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CAPÍTULO XIV
La Fiesta de "No Cumpleaños" no era solo un evento en el calendario de Heartslabyul; esta vez, era una ofrenda. Se celebró exactamente una semana después de que Candice recuperara por completo su vitalidad. Riddle, con una devoción que rozaba lo solemne, se había cerciorado personalmente de que su salud estuviera renovada antes de permitir que se moviera un solo mantel.
Supervisó cada detalle de manera milimétrica, como era su costumbre, pero el aire en el dormitorio se sentía distinto. La rigidez de antaño, esa que cortaba como el hielo, se había suavizado. El perfeccionismo seguía ahí, pero ahora nacía del cariño y no del miedo al caos.
En el jardín, el bullicio era una melodía armoniosa. Yuu y Grim cumplían con su parte, pintando las rosas con un esmero casi artístico.
—¡Asegúrate de no dejar ni un pétalo blanco, Grim! —instruyó Yuu.
—¡Ya lo sé, ya lo sé! —gruñó el pequeño monstruo, con una mancha roja en la nariz—. ¡Hago esto por los pasteles, no por las reglas del líder!
Mientras tanto, los novatos alisaban los manteles con una técnica impecable. Riddle, con una paciencia infinita que intentaba emular de Candice, los observaba a corta distancia. —Recuerden —dijo Riddle con voz firme pero calmada—, el doblez debe ser simétrico. La armonía visual es la cortesía de una buena mesa. Los estudiantes asintieron, sorprendidos de no haber recibido un grito ante el primer pliegue mal puesto.
Dentro de la oficina, Candice se ajustaba el uniforme frente al espejo. Sus mejillas habían recuperado ese tono rosado saludable y sus ojos brillaban con una paz que parecía inquebrantable. Tras lo sucedido con su padre, ella había depositado su mundo entero en las manos de Riddle, confiando ciegamente en su promesa de protección.
Sin preverlo, Riddle apareció tras ella como una sombra cálida. Sin decir palabra, rodeó su cintura con los brazos y apoyó la barbilla sobre su hombro. En el reflejo, sus ojos se encontraron.
—¿Estás lista? —susurró él cerca de su oreja, su aliento rozándole la piel.
Candice se recostó contra su pecho, deleitándose en su cercanía.
—Contigo a mi lado, estoy más que lista —anunció ella con un brillo de emoción. Riddle rompió su habitual compostura regia para depositar un rápido beso en su mejilla. —Te ves radiante, Candice. Mi reina... —añadió en un murmullo casi inaudible.
Le ofreció el brazo con la elegancia de un verdadero monarca y, juntos, caminaron hacia la salida.
En el jardín, el silencio se hizo absoluto cuando las puertas se abrieron. Trey dio un paso al frente, ajustándose las gafas con una sonrisa de puro alivio y complicidad. A su lado, un alumno de primer año desenrolló un pergamino oficial.
—¡Atención a todos los presentes! —proclamó el joven con voz potente—. ¡Recibamos al Soberano Carmesí, nuestro líder Riddle Rosehearts, y a nuestra Reina Blanca, Candice Lidell!
Un aplauso coordinado estalló mientras la pareja avanzaba hacia la cabecera de la mesa infinita. Candice saludaba con una mano delicada, mientras la otra permanecía entrelazada firmemente al brazo de Riddle. Al llegar a sus asientos, Riddle analizó el panorama con ojos de lince.
—Rosas rojas, manteles impolutos... —asintió para sí mismo mientras retiraba la silla de Candice para que ella se sentara—. La fiesta es, finalmente, perfecta.
Riddle tomó una tetera, su voz vibrando con un tono juguetón que pocos conocían. —
Dime, Candice... ¿el lirón duerme dentro de la...? —Se detuvo en seco al notar la mirada divertida de la joven. Dejó la tetera con un leve rubor—. Espera, da igual si duerme en la tetera. No permitiré que las reglas absurdas arruinen este momento.
Candice rió suavemente y levantó la tapa con cuidado. Cuando la pequeña nariz del lirón asomó, ella lo acarició con la yema del dedo.
—El lirón duerme en la tetera —confirmó ella—. Y es absolutamente adorable.
La atmósfera era idílica hasta que Trey se acercó con una bandeja de delicias recién horneadas.
