

—No lo subestimes, niña —la corrigió un Ganjinés—. Jianzhu nació en mi tribu; he oído de él desde que tengo memoria. Podría acabar con la mitad de nosotros en dos patadas.

—Por fin aparece un sujeto interesante —dijo Toph, tronándose los nudillos—. Bien. Yo me encargo.

—¿Estás loca? ¡No escuchas lo que decimos! ¡Es peligroso! —protestó el Maestro Arena.

—¡No me quedaré aquí lamentándome como una gallina! —replicó ella.

Con eso, se lanzó al aire usando Tierra Control, eyectándose desde el suelo. Varios le gritaron que se detuviera; Temari se unió al clamor:

—¡Espera! ¡No nos han dado la señal!

Suki, que llegaba al frente con las Guerreras Kyoshi detrás, la sujetó del hombro para frenarla.

—Déjala ir. Sabe lo que hace.

—¡Pero…!

—Toph es hábil. Puede que sea nuestra carta contra el Sepulturero —aseguró Suki, sin dudar—. Confío en ella.

Toph aterrizó frente a Jianzhu, pies separados, una mano apoyada en el suelo. La tierra le susurraba su forma.

—¿La gran Alianza Elemental envía a una niña a enfrentarme? —preguntó Jianzhu, con sorna.

—No a cualquier niña —respondió ella con una sonrisa de dientes—. ¡Soy Toph Beifong, la mejor Maestra Tierra del mundo!

—¿Beifong? —el entrecejo de Jianzhu se contrajo; el nombre le resultaba familiar—. Así que la Casa del Jabalí Volador(9) finalmente produjo un Maestro Tierra. El viejo Lu debe estar regocijado en el más allá.

—No vine a escucharte cacarear, Sepulturero o como te llames.

Toph dobló los codos como una mantis, separó los pies más allá del ancho de sus hombros y cargó el peso en la pierna delantera.

Jianzhu deslizó los pies en una barredura que molió el suelo pedrizo. Formó garras con las manos: el brazo derecho apuntó hacia ella, el otro hacia abajo.

—Muy bien, entonces… ven.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. 火遁・火龍弾 (Katōn: Karyūdan), "Elemento Fuego: Bala Dragón de Fuego".

2. 芭蕉扇 (Bashōsen), "Abanico de Palma de Plátano".

3. 吹輪 (fukiwa). Un tipo de nihongami (日本髪), peinado tradicional japonés usado por princesas o hijas de nobles. En ATLA Culture (Tumblr) se hizo una comparación donde se aprecian las similitudes entre el moño de Mai y el estilo fukiwa.

4. Pese a la mala fama del Señor del Fuego Chaeryu, considerado un patán incluso por su propia familia, fue recordado por las abundantes cosechas durante su reinado. Tras su muerte estas se extinguieron, y la gente comenzó a llamarlo “Chaeryu de los campos verdes”.

5. Según el calendario de la Biblioteca Espiritual, en el mundo de Avatar existe un ciclo de dieciséis eras que se reinicia al completarse. La era de Aang es la Yáng wǔ (氜武). Muchos caracteres de los nombres de las eras ya no se usan en el chino moderno, lo que dificulta su interpretación: 氜 combina 气 (“aire” o “gas”) y 日 (“sol”), mientras que 武 se asocia a lo militar. La era anterior es Zhuo Guang (焯光, “Luz Brillante”), atribuida a Roku; antes de ella está Yuán zhèng (垣正, “Bastión de la Justicia”), vinculada a Kyoshi; y previa a esa, Zhāng shùn (漳順), correspondiente a Kuruk, siguiendo la secuencia.

6. Los Bhanti son un grupo de sabios que habitan en la Isla Bhanti, ubicada en las Islas del Fuego del sur. Poseen fuertes vínculos espirituales y son considerados el origen de los sabios espirituales de las Cuatro Naciones.

7. 無塵迷塞 (Mujin Meisai). "Cubierta desconcertante sin polvo". Técnica que utiliza vapor de agua para manipular la luz alrededor del usuario, volviéndolo esencialmente invisible.

8. Según las novelas de Kyoshi, Jianzhu recibió los apodos de “Carnicero del Paso Zhulu” y “Sepulturero del Paso Zhulu” tras la masacre ocurrida allí. El segundo es el más reconocido y se considera su “nombre daofei” dentro del universo.

9. La familia Beifong también es conocida como La Casa del Jabalí Volador, por el emblema de su linaje: un jabalí alado.

Chapter 17

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

—¡Tenemos un reporte! ¡Killer B, Naruto y Aang han escapado de la isla!

El Raikage estampó la mano contra la mesa con tal fuerza que hizo temblar los tinteros. Tsunade apenas alzó una ceja. Sabía que pasaría. No importaban las mentiras, las barreras, ni los protocolos: esos tres no iban a quedarse quietos.

El ninja de la División de Inteligencia continuó con voz tensa:

—La Barrera Autorreparable tenía treinta y seis capas. Cada una, regenerativa. Se suponía que ni un Jinchūriki podía romperla… Pero no fue uno solo. Killer B colaboró. Y el Avatar también.

—¡Con un demonio! —rugió el Raikage—. Me ocuparé de ellos yo mismo. ¡Tsunade, acompáñame!

—¿Y tu trabajo como comandante en el cuartel general?

—Déjaselo a nuestros estrategas estrella.

—Entendido —intervino Shikaku, con la calma de quien ya lo había previsto—. Nos haremos cargo.

 


 

La División Médica había establecido una estación para los shinobi y Maestros heridos en un complejo circular, amplio pero insuficiente. Era la mañana del segundo día de batalla. Y el lugar rebosaba de cuerpos.

No todos cabían bajo las tiendas. Muchos yacían afuera, alineados sobre sábanas blancas, como piezas de ajedrez caídas. El aire olía a sangre seca, hierbas y sudor.

Los ninjas médicos y curanderos se movían sin descanso, trayendo suministros, aplicando técnicas, improvisando. Las mujeres de la Tribu Agua, criticadas por usar brebajes y tinturas "anticuadas", demostraron que la tradición podía ser más eficaz que el chakra. Combinadas con Agua Control, sus prácticas no sólo calmaban el dolor, sino que permitían ahorrar energía para los casos más graves.

—Todavía me cuesta creer que su tribu permita que sólo las mujeres aprendan a curar —comentó Shizune, mientras reorganizaba frascos de hongos-oruga recolectados a mano, sándalo y hojas de plátano junto a Yagoda.

La anciana estaba atendiendo la pata torcida de Tonton, que había cargado más contenedores de los que su cuerpo permitía. La cerdita gimió. Yagoda mantuvo una sonrisa suave, como si el gesto pudiera aliviar más que cualquier ungüento.

—Es una costumbre arraigada desde hace siglos —respondió—. Ha funcionado así por generaciones. Y francamente, no me molesta. No podemos depender de los hombres para todo. Además, nosotras hacemos un trabajo mucho mejor, ¿no crees?

Shizune soltó una risa breve. No podía contradecirla del todo.

Katara y Sakura habían sido reasignadas a la división conjunta. Llevaban horas revisando, chequeando, clasificando. El orden de atención dependía de la gravedad: cercenamientos, quemaduras, pérdida de tejido. Muchos no recibieron tratamiento. No porque no lo merecieran. Sino porque ya no había forma de salvarlos.

Durante la oleada más álgida de heridos, Sakura tuvo que realizar una escisión quirúrgica en un ninja con una herida por explosión. Tuvieron que adormecerlo. Junto a Katara —quien necesitó palabras de ánimo de la Haruno para sobrellevar la tensión mental— realizó varias cirugías. En muchos casos, las extremidades no pudieron reconstruirse. El tejido estaba demasiado contaminado. Determinar cuánto extirpar era complejo, y, en más de una ocasión, no valía la pena.

En un breve respiro, Katara lavó sus manos temblorosas y ensangrentadas en una palangana. Sakura le pasó una toalla.

—¿Estás bien? —preguntó, con una preocupación que le agravó el tono.

—Sí… descuida —respondió Katara, con la sonrisa más dulce que pudo lograr.

—Tómatelo con calma. Sé que este tipo de cosas son difíciles de ver al principio.

Katara había visto muchas heridas durante la Gran Guerra. Había tratado quemaduras, fracturas, hemorragias. Pero nunca había abierto un cuerpo. Nunca había tenido que decidir qué parte de alguien debía quedarse… y cuál debía irse.

Se las arregló para mantenerse estable. Pero la experiencia la había desbarajustado.

No pudo evitar preguntarse qué sería de las familias de esos soldados de su mundo que viajaron a este… y nunca regresarían. Una cosa era morir en tu tierra. Otra, desaparecer en una dimensión ajena.

—Iré a tomar un poco de aire —dijo, con voz baja—. En el camino, pasaré a ver cómo están los heridos.

Sakura asintió. Cuando Katara salió de la tienda, la pelirosa se dejó caer en la mesa de centro de madera. Tomó un portapapeles. Garabateó una lista de insumos médicos faltantes. Sus párpados se volvieron pesados.

Una siesta le vendría bien. Pero no podía permitírsela. No con tantos afuera combatiendo. No con tantos adentro esperando.

Además, alguien podía entrar en cualquier momento. Y lo hizo.

Un chico ingresó. Sakura supo de inmediato que era de las Tribus Agua por su vestimenta: abrigo azul con ribetes de piel blanca en la capucha, el dobladillo y los puños. Cabello largo atado en una coleta alta, dos mechones cayendo a los lados del rostro. Cutis aceitunado. Ojos azur. Bien parecido.

—Con permiso… me dijeron que aquí me pueden atender.

—Claro, pasa —dijo Sakura, arrastrando una silla para que se sentara frente a ella. —¿Qué necesitas?

Se quitó uno de sus mitones y extendió la mano. Tenía una cortadura a lo largo de la palma. No estaba infectada. Sakura la trató al punto.

—Es raro.

—¿Eh?

—El color de tu cabello —dijo él—. No es común en mi mundo.

Ella parpadeó, tomada por sorpresa por el comentario.

—Bueno… tampoco lo es aquí.

No era la primera vez que decían algo respecto a su tono rosado. Pero la calma casual en su voz la hizo bajar la guardia.

—¿Cómo te llamas?

—Sakura.

—¿Sakura? Es un nombre muy acertado. Eres igual de bonita que la flor.

La adulación la tomó por sorpresa, y soltó un resoplido por la nariz, como si le pareciera una tontería. Mantuvo la cabeza gacha mientras aplicaba chakra a su mano.

—Te ves algo pálida. Las he visto, a ti y a Katara, ir de aquí a allá sin parar. Deberían descansar.

—Los médicos no podemos permitirnos descansar, menos en plena guerra. Podemos ser requeridos en cualquier momento; nuestra labor es constante. —Notó que su voz había sonado más severa de lo que pretendía, fruto del cansancio, y la suavizó al añadir: —Te agradezco la preocupación. Pero soy fuerte. Katara también lo es.

—Sé que sí.

—¿La conoces?

—Pues… sí —respondió, con una nota de inseguridad—. Si te digo la verdad, estaba esperando a que saliera de la tienda para entrar.

Sakura frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Tengo la sensación de que no le gustará verme —dijo, bajando un poco la mirada. Al notar su confusión, se apresuró a explicarse—. Una vez intenté derribar al bisonte volador del Avatar… cuando ella y sus amigos estaban a bordo. También atrapé al Avatar dentro de una burbuja, le di una paliza a su hermano, Sokka, y… bueno… En resumen, hice cosas bastante crueles. Cosas que seguro la hicieron odiarme. Pero he cambiado, ¡lo juro! —levantó la otra mano como si se defendiera de una acusación invisible.

Sakura alzó una ceja, escéptica. No se creía con derecho a juzgar sus actos ni su supuesto cambio. No conocía toda la historia. Pero había algo que sí sabía con certeza:

—Katara jamás dejaría de ayudar a alguien por rencor. Es demasiado profesional para eso.

El joven ladeó la cabeza, como si su juicio vacilara.

—…Puede que tengas razón, Sa‑chan.

Sakura se puso rígida de golpe, como la cuerda tensada de un shamisen. El apodo implicaba una cercanía inesperada. Demasiada familiaridad para alguien a quien apenas conocía.

—¿S‑Sa‑chan?

Una sonrisa pícara se dibujó en los labios del muchacho. Le guiñó un ojo. Sakura se sonrojó al instante, inflando las mejillas con fastidio. Le colocó la venda con más firmeza de la necesaria.

—Ya está. No te quito más tiempo. Gracias por curarme —dijo él, levantándose.

—¡Espera!

—¿Sí?

—… ¿Cuál es tu nombre?

—Kinto —respondió, con una sonrisa socarrona que no podía describirse de otro modo que encantadora—. Nos vemos luego… Ah, y no te presiones demasiado, ¿de acuerdo?

Sakura lo vio salir en silencio. Aún sentía el calor en sus mejillas. Se las palmeó con ambas manos, exhaló hondo y volvió a tomar el portapapeles. En sus labios quedó una sonrisa leve, y la certeza de que, incluso en medio de la guerra, todavía había espacio para un instante de alivio.

—El Señor del Fuego enfrentará a su bisabuelo —Ōnoki observó a los Edo Tensei del mundo de los Maestros con el ceño fruncido—. Pero… ¿Esa chiquilla podrá sola? Según el cuartel general, ese tal Sepulturero no es poca cosa. Quién sabe si tiene la fuerza para derrotarlo…

—Aunque lo que sí tiene fuerza son sus pulmones —bufó, con una exasperación tan resignada que rozaba lo cómico—. Grita como un ganso. Seguramente hasta en el cuartel general se enteraron de que se llama Toph Beifong…

—Ese apellido... —interrumpió el del Elemento Imán, anonadado—. ¿Serán los mismos que…?

—Beifong, ¿eh? —el rubio se rascó la perilla—. ¿Dónde he oído ese nombre antes? Jummm…

—Sigues igual de desmemoriado que siempre, Mizukage. O quizás el trastazo que te di en nuestra batalla final te dejó con daño cerebral.

—¡Ya cállate, bufón vendado! ¡Me tienes hasta la coronilla!

—No había escuchado ese nombre en años —intervino Rasa, ignorando la disputa de los antepasados. Abandonó su estupefacción y miró a la Maestra Tierra a lo lejos, intrigado—. Así que esa muchacha pertenece a la infame familia de estafadores…

Gaara frunció el ceño. Tanto él como Ōnoki parecían haber pensado lo mismo, pues se miraron. El anciano preguntó:

—¿Acaso conoces un clan del otro mundo?

—No directamente. Lo leí en registros —explicó Rasa, como quien desempolva libros olvidados—. Según dicen, dieron más de un dolor de cabeza a mis predecesores… Involucraron a la Arena en uno de sus esquemas financieros. Una casa bancaria que vivía de intereses y cargos por préstamos.

Entrecerró los ojos con recelo.

—En tiempos de escasez nos vimos obligados a negociar con ellos, pero… No tenía idea de que no fueran de este mundo. ¿Cómo es siquiera posible…?

—Madara dijo que el portal había estado abierto antes —mencionó Gaara, con una sorpresa tranquila que apenas ocultaba el esfuerzo de su mente por unir hilos inconexos—. ¿Podría ser que… en ese entonces, gente del mundo de los Maestros viniera aquí?

—Qué situación… Así que era cierto que nuestra gente había interactuado previamente con la del lado del Avatar —dijo Ōnoki, evocando la historia que el Uchiha relató en la cumbre de los Kage.

—¿“Avatar”? ¿Como el de la leyenda? —preguntó el hombre con la cicatriz en forma de rayo en el pecho—. ¿Esa que habla de las reencarnaciones de un dios?

—¿Esa vieja historia? —Mū arqueó una ceja, aunque nadie podía comprobarlo—. Así que de eso se trataba todo esto…

—¿Qué historia? —preguntó Gengetsu, genuinamente confundido.

—¿No conoces la historia del Avatar? ¿Qué eres, un ignorante?

—Escucha, bastardo, ya tuve suficiente de tu… Ohhh, ¿te refieres al Buda?

—No, no es el Buda. (1)

—¿Qué? ¿Cómo que no?

—Algunos dicen que era el Buda, pero en realidad—

—Gaara —interrumpió Rasa con solemnidad, recordándoles que estaban en guerra y no en un simposio espiritual. El corte fue tan abrupto que Gengetsu se quedó con la boca abierta, a medio argumento sobre la iluminación—. Dijiste que ya no eres un Jinchūriki… ¿Cómo puede ser?

Su padre lo miraba con una mezcla de desconcierto y algo más profundo: desconocimiento. Lo recordaba como un niño asustado. Luego, como una bestia incontrolable. Y ahora tenía frente a sí a un adolescente circunspecto, casi un hombre. Uno que le hablaba con calma inesperada en lugar de odio.

—Morí cuando los mismos hombres que te están controlando me quitaron a Shukaku. Pero gracias a los esfuerzos de Chiyo-baasama… y de mis amigos, regresé.

—¿Chiyo-baasama y tus… amigos? ¡¿Cómo es posible que tengas amigos?!

Gengetsu no dejó pasar el comentario. Lo sacó a relucir como quien huele drama y se sirve una copa.

—Cielos, hombre… ¿Cómo no iba a tener amigos? ¡Todos los chicos de su edad los tienen!

Gaara no se inmutó.

—Padre, trataste de matarme en seis ocasiones. Por eso te temí. Por eso te odié. Pero ya no. Incluso entiendo lo que intentabas hacer. Ahora soy Kazekage. Y sé que el deber de un líder es proteger la aldea. Y erradicar cualquier amenaza a su hogar.

Rasa se quedó sin palabras.

—¿Te… te convertiste en Kazekage? ¿Tú?

—¡Y eso no es todo! —intervino Ōnoki, con una mezcla de orgullo y picardía—. ¡Es el comandante del Gran Regimiento de Batalla del Ejército Shinobi! A pesar de ser un Kage a su corta edad, ¡los demás lo respetan!

—Ya me parecía extraño sentir tantos tipos de chakras diferentes juntos en un mismo lugar —murmuró Mū, su maestro.

—El carisma resalta en quienes no tienen cejas… Ups, ¡yo tampoco tengo! —rio el Segundo Mizukage, aludiendo a la apariencia de Gaara.

—¿Y qué hay de ese bigotillo tuyo, Mizukage?

Gengetsu chasqueó la lengua, molesto por la burla de su némesis. Se giró hacia la alianza para echar voces:

—¡Oigan! ¡Si van a acabar con alguien, que sea con este bastardo momificado primero! ¡Hasta les echo porras!

—Conque ese es tu hijo… —dijo el Tercer Raikage, mirando a Rasa—. Es un buen shinobi.

Rasa apenas lo escuchaba. Una vez, había determinado el valor de su hijo no como shinobi, sino como Jinchūriki. Lo hizo a través de un acto atroz: Ordenó a Yashamaru, el tío que Gaara más quería, que le dijera que su madre nunca lo amó. Sabía que destruir esa imagen lo haría perder el control. Cuando no lo soportó, lo consideró un fracaso, por lo que decidió deshacerse de él.

Y ahora, una vez más…

—... Determinaré tu valor. Esta vez con mis propias manos. ¡Vamos, intenta superarme!

Mū le dirigió unas palabras a su estudiante y sucesor.

—Ōnoki… deténme. Soy usuario de Jinton. No importa cuántos vengan, no podrán pararme. Tú eres el único que puede hacerlo.

—Lo sé, señor.

—Y después… ¿Recuerdas lo que debe hacerse luego de una victoria aliada? Cuando termina la guerra, los aliados se disputan el botín. Quien venza ahí se vuelve el nuevo poder dominante.

—¡Eres un sucio tramposo, Tsuchikage! —gritó Gengetsu.

—¡No te lo permitiremos! —dijo el Raikage.

Ōnoki bajó la mirada, como si pesara siglos.

—No pienso hacer eso esta vez, Mū-sama.

—Ya veo —replicó. Era como si sonriera detrás de los vendajes que cubrían su boca—. No te volviste un viejo terco al final.

Gengetsu soltó un resoplido que era más reconocimiento que molestia.

—Bueno, como sea… Nuestros cuerpos no nos obedecen. Se mueven por su cuenta para reaccionar a los jutsus del enemigo. Mátennos de una vez y mándennos de vuelta al más allá. Les diremos nuestros puntos débiles y nuestras habilidades.

—¡Por lo pronto, detengan nuestros movimientos! No será fácil, pero… —dijo el Raikage.

El choque entre las arenas de Gaara y Rasa dio pie a la batalla. El actual Tsuchikage dio la señal al ejército:

—¡Todos a la carga!

Las tropas se lanzaron con un clamor que sacudió el aire.

Mū cruzó el campo seguido de Ōnoki. Gaara conjuró granizo de arena que Rasa cubrió con su Polvo Dorado. Demasiado tarde, se dio cuenta de que era una trampa: el polvo se elevó, y desde abajo, la arena lo atrapó. A él, al Segundo Mizukage, al Tercer Raikage. Los tres fueron retenidos por la espalda.

El Cuarto sacó la mano de la arena para lanzar un ataque hacia su hijo. Pero fue bloqueado por dos manos que lo cubrieron.

Las manos de Karura.

Detrás del chico, una réplica gigante de arena de su madre lo protegía. Ella todavía vivía dentro de él.

Rasa bajó la mano. Su voz, por primera vez, se volvió suave.

—Cuánto has crecido, Gaara…

El joven se quedó paralizado. Nunca lo había oído hablar así. No con condescendencia. No con dureza. Con… ternura.

—Lo único que un padre debe hacer es confiar en sus hijos. Nada más. Y eso, en sí, tiene verdadero valor. De eso se trata, ¿no, Karura? —Su mirada se perdió en la figura de arena. —Al parecer… no tenía talento para ver el valor real de las cosas.

—¿Qué… qué quieres decir? —preguntó el pelirrojo, como si temiera la respuesta.

—El hecho de que la arena te proteja no tiene que ver con la fuerza de Shukaku. Sino con la de tu madre. Karura.

Gaara recordó lo que Yashamaru le dijo una vez:

Pienso que mi hermana le amó mucho. Shukaku de la Arena era originalmente un espíritu para el combate. Lo que hace que la arena se mueva por sí sola para protegerlo… Es el amor de su madre. Creo que su voluntad sigue viva en la arena.

—Tu madre siempre te amó, Gaara —dijo Rasa, con palabras que le pesaban en la garganta.

Fue como un corrientazo que le atravesó el pecho y lo dejó sin aliento. La confusión se transformó en una angustia apenas controlada.

—¿Me… amó? Pero… cuando Yashamaru me atacó, me dijo que…

—Yo le ordené que te mintiera. Que actuara como si te odiara por provocar la muerte de su hermana. Quería comprobar si el Bijū se descontrolaba al presionarte. Por el bien de la aldea.

Rasa bajó la mirada.

—Yashamaru no te odiaba. Me odiaba a mí. Porque fui yo quien introdujo a la bestia en el cuerpo de tu madre… Mientras tú seguías en su vientre.

—Pero él era mi tío…

—Y también un ninja. Mi mano derecha. Parte de los Anbu de la Arena. Por la aldea… Siguió mis instrucciones al pie de la letra.

No pudo seguir mirando los ojos cristalinos de su hijo. Puros como los de Karura.

—Fue un error. Todo lo que hice fue un error. Te hice pasar por vivencias innecesarias. Decidí por mi cuenta lo que importaba para ti y lo que no. Te lo arrebaté todo: a tu tío, a tu madre, los sentimientos que tenías por ella… Las conexiones que tenías con los demás. Incluso quise quitarte la vida. Y ahora… Lo único que tienes que te asocia con tus padres… Son las heridas en tu corazón.

Cuando tenía seis años, Gaara le pidió a su tío que le explicara qué era el dolor. Que le diera sentido a la agonía que lo atestaba.

—No está sangrando, pero duele mucho aquí —dijo, apretando las ropas que cubrían su pecho.

Yashamaru tomó una navaja. Se cortó un dedo.

—Cuando el cuerpo es herido, sangra. Puede que se vea doloroso, pero con el tiempo, el dolor pasa. Y si se usa medicina, se sana más rápido.

—¿Y el corazón?

—Las heridas del corazón… No son como las del cuerpo. Puedes tenerlas toda la vida y no sanarán. Solo hay una medicina que puede aliviar un corazón herido. Pero conseguirla no es sencillo. Debe obtenerse de alguien más.

—… ¿Cuál es?

—El amor.

—¿De dónde lo saco?

—Ya se le ha dado, Gaara‑sama.

Él miró a su tío con una turbación genuina, infantil, como si aquel concepto fuera demasiado extraño para comprenderlo. Yashamaru sonrió, entendiendo su carencia.

—Mi hermana lo amaba. Habría querido protegerlo… incluso a costa de su propia vida.

 


 

Su cuerpo se estremeció. Antes de darse cuenta, lágrimas ardientes recorrieron su rostro hasta la barbilla. El sollozo se apagó en su garganta, pero el temblor de sus manos persistió.

En pleno campo de batalla, el joven líder ninja lloró. Por el amor recuperado… y por el perdido.

La visión sacudió el alma de su padre como nunca antes. Era como si la muerte, en su crueldad, lo estuviera bendiciendo al fin con una comprensión tardía, cuando el daño ya no podía repararse.

—Tu madre era realmente fuerte —más fuerte que yo, pensó—. Incluso en la muerte, sigue creyendo en ti. Sigue protegiéndote. Eso es lo que te ha hecho llegar hasta aquí.

—Has conseguido todas las cosas que yo te quité. Yo, tu padre, que jamás hice nada por ti… No. Ni siquiera tengo el derecho a llamarme padre tuyo.

Gaara se secó las lágrimas. Inhaló.

—Madre fue realmente increíble. Pero… esta es la primera vez que tú me das "medicina", padre.

Rasa presionó los labios, la emoción brotando. Sonrió cuando la etiqueta de sellado emergió de su prisión de arena, lista para atarlo.

—Te has convertido en más de lo que esperaba —dijo—. Me has superado con creces. ¡Dejo la aldea en tus manos, Gaara!

El Tercer Raikage y el Segundo Mizukage lograron liberarse de la retención. Corrieron hacia el ejército, lanzando un ataque completo. Temari dio la orden de rodearlos, pero estaban claramente superados. Como si no fuera suficiente, el monje Gyatso producía ráfagas de viento que volaban a treintenas de combatientes del suelo.

Gaara se les unió rápidamente. Ōnoki, por su parte, tenía dificultades luchando contra su propio mentor.

Gengetsu, tras advertir a los hombres, convocó a su Kuchiyose(2): una almeja gigante. El Raikage, consciente de que era usuario de Raiton, recomendó una formación defensiva en la que los usuarios de Tierra ocuparan la primera línea y los de Viento se encargaran del ataque.

—¡Disculpe, señor monje! —Suki corría entre el vendaval, evadiendo el golpe que Gyatso le lanzó con los puños juntos. Varios fueron expulsados lejos, tanto Maestros como shinobi. —¿Cree que pueda decirnos un poco sobre usted?

—Mi nombre es Gyatso. Era Maestro del Templo Aire del Sur. Se me consideraba versado en mi arte de control. —Gyatso maniobraba con elegancia, incluso mientras hablaba—. Como consejo: que los Maestros Tierra y los manipuladores de tierra me ataquen. Creen estructuras defensivas. Lancen proyectiles pesados. Serán difíciles de bloquear para mí. Necesito movimientos poderosos para atravesar roca, y eso lleva tiempo. El Aire Control recurre a la evasión. Inmovilícenme. Acorrálenme. Reduzcan mi tiempo de reacción.

Mientras tanto, el duelo de los Maestros Fuego persistía. Impetuoso. Implacable.

Zuko saltó sobre el barrido de fuego de su bisabuelo. En el aire, lanzó sucesivas gotas incandescentes. Sozin las desvió con las manos: algunas las apagó, otras las redireccionó. Dejó que una recorriera su brazo, se deslizara por su espalda y saliera por el otro, como si las llamas fueran líquido que se escurría sobre sus extremidades.

Su defensa era sólida. No atacaba de frente; aguardaba el movimiento de Zuko para contraatacar. Y cuando tomaba la iniciativa, lo hacía con violencia. Su fuego era un empujón brutal. Zuko apenas lograba mantenerse firme ante la fuerza de sus embestidas, sus pies resbalando sobre el suelo.

Las llamas bailaban en el cielo. Todo el ejército las veía. No sabían si intervenir o dejar que pelearan entre sí.

Un shinobi propuso entrar para tomar por sorpresa al resucitado. Un Maestro Fuego lo detuvo: —Nos calcinarán si nos cruzamos.

Nadie quería ser quemado por dos Señores del Fuego.

Zuko se arrojó al suelo, pecho hacia abajo, para evitar una ráfaga. Colocó ambas manos sobre la tierra. Se posicionó para un handglide. Levantó las piernas, giró la izquierda en sentido antihorario, la derecha hacia el frente. Al caer, se apoyó con el antebrazo izquierdo. Lanzó la pierna izquierda por debajo de la derecha. Rodó sobre su espalda. Un movimiento giroscópico, como un molino de viento. Sus pies generaron un círculo de fuego que bloqueó las llamaradas de Sozin.

—Lo que te falta en experiencia de liderazgo lo compensas con tu Fuego Control —dijo el mayor—. Se nota que tuviste un buen instructor. Pero tu contrincante te lleva muchos años. He batallado con muchos insensatos que desafiaron al Príncipe Heredero. Algunos no salieron ilesos. Algunos no salieron en absoluto. Jamás he perdido un duelo.

—Eso fue hasta que el Avatar rompió tu racha invicta.

La sola mención del Avatar tuvo efecto. La mirada de Sozin se ensombreció, sus facciones endureciéndose bajo el recuerdo humillante de su derrota ante quien fuera su mejor amigo. La frialdad de sus ojos habría helado a sus súbditos leales, pero Zuko no era uno de ellos.

—El Avatar… —dijo, con ira apenas contenida—. ¿Renació siquiera?

—Así es. Y salvó al mundo de la guerra que tú comenzaste —dijo Zuko, incorporándose con un movimiento ceremonioso, apoyado en una rodilla, como quien dicta un decreto—. Él, el último Maestro Aire, a quien más temías, regresó. Derrotó a mi padre. Restableció el equilibrio. Hemos pasado por dificultades, pero logramos la paz. Y seguimos trabajando juntos para reparar el daño que nuestra nación causó.

—¿Te has aliado con el Avatar? ¿El enemigo jurado de nuestra nación? —rugió Sozin, la voz elevándose casi en un grito—. ¿Y te lo permitieron?

—No creas que el legado de nuestra familia no moldeó mi visión del mundo —retrucó él—. Yo, como mi padre, perseguí al Avatar. Y al igual que él, fallé. Pero cesé mi búsqueda cuando vi la verdad. Cuando entendí lo que se escondía tras la fachada de nuestra "gran" nación.

Sus palabras eran fuego puro. No hecho para destruir, sino para iluminar.

—Tus ideas se transmitieron hasta nuestros días. Nos hicieron creer que la Nación del Fuego era la mayor civilización de la historia. Que todos debían unificarse bajo ella. Pero lo que llamábamos "compartir nuestra grandeza"… Era imponer. Dominar. ¡Conquistar!

Sozin apretó los dientes.

—¡Quería proporcionar a las otras naciones los beneficios de los que gozaba la Nación del Fuego! ¡Quería darle un futuro brillante al mundo!

—¡Mientes! —gritó Zuko, con la convicción férrea de quien ha visto el horror de cerca—. Lo único que dejó tu intento de expansión fue destrucción y sufrimiento. Tuve que verlo con mis propios ojos. Conviví con las personas a las que perjudicamos. Solo entonces comprendí el daño que les hicimos. Lo que les robamos.

Su voz se quebró, pero no se detuvo.

—¡Padres que nunca volverán a ver a sus hijos! ¡Mujeres que perdieron a sus familias! ¡Liquidamos a una raza entera! ¡Erradicamos a los Maestros Agua del Sur! ¡¿Cómo puedes llamar a eso un "futuro brillante"?!

Sozin no parpadeó. Lo miraba con una impavidez aterradora. Era un credo que había recitado hasta convencerse de que era verdad.

—Si se nos opusieron… no merecían menos.

Zuko lo observaba con incredulidad. Como si intentara encontrar, en algún rincón de ese rostro endurecido, al hombre que alguna vez fue amigo del Avatar Roku.

—¿Cómo llegaste a pensar así? ¿No eras su mejor amigo?

—Yo era un hombre distinto en aquel entonces…

—¿Qué fue lo que te cambió? ¿Tus celos hacia la fuerza del Avatar? ¿Tu codicia? ¿La misma que te consumió y te impulsó a dejarlo morir?

Las palabras de Zuko lo horadaron. La culpa por haber traicionado a Roku lo había perseguido hasta el ocaso de su vida, y seguía aferrada a él incluso en la muerte.

Pero Sozin era obstinado. No admitiría su error. Parte de él seguía creyendo que lo hizo por un bien mayor. Que sus fines justificaban sus medios. Si había que deshacerse de quienes representaban una amenaza para su quimera… lo haría sin temblar.

—… No me arrepiento de haber ordenado la muerte de los Nómadas Aire —dijo, nivelando su tono, como si pronunciara una sentencia—. Eventualmente habrían llevado a nuestro país a la perdición. Había entre ellos creencias que iban en contra de la familia real. Grupos de renegados que amenazaban el orden que nos costó establecer. No sabía que los Maestros Agua del Sur fueron erradicados… Pero es mejor así. Hubieran obstaculizado nuestro camino hacia la grandeza.

Sus ojos se clavaron en Zuko.

—Tú, al igual que el traidor que tenía por amigo, obstruiste ese camino.

Impulsándose con chorros de fuego a sus pies, Sozin se elevó hasta los cielos. Respiró hondo. Empujó sus manos hacia adelante y hacia atrás, lento, como si moldeara el ímpetu antes de desatarlo.

—¡Prepárense! —gritó Ming, desde las filas de la Nación del Fuego.

Pero ni ella ni Zuko estaban listos para lo que venía.

Sozin tiró las manos hacia atrás. El aire se comprimió a su alrededor. Y luego, con un rugido que parecía arrancado de las entrañas del mundo, lanzó sus brazos al frente.

Una bola de fuego emergió. No era una técnica cualquiera, sino un manifiesto de poder.

El tamaño era colosal, como el de un sol artificial. Una esfera incandescente que imitaba al cometa que llevaba su nombre. Su núcleo ardía con un blanco cegador, rodeado por capas de rojo, naranja y dorado que giraban como tormentas solares. Las llamas se extendían como tentáculos, devorando el aire, proyectando sombras monstruosas sobre el campo de batalla. El calor era tan intenso que la tierra bajo ella comenzó a agrietarse antes de que siquiera la tocara.

Se dirigía a las tropas a gran velocidad.

—¡Retírense! —les gritó Ming.

—¡Lord Zuko, retroceda! —clamaron los suyos.

Pero él no dudó.

Zuko se propulsó con una explosión de fuego desde sus pies, directo hacia el cielo. De cara al ataque.

Juntó ambas palmas. Penetró la superficie de la bola. El calor circundante amenazaba con consumirlo, pero lo dominó. No lo repelió; lo redirigió.

Dentro del núcleo, creó un vórtice de fuego: un remolino que absorbía y disipaba la energía desde el interior. Pero aquel fuego no era como el de siempre.

Sozin lo percibió.

—¿Llamas de colores...? —murmuró, incrédulo.

Tintes de verde y púrpura danzaban sobre el naranja y el amarillo. Las llamas se movían con gracia, con voluntad. No eran solo fuego: eran parte de un legado que la propia familia real intentó borrar.

—¡¿Fuego de dragón?! —exclamó, retrocediendo.

Zuko emergió del otro lado, iluminado por su propia llama. El fuego de los dragones. El fuego de la verdad.

¡Este es el verdadero significado del Fuego Control!

Sin ceremonia, sin advertencia, sin gloria, su brazo izquierdo se balanceó con fuerza y golpeó a Sozin en la mandíbula. El impacto resonó como un trueno.

Lo sujetó por el cuello de sus atuendos y lo arrastró hacia abajo. Ambos se precipitaron juntos hacia el suelo.

Sozin logró apartarlo con una patada y generó un chorro para frenar la caída. Pero Zuko no lo dejó escapar: manipuló su elemento para crear un látigo de fuego con el que lo atrapó. Con toda su fuerza, tiró hacia un costado y lo arrojó primero. Sozin cayó con tal violencia que su impacto abrió un cráter. El polvo se elevó, y en esa imagen nebulosa, el silencio se impuso.

En la sede central, Shikaku y Mabui analizaban datos. Papeles mezclados y esparcidos abarrotaban la mesa. El aire estaba cargado, como si el fuego de la batalla hubiera llegado hasta allí.

La aparición de Jianzhu, Sozin y Gyatso en el frente de la Cuarta División había obligado a enviar los refuerzos del Segundo Regimiento de Infantería, como Hakoda había sugerido. Inoichi acababa de confirmar que estaban en camino.

Las cosas se habían calmado indefinidamente en el lado de la Primera División. Pero más Zetsus Blancos se acercaban.

La parte de la Segunda División que Kitsuchi dejó atrás se movió para establecer una línea defensiva alrededor de la estación compartida por la División de Servicios Médicos y Sanitarios y la División Médica y de Apoyo Logístico.

La Tercera División seguía contendiendo con los Siete Espadachines de la Niebla.

Mabui frunció el ceño. Shikaku se inclinó sobre un nuevo informe.

—Hay nuevas del Primer Regimiento de Artillería… Y me temo que son malas.

 


 

El regimiento que estaba resguardando la frontera de Shimo no Kuni había avistado nuevos enemigos.

—Ahí vienen —dijo Jee, alzando una mano.

Cañones a su derecha. Cañones a su izquierda. La pólvora dispuesta. Los hombres alineados detrás. Los Maestros Fuego sostenían llamas entre sus dedos, listos para encender los botafuegos.

—¡Arriba los cañones!

Cuatro figuras se acercaban.

—¡Apunten!

Un shinobi. Un samurái. Dos Maestros.

—¡Fuego!

Los cañones de bronce rugieron. Proyectiles de hierro cruzaron el aire. Una pieza giratoria lanzó explosivos cargados de polvo incendiario. El estruendo fue como volcanes en erupción. El grito metálico de un dragón resonó en los bosques nevados, aterrorizando a sus criaturas.

El frío ralentizó el humo, que tardó en disiparse. Y cuando lo hizo…

Las bocas quedaron abiertas de impresión.

Las balas de cañón estaban detenidas en el aire, congeladas por hielo que las rodeaba como una prisión cristalina. El hielo contrajo el metal. Las bolas cayeron, inútiles.

Algunos proyectiles explotaron. Fragmentos calientes y afilados volaron a gran velocidad. Dos enemigos fueron heridos, pero el daño se revirtió casi al instante; sus cuerpos, desmenuzados como papel, se reensamblaron como si fueran fragmentos de un mismo dibujo.

El Maestro Agua de la Tribu del Norte que había frenado los proyectiles saltó hacia el general. Usó hielo para deslizarse sobre el terreno con facilidad, creando caladas rápidas y cortantes de agua para atacar.

Jee esquivó, saltando hacia atrás. Disparó una bola de fuego. El enemigo la apagó con un escudo líquido.

Se preparó para atacar de nuevo. Pero entonces, una niebla densa los rodeó. Entorpeció la visión. Silenció el aire.

—Esto es… ¡Es como el jutsu del Asesino Silencioso de Kirigakure(3)! —exclamó un ninja de la División Sensor.

—Guarden la calma. Presten atención a sus alrededores. Pueden venir de cualquier dirección —ordenó Jee, con voz firme.

Entonces alguien apareció por detrás. Una patada giratoria envuelta en fuego lo golpeó. Jee se cubrió con el antebrazo y empujó al atacante a un lado.

Era un Maestro Fuego. Joven. Vestía el uniforme del ejército. En su rodete alto, un pequeño tocado dorado, inquietantemente similar al que usaban los miembros de la Familia Real de la Nación del Fuego.

No venía solo.

—¡Es Blue B‑sama! —exclamó uno de La Nube.

Desde el lado contrario, el shinobi aprovechó la distracción. Su espada perforó el costado izquierdo de Jee, arrancándole un jadeo cruento. Los hombres gritaron su nombre.

—Pensar que tengo que pelear contra mis camaradas de esta forma… —murmuró el joven, apenado.

Blue B todavía mantenía el agarre en la espada ensartada en el cuerpo del general, hundiéndola más. Jee, con una fuerza nacida del instinto de supervivencia, sujetó al Maestro Fuego enemigo por el cuello y encendió fuego en sus palmas para quemarlo. Se mantuvo así, aunque todos podían ver que el esfuerzo lo estaba consumiendo. No soltó.

Hasta que no pudo más.

Blue B retiró la espada y, con un golpe seco, pateó al hombre sangrante contra el suelo.

—¡Háblenle a los de Comunicaciones! ¡Díganles que el general está herido! ¡Que los Edo Tensei son un Maestro Agua, un Maestro Fuego, un samurái y un shinobi: Blue B de Kumogakure! ¡Pidan refuer—

El grito se apagó.

Cinco hombres cayeron de un solo tajo. El samurái de la cicatriz los golpeó con su Ruptura(4). Su sable estaba envuelto en chakra azul llameante. Una llama que no quemaba, pero cortaba el alma.

—Un valiente hasta el final —dijo B, mirando a Jee tirado en el gélido suelo—. No dañé una parte vital. Podría tener una oportunidad de sobrevivir.

—Es de mi nación… —murmuró el joven Maestro Fuego, llevándose una mano a la garganta. La quemadura se cerró sola. No sintió dolor, ni el chisporroteo de la carne. Era desconcertante… inhumano.

—El que nos trajo aquí es un vil canalla… Nos obliga a luchar. A matar a los nuestros…

Cerró el puño, con un dejo palpable de ira contenida.

—Es poco lo que podemos hacer —dijo el Maestro Agua revivido, deteniéndose a su lado—. Sólo nos queda esperar… A que envíen a alguien lo suficientemente fuerte como para acabar con nosotros.

 


 

Shikaku golpeó la mesa con la palma abierta. El eco fue seco. Era una costumbre del Cuarto Raikage que se le había quedado, como si se tomara demasiado en serio el papel de reemplazarlo como comandante. Pero no era teatro: era frustración genuina. La de alguien que llevaba días sin dormir, trazando estratagemas para frenar el avance enemigo, y siempre encontraba un nuevo revés.

—Mantengamos la cabeza fría —dijo Hakoda, con una gravedad que apenas ocultaba su propio nerviosismo—. Enviaremos las unidades de caballería más cercanas en su ayuda. Aunque… tal vez sea hora de sacar las armas pesadas.

Shikaku lo miró. Mabui también. Incluso Katsuyu, la babosa que Tsunade había dejado con ellos para mantenerla informada mientras ella y el Raikage buscaban al Avatar y a los hospedadores de las Bestias con Cola, giró ligeramente la cabeza.

