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Las Reglas son para romperse

Summary:

Riddle Rosehearts, líder del dormitorio Heartslabyul, gobierna con puño de hierro y una lealtad inquebrantable a las leyes de la Reina de Corazones. Bajo su mando, nadie se atreve a cuestionar la norma más mínima... hasta ahora.

Todo cambia con la llegada de Candice Lidell, una joven que siempre ha estudiado en casa y que aterriza en el dormitorio para ocupar el cargo de Vice-líder. ¿Podrá la perspectiva de Candice desafiar la estricta autoridad de Riddle? ¿Cómo terminará este encuentro entre el orden absoluto y lo desconocido?

Notes:

Quiero aclarar, antes que nada, que originalmente escribí esta historia solo para mí, pero sentí que sería injusto no compartirla. Debo confesar que este proyecto nació de un capricho personal: me parecía una pena que personajes tan fascinantes no tuvieran a alguien especial en sus vidas. Además, como no soy seguidora del género BL (Boys' Love), esta obra no seguirá esa línea; si buscas ese tipo de contenido, me temo que esta historia no es para ti.

Por otro lado, al ser un proyecto nacido de la inspiración espontánea, es posible que desconozca algunos detalles técnicos de los personajes. He intentado ser lo más fiel posible con la información que he podido recopilar de diversas fuentes y wikis, esperando haber captado su esencia.

Espero que reciban este relato con mucho cariño. Si el estilo o la trama no son de tu agrado, te invito a dejarlo pasar sin resentimientos. Mi intención es simplemente que mi creatividad encuentre un lugar seguro en la web, en lugar de arriesgarme a que se pierda en el disco duro de mi computadora.

¡Gracias de antemano por leer!

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

• CAPÍTULO I •

La luz del alba apenas comenzaba a bañar la fachada de la mansión, una imponente estructura de mármol color perla que se erguía con orgullo entre la bruma matutina. En su interior, el letargo nocturno se había disipado hacía horas. El servicio se desplazaba con una eficiencia silenciosa y coreografiada; el leve roce de las fregonas contra el suelo pulido y el aroma a café recién molido eran los únicos indicios de la actividad frenética que preparaba el día para los señores de la casa.

Con una solemnidad casi ritual, un mayordomo de guantes impecables sostenía una bandeja de plata. Se detuvo ante las pesadas puertas de caoba tallada del estudio y, tras ajustar su postura, llamó dos veces. El sonido seco de los nudillos contra la madera densa resonó en el pasillo.

—Adelante —concedió una voz profunda y aterciopelada desde el interior.

El sirviente empujó la hoja con una delicia ensayada. Al cruzar el umbral, el ambiente cambió; el aire olía a tinta, papel antiguo y tabaco de pipa. Tras un escritorio desbordante de documentos y legados, un hombre de mediana edad se frotaba el puente de la nariz mientras se despojaba de sus anteojos de lectura. Su mirada, cansada pero gélida, se posó sobre el recién llegado.

—¿Si? —inquirió, con una brevedad que no admitía distracciones.

—El correo de la mañana, mi señor —respondió el empleado, ejecutando una reverencia precisa mientras extendía la bandeja.

En el centro del metal reluciente destacaba un sobre de un negro absoluto, como la obsidiana, cerrada por un sello de lacre de un vibrante y casi antinatural verde neón. El contraste era hipnótico.

—¿Proviene de Night Raven College? —La voz del hombre perdió un ápice de su indiferencia.

—En efecto, mi señor —asintió el criado, manteniendo la bandeja a la altura justa.

—Gracias. Puedes retirarte.

El noble reconoció la carta con un movimiento fluido de sus dedos largos. El criado volvió a inclinarse y dio media vuelta hacia la salida. Su mano apenas rozaba el frío latón de la perilla cuando la voz de su amo lo ancló al sitio.

—¿Se ha levantado ya mi hija? —preguntó el hombre, procediendo a mameluco el sello con una abrecartas de plata, sin dignarse a mirar al empleado.

—La señorita despertó hace horas, señor. Se encuentra en sus aposentos preparándose para el servicio del desayuno. ¿Debo comunicarle que no os esperen en la mesa?

El hombre guardó silencio durante unos segundos, sopesando el peso del papel en su mano. Finalmente, negó con la cabeza con un gesto imperceptible.

—No. Esta vez bajaré —sentencia con una gravedad renovada—. Hay asuntos de vital importancia que debo discutir con ella. Informale que la espero en el comedor.

—Como ordene, mi señor —concluyó el empleado antes de deslizarse fuera de la estancia, dejando tras de sí un silencio sepulcral.

A solas, el hombre recorrió con la vista cada línea de la misiva. Con cada párrafo que sus ojos devoraban, la rigidez de su rostro se suavizaba en una mueca que rozaba la satisfacción; una sonrisa inexistente que se ensanchaba por momentos. Dobló el papel con cuidado reverencial y lo dejó sobre el escritorio. Entrelazó los dedos bajo su barbilla, ocultando su expresión tras sus manos, y un murmullo cargado de anticipación escapó de sus labios.

—Llegó el momento.

...

En una de las estancias más luminosas de la mansión, una joven de cabellera blanca, tan sedosa que parecía hilada de nubes, terminaba de ordenar su santuario personal. Con un movimiento grácil y preciso, colocó el último tomo en la biblioteca, alineando el lomo con una exactitud geométrica. No había espacio para el caos en su vida, ni siquiera en las estanterías.

Tras asegurarse de que el orden era absoluto, tomó una regadera de porcelana y se dirigió al balcón. Allí, un rosal crecía bajo un régimen de cuidados estrictos, estratégicamente ubicado para capturar el primer beso de la luz dorada de la mañana. Con una ternura que contrastaba con su fría disciplina, acarició los pétalos aterciopelados, susurrándoles como si compartiera secretos de Estado con seres conscientes.

— ¿Cómo han despertado hoy? —arrulló, con una voz que era puro almíbar—. Veo que su color se intensifica más cada día. Están mucho más hermosas que ayer, mis pequeñas.

Justo cuando terminaba de enderezar la maceta con meticulosidad quirúrgica, un golpe seco contra la madera de la puerta rompió el idilio. La joven se sobresaltó; el sonido fue como un latigazo en el silencio de la mañana.

—¿Adelante? —preguntó, con el ceño levemente fruncido.

En aquella casa, las visitas a su habitación eran raras. La puntualidad era una religión y el protocolo una ley; nadie irrumpía en su espacio privado a menos que el reloj marcara una demora imperdonable en sus deberes.

La puerta se abrió sin ceremonias. Un criado entró y ejecutó una reverencia tan rígida como su uniforme.

—Buenos días, señorita. Lamento la intrusión, pero el señor Alistair me ha ordenado informarle que solicita su presencia en el comedor en cinco minutos. Desayunará con usted.

Al escuchar aquel nombre, la joven sintió un escalofrío que le recorrió la columna como una descarga de hielo. Su piel, ya de por sí pálida, perdió cualquier rastro de calidez, tornándose de un blanco traslúcido.

—Entiendo... yo... bajaré de inmediato. Gracias —respondió, esforzándose por mantener la compostura, aunque el ligero temblor de su voz traicionaba el pavor que se instalaba en su pecho.

El empleado se retiró con otra breve inclinación, desapareciendo tan rápido como había llegado. En cuanto el clic de la cerradura confirmó su soledad, la chica se dejó caer de espaldas sobre la cama, cubriendo el rostro con las manos y soltando un suspiro cargado de ansiedad.

—No puede ser... ¿Qué he hecho mal esta vez, Bunny? —le preguntó a su conejo blanco.

El animal, que descansaba en un lecho de seda junto al suyo, alzó la cabeza. Sus ojos negros, como dos cuentas de azabache, la observaron con una curiosidad silenciosa mientras agitaba la nariz.

—He terminado de leer las crónicas de la Reina Roja, completé los teoremas de aritmética, redacté el ensayo sobre los Siete Grandes y puse al día los acuerdos comerciales... —enumeró, contando sus quehaceres con los dedos mientras clavaba la vista en el techo, buscando un error invisible—. ¿Qué se me ha podido pasar por alto?

El pequeño animal se estiró perezosamente. La joven lo tomó en brazos, apretándolo contra su pecho antes de alzarlo frente a ella, buscando algún consuelo en su mirada irracional.

—¿Crees que estoy en problemas? —preguntó con un hilo de voz.

El conejo, en un gesto de afecto animal, presionó su húmeda nariz rosada contra la de su dueña. Ella dejó escapar una risa melancólica, rascándole entre las orejas con el dedo índice antes de devolverlo a su sitio.

—Tienes razón. Padre jamás baja a desayunar si no es para señalar una grieta en mi perfección —murmuró para sí misma, con la resignación pesando en sus hombros—. Será mejor que no lo haga esperar. Te traeré algo de fruta más tarde, Bunny.

Tras una última y exhaustiva inspección frente al espejo —alisando cualquier arruga inexistente en su vestido y asegurándose de que ni un solo cabello blanco estuviera fuera de lugar—, salió de la habitación. Con cada paso que daba hacia el comedor, el eco de sus tacones sobre el mármol sonaba como una cuenta regresiva.

...

Al bajar las escaleras sintió un retorcijón en su estómago, no estaba preparada para enfrentar a su padre aún, temía lo que pudiera decirle o peor aún, recibir un castigo. Hace mucho que había dejado de recibirlos, más precisamente, cuando era niña, pero aún así, temores pasados ​​volvían a acecharla, atormentándola.

Hizo una reverencia y saludó con cortesía a su padre antes de tomar asiento en una de las tantas sillas vacías, Candice nunca había entendido la lógica de tener un comedor tan grande si casi nunca tenían visitas, a menos que fueran socios de su padre o algún negociador.  

Candice ocupó su lugar con la espalda recta, apenas atreviéndose a respirar.

El comedor era una estancia vasta, dominada por una mesa de caoba tan larga que las voces parecían perderse antes de llegar al otro extremo. El señor Alice ya estaba sentado a la cabecera, cortando sus alimentos con una precisión mecánica. El tintineo de la plata contra la porcelana era el único sonido que rompía el pesado silencio.

—Has llegado a tiempo —dijo su padre sin levantar la vista. Dejó el cubierto a un lado y, finalmente, clavó sus ojos en ella—. Supongo que te preguntarás a qué se debe mi presencia esta mañana.

—Así es, padre —respondió ella, manteniendo las manos entrelazadas sobre su regazo para ocultar el leve temblor. — la verdad me gustaría saberlo, si no le molesta que pregunte.

El hombre tomó el sobre negro que había recibido minutos antes y lo deslizó por la mesa hasta que quedó frente a la joven. El sello verde neón parecía brillar con una luz maligna bajo las lámparas de cristal.

—He recibido la confirmación de mi viejo amigo, el Director Crowley —sentenció el hombre—. A partir de mañana, dejarás esta casa y te incorporarás a Night Raven College.

El aire se volvió denso, una barrera invisible que se atascó en la garganta de Candice. Sus ojos, fijos en la figura imperturbable de su padre, se abrieron con una mezcla de horror e incredulidad. El tintineo de la plata contra la porcelana fue el único sonido que rompió el silencio sepulcral del comedor.

—¿Colegio Cuervo Nocturno? —logró articular al fin, con la voz apenas por encima de un susurro—. Pero padre… esa es una institución exclusivamente masculina. Ninguna mujer ha cruzado ese umbral como estudiante en siglos. Es… un sacrilegio a la tradición.

—Los tecnicismos no me incumben —la cortó él. Un gesto seco de su mano en el aire dio por terminada cualquier objeción histórica—. Crowley me debe más favores de los que su orgullo puede permitirse admitir. Ha gestionado un permiso excepcional bajo mi estricta supervisión. No irás allí simplemente a ocupar un pupitre y pasar desapercibida; Ocuparás el cargo de Vice-líder del dormitorio Heartslabyul.

La noticia golpeó a Candice con la violencia de una marea gélida. El peso de las palabras la hundió en su asiento. No solo se le exigía infiltrarse en un entorno prohibido por la historia, sino que se le entregaba el mando en el dormitorio más inflexible y despiadado de la academia.

— ¿Vice-líder? —repitió, sintiendo cómo el pulso le martilleaba en las sienes—. ¿Bajo el yugo de las leyes de la Reina de Corazones? Padre, eso es...

—Exactamente lo que se espera de ti —sentenció él, su mirada gélida clavándose en la de su hija—. Espero que tu conducta sea un reflejo prístino de la educación que te he dado. No toleraré que el apellido de esta familia sea manchado por un solo error de etiqueta o un desliz en el cumplimiento de las normas. Crowley te espera al amanecer para llevarte a la ceremonia de iniciación.

—Pero padre, no creo que yo sea la persona adecuada para…

—Creo que fui… bastante claro, ¿o no? —espetó él. El tono bajó una octava, cargado de una advertencia implícita que hizo que el vello de la nuca de Candice se erizara.

Ella bajó la mirada de inmediato, sometiéndose al peso de la autoridad que siempre había regido su vida. El vapor del té, ya frío, subía entre ambos como una cortina de humo.

—Sí, padre —respondió con sumisión mecánica.

—Excelente. Te recomiendo empacar tus pertenencias de inmediato; no querrás que la impuntualidad sea tu primera carta de presentación ante el Director. Espero que tu comportamiento frente a él sea… más que respetable —puntualizó, dejando que el silencio subrayara la amenaza.

—Por supuesto —asintió ella, sin permitir que su voz vacilara esta vez, aunque por dentro el mundo se le estuviera desmoronando.

—Muy bien. Termina tu desayuno y retírate a tu habitación a investigar sobre tu nueva academia. Que mañana sea tu primer día no es una invitación al ocio. En esta casa, y en Night Raven, el conocimiento es la única arma que no puedes permitirte perder.
Su padre se puso en pie, dando por terminada la conversación antes de que ella pudiera protestar. Candice miró al sobre negro. El "permiso especial" de su padre no era un regalo, era un desafío de cristal: hermoso, pero destinado a romperse si cometía el más mínimo desliz en un mundo de lobos.

Aquella noche, el silencio en la mansión se sintió más denso que de costumbre, como si las paredes de mármol estuvieran conteniendo el aliento ante el cambio inminente. Candice se encontró en sus aposentos, sumergida en la penumbra que solo rompía la suave luz de una vela. Sus maletas, de cuero fino y herrajes de oro, descansaban junto a la puerta, listas para un viaje que cambiaría su destino para siempre.

Se dejó caer sobre el edredón de seda, sintiendo el peso de la noticia en sus hombros. Había investigado y leído todas y cada una de las páginas referentes a su nueva academia, su director, sus profesores, las instalaciones y por su puesto se memorizó todas y cada una de las 810 reglas del dormitorio Heartslabyul, nunca había estado más agradecida de su memoria fotográfica. La idea de Night Raven College —un bastión de magia y testosterona— la abrumaba. Sin embargo, conforme los minutos pasaban, una sensación extraña y casi prohibido comenzó a florecer en su pecho: alivio.

—Al menos... —susurró hacia el techo—, el Director Crowley no podrá ser más estricto que papá.

Bunny, que había estado observándola con sus grandes ojos negros, saltó a la cama y se acercó a ella. Candice lo tomó en brazos, hundiendo los dedos en su pelaje blanco mientras buscaba las palabras para procesar su nueva realidad.

—¿Te lo imaginas, Bunny? —preguntó en un murmullo, con una mezcla de nerviosismo y excitación—. Una academia llena de varones. Voy a ser la única... la primera. Es aterrador pensar en cómo me mirarán, o si dudarán de mí por no ser como ellos.

El conejo movió las orejas, escuchando atentamente el monólogo de su dueña. Candice suspiro, pero esta vez el suspiro no llevaba la carga de la derrota, sino el brillo de la oportunidad.

—Pero también será la Vice-líder de Heartslabyul —continuó, y una pequeña sonrisa, auténtica y privada, iluminó su rostro—. Por primera vez tendré una responsabilidad que no sea solo limpiar rosales o recitar crónicas para complacer a mi padre. Podré conocer a otros, ver el mundo fuera de estos muros color perla... Ejecutar un cargo así es un honor que no pienso desperdiciar.

Se incorporó un poco, mirando hacia el balcón donde la luna se filtraba entre las cortinas. El miedo seguía allí, una presencia fría en el estómago, pero la curiosidad le ganaba el terreno. En ese dormitorio de chicos, bajo las leyes de la Reina de Corazones, ella tendría que demostrar de qué madera estaba hecha.

—Mañana todo será diferente —le prometió al conejo mientras le daba un último beso en la cabecita—. Mañana, por fin, empezará mi propia historia.

Cerró los ojos, permitiéndose soñar por primera vez con un cielo que no fuera el que se veía desde las ventanas de su padre.

Chapter 2: Capítulo II

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Capítulo II 

La mañana nació gélida y envuelta en una neblina plateada que se aferraba a los jardines de la mansión. Candice aguardaba junto a su equipaje en la escalinata principal, envuelta en un abrigo de corte impecable. A su lado, su padre permanecía como una estatua de mármol, con las manos entrelazadas a la espalda y una expresión de impaciencia contenida.

De pronto, el silencio del amanecer fue roto por el rítmico galope de caballos y el crujido de madera noble. De entre la bruma emergió un carruaje que parecía extraído de un sueño gótico: una estructura negra azabache, adornada con motivos de plumas y detalles en oro viejo, coronada por la efigie de un cuervo.

Antes de que el vehículo se detuviera por completo, la puerta se abrió de par en par con un estrépito dramático.

—¡Mi querido y viejo amigo, Alice! ¡Qué alegría vuelve a inundar mis ojos al verte! —exclamó una voz vibrante y cargada de una energía teatral.

Dire Crowley descendió del carruaje con una agilidad casi inhumana. Su capa de plumas se agitaba tras él como las alas de una criatura nocturna, y su máscara de cuervo brillaba bajo la tenue luz matutina. Se acercó al padre de Candice con los brazos abiertos, saludándolo con una exageración que hizo que las cejas del hombre se contrajeran en una mueca de pura exasperación.

—Ahórrate las hipérboles, Crowley —masculló el señor Alice, apartándose ligeramente—. Llegas tarde. — pronunció seriamente.

—¡Oh, detalles insignificantes para un hombre tan ocupado como yo! ¡Soy tan bondadoso que el tiempo mismo se detiene a esperarme! —rió el director, antes de desviar su atención hacia la joven, que miró a su nuevo director con asombro mal disimulado.

Crowley se plantó frente a ella, emitiendo un sonido de asombro. Sin previo aviso, extendió una mano enguantada y apretó una de las mejillas de Candice con un gesto tierno pero firme, obligándola a inclinar la cabeza.

—Pero bueno... ¡si es la pequeña Candice! —exclamó con un tono casi paternal—. La última vez que mis ojos se posaron sobre ti, eras apenas una criatura que tropezaba con sus propios pies. ¡Mírate ahora! Una joven dama lista para ser moldeada por la grandeza de mi institución.

Candice, sorprendida por la invasión de su espacio personal, parpadeó varias veces, sintiendo el calor subir a su rostro. El director no soltó su mejilla de inmediato, mirándola con una mezcla de análisis y afecto excéntrico.

—Permíteme presentarme oficialmente, aunque mi fama me precede —dijo, soltándola finalmente para realizar una reverencia tan profunda que sus plumas rozaron el suelo—. Soy Dire Crowley, el director de la prestigiosa Night Raven College. Y tú, querida, eres mi invitada de honor en este experimento sin precedentes.

Candice miró a su padre, quien simplemente cerró los ojos y soltó un suspiro de agotamiento, y luego volvió a mirar al carruaje. La aventura no había hecho más que empezar, y su guía era, sin duda, el hombre más extraño que había conocido jamás.

—E-Es un honor, Director —logró decir ella, recuperando la compostura y haciendo una pequeña reverencia.

—¡El honor es mío! Ahora, sube al carruaje. No querrás que los demás alumnos comiencen la ceremonia sin conocer a su nueva y flamante Vice-líder, ¿verdad? ¡Andando, que mi bondad tiene un límite de horario!

Los sirvientes de la mansión Lidell ayudaron a Candice a colocar su equipaje rápidamente en el carruaje, mientras que la chica se despedía de su padre con un asentimiento de cabeza que el hombre le devolvió.

Una vez que el equipaje fue debidamente colocado, el director Crowley extendió una mano caballerosamente a Candice, ayudándola a subir al carruaje, poniéndose en marcha una vez bien instalados.

Los caballos comenzaron a galopar a paso suave y por las ventanas abiertas corría la fresca brisa mañanera, azotando el cabello de Candice, quien no pudo evitar mirar con cierta nostalgia como la casa en la que había nacido se hacía cada vez más pequeña a medida que se alejaban.

El interior del carruaje era tan opulento y sombrío como su exterior. Los asientos de terciopelo morado olían a incienso y magia antigua, y el suave traqueteo sobre el camino parecía marcar el ritmo de los latidos del corazón de Candice. Frente a ella, el Director Crowley se acomodaba la máscara, gesticulando con sus manos enguantadas mientras las luces y sombras de los árboles exteriores bailaban sobre su figura.

Candice, lejos de dejarse intimidar por la atmósfera, tenía una pequeña libreta de cuero abierta sobre sus rodillas. Con una pluma de plata en mano, anotaba cada palabra que salía de la boca del director con una concentración absoluta.

El director carraspeó y colocó cuidadosamente ambas manos enguantadas sobre sus rodillas, mirando a la joven con entretenimiento.

—Escucha con atención, querida Candice, porque soy tan generoso que te daré las claves del éxito antes de que pongas un pie en el campus —decía Crowley, inclinándose hacia delante—. Night Raven College es una institución de prestigio, pero el dormitorio al que te diriges, Heartslabyul, es... particular. Se rige estrictamente por las leyes de la Reina de Corazones.— tu uniforme será adaptado y modificado, por su puesto, te lo daré antes de que comience la ceremonia.

Candice asintió, garabateando rápidamente: Leyes de la Reina de Corazones. Disciplina absoluta.

—Estarás bajo el mando de Riddle Rosehearts —continuó el director, y por un segundo, su tono se volvió un poco más serio—. Es un joven prodigio, un mago excepcional, pero su devoción por las normas roza lo... obsesivo. No tolera ni un milímetro de desviación. Si la regla ochocientos diecinueve dice que no se puede comer sopa los martes mientras llueve, él se encargará de que nadie sostenga una cuchara.

—Entiendo —murmuró Candice, sintiendo un nudo de nervios en el estómago—. Mi padre siempre valoró la disciplina. Haré todo lo posible por cumplir con sus expectativas y las del joven Rosehearts. No quiero ser una carga para su administración, señor Director.

Crowley soltó una carcajada dramática, echándose hacia atrás en el asiento.

—¡Oh, qué espíritu tan diligente! ¡Mi bondad ha dado frutos al traerte! —exclamó—. Pero ten cuidado, pequeña. Riddle es el "Soberano Carmesí". Como su Vice-líder, serás su mano derecha, pero también la persona que deberá lidiar con su temperamento si algo sale mal. Él castiga las infracciones con su magia única: Off with your head!

Candice se detuvo un momento, con la pluma suspendida sobre el papel. —¿"Que le corten la cabeza"? —preguntó con voz pequeña.

—Metafóricamente, por supuesto... en la mayoría de los casos —añadió Crowley con una sonrisa misteriosa tras la máscara—. Bloquea la magia del infractor con un collar de castigo. Pero no te preocupes, confío en que tu impecable educación te mantendrá a salvo de sus estallidos. Eres mi "as bajo la manga" para este semestre.

Candice cerró la libreta con un golpe seco y la apretó contra su pecho. La descripción de Riddle Rosehearts sonaba alarmantemente parecida a la de su propio padre, solo que con el añadido de una magia poderosa y una corona.

—No le fallaré, Director —sentenció con determinación—. Memoricé cada regla de Heartslabyul anoche. Si el orden es lo que mantiene ese dormitorio en pie, entonces seré el pilar más firme que hayan tenido.

Crowley asintió con aprobación mientras el carruaje comenzaba a cruzar las imponentes puertas de hierro de la academia.

—¡Esa es la actitud! —exclamó señalando hacia la ventana—. Mira, Candice. Contempla tu nuevo hogar. ¡Night Raven College te da la bienvenida! — dijo agitando sus manos frente a la gran institución a la que se acercaban.

Cuando el carruaje cruzó el umbral de la academia, Candice sintió que el aire mismo vibraba con una frecuencia distinta. A través de la ventanilla, sus ojos se abrieron de par en par, maravillados por la arquitectura gótica que se alzaba hacia el cielo como garras de piedra oscura. No perdió un segundo: con el cuaderno apoyado en las rodillas, sus dedos comenzaron a trazar líneas rápidas y fluidas, capturando los arcos ojivales, las gárgolas que parecían vigilar el paso del carruaje y las torres que se perdían en la bruma.

—Increíble... —susurró para sí misma, perdiéndose en los detalles de las vidrieras que reflejaban luces de colores imposibles.

Sin embargo, el hechizo se rompió cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada principal. Al abrirse la puerta, el rumor de cientos de voces masculinas la golpeó como una ráfaga de viento.

Candice descendió del estribo con elegancia, pero en cuanto sus pies tocaron el suelo, el silencio se extendió por la plaza de armas para ser reemplazado, un segundo después, por un murmullo eléctrico y creciente. Cientos de estudiantes vestidos con túnicas ceremoniales se detuvieron en seco, clavando sus miradas en ella.

—¿Es... una chica? —se escuchó un susurro a pocos metros. —¿Qué hace una mujer aquí? ¿Se habrá perdido?

—Es realmente bonita, ¿Crees que me acepte una invitación a salir?.

—¡Shh... puede escucharte, idiota!

La atención era sofocante. Candice, acostumbrada a la soledad de su mansión o a la mirada juiciosa de su padre, sintió que el espacio se contraía. El color abandonó sus mejillas y, buscando instintivamente un refugio, se encogió de hombros y se ocultó tras la barricada improvisada de su equipaje, apretando el cuaderno contra su pecho como si fuera un escudo.

Crowley, que había bajado tras ella con su habitual arrogancia teatral, notó de inmediato la incomodidad de su protegida. Al verla tan vulnerable, su expresión de deleite cambió por una de autoridad absoluta. Expandió su capa de plumas, ganando altura, y su voz resonó en toda la plaza con una autoridad que hizo vibrar las ventanas.

—¡Suficiente! —bramó el Director, agitando una mano enguantada para dispersar a los curiosos—. ¡Atrás, todos ustedes! ¡Parecen una bandada de cuervos hambrientos!

Los estudiantes retrocedieron un par de pasos, intimidados por el aura del director.

—Denle espacio a nuestra invitada de honor —ordenó con un tono más gélido—. Si tienen tiempo para murmurar como aldeanos en un mercado, es que tienen tiempo para preparase para la ceremonia de inicio. ¡Despejen el área de inmediato!

Bajo la orden directa de Crowley, la multitud comenzó a disolverse a regañadientes, aunque muchas miradas de soslayo seguían fijas en la joven de cabellos blancos. El director se volvió hacia Candice y suavizó su tono, extendiéndole una mano.

—Lamento la falta de modales de estos jóvenes, querida. La novedad suele nublarles el juicio —dijo con una nota de calidez—. No dejes que te intimiden. Recuerda quién eres y el cargo que ostentarás.

Candice asomó la mirada tras sus maletas, soltando un suspiro tembloroso mientras intentaba recuperar la compostura. El peso de la responsabilidad acababa de volverse mucho más real.

—Gracias, Director —logró decir, enderezando la espalda—. Solo... no esperaba ser el centro de atención de esta manera.

—En Night Raven College, lo ordinario no existe —sentenció Crowley, señalando hacia el interior—. Y tú, Candice, eres la excepción más extraordinaria de todas. Ven, es hora de que conozcas a tu nuevo hogar... y a tu nuevo líder.

Caminaron por unos minutos, con Crowley explicándole a Candice la historia detrás de su maravillosa academia y la inspiración de los Siete Grandes, el director era muy animado y excéntrico, algo que a Candice le tomó algo de tiempo acostumbrarse, pero no era tan malo, al menos no era tan aterrador como su padre.

El Director Crowley se detuvo frente a una bifurcación de pasillos góticos, consultando un reloj de bolsillo dorado que parecía latir con vida propia.

—Ya debería estar aquí en tres... dos... uno...

—¿Me llamó director? — dijo una voz fría y cortante que hizo temblar a Candice al sentir la proximidad. A penas lo sintió acercase.

Volteó el rostro y se encontró cara a cara con un atractivo chico de aspecto juvenil y piel clara, su cabello era de un color rojizo neutro, corto en la nuca y un poco más largo alrededor de la cara, su flequillo se curvaba hacia adentro, y dos mechones prominentes en la coronilla caían hacia adelante formaban un corazón, era... bastante apuesto. En cuanto posó su mirada en la de ella, sus ojos color gris azulado que mantenían una mirada severa, la analizaron meticulosamente.

El director cerró de golpe su reloj de bolsillo y extendió las manos como si estuviera celebrando.

—Justo a tiempo como siempre, Riddle. Permíteme presentarte a la señorita Lidell. Candice, él es Riddle RoseHearts, el líder del dormitorio Heartslabyul — los presentó solemnemente.

Riddle extendió su mano a la de Candice y en un movimiento rápido, besó de manera furtiva sus nudillos dando una reverencia, que la chica correspondió.

—Un placer, conocerla señorita Lidell. — saludó con una expresión fría pero caballerosa.

Candice evitó que el escalofrío que recorrió su cuerpo afectara su comportamiento, así que disimuló lo mejor que pudo y le contestó de vuelta.

—El placer es mío, líder RoseHearts. — respondió de manera pulcra y educada.

Crowley aplaudió a la presentación y luego anunció.

—Ambos vengan a mi oficina, necesito ponerlos al tanto antes de que comience la ceremonia. 

Sin más, ambos jóvenes caminaron detrás del excéntrico director, aunque Candice no paró de mirar de reojo a Riddle todo el camino, quién la ignoraba mientras caminaba con la mejor postura que Candice hubiese visto en cualquier chico.

 

 

El despacho de Crowley estaba envuelto en una penumbra mágica, iluminada solo por el brillo de artefactos antiguos y el fuego verdoso de la chimenea. El Director se dejó caer en su gran sillón de cuero con una elegancia perezosa, mientras Riddle y Candice permanecían de pie frente a él, como dos polos opuestos de una misma moneda.

—Bien —comenzó Crowley, entrelazando sus dedos enguantados—. Iré directo al grano, ya que mi bondad me impide hacerlos perder más tiempo. Candice no está aquí solo por un capricho académico. Su padre y yo hemos acordado que ella es la pieza que falta para equilibrar la balanza de Heartslabyul.

Riddle dio un paso al frente, con el rostro tenso.

—¿Equilibrar? ¡Mi dormitorio es el más ordenado de la academia! ¡No hay nada que equilibrar donde reina la perfección!

—La perfección sin flexibilidad es fragilidad, Riddle —replicó Crowley con una calma inusual—. Candice ostentará el cargo de Vice-líder con plenos poderes de mediación. Su función es asegurar que la aplicación de las leyes de la Reina de Corazones sea... lógicamente impecable.

—Ya tengo un Vice-líder a mi cargo, Trey Clover y pese a ser un poco blando en cuestión de seguir el reglamento, es bastante decente.

—Oh, sí, el señor Trey. — mencionó el director como si no fuera la gran cosa — lo he relevado del cargo, ya lo he discutido con él antes de venir aquí. Estuvo de acuerdo.

—¡¿Qué?! 

Hizo una breve pausa.

—Oh, cierto, se me olvidaba. — dijo sin inmutarse ante el shock de Riddle.

Abrió un cajón de su escritorio y, de manera ceremoniosa, sacó una pequeña y delgada pluma con una gema transparente que brilló levemente. Se la extendió a Candice.

—Aquí tienes tu Gem Pen, querida. Tu magia única se manifestará una vez hayas decidido cómo deseas manejar las cosas en esta academia. De nada —canturreó la última palabra.

Candice tomó la pluma con cuidado y la observó durante unos segundos, antes de que una voz a su lado estallara en furia.

Riddle estalló. Su ira, contenida durante el trayecto, se desbordó en una letanía de protocolos.

—¡Eso es inaceptable! ¡Según la Regla ochocientos dos, el nombramiento de un Vicelíder debe ser ratificado por el Líder vigente tras un período de prueba! Además, ¡Ninguna mujer puede ocupar cargos de mando en una hermandad de varones! ¡La Regla sesenta y dos prohíbe expresamente...!

—¡Suficiente! —La voz de Crowley no fue un grito, sino un susurro cargado de una autoridad ancestral que hizo que los cuadros de las paredes temblaran. El Director se puso en pie, proyectando una sombra inmensa sobre Riddle—. Me citas las reglas del dormitorio, Riddle Rosehearts. Pero olvidas la regla fundamental de esta institución.

Crowley se acercó a Riddle, su máscara de cuervo a escasos centímetros del rostro del pelirrojo.

—Night Raven College no es una democracia, ni una extensión del Reino de las Rosas. Yo soy el Director. En este campus, mi palabra es la ley suprema. Mi voluntad está por encima de cualquier manual, cualquier enmienda y cualquier tradición. Yo he decidido que Candice Lidell sea la Vice-líder, y así será. ¿He sido lo suficientemente claro o debo recordarte quién te otorgó tu autoridad?

Riddle guardó silencio. Sus ojos ardían de rabia, pero la lógica de la jerarquía —la misma que él tanto defendía— lo obligaba a someterse. Si desobedecía al Director, estaría rompiendo la regla más básica de todas.

—Entiendo... Director —masculló Riddle a través de los dientes apretados. Su voz era un hilo de furia helada.

—Excelente. Sabía que entrarías en razón —dijo Crowley, recuperando instantáneamente su tono jovial—. Candice, querida, lamento este pequeño exabrupto. Riddle te escoltará a Heartslabyul. ¡Tienen mucho en común, estoy seguro de que se llevarán de maravilla! Tu uniforme y tu túnica ya deberían estar en tu habitación, así que asegúrate de cambiarte rápido, la ceremonia de ingreso iniciará en unos minutos... no querrás llegar tarde en tu primer día.

Riddle no esperó a que Candice dijera una palabra. Dio media vuelta con una violencia controlada y salió de la oficina, sus botas resonando con fuerza contra el suelo de madera. Candice, que había permanecido en silencio observando el despliegue de poder, tragó saliva. La victoria se sentía amarga; sabía que el camino hacia el dormitorio sería el más largo de su vida.

—Ve con él, pequeña —le animó Crowley con un guiño invisible tras su máscara—. Y recuerda: la lógica es un escudo, pero en Heartslabyul, necesitarás también una voluntad de acero.

—M-Muchas gracias, Director Crowley.

Candice hizo una reverencia apresurada y salió tras el pelirrojo, adentrándose en el pasillo donde la verdadera prueba estaba a punto de comenzar.

El camino hacia el dormitorio de Heartslabyul fue una marcha fúnebre de silencios cortantes. Riddle caminaba varios pasos por delante, con la espalda tan rígida que parecía a punto de quebrarse, mientras su capa roja ondeaba con cada paso decidido. Candice lo seguía, manteniendo la distancia, sintiendo que el aire se volvía más pesado a medida que se adentraban en el territorio de las cartas y las rosas.

Finalmente, Riddle se detuvo frente a una pesada puerta de madera blanca decorada con el símbolo del corazón. La abrió de un golpe seco, revelando una habitación impecable pero vacía de calidez.

—Tus pertenencias ya han sido trasladadas —dijo Riddle, sin volverse a mirarla. Su voz era plana, desprovista de cualquier emoción que no fuera un desdén contenido—. Este será tu aposento. Espero que mantengas el orden de acuerdo con los estándares del dormitorio.

Candice entró en la habitación, sintiendo el frío del mármol bajo sus pies. Al ver la figura pequeña pero imponente de Riddle a punto de marcharse, sintió que el peso de su enfrentamiento previo en el pasillo le oprimía el pecho. No quería empezar su nueva vida bajo una nube de hostilidad.

—Líder Rosehearts... —llamó ella con suavidad. Riddle se tensó, pero no se giró—. Yo... quería... disculparme. Sé que probablemente usted se sienta incómodo con mi presencia en este lugar, pero...

Riddle giró la cabeza apenas lo suficiente para que su perfil quedara iluminado por la luz del pasillo. Sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa.

—¿Disculparte? —repitió él, y una risa amarga y breve escapó de sus labios—. Has manchado deliberadamente esta prestigiosa academia con tu sola presencia.

Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con la confianza de quien se sabe soberano. Candice retrocedió instintivamente hasta que su espalda tocó el borde de la pared detrás de ella.

 

—Escúchame bien, Candice Lidell —sentenció Riddle, apuntándola con un dedo enguantado—. Esta será la primera y la última vez que te lo diré. El Director ha impuesto tu presencia aquí, y como el orden jerárquico es la base de la civilización, acataré su voluntad. Pero no te equivoques: en este dormitorio, mi palabra sigue siendo el destino final.

Candice asintió, con el corazón galopando contra sus costillas. El valor que había mostrado en la oficina del director Crowley parecía haberse evaporado ante la mirada gélida del pelirrojo.

—En unos minutos, comenzará la ceremonia —continuó él, recuperando su postura marcial—. Así que prepárate. No toleraré que llegues un solo segundo tarde, ni que tu uniforme presente la más mínima arruga. Si vas a ser mi mano derecha, más te vale ser tan perfecta como el filo de una guillotina. — su rostro quedó muy cerca del de Candice — ¿Quedó claro?

—Como el cristal — expresó Candice en un tono bajo tragando con fuerza.

Sin esperar respuesta, Riddle salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. El eco del portazo resonó en la estancia vacía, dejando a Candice sola con sus miedos.

Ella se dejó caer en la silla frente a su escritorio, abrazándose a sí misma. La protección de Crowley había terminado; ahora estaba en el corazón del reino de Riddle, y las reglas eran las únicas armas que le quedaban para sobrevivir.

El silencio en la nueva habitación de Candice no era el silencio acogedor de un hogar, sino uno pesado y expectante, como el de un escenario vacío antes de una tragedia. Tras desempacar cada una de sus pertenencias y alinear sus libros con la precisión que su padre le había inculcado, la joven se sentó en el borde de la cama dejando su bolso justo a su lado con cuidado, observando las paredes decoradas con motivos de naipes.

 Su bolso se removió encima de su cama antes de que Bunny asomara la cabeza mirando a su dueña con curiosidad saliendo de su prisión mientras se restregaba encima de su regazo.

Candice rascó su cabecita sonriendo a medias, menos mal que había podido traer a Bunny con ella, no creo que habría resistido un día en esa academia sin su pequeño compañero.

Una sensación de ironía amarga comenzó a filtrarse en sus pensamientos. Había pasado años soñando con cruzar el umbral de su mansión para escapar de la vigilancia asfixiante de su progenitor, solo para terminar en el corazón de un dormitorio donde cada suspiro parecía estar regulado por un manual de conducta.

—He escapado de un carcelero para caer en manos de un verdugo —susurró para sí misma, mirando sus manos pálidas—. Y lo que es peor... un verdugo que ahora tiene motivos personales para vigilar cada uno de mis pasos.

La imagen de los ojos encendidos de Riddle y su advertencia sobre la "guillotina" se repetían en su mente como un eco incesante. Se sentía pequeña, una pieza de ajedrez solitaria en un tablero donde todos los demás conocían los movimientos excepto ella.

Con un suspiro que pareció arrancar el último aliento de valor que le quedaba, se despojó de su calzado y su ropa para poder colocarse su nuevo uniforme. Era exactamente su talla, así que le quedó perfecto, se calzó unos elegantes zapatos blancos y cepilló su largo cabello con precisión, se contempló en el espejo tratando de encontrar algún rastro de imperfección y quitó algunas motas de polvo imaginarias mientras daba un par de vueltas en su mismo eje, dándose por satisfecha.

Giró el rostro hacia la cama donde Bunny ya descansaba, moviendo su naricita rosada en sueños, ajeno a las intrigas políticas y las reglas de etiqueta que atormentaban a su dueña.

—Descansa, Bunny —murmuró con una voz suave dándole una rápida caricia antes de salir corriendo a la sala de los espejos donde se realizaría la ceremonia.

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Capítulo III

 

Candice irrumpió en el Salón de los Espejos con el corazón martilleándole contra las costillas, una percusión frenética que apenas lograba acallar con un suspiro profundo. Mientras caminaba, se ajustó con dedos nerviosos la pesada capa ceremonial que el Director Crowley había dejado en su habitación; la tela, rica y solemne, se sentía extraña sobre sus hombros. Con una voluntad forjada en hierro, empujó las grandes puertas.

El salón era un mar de rostros. Los estudiantes, agrupados por dormitorios, se alzaban como pequeñas islas de uniformes coordinados. Como era de esperar, su entrada provocó un oleaje de murmullos y miradas inquisitivas, pero Candice, decidida a no flaquear, levantó la barbilla con orgullo y se dirigió hacia el sector de Heartslabyul, donde la figura imponente de Crowley y la silueta rígida de Riddle Rosehearts ya la aguardaban.

—Ah, Candice. Justo a tiempo. La ceremonia está a punto de alcanzar su clímax —saludó Crowley con ese entusiasmo teatral tan suyo—. Ven, querida, toma tu lugar junto a Riddle, en la primera fila.

Ella asintió, obedeciendo en silencio. Al colocarse a un paso de Riddle, notó que el líder ni siquiera se dignó a desviar la vista hacia ella; su mirada estaba clavada en el altar, observando con escrutinio clínico los ataúdes flotantes de donde emergían los nuevos reclutas.

—Puntual —le susurró Riddle. Su voz era una hoja de hielo que no necesitaba contacto visual para cortar—. Un segundo más y habrías empañado tu primer día como Vice-líder con una impresión deplorable. Espero que la impuntualidad no sea una de tus facetas habituales.

—En absoluto, líder —respondió ella, manteniendo la columna recta y la voz firme, ocultando cualquier rastro de duda.

—Bien.

El Director Crowley se posicionó frente a la fuente, bajo la sombra del enorme Espejo Oscuro que flotaba como una deidad silenciosa. Golpeó el suelo con su bastón, exigiendo silencio, y alzó un brazo como si fuera a invocar a las mismas estrellas.

—¡Mis queridos polluelos! Es para mí un honor inefable contar con su presen...

Un estruendo seco cortó el aire. Golpes violentos retumbaron desde el interior de uno de los ataúdes de ébano. La confusión barrió el salón como una ráfaga de viento.

—Eh... esto... ¿No estaban ya todos los estudiantes presentes? —inquirió Crowley, mientras una gruesa gota de sudor frío le resbalaba por la frente.

De pronto, la madera cedió. El ataúd se desplomó con un estrépito y un joven salió de entre las sombras, jadeando, con la mirada extraviada.

—¿Quiénes son? ¿Es esto un sueño? —murmuró el extraño, retrocediendo ante la marea de ojos que lo observaban—. No puede ser... ¿Qué está pasando?

Crowley se acercó con el repiqueteo rítmico de su bastón marcando cada paso.

—Santo cielo —suspiró el director—. Jamás un alumno había forzado su salida del portal por cuenta propia. Vaya impaciencia la tuya.

En un acto de pánico, el joven desenvainó una espada envuelta que llevaba consigo y apuntó directamente al pecho del director. Candice se llevó las manos a la boca, ahogando un grito.

—¡No te acerques! —bramó el chico.

—Por favor, cálmate. No tengo malas intenciones... —intentó apaciguarlo Crowley, pero el joven estaba fuera de sí.

—¡No me importa lo que digas, me das mala espina! —exclamó—. ¡Todo este lugar es extraño! ¿Qué hago aquí?

—¿Qué haces aquí? Fuiste elegido, obviamente —respondió Crowley como quien explica que el cielo es azul.

—¿Elegido? —gruñó el chico, sin bajar el arma.

Crowley se ajustó la máscara, analizando al muchacho con curiosidad científica.

—Parece que el salto espaciotemporal a nublado tus sentidos. Es un efecto común en los primerizos. Pero no importa... te lo explicaré porque soy muy amable.

El director se irguió, recuperando su pomposidad.

—Bienvenido a Night Raven College, la academia de magia más prestigiosa de Twisted Wonderland. Aquí se reúnen los magos más excepcionales bajo la dirección ancestral de los Siete Grandes. Estás aquí porque el Espejo Oscuro detectó el potencial en tu alma. ¿No te recogió un carruaje negro?

Las manos del chico flaquearon. La punta de su espada descendió hacia el suelo mientras procesaba la información. Crowley, dando el asunto por zanjado, se giró hacia la multitud.

—En fin, con nuestro último estudiante ya aquí, ¡demos inicio a la ceremonia!

—¡Espere! ¡Esto tiene que ser un error! —gritó el chico con urgencia—. ¡Yo... yo no sé usar magia!

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala, seguido de un estallido de susurros venenosos. —¿Sin magia? —soltó un estudiante de Heartslabyul con incredulidad—. ¿Es una broma?

—Lo siento, pero me voy de aquí —sentenció el joven, dándose la vuelta.

—¡Espera! ¡Nadie rechaza esta institución! —exclamó Crowley, pero el joven ya avanzaba hacia la salida.

—Qué grosero —murmuró alguien de Octavinelle. —Un berrinche irracional —añadió otro. —¿Puedo darle una paliza? —preguntó una voz perezosa desde las sombras de Savanaclaw.

Riddle Rosehearts observaba la escena con una mezcla de horror y furia contenida. Para él, que vivía por las normas, aquel acto de rebeldía era una blasfemia. Candice, por su parte, miraba al chico con una punzada de preocupación; estaba cavando su propia tumba social antes de empezar.

—Esta solemne ceremonia se ha convertido en una farsa... —masculló Riddle.

Antes de que Crowley pudiera alcanzar al desertor, una de las vidrieras estalló. Una criatura, similar a un gato gris con orejas envueltas en llamas azules, aterrizó con agilidad felina.

—¡Yo tengo algo que decir! —chilló el monstruo, señalando al chico—. ¿Sabes cuántos darían su alma por estar aquí? ¡Cédeme tu lugar a mí, que yo sí soy increíble!

—Pensé que era una criatura extraña, pero veo que también delira —comentó Crowley, recuperando la compostura.

—¿Entonces? ¿Me lo das? —insistió la criatura ante el rostro estupefacto del humano—. Parece que el gato te comió la lengua.

—Es... un mapache que habla —balbuceó el chico.

—¡¿MAPACHE?! ¡Soy el gran Grim! —rugió la criatura, ofendida. — y algún día haré cosas extraordinarias con la magia. — declaró con seguridad.

Las risas no tardaron en brotar entre los estudiantes de Pomefiore y Heartslabyul.