—Si no quieres untarle mermelada al lirón, Riddle, quizá prefieras ponérsela a estos panecillos —sugirió Trey con ironía afectuosa. —Todo se ve delicioso, Trey-san —halagó Candice, haciendo que el vice-líder ensanchara su sonrisa. —Sigues siendo el mejor en repostería, Trey —agregó Riddle con un deje de nostalgia.
—¡Bien! ¡Que comience la celebración! —exclamó Cater, levantando su teléfono para capturar el momento—. ¡Digan "té"!
De pronto, Riddle se tensó. Sus ojos se clavaron en un rincón del jardín y se levantó de golpe, haciendo que los novatos dieran un respingo.
—¡Esperen un momento! —exclamó señalando un arbusto—. ¡Esas rosas siguen blancas!
El pánico recorrió la mesa. Ace y Deuce se miraron entre sí, sudando frío. "Olvidamos el arbusto del fondo", susurró Ace. Todos esperaban el estallido, el famoso "¡Que le corten la cabeza!", pero Riddle caminó hacia el arbusto con el ceño fruncido, pero en silencio.
Tomó una de las rosas blancas entre sus dedos. Con la otra mano, alzó su cetro y, con un destello de magia precisa, tiñó cada pétalo de un rojo vibrante. Luego, se giró hacia la multitud con una sonrisa genuina.
—No pasa nada —dijo con una tranquilidad que dejó a todos boquiabiertos—. Un pequeño descuido no arruinará este día.
Se acercó a Candice y, ante la mirada atónita de los residentes, se arrodilló frente a ella. Le tendió la última rosa que había transformado.
—Te prometí que jamás volvería a usar mi magia de manera egoísta o para infundir miedo —susurró mientras tomaba su mano para besarla con devoción—. Voy a mantener mi promesa, todos los días de mi vida.
—Riddle... —murmuró Candice, con el corazón saltándole en el pecho.
Riddle se puso en pie, recuperando su porte de líder, pero sin perder la calidez en su mirada.
—¡Ahora sí! ¡Que comience oficialmente la Fiesta de No Cumpleaños.
El salón estalló en un vitoreo estruendoso que parecía hacer vibrar las paredes de Heartslabyul. Una marea roja y blanca se abalanzó sobre su líder; todos buscaban un espacio para decirle lo increíble que había estado y lo magnífica que resultaba su magia tras el duelo. Candice, sentada a una distancia prudente en su mesa, observaba la escena apoyando la barbilla en su mano. Una sonrisa satisfecha iluminaba su rostro al ver a su "Rey" rodeado, por fin, de halagos sinceros y sonrisas que no nacían del miedo, sino de la admiración pura.
—Vice-líder... Señorita Candice.
La voz, cargada de una timidez casi infantil, la hizo girar. Ante ella se encontraba un grupo de al menos diez alumnos, apretujados unos contra otros, con las mejillas encendidas y la mirada clavada en el suelo.
—¿Sí? —preguntó ella, suavizando su expresión con una sonrisa acogedora—. ¿Ocurre algo, chicos?
El grupo pareció tensarse ante su atención directa. Finalmente, el que parecía llevar la voz cantante dio un paso al frente, ocultando algo tras su espalda.
—E-esto... es de parte de todo el dormitorio —tartamudeó, revelando una caja pequeña envuelta en papel de seda y un lazo perfectamente anudado—. Es por su recuperación. Queríamos celebrar que está de vuelta con nosotros.
—¿Es para mí? —La sorpresa de Candice fue genuina. Sus dedos rozaron la superficie del envoltorio con una delicadeza casi reverencial—. No tenía idea de que tramaban algo así.
—¡Es lo mínimo! —exclamaron varios al unísono, asintiendo con vigor.
—Qué lindos son todos —murmuró ella, sintiendo un calor agradable en el pecho—. ¿Me permiten abrirlo ahora mismo?
—P-por supuesto. Nosotros... solo esperamos que sea de su agrado —respondió el portavoz, mientras sus compañeros aguantaban la respiración.
Candice desató el lazo con movimientos lentos, disfrutando del ritual. Al retirar la tapa, sus ojos se abrieron de par en par y un pequeño jadeo escapó de sus labios. Dentro, descansaba una pieza de orfebrería exquisita. Con manos temblorosas, extrajo el objeto para que la luz de las lámparas de araña lo hiciera brillar.