—¿De qué estás hablando?

Hakoda se permitió una sonrisa apenas perceptible. No era arrogante, sino cómplice; la de quien sabe que aún guarda una carta bajo la manga.

—He estado reservando uno de nuestros mejores equipos para cuando las cosas se pusieran realmente feas.

Mabui entrecerró los ojos. No por desconfianza, sino por expectación. Reconocía en Hakoda a un aliado capaz de sus propios trucos, y confiaba en que su colaboración pudiera sacarlos del lío.

 


 

En otra parte, cinco capas índigo revoloteaban en el viento. Los pasos de quienes las portaban eran lentos, pero firmes. Avanzaban con el sosiego de una vejez que aún se negaba a rendirse.

—Estas viejas piernas necesitan estirarse un poco —dijo un anciano de ojos desorbitados, adelantando una pierna flexionada y estirando la otra hacia atrás. Llevaba un manto con estampado de loto sobre los hombros. Era el rey de Omashu. Y su sonrisa era la de alguien que había visto demasiadas guerras y todavía tenía ánimos para enfrentar una más.

—¿Seguro que podrás manejarlo? Ya no eres un muchacho, rey de Omashu —dijo el Maestro de Agna Qel'a, de ojos azul claro y cabello gris. Su tono fue sardónico, pero la carcajada del Maestro Tierra, áspera como un graznido, lo contrapesó con camaradería.

—Un buen caballo viejo encerrado en el establo aún aspira a galopar mil li(5) —comentó el "sable cortante"(6) de la Nación del Fuego. Inspeccionaba su jian, trazando un dedo a lo largo de la hoja con una reverencia silenciosa, pero palpable.

—Bien dicho —añadió el antiguo almirante, El Desertor, juntando ambas manos tras la espalda—. Pero basta de proverbios y pláticas sobre la vejez… Gran Loto, ¿ya es hora?

El aludido, el Dragón del Oeste, observó el horizonte, donde la tierra se fundía con el mar. Su rostro endurecido no mostraba orgullo ni alegría, sino la severidad de quien recuerda su vínculo irrompible con la guerra. Antes, por gloria. Ahora, por deber.

La guerra lo llamaba de nuevo. En otras circunstancias, habría ignorado su tortuoso llamado. Pero esta vez… la situación exigía combatientes capaces de cambiar el curso de la historia.

Si era por la paz, no tenía más remedio que dejar sus sesiones de té para otro día.

Desde el cuartel, Hakoda sonrió.

—Veamos cómo lidian con la Orden del Loto Blanco.

 

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. Para algunos, Buda Gautama era un avatar de Vishnu. En el Bhagavata-purana y el Guitá Govinda, Vishnu toma la forma de un ermitaño por diferentes razones. Al respecto, Devdutt Pattanaik dice: “Con el tiempo, el noveno avatar de Vishnu fue visto como el ermitaño, percibido por algunos como Buda y por otros como Jina. Este fue, quizás, un movimiento estratégico para lograr que muchos budistas y jainistas se convirtieran en parte del vaishnavismo y más tarde del hinduismo. O tal vez fue un movimiento sincero para mostrar cómo, a veces, para salvar el mundo, Vishnu tiene que renunciar al mundo y convertirse en un maestro ermitaño” (Pattanaik, D., 2019. Is Buddha an avatar of Vishnu? Devdutt. https://devdutt.com/is-buddha-an-avatar-of-vishnu/).

2. Invocación, del Kuchiyose no Jutsu (口寄せの術).

3. Se refiere al Kirigakure no Jutsu de Zabuza.

4. 破断 (Hadan), "Romper".

5. Un proverbio chino basado en el poema “Aunque la tortuga tiene una larga vida” (龜雖壽) de Cao Cao (曹操, Cáocāo).

6. O sea, un Piandao (片刀). Sí, el nombre de Piandao es un guiño irónico.

Chapter 18

Notes:

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Chapter Text

Naruto, Killer B y Aang iban camino al campo de batalla.

Al notar la ausencia de Yamato, el Jinchūriki del Kyūbi y el Avatar salieron en su búsqueda. Pero fueron detenidos por los guardias ninja de la isla. Fue entonces cuando sospecharon que algo andaba mal.

Aang confirmó que lo que intuía era cierto: los habían confinado allí para evitar que Madara se hiciera con las dos Bestias con Cola que quedaban.

Durante el enfrentamiento con los vigilantes, Naruto activó su Modo Sabio. Aquello le permitió sentir la guerra: el chakra desplegado como un mapa vivo sobre el campo de batalla fragmentado. Vio a sus amigos luchando en múltiples frentes. Vio cuerpos. Montones de cadáveres. El pecho se le hundió, como si un puño invisible lo atravesara.

Enfurecido, exigió respuestas. Iruka, a pesar de las protestas de Shibi Aburame, se las dio. La farsa era insostenible.

—La guerra ha comenzado —confesó, con voz grave.

—¡Explíqueme por qué debería quedarme sentado mientras mis compañeros luchan y arriesgan sus vidas! —exclamó Naruto, con la furia de quien se siente traicionado pese a las buenas intenciones detrás de la mentira.

Iruka inhaló hondo. Su mirada no se posó solo en su estudiante, sino también en el Avatar, que hasta entonces no comprendía cómo todo lo involucraba a él también.

—El enemigo ha conseguido un poderoso espíritu de tu mundo —le dijo—. Y también busca el que llevas dentro. Para evitarlo, los Maestros han unido fuerzas con los Shinobi. Han formado una alianza. Ahora mismo, están peleando para defenderte. Para defender a los tres.

Aang tardó en reaccionar, incrédulo al principio. La sorpresa pronto se tornó en enfado. Su erupción fue explosiva. Naruto quedó paralizado: nunca lo había visto así.

—¡¿Cómo pudieron ocultármelo?!

—¡Tus camaradas no quieren dejarte a merced de Madara! Dicen que los has salvado en numerosas ocasiones. No quieren abandonarte. Es gratitud… por lo que has hecho por ellos.

Aang dio un paso al frente, los brazos extendidos como si así pudiera contener la ira que se le escapaba de dentro.

—¡Pero ese es mi deber! ¡Soy el Avatar! ¡Yo soy quien debe protegerlos, no al revés!

—Si los defienden es por un bien mayor. Comprendan que, si los capturan… estaremos perdidos. No se trata solo de ustedes. Por favor… regresen adentro.

Naruto recordó las últimas palabras de Nagato:

Tratarás de encontrarle sentido a la matanza, pero solo hallarás odio y dolor. Muertes inútiles. Un pozo de odio sin fondo. Eso es la guerra. Naruto, llegará el momento en que debas afrontarlo. Mi trabajo termina aquí… Pero quizás tú puedas lograrlo…

El momento había llegado. La guerra no era una historia. Era real. Y él estaba en el centro.

—Acabaré con esta guerra yo mismo —dijo Naruto, la voz contenida en un rugido bajo que le raspaba la garganta—. Soportaré el odio y el dolor. ¡Ese es mi deber!

Iruka se encolerizó. No por falta de cariño, sino por miedo: el terror de perder a Naruto a manos de un enemigo que quizá no lograrían detener, sin poder hacer nada para evitarlo.

—¡¿Acaso escuchas lo que te digo?! ¡Tienes al Nueve Colas! ¡Este es un problema de todos, Naruto!

—¡Usted fue el primero en reconocerme! ¡¿Por qué ahora solo le preocupa el Kyūbi?! ¡¿Por qué no confía en mí?!

—¡Deja de actuar como un niño malcriado! ¡Bien sabes lo que pienso de ti! Eres uno de mis estudiantes más preciados y… eres como un hermano menor para mí.

Su voz se quebró. La grieta se abrió, derramándose en palabras suaves.

—El líder de Akatsuki va tras de ti. ¿Cómo podría dejar que fueras a enfrentarlo… sabiendo lo que podría pasarte? No estás solo. No tienes que cargar con todo el peso.

Sin embargo —y pese a sentirse tocado por las palabras—, el rubio no reculó.

—Ya no soy un niño. Soy más fuerte que nunca. Usted fue quien me dio este protector de frente, Iruka-sensei.

Naruto lo dijo con la voz firme, pero con el corazón temblando. El hitai-ate se le había caído al salir del Templo Bestia con Cola. Iruka caminó hacia él, como si fuera a entregárselo. Naruto creyó que lo dejaría ir.

Apenas se acercó, Iruka activó el Isshitōjin(1). Una barrera selladora que lo dejó atrapado.

Pero no por mucho. Activó su Modo Chakra del Nueve Colas. La energía lo envolvió como una llamarada dorada, permitiéndole liberarse con facilidad. Aang lo siguió. Ambos escaparon. Iban directo al campo de batalla.

Antes de cruzar la barrera que los encerraba, Naruto sintió algo detrás de la placa metálica de su protector. Una carta. Iruka la había deslizado allí sin que se diera cuenta.

Las palabras le llenaron los ojos de lágrimas y el pecho de fuego. La confianza de su maestro era un sello grabado en su alma. Naruto apretó el protector contra su frente. No iba a fallar.

Pero había algo que lo inquietaba. Alguien, en específico.

Aang.

Durante el trayecto, se había mostrado extraño. Avanzaba más rápido que él y B, con una impaciencia silenciosa, concentrada, que se delataba en la premura de sus movimientos.

Naruto lo observó con un dejo de preocupación. Sabía que estaba enojado porque también le habían ocultado la guerra. Aunque presentía que había algo más detrás de su molestia.

Recordó que el monje había dicho una vez que era su deber proteger a los demás, ayudar a quien lo necesitara. Tal vez tenía que ver con ese título de “Avatar” que cargaba. Naruto no entendía del todo lo que implicaba. Pero sí sabía que Aang llevaba encima algo más que rabia.

De pronto, sintió dos chakras acercándose.

—¡Esperen! —dijo, deteniéndose en seco.

—¿Qué pasa? —preguntó B.

Los tres frenaron. Dos figuras aterrizaron frente a ellos, levantando una nube de polvo.

—¡Bāchan! —exclamó Naruto al reconocerla.

Tsunade había llegado, el Raikage con ella. Notó el chakra del Nueve Colas vibrando en el rubio. Katsuyu, su invocación, murmuró desde su hombro:

—Qué chakra tan increíble…

B, por otro lado, se puso rígido de repente. Sus mejillas se encendieron, sus ojos desviándose al generoso escote de la Hokage, que se sacudía con cada paso.

—B… brasier… —balbuceó.

A lo fulminó con la mirada.

—¡B! ¡¿Cómo te atreves a ignorarme por los pechos de la Hokage?!

—¡Ah… no! ¡En realidad quise decir “Brother”! —se excusó, nervioso como niño pillado en travesura—. Me asustaste… Pero es cierto que los pechos de la Hokage son grandes.

Aang también se ruborizó ante la desfachatez, intentando ocultarlo. Pero la gravedad de la situación lo obligó a recomponerse, sacudiendo la cabeza para olvidar el bochorno.

Entonces, el Raikage bramó con una voz que rivalizaba con el trueno de su Elemento Rayo:

—¡Hemos venido a detenerlos! ¡No darán ni un paso más!

El Avatar se dirigió a Tsunade con la urgencia de quien ya no puede callar:

—Lady Hokage, ¿por qué me ocultó que Madara está tras de mí también?

Tsunade bajó la mirada. Así que se lo habían contado. Detener a Naruto era una cosa: conocía su corazón. Pero Aang… Aang era distinto.

—Fue una decisión tomada por los líderes de tu mundo. Nosotros decidimos respetarla —explicó—. Sabían que, si lo descubrías, correrías al campo de batalla. Lo cual estás haciendo ahora mismo.

—Un momento —interrumpió A, echándose hacia atrás como si la información lo hubiera golpeado, y luego inclinándose hacia adelante para señalar al chico con desdén—. ¿Este flacucho es el mentado Avatar?

—¡Oiga! —exclamó Aang, apretando su planeador contra el pecho como si fuera un escudo, sin retroceder pese a lo ridículo que resultaba verlo cubrirse con la herramienta.

—¡Iruka-sensei nos lo contó todo! ¡Ya sabemos que el enemigo quiere capturarnos para completar su jutsu! —intervino Naruto.

—¿Y aun así quieren ir? ¡¿Acaso son estúpidos?! —replicó A.

—¡No puedo soportar que todos estén peleando para protegernos! ¡No tiene sentido que todos mueran y yo sobreviva al final de la guerra! ¡No quiero eso!

—¡Es preferible a que el mundo llegue a su fin! ¡Todos opinan lo mismo! ¡Están dispuestos a sacrificarse por ti!

—¡¿Y sabiendo eso quieren que me quede de brazos cruzados, ileso y haciendo nada?! ¡No soy ese tipo de persona! Además…

—¡No quiero oír tus insignificantes motivos! ¡Dije que no los dejaré pasar!

—¿“Insignificantes”? ¿¡Le llama insignificante al querer salvar vidas?! —gritó Aang, irrumpiendo en la contienda. Su voz temblaba. También su mano, como si evitara que el bastón se desarmara por la fuerza con que lo apretaba. —¡No pienso dejar que nadie dé su vida por mí! ¡No dejaré que mueran en una guerra por mi culpa, no otra vez!

Apretó los ojos, la cabeza gacha.

—¡La Guerra de los Cien Años sucedió porque no estuve ahí para detenerla! No... ¡No quiero perder a los que amo de nuevo por no haber hecho nada para evitarlo!

La pisada decidida con la que el Raikage avanzó tuvo fuerza suficiente para remecer el suelo.

—¡No me interesa lo que haya sucedido en tu mundo! ¡El problema lo tenemos aquí! ¡Una de las razones por las que los Maestros se involucraron es que la hermana del Señor del Fuego ayudó a Madara a liberar a Vaatu!

—¡Entonces déjenme hacerme cargo! ¡Yo soy quien debe responder por las acciones de la gente de mi dimensión! ¡Yo soy su protector!

—¡Quizás te contaron que Madara va tras de ti, pero no que, si te quitan a tu espíritu, lo usarán para amplificar el jutsu! ¡Si eso sucede, no será solo el continente ninja el que se verá afectado… sino todo el planeta!

—¡Brother, déjalos ir! Tienen mi respaldo, ¡no te vas a arrepentir! —intervino B, con su tono despreocupado.

—¡No! ¡Y no van a hacerme cambiar de parecer!

Naruto apretó los dientes. No había manera de convencerlos.

Si no quieren comprender… entonces no hay de otra.

Con velocidad cegadora, intentó huir. Pero el Raikage lo interceptó, igualando su rapidez. Le lanzó un puñetazo que lo mandó varios metros más allá. Naruto alcanzó a bloquear el impacto con los antebrazos, pero no impidió que saliera rodando por el suelo.

—¡Naruto! —gritó Aang.

—¡Abuela Tsunade, tú sí me entiendes! ¿Verdad? ¡Yo acabaré con la guerra, solo déjenme pasar! —exclamó Naruto, levantándose sobre una rodilla, con los ojos encendidos.

Pero la expresión de la mujer era de piedra.

—Abuela…

—Ahora soy una oficial del Ejército Shinobi. Y su decisión es detenerte —afirmó ella, con una firmeza que no ocultaba del todo su propia contrariedad. Al final, había sido quien intentó convencer a los demás de permitirles unirse a la guerra—. Aunque sea la Hokage, no puedo actuar por cuenta propia.

Naruto bajó la mirada y suspiró.

—… De acuerdo. Por tu posición, comprendo que no tienes otra alternativa. ¡Tendré que irme a la fuerza!

Volvió a moverse. Más rápido, más decidido. Pero el Raikage lo bloqueaba sin esfuerzo cada vez.

—Sí que eres rápido, viejo Raikage —sonrió Naruto, jadeando por el esfuerzo.

Tsunade lo observaba sin poder dar crédito. Naruto estaba empatando al shinobi más veloz desde el Cuarto Hokage.

—No hay ninja más veloz que yo desde que Minato murió —dijo A, con una traza de orgullo.

Naruto se detuvo, pasmado.

—¿Conocías a mi papá?

—Nos enfrentamos varias veces. No hubo quien lo superara —respondió el otro con reconocimiento—. Escuché de uno de los Sannin, Jiraiya, que él era el “niño de la profecía”(2), el supuesto salvador del mundo. ¿Y dónde está ahora? ¡Fue derrotado por el Kyūbi! ¡Falló! Y tú, como su hijo, pareces no haber aprendido nada. Sigues hablando sinsentidos como un idiota…

Naruto bajó la voz. Su dureza se intensificó al percibir el insulto contra su padre.

—No hables de mi papá…

Recordó el momento en que luchó por el control del Kyūbi. Cuando su madre apareció frente a él, con su luz cálida que lo liberó del odio. Recordó su historia. La de ambos. Cómo se amaron. Cómo lo amaron a él, al punto de encomendarle todo.

Cuando naciste, Minato dijo: "A partir de hoy seré padre", llorando mientras te abrazaba. Es por eso que se llevó a Madara y al Kyūbi lejos de la aldea. Y cuando lo selló dentro de ti, dijo: "Si es por nuestro hijo, con gusto daré mi vida. Sellaré la mitad de la bestia dentro de él. Los desastres vienen de la mano de Madara. Este niño algún día lo detendrá."

Naruto, él te lo encomendó todo a ti al morir. Creía en ti con todo su corazón.

Naruto apretó los puños.

—¡El Cuarto Hokage no falló en absoluto!

El Raikage cerró los ojos. Su Raiton no Yoroi(3) restalló. La paciencia se le había agotado.

—Si sigues insistiendo en irte… entonces tendré que matarte aquí mismo.

La amenaza cayó sobre todos como una muralla derribada, dejándolos perplejos. A Tsunade, especialmente.

—¡¿Qué?! ¡Espera un momento, Raikage! —exclamó ella, confundida e impactada de que siquiera lo sugiriera.

—¡De esa forma ganaremos tiempo! ¡El Kyūbi tardará en revivir, y el enemigo se verá obligado a posponer su plan!

Naruto levantó las manos para el sello manual del clon. A lo interpretó como respuesta.

—¡Tal parece que tienes ganas de morir! ¡Pues de acuerdo!

El Raikage alzó el puño, ignorando las protestas de Tsunade, listo para enfrentarlo.

Pero entonces, un obstáculo se interpuso.

Los ojos y tatuajes de Aang se iluminaron, un resplandor blanquecino envolviéndolo. El aire vibró como si resonara con él.

Una ráfaga de viento se desató de sus palmas. Potente, directa. Con fuerza de sobra para arrancar al Raikage del suelo y obligarlo a derrapar para frenar su retroceso.

¡Si quiere llegar a Naruto, primero tendrá que pasar por encima de mí!

La voz de Aang era un rugido distorsionado, como si mil almas hablaran al unísono a través de él, dejándolos a todos anonadados.

Naruto giró hacia él. Sintió un aguijonazo entre las costillas que lo obligó a apretarse la zona con una mano. El Zorro Demonio se agitó, su gruñido retumbando en su interior.

No era chakra lo que reconoció. Era otra cosa. Un poder oculto, desbordante, que lo atravesaba como un torrente desconocido.

¿Qué es... esta sensación?

Dentro de él, el Kyūbi murmuró:

¿Podrá ser…? Imposible… ¿Raava?

Aang también lo sintió. Su sorpresa lo hizo volver a la normalidad. Pero no solo percibió al Kyūbi. También al Hachibi.

Gyūki habló en la mente de B:

B, ¿lo captaste? Ese chico… Sabía que había algo extraño en él. Ahora lo reconozco. Ese poder… Lo he sentido antes. Hace cientos de años.

B reflexionó brevemente, pero no pudo detenerse por mucho. El Raikage retomó su posición, más rabioso que antes. La vena en su sien palpitaba como si fuera a estallar.

—Mocoso… —dijo entre dientes—. No me importa que seas el Avatar. ¡Si te interpones en mi camino, te quitaré a patadas!

Tsunade siguió observando al muchacho. Esos ojos brillantes… justo como decía la leyenda.

—¡¿Te has vuelto loco?! —le gritó, saliendo de su estupor—. ¿Tienes idea de lo que pasaría si los Maestros descubren que lastimaste al Avatar? ¡Toda la Alianza Elemental se vendría abajo! ¡Ya no estaríamos peleando solo contra Akatsuki, sino también contra ellos!

—Tenemos que ganar esta guerra a toda costa. Haré lo que sea para cumplir ese objetivo. Si eso significa reventar algunas cabezas… ¡Que así sea!

Naruto se recuperó. Aang ya estaba a su lado.

—Aang, apártate. Yo me encargaré.

—No. Él no solo quiere frenarte a ti. También al señor B y a mí. Si tengo que pelear para ir con mis amigos, entonces lo haré.

—El viejo Ōnoki dijo que el Avatar reencarna al morir, ¿no? —el Raikage se tronó los nudillos—. Entonces mataré a dos pájaros de un tiro. Madara ya no podrá conseguir el Espíritu del Avatar fácilmente.

Aang y Naruto se prepararon. La atmósfera se densificó, como si el aire mismo presintiera que algo estaba por estallar.

—Si ese es el caso… ¿Por qué no muero yo? —intervino B, colocándose entre su hermano adoptivo y los adolescentes—. Así arruinamos el plan del enemigo. Arriesgaré mi vida para que ellos vayan a donde se libra la batalla.

—Viejo B… —murmuró Naruto, conmocionado. Estaba enfrentando a su hermano, a su familia… por ellos.

—¡B! ¿Qué estás…?

—¡Raikage! —Tsunade lo increpó, cargada de furia—. ¡No puedes tomar decisiones arbitrarias sin consultar a los otros líderes de la Alianza! Puede que seas el comandante supremo, pero no dejaré que pases por encima de su voluntad. Además... ¡Pareciera que te estás yendo específicamente contra Naruto! ¿Por qué?

—¡Siempre supe que podría llegar el día en que tuviera que asesinar a mi hermano menor! Pero ahora que puedo decidir… ¡Con gusto mataré a Naruto en lugar de a B! Él es más valioso como Jinchūriki. Puede controlar a su bestia. Nos da ventaja táctica. ¡B, quítate de en medio!

—¡Ni hablar, estúpido bastardo! —replicó B, firme, listo para interceptar cualquier golpe.

—¡No tienen derecho a decidir sobre sus vidas como individuos! ¡Los Jinchūriki sirven a las naciones! ¡Sus existencias son especiales! ¡No pueden hacer lo que les plazca!

—Sí, puede que sea así… —replicó B, sin retroceder—. Pero también soy mi propia persona. Tengo mis creencias. Si no, entre un arma y yo no habría diferencia.

A levantó el puño. Pero B lo detuvo, chocando el suyo contra el de él.

—Si chocamos puños… puedes leer mi corazón, ¿verdad, hermano?

Y entonces, un aluvión de recuerdos inundó la mente del Raikage.

B, siendo un niño, fue elegido su hermano por ser el único capaz de ajustarse a la fuerza bruta de su Lariat(4), lo cual probó decapitando con éxito a un muñeco de entrenamiento durante el proceso de selección. Desde entonces, se habían convertido en el temible Combo A-B.

Blue B, su primo y anterior Jinchūriki del Hachibi, le dijo una vez:

—Lo que un Jinchūriki necesita es algo para llenar el agujero en su corazón.

En aquel entonces estaba estremecido por el miedo, por el deseo de morir para escapar del terror constante que la bestia vertía en su alma. Temía que B pasara por lo mismo.

—Ayúdalo a encontrar ese “algo”.

Desde entonces, A lo cuidó. Entrenaron juntos, fueron a misiones, vivieron como hermanos. Buscó darle experiencias de vida que lo prepararan de antemano, para que sintiera que pertenecía, para evitar que el odio del Hachibi y el miedo de los aldeanos lo apartaran del resto.

Así, cuando Blue B murió, su padre decidió sellar a la bestia en Killer B. A siempre temió que llegara aquel día y, preocupado por cómo viviría de ahí en adelante, habló con él en la Cascada de la Verdad.

—Escucha, B. Pase lo que pase, no tienes que esconderme nada —le dijo, tocándole el hombro con el puño cerrado—. ¡Puedes contármelo todo! ¡Eres especial para mí! ¡Somos el equipo más fuerte!

Sus palabras se quedaron grabadas en B, quien, a medida que fue creciendo, admiró más y más a su hermano.

Luego recordó su batalla contra el Cuarto Hokage. Minato esquivó su máxima velocidad, una hazaña que nadie había logrado antes. B lo protegió, manifestando un tentáculo del Hachibi. Minato lo cortó, reconociendo que era un Jinchūriki y ordenando la retirada.

—Esto será facilísimo. Yo soy el Ocho Colas, Killer B, ¡el mismísimo! —dijo con arrojo. Pero la velocidad de Minato lo descolocó, y en segundos tuvo a su hermano atrapado bajo el filo de su kunai.

—Notable valentía la tuya.

El Relámpago Amarillo(5) lo felicitó. No del modo en que un enemigo reconoce la fuerza de otro, sino como un shinobi.

—Es como si poseyeras algo poderoso. No por ser Jinchūriki… sino por tu persona.

A lo malentendió.

—¡Si te refieres a talento natural, este chico tiene más que yo!

—No, eso no. Estoy hablando de algo mucho más importante.

—¿Qué?

—A, tienes una buena familia. Al igual que yo. La próxima vez que nos veamos, seremos Kage contra Kage —dijo Minato, apartándose con resolución. Lo que le dejó no fue una derrota, sino un mensaje. De parte de alguien que conocía el dolor de un Jinchūriki—. Si para entonces no descubres lo que tu hermano menor considera importante… puede que ya no sea ni un Jinchūriki, ni siquiera una persona.

 


 

A volvió a la realidad. El Uzumaki intentó huir aprovechándose de su distracción, pero el Raikage lo interceptó con la misma rapidez de siempre. Una patada lo empujó; Naruto volvió a salir disparado, arrastrado por el suelo, malherido y con raspaduras por todas partes.

Aang se acercó lanzando patadas de viento, rápidas y precisas, dadas para arrinconar, no para herir. El Raikage no lo toleró: preparó su Guillotine Drop(6), alzando la pierna en un golpe que, de conectar, lo tumbaría sin duda.

Es rápido, pensó el monje, viendo la extremidad cernirse sobre él como una sombra fatídica. Pero yo también puedo serlo.

Negó la resistencia del aire para aumentar su velocidad. La patada no llegó a destino: Aang se movió justo a tiempo, deslizando su cuerpo detrás del Raikage y girando en un pequeño tornado.

—¡Qué genial…! —exclamó Naruto, asombrado—. ¡Aang, tú también eres bastante rápido!

Aun así, no reaccionó lo bastante pronto. El Raikage lanzó su Rayo de Opresión Horizontal(7). Aang levantó una pared de tierra para protegerse; el puño la atravesó, arrancó un trozo y saltó sobre ella hasta alcanzar al Avatar. El impacto lo lanzó contra una roca; la espalda del Maestro Aire chocó con violencia.

—¡Monos cerdos voladores! Esa rapidez no es normal… —murmuró, agarrándose el costado y dejando escapar alaridos entrecortados, algo exagerados.

—Ahí vas otra vez con tus expresiones raras —suspiró Naruto, limpiándose el sudor de la frente con la manga—. Ay, como sea… ¡No deja ninguna abertura! No hay forma de quitárnoslo de encima.

El Raikage volvió a la carga, rabia pura en cada inhalación. Aang y Naruto se reagruparon, jadeantes pero firmes; el aire olía a polvo y al aroma acre de la electricidad, y la tensión en el campo era casi tangible.

B también había hecho su movimiento. Saltó para ejecutar un Lariat, envolviendo su brazo alrededor del cuello de A con toda la fuerza que tenía. Pero no bastó: el Raikage lo golpeó, y Naruto y Aang gritaron, preocupados.

Al ser arrojado, B reaccionó. Un tentáculo del Hachibi se extendió desde su espalda, envolviendo la cintura de su hermano para mantenerlo en su lugar. Naruto aprovechó la apertura y corrió de nuevo. A, con un gesto brutal, agarró el tentáculo con B aún en el extremo y los arrojó uno contra el otro. Ambos cayeron lejos.

Aang amortiguó sus caídas con cojines de aire.

—¿Están bien? —preguntó, acercándose.

—Nos están dejando hechos pulpo… ¿Pulpa? —Ladeó la cabeza, considerando la gracia del juego de palabras como si fuera su mejor invento. Hasta pensó en anotarlo.

Naruto lo miró con incredulidad.

—¡No es momento para ponerse a crear rimas! —exclamó, limpiándose la sangre de la boca.

—¡Hokage, ven ya a ayudarme! —gritó A.

Tsunade se acercó. Pero no a él. Se paró frente a la terna golpeada como un escudo humano.

—¡¿Pero qué…?! Hokage, ¡espero que tengas una buena explicación para esto!

—Aunque con la muerte de Naruto retrasáramos los planes de Madara, el próximo Jinchūriki no podría controlar su poder como él. Y lo mismo ocurre con el Avatar. ¡Volvería a nacer como un bebé, y no podríamos ponerlo en el frente! En una guerra tan incierta como esta, lo que deberíamos hacer es usar todas las armas que tenemos, no esconderlas. ¡Dejaré que Naruto pase!

—No sé qué quiso decir con eso de que Aang volvería a ser un bebé, pero oiga, ¡buena excusa! —dijo Naruto, levantándose con una sonrisa—. O bueno, no sé si es una excusa… Da igual. ¡Esa es la abuela Hokage que conozco!

El Raikage bufó.

—Hokage, ¿no eres tú la que está haciendo un juicio unilateral ahora? ¿Por qué poner tanta fe en Naruto?

B corrió hacia él. Intentó el Lariat nuevamente. Sus puños se encontraron, y otro recuerdo resurgió.

 


Era el día de la muerte de su padre, el Tercer Raikage. B había ido a consolarlo con sus rimas torpes, diciéndole que tenía que ser fuerte porque se convertiría en el nuevo líder de la aldea.

A, llorando, declaró con fiereza que protegería Kumogakure a como diera lugar, honrando la voluntad de su padre. Que enviaría a B a entrenar sus Bijūdama(8) en el Valle de las Nubes y Relámpagos.

—¡No dejaré que el enemigo se acerque a ti!

—Pero mi Lariat…

—Ya no necesitamos tu Lariat. Cuando el enemigo ataque, te quedarás en la aldea. Los golpearás desde lejos. ¡Nunca volverás a salir! ¿Me oíste?

Su temor a perderlo lo llevó a subestimarlo. A negarle su libertad. A protegerlo… sin reconocerlo.


 

La memoria logró calar en A, aunque apenas.

—B, debes entender que ustedes tres son importantes para su gente. Son especiales. Valiosos —dijo, menos agresivo que antes—. ¡Por eso les digo que no pueden ir! ¡No te dejaré de cara al peligro! Incluso si eres fuerte, los demás Jinchūriki ya fueron capturados. No hay garantía de que no te pase lo mismo.

Aquello no sería suficiente para hacer a B cambiar de parecer.

—Ninguno de los tres vamos a perder. ¡Créeme, ya lo vas a ver!

Se lanzó hacia él. A fortaleció su Modo Chakra para recibirlo.

—¡Está bien! ¡Veamos cuál Lariat es más fuerte!

Corrieron el uno hacia el otro.

—B, todavía no hemos alcanzado el Lariat Doble ideal. Solo me estoy adaptando a tu fuerza. ¡Tienes que hacerte más fuerte!

—Un día te superaré, brother. ¡Eso es lo ideal! ¡Sermonearte es un sueño que voy a hacer real!

El impacto fue brutal. A salió expulsado hacia atrás, estrellándose con fuerza portentosa.

Era la primera vez que B lograba darle un golpe efectivo.

—¡Lo hizo! —celebró Naruto, alzando el puño.

—¡Eso es! —sonrió Aang.

El Raikage, atónito, se incorporó apoyándose en los codos. Miró a su hermano con algo que no era frustración… sino entendimiento. De que su hermano menor había crecido… y seguiría haciéndolo, incluso hasta superarlo a él.

—Lo que nos hace fuertes no es ser Jinchūrikis ni Avatar. Tenemos una fuente de poder distinta. Para mí… las palabras que me dijiste antes de recibir al Ocho Colas… son lo que me mantiene firme ante la adversidad.

Debe encontrar algo, cualquier cosa que le dé fuerza… Ayúdalo a encontrar ese “algo”.

—Si para entonces no descubres lo que tu hermano menor considera importante… puede que ya no sea ni un Jinchūriki, ni siquiera una persona.

La expresión de A perdió rigidez.

—Ya veo… ¿Son… las palabras que te dije aquella vez en la Cascada de la Verdad? —dijo él, la voz bajándole a un susurro.

—¡Eres especial para mí! ¡Somos el equipo más fuerte!

—¡Así que finalmente te diste cuenta, estúpido bastardo! —sonrió B, con los ojos ardiéndole y el puño apuntado hacia él como demostración—. Mi sueño de sermonearte ya no es más un sueño… Oh yeah.

El cuartel general había recibido informes inquietantes en las últimas horas: infiltradores entre las tropas, ataques minuciosos contra reclutas y muertes inexplicables en los campamentos. La desconfianza germinaba, y no provenía solo del enemigo.

Shikaku barajó una posibilidad de inmediato.

—Podrían estar siendo controlados —dijo, pensativo—. Tal vez mediante Genjutsu. O algo peor.

Pero otra parte de él dudaba. Sabía que los shinobi ya desconfiaban entre sí, y que esa tensión se multiplicaba entre Maestros y No Maestros. ¿Podía esa hostilidad latente haber estallado por sí sola? ¿Que ellos…

—…estén atacando a conciencia? —terminó de hilar Shikaku, completando su pensamiento en voz alta.

—No lo creo —contestó Hakoda. No era que lo considerara imposible, pues el conflicto interno no era extraño en la guerra, más aún entre tropas presionadas y desgastadas. Lo que lo llevaba a refutarlo era un hecho lógico: —En una guerra así, quien ataca a sus compañeros se arriesga a ser descubierto; tendría más que perder que ganar.

—¿Y si es obra de Itachi Uchiha? —propuso Shikaku, pensando en el Edo Tensei y en el poder del Sharingan. Hakoda recordó lo que se había mencionado en la reunión de los Kage y lo que Gaara había dicho respecto a la técnica ocular.

—La Mizukage dijo que con ese dōjutsu se pudo manipular al pasado Mizukage... —rememoró, entendiendo que la teoría adquiría plausibilidad a causa de ello.

—Itachi domina el Genjutsu; con su Sharingan puede forzar a otros a obedecer. —detalló el Jefe Estratega.

Ao negó con la cabeza, respaldado por su experiencia estudiando dōjutsu.

—No. Incluso Itachi no podría controlar con tanta precisión a distancia. Esto es otra cosa.

—¡Aguarden! —interrumpió Inoichi, incorporándose pese al cansancio—. ¡Tenemos un reporte de las Divisiones Médicas!

La noticia que siguió heló la sala.

—El Zetsu Blanco está atacando a las Fuerzas Aliadas —informó, comunicando las palabras exactas del emisario médico que lo contactó—. Puede alterar su chakra para imitar el de nuestros soldados. Usa una técnica parecida al Henge no Jutsu(9), pero además copia el chakra: absorbe la energía de sus víctimas y adopta sus apariencias.

El silencio se rompió en un estallido de pánico.

—¡¿Qué hacemos?! ¡Si no podemos distinguir entre amigo y enemigo, nos atacaremos entre nosotros! —exclamó Ao—. La colaboración se romperá; perderemos soldados, perderemos la guerra.

Los reportes de indisciplina se multiplicaban. Generales y comandantes notificaban peleas constantes entre ninjas y Maestros tras los incidentes. Lo más inquietante era que las peores rencillas no surgían entre aldeas, sino entre mundos.

Para ello, se instaló un conducto disciplinario: los castigos se decidirían caso por caso, sin expulsiones —solo advertencias, reprimendas y reducciones de rango— porque no podían permitirse perder efectivos. Se redactaron estatutos básicos y algunas divisiones añadieron reglas específicas, pero a menudo ni las normas más sencillas se respetaban.

Al día siguiente de las primeras escaramuzas se constató la vulneración de la norma principal: la prohibición absoluta de lucha intestina. Los partes recibidos registraron incidentes de carácter interno, consistentes en enfrentamientos originados por difamaciones, disputas de jerarquía y confusiones derivadas de diferencias culturales entre las unidades en cooperación.

—Todo esto era parte de su plan —dedujo Mabui, atando los cabos—. Desde el inicio, su objetivo fueron los soldados.

Shikaku se pasó una mano por la frente sudorosa. Intentó pensar en soluciones con la rapidez que le daba su célebre agilidad mental, pero la ansiedad le nublaba la mente.

Cálmate. Piensa en frío, se dijo.

Hakoda repasó con la mirada las pilas de informes que contenían la información reunida para enfrentar la amenaza. La tensión endurecía sus rasgos.

—Nosotros no podemos diferenciar el chakra como los shinobi —dijo el Jefe Tribal, con una pesadumbre que delataba la preocupación por sus soldados—. No tenemos forma de reconocer identidades a través de él. Para nuestra gente, esa limitación siempre fue peligrosa, aunque el trabajo conjunto con los shinobi ayudaba a compensarla. Pero ahora, si ni siquiera los sensores pueden fiarse de las señales de chakra, la situación se vuelve crítica.

Se detuvo un instante, como si buscara la formulación exacta de su idea.

—Si existiera un modo de percibir las intenciones de alguien, más allá del chakra… quizá podríamos hacer frente al problema.

De pronto, Shikaku se irguió, como si una corriente le hubiera recorrido la espalda.

—Repite eso.

Hakoda lo miró, arqueando una ceja, desconcertado.

—¿Qué parte? ¿La de “nosotros no podemos diferenciar…”?

—No, lo otro. Si hubiera un modo…

—¿De percibir las intenciones... más allá del chakra? —aventuró, todavía sin entender por qué lo hacía repetir.

—¡Bingo! —exclamó Shikaku, lanzándose sobre los pergaminos con tanta prisa que los desordenó todos.

Mabui soltó un suspiro largo, lleno de agotamiento paciente. Ya había visto venir el desastre.

—Acababa de ordenarlos… —murmuró, casi dolida. Se había tomado el trabajo de clasificarlos por tema, aldea y nación para agilizar la búsqueda, y ahora veía cómo su esfuerzo se desmoronaba en segundos. Pero comprendía que, en momentos de tensión, una mente tan veloz como la de Shikaku no tenía tiempo para el orden.

Cuando encontró el documento que buscaba, lo levantó como si acabara de descubrir la clave de toda la guerra.

—¡Cuando Naruto está en el Modo Chakra de Nueve Colas, puede sentir la “maldad” del enemigo! —clamó, alzando el papel con datos sobre el Kyūbi como si fuera prueba irrefutable—. ¡Eso significa que puede ver a través de las transformaciones del Zetsu Blanco! ¡Puede usar Clones de Sombra y enviarlos a los distintos campos de batalla!

El ambiente se llenó de expectación. Todos contuvieron el aliento, como si estuvieran presenciando un milagro.

...Hasta que la esperanza se desinfló de golpe, igual que un globo pinchado.

—…Raikage-sama nunca lo permitiría —dijo Mabui, dejándose caer en su silla con un suspiro que sonó más a derrota que a cansancio.

—Exacto —suspiró Shikaku, rascándose el entrecejo, como si el “gran hallazgo” se hubiera convertido en un callejón sin salida—. Llegamos a un punto muerto.

Hakoda, aún intrigado, inclinó la cabeza.

—¿Qué quieres decir con que puede sentir la “maldad”?

Shikaku se apoyó en la mesa, bajando el tono.

—Es parecido a “percibir intenciones”. Mito Uzumaki, la esposa del Primer Hokage, tenía esa habilidad. Fue la primera Jinchūriki del Kyūbi. Naruto también lo hospeda, así que debe haber heredado esa percepción.

Hakoda comprendió la causa de la emoción de Shikaku. Si pudieran contar con el apoyo de Naruto, evitarían nuevos incidentes. Pero ya habían decidido ocultarlo: la Hokage y el Raikage lo retenían junto a Aang y B precisamente para impedir que se colaran en el campo de batalla.

Dejó escapar un gruñido, apoyando la palma contra su frente como si una jaqueca súbita lo hubiera golpeado.

—La situación se nos está yendo de las manos —dijo con frustración contenida—. Sé que debemos proteger al Nueve Colas… pero si dejamos que esto continúe, arriesgamos la victoria. ¿Qué demonios debemos hacer?

El silencio se tensó, cargado de impotencia.

Y entonces, una voz canturreante lo rompió como un chasquido inesperado:

—La solución a su problema llegará muy pronto.

Los tres se giraron al unísono. La babosa del bosque Shikkotsu los observaba, las antenas meciéndose con un aire travieso.

—…¿Qué? —dijeron Mabui, Hakoda y Shikaku al mismo tiempo.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. 一糸灯陣, (Isshītōjin). "Formación Cuerda de Luz".

2. 予言の子, (Yogen no Ko). "El Niño de la Profecía". El Gran Sabio Sapo predijo que quien portara este título sería discípulo de Jiraiya y traería una gran revolución al mundo ninja. Sus acciones como maestro determinarían si traería salvación o destrucción. Se consideró a Nagato, Naruto y Minato como posibles Niños de la Profecía.

3. 雷遁の鎧, (Raiton no Yoroi). "Armadura del Elemento Rayo". Permite al usuario envolver su cuerpo en una capa de chakra de Rayo, aumentando su velocidad de reacción y llevando su destreza física al límite. Con ello alcanza velocidad sobrehumana y un poder colosal en taijutsu.

4. 雷遁・雷犂熱刀, (Raiton: Rariatto). "Elemento Rayo: Lariat". Técnica de taijutsu cuyo nombre proviene de un golpe de lucha libre profesional. El portador del título de “B” debe ejecutarla coordinadamente con el Raikage, realizando ambos el ataque simultáneamente sobre un mismo objetivo.

5. 木ノ葉の黄色い閃光, (Konoha no Kiiroi Senkō). "El Relámpago Amarillo de Konoha". Apodo dado a Minato Namikaze por su velocidad extraordinaria.

6. 義雷沈怒雷斧, (Girochin Doroppu). "Guillotine Drop".

7. 雷虐水平, (Raigyaku Suihei). "Rayo de Opresión Horizontal". Golpe horizontal dado con la Armadura del Elemento Rayo.

8. 尾獣玉, (Bijūdama). "Bola de Bestia con Cola", también llamada "Bomba Bijū".

9. 変化の術, (Henge no Jutsu). "Técnica de Transformación" o "Arte del Cambio".

Chapter 19

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

—Cuerpo.

El aviso seco del ninja en la lancha cortó el aire. Señalaba al mar, donde otro cadáver flotaba boca abajo, hinchado y amorfo por la descomposición. Un muerto más para sumar a la lista interminable de los que se acumulaban.