—¿Un monstruo que quiere ser mago? Vuelve a la montaña, bicho.

Grim frunció el ceño, sus ojos brillaron con un fulgor peligroso.

—¿Se ríen? ¡Pues miren esto!

De un soplido, Grim exhaló una ráfaga de fuego azul que se propagó como una inundación de luz fría por el salón. Las túnicas ceremoniales comenzaron a arder y el pánico se desató.

—¡Fuego! ¡Corran! —gritaron varios.

—¡Alguien atrape a ese mapache! —vociferó Crowley, más preocupado por las cortinas que por los alumnos.

Candice se cubrió el rostro con la túnica, sintiendo el calor abrasador lamer el aire a su alrededor. En medio del caos, Azul Ashengrotto, el líder de Octavinelle, dio un paso al frente con una sonrisa calculada.

—Archimago, permítame encargarme de esta... "despreciable" tarea —dijo con falsa humildad.

—Típico de Azul, siempre buscando puntos extra —murmuró Idia Shroud a través de una pantalla flotante.

—¡Que alguien me ayude, se me quema el trasero! —chilló un alumno de Scarabia, rompiendo la elegancia del momento.

Mientras tanto, en un sofá cercano, Leona Kingscholar ni siquiera se había molestado en levantarse. —Qué ruidosos... Ruggie, despiértame cuando el humo se disipe.

—Como digas, Leona —rió su subordinado.

Vil Schoenheit, el líder de Pomefiore, apartó una chispa de su túnica con un gesto de asco.

—¿Tú no vas a cazar, Leona? La presa parece sabrosa.

—Hazlo tú, Vil. Me da pereza.

—¿Qué yo vaya? — preguntó casi ofendido sin perder la calma — pero que ideas — se mofó apartando una llama tranquilamente antes de que tocara su túnica.

Ajeno a los juegos de poder de los líderes, el chico sin magia, movido por un instinto protector, vio cómo Riddle caminaba con paso imperturbable hacia el epicentro del fuego.

—¡Oye! ¡Es peligroso! —le gritó el joven.

Riddle no se detuvo. Susurraba para sí mismo, una letanía de frustración sobre reglas rotas y vice-líderes impuestas. Grim, al verlo tan pequeño y delgado, se confió.

—¿Quieres pelear, enano?

Riddle levantó la vista. Sus ojos eran dos brasas ardientes.

—Te expulsaré de esta academia.

Grim lanzó una llamarada masiva. En ese instante, el joven sin magia saltó, interponiéndose entre Riddle y el fuego, derribando al líder al suelo para cubrirlo con su propio cuerpo.

—¿Estás... bien? —preguntó el chico, jadeando.

Riddle, inmovilizado bajo el extraño, pasó de la sorpresa al odio absoluto en un segundo. —¿Que si estoy bien? ¿Con quién crees que hablas? ¡Quítate de encima! —lo empujó con una fuerza sorprendente.

—¡Ya basta de juegos! —Riddle se puso en pie, sacando su pluma mágica. El aura a su alrededor se volvió opresiva—. Voy a dictar tu sentencia. El juicio vendrá después.

Grim retrocedió, el vello de su lomo erizado.

—Tengo un mal presentimiento... — murmuró aterrorizado.

—¿Has preparado tu corazón? —preguntó Riddle con una calma aterradora.

El monstruo intentó huir, pero era tarde.

—¡OFF WITH YOUR HEAD!

Un destello rojo cruzó la sala y un pesado collar con forma de cerradura de corazón se cerró alrededor del cuello de Grim, estampándolo contra el suelo.

—¿Qué? ¡Mi magia! ¡No puedo escupir fuego! —chilló Grim, desesperado.

—Regla número 23: "Nunca lleves un gato a un evento formal" —sentenció Riddle, acomodándose el cuello de su túnica con un gesto seco.

Crowley apareció tras él, aplaudiendo con una solemnidad fingida. —Excelente captura, Riddle Rosehearts. "Off with your head", el sello definitivo. Espléndido.

El director levantó a Grim por el pescuezo como si fuera un conejo de caza.

—Sacaré a este intruso de aquí. No te convertiré en guiso porque soy muy amable... —dijo, mientras arrastraba a la criatura hacia la salida, dejando tras de sí un salón en ruinas y un ambiente cargado de preguntas sin respuesta.

El salón de los espejos quedó sumido en un silencio tenso, roto únicamente por los lamentos ahogados de Grim, que se retorcía inútilmente bajo el firme agarre de Crowley. Los líderes de los dormitorios ya daban el asunto por concluido, ajustando sus capas y retomando su aire de superioridad. Para ellos, el intruso no era más que un error que debía ser borrado.

Sin embargo, para Candice, el espectáculo era insoportable. Al ver las pequeñas patas de Grim agitándose en el aire y sus ojos brillantes empañados por la frustración y el miedo, algo en su pecho se contrajo. No veía a un monstruo peligroso; veía a un ser incomprendido, a alguien que, al igual que ella, acababa de llegar a un mundo extraño con el ferviente deseo de pertenecer.

—¡Espere, Director! —gritó Candice, dando un paso al frente que resonó en todo el salón.

Riddle se tensó a su lado, sus ojos grises clavándose en ella con una mezcla de advertencia y pura estupefacción.

—Candice, ¿qué crees que estás haciendo? —le siseó Riddle en un susurro cargado de veneno—. Vuelve a tu posición. La ceremonia aún no ha terminado formalmente.

Pero ella ya no escuchaba. Ignorando la mirada gélida de su líder, Candice se interpuso en el camino de Crowley antes de que este cruzara el umbral de las puertas.

—Director Crowley —dijo, recuperando el aliento, pero manteniendo la voz firme—, por favor... no lo eche. Es solo una criatura pequeña. Estaba asustado, todos lo atacaron y él solo se defendió de la manera que sabía.

Crowley se detuvo, ladeando la cabeza bajo su máscara de cuervo. Grim, suspendido en el aire, dejó de patalear por un momento para mirar a la chica con sorpresa.

—¿Pequeña Candice? —respondió el director con un tono de fingida paciencia—. Este "mapache" ha causado un incendio, ha interrumpido una ceremonia centenaria y, lo que es peor, ¡casi arruina mi discurso! Mi amabilidad tiene límites, incluso para seres tan... pintorescos.

—Dijo que quería aprender magia —insistió Candice, acercándose un paso más y mirando directamente a los ojos de Grim—. Escuché su orgullo cuando hablaba. Tiene ambición, tiene el fuego... literalmente. ¿No es este colegio un lugar para aquellos que el Espejo Oscuro ve con potencial? Quizás el espejo no se equivocaba con él, solo que no sabía cómo presentarse.

—¡Exacto! ¡Ella tiene razón! —chilló Grim, recuperando algo de su habitual arrogancia al sentirse defendido—. ¡Soy una joya en bruto, un diamante mágico! ¡Suéltenme, humanos insolentes!

Riddle se acercó a ellos, su capa ondeando con cada paso cargado de furia. Su rostro empezaba a teñirse de un rojo peligroso.

—¡Suficiente! —bramó Riddle—. Candice, como Vice-líder de Heartslabyul, tu deber es mantener el orden y seguir las reglas. La Regla número 52 de la Reina de Corazones dicta que los intrusos deben ser expulsados de inmediato sin juicio previo. Estás desafiando la autoridad del Director y la mía por una criatura que no tiene ni una pizca de disciplina.

Candice se giró hacia Riddle. Por un momento, la fragilidad que había sentido al entrar desapareció, reemplazada por una determinación que incluso hizo que el joven líder parpadeara.

—Las reglas están hechas para proteger el orden, Riddle, pero no para asfixiar la oportunidad —respondió ella con calma—. Mira a esta criatura. Si lo echamos ahora, lo único que habrá aprendido de la "mejor academia de magia" es que el talento no importa si no viene en el envase adecuado. ¿No es eso una injusticia mayor que romper una regla de etiqueta?

Un murmullo recorrió a los demás líderes. Azul Ashengrotto se ajustó las gafas, observando a Candice con un interés renovado.

—Vaya, la nueva Vice-líder tiene agallas —comentó con una sonrisa ladina—. O es muy valiente, o es una completa tonta. Me inclino por lo segundo, pero resulta entretenido.

Crowley suspiró de manera melodramática, frotándose el puente de la nariz por encima de la máscara.

—Cielos, qué situación tan irregular. Candice, querida, me pones en un aprieto. Por un lado, mi autoridad exige orden... pero por otro, como soy tan amable, me conmueve tu fe en este pequeño monstruo.

Grim miró a Candice. Por primera vez, no había burla en sus ojos, sino una chispa de gratitud genuina que hizo que el corazón de ella se derritiera un poco más. Era tan adorable, incluso con ese collar de hierro rodeando su cuello.

—Director —continuó Candice, bajando el tono a uno más persuasivo—, si él causa más problemas, yo misma aceptaré las consecuencias. Pero dele una oportunidad. Permítale quedarse, aunque sea bajo vigilancia.

Riddle apretó los puños tanto que sus nudillos se volvieron blancos. —Si ella insiste en esta locura, que así sea —sentenció Riddle, mirando a Candice con una frialdad absoluta—. Pero te advierto: si ese monstruo rompe una sola regla más bajo tu supervisión, no solo él será castigado. Tú cargarás con el peso de su error. ¿Estás dispuesta a apostar tu posición por un mapache?

Candice miró a Grim. La criatura le devolvió una mirada de determinación felina.

—Lo estoy —respondió ella sin dudar.

Crowley soltó una carcajada corta y teatral. —¡Fabuloso! ¡Qué espíritu! Muy bien, Candice. Por ahora, el "mapache" no será expulsado... pero tampoco será un estudiante oficial. Se quedará como asistente de limpieza bajo tu cargo. Si demuestra valor, reconsideraremos su estatus.

Grim suspiró aliviado cuando Crowley lo dejó en el suelo, aunque el collar de Riddle seguía allí, recordándole quién mandaba. El joven extraño, que seguía observando todo desde la distancia, miró a Candice con una mezcla de asombro y alivio.

Candice se agachó frente a Grim y le tendió la mano.

—Bienvenido a Night Raven, Grim. Espero que des tu mejor esfuerzo.

Grim soltó un bufido, tratando de ocultar su emoción, y puso una de sus patitas en la mano de ella.

—Hmph. Tienes suerte de tener a alguien tan increíble como yo de tu lado, humana. No te acostumbres.

Riddle pasó junto a ellos sin decir una palabra, pero el aura de desaprobación que emanaba era tan pesada que Candice supo, en ese instante, que su vida en Heartslabyul acababa de volverse mucho más difícil. Había ganado una criatura, pero se había ganado el escrutinio eterno del Líder de Dormitorio más estricto de la historia.

Mientras tanto, Riddle Rosehearts caminaba con una imponencia letal hacia el joven, quien retrocedía gateando por el suelo, abrumado por la intensidad del aura roja que emanaba del líder de Heartslabyul. La pluma mágica de Riddle brillaba con una luz carmesí, lista para materializar el temido collar de castigo.

—¡Espere, Líder Riddle! —exclamó Candice, interponiéndose una vez más, esta vez colocándose físicamente entre la furia del pelirrojo y el chico aterrado.

—¡Quítate, Candice! —rugió Riddle, y por un momento, sus ojos perdieron la frialdad analítica para llenarse de una cólera ciega—. Este... este plebeyo no solo se atrevió a tocarme sin permiso, sino que me derribó frente a toda la academia. ¡Ha pisoteado el honor de Heartslabyul! Según la regla número 81 de la Reina de Corazones: "Nadie debe dirigirse ni tocar a la realeza sin previo consentimiento". ¡Su insolencia merece el castigo máximo!

El chico sin magia, temblando, intentó articular palabra: —Yo... yo solo intentaba salvarte del fuego...

—¡Cállate! —lo cortó Riddle—. ¡No necesito la protección de alguien que ni siquiera posee una gota de magia! ¡OFF WITH YOUR...!

—¡Riddle, detente! —Candice levantó las manos, no en señal de ataque, sino de súplica firme. Sus ojos buscaron los de él, intentando encontrar un resquicio de lógica tras el muro de reglas—. Si lo castigas ahora, estarás rompiendo una regla importante.

Riddle se detuvo en seco, la pluma a escasos centímetros del rostro de Candice. Sus cejas se juntaron en un gesto de confusión y rabia. —¿De qué hablas?

—Regla número 247 — le recordó Candice sobre la marcha, apelando a la obsesión de Riddle por el orden—: "Un verdugo no puede ejecutar una sentencia si la falta fue cometida en un estado de confusión mental del acusado". Míralo, Riddle. No sabe dónde está, no sabe quién eres tú, ni siquiera sabe qué es la magia. No fue un insulto premeditado, fue un acto reflejo de alguien que creía que estabas en peligro. ¿Castigarías a un ciego por tropezar con el trono de la Reina?

Riddle guardó silencio. Su respiración era agitada, pero el brillo carmesí de su pluma vaciló. La lógica —o la apariencia de ella— era el único lenguaje que podía frenar su temperamento.

—Él no te insultó —continuó Candice con voz suave pero decidida—, él te reconoció como alguien valioso que debía ser protegido. Aunque se equivocó al tocarte, su intención era la lealtad, no la rebelión. Si lo castigas por intentar salvarte, estarías enviando el mensaje de que en Heartslabyul la gratitud es un crimen.

El Director Crowley, que observaba la escena con las manos entrelazadas tras la espalda, asintió vigorosamente.

—Vaya, Candice tiene un punto muy razonable. Como soy tan amable, no puedo permitir que un estudiante que acaba de llegar —literalmente por error— sea colapsado en su primer día. Riddle, mi querido alumno estrella, deja que el muchacho se recupere.

Riddle bajó lentamente el brazo. El color rojo de sus mejillas se desvaneció, dejando paso a su habitual palidez, aunque su expresión seguía siendo de un profundo desagrado.

—Hmph. Tienes suerte de que tu Vice-líder sea tan... elocuente —escupió Riddle, dirigiendo una última mirada de desprecio al chico—. Pero que quede claro: no toleraré un segundo error. Candice, ya que te has tomado la molestia de salvar a este mapache y a este... humano inútil, tú te harás responsable de ambos.

Candice exhaló un suspiro de alivio que le recorrió todo el cuerpo. Se giró hacia el chico y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. —Estás a salvo ahora. Pero por favor... trata de no tocar a Riddle de nuevo si no quieres perder la cabeza de verdad.

El joven tomó la mano de Candice, mirándola con una gratitud infinita.

—Gracias... — dijo finalmente el chico soltando el aire que estaba reteniendo — no sé qué habría hecho sin ti. Soy Yuu.

—Yo soy Candice —respondió ella con una pequeña sonrisa—. Y creo que vamos a tener unos días muy difíciles por delante.

Grim, que seguía con el collar puesto, se acercó trotando y se subió al hombro de Yuu.

—¡Oye! ¡No te olvides de mí! Si ella me salvó a mí primero, significa que soy su favorito. ¡Tú solo eres el segundo en la lista de rescatados!

Crowley soltó una carcajada jovial, golpeando su bastón en el suelo para dar por finalizado el caos.

—¡Excelente! Problemas resueltos, vidas salvadas y un drama digno de una ópera. Ahora, si no les importa, tengo que buscar dónde alojar a estos dos... ¡porque soy muy amable! Candice, Riddle, lleven a sus alumnos al dormitorio. La ceremonia ha terminado... por fin.

Mientras los estudiantes comenzaban a retirarse, Candice sintió el peso de la mirada de Riddle en su nuca. Sabía que esto era solo el comienzo; había desafiado a la Reina dos veces en menos de diez minutos, y en Heartslabyul, eso solía pagarse muy caro.

Chapter 4: Capítulo IV

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Capítulo IV

 

—¡E-esperen un segundo! —exclamó Yuu. Antes de que la tensión volviera a estallar, necesitaba romper la fantasía en la que todos parecían vivir—. No puedo estudiar aquí. Se los he dicho: no sé usar la magia. No hay ni una chispa en mí

El salón, que apenas empezaba a recuperar su murmullo habitual, se volvió a congelarse.

—O-oye... deberías seguir la corriente por ahora —le susurró Cater Diamond, moviendo las manos con nerviosismo, desesperado por evitar que la mecha de Riddle volviera a encenderse.

—¿Es que sigues hablando dormido? —escupió Riddle, su voz cargada de una indignación casi personal—. El Carruaje Negro es una reliquia sagrada. Jamás traería a un humano cuidador de facultades mágicas a estas tierras. ¡Es una ofensa a la lógica de la institución!

—Dice la verdad —retumbó una voz lúgubre, profunda como el fondo de un pozo, que parecía vibrar en las paredes del salón. —No percibo nada.

Riddle se sobresaltó, girándose hacia el altar. El Espejo Oscuro había manifestado su rostro de máscara, sus facciones inexpresivas flotando en la superficie cristalina como un reflejo distorsionado de la realidad.

—El Espejo está hablando por voluntad propia? —murmuró Candice, dando un paso al frente. Sus ojos brillaban con una mezcla de desconcierto y una creciente fascinación por el misterio que envolvía al joven—. ¿A qué se refiere exactamente con que no percibe nada?

—El alma de este joven no emite señal mágica alguna —dictaminó el Espejo con una frialdad absoluta—. No percibo rastro, ni forma, ni color. Es un vacío en el tejido de este mundo.

—Nunca en la historia de la academia se había registrado un caso de un estudiante sin habilidades —pronunció Trey Clover, ajustándose las gafas con un gesto de genuina preocupación—. Es... teóricamente imposible.

—Se los dije desde el principio —respondió Yuu, aunque su voz no denotaba triunfo, sino un cansancio profundo.

El Director Crowley soltó un largo suspiro, frotándose las sienes. —Es difícil de procesar, pero los hechos son irrefutables. Si el Espejo no ve magia en ti, no puedo permitir que cruce el umbral de esta academia. Pero no te preocupes —añadió, recuperando su tono teatral y altivo—, la solución es simple. El Espejo Oscuro te devolverá al lugar de donde viniste.

La cara de Yuu se iluminó por primera vez desde que salió del ataque. Sus hombros se relajaron y se acercaron con una gratitud que parecía casi una disculpa. -Genial. Solo quiero regresar a casa. Muchas gracias, de verdad.

Crowley se posicionó frente al espejo, alzando los brazos con una solemnidad casi religiosa.

—¡Ahora, Espejo Oscuro! ¡Abre las sendas del espacio y guía a este joven de vuelta a su hogar!

Una onda de luz verde neón emergió del cristal, barriendo el salón con un fulgor esmeralda que obligó a todos a entrecerrar los ojos. La magia zumbó en el aire durante unos segundos de intensa expectación, para luego disiparse lentamente, dejando tras de sí un silencio absoluto y un Yuu que seguía de pie en el mismo lugar.

—Eso no será posible —sentenció el Espejo. Sus facciones parecían más rígidas que de costumbre, casi tensas.

Crowley palideció, una gota de sudor frío resbalando por debajo de su máscara.

—¿Qué? ¿Cómo que no es posible?

—El joven no pertenece a ningún lugar conocido —dictaminó el cristal—. No hay un hogar al que regresar.

El color abandonó el rostro de Yuu. El alivio que sentía se transformó en un frío glacial que le atenazó el pecho. Corrió hacia el altar, golpeando casi con desesperación la base del espejo. —¡O-oye, eso es mentira! Vengo del lugar al que pertenezco. ¡Tengo una vida, tengo un hogar! —su voz oscilaba entre la furia y el pánico.

Crowley se acercó a él, su expresión ahora despojada de toda excentricidad, reemplazada por una seriedad inquisitiva. —¿De qué dónde dices venir, muchacho?

—De Japón —respondió Yuu con una seguridad que buscaba desesperadamente una validación.

Los líderes de los dormitorios intercambiaron miradas de confusión.

—¿Japón? —inquirió el Director, frunciendo el ceño—. He viajado por todo el mapa de Twisted Wonderland, conozco los reinos bajo el mar y las naciones más allá de las nubes... pero jamás he oído hablar de un lugar con ese nombre.

—¿Qué...? —Yuu retrocedió, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Candice, sumida en sus propios pensamientos, buscó febrilmente en su memoria. Había devorado mapas antiguos, tratados de geografía política y crónicas de exploradores en la biblioteca, pero el nombre "Japón" no figuraba en ninguna página, ni siquiera como una leyenda.

—Que extraño — murmuró Candice.

—¿No estarás inventando historias para no quedarte? —indagó Crowley con sospecha, entrecerrando los ojos—. Sería una mentira muy creativa, pero peligrosa.

—¿Por qué mentiría sobre algo así? ¡Es mi hogar! —gritó Yuu, mirando a su alrededor.

Encontró rostros de duda, indiferencia e incluso burla. Solo Candice lo miraba con una punzada de compasión; podía ver el miedo crudo en sus ojos, la clase de terror que solo siente alguien que se ha dado cuenta de que está completamente solo en el universo. Quiso decir algo, ofrecer una palabra de consuelo, pero el misterio era demasiado grande para sus propias manos.

—Claro, olvídenlo —resopló Yuu, sus esperanzas rompiéndose como cristal. Con un gesto de amarga resignación, recogió sus pocas pertenencias y caminó hacia la gran puerta de salida—. Si este lugar no sabe dónde estoy, lo encontraré por mi cuenta.

Sin esperar respuesta, abrió las puertas y salió al frío aire de la noche, cerrándolas tras de sí con un eco que resonó en todo el salón.

Crowley suspiró y, tras unos segundos de duda, comenzó a caminar en la misma dirección. Sabía que un chico sin magia no sobreviviría mucho tiempo fuera de los muros, y aunque su mente lógica le decía que era un error, algo en su instinto de director le decía que el destino de ese joven apenas comenzaba a entrelazarse con el de Night Raven College.

Candice se quedó inmóvil junto a Riddle y los demás líderes. El silencio en el salón era denso, pesado, cargado con la extraña sensación de que el Espejo Oscuro no solo no había encontrado el hogar de Yuu, sino que había revelado que el orden del mundo acababa de cambiar para siempre.

El tiempo en el Salón de los Espejos pareció dilatarse. Los estudiantes de los diversos dormitorios comenzaron a retirarse bajo las órdenes de sus líderes, pero Candice permaneció allí, con la mirada fija en las grandes puertas de roble por las que Yuu se había marchado. El eco de su soledad aún vibraba en el aire.

No pasó mucho tiempo antes de que el repiqueteo del bastón de Crowley anunciara su regreso. El Director entró con paso ligero, casi saltarín, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

—¡Vaya, qué noche tan agitada! —exclamó Crowley, ajustándose los guantes mientras se acercaba al grupo de líderes que aún quedaba—. Pero no se preocupen más. Como soy una persona de una benevolencia inagotable, he encontrado una solución para nuestro joven "invitado sin mundo".

Candice dio un paso al frente, con las manos entrelazadas con fuerza.

—Director, ¿dónde está Yuu? —preguntó inquieta — ¿Ha encontrado una forma de ayudarlo?

—Oh, mucho mejor que eso, querida Candice —respondió Crowley con una sonrisa que se vislumbraba tras su máscara—. Lo he instalado en el dormitorio Ramshackle. Es un edificio con... carácter, perfecto para alguien que necesita un techo urgente.

Al escuchar ese nombre, Candice sintió un vuelco en el estómago. Antes de llegar a la academia, había pasado noches enteras estudiando los planos y la historia de Night Raven College; conocía cada rincón, incluso aquellos que la mayoría prefería olvidar.

—¿Ramshackle? —intervino Candice, con la voz entrecortada por la preocupación—. Director, ese edificio ha estado abandonado por décadas. Según los registros de mantenimiento que consulté, la estructura está comprometida, está plagado de fantasmas y el sistema de calefacción es inexistente. ¿No es un lugar demasiado... precario para alguien que ni siquiera tiene magia para protegerse del frío o de los espíritus?

Riddle Rosehearts arqueó una ceja, mirando a su Vice-líder con curiosidad. No esperaba que ella conociera detalles tan específicos de los dormitorios inactivos.

Crowley soltó una carcajada despreocupada y agitó una mano en el aire.

—¡Exageras, mi buena Candice! Es cierto que tiene algunas telarañas y quizá un par de corrientes de aire traviesas, pero el joven Yuu es sorprendentemente resiliente. Se ha adaptado con una rapidez asombrosa. Además, hemos llegado a un acuerdo muy fructífero.

—¿Un acuerdo? —inquirió ella, sin dejarse tranquilizar.

—¡Exacto! —continuó el Director con orgullo—. Dado que no puede pagar una matrícula y no tiene a dónde ir, trabajará como el "encargado de mantenimiento" de la academia. Se ocupará de tareas menores, limpiezas y recados, y a cambio, esta generosa institución le proporcionará ropa, comida y ese techo sobre su cabeza. ¡Es una oportunidad de oro para él!

Candice bajó la mirada, con el corazón encogido. Sabía lo que eso significaba realmente: Yuu se había convertido en un criado para sobrevivir en un mundo que no lo reconocía. La imagen del chico, solo en aquel edificio ruinoso y sombrío, rodeado de polvo y espectros, le resultaba insoportable.

—No parece un trato justo, Director... parece una necesidad desesperada —murmuró ella, lo suficientemente bajo para que solo Riddle y Crowley la escucharan.

—Es justicia poética, Candice —sentenció Riddle con su habitual rigidez—. No tiene magia, por lo tanto, no es un estudiante. Si desea comer y dormir bajo este escudo, debe ganarse su lugar de la única forma que sus manos le permiten. Es el orden natural de las cosas.

Crowley asintió, ignorando la melancolía en los ojos de la chica.

—¡Así es! Ahora, basta de caras largas. La ceremonia ha concluido y mañana será un día largo. Candice, asegúrate de que Grim no queme nada en la academia. ¡Confío plenamente en tu vigilancia!

Mientras el Director se alejaba tarareando una melodía, Candice se quedó mirando hacia la dirección donde se encontraba el bosque que ocultaba el dormitorio Ramshackle. Sabía que, en cuanto tuviera un momento libre, tendría que ir allí.

—Ese lugar es un purgatorio —susurró para sí misma, sintiendo un escalofrío—. No puedo dejar que Yuu pase su primera noche allí sin ayuda real.

—¿Decías algo, Candice? —La voz cortante de Riddle Rosehearts la devolvió a la realidad. El líder de Heartslabyul ajustaba sus guantes con una precisión quirúrgica—. El Director ha sido... inusualmente desorganizado hoy. Debido al contratiempo de ese polizón sin magia, nos hemos retrasado.

Candice asintió, recomponiendo su postura. Sabía que Riddle no toleraba las distracciones, pero el destino de Yuu le pesaba en el pecho como una piedra.

Debido al problema de Yuu al no poder regresar a su hogar, Riddley ella no pudieron guiar a sus estudiantes como lo hubo indicado el director minutos atrás, así que esta fue una oportunidad que Riddle tomó para explicar la situación del director y presentarla formalmente ante los nuevos alumnos y a los de cursos superiores.

Al llegar frente a la formación de los estudiantes, el aire parecía vibrar con la rigidez de las normas de la Reina de Corazones. Riddle dio un paso al frente, su capa roja ondeando levemente con una autoridad que no admitía réplicas.

—¡Atención! —sentenció, y el murmullo de los alumnos murió al instante, como si les hubieran cortado la respiración.

Riddle paseó la mirada sobre la multitud antes de continuar:

—Dado que las circunstancias externas han alterado el protocolo de bienvenida, aprovecharé este momento para formalizar la estructura que mantendrá el orden absoluto en nuestro dormitorio.

Extendió una mano hacia ella con un gesto que oscilaba entre la aceptación reacia y su habitual severidad.

—Como ya saben, soy Riddle Rosehearts, líder de Heartslabyul. A mi lado se encuentra la señorita Candice Lidell —anunció con voz cortante—. A partir de este momento, ella actuará como mi mano derecha. Sus palabras llevan el mismo peso que las mías bajo las leyes de este dormitorio cuando yo no esté presente. Cualquier falta de respeto hacia su autoridad será tratada como una violación directa a las reglas. ¿Queda claro?

El saludo de los estudiantes fue unánime; un "¡Sí, Prefecto!" que resonó en las paredes de piedra.

—En este dormitorio, la disciplina lo es todo —continuó Riddle, apretando su bastón con las manos enguantadas hasta que el cuero crujió—. Para mantener la tradición, deben seguir estrictamente las 810 reglas impuestas por la Reina de Corazones. No toleraré excepciones ni negligencias.

Su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse.

—Y aquellos que osen desafiar las normas... —golpeó el bastón contra el suelo con un estruendo seco que hizo que Candice casi diera un respingo—. ¡Que les corten la cabeza!

Tragando saliva, Candice dio un paso al frente. Forzó una sonrisa diplomática, aunque la rigidez de sus hombros delataba su inquietud tras los eventos recientes.

—Es un honor —declaró con voz clara, recuperando la compostura—. Mi único objetivo es asegurar que Heartslabyul funcione con la excelencia que nos caracteriza. Cuento con su valiosa cooperación.

Terminó con una reverencia profunda, elegante y perfecta, tal como dictaba el manual.

Sin embargo, en cuanto Riddle se alejó unos pasos para consultar su reloj de bolsillo con impaciencia, el aire se llenó de susurros venenosos.

—Genial, otra tirana... —masculló un estudiante de segundo año al fondo de la fila. —Si Riddle es una pesadilla, imagínate a su sombra —respondió otro con un rictus de desprecio—. Seguro es peor que él solo para ganarse su favor.

Cada palabra era un dardo que impactaba en el pecho de Candice. Apretó los puños, ocultándolos tras los pliegues de su uniforme para que nadie viera su debilidad. Soltó un suspiro largo, cargado de una resignación que no aceptaba la derrota. No era la primera vez que escuchaba juicios apresurados, y ciertamente no sería la última; pero estaba decidida a demostrar que su justicia era distinta.

Riddle regresó hacia ella con el ceño fruncido, su porte más altivo que nunca.

—Es tarde —anunció con severidad—. Debido a los inconvenientes de la ceremonia y a ciertos... contratiempos —dirigió una mirada gélida y punzante hacia Candice—, se retiran a sus habitaciones ahora mismo. No toleraré ni un segundo de tardanza mañana.

Golpeó su cetro una última vez, dictando la orden final:

—¡Todos al dormitorio!

La marea de estudiantes comenzó a dispersarse de inmediato. Candice, a pesar de la pesadez en su corazón, se giró hacia el líder y realizó una última reverencia respetuosa.

—Buenas noches, Riddle-sama. Espero que pueda descansar bien —se despidió con suavidad.

Riddle le devolvió un asentimiento breve, casi imperceptible, manteniendo el ceño fruncido antes de retirarse hacia sus aposentos. Solo cuando el eco de sus pasos desapareció, Candice se permitió soltar un suspiro de alivio, dejando que la máscara de la "mano derecha" cayera por un instante.

...

La noche en la Isla de los Sabios era gélida. Candice esperó a que los pasillos de Heartslabyul quedaran en silencio, solo interrumpidos por el tic-tac rítmico de los relojes de pared. Con movimientos felinos, se escabulló de su habitación cargando un bulto voluminoso envuelto en una sábana.

Cruzar el bosque que conducía al dormitorio Ramshackle fue una prueba para sus nervios. Los árboles retorcidos parecían susurrar a su paso y la bruma se enredaba en sus tobillos como dedos espectrales. Cuando finalmente vislumbró la silueta del edificio, se le partió el corazón: era una ruina decadente, con ventanas rotas que parecían cuencas oculares vacías y un jardín que la maleza había devorado hacía años.

Tras esquivar a un par de fantasmas que flotaban distraídos cerca de la entrada, Candice empujó la pesada puerta de madera, que gimió en una queja metálica.

—¿Yuu? ¿Grim? —susurró, entrando en el vestíbulo cubierto de polvo.

En un rincón, junto a una chimenea apagada y fría, Yuu intentaba acomodarse sobre un sofá cuyos resortes amenazaban con perforar la tela. Grim estaba hecho una bola sobre el pecho del chico, temblando visiblemente a pesar de su pelaje.

—¿Candice? —Yuu se incorporó de un salto, frotándose los ojos—. ¿Qué haces aquí? Es tarde, si te descubren...

—No podía dejar que pasaran su primera noche así —dijo ella con una sonrisa cálida, dejando el bulto sobre una mesa coja—. He traído algunas cosas de mi habitación.

Con cuidado, Candice comenzó a desplegar el cargamento. Primero, sacó un par de mantas de lana gruesa y un termo con chocolate caliente que aún desprendía vapor. Yuu aceptó una manta con una mirada de alivio tan profunda que no necesitó palabras para darle las gracias.

—Y para ti, pequeño —dijo Candice, dirigiéndose a Grim, que ya olfateaba con entusiasmo un paquete de galletas—. Traje esto.

Extrajo una camita circular, acolchada y de un color azul suave que contrastaba con la suciedad del lugar.

—¡Ooh! ¡Esponjosa! —exclamó Grim, saltando dentro de ella de inmediato. Empezó a amasar el cojín con sus patitas antes de acurrucarse—. ¡Es perfecta para un mago de mi calibre! Pero... ¿no la necesitabas tú?

Candice soltó una risita suave y le acarició las orejas en llamas. —Era de mi conejo, Bunny. Pero no te preocupes por él; Bunny es muy mimado y prefiere dormir conmigo en mi cama de todos modos. Estará encantado de que su camita ayude a un "mago" tan importante.

—Gracias, Candice —murmuró Yuu, bebiendo un sorbo de chocolate caliente. El color volvió poco a poco a sus mejillas—. El Director dijo que me adaptaría rápido, pero la verdad es que... este lugar da miedo.

—Lo sé —respondió ella, mirando las sombras que bailaban en las esquinas—. Ramshackle tiene mucha historia, pero nadie debería estar aquí solo. — dijo mirando las paredes roídas y el techo inestable.

—Eres muy valiente al venir —dijo Yuu, mirándola fijamente—. Arriesgar tu puesto de Vice-líder por nosotros... no sé cómo pagártelo.

Candice se puso en pie y se ajustó la capa, preparándose para el viaje de regreso.

—No tienes que pagarme nada, Yuu. Solo... descansen. Mañana empieza el verdadero trabajo, y me temo que Crowley no será tan amable como dice ser.

Antes de salir, Candice miró por última vez hacia el rincón. Grim ya roncaba suavemente en la camita de Bunny y Yuu parecía, por primera vez, un poco menos perdido. Con el corazón un poco más ligero, la joven se perdió nuevamente en la bruma del bosque, sabiendo que en esa academia de villanos y egos desmedidos, ella acababa de encender una pequeña llama de esperanza.

Chapter 5: Capítulo V

Chapter Text

• Capítulo V •

La luz del sol se filtraba a través de los vitrales de Heartslabyul, tiñendo de carmesí los pasillos mientras Candice terminaba de ajustarse el uniforme. No había dormido mucho; la preocupación por Yuu y el sigilo de su excursión nocturna la mantenían en vilo. Justo cuando salía de su habitación, se topó de frente con la figura impecable de Riddle Rosehearts.

Riddle no parecía haber dormido mejor que ella, pero su postura era tan rígida como una lanza. Sostenía un cronómetro en una mano y una lista de reglamentos en la otra.

—Candice, justo a tiempo. Un buen inicio —sentenció Riddle, aunque sus ojos recorrieron a la joven con un escrutinio que la hizo preguntarse si notaba el cansancio en sus párpados—. Como Vice-líder, hoy comienza tu verdadera instrucción. Tu tarea es sencilla pero absoluta: vigilancia. Debes asegurarte de que cada estudiante con el que te cruces cumpla las normas al pie de la letra.

Hizo una pausa, y su voz se volvió más aguda.

—En especial, mantén un ojo sobre ese chico sin magia. El Director le ha ordenado limpiar las estatuas de los Siete Grandes en la Calle Principal como parte de sus tareas de mantenimiento. Asegúrate de que no holgazanee y que trate los monumentos con el respeto que merecen. Un solo rasguño en la piedra sería un insulto a la historia de esta academia. ¿Entendido?

—Entendido, Riddle-sama —respondió Candice de inmediato, realizando una breve reverencia para ocultar el alivio en su rostro. Ir a supervisar a Yuu era exactamente lo que quería hacer.

—Bien. Ve. Estaré esperando tu informe al mediodía.

Candice se apresuró a salir, dejando atrás el aroma a té de rosas y la atmósfera opresiva del dormitorio. Al llegar a la Calle Principal, el aire era fresco y estaba lleno del bullicio de los estudiantes que se dirigían a sus primeras clases.

A lo lejos, divisó las imponentes estatuas de los Siete Grandes. Allí estaba Yuu, sosteniendo un cubo de agua y un cepillo, luciendo un poco perdido frente a la magnitud de los monumentos. A su lado, dos rostros conocidos de Heartslabyul, Ace Trappola y Deuce Spade, parecían haber hecho una pausa en su camino para charlar con él.

Candice se acercó lentamente, manteniéndose a una distancia prudencial para escuchar la conversación.

—¿En serio no tienes ni idea de quiénes son? —la voz de Ace, impregnada de su habitual tono burlón pero teñida de una curiosidad genuina, flotó en el aire—. Vaya, realmente vienes de otro mundo. Ellos son los Siete Grandes, los seres más poderosos y trascendentales que han caminado sobre la tierra.

Ace se adelantó, señalando con un gesto grandilocuente la primera e imponente efigie de piedra.

—Mira, ella es la Reina de la Belleza. Poseía un porte digno que nadie ha podido igualar. Se dice que consultaba a un espejo mágico a diario para confirmar que su hermosura seguía siendo suprema; y si alguna vez corría el riesgo de perder ese título, no dudaba en hacer lo que fuera necesario, sin importar lo oscuro que fuera el método, para mantenerse en el trono de la perfección.

Se desplazó unos pasos, deteniéndose ante una figura que emanaba una autoridad antigua y sombría.

—Ella es la Hada de las Espinas —dijo, señalando la estatua de la mujer coronada por enormes cuernos y un cetro imponente—. Vivía en lo profundo de una montaña encantada. Ninguno de los otros grandes podía aspirar a superar el poder de sus hechizos; sus maldiciones eran tan profundas que el mismo tiempo parecía doblegarse ante ella.

—Y por aquí, el Hechicero de las Arenas —continuó Ace, con una sonrisa astuta—. Fue un hombre de una inteligencia excepcional. Desenmascaró a un impostor que pretendía engañar a la princesa y obtuvo la lámpara mágica, un poder sin igual. Justo a su lado, está el Rey del Inframundo. Su poder era tan abrumador que gobernaba en absoluta soledad el reino de las almas y los demonios, manteniendo el equilibrio entre la vida y la muerte.

Deuce dio un paso al frente, tomando el relevo con una expresión de respeto reverencial mientras apuntaba a la siguiente estatua.

—Él es el Rey de las Bestias, el soberano indiscutible de la sabana —explicó, mirando al león de piedra—. No heredó su corona por azar; trabajó sin descanso, y sus tácticas maestras lo llevaron a reclamar un trono que otros creían inalcanzable.

Luego, Deuce se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz, observando la figura que evocaba el abismo marino.

—Ella es la Bruja del Mar. Habitaba en una caverna submarina y dedicó su existencia a socorrer a los desamparados del océano. Se dice que podía conceder cualquier deseo, por imposible que fuera, siempre que se estuviera dispuesto a pagar el precio justo.

—Y por último... —Ace se cruzó de brazos, entrecerrando los ojos mientras miraba a Yuu—. Ella es la Reina de Corazones. Dudo que en tu mundo se atrevan a imaginar a alguien como ella.

—Exacto —respondió Yuu, sintiendo el peso de la piedra sobre él.

—Fue una reina que habitaba en un laberinto de rosas infinitas —explicó Ace con un orgullo casi fervoroso—. Era la encarnación de la disciplina. No toleraba un solo error en la marcha de sus soldados naipes, y pobre de aquel que osara dejar una rosa de un color incorrecto. Su reino estaba poblado de locos y excéntricos, pero nadie, absolutamente nadie, se atrevía a desafiarla. ¿Sabes por qué? Porque ante la menor infracción, su orden siempre era la misma: ¡Que le corten la cabeza!

Ace contempló la estatua con una devoción que rozaba lo inquietante. 

—¿No era sencillamente genial?

Yuu guardó silencio un instante, observando el rictus severo de la reina de piedra. 

—Entiendo —opinó con una honestidad que hizo que Deuce se tensara—, aunque para mí, suena más como una tirana que como una heroína.

—Es una historia fascinante, ¿verdad? —intervino una voz suave pero cargada de autoridad, rompiendo el hechizo de la conversación.

Los tres chicos se sobresaltaron. Ace y Deuce se cuadraron al instante, sus espaldas rectas como estacas al reconocer a la Vice-líder de Heartslabyul. Yuu, por el contrario, soltó un suspiro de alivio que le recorrió todo el cuerpo al encontrarse con los ojos de Candice.

Ace y Deuce se tensaron tanto que casi se podía oír el crujir de sus uniformes. La presencia de Candice, aunque cálida, venía investida con la autoridad de la pluma de Vice-líder, y ambos sabían que Riddle no estaba lejos.

—¡V-Vice-líder Candice! —exclamó Deuce, realizando un saludo militar tan rígido que parecía a punto de romperse una costilla—. Solo estábamos... ¡Orientando al nuevo! ¡Nada de holgazanear, lo juro!

—¡Sí, sí! —añadió Ace, rascándose la nuca con una sonrisa nerviosa y esquivando la mirada—. Solo le dábamos una lección rápida de cultura general. Ya sabes, para que no meta la pata con el Líder Riddle.

Candice dejó escapar una pequeña risa, relajando la tensión con un gesto de la mano. Caminó hacia el centro del semicírculo de estatuas, deteniéndose justo entre la Reina de Corazones y el Hechicero de las Arenas. Sus dedos rozaron el aire cerca del pedestal de piedra, como si pudiera sentir el eco de la magia antigua.

—Es una buena síntesis, chicos —dijo ella, volviéndose hacia Yuu con una mirada llena de matices—. Pero hay algo que los libros de texto comunes suelen omitir, y que pueden haber pasado por alto en su entusiasmo.

Ace arqueó una ceja, herido en su orgullo. 

—¿Ah, sí? No me sé ni de por asomo todas las 810 reglas de memoria, pero dudo que me falte un detalle histórico. Todos conocen la historia de los Siete Grandes.

Candice sonrió con un brillo de sabiduría en los ojos.

—Se centran mucho en la severidad de la Reina de Corazones —comenzó, señalando la estatua—, pero olvidan el origen de su disciplina. Los Siete Grandes no eran simplemente "poderosos"; eran figuras de orden ante el caos. En la época de la Reina, su reino era un lugar donde la lógica no existía y la locura amenazaba con devorarlo todo. Ella no cortaba cabezas por crueldad caprichosa, sino porque era la única forma de que la anarquía no destruyera a su pueblo.

Candice se giró hacia Yuu, bajando un poco la voz.

—Hay un dato que no muchos mencionan: se dice que la Reina de Corazones nunca dormía más de tres horas. Pasaba sus noches revisando los jardines y las leyes personalmente, no por ego, sino por un miedo profundo a que, si ella flaqueaba un solo segundo, su mundo colapsaría. Su tiranía, Yuu, era en realidad un sacrificio personal extremo. Ella amaba el orden más de lo que se amaba a sí misma.

Deuce parpadeó, asombrado. 

—¿Sacrificio personal? Siempre pensé que solo le gustaba dar órdenes.

—La verdadera historia está en los matices —continuó Candice—. Por eso nuestro dormitorio es tan estricto. No es solo por seguir reglas, es por la creencia de que el orden es lo único que nos protege del desastre.

Candice se giró hacia los chicos, quienes la miraban como si acabaran de presenciar una aparición mística. El sol de la mañana arrancaba destellos de su uniforme perfectamente alineado, dándole un aire de serenidad que contrastaba con la severidad que usualmente se esperaba de alguien en su posición.

—Por cierto —continuó Candice, entrelazando sus dedos frente a ella con una gracia natural—, no nos hemos presentado correctamente. Ustedes conocen mi nombre y mi cargo, pero me temo que yo aún desconozco los suyos. ¿Serían tan amables de decirme quiénes son?

Su sonrisa era tan genuina y encantadora que el efecto fue inmediato: Ace y Deuce parecieron perder la capacidad de hablar por un segundo, atrapados entre el respeto jerárquico y el nerviosismo de tener la atención total de la Vice-líder.

—¡A-Ace Trappola, de primer año! —soltó Ace, recuperando el habla a trompicones y tratando de sonar mucho más seguro de lo que se sentía—. Un placer, Vice-líder. 

Deuce, por su parte, se puso tan rojo como una de las rosas que debía pintar más tarde. Se inclinó en una reverencia tan profunda que su flequillo casi rozó sus rodillas.

—¡Deuce Spade, también de primer año! —exclamó con voz firme, aunque un poco más alta de lo necesario—. ¡Es un honor conocerla formalmente! 

Candice dejó escapar una risita suave, una nota melodiosa que pareció disipar el rastro de miedo que los chicos le tenían a su puesto.

—Ace y Deuce... estoy más que encantada. No hay necesidad de tanta formalidad —los tranquilizó ella, volviendo su mirada hacia Yuu, quien observaba la escena con una mezcla de diversión y alivio—. Después de todo, somos compañeros de dormitorio. El orden es vital, pero la camaradería es lo que hace que el orden valga la pena.

—Veo que ya conocieron a Yuu. Me alegra saber que se ha encontrado con ustedes —comentó Candice, observando el inicio de lo que parecía una peculiar amistad.

—¡Oye, espera! Te vi en la ceremonia de ayer —cayó en cuenta Ace, señalando a Yuu con un dedo acusador—. ¿No eres el tipo que no sabía usar magia al que convocó el Espejo Oscuro? ¡Casi muero de tanto aguantar la risa!

—Oye, Ace, no seas pesado con alguien que acabas de conocer, y menos frente a la Vice-líder —reprendió Deuce, aunque él también lucía un poco incómodo por el recuerdo.

Candice contuvo una pequeña risa y agitó su mano despreocupadamente para calmar los ánimos. —No se preocupen. Fue un día extraño para todos; me sorprende que hayamos podido descansar algo desde entonces.

—Me presento formalmente: soy Yuuken Enma. Es un placer conocerlos —dijo el joven, realizando una leve inclinación.

—¿Yuuk...? —¿Enma...? —pronunció Ace con extrañeza—. Es un nombre muy raro, suena... antiguo.

—¿Es difícil de pronunciar en este mundo? Pueden llamarme Yuu, si les resulta más sencillo.