—Es... es preciosa —susurró, con la mirada cristalizada por la emoción—. Chicos, no debieron molestarse, esto debió costar una fortuna.
—Al contrario, Vice-líder —dijo uno de los alumnos del fondo, ganando valor—. Usted siempre nos ha cuidado, nos ha ayudado con las lecciones y nos ha defendido incluso cuando las reglas eran... difíciles. Es lo menos que podíamos hacer.
—Queremos que, cada vez que la mire, tenga un recordatorio de lo que usted significa para nosotros —añadió otro con una sonrisa cómplice—. Usted es el corazón que mantiene unido este lugar.
Candice se mordió el labio, conmovida. Extendió la delicada corona dorada hacia ellos, inclinando un poco la cabeza en un gesto de absoluta confianza.
—En ese caso, ¿me ayudarían a colocármela? —suplicó con la mirada, provocando un revuelo de nerviosismo entre los jóvenes.
Entre empujones y susurros de "¡ve tú!", "¡no, tú tienes las manos más limpias!", terminaron empujando a un alumno hombre-bestia de orejas caninas hacia el frente. El chico, temblando de pies a cabeza, tomó la joya con la punta de los dedos como si fuera a romperse. Con sumo cuidado, la encajó sobre el cabello de la chica, asegurándose de que quedara recta.
—L-listo. Le queda... le queda perfecta, Vice-líder. Parece una verdadera reina.
Candice se ajustó un mechón de pelo, sintiendo el peso ligero y frío del oro sobre su frente. Entonces, rompiendo toda formalidad, les guiñó un ojo con picardía, logrando que más de uno se sonrojara hasta las orejas.
—Olvídenlo. Estamos en una fiesta —anunció con un tono jovial—. Solo llámenme Candice.
La fiesta estaba en su apogeo. El aroma a tartas recién horneadas y té de rosas inundaba el jardín, mezclado con las risas relajadas de los estudiantes que, por una noche, no temían perder la cabeza por romper una regla trivial. Candice se puso en pie, sintiendo el ligero peso de la corona dorada sobre su sien como una caricia metálica.
Con paso elegante pero alegre, se abrió paso entre la multitud hasta llegar al centro de la atención, donde Riddle terminaba de agradecer a un grupo de estudiantes de primer año.
—Riddle —llamó ella con suavidad.
El líder de Heartslabyul se giró de inmediato. Al verla, sus ojos grises se abrieron con una mezcla de sorpresa y fascinación. La luz de los farolillos se reflejaba en las puntas de la pequeña corona de Candice, creando destellos que enmarcaban su rostro.
—Candice... —murmuró él, recorriéndola con la mirada—. ¿Qué es eso? No la llevabas puesta cuando salimos.
Ella soltó una risita cristalina y dio una pequeña vuelta sobre sí misma, haciendo que el oro brillara bajo la luna.
—Es un regalo —explicó, señalando con un gesto discreto al grupo de alumnos que la observaban desde lejos con ansiedad—. Los chicos me lo han dado por mi recuperación. ¿Qué te parece? ¿Crees que rompe alguna de las leyes de la Reina de Corazones?
Riddle guardó silencio un instante, cruzándose de brazos mientras la estudiaba con fingida severidad. Sin embargo, una pequeña sonrisa, asomó en la comisura de sus labios.
—La regla número 342 dice que solo los soberanos pueden portar insignias reales en banquetes oficiales —comentó con tono solemne, para luego suavizar la voz—. Pero... considerando que tú eres la que mantiene el orden en este dormitorio junto a mí, y que ha sido un tributo de tus subordinados por tu salud... haré una excepción.
—¿Solo una excepción? —bromeó ella, acercándose un paso más—. Pensé que dirías que me queda bien.
Riddle se sonrojó ligeramente, desviando la mirada hacia su propia taza de té antes de volver a mirarla con una honestidad desarmante.
—Te queda... más que bien —admitió en un susurro—. Te hace lucir como la líder que ya eres para ellos. Los chicos te adoran, y después de verte llevar eso, entiendo por qué. Has ganado una lealtad que no se impone con castigos, sino con esa paciencia tuya.
Candice sintió un vuelco en el corazón. Sabía que, viniendo de Riddle, ese era el mayor cumplido que podía recibir.