Las divisiones de Fong y Yagoda se encargaban de la recolección de restos en plena zona de combate. Era una labor sombría y peligrosa, pero imprescindible: recuperar a los caídos, darles un entierro digno, identificarlos y repatriarlos. Era la única forma de ofrecer un cierre a las familias que aún no sabían si sus seres queridos seguían vivos o no. En medio del caos, esa tarea era un recordatorio brutal de lo que significaba la guerra: muerte masiva, sistemática, sin tregua.

Subieron el cuerpo a la embarcación y lo llevaron a la costa. Lo acomodaron en la arena, junto a la larga hilera de cadáveres tendidos bajo mantos blancos. La pureza del lienzo ocultaba el horror de lo que había debajo.

A los pies de cada uno, el equipo de Servicios de Registro e Identificación —una unidad conjunta creada por la Alianza Elemental— colgaba etiquetas con los datos que lograban recuperar. Los cuerpos se clasificaban entre identificados y no identificados: los primeros con nombre y rango, los segundos demasiado dañados o aún sin coincidencia en los registros. El proceso incluía métodos primarios como ADN, huellas y registros dentales, y secundarios como fotografías o pertenencias personales. La tecnología shinobi aceleraba lo que en otras guerras habría tomado semanas.

Los Maestros, en cambio, no contaban con bases de datos avanzadas. Antes de acudir al frente, recurrieron a una conscripción masiva para contabilizar sus ejércitos —lo que no impidió que agrupaciones como los Luchadores Libertadores y otros contingentes se infiltraran, pese al límite de edad establecido—. Igual que en la Guerra de los Cien Años, levantaron censos exhaustivos de hogares, individuos y bienes imponibles. Con esos registros identificaban a los reclutados, establecían cuotas y fijaban rangos de edad. En esta ocasión, exigieron retratos de cada soldado y anotaron divisiones, lugares de registro y datos familiares, con el fin de rastrear a los caídos y notificar a sus parientes.

—Número de registro CL5545, rango Chūnin… —Una médico con una bata quirúrgica blanca, guantes y gorro sanitario leía en voz alta mientras un subordinado anotaba en etiquetas y brazaletes de necropsia. —Ventana de muerte de cinco horas. Recuperado por un compañero de Kumogakure. Falla multiorgánica por quemaduras de tercer grado.

Sai observaba todo con una sensación de despersonalización. Había ayudado a sacar cuerpos con sus criaturas de tinta, y pese al entrenamiento de Raíz, diseñado para arrancarle cualquier emoción, comprendía que la escena era descorazonadora. Algo que antes no habría podido entender con claridad, hasta que conoció al nuevo Equipo 7.

Sai, estos camaradas te llaman por tu nombre verdadero… Tenlos en estima.

El reencuentro con el reanimado Shin le había demostrado que no estaba vacío. Había llorado lágrimas que ni siquiera sabía que podía producir. Y ahora empezaba a entender mejor el sufrimiento que lo rodeaba.

—¡Es mi hermano!

El grito quebrado lo sacó de sus pensamientos. Un ninja de su edad corría hacia uno de los cuerpos recién traídos, tan rápido que casi cayó. Se arrojó sobre él, abrazando el cadáver destrozado. El torso perforado era tan frágil que parecía que se desarmaría con más presión.

—Mi hermano…

Sai apretó los labios. No comprendía del todo la presión en su garganta. No se sentía triste. No quería llorar. Pero la escena le removía algo, parecido a lo que sintió al ver a Naruto humillarse por Sasuke, o a Sakura llorar al entender el amor que le tenía el Uzumaki. Un sentimiento que afloraba al verlos sufrir… y que aún no sabía nombrar.

La Fundación se había asegurado de que el sufrimiento ajeno no le provocara nada. Era peligroso para su labor: un asesino no podía dudar al ver a otros lamentarse. Sin embargo, hallándose frente a ese hombre apenas mayor que él, desarmado por completo mientras se aferraba con uñas y dientes al cuerpo de su hermano, mientras los encargados de los registros trataban de consolarlo con palabras entrenadas… Sai sintió un peso hondo, paralizante, que no sabría explicar si alguien se lo preguntara.

Poco después, Sai se acercó a ver si el personal de traslado necesitaba ayuda para mover los cuerpos. Allí distinguió a un chico en silla de ruedas, con un plano abierto entre las manos. Alcanzó a ver por encima anotaciones y estructuras intrincadas, que sospechaba tenían relación con la tecnología de guerra.

—¡Ah! Eres el de las aves de tinta —dijo el muchacho. Se pasó una mano por los ojos, y Sai notó que había estado llorando: nariz enrojecida, párpados hinchados. Llevaba un buen rato colaborando en el equipo, así que suponía que la crudeza lo estaba alcanzando también. Además, con el estado de sus piernas…

—Lo que haces es impresionante. Yo quisiera poder crear criaturas voladoras con un pincel… pero se me da mejor construirlas —sonrió con ligereza, como intentando distraerse de la tristeza. —Mi nombre es Teo, por cierto. Estoy colaborando con la división en el sistema de traslado de cuerpos. Mi padre y yo hemos estado ayudando con las aeronaves. Pero uno de los encargados dijo que quizá tengamos que organizar entierros… para aquellos que no puedan ser reclamados.

Sai parpadeó, sorprendido. Por la disposición de Teo, había supuesto que se trataba de un herido en batalla, no de alguien integrado en la división.

—¿No es peligroso que estés aquí? Debe ser difícil movilizarte en caso de emergencia.

No le preocupó la falta de tacto: no era intención de ofender, sino ignorancia. Sai siempre tenía problemas para entender las relaciones sociales y lo que se esperaba de él en esos entornos. Teo, sin embargo, no se sintió ofendido. Estaba acostumbrado a ese tipo de cuestionamientos; los había enfrentado toda su vida.

—Ey, yo también he peleado en una guerra. En la invasión, el Día del Sol Negro. Operé uno de los tanques —aclaró, con una nota de gracia en lugar de protesta.

Sai frunció apenas el ceño. Si recordaba bien, la Guerra de los Cien Años había terminado hacía tres años en el mundo de los Maestros. Teo no parecía mayor que él, así que debió luchar siendo muy joven. No era que la edad lo sorprendiera —él mismo había entrado en Raíz siendo un niño—, pero le costaba asimilar que le confiaran un carro de combate a alguien tan joven… y paralizado.

—¿Cuándo terminaste así? —preguntó el ninja, con la misma inflexión que si preguntara qué había comido ayer. Sin sutileza, sin rodeos.

El del Reino Tierra agradeció la franqueza. Prefería eso a la condescendencia.

—Era un bebé. Mi aldea fue destruida por una inundación. Mi madre murió en ese desastre… y quedé paralizado de cintura para abajo —explicó.

—Entonces peleaste en la guerra… en una silla de ruedas.

—El Avatar y sus amigos necesitaban mi ayuda. No iba a dejar que me detuviera —dijo Teo. —Además, la he modificado bastante para que se ajuste a mis necesidades. ¡Incluso he volado en ella!

Sai ladeó la cabeza. No era que pensara que Teo no podía valerse por sí mismo, pero su visión de la guerra era funcionalista: todo se reducía a ventajas y eficiencia. Nunca se había detenido a pensar que alguien como Teo podía ser valioso no solo por su capacidad de pelear, sino por su ingenio.

—Cuando conversamos con los shinobi para aportar con nuestros conocimientos mecánicos, me puse a pensar… —continuó Teo. —Si alguien está bajo tierra cuando se active la técnica de ese tipo, Madara… El…

—Tsukuyomi Infinito.

—Eso. ¿También caen en el genjutsu?

Sai meditó un instante.

—No… debe ser por el reflejo de la luz. Si la luz no los alcanza, quedan fuera. Eso explicaría por qué lo quieren amplificar con los espíritus de tu mundo.

Teo se reclinó en su silla, pensativo. Había sugerido a su padre construir búnkeres subterráneos. Había imaginado muchos métodos para contrarrestar el genjutsu del enemigo, pero ni siquiera los ninjas entendían del todo su funcionamiento. Decían que proyectaría sus ojos en la Luna, sí. Pero, ¿caerían todos en la técnica, la vieran directamente o no? Era seguro que no tendrían tiempo de pensar cuando la activara. Ni sabrían cuándo lo haría.

El chico suspiró, cansado. Construir, crear y diseñar eran sus pasiones. Sin embargo, incluso él reconocía las limitaciones frente a poderes que escapaban al entendimiento.

—Bueno, ya que estás aquí, podrías ayudarme con los planos.

Sai se inclinó sobre los planos, sin comprender del todo las líneas y cálculos que Teo había trazado. Eran estructuras complejas, engranajes y diseños de aeronaves que escapaban a su lógica de shinobi. Sin embargo, por primera vez no se sintió ajeno. Mirar junto a alguien, compartir un espacio de trabajo, lo conectaba con algo distinto a una misión o una orden. Era colaboración genuina.

—¿Y este para qué es? —preguntó, señalando uno de los esbozos al final de la pila. Teo lo colocó arriba para mostrárselo. Era el croquis de un cañón con dos bocas gemelas en la parte inferior.

—Es un bosquejo de uno de los cañones de Kirigakure —explicó—. Estábamos pensando en usar armas de largo alcance potenciadas con chakra, pero la desventaja es que requieren varios shinobi para cargarlas. Nosotros tenemos muchas armas de fuego a mano; me preguntaba si podríamos modificarlas para que soporten chakra, pero aún es una idea en desarrollo.

Sai asintió, recorriendo con un dedo el trazo de carboncillo.

—Es un buen dibujo —comentó, más como constatación que como halago.

—Hago lo que puedo —respondió Teo, sonriendo con dientes francos.

Hubo un instante de silencio. El chico desvió la mirada hacia la costa, donde ninjas y Maestros seguían trabajando con los cuerpos, y sus ojos se quedaron fijos en ese movimiento solemne.

—Oye, Sai… —dijo al fin, girando el plano hacia él—. Tus aves de tinta, ¿pueden llevar mensajes?

El ninja parpadeó, sorprendido por la pregunta.

—Sí. Puedo hacer que vuelen con pergaminos o pequeños objetos. Es una técnica de comunicación rápida.

Teo asintió, y sus ojos se iluminaron con esa chispa que siempre aparecía cuando pensaba en inventar algo.

—Podríamos usarlas para notificar a las familias. Si el equipo de identificación registra un nombre, tus aves podrían llevar el mensaje directo a su aldea. Sería más rápido que esperar a los mensajeros tradicionales. Incluso podríamos diseñar brazaletes o etiquetas que tus criaturas reconozcan, para que no haya confusión.

Sai ladeó la cabeza. Nunca había considerado que sus técnicas pudieran servir para algo tan distinto a la guerra.

—Podría funcionar —admitió, con voz baja.

Teo sonrió, satisfecho.

—Entonces no solo estarías trayendo cuerpos… también estarías devolviendo noticias. Eso también es volar, ¿no?

Sai miró los planos otra vez, sin entender las fórmulas ni mecanismos, pero comprendiendo la intención detrás. Y en ese instante, sintió que colaborar con alguien como Teo —un chico que había aprendido a volar desde una silla de ruedas— lo acercaba a lo que nunca había sabido reconocer: la humanidad.

Después de ser visitada en la tienda de curación por un impostor con el rostro de Neji Hyūga, Sakura lo había derribado de un solo golpe. Su fuerza monstruosa lo dejó inconsciente antes de que pudiera escapar. Lo interrogó, y luego alertó al Cuartel General Aliado a través de los emisarios médicos: el Zetsu Blanco estaba usando una técnica de sustitución avanzada.

Junto con Shizune, procedió a practicarle una autopsia. Los resultados fueron inquietantes.

—El ADN de este… —murmuró Sakura, examinando los datos que aparecían en la pantalla de la computadora sobre el perfil genético—. Es más parecido al del Capitán Yamato que al del que estuvo en la reunión de los cinco Kage.

Shizune frunció el ceño.

—¿Eso significa…?

—¡Es prácticamente idéntico al del Primer Hokage! —exclamó Sakura, señalando el porcentaje de coincidencia como prueba—. ¡Lo sabía! Estos monstruos blancos… ¡Son alter egos del Shodaime! Clones creados con sus células. Más débiles, sí, pero capaces de usar Mokuton. Y si están usando a Yamato-taichō como catalizador… ¡Podrían estar generando más en masa!

Había que alertar al cuartel. De inmediato.

Pero el ambiente en la Unidad Médica ya estaba cargado. Desde el ataque a Sakura por un Zetsu disfrazado de compañero, la desconfianza se había instalado. Difundir que estas criaturas podían adoptar la forma de ninjas, Maestros y No Maestros sería contraproducente: podría desatar una paranoia generalizada, con acusaciones y violencia internas.

Y eso ya estaba ocurriendo. Especialmente en divisiones que habían pasado por un alto al fuego, como la Primera.

—Hemos perdido veinte soldados por fuego amigo hasta ayer —informó Izumo Kamizuki, con gesto preocupado. Caminaba junto a Shikamaru fuera de las tiendas, mientras este lo escuchaba en silencio, absorto en sus pensamientos.

—Preveo que habrá más en las próximas horas —añadió Izumo—. Tenemos que estar atentos a las conductas de los demás. Evitar enfrentamientos innecesarios.

Shikamaru soltó un suspiro largo.

—Qué fastidio…(1)

Como si luchar contra Akatsuki día y noche no fuera suficiente, ahora tenían que lidiar con luchas internas.

El discurso de Gaara había hecho maravillas en la moral de los soldados. Las tensiones entre ninjas de distintas aldeas habían disminuido. Pero a medida que esas menguaban, otras crecían.

Las palabras y las promesas no bastaban. Cuando las emociones se imponían sobre la razón, se recurría a la fuerza para hacer valer la voluntad. En más de una ocasión, los puños sustituyeron a las palabras.

Maestros y shinobi tenían poco en común más allá de manipular elementos y vivir en países que llevaban sus nombres. Sus mundos eran distintos. En pocos días, las diferencias se hicieron evidentes. Algunas ya se conocían: los ninjas manipulaban chakra para ejecutar Ninjutsu; los Maestros dependían de una energía distinta, el chi, que les otorgaba cierta ventaja al no agotarse como el chakra.

Pero otros hallazgos surgieron de la experimentación.

Al concertar estrategias entre divisiones mixtas, se planteó una pregunta esencial: ¿podían los Maestros manipular los elementos generados por los ninjas?

Los Maestros Fuego intentaron controlar el Katon. Fracasaron. Los Maestros Agua probaron con técnicas de Suiton. El resultado fue el mismo.

La conclusión fue clara: los elementos generados por Ninjutsu estaban infundidos con chakra. No eran naturales, por lo que no podían ser manipulados por los Maestros.

Las Cinco Naturalezas Básicas de Transformación alteraban la esencia del chakra para convertirlo en elemento. El Fuego, por ejemplo, implicaba amasar chakra para formar llamas: no era fuego puro. El Agua solo podía ser manipulada si provenía de una fuente externa. Si un ninja usaba Suiton desde un río, entonces un Maestro Agua podía intervenir la técnica. Estos hallazgos fueron considerados cruciales para el trabajo conjunto y se informaron oficialmente a toda la Alianza antes de que estallaran las mayores batallas.

Las diferencias entre sus habilidades ya se intuían. Quienes conocían la leyenda del Avatar lo sabían. Pero los contratiempos surgieron en otras áreas.

Uno de los mayores inconvenientes en la formación de la Alianza Elemental fue la barrera del idioma. Los Kage y los líderes de las Cuatro Naciones lo habían discutido antes de sellar el acuerdo, al notar que durante la reunión se entendieron con relativa facilidad. El parecido entre sus lenguas era tal que, pese a los acentos, lograron comunicarse sin mayores problemas.

Cada una de las Cuatro Naciones poseía múltiples idiomas y dialectos, pero compartían una lengua común que facilitaba el comercio y el intercambio cultural, incluso durante la Guerra de los Cien Años. Cuando la Nación del Fuego se impuso como superpotencia, su idioma oficial fue implantado en las regiones ocupadas. Con el tiempo, se convirtió en el segundo más hablado en su mundo, superando incluso al del Reino Tierra.

Curiosamente, el idioma de la Nación del Fuego y el de los shinobi resultaron asombrosamente similares, salvo por sus jergas. Esto permitió una comunicación fluida. Madara había mencionado que “La Costura” posibilitó el cruce entre mundos, lo que llevó a teorizar que tal vez hubo contacto previo entre sus lenguas. No había forma de comprobarlo, pero el fenómeno parecía tener raíces antiguas.

El idioma de los Cinco Grandes Países Shinobi era notablemente homogéneo. Las variaciones dialectales eran mínimas, salvo por la diferencia entre samuráis y ninjas. Kirigakure, por su aislamiento insular, conservaba algunas particularidades, pero en general todos se entendían.

Aun así, las barreras persistían. Muchos Maestros de origen humilde no habían recibido educación formal. Solo hablaban el idioma de su nación, con dialectos tan específicos que ni siquiera sus compatriotas los comprendían del todo. El Reino Tierra, por ejemplo, era tan vasto y diverso que alguien de Omashu no hablaba igual que alguien de los anillos de Ba Sing Se, fueran los bajos o los altos. No solo había Maestros que no podían comunicarse con shinobi… también había Maestros que no podían comunicarse entre sí.

Esto provocó situaciones absurdas y tensas. Un equipo de reconocimiento malinterpretó una orden y terminó rodeando a sus propios aliados. Un capitán de Iwa interpretó lo que quiso de un Maestro del Reino Tierra y le soltó una retahíla de insultos que el otro no comprendió, pero que igual lo ofendieron. Hubo momentos en que los traductores tuvieron que intervenir en medio de combates para evitar que se desataran peleas por malentendidos lingüísticos.

Además, sus sistemas de escritura divergían. Antes de enviar informes por pergaminos, notaron con cierta decepción que usaban los mismos caracteres para ciertas palabras… pero los pronunciaban de forma completamente distinta. Conceptos como “agua” se escribían como “水”, pero los shinobi lo leían de un modo y los Maestros de otro completamente diferente. Tuvieron la vana esperanza de encontrar claridad en la escritura compartida. Para peor, había falsos amigos: palabras que parecían iguales pero significaban cosas distintas.

Aun así, el sentido general de los textos podía deducirse con esfuerzo. Los grafemas conocidos ayudaban a reconstruir el significado, aunque transmitir mensajes seguía siendo dificultoso.

Para prevenir confusiones graves, se asignaron traductores. Estos interpretaban oralmente o reescribían los informes en los idiomas correspondientes. Los líderes de división contaban con intérpretes para dar órdenes claras. Aunque en la mayoría de los casos no era necesario, ya que casi todos los generales de las Divisiones de los Maestros y los coroneles de sus regimientos sabían el idioma de la Nación del Fuego. Muchos lo habían aprendido durante la Gran Guerra; otros lo estudiaron por necesidad táctica.

Sí notaron que los acentos eran distintivos. Algunos hablaban rápido, otros claro, otros como si murmuraran. La diversidad de habla tuvo una ventaja inesperada: los Maestros podían actuar como codificadores, enviando mensajes secretos en lenguas desconocidas para el enemigo.

Análogamente, surgieron diferencias tecnológicas. Las herramientas de los shinobi eran mucho más avanzadas que las de los Maestros, y esto se evidenció desde la formación de las divisiones.

La Cuádruple Alianza contaba con caballería y artillería, unidades consideradas obsoletas por la Alianza Shinobi. Esto se debía a que los ninjas rara vez destinaban operaciones militares campales y abiertas: su estilo de combate privilegiaba la infiltración, el enfrentamiento directo sin monturas y el uso de ninjutsu como ataque de largo alcance. En ese contexto, recurrir a armamento tradicional —pesado o ligero— resultaba menos práctico frente a las técnicas especiales y las herramientas shinobi.

La mayoría de los Maestros no sabía cómo operar los artefactos avanzados. Los ninjas, en cambio, disponían de dispositivos de transmisión que proyectaban imágenes por satélite, alimentados por baterías. También usaban el Dispositivo de Comunicación de Transmisión de Chakra, tanto en el cuartel como en versiones móviles. Sakura y Shizune analizaron el ADN de Zetsu Blanco con una máquina de prueba genética digital. Cuando mostraron una “computadora” a los Maestros, algunos se asustaron; uno incluso destruyó una radio inalámbrica por accidente, cortando una transmisión protegida. Por ello, muchos equipos debieron asumir la tarea de enseñarles a manipular los instrumentos.

Coincidentemente, compartían conocimientos en explosivos. Ambos sabían fabricar minas terrestres y bombas de humo. La gelatina explosiva de los Maestros resultó particularmente eficiente: portátil, destructiva y fácil de activar tanto a corta como a larga distancia.

El armamento y las armaduras eran otro asunto. Mientras que las Tribus Agua usaban lanzas, machetes y hachas fabricadas con huesos animales, otras naciones empleaban espadas similares a las de los shinobi. En cuanto a las armaduras, muchos Maestros portaban piezas pesadas y elaboradas, lo que contrastaba con la ropa ligera de los ninjas. Durante la era anterior a las aldeas ocultas, los shinobi también usaban armaduras más pesadas, pero con el tiempo optaron por atuendos orientados al sigilo. En la Primera Guerra Mundial Shinobi aún se empleaban, pero en la segunda se transicionó a chalecos antibalas. Algunos clanes, como los Akimichi, todavía las conservaban.

La Tribu Agua del Norte no usaba armaduras, a diferencia de sus hermanos del sur, el Reino Tierra y la Nación del Fuego. Sin embargo, estas diferencias no generaron mayores problemas, ya que cada grupo adaptó su equipo a sus propias tácticas de combate.

Pero fueran cuales fueran los problemas logísticos, lo esencial era detener las disensiones. La desconfianza reinante, exacerbada por los infiltrados, amenazaba con romper la Alianza desde dentro.

Shikamaru se sobó el cuello. La contractura no lo había abandonado desde el inicio de la guerra. Ni un solo día de descanso. Ni siquiera durante los ceses al fuego.

—¡Shikamaru! Te estaba buscan… —Sokka se acercó al grupo de Konoha, frenando de golpe al reconocer al compañero del Nara—. ¡Oye! ¿Tú no eres uno de los guardias que vimos cuando llegamos a la aldea?

Izumo lo miró sorprendido, entornando los ojos como si tratara de ubicar el rostro del muchacho.

—…Es cierto —admitió al cabo—. Tú venías con el Avatar.

—Me acuerdo de que decías que nos lo estábamos inventando todo. Bueno, ¿quién ríe ahora? —sonrió el ojiazul, con un dejo de burla amistosa y jactanciosa.

Izumo frunció el ceño y se cruzó de brazos.

—¿Cómo iba a creer algo así sin pruebas? Reconozco que me equivoqué, pero no me digas que su historia sonaba creíble.

Shikamaru intervino antes de que la conversación se desviara demasiado.

—¿Qué querías decirme, Sokka?

El mencionado dejó de sonreír, adoptando una postura más seria, como si recién recordara la razón de su búsqueda.

—Cierto… El capitán Darui me pidió que te encontrara. Quiere hablar con nosotros.

—¿Sobre qué?

Sokka alzó los hombros.

—Ni idea. Supongo que lo sabremos al llegar.

Shikamaru resopló.

—Está bien… Te veo luego, Izumo.

Separándose del otro ninja de Konoha, caminaron lado a lado rumbo al puesto de mando. La tensión en las filas era palpable; bastaba recorrer los caminos del recinto y observar los rostros para notarlo.

—¿Ya oíste que hay intrusos colándose en las divisiones? —susurró Sokka. La sola palabra “infiltrado” bastaba para poner nervioso a cualquiera; prefería no hablar del tema en voz alta.

—Seh. No pinta nada bien —respondió Shikamaru—. Los líderes de división deben estarla pasando mal.

—¿No se supone que tú eres el subcomandante de la Cuarta División?

—Bueno, sí. Pero ahora estoy aquí. Aunque debo decir que me compadezco de Gaara. —Se encogió de hombros, no para desligarse del problema, sino para señalar que escapaba a su poder—. No es que rehúya mis responsabilidades. Nos pidieron que el equipo Ino-Shika-Chō se quedara en el frente de la Primera División hasta recibir nuevas órdenes.

Luego alzó una ceja, devolviéndole la pregunta al advertir que podía aplicársele la misma crítica.

—Tú eres capitán de compañía, ¿no deberías estar vigilando a tus hombres?

—No puedo ir tras ellos todo el tiempo —se justificó Sokka, agitando una mano como si la idea le resultara absurda—. Obtuve su respeto después de la pelea con la reina pirata, y no quiero perderlo por andar regañándolos como si fuera su madre.

Guardó silencio unos instantes, el rostro tensándose con incertidumbre.

—No es que no me preocupen. Yo… no quiero que nadie muera bajo mi cargo. —Suspiró, pasándose una mano por el pelo—. Quizás no estoy hecho para liderar a tanta gente.

Shikamaru lo observó. Reconocía ese peso. Le recordaba a sí mismo tras el desastre de la misión para recuperar a Sasuke, cuando fue líder primerizo: el fracaso, las heridas de sus camaradas, la culpa. Todavía le sabían a plato amargo.

Encendió un cigarrillo y lo colocó entre sus labios. Sokka se inclinó apenas, curioso. En su tribu se usaban pipas talladas en marfil de morsa; el cilindro de papel le pareció extraño, pero dedujo su función.

Shikamaru exhaló el humo.

—Incluso si no fueras tú quien lidera, alguien más lo haría. Y correrían los mismos riesgos.

Se echó el encendedor al bolsillo.

—Puede que algunos no sobrevivan. Algunos que podrías haber salvado si tú los hubieras liderado. No existe tal cosa como una guerra sin sangre. Pero puedes usar sus muertes para aprender. Para volverte un mejor líder. Para ser más fuerte por ellos.

En su mente resonaron las palabras de su padre:

—La elección es simple: eres un líder o un cobarde. ¿Cuál vas a ser?

Sokka se quedó en silencio. El consejo le dio algo que no sabía que necesitaba: valor, y un empujón para aprender a confiar más en sí mismo.

Un grito agudo y un estruendo llamaron su atención.

Abajo, en la ribera al pie del acantilado, seis hombres discutían con una furia que les quebraba las voces: un Guerrero Lobo del Sur, otro del Norte, dos ninjas de Kumogakure y uno de Kirigakure. El de coraza gris tenía una herida profunda en la mejilla, aún sangrante. Los tribales estaban maltrechos, cubiertos de arena y barro.

—¡Miserables…! —masculló el herido, cubriéndose el rostro.

—¡Son unos desgraciados! —bramó el de la Nube.

—¡Ustedes nos atacaron primero! —replicó el sureño, apretándose el brazo.

—¡Han estado actuando sospechosos! ¡Los tengo en la mira desde hace rato! —el de Kumo los apuntó con dedo acusador—. ¡Sabemos que son infiltrados!

—¡¿De qué hablas?! ¡No hicimos nada! —protestó el norteño—. ¿Y si los infiltrados son ustedes?

—¡Si no confiesan, lo van a lamentar! —sacó un kunai, alzándolo con ira.

—¡Aquí te espero, shinobi!

La acometida fue detenida justo a tiempo. Shikamaru, en una rodilla, activó el Kagemane no Jutsu, fusionando su sombra con la del atacante. Sokka llegó detrás, lanzando su búmeran con precisión: el kunai chocó contra este, salió volando y se incrustó en la roca. El arma regresó a sus manos, atrapándola con naturalidad.

—¡¿Qué les pasa?! —exclamó Sokka—. ¿No creen que ya tenemos suficientes problemas con la guerra?

—¡Sólo nos defendíamos! —se justificó el de la Tribu del Norte, aún empuñando su arma.

—¡Dice el que me atravesó la jodida mejilla! —gruñó el ninja ensangrentado.

—¡No importa quién empezó! —intervino Shikamaru, irritado por la impulsividad de los luchadores—. Esto no se trata de pelear entre nosotros, sino contra el enemigo.

—¿Y cómo vamos a saber quién es el enemigo? ¡Ya ha habido muertes por fuego aliado! ¡Podríamos ser los próximos!

—No pueden acusarse sin pruebas. Y estoy seguro de que no las tienen —insistió el Nara—. Una suposición no confirma nada. Ninjas y Maestros no deberían pelear entre sí. Somos aliados. Combatimos por una misma causa.

—Si siguen así, lo único que van a lograr es debilitar la Alianza —añadió Sokka—. Si eso pasa, no podremos ganarle a Akatsuki. Las muertes de nuestros compañeros habrán sido en vano. Si quieren evitar que el mundo se acabe, dejen de actuar como cretinos y aprendan a trabajar en equipo. ¡Nuestra victoria depende de eso!

Por suerte, transigieron. No hubo disculpas ni apretones de manos, pero prometieron tener más cuidado antes de acusar. Shikamaru y Sokka les indicaron que fueran a las tiendas médicas para recibir atención. Cumplieron a regañadientes, sin quitarse la mirada de encima y caminando por vías distintas bajo la vigilancia de los jóvenes que los detuvieron, asegurándose de que no volvieran a pelear hasta perderlos de vista.

—Qué fastidio —rezongó Shikamaru, golpeando la cajetilla por debajo para sacar otro cigarrillo. Había tirado el anterior durante la intervención.

—Y que lo digas… —murmuró Sokka, guardando el búmeran en la funda de su espalda.

Sabían que no podían confiar del todo en que no se repitiera. La infiltración era solo un catalizador: la desconfianza ya estaba ahí, latente. Aun así, conservaban la esperanza de que, con el tiempo, aprenderían a entenderse. La guerra no tenía fecha de caducidad. Había margen para aprender a convivir.

Llegaron finalmente a la tienda de Darui. El rubio los amonestó con desgano por la tardanza. How y Kitsuchi también estaban presentes.

—Son demasiado lentos —se quejó Darui, arrastrando las palabras con el dejo lánguido que era su marca insigne.

—Es irónico que usted lo diga —repuso Shikamaru, con una sonrisa apenas visible. Para alguien que calificaba todo como “aburrido”, el capitán se tomaba su tiempo para terminar las oraciones.

—¿Huh? ¿Por qué? —Darui alzó una ceja, sin comprender. How, que estaba revisando las anotaciones de un informe recién transcrito, bajó la taza metálica de sus labios para comentar:

—Siempre estás diciendo “qué lento”, “demasiado lento”, “es tan lento”.

—Lo siento —se disculpó con una risa ligera—. Es una costumbre.

—Eso también lo dices siempre(2) —dijo el Maestro Tierra, negando con la cabeza mientras volvía a lo suyo.

Kitsuchi tomó la palabra para referirse al asunto que los convocaba.

—Nos acaban de informar que las muertes por fuego amigo fueron causadas por Zetsus Blancos disfrazados de soldados —explicó—. Usan alguna técnica para mimetizarse.

—Y copian el chakra, lo que los hace indistinguibles para los sensores —añadió Darui—. Hasta que el cuartel general nos dé una solución, tendremos que defendernos solos.

—Justo lo que necesitábamos —Sokka se palmeó la frente—. Esos tipos blancos son como una plaga. ¡Ni siquiera son humanos!

Shikamaru pensó en su padre. ¿Qué se le estaría ocurriendo al cuartel general? Lo que fuera, esperaba que lo pusiera en práctica pronto. A este ritmo, podrían salir de la tienda y encontrar a un ninja empalado por rocas o a un Maestro Fuego acribillado por shuriken.

Un hombre con un comunicador atado a la espalda irrumpió de repente. Su expresión alarmada hizo que todos se pusieran en guardia.

—¡Algo terrible ocurrió en el frente de la Cuarta División!

Sokka se quedó helado.

—Es el frente donde está Suki… —murmuró, sintiendo el pánico clavarse en el pecho.

Shikamaru no dijo nada. Pero el malestar que se le cruzó por el rostro no pasó desapercibido. Sabía que Temari estaba allí. Y aunque aún no lo entendía del todo en ese momento, esa inquietud no tenía que ver con simple camaradería.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. La frase recurrente de Shikamaru proviene de Mendōkusai (面倒くさい / 面倒臭い), que significa “molesto” o “problemático”. La variante que él utiliza es una forma abreviada y más grosera: Mendokusē (めんどくせー). Ambas expresiones transmiten fastidio, pero la segunda refleja un registro más coloquial y descuidado.

2. En línea con su actitud relajada, la muletilla de Darui es un juego de palabras con su propio nombre. Tiende a calificar situaciones o eventos como だるい (darui), que puede traducirse como “aburrido”, “pesado” o incluso “lento” —aquí se utilizan ambas traducciones según el contexto—. Además, suele disculparse con frecuencia diciendo すみません (sumimasen), “lo siento”, casi como un tic verbal. En la conversación se hace referencia a ambos hábitos lingüísticos.

Chapter 20

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

BBLqa0c (3) (4) (33) (1)

—¡Nonota, rápido! ¡Está inmovilizado! —gritó Temari a su compañero de Suna. El ninja, junto con otros del Equipo de Sellado, corrió hacia el cráter.

—Se acabó —dijo Zuko. Jadeaba con dificultad. Logró mantenerse en pie, a diferencia de su bisabuelo, pero solo por poco. Al caer Sozin, jalado por el lazo, Zuko fue arrastrado con él. Usó sus pies para amortiguar la caída, creando un colchón de fuego bajo ellos. Agradeció mentalmente a Aang por las técnicas de Aire Control que había aprendido a adaptar con Fuego Control. Aun así, no salió ileso. Las rodillas le dolían intensamente mientras se incorporaba, aún sujetando el azote ardiente que rodeaba la forma en regeneración del pasado soberano.

—... Parece que he sido superado, no solo como Maestro Fuego, sino como gobernante —dijo Sozin, con un hieratismo inesperado. El cambio sorprendió a Zuko. Su altanería se demudó hacia una contemplación agravada. Hasta pesarosa.

—Tienes razón —continuó el reanimado, la mirada desviándose hacia el cielo. Le pareció que las nubes se oscurecían como aquella noche de la erupción volcánica en la isla donde Roku residía. Una ilusión que no era otra cosa que el reflejo de la propia oscuridad de su corazón—. Me volví codicioso con el pasar de los años. Cuando Roku partió para entrenarse como Avatar, yo me quedé atrás, atrapado en las presiones de la realeza. Mi padre, Taiso, me moldeó con sus ideas de supremacía, de destino imperial. Yo era un soñador, un reformista... pero me convertí en lo que él quería.

Bajó la vista nuevamente hacia el joven. En aquel chico reconocía la ruptura del ciclo generacional en el que los Señores del Fuego quedaban atrapados por su crianza imperatoria; vestigios de una redención labrada a punta de golpes, físicos y de realidad. Ya lo había dicho él mismo: bebió la miseria que la Nación del Fuego vertió en el mundo como tósigo en agua pura. Había comprobado que el proyecto de Sozin no se basaba en motivos generosos ni en temores justificados por la amenaza hacia su patria.

—Cuando tenía a Roku a mi lado, era mejor. Él y Yasu... eran mi brújula en la marea turbia del deber —suspiró con la pesadez del recuerdo—. Pero cuando los perdí, a uno por muerte; y al otro por asumir como Avatar, me quedé solo con mis ambiciones.

Zuko escuchaba, sin soltar el látigo.

—Los Sabios del Fuego vinieron en nuestro cumpleaños número dieciséis. Se inclinaron ante Roku. Yo también lo hice. Pero algo cambió. Él era el Avatar. Yo, solo un príncipe. Y aunque lo seguí considerando mi igual, empecé a acumular poder para no sentirme menos —todavía tenía en la boca el sabor agraz de aquella sensación de inferioridad que resurgía a lo largo de las décadas. Para alguien que creció rodeado de alabanza y honores, verse de pronto en la necesidad de acatar la voluntad de alguien que podía acabarlo cuando quisiera si desobedecía fue humillante.

—Cuando me enfrentó por las colonias en el Reino Tierra, me derrotó en segundos. El mismo chico que una vez tropezó con una rama porque yo se la puse en el camino... No lo odiaba. Pero ya no éramos iguales. Y yo no podía soportarlo.

Sozin bajó la mirada.

—Pensé que eran celos. Y lo eran. Pero también... era miedo. Había empezado a temer por mi propio destino bajo las manos de Roku. No solo el mío; también el de mi plan. Entendí que no podría continuar con su presencia obstaculizándome, y entonces lo dejé morir.

Recordó el olor fétido, picante y sulfuroso del humo. La tos desesperada en la garganta de su antiguo amigo. Él extendiendo una mano suplicante, débil, pidiéndole socorro. Y recordó también sus propias palabras frías, despiadadas:

—Sin ti, todos mis planes serían posibles. Tengo una visión del futuro, Roku.

Sozin continuó.

—Vi la erupción desde el palacio y acudí en su ayuda. Al comprender que con su muerte podía librarme de su potestad como Avatar, decidí no salvarlo. Y luego, temiendo que renaciera para castigarme, envié a mis tropas a destruir los Templos del Aire. Quise romper el ciclo.

Sus manos, cerradas en puños, se deshicieron bajo la laxitud de la derrota.

—Fallé. El último Maestro Aire me eludió. Todo fue en vano.

Zuko lo miró largo rato. En esos ojos huecos, donde antes vio la ambición de su abuelo, su padre y su hermana, ahora veía algo distinto. Dolor. No lo justificaba, pero lo entendía en cierta manera, porque la infamia que Sozin sembró —y después debió cosechar la Familia Real— provenía de un mal heredado que le legó incluso a él, el cual pudo dejar atrás por su bondad inherente: esa mitad de su ser en pugna que debía a su otro bisabuelo.

—Estuve a punto de seguir tu camino —dijo Zuko. Sozin alzó la cabeza. —Al final de la guerra, decidí retirar las colonias del Reino Tierra. Pero no consideré que muchas familias ya se habían mezclado. Pensé que era mejor dejarlas, reformarlas. Entonces el Rey Tierra quiso recuperar Yu Dao por la fuerza. Estuvimos al borde de otra guerra. Y Aang... el Avatar, intervino.

El joven respiró hondo.

—Lo entrené para derrotar a mi padre. Pero en ese conflicto, sentí que desafiaba mi autoridad. Escuché la voz de Ozai en mi cabeza. Pensé que estaba condenado a repetir su destino —no olvidaba que el terror que aquella idea le embargó lo llevó a pedirle a Aang que prometiera acabar con su vida si se transformaba en una figura tan atroz como la de su progenitor—. Pero encontré salvación. Aang razonó con el Rey Tierra. Y juntos creamos un gobierno de coalición. Lo resolvimos por la paz. Lo que tú debiste haber hecho con Roku.

Sozin cerró los ojos un momento.

—Entiendo que hiciste lo que hiciste para proteger a la Nación del Fuego por sobre todo. Yo también quise y quiero lo mismo —continuó Zuko—. Pero jamás podré estar de acuerdo contigo. Nos dejaste un legado de crueldad y rabia para justificar cada brutalidad que cometimos.

La inflexibilidad del actual líder se suavizó.

—Pero también legaste algo más. La amistad entre el Señor del Fuego y el Avatar. Ese vínculo entre mis bisabuelos duró más de una vida.

Los ojos de Sozin se ensancharon, enturbiados por la confusión que le provocaba aquella afirmación.

—¿Tus bisabuelos...? —sus cejas se alzaron en comprensión pasmosa—. ¿Roku también es tu...?

Zuko asintió en silencio.

Sozin sonrió, con una mezcla de resignación pacífica que le hizo soltar una única risa breve, de incredulidad ante lo curioso que podían ser el azar y sus designios.

—El destino es una cosa extraña —dijo—. Puede que seas tú quien logre llevar a nuestra nación hacia aquel futuro provechoso... aunque no sea del modo en que lo concebí. Y que seas tú quien finalmente logre cambiar para siempre a la Familia Real de la Nación del Fuego.

El Equipo de Sellado se acercaba.

—Debes haber leído mi testamento. Si es así, sabrás que lo que te acabo de relatar es lo mismo que escribí. Ahora conoces la verdad sobre la guerra, no solo de mi puño y letra, sino también de mi propia boca —dijo Sozin, advirtiendo que se avecinaba el momento de su partida. Sabía que, compartiendo ese conocimiento con el mundo, Zuko podría acabar por completo con su legado. Podía destruir su figura hasta que solo quedaran deseos de borrarla de los anales de la historia de la Nación del Fuego, condenándolo al olvido. Pero algo le decía que no era eso lo que su bisnieto buscaba.

—Fue por mi tío que decidí investigar tu historia. Me dijo que la muerte de mi bisabuelo revelaría mi destino... Y me entregó el artefacto real que le regalaste. —Zuko había entendido entonces que lo que las escuelas de la Nación del Fuego enseñaban era una mentira: Sozin no murió en paz mientras dormía como un hombre victorioso y realizado, sino como uno atormentado por sus propias decisiones, añorando su brillante juventud. La otra versión lo dotaba de una grandeza digna —aunque falsa— que la realidad empañaba. —¿Por qué escribiste ese testamento? ¿Esperabas que alguien lo encontrara?

—Lo hice por la misma razón que todos los viejos chiflados escriben: para dejar algo detrás que pruebe que una vez fueron alguien —respondió con cierta gracia autocrítica—. Supongo que... una parte de mí pensaba que confesar mis crímenes, incluso sobre el papel, me redimiría al encontrarme con la muerte. La otra parte deseaba que quien encontrara esos escritos los destruyera para proteger mi imagen y la de la familia. Lo que ocurra con ellos depende de ti.

Sus mejillas, descascarándose en el proceso de regeneración, se contrajeron levemente al recordar un nuevo acto reprochable contra el pasado Avatar.

—El regalo que le hice a Roku... —continuó con cuidado. Esto era algo que no había confesado en aquel registro autobiográfico—. El tocado del Príncipe Heredero de la Nación del Fuego. Fue, en realidad, mi padre el que me obligó a dárselo. Quería que tenerlo consigo le recordara constantemente a Roku a quién debía dedicar su verdadera lealtad. No fue más que una manipulación.

—Yo lo enmendaré —afirmó Zuko, llevando a Sozin a enderezar el cuello en asombro—. Volverá a manos del Avatar... en un gesto honesto esta vez.

La comisura del labio de Sozin se estiró hacia la derecha, en una mueca irónica, a la par que conforme.

—¡Señor del Fuego, estamos listos! —gritó uno de los ninjas. Zuko asintió y se movió ligeramente, desvaneciendo de sus manos el amarre que lo retenía. El cuerpo de Sozin fue envuelto por la tela vinculante y, finalmente, sellado.

Un seísmo que hizo bambolear el mundo recordó al Señor del Fuego que la calma no se asentaba. Otra batalla se libraba con impetuosidad. Sin gastar tiempo, se desplazó en dirección al nuevo oponente, ordenando a los usuarios del Nunoshibari que lo siguieran.