Ace y Deuce sonrieron, aceptando el trato con un gesto de cabeza. —Bien, entonces te llamaremos Yuu. Pero oye, si te pusieron a hacer mandados, ¿eso quiere decir que al monstruo que arruinó la ceremonia también? ¡Qué patético! ¿Y dónde está esa bola de pelos ahora? —preguntó Deuce mirando a su alrededor.

Yuu entornó los ojos en modo pensativo. —Ahora que lo pienso, no lo he visto desde esta mañana... —murmuró extrañado.

Ace soltó una carcajada burlona, pero su risa fue cortada en seco cuando un Grim muy molesto le saltó directamente a la cabeza, usándola como trampolín para aterrizar en los brazos de Candice.

—¡Ey! ¡Quítate de encima! —se quejó Ace, mientras Grim se acomodaba orgulloso en el regazo de la joven.

—¡Tú! ¡Bola de pelos! ¡Creí que te habían expulsado a patadas! —lo señaló Ace con furia.

—¡Jujujum! Gracias a esta humana que reconoció mi valor, ese tipo raro de la máscara dijo que podía quedarme —respondió Grim, saltando al suelo con aire de superioridad—. ¡Y no soy ninguna bola de pelos! ¡Soy Grim, y más te vale recordarlo si no quieres terminar chamuscado!

Grim se giró hacia Yuu, frunciendo el ceño. —Y tú... hasta que no desaparezcas de la academia, no puedo convertirme en un estudiante de verdad.

—Si pudiera regresar a casa, lo haría —respondió Yuu tratando de razonar.

—¡Entonces te enviaré de vuelta hecho cenizas! —exclamó Grimm, inhalando aire para lanzar su fuego azul.

Sin embargo, Yuu reaccionó con la velocidad de un rayo. Como capitán de Kendo, aplicó un movimiento preciso con la escoba que apuntó directamente a la cabeza de Grim, frenando en seco su ataque sin llegar a golpearlo, ante el asombro de todos. Con un movimiento rudo pero controlado, Yuu inmovilizó a la criatura contra el suelo.

—¿Por qué tienes tanto empeño en estudiar aquí? —preguntó Yuu, manteniendo a Grim sujeto mientras este se removía.

Grim dejó de luchar poco a poco, apoyando la barbilla contra el suelo de piedra. Sus orejas llameantes bajaron de intensidad y una mirada melancólica nubló sus ojos.

—Pues... la respuesta es simple. Quiero convertirme en un mago de élite y pasar a la historia como un nombre de renombre. Toda mi vida he esperado a que el carruaje negro me recogiera para unirme a esta escuela. He pasado frío y hambre en las calles, observando desde lejos cómo otros eran elegidos. El Espejo Oscuro no sabe reconocer el verdadero talento, así que vine por mi cuenta. No importa cuánto me echen... nunca me rendiré. Seré una leyenda.

Yuu, conmovido por el espíritu inquebrantable de la criatura, lo soltó suavemente y le dedicó una sonrisa llena de respeto.

A pocos pasos, Candice sintió un nudo en la garganta. Escuchar que esa pequeña criatura, a la que ella veía tan adorable, había pasado toda su vida anhelando un hogar y un propósito, fue demasiado para su sensibilidad. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. "Solo quería ser alguien", pensó ella, limpiándose los ojos rápidamente.

Sin embargo, la atmósfera de empatía fue destrozada por la voz gélida de Ace.

—Aún así, hay cosas que son simplemente imposibles —sentenció Ace, cruzándose de brazos con indiferencia—. Solo los estudiantes elegidos pueden unirse a esta escuela. No reúnes los requisitos, no tienes el linaje, ni fuiste convocado. Eres un error en el sistema, Grim. Ríndete con algo de dignidad; un monstruo callejero nunca será un mago de Night Raven.

Ese último comentario fue el golpe de gracia para Candice. El llanto contenido estalló en un sollozo ahogado que sorprendió a los tres chicos. Ella se cubrió el rostro con las manos, con los hombros temblando por la tristeza.

—¡Candice! ¿Estás bien? —exclamó Yuu, acercándose preocupado.

—Es que... es tan triste —logró decir ella entre hipos, con el corazón roto por las palabras de Ace—. Grimm solo tiene un sueño... y tú... tú eres tan cruel, Ace.

Ace se quedó petrificado, alternando la mirada entre las manos de Candice, que cubrían su rostro empapado en lágrimas, y los rostros acusadores de Yuu y Deuce. Nunca había sido bueno manejando las emociones ajenas, y ver a la Vice-líder de su dormitorio —usualmente tan serena y compuesta— desmoronarse por culpa de su sarcasmo, lo hizo sentir como el villano más despreciable de Twisted Wonderland.

—O-Oye, Candice... No era para tanto, yo solo decía la verdad técnica, no quería que... —Ace extendió una mano hacia ella, tratando de tocar su hombro para consolarla, pero no llegó a rozar la tela de su uniforme.

—¡¡TÚ!! —rugió Grim, cuyos ojos brillaban ahora con una intensidad volcánica—. ¡Hiciste llorar a la humana amable! ¡Pagarás por esto, pedazo de zanahoria andante!

Sin previo aviso, Grim inhaló una bocanada de aire tan profunda que sus mejillas se hincharon de forma cómica, y acto seguido, exhaló una llamarada de fuego azul que pasó rozando la punta de la nariz de Ace.

—¡¡AAAHH!! ¡Casi me dejas como un carbón! —gritó Ace, saltando hacia atrás con agilidad mientras se palmeaba la ropa, presa del pánico—. ¡Solo fue un comentario! ¡Candice, dile que se detenga!

Grim no pensaba detenerse. Saltó de nuevo, esta vez apuntando a los pies de Ace, obligándolo a bailar un zapateo frenético para no quemarse las botas. En medio del caos, la criatura se detuvo un segundo y, con una agilidad sorprendente, trepó por el uniforme de Candice hasta llegar a su hombro. Allí, frotó su mejilla peluda contra la de ella, dejando un rastro de calor reconfortante.

—Ya, ya... humana —murmuró Grim con una suavidad que nadie esperaba de él—. No llores por lo que diga este debilucho. Yo soy increíble, ¿recuerdas? Mis sueños son tan grandes que este tonto no puede ni verlos.

Candice bajó las manos, con los ojos enrojecidos y las pestañas aún pegadas por las lágrimas. Ver a Grim, el mismo que hace un momento era inmovilizado en el suelo, tratando de ser su protector, le provocó una mezcla de ternura y tristeza.

Ace, viendo que Grim le había dado una tregua, se acercó con cautela, rascándose la nuca y evitando el contacto visual directo. Su arrogancia se había evaporado por completo.

—Lo siento, ¿está bien? —masculló Ace, con las mejillas teñidas de un rojo casi tan intenso como su cabello—. No debí ser tan... idiota. Tienes razón, el mapache... digo, Grim, tiene agallas. Y tú... bueno, eres demasiado buena para este lugar, Candice. No llores más, si Riddle te ve así, pensará que te hemos atacado y entonces sí que estaremos muertos.

Deuce suspiró, aliviado de que Ace hubiera recuperado un poco de decencia, y le tendió un pañuelo limpio a Candice.

—Vice-líder, por favor, seque sus lágrimas —dijo Deuce con voz suave—. Prometo que cuidaremos de Yuu y de Grimm mientras limpian. No permitiremos que nadie más les diga cosas crueles.

Candice tomó el pañuelo y se limpió las mejillas, esbozando una sonrisa débil pero sincera. La imagen de aquel grupo —un chico sin magia de otro mundo, un delincuente juvenil arrepentido, un aspirante a caballero honoris causa y un monstruo ambicioso— la hizo sentir que, a pesar de las reglas de hierro de Riddle, ese año sería transformador.

—Gracias, chicos —susurró Candice, recuperando su postura—. Siento haberme alterado así. Es solo que... a veces el mundo es demasiado estricto con los que solo quieren una oportunidad.

Yuu le puso una mano en el brazo, dándole un apretón solidario. En ese momento, el reloj de la torre principal anunció el inicio de las clases, y la atmósfera de paz se rompió con la urgencia del deber.

Candice se sobresaltó al escuchar las campanadas del reloj. El tiempo se le había escurrido entre las manos como arena fina, y el informe para Riddle no se escribiría solo. Con un gesto rápido, se alisó el uniforme y recuperó esa compostura de Vice-líder que tanto le costaba mantener frente a las injusticias.

—¡Cielos, la hora! —exclamó, con una nota de urgencia en la voz—. Tengo que hacer el informe para el líder.

Antes de marcharse, se inclinó hacia Grim. La criatura, que aún mantenía una expresión de suficiencia tras haber asustado a Ace, se quedó congelada cuando Candice le depositó un tierno beso en la frente, justo entre sus orejas llameantes.

—Pórtate bien, pequeño gran mago —susurró ella.

Grim se puso rojo hasta la punta de la cola, balbuceando algo sobre que "los grandes magos no necesitan mimos", aunque no pudo evitar ronronear bajito. Acto seguido, Candice envolvió a Ace, Deuce y Yuu en un abrazo grupal y cálido, un gesto que rompió por completo los protocolos de la academia, pero que selló su lealtad hacia ellos.

—Vayan a clases ya mismo, no quiero que lleguen tarde y tengan problemas en su primer día —les pidió, mirándolos con cariño—. Y Yuu, por favor, termina de limpiar las estatuas con Grim. Confío en ustedes.

Con una última despedida con la mano, Candice echó a correr en dirección al dormitorio de Heartslabyul. Sus botas resonaban contra el pavimento de la Calle Principal mientras dejaba atrás las imponentes figuras de los Siete Grandes.

Al entrar en el edificio, el aire se volvió más pesado y el aroma a rosas recién cortadas inundó sus sentidos. Subió las escaleras a toda prisa y se detuvo frente a la imponente puerta de la oficina de Riddle. Tras recuperar el aliento y asegurarse de que su rostro no revelara rastro de las lágrimas anteriores, llamó suavemente a la madera.

—Adelante —respondió la voz gélida y perfecta del Líder de Dormitorio.

Candice entró. Riddle estaba sentado tras su escritorio, rodeado de pilas de pergaminos perfectamente alineados. Él levantó la vista y consultó su reloj de bolsillo con un gesto seco.

—Llegas tres minutos tarde para la entrega del informe matutino, Candice —sentenció, entornando los ojos—. Espero que tengas una explicación detallada de por qué el orden ha sido alterado esta mañana.

Candice tragó saliva, sosteniendo la carpeta contra su pecho. El juego de equilibrar su corazón con las reglas de Riddle acababa de empezar formalmente.

La noche se había asentado pesadamente sobre el dormitorio de Heartslabyul. En la oficina del Líder de Dormitorio, el único sonido era el rasgueo rítmico de la pluma de Candice contra el pergamino y el metódico tic-tac del reloj de pared. Candice se frotaba las sienes; llevaba horas ayudando a Riddle a organizar los horarios de las guardias de los soldados naipe, sintiendo el peso del cansancio en sus hombros.

Riddle, por el contrario, parecía una estatua de porcelana, imperturbable ante la fatiga. De repente, el espejo de comunicación sobre el escritorio brilló con una luz espectral, revelando el rostro del Director Crowley.

—¡Ah, Riddle, Candice! Qué bueno que los encuentro todavía en plena labor —exclamó el Director, aunque su tono no era el habitual.

Riddle se enderezó al instante, dejando su pluma a un lado. —Director Crowley. ¿A qué debemos este llamado a estas horas?

—Verán, ha ocurrido un incidente... pintoresco en la Calle Principal. Ace Trappola y Deuce Spade se enredaron en una disputa con esa pequeña criatura, Grimm. El resultado fue una llamarada accidental que incendió una de las estatuas de los Siete Grandes.

Riddle se puso en pie con tal brusquedad que su silla chilló contra el suelo. —¿Qué dijo? ¿Ace y Deuce? —preguntó conmocionado, sus ojos destellando con una furia contenida—. ¡Es inaudito!

Candice sintió que el corazón se le hundía. "Esos tontos...", pensó con angustia.

—Sí. Creí que sería prudente mantenerlos a usted y a su Vice-líder al tanto, Riddle Rosehearts y Candice Lidell, ya que son los encargados de Heartslabyul —continuó Crowley—. Técnicamente, la falta amerita la expulsión inmediata. Sin embargo, como soy tan generoso, les he ofrecido una alternativa: deben conseguir una piedra mágica de las minas de carbón para renovar el candelabro que destruyeron.

Riddle se inclinó profundamente hacia la imagen del director, y Candice lo imitó por puro reflejo, sintiendo el frío de la oficina calar en sus huesos.

—Me disculpo sinceramente por los graves problemas que han causado los estudiantes de la casa Heartslabyul, Director —dijo Riddle, su voz vibrando de vergüenza y rabia—. Es una mancha imperdonable para nuestro dormitorio.

—Los he enviado a la mina como castigo ahora mismo —explicó Crowley sin más ceremonias—. Deberían regresar mañana por la mañana con la piedra... si es que sobreviven a la oscuridad de las cuevas.

—Entiendo —murmuró Riddle con una frialdad que asustó a Candice.

La conexión se cortó. Riddle se quedó mirando el espejo apagado durante unos segundos antes de recoger su capa y salir de la oficina con pasos rápidos y pesados. Candice lo siguió de cerca, tratando de igualar su ritmo.

—Hacen algo así el primer día de clases... —masculló Riddle mientras caminaban por los pasillos sumidos en la penumbra—. No puedo permitir este nivel de indisciplina. Es una falta de respeto a la Reina de Corazones y a todo lo que representamos. ¡Les espera un castigo ejemplar en cuanto regresen! Si es que regresan...

Candice miró hacia las ventanas que daban a los jardines oscuros. Sabía que las minas eran peligrosas y que Yuu seguramente estaría con ellos.

—Riddle-sama... —comenzó ella con cautela—, ¿no cree que es peligroso enviarlos allí sin supervisión? Son solo estudiantes de primer año y un humano sin magia.

Riddle se detuvo y la miró de reojo, su rostro iluminado apenas por la luz de la luna.

—Si no son capaces de cumplir una tarea de recolección para salvar su estancia en esta academia, entonces no tienen lugar en Heartslabyul, Candice. El orden no admite debilidad.

Candice guardó silencio, apretando los puños. Sabía que, por mucho que Riddle dictara sentencias, ella no podría dormir tranquila hasta saber que esos tres estaban a salvo.

...

El aire en la entrada de las minas estaba saturado de polvo y un olor a azufre que quemaba los pulmones. Candice, flanqueada por Cater y Trey, sintió que el alma se le caía a los pies al asomarse a la cavidad. Allí, bajo el fulgor intermitente de unas gemas mortecinas, una criatura deforme de fango y sombras acorralaba a sus amigos. Yuu intentaba proteger a un Grimm herido mientras Ace y Deuce, exhaustos y con los uniformes desgarrados, lanzaban hechizos desesperados que apenas hacían mella en la mole de oscuridad.

—¡Líder, por favor! —suplicó Candice, girandose hacia Riddle con los ojos empañados.

Riddle no respondió de inmediato. Observó la escena con una indiferencia clínica, chasqueando la lengua con fastidio mientras ajustaba sus guantes de seda con parsimonia. Finalmente, extrajo su cetro, en cuya punta brillaba su Gem Pen carmesí. Con un movimiento seco y elegante, disparó un rayo de energía pura que surcó la oscuridad de la mina como un relámpago, incinerando al monstruo en un estallido de luz blanca.

En segundos, el silencio volvió a reinar, roto solo por los jadeos de los chicos.

—¿En serio les ha costado tanto lidiar con una criatura tan patética y débil? —reclamó Riddle, su voz resonando con una rigidez que cortaba el aire como un cristal.

—¿Líder Riddle? —exclamó Deuce, parpadeando para limpiar el polvo de sus ojos—. ¿Cómo...?

—¿Viniste a ayudarnos? —preguntó Ace, dejando caer su pluma mágica, incrédulo ante la aparición de su líder.

—¿Ayudarlos? —Riddle repitió la palabra con una voz gélida que hizo que la temperatura de la mina descendiera varios grados—. ¿Por qué desperdiciaría mi tiempo ayudando a quienes no poseen la disciplina mínima para respetar el código del dormitorio?

Su rostro se tornó de un rojo violáceo mientras gritaba, haciendo que incluso los murciélagos huyeran de las grietas.

—¡Ace Trappola! ¡Deuce Spade! Ambos han cometido una afrenta imperdonable. Han infringido la Regla número 304: "Los soldados naipe deben reunirse y cantar cuando el erizo estornuda".

—¿Erizo? —preguntaron Ace y Deuce al unísono, completamente descolocados.

—A las cuatro de la tarde —continuó Riddle, recuperando una calma autoritaria aún más aterradora—, los informes confirmaron que el erizo real estornudó. Mis estudiantes se reunieron puntualmente para cumplir con el himno. ¡Ustedes no estaban allí! — reclamó — ¡Ese es un delito de insubordinación grave!

Yuu, que se apoyaba en una roca para no caer, miró al pelirrojo con absoluta confusión. —Espera... ¿Entonces el castigo no es por haber incendiado la estatua de los Siete Grandes?

—Qué locura... —susurró Grimm desde el suelo, tratando de recuperar el aliento.

Riddle ignoró los comentarios, volviéndose hacia sus acompañantes con un gesto imperioso. —Cater, Trey. Llévenselos. No quiero ver sus rostros hasta que el juicio esté preparado.

—Como ordene, encargado —respondieron ambos al unísono, aunque con una nota de lástima en sus ojos.

—¡Es una locura! ¡Ni siquiera sabíamos lo del erizo! —gritó Ace mientras Cater lo sujetaba firmemente por los hombros.

Candice corrió hacia ellos mientras Trey levantaba a Deuce con eficiencia silenciosa. —¡Chicos! ¿Están bien? ¿No se rompieron nada? —preguntó ella, revisando sus heridas con manos temblorosas.

—¡Candice! — gritó Ace con una sonrisa que se borró de inmediato al ser arrastrado por Cater. — ¡Oye, suéltame!

—Vamos, Ace, coopera —sugirió Cater con una sonrisa forzada—. Si te resistes, solo te lastimarás.

—Llévenlos con cuidado, por favor — suplicó la chica, haciendo que Cater se volteara con una sonrisa galante.

—Usted tranquila, señorita. — respondió guiñándole un ojo —lo llevaré con cuidado.

—¡E-espera! ¡No hemos encontrado la piedra! —gritó Deuce, mirando hacia el fondo de la mina—. Si regresamos sin ella, el Director Crowley nos expulsará de verdad.

—Lo siento, novato. Órdenes del encargado —murmuró Trey, arrastrándolos inexorablemente hacia la salida.

Yuu se quedó parado en medio del túnel, viendo cómo sus amigos eran retirados como prisioneros. Al ver que Riddle y Candice también comenzaban a retirarse, sintió una punzada de pánico por el destino de sus compañeros.

—¿Qué les vas a hacer? —preguntó Yuu a la espalda de Riddle.

Riddle se detuvo en seco. La luz de la luna que entraba por la boca de la mina perfiló su silueta pequeña pero imponente. No se molestó en girarse por completo; simplemente señaló con la barbilla hacia Candice, que caminaba a su lado con la mirada baja y el corazón pesado.

—De eso —sentenció Riddle con una finalidad absoluta—, se encargará ella.

Candice cerró los ojos un instante. El peso del trato que había hecho con Riddle se asentó sobre sus hombros como una losa de mármol. Ella sería el juez y el verdugo de sus propios amigos.

...

El jardín de rosas de Heartslabyul se encontraba sumido en un silencio sepulcral, solo roto por el suave gorgoteo de las fuentes de té. Los estudiantes se habían congregado en semicírculo, observando con una mezcla de morbo y temor a Ace y Deuce, quienes permanecían de pie frente al estrado con las cabezas gachas.

Riddle estaba sentado en su trono, con las manos entrelazadas sobre su cetro y una expresión de mármol. A su lado, Candice dio un paso al frente. Sus ojos, antes llenos de compasión, ahora reflejaban una determinación forzada. Sabía que cientos de ojos estaban puestos en ella, esperando ver si la Vice-líder sería capaz de mantener la disciplina que el reglamento exigía.

Ace tragó saliva, mirando de reojo a Candice, suplicando internamente por una clemencia que sabía que Riddle no permitiría.

—Ace Trappola. Deuce Spade —la voz de Candice resonó clara, sin el temblor que sentía en su interior—. Han cometido una infracción directa contra la armonía de este dormitorio al ignorar el estornudo del erizo real. La falta de puntualidad es una falta de respeto a la Reina de Corazones.

Riddle asintió levemente, complacido con el tono de su subordinada.

—Por lo tanto —continuó Candice, haciendo una pausa dramática que hizo que Cater contuviera el aliento—, su castigo será el siguiente: para reintegrar el honor perdido y asegurar que la melodía de la disciplina no se olvide, deberán entonar, tres veces consecutivas y sin un solo error de afinación, la canción que omitieron esta tarde.

Un murmullo de sorpresa recorrió la multitud. ¿Cantar? Ace parpadeó, confundido, esperando un collar de castigo o algo más... físico. Pero Candice extendió un pergamino con la letra escrita en caligrafía perfecta y ordenó con firmeza:

—¡Empiecen ahora!

Ace y Deuce se miraron, rojos de la vergüenza, y bajo la mirada implacable de Riddle y la seriedad inquebrantable de Candice, comenzaron a cantar con voces temblorosas:

El pequeño cocodrilo... —inició Deuce, tratando de mantener el ritmo.

Para entonar sus cantares... —siguió Ace, con la voz quebrada por la humillación de cantar frente a todos.

Usa las aguas del río, con sus notas musicales. Con hipócrita modestia, sus garras suele indicar... a los pobres pececillos... por donde pueden entrar.

Al terminar la primera vuelta, el silencio que siguió fue casi doloroso. Candice no cambió su expresión.

—Segunda vez —sentenció ella—. Y esta vez, pónganle más sentimiento. Si la Reina de Corazones los escuchara, querría sentir su arrepentimiento en cada nota.

Riddle esbozó una sonrisa casi imperceptible. El castigo era ingenioso: no solo era una lección de obediencia, sino una humillación pública que recordaría a todos que en Heartslabyul, hasta el acto más pequeño tenía consecuencias. Candice, por su parte, sentía un alivio secreto; era un castigo duro para el orgullo de los chicos, pero al menos, sus cabezas seguían sobre sus hombros.

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• Capítulo VI •

El laberinto de rosas de Heartslabyul bullía con una actividad frenética. Bajo el cielo despejado, el aire estaba cargado con el perfume dulce de las flores y el olor metálico de la pintura mágica. Candice, con las mangas de su uniforme pulcramente remangadas, movía su pincel con una delicadeza artística, transformando las rosas blancas en un rojo carmesí tan vibrante que parecía sangre fresca.

A su lado, Cater Diamond trabajaba con una mano mientras con la otra revisaba su teléfono, subiendo una foto del progreso. Antes de que el grupo llegara, ambos habían compartido una breve pero chispeante presentación. Cater, fiel a su estilo, no había escatimado en halagos, asegurándole a Candice que su presencia era totalmente "Magic-ameable" y que trabajar con una Vice-líder tan eficiente hacía que la tediosa tarea fuera un absoluto placer.

—¡Hola a todos! —la voz de Ace rompió la concentración de los presentes.

Candice se giró con una sonrisa radiante al ver al grupo. Yuu y Grim caminaban con una nueva dignidad, luciendo por fin sus chalecos del dormitorio.

—¡Yuu! ¡Grim! —exclamó Candice, dejando el pincel en el cubo—. Me he enterado de la noticia. ¡Felicidades! Es oficial: ahora son estudiantes de esta academia. No saben cuánto me alegra ver que el Director Crowley vio en ustedes lo que yo ví desde el principio.

—¡Je! Por supuesto que sí —presumió Grim, inflando el pecho—. El gran mago Grim no podía quedarse fuera por mucho tiempo. ¡Gracias por las mantas de anoche, humana!

—¿Qué están haciendo con esos cubos? —preguntó Yuu, observando las manchas rojas en el suelo.

Cater se apoyó en su pincel con una sonrisa despreocupada.

—Estamos pintando las rosas del laberinto, por supuesto. La Reina de Corazones solo aceptaba rosas rojas, así que es una tradición sagrada. Esta linda señorita se ofreció a ayudarme para que terminara antes de la hora del té; es una salvadora, de verdad.

Fue entonces cuando la mirada de Candice cayó sobre Ace. La alegría del reencuentro se evaporó, dejando un rastro de amargura al notar el pesado yugo metálico que aprisionaba su cuello. El grabado del sello de Riddle RoseHearts brillaba bajo el sol con una frialdad autoritaria.

—Oh, Ace... ¿qué has hecho ahora? —preguntó ella en un susurro, aunque la respuesta flotaba en el aire tan clara como el metal del collar.

Ace bajó la cabeza, abandonando por un instante su habitual arrogancia. Parecía un animalito acorralado.

—Me comí una tarta que encontré en la cocina. No sabía que era del Líder —murmuró, evitando la mirada de Candice—. Aunque, pensándolo bien, que solo hubiera una tarta tan perfecta en una bandeja de plata debió ser mi primera señal de alerta... —Carraspeó, intentando recuperar algo de dignidad—. Pero Riddle apareció de la nada y... ¡ZAS! Off with your head. No puedo usar ni un gramo de magia, Candice. Soy un humano común, ¡es humillante!

—Puedo imaginarlo. Para alguien como tú, el silencio mágico debe ser una tortura —concordó ella con genuina empatía.

Ace se acercó un paso, reduciendo la distancia, con los ojos brillando en una súplica desesperada.

—Oye, Candice... tú eres la única a la que Riddle escucha de verdad. O bueno, al menos eres la única que no lo hace entrar en cólera al segundo de abrir la boca —dijo tras una breve pausa—. Eres la Vice-líder. Habla con él, ¿sí? Dile que fue un error de novato, que no volverá a profanar su despensa. Por favor, convéncelo de que me quite este trasto antes de que me vuelva loco.

Candice contempló el collar y luego el rostro desencajado de Ace. Conocía de sobra que Riddle no consideraba la "comida ajena" como un simple descuido, sino como una afrenta directa al orden. Además, ver la mejilla de la chica manchada de pintura roja delataba que ella ya estaba pagando el precio de mantener el jardín a raya.

—Ace, para Riddle-sama, que alguien le robe su comida es una de las faltas más graves —suspiró ella, limpiándose la mancha carmín de la cara—. Pero veré qué puedo hacer. No te prometo un milagro, ya conoces su temperamento, pero intentaré razonar con él durante el té. ¿Te parece justo?

—¡Gracias, Candice! —exclamó Ace con una gratitud casi teatral—. ¡Sabía que eras un ángel caído del cielo de Twisted Wonderland! —De pronto, su mirada se desvió hacia el chico que la acompañaba, el mismo que los había arrastrado por las minas—. Espera... ¿y este tipo quién es?

—Vaya, qué descuido el mío. ¡La falta de atención me hiere el alma! —intervino Cater con un entusiasmo que parecía sacado de un anuncio publicitario. Soltó el pincel en el cubo de pintura mágica con un chapoteo alegre—. ¡Hola a todos! ¡Qué gusto ver caras frescas por aquí!

Cater se giró hacia el recién llegado, Yuu, dedicándole una sonrisa que deslumbraba tanto como su teléfono.

—Permítanme presentarme formalmente, ya que aquí la etiqueta es el pan de cada día, ¿verdad, Candi-chan? —le guiñó un ojo, logrando que la chica asintiera con una sonrisa resignada—. Soy Cater Diamond, de tercer año. ¡Un auténtico placer!

Antes de que Yuu pudiera siquiera articular un saludo, Cater ya tenía su Magicam Phone en posición de combate.

—¡Alto ahí! ¡Nadie se mueva! ¡Selfie obligatoria!

Sin darles tiempo a parpadear, Cater rodeó a Ace con un brazo, asegurándose de que el collar de castigo ocupara el centro del encuadre. El flash disparó y, en segundos, los dedos de Cater volaban sobre la pantalla.

—¡Listo! Etiquetado como: "¡El novato que se merendó el postre del Jefe! #Heartslabyul #ProblemasEnLaCocina #QueNoTePilleRiddle".

Con una agilidad casi felina, se deslizó junto a Candice, rodeandole la cintura con una familiaridad que hizo que un ligero rubor trepara por las mejillas de la Vice-líder. Capturó a todo el grupo en una toma perfecta.

"¡Con la pandilla y nuestra hermosa Vice-Líder, Candice! Pintando rosas. #LaVidaEnNRC #ViernesDeRosas". ¡Perfecto! Un recuerdo para la posteridad y unos cuantos likes para mi feed —exclamó Cater guardando el dispositivo—. Pero basta de redes sociales, chicos. El tiempo es oro y Riddle no perdona si encuentra un pétalo pálido.

—Oye... —intervino Ace, sintiendo que el collar pesaba más con cada palabra de Cater—. ¿Esa tarta era para algo realmente importante?

—Sí y no —respondió Candice, retomando su brocha con elegancia—. Hoy es viernes. Y según la Regla 272, los viernes se celebra una fiesta de té específica. La regla indica que debe servirse un té de hierbas y los acompañamientos deben ser seleccionados meticulosamente. La tarta que te comiste era el "estándar de oro" que Riddle estaba probando para comerlo con su té hoy. Básicamente, te comiste el prototipo de la perfección.

Ace y Deuce palidecieron al unísono. No era solo comida; era un sabotaje involuntario a la planificación maníaca de su líder. Candice recordaba bien lo que era sufrir esa ira; aún le dolía el orgullo de cuando Riddle la amonestó por usar su tintero favorito sin permiso días atrás.

—¡Muy bien, equipo! —anunció Cater, recuperando su tono de mando ligero—. El líder no quiere ver ni un rastro de blanco. Si no terminamos, ya saben el coro... ¡Zas! ¡Fuera cabezas!

Candice entregó los botes de pintura con una sonrisa que intentaba ser reconfortante, aunque sus ojos mostraban la urgencia del deber.

—Recuerden: no debe haber ningún espacio en blanco —dictaminó ella.

Mientras Deuce y Cater hacían bailar sus plumas mágicas para que las brochas volaran sobre los setos, el ambiente en el rincón de Ace era mucho más sombrío. Se escuchaba el sonido rudo de las cerdas golpeando las flores. Ace, privado de su magia, pintaba a mano, encorvado y salpicado de gotas rojas que parecían sangre sobre su uniforme.

—¡Esto es una soberana estupidez! —estalló Ace, tirando el pincel al cubo—. ¡Llevo una eternidad y apenas he terminado un arbusto! ¿Por qué tanta obsesión? Sinceramente, las blancas se veían mejor... le daban un aire más natural al jardín.

Ace guardó silencio un segundo, observando de reojo a Candice. Ella pintaba a su lado con una paciencia casi mística. Pensó que, al igual que esas rosas blancas, ella poseía una luz que no necesitaba de las capas de pintura y reglas que el dormitorio les obligaba a usar.

Candice se detuvo, dejando que el viento meciera sus cabellos y lo miró.

—Te entiendo, Ace —susurró, asegurándose de que Cater estuviera fuera de oído—. Si te soy franca, yo también prefiero la pureza del blanco. Pero aquí, la naturaleza es un error que debe corregirse.

Le dio un suave toque en el hombro, un gesto cargado de una calidez que Ace no esperaba.

—Pintar rosas es lo más cuerdo que haremos hoy. En la fiesta de No Cumpleaños que celebraremos, jugaremos croquet con flamencos y erizos vivos como pelotas. Así que... acostumbrate a la locura.

—¿Flamencos? ¿Erizos? —Ace abrió los ojos de par en par—. ¿Es una escuela de magia o en un manicomio?

Candice soltó una risa cristalina que pareció iluminar el laberinto por un instante.

—Tal vez un poco de ambos. Pero aun así, es mejor que estar encerrada estudiando leyes antiguas. Si terminas rápido, te prometo que buscaré la forma de que el líder te perdone antes de que acabe el día.

El nombre de Riddle volvió a enfriar el ambiente. Cater, aunque sonreía, bajó la voz y lanzó una mirada nerviosa a los alrededores.

—Riddle es un genio, el mejor de su promoción —admitió Cater sacudiendo su pincel—, pero su brújula moral es un libro de reglas. Si la regla dijera que hay que caminar de manos los martes, él sería el primero en hacerlo. Vive en un mundo donde el reglamento es la única verdad.

Ace sintió que el collar le apretaba la garganta. El metal frío le recordaba su impotencia.

—¡Es cierto! —exclamó soltando el pincel—. No tengo tiempo para esto. He venido a buscarlo para convencerlo de que me quite el collar. Candice, ¿dónde se metió nuestro "querido" tirano?

Candice suspiró con una mezcla de lástima y deber. Se limpió las manos con un pañuelo de seda, recuperando su postura de Vice-líder.

—Debe estar patrullando los pasillos. Pero, Ace... antes de que vayas a pedir clemencia, recuerda la Regla 53: "Todo lo que se robe, debe reponerse".

—¿Y eso qué significa? Yo no... bueno, vale, me comí la tarta.

—Exacto —sentenció Candice con firmeza—. Si quieres que Riddle-sama te escuche en lugar de decapitarte mágicamente, debes reponer lo que tomaste. No aceptará disculpas vacías.

—¿¡Tengo que comprar una tarta!? —se quejó Ace, mirando a sus compañeros como si le hubieran pedido que escalara una montaña.

Cater soltó una carcajada vibrante y guardó su teléfono. Su expresión se volvió profesional.

—¡Regla 53, chicos! Candice tiene razón. Entrar ahí con las manos vacías es suicidio. ¡Y como yo tengo mucho que pintar y cero ganas de ver un drama real, les daré un empujoncito!

En un movimiento fluido, Cater sacó su pluma mágica. El aire vibró con una frecuencia eléctrica y, de la nada, tres copias idénticas de Cater Diamond aparecieron con la misma sonrisa pícara.

¡Split Card! —anunciaron los cuatro Caters al unísono.

Las réplicas tomaron a Ace, Deuce y Yuu por los brazos, arrastrándolos hacia la salida con una fuerza sorprendente, mientras Grim corría detrás soltando maldiciones.

Candice permaneció en silencio junto a los cubos de pintura, viendo cómo sus amigos eran escoltados hacia su misión. Alzó una mano, agitandola mientras una sonrisa melancólica cruzaba su rostro.

—¡Consigan esa tarta! —les gritó mientras el último clon de Cater empujaba a Ace por el umbral—. ¡Confío en ustedes! ¡Y que sea la receta original!

Ace intentó gritar algo sobre la injusticia del sistema, pero su voz se ahogó en el laberinto. Candice se quedó junto a Cater, rodeada de rosas a medio pintar, en el profundo y disciplinado silencio de Heartslabyul.

...

El aire en los establos reales de Heartslabyul olía a heno fresco, flores cortadas y a esa fragancia silvestre que siempre desprendían las criaturas mágicas. Allí, sumergida en una burbuja de serenidad, Candice se movía con una dedicación que rozaba lo sagrado. Sus manos, de movimientos fluidos y seguros, atendían con una ternura infinita a los siete flamencos de plumaje vibrante y a los erizos que correteaban a sus pies; todos ellos, los protagonistas involuntarios del torneo de croquet programado para el alba.

Extendió la palma de su mano, ofreciendo un puñado de granos selectos hacia el pico curvo de un flamenco de un extraño tono verde esmeralda. El ave no solo aceptó el banquete con entusiasmo, sino que frotó su cabeza contra la muñeca de su dueña, soltando un trino melódico que resonó en las vigas de madera.

—Aww, son tan adorables —susurró ella, soltando una risita cristalina.

Sintió un pequeño tirón en la bota. Al bajar la vista, un par de erizos rascaban el cuero de sus zapatos con insistencia, suplicando atención. Con un gesto de adoración, Candice tomó a uno de ellos entre sus manos, cuidando de no pincharse con sus púas suavizadas por la magia, y lo acunó contra su pecho. Estaba tan absorta en aquel microcosmos de plumas y espinas que el resto del mundo —incluyendo el eco de unos pasos autoritarios— dejó de existir.

Riddle Rosehearts caminaba por el pasillo exterior con el ceño fruncido, repasando mentalmente la lista de preparativos. Al pasar junto a los establos, una risa delicada, femenina y cargada de una alegría genuina lo detuvo en seco. Conocía esa voz; era la de su Vice-líder. El primer impulso de Riddle fue la irritación: ¿qué hacía ella perdiendo el tiempo allí en lugar de supervisar que las reglas se cumplieran en el comedor?

Entró decidido a reprenderla, con una frase cortante ya formada en los labios, pero las palabras murieron antes de nacer.

La escena que lo recibió era casi pictórica. Candice, vestida de rosa, estaba rodeada por un torbellino de aleteos verdes y rosados; los flamencos estiraban sus cuellos buscando su caricia mientras ella, con el erizo aún en brazos, comenzó a entonar la tradicional melodía del dormitorio. Su voz no era simplemente afinada; tenía una cualidad etérea, dulce como el almíbar, que parecía hipnotizar a las bestias.

—Es la fiesta del jardín por las tardes... cuando el sol comienza a declinar —cantó ella, meciéndose suavemente—. Y las flores que son perezosas, no se pueden despertar.

Riddle se quedó inmóvil, oculto entre las sombras de la entrada. Había escuchado esa canción cientos de veces; era un requisito reglamentario, una tarea tediosa que los alumnos de primero cumplían por miedo al castigo. Él mismo la había cantado con precisión metódica años atrás para asegurar que los animales estuvieran dóciles para el juego. Pero jamás, ni en sus recuerdos más remotos, la había escuchado sonar como una caricia.

—Los narcisos visten siempre de gala... las violetas vienen de postín...

Candice se inclinó para depositar más semillas en el tazón de porcelana, moviéndose con una gracia natural que Riddle rara vez veía en las reuniones del consejo, donde ella siempre parecía medir cada palabra.

—Las orugas y langostas siempre vienen a reñir... y las dulces margaritas sólo piensan en dormir.

Ella tocó con la punta del dedo la nariz de un erizo que giraba en círculos, como si bailara al ritmo de su voz. Luego, con una naturalidad que desarmó a Riddle, depositó un tierno beso en el pico de un flamenco. El ave agitó sus alas con un estrépito de alegría y soltó un graznido alto, armonizando perfectamente con el coro final de la chica.

—Nos enseñan cosas bellas las flores... de romances saben un sinfín. Hay idilios y se habla de amores... en la fiesta del jardín.

Un calor inexplicable, ajeno a cualquier regla de etiqueta, subió por el pecho de Riddle hasta instalarse en sus mejillas. Observarla así era descubrir un secreto prohibido. A su lado, Candice siempre parecía una cuerda tensa, incómoda, limitándose a la cortesía profesional. Verla sonreír de esa forma, con los ojos brillando de una manera que solo reservaba para los demás chicos del dormitorio, le provocó una punzada extraña en el estómago. Tuvo que admitirlo, aunque fuera solo para sus adentros: tenía una sonrisa preciosa.

Sacudió la cabeza, recomponiendo su máscara de frialdad y control antes de dar un paso al frente.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó con su habitual tono cortante, aunque un rastro de esa turbación interna suavizó el final de la frase.

Candice dio un respingo, casi dejando caer al erizo. Se giró con los ojos muy abiertos, su rostro pasando del júbilo a la sorpresa en un parpadeo. En ese instante de confusión, uno de los flamencos aprovechó para juguetear con ella, picoteando suavemente la piel de su cuello. Las cosquillas le arrancaron una risa involuntaria que intentó ahogar de inmediato al encontrarse con la mirada severa de Riddle.

Se aclaró la garganta, se enderezó y se pasó una mano por su cabello blanco, tratando de recuperar la compostura.

—Líder, yo... —respiró hondo, recobrando su tono formal—. Estoy cumpliendo con la regla número 626: "Se debe vestir de rosa y cantar a los animales durante su alimentación".

Riddle mantuvo la mirada fija en ella un segundo más de lo necesario, tratando de ignorar cómo el eco de aquella canción todavía vibraba en las paredes del establo. El reglamento era su vida, su biblia, y Candice acababa de recordarle una regla que él solía ejecutar con frialdad mecánica, dotándola de una calidez que lo desconcertaba.

—La regla 626, en efecto —asentó Riddle, cruzando los brazos sobre el pecho y recuperando su porte aristocrático—. Me alegra ver que no descuidas tus obligaciones, aunque tu... entusiasmo sea algo inusual.

Candice terminó de acomodar el mechón de su cabello blanco detrás de su oreja, aún un poco agitada por la sorpresa. El flamenco verde volvió a apoyarse en su hombro, como si fuera su guardaespaldas emplumado.

—No es solo obligación —respondió ella con una pequeña sonrisa tímida—. Los animales sienten que se les aprecia y al momento de jugar su rendimiento será mejor.

Riddle carraspeó, desviando la vista hacia la salida. En su mente, la imagen de la sonrisa de Candice se mezcló con el motivo real por el cual la había buscado. Antes de interrumpirla, su camino se dirigía al comedor con un propósito que le provocaba un nudo de duda en el estómago: Ace Trappola y el pesado collar de castigo que rodeaba su cuello.

—Basta de distracciones —sentenció Riddle, aunque su tono no era tan severo como de costumbre—. Me dirigía al comedor. He estado reflexionando sobre la conducta de Ace Trappola durante las últimas horas de servicio y... —hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Considero que ha mostrado un arrepentimiento marginalmente suficiente. Estoy evaluando la posibilidad de retirarle el sello de mi magia.

Candice abrió los ojos con sorpresa y una chispa de alivio. Sabía lo difícil que era para Riddle dar marcha atrás en una sentencia.

—¿Va a quitarle el collar? Eso es... es una decisión muy noble, Riddle-sama.

Riddle sintió de nuevo ese calor traicionero en sus mejillas ante el elogio. No estaba acostumbrado a que su clemencia fuera señalada, sino a que su autoridad fuera temida.

—Es una cuestión de eficiencia, nada más —mintió él, acomodándose la capa—. Un estudiante sin magia es un estudiante que no puede cumplir con sus tareas de limpieza de forma óptima. Sin embargo, como Vice-líder de Heartslabyul, tu presencia es requerida para dar fe de este acto y supervisar que el infractor firme el acta de amonestación correspondiente. Debes acompañarme de inmediato.

Candice no lo dudó ni un segundo. Se despidió de los flamencos con una última caricia rápida y una palmada afectuosa al erizo que aún la observaba desde el suelo.

—Por supuesto. Estoy a su disposición, Riddle-sama —dijo ella, colocándose a su lado con una presteza que le devolvió al joven líder su sentido del orden.

Caminaron juntos por los pasillos alfombrados en carmesí. El contraste era evidente: él, pequeño pero imponente, caminando con la espalda recta como una espada; ella, moviéndose con una ligereza que parecía traer un poco de la brisa del jardín al interior del castillo.

Mientras avanzaban hacia el comedor, Riddle notó que Candice todavía tenía una pequeña pluma verde pegada al hombro que constrastaba con su atuendo rosa. Estuvo a punto de decírselo, de extender la mano para quitarla, pero se contuvo. Tenerla allí, caminando a su lado en el silencio del pasillo, le daba una extraña sensación de equilibrio que no podía explicar bajo ninguna regla del manual.

La atmósfera en el comedor, antes vibrante con el murmullo de los estudiantes, se congeló en un instante. El tintineo de los cubiertos cesó y un frío antinatural pareció emanar de las baldosas.

Candice caminaba medio paso detrás de Riddle, observando el impecable brillo de las botas del Líder de Dormitorio contra el suelo pulido, en esta ocasión, llevaba el uniforme negro, que aunque era mucho menos elegante y vistoso que el otro, aún así se veía muy bien. Ella había intentado mantener una conversación ligera sobre las clases para suavizar el humor de Riddle, pero todo esfuerzo fue en vano cuando una voz familiar y demasiado alta resonó desde una de las mesas centrales.

—...es que, en serio, ¡el Líder es tan rígido que raya en lo absurdo! —exclamaba Ace, gesticulando con una mano mientras la otra sostenía un tenedor—. Apuesto a que tiene una regla hasta para la forma en que debemos respirar. ¡Es como vivir bajo una prensa hidráulica!

Candice sintió un vuelco en el corazón. Por el rabillo del ojo, vio cómo la nuca de Riddle se tensaba y sus hombros se erguían con una rectitud peligrosa. Ella cerró los ojos un segundo, llevándose la mano a la frente en un gesto de absoluta resignación y pena.

"Ace, por favor, cierra la boca...", pensó, sabiendo que el desastre era inminente.

Riddle no se detuvo. Siguió caminando con una parsimonia aterradora hasta situarse exactamente detrás de la silla de Ace. Candice se quedó a su lado, mirando al chico con una expresión que gritaba: "¡Cállate!".

—Hmm... Entonces, Trappola. ¿Dices que soy rígido? —la voz de Riddle era un susurro gélido, más afilado que cualquier navaja.

Ace se quedó petrificado. El color abandonó su rostro de golpe, volviéndose tan pálido como las rosas que se negaba a pintar. Lentamente, con un movimiento robótico y crujiente, giró el cuello hacia atrás. Sus ojos se encontraron primero con el rostro compasivo de Candice y, finalmente, con la mirada flamígera y el ceño fruncido de un Riddle que parecía a punto de estallar.

Chapter Text

Capítulo VII

—¿E-Encargado...? —preguntó Ace, su voz temblando tanto que apenas fue audible.

El silencio que siguió fue sepulcral, hasta que Cater intentó romperlo con un comentario hacia Candice.

—Candice, ¡te ves muy bien de rosa! — sin embargo, eso no hizo más que acentuar el silencio y Candice lo miró con una cara que claramente decía: ¿Es en serio?.

Riddle cruzó los brazos sobre el pecho, proyectando una sombra imponente sobre el muchacho.

—¿A qué te refieres exactamente con que soy «rígido»? —inquirió Riddle. Su voz no era un grito, sino un susurro afilado que cortó cualquier murmullo en el comedor.

—¡No, no! ¡Riddle, lo has entendido todo mal! —intervino Cater, agitando las manos en un intento desesperado por disipar la tormenta—. Ace decía que tu rostro es... ¡prístino! Sí, ¡puro y perfecto como el cristal!

Riddle le lanzó una mirada que habría incinerado a cualquiera. Las "dagas" en sus ojos eran literales en intención.

—Cater, si te atreves a pronunciar una sola palabra más, te arrancaré la cabeza junto con la boca —amenazó Riddle. La sonrisa de Cater flaqueó hasta convertirse en una mueca temblorosa de puro terror.

—Lo siento... no he dicho nada —murmuró Cater, retrocediendo un paso con las manos en alto.