—Gracias, Riddle —respondió ella, extendiendo una mano para rozar la suya—. Pero recuerda que una corona no significa nada si el Rey no está a mi lado.
Riddle la observó en silencio durante un segundo más, como si estuviera grabando la imagen de ella coronada en su memoria. Entonces, acortó la distancia y, con una ternura que rara vez se permitía en público, depositó un suave beso en su frente, justo debajo del borde de oro de su regalo.
—Te queda perfecta —susurró contra su piel.
Se separó lentamente y caminó hacia una de las mesas laterales, donde una caja blanca de dimensiones considerables descansaba apartada del resto de los aperitivos. La tomó con ambas manos, sosteniéndola con un cuidado casi excesivo, y regresó frente a su novia.
—Candice... preparé esto como una especie de compensación para los chicos —dijo él, evitando por un momento el contacto visual—. ¿Crees que... crees que ellos quieran perdonarme?
Candice ladeó la cabeza, su curiosidad despertada por el misterio de la caja.
—¿Qué es eso, Riddle? —preguntó con suavidad, extendiendo una mano para rozar el cartón frío de la caja.
El líder de Heartslabyul suspiró, y por un instante, volvió a parecer el chico joven que cargaba con el peso de un mundo de reglas estrictas.
—Pues... yo... intenté preparar una tarta —confesó, y sus mejillas se tiñeron del mismo rojo que su capa—. No he podido dejar de pensar en que, hace una semana, deseché la tarta que Ace preparó con tanto esfuerzo sin un motivo realmente válido. Solo porque no seguía una regla absurda de la Reina. Quiero... quiero hacer las paces con todos. No quiero ser solo el Rey que castiga; quiero ser el líder que ellos merecen.
Candice sintió que el corazón se le encogía de orgullo. Sabía cuánto le costaba a Riddle admitir un error, y mucho más intentar algo tan ajeno a él como la repostería, un terreno que siempre había dejado en manos de Trey.
—¿La hiciste tú solo? —preguntó ella con una sonrisa radiante.
—Trey me dio algunas pautas —explicó él, mirando la caja con inseguridad—. Puede que no sea tan perfecta como las de la pastelería, o que la decoración sea algo rígida, pero... las fresas están cortadas exactamente a la medida permitida.
Candice soltó una risita encantada y le puso una mano en el hombro, dándole ánimos.
—Riddle, el hecho de que te hayas manchado las manos de harina por ellos significa más que cualquier regla bien cumplida. — lo tranquilizó — Les va a encantar.
Riddle asintió, enderezando la espalda y recuperando un poco de su compostura habitual.
—Entonces, ¿me acompañarías a entregárselas? —pidió él, extendiéndole el brazo libre—. Si la Vice-líder está a mi lado, quizás no se sientan tan intimidados por mi presencia.
Candice se aferró al brazo de Riddle y asintió con determinación, contagiándole un poco de su propia seguridad.
—Faltaría más. Vamos.
Caminaron hacia el centro del jardín, donde el resto de sus amigos disfrutaban del banquete. Cater estaba ocupado buscando el ángulo perfecto para una serie de selfies, mientras los demás degustaban el té. Sin embargo, a medida que se acercaban, Riddle empezó a acortar el paso, sus hombros tensándose por la duda. Candice, notando que el "Rey de Corazones" estaba a punto de acobardarse, le apretó la mano con firmeza y aceleró el paso, arrastrándolo prácticamente hacia el grupo.
—¡Hola, chicos! ¿Adivinen qué? —anunció Candice con su alegría habitual. Riddle desvió la mirada, con el rostro encendido de un rojo que rivalizaba con su uniforme—. Riddle les ha traído un regalo muy especial.
Él carraspeó, tratando de recuperar una dignidad que se le escapaba entre los dedos, y extendió la caja.
—A-aquí. Es una tarta —dijo, abriendo la tapa con manos temblorosas.
Dentro, se visualizaba una tarta de aspecto algo accidentado y bordes irregulares. El silencio que siguió fue sepulcral mientras todos procesaban la imagen.
—No soy muy experto en esto —murmuró Riddle, rompiendo el silencio—, así que puede que luzca... un poco rara.
—Ciertamente, tiene una forma... peculiar —comentó Yuu, intentando ser diplomático mientras cargaba a un Grim que ya estaba husmeando el aire con sospecha.