 


 

La tierra se estremecía con temblores oscilatorios cada vez que las rocas voladoras impactaban contra el suelo. Toph y Jianzhu se desplazaban entre torres alzadas en seguidilla, lanzándose bloques de piedra como si fueran dardos vivos. Ella los devolvía con precisión brutal; él los pulverizaba en el aire, convirtiéndolos en proyectiles que disparaba con la velocidad de un arquero incansable. La pelinegra esquivaba cada uno, sintiendo las vibraciones de la roca cada vez que era despedazada para darle qué arrojar.

Mientras corría por el puente que conectaba sus torres, analizaba su estilo. La postura de Jianzhu era amplia, pero no rígida. Movía el torso con fluidez, los brazos como látigos. No era el tipo de Maestro Tierra que se enraizaba. Saltaba, giraba, pateaba en el aire. Eso no era común. La Tierra Control requería conexión constante con el suelo. Aang lo había aprendido a piedrazos en esas exhaustivas y dolorosas sesiones de entrenamiento. Jianzhu parecía haber trascendido esa limitación.

El hombre rompió una roca con la palma, emitiendo un "¡yak!" seco. Toph respondió fracturando la columna bajo él, empujando con ambas manos y luego retrayéndolas. La estructura crujió, cayéndose en pedazos. Jianzhu brincó hacia otra torre, impulsado por una rampa de tierra que surgió bajo sus pies. Los soldados cambiaron de posición para evitar los escombros.

—¡Doton: Iwagaiseki(1)! —algunos ninjas cubrieron a los rezagados con domos de piedra. Toph iba a gritarles que se apartaran, pero un pedrusco la obligó a defenderse. Lo partió con el puño desnudo.

—Tu control es digno de estudio —dijo Jianzhu. No como elogio, sino como diagnóstico concienzudo. Su tono era el de un cirujano observando una anomalía funcional. —Tu postura es inusual, pero eficiente. Defiendes bien la parte superior del cuerpo. Tus patadas son bajas, rápidas. No pierdes el equilibrio. Curioso.

—¡Aún no has visto nada!

Toph extendió una mano, la cerró y dio un tirón. Las hebillas de enganche en el avambrazo izquierdo de Jianzhu reventaron como una uva aplastada. Las mitades que lo conformaban se achataron, adelgazando hasta la finura de agujas, y se incrustaron en su frente con un sonido hórrido. El Sabio Tierra tambaleó, pero no cayó.

Toph pensó en bajarlo. Pelear en altura la desorientaba. Hasta ahora había leído bien sus ataques y, confiándose en que iba aventajada, decidió que podía vencerlo desde allí.

Entonces Jianzhu rio. Una risa seca, sin alma. Como si se burlara de la lógica misma que limitaba a las Artes de Control en la teoría, pero no así en la práctica.

—Controlas el metal... —Logró ver las puntas de las agujas embutidas en su cráneo alzando la mirada. Toph sabía que no sentía dolor. La técnica de resurrección lo hacía insensible, pero que se estuviera riendo con dos barras de metal ensartadas en el cerebro era perturbador. —Es algo fascinante. No se me había ocurrido, pero es cierto que la tierra es una amalgama de minerales. El metal es solo tierra refinada. Un alumno mío manipuló una piedra de entintar una vez... En fin. Tendré que ponerme serio.

Se arrancó las varillas y las arrojó al vacío.

—Pshh, no te creas tanto, anciano —replicó ella, irguiéndose en elación—. Ya te dije que esto es solo el calentamiento.

—Antes de seguir, quiero probar una teoría.

Toph frunció el ceño en alerta. La tierra le dijo que se preparaba para saltar. Estudió la rampa que había elevado, buscando predecir su trayectoria. Al encontrarla, lanzó un trozo de columna hacia él, mas no lo impactó. En cambio, ella recibió un golpe brutal que la lanzó por el borde de la torre. Alcanzó a agarrarse de la orilla con esfuerzo para frenar su caída.

—¡Toph! —gritó Ty Lee desde abajo, aterrada. Las guerreras se giraron al oírla, pero no podían detenerse: aún enfrentaban al monje Gyatso.

—Está explotando su punto ciego —dijo Suki, observando con atención y una preocupación creciente.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Matsuri de La Arena, girando una nueva kunai en sus manos para arrojar. Suki, inquieta, presionó el pulgar contra la guarda de uno de sus abanicos antes de responder.

—Es que Toph es...

—Entonces es cierto —dijo Jianzhu, con un interés renovado. La miró trepar de vuelta a la cima con calma gélida, como quien observa a una criatura insignificante reptar porque eso es todo lo que sabe hacer. —Eres ciega.

Toph se incorporó apoyándose en una pierna. Escupió sangre hacia un costado y se limpió la comisura de los labios con el lateral del puño. El golpe le había sacudido todo el cuerpo. Jianzhu lanzó esa roca no para vencerla, sino para confirmar una hipótesis.

—Cuando salté, cambié la dirección de mi caída con una voltereta en el aire —explicó con la rigurosidad de un sifu dándole a su pupilo descuidado una lección necesaria—. Imaginaba que tu única forma de "verme" era a través de las vibraciones en el suelo y en la piedra. Al estar suspendido, sabías que debías basarte en mi último movimiento para predecir mi ubicación. Por eso orienté la rampa en diagonal.

Unió la torre en la que estaba con una contigua a través de una conexión cilíndrica y caminó sobre ella con ambas manos unidas tras la espalda, como si se paseara. Supo que Toph, ahora sí, captaba su ubicación por cómo ladeaba la cabeza, apuntando un oído —el sentido del que se valía cuando sus pies no colaboraban— en su dirección. Fue una acción intencional para probarse a sí mismo su punto.

—Tienes un talento notable. Al principio no noté tu condición, por lo autosuficiente que eres. Aunque debí sospecharlo, tu estilo me resultaba familiar. Fue inventado por una mujer ciega, como tú. Te desenvuelves como si pudieras ver. —Repensó su última frase al no convencerlo la simplicidad de la perspectiva—. De cierto modo, puedes ver. Pero quedas indefensa si tú o tu objetivo no están en contacto con la tierra. Luchar contra un Maestro Aire… sería problemático para ti.

—No hace falta que me lo digas —gruñó Toph. Recordaba bien cómo Aang la había derrotado en el Estruendo Tierra VI, flotando fuera de su alcance. —¡Sí, soy ciega! ¿Y qué? ¡Eso no significa que no pueda darte una paliza!

—No subestimaría a alguien por una condición física —replicó Jianzhu—. Simplemente me gusta conocer a fondo a mis oponentes. —Hizo una pausa breve, concatenando en su mente una frase que había leído en un libro de aquel celebrado estratega militar, tratando de recordarla palabra por palabra—. Si conoces a tu enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el resultado de mil batallas. Si te conoces a ti mismo pero no al enemigo, por cada victoria sufrirás una derrota. Y si no conoces ni al enemigo ni a ti mismo… perderás todas(2).

Toph soltó un resoplido irritado ante tanta palabrería petulante. Hablaba como esos instructores idiotas que sus padres contrataron para enseñarle Tierra Control.

—¿Qué? ¿Acaso crees que ya ganaste?

—Creo que tu arrogancia te ha costado caro. Te lanzaste a pelear sin conocer el alcance de mis habilidades, ignorando tus propias debilidades. Ese error será tu ruina, señorita Beifong.

—¡¿Ciega?! ¡¿Dejaron a una chica ciega pelear con el Sepulturero?! —gritó un soldado del Reino Tierra, frenético. —¡Y yo que pensaba que le iba a dar pelea…!

—¿Intervenimos? —preguntó un ninja de la Hoja. Toph estaba siendo descalabrada por más pedradas. Esta vez se mantuvo firme, bloqueó varias; no obstante, empezaba a ser evidente que estaba viéndose abrumada. Podía sentir la tierra incluso suspendida, pero no podía apuntar con precisión. Jianzhu lo sabía y explotaba esa debilidad. —A este paso…

—Déjenla —interrumpió Zuko, haciendo un gesto cortante con el brazo para remarcar su decisión tajante—. Puede con él sola.

—¡Pero Señor del Fuego Zuko, estamos hablando de un Maestro Tierra que solo la Avatar Kyoshi pudo derrotar! —exclamó un militar de su nación. 

—Conozco a Toph. Es una de las Maestras Tierra más fuertes que existen —aseguró el otro. Su confianza no venía de la testarudez, sino de haberla visto en acción muchas veces, emergiendo victoriosa cada una de ellas—. Ella puede hacerlo. Solo necesita reponerse.

—¡Yo digo que si atacamos todos juntos, lo sobrepasamos! —propuso un ninja de Kumo. Otros shinobi asintieron. Gaara llegó flotando sobre su arena, escuchó la discusión y los miró con calma.

—Escuchen al Señor del Fuego —les dijo, en una petición personal en lugar de una orden obligada.

—¡Rentaichō…!

—Si confían en mi criterio, también confíen en el suyo.

Toph tenía los pies descalzos enterrados en la tierra, como raíz de planta. Sentía el entumecimiento en cada parte golpeada. No esperaba que Jianzhu abusara de su punto ciego con tanta minuciosidad. Era buena tolerando el dolor, pero ser vapuleada sin cesar desgastaba.

—Me imagino que si los Beifong aún prosperan, el Reino Tierra no cayó en ruinas —comentó Jianzhu, con una indiferencia hacia el destino de su nación que no habría poseído en vida. La constatación desapasionada de quien observa una nueva grieta en una pared que ya conoce, y que le sorprende de manera vaga que aún no se haya derruido. —Probablemente no lo sepas, por tu juventud, pero en mi época esa nación corrupta nuestra estaba al borde del colapso. Y yo era el único que la sostenía.

Toph, cubierta de polvo y cortes, se burló.

—Jaj. Pues parece que nadie te echó en falta. Nos ha ido bien sin ti hasta ahora.

—Te pareces a Lady Wumei. Igual de vivaz. Pero sin su finura, pese a tu cuna noble —dijo, casi imaginando el rostro de la esposa de su antiguo sifu superpuesto al de la muchacha. —¿Y el Avatar? Si no está aquí, deteniendo esta guerra absurda, entonces no fue moldeado como debía. Un Avatar ideal jamás habría permitido alianzas con gente como los shinobi. He escuchado las historias. No se diferencian mucho de los daofei: mercenarios, oportunistas... siempre tras el premio mayor. Cuando la Alianza gane esta guerra, sin duda los traicionarán para ir por lo que es nuestro.

Toph arrugó la nariz. Ya estaba harta de oír de Maestros y ninjas, pero la mención del Avatar la hizo pensar. ¿Sabía algo de Aang? No. Debía referirse a una vida pasada.

—Si querías ver al Avatar, lamento decepcionarte. No está aquí. Y no es de él de quien debes preocuparte. —Se apuntó al pecho con el pulgar—. ¡Soy yo quien te va a mandar de regreso a tu tumba, Sepulturero!

Jianzhu sonrió en un gesto de reconocimiento. Debía admitir que su tenacidad le causaba algo de gracia y no la molestia que hubiera esperado.

—¿Recuerdas lo que dije sobre conocerse a uno mismo y al enemigo? Conoces mis apodos. ¿Sabes cómo los obtuve?

Inclinó la cabeza, con el aire casual de quien cuenta una anécdota en una cena formal.

—El de "Arquitecto" lo gané por mi figura política. Decían que, en ausencia del Avatar, proyecté el mundo como se hace con los edificios: base sólida, estructura firme. Pero el segundo… ese merece demostración.

La mirada se le ennegreció como el caer abrupto de la noche, apenas permitiendo que se distinguieran sus pupilas verdes en el pozo oscuro que eran sus cuencas.

—¿Quieres saber por qué me llaman "Sepulturero"?

De pronto, alzó una pierna hacia un costado, dejándola caer secamente para quedar en media sentadilla. Aflojó las caderas, levantó ambas manos, palmas hacia arriba, y luego las giró con un movimiento de muñeca.

El suelo se remeció. El cielo casi pareció hundirse hacia dentro, como si un gigante hubiera dado un pisotón, aguardando el siguiente. Una serie de exclamaciones de sorpresa atravesaron la multitud. Toph se mantuvo firme donde estaba, adherida al principio del jing neutral(3). Esperó. Sintió. Escuchó.

Y lo que la tierra le devolvió fue un grito que le instaló un terror penetrante en el estómago.

No sabía qué venía. Pero era grande. Muy grande.

Se giró y gritó con toda la fuerza de su garganta:

—¡Corran! ¡Algo viene!

La gente dudó. No sabían si hacerle caso ni adónde correr.

—¡HUYAN, ESTÚPIDOS!

—Me temo que es un poco tarde para eso —dijo Jianzhu.

Y sonrió con un sadismo que le desorbitó los ojos, como si por fin estuviera viendo el mundo como debía ser: hundido, silenciado y enterrado.

Jianzhu empujó sus brazos hacia adelante. Solo entonces Toph comprendió la magnitud de su intención.

Docenas de personas fueron tragadas por la tierra en un instante. El número crecía por segundo. La advertencia de Toph no había sido exagerada, pero no lo comprendieron hasta que vieron a decenas de sus camaradas, que tenían al lado, ser tragados por el suelo.

Los soldados comenzaron a correr, dispersándose como hormigas asustadas. Así los veía Jianzhu: insectos desordenados sin guía.

Los pies de algunos se doblaron. Otros intentaron tirar de sus compañeros antes de que fueran engullidos. La formación se desbandó, presa del pánico.

En apenas minutos, más de cien habían sido sepultados vivos. Algunos lograron salvarse con técnicas de evasión, pero la sumersión fue tan repentina que pocos tuvieron tiempo de reaccionar. Veinte más desaparecieron en segundos. Luego treinta.

Toph se obligó a no ceder al miedo. Los gritos de auxilio le llenaban los oídos. El Comandante del Regimiento y el Comandante en Jefe de la Cuádruple Alianza gritaban órdenes desesperadas. Gaara, desde el aire, usaba su arena para rescatar a tantos como podía, lanzándolos sobre rocas elevadas o cualquier superficie que no pudiera sucumbir ante la técnica del enemigo, incluyendo elevaciones de arena propias.

Jianzhu estaba hundiendo a cientos. No necesitaba tumbas abiertas para completar el trabajo. La tierra le bastaba: la estaba manipulando como masilla dócil para hacer huecos subterráneos que los recibieran al caer, cerrándolos por encima con facilidad. Un giro de muñeca, y cincuenta más fueron absorbidos. La Resurrección del Mundo Impuro amplificaba su poder. Y él lo disfrutaba con morboso placer.

No le importaba que fueran soldados que luchaban por sus naciones. No le importaba que no fueran daofei. No le importaba que fueran sus coterráneos. Nada de eso tenía relevancia. En la muerte, no tenía ningún deber para con ellos. No tenía reputación que defender. Solo una libertad que nunca gozó en vida. Y esa libertad había desatado la bestia que nació el día que decidió erradicar el crimen con sangre.

Lo que alguna vez fue su mayor vergüenza se había convertido en deleite. Verlos correr por sus vidas lo llenaba de una alegría indecible.

Al menos trescientos desaparecidos. Tal vez no rompería su récord de cinco mil. Pero dos mil… eso sí era posible.

Había fijado como blancos a los Maestros Agua, Maestros Fuego, No Maestros, y a varios ninjas en grupo. Los Maestros Tierra y usuarios de Doton lograban rescatar a algunos, pero eran demasiados, y él era demasiado preciso.

Abría agujeros al azar. Cientos caían. Luego cerraba la tapa de sus tumbas forzadas sobre ellos. Una aptitud sobrehumana. Una ejecución sin igual.

Toph encontró una forma de detenerlo. Levantó las manos, manteniéndolas firmes, e impulsó la tierra hacia atrás. La obligó a quedarse quieta. A no responder. A no abrirse por su capricho.

Logró detener el sepultamiento masivo. Jianzhu se detuvo, genuinamente impresionado.

—Nada mal —dijo—. Pero esta técnica, aunque perversa, me da la ventaja de no cansarme. ¿Cuánto tiempo puede aguantar tu cuerpo mortal, niña?

Él volvió a empujar más fuerte. Los agujeros se abrieron hasta la mitad. Toph los cerró a tiempo.

Todo su cuerpo temblaba. Era una batalla de resistencia.

—¡Ghh...! —dobló las piernas para mejorar su postura. Si vacilaba, aunque fuera un segundo, él abriría el suelo otra vez. No podía permitirlo. No podía contar cuántos habían caído. Y no quería hacerlo.

—Caramba, será mejor que no venga aquí y nos entierre también —suspiró Gengetsu, observando el caos desde su posición junto a su Kuchiyose—. Ese Sepulturero sí que hace honor a su nombre...

En el cuartel general, la desesperación se instaló. Ao gritó que habían perdido cien efectivos. Luego, doscientos. El número seguía subiendo sin parar, tanto así que la esfera de agua sensorial producía ondas inestables. Los estrategas estaban horrorizados. Ni la Quinta Hokage ni el Cuarto Raikage habían regresado todavía.

Jianzhu también se esforzaba. Estaba bien plantado, pero sus manos temblaban. Toph tenía un control feroz. Había subestimado sus habilidades. Ella era mucho más capaz de lo que pensaba.

Siguieron así, minuto tras minuto, latido tras latido. El sudor brillaba en la frente de Toph, bajándole copiosamente por las sienes. Su respiración se entrecortaba. Se cansaría pronto, pensaba Jianzhu.

Pero se negaba a ceder.

Podía hacerlo. Tenía que hacerlo. Se lo repetía para no perder el control.

Había sostenido el peso de una biblioteca entera en medio del desierto. Había evitado que una mina colapsara sobre decenas de personas. Esto no era distinto. Esto era solo tierra. Y ella era una Maestra Tierra. La mejor.

—Realmente eres fuerte —dijo Jianzhu, con una sonrisa que no tocaba sus ojos—. No se equivocaron al dejar que te enfrentaras a mí.

—¡Cállate… la boca! —gruñó ella. Sus extremidades ardían. Sentía que iba a partirse en dos.

—Es difícil, incluso para mí. No me dejas hacer mucho. Pero estás vacilando.

—¡Puedo… hacer esto todo… el día!

Mentía. No por orgullo, sino por necesidad. Si tenía que ser honesta consigo misma, podía resistir media hora más, como mucho. Pero, pese a saberlo, no podía permitirse flaquear. No contra él.

—Has demostrado tu valía. ¿Por qué no renunciar ya?

Toph dio bramidos esforzados, sin siquiera darle el gusto de verla dudar un instante.

—Ni muerta.

—Créeme, puedo ocuparme de eso —dijo con tono casi paternal—. Pero podría ser misericordioso. Tu habilidad es demasiado buena para desperdiciarse en este sacrificio inútil. Eres joven. Demasiado joven para estar aquí. Seguro no estás ni registrada en el ejército. ¿Quién te mandó? ¿Quién te dio esta carga?

—¡¿Qué… te importa?!

—Sea lo que sea, no es tu responsabilidad. Baja ahora y déjame terminar esto. No será tan glorioso como el Paso Zhulu, pero será una carnicería en toda regla.

—Es gracioso que digas que no me conoces… porque estás totalmente equivocado. Sé quién eres... Un loco de manicomio. Y yo… yo me conozco mejor que nadie. Y si tú me conocieras, sabrías que nunca me rindo. Porque… —Sonrió, con los labios temblando— ¡Soy Toph Beifong, la Maestra Tierra más grande de todos los tiempos!

Jianzhu frunció el ceño, habiéndose hartado ya de la porfía de la muchacha. Todo había pasado a parecerle una forma de entretención pasajera que podía permitirse acabar del puro aburrimiento.

—Chiquilla necia… Tu arrogancia será tu muerte. —Ya que la manipulación no había funcionado, entonces recurriría al método final de la amenaza directa—. Tendré que enterrarte viva como al resto. Morirás ahogada como ellos, ni la tierra podrá salvar—

No terminó la frase.

Una hoja delgada de metal le cortó la garganta. Su cabeza giró, cayendo a sus pies con un golpe sordo.

Toph había recogido los fragmentos de metal que él había descartado. Los había unido y maniobrado con su pie izquierdo de manera disimulada para decapitarlo.

—¿Decías?

La tierra se liberó del yugo del Arquitecto. Toph se enderezó, volviendo a cercenarlo, esta vez en la mitad del cuerpo, para darle tiempo al ninja del Equipo de Sellado —que Gaara acercó mediante la arena flotante— a alcanzarlo antes de que terminara de regenerarse.

Los brazos le pesaban toneladas. Aun así, se volvió hacia las tropas y, en una señal muda, alzó el puño hacia el cielo.

Todos entendieron el significado del gesto.

—Lo hizo… —murmuró uno. Luego rio sin poder creerlo, liberando su tensión con cada sacudida de sus hombros—. ¡Lo… lo derrotó!

Los vítores estallaron. Pero también los lamentos. No había victoria sin pérdidas. Toph lo escuchó todo por igual: las risas de alivio, los gritos desgarradores, el silencio de los que no volverían.

Hasta que se desplomó.

Su cuerpo se inclinó. Cayó por el borde de la torre.

—¡Toph! —gritó Zuko, corriendo con la intención de propulsarse con fuego para atraparla.

Gaara fue más rápido. Voló hacia ella, atajándola con su arena flotante.

Fuera de peligro, Toph abrió los ojos. La textura era borrosa, pero familiar. Había aprendido a confiar en ella desde lo sucedido con los Areneros del Si Wong.

El pelirrojo la reconoció: era la chica que había separado a los combatientes el día en que los líderes se presentaron ante la Alianza Elemental, amenazándolos con tierra y convicción.

—¿Estás bien?

Ella reaccionó apenas, frunciendo el ceño para luego relajarlo.

—…Buena atrapada, Chico Arena —dijo. Nunca olvidaba una voz.

Intentó incorporarse. Gaara empujó su hombro hacia abajo para evitar que se levantara.

—Es mejor que descanses.

Toph insistió, pero apenas se enderezó, cayó inconsciente de nuevo. Él la atrapó entre sus brazos, separándola un poco para revisarla, con lo que comprobó que no estaba herida. Solo exhausta como resultado de la pelea.

Le hizo una señal a Zuko para hacerle saber que estaba bien, descendió hacia las tropas y la entregó al equipo médico.

Por un momento, ni una voz recorrió aquel campo de batalla. Solo el viento, barriendo la tierra partida, llevándose consigo una amarga victoria.

Notes:

Anotaciones del archivo secreto de Konoha

1. 土遁・岩陰遺跡 (Doton: Iwagaiseki). “Elemento Tierra: Refugio Rocoso”.

2. Frase atribuida a Sun Tzu, tomada del tratado El Arte de la Guerra. Referencia estratégica empleada para subrayar la importancia de la planificación y la adaptabilidad en combate.

3. En Avatar, el término jing describe la cantidad de opciones que uno tiene durante la batalla para dirigir su energía interna y externa, es decir, la forma de decidir cómo actuar en la pelea. El Rey Bumi menciona que existen técnicamente ochenta y cinco tipos distintos de jing. Las formas comúnmente conocidas son:

  • Jing positivo: corresponde al avance o ataque.
  • Jing negativo: corresponde a la retirada o evasión.
  • Jing neutral: clave en la Tierra Control, consiste en esperar y resistir el ataque enemigo hasta hallar la oportunidad adecuada para contraatacar.

Chapter 21

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

—Tres mil soldados.

Ese fue el conteo final de víctimas del entierro masivo provocado por el Sepulturero del Paso Zhulu.

Shikaku se dejó caer pesadamente en la silla. Consideró seriamente romper protocolo y pedir un trago. Demonios, hasta cerveza de tercera le bastaría.

Las pérdidas ensombrecían el panorama. A la fecha, sumaban 41,000 caídos desde el inicio de la guerra. Si Jianzhu no hubiera sido neutralizado… Kami sabe cuántos más habrían sido.

—…Es uno menos —dijo Hakoda, sin suavizar la voz bajo la guisa de la conformidad. Había dirigido a los hombres de su tribu en guerra. Había visto caer a amigos, día tras día. La muerte despojaba a la victoria de su dulzor. Pero no quedaba más que asumirla. Y seguir. —¿Los chicos están en camino?

Katsuyu les había contado todo sobre cómo Naruto, Aang y Killer B lograron convencer a Tsunade y al Raikage para unirse al frente. Era un cambio radical en los planes. La situación, sin embargo, era grave, y necesitaban imperiosamente la colaboración del Jinchūriki del Kyūbi.

Mabui dijo primero lo que ya venían rumiando:

—La infiltración de los Zetsus Blancos podría ser una trampa. Si saben que Naruto puede distinguirlos, podrían estar atrayéndolo a propósito.

Shikaku asintió.

—Puede ser. Pero si queremos equilibrar la balanza, tenemos que dejarlo salir.

—Aun así, me sorprende que hayan convencido a Raikage-sama —dijo Mabui. Conocía bien a su superior: tercamente inquebrantable, inflexible hasta el dolor de cabeza... ¿Qué le habrían dicho para que cediera?

—No es tan raro —respondió el Nara, ladeando el rostro hacia el hombro, buscando las palabras—. Naruto tiene… algo. Un don, supongo. Siempre se le ocurre algo. Y siempre logra que lo escuchen.

Horas más tarde, los Kage regresaron a la sede. Katsuyu ya les había informado del caos que los Zetsus estaban causando cuando iban en camino. Convinieron en que, definitivamente, haber dejado ir a Naruto había sido lo correcto después de todo.

Mabui entregó a Tsunade un mensaje de los equipos médicos que contenía los datos genéticos obtenidos a través del análisis de ADN realizado por Sakura y Shizune al Zetsu Blanco que atacó la carpa de la Haruno.

Tsunade leyó, frunciendo más y más el ceño a medida que lo hacía.

—No esperaba que el apego de Madara y Orochimaru al Primer Hokage se convirtiera en esto —se llevó un nudillo al mentón en ademán meditabundo—. Plantas ninja hechas con las células de mi abuelo... Esto confirma que Madara tiene el ADN del Shodaime. Si pudo cultivarlo y crear un jutsu para multiplicarlo, es que también hizo algo con su propio cuerpo. No es de extrañar que haya vivido tanto.

Hakoda la miró con un ligero rastro de duda. No hacia ella, sino hacia su propio entendimiento de la información que recibieron respecto a la habilidad natural del Primer Hokage: el kekkei genkai que le permitía manejar la madera con un arte superior al de un tallista.

—¿Puede explicar su razonamiento, Lady Tsunade?

Ella asintió, reclinándose un poco en la silla con ambos brazos cruzados sobre el pecho.

—El material genético de mi abuelo fue codiciado por su capacidad única para controlar el Mokuton. Este le permitía someter a las Bestias con Cola, pero no solo eso: también poseía un poder curativo inmenso. Yamato puede usar el Mokuton porque fue parte de un experimento en el que le inyectaron su ADN.

Tsunade se había quedado helada cuando supo de los sesenta niños que fueron sujetos de prueba de Orochimaru, secuestrados por él para inyectarles el ADN del Primer Hokage con la esperanza de que obtuvieran su técnica. Sarutobi-sensei lo detuvo antes de que pudiera acabar con aquel terrible proyecto.

—Él fue el único sobreviviente —prosiguió—. Por eso Kabuto lo capturó: para usarlo como generador de Zetsus Blancos.

A frunció los labios.

—¿Alguna pista de cómo derrotarlo?

Tsunade contestó con brutal honestidad.

—No. En realidad, es todo lo contrario. Madara es, en el sentido literal, inmortal.

Nadie respondió de inmediato. Habían esperado que el sentido de su afirmación fuera hiperbólico, pero la rubia no alteró la expresión. Estaba hablando muy en serio.

Shikaku se pinchó el puente de la nariz.

—Un jefe inmortal con plantas móviles y zombis Edo Tensei como subordinados… No hay ni un humano normal involucrado.

—No es que esta fuera una guerra común desde un inicio —agregó Hakoda, con un suspiro seco.

—¡Shikaku, cuéntales a Naruto, B y Aang sobre la transformación de la cosa blanca de inmediato! —ordenó Tsunade.

El aludido se puso manos a la obra. Mientras tanto, Hakoda actualizaba a los Kage sobre los sucesos recientes. El relato del Arquitecto y la caída de Sozin los apaciguó… apenas. Porque enseguida mencionó nuevos Edo Tensei en el frente de Jee, los cuales no habían podido contener, por lo que un equipo había sido despachado para interceptarlos.

—¿Qué equipo es ese? —preguntó Tsunade, alzando una ceja.

—Los principales miembros de la Orden del Loto Blanco. Una sociedad secreta que cuenta con miembros de las Cuatro Naciones. Participaron en la Liberación de Ba Sing Se durante nuestra guerra, expulsando al ejército de la Nación del Fuego antes de que terminaran por asentarse en el territorio conquistado. Fueron decisivos para terminar la guerra —expuso Hakoda—. Son un grupo experimentado y diestro, así que no hay de qué preocuparnos. Ya deben haber llegado al frente.

—¡YUJUUU!

El anciano Maestro Tierra envió a incontables Zetsus Blancos volando con un grito de júbilo descontrolado. Sus locuras no eran ninguna sorpresa para sus compañeros, pero irritaban a Pakku, que puso los ojos en blanco mientras congelaba a varios de los monstruos.

—No debemos estar lejos —dijo Jeong Jeong, lanzando una llamarada que calcinó a un grupo de ellos—. Estas criaturas son inhumanas. Nunca vi nada igual.

Piandao se impulsó desde un bloque de tierra alzado por Bumi, giró en el aire y los destazó en seguidilla con su jian.

—Un ejército de secuaces planta capaces de imitar la apariencia... Suena a algo sacado de una mala fábula —murmuró Pakku con sarcasmo. Se había echado a reír cuando Hakoda le contó que lucharían contra un tipo con ojos capaces de lo imposible que quería capturar al Espíritu del Avatar para completar un plan destinado a dormir a un mundo entero. Pensó que bromeaba. Después de pasar casi cinco minutos riéndose solo mientras su hijastro lo miraba con cara paciente, entendió que no era broma.

Iroh se unió al círculo de combate, trazó un anillo de fuego a su alrededor y lo expandió en una explosión. La piel viscosa de los Zetsus chisporroteó antes de consumirse.

—Debemos avanzar —decretó el Gran Loto Blanco—. El estado de Jee es frágil. Hakoda informó de bajas graves y la Caballería está a un paso, conteniendo el avance hasta nuestra llegada.

Bumi alzó una plataforma de tierra y todos subieron. Con un movimiento pendular, la plataforma los llevó veloz hacia la ubicación de sus aliados. Allí hallaron cuerpos helados y heridos inconscientes. Un joven con la cabeza vendada se acercó, señalando algo en la distancia a la par que exclamaba:

—¡Cuidado!

Piandao saltó hacia el frente, alzando la espada para recibir el impacto de la ajena. Un samurái con armadura cruzada por dos tajos en el pecho había emergido de entre el polvo para atacarlo, deteniéndose pasos más allá del espadachín, quien se giró para encararlo, poniendo el arma delante. Sus escleróticas eran negras: un Edo Tensei.

—Así que eres uno de los revividos —notó Piandao.

—Y tú debes ser uno de los Maestros —replicó el samurái, y sin apartar la vista de él, advirtió: —Ya llega el resto.

Una lluvia de lanzas de hielo cayó sobre ellos como flechas celestiales. Pakku las fundió en agua y las reunió, convirtiéndolas en un lazo con el que trató de atrapar el brazo del Maestro Agua atacante para jalarlo. Este lo eludió alzando la nieve a sus pies como un escudo redondo que protegió su flanco.

—Otro Maestro Agua —musitó el hombre—. Quizá tú puedas detenerme.

—Es como dijo Hakoda: un samurái, un Maestro Agua… solo faltan el shinobi y el Maestro Fuego —comentó Jeong Jeong, escaneando a los enemigos con ojo avizor.

En ese instante, una ráfaga de fuego atravesó el aire con la potencia de un lanzallamas de pistón. Iroh la dispersó con ambas manos, y cuando llegó frente a frente con el adversario, soltó un jadeo de horror que pareció desgarrarle el pecho. Sobresaltados al oír ese ruido provenir de él, sus compañeros giraron.

—Espera, ¿ese no es…? —susurró Bumi, entrecerrando los ojos para asegurarse de que su vista no lo engañaba.

Un joven en armadura del Ejército de la Nación del Fuego avanzaba hacia ellos. Su mirada mezclaba tristeza, vergüenza y una tenue alegría. Las manos de Iroh comenzaron a temblar.

—Padre…

Lu Ten esbozó una sonrisa melancólica y soltó una risa suave, cargada de todo lo que habían perdido.

—Te has puesto viejo.

Lágrimas gruesas, imparables, resbalaron por los costados del rostro del general. Cerró los ojos con fuerza, como si pudiera contener el mundo entero en ese gesto.

—Y tú… te ves igual a como te recuerdo, hijo mío.

El silencio que siguió no fue impuesto. Se asentó como una bruma ceremonial, respetuosa. Incluso los revividos se detuvieron a observar, la crueldad de la escena superando, por un momento, el propósito de la técnica que los había traído de vuelta.

Pakku, siempre severo, dejó caer la máscara. Su voz salió áspera, quebrada por la furia.

—No hay crueldad mayor que obligar a un padre a pelear contra su propio hijo.

Lu Ten no se movía. Observó a su padre llorar con una mezcla de ternura y desesperanza. Quería abrazarlo. Quería pedirle perdón. Mas el control de Kabuto era una sombra constante que le impedía detenerse. Ya había herido a sus camaradas. Sabía que, en un instante, su intención incontrolable de atacar retornaría.

—Sé cómo esto te hace sentir, pero debes detenerme a toda costa. No puedo controlarme. Si me dejas suelto, seguiré matando a los nuestros. No quiero que me recuerden así. Y sé que tú tampoco lo quieres.

Iroh exhaló temblorosamente. Un sollozo reprimido le sacudió los hombros, quebrándose en la grieta de un nombre que no alcanzó a pronunciar.

—Pá… —lo llamó Lu Ten, queriendo volverlo a la realidad al ver que el dolor de enfrentarlo lo abrumaba. La dicha imposible de verlo otra vez, de escuchar su voz, de que lo llamara "padre".

Nunca pensó que volvería a tener esa oportunidad. Lo había buscado en el Mundo de los Espíritus. Lo había soñado. Lo había llorado, extrañado cada día: su risa aniñada, su mirada brillante, sus manos que sostuvo en juegos infantiles cuando era un niño.

Y ahora estaba allí, pero no como él deseaba.

Los demás entendieron. No con palabras, sino con miradas. Jeong Jeong, el más cercano, dio un paso al frente con la intención de luchar en su lugar. Iroh lo detuvo extendiendo el brazo frente a él.

—No. Yo seré quien lo enfrente. Devolverle el descanso es mi deber como padre.

Jeong Jeong asintió. No dijo nada, pero en sus ojos había admiración profunda, así como alivio porque su determinación hubiera vuelto.

—Ve con Bumi a averiguar cómo está Jee. Si todo está en orden, respalden a las divisiones que lo necesiten. Díganle al Equipo de Sellado que se mantenga cerca.

Ambos cumplieron sin discutir. Iroh se volvió hacia Pakku y Piandao para dar el siguiente comando.

—Alejen a los enemigos lo más posible de esta división. Yo haré lo mismo con Lu Ten.

El joven se dirigió a él con el respeto que nunca perdió, el que se reserva a los padres y a los superiores.

—No se contenga, general.

Así lo llamaba cuando servía bajo su mando, incluso en los momentos más íntimos. Era su forma de honrarlo.

—No te preocupes. —Iroh sostuvo la mirada. Sus ojos ya no brillaban con lágrimas, sino con su llama interna—. Nunca lo hago.

—Naruto, B-dono, Avatar... ¿Me oyen?

Los tres se dirigían al campo de batalla tras haber enfrentado al Raikage. La voz los sorprendió, haciéndolos parar brevemente. Naruto la reconoció de inmediato.

—¡Es el viejo Shikaku!

—Les estoy hablando directamente a través de sus mentes; pueden seguir moviéndose mientras escuchan —les informó sucinto, sin tiempo para adornos—. Primero, explicaré la estrategia y las intenciones del enemigo.

Comenzó por los movimientos de Akatsuki. Les explicó que habían usado el Jutsu de Invocación de la Reencarnación del Mundo Impuro para revivir combatientes de ambos mundos; que contaban con un ejército de criaturas blancas, los Zetsus, con habilidades derivadas del Primer Hokage; y que estos estaban siendo producidos en masa usando el ADN de Yamato como catalizador.

Naruto y Aang se miraron sin detener el veloz paso. La desaparición de Yamato en la Isla Tortuga cobraba sentido.

—¡Entonces lo tienen! —exclamó Naruto, la preocupación vuelta rabia.

Shikaku continuó. Explicó que Naruto, como Jinchūriki del Kyūbi, poseía una habilidad única: la de sentir emociones negativas e intenciones malignas. Una habilidad que solo Mito Uzumaki, la predecesora de Kushina como hospedadora de la bestia, había manifestado antes. El muchacho recordó la extraña sensación que tuvo al descubrir a Kisame oculto dentro de Samehada. Ahora entendía por qué lo había detectado.

—Está bien. Entonces depende de mí.

—Sí. Madara necesita al Kyūbi, al Hachibi… y también al espíritu del Avatar. Quiere amplificar los efectos de su técnica.

—Sí, ya lo sabemos. No se preocupe, no nos atraparán tan fácilmente —afirmó el Uzumaki.

—Entonces, por favor, Naruto… no intentes razonar con él —advirtió. Conociéndolo, Shikaku se adelantó a la posibilidad de que quisiera dialogar con el enemigo—. No es como Pain. No está buscando la paz. Quiere el mundo para él solo. Una conversación sincera no logrará nada.

Naruto ya se había hecho a la idea de que las palabras no bastaban para cambiar a todas las personas. Con Nagato funcionó solo porque, por más que cometió errores, en el fondo sí quería la paz y guardaba cierto remordimiento por sus acciones. Madara, por el contrario, solo quería control, y había arrastrado a Sasuke a la oscuridad en su afán.

Aang intervino para resolver su duda.

—Señor Shikaku, nos dijeron que Madara necesita a los seres que habitan en nuestro interior para completar su plan, pero, ¿qué es lo que pretende?

Shikaku respondió sin rodeos.

—Madara pretende proyectar su Sharingan en la Luna. Todo aquel que la mire caerá bajo un genjutsu: el Tsukuyomi Infinito. Una ilusión de un mundo sin guerras, pero sabemos la verdad. Para lograrlo, necesita a los nueve Bijū. Ya tiene siete: solo faltan ustedes dos.

—Y por eso envió a los Zetsus disfrazados —dedujo Naruto con malestar, entendiendo que tanto daño fue causado con él como objetivo—. Para atraerme.

—Exacto. Sabía que eras el único capaz de detectarlos. Y aun con los riesgos, era nuestra única opción.

—¿Han podido averiguar dónde está Vaatu? —inquirió el Maestro Aire, consternado por el paradero del espíritu y porque pudiese estar causando caos junto a Madara.

—No, pero creemos que Madara no lo mantiene suelto, sino oculto en algún lugar. Puede que lo haya sellado para mantenerlo bajo control —sugirió el Jefe Estratega—. Según dice, él y tu espíritu nacieron de la energía de un Dios Árbol, similar al que dio origen al Diez Colas. Si Madara fusiona a los Bijū, a Vaatu y al Espíritu del Avatar, el genjutsu no solo afectará a quienes miren la Luna: adquirirá una escala global, eliminando los impedimentos que la noche y el día interponen en su jutsu. Creará una red de ilusión que cubrirá el mundo entero.

Hubo un silencio que no era falta de palabras. Nadie sabía cómo procesar lo que acababan de escuchar.

—Suena confuso y difícil de creer, lo sé. Pero Madara Uchiha tiene la reputación para respaldarlo. No lo subestimen.

Naruto bajó la mirada.

—Entonces… de eso se trata su plan.

Killer B quiso soltar un verso astuto, incluso un chiste para aligerar el ambiente, pero no encontró nada más que decir que: —Suena bastante jodido, si me lo preguntan.

—¡Exacto, así que no deben mostrar piedad! Eso también va para el Avatar —dijo Shikaku.

Aang se encogió al oír su nombre, como si ya supiera lo que venía.

—El Señor del Fuego Zuko nos ha dicho que tiendes a ser indulgente, y que eso está ligado a las creencias de tu nación. Como shinobi, no tengo derecho a decirte cuál es el mejor modo de obrar. Pero necesito que consideres esto: el enemigo que enfrentamos no es uno cualquiera. Apegarte a tus valores es loable; sin embargo, has de tener en cuenta que hemos perdido miles de vidas hasta ahora. Solo te pido que lo tengas presente cuando decidas tu postura en esta guerra.

Aang no respondió. No podía. Sintió un ardor en el pecho que le subió a la garganta como agua hirviendo. La palabra "miles" se le quedó clavada, recordándole su sensación de fracaso.

Sabía que Madara no era como Ozai. Era muchísimo más peligroso. No podía quitarle su poder ni convencerlo de renunciar a su plan. Ni siquiera estaba seguro de poder enfrentarlo solo.

Esta guerra no era como la anterior. No podía aplicar la misma lógica de su mundo. Los enemigos eran distintos. Las reglas, también.

¿Sería capaz de tomar una vida esta vez si se lo exigían? ¿Podría traicionar sus creencias?

Naruto y B lo percibieron, dirigiéndole miradas empáticas. El mismo Naruto siempre había preferido hablar antes que matar: lo hizo con Gaara, con Nagato. Lo intentó con Sasuke.

—Hablé con Madara una vez en el País del Hierro —dijo el ojiazul—. Le pregunté sobre los Uchiha… Conoce muy bien el odio. Fue a través de eso que usó a Nagato. Está alimentando el odio de Sasuke. ¡Sé que es un mal tipo!

—Así es. No lo mueve el odio; lo usa a su favor. Eso es lo que lo hace diferente a otros enemigos, así que debes tener cuidado.

—¡Sí! ¡Pase lo que pase, venceré a Madara y pondré fin a esta guerra!

—No sé sobre Kabuto… pero Madara es inmortal. Y los Edo Tensei también. Solo pueden ser detenidos si se les sella. Pueden regenerarse de cualquier ataque. Básicamente, estamos luchando contra un ejército de inmortales —finalizó Shikaku.

Naruto sonrió con una decisión que podía pasar por arrogancia.

—Es bueno saberlo. ¡En ese caso, no tendré que restringir mi poder!

En ese momento, un grupo de soldados se acercó. Killer B reconoció al líder: un ninja de su villa, llamado F. Iban rumbo al cuartel general. Pero a mitad de la oración, Naruto saltó y le dio un puntapié. Una vez cayó, se reveló como un Zetsu Blanco.

—¡Realmente puedes distinguirlos! —exclamó Aang, impresionado.

—Supongo que tendremos que dejárselo a Naruto. A los que él apunte, los corto en un minuto —dijo B, extrayendo dos espadas de las fundas en su espalda.