Riddle desvió su atención hacia el resto del grupo, evaluándolos como un juez frente a un grupo de convictos.

—Parece que se han librado del castigo por lo de la estatua —dijo con un desprecio apenas contenido—. Tch. El Director es demasiado benevolente. Ignorar las faltas de esta manera solo conseguirá que la academia se hunda en el caos más absoluto —masculló irritado—. Cualquiera que infrinja las reglas debería perder la cabeza sin miramientos.

Ace, frustrado por el peso del collar y la humillación, entrecerró los ojos. Por un segundo, su impulsividad venció a su instinto de supervivencia y masculló una maldición entre dientes.

—Mira cómo suelta amenazas con esa cara de niño bonito... —susurró para sí mismo.

—¿Qué has dicho? —Riddle se movió con la velocidad de una cobra.

Ace se congeló, pero antes de que pudiera retractarse, Riddle lo sujetó con fuerza por el collar de hierro, tirando de él hacia adelante hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros.

—Sabes, Trappola... —reveló Riddle, con una calma aterradora—, tenía la intención de quitarte ese collar si mostrabas un ápice de remordimiento. Pero me queda claro que no te arrepientes de nada. Por lo tanto, el castigo se mantiene. Sin magia no podrás causar los estragos de ayer.

Ace se quedó en shock, procesando que acababa de perder su única oportunidad de libertad por un comentario estúpido.

—Tranquilo, Ace... —intentó intervenir Deuce en un susurro inútil—, el plan de estudios de primer año tiene mucha teoría y poca práctica...

—Dejen la charla y prepárense para la siguiente clase —sentenció Riddle, soltando el collar de Ace con un empujón—. Y no olviden cumplir la Regla 271: "Después de almorzar, es obligatorio retirarse de la mesa en menos de quince minutos". Ya saben perfectamente qué sucede cuando se ignoran mis órdenes, ¿verdad? —añadió, dedicándole una sonrisa cargada de un sadismo elegante.

—Ahí va otra vez con sus reglas raras... —suspiró Ace con resignación.

El rostro de Riddle cambió de color instantáneamente. Un golpe seco de su puño contra la mesa hizo que los platos saltaran.

—¡Quiero escuchar un: "¡Sí, Encargado!"! —rugió.

El efecto fue inmediato. Todos los presentes en el comedor, incluso los estudiantes de otros dormitorios que solo pasaban por ahí, se pusieron en pie como resortes y corearon al unísono:

—¡¡SÍ, ENCARGADO!!

Satisfecho con la sumisión absoluta, Riddle asintió con una elegancia gélida. —Muy bien.

—Tranquilo, Riddle. Yo los vigilaré personalmente —prometió Trey, tratando de suavizar el ambiente con su habitual tono conciliador.

Riddle chasqueó la lengua, mirando a su amigo con una decepción evidente. —Eres demasiado blando con los novatos, Trey. Lo fuiste en la ceremonia y lo sigues siendo ahora. Sé sensato y no hagas el ridículo por culpa de estos incompetentes.

Riddle resopló y, con un movimiento fluido, extrajo su reloj de bolsillo de oro. Lo consultó con una precisión maníaca.

—Me retiro. Debo ir a la tienda de la escuela para cumplir con la Regla 339: "Después de comer hay que tomar té de limón, exactamente con dos terrones de azúcar". Ya he perdido dos minutos hablando con ustedes —dijo, clavando la vista en las manecillas—. Les quedan trece minutos para desaparecer de aquí. Vámonos, Lidell.

Candice, que había permanecido en un silencio sepulcral sujetándose la frente, dejó caer la mano y suspiró. Miró a los chicos con una mezcla de advertencia y lástima antes de seguir los pasos rápidos y decididos de Riddle hacia la salida.

...

El ambiente en Mr. S's Mystery Shop era denso, casi palpable. Las sombras en los rincones no solo parecían cobrar vida, sino que susurraban secretos que se perdían entre el aroma a incienso milenario, pergaminos amarillentos y ese rastro dulzón de pociones desconocidas que siempre flotaba en la tienda de Sam. Las estanterías, desafiando las leyes de la física, se alzaban hasta la penumbra del techo, repletas de calderos que burbujeaban sin calor y artefactos que vibraban con una energía nerviosa al sentir la presencia de extraños.

Riddle cruzó el umbral con la prestancia de un soberano entrando en territorio aliado, aunque su mano izquierda apretaba su reloj de bolsillo con una rigidez que delataba su impaciencia. A su lado, Candice avanzaba con cautela, sintiendo la mirada fija y vacía de las máscaras rituales que colgaban de las paredes, como si cada una juzgara su derecho a estar allí.

—¡Bienvenidos, mis queridos amigos de "al otro lado"! —la voz de Sam surgió de la nada, vibrante y teatral—. ¿Buscan un objeto que despierte su curiosidad? ¿O acaso vienen por algo que el destino ya ha reclamado para ustedes?

—Tres paquetes de té de limón de la marca Golden Crest y una caja de terrones de azúcar de caña de corte perfectamente cuadrado —sentenció Riddle, ignorando el espectáculo del tendero. Su voz cortó el aire con la precisión de una guillotina—. No tengo tiempo para tus acertijos hoy, Sam. La regla 339 es muy clara respecto al inventario de la tarde.

Sam emergió tras el mostrador en un parpadeo, luciendo esa sonrisa enigmática que parecía contener demasiados dientes.

—¡Ah, el joven Rosehearts! Tan puntual que hace que el tiempo mismo se sienta avergonzado —Sam chasqueó los dedos y los artículos se materializaron sobre el mostrador—. Aquí tienes: el té más puro de la Isla de los Sabios y el azúcar con la simetría más absoluta que mis amigos han podido encontrar.

Mientras Riddle inspeccionaba cada terrón de azúcar con un escrutinio que rozaba la paranoia, Candice aprovechó la distracción. Se acercó a él, bajando la voz para crear una burbuja de privacidad frente a la mirada inquisitiva de Sam.

—Riddle-sama... —susurró ella, tocando suavemente la manga de su uniforme—. ¿No cree que fue demasiado severo con Ace en el comedor? Sé que las reglas son su pilar, pero ese collar le está drenando su magia. No puede practicar nada en clase, está quedando rezagado.

Riddle detuvo su conteo y giró el rostro hacia ella. Sus ojos, afilados como cristales, destellaron con una frialdad pedagógica.

—La disciplina, no es un abrigo que uno se pone o se quita según el clima —respondió él, volviendo a la mercancía con gesto adusto—. Si retiro el castigo ahora, le enseñaré que la insolencia es gratuita. En Heartslabyul, las consecuencias son el único muro entre el orden y el caos absoluto. Un estudiante que no gobierna su lengua, no tiene derecho a gobernar la magia.

Candice suspiró, reconociendo ese muro de hierro en la voz de Riddle. Sabía que insistir sería como intentar mover una montaña con las manos. Sam, que no perdía detalle del intercambio, se inclinó sobre el mostrador con una agilidad felina, fijando su atención en ella.

—¿Pero a quién tenemos aquí? Una presencia nueva, una esencia... fascinante —dijo Sam, invadiendo el espacio personal de la joven con una rapidez que la hizo soltar un pequeño grito de sorpresa.

Instintivamente, Candice se refugió tras la espalda del chico. Riddle, sin siquiera levantar la vista de la etiqueta de ingredientes del té, soltó una advertencia que heló el aire de la tienda.

—Déjala en paz, Sam —dijo con una calma letal—. Ella está bajo mi cargo... y mi paciencia hoy es tan limitada como el azúcar de mala calidad.

El tendero levantó las manos de inmediato, retrocediendo con una risita nerviosa pero juguetona. Sabía perfectamente que no era buena idea tentar al "Rey de Corazones" cuando este reclamaba la propiedad —o la protección— de algo. O de alguien.

—Parece que tu acompañante tiene una voluntad de hierro, si sigue contigo. Jovencita, has escuchado alguna vez... que los objetos más rígidos son los que se quiebran más fácil bajo la presión adecuada... —Sam soltó una risita misteriosa y le guiñó un ojo—. ¿No te gustaría llevarte un amuleto de calma? Creo que te vendría bien para los próximos días.

—Ella no necesita amuletos, Sam. Tiene sus responsabilidades como Vice-líder para mantenerla enfocada —intervino Riddle, pagando con rapidez—. Vámonos, Candice. El té debe reposar exactamente tres minutos y medio antes de ser consumido, y no pienso arruinar mi tarde por un retraso innecesario.

Candice le dedicó una última mirada de disculpa a Sam y siguió a Riddle hacia la salida. Al cruzar el umbral, sintió que el frío de la tienda se quedaba atrás, pero el peso del ambiente en Heartslabyul parecía seguirla como una sombra.

El pabellón del jardín de rosas estaba sumido en una tranquilidad casi irreal. Las cortinas de seda blanca ondeaban suavemente con la brisa, que transportaba el aroma de las flores recién pintadas. Sobre la mesa de mármol, el juego de té de porcelana fina brillaba bajo la luz dorada de la tarde, dispuesto con una simetría que rozaba lo obsesivo.

Riddle Rosehearts estaba sentado con la espalda tan recta como el respaldo de su silla tallada. Frente a él, Candice observaba el reloj de arena que marcaba el tiempo exacto de infusión. En Heartslabyul, el té no era solo una bebida; era un ritual de obediencia a la Regla 339.

—Tres minutos y veintinueve segundos… —murmuró Riddle, con los ojos fijos en los últimos granos de arena—. Treinta. Ahora.

Con un movimiento grácil y preciso, Riddle levantó la tetera y vertió el líquido ambarino en la taza de Candice y luego en la suya. El vapor subió en espirales perfectas.

—Dos terrones de azúcar de caña, corte cuadrado —enunció Riddle, como si dictara una sentencia judicial.

Candice tomó las pinzas de plata y, bajo la mirada escrutadora de su líder, depositó los dos cubos exactos en la taza de Riddle. Él hizo lo mismo con la de ella. El sonido del azúcar chocando contra el fondo de porcelana fue el único ruido en el pabellón. Riddle comenzó a remover el té, siempre en el sentido de las agujas del reloj, exactamente tres veces.

—Pruébalo, Candice —ordenó él, levantando su propia taza con el dedo meñique ligeramente alzado—. El equilibrio entre la acidez del limón y la dulzura del azúcar debe ser absoluto. Cualquier desviación sería un insulto a la tradición de la Reina.

Candice llevó la taza a sus labios. El sabor era intenso, cítrico y perfectamente dulce.

—Está impecable, Riddle-sama —respondió ella con sinceridad—. El té del señor Sam tiene la calidad exacta que buscábamos.

Riddle cerró los ojos y tomó un sorbo largo y pausado. Por un breve instante, la tensión de sus hombros pareció disiparse. El rigor de la Regla 339 parecía ser el único momento en el que Riddle encontraba una paz verdadera, una seguridad donde nada podía salir mal si se seguían los pasos correctos.

—Correcto. Dos terrones, té de limón, después de comer —recitó Riddle para sí mismo, dejando la taza en el plato con un clic seco—. El orden se ha mantenido.

Sin embargo, tras el alivio del ritual, Riddle volvió a clavar sus ojos azules en Candice.

—Dime, ¿crees que los novatos están cumpliendo con la Regla 271 de retiro de mesa? ¿O tendré que interrumpir este momento para ir a recordarles por qué este dormitorio es el más respetado de la academia?

Candice dejó su taza con suavidad, tratando de prolongar ese raro momento de calma antes de que el carácter volátil de Riddle regresara.

—Creo que con la advertencia que les dio es suficiente, Riddle-sama. Además —añadió ella con una sonrisa sutil—, arruinaría la perfección del té si se levanta antes de terminar tu taza. Eso también sería una falta de etiqueta, ¿no cree?

Riddle guardó silencio, sopesando las palabras de su Vice-líder. Finalmente, exhaló un suspiro casi imperceptible y asintió.

—Te tomaré la palabra. — volvió a sorber suavemente su téde manera impasible al mismo tiempo que Candice.

Riddle dejó la taza sobre el plato de porcelana, el sonido fue apenas un eco en la inmensidad del pabellón, pero suficiente para marcar el fin de su breve momento de introspección. Sus dedos, aún enguantados, tamborilearon rítmicamente sobre el mantel antes de que su mirada se enfocara de nuevo en Candice, esta vez con una curiosidad menos afilada, casi mundana.

—Dime, Candice —comenzó, ajustándose el broche de su capa con un movimiento automático—, una vez que hayamos concluido con este protocolo de té y verificado que el orden impera en los pasillos... ¿cuáles eran tus planes exactos para el resto de la tarde? Espero que no hayas olvidado que el cronograma de hoy tiene un margen de error mínimo.

Candice asintió, manteniendo la calma que solo alguien que conocía las grietas de la armadura de Riddle podía poseer.

—De ninguna manera, Riddle-sama. De hecho, el siguiente punto en la agenda es crucial —respondió ella, consultando mentalmente la lista de pendientes—. Debemos ir al almacén este para revisar los manteles y los adornos que se utilizarán en la fiesta del Té de ‘No Cumpleaños”. Los trajeron con anticipación para que decidamos cuál es el mejor.

Riddle enarcó una ceja, su expresión tornándose severa de inmediato.

—Los manteles... —repitió en un susurro cargado de advertencia—. Recuerdo perfectamente que el último inventario indicaba que tres de ellos tenían una ligera asimetría en los bordados de corazones. Si no han sido reemplazados o rectificados según la Regla 12, la fiesta de mañana será un desastre absoluto.

—Por eso mismo debemos ir ahora —añadió Candice con suavidad, levantándose de la mesa—. He pedido a los estudiantes de tercer año que los preparen para nuestra inspección. También están listos los centros de mesa, los platos y los cubiertos.

Riddle se puso en pie, recuperando su postura de mando. El aire pareció tensarse de nuevo a su alrededor, como si la corona invisible que portaba pesara más al pensar en los preparativos.

—Bien. No podemos permitirnos negligencias. Si un solo mantel tiene una mancha del tamaño de un grano de arena o si los adornos no respetan el patrón de alternancia cromática, habrá consecuencias —sentenció Riddle, comenzando a caminar hacia la salida del jardín con pasos firmes.

Mientras caminaban hacia el interior del dormitorio, el silencio de los pasillos era interrumpido únicamente por el eco de sus botas sobre el suelo pulido. Sin embargo, al acercarse al salón común, un murmullo de voces bajas y un extraño sonido metálico empezaron a filtrarse por las pesadas puertas de madera, presagiando que la "paz" que Riddle tanto buscaba estaba a punto de ser puesta a prueba.

El almacén este de Heartslabyul era un santuario de orden... o al menos debería haberlo sido. Al entrar, las estanterías de madera de caoba se alzaban ordenadas, custodiando cientos de rollos de tela y cajas de cristal. Varios estudiantes, se cuadraron de inmediato al ver la silueta carmesí de Riddle.

—¡Líder de dormitorio! ¡Vice-líder! —exclamaron al unísono, el sudor frío perlaba sus frentes—. Los manteles están listos para la inspección. Si... si no están convencidos de la caída de la tela o el planchado, hemos dispuesto una mesa de repuesto aquí mismo para que la Vice-líder pueda probarlos antes de llevarlos al jardín.

Riddle asintió con un gesto seco, permitiendo que los encargados se retiraran a una distancia prudencial. Cuando por fin se quedaron solos entre las sombras del almacén y el brillo de las sedas, Riddle tomó un mantel de lino blanco con bordes de encaje rojo. Su impaciencia por alcanzar la perfección lo llevó a lanzarlo sobre la mesa con un movimiento brusco, intentando que la gravedad hiciera el trabajo de alineación.

—Espere, líder, está haciéndolo mal —lo frenó Candice, extendiendo su mano para detener el movimiento antes de que la tela se amontonara en el centro.

Riddle se quedó estático, con una ceja arqueada en un gesto de incredulidad.

—¡¿Mal?! Candice, las dimensiones son exactas, la caída debería ser...

—Debe ser más cuidadoso al momento de colocarlo —sugirió ella, ignorando el tono defensivo de Riddle. Tomó el borde del mantel, sintiendo la textura del hilo de alta calidad—. Mire, así es como se hace.

Con una parsimonia casi hipnótica, Candice deslizó la tela. No la lanzó; la acompañó, dejando que el aire quedara atrapado debajo por un segundo para que se expandiera de forma uniforme. Luego, con la yema de los dedos, acarició el borde de la mesa para deshacer las arrugas invisibles, logrando una simetría que incluso el ojo más crítico de un arquitecto envidiaría.

Riddle la miró interesado, su rigidez transformándose en una curiosidad genuina.

—Veo que tienes mucha experiencia en esto —respondió con una expresión neutra, aunque sus ojos brillaban con un nuevo respeto.

—Mi padre me obligó a tomar clases de protocolo y organización; era sumamente severo con esos temas —explicó ella con una sonrisa teñida de nostalgia—. Conozco cada detalle para que un arreglo luzca impecable. Desde el ángulo del bordado hasta el gramaje del lino.

—Entiendo —musitó Riddle, cruzando los brazos sobre el pecho—. Una educación rigurosa.

—Así es —asintió ella con firmeza—, aunque, para ser honesta, disfrutaba mucho de aquellas lecciones —reveló, mientras alisaba con la yema de los dedos una arruga imperceptible. — Cuando hago esto, siento que estoy dándole un significado especial y por eso lo disfrutaba tanto.

Riddle no podía apartar la vista de ella. Observaba cada uno de sus movimientos; era tan delicada, tan precisa, tan... Su ensoñación se quebró cuando la voz de Candice lo trajo de vuelta a la realidad.

—¿Le gustaría intentarlo? Aquí hay otro mantel —sugirió ella, extendiéndole una pieza de seda con delicados motivos de diamantes.

Riddle aceptó el desafío. Se posicionó frente a la mesa de repuesto, tensó la mandíbula y trató de imitar el movimiento de Candice.

Sin embargo, su propia tensión le jugó en contra; aplicó demasiada fuerza y el mantel quedó torcido, con un pliegue rebelde justo en el centro de la mesa. Frunció el ceño, sus mejillas tiñéndose de un leve rosa de frustración. Volvió a intentarlo, pero el resultado fue un desastre de seda arrugada.

—Debe hacerlo con más cuidado. — sugirió — sujete el borde de esta manera — dijo desde la otra punta sujetando el borde del mismo mantel para enseñarselo.

Riddle hizo lo que le enseñó un poco más torpe.

—¿Así? — le mostró tomando el borde del mantel como ella había hecho.

—Oh, no, no, no. — le corrigió yendo a su lado de inmediato y tomar el borde que él sostenía con más cuidado.

Candice se acercó por detrás de él. Sin previo aviso, colocó sus manos sobre las de Riddle, cubriendo sus dedos enguantados con la calidez de sus palmas. Riddle dio un respingo imperceptible, sintiendo un súbito calor subirle por su nuca, Candice era apenas unos centímetros más baja que él.

La cercanía de Candice, el aroma suave que desprendía y la presión de sus manos sobre las suyas lo pusieron profundamente nervioso. El Rey de Corazones, que siempre tenía una respuesta para todo, se quedó mudo.

—No apriete tanto —le indicó ella al oído, guiando sus manos para que agarraran suavemente el borde del mantel—. Debe agarrar suavemente la tela para que no se arrugue. Sienta el peso del lino y deje que él se acomode solo bajo su guía.

Riddle tragó saliva, tratando de concentrarse en la tela y no en el contacto de las manos de su Vice-líder.

—E-Entonces… — carraspeó, intentando recuperar su voz— ¿no debo ser tan rudo… pero tampoco tan suave? — la pregunta flotó en el aire, cargada de un peso que Riddle no sabía si se refería a los manteles o a algo más profundo.

—Exactamente — dijo Candice sin notar la rigidez de Riddle. — Aquí, hagámoslo juntos.

Bajo la dirección de Candice, movieron los brazos en un arco perfecto. El mantel descendió sobre la madera como si fuera una nube, extendiéndose sin una sola marca, alineado perfectamente con los bordes de la mesa.

—Lo ve... —dijo Candice con suavidad, retirando sus manos lentamente—. Es perfecta.

Riddle se quedó mirando el mantel unos segundos más de lo necesario.

—Sí, lo es. — murmuró distraídamente mientras la veías soplar ligeramente y acariciar la mesa, sus delicadas facciones y su dedicación en lo que estaba haciendo, la hacían ver aún más hermosa, después de un rato, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y sacudió su cabeza recuperando el aliento y tratando de recomponer su fachada de autoridad.

—Q-Quiero decir... es aceptable —logró articular, aunque su voz traicionó su compostura al sonar un poco más aguda de lo habitual—. Supongo que tu técnica es superior en este ámbito específico, Candice. Asegúrate de supervisar personalmente a los estudiantes encargados de colocar los manteles para la fiesta de “No Cumpleaños”; no permitiré nada menos que este nivel de precisión ese día.

Candice le dio una sonrisa.

—Por supuesto, puede contar conmigo para ello, líder Riddle.

Riddle sintió que el calor le subía a las mejillas. Apartó la mirada con brusquedad y murmuró un apenas audible.

—Vamos a clases.

El eco de sus pasos sobre el suelo de piedra marcaba el ritmo de una transición forzada. Del silencio pulcro del almacén al bullicio controlado de los pasillos, Riddle sentía que la temperatura de su rostro aún no regresaba a la normalidad. La sensación de las manos de Candice sobre las suyas persistía como una quemadura fantasmagórica.

Cuando entraron al aula de Historia de la Magia, el ambiente era pesado, cargado con el olor a pergamino viejo y el monótono ronroneo de Lucius, el gato del profesor Trein. Riddle se sentó en su lugar habitual, con la espalda perfectamente alineada al respaldo, y desplegó sus materiales con una precisión mecánica. Candice se sentó a su lado, abriendo su cuaderno y preparando su pluma con la misma dedicación de siempre, acariciando a Lucius, de vez en cuando. Ya había notado que Candice tenía debilidad por ciertas alimañas con pelo.

Sin embargo, algo había cambiado.

El profesor Trein comenzó su lección sobre la Guerra de los Cien Años entre magos y humanos, pero por primera vez en su vida académica, las palabras del profesor se volvieron un zumbido de fondo para Riddle. Sus ojos, usualmente fijos en la pizarra, se desviaron de reojo hacia su Vice-líder.

Candice estaba concentrada. Su pluma se deslizaba por el papel con una elegancia que Riddle ahora asociaba con la forma en que ella manejaba la seda de los manteles. La luz que entraba por los altos ventanales de la academia perfilaba su rostro, iluminando la seriedad de su expresión y el movimiento casi imperceptible de sus labios mientras procesaba la información.

De repente, Riddle sintió una opresión en el pecho. No era el dolor agudo de una falta a las reglas, sino una calidez errática que le aceleraba el pulso. Sus manos empezaron a sudar. ¿Acaso es un resfriado?, pensó con un inicio de pánico. ¿O tal vez el té de Sam contenía algún ingrediente mal conservado?

Observó cómo un mechón de cabello de Candice caía sobre su frente. Ella, sin dejar de escribir, lo apartó con un gesto distraído. Riddle apretó su propia pluma con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Ese sentimiento... esa distracción... era inaceptable. Era una anomalía en su sistema de orden perfecto. Se sentía vulnerable, como si su propia magia estuviera fluctuando sin su permiso.

La disciplina... no es un abrigo que se pone o se quita... —se repitió a sí mismo en un susurro casi inaudible, citando sus propias palabras de la tarde.

Pero el mantra no funcionó. Cada vez que Candice se inclinaba un poco más sobre su cuaderno, el aroma de su perfume —vainilla— lo golpeaba de nuevo. Riddle sintió un mareo ligero. Era como si una enfermedad invisible estuviera erosionando su voluntad, convirtiendo su mente en un caos que ninguna Regla de la Reina de Corazones podía castigar o corregir.

—¿Líder? —susurró Candice de repente, sin apartar la vista de sus apuntes, pero notando su rigidez—. ¿Se encuentra bien? No ha escrito ni una palabra sobre la rebelión de 1740.

Riddle dio un respingo, bajando la mirada hacia su pergamino, que estaba humillantemente en blanco.

—Estoy... analizando la importancia de los datos antes de registrarlos —respondió él con una voz que pretendía ser gélida, pero que salió extrañamente tensa—. Concéntrate en tus propias notas.

Ella asintió y volvió a lo suyo, pero Riddle no pudo evitar seguir mirándola. Aquel sentimiento inexplicable, esa mezcla de nerviosismo y una extraña fascinación, le resultaba más aterrador que cualquier enfrentamiento mágico. Si esto era una enfermedad, Riddle Rosehearts temía que no existiera antídoto en toda la Isla de los Sabios.

El trayecto hacia el aula de Alquimia fue un ejercicio de resistencia para Riddle. El eco de sus pasos se mezclaba con el murmullo de los estudiantes, pero su mente seguía atrapada en el extraño calor que había sentido en la clase anterior. Candice caminaba a su lado, cargando una pila de libros de referencia que parecía desafiar su equilibrio.

En un giro brusco al doblar un pasillo, uno de los tomos más pesados comenzó a resbalar. Antes de que el estrépito del papel contra el suelo rompiera el silencio, los reflejos de Riddle —pulidos por años de disciplina— se activaron. Su mano interceptó el libro en el aire con una rapidez asombrosa.

—Cuidado —dijo él, aunque su voz sonó más suave de lo que pretendía—. Un Vice-líder no puede permitirse el desorden de unos apuntes esparcidos por el pasillo.

Sin esperar respuesta, Riddle tomó el resto de los libros de los brazos de ella. La diferencia de peso era considerable, pero él los sostuvo con una firmeza que ocultaba cualquier esfuerzo.

—Yo los llevaré. Perderemos el tiempo si continuamos así —añadió como excusa, aunque en realidad solo quería evitar que ella se fatigara.

—Se lo agradezco mucho, líder Riddle. Es usted muy amable.

Caminaron juntos hasta el laboratorio, una pareja que emanaba autoridad y una extraña armonía que no pasó desapercibida para los demás estudiantes. Al entrar, el característico chasquido del látigo del profesor Crewel los recibió.

—¡Siéntense, cachorros! —exclamó Crewel, su capa de piel moviéndose con cada gesto dramático—. Hoy no tengo tiempo para ladridos innecesarios. Las instrucciones para la poción de fortalecimiento están en la pizarra. La precisión es obligatoria; un solo gramo de más y su caldero se convertirá en un desastre humeante.

Crewel señaló con su fusta el pizarrón, donde una caligrafía impecable detallaba los pasos a seguir.

—Para este ejercicio, trabajarán en parejas. Elijan bien a su compañero, porque si uno falla, ambos recibirán el castigo —sentenció, lanzando una mirada que advertía que no aceptaría menos que la excelencia.

Riddle dejó los libros de Candice sobre la mesa de trabajo que solían compartir en clases. Su corazón volvió a latir con esa irregularidad que tanto lo perturbaba. Sabía que, por lógica y rango, ellos debían ser pareja, pero la idea de pasar otra hora en contacto cercano con ella, bajo la presión de un caldero hirviendo, lo hacía sentir como si estuviera a punto de infringir la más importante de sus propias reglas.

—Supongo que no hay mejor opción que trabajar juntos —dijo Riddle, tratando de recuperar su tono de mando mientras se ajustaba los guantes—. Asegúrate de leer los pasos. Yo me encargaré de la temperatura del fuego. No aceptaré nada que no sea una nota perfecta.

—Por supuesto. — casi de inmediato, Candice comenzó a leer de manera analítica el pizarrón y solo bastó una mirada para actuar y comenzar a colocar los ingredientes en su mesa de trabajo para trabajar con ellos.

Riddle se aseguró de tener todo listo para calentar el caldero, tomando las piedras de fuego que usaban para encender los calderos, al voltear para tomar uno, se encontró de lleno con el rostro de Candice, y ella sonrió, asintiendo con esa calma que siempre lograba desarmarlo.

Mientras tanto, a su alrededor, el resto de los "cachorros" comenzaban a moverse frenéticamente, pero para Riddle, el mundo parecía haberse reducido nuevamente a ese pequeño espacio de mármol y al aroma de las pociones que comenzaba a mezclarse con el de su acompañante.

El laboratorio de Alquimia se había sumido en un murmullo bajo, interrumpido solo por el burbujeo de los calderos y el ocasional chasquido del látigo de Crewel al fondo del salón. Riddle y Candice trabajaban con una sincronía casi coreografiada; él controlaba la intensidad de la llama con precisión matemática mientras ella picaba las raíces de mandrágora en láminas de un milímetro exacto.

El silencio entre ellos no era incómodo, sino cargado de una concentración absoluta, hasta que llegó el momento de añadir el ingrediente final: un frasco de esencia de pétalos de rosa cristalizados que descansaba en el centro de la mesa.

Casi al mismo tiempo, ambos extendieron la mano.

El contacto fue inevitable. La mano enguantada de Riddle se posó directamente sobre la cálida y pequeña mano de Candice, que aún estaba descubierta. Fue apenas un segundo, pero en la piel de Riddle, el roce se sintió como una descarga eléctrica que atravesó la seda de su guante, mientras que para Candice, la firmeza de la mano de su líder sobre la suya le provocó un vuelco en el estómago.

Riddle retiró la mano de inmediato, como si se hubiera quemado con el fuego del caldero. Su rostro, usualmente pálido, se tiñó de un rojo carmesí que rivalizaba con el color de su propio uniforme.

—L-lo siento, Riddle-sama... no quise... —balbuceó Candice, bajando la mirada hacia el frasco, sintiendo que sus mejillas también ardían de repente.

—¡Es una falta de etiqueta! —exclamó Riddle, aunque su voz sonó más temblorosa que autoritaria—. Deberíamos haber establecido un turno para los ingredientes. La falta de orden en esta mesa es... es inadmisible.

A pesar de sus palabras severas, Riddle no podía calmar su corazón. El latido era errático, ruidoso en sus propios oídos, y esa sensación de "enfermedad" que había sentido en la clase de Trein regresó con una fuerza redoblada. No era un virus, no era un veneno; era algo que escapaba a cualquier lógica que él pudiera consultar en sus libros.

Candice tomó el frasco con manos ligeramente temblorosas y vertió la esencia en la poción. El líquido en el caldero cambió a un rosa brillante y perfecto, tal como indicaba la pizarra, pero ninguno de los dos se sentía capaz de celebrar el éxito del experimento.

Riddle se obligó a mirar fijamente el burbujeo de la poción, tratando de ignorar la presencia de Candice a su lado, pero el calor de ese pequeño choque de manos parecía haberse quedado tatuado en su palma. Por primera vez en su vida, el Rey de Corazones se encontraba frente a una situación donde las reglas no le servían de nada, y el caos que tanto temía no venía de sus estudiantes, sino del interior de su propio pecho.

—Termina de remover... —ordenó Riddle en un susurro apenas audible, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Debemos entregar la muestra antes de que termine la hora.

Candice asintió en silencio, pero mientras removía la mezcla, no pudo evitar notar que Riddle, el chico que nunca cometía errores, estaba sosteniendo su cuchara de medición con tanta rigidez que parecía a punto de romperse.

El chasquido seco del látigo de Crewel resonaba contra las mesas de piedra, seguido de sus críticas mordaces que hacían que más de un estudiante se encogiera en su asiento.

—¡Inaceptable! ¡Este color es más parecido al lodo de un pantano que a una poción de fortalecimiento! ¡Repetir! —exclamó Crewel, señalando con desprecio el caldero de un par de alumnos que temblaban de miedo.

Riddle mantenía la barbilla en alto, aunque por dentro sentía que el aire en sus pulmones todavía no circulaba con la libertad habitual. Candice, a su lado, permanecía en un silencio respetuoso, con las manos entrelazadas sobre el regazo, esperando el veredicto del profesor más estricto de la academia.

Finalmente, las botas de cuero de Crewel se detuvieron frente a su puesto. El profesor entrecerró los ojos, analizando no solo el contenido del caldero, sino también la impecable organización de su mesa de trabajo. Sus ojos se fijaron en la botella de cristal que contenía el líquido rosa brillante, etiquetada con una caligrafía perfecta.

Crewel tomó la botella entre sus dedos enguantados y la elevó hacia la luz que entraba por los ventanales altos del laboratorio. El líquido relucía con una transparencia cristalina, sin una sola impureza.

—Vaya, vaya... —murmuró Crewel, y por un momento, el silencio en el aula fue absoluto—. Una viscosidad perfecta, una saturación de color impecable y ni un solo rastro de precipitación en el fondo. Al fin... ¡un proyecto de alto calibre!

Bajó la botella y les dedicó una breve inclinación de cabeza, lo más cercano a un elogio que un "cachorro" podría recibir de su parte.

—Han obtenido la nota máxima. Rosehearts, tu precisión es, como siempre, quirúrgica. Y tú, joven Candice, parece que has sabido mantener el ritmo de tu líder sin flaquear. Están aprobados. Pueden retirarse antes que el resto.

—Gracias, profesor —respondió Riddle con la prestancia de un triunfador, aunque por dentro sintió un inmenso alivio.

Mientras guardaban sus pertenencias, Riddle sintió que el peso de la aprobación de Crewel le devolvía un poco de su seguridad perdida. Sin embargo, al mirar de reojo a Candice y ver la chispa de alegría en sus ojos por el éxito compartido, aquel "latido traicionero" volvió a golpear su pecho.

—Lo logramos, Riddle-sama —susurró ella, juntando sus manos encantada—. Formamos un buen equipo.

Riddle evitó el contacto visual directo, fingiendo estar muy ocupado cerrando su maletín de cuero.

—Es el resultado lógico de seguir las instrucciones al pie de la letra —replicó él, intentando sonar clínico, aunque sus dedos rozaron torpemente la hebilla del maletín—. Vámonos. Debemos organizar papeleo.

Salieron del aula dejando atrás las quejas de sus compañeros. Al cruzar el umbral hacia el aire fresco del patio, Riddle se dio cuenta de que, aunque habían aprobado la clase de Pociones con honores, todavía le quedaba una prueba mucho más difícil: sobrevivir al resto del día sin que Candice notara que el "Rey de Corazones" estaba perdiendo el control de su propio pulso.

Chapter 8: Capítulo VIII

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CAPÍTULO VIII

Candice encontraba una paz casi meditativa en el orden. Mientras Riddle se sumergía en una montaña de pergaminos, ella se dedicaba a la biblioteca de la oficina. Riddle, en un gesto de territorialidad que ella no terminaba de descifrar, le había prohibido sentarse a su lado para ayudar con el papeleo, delegándole en su lugar la organización del mobiliario. No le importó; deslizar los lomos de cuero de los libros y alinearlos por autor, eliminando cada mota de polvo, era el único lenguaje que ambos compartían sin necesidad de discutir: el lenguaje de la perfección.

De vez en cuando, ella robaba una mirada por encima del hombro. Riddle leía con el ceño fruncido, su pluma rascando el papel con una urgencia casi violenta. Candice se encogió de hombros y volvió a su labor, disfrutando del aroma a papel viejo y cera para muebles.

De pronto, un golpe rítmico en la madera atrajo la atención de ambos.

—Adelante —anunció Riddle, dejando los documentos a un lado con un movimiento seco.

La puerta se abrió con un leve chirrido, revelando a un joven de expresión serena y anteojos relucientes. Era Trey Clover.

—Riddle, ¿tienes un minuto? —preguntó con esa calma característica que parecía ser el único contrapeso capaz de frenar al Prefecto.

—Trey —musitó Riddle, su tono suavizándose apenas una fracción—. ¿Qué necesitas? Estoy ocupado.

—Lo siento, Riddle —se disculpó Trey, ajustándose las gafas mientras se acercaba al escritorio—. Pero realmente necesitas encargarte de este asunto de inmediato.

Le entregó una serie de folios. Riddle se colocó sus lentes de lectura y, a medida que sus ojos recorrían los párrafos, el color de su rostro mutaba de un rosa pálido a un rojo escarlata alarmante.

—¡Inadmisible! ¡No permitiré que se salgan con la suya! —exclamó, golpeando el escritorio con el puño—. Trey, quédate aquí y continúa organizando el papeleo. Voy a solucionar este desorden ahora mismo. Candice, tú continúa con tu labor —ordenó sin siquiera girarse hacia ella—. Regresaré en cuanto la justicia sea restablecida.

—Por supuesto, Riddle-sama —respondió ella, viendo cómo la capa del pelirrojo desaparecía tras la puerta en un torbellino de indignación.

Cuando la puerta se cerró, Candice soltó un suspiro largo, mirando el espacio vacío con una mezcla de anhelo y melancolía. Se disponía a retomar el plumero cuando una voz profunda y amable la sobresaltó.

—¿Sigue trabajando, señorita?

Candice soltó un pequeño grito y se llevó la mano al pecho, el corazón acelerado. Trey soltó una risita suave tras ella.

—Lo siento —dijo él, aún con una sonrisa juguetona—. No pretendía asustarla de esa manera.

—Pierda cuidado —suspiró ella, relajando los hombros al ver que solo era él—. Mi mente estaba en otro lugar.

—Supongo que no nos han presentado formalmente todavía —dijo Trey, adoptando una postura erguida y caballerosa—. Soy Trey Clover. Antiguo vice-líder y amigo de la infancia de Riddle.

Extendió su mano con elegancia. Candice la tomó, sintiendo la calidez de su trato.

—Candice Lidell, actual vice-líder. Es un verdadero placer, Trey-san —respondió ella, sorprendiéndose gratamente cuando Trey, en un gesto de impecable cortesía, besó el dorso de su mano.

Sin embargo, tras el saludo, la expresión de Candice decayó. Una sombra de culpa cruzó sus ojos.

—Quisiera disculparme con usted, Trey-san —soltó de repente.

Trey parpadeó, confundido.

—¿Disculparse? ¿Por qué motivo?

—Por todo —enunció ella con la cabeza gacha, apretando el plumero contra su falda—. Sé que mi presencia no es del todo bien recibida. Imagino lo incómodo que debe ser tenerme en este dormitorio cuando, por mi culpa, usted perdió su cargo. Siento una pena inmensa de que las ambiciones de mi padre hayan causado esto. Solo espero... poder llegar a ser la mitad de buena de lo que fue usted en el puesto.

Trey se quedó pasmado un instante, pero pronto negó con la cabeza, su expresión suavizándose por completo.

—No tiene por qué disculparse, Candice. De hecho, ha hecho un trabajo encomiable —la aduló, logrando que ella levantara la vista—. Nadie que yo conozca habría sido capaz de seguirle el ritmo a Riddle con tanta precisión. Es admirable. Créame, está haciendo un trabajo excelente.

Candice sonrió con sinceridad, sintiendo que un peso se levantaba de sus hombros. Pero, impulsada por una curiosidad que la hacía sonrojarse, no pudo evitar preguntar:

—Entonces... dijo que es amigo del líder Riddle de toda la vida, ¿verdad? —empezó a jugar con las hebras del plumero para ocultar su nerviosismo—. ¿Cómo era él antes? Me refiero a su infancia.

Trey suspiró, su mirada perdiéndose en los recuerdos.

—La verdad, era mucho menos estricto. Su madre lo presionaba demasiado para que fuera un prodigio; ella decidía todo por él, desde su dieta hasta con quién se le permitía hablar.

Candice sintió una punzada en el pecho. Una sonrisa melancólica curvó sus labios.

—Creo que... comprendo cómo se siente —murmuró—. Es sofocante cuando alguien construye muros alrededor de tus propios deseos.

Trey la miró con genuino interés.

—¿Usted también sufrió esa presión en su educación?

—Fui educada en casa —explicó ella—. Mi padre contrató a los mejores mentores de Twisted Wonderland. Me instruyeron en política, literatura, etiqueta y locución. No se permitían errores.

—Debió ser una infancia muy dura.

Candice asintió lentamente, mirando hacia la ventana.

—La diferencia es que Riddle, al menos, lo tuvo a usted. Yo estuve encerrada, sin un solo amigo con quien compartir el peso de los libros —susurró—. Por eso le agradezco tanto que esté aquí. No sabe lo que yo habría dado por tener a alguien como usted, Trey-san. Habría hecho que el estudio y la soledad fueran mucho más llevaderos.

Trey guardó silencio durante un momento, procesando la confesión de la joven. Había algo profundamente conmovedor en la forma en que Candice hablaba; no había rastro de arrogancia en ella, solo la vulnerabilidad de quien ha vivido en una jaula de oro.

—Sabe, Candice... —comenzó Trey, apoyándose con suavidad en el borde del escritorio—, yo también debería darle las gracias.

Ella lo miró con sorpresa, deteniendo el juego nervioso de sus manos con el plumero.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Por Riddle —respondió él con una sonrisa honesta—. Ser su amigo de la infancia es un privilegio, pero también es una carga constante. Riddle vive bajo una presión que él mismo se impone, y ver que ha encontrado a alguien que no solo entiende su necesidad de orden, sino que también es capaz de suavizar sus aristas, es un alivio para mí.

Trey hizo una pausa, ajustándose los anteojos antes de continuar con un tono más serio y bajo, como si compartieran un secreto de Estado.

—He visto lo que hizo en los pasillos a lo largo de estos días. Cómo corrigió aquel nudo de corbata y cómo alejó a los de segundo año de una sentencia segura por unas galletas. No solo está cuidando el cargo de vice-líder, está velando por la seguridad y el bienestar de los estudiantes. En Heartslabyul, un error suele pagarse con un collar, pero usted les está dando una oportunidad de aprender sin miedo.

Candice sintió que un calor agradable subía por su cuello hasta sus mejillas. No pensó que nadie se hubiera dado cuenta de sus pequeñas intervenciones.

—Solo trato de que el dormitorio no se convierta en un lugar de castigos, sino en un hogar —susurró ella, conmovida—. Riddle-sama cree que el miedo es disciplina, pero yo creo que la disciplina nace del respeto.

—Y es precisamente por eso que Riddle la necesita, aunque su orgullo nunca le permita admitirlo en voz alta —concluyó Trey, extendiendo de nuevo su mano, esta vez para darle un apretón reconfortante—. Me alegra saber que Heartslabyul está en manos de alguien que tiene tanto cerebro como corazón. Si alguna vez necesita ayuda para "distraer" a nuestro Prefecto mientras usted salva a algún otro descuidado, sepa que puede contar con mis postres... o con mi silencio.

Candice soltó una risita genuina, la primera del día, sintiendo que finalmente había encontrado un ancla en medio de la tormenta que era ese dormitorio.

—Es un trato, Trey-san.

Ambos estrecharon sus manos con una suavidad que sellaba mucho más que un saludo; era un pacto silencioso de ayuda mutua. Por un instante, el peso de las reglas y la rigidez del dormitorio parecieron quedar fuera de esas cuatro paredes.

—Bueno —dijo Trey de pronto, rompiendo el momento con una sonrisa prudente mientras se separaba—. Será mejor que continuemos con nuestras respectivas labores.

Se acomodó tras el escritorio de caoba y comenzó a desplegar los pergaminos con la eficiencia de quien conoce perfectamente el ritmo de su superior.

—Si Riddle regresa y nos encuentra conversando en lugar de trabajar, el concepto de "cortar cabezas" dejará de ser una metáfora para ambos —añadió con un guiño cómplice tras el brillo de sus cristales.

Candice soltó una risita cristalina, sintiendo que el aire de la habitación era mucho más ligero que antes.

—Tiene toda la razón, Trey-san. No quisiera estrenar mi cargo con un collar de castigo —respondió ella, dándose la vuelta con renovada energía.

Retomó el plumero y volvió a su danza entre las estanterías, sacudiendo el polvo con una precisión casi musical. Mientras el suave rítmico del plumero contra la madera marcaba el compás, Candice rompió el silencio con una pregunta que le rondaba la mente desde el incidente en el comedor.

—Trey-san... —comenzó, sin dejar de alinear los tinteros con una precisión milimétrica—. He estado pensando en Ace. Desde que Riddle-sama le impuso ese collar y se negó a retirarlo... ¿cómo lo lleva en las clases? Debe ser increíblemente difícil seguir el ritmo de una academia de magia cuando tu propia magia ha sido sellada.

Trey soltó un suspiro pesado, dejando la pluma a un lado por un instante.

—Si te soy sincero, Candice, es un desastre. Ace no es precisamente el tipo de persona que acepta un castigo en silencio; se pasa la mitad del tiempo quejándose y la otra mitad intentando encontrar atajos. Además, la tarta que le trajeron a Riddle como compensación... bueno, digamos que el gesto no fue suficiente para calmar el incendio.

Candice se detuvo, pasando un paño de seda sobre el barniz del escritorio. Una sombra de preocupación cruzó su rostro.

—Me gustaría poder ayudarlo de otra manera —murmuró, casi para sí misma—. Riddle-sama es inflexible con las reglas, pero Ace no aguantará mucho más sin explotar. Tiene que haber una forma de que Riddle ceda sin sentir que está traicionando sus principios.

Trey se frotó la barbilla, mirando fijamente un informe sobre los próximos juegos de croquet. Sus ojos brillaron tras los lentes con una idea que solo un veterano de Heartslabyul podría concebir.

—En realidad... existe una manera —dijo Trey, bajando la voz—. No es una regla muy conocida fuera del círculo de mando, pero es una tradición arraigada en las leyes de la Reina de Corazones.

Candice se giró por completo, interesada. —¿Una tradición?

—Seguro sabes que para cambiar de líder se utiliza un duelo mágico —explicó Trey—. Pero existe una variante más lúdica y menos destructiva. En este dormitorio, se puede retar a alguien a un duelo de ingenio o habilidad: cartas, ajedrez, damas o incluso un partido de croquet. El reglamento estipula que quien gane el desafío tiene derecho a pedir un favor al perdedor, siempre que no infrinja las 810 leyes fundamentales.

Candice procesó la información rápidamente. Sus ojos se iluminaron.

—¿Estás diciendo que si reto a Riddle-sama a un juego y gano, podría pedirle como "premio" que le quite el collar a Ace?

—Exactamente —asintió Trey con una sonrisa alentadora—. Riddle es extremadamente orgulloso. Si lo retas formalmente, no podrá negarse; lo vería como una falta de respeto a su propia habilidad. Y si pierdes... bueno, solo habrás perdido una partida. Pero si ganas, tendrás el poder legal de liberar a Ace de su castigo sin que Riddle sienta que ha cedido por debilidad.

Candice apretó el plumero contra su pecho, sintiendo una mezcla de nerviosismo y determinación.

—Es un riesgo —admitió ella con una sonrisa traviesa—, pero me gusta la idea. Solo necesito encontrar un juego en el que tenga una oportunidad contra el maestro del orden.