Trey se inclinó, ajustándose las gafas para examinar la obra. —Vaya, incluso te tomaste el trabajo de darle brillo a las fresas con mermelada. No está nada mal para ser tu primera vez, Riddle.
—¡Oye! ¡No es justo, lo sigues consintiendo! —reclamó Ace, señalando a Trey con indignación—. ¿Acaso han olvidado lo que le hizo a Candice y lo que nos hizo pasar a todos? ¡Una tarta no borra todo lo malo que hizo!
Riddle se encogió, su expresión endureciéndose por la culpa. Candice intervino de inmediato, lanzándole a Ace una mirada cargada de advertencia, pero bañada en una sonrisa dulce.
—Ace-kun… —murmuró ella. Su tono era suave, pero llevaba implícito el ruego de que dejara el pasado atrás por esa noche.
Ace, que no era precisamente conocido por su capacidad de perdón, se topó con los ojos brillantes de Candice. Al ver la mezcla de esperanza y vulnerabilidad en su mirada, soltó un bufido y chasqueó la lengua, desviando la cara.
—Tch, como sea —refunfuñó de manera altanera, aunque una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro—. Lo dejaré pasar por esta vez. ¡Vamos, quiero probar esa cosa!
Todos tomaron una cuchara, ansiosos por el gesto inédito de su líder. Candice los observó con expectación, pero en cuanto el primer bocado llegó a las bocas del grupo, el tiempo pareció detenerse. Al instante, la mayoría escupió el contenido o hizo muecas de puro horror.
—¿Qué sucede? —inquirió Candice, genuinamente confundida—. ¿Tan mala es?
—¡Esto sabe a pura sal! —gritó Ace, agitando las manos frente a su boca—. ¡Riddle! ¡¿Qué demonios le pusiste?!
Riddle abrió mucho los ojos, totalmente incrédulo.
—¿Qué? Fui preciso... respeté la receta al pie de la letra. ¡Pesé los ingredientes hasta el último gramo! —se defendió, antes de que una duda cruzara su mente—. Aunque... capaz me pasé un poco con la salsa de ostras.
—¡¿Salsa de ostras?! —gritó Deuce, palideciendo.
—Cuando éramos niños... —explicó Riddle, mirando a Trey con timidez—, Trey me dijo que todas las mejores tartas del mundo llevan un toque de salsa de ostras como ingrediente secreto.
—¡Riddle, lo dijo en broma! —aulló Ace.
El silencio volvió a reinar, hasta que Trey no pudo contenerse más. Una carcajada profunda y genuina escapó de su pecho, haciendo que se le saltaran las lágrimas tras las gafas.
—Es increíble... —logró decir Trey entre risas—. Es increíble que después de tantos años, hayas caído en esa broma, Riddle.
Candice no pudo evitarlo y soltó una risita encantada, aferrándose al brazo de su novio. Riddle, tras un momento de estupefacción, sintió cómo el peso de la perfección se desmoronaba. Soltó el aire que contenía y comenzó a reírse de sí mismo, con una calidez que iluminó todo el jardín.
—Sí... vaya metida de pata —admitió Riddle, riendo junto a sus dos personas favoritas.
A unos metros de distancia, Yuu sacó la cámara que el Director Crowley le había dado. El clic del obturador comenzó a sonar, capturando la magia del momento.
- La primera foto:Riddle, Trey y Candice riendo juntos, una imagen de perdón y amistad recuperada.
- La segunda:Ace y Deuce compartiendo una tarta de castañas (la de verdad), discutiendo como de costumbre.
- La tercera:Grim frente a un gigantesco pastel de frutas, con la cara cubierta de crema.
- La cuarta:Riddle con una gran sonrisa, usando su magia para dirigir una melodía invisible con los instrumentos del jardín.
- La quinta:Trey y Cater saludando a la cámara, uno con una sonrisa tranquila y el otro haciendo el signo de la paz para sus seguidores.
- La sexta:Riddle y Candice, frente a frente, mirándose a los ojos con una devoción que no necesitaba palabras con los brazos de Candice alrededor del cuello del chico.
Y finalmente, Yuu ajustó el temporizador y corrió para unirse al grupo. El flash iluminó el jardín de Heartslabyul, inmortalizando a todos juntos: una familia imperfecta, caótica, pero finalmente feliz.