—¡Tú diriges, Naruto! —Aang giró su planeador y apuntó la punta hacia los oponentes.

—¡Son todos enemigos! ¡Vamos, chicos! ¡Rasenrangan(1)!

Naruto sacó un brazo de chakra de su espalda. Generó varios Rasengan, creando extremidades adicionales para sostenerlos y lanzándolos en distintas direcciones para impactar a múltiples enemigos. B cortó a varios con sus armas. Aang derribó a otros con una ola de aire comprimido en forma de media luna.

Naruto parecía estar probando todo su arsenal de habilidades. Siguió con el Rasenkyūgan(2). B notó algo extraño entonces: el Mokuton de los Zetsus reaccionaba a los ataques. Se convertían en plantas, como lo hizo la madera de Yamato en la cámara de entrenamiento. Árboles crecían donde caían.

Los Zetsus restantes se fusionaron. Formaron una amalgama deforme, con fauces de venus atrapamoscas. Naruto disparó un mini Rasen-shuriken con su dedo, cortándole una pierna. Luego, realizó el Kuchiyose: Yatai Kuzushi no Jutsu(3) para invocar una enorme rana que cayó del cielo y aplastó a la monstruosidad.

Aang se quedó mirando.

—¿No estará alardeando un poco? —suspiró con una sonrisa leve.

—Son los frutos del perfeccionamiento. ¡Todo gracias a mi entrenamiento, oh yeah! —se regodeó B.

—¡Dejaré a mis Clones de Sombra y a Gamahiro-san aquí! —les comunicó desde arriba—. ¡Iré a todos los campos de batalla al mismo tiempo!

Parado sobre la cabeza de la rana, hizo una cruz con los dedos.

¡Tajū Kage Bunshin no Jutsu(4)!

Muchas copias de él aparecieron en un estallido breve, dispersándose rumbo a cada frente de batalla.

—Menos mal que aceptó entrenarlo, señor B —rió Aang libremente.

—¡Es que soy el mejor instructor! ¡Después de mí, no hay nadie mejor! —el hombre de piel oscura levantó ambos pulgares y luego lanzó un golpe al aire, flexionando un brazo musculoso—. ¡Andando, que la guerra nos espera, estúpidos bastardos!

 


 

—Mifune y su equipo están en camino a la ubicación de la División de Ataque Sorpresa para prestar apoyo —informó Inoichi—. La Tercera División y sus refuerzos ya han sellado a los Siete Espadachines Ninja de la Niebla.

—Excelente —sonrió Shikaku, por primera vez en horas. Una victoria. Una real. —Llevamos bastantes revividos vencidos. ¡Con Naruto ya en el frente, podremos revertir la situación!

—Realizaste un buen diagnóstico, Shikaku —alabó Hakoda, soltando parte de la tensión que lo oprimía—. Ahora hay que esperar noticias del frente de la Cuarta División y de la Segunda de Caballería. Ahí se concentra el punto crucial.

—Hablando de Caballería… acaban de informarnos los nombres de los revividos contra los que lucha el Loto Blanco —añadió Inoichi. Todos se giraron, atentos—. El shinobi es Blue B, de Kumogakure.

—¡¿Blue B?! ¡¿Mi primo?! —exclamó el Raikage, con los ojos abiertos como platos y una indignación que arreciaba de ellos—. No puedo creerlo… Primero mi padre, y ahora…

—Ha de ser muy poderoso —dijo Hakoda, previendo las dificultades que podrían surgir—. ¿Qué hay de los demás, Inoichi?

—El samurái es Tatewaki, un rōnin(5). Sirvió al daimyō de Ko no Kuni, país que dejó de existir tras un ataque de Akatsuki. El Maestro Agua es Taqukaq. Pakku dice que fue maestro del Avatar Roku. Y el Maestro Fuego es el príncipe Lu Ten de la Nación del Fuego.

—¿El príncipe Lu Ten? —Hakoda se alzó con las manos en la mesa, conturbándose.

—¿Qué hay con él? —preguntó Shikaku.

—Era el hijo del general Iroh —respondió Hakoda, con un cuidado que delataba condolencia en lugar de preocupación táctica—. Fue su muerte lo que lo hizo abandonar el asedio de Ba Sing Se, aunque le costara la victoria a su nación en un momento decisivo de la guerra. Le afectó profundamente.

El Raikage apretó los dientes. Pensó en su padre y en Blue B. Lo que Kabuto estaba haciendo era más que invocar peones: estaba insultando la memoria de los fallecidos que vivía a través de sus seres queridos. Quiso entonces tenerlo en frente para repetir con él lo que había hecho con aquel Zetsu que apareció en la reunión de los Kage, pero se calmó sabiendo que habría tiempo para eso después.

—Ese maldito no tiene respeto ni por los muertos —gruñó.

—Cierto es —concordó Hakoda—. Todos son adversarios formidables. Pero confío en que nuestro equipo podrá enfrentarlos.

—Viendo lo bien que te has desempeñado hasta ahora, creo que podemos confiar en tu dictamen —dijo Tsunade con un leve asentimiento—. Lo que me preocupa son los equipos médicos. Tener infiltrados en el complejo médico es delicado. Pueden atacar a los heridos o hacerse pasar por ellos y asesinar a los sanadores sin que nadie lo note.

—Yo no me preocuparía tanto, Tsunade-sama. Sakura y Shizune están ahí —le recordó Shikaku. Ambas eran sus famosas aprendices, después de todo.

—Katara también —añadió Hakoda con seguridad; un dejo de gracia se le había cruzado al pensar en lo temperamental que su hija podía llegar a ser—. Sabrá poner orden y hacer entrar en razón a quien lo necesite. Está trabajando como la mano derecha de la señora Yagoda.

Tsunade suspiró, dejando caer la cabeza. Sabía que probablemente tenían razón y que estaba preocupándose de más, pero por su labor, siempre pensaba en las líneas médicas. Si colapsaban, todo el ejército lo haría.

Mabui, que había estado en silencio hasta entonces, alzó la voz.

—Si no le importa que le pregunte, Raikage-sama… ¿Cree que fue una buena idea enviar a los Jinchūriki y al Avatar?

Ante el cuestionamiento, A reflexionó sobre su encontronazo con ellos.

 


Al tratar de convencerlo de que los dejara irse, B le había dicho que la fuente de su poder no eran los Bijū, sino quienes eran; y que sus verdaderos seres tenían la luz del sol. Mencionó que Naruto tenía su propio sol dentro. O más bien, tenía dos.

Cuando A le preguntó al Uzumaki cuáles eran esos soles, él respondió sin dudar:

—¡Mi papá y mi mamá!

—¿El Cuarto Hokage y Kushina Uzumaki? Pero... los dos murieron cuando eras un bebé.

Naruto explicó que Minato había dejado parte de su chakra en el sello del Kyūbi. Apareció para ayudarlo cuando fue poseído por la bestia durante su lucha contra Pain, y permitió que pudiera encontrarse con Kushina al dominar el poder de Nueve Colas, sellando parte de su chakra dentro de él. Eso le permitió conocerlos.

A partir de lo que le contaron en esos encuentros, descubrió que el tipo enmascarado con el que Minato había luchado era Madara, lo que confirmaba que el Incidente del Kyūbi de hace dieciséis años había sido obra suya. El Cuarto Hokage había sellado al Kyūbi dentro de su hijo porque creía que era el único capaz de controlar su poder y usarlo para derrotar al Uchiha. Lo dejó todo en sus manos con confianza digna de un padre.

El Raikage había querido asegurarse de que tenía lo necesario para pelear antes de dejarlo ir. Lo atacó por última vez con total intención asesina. Naruto lo esquivó de la misma manera que el Relámpago Amarillo lo había hecho en el pasado, convirtiéndose en la segunda persona en poder evadir su golpe de súper velocidad.

—Tiene razón, Raikage. Un salvador no comete errores —dijo el rubio—. Tengo la sangre de mi padre, ¡así que no fallaré! ¡Él me enseñó a ser el salvador!

El salvador del que hablaba Jiraiya estaba vivo dentro de ese muchacho.

Los dejó ir al fin.


 

—B y Naruto ya me han demostrado su valía. En cuanto al Avatar…

Debía admitir que el chico tenía arrestos. Incluso aunque no lo atacó con su velocidad máxima, le sorprendió que tuviese la habilidad para igualarlo con el Aire Control. Lo juzgó demasiado rápido al verlo por primera vez. No creía que un simple mocoso fuese el mítico protagonista de esa leyenda. Creyó que las descripciones eran habladurías, pero demostró ser fuerte durante la batalla. Los otros líderes no les habían contado de esa capacidad suya de incrementar sus poderes al activar el Estado Avatar.

A captó en sus palabras su intención de no repetir sus errores. Lo que puso en duda fue su voluntad.

—Las Cuatro Naciones te llaman su "protector". Pero como tú mismo dices, no pudiste evitar la Guerra de los Cien Años, ni salvar a aquellos que debías proteger... ¡Vaya protector! ¿Cómo sabes que no volverá a pasar lo mismo? ¿Qué harás si te capturan? ¡Condenarás a ambos mundos a la perdición! ¡Cometerás el mismo error y perderás a tus seres queridos otra vez!

La cara de Aang lució como si le hubiera dado con la mano abierta. Pareció retraerse en su autopercibida insuficiencia.

—Es cierto que no estuve ahí para detener la guerra antes de que comenzara. Fue porque escapé de mis responsabilidades como Avatar que no pude salvar a nadie —admitió con aflicción—. Ni a mi pueblo, los Nómadas Aire, ni a las otras naciones. Cuando regresé, el daño parecía irreparable. Todo lo que hice fue culparme a mí mismo…

Pero así como lo inundó la tristeza de pronto, el fulgor de la resolución colmó sus ojos grises de golpe.

—Pero ahora estoy aquí. Y no dejaré que esta guerra se prolongue. No huiré, ni me esconderé. ¡Protegeré a este mundo, al mío y a sus gentes! Esa es mi misión. Esta vez, no dudaré en enfrentarme a cualquiera para cumplirla. No importa que sea espíritu, humano, shinobi o Maestro.

Su apasionada entrega a su deber lo persuadió, y su defensa de Naruto y B durante la pelea le demostró que su deseo de proteger a sus cercanos era genuino. Notó que él y los Jinchūriki habían formado una conexión durante su tiempo juntos; esa clase de vínculos que se fortalecían por los dolores compartidos aseguraba que harían lo que fuera para protegerse unos a los otros. Sus lazos le daban fuerza, no los seres que se alojaban en ellos. Saberlo logró brindarle a A una tranquilidad inesperada.

Habían hecho bien al dejarlos ir.

—Tiene toda mi confianza. Sé que sabrán cómo manejar las cosas —dijo él. Tsunade sonrió, adivinando lo que debió pasar por su mente en esos momentos de reflexión.

—Aunque se tardó en entenderlo, el hombretón obstinado —se chanceó ella—. Su hermano menor tuvo que meterle algo de sentido común a golpes.

Mabui nunca se hubiera imaginado que Killer B se opusiera a él en un enfrentamiento, y por modales tuvo que cubrirse la boca con la tabla sujetapapeles para no delatar su risa al imaginar a los dos forcejeando como hermanos traviesos.

—Encima que te pusiste en mi contra, ahora te burlas de mí, Hokage —refunfuñó él, no con la furia explosiva de antaño, sino con una ironía que rozaba la gracia sarcástica. Acabó por soltar una risa breve que se le entremezcló con un bufido y, con actitud fanfarrona, dijo: —¡A ver cómo se las arregla Madara contra esos tres!

Notes:

Pergaminos ocultos del Templo del Fuego

1. 螺旋乱丸, "Esferas Giratorias de Lucha".

2. 螺旋吸丸, "Esfera de Absorción Espiral".

3. 口寄せ・屋台崩しの術, "Invocación: Técnica del Destructor del Carro de Comida".

4. 多重影分身の術, Jutsu: Multiclones de Sombra.

5. En el Japón feudal, un rōnin era un samurái sin amo.

Chapter Text

Katara acababa de terminar de ayudar a curar a la última tanda de heridos que llegaba al recinto. Se le notaba agotada, con la espalda laxa, incapaz de mantener la postura cuidada de médico.

—Tal vez deberías descansar un poco —le sugirió Malina, Maestra Agua de la Tribu del Norte. Cuando la conoció durante el Proyecto de Reconstrucción del Sur, su control era, objetivamente hablando, mediocre. Ella misma lo admitía sin vergüenza y quería mejorar para proteger a los suyos. Antes de la actual guerra, Katara la entrenó en Agua Control sanadora en varias sesiones a lo largo del tiempo. Ahora curaba con precisión sobrada para ganarse un puesto en la división: la misma Yagoda la había puesto a prueba.

—No te preocupes por mí —dijo Katara, con una sonrisa leve. En verdad, las bolsas bajo sus ojos pesaban como bolas de hierro fundido. Pero no había tiempo. En el momento en que se sentara, podrían llegar veinte heridos más. —¿Y tú?

La de cabello rojizo tomó un huacal de madera donde había frascos que tintinearon ante el movimiento. Contenían hierbas medicinales y una variedad de preparados, como pomadas y polvos de sustancias machacadas. Lo depositó sobre la mesa para empezar a hurgar por algún producto hemostático.

—Todo bien. Aunque me preocupa tu padre —le dijo—. Hacer trabajo estratégico para todo el ejército debe ser estresante.

—Sí, también me preocupa. Pero confío en él. Es un gran líder. Sé que no flaqueará ante la presión.

—Eso es cierto —dijo Malina con tono suave, deteniendo la búsqueda momentáneamente para dirigirle una mirada conocedora—. Pero puedo sentir que algo te tiene intranquila.

Katara guardó silencio. La ingeniera había leído a través de ella. Suspiró, su expresión tornándose mustia por aquello que no quería decir. Apoyó la espalda baja contra el borde de la mesa, pensando en si debía simplemente ignorar el tema. Era algo que venía reconcomiéndole desde la conversación que tuvo con su hermano y Toph antes de que Aang partiera a la isla.

—De hecho… es por Aang.

—¿No está escondido junto con los ninjas que tienen dentro a las Bestias con Cola?

—No es eso. Es que… me siento mal por haberle mentido —confesó, agarrándose un brazo con inseguridad—. Cuando la Hokage le dijo que lo enviaría a la isla porque habían encontrado pistas de Vaatu allí… lo que, por supuesto, era un engaño… insistí en que fuera. Hemos oído cosas terribles sobre Madara y Akatsuki. Quería que estuviera a salvo en algún lugar donde no pudieran alcanzarlo. Pero... no puedo evitar sentir que se sentirá traicionado si se entera. Aunque fuera por su bien.

Malina colocó una mano en su espalda, dibujando círculos tranquilizadores.

—Él entenderá. Es un chico comprensivo, y te quiere mucho. Es natural que se moleste un poco si lo descubre, pero seguramente entenderá que lo hiciste porque te preocupas por él. Estoy segura de ello.

—Gracias, Malina. —Dibujó una sonrisa tenue. Sentía que, a pesar de tanto esfuerzo, Aang terminaría averiguándolo de un modo o de otro. Aun así, pasara lo que pasara, deseaba que pudiera mantener la calma suficiente como para no lanzarse al campo de batalla sin medir los riesgos.

En ese momento, Amai y Hakui —ninjas médicos de Kumogakure y Konohagakure respectivamente— venían discutiendo con volúmenes que llegaban a lo confrontativo. El joven le encasquetaba recriminaciones a causa del tratamiento que le había administrado a un paciente en estado crítico.

—¡Si está hipotenso, no tendrías que haberle dado un sedativo tan fuerte! ¡Lo va a empeorar!

—No fui yo quien se lo administró. Fue un error de equipo. Estábamos tratando de controlar demasiado el dolor, y el estrés nos jugó una mala pasada...

—¡Tú eres la líder de tu equipo! Eres tú quien debería monitorear las intervenciones. Lo correcto sería asumir tus culpas.

Malina interpuso una mano entre ambos, aproximándose para detener el conflicto.

—¿Qué pasa? Le estás gritando como si fuera tu esposa.

El castaño enrojeció de pronto, la rabia drenándosele como si la vergüenza arrancara un tapón. Amai se abochornó más por su exabrupto que por el comentario, dándose cuenta de cómo, sin querer, rompió su serenidad habitual por el agobio que le provocaba la compleja situación en el recinto.

—Ni a su esposa, ni a nadie le debería gritar así —repuso Katara. Odiaba esa creencia de que, por ser esposas, hermanas o hijas, los hombres tenían derecho a hablarles como quisieran. Fue al lado de Hakui y la tomó del brazo con delicadeza para acercarla un poco, notando que se había amilanado por el juicio de su compañero. Lucía tan frustrada que los ojos se le habían empañado con una rabia húmeda imposible de ignorar.

—No... No llores, Hakui. Lo siento. No debí hablarte de ese modo —se disculpó Amai atropelladamente, entrando en pánico.

—¿Qué sucedió? —le preguntó Katara a la joven con suavidad.

—La condición de uno de los que enfrentaron a Ameyuri Ringo es delicada. Presenta presión arterial baja... Sakura, la señora Yagoda y la señorita Shizune están observándolo.

Los cuatro se dirigieron a la tienda donde se hallaba el herido: un shinobi de Kumo llamado Kayui, que junto a Nurui realizó maniobras para atrapar a la revivida junto a compañeros de la Tercera División. Ambos quedaron incapacitados, pero Kayui estaba grave.

—¿Quizás sea un coágulo que bloquea la circulación? —sugirió Sakura. Notaba una de sus piernas más pálida de lo que era común, pero al palparla no estaba fría al tacto, como ocurre en la isquemia periférica.

—Los coágulos de sangre no suelen causar presión arterial baja a nivel sistémico —replicó Shizune. Echó una mirada a la ficha médica del paciente para corroborar los valores—. Y no tiene que ver con una afección... Puede ser shock por la aparición de una infección.

—Si así fuera, la habríamos detectado en el segundo chequeo. No presenta cambios físicos en ninguna de sus heridas —dijo Yagoda.

—¿Cuáles son los síntomas? —preguntó Katara, tocando el rostro del ninja con el dorso de la mano. Tenía la piel húmeda. En su abdomen expuesto había grandes áreas de hematomas.

—Mareo severo, tanto que apenas puede mantener los ojos abiertos. Sufre dolor abdominal. Tiene mucha sed, pero vomita todo lo que ingiere —detalló Shizune, pesarosa—. Tenemos que hacer otra prueba de sangre. Podríamos obtener imágenes, pero tomará un tiempo, y su estado sigue agravándose.

Katara extendió ambas manos sobre el desmayado, moviéndolas de arriba abajo en busca de irregularidades en el flujo de la energía. Sintió en los oídos el rugido de la sangre: el eco de su flujo laminar corriendo por las venas, generando un ruido que distaba de la suavidad silbante de un torrente normal, que Katara tendía a comparar con el canto del mar. El sonido era áspero, turbulento, como si chocara por dentro y se derramara con crudeza.

—Es sangrado interno —declaró ella. No era especulación; se notó en la confianza con que lo afirmaba.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Amai.

—Lo sentí. Está sangrando en lo profundo del abdomen. Es... en el bazo. Por eso ha pasado tanto tiempo sin síntomas mayores. Era una hemorragia lenta.

—Eso es... ¡Por eso se quejaba de dolor intenso en la parte superior izquierda! —Sakura se puso de pie de golpe, corriendo a buscar los implementos necesarios—. ¡Tenemos que hacer cirugía de inmediato! Una ruptura del bazo es potencialmente mortal.

—¡Pero su presión está demasiado baja para tolerar una cirugía mayor! Puede ser peligroso. ¿Qué tal si sus órganos vitales fallan? —repuso Amai.

—¡Morirá de todos modos si lo dejamos así por más tiempo!

Katara sudó frío. Había que actuar rápido. Con lo débil que estaba, podría no aguantar un procedimiento invasivo; incluso intentar detener el sangrado ligando los vasos podía presentarle problemas.

—¡Esperen! —exclamó cuando la idea la golpeó. No tuvo tiempo para dudar de sus propias acciones. Tenía que intentar lo que fuera. Llevó ambas palmas sobre la zona comprometida y, maniobrando con cuidado, bloqueó el flujo al estrechar los vasos sanguíneos.

Le tomó unos minutos, pero logró sellarlos. A sabiendas de que el exceso de sangrado podía saturar su sistema de drenaje de líquidos, resolvió extraer parte de la sangre que inundaba las cavidades. El resto, impactados hasta la parálisis, observaron cómo la arrancaba del interior de su cuerpo.

—Katara... ¿Puedes controlar la sangre? —dijo Sakura, con apenas voz.

Katara, con manos temblorosas como hojas al viento, guio la sangre hasta un recipiente que Yagoda le tendió cuando logró salir de su estupefacción. El líquido, denso y viscoso, cayó con un salpique audible contra la loza.

—¿Qué hiciste? —preguntó Hakui. Como los demás, no sabía qué procedimiento acababa de llevar a cabo, ya que lo hizo desde dentro. Necesitaban saber si Kayui estaba fuera de peligro.

—Detuve la hemorragia... y extraje parte del exceso de sangre. Pero aún tendrá más acumulada.

Ya tratado, el sangrado sanaría por sí solo si no existía un trastorno hemorrágico. Sin embargo, tenían que examinarlo de nuevo para asegurarse de que todo estuviera en orden. Shizune pidió ayuda a Hakui, Amai y Yagoda para moverlo al área de toma de exámenes, ya que podían tomarse más tiempo para realizar las muestras e imagenología si no estaba en riesgo inmediato.

Sakura se quedó con Katara al verla descompuesta.

—Katara, ¿qué tienes?

—Yo... Me prometí que no volvería a usar la Sangre Control otra vez —dijo con la voz hecha un hilillo.

Sangre Control... Así se llama la técnica, pensó Sakura. No sabía los motivos por los cuales había decidido prohibirse su uso, pero no podían ser más importantes que salvar una vida.

—¿Por qué? ¡Es una habilidad increíblemente valiosa! Puede ayudar mucho con los heridos, especialmente si sufren desangramientos o si la cirugía...

—No quería tener que usarla otra vez porque le estaría dando la razón a esa mujer. A... Hama. —Sentía los ojos arder con el recuerdo de aquel día de luna llena donde se convirtió en una Maestra Sangre, tal como ella pretendió moldearla. Hama la había forzado al rol de ser su sucesora en ese oscuro arte. Katara se negaba a replicarlo. No quería permitir que su odio viviera a través de ella en forma de legado—. No quería aprender Sangre Control. No quería un poder que me permitiera ingresar al cuerpo de otros para controlarlos a mi antojo, como Hama lo hacía. ¡Eso me vuelve igual que ella!

Sakura la tomó por los hombros con firmeza.

—No sé lo que esa mujer hizo, pero tú no eres así. Jamás usarías tu poder para manipular a otros, ¡lo usas para ayudarlos! Acabas de hacerlo con ese ninja de Kumo —insistió—. Lo mejor que puedes hacer para revertir el propósito con el que ella te enseñó esa técnica es usarla para lo contrario a lo que pretendió: para sanar. Para proteger. Piensa en lo que podrías hacer por la Alianza si la usas a tu favor.

Katara nunca se detuvo a pensar que la Sangre Control pudiera tener otro fin que no fuera apropiarse de la voluntad de las personas, porque era eso lo que Hama le había enseñado.

—Una vez que perfeccionas esta técnica, controlas lo que sea. O a quien sea. La elección no es tuya; el poder existe, y es tu deber usar los dones que se te han dado para ganar esta guerra.

La ojiazul cerró los ojos para ahogar el recuerdo.

—Tengo... tengo que pensar al respecto —murmuró.

Sakura asintió, decidiendo para sus adentros que, con el tiempo y con apoyo, ayudaría a la Maestra Agua a ver cuánto bien podía hacer para contrarrestar el mal que asociaba a su habilidad. Tomó la mano de Katara con ánimo para sacarla de ahí.

Katara se dejó llevar fuera, pero aunque hubiera querido, no pudo arrancarse la culpa de encima. La tienda quedó atrás, pero el peso seguía con ella, y sus ojos no pudieron evitar volver al cuenco: los restos oscuros de sangre la miraban como un recordatorio de lo que había hecho.

Los soldados que luchaban contra el Segundo Mizukage arrojaron un puñado de herramientas ninja hacia él, intentando clavarlo contra una roca. Como si nada, él se hizo a un lado. Las armas lo atravesaron sin dejarle un mísero rasguño.

Estaba empezando a molestarse. No porque lo atacaran, sino porque no entendían lo que les había explicado, una y otra vez, sobre el funcionamiento de su técnica.

—¡Como dije… es inútil atacar a este yo! ¡Sólo soy un espejismo! —exclamó por tal vez milésima ocasión, frustrado.

Los soldados estaban tan confundidos como él estaba harto.

—¡¿Entonces qué hacemos?!

—Primero que nada, derroten a la enorme almeja. Es la que crea el espejismo. Su concha es dura, así que van a tener que usar armas de gran escala o sellos explosivos —señaló con un dedo al Kuchiyose a unos metros de él.

En virtud de la indicación, comenzaron a atacar al molusco. Pero los ataques fueron inefectivos. La almeja volvió a aparecer, alejada más allá.

—¡Les he estado diciendo hasta el cansancio que esa almeja también es un espejismo! ¡Apunten a la verdadera, maldita sea!

Ni siquiera se habían dado cuenta de que la Ōhamaguri que atacaron no era real. Estaban más confundidos que antes.

—¡¿Pero dónde diablos está la verdadera?! —gritó un ninja de Sunagakure.

—¡Ya se los dije! ¡Busquen detrás de mí! ¡Se esconde camuflándose con el espejismo!

Un shinobi de Konoha lanzó una shuriken gigante en su dirección. Pasó por el cuerpo del Mizukage sin provocarle daño, como todos los ataques anteriores.

—… ¡YA LES DIJE QUE ES INÚTIL ATACAR A ESTE YO!

—Uh, no, en realidad estaba apuntando a la almeja detrás suya…

—¡ESA TAMBIÉN ES UN ESPEJISMO, IMBÉCIL!

—¡No entiendo nada!

—Esto empieza a ponerse ridículo —suspiró un soldado del Ejército de Fuego.

La almeja abrió su caparazón, exudando vapor por sus sifones. La niebla que produjo era densa, engañosa, casi táctil de lo concentrada. Un espejismo realista que impedía localizar con precisión su posición o la de su invocador.

—¡¿No hay, no sé, una forma de disipar la niebla o algo así?! —gritó un frustrado soldado raso del Reino Tierra.

—No. Desaparecerá cuando derrotemos a la verdadera almeja —respondió alguien de Kirigakure que se entendía en el tema; mas no lo suficiente como para reconocer la estrategia idónea para vencerla—. Lord Segundo era bien conocido por sus técnicas de genjutsu. Dudo que sea fácil encontrarlo, incluso si nos da directrices.

—Ni que las directrices del bigotes de alambre sean de mucha ayuda —comentó uno de la Nación del Fuego, dejándose caer sentado en el suelo.

—¡¿A quién llamas "bigotes de alambre", bastardo?! ¡Más les vale que no me provoquen o los voy a matar en vez de ayudarlos! —espetó Gengetsu, alzando el puño, furibundo.

Mientras eso ocurría, Temari y otros usuarios de Fūton luchaban contra el Tercer Raikage. Gaara se unió a Ōnoki para enfrentar a Mū, ya que podía determinar su ubicación cuando desaparecía mediante la arena sensorial. Zuko, por su parte, estaba ayudando a los que luchaban contra Gyatso. Entró en combate cuerpo a cuerpo con él.

El monje apagó una llama que Zuko acababa de arrojarle. Al dirigírsele, fue sereno, pero urgente.

—Joven Señor del Fuego… Sé que es difícil hablar en esta situación. Pero hay algunas cosas que necesito preguntarle —le dijo—. Se trata del estado actual del mundo… y del Avatar.

El Maestro Fuego saltó alto, esquivando una ráfaga de viento. Aterrizó apoyando su peso en una mano, girando con precisión.

—¿Qué necesita saber?

Gyatso lo observó con gravedad.

—¿Están realmente extintos los Nómadas Aire?

Zuko no intentó suavizar la verdad.

—Lamento decirle que... es así.

El golpe fue silencioso. El monje bajó la mirada, nivelando su emoción en un ceño triste. El pelinegro añadió con conmiseración que se filtraba en cada palabra sentida.

—De poco sirven las disculpas… pero siento mucho el daño que mi familia les causó. Si no fuera por su sed de poder, ustedes no habrían corrido ese destino.

Gyatso tardó en responder. La confirmación no lo sorprendió en demasía. Desde que escuchó a los demás expresar asombro por su presencia —por el hecho de que era un Maestro Aire— lo había temido. Lo que sí pareció tomarlo desprevenido fue la sinceridad del muchacho.

—No tiene por qué. Aunque el gesto lo honra —dijo al fin, esbozando una sonrisa agradecida.

Cuando murió defendiendo el Templo Aire del Sur, derribó a muchos soldados de la Nación del Fuego a costa de su propia vida. Mientras exhalaba su último aliento, comprendió que estaban condenados. Esperó que los otros templos evacuaran a tiempo. Pero dudaba que lo hubieran logrado. Seguramente fueron atacados todos al mismo tiempo para negarles una oportunidad de escape.

—No fue usted quien dio la orden de acabar con mi gente. Debo decir que me alegra que, por fin, la Nación del Fuego tenga un líder más comprensivo. ¿La guerra…?

—Se acabó. Al menos, en nuestro mundo. El Avatar Aang logró restablecer el equilibrio al derrotar al Señor del Fuego Ozai.

Gyatso se tensó.

—¿Pero cómo es posible que Aang todavía esté…?

—Estuvo congelado en un iceberg durante toda la guerra. Nunca fue encontrado, a pesar de los esfuerzos de mi bisabuelo. No sé los detalles, pero por eso sigue vivo.

Gyatso cerró los ojos. Tal vez sucedió después de que escapara del Templo Aire del Sur. La providencia lo había protegido.

—Es un alivio saberlo —dijo—. Temía que la Nación del Fuego lo atrapara. Solo sabía Aire Control cuando se fue… pero si derrotó al Señor del Fuego, debe haber dominado los cuatro elementos.

—De hecho, yo le enseñé Fuego Control —apostilló con humor ligero—. Aunque no sé si fui el mejor maestro.

—Yo era su guardián y mentor —dijo el monje en la suavidad de la remembranza—. Lo tenía en alta estima... ¿Dónde está ahora? Sé que el enemigo de esta guerra, el mismo que me ha invocado, está tratando de capturarlo.

—Está escondido en un lugar seguro junto a los Jinchūriki de las Bestias con Cola.

—Han de hacer todo lo posible para protegerlo. A él… y al Espíritu del Avatar.

—Cuente con ello.

Después del momento suspendido, el mundo volvió a rodar. Usando la distracción de la conversación, un Maestro Tierra lo atrapó desde abajo. Zuko reaccionó al instante.

—¡Equipo de Sellado, ahora!

Pero cuando se acercaron, Gyatso los voló con una explosión de aire. Cortó las rocas que lo contenían con una hoja de viento. Sosteniendo ambos brazos a los lados, succionó el aire, atrajo a varios hacia él y saltó sobre ellos, haciéndolos chocar entre sí.

—¡Por Yangchen, no hay forma de atraparlo! —gritó un Reino Tierra, frotándose la frente que acababa de estampar contra la de un shinobi.

—¡Continuemos! Incluso si es inmortal, no puede huir todo el tiempo. Eventualmente lo atraparemos —dijo Zuko, retomando su postura—. No podemos permitirnos perder.

Pakku intercambiaba golpes de agua con Taqukaq a una velocidad difícil de seguir con la mirada. El anciano bloqueaba muchos de sus ataques con un acierto que sorprendía al maestro del Avatar anterior. No pudo evitar verbalizar su admiración.

—Poseo el título de "maestro" al igual que usted, señor Taqukaq —replicó al halago, mientras congelaba uno de los brazos acuáticos que el otro había formado. Separó el extremo puntiagudo y lo dirigió hacia su oponente. Taqukaq lo esquivó con un giro fluido—. Es un honor conocer a un instructor tan respetado. A día de hoy, es considerado una leyenda en nuestra tribu.

Taqukaq creó múltiples brazos de agua que latiguearon el aire con fuerza.

—Nunca me ha interesado la gloria —dijo al fin—. ¿Cómo están las Tribus Agua? Lo último que supe fue que el Señor del Fuego Sozin planeaba un ataque total.

Pakku se deslizó por una rampa de hielo, buscando flanquearlo.

—Ese ataque se convirtió en la Guerra de los Cien Años.

Taqukaq combinó sus zarcillos en una sola esfera de agua y la lanzó con ímpetu. Pakku la redirigió, devolviéndola como un espejo. Lo básico del Agua Control: convertir la defensa en ofensiva. Volver la fuerza del enemigo contra él.

En aquel paisaje nevado, el agua abundaba. Y la memoria también.

—Pero se acabó. Aunque hubo pérdidas irrecuperables. Los Nómadas Aire fueron aniquilados. Y las Tribus del Sur… perdieron a todos sus Maestros Agua. El hijo de Sozin, Azulon, los atacó con el objetivo de eliminarlos por completo. Dentro de lo positivo, nuestras tribus han recuperado el contacto después de tantos años.

Un destello cruzó el rostro de Taqukaq. No fue rabia desbordada, sino ira contenida, apenas la justa para demostrar repudio.

—Sabía que tramaban algo, pero llegar a ese punto…

Su voz vaciló, pero no su postura.

—Realicé mucho espionaje encubierto para Roku. Escuché de los planes de expansión, la ambición de Sozin de convertir la Nación del Fuego en un imperio. Al principio eran rumores: disidencias políticas, campañas propagandísticas… Culparon a la Tribu Agua por disturbios espirituales tras la Cacería de Dragones —fue inventariando incidentes como exponiendo un anexo histórico—. Reclamaron territorios no disputados entre el Reino Tierra y la Nación del Fuego. Tomaron una isla sagrada para nuestras tribus. El Rey Tierra Jialun y el Jefe Skiri protestaron… pero nadie quiso iniciar una guerra.

Taqukaq bajó la mirada.

—Sozin solo se estaba tomando su tiempo.

—Desconfió de la Nación del Fuego. Y no se equivocó al hacerlo —convino Pakku con empatía, entendiendo su arrepentimiento por no haber actuado en función de sus recelos, que bien encaminados iban.

—Me tranquiliza, en cierta forma, que nuestras tribus se hayan unido —dijo Taqukaq—. La unidad es lo único que puede resistir el fuego del poder.

—La Nación del Fuego hizo más daño que bien en los últimos tiempos. Pero, aunque no lo crea, han cambiado sus costumbres —Pakku bajó sus brazos. El agua se calmó—. Hubo un tiempo en que hubiese preferido morir antes que trabajar con un Maestro Fuego. Pero mi involucramiento con cierto grupo me hizo comprender que el odio me nublaba, impidiéndome ver más allá de las barreras impuestas entre naciones. Muchos de ellos no estaban de acuerdo con las acciones de su líder... tal es el caso de mis compañeros de la Orden del Loto Blanco.

Taqukaq lo observó con atención, sin interrumpir.

—El sobrino de uno de ellos es el actual Señor del Fuego. Ha trabajado con el Avatar para devolver la paz y la estabilidad al mundo.

El otro tensionó la boca en una línea firme que no llegaba a ser sonrisa, pero sí aceptación.

—Entonces aún hay esperanza.

El revivido prosiguió, con voz serena, como si entregara su última voluntad:

—No discutiré si tu confianza en la Nación del Fuego está fuera de lugar. Creo que el destino del mundo debe ser decidido por las nuevas generaciones. Y si el Avatar logró detener la guerra, entonces es capaz de guiarnos hacia un buen futuro. Sin embargo… estoy siendo utilizado para destruir ese futuro. Has demostrado ser un hombre hábil y sabio. Así que deposito mi confianza en ti… para derrotarme.

No era una frase vacía. Taqukaq era conocido por su suspicacia. El Avatar Roku había vivido años en el Norte para ganarse su respeto. Si ahora decía que confiaba en él para vencerlo, lo decía de corazón.

—Entonces, honraré su confianza como corresponde —respondió Pakku, inclinando la cabeza con respeto.

En otro rincón del campo, dos figuras se medían en silencio. Entre ellos solo abundaba el sonido del viento entre las hojas y el roce de dos espadas que aún no se habían cruzado.

Piandao había guiado con éxito a su enemigo lejos de las fuerzas principales. Antes de empezar, identificó las dificultades advenedizas. Tatewaki no era un shinobi; era un samurái. Y aunque no usaba jutsus, su control de chakra era refinado. Lo destinaba a potenciar sus golpes, a crear cortes que parecían dividir el aire mismo. Esa era la información que pudieron brindarle desde el cuartel general.

—Eres de la tierra de los Maestros… pero no eres uno —señaló el rōnin, sin arrogancia.

Piandao no se inmutó. Había nacido de dos Maestros Fuego, prodigios en su arte. Al no manifestar habilidades de Control, fue abandonado en un orfanato. Nunca lo vio como una desventaja. Desde niño, la espada fue su lenguaje. Y con los años, se convirtió en el mejor espadachín y fabricante de espadas en la historia de la Nación del Fuego.

—Efectivamente, no lo soy —dijo, con el rostro humedecido por gruesas gotas de sudor que surgieron en la carrera—. Pero un No Maestro es tan capaz como un Maestro. Puede ganar la partida con la misma facilidad, sea contra un shinobi o un samurái. Solo hay que saber dónde asestar el golpe.

Tatewaki sonrió levemente.

—Bien dicho —respondió—. Considerando las reglas del duelo, sería apropiado intercambiar nuestros nombres. Soy Tatewaki, del País del Hierro.

—Piandao, de la Nación del Fuego.

Tatewaki bajó la cabeza.

—Piandao-dono… si tuviera otra opción, no me enfrentaría. Pero, como sabe, estoy siendo controlado por el enemigo. Preferiría que este encuentro tuviera un desenlace favorable para usted.

Piandao hizo una reverencia profunda.

—He escuchado muchas historias sobre los samuráis y su bushidō, basado en el honor y la lealtad. Nunca me he enfrentado a uno. Considérelo para mí un verdadero privilegio —se incorporó. Al desenvainarla, su espada brilló con el reflejo de la luz del atardecer—. Dejemos que nuestras espadas decidan cuál será el resultado.

 


 

El duelo entre padre e hijo era imparable. Lu Ten e Iroh se arrojaban llamaradas sin freno, cada una, una pregunta sin respuesta. El príncipe conocía muchas de las formas marciales de su padre —él mismo lo había entrenado—, pero advirtió que sus movimientos habían cambiado. Fluían con la suavidad del Agua Control y la firmeza de la Tierra Control, fluctuando entre ambos estilos con ligereza prodigiosa.

Sabía que Iroh había estudiado las Artes de Control para desarrollar el Rayo Control, pero nunca lo había visto incorporarlas en sus posturas. Cada gesto suyo parecía contener años de reflexión, mismos años que empezaban a pasarle la cuenta: la edad del exgeneral parecía pesarle. Jadeó tras evitar un ataque, su pecho subiendo y bajando sin descanso.

Lu Ten lo notó.

—¡Padre! —exclamó, viendo la incertidumbre en sus ojos. Entendió que no era la edad, sino su rechazo a lastimarlo—. ¡Por favor, no vaciles! ¡Ya estoy muerto!

Iroh reforzó su postura. Levantó los puños con mayor firmeza. Lu Ten sacó su dao —el mismo que su padre le había regalado al unirse al ejército— y lo prendió fuego. La hoja ardía, pero no se debilitaba. Estaba hecha de un material resistente, como su vínculo.

Se impulsó hacia él, balanceando el arma. Iroh la apartó con la palma, desviando su trayectoria. Siguieron así, el mayor retrocediendo paso a paso.

—¡Tienes que atacarme! ¡Dijiste que no te ibas a contener! —le gritó con un desespero que no creía haber mostrado nunca en batalla, ni siquiera cuando la vida se le iba, ni siquiera cuando tuvo a sus hombres encima, rogándole que no cerrara los ojos—. ¡No quiero lastimarte! No me hagas pasar por el dolor de hacerlo.

Iroh logró patearlo, ganando unos segundos. Se arrodilló en la hierba helada. Su rostro estaba desfigurado por la angustia.

—Lo siento, Lu —dijo, tembloroso—. Mi corazón no puede deshacerse del dolor… ni de la culpa que trajo tu muerte.

Nunca lo superó. Ningún padre podría. Después de su fallecimiento, vivió meses como un cascarón vacío, sin alma. El hombre que antes ardía por el poder se apagó por la pérdida. Y aunque ese dolor lo transformó, aunque le permitió ver los errores de su familia, no habría trocado la vida de su hijo por ninguna revelación.

—¿Culpa...? ¿Por qué? No fue culpa tuya —rebatió Lu Ten, estremecido—. Me hirieron cuando abriste una brecha en el Muro Exterior de Ba Sing Se. Sucumbí poco después. Trataron de escribirte, pero el caos afectó las comunicaciones. No había forma de que lo supieras, ni de que lo impidieras.

Iroh negó con la cabeza.

—Pero tu muerte aún me pesa. Soy el único responsable de haberte guiado a una empresa destinada al fracaso.

Lu Ten frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Iroh respiró hondo.

—Las enseñanzas de nuestra familia rigieron gran parte de mi vida. Y, en medida, las que yo te inculqué moldearon la tuya. Quise honrar los esfuerzos de guerra de mi padre y de mi abuelo. Eso me convirtió en general… y a ti en soldado. Sé que dirás que fue tu decisión alistarte. Pero estuvo influenciada por mi admiración por la guerra. Fue lo que te encaminó a tu muerte. Yo te crie así.

Lu Ten quiso protestar, pero Iroh lo acalló con ese gesto paternal, casi estricto, que usaba cuando su hijo no lo dejaba terminar.

—Te conté muchas veces sobre la visión que tuve en mi juventud... aquella que me mostró que capturaría Ba Sing Se. Actué en consecuencia y comencé el asedio. Tú quedaste atrapado en medio —su voz se quebró al final—. Lo cierto es que nunca se trató de conquistarla… sino de recuperarla.

La expresión de Lu Ten se congeló por la estupefacción.

—¿Entonces el asedio no tuvo éxito…?

Iroh no necesitó responder: sus ojos hablaban por él. Lu Ten se sintió contrariado. A su padre no parecía dolerle la derrota, por contundente que fuera.

—Pero… logramos atravesar uno de los muros… ¿Por qué…?

—Desistí —admitió sin remordimientos—. Después de que moriste, perdí las ganas de luchar. Muchos lo consideraron un gran fracaso. Yo también, en su momento. Pero años más tarde… entendí que esa derrota fue un regalo del destino.

El príncipe no pudo comprenderlo. ¿Cómo podía llamarla “regalo”? ¿Cómo podía encontrar redención en la rendición?