Trey soltó una risita, volviendo a su papeleo. —Te sugiero que practiques tus jugadas, Candice. Porque Riddle Rosehearts no juega para divertirse; juega para ganar.

...

Al día siguiente, el Gran Comedor de Heartslabyul era un mar de uniformes perfectamente planchados y murmullos contenidos. Riddle presidía la mesa principal con la elegancia de una estatua de porcelana, cortando su comida con movimientos tan precisos que parecían coreografiados.

Candice entró en el salón. El eco de sus pasos sobre el mármol atrajo las miradas de los estudiantes. No llevaba su habitual expresión suave; sus ojos brillaban con una determinación fría que hizo que Trey, desde su asiento, dejara de masticar con curiosidad.

Se detuvo frente a la mesa de Riddle y realizó una reverencia perfecta, ni un grado más, ni un grado menos.

—Riddle-sama —dijo, y su voz, aunque clara y dulce, cortó el aire como una campana.

Riddle se tensó, pero levantó la vista, dejando los cubiertos alineados milimétricamente en el plato.

—¿Sucede algo, Candice? No es habitual que interrumpas mi almuerzo.

—Deseo invocar una de las antiguas tradiciones de la Reina de Corazones —declaró ella. El comedor se quedó en un silencio sepulcral. Incluso Ace y Deuce, a unas mesas de distancia, se quedaron con la boca abierta—. Deseo retarlo a un duelo de ingenio. Un juego formal.

Riddle entornó los ojos, dejando que una pequeña y peligrosa sonrisa cruzara sus labios. La idea de un desafío apelaba directamente a su orgullo. —¿Un duelo? ¿Y qué pretendes ganar con ello?

—Si gano, le pediré un favor que deberá conceder bajo su honor como Prefecto —respondió ella con firmeza—. Si pierdo, aceptaré cualquier castigo o tarea adicional que usted considere necesaria por mi insolencia.

Riddle se reclinó en su silla, evaluándola. El dormitorio entero contenía el aliento.

—Interesante. ¿Y qué juego propones para medirse contra tu líder?

—Juagaremos ajedrez —sentenció Candice—. En el jardín de rosas, hoy a las tres en punto de la tarde, ¿le parece bien?

Riddle soltó una risa seca y aristocrática.

—Acepto. Pero te advierto, Candice: en el ajedrez, como en este dormitorio, cualquier error en la estrategia conduce inevitablemente al jaque mate. No esperes clemencia de mi parte.

—No la espero, Riddle-sama. Solo espero una partida justa.

La noticia se había extendido como pólvora por todo Night Raven College. A las 3:00 p.m., el jardín de rosas estaba a rebosar. No solo estaban los estudiantes de Heartslabyul; incluso algunos curiosos de otros dormitorios se asomaban entre los arbustos.

En el centro del jardín, bajo la sombra de un gran rosal rojo, se había dispuesto una mesa de mármol con un tablero de ajedrez tallado en ónice y nácar. El aire estaba cargado de electricidad. Candice ya había llegado, considerando la puntualidad de Riddle.

—Mírala... —susurró un estudiante de segundo año de Savanaclaw—. Tiene agallas para retar a Riddle a un juego de lógica pura.

—Va a ser masacrada —masculló otro—, pero al menos morirá con estilo.

Riddle llegó primero, puntual como un reloj, seguido por un Trey que intentaba ocultar su nerviosismo. El murmullo de la multitud subió de volumen.

—Puedo preguntar… suponiendo que ganes — rió secamente Riddle para sí mismo — ¿Qué es lo que lo deseas pedirme?

Candice sonrió dulcemente confiada.

—Quisiera que le quitara el collar de castigo a Ace Trappola.

El murmullo ya fuerte, resonó con más intensidad y Ace se quedó seco en su lugar señalándose así mismo.

—¿Yo? — dijo Ace con incredulidad.

Riddle volteó a verlo con una ceja en alto y luego regresó a ver a Candice.

—No sabía que te interesara tanto que le quitara el castigo a un estudiante. — masculló comenzando a sentir una opresión en el pecho que no supo identificar.

—Ningún estudiante de primer año debería ser privado de su magia — se justificó Candice — Ace Trappola intentó compensar su error y usted lo menospreció, la fiesta de No cumpleaños será mañana — dijo un poco angustiada — solo quisiera que pueda disfrutar de ella usando su magia como todo mago debería. Además… — sonrió con astucia — no sé de qué se preocupa, si estuviera tan seguro de que va a ganar, no estaría preguntando tanto.

Riddle apretó los puños.

—Terminemos con esto — dijo secamente sentándose en la mesa que los novatos habían preparado para el juego.

Candice se sentó frente a Riddle. El sol de la tarde filtraba sombras sobre las piezas de ajedrez, que parecían pequeños soldados esperando la orden de avanzar.

—¿Prefiere las blancas o las negras, Riddle-sama? — preguntó Candice con amabilidad.

Riddle bufó y mirando hacia un lado susurrando.

—Las blancas.

Candice giró el tablero.

—El primer movimiento es suyo. —dijo Candice, extendiendo la mano hacia el tablero.

—Que amable de tu parte — murmuró con ironía.

—Jugaremos tres rondas. — explicó Candice con tranquilidad — la tercera definirá al ganador.

—Muy bien. — aceptó Riddle sin más.

Riddle tomó un peón con dedos firmes.

—Que comience el juego. — la retó. — Veamos si tu mente es tan ordenada como tus informes.

Riddle movió su peón a E4. La batalla por el collar de Ace, y por el respeto de todo el dormitorio, acababa de empezar.

El jardín de rosas estaba tan silencioso que podía oírse el zumbido de una abeja a metros de distancia. Todos los ojos estaban fijos en el tablero. Riddle jugaba con una agresividad matemática; cada uno de sus movimientos buscaba el control absoluto del centro, tal como controlaba cada rincón del dormitorio.

Riddle movió su Reina con un golpe seco sobre el mármol.

—Jaque —anunció con una frialdad cortante—. Tu flanco derecho está desmoronándose, Candice. Has intentado defenderte con piezas menores, pero el orden se impone. En tres movimientos, tu Rey no tendrá a dónde huir.

Candice no se inmutó. Observó el tablero con una calma que empezó a inquietar a Riddle. Ella no estaba jugando a ganar piezas; estaba jugando a comprender al jugador.

—Es cierto, Riddle-sama. Su estrategia es impecable —respondió ella, deslizando su mano sobre el tablero—. Sigue las aperturas clásicas con una perfección asombrosa. — dijo con reconocimiento — Pero ese es el problema de las reglas rígidas... si alguien las conoce tan bien como usted, se vuelven predecibles.

Candice movió su Caballo a una posición aparentemente absurda, dejando a su propia Torre desprotegida. Un murmullo recorrió a los estudiantes.

—¡Se ha vuelto loca! —susurró Ace, apretándose el collar de castigo—. Le acaba de regalar la Torre.

—¿Saben si ella conoce las reglas del juego? — preguntó Deuce en un murmullo preocupado.

—¡Nuestra flamante Vice-líder contra nuestro encargado! — exclamó Cater apuntando su teléfono donde se desarrollaba la partida — ¡esto es tendencia!

Riddle frunció el ceño. Analizó la jugada una y otra vez.

—Un sacrificio desesperado. No es propio de ti, Candice. El desorden en el tablero solo refleja una mente confundida.

Él capturó la Torre con un gesto triunfal. Sin embargo, en cuanto su mano se retiró, la expresión de Riddle cambió. Al mover su pieza, había dejado un hueco milimétrico en su defensa, una "regla" de posicionamiento que había ignorado por la codicia de la captura.

—¿Desorden? No, Riddle-sama —dijo Candice con una sonrisa dulce—. Se llama sacrificio. A veces, para salvar lo que importa, hay que dejar ir lo que nos sobra.

Candice movió un Alfil, bloqueando la salida del Rey de Riddle. De repente, la poderosa Reina de Riddle estaba atrapada detrás de sus propios peones. El orden absoluto que Riddle había construido se había convertido en su propia celda.

Riddle comenzó a sudar. Sus ojos se movían frenéticamente por el tablero. Por primera vez en la tarde, su cara empezó a adquirir ese tono rosado que precedía a sus estallidos.

—¡Esto no tiene sentido! —exclamó—. Según el manual de estrategia de Grandier, esa jugada es un error técnico... ¡No deberías tener ventaja!

—El manual asume que el oponente siempre elegirá el camino más lógico, Riddle-sama —explicó ella suavemente—. Pero yo no elegí el camino más lógico. Elegí el camino más humano.

Candice tomó su última pieza activa, un humilde Peón que había pasado desapercibido, y lo deslizó hasta la última fila del territorio de Riddle.

—Promoción a Reina —sentenció ella.

El silencio fue absoluto. Con la nueva Reina en juego, la posición de Riddle era insostenible. Estaba atrapado. El Prefecto apretó los puños, mirando el tablero como si las piezas lo estuvieran traicionando.

—Jaque mate, Riddle-sama —susurró Candice, inclinando la cabeza con respeto.

Un estallido de jadeos y susurros rompió la quietud del jardín. Los estudiantes se miraban entre sí, incrédulos. Alguien le había ganado a Riddle en su propio terreno.

Riddle se quedó rígido, con la mano suspendida sobre el tablero. Todos esperaban el grito, el castigo, la furia. Trey dio un paso al frente, listo para intervenir, pero Riddle cerró los ojos y soltó un suspiro largo y tembloroso.

Cuando los abrió, el rojo de su rostro había disminuido, dejando paso a una dignidad herida pero firme.

—Segunda partida — exigió — ahora.

La atmósfera en el jardín de rosas se volvió asfixiante. El murmullo de los estudiantes se apagó por completo cuando Riddle, con movimientos mecánicos y tensos, reseteó el tablero. No era solo una partida; era un duelo de voluntades. Riddle no aceptaba la derrota, y menos una que desafiara su lógica perfecta.

Riddle no esperó. En cuanto las piezas estuvieron en su lugar, atacó. Si en la primera ronda había sido defensivo y ordenado, en esta segunda se convirtió en una tormenta de fuego blanco.

—No volveré a caer en tus distracciones emocionales, Candice —sentenció él, moviendo su Caballo con una fuerza que hizo vibrar el tablero—. El ajedrez es cálculo, no sentimientos.

Esta vez, Riddle no siguió los manuales clásicos. Aplicó una presión asfixiante, capturando peón tras peón sin dudar. Cada vez que Candice intentaba una maniobra sutil o un sacrificio, Riddle lo neutralizaba antes de que ella pudiera siquiera posicionar la pieza.

—Estás dudando —observó Riddle, entornando los ojos. Su rostro ya no estaba rojo; estaba pálido, concentrado al extremo—. ¿Dónde está tu confianza ahora? ¿Dónde está el beneficio de "dejar ir lo que sobra"? Sin piezas, no hay ejército. Sin ejército, no hay Reina.

Candice sentía la presión. El estilo de Riddle se había vuelto frío, casi robótico. Él no buscaba el jaque mate elegante; buscaba la aniquilación total de sus recursos. Ace, desde la barrera, apretaba los puños.

—La está barriendo del tablero —susurró Yuu, preocupado—. Riddle no le está dejando ni respirar.

—¡Humana! — chilló Grim — no vale la pena que te arriesgues por este idiota — se escandalizó señalando a un indignado Ace.  

Candice intentó una defensa siciliana para ganar espacio, pero Riddle sacrificó a su propio Alfil solo para destrozar la formación de ella. Fue un movimiento brutalmente eficiente.

—Jaque —dijo Riddle.

Candice movió su Rey hacia un rincón, pero Riddle ya estaba allí con su Torre.

—Jaque —repitió él, su voz subiendo de tono—. Las reglas no perdonan la debilidad. ¡No hay espacio para la piedad en este tablero!

Con un movimiento final de su Reina, Riddle acorraló al Rey de Candice contra el borde del tablero. No había escapatoria, no había trucos, no había sacrificios posibles.

—Jaque mate —sentenció Riddle, levantándose de la silla con un movimiento brusco que hizo que su capa ondeara con violencia—. Una victoria para cada uno.

El tablero mostraba una masacre: a Candice apenas le quedaban tres piezas, mientras que el ejército de Riddle permanecía casi intacto, dominante y severo.

Candice exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus manos temblaban ligeramente sobre su falda. Riddle la miraba desde arriba, con la respiración entrecortada pero los ojos encendidos con una chispa de triunfo recuperado.

—Has visto lo que sucede cuando el orden se aplica sin vacilación —dijo Riddle, recuperando su porte altivo—. Tu victoria anterior fue un espejismo, una anomalía que ya he corregido.

Candice levantó la vista y, para sorpresa de Riddle, le dedicó una pequeña sonrisa, aunque algo agotada.

—Ha jugado de forma brillante, Riddle-sama. Verdaderamente... me ha mostrado la fuerza de su convicción.

Riddle bufó, aunque el cumplido pareció aplacar un poco su irritación. Miró el reloj de sol del jardín. Las sombras se alargaban, tiñendo las rosas de un rojo casi negro.

—Estamos empatados —anunció Riddle hacia la multitud, que observaba fascinada—. Según las reglas del duelo, la tercera partida decidirá el destino del favor... y el destino de Trappola.

Miró a Candice con una intensidad renovada.

—Tómate cinco minutos, Candice. Bebe un poco de té. No quiero que pongas como excusa el cansancio cuando te derrote en el desempate final.

Trey se acercó rápidamente a Candice con una taza de té humeante, mientras los murmullos de los estudiantes subían de volumen. La tensión era máxima: la próxima partida no solo definiría la magia de Ace, sino quién de los dos líderes tenía la razón sobre cómo se debe gobernar un corazón.

La tensión en el jardín de rosas era tan densa que se sentía como una tormenta a punto de estallar. El sol comenzaba a teñir las nubes de un color púrpura real, proyectando sombras alargadas sobre el tablero de ajedrez. Riddle y Candice se sentaron para la ronda final. Ya no había murmullos; el dormitorio entero contenía el aliento.

Riddle estaba en el límite de su paciencia. Sus dedos tamborileaban contra el mármol, y sus ojos grises destellaban con una intensidad peligrosa. Por el contrario, Candice respiraba con parsimonia, cerrando los ojos un segundo para visualizar no las piezas, sino el alma de su oponente.

La tercera partida fue un choque de filosofías. Riddle jugaba con una perfección técnica aterradora, pero Candice jugaba con una fluidez que parecía agua adaptándose a la roca.

Llegaron al final del juego con apenas un puñado de piezas. Riddle tenía la ventaja material, pero Candice tenía la posición. En un movimiento audaz, Riddle lanzó su última ofensiva, convencido de que la lógica le daría la victoria.

—¡Es el final, Candice! —exclamó Riddle, su voz temblando por la adrenalina—. Y esta vez no hay huecos, ni trampas.

—Estoy consciente de ello, Riddle-sama — admitió terminando de beber su té con tranquilidad.

Movió su Torre, dejando al Rey de Candice sin aparentes salidas. Pero ella, con una calma que heló la sangre de los presentes, extendió la mano hacia su última pieza de ataque: un caballo que Riddle había subestimado durante toda la partida.

—Jaque mate.

El silencio fue ensordecedor. Riddle se quedó petrificado. Sus ojos recorrieron el tablero una, dos, diez veces. Buscaba el error, buscaba la infracción a la regla, pero no había nada. Candice lo había vencido legal, justa y poéticamente. Había usado su propia estructura para guiarlo hacia un callejón sin salida del que solo podía salir aceptando la derrota.

Riddle apretó los puños. Su rostro pasó del rojo ardiente a un blanco ceniza. Durante un momento, todos temieron un estallido apocalíptico, pero entonces, Riddle bajó la cabeza. El silencio del jardín fue roto solo por el sonido de su respiración agitada que, poco a poco, se volvió pesada y resignada.

—He perdido —dijo con una voz que apenas era un susurro, pero que resonó en todo el jardín—. Dos de tres. Las leyes de la Reina son absolutas... y las reglas del duelo también.

Se levantó con movimientos lentos, como si el peso de su propia corona le impidiera moverse. Miró a Candice, y por primera vez, no hubo fuego en su mirada, sino un reconocimiento amargo pero genuino, pero también algo más.

—He perdido —admitió con voz ronca—. Fue una partida... inusual. No puedo decir que me agrade, pero las leyes del duelo son sagradas en Heartslabyul.

Riddle se levantó, ajustándose la capa. Miró a Candice directamente a los ojos.

—¡Ace Trappola, da un paso al frente!

Ace se acercó, caminando entre los estudiantes que le abrían paso. Estaba pálido, casi sin creer lo que estaba pasando. Se detuvo frente a Riddle, quien lo miró con severidad antes de sacar su pluma mágica.

—Un duelo es un contrato sagrado —declaró Riddle para que todos lo escucharan—. Como resultado de mi derrota ante la Vice-líder, y bajo los términos acordados...  

Chasqueó los dedos una vez.

Un destello de luz roja envolvió el cuello de Ace. El pesado collar metálico, símbolo de su vergüenza y su impotencia, se abrió con un chasquido metálico y se desvaneció en el aire como si fuera humo. Ace se llevó las manos al cuello, tocando su piel libre por primera vez en días, y soltó un suspiro de alivio que pareció una plegaria.

—¡Mi magia! —exclamó Ace—. ¡Ha vuelto! ¡Gracias, Riddle-sama! ¡Gracias, Candice!

Riddle bufó y se dio la vuelta, ocultando su rostro tras su capa.

—No me agradezcas todavía, Trappola. — amenazó — si vuelves a romper alguna otra regla, la victoria de Candice habrá sido en vano.

Riddle comenzó a alejarse hacia el edificio principal, con Trey siguiéndolo de cerca para ofrecerle el consuelo del silencio. Candice se quedó allí, en el centro del jardín, rodeada por los vítores de los estudiantes que, por primera vez, no la veían como la "mano derecha del tirano", sino como la protectora de Heartslabyul.

Chapter 9: Capítulo IX

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CAPÍTULO IX

El día siguiente, el ambiente en Heartslabyul se volvió gélido. Riddle, acosado por una tormenta interna que no lograba catalogar ni controlar, había decidido que la única forma de recuperar su equilibrio era a través de un orden absoluto, casi tiránico. Esos sentimientos extraños por Candice —esa calidez que le subía por el pecho y la punzada de pánico que sentía cuando ella lo miraba— eran una anomalía en su sistema, una "regla no escrita" que lo hacía sentir vulnerable.

Y Riddle Rosehearts odiaba sentirse vulnerable.

—¡REGLA NÚMERO 53! —el grito de Riddle resonó en el jardín de rosas, haciendo que incluso los pájaros huyeran—. "No se debe consumir té de hierbas con tazas de porcelana azul los miércoles". ¡Tu negligencia es imperdonable!

El estudiante ni siquiera tuvo tiempo de protestar. Riddle agitó su cetro con una furia contenida, su rostro estaba pálido, a excepción de unas manchas rojas de ira en sus pómulos.

—¡OFF WITH YOUR HEAD! —sentenció.

El pesado collar de la Reina de Corazones se materializó alrededor del cuello con un chasquido metálico violento. El chico cayó de rodillas, jadeando por el peso y la repentina desconexión de su magia. Riddle no se detuvo ahí. Durante toda la tarde, recorrió los pasillos como un verdugo en busca de cualquier falta, por mínima que fuera. Usó su magia única tres veces más en menos de una hora, castigando a dos estudiantes de segundo por hablar demasiado alto y a otro por llevar el uniforme con un botón desabrochado.

Cada vez que sentía que su mente divagaba hacia la imagen de Candice en la tienda de Sam, o recordaba la suavidad de su voz pidiéndole clemencia, Riddle atacaba con más fuerza. Usaba el castigo como un escudo; si el dormitorio estaba sumido en el miedo, él no tendría que enfrentarse a la suavidad que ella traía a su vida. Si se mantenía ocupado imponiendo la ley, podría ignorar el hecho de que su corazón latía de forma irregular cada vez que escuchaba sus pasos.

Cater y Trey observaban desde lejos, intercambiando miradas de preocupación. Riddle estaba abusando de su poder, y lo hacía con una desesperación que nunca antes habían visto.

—Está fuera de control —susurró Cater, guardando su teléfono por primera vez en el día—. Está usando la magia única para todo. A este paso, se va a agotar... o peor aún, va a entrar en Overblot. — susurró.

Riddle se detuvo en medio del pasillo, respirando con dificultad. Su frente estaba perlada de sudor y sus manos temblaban ligeramente bajo sus guantes blancos. En su mente, una batalla se libraba: por un lado, las 810 reglas que eran su vida; por el otro, el recuerdo de la mano de Candice sujetando su mano cuando lo ayudó a colocar esos manteles, esa mirada intensa, esa sonrisa dulce que lo desequilibrada, ese aroma.

—Es por el bien del orden... —se repetía a sí mismo, aunque su voz sonaba quebrada—. Tengo que mantener el orden. Nada puede distraerme. Nada.

Pero incluso mientras lo decía, sus ojos buscaron inconscientemente entre la multitud de estudiantes aterrorizados, esperando ver una cabellera blanca y una mirada que, por mucho que intentara castigarla con su indiferencia, seguía siendo lo único que realmente podía desarmarlo.

Decenas de estudiantes estaban sentados en los sofás o apoyados contra las paredes, todos luciendo el pesado y frío collar de hierro de Riddle.

—Pero bueno... ¿qué ha pasado aquí? —exclamó Cater, dejando caer su teléfono, algo casi inaudito en él—. ¡Parece que el Líder ha estado en una racha de "Off with your head"!

—Es un desastre —murmuró un estudiante de segundo año, cuya voz sonaba apagada por la humillación—. Me puso el collar porque estaba bebiendo limonada con miel. ¡Dijo que rompí la Regla 256: "Nadie debe beber limonada con miel después de las ocho de la noche"!

—A mí me sentenció por la Regla 189 —añadió otro, señalando su cuello—. Al parecer, los martes hay que usar calcetines con rombos, y yo traía rayas. ¡Solo son calcetines!

—¡Es insoportable!—gritó un estudiante al borde del colapso.

—¡Quiero cambiarme de dormitorio! — exigió otro lloriqueando mientras se llevaba las manos al cuello.

Trey se llevó una mano a la sien, sintiendo un dolor punzante. La rigidez de Riddle estaba escalando a niveles peligrosos; ya no se trataba de mantener el orden, sino de una tiranía del absurdo. Como "un simple alumno" y el tercer mando, Trey sabía que sus palabras de lógica no bastarían esta vez para calmar a la fiera.

—Esto se ha salido de control —sentenció Trey con gravedad—. Yo no puedo anular sus órdenes, y Riddle está demasiado encerrado en sus libros de reglas ahora mismo como para escucharme a mí.

Trey miró a la multitud de rostros desesperados y luego se giró hacia los estudiantes.

—Díganme —preguntó Trey alzando la voz—, ¿alguien ha intentado hablar con la Vice-líder, Candice? Ella es la única que tiene autoridad real después de Riddle, y la única a la que él escucha sin cortarle la cabeza.

Un silencio de esperanza recorrió la sala. Todos recordaron la amabilidad de Candice y cómo, en las sombras, ella siempre intentaba suavizar los bordes afilados de Riddle.

—¡Es verdad! ¡Candice-san! —exclamó un novato—. Ella no nos dejaría así si viera lo absurdo que es todo esto.

—¡Vamos a buscarla! —gritó otro—. ¡Está en el ala este terminando los inventarios para mañana!

Como una marea de uniformes y collares ruidosos, el grupo de estudiantes comenzó a desplazarse por los pasillos hacia los aposentos de la Vice-líder. Cater y Trey los seguían de cerca, intercambiando una mirada de preocupación. Sabían que estaban poniendo una carga enorme sobre los hombros de Candice, pero también sabían que ella era el último bastión de cordura antes de que Heartslabyul implosionara bajo el peso de sus propias leyes.

Minutos después, llegaron frente a la puerta de Candice. Deuce y Ace, que estaban al frente de la multitud, intercambiaron una mirada nerviosa antes de llamar desesperadamente.

—¡Vice-líder Candice! ¡Por favor, abra! —suplicó Deuce—. ¡Es una emergencia! ¡Ayúdenos antes de que el No Cumpleaños se convierta en una ejecución masiva!

La pesada puerta de madera se abrió lentamente, revelando a Candice con un libro de registros en una mano y una pluma en la otra. Al levantar la vista, la escena que la recibió hizo que el libro cayera al suelo con un golpe sordo que resonó en el pasillo.

Frente a ella, una marea de estudiantes aguardaba en un silencio roto solo por el metálico tintineo de los collares. Candice avanzó un paso, con el rostro descompuesto por la incredulidad. Sus manos, temblorosas, se extendieron hacia el alumno más cercano, rozando el frío y pesado metal que rodeaba su cuello.

—¿Qué está pasando...?—murmuró Candice en un susurro cargado de horror, pasando de un estudiante a otro, tocando los grabados del sello de Riddle en cada collar—. ¿Por qué están todos así?

—¡Vice-líder, es una locura! —exclamó uno de los chicos de segundo, con lágrimas de frustración en los ojos—. Riddle ha perdido el juicio por completo. Está patrullando los pasillos con el manual de reglas en la mano. A mí me puso esto por usar una cuchara de postre para la sopa... ¡Dice que violé la etiqueta básica de la Reina!

—A más de la mitad del dormitorio ya le ha cortado la magia, Candice —añadió Deuce, señalando a la multitud—. Si esto sigue así, para el No Cumpleaños de mañana no quedará nadie que pueda sostener una taza de té sin ser encadenado.

Candice sintió una mezcla de náuseas y furia. Conocía la rigidez de Riddle, pero esto ya no era disciplina; era una tiranía ciega que asfixiaba a su propia familia. Sin decir una palabra más, con la mirada encendida por una determinación que rara vez mostraba, se abrió paso entre los alumnos.

—Quédense aquí —ordenó con voz firme—. Yo me encargo.

Candice caminó a zancadas por los pasillos, siguiendo el eco de la voz autoritaria de Riddle. No tardó en encontrarlo. Al final del corredor principal, Riddle Rosehearts estaba de pie, imponente y con el rostro congestionado por una ira puritana. Frente a él, un aterrado novato de primer año temblaba mientras Riddle alzaba su pluma mágica.

—¡La Regla 153 es absoluta! —gritaba Riddle—. "Nadie debe llevar el uniforme con el tercer botón desabrochado después de la cena". ¡Tu negligencia es un insulto al orden! OFF WITH YOUR HEAD!

El destello rojo de la magia iluminó el pasillo y el pesado collar de hierro se materializó, cerrándose con un chasquido violento alrededor del cuello del chico, quien cayó de rodillas por el peso y el susto.

—¡Riddle-sama! —la voz de Candice restalló como un látigo, deteniéndolo justo cuando se giraba para buscar a su siguiente víctima.

Riddle se volvió hacia ella, con los ojos inyectados en sangre y la respiración agitada. Al ver a su Vice-líder, no mostró arrepentimiento, sino un desafío fanático.

—¡Ahora no, Candice! —dijo Riddle, señalando con un gesto frenético al alumno en el suelo—. Mira este caos. ¡Nadie respeta las normas! Si no impongo el orden ahora mismo, Heartslabyul se desmoronará antes del amanecer. ¡Debo castigarlos a todos hasta que aprendan que la ley es la ley!

Candice se colocó frente a él, ignorando la pluma mágica que Riddle aún sostenía con fuerza, mirando directamente a los ojos del joven que se estaba convirtiendo en el monstruo que tanto temía.

El pasillo se convirtió en un campo de batalla de voluntades. La respiración de Riddle era errática, sus ojos grises chispeaban con una furia que rozaba la locura, mientras que los estudiantes, amontonados al fondo, observaban con el corazón en un puño.

—¡Apártate! —rugió Riddle, alzando su cetro—. ¡Están desafiando la paz del dormitorio! ¡Cada regla rota es un paso hacia el desastre! Si no los castigo yo, ¿quién mantendrá la corona en su sitio?

—¡Ya basta, Riddle-sama, está fuera de sí! ¡Mire a su alrededor!—replicó Candice, dando un paso adelante, sin dejarse intimidar por el aura roja que comenzaba a rodear al Líder—. Está castigando a estudiantes por calcetines y cucharillas, ¡Mire sus rostros! ¡No están aprendiendo disciplina, están aprendiendo a odiar las leyes que tanto ama! — replicó.

—¡Silencio! —Riddle estalló, apuntando su pluma mágica hacia otro grupo de alumnos—. ¡Si ellos no obedecen, el orden no existe! ¡OFF WITH YOUR…!

—¡Riddle-sama, detengase! —el grito de Candice no fue de ira, sino de una autoridad absoluta y gélida.

En un movimiento fluido, Candice extrajo su Gem Pen del bolsillo, aquella que no vio necesario usar, sino hasta este momento. A diferencia de la energía caótica y flamígera de Riddle, el aura de Candice se manifestó como una luz azul zafiro, serena y profunda. Su pulso era firme, su respiración se volvió pausada; sabía que si perdía los estribos, su magia fallaría.

—Toda ley debe nacer de la justicia. Si la aplicación es absurda, la ley pierde su poder —sentenció ella con una calma que erizó la piel de los presentes—. CHECKMATE OF REASON!

Un círculo mágico, con la forma de un tablero de ajedrez etéreo, se expandió desde los pies de Candice, barriendo el pasillo. Al tocar al alumno que acababa de ser encadenado, y a los que estaban cerca, el metal de los collares brilló con un fulgor azulado y, de repente, los candados se aflojaron. El peso no desapareció, pero la presión mágica que bloqueaba sus flujos de maná se congeló, quedando en un estado de suspensión.

Riddle se quedó petrificado, viendo cómo su hechizo definitivo era neutralizado por primera vez.

—¿Qué... qué has hecho? —susurró Riddle, con la voz quebrada por la incredulidad—. ¡Has interferido con mi magia única! ¡Eso es traición!

—No le estoy traicionando. Es una pausa —respondió Candice, manteniendo su Gem Pen en alto, mientras los cuadros del tablero de ajedrez brillaban bajo sus pies—. Su orden ha sido suspendida por falta de lógica. No puede castigar por una regla de vestimenta cuando usted mismo está alterando la paz del descanso, rompiendo la jerarquía de bienestar del dormitorio. Su magia no se anulará, Riddle-sama, pero no avanzará ni un centímetro más hasta que recupere la cordura.

El pasillo quedó sumido en un silencio tenso. Riddle miraba su cetro y luego a Candice, quien se mantenía como una torre inamovible de lógica frente a su tempestad emocional. Por primera vez en la historia de Heartslabyul, el verdugo había encontrado a su juez.

—¡Suficiente! —rugió Riddle, y su voz no fue un grito, sino un estallido de furia gélida que pareció trizar el aire mismo.

El tablero de ajedrez azulado de Candice seguía pulsando bajo sus pies, manteniendo los collares en un estado de suspensión vibrante. La mirada de Riddle, fija en su Vice-líder, pasó del asombro a una determinación sombría y absoluta. Bajó su cetro lentamente, pero la tensión en su cuerpo no disminuyó; al contrario, se volvió más peligrosa.

—Si creen que la benevolencia de la Vice-líder es una invitación a la anarquía, están muy equivocados —declaró Riddle, recuperando una calma que erizó los cabellos de todos los presentes—. Candice, has apelado a la lógica para frenar mi juicio. Bien. Si la lógica dicta que este dormitorio no es capaz de seguir el ritmo de su Líder, entonces no merecen los privilegios que otorga el orden.

Riddle barrió la estancia con la mirada, deteniéndose en los rostros pálidos de los alumnos.

—Queda decretado en este instante: La Fiesta de "No Cumpleaños" de esta tarde queda cancelada.

Un jadeo colectivo de horror recorrió el pasillo. Para los estudiantes de Heartslabyul, el "No Cumpleaños" era el evento más sagrado del año, el único momento de brillo y celebración en medio del estricto régimen.

—¡Pero Riddle! —exclamó Cater, dando un paso adelante con el rostro desencajado—. ¡Ya hemos pintado todas las rosas! ¡Las tartas están listas!

—¡He dicho que se cancela! —sentenció Riddle—. No habrá celebraciones, ni té, ni banquetes hasta que cada uno de ustedes, incluyendo a la Vice-líder, demuestre que puede seguir las reglas por convicción. Si no hay disciplina, no hay fiesta.

En ese momento, la magia única de Candice, Checkmate of Reason, terminó de procesar la contradicción final. Al cancelar el evento principal para el que todas esas reglas (como la del té o la de las tartas) habían sido creadas, Riddle acababa de invalidar el propósito mismo de los castigos actuales.

Un destello de luz zafiro cegador envolvió el pasillo. Con un sonido metálico similar al de mil cristales rompiéndose, los collares de todos los alumnos se desintegraron en el aire, convirtiéndose en polvo mágico.

—Se han ido... —murmuró Deuce, mirando a su alrededor—. El collar de todos ha desaparecido.

Candice bajó su Gem Pen, sintiendo un agotamiento profundo. Su magia había detectado la incoherencia final: Riddle no podía castigarlos por romper reglas de una fiesta que él mismo acababa de borrar del calendario. Sin embargo, el precio de esa "libertad" era el silencio sepulcral que ahora reinaba en el dormitorio.

Riddle observó a los alumnos liberados con un desprecio amargo.

—Disfruten de su magia por ahora. Mañana, en lugar de fiesta, habrá estudio intensivo del reglamento desde el amanecer. Lidell... —Riddle la miró con una frialdad que le dolió más que cualquier collar—. Has ganado esta jugada, pero has dejado a tu dormitorio sin su día más especial. Espero que estés satisfecha con tu "justicia".

Riddle dio media vuelta, su capa roja ondeando como una herida abierta, y desapareció hacia su habitación, dejando a Candice sola frente a una multitud de alumnos que no sabían si agradecerle por la libertad o llorar por la fiesta perdida.

El silencio que Riddle dejó tras de sí fue roto por un suspiro colectivo, un alivio tan pesado que casi podía sentirse en el aire. De inmediato, la multitud de estudiantes rodeó a Candice.

—¡Vice-líder, gracias! —exclamó uno de los chicos de segundo, frotándose el cuello aún adolorido—. Creí que nunca recuperaría mi magia.

Ace y Deuce se acercaron a ella, con expresiones que mezclaban la culpa y una gratitud infinita. Ace, por primera vez, no tenía ningún comentario sarcástico en la punta de la lengua.

—En serio, Candice... gracias —dijo Ace, bajando la vista—. Si no hubieras intervenido, ese tipo los habría dejado a todos encadenados de por vida.

—Fuiste muy valiente al enfrentarlo así —añadió Deuce con respeto—. Tu magia es... increíble. Nunca habíamos visto a nadie detener un hechizo del Encargado.

Cater y Trey se abrieron paso entre los alumnos. Cater guardó su teléfono, esta vez sin intención de tomar fotos; su rostro reflejaba una seriedad inusual.

—Vaya, Candice... Eso fue totalmente high-level —comentó Cater, rascándose la nuca—. Enfrentar la lógica de Riddle es como intentar detener un tren con las manos, y tú lo hiciste parecer un juego de ajedrez.— dij esto guiñándole un ojo, recordando el juego de ayer— Estoy impresionado.

Trey asintió, mirando a su compañera con una mezcla de orgullo y preocupación. —No cualquiera tiene la calma necesaria para activar un hechizo de ese tipo frente a Riddle furioso. Has salvado el bienestar de todos esta noche, aunque el precio haya sido la fiesta.

Candice les dedicó una sonrisa cansada pero cálida.

—Lo importante es que todos están bien. — sonrió con tranquilidad, aunque su voz salió débil — El "No Cumpleaños" puede esperar, pero su seguridad no. Yo...

De repente, sus palabras fueron cortadas por un ataque de tos seco y violento. Candice se encorvó ligeramente, cubriéndose la boca con el puño. Fue una crisis repentina, un espasmo que pareció sacudirle los hombros por un par de segundos, alarmando a los presentes.

Trey dio un paso rápido hacia ella, poniendo una mano en su espalda.

—¡Candice! ¿Te encuentras bien?

Tan rápido como había empezado, la tos cesó. Candice respiró hondo, enderezándose y bajando la mano. Su rostro estaba un poco más pálido, pero sus ojos mantenían la misma serenidad de antes.

—Sí... estoy bien —respondió ella, forzando una sonrisa tranquilizadora mientras se acomodaba el mechón de cabello que se había soltado—. Solo ha sido el esfuerzo de mantener la magia única, nunca antes la había usado y requiere mucha concentración. No se preocupen, solo necesito descansar un poco.

Trey la observó fijamente, con sus ojos de estudiante de medicina y panadero analizando cada detalle, pero al ver la insistencia en la sonrisa de Candice, decidió no presionar más por el momento.

—¿Quieres que te escolte a tu habitación? — preguntó suavemente aún sujetando la espalda de Candice.

La chica negó con la cabeza agitando su mano despreocupadamente.

—Estaré bien, no te preocupes. Vayan a sus habitaciones, todos —ordenó Candice con suavidad pero con autoridad—. Mañana será un día largo.

...

La noche envolvía el campus de Night Raven College en un manto de sombras plateadas. Candice caminaba con sigilo por los pasillos desiertos, evitando las áreas patrulladas por los fantasmas, hasta llegar a la imponente oficina del Director. Tras un suave golpe en la puerta, la voz teatral de Crowley le permitió el paso.

—¡Oh, mi querida alumna! ¿A qué debo esta visita tan intempestiva? —exclamó Crowley, ajustando su máscara de cuervo con curiosidad.

—Director, lamento interrumpirlo —dijo Candice con voz suave—, pero hoy... ha despertado mi magia única. He podido frenar la magia del Líder Riddle para evitar una injusticia en el dormitorio.

Crowley se puso en pie de un salto, con los ojos brillando de entusiasmo tras los cristales de su máscara.

—¡Espléndido! ¡Simplemente maravilloso! —festejó, agitando sus manos enguantadas—. ¡Qué generosidad la mía al haberte aceptado en esta academia! Sabía que tenías un potencial oculto que florecería bajo mi tutela. Una magia que puede mediar la furia de Riddle Rosehearts es, sin duda, una adición valiosa para el prestigio de esta institución.

Sin embargo, la alegría del Director se desvaneció de golpe cuando Candice fue interrumpida por el mismo ataque de tos seca que había sufrido en el salón común. Fue un sonido áspero que pareció desgarrar la tranquilidad del despacho.

Crowley se acercó a ella, su expresión tornándose inusualmente seria.

—Esa tos... —murmuró, observándola con detenimiento—. Dime, Candice, ¿qué sentiste al activar tu magia?

—Un agotamiento súbito. — respondió débilmente — Como si algo dentro de mí se hubiera quedado sin aire por un segundo —explicó ella, recuperando el aliento—. ¿A qué se debe?

Crowley suspiró, caminando hacia el ventanal que daba al jardín.

—Tu magia única, "Checkmate of Reason", no es una habilidad ordinaria. No solo consume maná, sino que requiere una carga mental y lógica devastadora para "pausar" la voluntad de otro mago —explicó con tono sombrío—. Escúchame bien: no debes usarla más de unas pocas veces al día. Si fuerzas ese límite, el agotamiento no será solo mágico, sino físico. Podrías colapsar, o algo peor. Tu cuerpo aún se está adaptando a esa carga.

Candice asintió en silencio, procesando la advertencia.

—Entiendo, yo... trataré de no usarla por mucho tiempo.

—Sería lo más apropiado. — asintió Crowley de vuelta.

El silencio se prolongó hasta que Crowley rompió la tensión con una pregunta delicada.

—Es un asunto serio, Candice. Como el Director tan bondadoso que soy, me pregunto... ¿debería enviarle una carta a tu padre para informarle sobre el despertar de tu magia y estas complicaciones de salud?

El cuerpo de Candice se tensó por un instante apenas perceptible. Se dirigió hacia la puerta, deteniéndose con la mano sobre el pomo.

—No es necesario, Director —respondió ella sin girarse, con una calma que ocultaba cualquier emoción—. Puedo manejarlo por mi cuenta. No quiero que se preocupe por algo que está bajo control.

—Como digas, querida — dijo el director colocando sus manos detrás de su espalda respetando su decisión. — ¿supongo que no hay nada más que desees discutir?

Abrió la puerta y lanzó una última mirada sobre su hombro.

—No, eso es todo. Buenas noches, Director Crowley. Gracias por recibirme.

—Buenas noches, Candice... —susurró Crowley mientras la veía desaparecer en la oscuridad del pasillo, sintiendo que, a pesar de sus palabras, la joven cargaba con un peso mucho mayor que el de su propia magia.

Chapter 10: Capítulo X

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CAPÍTULO X

La mañana siguiente en Heartslabyul fue el escenario de una guerra de voluntades sin precedentes. El sol apenas despuntaba cuando los pasillos ya resonaban con el taconeo rítmico y furioso de Riddle, quien recorría el dormitorio como un huracán de disciplina implacable.

Tal como había prometido, la inspección fue una carnicería reglamentaria.

—¡Regla 89! ¡Nadie debe desayunar sin haberse peinado hacia la izquierda! OFF WITH YOUR HEAD! —rugía Riddle.

Un destello rojo cruzaba el comedor y el pesado collar se cerraba sobre el cuello de un aterrorizado estudiante. Pero, antes de que el metal pudiera enfriarse, una luz azul zafiro, serena y constante, envolvía la estancia.

—La regla es obsoleta en un contexto de inspección general por falta de aviso previo —sentenciaba Candice con una voz que, aunque firme, empezaba a denotar una peligrosa fatiga—. CHECKMATE OF REASON!

Con un tintineo cristalino, el collar se desvanecía. Durante horas, el dormitorio se convirtió en un bucle infinito de castigos y disoluciones. Riddle, cegado por su obsesión, no se detenía; por cada regla que él citaba para encadenar a alguien, Candice encontraba la grieta lógica para liberarlo. Fue una batalla de desgaste donde el aire mismo parecía chisporrotear por el choque entre la magia roja y la azul.

Sin embargo, cada vez que Candice alzaba su Gem Pen, su rostro perdía un poco más de color. La advertencia del Director Crowley resonaba en su mente como un eco sombrío: "No más de unas pocas veces al día".

Al caer la noche, el dormitorio finalmente quedó en silencio, no por la paz, sino por el agotamiento mutuo. Riddle se había retirado a su despacho, furioso y confundido por la resistencia de su Vice-líder, mientras los alumnos se escabullían a sus camas, libres de collares pero temblando de miedo.

Candice apenas tuvo fuerzas para llegar a sus aposentos. Al cerrar la puerta tras de sí, sus piernas fallaron. Arrastrando los pies, se desplomó sobre la cama sin siquiera quitarse el uniforme. El pecho le subía y bajaba con dificultad, y una opresión ardiente le recordaba que había ignorado las órdenes de Crowley más veces de las que podía contar.

—Un par de veces... dijo solo un par de veces —susurró para sí misma, con la voz apenas como un hilo de aire. 

Sintió algo suave moviéndose a su lado. Bunny, su fiel conejo, parecía observarla con sus ojos llenos de preocupación. Candice lo atrajo hacia ella, hundiéndose en la suavidad de su pelaje mientras cerraba los ojos. El mundo le daba vueltas, y el sabor metálico en su garganta le advertía que el precio por desafiar la tiranía de Riddle estaba empezando a cobrarse.

Riddle... — murmuró con el corazón adolorido.

En la oscuridad de la habitación, solo se escuchaba su respiración errática y el silencio pesado de un dormitorio que aguardaba, con temor, el amanecer.

...

El segundo día de inspección no fue una guerra, fue un asedio. Riddle se movía por los jardines y pasillos como un espectro de furia carmesí, sus gritos de «Off with your head!» se sucedían con la rapidez de los latidos de un corazón desbocado. Parecía haber perdido la noción de la realidad; para él, el orden ya no era una meta, sino una obsesión destructiva.

Candice lo seguía de cerca, como una sombra pálida y protectora. Cada vez que alzaba su Gem Pen, la luz azul zafiro de su Checkmate of Reason no solo rompía los collares, sino que ocurría algo que nadie más notaba: una neblina oscura y densa, el residuo del maná corrompido que opacaba la gema de Riddle, era absorbida por el hechizo de Candice. Ella estaba actuando como un filtro, drenando la oscuridad que empujaba a su líder hacia el abismo del Overblot, cargando con esa ponzoña en su propio cuerpo.

A media tarde, tras anular el vigésimo castigo del día, el mundo de Candice se tambaleó.

Sintió un sabor ferroso inundando su garganta. Sin decir palabra, se dio la vuelta y corrió hacia el baño más cercano, cerrando la puerta con pestillo justo antes de colapsar frente al lavabo. El ataque de tos fue tan violento que le dobló el cuerpo a la mitad. Se aferró a los bordes de la porcelana con los nudillos blancos, luchando por inhalar un poco de aire mientras el sonido de su propia asfixia retumbaba en las paredes de azulejos.

—Solo... un poco... más —jadeó, con los ojos empañados por las lágrimas del esfuerzo.

Se lavó la cara con agua helada, observando su reflejo. Sus labios estaban pálidos y sus manos temblaban incontrolablemente, pero al recordar los rostros de alivio de los estudiantes, una chispa de determinación volvió a encenderse en su mirada. Sabía que estaba forzando su límite mucho más allá de lo que Crowley había advertido, pero si ella se detenía, la gema de Riddle estallaría en sombras y el dormitorio entero caería con él. No podía permitirlo.

—Puedo hacerlo —se dio ánimos a sí misma en un susurro quebrado, secándose la boca y enderezando la espalda—. Resiste, Candice. Un poco más... por ellos. Y por él.

Se ajustó el uniforme, respiró hondo para calmar el fuego en sus pulmones y salió del baño con la cabeza en alto. Afuera, el eco de un nuevo grito de Riddle indicaba que la batalla aún no había terminado, y ella estaba lista para ser, una vez más, el escudo invisible de Heartslabyul.

...

Riddle llegó a su oficina como un torbellino de furia contenida que finalmente estallaba. El estruendo de la puerta al cerrarse apenas fue el preludio del caos; arrojó su capa de soberano contra el respaldo de la silla con un desprecio violento y se hundió en el asiento, hundiendo las manos en su cabello. Tiró de los mechones pelirrojos con desesperación, deshaciendo su peinado impecable hasta que su imagen en el espejo no fue más que un desastre desaliñado, un reflejo fiel de su mente.

Su corazón golpeaba contra las costillas de forma errática, un tambor de guerra que no seguía ninguna métrica ni regla. Sus respiraciones eran densas, cargadas de una ansiedad que le quemaba los pulmones.

—¡Basta! —rugió, pero el silencio de la oficina solo le devolvió el eco de su propia angustia.

En un arranque de ira ciega, barrió con el brazo todo lo que reposaba sobre su escritorio. Tinteros, plumas de oro, informes de presupuesto y reglas manuscritas volaron por los aires, estrellándose contra el suelo en un estrépito de cristal roto y tinta derramada. Riddle gruñó, una vibración gutural de pura frustración, mientras miles de pensamientos lo asaltaban como flechas.

—¿Por qué me está pasando esto? ¿Qué estoy haciendo? —se preguntó a gritos, apretando los puños sobre la madera desnuda del escritorio—. ¿Por qué... por qué no puedo dejar de pensar en ella?

Sus sentimientos eran un nudo de hilos enredados en su interior, una anomalía mágica que no podía disipar con su cetro. Cada vez que cerraba los ojos, la oscuridad se convertía en un lienzo donde se proyectaba la sonrisa de Candice; podía escuchar su risa melodiosa desafiando la rigidez de los pasillos, sentir el roce sutil de sus hombros al caminar y, sobre todo, ese aroma a vainilla que parecía haberse filtrado en sus propios poros, nublando su juicio.

Al darse cuenta de hacia dónde se dirigían sus pensamientos, Riddle negó con la cabeza frenéticamente, como si quisiera expulsar la imagen de la chica de su cráneo.

—No, no. Ella es quien está mal, no yo —gruñó, forzando las palabras para tratar de convencerse a sí mismo de una mentira que sus sentidos ya no creían—. Las reglas no están de adorno. Lo que estoy haciendo... los castigos, el control... es por el bien de la casa Heartslabyul. ¡Así tiene que ser!

Sus palabras sonaron huecas en la oficina vacía. El peso de la corona invisible que cargaba nunca se había sentido tan asfixiante. Soltó un suspiro largo y trémulo, dejando caer la cabeza sobre la superficie fría de la mesa. Ladeó la cara, dejando que su mejilla descansara sobre la madera, justo al lado de una mancha de tinta que se extendía como una sombra.

—Debo... debo hacer cumplir las reglas —murmuró con un hilo de voz, la resistencia agotándose en sus venas—. Candice...

Cerró los ojos con una fatiga que nacía del alma, dejando que el nombre de ella quedara suspendido en el aire como un suspiro de rendición, mientras el caos que él mismo había provocado en la habitación le recordaba que, por más collares que pusiera, su propio corazón era el único que no podía encadenar.

...

El silencio en la oficina de Heartslabyul era denso, casi asfixiante, roto únicamente por el ritmo entrecortado y errático de la respiración de Riddle. El joven líder, agotado por la guerra interna que libraba contra sus propios sentimientos, finalmente se había rendido ante un colapso mental y físico. Allí, sobre la fría e impasible madera de su escritorio, yacía aquel que todos temían. Con el rostro ladeado y los labios entreabiertos, su cabello pelirrojo —siempre peinado con una precisión geométrica— estaba ahora revuelto y sin brillo, dándole el aspecto vulnerable de un niño que ha llorado hasta quedarse dormido, lejos de la imagen del soberano implacable que pretendía proyectar.

De pronto, el sutil crujido de la puerta rompió la quietud. Candice entró con la ligereza de un suspiro, pero se detuvo en seco al cruzar el umbral. Sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y tristeza al contemplar el escenario: el despacho parecía haber sido el epicentro de una tormenta de furia. Tinteros volcados cuya tinta negra se expandía como veneno sobre los informes, pergaminos arrugados que volaban con la corriente de aire y un penetrante aroma a hierro y tinta fresca que se mezclaba con la pesada tensión residual del ambiente.

Sin embargo, tras el impacto inicial, su mirada no se detuvo en el desastre material, sino en la figura frágil de Riddle. Verlo así, tan desarmado, le provocó una punzada de dolor en el pecho que casi le impide respirar.

Con una paciencia infinita, como quien restaura una reliquia rota, Candice comenzó a recoger los fragmentos de la crisis de Riddle. No hizo el más mínimo ruido; cada movimiento suyo era una coreografía de respeto. Se arrodilló con cuidado para rescatar las plumas de oro y los informes de progreso del suelo, alisando con sus manos las arrugas del papel como si intentara alisar las preocupaciones de él. Enderezó los pesados libros de leyes y, con una servilleta de seda que extrajo de su bolsillo, limpió con una suavidad casi divina la pequeña mancha de tinta que amenazaba con ensuciar la mejilla del pelirrojo.

Cada gesto era una caricia silenciosa, un intento de devolverle a Riddle el orden que tanto amaba y que él mismo, en un grito desesperado de auxilio, había destruido.

Una vez que el escritorio volvió a ser una superficie funcional y pulcra, Candice tomó la pesada capa roja que yacía olvidada en el respaldo de la silla. Se acercó a él con pasos de algodón y, con una delicadeza extrema, la extendió sobre sus hombros, asegurándose de cubrirlo bien para protegerlo del gélido aire nocturno que empezaba a filtrarse por la ventana.

Fue entonces cuando se permitió un momento de debilidad. Se inclinó sobre él, permitiendo que su característico aroma a vainilla envolviera el espacio personal de Riddle, como una barrera contra las pesadillas. Con el corazón encogido por una ternura que no cabía en su pecho, depositó un beso casto, dulce y prolongado sobre su frente, justo en el punto exacto donde el ceño de Riddle solía fruncirse bajo el peso de mil responsabilidades.

—Descansa, Riddle —susurró contra su piel, su voz era un hilo de seda cargado de una esperanza melancólica—. Espero que vuelvas a ser tú mismo...

Se enderezó lentamente, como si le costara separarse de él. Le dedicó una última mirada cargada de un afecto incondicional antes de retroceder hacia la salida. Al cerrar la puerta tras de sí, lo hizo con tal sigilo que ni una sola mota de polvo pareció alterarse. Riddle quedó allí, envuelto en su propia capa de líder, pero protegido por la paz que Candice había tejido a su alrededor, mientras el aroma a vainilla permanecía en el aire como una promesa de que no estaba solo.

...

El tercer día amaneció con una atmósfera cargada, eléctrica, como si el aire mismo estuviera a punto de estallar. La guerra de voluntades entre los dos líderes de Heartslabyul ya no era un secreto; se había convertido en una leyenda trágica que se desarrollaba ante los ojos de todo el colegio.

En el patio central, bajo los rosales que ya lucían un rojo casi antinatural, Riddle avanzaba con la mirada perdida en un rancio fanatismo, dictando sentencias al aire. Tras él, Candice se mantenía en pie por pura fuerza de voluntad, con la mano aferrada a su Gem Pen como si fuera su único anclaje a la realidad.

A unos metros, ocultos tras una columna, el grupo observaba la escena con una mezcla de asombro y terror. Yuu y Grimm se habían unido a Ace, Deuce, Cater y Trey. Ya conocían la historia: la fiesta cancelada, la magia única de Candice y el ciclo interminable de castigos.

—Es increíble... —susurró Deuce, apretando los puños—. El orgullo de Riddle no le permite dar un paso atrás, pero la tenacidad de Candice... es como si estuviera sosteniendo el dormitorio entero sobre sus hombros.

—Es genial la forma en que lo maneja— comentó Ace fascinado viendo a Candice quitarle con facilidad el hechizo a este estudiante. — Riddle está rojo de furia.

Cater, que normalmente tenía un comentario gracioso para todo, mantenía su teléfono guardado. Su ojo crítico, ese que solía buscar el ángulo perfecto para una foto, estaba enfocado en algo mucho más sombrío.

—No sé si son solo imaginaciones mías—dijo Cater, y su voz carecía de su habitual ligereza—. Pero he notado que cada vez que Candice termina una batalla con Riddle... pierde su brillo. Se está apagando. Miren sus manos, miren su mirada... se vuelve más opaca cada vez que esa luz azul estalla. — enumeró Cater con preocupación.

Trey asintió con gravedad, ajustándose las gafas con un gesto tenso.

—Usar magia requiere de mucha energía, y la señorita Candice según las conversaciones que hemos tenido, fue educada en casa. Debe ser cansado cancelar la magia de un mago tan poderoso como Riddle una y otra vez. — dijo temeroso presenciando como Riddle trataba de castigar a otro alumno.

Ace soltó un bufido, cruzándose de brazos, aunque sus ojos traicionaban su preocupación.

—¡Tonterías! —exclamó Ace, tratando de sacudirse la angustia que sentía en el pecho—. Es ridículo pensar que ella se va a rendir ahora. Candice es la persona más fuerte y valiente que conozco. ¡Mírenla! Es la única capaz de pararle los pies a ese tirano con cara de niño bonito sin pestañear. Ella no se va a apagar así como así.

—Ace tiene razón en algo —añadió Yuu, mirando la silueta frágil pero decidida de la Vice-líder—: su valentía es real. Pero incluso la persona más fuerte necesita un respiro.

En ese momento, Riddle lanzó un nuevo decreto. Candice alzó su pluma, y por un segundo, su mano flaqueó visiblemente antes de que la luz azul zafiro envolviera el lugar. El brillo de su magia fue un poco más tenue, y el ataque de tos que siguió fue amortiguado por su pañuelo, pero sus ojos seguían clavados en la espalda de Riddle, protegiéndolo de una sombra que solo ella podía ver.

Riddle cruzó el umbral del comedor como una exhalación de color carmesí, su capa ondeando con una furia que parecía hacer vibrar el aire. Gritaba a pleno pulmón que la lógica de Candice era un insulto a la razón, una anomalía que no estaba contemplada en ninguna de las 810 reglas de la Reina de Corazones. Mientras tanto, en el epicentro de la tormenta que el Líder acababa de abandonar, Candice permanecía en calma, ayudando al aturdido alumno —a quien Riddle casi le corta la cabeza por un error insignificante— a recomponerse. El joven la miraba con ojos brillantes, rascándose la nuca con un nerviosismo evidente; la fama de Candice en Heartslabyul crecía por horas, y los estudiantes ya empezaban a llamarla en susurros de admiración: La Reina Blanca.

—¿No te hiciste daño? —preguntó Candice con una insistencia tan genuina que el chico sintió que sus mejillas ardían.

—N-no, estoy bien, Vice-líder... —tartamudeó el joven, haciendo una reverencia perfecta de 90 grados—. Muchas gracias por ayudarme.

—Me alegro entonces. Ya puedes irte, debes almorzar bien para tener energías en clase —lo despidió ella con una sonrisa tan radiante que el chico se retiró caminando casi en el aire.

En la mesa del dormitorio, los chicos observaban la escena como si fuera una película de estreno. Ace suspiró profundamente, apoyando sus mejillas en las palmas de sus manos, completamente hipnotizado mientras Candice se dirigía a la barra de la cafetería para pedir su almuerzo a los fantasmas de Ramshackle.

—Ella es simplemente increíble... —murmuró Ace con voz soñadora.

Deuce, con su pragmatismo habitual, barrió con el codo el brazo de Ace, haciendo que este casi se estampara contra la mesa.

—No anheles lo que no puedes tener, Ace —sentenció Deuce antes de dar un sorbo a su vaso—. La señorita Candice no está aquí para salir con chicos de primero.

—¡¿Eh?! —exclamó Ace, indignado y haciendo un puchero—. ¡¿Cómo lo sabes?! Quizás la invite a salir algún día. Candice es un rayo de bondad encarnado; tengo una oportunidad, estoy seguro.

Cater asintió mientras posteaba una selfie, aunque sus ojos brillaban con picardía.

—¿Verdad? Ya lo había dicho, Candice es demasiado encantadora. Cualquier chico se sentiría el dueño del mundo con su afecto. Quizá yo también deba probar suerte en esta ruleta del amor —añadió, sacándole la lengua burlonamente a un Ace que ya empezaba a echar humo.

—¡Oye! ¡Yo dije primero que la invitaría! —reclamó Ace golpeando la mesa.

Yuu enarcó una ceja, mirando la disputa con escepticismo.

—¿No es algo grosero hablar sobre eso sin que esté Candice para opinar?

Grim, con la cara manchada de salsa, levantó la cabeza con aburrimiento.

—Ambos son patéticos. No creo que ella tenga gustos tan malos como para fijarse en ustedes —se burló, lo que le valió un pellizco doble que lo hizo chillar.

Trey, que había permanecido en un silencio sepulcral, terminó su bocado y ajustó sus gafas. La seriedad en su rostro detuvo las risas de inmediato.

—Aunque se lo pidan, no creo que acepte —declaró con una calma absoluta.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Ace, desafiante.

Trey levantó su bebida y los miró a todos con una mezcla de lástima e incredulidad.

—¿Es que no es obvio?

—¿Qué es obvio según tú? — preguntó Ace más confundido que antes.

Trey se arregló los lentes con paciencia mirándolos a todos expectantes.

—Candice está enamorada de Riddle. 

El silencio que siguió fue sepulcral... hasta que estalló el caos.

Ace golpeó la mesa muerto de risa, Cater se carcajeó tan fuerte que tuvo que sostener su estómago adolorido y hasta Yuu soltó una risita por lo bajo seguido de una risa estruendosa de Grim, que se había echado panza arriba para reír más a gusto.

—¡Ya, buena esa, Trey! —rió Cater abanicándose con la mano—. Casi me la creo.

—Hablo en serio —objetó Trey con intriga—. ¿No se han fijado en cómo lo mira?

—¿Me estás diciendo —renegó Ace entre carcajadas— que a Candice, que es pura luz y amabilidad, ¿le gusta un enano tiránico, neurótico y con el carácter de un chihuahua rabioso? ¡Es imposible!

—No se ofenda, Trey-san —añadió Deuce—, pero es difícil de creer. Y aunque fuera cierto, ¿Riddle? Él solo tiene ojos para las reglas.

Trey suspiró, cruzando los brazos sobre la mesa.

—Sé que parece una tontería, pero conozco a Riddle desde que éramos niños. Estos arranques de furia no son por las reglas; es solo que está experimentando nuevos sentimientos que no sabe como manejar y se asusta.

—¿Y cómo estás tan seguro de que Riddle siente algo por ella? —preguntó Yuu con genuina curiosidad.

Trey juntó las manos sobre sus labios, recargando los codos. Sus ojos se perdieron en el vacío mientras recordaba.

Flashback

La noche sobre el dormitorio de Heartslabyul era oscura y el silencio solo era interrumpido por el viento entre los rosales. Trey acababa de terminar su ronda de supervisión para asegurarse de que todos los estudiantes estuvieran en sus camas. Al pasar frente a la oficina de Riddle, notó que un hilo de luz se filtraba por debajo de la puerta.

"Todavía trabajando", pensó Trey con un suspiro. Sabía que Riddle se sobre exigía, así que decidió entrar para convencerlo de descansar.

Abrió la puerta con extrema cautela y se detuvo en seco. La oficina estaba impecable, extrañamente ordenada después de lo que él sabía que había sido un día desastroso. Pero lo que más le llamó la atención fue el aroma: un rastro sutil y dulce a vainilla que todavía flotaba en el aire.

Riddle estaba profundamente dormido sobre su escritorio. No era su postura habitual de estudio; estaba envuelto en su pesada capa roja como si alguien lo hubiera arropado con sumo cuidado. Su rostro, generalmente contraído por la tensión, estaba relajado. Trey se acercó para despertarlo suavemente, pero se detuvo al escuchar un sonido.

Riddle estaba soñando. Sus labios se movieron apenas en un murmullo, una voz tan pequeña y vulnerable que a Trey se le encogió el corazón.

Candice... —susurró Riddle entre sueños, apretando un poco más la capa contra su rostro—. No te vayas... por favor...

Trey se quedó congelado. Vio cómo una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujaba en el rostro dormido de su amigo mientras pronunciaba ese nombre una y otra vez, como si fuera un mantra protector contra sus propias sombras. En ese momento, Trey comprendió que la oficina no se había ordenado sola, y que Riddle no estaba luchando contra Candice, sino contra la abrumadora verdad de que ella se había convertido en su mundo.

Fin del Flashback

Cuando Trey terminó de hablar, el silencio en la mesa del comedor era tan pesado que se podía cortar con un cuchillo. Ace ya no se reía; tenía la boca abierta y la mirada perdida en su plato. Cater había dejado caer su teléfono sobre la mesa, olvidando por completo su selfie. Deuce miraba a Trey como si acabara de revelarle un secreto de estado.

—Él... ¿él murmuró su nombre? —preguntó Ace con la voz hueca, el ego herido y la sorpresa compitiendo en su rostro.

—Sí —confirmó Trey, volviendo a su comida—. Y no solo eso. Estaba sonriendo. Algo que no lo veía hacer de esa forma desde que éramos niños. Así que, Ace, Cater... si valoran su cuello, les sugiero que dejen de ver a la "Reina Blanca" como un objetivo. Porque Riddle no sabrá manejar sus sentimientos, pero sabe perfectamente cómo proteger lo que es suyo.

Cater tragó saliva con fuerza, el dedo índice suspendido sobre la pantalla de su teléfono. Con un movimiento rápido, borró el borrador del post que estaba escribiendo; por primera vez en su vida, una primicia de Magicam era demasiado peligrosa para ser publicada.

—Vaya... —susurró con una nota de genuino asombro—. Parece que la ruleta del amor ya tiene un ganador, y es el chico más peligroso y estricto del dormitorio. Esto es un giro de guión que ni yo me esperaba.

Ace, por su parte, se hundió en su silla hasta que su barbilla casi tocaba la mesa. Miraba a Candice a lo lejos con una mezcla de incredulidad y una derrota que no quería admitir. Ella estaba allí, sentada con la espalda recta, moviendo los cubiertos con una delicadeza que parecía heredada de la nobleza, ajena a que era el centro de la conversación más picante de la cafetería.

—No puedo terminar de creerlo —dijo Ace finalmente, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño—. Es decir, ¡es Riddle! El mismo que nos hace podar rosas hasta que nos sangran las manos. No tiene lógica.

Tray levantó una ceja, dejando escapar una sonrisa burlona mientras ajustaba sus gafas.

—¿Ah, no? ¿Por qué no le preguntas tú mismo y lo averiguas? —sugirió con una calma exasperante—. Así te libras de la duda y dejas de suspirar como un perrito abandonado.

Ace casi se cae de la silla, mirando a Trey con puro horror.

—¡¿Cómo crees que le voy a preguntar eso?! ¡¿Quieres que deje de hablarme de por vida?! —exclamó alterado, agitando las manos.

Deuce, que había estado procesando la información en silencio, rodó los ojos y se cruzó de brazos.

—No tienes que ser tan directo, Ace. No seas bruto. Solo hazle preguntas trampa, ya sabes... sondea el terreno sin mencionar la palabra con "A".

Ace tragó saliva, observando a Candice comer con una elegancia que intimidaba. La duda le carcomía, pero la curiosidad era un motor más fuerte que el miedo.

—¿Crees que funcione? —preguntó, buscando aprobación.

—Pues solo hay un modo de averiguarlo —intervino Cater con un entusiasmo renovado, recuperando su chispa habitual. Pasó su brazo por los hombros de Ace, casi arrastrándolo—. ¡Misión: Operación Reina Blanca en marcha!

Tray, al verlos alejarse con esa mezcla de torpeza y determinación, suspiró divertido. Sabía que esos dos solos iban a arruinarlo todo en menos de un minuto. Se giró hacia los que quedaban.

—De hecho, ¿por qué no vamos todos? A Candice no le vendría mal algo de compañía, y así evito que estos dos terminen con un collar antes de que acabe el almuerzo.

En seguida, Yuu, Deuce y Grim —que iba trepado en el hombro de Yuu quejándose de que aún tenía hambre— tomaron sus bandejas y se dirigieron a la mesa donde la joven almorzaba tranquila.

—¡Hola, Candy-chan! ¿Podemos sentarnos? —preguntó Cater con su mejor sonrisa de "no estoy tramando nada".

Candice levantó la vista y su rostro se iluminó.

—Seguro, me vendría bien algo de charla. El comedor está especialmente ruidoso hoy.

Se sentaron formando un círculo alrededor de ella. El ambiente era tenso, pero Candice no parecía notarlo. Ace y Cater se miraron, dándose un codazo mutuo para ver quién empezaba.

—Entonces... Candice —comenzó Ace, arrastrando las palabras con un interés fingidamente casual mientras pinchaba una patata con el tenedor con excesiva energía—. ¿Cómo te ha ido hoy con el "Gran Tirano"? Escuché que salió del comedor echando chispas y casi le corta la cabeza a un pobre alumno de primero por llevar el cinturón torcido.

Candice dejó su cubierto sobre el borde del plato y soltó un pequeño suspiro. Sin embargo, para sorpresa de los presentes, sus ojos no reflejaban el cansancio habitual de quien lidia con un dictador, sino una suavidad extraña, casi melancólica.

—Riddle es... intenso, sí —admitió ella, buscando las palabras adecuadas—. Pero no es el dolor de cabeza que todos pintan. Solo es alguien que carga con el peso de sus responsabilidades con demasiada seriedad. — dijo mandándole una mirada significativa a Trey, el cuál se la devolvió disimuladamente, ya que anteriormente habían hablado sobre la infancia de Riddle y lo duro que era para él.

Cater aprovechó el hueco en la conversación, inclinándose hacia adelante con esa sonrisa de "influencer" que ocultaba una curiosidad voraz.

—Pero Candy-chan, ¡vamos! ¡Es súper estricto! —exclamó, gesticulando con su teléfono en la mano—. ¿No te agota que cada frase que sale de su boca sea una regla de la Reina de Corazones? ¡Es un vibe muy pesado!

Candice ladeó la cabeza, pensativa. Trey, que observaba la escena desde su lugar con la calma de un hermano mayor, notó cómo la guardia de la chica bajaba a medida que hablaba de Riddle; sus hombros se relajaron y su mirada se perdió en algún punto de la mesa.

—Es diferente cuando convives con él tanto tiempo, Cater-san —suspiró ella finalmente—. A veces creo que realmente no quiere actuar así... solo que... —hizo una pausa y negó con la cabeza — es complicado.

—¿Y... te parece atractivo? —soltó Ace sin pelos en la lengua, arrojando la sutileza por la ventana con la misma rapidez con la que devoraba su cena.

Candice, que justo en ese momento había decidido tomar un sorbo de jugo, sufrió un espasmo de sorpresa y casi se atraganta. Se llevó la servilleta de tela a los labios, tosiendo con urgencia mientras su rostro se encendía como una braza. No notó cómo, debajo de la mesa, Cater le propinaba un pisotón preventivo a Ace que casi le saca una lágrima.

—¿P-Por qué me preguntas algo así de repente? —tartamudeó, intentando en vano esconder su sonrojo tras la servilleta.

Ace hizo una mueca, tratando de disimular el dolor punzante en su pie, y forzó una sonrisa despreocupada mientras agitaba la mano en el aire.

—Simple curiosidad —gruñó entre dientes, conteniendo las ganas de gritar por el pisotón de Cater—. Solo quería saber si el temperamento de dragón viene con algún beneficio visual.

Candice posó una mano sobre su boca, sintiendo el calor irradiar de sus mejillas. En su mente, la imagen de Riddle —sus ojos decididos, la elegancia de su postura y esa vulnerabilidad que solo ella alcanzaba a vislumbrar— se hizo presente con una claridad abrumadora.

—Pues... por supuesto que lo considero atractivo —murmuró, bajando la voz hasta convertirla en un secreto apenas audible—. Es difícil no hacerlo.

Se quedó mirando su plato, evitando cualquier contacto visual, hasta que Grim decidió intervenir. El pequeño monstruo caminó con paso pomposo sobre la mesa, esquivando platos y vasos hasta quedar frente al rostro de la chica.

—¿Estás enferma, humana? —preguntó Grim, entrecerrando sus ojos azules con una preocupación genuina—. Tienes la cara roja como una manzana asada. ¿Es un virus?

Candice rió con una nota de nerviosismo que no pasó desapercibida para nadie y acarició distraídamente la cabeza de Grim, quien disfrutaba del contacto con los ojos cerrados.

—Estoy bien, Grim. De verdad. Solo hace un poco de calor en este comedor —mencionó, restándole importancia con un gesto rápido.

Ace y Cater intercambiaron una mirada cargada de asombro; estaban sudando frío. La chica estaba siendo tan transparente como el cristal de las tazas de té, pero ella parecía ser la única que no registraba la magnitud de sus propias reacciones. Trey, manteniendo su habitual calma de estratega, decidió intervenir para dar el golpe de gracia, lanzando la pregunta que realmente importaba.

—Dime, Candice —dijo Trey, su voz tranquila cortando el murmullo del ambiente—. Cuando viste a Riddle por primera vez, ¿qué fue lo que pensaste? ¿Y qué es lo que piensas de él ahora que has pasado tiempo con él?

Candice guardó silencio. Una pequeña sonrisa, casi idéntica a la que Riddle solía esbozar en la intimidad de sus pensamientos, se dibujó en sus labios. Sus mejillas se tiñeron de un rosa pálido, dándole un aire de vulnerabilidad que la hacía ver más hermosa que nunca bajo la luz de los candelabros.

—La primera vez que lo conocí...tengo que admitir que me dio miedo —confesó en un susurro, fijando la vista en su vaso de agua como si buscara respuestas en el fondo—. Tenía un temperamento que me recordaba demasiado al de mi padre; esa obsesión por el orden y las reglas me exasperaba.

Mientras hablaba, jugaba con la comida de su plato, formando inconscientemente un corazón con los restos de puré.

—Pero... a medida que pasaba el tiempo, fui notando detalles que jamás habría imaginado. Riddle es dulce a su manera, increíblemente inteligente, disciplinado y... un poco ingenuo —rió suavemente, apoyando la mejilla en su mano con un suspiro soñador—. Es la clase de chico que tienes que escudriñar capa por capa para llegar a entender realmente.

Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa. Ace se quedó con la boca abierta, olvidando cerrar la mandíbula; Deuce bajó la mirada, impresionado por la honestidad de sus palabras, y Cater simplemente guardó silencio, dándose cuenta de que la verdad era mucho más profunda de lo que sus bromas sugerían.

Candice parpadeó, saliendo de su trance. Al notar el silencio general, se enderezó de golpe.

—¡Oh! Lo siento, me puse un poco sentimental, ¿verdad? Qué tonta soy, hablo de él como si fuera... bueno, ya saben.

—Sí... ya sabemos —murmuró Ace algo decepcionado, mirando a Trey con una cara que decía: "Tenías razón".

Trey sonrió para sus adentros. No solo Riddle estaba en problemas; Candice ya había entregado su corazón sin siquiera ser consciente de la entrega. Sin embargo, su sonrisa se desvaneció al notar las leves sombras bajo los ojos de la chica. Su instinto de protección se activó de inmediato.

—Candice —interviniendo con suavidad para cambiar de tema—, te noto un poco pálida hoy. ¿Estás descansando lo suficiente? Conociendo a Riddle, seguro que las tareas del consejo te están robando horas de sueño y más en el estado en el que está.

—No te preocupes, Trey. Estoy bien —respondió ella con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Solo he tenido un poco de insomnio estas últimas noches. La mente no deja de dar vueltas.

Pero justo cuando terminaba la frase, una sensación punzante le subió por la garganta. Fue la misma tos seca y traicionera de semanas atrás. Candice se llevó la mano a la boca, pero el ataque fue inevitable. Se encogió en su asiento mientras tosía con fuerza, haciendo que Ace y Deuce se enderezaran de golpe.

Fue un episodio corto, de apenas unos segundos, pero lo suficientemente intenso como para dejarle los ojos llorosos y un leve tinte rojizo en las mejillas.

—¡Oye! —exclamó Ace, dejando de lado sus bromas—. Esa tos no suena nada bien. Parece que te vas a desarmar en cualquier momento.

—¿Segura que estás bien? —preguntó Deuce, ya medio levantado de su silla—. Deberías ir a ver al profesor Crewel o a la enfermería ahora mismo.

Candice tomó un sorbo rápido de agua, recuperando el aliento. Sus manos temblaban ligeramente sobre el vaso.

—De verdad, no es nada —se excusó rápidamente, evitando la mirada analítica de Trey—. La noche estuvo muy fría y creo que dejé la ventana abierta mientras estudiaba. Es solo un resfriado. Por favor... no le digan nada a Riddle. Ya saben cómo se pone con las reglas de salud y no quiero darle más motivos para estresarse. Menos ahora — dijo en voz baja.

Tray entrecerró los ojos tras sus gafas. Conocía la diferencia entre un resfriado y la fatiga persistente, pero decidió concederle una tregua temporal.

—Está bien —dijo finalmente con tono de advertencia—. Pero si esa tos no desaparece para mañana, yo mismo te llevaré a la enfermería. No quiero que sigas empeorando.

Candice asintió, agradecida por el respiro, sin saber que su cuerpo estaba empezando a dar señales de un agotamiento que ni siquiera su voluntad de hierro podría ocultar por mucho tiempo.

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CAPÍTULO XI

Habían pasado semanas de una guerra de desgaste que parecía no tener fin, un asedio emocional que estaba minando los cimientos mismos de Heartslabyul. El ambiente en el dormitorio se había vuelto asfixiante, casi irrespirable; los estudiantes ya no reían en los pasillos, sino que caminaban de puntillas, temerosos incluso de sus propias sombras, como si el simple sonido de un paso en falso pudiera invocar la furia del soberano. La figura de Riddle se volvía cada día más errática y sombría; su gema mágica, antes de un rojo cristalino, ahora estaba oscurecida por una mancha de tinta espesa y aceitosa que palpitaba con cada uno de sus arrebatos, amenazando con devorar su cordura por completo.

Candice, por su parte, se había convertido en un fantasma de sí misma. La vitalidad que solía irradiar se había evaporado, dejando tras de sí una figura pálida, de movimientos lentos, con ojeras profundas que daban testimonio de sus noches de vigilia y una mirada que solo se encendía por pura voluntad. Estaba agotada, no solo por el insomnio y esa tos persistente que ya no podía ocultar, sino por el uso constante de su magia única.

El punto de quiebre ocurrió una tarde de cielo plomizo en el patio principal.

—¡Ace Trappola! —rugió Riddle, con el rostro congestionado—. ¡Has osado silbar una melodía que no corresponde al día de hoy! ¡La Regla 704 prohíbe las canciones alegres en días nublados! ¡Esto es una falta de respeto al humor de la Reina!

Ace dio un paso atrás, incrédulo.

—¡¿Qué?! ¡Solo estaba tarareando! ¡Riddle, esto ya es pasarse de la raya!

—¡Silencio! —Riddle alzó su cetro con una furia ciega, la energía roja acumulándose violentamente—. ¡Ya he tenido suficiente de tu insolencia! ¡OFF WITH YOUR HEAD!

El rayo de luz roja salió disparado con una fuerza destructiva. Candice, que apenas podía mantenerse en pie, se interpuso con un movimiento mecánico, casi instintivo. Sus dedos se cerraron sobre su Gem Pen con una fuerza que hizo sangrar sus propios nudillos.

—¡Checkmate... of Reason! —susurró con una voz que no era más que un hilo.

La luz azul zafiro estalló, pero esta vez no fue una onda serena. Fue un destello errático, como una bombilla a punto de fundirse. Al absorber la inmensa carga de maná oscuro que Riddle había lanzado en su arrebato, el cuerpo de Candice llegó a su límite absoluto.

El collar de Ace se desintegró antes de cerrarse, pero el silencio que siguió fue aterrador. Candice se quedó inmóvil un segundo, con la mano aún alzada, antes de que un espasmo violento le sacudiera todo el cuerpo.

Se dobló por la mitad. El sonido de su tos no fue el habitual carraspeo seco; fue un estertor húmedo y desgarrador que heló la sangre de todos los presentes. Cuando apartó la mano de su boca, el horror se apoderó del patio.

Gotas de color carmesí brillante salpicaron las baldosas blancas, contrastando con el rojo de las rosas del jardín.

—¡Candice! —el grito de Ace fue el primero en romper el silencio, corriendo hacia ella justo cuando sus rodillas fallaban.

Candice colapsó. Sus ojos se pusieron en blanco mientras perdía el conocimiento antes de tocar el suelo. Ace logró atraparla en sus brazos, sintiendo que el cuerpo de la Vice-líder pesaba menos que una pluma y estaba ardiendo en fiebre.

Riddle se quedó petrificado, con el cetro aún alzado. Al ver la sangre en el suelo y el cuerpo inerte de la única persona que lo había estado enfrentando estos días, la neblina de su mente pareció disiparse por un instante, dejando paso a un terror puro y humano.

—Candice... —murmuró Riddle, su voz temblando mientras el aura ahora roja de su gema palpitaba con fuerza—. Yo... yo no quería...

—¡¿Qué hiciste, Riddle?! —gritó Ace, con lágrimas de rabia en los ojos mientras sostenía a Candice contra su pecho.

Trey y Cater llegaron corriendo, con los rostros desencajados. Trey se arrodilló de inmediato, revisando el pulso de Candice con manos temblorosas.

—¿E-Está muerta? — preguntó Ace con el miedo marcado en su rostro sujetándola con fuerza, su miedo se debía a lo fría de su piel y a la sangre que había tosido antes de desmayarse.

—Está viva, pero su maná está en niveles críticos y sus pulmones... —Trey no terminó la frase, mirando la sangre en sus propios dedos con horror—. ¡Hay que llevarla a la enfermería ahora mismo! ¡Cater, ayuda a Ace a cargarla! — gritó dando la orden — Deuce, ve por el director.

El caos estalló en Heartslabyul. La invencible y tenaz Candice había caído, y con su caída, el último dique que contenía la locura de Riddle Rosehearts acababa de romperse.

La enfermería de la escuela nunca se había sentido tan pequeña. El aire estaba cargado con el olor a antiséptico y el sonido rítmico, pero alarmantemente lento, de los monitores mágicos. Absolutamente todo el dormitorio de Heartslabyul se agolpaba en el pasillo y dentro de la sala; nadie quería marcharse, todos los ojos estaban fijos en la figura pálida y frágil de Candice, que yacía recostada en la camilla inerte.

El Director Crowley estaba inclinado sobre ella. Sus manos, siempre tan seguras y teatrales, temblaban visiblemente mientras mantenía dos dedos sobre el pulso del cuello de la joven.

—Su pulso es... demasiado bajo —susurró Crowley, con una gravedad que borró cualquier rastro de su habitual excentricidad—. Es un milagro que su núcleo mágico no haya estallado.

Riddle estaba de pie al pie de la cama, con el uniforme desaliñado y el rostro desencajado. Su gema, antes opaca y turbia, brillaba ahora con una claridad extraña, casi dolorosa.

—Director... —la voz de Riddle sonó pequeña, quebrada—. No lo entiendo. He usado mi magia miles de veces estas semanas... he estado furioso, fuera de mí. Según los libros, yo debería haber caído en el Overblot hace mucho tiempo. Mi gema debería estar negra como el carbón. ¿Por qué no lo está? ¿Y qué tiene que ver eso con que ella esté... tosiendo sangre?

Crowley se enderezó lentamente y miró a Riddle con una mezcla de lástima y reproche.

—Riddle... la razón por la que no te has convertido en un monstruo de tinta es porque ella se convirtió en tu escudo invisible —sentenció el Director—. La magia única de Candice, "Checkmate of Reason", tiene una función oculta que ella me prohibió revelar.

Todo el dormitorio guardó un silencio sepulcral. Ace, Deuce, Trey y Cater se acercaron, conteniendo el aliento.

—¿A qué se refiere? — preguntó Tray con voz trémula, había notado el cansancio de Candice, pero jamás creyó que la verdadera razón fuera que estaba protegiendo a Riddle.

—Su magia no solo "pausa" tus órdenes —continuó Crowley, señalando la Gem Pen de Candice que descansaba en la mesa, ahora agrietada—. Su hechizo actúa como un filtro osmótico. Cada vez que ella anulaba uno de tus collares, su magia absorbía la mancha de maná oscuro, el Blot, que se generaba en tu gema por tu exceso de ira y magia. Ella drenaba la ponzoña de tu alma y la transfería a su propio cuerpo para purificarte.

Riddle retrocedió un paso, chocando contra la pared.

—¿Ella... absorbió mi oscuridad? — preguntó con incredulidad.

—Sí. Lo hizo durante semanas, varias veces al día, aunque le dije que no lo usara —dijo Crowley, mirando con reproche a la joven inconsciente—. El Blot es veneno puro para un mago. Al no ser su propia magia la que generaba esa mancha, su cuerpo no sabía cómo procesarla. Esas crisis de tos, esa sangre... es el resultado de que sus pulmones y su núcleo mágico se están colapsando bajo el peso de una oscuridad que te pertenecía a ti, Riddle. Ella se está muriendo lentamente para que tú pudieras mantener la cordura.

Ace golpeó la pared con el puño, incapaz de contener la rabia.

—¡Lo sabíamos! ¡Sabíamos que algo iba mal! — gritó con impotencia queriendo ir hacia Riddle para darle un puñetazo y siendo solo detenido por Deuce — Y tú, Riddle, solo seguías gritando y poniendo collares mientras ella se deshacía frente a nosotros. ¡Ella era la única que te amaba lo suficiente como para destruirse a sí misma por ti!

Riddle cayó de rodillas al suelo, ocultando el rostro entre sus manos. El peso de la verdad era más asfixiante que cualquier collar de hierro. Había sido salvado por la persona a la que más había atormentado.

El monitor mágico que registraba las constantes vitales de Candice comenzó a emitir un pitido agudo y desesperado que cortó el aire como un grito. La quietud de la enfermería se transformó instantáneamente en un caos de terror.

El cuerpo de la joven se sacudió bajo las sábanas blancas en un espasmo violento. Una nueva mancha carmesí, más oscura y espesa que las anteriores, brotó de sus labios, empapando la almohada. Sus respiraciones se volvieron estertores erráticos, cortos y sibilantes, como si sus pulmones estuvieran llenos de cristal molido en lugar de aire.

—¡Sus niveles de maná están colapsando! —gritó Crowley, perdiendo por completo su compostura—. ¡Atrás! ¡Todos atrás! ¡Necesita espacio para que el flujo de aire circule!

Los estudiantes retrocedieron en tropel, chocando unos con otros, con los rostros desencajados por el miedo. Deuce se cubrió la boca para no gritar, mientras Cater bajaba la mirada, incapaz de seguir viendo cómo el "brillo" de su amiga se extinguía literalmente ante sus ojos.

Riddle, que seguía de rodillas, gateó hacia el borde de la camilla. Sus manos temblorosas se aferraron a la barandilla de metal.

—¡Candice! ¡Mírame! ¡Por favor! —suplicó Riddle, y por primera vez, su voz de "soberano" no era más que el llanto de un niño aterrado—. ¡No puedes dejarme así! ¡Candice!

En medio del delirio y el dolor, los párpados de la joven se agitaron levemente. Por un segundo, sus ojos se entornaron, pero no veían la enfermería; parecían perdidos en un abismo de sombras. Sus labios, teñidos de sangre, se movieron apenas para formar un susurro, una sola palabra que cargaba con todo el peso de su sacrificio.

—...Riddle...

Fue un llamado suave, carente de reproche, casi una caricia al aire. Tras pronunciar su nombre, la tensión abandonó su cuerpo de golpe. Su cabeza cayó pesadamente de lado y el monitor pasó de un pitido intermitente a una nota larga y plana. Se había desmayado nuevamente, pero esta vez, el silencio que dejó era mucho más profundo, como si su alma hubiera quedado exhausta de tanto proteger.

—¡No! —rugió Ace, apartando a Crowley para intentar acercarse—. ¡No puede terminar así! ¡Riddle, haz algo! ¡Se supone que eres el más poderoso, haz algo!

Riddle no respondió. Se quedó mirando fijamente la mano inerte de Candice, que colgaba de la camilla. La comprensión de que ella lo había llamado incluso en su último aliento, después de que él la hubiera llevado al borde de la muerte, fue el golpe final.

La gema de Riddle comenzó a emitir un brillo negro intermitente. La oscuridad que Candice ya no podía absorber empezó a desbordarse, pero no era una furia hacia los demás, sino un odio devastador hacia sí mismo.

El pitido constante del monitor cardíaco golpeaba los oídos de todos como una sentencia de muerte. El Director Crowley, con el sudor perlando su frente bajo la máscara, se enderezó y extendió sus brazos, haciendo que su capa se agitara con una energía autoritaria que no admitía réplicas.

—¡Escúchenme bien! ¡No permitiré que un estudiante de mi prestigiosa academia perezca bajo mi custodia! —rugió Crowley, recuperando su determinación—. Candice ha absorbido una cantidad de maná oscuro que su cuerpo no puede procesar sola. Su núcleo mágico está vacío de energía pura y lleno de veneno. ¡Necesitamos realizar un Ritual de Transferencia de Maná de Emergencia!

Los alumnos se miraron entre sí, confundidos y asustados. Trey fue el primero en dar un paso al frente, ajustándose las gafas con firmeza.

—Díganos qué hacer, Director. Ella lo dio todo por nosotros, no la dejaremos ahora. — en seguida una afirmación de todos los estudiantes de Heartslabyul apoyaron la decición.

—¡Formen un círculo alrededor de la camilla! —ordenó Crowley—. Riddle, tú debes estar a la cabecera. Tu conexión con el Blot que ella absorbió es la clave para extraer la oscuridad. El resto de ustedes, pongan sus manos sobre el hombro del compañero que tengan al lado. Necesito que canalicen su energía mágica pura a través de mí. Yo actuaré como el catalizador para filtrar el maná y entregárselo a Candice como aire fresco para sus pulmones.

Ace, Deuce y Cater, seguidos por todos los estudiantes de Heartslabyul, formaron una cadena humana que rodeó la cama de la enfermería. Riddle, con los ojos rojos de tanto llorar, tomó la mano inerte y fría de Candice entre las suya, mientras que Yuu y Crim miraban la escena un poco lejos para no interferir.

—¡Ahora! ¡Concentren sus pensamientos en su recuperación! —gritó Crowley mientras su propia Gem Pen brillaba con una luz dorada cegadora.

El círculo comenzó a brillar. Una corriente de energía multicolor —el azul de Deuce, el naranja de Cater, el verde de Trey y el rojo de Ace— empezó a fluir hacia el Director. Crowley, con un esfuerzo sobrehumano, transformó ese torrente de magia en una suave neblina de color zafiro, similar a la magia única de Candice.

Riddle sintió una sacudida eléctrica. Al tocar a Candice, la oscuridad que ella había guardado empezó a salir de su cuerpo en forma de hilos negros que se disolvían al contacto con la luz del ritual.

¡Resiste, Candice! ¡Por favor, vuelve! —suplicó Riddle en un susurro, apretando su mano—. No me dejes solo con este peso... ¡te necesito!

La habitación se llenó de un vendaval de magia. El monitor cardíaco, que había mantenido esa nota larga y aterradora, comenzó a emitir pitidos erráticos de nuevo, que poco a poco se volvieron rítmicos. Las heridas internas de la joven empezaron a sanar bajo el influjo de la energía combinada de todo el dormitorio.

Finalmente, con un último destello, el ritual terminó. Crowley cayó de rodillas, agotado, mientras la luz se desvanecía. Un silencio expectante reinó en la sala hasta que se escuchó un sonido débil pero claro: el suspiro profundo de Candice, cuyos pulmones finalmente se llenaban de aire limpio.

El ritual había dejado a todos exhaustos, pero la marea negra que asfixiaba el núcleo de Candice finalmente se había retirado. El dormitorio, siguiendo las órdenes de Crowley y la insistencia de Trey, se retiró a descansar, dejando la enfermería en un silencio sepulcral, roto solo por el suave pitido del monitor mágico.

Riddle no se movió de su silla. Se negó a soltar la mano de Candice, que ahora se sentía un poco más cálida. El joven Líder, siempre tan impecable, tenía el cabello revuelto y el uniforme arrugado, pero no le importaba. Sus ojos grises, fijos en el rostro sereno de su Vice-líder, reflejaban una promesa solemne.

—Si despiertas... —susurró Riddle, acercando la mano de ella a su frente—, te juro que las reglas ya no serán cadenas. Te prometo, Candice, que nunca más volveré a usar mi magia única de esta forma. No volveré a dictar una sentencia que te obligue a interponerte.

Prefiero perder mi autoridad antes que perderte a ti.

—Solo por favor... despierta — suplicó con la voz quebrada.

En ese momento, la puerta se abrió con un chirrido casi imperceptible. Yuu y Grimm entraron con sigilo. Yuu llevaba algo pequeño y peludo entre sus brazos que se movía con desesperación.

—¿Yuu? ¿Grim? ¿Qué hacen aquí a estas horas? —inquirió Riddle, tratando de recuperar una compostura que ya no tenía.

—Trajimos a alguien que también estaba muy preocupado —respondió Yuu con suavidad.

El pequeño conejo blanco, la mascota de Candice, soltó un chillido sordo y se removió con fuerza en los brazos de Yuu hasta que logró saltar. Con una agilidad sorprendente, el animalito aterrizó sobre la camilla y corrió a refugiarse en el hueco del cuello de Candice, lamiendo su mejilla y emitiendo pequeños ruidos de añoranza.

Riddle parpadeó, completamente desconcertado por la presencia del animal.

—¿De quién es ese conejo? —preguntó Riddle, frunciendo el ceño—. Las mascotas no están permitidas en las habitaciones de los estudiantes según la Regla 562, a menos que...

—Es de Candice, Riddle —lo interrumpió Yuu con una sonrisa triste—. Lo trajo a escondidas desde el principio. Es su mejor amigo.

Riddle guardó silencio, mirando al pequeño animal que ahora se acurrucaba junto al rostro de la joven. La mención de la regla 562 murió en su garganta. Se dio cuenta de cuántas cosas pequeñas y humanas de Candice había ignorado por estar sumergido en su manual de leyes.

—A escondidas... —repitió Riddle, extendiendo un dedo con extrema lentitud para acariciar las orejas del conejo.

El conejo no huyó; al contrario, olfateó los dedos de Riddle y luego volvió a su vigilia junto a Candice. Riddle suspiró, sintiendo una extraña paz al ver que no era el único que esperaba su regreso.

—La cuidaré —le dijo Riddle al conejo—. No me iré hasta que ella abra los ojos. —prometió mirando al conejo acurrucarse contra su dueña mientras que él acercaba la silla a la camilla y acomodaba su cabeza en el colchón de la camilla.

Chapter 12: Capítulo XII

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CAPÍTULO XII

El primer rayo de sol del amanecer se filtró por las altas ventanas de la enfermería, pintando motas de polvo dorado en el aire. El silencio de la mañana era absoluto, solo interrumpido por el suave y rítmico respirar de quienes habitaban la habitación.