—Aunque padecí tu fallecimiento, me permitió ver la otra cara de la moneda —dijo Iroh, bajo pero inalterable—. Me llevó a cuestionar la educación bajo la que crecí y mi visión del mundo. Me di cuenta de que trabajar en el ejército y prepararme para convertirme en el Señor del Fuego no eran las aspiraciones más importantes en mi vida. Llegué a la conclusión de que nuestra idea de crear un imperio con nosotros a la cabeza no podía estar más equivocada.

Hizo una pausa, sondeando la reacción de su hijo en busca de antagonismo. No podría reprocharle a Lu Ten sentirse traicionado por sus palabras.

—Sé que puede que no lo entiendas. Tus creencias te fueron imbuidas desde la infancia. Las seguiste por amor a tu familia, a tu nación. Creíste de verdad que lo que hacíamos estaba bien. Pero el mundo ha cambiado. Y yo también —sonrió con el cariño enredado en la garganta—. Tal parece que también logré suscitar un cambio en mi sobrino. Y él… en la Nación del Fuego.

—¿Mi primo? —inquirió Lu Ten, incrédulo—. Espera… ¿El pequeño Zuko es el Señor del Fuego? Pero… ¿Cómo puede ser? ¡Tú eras el siguiente en la línea de sucesión! ¿Y qué pasó con el tío Ozai?

—Pasaron muchas cosas —respondió Iroh, con un suspiro que parecía arrastrar las cadenas del tiempo—. Enlutado por tu muerte y la de mi padre, no quise hacer valer mi primogenitura. Mi hermano aprovechó la oportunidad. Siguió el legado de nuestro padre hasta el final de su gobierno, que fue terminado por nada menos que el Avatar.

Lu Ten se mostró conmocionado porque el Maestro de los Cuatro Elementos hubiese regresado.

—Zuko terminó convirtiéndose en el Señor del Fuego. Y en un amigo cercano suyo. Juntos, están cambiando la historia sangrienta de nuestra nación, dando la bienvenida a una era de paz entre las naciones. Algunas personas han tenido problemas para aceptarlo, pero estamos avanzando.

Le tomó tiempo al reanimado ordenar sus pensamientos. Era demasiado. Su padre había abandonado su herencia. Su primo, un niño la última vez que lo vio, era ahora el líder de su nación, aliado del enemigo jurado de su familia. La Gran Guerra había terminado.

Toda esa información sacudía los cimientos de sus convicciones. Por su manera de hablar, sabía que su padre no quería que le diera la razón, solo que descansara sabiendo la verdad.

—… Has cambiado mucho —musitó Lu Ten—. Siempre te miré como un general imponente. Orgulloso de lo que mi abuelo y bisabuelo habían logrado. Ansioso de seguir el mismo camino. No… no estoy seguro de qué opinar.

Calló un minuto, pensando en cómo seguir.

—Pero sin importar eso… mi muerte no fue culpa tuya. No podías haberla predicho.

—Traté de convencerme de eso —su sonrisa se tornó triste—. Me alegraba que el cambio me permitiera ayudar a las personas. Me regaló sabiduría que pude compartir con quienes la necesitaban, como Zuko. Ayudé a muchos, pero... no pasó un día en el que no deseara haber podido ayudarte a ti.

El temblor en su pecho se volvió audible.

—Lo único que deseaba era volver a ver tu rostro. Tu sonrisa. Escucharte reír. Abrazarte fuerte, para nunca más soltarte.

—Padre...

—En ocasiones, me quedaba despierto por la noche, extrañándote. Recordando cómo solía jugar contigo cuando eras niño. Tus ojos. Tu nariz. Tus manos. Las recordaba con tanto detalle… que me era un suplicio pensar que nunca más las tendría frente a mí.

El amor de su padre lo conmovió hasta las lágrimas. Trató de contenerlas, inútilmente, al apretar la mandíbula.

—Añoraba poder vivir en mis memorias por la eternidad… pero tenía que seguir adelante. Al final, mi sueño se cumplió. Aunque fuera para los propósitos de Akatsuki.

De repente, el cuerpo de Lu Ten se movió en contra de su voluntad. Alzó la hoja de su espada sobre la cabeza de su padre. Estaba a punto de gritarle que se moviera.

Pero no hubo necesidad.

Iroh, creando desde su puño un chorro de fuego concentrado, perforó el pecho de Lu Ten. La llama abrasadora atravesó su armadura sin esfuerzo.

Lu Ten, que sostenía la espada llameante en alto, la dejó caer lentamente. Miró el rostro ceñudo de su padre… y sonrió.

Tiró la espada. La nieve la apagó.

Iroh lo atrapó, estrechándolo entre sus brazos. Su cuerpo temblaba por los hipidos reprimidos. Lu Ten apoyó la barbilla en su hombro.

—¡Vamos a sellarlo! —gritó un shinobi del Equipo de Sellado.

Fue detenido por otro.

—¡Mira!

El cuerpo del príncipe comenzaba a desvanecerse en una luz blanca.

—Me iré feliz de que mi muerte haya servido para algo —dijo Lu Ten. El eco de su voz quedó impreso en el aire y en el espíritu de su padre—. Ser revivido no fue tan malo después de todo. Se me cumplió lo que deseé en mi lecho de muerte… ser abrazado por mi padre una última vez.

Su alma ascendió, abandonando el cuerpo que había sido sacrificado para traerlo de vuelta.

Lu Ten se liberó del Edo Tensei.

Chapter 23

Notes:

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Chapter Text

Yamato entreabrió los ojos con dificultad, sintiendo el peso de su cuerpo suspendido, atrapado en un gigantesco árbol floreciente de ramas puntiagudas. Frente a él, el cuerpo artificial de Hashirama Senju era un recordatorio doloroso de que estaba siendo utilizado para potenciar los números del enemigo.

Vio una silueta acercarse por el rabillo del ojo, inclinándose ligeramente para verlo. Una muchacha de facciones finas, con las delgadas cejas enfurruñadas como si escrutara algo incomprensible a la simple vista de sus ojos de oro ambarado.

—Pobre tonto. No debe ni saber si sigue vivo —dijo ella, su voz arrastrando menosprecio. De lo poco que pudo distinguir de la chica antes de volver a perder la conciencia, Yamato dedujo que aquella debía ser la princesa Azula—. Ya veo cómo consiguieron producir todavía más de esas asquerosidades blancas.

Kabuto soltó una risa breve, sacando dos fichas de la tabla de control del jutsu del Mundo Impuro con la que manejaba su ejército de peones reanimados. Alzó las piezas sobre su palma, enseñándoselas a la pelinegra.

—El Sepulturero y tu bisabuelo fueron derrotados.

La noticia la tomó por sorpresa. Considerando las aclamadas habilidades de ambos, pensó que a la Alianza le costaría trabajo enfrentarlos.

—¿Por quiénes?

—La Maestra Tierra del grupo del Avatar… Toph, creo que se llama —dijo él—. El Señor del Fuego Sozin cayó a manos de tu hermano.

Azula no contuvo del todo su saña. No podía creer que Zuko, por sí solo, hubiera podido vencer a un Maestro Fuego del nivel de su bisabuelo. No porque guardara gran admiración por él, ni siquiera porque lo pensara invencible, sino porque eso quería decir que se había vuelto más fuerte de lo que era la última vez que se enfrentaron. Su hermano, quien creció siendo un debilucho, comandaba ahora un ejército aliado y combatía en igualdad contra una figura afamada por su poder e influencia sobre la Nación del Fuego, cuya derrota reivindicaba el deseo de Zuko de cambiar su historia; transformar a los suyos en, esencialmente, monigotes arrepentidos.

—Aunque la Alianza sufrió un golpe duro a causa del Sepulturero. Tres mil soldados enterrados vivos no es poca cosa. No te desanimes —añadió el hombre reptil, con un dejo burlesco insoslayable. Azula tomó las fichas de la mano de Kabuto.

—No me interesan las bajas de esta guerra sin sentido, ni las de tu bando ni las del otro —tras removerlas entre sus dedos, arrojó las piezas como si fueran trozos de basura—. Si Madara fuera más listo, se habría ahorrado todo esto para ir a buscar a los Jinchūriki y al Avatar él mismo.

—Incluso él tendría problemas para lograrlo. Naruto-kun y Killer B son oponentes de los que hay que cuidarse. Y, vistos los hechos, no me atrevería a subestimar al Avatar Aang.

—¿Qué tiene de "legendario" su poder, entonces? Al final va a resultar ser que todas esas historias sobre lo aterrador que es Madara Uchiha eran falsas.

Kabuto guardó un mutismo breve, pensando cómo frasear su respuesta sin revelar demasiado.

—Madara es un shinobi incomparable… quien es ahora, no sé qué tanto.

Azula no dijo nada, solo se cruzó de brazos. Pero en ese silencio, Kabuto adivinó que estaba tratando de desentrañar el enigma, y sintió —casi como una certeza— que no le tomaría mucho tiempo a la princesa darse cuenta de la verdad. Era una mente aguda, además de una colaboradora apta por méritos propios. Por lo mismo, sabía que no podía dar pasos en falso al tratar con ella.

—¿Revisaste el pergamino?

El ninja médico se empujó el marco de los lentes sobre el puente de la nariz, mirada clavada en el tablero sobre el suelo.

—Nuestro aliado es un hombre precavido. Usó un fūinjutsu especial que requiere una combinación específica de sellos para deshacerlo. Con un poco de esfuerzo, podría descifrarla —alzó la vista entonces—. ¿Qué piensas hacer cuando lo hayas liberado?

—Pensé que mis pretensiones no te importaban mientras desestabilizaran a Madara.

Era cierto. Kabuto había aceptado ayudarla con ese favor para boicotear al Uchiha, sospechando que, incluso finalizada la guerra, no le entregaría a Sasuke como habían acordado. Se estaba adelantando a la coyuntura de tener que hacer valer el trato por la fuerza, y pretendía ir a por él, pese a que Madara se lo había negado. Lo que Azula tramaba era la distracción perfecta que le permitiría llevar a cabo su plan sin sufrir las consecuencias.

—Tienes razón —concordó él, si bien solo para no despertarle recelos—. Lo estudiaré con detenimiento. No te preocupes, pronto lo tendrás en tus manos.

La División de Ataque Sorpresa y la División Guerrillera estaban siendo perseguidas por Chiyo, Kimimaro, Chūkichi y Hanzō; reanimaciones enviadas para reforzar al Escuadrón de Emboscada y Distracción, debilitado tras la liberación de Sasori y la captura de Deidara.

—¡No me importa si fue Akatsuki u Orochimaru! ¡Quienquiera que me haya reanimado se va a arrepentir! —gritó la Honorable Abuela de Sunagakure—. ¡Todo el mundo va a pensar que me estaba haciendo la muerta otra vez! ¡Qué vergüenza!

—¡Estoy tratando de concentrarme, así que cállate, vieja de las marionetas! —le espetó Hanzō.

—¡Tú cállate, cubrebocas!

Con un sello rápido, Hanzō invocó a Ibuse, su salamandra venenosa. El animal liberó, desde su boca, una niebla tóxica que cubrió el campo. Los miembros de las divisiones comenzaron a caer, entumecidos por la inhalación.

Hanzō fue directo por Kankurō. Su kusarigama voló hacia él, pero fue bloqueada por una espada antes del impacto.

—¿Lord Hanzō, supongo? —dijo el samurái, reconociendo a su antiguo oponente—. Mi nombre es Mifune, líder de los samuráis del País del Hierro. ¡Deseo luchar contigo!

Detrás de él venía la Quinta División, junto con los restantes de la División de Ataque Sorpresa y la Guerrillera. Kankurō les agradeció por la puntualidad y les informó sobre el veneno, a lo que uno de los samuráis le indicó que sus máscaras eran impermeables a gases tóxicos. Compartieron sus dispositivos con la Alianza para que se los colocaran, mientras parte del equipo se encargaba de evacuar a los afectados. El resto se preparó para el contraataque.

Los reanimados, dispersados por la aparición de Ibuse, reaparecieron.

—¡Señora Chiyo! —exclamó el joven titiritero.

—¡No he estado haciéndome la muerta! ¡Lo sabes, ¿verdad, Kankurō?!

—Ehh… ¿Sí?

—¡Qué bueno! Sobre Hanzō: controla una salamandra venenosa. ¡Lo sé porque lo enfrenté muchas veces en mi época! ¡Sé cómo inventar el antídoto! Solo le toma cinco minutos a esa salamandra producir más veneno.

Hanzō gruñó.

—¡Maldita bruja! ¡Deja de revelar mis secretos!

A continuación, ordenó a Ibuse que se escondiera bajo tierra.

Kimimaro cargó contra un samurái. Sus huesos sobresalientes perforaron la hoja infundida de chakra. Mak lo obligó a retroceder con una ráfaga de fuego.

—Se supone que esas cosas son sus huesos, ¿no? —dijo, saltando hacia Kankurō—. Usar partes de su esqueleto en combate es tan grotesco como insólito... al menos en mi mundo.

—Y no es broma —comentó el marionetista, con una risa seca que daba a entender que tampoco era de lo más normal para ellos. El Shikotsumyaku era un kekkei genkai del que se sabía poco—. ¡Tenemos que encontrar una manera de incapacitarlo!

—Está claro que los ataques físicos no servirán —dijo Chiyomatsu, uno de los samuráis, girando la empuñadura de su arma para afianzar el agarre—. Nuestras espadas no hacen nada contra sus huesos.

El General Mak miró el suelo a sus pies.

—Capitán Kankurō, el gas venenoso salió de la salamandra que se escondió bajo tierra, ¿no es así? —preguntó.

—Sí. Es la invocación de Hanzō. ¿Por qué?

—Solo para estar seguro. Necesitaré ayuda —se giró hacia su compañero—. Chiyomatsu, acompáñame. También necesito un sensor.

Chūkichi —otro de los resucitados— estaba cerca, oculto entre los árboles.

—¿Jugando al escondite, shinobi?

Una bola de fuego fue en su dirección. El shinobi la evadió, habiendo sentido ya la presencia del atacante al ser un tipo sensor. Solo estaba esperando a que hiciera el primer movimiento.

¡Suiton: Mizurappa!

El agua chocó con el fuego, elevando vapor. El Maestro Fuego se arrojó de lleno, lanzando una patada ígnea que fue bloqueada por un Chūkichi preparado para la batalla.

—Eres un tipo sensor, según Inteligencia. Puedes ver de dónde vengo incluso con el vapor —dijo Chey, tomando distancia—. El maestro Jeong Jeong dijo una vez que se deben ocultar las disposiciones... Solo así tu condición permanece en secreto. No hay mejor momento que este para probarlo.

En lo alto de los árboles, Chiyo manipulaba a los combatientes con sus hilos de chakra, forzándolos a atacarse entre sí. Hasta que sus movimientos se detuvieron por completo.

—Conque una marionetista… Yo también tengo experiencia fabricando títeres —dijo la anciana interventora, con ambas palmas en alto, sujetando a la reanimada con su Control.

—¿Qué es esto? No puedo… moverme…

—Si no fuera porque los miembros de mi tribu están necesitados, no estaría colaborando con esos Maestros Fuego —dijo Hama—. Puede que aun así vaya tras ellos… cuando acabe con los muertos vivientes.

Durante la primera semana de combates, las Divisiones Médicas se enfocaron en perfeccionar sus protocolos para tratar a los heridos. Las primeras jornadas habían sido caóticas: un proceso de acoplamiento enrevesado entre mundos con prácticas distintas. Con el paso de los días, aprendieron a colaborar, pero la llegada de los Zetsus Blancos complicó bastante las cosas.

Su infiltración desbarató los avances logrados. Como médicos, no podían mostrar recelo en el tratamiento de pacientes; como soldados, no podían bajar la guardia. Debían eliminar cualquier amenaza sin sembrar el pánico ni acusar a inocentes.

Desde el Equipo de Comunicaciones, Tsunade les pidió mantener la compostura. Su rol era vital para sostener al ejército. No obstante, la estabilidad de la cooperación se había deteriorado, mucho más que en los primeros cuatro días.

Shizune y Yagoda estaban consternadas, por lo que se reunieron con Sakura y Katara para discutir el problema. Ya que no había forma de diferenciar a los monstruos blancos, y no podían valerse de preguntas personales ni pruebas de chakra, estaban cortas de opciones.

—Pusimos seguridad adicional en las carpas y llevamos un registro de entradas y salidas —explicó Yagoda—. No es infalible, pero si alguien realiza movimientos extraños lo notaremos por la frecuencia con la que visita las tiendas. Tenemos personas específicas a cargo. Si desaparecen, activamos las alarmas.

—No hemos tenido incidentes desde hace dos días —dijo Shizune—. Pero eso no significa que estemos seguros. Podrían volver en cualquier momento. Hasta que el cuartel general nos dé nuevas indicaciones, cuídense del entorno.

La situación era intrincada. La solución, lejana. Ni siquiera los ninjas sensores podían ayudar: la replicación de señales de chakra era demasiado precisa. En definitiva, estaban a su suerte, solos en la resistencia.

La luz tenue de la tarde se cernía sobre el campamento. A su vez, Katara y Sakura retomaban sus funciones.

—Esto está empeorando —dijo Katara, con la voz baja de cansancio acumulado—. Todos están temerosos, con delirios de persecución. Me preocupa que el enemigo intente algo con los heridos. Algunos están tan delicados… no resistirían el más mínimo ataque.

—Creo que los Zetsus serán más cautelosos ahora —razonó Sakura con calma objetiva—. Saben que los hemos detectado. Probablemente se oculten hasta que bajemos la guardia; entonces volverán. Lo preocupante es que todavía no tengamos forma de distinguir a un aliado de un enemigo.

El Zetsu que tomó la forma de Neji fue tan convincente que ni mirándolo detenidamente notó la diferencia. Sakura lo desenmascaró solo porque habló de Tonton como si fuera una humana. El Neji real sabía perfectamente que era un cerdo. Aunque ya sospechaba de él por sus constantes visitas a la tienda.

—¡Oye, cerecita!

Ambas se giraron, alertas. El gritón estaba en un árbol, sentado en una rama con los pies colgando. Mordisqueaba una manzana, mirándolas con picardía.

Katara lo reconoció al instante. Soltó un jadeo sonoro de sorpresa, y Sakura, por instantes, hubiera creído que recibía un ataque.

—¡Tú!

Viendo su disposición —y especialmente recordando lo que aquel muchacho le había contado sobre el resentimiento que Katara guardaba hacia él—, la pelirrosa se giró de inmediato, lista para detenerla si intentaba atacarlo.

—¡Espera!

Katara la miró, confundida.

—¡Sí, escúchala! No estoy haciendo nada malo, lo juro —dijo el chico desde la rama, levantando las manos sin soltar la manzana—. …Ha pasado un tiempo, ¿no?

—Kinto… ¡¿Qué estás haciendo aquí?!

—Ayudar en la guerra, ¿qué más? —sonrió con esa expresión bobalicona que parecía diseñada para irritar a los demás. Katara soltó un resoplido airado, como si acabara de escuchar el peor chiste del día—. ¿De verdad crees que vine hasta acá solo para jugarles una broma? Eso sería demasiado esfuerzo.

—No me extrañaría. ¡Ya nos atacaste una vez como si fuera parte de un juego!

—Sé que fui un idiota en ese entonces, pero no vine a hacer daño. Lo digo en serio. Sakura, ¿puedes decirle algo?

La ojiverde lo fulminó con la mirada. No era como si lo conociera lo suficiente para defenderlo, pero tampoco le parecía un mal tipo. Y en medio de una guerra, eso ya era algo.

—Quizás deberías escucharlo, Katara —sugirió con tono apaciguador—. No sé todo lo que pasó entre ustedes, pero he hablado con él antes. Sus intenciones parecen buenas esta vez.

—No sé qué te habrá dicho para convencerte, ¡pero este bruto nos atacó de la nada solo por diversión! ¿Cómo podría confiar en alguien así?

—Pues... sí se comporta como un payaso —admitió Sakura.

Kinto se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.

—¡Qué cruel! ¿Así es como me describes ante los demás?

Sakura se tragó la irritación que le causaba el descaro de Kinto, solo por el bien de la mediación que trataba de instaurar. Rozó el antebrazo de la ojiazul con dedos despaciosos.

—Pero a pesar de eso, ¿crees que cruzaría un portal y se metería en una guerra solo por una jugarreta? Conoce los riesgos. No es solo la gente de su mundo ante la que debe responder. También estamos nosotros, los shinobi. No dejaríamos que se saliera con la suya.

Katara frunció el ceño, reconociendo que incluso alguien como Kinto no podría ser tan necio como para poner su vida en la línea solo por gastarles una de sus infames bromas. Aun así, no bajó la guardia.

—¿Cómo sé que no vas a intentar algo otra vez?

—Si quisiera, ya lo habría hecho —respondió él, encogiéndose de hombros—. Además, cualquiera puede confirmar que he estado luchando junto al ejército. ¡La última vez vencí como cincuenta de esas cosas blancas! Puede que me vuelva famoso cuando termine la guerra.

—Eso podría ser cierto… Vino a mi tienda el otro día con una herida en la mano —dijo Sakura.

Katara entrecerró los ojos, observándolo en silencio por minutos que se prolongaron. Acabó soltando un suspiro agotado, como si no tuviera fuerzas para seguir discutiendo; una resignación que no era conformidad, sino testamento de horas de duermevela.

—Si intentas algo —alzó un dedo amenazador—, no voy a tener compasión.

—No soñaría con hacerle daño a la Maestra Agua más reputada del Sur… O, bueno, la única Maestra Agua del Sur.

Su rabia se avivó de golpe, llevando a Kinto a unir las manos en disculpas, como un condenado pidiendo indulto.

—¡Está bien, lo siento! ¡No quise decir eso! Espíritus, los sureños no tienen sentido del humor.

O quizás era que el suyo era demasiado retorcido.

—¿Ah, sí? —replicó la morena con la voz endurecida de contención—. ¿Por qué no bajas para que te muestre cuánto buen humor tengo?

—¡No podemos pelear entre compañeros, somos médicos! —intervino Sakura, lista para retener físicamente a su amiga si hacía falta. No permitiría que la amonestaran por golpearlo, aunque el tipo se lo mereciera. Katara sabía que no podía hacerlo; solo quería liberar un poco de ira mediante una amenaza sin intención real.

—Cálmate, te prometo que voy a ser un buen chico, ¿de acuerdo? —dijo Kinto, sus ojos brillando de fingida inocencia—. Además, Sakura me va a vigilar y castigar si me porto mal, ¿verdad?

La mencionada se armó de fuerzas para no ser ella quien acabara dándole una tunda, y dijo a Katara:

—Hablaré con él. Adelántate.

Ella no protestó, puramente porque quería alejarse cuanto fuera posible de él. Sabía que, si se quedaba ahí más tiempo, terminaría salpicándole su estúpida sonrisa con una ráfaga de agua helada como témpano.

—Ten cuidado con él —dijo Katara antes de irse—. Sé que puedes defenderte si intenta algo astuto… pero es un Maestro Agua experto.

Sakura le aseguró que todo estaría bien. Katara le lanzó una última mirada a Kinto, le hizo una señal con la mano —como quien dice “te tengo en la mira”—, y él simplemente se despidió con una sonrisa y un gesto despreocupado.

—Bueno, eso podría haber sido peor —dijo él, bajando de la rama con agilidad—. Menos mal que estabas aquí. De lo contrario, habría sido capaz de clavarme una lanza de hielo en el pecho sin pestañear.

—¿Vas a decir que no te lo mereces? Les hiciste daño a ella y a sus amigos en el pasado.

—¿Tú tampoco crees que cambié? Oye, eso duele.

Sakura alzó una ceja. Le molestaba que actuara como si fueran viejos conocidos, cuando apenas habían cruzado palabras antes. No tenía ningún motivo para confiar en su palabra.

—Ni siquiera sé cómo eras antes. Apenas te conozco lo suficiente como para saber si has cambiado tanto como dices.

—¿Entonces estás interesada en conocerme... con mayor profundidad?

Sakura se quedó con la boca entreabierta.

—¡No quise decir…!

Kinto soltó una carcajada que se desarmó en una seguidilla de risillas.

—¡Estoy bromeando! —exclamó, doblándose sobre sí mismo por el dolor de estómago que le dio de desternillarse así—. ¡Pusiste una cara digna de retrato!

—¡N-No te burles de mí! —le gritó ella, el puño alzado temblándole de enojo—. ¡Ven aquí, a ver si te sigues riendo cuando te agarre!

—No puedes pegarme. Somos aliados, ¿recuerdas? ¿Y qué diría la gente si una médica golpeara a un miembro leal del ejército?

Sakura se obligó a relajarse, avergonzándose de sí misma por permitir que un comentario, simple por su frivolidad, la exaltara tan fácilmente.

—Así que… ¿cómo estás? —preguntó, cambiando de tono con brusquedad—. Escuché que fuiste atacada por un infiltrado.

Se sorprendió de que lo supiera.

—Ay, eso… Sí. Un enemigo se disfrazó como uno de los compañeros de mi aldea, pero lo descubrí y… —se detuvo de pronto, sin entender por qué estaba dándole explicaciones—. ¡¿Qué te importa eso?!

Kinto se divirtió con su reacción. Le dio un último bocado a la manzana y la tiró lejos, saltando al suelo con ligereza.

—Lo creas o no, no me gustaría que te lastimaran. ¿Quién me va a curar cuando esté en mi peor momento?

—Cualquier médico puede hacerlo.

—No creo que Katara. Podría matarme mientras estoy inconsciente.

—Qué exagerado.

—Yo creo que eres de las pocas personas capaces en este surtido de soldados necesitados de ducha —se inclinó un poco, cubriéndose la boca de un lado como si contara un secreto—. ¿Alguna vez has paseado por los campamentos? Huelen peor que un pescado zorrillo. Esos tipos no deben haber tocado una bañera en sus vidas.

La higiene y el saneamiento del campo en todos los frentes era una medida en la que se hacía especial hincapié. Las Divisiones Médicas insistían en mantener condiciones mínimas para evitar enfermedades no relacionadas con el combate. El suministro de agua era asegurado en los campamentos, y el estado de los alimentos enviados por la división de Fong se supervisaba constantemente.

A pesar de las medidas, en algunos casos, el olor corporal era un enemigo sin tregua. La gente se apartaba discretamente cuando los soldados pasaban cerca. Sakura podía justificar su descuido con la necesidad de estar alerta todo el tiempo. La higiene de los heridos, en cambio, era cuidada con esmero, dado que evitar infecciones era prioridad.

Algunos se arrojaban sin precaución a los ríos para lavarse, sin pensar en las bacterias del agua o la posibilidad latente de sufrir prurito del nadador. El comentario de Kinto la llevó a recordar una escena particular: dos ninjas, a medio vestir, llegaron al complejo con sanguijuelas colgando de la cara, los brazos y las piernas. Katara los regañó como si fueran niños. Y ellos, adultos curtidos, no se atrevieron a contestar a sus sermoneos, quedándose cabizbajos mientras la Maestra Agua les quitaba los anélidos. Los médicos alrededor, incluida Sakura, tuvieron que contener la risa.

Kinto notó su expresión divertida.

—Te hice sonreír.

Sakura bufó y miró hacia otro lado.

—No fuiste tú.

—Pero te hice recordar algo gracioso. Esa fue mi buena acción del día —dijo él—. Intenta tener cuidado para la próxima. Hablaba en serio cuando dije que no me gustaría verte lastimada, Kauk(1).

¿Ka… kauk?

El ojiazul se rio suave ante su intento de pronunciación.

—En la lengua de mi tribu, significa “frente”.

Le dio un papirotazo justo en esa zona. Sin agregar más, se marchó, dejándola igual de embobada que la vez anterior. Y sobándose la frente con rabia para borrarse la sensación del golpe, se fue a paso acelerado para ocultar su vergüenza.

Katara, por su parte, avanzaba hacia la tienda principal del complejo médico, con el ceño visiblemente fruncido. La aparición del bromista crónico de la Tribu Agua del Norte le había revuelto el estómago más de lo que quería admitir. Era consciente de que no era justo desquitarse con él; su enojo venía de otro lado. De la fatiga, de la culpa, de seguir ocultándole la verdad a Aang, que le pesaba más con cada día.

Sakura tenía razón: no tenía sentido arriesgarse tanto solo para perseguir al Equipo Avatar. Si quería ayudar, debía hacerlo desde la honestidad. Y si había perdonado a personas como Zuko, que en su momento les causó heridas más profundas, podía tratar de darle una oportunidad a Kinto.

El mismo se cruzó en su camino justo en ese momento.

—¿Ya terminaste de presentarle tu caso a Sakura? —se cruzó de brazos con una sonrisa ladeada, retadora. Él se la correspondió—. Conmigo no te será tan sencillo. Tienes que probarme con acciones que de verdad cambiaste, de lo contrario no…

No terminó la frase, porque tuvo que esquivar un latigazo de agua que la dejó escandalizada.

—¡“Cambiaste” mis polainas! ¡Sabía que no podía confiar en ti! —sacó su propia agua, lista para enfrentarlo. Pero un tercero apareció antes de que pudiera atacar.

¡Rasengan!

Una figura envuelta en llamas giratorias impactó al supuesto Kinto con una esfera de chakra. El Maestro Agua quedó enterrado en el suelo. La fuerza del golpe abrió un agujero bajo él.

Ese Kinto reveló ser un Zetsu Blanco que quedó agonizante, retorcido en el cráter.

Katara se quedó helada. Miró al chico que lo había derrotado. Él también la observaba, con curiosidad.

—¡Ey! ¡Yo te conozco! —dijo. En su hombro había aterrizado Momo, quien lo acompañaba, y asentía enérgicamente como para confirmárselo—. Eres Katara, ¿no? La novia de Aang.

Algo en él le resultaba familiar. Lo miró mejor, notando las marcas de bigote en sus mejillas, la bandana de Konoha.

—¡¿Naruto?! —prorrumpió en perplejidad. Se veía distinto, pero era él sin duda—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué te ves así?

—Es una larga historia —dijo, rascándose la nuca y dejando que Momo pasara por su brazo para saltar hacia el hombro de Katara—. En resumen, vine a ayudarlos con las criaturas blancas. Envié mis Clones de Sombra a cada división.

—El cuartel general no nos avisó nada… ¿Qué hay de Aang? ¿Sigue en la isla?

—Él, el viejo B y yo nos unimos a la guerra.

Katara palideció.

—¡Pero Madara…!

—Ya sabemos que va tras nosotros. Pero no podíamos quedarnos de brazos cruzados mientras ustedes pelean para protegernos. La abuela Tsunade y el Raikage lo aceptaron.

—¿Y si los capturan? ¿Qué pasará entonces? ¡Si Akatsuki se apodera de ustedes, será el fin! Si… si atrapan a Aang, yo…

Naruto le puso una mano en el brazo. Gesto firme, mirada resoluta.

—Oye, todo va a estar bien. Y no te preocupes por Aang. No dejaré que Madara se lo lleve. Ese sujeto no le pondrá la mano encima a ninguno de mis amigos.

Y declaró, con esa convicción que parecía incendiar el aire:

—¡Detendré esta guerra a toda costa, créelo!

Chiyomatsu, Mak, Zaji y varios miembros de la Quinta División corrían entre los árboles, evadiendo los proyectiles de hueso que silbaban en el aire. El último del clan Kaguya disparaba con puntería precisa su Teshi Sendan. Las balas óseas atravesaban armaduras samurái como si fueran papel mojado.

—¡Maldita sea! Zaji, ¡¿ya estamos cerca?! —gritó Chiyomatsu, jadeando.

—¡Sí, es justo…! —Zaji frenó en seco—. ¡Aquí!

Todos se detuvieron. Estaban a pocos metros del campo donde Mifune y Hanzō se enfrentaban.

—No sirve de nada huir —dijo Kimimaro, avanzando con calma—. El chakra de Lord Orochimaru se filtra por mi carne y mis huesos. No hay forma de que pueda perder.

—¡Eras un secuaz de ese traidor que intentó destruir nuestra aldea! —bramó Zaji, iracundo—. ¡¿Cómo puedes seguir a alguien así?!

Kimimaro lo miró con desdén.

—No sabes nada. Él me dio un propósito. Me otorgó una vida… y le dio sentido.

Por poseer la técnica más temida de su clan, fue encerrado, condenado a vivir en una jaula toda su vida. El patriarca solo lo liberó cuando decidieron atacar Kirigakure, buscando demostrar su ferocidad al mundo ninja. Le ordenaron que matara a todos los ninjas de la Niebla, que dejara que su instinto lo guiara. Pero él no era como ellos. No quería matar; solo quería ser útil.

En aquel entonces, se topó con Orochimaru, confundiéndolo con un ninja de la Niebla. El Sannin lo detuvo sin esfuerzo, pero no lo mató.

El clan fue masacrado. Kimimaro sobrevivió. Y después, Orochimaru volvió a encontrarlo.

—Tal vez, solo tal vez, no hay propósito en la vida. Pero si te quedas un poco más en este mundo, es posible que descubras algo valioso en él… como yo te descubrí una fatídica noche.

El calor de esa mano fue la única caricia que recibió en su vida, todo lo contrario al frío del piso de su jaula. Desde entonces, vivió para cumplir los sueños del Sannin. Estaba dispuesto a ofrecerle su cuerpo, a someterse al Fushi Tensei. La enfermedad que lo aquejaba se lo impidió, llevando a Orochimaru a elegir a Sasuke.

—Si no hubiera enfermado… aún podría haberle servido —lamentó Kimimaro. Parecía hablar consigo mismo—. Ese era mi fin. Mi propósito. Ahora que estoy aquí… por fin puedo volver a serle útil.

Mak dio un paso al frente.

—El propósito de la vida no es obedecer los deseos de otro, ni vivir como herramienta. Eres más que eso. Aunque supongo que no tiene sentido decírtelo ahora que estás muerto.

Chiyomatsu alzó su espada.

—Y es una pena tener que informártelo… ¡pero ya sobrepasaste tu vida útil!

Kimimaro se desató como una tormenta de huesos. Con su Yanagi no Mai, pinchaba a los soldados caídos, usándolos como trampolines para alcanzar nuevos blancos. Saltaba, giraba, cortaba en una danza siniestra.

Mak lo interceptó. Su dao bloqueó la espada ósea que emergía del brazo de Kimimaro. El sable se partió por la mitad bajo el peso del hueso irrompible.

Tenían razón… es muy sólida, pensó. Descartó la espada y rodó por el suelo, esquivando el siguiente corte.

Kimimaro lo persiguió con una ráfaga de estocadas. Una, otra, otra. A tal velocidad que el ojo apenas podía seguirlo. Era su Tsubaki no Mai: las puñaladas generaban imágenes secundarias, ilusiones de impacto en múltiples puntos, impredecibles y letales.

Una estocada alcanzó el hombro de Mak, estallándole en sangre. Chiyomatsu corrió en su ayuda.

Kimimaro amagó con otro hueso, afilado como una daga, aún sosteniendo el que perforaba la carne del Maestro Fuego.

El samurái levantó su espada. Pero en lugar de atacar, la clavó en el suelo, infundida con chakra.

—¡Muévete! —gritó Chiyomatsu, haciendo lo propio. Mak reaccionó sin cuestionar.

Desde las profundidades, Ibuse emergió. La tierra se abrió como una boca hambrienta. La salamandra gigante atrapó a Kimimaro entre sus fauces.

—Puede que los ataques físicos no basten, pero intenta escapar del efecto del veneno —sonrió Chiyomatsu tras el casco, de pie junto a Mak, que se arrodillaba entre resuellos.

Zaji se acercó con aire triunfal.

—¡Claro, si es que puedes moverte! —dijo, y le dio una palmada en la espalda a Mak. El golpe cayó justo sobre el hombro herido, haciéndolo gruñir de dolor—. ¡L-lo siento! —balbuceó Zaji, retrocediendo como si hubiera tocado lava.

Dentro de Ibuse, el veneno comenzaba a circular. La niebla tóxica se filtraba. Kimimaro se retorcía, atrapado en la oscuridad húmeda del interior de la salamandra. Su cuerpo, tan resistente, empezaba a fallar, pero su voz aún ardía.

—¡No puede ser…! ¡No puede terminar así! ¡No puede…!

Su grito se apagaba entre los vapores, como si el veneno fuera otra celda que no comprendía.

Mak observó en silencio. Pese a la herida, su mirada no abandonó al enemigo.

—No es que no fueras fuerte. Es que tu fuerza nunca fue tuya.

Chiyomatsu se cruzó de brazos.

—La lealtad ciega no es virtud. Es una venda que se disfraza de propósito.

Zaji se rascó la cabeza.

—Y además, amigo… ¡usar tus huesos como armas es una pésima estrategia de longevidad!

Mak y Chiyomatsu no dijeron nada, pero sus miradas bastaron para que entendiera el mensaje.

—... O eso digo yo.

El Equipo de Sellado llegó en ese momento, desplegando sus pergaminos. La figura de Kimimaro, ya inmóvil, comenzó a desvanecerse.

Zaji se giró hacia sus compañeros, desempolvándose las manos.

—Bueno, ya está hecho. ¿Quedan más esqueletos homicidas que vencer, o ya podemos irnos?

El Maestro Fuego suspiró. El samurái negó con la cabeza, ayudándolo a ponerse de pie, y juntos se alejaron del campo, dejando atrás el eco de una historia de propósitos inventados.

 


 

Chiyo bajó lentamente la mano, sus hilos de chakra recogiéndose como serpientes obedientes.

—Fabricar títeres no es lo mismo que entenderlos —dijo secamente—. ¿Sabes lo que más cuesta al crear una marioneta? No es el mecanismo. Es decidir qué parte de ti vas a sacrificar para que funcione.

Hama frunció el ceño. Sus palmas seguían en alto, preparada para controlar al cadáver reanimado como si fuera un títere de carne en cuanto amagara una ofensiva. No era el cuerpo de la kunoichi el que había manipulado por instantes, sino el del sacrificio utilizado para traerla de vuelta. De todos modos, la cantidad de sangre que poseía no le permitiría hacer mucho más.

—¿Y tú qué sacrificaste?

Chiyo sonrió, sin alegría. Un gesto que tensó los surcos nasogenianos en las comisuras de sus labios.

—Mi hijo, mi odio, mi tiempo… Y por poco, mi alma.

Hama bajó la mirada por un instante, pero no la postura. Mantuvo los dedos crispados como garras, uñas filosas como las de un ave rapaz preparada para arrancar piel.

—Yo también perdí a mi gente. A mi tribu. Mi fe… en todo y en todos —su voz descendió a una tonalidad lúgubre, cargada de una ponzoña mayor que el desprecio.

Chiyo dio un paso sobre la rama, sin romper el contacto visual. Las sandalias hicieron crujir la madera.

—Entonces no eres diferente a mí. Solo estás unos años atrás en el mismo camino.

Hama apretó los dientes. Su expresión se desfiguró con rabia liberada, acentuando las marcas que los años impíos dejaron en ella.

—No me interesa tu camino. Solo quiero que los míos sobrevivan.

Chiyo alzó la mano, los hilos bailando en sus dedos al compás de las hojas removidas por el viento.

Y el duelo comenzó.

Detrás de Hama, saltó un cadáver que se interpuso, movido por la sangre que todavía no se evaporaba. Era el cuerpo de uno de los samuráis caídos de la Quinta División.

—¿Así es como ayudas a los tuyos? —escupió la kunoichi—. ¿Usando los cuerpos de los muertos como escudos?

Hama no respondió. Sus ojos se ensombrecieron.

 


La nieve caía como ceniza.

Hama corría entre los iglús, su aliento congelado, sus manos temblando. Kanna gritaba su nombre. Un barco de la Nación del Fuego se alzaba en la costa, suspendido en hielo por su último acto de resistencia.

¡No te detengas, Hama! ¡Corre!

Pero ella no corrió. Se giró. Y luchó hasta que fue la última en pie.


 

—No sabes lo que es perderlo todo —gruñó Hama, los dedos tensándose junto al temblor de su garganta—. No sabes lo que es ser la última que queda.

El cadáver que Hama controlaba se lanzó hacia Chiyo con movimientos espasmódicos, como si la sangre misma pidiera ser sacada de su miseria. Ella lo esquivó con precisión milimétrica.

Cuando Hama cerró las manos, la sangre dentro del cuerpo se agitó. Con un gesto exacto, lo impulsó hacia Chiyo, maniobrándolo como una sombra líquida. Para detenerlo, lo asió con sus hilos de chakra en una guerra por el control.

—Sí lo sé —respondió—. Pero ser la última no significa que debas convertirte en verdugo.

 


La celda era seca. Muy seca.

Sus labios sangraban por la falta de humedad. Sus muñecas estaban encadenadas cada vez que le daban agua.

Los soldados reían. Uno de ellos la miraba demasiado. Otro la llamaba “bruja de hielo”.

Cada luna llena, ella sentía el poder. Cada luna llena, los elefantes rata se movían como títeres. Cada luna llena, su odio crecía.

Hasta que uno de los guardias caminó hacia su celda… y ella lo hizo caminar de vuelta con su propia sangre.


 

—¡¿Y tú crees que esa Alianza Elemental va a cambiar algo?! —gritó Hama—. ¡¿Crees que los Maestros Fuego no volverán a quemar todo a su paso?!

—No tengo esa certeza —Chiyo se detuvo; el cadáver la imitó como si también dudara—. Pero con los años, aprendí que el odio no construye puentes, solo prisiones.

Hama tembló. La sangre rugió como un mar en tormenta. Ella había estado en una de esas prisiones, pero ahora… era la carcelera.

—¿Sabes lo que es vivir encadenada por décadas? —gritó la Maestra, lanzando un hilo de agua comprimida en su dirección, pretendiendo atravesarla. Al liberar el control sobre el cadáver, Chiyo lo movió lo justo para escudarse—. ¿Sabes lo que es que te quiten el derecho a llorar porque ni lágrimas puedes sacar del aire?

—Sé lo que es perder a un hijo por culpa de una guerra que no pediste. Sé lo que es criar a un nieto que se convierte en monstruo… porque tú le enseñaste a serlo.

 


—¿Cuándo volverán papá y mamá? —preguntó Sasori una noche de luna llena, mientras Chiyo lo arropaba con esa sombra de duda en la mirada.

Ella ladeó la cabeza, mirando hacia el techo como si buscara una respuesta entre las vigas. En realidad, ya la sabía. La supo desde el primer día.

—Ya debe faltar muy poco —susurró, acariciándole el cabello mientras él se recostaba.

No tuvo el corazón para decirle la verdad. Era todavía pequeño, frágil. Y ella, demasiado cobarde.

Un tiempo después, queriendo animarlo, Chiyo le entregó su primera marioneta. Le prometió enseñarle el Kugutsu no Jutsu y que juntos podrían construir algo.

Sasori la miró con ojos vacíos.

—¿Y si hago una que se parezca a ellos?

Ella pensó que era una fantasía de niño. Su forma de jugar con la ausencia.

Hasta que lo vio con las marionetas que había tallado para parecerse a sus padres. Manejaba los hilos de chakra para hacerlos rodearlo con sus brazos en un abrazo frío, carente del calor humano.

Sasori no se movió. No sintió el afecto… No sintió nada, y dejó caer las marionetas. Inútiles. Inertes.

Ya se había dado cuenta de que ellos no volverían.

Más tarde, cuando Chiyo lo vio convertir cuerpos en títeres, no lo detuvo.

El día en que Sasori abandonó Sunagakure, dejó a Madre y Padre atrás.

Ya no los necesitaba.


 

Hama se detuvo por un instante.

—¿Y qué hiciste tú? —preguntó, sin entender del todo por qué—. ¿Qué… hiciste cuando perdiste a tu nieto?

Chiyo bajó la mirada.

—Esperé. Pero no debí esperar tanto. Cuando lo enfrenté… ya era tarde.

—Y aun así… —gruñó Hama—. ¿Por qué no odias? ¡También te lo arrebataron todo! ¿Cómo puedes ver aliados en quienes han causado tanto daño a los tuyos… a ti… en el pasado?

—Porque ya odié demasiado. Y no me sirvió de nada.

Los ojos de Hama se ensancharon. Por un instante, Chiyo se le apareció distinta. No como enemiga; como alguien que conocía.

Kanna.

El cadáver cayó al piso desde la altura. Hama estaba de pie, pero inmóvil. Chiyo, frente a ella, sin convocar hilos, esperaba con las manos abiertas.

El Equipo de Sellado aguardaba en los flancos, ocultos, con los pergaminos preparados y los cuerpos tensados, listos para saltar.

—Veo algo de mi Sasori en ti… en ese dolor que no sueltas. Pero el dolor nos convierte en marionetas de lo que fuimos.

Hama cayó de rodillas.

—Si el amor duele tanto como el odio… tal vez no estamos tan lejos de perdonarnos. —Chiyo se agachó frente a ella—. Yo no hice más que cosas malas toda mi vida. Pero conocí a un muchacho… un ninja de la aldea que por muchos años llamamos enemiga. Y gracias a él, pude morir teniendo esperanzas en el futuro.

Hama alzó la mirada. Sus ojos ya no tenían rabia ni odio. Solo un atisbo de algo que creyó haber perdido hacía décadas.

La esperanza.

Chiyo se incorporó lentamente.

—Si seguimos obrando como antes, no conseguiremos otra cosa que recordarnos los remordimientos del pasado. Y ya estamos algo viejas como para seguir guardando rencores como los niños, ¿no lo crees?

Le dio una sonrisa torcida. Imperfecta, improlija en los bordes, pero verdadera, como las heridas que no cicatrizan del todo, pero ya no sangran.

Notes:

Pergaminos ocultos del Templo del Fuego

1. ᖃᐅᖅ (kauk, qauq). Según el glosario Inuktut, "frente".

Chapter 24

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

—Muy bien, que nadie se mueva de su círculo.

Tres figuras quietas. Tres círculos de piedra marcados sobre el suelo. Tres pares de ojos que se miraban entre ellos.

Haru, Yuan y Hiryū. Dos Maestros Tierra. Un Maestro Agua. Separados del campamento de la Tercera División. Realizaban vigilancia rutinaria hasta que la conversación los llevó al pasado. Y el pasado, como suele pasar, los traicionó.

Durante la Gran Guerra, una mecánica llamada Lian —"La Fabricadora"— creó una máquina de guerra con habilidades elementales con el fin de reemplazar a los Maestros, a quienes detestaba y responsabilizaba por el conflicto mundial, pero aún consideraba sus poderes necesarios para vencer a la Nación del Fuego. Alimentó su creación con la ayuda de tres Maestros. Dos de ellos se encontraban ahí en ese momento: Yuan, Maestro Tierra y mejor amigo de Haru; e Hiryū, cazador de la Tribu Agua del Norte.

El Avatar los detuvo aquella vez. Y ahora, en una nueva guerra, estaban juntos otra vez.

Todo iba bien… Hasta que Yuan empezó a contar mal la historia. Detalles equivocados. Fechas mezcladas. Momentos que jamás ocurrieron.

—¿Seguro que eso pasó así? —preguntó Haru.

—Sí… creo. No sé. Han pasado tres años.

Las respuestas eran torpes, algo vagas. La sospecha creció hasta convertirse en disputa.

Haru tomó la decisión de separarse, vigilarse entre sí desde los círculos de piedra. Con los nervios a flor de piel, esperaban que Yuan se delatara... de algún modo. Él, mientras tanto, se estaba empezando a impacientar.

—¿De verdad vamos a pasarnos la noche entera parados y mirándonos por esa tonta idea que se les metió en la cabeza? ¡Ya les dije que no soy un infiltrado! ¡Créanme!

—Sabes que no es tan sencillo, Yuan… Si es que realmente eres Yuan —dijo Hiryū, sin mover un músculo. —Los Zetsus Blancos pueden copiar el aspecto y la voz. No sirve de nada que nos pidas creerte.

—Tengo una idea —interrumpió Haru—. Te haré una pregunta… ¿Cómo se llama mi papá?

—Tyro.

—... Acertó.

—¡No seas tonto! —lo regañó Hiryū—. Ya nos dijeron que no usáramos las preguntas personales. El enemigo puede haber recolectado información.

—Oh…

No había mucho que pudieran hacer. Solo esperar, observar y aguardar a que Yuan los atacara. Pero no lo hacía. Eso era aún más inquietante.

—¡Oigan, amigos! ¿Qué están…?

Los tres giraron al mismo tiempo. Y allí, frente a ellos, estaba otro Hiryū idéntico, de pie fuera de los círculos.

—¡¿Pero qué...?! —exclamó el Hiryū dentro del círculo.

—¡¿Quién eres tú?! —gritó el otro Hiryū.

—¡Eso mismo te pregunto yo!

—No puede ser… ¿Dos Hiryū? —Haru giraba la cabeza de uno al otro. —¿No eres tú? —señaló al del círculo.

—¡¿Por qué sospechas del que ha estado con ustedes toda la tarde, en vez del que acaba de llegar?!

—¿Cómo se supone que sepamos quién de los dos es el real? —preguntó Yuan, nervioso.

—¡No sé qué está pasando, pero ese no soy yo, chicos! —dijo el recién llegado. —¡No le crean!

—¡No, no le crean a él! ¡Es obvio que es el impostor!

—¡Haru! ¿Qué hacemos?

—¡No lo sé!

El griterío fue interrumpido por el ritmo de pasos nuevos. Eran Might Guy y Rock Lee, que patrullaban cerca.

—Guy-sensei, ¿escucha ese ruido?

Las voces agresivas los guiaron. Al llegar, los puños se alzaron hacia ambos.

—Son los shinobi —advirtió Haru. Bajó las manos, pero no del todo.

—Ey, ey, ¿qué está pasando aquí? —preguntó Guy, con sus pobladas cejas como antenas crispadas en alerta.

—¡Es un infiltrado! —gritaron ambos Hiryū a la vez, apuntándose con el dedo entre sí.

Lee, consternado, se inclinó hacia su maestro.

—¿Qué hacemos? ¿Alertamos a Kakashi-sensei?

Guy se llevó un dedo a la barbilla, pensativo. Su serenidad generaba una discordancia curiosa, considerando la situación.

—Siempre se evitan los métodos directos… Pero a veces, la justicia requiere puños. —dibujó una sonrisa en la que el blanco de sus dientes pareció relumbrar—. Escucha bien, Lee. Debemos ser imparciales. ¡Así que golpearemos a ambos al mismo tiempo!

—¡Bien pensado, como era de esperarse de Guy-sensei!

—¡Es una idea terrible! —gritó el Hiryū dentro del círculo.

—¡Un puñetazo suyo podría matarme! —dijo el de afuera.

—Puede que no sea la mejor idea —murmuró Yuan. Recordaba el Konoha Tsumuji Senpū(1) y el montón de cuerpos artificiales que salieron disparados con la técnica. No creía que Hiryū pudiera soportarlo.

—¡Bien, aquí vamos! ¡Prepárense, muchachos! —dijo Guy, ignorándolos por completo.

—¡Espere un minuto! —gritó Haru, alarmado.

Un destello cruzó el aire.

El falso Hiryū cayó. Su cuerpo se volvió blanco, revelándolo como impostor. Su pecho, quemado por un Rasengan.

Los Maestros quedaron enmudecidos. El verdadero Hiryū, fuera del círculo, jadeaba de la agitación.

—¡Les dije que era yo! —gritó—. ¡Les perdí el rastro cuando fueron a orinar! ¡Llevo media hora buscándolos!

—Ese Zetsu… realmente podría habernos matado —murmuró Yuan, horrorizado—. Pasamos horas con él.

—¿Ese es… Naruto-kun? —preguntó Rock Lee, estupefacto, vertiendo su atención sobre la figura amarilla y flameante que había descendido entre ellos.

—¡Son ustedes, Cejotas y Súper Cejotas-sensei! —sonrió el Uzumaki, feliz de verlos—. Estoy ayudando en todos los frentes a vencer a las cosas blancas.

—¿Enviaste Clones de Sombra? —inquirió Guy. Naruto asintió.

—Se suponía que debías permanecer escondido —dijo Lee, confundido.

—Ese era el plan original. Pero las cosas cambiaron —se irguió como si hubiera percibido algo anómalo en el aire—. Siento otras presencias en el campamento principal. Me adelantaré. ¡Los veré allá!

Y desapareció en un parpadeo.

—¡Eso sí fue rápido! —admiró Hiryū.

—Increíble… —Guy se cruzó de brazos. Naruto le había recordado, por un momento, a otro shinobi de cabello rubio con velocidad incomparable. Uno muy famoso. —¿Cómo se llamaba…? Bah, qué más da. Seguramente no era tan importante.

La juventud no debía preocuparse por los nombres más que por las acciones.

—Itachi… ¿Cuánto sabías realmente sobre Akatsuki?

Nagato Uzumaki e Itachi Uchiha avanzaban lentamente. Uno caminaba. El otro era arrastrado por la voluntad del primero.

Itachi sostenía a Nagato, cuyo cuerpo, incluso revivido, seguía demacrado. Los receptores negros(2) incrustados en su espalda, vestigios de su vínculo con la Estatua Demoníaca, lo condenaban a una movilidad rota. La muerte no había borrado sus heridas, solo las había congelado.

—Pensé que sabía más que tú… —murmuró Itachi.

—…Pero al final, fuimos dos shinobi utilizados por sus poderosas técnicas oculares. Y lo estamos siendo otra vez, por el usuario de este jutsu.

Itachi guardó silencio. Las palabras de Nagato eran como ceniza en la lengua: verdaderas y amargas.

Ambos habían perseguido la paz. Ambos habían muerto por ella. Sus cuerpos helados, esclavizados, caminaban para destruir lo que quedaba de ese sueño.

—Pain… Con tu Rinnegan de los Seis Caminos y mi Mangekyō Sharingan, podríamos haber hecho cualquier cosa.

Si tan solo hubieran descubierto los planes de Madara antes. Si tan solo hubieran confiado.

Pero lo hecho, hecho estaba.

—El usuario del jutsu planea usar mi genjutsu cuando sea el momento adecuado —dijo Itachi, sin emoción.

—Siempre has estado envuelto en la oscuridad… Incluso cuando eras parte de Akatsuki —respondió Nagato.

Y esa oscuridad, pensó, no era solo de Itachi. Era de todos. Madara los había usado como piezas. Corrompió la organización nacida del sueño de Yahiko para transformar los ideales en armas. Ellos, ciegos, obedecieron.

Al menos había podido encontrar el arrepentimiento al final del camino gracias a su condiscípulo, quien creyó en los ideales de su maestro hasta el final, reteniéndolos en su corazón a pesar de que el dolor y el odio a su alrededor intentaron quebrarlo. Las enseñanzas de Jiraiya, a quien el propio Nagato había dado muerte, seguían vivas en él.

Cerró los ojos. Recordó a Konan. A Yahiko. La pequeña casa en Amegakure. Los días de lluvia. Las risas que alguna vez existieron.

Y recordó las palabras que le dijo a su maestro. Las que inspiraron su primer libro.

"Paz… no sé cómo llegar a ella… pero… pero algún día romperé la maldición. ¡Si existe la paz, la encontraré!"

Pero no la encontró. Enloquecido por el dolor de la muerte de su amigo, la distorsionó. La ensució. Fue Naruto quien la limpió.

Naruto... ¿Dónde estará ahora?

No sabía cuánto tiempo había pasado desde su muerte. Pero si él estaba aquí, revivido, entonces Itachi también debía llevar tiempo fallecido. Y si Tobi tomó el control de Akatsuki… Konan debió enfrentarlo.

Nagato apretó los ojos. La punzada fue más fuerte que cualquier corte.

En eso también le falló a Yahiko. No fue capaz de protegerla.

Los búhos cantaban en aquella noche ventosa. Sus voces se mezclaban con el susurro de las hojas, la naturaleza atenta.

Caminaban desde hacía dos días sin pausa, sin destino claro, obedeciendo el comando del lanzador de la técnica. Los había hecho evadir al enemigo con precisión inquietante. A Nagato no le gustaba que se estuviera tomando su tiempo en enviarlos a pelear. Fuera lo que fuera que estuviese planeando, temía lo que los obligara a hacer.

—¿Qué estará pasando? —murmuró, mirando la luna brillante. Otro día se iba. Otro paso sin sentido. —¿Por qué el invocador se toma tantas molestias en evitar que nos encontremos con el enemigo? ¿Acaso no va a usar tu genjutsu?

Itachi se sentó junto a él sobre unas rocas. Apoyó una mano en su rodilla doblada, su mirada fija en la nada.

—Es de noche. Llegó a un estancamiento. No nos usará enseguida para romper el silencio. Madara tiene algo más bajo la manga.

El hecho de que los hubieran invocado tan tarde en la guerra decía mucho. Madara estaba recurriendo a sus mejores piezas porque sus últimos ataques habían fallado. La balanza se inclinaba en su contra. Quería decir que su bando —el de Konoha— se mantenía en pie.

—Este jutsu de Reanimación es obra del nuevo aliado de Madara —dijo Nagato. —No figuraba en sus planes originales... ¿Será eso?

—Probablemente —respondió Itachi.

Sabían que no podía ser cosa de Orochimaru, quien era el único capaz de usar la técnica además del difunto Segundo Hokage. Itachi se había encargado personalmente de acabar con él. Naturalmente, tenía que ser su alumno y cómplice, Kabuto Yakushi, el que estaba manipulándolos. Que fuera capaz de realizar la Resurrección del Mundo Impuro con tanta facilidad demostraba que sus habilidades rivalizaban con las del Sannin serpiente.

Itachi lo había sellado con la Espada Totsuka(3) durante su enfrentamiento con Sasuke. Creyó que su influencia sobre su hermano y la aldea acabaría ahí. Lo había visto desaparecer. Pero su legado seguía vivo.

Pensó en su hermano, en la aldea, en las decisiones que tomó y en las que no pudo tomar.

¿Habría logrado algo con sus últimos actos? ¿O solo entretuvo esperanzas falsas todo el tiempo?

Divagando en ese tren de pensamiento, con la luna como testigo y los búhos como coro, Itachi se mantuvo a la espera.

Sabía que las órdenes llegarían. Y cuando lo hicieran, no habría vuelta atrás.

 


 

—¡Oigan!

Los Jinchūriki y el Avatar se detuvieron. Aterrizaron sobre las ramas con agilidad, girando al unísono. La voz les era familiar.

—Es brother Motoi —dijo B, reconociéndolo al instante.

El hombre los alcanzó, exhalando con cansancio. Apoyó las manos en las rodillas, recuperando el aliento.

—Viajan muy rápido…

—No nos hemos visto desde que dejamos la isla. ¿Qué está haciendo aquí? —preguntó Naruto.

—Estaba patrullando por los alrededores. Me ordenaron que les ayudara si hacía falta.

—Agradecemos su asistencia —dijo Aang con una leve sonrisa. Pero se desvaneció al hacer la siguiente pregunta, con una inflexión que revelaba preocupación: —¿Sabe cómo van las cosas en el campo de batalla?

Motoi se enderezó, su rostro volviéndose más serio.

—La mayoría de los frentes están en alto el fuego por ahora. El cuartel general cree que Akatsuki está preparando algo grande. Debe ser la calma antes de la tormenta. Sea lo que sea… se avecina pronto.

El trío intercambió miradas. Ellos también lo presentían.

—Ya que brother Motoi llegó, tomemos un descanso. Voy a hacer pis y los alcanzo —canturreó B, saltando del árbol con su habitual despreocupación.

—¡Oye! ¡No podemos estar perdiendo el tiempo! ¡Tu vejiga puede soportar! —gritó Naruto, indignado.

Pero B ya se había ido. Aang suspiró.

—No creo que tarde. Además, quiero hacerle algunas preguntas al señor Motoi.

Naruto levantó una ceja.

—¿Sobre qué?

—Sobre los revividos.

Motoi asintió.

—Puedo responder lo que necesiten. Me uní a la guerra más tarde, pero estoy al tanto de lo que ha pasado.

—Como decía, las cosas están más tranquilas ahora… —continuó el chūnin. —Pero los primeros días fueron brutales. Akatsuki lanzó sus ataques más pesados desde el inicio. Tal vez ya lo sepan, pero están usando la técnica prohibida del Segundo Hokage: la Resurrección del Mundo Impuro. Reviven a personas poderosas de nuestro mundo. Y también del tuyo, Avatar.

—Cierto, el viejo Shikaku dijo eso —recordó Naruto, rascándose la sien. Luego, como si algo le golpeara de repente: —Ese espíritu del que hablan, Aang… Madara también lo quiere para su plan, ¿no?

—Sí. Aunque nunca pensé que querría usar a Vaatu para eso —Aang bajó la mirada. —Volviendo al Edo Tensei… No puedo creer que les sea posible resucitar a otros. Jugar con la vida y la muerte de esa manera…

No estaba sorprendido de que Madara lo hiciera, pero sí de que hubiera una técnica que lo permitiera.

—Tío Motoi, ¿sabe a quiénes revivieron? —preguntó Naruto.

—Bueno… han sido muchos. Varios ya fueron sellados. Como los Siete Espadachines de la Niebla.

Naruto se tensó.

—¿Cómo? ¡Espere! ¡¿Revivieron a Zabuza?!

—De hecho, sí. Fue uno de los nombres que más resonaron en el frente.

—¡Deben haber revivido a Haku también! —exclamó Naruto, disgustado. —Eso… Es como insultar su sacrificio. ¡Tenemos que detener ese jutsu!

—También han aparecido grandes nombres de tu mundo, Avatar Aang. Escuché que el Señor del Fuego Sozin apareció en el frente de la Cuarta División.

—¡¿Sozin?! —Aang quedó boquiabierto. El hombre que instigó la Gran Guerra. El mejor amigo de Roku, bisabuelo de Zuko, resurgido de su tumba.

—Pero parece que el Señor del Fuego Zuko lo derrotó.

Aang soltó el aire que había estado reteniendo con alivio amargo. Se preguntó si fue una batalla dura para su amigo. Qué palabras se habrían cruzado entre ellos.

—También apareció un hombre conocido en el Reino Tierra como el "Sepulturero del Paso Zhulu". Jianzhu. Afortunadamente, él también fue sellado.

—No lo conozco, pero… me suena familiar —dijo Aang. El nombre flotaba en su memoria como una sombra sin rostro.

—Fue bastante problemático. Lamentablemente, nos causó muchas pérdidas.

Cada vez que les hablaban de muertos, de frentes, de técnicas prohibidas, el peso de la guerra se volvía insoportable. Una guerra que no debería estar ocurriendo. Una guerra que, si hubieran podido detener antes, no habría dejado miles de víctimas por velar.

Killer B iba camino a reunirse con los demás cuando Gyūki comentó:

Esa fue una larga. —le dijo a modo de reproche—. ¿No deberías darte prisa en volver con Naruto y Aang antes de que se vayan sin ti?

—En eso estoy, ¡en serio tenía que mear, o si no, iba a reventar!

¡Deja de perder el tiempo rapeando y apúrate!

Lo que no sabía era que estaba siendo espiado. Un grupo de Zetsus Blancos seguía su huella, refocilándose por ser los primeros en encontrar a los Jinchūriki y al Avatar. Pero justo cuando iban a emboscar al Ocho Colas, la Reanimación que Kabuto había destinado para enfrentarlo hizo su aparición.

¡B! ¡Ese es…! —dijo el Hachibi en su interior. Él también lo había reconocido.

—Cuánto tiempo, B.

Era Blue B. O lo que quedaba de él.

—¿Eres una reanimación? —preguntó Killer B, sin bajar la guardia.

—Me temo que sí —respondió. Su frente se arrugó ligeramente cuando captó el poder que manaba de él. —Siento un chakra en ti… Es el del Hachibi, ¿no es así? Te convertiste en un Jinchūriki, después de todo.

Tal como imaginó que sucedería cuando lo conoció de niño, temiendo el precio que tendría que pagar por ese puesto.

Blue B había expresado su preocupación por el futuro de Killer B muchas veces. Sabía lo que significaba ser un Jinchūriki y lo que dolía. Toda su vida había soportado la soledad, el rechazo, la exclusión. Ser contenedor del Hachibi no era un honor. Era una condena.

Por eso, Blue B se entregó al miedo. Perdió la voluntad de vivir, rindiéndose ante la bestia.

 


Blue B se sentó junto al fuego. A su lado, el hijo del Tercer Raikage. A lo lejos, Killer B dormía enredado en una cobija, roncando como solo un niño puede hacerlo, en su despreocupación inocente.

Es probable que después de mí, ese niño se vuelva Jinchūriki del Ocho Colas —dijo Blue, mirando la figura dormida. —¿Los líderes no te han hablado al respecto?

No, aún no —respondió A.

Escucha, como tu primo, debo…

Viendo que de la nada asumía una actitud tan seria, le palmeó la espalda amistosamente.

¡Vamos! Has mantenido al Ocho Colas bajo control hasta ahora, así que…

¡Escúchame!

El tono lo detuvo. A lo miró, consternado.

Me preocupa lo que Killer B tenga que pasar cuando me reemplace. Solo un Jinchūriki puede entender de lo que hablo. Cuando te conviertes en uno, tus amigos y conocidos empiezan a tratarte distinto. Se apartan. Te alejan. Puede que nieguen estar haciéndolo… pero lo notas. —apretó los puños sobre sus muslos. Te encaminas en una senda oscura llena de miedo, de soledad, perseguido por la sombra de la muerte. Te extravías y pierdes de vista quién eres. Todo eso crea un agujero en tu corazón. La Bestia con Cola aguarda para abalanzarse sobre ese corazón débil y desenfrenarse.

Pero… tú tienes talento natural para el ninjutsu. —dijo A—. Tienes habilidad. Un gran linaje. ¡Lo tienes todo!

Ese es el mismo razonamiento que usaron al escogerme como Jinchūriki. Pero eso no es lo esencial.

Entonces… ¿Qué es?

Blue miró el fuego. Las llamas bailaban como si le dieran la razón.

Tener algo con lo que llenar el agujero de tu corazón.

A giró la cabeza. Miró a su hermano, que dormía despatarrado, dando ronquidos bajos y atropellados con la calma del chiquillo que era. Una calma frágil que podía romperse en cualquier momento.

Blue notó cómo la mandíbula de su sobrino se tensaba. El miedo lo había alcanzado.

—… ¿Qué es ese "algo"?

Algo que te puede dar fuerza, si lo encuentras. Ayuda a B a encontrar ese "algo".


 

¿Habrás encontrado ese "algo", B?  Blue se preguntó. Su cuerpo ya comenzaba a moverse en contra de su voluntad.

—Maldición… No puedo controlarme. ¡Corre!

—¡Si el Ocho Colas ya no está dentro de ti, no puedes luchar contra mí!

—¡Te equivocas! —rebatió, tomándolo por sorpresa. —¡Fuera, ahora!

Su cuerpo se rodeó de una capa de chakra rojo oscuro, casi negra. La forma humanoide del Ocho Colas emergió. Gyūki y Killer B quedaron atónitos.

—¿Pero cómo? ¿Kabuto logró obtener el chakra del Ocho Colas a través de la reanimación? —dijo uno de los Zetsus desde su escondite.

—Si es así… ¿Por qué molestarse en atrapar al Ocho Colas? ¡Podría sellar a este en la estatua! —dijo otro.

El primero lo miró con ojos entrecerrados.

—Eso significa que Kabuto solo está jugando. Si realmente quisiera ayudar a Madara, ya habría usado ese chakra. No tiene intención de seguir el plan… está usando la guerra para sus propios fines. Como siempre, las serpientes nunca luchan por nadie más que por sí mismas...

Blue comenzó a generar una Bijūdama en su boca, como un agujero negro que succionaba el viento.

¡B, aléjate! —le gritó Gyūki.

Killer B corrió en dirección contraria. La bomba atrapó a los Zetsus Blancos que estaban cerca. Samehada emergió, devorando el chakra de la Bijūdama antes de que pudiera alcanzarlo, creciendo en tamaño al hacerlo.

—¡Ahora es mi turno! —exclamó Killer B, cubriéndose con su propio manto del Ocho Colas.

Naruto sintió los chakras desde su posición.

—¿Sentiste eso? —preguntó Aang. Él también los había captado. Era capaz de rastrear a Naruto y B por la poderosa sensación que emitían sus bestias. No sabía por qué. Quizás era el Espíritu del Avatar. Quizá otra cosa. Todavía le era un misterio, aunque estaba acostumbrado a sentir presencias espirituales. Pero hasta donde sabía, los Bijū no eran exactamente eso.

—Sí. Es el chakra del Tío Pulpo… Pero hay otro igual al suyo. —En ese momento, Naruto recordó haber sentido el chakra del Nueve Colas en otro lugar, cuando estaban en el Templo de la Bestia con Cola. Le había parecido que venía del campo de batalla, pero lo desestimó. —¡Iré a ver qué pasa!

—Voy contigo —dijo Aang. Después, a Motoi: —Es más seguro que espere aquí.

—No. Yo también iré. Me encargaron ayudar en todo lo que pudiera, y eso es lo que haré.

El monje asintió. Los tres corrieron hacia la ubicación de B, encontrándose con los dos contrincantes transformados en la segunda versión de sus Formas Jinchūriki, un enorme cráter dividiéndolos.

—¡Viejo B! ¿Qué está pasando? ¿Quién es ese? —dijo el rubio.

—Es Blue B, amigo —replicó él—. El pasado Jinchūriki del Hachibi, revivido.

—¿Blue B? Entonces es él... —Masculló Motoi. —. Él es el Jinchūriki que perdió el control y causó la muerte de mi padre y ocho ninjas de nuestra aldea.

Era la historia que les había contado a Naruto, Aang y Yamato.

A través de su transformación, el resucitado le habló.

—Eres Motoi, ¿verdad? —inquirió. No hacía falta que le contestara; Blue B recordaba bien su rostro a pesar de haberlo conocido cuando él era un niño. —. Lamento oír tu pérdida, aunque sé que las disculpas no lo traerán de vuelta.

Motoi se puso rígido. No esperaba escuchar una disculpa de él.

Es verdad, ese incidente… Pero, ¿por qué no recuerdo casi nada de eso? —dijo el Hachibi.

—¿Cómo es que está él aquí? ¿Es un Edo Tensei? —dijo Aang.

—Debe ser eso. —dijo Naruto, tomando nota de las características físicas que lo diferenciaban de un enemigo cualquiera—. Aun así, ¿cómo tiene el chakra del Ocho Colas si el viejo B es el Jinchūriki ahora?

Lo mismo me gustaría saber. Cuando moriste, me separé de ti.

—Hace tiempo que no te veo, Hachibi. —Lo saludó Blue B, aunque desilusionado. —. Pensar que nos encontraríamos en estas circunstancias...

Yo también estoy decepcionado. Tenía grandes esperanzas en ti.

Blue y Killer B corrieron el uno hacia el otro y la fuerza de su colisión envió una poderosa ráfaga por el lugar. Aang alzó un muro de tierra para protegerse junto a Naruto y a Motoi.

—¡¿Tanta fuerza de sólo chocar entre sí?! —dijo Motoi—. ¡Si siguieran así, fácilmente podrían volar todo el bosque!

El Avatar bajó el muro cuando el estrépito se calmó.

—Nos engañaron por completo. —dijo Blue B.

¿Quién?

—Tu desenfreno de hace treinta años fue orquestado por alguien... Por uno de los Ninjas Legendarios de Konoha, Orochimaru.

—¡¿Por Orochimaru?! —exclamó Naruto, espantado. El nombre bastó para revolverle el estómago.

 


Una noche sin descanso de luna llena, Blue B sintió que alguien lo estaba observando desde afuera de su dormitorio. Pese a que eso lo inquietó, se convenció de que era su imaginación jugándole una mala pasada; en noches como esa, era común para él andar alterado y más cauteloso de sus alrededores que de costumbre, esperando el instante en que la bestia tratara de apoderarse de él.

Su doctor le había recetado nuevas pastillas para dormir, las cuales, según le dijo, eran mejores que las anteriores. Tras ingerir una, fue a acostarse. Nada fuera de lo normal había pasado hasta ese momento, pero luego…

Yo llenaré tu corazón.

Abrió los ojos de golpe para encontrarse a un ninja de su aldea encima. Le tapó la boca antes de que pudiera gritar y se quitó la máscara para revelar su verdadera identidad. Blue se removió en la cama, tratando de liberarse.

Es inútil. La medicación que tomaste era en realidad mi píldora especial de genjutsu.

¡Tú! ¿Por qué…? —luchó con voz amortiguada.

La vida es difícil para ti, ¿no? Bien, te libraré del dolor y el sufrimiento de ser un Jinchūriki y te guiaré de vuelta del mundo de los muertos.

Orochimaru activó la llave para liberar el sello que retenía a la bestia.

¡Sal, Ocho Colas!

Cuando el Hachibi emergió, los ninjas de Kumo se apresuraron a contenerlo. A cortó uno de sus cuernos durante el enfrentamiento y Orochimaru aprovechó para conseguir su material raspándolo con una cuchilla. Así, cultivó las células del Bijū en su laboratorio, mismas que serían utilizadas para revivir a Blue B.


 

Así que eso fue lo que pasó… Con razón no podía recordarlo, es porque yo también estaba atrapado en el genjutsu de Orochimaru.

—Entonces el verdadero responsable fue Orochimaru... —dijo Motoi. Todo ese tiempo pensó en Blue B como el responsable del fallecimiento de su padre por no haber podido domar al Ocho Colas. Lo odió por algo que escapó de su poder.

—¡Esa serpiente de pacotilla! —bramó Naruto, con los puños apretados hasta doler. No había nombre para lo que era Orochimaru.

—¿Quién es? —preguntó Aang, sin perder la calma.

—Era un ninja de Konoha. Solía ser compañero de la abuela Tsunade y de Ero Sennin —explicó Naruto entre dientes. —¡Él tiene la culpa de que Sasuke se fuera de la aldea hace tres años!

—También fue la mente maestra detrás del Desplome de Konoha(4) —añadió Motoi, con el ceño fruncido. Aquel suceso había sido, en su tiempo, un escándalo que recorrió el mundo shinobi—. Murieron el Cuarto Kazekage y el Tercer Hokage. Tiene sentido que fuera él quien estuvo tirando de los hilos todo este tiempo… Ese desgraciado…

Naruto trató de respirar lento. La última vez que enfrentó a Orochimaru y Kabuto en el Puente Tenchi, exigiendo que devolvieran a Sasuke, se llenó de tanto odio que perdió el control del Kyūbi. Liberó cuatro colas. Su juicio se nubló, llevándolo a lastimar a Sakura sin darse cuenta. Si bien ahora estaba en sus cabales y podía dominar a la bestia, no quería volver a dejarse arrastrar por la furia. No dejaría que alguien como ese Sannin renegado perturbara su temple.

Aang lo observaba. Nunca había oído hablar de Orochimaru, pero considerando sus atrocidades, no le extrañaba que Naruto estuviera tan molesto. Le sorprendía que hubiera sido camarada de la Quinta Hokage y del maestro de Naruto. No pudo evitar preguntarse: ¿Qué lo llevó a abandonar la aldea? ¿Qué cambió tanto en él como para querer destruirla?

El monje comprendió entonces que, si Orochimaru había sido responsable de que Sasuke se marchara de la aldea, era porque había sabido manipular su oscuridad mejor que nadie. Habiendo caído él mismo en esa misma sombra, podía convencer a otro de seguirla con facilidad.

Blue B les gritó que se apartaran antes de que resultaran heridos, pero Killer B estaba seguro de que podía enfrentarlo. Disparó una Bijūdama, resultando un ataque inútil. El Edo Tensei permitía a los cuerpos regenerarse como si nada.

—¡La única forma de detener un cuerpo reanimado es sellándolo! —gritó Blue B.

—¿Cómo hacemos eso? —preguntó Aang.

—Necesitaríamos un Fūinjutsu lo suficientemente resistente… y tener dónde sellarlo —dijo Motoi. —En las divisiones, el Equipo de Sellado se encarga de eso. Pero aquí…

—¡Hachibi y yo nos ocuparemos! ¡Vayan a proteger a Motoi más lejos! —dijo Killer B, con decisión.

—¡Pero…! —protestó Naruto.

—Brother Blue B tenía un hueco en el corazón que no pudo llenar —insistió el rapero. —Pero de eso yo me voy a encargar.

—¿Un hueco en el corazón? —Naruto lo miró, parpadeando un par de veces. Algo pareció hacer clic en su mente. —Ya entiendo... ¡Bien! Dejemos que él se ocupe.

—¿Seguro que estará bien? —preguntó el Avatar.

—No te preocupes. Sabrá qué hacer. Esto es cosa de Jinchūrikis.

—¡Busquen refugio! —gritó Blue B. Iba a lanzar una rápida sucesión de bombas. Aang actuó al instante, levantando una plataforma de roca debajo de ellos y usándola como transporte para salir del área y ponerse a una distancia segura.

Killer B echó a correr, las bombas pisándole los talones, explotando de vez en cuando, destruyendo el terreno hasta volverlo aplanado. El alcance del impacto de las Bijūdama era enorme.

—Mi papá luchó valientemente contra tipos como ellos… —susurró Motoi, enterrando los dedos en la piedra. —¿Y yo qué hago aquí, escondido como un cobarde?

Saltó de entre los arbustos, directo hacia el reanimado. Naruto y Aang le gritaron que regresara.

—¡Lo atraeré, tú corre, B! —gritó Motoi. Killer B frenó en seco.

—¡Detente, vuelve a cubrirte!

Motoi lo ignoró. Colocó ambas manos en el suelo.

¡Raiton: Amigumo!(5)

Una telaraña de rayos se extendió por el piso, electrocutando a Blue B, prácticamente sin efecto. El otro lo atacó con una garra, mandándolo a rodar por el suelo.

Naruto apareció justo a tiempo para atraparlo.

—¡Motoi-san! ¿Está bien?

El hombre asintió débilmente. Killer B se lanzó contra Blue B, empujándolo lejos de sus compañeros.

—¡Les dije que huyeran! —rugió Blue.

—¡No me vas a ganar! ¡Tú me enseñaste, pero ahora seré yo quien una lección te va a dar! —rimó B. —Te debo mucho…

Nunca fue tan cercano a Blue B como lo fue con A, pero se tenían estima. Eran familia, después de todo, aunque no de sangre directa. Blue era primo biológico de A, y cuando Killer B fue adoptado como su hermano, también se volvió el suyo.

Fueron juntos en varias misiones. El pequeño B lo admiraba. Blue era un ninja talentoso. Un modelo a seguir.

 


Cinco ninjas de Iwagakure lo rodearon esa vez, dejándolo herido. Blue lo cargó en la espalda de regreso a casa.

B, ¿sabes por qué A es tan fuerte? —le preguntó. El niño negó con la cabeza. Porque como futuro Raikage, fue criado sin ser mimado. Un Raikage debe responder a las expectativas de la aldea. Él, que antes era un niño llorón y sensible, creció. Se volvió fuerte e imponente. Una persona especial para Lord Raikage.

Una persona especial…

Con el tiempo, Killer B también se volvió especial para su hermano. Y encontró otras personas especiales. Personas que hicieron llevadera su existencia como Jinchūriki.


 

—¡Tengo personas especiales a mi lado que siempre me apoyan! Ese chico de ahí es mi amigo. Un Jinchūriki como tú y yo. Nos entendemos muy bien —dijo, señalando a Naruto.

Blue B se sorprendió. Había sentido algo diferente en ese muchacho. Esa transformación llameante, la potente energía vital que despedía… Ahora tenía sentido.

—Ya veo… Encontraste amigos especiales. Un compañero Jinchūriki que entiende la soledad.

Encontró ese “algo” que llenara el agujero en su corazón. El deseo que dejó en manos de A se había cumplido.

—Y tú eres de los que son especiales para mí. El agujero de tu corazón… llenó el mío.

Oír que Killer B lo valoraba, que las pocas enseñanzas que pudo dejarle habían tenido un impacto positivo, le dibujó una sonrisa.

—Ojalá yo hubiese podido encontrarlo. Me alegra que al menos tú lo hicieras.

Blue B atrajo de golpe a Killer B con un brazo de chakra. El otro puso el puño por delante, pretendiendo aturdirlo, pero fue interceptado por el de su primo, que lo chocó sin intención de lastimarlo. Recordaba el saludo especial. Ese símbolo de respeto que compartían como familia.

—Nunca olvides lo que de verdad importa. —Su cuerpo empezó a desvanecerse. No lo entendió del todo en ese momento, pero Killer B tuvo la sensación de que no haría falta sellarlo—. Defiende a aquellos que son especiales para ti. ¡Detén esta guerra a toda costa!

El actual Jinchūriki del Hachibi descendió, liberado, con el puño todavía alzado, aún tibio del choque con Blue B. El viento barría las cenizas del cuerpo reanimado, como si quisiera cerrar el duelo por su cuenta.

Cuando hubo salido de su breve introspección, corrió hacia Naruto, quien sostenía a Motoi, herido pero consciente.

—¡Brother! —Killer B, ya en su forma humana, se arrodilló junto a su amigo—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien —respondió Motoi, con una sonrisa que temblaba entre el dolor—. Yo… ¿Luché valientemente, como mi papá?

B soltó un resoplido, mezcla de alivio y ternura.

—Sí. Fuiste muy valiente.

—Estoy seguro de que su padre estaría orgulloso —añadió Aang, con suavidad. Motoi exhaló, como si esas palabras le hubieran soltado una carga.

Naruto soltó una risilla, aunque su expresión cambió al ver la mueca de dolor en el rostro de Motoi.

—¡Tenemos que llevarlo con los médicos de la Alianza!

—No hace falta… estoy bien —se incorporó lentamente, con esfuerzo—. Lo que es más importante… B, cumple los deseos de Blue B-san.

—Entendido —sonrió el otro.

Naruto se puso de pie, dejando que Motoi se acomodara y mirando unos instantes hacia donde yacía el cuerpo sacrificado.

—Oigan, el viejo Shikaku también dijo que los reanimados solo pueden ser detenidos si se les sella… Pero a este no hizo falta sellarlo.

—¡Es verdad! Señor B, ¿qué hizo para conseguirlo? —cuestionó el monje, en vista de que podía ser importante para sus futuros enfrentamientos. Killer B se cruzó de brazos, repasando la pelea en su imaginación para dar con un momento clave. Acabó negando frenéticamente con la cabeza.

Creo que tuvo algo que ver con lo que le dijiste, B —sugirió el Hachibi—. Parece que la conversación resonó con él. Aunque no puedo decir con certeza que haya sido eso lo que lo liberó de la técnica.

—¿Fue eso, eh? —B comenzó a mover los brazos con cadencia, un rapero en plena improvisación, sus manos subiendo y bajando al ritmo de un compás invisible. —¡Yo, las palabras honestas liberan! ¡Son como el corazón que nunca frena, yo yo!

—Sea lo que haya sido, tenemos que partir ya —lo interrumpió el Uzumaki—. No podemos perder más tiempo.

—¡Vaya con los médicos cuando pueda! —Aang dio voces mientras comenzaba a correr para tomar impulso.

Motoi los observó alejarse, el polvo del campo de batalla levantándose tras sus pasos. Con una sonrisa de satisfacción, supo que el Raikage había tomado la decisión correcta al dejarlos ir.

No le cabía duda. Esos tres… detendrían la guerra.

Notes:

Pergaminos ocultos del Templo del Fuego

1. 木ノ葉つむじ旋風, Torbellino Arrollador de la Hoja. Taijutsu que Guy y Lee realizan en conjunto dándole una patada giratoria en el estómago al oponente al mismo tiempo.

2. Los receptores negros (黒い受信機, Kuroi Jushinki) tienen forma de barras y pueden ser creados por los usuarios del Rinnegan, permitiéndoles transmitir chakra a través de ellas. Cuando Nagato se conectó al Gedō Mazō (外道魔像) al invocarlo para atacar a Hanzō y a sus hombres, se le incrustaron receptores en la espalda que le permitieron transferir su chakra a la estatua para manipularla.

3. 十拳剣 (Totsuka no Tsurugi). También es llamada Espada Larga Sakeragi (酒刈太刀, Sakegari no Tachi), o sea, Espada Larga Cortadora de Sake. Debe su nombre al estar envainada en una jarra de sake; su hoja es formada con el líquido de esta cuando se libera. La espada es utilizada por el Susanoo de Itachi. En su pelea con su hermano, selló a Orochimaru con ella para quitar el Sello Maldito del Cielo (天の呪印, Ten no Juin) que le puso a Sasuke para apoderarse de su cuerpo. Con ello, también eliminó a Orochimaru, que había sido absorbido anteriormente por el cuerpo de Sasuke.

4. 木ノ葉崩し (Konoha Kuzushi). En la traducción de Viz, "Operación Destruir Konoha". Fue un plan de invasión a Konohagakure organizado por Orochimaru y su aldea personal (Otogakure) y Sunagakure durante los Exámenes Chūnin. El Cuarto Raikage aludía a este incidente en la reunión de los Kage, insinuando que fue un complot de Danzō Shimura para deshacerse de Hiruzen y de Rasa.

5. 雷遁・網蜘蛛. "Estilo Rayo: Telaraña".

Chapter 25

Summary:

Nota del autor: En esta historia, la guerra comienza algunas semanas antes que en el canon. En la obra original, el conflicto arranca el 8 de octubre y culmina el 10, fecha que coincide con el cumpleaños de Naruto y que tiene gran importancia narrativa. Sin embargo, aquí la guerra se adelanta en el calendario. Resultaría imposible condensar toda la acción, la participación de los Maestros y la logística añadida en apenas tres días. De hecho, ya es sorprendente que el arco de la Cuarta Guerra dure tan poco dentro del universo oficial.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

A pesar del frío húmedo y enfermante, Jee se despertó sintiéndose cálido. El contraste lo desconcertó.