Candice abrió los ojos lentamente. Sus párpados se sentían pesados y su garganta aún guardaba un rastro del ardor metálico de los días anteriores, pero la presión asfixiante en su pecho finalmente había desaparecido. Lo primero que sintió fue un calor suave y peludo contra su mejilla: Bunny, su pequeño conejo, dormía profundamente acurrucado junto a ella.

Confundida, intentó moverse, pero notó que su mano derecha estaba atrapada.

Al girar la cabeza, su corazón dio un vuelco. Riddle estaba allí, sentado en una silla incómoda y con el cuerpo vencido sobre el borde de la camilla. Tenía los dedos entrelazados con los de ella, como si incluso en sueños temiera que ella pudiera desvanecerse. Sin su habitual expresión severa o su ceño fruncido, Riddle parecía mucho más joven, casi frágil bajo la luz matutina.

Candice lo observó durante unos minutos en silencio. Verlo así, tan vulnerable y dedicado a su cuidado, le provocó una ternura que borró cualquier rastro de dolor. Con una debilidad extrema pero con una dulzura infinita, alzó su mano libre y rozó con las yemas de sus dedos los mechones escarlata de Riddle. Su cabello era suave, mucho más de lo que ella hubiera imaginado.

—Riddle... —susurró ella, apenas un aliento. Era la primera vez que se dirigía a él on un tono informal.

Al sentir el roce y escuchar su nombre, Riddle se tensó. Sus ojos se abrieron de golpe, nublados por el sueño, pero se aclararon instantáneamente al enfocar lo que tenía delante. Se incorporó con brusquedad, y allí estaba ella: despierta, con el rostro pálido pero iluminado por una sonrisa angelical y llena de vida.

—¿Candice? —la voz de Riddle se quebró. Se quedó paralizado, cara a cara con ella, a escasos centímetros de distancia—. ¿Estás... estás despierta de verdad?

—Hola, Riddle —respondió ella, ensanchando su sonrisa mientras seguía acariciando su mejilla—. Siento haberte asustado.

Riddle no pudo contenerse más. Ignorando toda etiqueta, toda regla de decoro y su propio orgullo, apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos con fuerza mientras las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas.

—No vuelvas a hacerlo —sollozó él, apretando su mano—. No vuelvas a sacrificarte por un tonto como yo. Creí que te había perdido para siempre.

Candice se sorprendió al verlo llorar, pero luego sonrió.

—Lo volvería a hacer una y otra vez si eso significa que estarás a salvo. — dijo Candice acariciando el cabello de su nuca.

Candice sintió las lágrimas cálidas de Riddle cayendo sobre su piel de su brazo y, con un suspiro de alivio, comprendió que el muro de hielo que rodeaba el corazón de su Líder finalmente se había derretido por completo.

Riddle permaneció así, con la frente apoyada contra la de ella, dejando que el silencio de la enfermería sellara la promesa que acababa de hacerse a sí mismo. Cuando finalmente se separó un poco, sus ojos grises, antes fríos y cortantes como el diamante, brillaban con una determinación completamente nueva.

—Candice, he sido un necio —comenzó a decir, sin soltar su mano—. Durante semanas te vi desfallecer y mi orgullo no me dejó ver que eras tú quien sostenía mi cordura. Pero eso se acabó.

Candice lo escuchaba en silencio, acariciando distraídamente las orejas de Bunny, quien se había despertado y ahora los observaba con curiosidad.

—He decidido que Heartslabyul no puede seguir viviendo bajo el peso de 810 reglas absurdas —continuó Riddle con un entusiasmo que nunca antes había mostrado—. Voy a revisar el reglamento. Aquellas reglas que no tengan sentido o que solo causen miedo, serán abolidas. Quiero que este dormitorio sea un hogar, no una prisión. Y sobre todo... —Riddle hizo una pausa, su rostro se iluminó—, la Fiesta de "No Cumpleaños" no se cancelará. Ordenaré a Trey y Cater que detengan los preparativos actuales; la celebraremos en el momento exacto en que tú recibas el alta.

Candice sintió que el corazón se le llenaba de una calidez que ninguna magia única podría igualar. Ver a Riddle así, hablando de planes futuros con esa chispa de alegría y humanidad, la hizo sonreír de una manera tan pura que Riddle se quedó sin aliento. Estaba cambiado; el peso de la corona ya no parecía aplastarlo.

—Riddle... —susurró ella interrumpiendo su discurso, conmovida por su cambio—. Gracias.

Riddle comenzó a enumerar con emoción los tipos de tartas que Trey estaba preparando y cómo pensaba decorar los jardines sin forzar a nadie, pero Candice ya no podía simplemente escuchar. Con la poca fuerza que tenía, se incorporó levemente y tomó el rostro de Riddle entre sus manos con una suavidad infinita.

Él se interrumpió a mitad de una frase sobre el té de hierbas, sorprendido por el contacto. Candice lo atrajo hacia ella y, sin decir una palabra, unió sus labios a los de él en un beso profundo y anhelado.

Riddle se tensó por una fracción de segundo, pero de inmediato se fundió en el beso, rodeando la cintura de Candice con sus brazos para sostenerla, temiendo que fuera un sueño. Fue un beso que detuvo el tiempo, donde el sabor metálico del dolor pasado fue reemplazado por la dulzura de la esperanza. Se quedaron así, perdidos el uno en el otro durante varios minutos, sintiendo cómo sus corazones finalmente latían al mismo ritmo.

—¡Ya llegamos! ¡Trajimos los mejores sándwiches de la cafetería y...! —la voz de Grim retumbó en la habitación mientras la puerta se abría de par en par.

Yuu entró justo detrás, sosteniendo una bandeja con bebidas y comida. Ambos se quedaron congelados en la entrada al ver la escena: el severo e impecable Líder de Heartslabyul y su Vice-líder en un abrazo íntimo y romántico.

—¡Ffghaa! —exclamó Grimm, dejando caer casi su trozo de atún—. ¡El director no dijo que el ritual incluía besos!

Riddle se separó de golpe, con el rostro volviéndose de un rojo tan intenso que rivalizaba con su propio cabello, mientras Candice soltaba una risita suave y melodiosa, recostándose de nuevo en la almohada con un brillo de felicidad que indicaba que, por fin, todo iba a estar bien.

Yuu avanzó hacia la camilla con una calma envidiable, depositando la bandeja de comida en la mesa auxiliar con movimientos metódicos. Sus ojos brillaron con un destello de diversión que solo Candice pudo captar, pero su voz permaneció perfectamente neutra, decidiendo ignorar deliberadamente el hecho de que acababa de encontrar al Líder de Dormitorio más estricto de la historia en una situación digna de una novela rosa.

—Me alegra ver que el color ha vuelto a tus mejillas, Candice —dijo Yuu, acomodando las servilletas con una sonrisa amable—. ¿Cómo te sientes? ¿Todavía tienes esa sensación de ardor en los pulmones o el ritual del Director realmente funcionó?

Candice, que aún intentaba procesar el hecho de que su rostro ardía más que su garganta por la vergüenza, asintió con rapidez.

—Estoy... mucho mejor, Yuu. De verdad. Siento como si finalmente pudiera respirar aire limpio.

Sin embargo, la calma duró poco. Grim, que no conocía el significado de la palabra "discreción", saltó sobre la camilla con la fuerza de un proyectil de pelaje gris.

—¡A un lado! ¡El gran Grim tiene que inspeccionar los daños! —exclamó, lanzándose directamente al regazo de Candice.

Pero el regazo ya tenía dueño. Bunny, el pequeño conejo, se despertó sobresaltado y, al ver al monstruo invadiendo su territorio, se puso en pie de guerra. Lo que siguió fue una batalla campal de ternura y garras: Bunny soltó un pequeño bufido y trató de empujar a Grim con su nariz, mientras el felino intentaba hacerse un hueco a base de codazos.

—¡Oye! ¡Quita a esta bola de algodón de mi camino! —gruñó Grim, forcejeando contra el conejo—. ¡Yo soy el monstruo de confianza aquí! ¡Yo fui quien trajo los sándwiches, no este devorador de zanahorias!

Candice soltó una carcajada auténtica, abrazando a ambos animales para intentar calmarlos mientras Bunny le propinaba un rápido "pataleo" de protesta al pecho de Grim.

—¡Tranquilos, hay espacio para los dos! —rio ella, aunque terminó un poco sofocada por el peso de ambos en su abdomen.

Riddle, que seguía de pie junto a la cama con el rostro todavía teñido de carmín, observaba la escena con una mezcla de indignación y desconcierto. Ver a Candice siendo aplastada por un mapache parlante y un conejo mientras Yuu preguntaba por su salud como si no hubiera pasado nada lo dejó fuera de juego.

Un vaso extendido hacia su rostro hizo que desviara la mirada hacia Yuu, quien sostenía un vaso de agua frente a él.

—Tú también necesitas beber algo — respondió Yuu — estuviste cuidándola toda la noche.

Riddle parpadeó, recuperando su compostura a duras penas ante la exigencia de Grim.

—¡Grim! ¡Modales! —exclamó Riddle por puro instinto, aunque su voz carecía de la mordacidad habitual—. Y... gracias, Yuu. La verdad estoy un poco cansado. — admitió llevando su mano tras su cuello — pero me tranquiliza saber que Candice ya está bien.

Riddle miró a Yuu sobre la cabeza de un muy indignado Grim y un triunfante Bunny. El intercambio de miradas entre ellos lo decía todo: el secreto de lo que pasó en esa enfermería estaba a salvo con Yuu, pero la nueva era de Heartslabyul acababa de comenzar de la forma más caótica posible.

La puerta de la enfermería se abrió una vez más, pero esta vez con un chirrido mucho más controlado y elegante. Trey y Cater entraron cargados de cestas y suministros, como si estuvieran preparándose para un asedio o para la fiesta más improvisada de la historia del colegio.

—¡Candy! ¡Por fin has vuelto al mundo de los vivos! —exclamó Cater, dejando una cesta llena de frutas y dulces sobre la mesa, mientras su mano libre ya buscaba instintivamente su teléfono—. No tienes idea de lo aburrido que ha sido el dormitorio sin tu sentido común para frenar a estos dos. — dijo señalando a Ace y Grim — ¡Casi subo un post de "luto estético", pero sabía que me regañarías!

Trey, por su parte, traía consigo el aroma inconfundible de su panadería: una bandeja de cruasanes recién horneados y una tetera humeante que desprendía un perfume de manzanilla y miel. Se acercó a la camilla con una sonrisa cálida, observando con alivio cómo Candice lidiaba con el peso de Grim y Bunny.

—Me alegra mucho que estés mejor, Candice —dijo Trey, ajustándose las gafas con un brillo de sincera satisfacción—. Nos diste un susto que ni siquiera las 810 reglas de Riddle podrían explicar. Te he traído algo ligero para que recuperes fuerzas; son las tartas de crema que tanto te gustan, sin demasiada azúcar para no irritar tu garganta.

Candice sintió que se le humedecían los ojos ante la presencia de sus amigos.

—Gracias, de verdad... a todos —respondió ella con la voz todavía un poco aterciopelada—. Siento haber causado tantos problemas.

—¿Problemas? —Cater soltó una risita, lanzando una mirada fugaz al rostro de Riddle, que todavía conservaba un rastro de rubor—. Si supieras el drama que hemos vivido... Pero bueno, lo importante es que el Vice-líder está de vuelta en el equipo. ¡Heartslabyul no funciona sin ti!

Trey colocó una mano en el hombro de Riddle, un gesto de apoyo silencioso que el Líder aceptó sin protestar. El ambiente en la habitación, que hace apenas unas horas era de pura angustia, se transformó en un picnic improvisado sobre las sábanas blancas de la enfermería.

Candice se recostó en la almohada, rodeada por el calor de sus amigos, el ronroneo de Grim y la mirada protectora de Riddle. Por primera vez en semanas, no sentía el peso del deber ni el dolor de la magia agotada. Solo sentía que, finalmente, estaba en casa.

Chapter 13: Capítulo XIII

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CAPÍTULO XIII

Los días siguientes en la enfermería fueron los más coloridos y bulliciosos que el lugar recordara. La habitación de Candice se transformó en un jardín improvisado, lleno de flores enviadas por los clubes de la escuela y tarjetas de agradecimiento de casi todos los miembros de Heartslabyul.

Trey venía todas las mañanas con dulces especiales, bajos en azúcar y fáciles de digerir, vigilando su salud con la mirada de un hermano mayor protector. Cater, por su parte, no dejaba de mostrarle los "Magicams" de apoyo que el dormitorio entero había organizado, aunque esta vez respetaba la privacidad de Candice sin tomar fotos de ella en la cama.

—¡Mira esto, Candy-chan! —decía Cater entusiasmado—. ¡El hashtag #GetWellSoonCandice es tendencia en el campus!

Ace y Deuce eran visitantes frecuentes. Ace solía sentarse al borde de la silla, todavía un poco avergonzado por sus momentos de sentimentalismo, mientras Deuce le contaba con orgullo cómo estaba ayudando a limpiar los rosales sin que nadie se lo ordenara. Incluso Grimm, que normalmente era egoísta con su espacio, se subía a la camilla y se acurrucaba sobre las piernas de Candice, ronroneando mientras ella le rascaba detrás de las orejas.

—Solo me quedo aquí porque la cama es cómoda, ¿sabes? —mentía Grimm, cerrando los ojos con placer y ronroneando bajo las caricias de la joven.

Sin embargo, el momento más esperado de cada día era cuando la puerta se abría con una firmeza familiar. Riddle entraba, ya no con el aire de un monarca severo, sino con la elegancia de un joven que finalmente ha encontrado su centro. Se acercaba a la camilla, revisaba con ojo crítico las pociones que le quedaban por tomar y le preguntaba con voz suave:

—¿Cómo te sientes hoy, Candice? ¿El dolor en el pecho ha disminuido? ¿Necesitas que le pida a Crowley algún libro de la biblioteca personal?

Candice, con el rostro recuperando su brillo natural, le sonreía con una dulzura que siempre terminaba por desarmarlo. Cuando él se inclinaba para ajustar las sábanas o entregarle algún reporte del dormitorio, ella aprovechaba la cercanía para depositar un casto beso en su mejilla.

Riddle, a pesar de que ya habían compartido un beso profundo, nunca lograba acostumbrarse del todo a esas muestras públicas de afecto. Cada vez que sentía los labios de Candice en su piel, un rubor escarlata subía por su cuello hasta las puntas de sus orejas, haciéndolo carraspear y tratar de recuperar la compostura.

—E-está bien... —murmuraba Riddle, acomodándose la corona, que ahora parecía mucho más ligera—. Me alegra ver que tu energía está volviendo. Date prisa en recuperarte, por favor.

El ambiente en Heartslabyul había cambiado. El miedo se había disipado, dejando paso a un respeto genuino. Todos sabían que la paz que ahora disfrutaban se debía al sacrificio de la chica que descansaba en esa cama y a la redención del joven que nunca se separaba de su lado.

El último día de Candice en la enfermería transcurrió entre risas suaves y una paz que el dormitorio de Heartslabyul no había conocido en años. Riddle pasó toda la tarde sentado a su lado; ya no hablaban de reglamentos ni de castigos, sino de sus flores favoritas, de sus hobbies y de los sueños que tenían para el futuro del dormitorio.

En un momento de silencio cómodo, Candice tomó aire y miró a Riddle con una profundidad que lo hizo estremecerse.

—Riddle... tengo algo para ti —dijo ella con voz dulce, estirando la mano hasta la mesita de noche que estaba a un lado de su camilla buscando algo entre sus pertenencias.

Riddle parpadeó, sorprendido. La timidez, un sentimiento que apenas estaba aprendiendo a manejar, tiñó sus mejillas.

—¿Un regalo? Candice, tú ya me has dado demasiado. No era necesario que... ¿qué es? —preguntó, bajando la voz.

Candice no respondió con palabras. Tomó la mano derecha de Riddle y, con una delicadeza infinita, colocó sobre su palma el cristal de su Gem Pen, la gema azul zafiro que contenía el núcleo de su magia única, "Checkmate of Reason", ya reparada.

Al sentir el contacto del cristal frío pero vibrante de energía, Riddle abrió los ojos de par en par y retiró la mano instintivamente, como si se hubiera quemado.

—No... ¡No puedo aceptarlo! —exclamó con angustia—. Candice, este cristal es tu fuente de poder. Si me lo das... si yo lo guardo conmigo, nunca más podrás invocar tu magia única.

Candice sonrió con una serenidad que lo dejó sin aliento. Volvió a cerrar los dedos de Riddle sobre la gema, obligándolo a sostenerla.

—Lo sé —respondió ella suavemente—. Pero mientras estaba inconsciente, en esa oscuridad, te escuché. Escuché tu promesa, Riddle. Prometiste que si yo despertaba, jamás volverías a usar tu magia de forma injusta para que yo no tuviera que usar la mía.

Riddle bajó la mirada, abrumado por el recuerdo de su propia desesperación en la enfermería.

—No hay mayor promesa de amor que esta —continuó Candice, acariciando el dorso de su mano—. Te estoy confiando lo más poderoso que tengo, mi magia, porque confío en tu palabra y en el hombre que eres ahora. Además, quiero que la tengas tú. Así, cuando estemos lejos cumpliendo con nuestros deberes como Líder y Vice-líder, siempre me tendrás cerca de ti. Mi magia estará contigo, protegiéndote como tú prometiste protegerme a mí.

Riddle sintió un nudo en la garganta. Miró la gema transparente que ahora brillaba con una luz cálida en su mano y luego miró a Candice. La comprensión de que ella estaba entregando su poder como un acto de fe absoluta en su redención lo conmovió hasta las lágrimas.

—La cuidaré con mi vida —juró Riddle, acercando la mano de ella a sus labios para besarla con devoción—. Y te prometo, Candice, que nunca te daré una razón para que desees tenerla de vuelta. Seré el líder que este dormitorio merece, y el hombre en el que has decidido confiar.

Bajo la luz del atardecer que marcaba el fin de su estancia en la enfermería, ambos sellaron ese pacto de amor y confianza con un beso, sabiendo que a partir de ese momento, sus destinos y sus magias estarían unidos para siempre.

Riddle inclinó su cuerpo hacia ella, apoyando su frente contra la de Candice en un gesto de vulnerabilidad compartida. Sus respiraciones se acompasaron y las puntas de sus narices se rozaron apenas, mientras sus dedos permanecían entrelazados como si buscaran anclarse el uno al otro. El mundo exterior parecía haberse disuelto, dejando solo el silencio reconfortante de la enfermería.

Esa burbuja de paz estalló con un golpe seco en la madera.

La puerta se abrió lo justo para dejar ver el rostro del director Crowley. Al notar la cercanía de los alumnos, carraspeó con una rigidez impropia de él, rompiendo el hechizo con una incomodidad evidente.

—Señorita Candice —anunció, dando un paso al frente mientras evitaba la mirada inquisitiva de Riddle—. Tiene una visita.

Candice miró hacia la puerta con curiosidad.

Crowley se hizo a un lado con un movimiento casi servil. En el umbral apareció una silueta cuya presencia pareció absorber el calor de la habitación. Candice se tensó al instante; el poco color que quedaba en sus mejillas huyó de golpe, dejándola de un blanco sepulcral. El pánico fue tan súbito que sus dedos se cerraron sobre las manos de Riddle con una fuerza desesperada, casi dolorosa.

Alistair Lidell entró en la estancia. Su postura era una línea recta e impecable, una columna de severidad que dominaba el espacio. El cristal de su monóculo captó la luz de las lámparas, ocultando parcialmente esos ojos fríos y distantes que recorrieron la escena con un desprecio clínico: primero a su hija postrada y luego, con una pausa gélida, al joven que sostenía su mano.

—Crowley —la voz de Alistair cortó el aire como un bisturí—. Quisiera unos momentos a solas con mi hija.

—P-pero… Alistair —balbuceó el director, jugueteando con los bordes de su capa—. Candice todavía está bajo observación y el protocolo de la escuela indica…

—Ahora. — sentenció.

La palabra no fue un grito, sino un mandato absoluto que no admitía réplica. Crowley suspiró, lanzándole a Candice una mirada cargada de disculpa y pesar antes de dirigirse al líder de Heartslabyul.

—Joven Rosehearts, acompañéme. Este es un asunto de índole privada que no nos compete.

Riddle no se movió de inmediato. Apretó las manos de Candice, sintiendo su temblor. Por dentro, su sangre hervía; su instinto le gritaba que no la dejara a merced de aquel hombre cuya sola presencia parecía marchitarla. Sin embargo, frente a él estaba el patriarca Lidell, y en el estricto código de Riddle, la jerarquía familiar era un muro difícil de saltar.

Con el corazón pesado, Riddle comenzó a levantarse. Candice intentó aferrarse a él, sus dedos rozando la tela de su uniforme en un mudo ruego de auxilio. Antes de soltarla por completo, Riddle tomó una de sus manos frágiles, la llevó a sus labios y depositó un beso casto pero firme sobre su piel.

—Estaré justo detrás de esa puerta, no te dejaré sola —le prometió en un susurro cargado de una determinación que esperaba que ella pudiera sentir.

Sin una palabra más, y bajo la mirada gélida de Alistair, el director y Riddle abandonaron la habitación. El eco del cierre de la puerta resonó como una sentencia, dejando a Candice a solas con el silencio de su padre.

El silencio que siguió al cierre de la puerta fue más asfixiante que cualquier grito. Alistair no se acercó a la camilla de inmediato; en su lugar, se dedicó a alisar una arruga invisible en su guante de seda, manteniendo una distancia calculada que subrayaba el abismo emocional entre ambos. El tic-tac del reloj de la enfermería parecía marcar el ritmo de un juicio inminente.

Candice hundió los dedos en las sábanas, buscando desesperadamente el rastro del calor que Riddle había dejado tras de sí. El vacío en el colchón se sentía como una sentencia.

—Padre... —susurró ella, con la voz quebrada por una mezcla de miedo y una esperanza residual que se negaba a morir—. Yo... no esperaba que vinieras hasta la escuela. Tan lejos de la mansión.

—¿Es que acaso se me tiene prohibido el paso? —preguntó él de manera cortante. Sus ojos no buscaban los de su hija, sino que recorrían la habitación con una mueca de desdén, como si la sola presencia de una institución pública le ofendiera los sentidos.

—No es eso, yo solo pensé que estarías ocupado con el consejo y...

—Ahórrate las excusas y las conjeturas, Candice —la interrumpió Alistair. Finalmente dejó de juguetear con su guante, pero no para mirarla a ella, sino para tomar el informe médico que reposaba al pie de la cama. Lo hojeó con la misma frialdad con la que se revisa una factura de gastos mal calculada—. Mi tiempo es un recurso limitado. Si he cruzado el país, no ha sido por un capricho de preocupación doméstica.

Candice sintió un nudo amargo en la garganta. El pequeño brillo de ilusión en sus ojos se extinguió, dejando paso a una mirada opaca y vencida.

—¿Entonces a qué has venido? —preguntó, aunque el frío en su pecho ya conocía la respuesta.

Alistair se giró hacia ella. El monóculo brilló con una frialdad metálica, devolviendo una imagen distorsionada de la joven postrada.

—He venido a realizar la revisión trimestral de tu progreso en Heartslabyul —declaró con una solemnidad gélida—. Según los informes que he recibido del decano, tu desempeño en el cumplimiento de las normas del Rey de Corazones ha sido... mediocre. —Masclulló la palabra como si fuera un sabor amargo—. Y ahora, este "incidente". Estar postrada en una cama de enfermería no es más que una interrupción ineficiente en tu formación. Una pérdida de tiempo y capital.

Candice bajó la cabeza, dejando que su cabello ocultara su rostro. No estaba allí porque ella estuviera herida; él estaba allí para evaluar una inversión. Para medir si su "herramienta" seguía siendo útil para el prestigio de la familia Lidell.

—¿Eso es todo lo que te importa? —murmuró ella, con una nota de tristeza que apenas podía contener—. ¿Mi evaluación? ¿Unos números en un pergamino?

Alistair arqueó una ceja, impasible.

—Es lo único que justifica tu estancia aquí. Mírate... tal parece que toda la formación y esas clases particulares avanzadas en las que invertí fueron en vano. —Su tono bajó a una decepción hiriente—. Te envié aquí para que demostraras el honor del apellido Lidell, para que fueras el estándar de la excelencia. Y en lugar de eso... ¡¿qué has estado haciendo?! —El grito súbito hizo que Candice brincara en su sitio, encogiéndose contra el respaldo de la cama.

Alistair soltó un bufido, negando con la cabeza mientras se alejaba un paso, como si su propia hija fuera una mancha en su historial.

—No puedo creerlo. Estoy profundamente decepcionado —se lamentó—. No solo no has progresado, sino que has malgastado tu estancia aquí en sentimentalismo barato y debilidades físicas.

Candice no lo resistió más. Levantó la mirada, con los ojos anegados en lágrimas, pero con una chispa de fuego que Alistair no reconoció.

—Jamás voy a ser lo suficientemente buena para ti, ¿verdad? —declaró con la voz temblorosa, clavando la mirada en su progenitor—. Da igual si obtengo la excelencia o si sigo todas las reglas.

—Por favor, evita hacer un drama teatral sobre esto. No estamos en la ópera.

—¡Pero es la verdad! —rio Candice con una amargura histérica, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas—. Nunca fue suficiente. Nada de lo que hacía llenaba tus expectativas. Siempre catalogabas mis logros como insulsos, mediocres o insuficientes. ¡Nunca me preguntaste qué era lo que yo quería! Solo me lo impusiste, me obligaste a seguir tus pasos como si fuera una sombra sin voluntad.

—¿Y dejar que arruinaras tu vida tomando las peores decisiones? —replicó él, endureciendo el rostro—. Deberías agradecerme que me tomé la molestia de diseñar un futuro para alguien tan errática como tú.

—El futuro que  quieres —masculló ella, apretando las sábanas con fuerza—. ¡Nunca fui dueña de nada! ¡Ni de mi tiempo, ni de mis sueños, ni de mi propia salud!

—¡No me hables en ese tono! —rugió Alistair, dando un paso violento hacia la cama.

—¡Y tú deja de tratarme como a una niña, ya no lo soy! —gritó ella, poniéndose a la defensiva.

—¡¿Cómo te atreves?!

Alistair Lidell levantó su mano, el guante de seda silbando en el aire dispuesto a sellar la discusión con una bofetada, cuando la puerta se abrió de par en par con un golpe seco.

Riddle Rosehearts entró en la habitación. No gritó, pero su sola presencia llenó la estancia con una autoridad roja y vibrante que incluso Alistair tuvo que reconocer. El joven pelirrojo se interpuso entre la camilla y el hombre, erigiéndose como un escudo humano de voluntad inquebrantable.

—No se atreva —soltó Riddle. Su voz no era un grito, era un siseo cargado de una indignación contenida que hacía vibrar el aire.

Alistair ajustó su monóculo, mirando a Riddle con una curiosidad despectiva, como si fuera un insecto molesto que interrumpía una transacción importante.

—¿Disculpe? Joven Rosehearts, creí que el director le había indicado que este asunto es familiar y, por lo tanto, no le competía.

—Me compete más que a nadie —replicó Riddle, dando un paso al frente, con los puños apretados a los costados y la mirada encendida—. Como líder de esta residencia y como... —se detuvo un segundo, antes de recuperar la firmeza—... como alguien que no permitirá que se ignore la dignidad de un estudiante bajo mi cuidado. No dejaré que le ponga un dedo encima. Salga de aquí. Ahora.

—Le ruego, joven Rosehearts —dijo Alistair con una sonrisa gélida y prepotente—, que no me diga cómo debería tratar a mi propia hija. Usted, mejor que nadie, debería saber lo que ocurre cuando se rompen las reglas de la jerarquía.

La atmósfera en la enfermería se volvió eléctrica. Alistair Lidell no retrocedió; en su lugar, enderezó la espalda, aprovechando su altura para mirar a Riddle por encima del hombro, como quien observa una pieza de ajedrez que se ha movido por cuenta propia.

—La jerarquía, joven Rosehearts, es precisamente lo que me da la autoridad aquí —replicó Alistair con una calma exasperante—. Usted es un estudiante brillante, sí, pero no deja de ser un niño jugando a ser rey. Yo soy el patriarca de un linaje que ayudó a cimentar los privilegios de los que usted disfruta hoy. Mi hija es propiedad de ese linaje, no de su residencia.

Riddle sintió que la sangre le hervía bajo la piel. Aquella palabra —propiedad— resonó en sus oídos como el eco de sus propios traumas. Dio un paso más, acortando la distancia hasta que apenas unos centímetros de aire cargado de magia lo separaban del hombre.

—En Heartslabyul seguimos las reglas del Rey de Corazones —dijo Riddle, con una voz tan afilada como una guillotina—. Y la regla número ochocientos dos es clara: «Nadie debe perturbar la paz de quienes están bajo tratamiento médico». Usted no solo ha perturbado esa paz, sino que ha levantado la mano contra una estudiante herida. En este campus, mi palabra es la ley, no su apellido.

Alistair dejó escapar una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humor.

—¿Ley? ¿Reglas? —Alistair se inclinó ligeramente hacia Riddle—. No se confunda. Usted sigue las reglas porque tiene miedo al caos. Yo dicto las mías porque tengo el poder para sostenerlas. Candice no está "enferma", está siendo insolente. Y la insolencia en la familia Lidell se corrige con firmeza, algo que usted, con su reputación de estricto, debería aplaudir. — dictaminó fríamente —Apártese, joven Rosehearts. No querrá que una queja formal llegue al Consejo escolar mañana por la mañana. Su impecable expediente podría verse... manchado por interferir en asuntos privados de la nobleza.

Riddle no parpadeó. Sus puños seguían cerrados, pero una pequeña y gélida sonrisa apareció en sus labios. Era la sonrisa que precedía a una sentencia.

—Adelante. Envíe la queja —desafió Riddle—. Pero mientras el sobre viaja, yo estaré aquí redactando un informe detallado sobre cómo un distinguido caballero intentó agredir físicamente a una alumna convaleciente. Me pregunto qué pensará la sociedad de la "Mansión Lidell" cuando se enteren de que su patriarca solo puede ganar una discusión con una joven herida usando la violencia.

El rostro de Alistair se tensó. Por primera vez, la máscara de frialdad mostró una grieta. El prestigio era lo único que el hombre amaba más que el control.

—Estás cruzando una línea peligrosa, Rosehearts —amenazó Alistair, su voz ahora era un gruñido bajo.

—Yo no cruzo líneas, señor Lidell. Yo las dibujo —sentenció Riddle, señalando la puerta con un gesto imperioso—. Fuera de aquí. Ahora mismo. O me veré obligado a escoltarlo personalmente mediante el uso de mi magia, y le aseguro que no será una salida elegante.

El silencio volvió a caer, pero esta vez era Alistair quien estaba acorralado. Miró a Candice, luego a Riddle, y finalmente ajustó sus guantes con una violencia contenida.

—Esto no ha terminado —dijo Alistair, recuperando su postura rígida—. Candice, espero que reflexiones sobre tu actitud. No estarás en esta escuela para siempre. Algún día tendrás que volver a casa.

Sin una palabra más, Alistair giró sobre sus talones y salió de la habitación. El sonido de sus botas golpeando el mármol del pasillo se fue desvaneciendo hasta que solo quedó el eco del silencio.

Riddle permaneció inmóvil unos segundos, con los hombros tensos. Solo cuando estuvo seguro de que el hombre se había marchado, soltó un suspiro largo y se giró hacia la camilla. Sus ojos, que antes eran fuego puro, se suavizaron al posarse sobre Candice.

—¿Estás... estás bien? —preguntó, y por primera vez en toda la tarde, su voz no sonaba a rey, sino a un chico que no sabía muy bien cómo consolar a alguien.

—Estoy bien — trató de decir, pero su voz salió ahogada por la angustia—. Losupe desde siempre. Para él... para él no soy más que una herramienta, una máquina de seguir órdenes. Ni si quiera estoy segura deque me haya visto nunca como su hija. —murmuró con lágrimas resbalando por sus mejillas.

Riddle la abrazó casi de inmediato.

—Se equivoca, en todo lo que dice. —susurró Riddle. Apoyó la mejilla sobre la cabeza de la chica, cerrando los ojos con fuerza. Sentir su dolor le resultaba más insoportable que cualquier castigo. La separó un poco de su cuerpo para sujetarla desde los hombros—. Escúchame bien: eres valiosa. Eres alguien excepcional y preciosa para mí. Lo que ese hombre piense no dicta tu valor, ni ahora ni nunca.

Se quedaron así, suspendidos en el tiempo. Riddle dejó que ella descargara toda la amargura acumulada, acariciando su cabello con una ternura infinita y susurrándole palabras de aliento al oído, promesas silenciosas de protección, hasta que el llanto se transformó en una respiración lenta y cansada. Candice se separó apenas unos centímetros, limpiándose los restos de lágrimas con el dorso de la mano.

—Gracias, Riddle.

—No he hecho nada extraordinario —respondió él, aunque su propio corazón latía con fuerza. Extendió la mano para acunar su rostro y, con el pulgar, retiró con suma delicadeza la última gota que resbalaba por su mejilla—. Solo he dicho la verdad. Y la verdad no es negociable.

Candice dejó escapar una risa suave, un sonido frágil pero genuino, mientras negaba con la cabeza.

—Sabes... nadie me había defendido así antes —confesó, bajando la mirada con una mezcla de asombro y timidez—. Es la primera vez en mi vida que veo a mi padre retirarse de una habitación sin haber ganado la discusión. Él siempre... siempre tiene que tener la última palabra.

Suspiró, y un leve matiz rosado comenzó a teñir sus mejillas. Se apartó un mechón de cabello rebelde del rostro y lo miró a través de sus largas pestañas, con una luz nueva en los ojos.

—Además... —añadió en un murmullo, casi para sí misma— te veías realmente guapo luciendo tan seguro de ti mismo.

Riddle sintió que su rostro se encendía al instante, un rojo carmesí tan intenso que rivalizaba con el escarlata de su capa de líder. A pesar de su dominio absoluto sobre las leyes y su habitual severidad, los elogios directos de Candice tenían el poder de desarmarlo por completo. En un segundo, el estratega brillante y el monarca de hierro desaparecieron, dejando en su lugar a un joven cuyo corazón latía fuera de control.

—Yo... —balbuceó, sintiendo cómo la elocuencia se le escapaba entre los dedos—. Solo hice lo que cualquier persona con sentido del deber... lo que el decoro habría exigido.

Intentó refugiarse en sus frases ensayadas, pero al buscar la mirada de Candice, se detuvo en seco. Ella lo observaba con una gratitud tan pura que rozaba la adoración, con una luz en los ojos que no pedía reglas ni protocolos, sino honestidad.

Riddle comprendió entonces que el escudo de las normas ya no era suficiente para proteger lo que sentía.

Su expresión se suavizó de forma casi milagrosa; la rigidez que siempre mantenía en sus hombros se desvaneció, y su mirada se volvió profunda, cargada de una ternura tan privada que rara vez permitía que el mundo exterior la vislumbrara. Con un movimiento cuidadoso, se sentó en el borde de la camilla, haciendo que el colchón cediera levemente bajo su peso y acortando la distancia hasta que sus rodillas rozaron el costado de la chica.

No permitió que ella apartara la vista. Con una lentitud casi reverente, como si estuviera sosteniendo algo frágil y precioso, tomó la mano de Candice entre las suyas. Entrelazó sus dedos uno a uno, ajustando su agarre con una firmeza que no buscaba aprisionarla, sino prometerle permanencia.

—Candice —dijo finalmente, su voz ahora baja y firme, recuperando la seguridad pero esta vez desde el afecto—. Si he de ser sincero... no lo hice por deber. Lo hice porque no puedo tolerar que nadie te haga sentir menos. Ni siquiera el hombre que te dio la vida.

Se inclinó un poco más hacia ella, y por un momento, el silencio de la enfermería ya no fue pesado, sino un refugio donde solo existían ellos dos.

—No volveré a dejar que nadie, te diga lo que puedes o no ser —le prometió, sellando sus palabras con una presión suave en su mano—. Te doy mi palabra.

Chapter 14: Capítulo XIV

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CAPÍTULO XIV

La Fiesta de "No Cumpleaños" no era solo un evento en el calendario de Heartslabyul; esta vez, era una ofrenda. Se celebró exactamente una semana después de que Candice recuperara por completo su vitalidad. Riddle, con una devoción que rozaba lo solemne, se había cerciorado personalmente de que su salud estuviera renovada antes de permitir que se moviera un solo mantel.

Supervisó cada detalle de manera milimétrica, como era su costumbre, pero el aire en el dormitorio se sentía distinto. La rigidez de antaño, esa que cortaba como el hielo, se había suavizado. El perfeccionismo seguía ahí, pero ahora nacía del cariño y no del miedo al caos.

En el jardín, el bullicio era una melodía armoniosa. Yuu y Grim cumplían con su parte, pintando las rosas con un esmero casi artístico.

—¡Asegúrate de no dejar ni un pétalo blanco, Grim! —instruyó Yuu.

—¡Ya lo sé, ya lo sé! —gruñó el pequeño monstruo, con una mancha roja en la nariz—. ¡Hago esto por los pasteles, no por las reglas del líder!

Mientras tanto, los novatos alisaban los manteles con una técnica impecable. Riddle, con una paciencia infinita que intentaba emular de Candice, los observaba a corta distancia. —Recuerden —dijo Riddle con voz firme pero calmada—, el doblez debe ser simétrico. La armonía visual es la cortesía de una buena mesa. Los estudiantes asintieron, sorprendidos de no haber recibido un grito ante el primer pliegue mal puesto.

Dentro de la oficina, Candice se ajustaba el uniforme frente al espejo. Sus mejillas habían recuperado ese tono rosado saludable y sus ojos brillaban con una paz que parecía inquebrantable. Tras lo sucedido con su padre, ella había depositado su mundo entero en las manos de Riddle, confiando ciegamente en su promesa de protección.

Sin preverlo, Riddle apareció tras ella como una sombra cálida. Sin decir palabra, rodeó su cintura con los brazos y apoyó la barbilla sobre su hombro. En el reflejo, sus ojos se encontraron.

—¿Estás lista? —susurró él cerca de su oreja, su aliento rozándole la piel.

Candice se recostó contra su pecho, deleitándose en su cercanía.

—Contigo a mi lado, estoy más que lista —anunció ella con un brillo de emoción. Riddle rompió su habitual compostura regia para depositar un rápido beso en su mejilla. —Te ves radiante, Candice. Mi reina... —añadió en un murmullo casi inaudible.

Le ofreció el brazo con la elegancia de un verdadero monarca y, juntos, caminaron hacia la salida.

En el jardín, el silencio se hizo absoluto cuando las puertas se abrieron. Trey dio un paso al frente, ajustándose las gafas con una sonrisa de puro alivio y complicidad. A su lado, un alumno de primer año desenrolló un pergamino oficial.

—¡Atención a todos los presentes! —proclamó el joven con voz potente—. ¡Recibamos al Soberano Carmesí, nuestro líder Riddle Rosehearts, y a nuestra Reina Blanca, Candice Lidell!

Un aplauso coordinado estalló mientras la pareja avanzaba hacia la cabecera de la mesa infinita. Candice saludaba con una mano delicada, mientras la otra permanecía entrelazada firmemente al brazo de Riddle. Al llegar a sus asientos, Riddle analizó el panorama con ojos de lince.

—Rosas rojas, manteles impolutos... —asintió para sí mismo mientras retiraba la silla de Candice para que ella se sentara—. La fiesta es, finalmente, perfecta.

Riddle tomó una tetera, su voz vibrando con un tono juguetón que pocos conocían. —

Dime, Candice... ¿el lirón duerme dentro de la...? —Se detuvo en seco al notar la mirada divertida de la joven. Dejó la tetera con un leve rubor—. Espera, da igual si duerme en la tetera. No permitiré que las reglas absurdas arruinen este momento.

Candice rió suavemente y levantó la tapa con cuidado. Cuando la pequeña nariz del lirón asomó, ella lo acarició con la yema del dedo.

—El lirón duerme en la tetera —confirmó ella—. Y es absolutamente adorable.

La atmósfera era idílica hasta que Trey se acercó con una bandeja de delicias recién horneadas.

—Si no quieres untarle mermelada al lirón, Riddle, quizá prefieras ponérsela a estos panecillos —sugirió Trey con ironía afectuosa. —Todo se ve delicioso, Trey-san —halagó Candice, haciendo que el vice-líder ensanchara su sonrisa. —Sigues siendo el mejor en repostería, Trey —agregó Riddle con un deje de nostalgia.

—¡Bien! ¡Que comience la celebración! —exclamó Cater, levantando su teléfono para capturar el momento—. ¡Digan "té"!

De pronto, Riddle se tensó. Sus ojos se clavaron en un rincón del jardín y se levantó de golpe, haciendo que los novatos dieran un respingo.

—¡Esperen un momento! —exclamó señalando un arbusto—. ¡Esas rosas siguen blancas!

El pánico recorrió la mesa. Ace y Deuce se miraron entre sí, sudando frío. "Olvidamos el arbusto del fondo", susurró Ace. Todos esperaban el estallido, el famoso "¡Que le corten la cabeza!", pero Riddle caminó hacia el arbusto con el ceño fruncido, pero en silencio.

Tomó una de las rosas blancas entre sus dedos. Con la otra mano, alzó su cetro y, con un destello de magia precisa, tiñó cada pétalo de un rojo vibrante. Luego, se giró hacia la multitud con una sonrisa genuina.

—No pasa nada —dijo con una tranquilidad que dejó a todos boquiabiertos—. Un pequeño descuido no arruinará este día.

Se acercó a Candice y, ante la mirada atónita de los residentes, se arrodilló frente a ella. Le tendió la última rosa que había transformado.

—Te prometí que jamás volvería a usar mi magia de manera egoísta o para infundir miedo —susurró mientras tomaba su mano para besarla con devoción—. Voy a mantener mi promesa, todos los días de mi vida.

—Riddle... —murmuró Candice, con el corazón saltándole en el pecho.

Riddle se puso en pie, recuperando su porte de líder, pero sin perder la calidez en su mirada.

—¡Ahora sí! ¡Que comience oficialmente la Fiesta de No Cumpleaños.

El salón estalló en un vitoreo estruendoso que parecía hacer vibrar las paredes de Heartslabyul. Una marea roja y blanca se abalanzó sobre su líder; todos buscaban un espacio para decirle lo increíble que había estado y lo magnífica que resultaba su magia tras el duelo. Candice, sentada a una distancia prudente en su mesa, observaba la escena apoyando la barbilla en su mano. Una sonrisa satisfecha iluminaba su rostro al ver a su "Rey" rodeado, por fin, de halagos sinceros y sonrisas que no nacían del miedo, sino de la admiración pura.

—Vice-líder... Señorita Candice.

La voz, cargada de una timidez casi infantil, la hizo girar. Ante ella se encontraba un grupo de al menos diez alumnos, apretujados unos contra otros, con las mejillas encendidas y la mirada clavada en el suelo.

—¿Sí? —preguntó ella, suavizando su expresión con una sonrisa acogedora—. ¿Ocurre algo, chicos?

El grupo pareció tensarse ante su atención directa. Finalmente, el que parecía llevar la voz cantante dio un paso al frente, ocultando algo tras su espalda.

—E-esto... es de parte de todo el dormitorio —tartamudeó, revelando una caja pequeña envuelta en papel de seda y un lazo perfectamente anudado—. Es por su recuperación. Queríamos celebrar que está de vuelta con nosotros.

—¿Es para mí? —La sorpresa de Candice fue genuina. Sus dedos rozaron la superficie del envoltorio con una delicadeza casi reverencial—. No tenía idea de que tramaban algo así.

—¡Es lo mínimo! —exclamaron varios al unísono, asintiendo con vigor.

—Qué lindos son todos —murmuró ella, sintiendo un calor agradable en el pecho—. ¿Me permiten abrirlo ahora mismo?

—P-por supuesto. Nosotros... solo esperamos que sea de su agrado —respondió el portavoz, mientras sus compañeros aguantaban la respiración.

Candice desató el lazo con movimientos lentos, disfrutando del ritual. Al retirar la tapa, sus ojos se abrieron de par en par y un pequeño jadeo escapó de sus labios. Dentro, descansaba una pieza de orfebrería exquisita. Con manos temblorosas, extrajo el objeto para que la luz de las lámparas de araña lo hiciera brillar.

—Es... es preciosa —susurró, con la mirada cristalizada por la emoción—. Chicos, no debieron molestarse, esto debió costar una fortuna.

—Al contrario, Vice-líder —dijo uno de los alumnos del fondo, ganando valor—. Usted siempre nos ha cuidado, nos ha ayudado con las lecciones y nos ha defendido incluso cuando las reglas eran... difíciles. Es lo menos que podíamos hacer.

—Queremos que, cada vez que la mire, tenga un recordatorio de lo que usted significa para nosotros —añadió otro con una sonrisa cómplice—. Usted es el corazón que mantiene unido este lugar.

Candice se mordió el labio, conmovida. Extendió la delicada corona dorada hacia ellos, inclinando un poco la cabeza en un gesto de absoluta confianza.

—En ese caso, ¿me ayudarían a colocármela? —suplicó con la mirada, provocando un revuelo de nerviosismo entre los jóvenes.

Entre empujones y susurros de "¡ve tú!", "¡no, tú tienes las manos más limpias!", terminaron empujando a un alumno hombre-bestia de orejas caninas hacia el frente. El chico, temblando de pies a cabeza, tomó la joya con la punta de los dedos como si fuera a romperse. Con sumo cuidado, la encajó sobre el cabello de la chica, asegurándose de que quedara recta.

—L-listo. Le queda... le queda perfecta, Vice-líder. Parece una verdadera reina.

Candice se ajustó un mechón de pelo, sintiendo el peso ligero y frío del oro sobre su frente. Entonces, rompiendo toda formalidad, les guiñó un ojo con picardía, logrando que más de uno se sonrojara hasta las orejas.

—Olvídenlo. Estamos en una fiesta —anunció con un tono jovial—. Solo llámenme Candice.

La fiesta estaba en su apogeo. El aroma a tartas recién horneadas y té de rosas inundaba el jardín, mezclado con las risas relajadas de los estudiantes que, por una noche, no temían perder la cabeza por romper una regla trivial. Candice se puso en pie, sintiendo el ligero peso de la corona dorada sobre su sien como una caricia metálica.

Con paso elegante pero alegre, se abrió paso entre la multitud hasta llegar al centro de la atención, donde Riddle terminaba de agradecer a un grupo de estudiantes de primer año.

—Riddle —llamó ella con suavidad.