Al moverse, notó que estaba cubierto con mantas gruesas, y que su cabeza reposaba sobre una bolsa de provisiones improvisada como almohada. Un gesto de alguien que se había tomado la molestia de cuidarlo.

Intentó incorporarse. El dolor lo atravesó como una lanza. Ahogó un quejido, apretando los dientes, y se dejó caer de nuevo, jadeando.

—¡Eh, no te precipites, hotman(1)! La tuviste peliaguda —dijo una voz envejecida, con tono burlón pero no cruel.

Jee giró apenas la cabeza. No podía ver bien. Se sentía débil. Demasiada sangre perdida, probablemente.

—Ya nadie usa ese término —suspiró otra voz, más grave. Se acercó con pasos firmes y se inclinó hacia él. El rostro le resultó familiar: pelo blanco, perilla, bigotes finos, dos cicatrices junto al ojo…

Jee se incorporó de golpe.

—¡Eres El Desertor… el almirante Jeong Jeong de…! ¡Agh!

El movimiento le arrancó un quejido de dolor. Llevó ambas manos al costado y se recostó lentamente, con el rostro contraído.

—No te sacudas así —le recomendó Jeong Jeong, sin aumentar el volumen. —Esa puñalada pudo ser mortal. Este clima empeora la circulación al ralentizar el flujo de sangre. Los médicos estaban preocupados, así que te trajimos a una cueva cercana junto a otros heridos para encender hogueras.

Jee volvió la cabeza, viendo otros cuerpos acostados alrededor. Algunos heridos murmuraban entre sueños. Curanderos de las Tribus Agua y ninjas médicos caminaban entre ellos, con botiquines y trapos ensangrentados. El fuego crepitaba en el centro. La guerra parecía lejana allí, pero no ausente.

—El regimiento… Los Edo Tensei que aparecieron… ¿Qué pasó con ellos?

—No te inquietes. Nos llamaron para encargarnos de esos molestos muertos vivientes —se rio Bumi, que estaba sentado sobre una roca, pelando una fruta con una daga.

—¿Los… los llamaron?

—Se refiere a la Orden del Loto Blanco —explicó Jeong Jeong. —Somos miembros.

Jee asintió lentamente. Recordaba el nombre por su involucramiento en la Liberación de Ba Sing Se. La sociedad que dejó de ocultarse para servir al mundo. El General Iroh era uno de sus líderes.

—En cuanto al regimiento… hay muchos lesionados —añadió el antiguo almirante. —Pero la situación está mayormente controlada. Tu preocupación debería ser descansar; ya has hecho bastante.

—Escuché que Pakku terminó su batalla con el maestro de Agua Control de Roku —dijo Bumi, lanzando la cáscara al fuego. —Tal vez Iroh también haya acabado… Me pregunto cómo le va a nuestro buen Piandao. Estaba luchando contra ese samurái.

—Todavía no regresa, así que debe seguir enfrentándolo —respondió Jeong Jeong. —Tenemos muy poca información sobre los samuráis de este mundo. Podría tener problemas para descifrar dónde golpear. Y si tienen habilidades tan fantásticas como los shinobi…

—Seguro que estará bien —aseguró el rey de Omashu, con una mueca torcida que en él era una sonrisa. —Es un espadachín capaz. ¡Al fin y al cabo, es uno de los nuestros!

 


 

Piandao había logrado someter a Tatewaki, pero el precio había sido alto.

El rōnin yacía inmovilizado bajo su rodilla. Él jadeaba pesadamente con la jian presionada contra su garganta. La tela blanca de su túnica estaba empapada en sangre de los tajos profundos en su brazo y pierna derecha. Su moño desordenado se había deshecho, mechones oscuros cayendo sobre su rostro sudado.

Pudo revertir la situación con improvisación, leyendo el patrón enemigo. Descubrió que la distancia era inútil, dado que los golpes del samurái podían proyectarse en ondas de chakra, amplias y devastadoras. La única opción era el combate cerrado, sin tregua, sin dejar espacio para que Tatewaki acumulara energía.

Sus estilos eran opuestos. La jian, ligera, precisa, de una sola mano. La katana, firme, contundente, de dos. Uno buscaba la apertura. El otro la creaba.

Tatewaki lo había herido en el antebrazo, justo donde Piandao dejaba expuesta la piel en cada estocada. Pero él no se detuvo. Observó, aprendió y cambió de táctica. Tenía que arrojarse sin cesar para quitarle tiempo. Permitirle realizar un corte potenciado con chakra podía llevarlo a la derrota, por lo que debió evitar que lo lograra a toda costa.

Su contrincante se dio cuenta del cambio en la estrategia e intentó alejarse al retroceder. Piandao dejó de perseguirlo en un instante, permitiéndole focalizar su Hadan en su arma para asestarle un golpe cuando volvió a acercarse. Le dio al espadero un corte en la pierna y se preguntó por qué dejó de embestirlo de la nada, sabiendo que, de seguir haciéndolo, no le hubiera dejado espacio para concentrar chakra.

Pronto entendió por qué.

Piandao creó su propia apertura dejando que lo cortara a propósito. Su nuca había quedado expuesta cuando se agachó y él se la cortó bajando la jian de golpe. Giró, pateó la pierna cruzada del samurái y lo golpeó en la cabeza con el pomo de la espada. El cuerpo cayó. La rodilla lo retuvo.

—Bien jugado, Piandao-dono… No pensé que se dejaría herir para atraparme.

—Cuando no tienes poderes, los creas —respondió entre respiraciones entrecortadas. —Una mente rápida puede ser más letal que cualquier jutsu.

Ambos levantaron la vista cuando una figura pasó como un espejismo, dejando tras de sí calor y viento.

Era un chico que parecía encendido en llamas. Patrones negros recorrían su torso y piernas. El símbolo de la hoja era visible en su hitai-ate.

—¿Quién eres tú? —preguntó Piandao, tensando el agarre. Ese símbolo... Debe ser un ninja de Konoha, ¿es un aliado?

—Soy Naruto. Vengo a ayudar en todos los frentes. El viejo Shikaku se lo explicará luego, pero sí, ¡estoy de su lado! —afirmó con candor y fuego inmanente.

—¿Naruto? —repitió Tatewaki, alzando la cabeza con esfuerzo.

—Tú... ¡Eres el viejo Tatewaki! —exclamó el joven, sorprendido.

Piandao los miró, alternando entre ambos. Así que se conocían…

—¿De verdad eres Naruto?

—¡Sí, soy yo!

—Sigues vivo… —susurró Tatewaki, aún incrédulo. —Dime, por favor… ¿Cómo han ido las cosas desde la última vez que nos vimos?

Se habían conocido años atrás, durante una misión que le encomendaron a Naruto junto al equipo Ino-Shika-Chō. Tatewaki servía como guardaespaldas del daimyō de Ko no Kuni y su hija, Chiyo. Durante el festival culinario anual —una tradición para asegurar buenas cosechas— se le asignó proteger al hijo secuestrado del daimyō de Ka no Kuni, con quien estaban en guerra. El chico, Shū, fue entrenado por Tatewaki en el arte de la espada.

Naruto lo suplantó durante una sesión de entrenamiento. Tatewaki vio a través del engaño, y cuando lo confrontó, el Uzumaki le explicó que su misión era devolver a Shū a su tierra natal. El rōnin no se opuso, ya que quería que el joven fuera feliz.

Poco después, Akatsuki atacó, contratados por Ka no Kuni para tomar posesión del país. Tatewaki le rogó a Naruto que pusiera a Chiyo a salvo mientras él enfrentaba a Sasori. Luchó con valentía. Destruyó sus marionetas. Pero cayó por sus agujas envenenadas.

Ahí, años después, Naruto le hablaba con esa voz que no había perdido su calidez.

—Llevamos a Shū y a la princesa sanos y salvos al País de Ka —le dijo—. Ahora él es el daimyō. Por lo último que he sabido, debe estar bien.

Tatewaki cerró los ojos un instante.

—Ya veo… Eso es lo que quería saber. Aunque me hubiera gustado ver cómo han crecido…

Naruto se acuclilló frente a él. Tatewaki advirtió que había cambiado, mas no por completo. Su mirada era la misma: audaz, luminosa, imposible de olvidar.

Seguro te has vuelto mucho más fuerte, pensó.

El muchacho bajó la voz, como si hablara con un viejo amigo en un atardecer.

—Si ellos te vieran así… se pondrían muy tristes, ¿no crees, viejo?

—…Tienes razón.

Su cuerpo comenzó a desvanecerse en pequeños fragmentos que se desprendían como trozos de una hoja quemada.

—¿Está… desapareciendo? —susurró Piandao, apartando la espada.

Tatewaki giró la cabeza hacia él.

—Me alegra que mi último duelo haya sido contra un oponente tan hábil. Me ha vencido justamente, Piandao-dono. Si estamos aliados con gente como usted… entonces esta guerra tiene esperanza.

Piandao esbozó una sonrisa.

—Fue un honor.

Se inclinó en una reverencia profunda.

Durante el silencio residual, el ojiazul se aproximó al mayor con notorio desasosiego. Quiso tocarle el brazo; al ver lo manchado de sangre que estaba y el largo de la tajadura, reculó los dedos, temiendo que el roce le hiciera más daño.

—Oiga, viejo, eso no se ve nada bien —extendió la palma sobre la herida sin hacer contacto, como si así pudiera medir el daño.

—Iré con uno de los sanadores —le dijo. No estaban tan lejos del sitio donde habían sido llevados los de Artillería. Además, la herida había dejado de sangrar—. ¿Realmente acabó? Pensé que necesitábamos al Equipo de Sellado para detener a los Edo Tensei.

—Lo mismo pensaba yo, pero esto lo confirma... ¡Parece que hablar con ellos también sirve! —haberlo descubierto lo alegraba un poco; quería decir que podía recurrir a algo más que pelear.

El No Maestro arrugó el entrecejo. El eco de una información recibida desde el cuartel general le repicó en la mente como una campanilla hasta volverse claro. Kankurō de La Arena había comunicado que pudieron derrotar a algunos reanimados sin recurrir a la fuerza, sospechando que ello podía deberse a que el lanzador de la técnica no reprimía sus emociones en todos los casos.

—En ese caso, debe ser cierto que se pueden manipular los sentimientos de los revividos para liberarlos de la técnica —concluyó Piandao—. Nos habían dicho algo por el estilo al enviarnos al frente.

—¿En serio? —Naruto estaba confundido. Si ya lo sabían, ¿por qué el viejo Shikaku no se lo dijo?

—Entonces, por favor, Naruto… no intentes razonar con él. No es como Pain. No está buscando la paz. Quiere el mundo para él solo. Una conversación sincera no logrará nada.

Entendiendo de golpe la intención del jefe Nara al ocultárselo, al rubio se le escapó un gruñido.

—Ese anciano... No iba a tratar de razonar con Madara de todos modos —se quejó, cruzándose de brazos con retraimiento aniñado. No le duró el berrinche, porque pronto se acordó de que el espadachín iba con media túnica rasgada y unos mililitros de sangre menos—. ¡Ah! ¿De verdad estará bien, viejo de la espada?

—No te preocupes. Me reuniré con el resto. Están cerca de aquí.

—Bueno, seguiré con mi camino entonces... ¡Tenga cuidado por ahí!

Piandao iba a preguntarle algo más, pero el chico arrancó en raudo despegue. Para cuando parpadeó de nuevo, ya no estaba.

El hombre echó un soplo que levantó uno de sus cabellos sueltos. Reconoció el nombre, aunque un poco tarde: ese muchacho debía ser uno de los Jinchūriki. Si estaba fuera, no era improbable que el Avatar también.

¿Qué estarán planeando en el cuartel general?, se preguntó. Y con paso pausado —algo arrastrado—, emprendió la marcha hacia el lugar de encuentro con las tropas.

—Los peones de Kabuto parecen estar cayendo uno por uno —comentó Zetsu Blanco, su cuerpo fusionado con el tronco de un árbol retorcido. Sus ojos se entornaban como si saboreara con gusto el declive ajeno. Era el lugar favorito de Madara para observar el tablero: alto, sombrío, silencioso.

El enmascarado descendió lentamente desde la copa, sin prisa. Sus pies tocaron el suelo con gracia sencilla.

—No importa. La Alianza nunca conseguirá el jaque mate —dijo, ajustando el borde de su capa con un gesto automático. La Resurrección del Mundo Impuro no era su obra maestra. Eran una simple distracción. Los teloneros de la atracción principal.

Se detuvo frente al árbol, sin mirar a Zetsu.

—A pesar de las derrotas, las Reanimaciones están cumpliendo su propósito. Uno mayor que el que tienen a simple vista… ¿Y? ¿Cómo va Sasuke?

Zetsu se deslizó por el tronco como un charco por la tierra.

—Está impaciente por probar su nuevo Sharingan.

Madara soltó una breve exhalación.

—Me lo imagino. Mocoso impetuoso. No dejes que abandone el escondite hasta que sea el momento adecuado. Kabuto aún no ha demostrado ser confiable. Y sería problemático que Sasuke se entere tan pronto de la guerra.

—Comprendido.

—En cuanto a Azula… Cuida sus pasos. Infórmame de cualquier movimiento. Si se le deja suelta por mucho tiempo, quién sabe lo que podría terminar haciendo.

—Hasta ahora no ha mostrado intención de ir al campo de batalla. Tal vez espera que tú des el primer paso.

El sol comenzaba a filtrarse entre las ramas, tiñendo la máscara del Uchiha de amarillo.

—Hm. Quiere que alguien más pruebe las aguas antes de zambullirse. O tal vez lo que le interesa… es ver lo que voy a hacer.

No la entendía. No como entendía a Sasuke.

Le había ofrecido ayudarla a recuperar su trono una vez completara el Plan del Ojo de la Luna en su propia dimensión. Una promesa vacía. En realidad, lo que deseaba era extender su genjutsu a ese mundo también, someter a las Cuatro Naciones al mismo sueño eterno que planeaba para los shinobi. Cien años de guerra le parecían un destino más cruel que el que los suyos se labraban con su sistema corrupto, y cuando arrancara al Espíritu del Avatar de Aang, los Maestros perderían al único ser capaz de limpiar sus desastres. Les estaría haciendo un favor.

Logró empujar a Sasuke más profundo en la hondura de la oscuridad, pero no tenía claro que pudiese replicarlo del mismo modo con Azula. Ella ya había tocado fondo antes de que la encontrara. Estaba demasiado lúcida —irónicamente— en su propia crueldad, demasiado rota su mente como para que sus engaños pudieran torcerla más. Sospechaba que tramaba algo distinto; por eso pedía a Zetsu que la mantuviera vigilada.

—Llegará el momento en que ambos vuelvan a la acción. Hasta entonces… Vamos a acostumbrar estos ojos a la luz.

Cuando levantó una mano, los tallos leñosos se abrieron como cortinas.

Seis figuras emergieron, perfectamente alineadas. Sus pasos, sincronizados como si compartieran pulso. Cada una tenía un Sharingan en el ojo derecho, un Rinnegan en el izquierdo. Reflejos exactos de los ojos del propio Madara.

—Los nuevos Seis Caminos del Dolor(2) —dijo—. Creados a partir de los pasados Jinchūriki. Aunque con ciertas… modificaciones.

De izquierda a derecha, eran:

Yagura Karatachi, el Cuarto Mizukage, cuyo reinado convirtió a Kirigakure en la "Aldea de la Niebla Sangrienta".

Yugito Nii, la última Jinchūriki del Dos Colas.

Han, el portador del Cinco Colas.

Rōshi, del Cuatro Colas.

Utakata, del Seis Colas.

Sus cuerpos reanimados habían sido modificados, preparados para el combate.

El sol terminó de salir. La luz tocó sus rostros. Y así comenzó la segunda semana de la Cuarta Guerra Mundial Shinobi.

 


 

—Nos han hecho caminar bastante desde el amanecer —comentó Itachi a Nagato, sin detener el paso.

—¿Contra quiénes será? —Se detuvieron al ver, a lo lejos, tres figuras recortadas contra el horizonte. Nagato entornó los ojos, el Rinnegan brillando con un matiz distinto. —No me lo creo… —murmuró.

—¿Están cerca?

El pelirrojo esbozó una sonrisa leve.

—Hasta siento nostalgia.

Killer B, Naruto y Aang aparecieron frente a ellos. El rubio fue el primero en reaccionar ante las apariciones.

—¡¿Itachi Uchiha… y Nagato?!

—¿Los conoces, Naruto? —preguntó B.

—¡Sí, a los dos!

Aang ladeó la cabeza, reconociendo el nombre.

—¿Itachi? ¿No es ese…?

—Así es —asintió Naruto—. Es el hermano de Sasuke.

—Nunca pensé que tendría que pelear contigo, Naruto… —dijo Nagato con cierta lástima—. Supongo que ha pasado un tiempo desde la última vez que nos vimos. Pero ya que morí… me parece que fue ayer. Has cambiado.

Naruto se frotó la nuca, sonriendo con una combinación de humildad y ufanía.

—Me lo han dicho bastante últimamente. Es que pude controlar el chakra del Kyūbi. ¡Esto que ves se llama "Modo Chakra"!

Itachi alzó ambas cejas, impresionado.

—¿Que lograste controlar al Nueve Colas? —sus ojos se agudizaron, analizando los contrastes en su nueva apariencia—. Es increíble que te hayas superado hasta ese punto.

—Es mi condiscípulo. Era obvio que lo conseguiría —añadió Nagato, sonando como un hermano mayor orgulloso. No tardó en volver a ponerse serio. —¿Quiere decir que lograste superar el odio?

Naruto bajó la mirada un instante. Luego la levantó con firmeza.

—Sí. Gracias al dolor que me enseñaste, al entrenamiento que el tío B me dio en la Cascada de la Verdad, y a mi mamá y papá. ¡Es gracias a todos que pude llegar tan lejos!

Nagato pareció aliviado al oírlo. Itachi aprovechó para inmiscuirse en la conversación.

—Naruto, quiero preguntarte algo.

Él sabía que esa pregunta venía. También tenía una para hacerle hasta que, de repente, Itachi juntó los dedos medio e índice frente a su boca. Infló las mejillas, y liberó las llamas de su Katōn: Gōkakyū no Jutsu.

Killer B la enfrentó. Samehada salió de su espalda con un chillido agudo, partiendo la llama en dos. El fuego se desvió, dejando a los tres ilesos. La espada viviente, molesta, alargó su empuñadura y golpeó a B en la cabeza para quedar a mano.

—Ups… ¿Te quemaste? Perdona —dijo él, acariciándose donde recibió el impacto.

—¿Samehada? —murmuró Itachi, reconociendo el arma. La había visto siempre en otras manos.

Pensó para sus adentros, con una sombra de conmiseración:

Significa que Kisame está…

—¡Oye, todavía estaba hablando! —protestó Naruto, habiéndose echado atrás para esquivar el fuego.

—Son esclavos de quien los manipula —le recordó B—. Atacarán cuando a él se le ocurra.

Nagato alzó la voz, urgente:

—¡Arriba!

Itachi ya no estaba a su lado. Naruto lo vio descender desde el cielo como una sombra, directo hacia él. El choque fue inmediato: taijutsu contra taijutsu, acompañado por el retumbar de las colisiones.

—¿Qué pasó con Sasuke? —preguntó el pelinegro entre golpes.

—¡Quiere vengarse de Konoha! ¡Se unió a Akatsuki!

De algún modo, Itachi se detuvo. La sorpresa había sido tanta que logró frenar el control de la técnica por un momento ínfimo. Su expresión no cambió en demasía, pero un leve temblor en el iris de sus ojos hizo parecer que el Sharingan dudaba.

—¿Por qué… no volvió a la aldea?

—¡Le contaron sobre tu misión secreta y decidió destruirla!

Itachi retrocedió un paso del vértigo.

Todo lo que había planeado, todo lo que creyó controlar, se desmoronaba frente a él.

Fallé.

Falló en protegerlo de Madara. Falló en moldearlo. Falló en prever que el odio encontraría otra forma de entrar, incluso si él cerraba todas las puertas.

Había preparado el Amaterasu para quemar al fantasma de los Uchiha. Olvidó algo fundamental: los fantasmas no arden, se infiltran por cualquier mínimo recoveco para atormentar a sus víctimas.

Y no solo falló en eso. Quiso que Sasuke lo matara para que el mundo lo viera como un héroe. Ahora Sasuke era un criminal. Un enemigo. El opuesto exacto de lo que deseó que fuera.

Nagato lo observaba atentamente.

—¿De qué misión habla, Itachi?

Itachi no respondió. No era orgullo lo que cargaba su silencio. Era agotamiento por haber intentado todo para conseguir su propósito, solo para descubrir al final que nada fue suficiente.

Naruto lo miró con compasión.

—Madara me contó la verdad sobre ti.

El Uchiha cerró los ojos.

—Así que… así fueron las cosas.

—¡¿Entonces es cierto?! ¿Que el clan Uchiha planeaba apoderarse de la aldea y tú…?

—Suficiente, Naruto.

Su voz fue baja, mas no cortante. No quería seguir escuchando lo que ya sabía. No servía para más que recordarle la inutilidad del sacrificio.

El rubio no se detuvo. Necesitaba que confrontara esa verdad del mismo modo en que él lo hizo cuando lo oyó de boca del antiguo patriarca del difunto clan.

—Para proteger a Sasuke y a Konoha, asumiste el papel de villano y moriste. Estoy seguro de que Sasuke te comprende. Pero en vez de seguir tu voluntad… pretende destruir la aldea. Es su forma de vengarse de quienes hicieron sufrir a su querido hermano.

—De modo que eso es lo que pasó… —Nagato apretó los labios en una línea estable. No había juicio en su tono, sino profunda comprensión. Como líder de Akatsuki, siempre tuvo presente la posibilidad de tener infiltrados entre los suyos. Nunca tuvo pruebas, así que no ahondó en esas suposiciones. Por fin entendía lo que escondían algunas de las acciones de Itachi.

Itachi apretó los párpados de la impotencia.

Maldito Madara. Lo tenía todo planeado.

—… ¿La aldea lo sabe?

—Kakashi-sensei y el Capitán Yamato estaban conmigo cuando me lo contó —explicó Naruto, aún cargando el peso de esa revelación—. Pero como no había forma de saber si lo que dijo Madara era verdad, Kakashi-sensei me pidió guardar silencio. Además de ellos, ahora lo sabe el tío B… y bueno, también se lo conté a Aang. —Señaló con la barbilla al muchacho de la flecha. —Me encontré con Sasuke hace no mucho. Él me acompañó.

Aang se atrevió a acercarse entonces. Itachi lo escaneó de pies a cabeza. No lo recordaba. Debía ser alguien que Naruto conoció recientemente.

—Conocí a Sasuke en esa ocasión que menciona Naruto —continuó el monje—. Intentamos convencerlo de abandonar su camino de venganza, pero no pudimos. Ha caído muy al fondo de la oscuridad… y se rehúsa a ver la luz. Yo viví una experiencia similar a la suya. Pensé que hacerle saber que no estaba solo serviría de algo… Me equivoqué.

Itachi bajó la mirada. Madara jugó con el odio en su corazón. Lo empujó justo donde yo intenté protegerlo.

Quiso preguntar a qué se refería Aang con esa "experiencia similar". Por respeto, decidió dejarlo estar.

—Pero… vi un destello de luz en sus ojos —añadió. Itachi alzó la vista. Ese gesto, mínimo, fue todo lo que necesitó para mostrar que aún tenía esperanza. —¡Creo que no todo está perdido! Sé que todavía puede regresar al camino correcto. Y también… —Miró a Naruto con una sonrisa cálida— … lo empeñado que su amigo está en traerlo de vuelta. Cumplirá su palabra. Es demasiado cabeza dura para rendirse.

Naruto rio, tímido. Le halagaba que le tuvieran tanta fe. Pero luego parpadeó, confundido.

—Un momento… ¡¿Cómo que cabeza dura?! ¡¿Me estás halagando o burlándote?!

La expresión endurecida de Itachi se relajó.

—…Me alegra ver que hay gente que aún cree en él —dijo—. Ya que ustedes saben la verdad, quiero pedirles que nunca le digan a nadie lo que pasó con mi clan. Quiero que los Uchiha mantengan su honor. Además…

Nagato levantó la mano sin aviso.

¡Banshō Ten'in!(3)

Naruto fue atraído por una fuerza invisible. Una roca invocada por Nagato bajó como un martillo. El rubio se impulsó con una mano de chakra que emergió de su estómago, desviándose justo a tiempo. La roca aterrizó con un estruendo.

—¡Lo esquivaste bien, Naruto! —lo felicitó Nagato.

—¡Me he vuelto más fuerte desde que luché contra Pain, sabes!

Itachi se giró con una declaración clara.

—Naruto… dejo a Sasuke en tus manos.

—¡Ya estaba entre mis planes!

—Sin duda estuve en lo correcto al dejarte eso a ti…

Nagato se inclinó, sorprendido por su propio movimiento. No sabía lo que haría a continuación.

—¡Bien, Naruto, primero sepáranos! No puedo moverme mucho por mi cuenta, así que—

Se agachó de sopetón, poniendo la mano en el suelo.

¡Kuchiyose no Jutsu!

Las enormes criaturas del Camino Animal emergieron entre rugidos voraces.

Nagato apretó los dientes, dejando escapar un siseo fugaz. Se había pasado de listo.

—…O tal vez sí pueda.

—¡No sabía que te gustaban las bromas! —gritó Naruto, agitando los brazos como si intentara espantar a las invocaciones con morisquetas.

Mientras tanto, Itachi se dirigía hacia B.

—Detrás de ti —le informó al llegar.

—¡Lo sé! —respondió B, girando con Samehada lista para el impacto.

Itachi ejecutó su Katōn: Hōsenka Tsumabeni(4), envolviendo una lluvia de shuriken en llamas que surcaron el aire hacia el Jinchūriki del Hachibi. B reaccionó con un tentáculo que emergió del suelo para atrapar al Uchiha.

—¡Te tengo, estúpido bastardo!

Lo que atrapó se deshizo en una bandada de cuervos.

Genjutsu.

—¡No me mires directamente a los ojos! —advirtió Itachi.

¡Despierta, B! —intervino el Hachibi, liberándolo de la ilusión.

Samehada saltó de su espalda para cubrirlo mientras recuperaba el control. Cuando volvió a la realidad, B bloqueó los shuriken con su Acrobat. Siete espadas sostenidas entre axilas, codos, cuello, estómago y boca giraban como un torbellino de acero.

Naruto luchaba contra el perro gigante de múltiples cabezas invocado por Nagato. Cada vez que lo golpeaba con un Rasengan, surgían más cabezas.

—¡Esto no tiene fin! —exclamó, frustrado.

—¡Se multiplican con cada golpe! Primero tienes que derrotarme —respondió Nagato.

Aang saltó desde una de las cabezas hacia el ave donde se encontraba Nagato. Tomó agua del lago cercano y la lanzó como un látigo. Nagato esquivó, pero Aang envolvió su pierna con un lazo de agua y lo hizo colgar boca abajo.

—¡Bien hecho! Restringe mis movimientos lo mejor que puedas.

—¡Lo intentaré!

Itachi apareció de pronto, atacando al monje para liberar a su compañero. Aang se vio obligado a soltar a Nagato, pero reunió el agua de vuelta y la arrojó sobre el Uchiha para atraparlo dentro de una prisión líquida, obligándolo a saltar del ave con una voltereta, no sin antes cruzar miradas con el monje.

El genjutsu se activó.

Las técnicas del clan Uchiha manipulaban el flujo de chakra en el cerebro, distorsionando los sentidos. En el mundo real, Aang cayó inconsciente al lago. En el mundo ilusorio, fue atravesado por una lluvia de cuchillas.

Varios filos se incrustaron en sus extremidades. Detrás, el cielo se tiñó de escarlata, como si lo manchara la sangre expulsada por sus heridas. Itachi flotaba, fusionado con cuervos que crascitaban sin tregua, rompiendo el silencio con violencia.

El dolor era falso. Pero el cuerpo lo creía real, lo que bastó para que Aang despertara.

Naruto gritaba su nombre. B vio al Avatar caer y corrió hacia el lago. El Avatar salió por su cuenta, elevándose con una columna de agua que serpenteaba desde su cintura, sus ojos y tatuajes brillando. Se lanzó a la espalda del cancerbero en busca de un sitio sólido sobre el que aterrizar.

—¡Aang! ¿Estás bien? —preguntó Naruto, bajando a su lado.

Aang, empapado y agachado, se tocaba el torso y los brazos con desesperación, la respiración errática. El alma le volvió al cuerpo al comprobar que no tenía heridas.

—¿Qué… qué fue eso? Podría jurar que Itachi me…

Killer B se les unió.

—¿Qué te pasó, calvito? Parece que te mojaste un poquito.

—Itachi debió ponerte en un genjutsu. Olvidé mencionarte que es bueno en eso —dijo Naruto, con la misma dejadez de alguien que acaba de recordar que dejó la estufa encendida.

—¿Lo olvidaste…? —Aang lo miró con los ojos muy abiertos, temblando entre el sarcasmo y el horror—. ¡¿Olvidaste mencionarme que puede manipular mi cerebro con solo mirarme?! ¡GRACIAS POR DECÍRMELO TAN TARDE, NARUTO! ¡QUÉ DETALLE!

Naruto instintivamente se tapó los oídos para amortiguar el grito que Aang, sin darse cuenta, amplificó con Aire Control.

—¡O-oye! ¡No me grites! No se me ocurrió, ¿de acuerdo? —Se enderezó enseguida, tratando de recuperar la compostura que se le había escurrido como el agua del lago entre las ropas del Nómada Aire. —Por lo menos te liberaste.

Aang lo fulminó con la mirada, aún destilando y con el corazón latiendo como tambor.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó B, curioso.

—No sé… Solo activé el Estado Avatar.

Los Jinchūriki podían liberarse del Genjutsu al hacer que su bestia con cola interrumpiera el flujo de chakra desde adentro. Como Aang no contaba con una, Killer B supuso que tenía que ver con que el Estado se activaba por sí solo si sentía que estaba en peligro. Era su propia ventaja frente al uso de técnicas ilusorias.

Nagato veía al chico en silencio. Su memoria se removió al haber visto sus ojos brillar, trayéndole la imagen de una mesa baja, una tetera humeante y tres voces juveniles.

 


Como cada tarde, se sentaron alrededor del chabudai(5). La luz era tenue. Yahiko hablaba sin parar sobre su sueño de acabar con la guerra. Konan lo escuchaba con una sonrisa discreta. Nagato, como siempre, pensaba más de lo que decía.

—"Si la guerra va a continuar, entonces me convertiré en el nuevo dios del mundo" —recordó Nagato, con nostalgia, aquella frase que Yahiko pronunció, enojado por lo injusto que era el mundo con tres huérfanos como ellos.

Yahiko se rascó la mejilla, avergonzado. Lo había dicho sin pensar; sin embargo, el deseo de detener la lucha era real.

Un "dios", ¿eh? —intervino Jiraiya, con su típica sonrisa pícara. Yahiko frunció el ceño, esperando la burla. El Sannin se acomodó en su zabuton como si se preparara para contar una historia extensa. Puede que no sea imposible. Los dioses existieron. Y se dice que un día volverán a caminar por el mundo.

Nagato se inclinó, curioso. Konan ladeó la cabeza. Yahiko cruzó los brazos, escéptico.

Jiraiya adoptó el tono de un narrador kabuki, con gestos amplios y cambios en la voz de acuerdo a la acción. Fue así que contó la historia de Vishnu. Un dios benevolente que enviaba partes de sí mismo al mundo mortal para proteger el equilibrio. Sus reencarnaciones eran llamadas "avatares". Por ello, uno de sus apelativos era "Aquel que desciende por Su propia voluntad".

Vivía en un mundo distinto, con seres que hablaban con la tierra y el cielo en una lengua distinta al chakra. Sus palabras eran armonía pura. Su presencia, memoria elemental. Cuando los suyos se enfrentaron a los shinobi, Vishnu descendió queriendo paz. Pero también entendía la guerra. Ordenó a su pueblo no volver a acercarse a los seguidores del Sabio de los Seis Caminos. Los ancestros de los shinobi hicieron lo mismo.

Eso es muy estúpido —cuestionó Yahiko—. ¿De verdad esperaba que la gente le hiciera caso así nada más?

No es una historia para analizar con lógica, chico listo —respondió Jiraiya.

¡Claro! Porque no tiene sentido.

¡Lo que pasa es que no sabes apreciar las narraciones antiguas!

La discusión se volvió acalorada. Konan se rio con libertad. Nagato se quedó pensando al respecto largamente.

Pero, ¿saben? —añadió Jiraiya, mirando específicamente a Nagato—. Creo que ese Avatar volverá a aparecer un día, como el Sabio de los Seis Caminos al reencarnar.

¿El Sabio reencarnó? —preguntó Konan.

Sí —respondió Jiraiya, sin apartar la vista del pelirrojo—. Eso pienso.

Nagato lo creyó. Y con esa creencia enfrentó el mundo.


 

Jiraiya pensó que Nagato era la reencarnación del Sabio. Que usaría el Rinnegan para traer paz, como el Avatar que Vishnu envió para evitar la guerra de los dos mundos.

Al abandonar el recuerdo, el azote cruel de la realidad lo atravesó: probablemente, tales dioses nunca existieron. Los humanos estaban solos, creando y torciendo el destino a su antojo. La espiral de muerte que provocaban no debía ser detenida por obra magnánima de una deidad. El único modo de expiar sus culpas ante los ojos de los dioses —si es que alguna vez los hubo— era acabar la guerra con sus propias manos.

Itachi, mientras tanto, decidió que antes de que el invocador lo obligara a atacar de nuevo, debía actuar.

—¡Va a usar su Mangekyō Sharingan! —alertó Naruto.

—Veamos qué pasa —dijo Itachi, abriendo los ojos de par en par.

Naruto oyó un sonido extraño desde el interior de sus oídos. Un gorgoteo, como si algo se retorciera dentro de él.

—¡Naruto! —exclamó Killer B, al ver que se llevaba las manos al cuello.

—¡¿Qué tienes?! —Aang se acercó, siguiendo con la mirada las plumas negras que salían de su boca. La cabeza azabache de un ave se asomaba a golpeteos. —Eso es... un cuervo.

No uno cualquiera. Tenía un Sharingan.

Killer B le dio una palmada fuerte en la espalda. El cuervo salió disparado, dejando a Naruto de rodillas, tosiendo saliva y confusión.

—¡Puaj! ¿P-por qué salió un cuervo de mi boca? —se limpió con la manga. —…Cierto. ¡Ya me acuerdo! Fue esa vez…

Itachi había dejado ese cuervo. O más bien, su Clon de Sombra. Sabía que su muerte se acercaba y necesitaba asegurarse de que alguien protegiera a Sasuke.

Ese día, le preguntó lo que significaba para él. Qué haría si llegaba a irse contra Konoha. Naruto le había respondido con seguridad que consideraba a Sasuke un hermano más que Itachi, sosteniendo que lo detendría, pero no lo mataría.

Itachi le entregó algo a cambio.

Te di parte de mi poder. Espero que no llegue el día en que tengas que utilizarlo.

Nunca le dijo para qué servía. Naruto lo había olvidado por completo.

Uno de los ojos de Itachi lloró sangre. Nagato lo notó.

—¡Naruto, va a usar el Amaterasu!

Itachi miró al cuervo. Nada ocurrió.

Entonces, las llamas negras aparecieron. No sobre ellos, sino sobre la invocación del perro.

Naruto, Aang y B saltaron a las copas de los árboles.

—Ese cuervo era tuyo, ¿no? ¿Qué hiciste con él? —preguntó Nagato.

Itachi le dedicó una mirada cómplice.

—Lo logré.

—…Ah. Ya veo. De eso se trata.

—¡Amaterasu!

Las llamas negras lo envolvieron. Nagato cayó del ave, estrellándose contra el suelo.

Itachi saltó hacia un árbol cercano. El cuervo se posó en su hombro con naturalidad.

—¡Aquí está! —dijo Naruto.

Los tres se prepararon para enfrentarlo. Itachi levantó una mano.

—Cálmense. Ya no soy manipulado. —Hubo una firmeza carente de agresividad en su voz. Fue como si acabara de despertar de un largo sueño. —Anulé el control del invocador. Sobrescribí su jutsu con el genjutsu que preprogramé en el ojo del cuervo. Lo llamé "Protege la Aldea de Konoha". Dejé que lo usara en mí.

El Edo Tensei había quedado sin efecto. Por eso pudo atacar al cancerbero y no a ellos.

—Preparé ese cuervo para que saliera a la orden de mi Mangekyō Sharingan en caso de emergencia.

Naruto y Aang se miraron como dos alumnos que acaban de entrar a una clase de física cuántica. Fue Killer B quien pidió que explicara.

—Lo que introduje en el ojo izquierdo del cuervo… Es el Mangekyō Sharingan de Shisui Uchiha. Posee el genjutsu más poderoso: el Kotoamatsukami(6). Permite controlar a alguien sin que sepa que ha caído en una ilusión. Así me liberé. Pero el Mangekyō de Shisui se ha deteriorado.

—¿Shisui Uchiha? —preguntó Naruto.

—Habla del usuario de genjutsu más poderoso de los Uchiha. Shunshin no Shisui(7)—dijo Killer B, sorprendido de estar escuchando su nombre ahí.

Naruto frunció el ceño. Cada nueva revelación lo dejaba más confundido, pero también más cerca de entender lo mucho que Itachi había cargado solo.

—¿Por qué tenías ese ojo? Y… ¿Por qué me lo diste a mí?

—…Abnegación —dijo al cabo de un minuto de silencio, en honor a la memoria. —Lo que hace a un verdadero shinobi no es el poder ni la gloria. Es proteger desde las sombras. Shisui me enseñó eso. —Habló con cuidado, como si cada palabra representara una piedra colocada en el monumento de un amigo perdido. —Él sabía que se libraría una batalla por sus ojos. Así que fingió su muerte. Hizo que pareciera que fueron destruidos. Yo lo ayudé. Me convertí en el blanco de las sospechas. Muchos creyeron que yo lo traicioné…

Naruto tragó saliva, las implicancias de esa historia asentándosele en la garganta.

—Danzō robó su ojo derecho. Shisui me dejó el que le quedaba. Me pidió que lo usara para proteger la aldea... Y desapareció.

La mención de Danzō hizo a Aang tensar los hombros, pero no dijo nada. Ya había empezado a asumir que el hombre que los recibió en Konoha tenía más sombras que luces.

—Te di ese ojo porque compartes los sentimientos de Shisui. Si Sasuke, a quien dejé atrás, alguna vez se volvía una amenaza para la aldea… Entonces transgrediría todo lo que Shisui me confió. Tú eres el único que puede hacer las cosas bien.

Itachi lo miró con una intensidad serena.

—Me dijiste que considerabas a Sasuke un hermano. Por eso supe que tú eras el único que podía detenerlo. Sabía que Sasuke planeaba trasplantarse mis ojos para obtener el Mangekyō Sharingan Eterno. Si eso ocurría, el cuervo saldría de ti al entrar en contacto con mis ojos y pondría el Kotoamatsukami de "proteger a Konoha" en Sasuke. Ese era mi plan.

—¿Por qué no usaste ese jutsu en Sasuke desde el comienzo? —interrogó B, cruzado de brazos.

—No es que no lo haya querido. Es que no pude. El Mangekyō de Shisui tarda décadas en reactivarse… A menos que se tenga el chakra de Hashirama Senju. Además… Había muchas cosas para las que Sasuke quería usar mi muerte.

Naruto dejó que el cuervo caminara por sus hombros. El ojo ya no tenía el patrón del Mangekyō, solo los tres tomoes. Pero aún brillaba con el anhelo de dos camaradas que quisieron proteger lo mismo.

—Itachi… Gracias por confiar en mí. Ya no tienes que preocuparte. Has hecho más que suficiente por la aldea. Deja que yo me encargue del resto.

¡Defendería a la Aldea de la Hoja, pero también detendría a Sasuke sin matarlo!

Itachi sonrió. Una sonrisa suave. Impropia de él y, sin embargo, sincera.

—Mi hermano menor tiene suerte de tener un amigo como tú.

—Chicos, lamento interrumpirlos, pero… —Aang señaló hacia el sitio donde Nagato había caído. —¡Nagato ya no está!

—¡¿A dónde fue?! —Naruto giró en todas direcciones.

La boca de una criatura se abrió. Un camaleón gigante, con cola de serpiente. Había estado camuflado, invisible y aguardando el momento indicado.

Nagato emergió de su interior. Sus manos se extendieron hacia el frente.

¡Shinra Tensei!(8)

Notes:

Pergaminos ocultos del Templo del Fuego

1. Un término con el que se llama a alguien de la Nación del Fuego, el equivalente de "señor". Su variante femenina era "hotwoman". Había quedado obsoleto ya para el 100 DG. Aang lo utilizó en varias ocasiones en su estadía en la Nación del Fuego sin saber de su desuso por haber estado en el iceberg tantos años. Bumi tiene la misma edad cronológica que Aang, por eso lo conoce.

2. ペイン六道, Pein Rikudō. Un jutsu utilizado por Nagato que le permitió controlar seis cuerpos distintos como si fueran el suyo. Estos cuerpos eran cadáveres reanimados que hacían uso de su chakra. Nagato usó el cuerpo de Yahiko como camino principal, siendo él el Camino Deva (天道, Tendō), y los otros, en orden, el 弐 (2), Camino Asura; 参 (3), el Camino Humano; 四 (4), el Camino Animal; 五 (5), el Camino Preta; 六 (6) y el Camino Naraka.

3. 万象天引. Es la capacidad que tiene el Camino Deva para manipular la fuerza atractiva (引力, inryoku) para atraer objetivos hacia el usuario.

4. 火遁・鳳仙花爪紅. Elemento Fuego: Uñas de Carmesí Flor de Llamas de Fénix.

5. 卓袱台 o 茶袱台 es una mesa baja japonesa tradicional de cuatro patas.

6. 別天神, literalmente "distinguidos kami celestiales". Es el nombre colectivo de los primeros dioses que, según el sintoísmo, nacieron al tiempo de la creación del universo en Takamagahara (高天原, "La Alta Llanura del Cielo"). Las tres primeras deidades aparecidas fueron Ame-no-minakushi, Takamimusubi y Kamimusubi.

7. 瞬身のシスイ, "Shisui del Cuerpo Parpadeante".

8. 神羅天征, "Empujón Divino". Manipulando la fuerza repulsiva (斥力, sekiryoku), el usuario repele materia o técnicas.

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