El líder de Heartslabyul se giró de inmediato. Al verla, sus ojos grises se abrieron con una mezcla de sorpresa y fascinación. La luz de los farolillos se reflejaba en las puntas de la pequeña corona de Candice, creando destellos que enmarcaban su rostro.

—Candice... —murmuró él, recorriéndola con la mirada—. ¿Qué es eso? No la llevabas puesta cuando salimos.

Ella soltó una risita cristalina y dio una pequeña vuelta sobre sí misma, haciendo que el oro brillara bajo la luna.

—Es un regalo —explicó, señalando con un gesto discreto al grupo de alumnos que la observaban desde lejos con ansiedad—. Los chicos me lo han dado por mi recuperación. ¿Qué te parece? ¿Crees que rompe alguna de las leyes de la Reina de Corazones?

Riddle guardó silencio un instante, cruzándose de brazos mientras la estudiaba con fingida severidad. Sin embargo, una pequeña sonrisa, asomó en la comisura de sus labios.

—La regla número 342 dice que solo los soberanos pueden portar insignias reales en banquetes oficiales —comentó con tono solemne, para luego suavizar la voz—. Pero... considerando que tú eres la que mantiene el orden en este dormitorio junto a mí, y que ha sido un tributo de tus subordinados por tu salud... haré una excepción.

—¿Solo una excepción? —bromeó ella, acercándose un paso más—. Pensé que dirías que me queda bien.

Riddle se sonrojó ligeramente, desviando la mirada hacia su propia taza de té antes de volver a mirarla con una honestidad desarmante.

—Te queda... más que bien —admitió en un susurro—. Te hace lucir como la líder que ya eres para ellos. Los chicos te adoran, y después de verte llevar eso, entiendo por qué. Has ganado una lealtad que no se impone con castigos, sino con esa paciencia tuya.

Candice sintió un vuelco en el corazón. Sabía que, viniendo de Riddle, ese era el mayor cumplido que podía recibir.

—Gracias, Riddle —respondió ella, extendiendo una mano para rozar la suya—. Pero recuerda que una corona no significa nada si el Rey no está a mi lado.

Riddle la observó en silencio durante un segundo más, como si estuviera grabando la imagen de ella coronada en su memoria. Entonces, acortó la distancia y, con una ternura que rara vez se permitía en público, depositó un suave beso en su frente, justo debajo del borde de oro de su regalo.

—Te queda perfecta —susurró contra su piel.

Se separó lentamente y caminó hacia una de las mesas laterales, donde una caja blanca de dimensiones considerables descansaba apartada del resto de los aperitivos. La tomó con ambas manos, sosteniéndola con un cuidado casi excesivo, y regresó frente a su novia.

—Candice... preparé esto como una especie de compensación para los chicos —dijo él, evitando por un momento el contacto visual—. ¿Crees que... crees que ellos quieran perdonarme?

Candice ladeó la cabeza, su curiosidad despertada por el misterio de la caja.

—¿Qué es eso, Riddle? —preguntó con suavidad, extendiendo una mano para rozar el cartón frío de la caja.

El líder de Heartslabyul suspiró, y por un instante, volvió a parecer el chico joven que cargaba con el peso de un mundo de reglas estrictas.

—Pues... yo... intenté preparar una tarta —confesó, y sus mejillas se tiñeron del mismo rojo que su capa—. No he podido dejar de pensar en que, hace una semana, deseché la tarta que Ace preparó con tanto esfuerzo sin un motivo realmente válido. Solo porque no seguía una regla absurda de la Reina. Quiero... quiero hacer las paces con todos. No quiero ser solo el Rey que castiga; quiero ser el líder que ellos merecen.

Candice sintió que el corazón se le encogía de orgullo. Sabía cuánto le costaba a Riddle admitir un error, y mucho más intentar algo tan ajeno a él como la repostería, un terreno que siempre había dejado en manos de Trey.

—¿La hiciste tú solo? —preguntó ella con una sonrisa radiante.

—Trey me dio algunas pautas —explicó él, mirando la caja con inseguridad—. Puede que no sea tan perfecta como las de la pastelería, o que la decoración sea algo rígida, pero... las fresas están cortadas exactamente a la medida permitida.

Candice soltó una risita encantada y le puso una mano en el hombro, dándole ánimos.

—Riddle, el hecho de que te hayas manchado las manos de harina por ellos significa más que cualquier regla bien cumplida. — lo tranquilizó — Les va a encantar.

Riddle asintió, enderezando la espalda y recuperando un poco de su compostura habitual.

—Entonces, ¿me acompañarías a entregárselas? —pidió él, extendiéndole el brazo libre—. Si la Vice-líder está a mi lado, quizás no se sientan tan intimidados por mi presencia.

Candice se aferró al brazo de Riddle y asintió con determinación, contagiándole un poco de su propia seguridad.

—Faltaría más. Vamos.

Caminaron hacia el centro del jardín, donde el resto de sus amigos disfrutaban del banquete. Cater estaba ocupado buscando el ángulo perfecto para una serie de selfies, mientras los demás degustaban el té. Sin embargo, a medida que se acercaban, Riddle empezó a acortar el paso, sus hombros tensándose por la duda. Candice, notando que el "Rey de Corazones" estaba a punto de acobardarse, le apretó la mano con firmeza y aceleró el paso, arrastrándolo prácticamente hacia el grupo.

—¡Hola, chicos! ¿Adivinen qué? —anunció Candice con su alegría habitual. Riddle desvió la mirada, con el rostro encendido de un rojo que rivalizaba con su uniforme—. Riddle les ha traído un regalo muy especial.

Él carraspeó, tratando de recuperar una dignidad que se le escapaba entre los dedos, y extendió la caja.

—A-aquí. Es una tarta —dijo, abriendo la tapa con manos temblorosas.

Dentro, se visualizaba una tarta de aspecto algo accidentado y bordes irregulares. El silencio que siguió fue sepulcral mientras todos procesaban la imagen.

—No soy muy experto en esto —murmuró Riddle, rompiendo el silencio—, así que puede que luzca... un poco rara.

—Ciertamente, tiene una forma... peculiar —comentó Yuu, intentando ser diplomático mientras cargaba a un Grim que ya estaba husmeando el aire con sospecha.

Trey se inclinó, ajustándose las gafas para examinar la obra. —Vaya, incluso te tomaste el trabajo de darle brillo a las fresas con mermelada. No está nada mal para ser tu primera vez, Riddle.

—¡Oye! ¡No es justo, lo sigues consintiendo! —reclamó Ace, señalando a Trey con indignación—. ¿Acaso han olvidado lo que le hizo a Candice y lo que nos hizo pasar a todos? ¡Una tarta no borra todo lo malo que hizo!

Riddle se encogió, su expresión endureciéndose por la culpa. Candice intervino de inmediato, lanzándole a Ace una mirada cargada de advertencia, pero bañada en una sonrisa dulce.

—Ace-kun… —murmuró ella. Su tono era suave, pero llevaba implícito el ruego de que dejara el pasado atrás por esa noche.

Ace, que no era precisamente conocido por su capacidad de perdón, se topó con los ojos brillantes de Candice. Al ver la mezcla de esperanza y vulnerabilidad en su mirada, soltó un bufido y chasqueó la lengua, desviando la cara.

—Tch, como sea —refunfuñó de manera altanera, aunque una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro—. Lo dejaré pasar por esta vez. ¡Vamos, quiero probar esa cosa!

Todos tomaron una cuchara, ansiosos por el gesto inédito de su líder. Candice los observó con expectación, pero en cuanto el primer bocado llegó a las bocas del grupo, el tiempo pareció detenerse. Al instante, la mayoría escupió el contenido o hizo muecas de puro horror.

—¿Qué sucede? —inquirió Candice, genuinamente confundida—. ¿Tan mala es?

—¡Esto sabe a pura sal! —gritó Ace, agitando las manos frente a su boca—. ¡Riddle! ¡¿Qué demonios le pusiste?!

Riddle abrió mucho los ojos, totalmente incrédulo.

—¿Qué? Fui preciso... respeté la receta al pie de la letra. ¡Pesé los ingredientes hasta el último gramo! —se defendió, antes de que una duda cruzara su mente—. Aunque... capaz me pasé un poco con la salsa de ostras.

—¡¿Salsa de ostras?! —gritó Deuce, palideciendo.

—Cuando éramos niños... —explicó Riddle, mirando a Trey con timidez—, Trey me dijo que todas las mejores tartas del mundo llevan un toque de salsa de ostras como ingrediente secreto.

—¡Riddle, lo dijo en broma! —aulló Ace.

El silencio volvió a reinar, hasta que Trey no pudo contenerse más. Una carcajada profunda y genuina escapó de su pecho, haciendo que se le saltaran las lágrimas tras las gafas.

—Es increíble... —logró decir Trey entre risas—. Es increíble que después de tantos años, hayas caído en esa broma, Riddle.

Candice no pudo evitarlo y soltó una risita encantada, aferrándose al brazo de su novio. Riddle, tras un momento de estupefacción, sintió cómo el peso de la perfección se desmoronaba. Soltó el aire que contenía y comenzó a reírse de sí mismo, con una calidez que iluminó todo el jardín.

—Sí... vaya metida de pata —admitió Riddle, riendo junto a sus dos personas favoritas.

A unos metros de distancia, Yuu sacó la cámara que el Director Crowley le había dado. El clic del obturador comenzó a sonar, capturando la magia del momento.

  • La primera foto:Riddle, Trey y Candice riendo juntos, una imagen de perdón y amistad recuperada.
  • La segunda:Ace y Deuce compartiendo una tarta de castañas (la de verdad), discutiendo como de costumbre.
  • La tercera:Grim frente a un gigantesco pastel de frutas, con la cara cubierta de crema.
  • La cuarta:Riddle con una gran sonrisa, usando su magia para dirigir una melodía invisible con los instrumentos del jardín.
  • La quinta:Trey y Cater saludando a la cámara, uno con una sonrisa tranquila y el otro haciendo el signo de la paz para sus seguidores.
  • La sexta:Riddle y Candice, frente a frente, mirándose a los ojos con una devoción que no necesitaba palabras con los brazos de Candice alrededor del cuello del chico.

Y finalmente, Yuu ajustó el temporizador y corrió para unirse al grupo. El flash iluminó el jardín de Heartslabyul, inmortalizando a todos juntos: una familia imperfecta, caótica, pero finalmente feliz.

Chapter 15: Capítulo XV

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EPÍLOGO

La fiesta fluía con una armonía casi mágica, hasta que el aire pareció ondularse junto a la mesa de los postres. De la nada, una figura comenzó a materializarse, desafiando las leyes de la gravedad.

Nya... Trey siempre prepara dulces que saben a gloria —comentó el extraño joven de cabello lila y ojos gatunos. Con una agilidad sobrenatural, tomó un tenedor y pinchó un trozo de pastel, masticándolo con una expresión de puro deleite mientras flotaba en el aire.

Riddle, que estaba en medio de una conversación con un estudiante, se giró bruscamente. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer a su amigo de la infancia. Aunque cualquiera se habría extrañado de ver a alguien flotando, Riddle parecía más indignado por su mera presencia que por su magia.

—¡Chenya! —exclamó, con el tono de quien ya se espera un dolor de cabeza—. ¿Qué se supone que haces aquí?

En lugar de responder, Chenya se desvaneció parcialmente y reapareció sobre la cabeza de Riddle. Con un movimiento rápido y travieso, le arrebató su característica corona de líder de dormitorio.

—He venido por la fiesta de "no cumpleaños", por supuesto —dijo con una sonrisa burlona, elevándose aún más mientras sostenía el objeto fuera del alcance de Riddle—. Feliz no cumpleaños, Riddle.

—¿Quién es ese tipo tan raro? —preguntó Grim, observando la escena con una mezcla de curiosidad y desprecio—. ¿Y por qué tiene orejas de gato?

Trey se acercó al grupo, suspirando con la resignación de quien conoce bien al intruso.

—Él es Chenya. No estudia en nuestra academia —explicó, cruzándose de brazos—. Es alumno de la escuela mágica rival de Night Raven: la Royal Sword Academy.

—¿De otra escuela? —Yuu arqueó las cejas, sorprendido por la audacia del chico de entrar en territorio enemigo—. ¿Cómo ha pasado los guardias?

—Chenya puede desvanecerse y aparecer a voluntad. — explicó con calma — Nuestras instituciones llevan años compitiendo en todo, especialmente en el Disco Mágico —añadió Trey—. Es un deporte muy popular que se juega con magia; de hecho, falta poco para el torneo entre casas, y la tensión siempre sube por estas fechas.

Mientras tanto, Chenya se divertía esquivando los manotazos de Riddle, quien saltaba frustrado intentando recuperar su corona. El chico gato se reía entre dientes, balanceándose en el aire como si estuviera acostado en una hamaca invisible, hasta que su mirada se desvió hacia unos metros de distancia.

Allí estaba Candice, riendo suavemente mientras conversaba con dos estudiantes bajo los rayos del sol. La corona dorada que ella llevaba brillaba con una elegancia que cautivó al visitante de inmediato.

Nya... ¿Y quién es esa prrrreciosa dama que brilla tanto? —ronroneó Chenya, sus ojos se dilataron mientras se inclinaba en el aire, listo para lanzarse hacia ella.

Riddle se congeló. Al seguir la dirección de la mirada de su amigo y detectar ese tono de interés travieso, sus prioridades cambiaron en un segundo. La corona en las manos de Chenya pasó a ser la menor de sus preocupaciones.

—¡Ni se te ocurra ponerle un dedo encima! —rugió Riddle, con el rostro tornándose de un rojo tan intenso que sus amigos dieron un paso atrás por instinto—. ¡Aléjate de ella ahora mismo!

Candice, al notar el repentino grito de Riddle, se despidió de los estudiantes con los que charlaba y se giró justo a tiempo para ver a un chico de cabello lila descender del cielo como una pluma.

—¡Vaya! —exclamó ella, parpadeando con sorpresa, pero sin perder la sonrisa—. No sabía que teníamos invitados tan especiales este día.

Chenya aterrizó frente a ella con una gracia felina, ignorando por completo los bufidos de Riddle que se acercaba a toda prisa. El chico gato se inclinó en una reverencia exagerada, haciendo que la corona robada de Riddle se tambaleara sobre su propia cabeza.

—Un placer prrr-onunciado, mi lady —ronroneó Chenya, tomando la mano de Candice para depositar un beso al aire—. Me han dicho que Heartslabyul tenía una nueva joya, pero no esperaba que fuera una tan radiante. ¿Es esa una corona de verdad? Te queda mucho mejor que al amargado de mi amigo.

—¡Chenya! ¡Suéltala ahora mismo! —Riddle llegó a su lado, prácticamente echando humo por las orejas. Intentó interponerse entre ellos, pero Chenya se desvaneció en una nube de humo lila y reapareció al otro lado de Candice, apoyando un codo en el hombro de la chica.

—Tranquilo, Riddle. Solo estoy siendo cortés —se burló el felino.

Candice soltó una risita suave y, para horror de Riddle, levantó una mano para acariciar con curiosidad una de las orejas de Chenya.

—Eres muy tierno —dijo ella con naturalidad—. Y tienes una magia fascinante. Me llamo Candice, es un gusto conocer a otro amigo de la infancia de mi Riddle.

Riddle se quedó de piedra. Escuchar a Candice llamar "tierno" a ese gato callejero y, peor aún, verlo ronronear ante el contacto de sus dedos, fue más de lo que su paciencia podía soportar.

—¿"Tu" Riddle? —Chenya arqueó una ceja, lanzándole una mirada pícara al pelirrojo—. Así que el pequeño soberano por fin ha encontrado a alguien que lo aguante. Qué suerte tienes, Riddle, aunque me temo que esta reina es demasiado sol para un dormitorio tan sombrío.

—¡Ya es suficiente! —Riddle estalló, levantando su cetro —. ¡Off with your head!

—¡Nya! ¡Tiempo de irse! —Chenya dio un salto mortal hacia atrás, desapareciendo en el aire justo cuando el collar rojo se cerraba en el vacío.

Su risa burlona quedó flotando en el jardín mientras su cuerpo se desvanecía por completo, dejando la corona de Riddle suspendida en el aire un segundo antes de que Trey la atrapara al vuelo.

Riddle respiraba agitado, ajustándose el cuello de la camisa con manos temblorosas, mientras Candice lo miraba con una expresión divertida.

—Riddle, cielo, no tenías que ponerte así —dijo ella, acercándose para acomodarle el cabello—. Solo estaba siendo amable.

—Es un provocador, Candice —refunfuñó Riddle, desviando la mirada con un puchero que intentaba ocultar—. Y no me gusta cómo te miraba. Además... no deberías tocarle las orejas a desconocidos. Es... es impropio.

Trey se acercó por detrás y le devolvió la corona a Riddle con una sonrisa cómplice.

—Admítelo, Riddle. Lo que no te gusta es que alguien más reciba la atención de Candice.

Riddle le arrebató la corona a Trey con un movimiento brusco, intentando ocultar el temblor de sus manos. Se la colocó de nuevo, ajustándola con una rigidez innecesaria mientras evitaba desesperadamente las miradas divertidas de su amigo y su novia. El rojo de sus mejillas ya no era de ira, sino de una vergüenza que le recorría hasta la punta de las orejas.

—Por supuesto que no es eso… —balbuceó, buscando recuperar su tono de autoridad, aunque su voz sonó más aguda de lo habitual—. Yo solo… Candice aún está convaleciente. No quisiera que alguien de la Royal Sword la importunara con sus tonterías. Es decir… yo solo velaba por su bienestar… yo…

Se perdió en sus propias palabras, atrapado en un laberinto de excusas que nadie creía. Trey soltó una risita silenciosa y se retiró discretamente, dándoles el espacio que tanto necesitaban.

Candice, con esa paciencia infinita que solo ella poseía, rodó los ojos con una sonrisa llena de afecto. Sin previo aviso, extendió las manos y sujetó los bordes bordados de la capa de Riddle, tirando de él con suavidad, pero con firmeza, obligándolo a bajar la guardia.

—No tienes por qué preocuparte, Riddle —susurró ella, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron.

Riddle se quedó sin aliento, con los ojos grises muy abiertos, fijos en los de ella.

—Te escogería a ti un millón de veces, sin dudarlo ni un segundo —sentenció Candice antes de sellar su promesa con un beso.

En ese instante, el ruido de la fiesta, las bromas de Chenya y el peso de las reglas desaparecieron. Riddle cerró los ojos y, por primera vez en todos estos días, sus hombros se relajaron por completo. Sus manos, que antes apretaban su cetro con fuerza, subieron tímidamente para posarse en la cintura de Candice, aceptando que, aunque fuera un líder ante los demás, para ella siempre sería simplemente Riddle.

A lo lejos, el jardín de Heartslabyul seguía brillando, pero para ellos, el mundo se había reducido a ese pequeño rincón de rosas y el brillo de una corona compartida

Chapter 16: Capítulo XVI

Notes:

Es momento de arreglar errores del pasado.

(See the end of the chapter for more notes.)

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• Capítulo Especial •

Mientras la fiesta de "No Cumpleaños" seguía celebrandose, Riddle decidió que era el momento de otorgarle a Candice algo que su estricta y gris crianza le había negado sistemáticamente. La tomó de la mano y la llevó tras un arbusto de rosas apartándose un momento del bullicio para más privacidad.

El aroma a rosas recién infusionado flotaba en el aire, mezclándose con la fragancia de los postres de Trey.

Riddle, manteniendo una postura impecable, extendió una caja pequeña y elegante, envuelta en un delicado papel de seda de un rojo carmesí profundo.

—Ten, Candice. Yo… considero que esto es una herramienta indispensable para tu vida académica y personal —declaró, esforzándose por mantener su tono de autoridad, aunque el ligero brillo de expectación en sus ojos delataba su nerviosismo.

Candice ladeó la cabeza, observando el presente con genuina extrañeza.

—¿Qué es, Riddle? —preguntó con voz suave, balanceando la caja entre sus manos como si temiera que fuera algo frágil.

El pelirrojo permitió que una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvara sus labios.

—¿Por qué no dejas de hacer preguntas lógicas, lo abres y lo averiguas por ti misma? —le sugirió con un tono divertido.

Con dedos curiosos, Candice retiró el envoltorio. Al descubrir el dispositivo brillante, de bordes pulidos y diseño moderno, sus dedos dudaron un segundo antes de atreverse a rozar la superficie fría del cristal.

—¿Un terminal mágico? —susurró, abriendo mucho los ojos—. ¡Guau! Es… es la primera vez que veo uno de cerca —lo tomó con ambas manos, elevándolo a la altura de sus ojos como si fuera una gema preciosa—. Mi padre siempre decía que eran una pérdida de tiempo absoluta. Una distracción innecesaria que solo servía para apartar la mente de los estudios y el deber.

Al mencionar a aquel hombre, la mandíbula de Riddle se tensó por un instante y un destello de desaprobación cruzó su mirada. Sin embargo, al ver la fascinación en el rostro de la joven, su expresión se suavizó de inmediato.

—Bueno, no voy a negar que muchos estudiantes, como Ace o Deuce, suelen utilizarlo para motivos un tanto… inadecuados y nada provechosos —admitió, cruzándose de brazos con fingida severidad—. Pero es una herramienta de comunicación vital hoy en día. No poseer uno a estas alturas resulta, sencillamente, inapropiado para una estudiante de tu nivel. Ven aquí, te enseñaré a usar lo básico antes de que alguien más te llene la cabeza con aplicaciones inútiles.

Él se sentó a su lado en el sofá de terciopelo. Estaban tan cerca que sus hombros se rozaban y Candice podía percibir el ligero aroma a fresas que siempre acompañaba al líder. Con una paciencia meticulosa, impropia de su usual temperamento explosivo, Riddle comenzó a guiarla por los menús mágicos.

—Este icono de aquí es para las llamadas. Basta con presionar mi nombre para contactarme en cualquier momento —explicó, señalando la pantalla con un dedo enguantado—. Me tomé la libertad de registrar mi número personal bajo el título de "Emergencia", aunque puedes usarlo siempre que lo necesites. Aquí están los mensajes, por si quieres escribirme algo mientras estoy en clase o en una reunión del consejo. Y esto… —Riddle deslizó los dedos con agilidad para abrir el menú de personalización— es para cambiar el fondo de pantalla. Puedes colocar la imagen que más te guste para que el dispositivo sea realmente tuyo, algo que refleje tu personalidad.

Candice asentía a todo, hipnotizada por la luz que emanaba del terminal. De pronto, su dedo se detuvo sobre un pequeño icono con forma de lente.

—¿Y esto para qué sirve, Riddle? Parece un ojo...

—Esa es la cámara —explicó él, acercándose un poco más para que ambos vieran la interfaz—. Sirve para capturar momentos que consideres memorables. Paisajes, eventos importantes o… personas. Es una forma de conservar un recuerdo para siempre, congelado en el tiempo. También puedes colocar la foto que tomes como fondo de pantalla, así la verás cada vez que actives el terminal.

—¿En serio? ¿Cualquier momento? —preguntó ella, procesando la información con una sonrisa que iluminó toda la habitación.

Sin previo aviso, Candice activó la cámara y giró el dispositivo hacia ellos. En la pantalla aparecieron sus dos reflejos: ella radiante y él, tomado por sorpresa. Riddle se tensó instintivamente, irguiendo la espalda y tratando de adoptar una pose digna de la realeza de Heartslabyul, pero antes de que pudiera protestar por la falta de preparación, sintió un contacto cálido y suave.

Candice se inclinó rápidamente y depositó un beso tierno y prolongado en su mejilla derecha.

¡Click!

El sonido del obturador resonó en el silencio del salón, capturando una imagen perfecta: el rostro de Riddle teñido de un rojo tan intenso y brillante como su propio uniforme de líder, y Candice con los ojos cerrados, sonriendo con una felicidad pura y contagiosa.

—¿C-Candice? —balbuceó él, rompiendo la distancia y llevándose una mano a la mejilla, justo donde aún sentía el calor de sus labios. Estaba completamente desconcertado por esa espontánea muestra de afecto.

Ella bajó el terminal y contempló la fotografía en la pantalla con una ternura infinita, ignorando por un momento el caos interno que había provocado en el joven.

—Dijiste que era para momentos memorables —respondió ella con voz dulce, girándose para mirarlo a los ojos—. Y este es, sin duda, el momento más memorable que me gustaría tener guardado para siempre.

Riddle intentó desesperadamente recuperar su compostura profesional. Se ajustó la pequeña corona dorada con dedos que temblaban ligeramente y aclaró su garganta, aunque el rubor de su cuello no cedía. Sin embargo, al ver la mirada ilusionada de la chica, no pudo evitar que una sonrisa honesta y llena de cariño se dibujara en sus labios.

—Supongo que… —tosió levemente para recuperar el aire— para ser tu primera fotografía, no ha quedado del todo mal. Tiene una composición aceptable. Solo asegúrate de guardarla bien y de que nadie más la vea sin permiso.

—¡Lo haré! —exclamó ella con entusiasmo—. Muchas gracias, Riddle. ¡Eres el mejor novio del mundo!

Sin previo aviso, Candice se arrojó a sus brazos con fuerza. El impacto hizo que Riddle trastrabillara un poco hacia atrás en el sofá, pero rápidamente recuperó el equilibrio. Sus manos, que al principio dudaron en el aire, terminaron rodeando la cintura de la joven con firmeza, atrayéndola hacia él en un abrazo protector mientras escondía su rostro sonrojado en el hombro de ella, disfrutando de aquel momento que, ciertamente, él también guardaría en su memoria.

Candice se separó lentamente del pecho de Riddle. El calor de su cercanía aún vibraba entre ambos mientras ella enredaba sus dedos en la nuca del joven, obligándolo a sostenerle la mirada. Una pequeña sonrisa, cargada de una travesura suave, iluminó su rostro.

—Sabes, mañana por fin es fin de semana —susurró ella, acortando la distancia—. Estaba pensando. ¿Qué tal si salimos?. Podríamos ir a una cafetería y luego pasear un rato por la ciudad, ¿Qué dices, Riddle?

Riddle la observó con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Sus ojos, usualmente severos y analíticos, se suavizaron ante la cercanía de la joven.

—¿Una cafetería fuera del campus? — repitió él, dejando que una pequeña sonrisa cruzara sus labios—. Es una propuesta inusual, pero aceptable. Supongo que un cambio de aires no le vendría mal. ¿Tienes algún lugar específico en mente o debo elegir yo según el protocolo? —preguntó, mientras inclinaba la cabeza hasta que su frente descansó contra la de ella.

—Tú solo confía en mí —respondió Candice, cerrando los ojos para disfrutar del contacto, sonriendo al recordar el favor que le había pedido a Trey hace un tiempo.

Flashback

Días atrás, el ambiente en la enfermería era pesado, cargado del olor a antisépticos y el silencio de la recuperación. Candice yacía en la camilla, todavía pálida. A su lado, Bunny dormitaba, ajeno a las preocupaciones de su dueña. El silencio se rompió con tres toques rítmicos y firmes en la madera de la puerta.

—Adelante —dijo ella, incorporándose con esfuerzo.

—¿Candy-san? Siento interrumpir su descanso.

—Buenas tardes, Trey-san. Por favor, acérquese —invitó ella con una voz que, aunque suave, poseía una calidez que incitaba a la confidencia.

Trey avanzó con su habitual paso tranquilo, deteniéndose al pie de la cama. Sus ojos, tras los cristales de las gafas, la recorrieron con preocupación fraternal.

—Me alegra ver que el color vuelve a sus mejillas. Ya se encuentra mucho mejor, ¿verdad?

—Se lo agradezco. De verdad —Candice suspiró, acariciando distraídamente las orejas de Bunny—. Usted, los chicos... todos han sido un pilar fundamental. Y Riddle... no sé cómo podré pagarles tanto cuidado.

—No hay nada que pagar —respondió Trey, ajustándose las gafas con un gesto pausado—. Se ha ganado el respeto y el cariño de Heartslabyul por mérito propio. Para nosotros, es un honor cuidarla.

Candice guardó silencio un momento, mirando fijamente al vice-líder. Su expresión se volvió solemne, y la luz de la habitación pareció atenuarse mientras bajaba el tono de voz.

—Trey-san… ¿podría pedirle un favor? Uno que debe quedar estrictamente entre nosotros.

La vacilación en su voz, usualmente firme, hizo que Trey se tensara imperceptiblemente. Él asintió con una breve inclinación de cabeza.

—Usted dirá, señorita Candice. Sabe que mi ayuda no tiene que pedirla como un favor; es un deber.

Candice bajó la mirada, jugueteando con las sábanas blancas antes de continuar.

—Usted conoce a Riddle mejor que nadie. Sabe que ambos hemos crecido bajo la sombra de expectativas que no nos pertenecían, aplastados por el peso de apellidos y deberes. Durante mucho tiempo, ninguno de los dos se atrevió a decir lo que sentía. Teníamos ese terror paralizante a no ser "suficientes", a fallar a un estándar imposible.

Hizo una pausa larga, tomando aire mientras sus ojos se humedecían ligeramente.

—Yo quisiera que… que pudiera enviar una carta de mi parte. Pero no es una carta cualquiera.

—¿Una carta? —Trey arqueó una ceja, intrigado—. ¿Para quién? ¿Acaso es para su familia?

—La situación con mi padre ya no tiene remedio —sentenció ella con una amargura que le endureció las facciones—. Él es un hombre que prefiere morir en su rectitud antes que admitir que rompió a su hija. Pero Riddle… Riddle es diferente. Él aún tiene una oportunidad de reparar el vínculo con su madre, aunque sea un poco. Él no tiene por qué heredar mi soledad, Trey. No quiero que su futuro sea un espejo de mi pasado.

Trey permaneció en silencio, procesando la magnitud de lo que Candice estaba pidiendo. Ella estaba dispuesta a remover heridas propias, a contactar a la mujer que tanto daño le hizo a Riddle, solo para asegurarse de que él no se quedara solo si algo salía mal.

—Es una carta para ella, ¿verdad? Para la madre de Riddle —murmuró Trey.

—Es para cerrar heridas que aún sangran en el silencio de las noches —confirmó ella, mirándolo a los ojos con una determinación feroz—. ¿Cree que podría hacerlo? ¿Podría ser usted mi mensajero secreto? No quiero que Riddle sepa nada hasta que sea el momento adecuado.

Trey, conmovido por la abnegación de la joven, hizo algo inusual. Se arrodilló a un lado de la camilla, adoptando una postura de respeto absoluto, como si estuviera ante una verdadera reina.

—Riddle es un hombre mucho más afortunado de lo que él mismo imagina por tenerla a su lado —dijo Trey con voz grave—. Descuide. Esa carta llegará a su destino, aunque tenga que entregarla personalmente en la puerta de los Rosehearts. Tiene mi palabra.

Fin del Flashback 

El trayecto hacia el pueblo se sintió diferente a cualquier otro viaje que hubieran compartido. Esta vez no estaba la presión de un evento de Heartslabyul sobre sus hombros, ni tareas por hacer o verificar. Solo eran ellos dos, arrullados por el rítmico traqueteo del carruaje.

El interior del carruaje estaba impregnado del suave aroma a sándalo de Riddle y el perfume dulce de Candice. Él, siempre impecable, mantenía una postura rígida por costumbre, aunque sus ojos no dejaban de admirar el perfil de Candice estando a su lado.

—Estás muy callada —observó Riddle, rompiendo el silencio con esa voz aterciopelada que solo usaba en privado—. ¿Segura que no me dirás a qué cafetería vamos? 

Candice soltó una risita, acomodándose el vestido.

—No seas impaciente, es una cafetería recomendada por Trey-san y yo confío en su juicio. Además —añadió, acercándose un poco más a él—, las reglas no dicen nada sobre mantener el misterio hasta el final, ¿o sí?

Riddle suspiró, aunque una chispa de diversión bailó en su mirada.

—No, supongo que no. — suspiró derrotado.

Cuando las ruedas del carruaje comenzaron a chirriar sobre el empedrado de la entrada principal del pueblo, Candice dio unos golpecitos en la madera para llamar la atención de los caballos que tiraban de su carruaje.

—¡Aquí está bien, por favor! —exclamó con entusiasmo.

El carruaje se detuvo con un suave vaivén justo en el arco de piedra que daba la bienvenida a los visitantes. Riddle arqueó una ceja, confundido.

—¿Aquí? Aún faltan varias calles para llegar al centro. ¿Ha ocurrido algo?

—Nada malo —respondió ella, extendiendo una mano para que él la ayudara a bajar, algo que Riddle hizo de inmediato—. Solo quiero caminar. El día está precioso... y quiero caminar a tu lado.

Una vez abajo, el aire fresco del valle los recibió. Antes de que Riddle pudiera siquiera ajustarse la chaqueta de su uniforme, Candice se colgó con determinación de su brazo, entrelazando el suyo con el de él y pegándose a su costado.

Riddle se tensó por un segundo —el decoro siempre era su primera barrera—, pero al sentir el calor de Candice y ver la expresión de absoluta paz en su rostro, relajó los hombros. Dejó que su brazo se afianzara contra el de ella, ofreciéndole un apoyo firme.

—¿Estás bien con esto?—murmuró él, comenzando a andar al paso de ella.

—Absolutamente —asintió Candice con una convicción que no dejaba lugar a dudas. Apoyó la cabeza brevemente en su hombro, cerrando los ojos por un segundo mientras el sonido de sus zapatos sobre la acera empedrada marcaba un ritmo constante—. Es extrañamente agradable. De hecho, es la primera vez en mucho tiempo que salgo a algún lugar que no sea bajo estricta vigilancia... o fuera de los límites de Luminous Alabaster.

Riddle se detuvo un instante, procesando el nombre antes de retomar la marcha. La miró con una curiosidad renovada, fijándose en cómo la luz del sol arrancaba destellos plateados de sus mechones.

—¿De ahí es de donde provienes? —preguntó él. Aunque conocía su expediente, darse cuenta de la realidad física de su origen era distinto—. Nunca te lo había preguntado formalmente. Había escuchado historias sobre esa ciudad, por supuesto. En los libros de geografía la describen como un enclave casi mítico, separado por esa inmensa cordillera de cuarzo blanco. Aunque, pensándolo bien, debí atar cabos mucho antes al ver el tono de tu cabello. Es el sello distintivo de los Alabastrinos, ¿verdad?

Candice asintió con un entusiasmo que iluminó su rostro, olvidando por un momento las sombras de su memoria.

—¡Tienes que ir conmigo algún día! Te encantará, estoy segura —admitió emocionada, apretando un poco más el brazo de Riddle contra el suyo—. Los habitantes pueden parecer un tanto serios al principio, casi tan rígidos con las etiquetas como tú cuando estás de mal humor — dijo divertida — pero en el fondo son personas muy amables. Y la ciudad... Riddle, la ciudad es un sueño de cristal durante la noche. Todo parece brillar con luz propia. Sería increíble poder llevarte a mis lugares favoritos, esos que veía desde lejos.

Riddle no pudo evitar que una sonrisa genuina, desprovista de cualquier rastro de severidad, se dibujara en su rostro.

—Me gustaría mucho conocerla —respondió él—. Si tú eres el ejemplo de lo que esa ciudad produce, entonces su reputación de elegancia es totalmente merecida.

Sin embargo, la chispa en los ojos de Candice se atenuó ligeramente. Su sonrisa se volvió algo más melancólica y su voz bajó un octavo, adquiriendo un tono apagado que hizo que Riddle se pusiera alerta.

—Aunque, siendo sincera... no puedo decirte que conozco cada rincón —confesó ella, mirando hacia el horizonte como si buscara las torres de cuarzo en la distancia—. Solo salía de casa escoltada por mi padre o rodeada de sirvientes para asistir a eventos benéficos o alguna ocasión especial de la alta sociedad. Mis "paseos" eran trayectos en carruajes cerrados, de un salón de baile a otro. Pero créeme cuando te digo que, incluso desde una ventana, es la ciudad más brillante y elegante que encontrarás jamás.

Riddle soltó una pequeña risita, una mezcla de ironía y comprensión.

—Eso no lo pongo en duda —reiteró Riddle. Su tono de voz bajó, volviéndose más denso, casi privado. Detuvo su caminata por un breve segundo para cubrir la mano de ella, que descansaba en su antebrazo, con la suya propia. El cuero de sus guantes se sintió cálido contra la piel de Candice—. Si la ciudad es solo la mitad de hermosa que la chica que proviene de ella, me temo que Luminous Alabaster dejaría en vergüenza a cualquier otro reino del mundo.

Candice sintió un vuelco en el corazón. No estaba acostumbrada del todo a que el que antes era el estricto líder de Heartslabyul soltara halagos tan directos. Un rubor encendido, del color de las rosas rojas, trepó por sus mejillas. Sin saber muy bien qué decir ante tal despliegue de galantería, apretó la cabeza contra su hombro, ocultando parte de su rostro en la tela de su uniforme mientras seguían andando.

—Definitivamente podría acostumbrarme a este lado tuyo —susurró ella, y aunque su voz era apenas un hilo, cargaba una honestidad aplastante—. Realmente quiero que conozcas todo de mí... lo bueno, lo malo y lo que aún me duele. Tanto como yo deseo conocer cada rincón de tu mente. Sin secretos, ¿de acuerdo?

Riddle apretó su agarre, una promesa silenciosa de que estaba dispuesto a recorrer ese camino con ella. Sin embargo, antes de que el momento se volviera demasiado solemne, Candice se tensó de emoción y se detuvo en seco, obligándolo a él a frenar con un ligero traspié.

—¡Bien, llegamos! —exclamó ella, cambiando radicalmente el aura de melancolía por una de pura alegría.

Se paró frente a una fachada encantadora que parecía sacada de un cuento ilustrado. Un enorme letrero de madera tallada colgaba sobre la entrada, balanceándose suavemente con la brisa, anunciando el nombre del lugar con letras elegantes y doradas. Varias cestas de mimbre rebosantes de flores silvestres colgaban de las vigas exteriores, derramando pétalos de colores sobre el empedrado y perfumando la entrada con un aroma dulce que se mezclaba con el olor a tostado que escapaba del interior.

Riddle alzó la vista, evaluando el lugar con su ojo crítico, aunque no pudo evitar que una chispa de aprobación brillara en sus ojos.

—Es... acogedor —admitió, acomodándose la chaqueta—. Debo decir que tienes buen gusto para los exteriores, Candice. Espero que el té esté a la altura de la decoración.

—Oh, este lugar es especial —sonrió Candice, y había una chispa de misterio en sus ojos que Riddle no alcanzó a descifrar a tiempo—. Vamos, entra conmigo. Alguien nos está esperando.

—¿Esperando? ¿De qué estás hablan…? —Riddle comenzó a hablar, pero sus palabras se desvanecieron en el aire en cuanto cruzaron el umbral.

El aroma a café recién molido y pasteles de canela, que debería haber sido acogedor, de pronto le resultó asfixiante. Sus ojos recorrieron las mesas de madera clara hasta detenerse en una figura femenina, sentada en el rincón más apartado y tranquilo del local. Era una silueta impecable, de una rectitud que él reconocería en cualquier lugar del mundo.

Riddle palideció, sintiendo cómo la sangre abandonaba su rostro. Miró a Candice, quien mantenía una calma absoluta, y luego volvió a mirar a su madre, que permanecía allí, como una estatua de autoridad esperando ser reclamada.

—Candice... ¿Qué significa esto? —su voz salió rota, apenas un susurro cargado de una confusión que rozaba el pánico—. ¿Por qué está ella aquí?

—Riddle, cielo, mírame. Por favor, escúchame —dijo ella con urgencia, atrapando ambas manos del joven entre las suyas. Sus palmas estaban frías, temblando ligeramente, y ella las apretó con firmeza para anclarlo al presente—. Sé perfectamente la situación entre tú y ella. Sé cuánto pesa ese silencio que llevan arrastrando. Pero ambos necesitan cerrar este círculo antes de que el tiempo lo convierta en algo irreparable.

—No estoy listo... —balbuceó Riddle, intentando soltarse, sus ojos fijos en la salida—. Candice, esto es demasiado. No sé si pueda enfrentarla ahora. Creo… creo que es mejor irnos, ahora mismo. Debemos... tenemos que regresar a Heartslabyul.

—Riddle... —lo frenó ella de golpe.

Con un movimiento lento y cargado de una ternura infinita, Candice soltó sus manos para acunar su mejilla, obligándolo a centrar su mirada en la de ella. El contacto pareció transmitirle un poco de la serenidad que a él le faltaba.

—No voy a dejarte solo en esto. Jamás —le prometió, con una intensidad que hizo que Riddle se detuviera—. Estaré justo aquí, en esa mesa de la esquina, lo suficientemente cerca para que me veas, pero lo bastante lejos para darles la privacidad que este momento exige. Pero no te abandonaré —su voz se quebró un poco, pero mantuvo la firmeza—. No lo haré, porque tú no me abandonaste.

Riddle tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta. El miedo seguía ahí, pero la calidez de la mano de Candice en su rostro era un escudo más fuerte.

—Ve —lo incitó ella con un hilo de voz, señalando con un suave movimiento de cabeza la mesa donde su madre, finalmente, había alzado la vista para encontrarse con la de su hijo—. Hazlo por ti, Riddle. Dile lo que has guardado todos estos años. 

Riddle comenzó a caminar hacia la mesa del fondo. A simple vista, cualquiera que lo viera pensaría que se dirigía a presidir un juicio o a impartir una lección de leyes; su espalda estaba perfectamente recta y su paso era rítmico, cargado de esa seguridad casi aristocrática que lo caracterizaba en los pasillos de Heartslabyul. Sin embargo, en el corto trayecto, sus dedos se cerraron en puños tan apretados que sus nudillos se tornaron blancos. En su rostro, la máscara de frialdad se resquebrajaba por momentos: sus ojos delataban un esfuerzo auténtico, casi agónico, por no dar media vuelta y huir hacia la salida.

Al llegar frente a ella, la realidad lo golpeó con la fuerza de un hechizo. Se detuvo y, siguiendo la etiqueta que se le había grabado a fuego desde la infancia, realizó una inclinación de cabeza precisa, ni un centímetro más ni uno menos de lo requerido por la cortesía.

—Madre —saludó Riddle con una voz que, milagrosamente, sonó firme, aunque por dentro sintiera que se desmoronaba.

Se sentó frente a ella, irguiéndose en su asiento con la rigidez de un soldado. Antes de fijar su vista en la mujer que le dio la vida, no pudo evitar mirar de reojo hacia atrás. Vio a Candice tomando asiento unas mesas más lejos; ella le dedicó una mirada cargada de un apoyo silencioso pero inquebrantable. Era su ancla en medio de la tormenta.

—Riddle —musitó la mujer, con una voz que conservaba la misma cadencia metódica y carente de calidez que él recordaba de sus peores pesadillas.

Ella dejó a un lado su taza de té sobre el plato de porcelana. El leve tintineo del cristal al chocar contra el plato resonó en los oídos de Riddle como un cañonazo en medio de una catedral. Su madre lo examinó de arriba abajo con una mirada analítica, como si estuviera buscando una falta en su uniforme o una mancha en su carácter. El silencio se prolongó lo suficiente para que Riddle sintiera que el aire de la cafetería se volvía denso, casi irrespirable.

—Te ves diferente —continuó ella, entrelazando sus manos sobre la mesa con una elegancia gélida—. Y, a juzgar por la carta que recibí y el lugar en el que nos encontramos, parece que también has desarrollado una inclinación por las decisiones... poco convencionales.

Riddle sintió un escalofrío. Sabía que se refería a Candice y al hecho de que él estuviera allí sin haber solicitado permiso formal, pero esta vez, al sentir el peso de la mirada de su madre, buscó instintivamente la figura de Candice en la distancia. El solo hecho de saber que ella estaba ahí, cuidando sus espaldas, le dio el valor para no bajar la vista.

—He venido a hablar sobre un par de cosas que me han estado inquietando todo este tiempo.

Su madre guardó silencio un segundo, arqueando una ceja con una elegancia gélida. Sus ojos, que siempre parecían estar evaluando un examen que nadie podía aprobar, recorrieron el rostro de su hijo buscando alguna señal de debilidad.

—¿Hablar? —repitió ella con un tono casi clínico—. Supongo que te refieres a tus progresos académicos en Night Raven College, entonces. He estado revisando tus calificaciones y, aunque son aceptables, hay ciertos márgenes de mejora en Alquimia que no deberías ignorar si pretendes mantener el prestigio de nuestro apellido.

Riddle sintió una punzada familiar en el pecho, ese antiguo deseo de disculparse por no ser perfecto. Pero entonces, divisó por el rabillo del ojo a Candice. Ella permanecía en su mesa, sosteniendo su taza con ambas manos, enviándole una mirada de aliento que decía: No cedas.

—No, madre. No se trata de mis notas ni de mis deberes como Líder de Dormitorio —sentenció Riddle, irguiéndose aún más en su asiento—. Es algo mucho más importante que eso.

La mujer soltó un suspiro corto, un gesto de impaciencia contenida que solía hacer que Riddle temblara de niño. Dejó la servilleta de lino sobre la mesa con una precisión milimétrica.

—¿Mucho más importante? —preguntó ella, y su voz adquirió un filo cortante—. Riddle, hijo mío, ¿qué puede ser posiblemente más importante en este mundo que tu futuro? ¿Qué hay por encima de la formación de tu carácter y la excelencia de tu carrera? No me digas que has malgastado mi tiempo para hablar de trivialidades sentimentales.

Riddle apretó los puños bajo la mesa. La presión era inmensa, pero por primera vez en diecisiete años, el silencio no era de sumisión, sino de preparación.

—Ha sido difícil, madre. Más de lo que alguna vez te atreviste a imaginar —respondió Riddle. Su voz, usualmente clara y autoritaria, vibró en el aire cargada de un resentimiento que había permanecido oculto tras años de obediencia ciega—. Durante diecisiete años, mi única meta fue que te sintieras orgullosa de mí. Por ese deseo, permití que manipularas cada fibra de mi vida, que dictaras mis horas de sueño, mis alimentos y hasta mis amistades. No hubo un solo día en el que no me asfixiara tratando de ser el hijo perfecto para complacerte.

La mujer no se inmutó. Su rostro permaneció como una máscara de porcelana fría, imperturbable ante el dolor de su hijo. Se limitó a alisar una arruga invisible en el mantel con la punta de los dedos.

—Sabes perfectamente que todo eso era necesario, Riddle —respondió ella con una lógica aplastante y desprovista de emoción—. El mundo no perdona la mediocridad. Si te hubiera dejado hacer lo que quisieras, si te hubiera permitido desperdiciar tu potencial en juegos y distracciones, ¿crees que estarías donde estás ahora? ¿Crees que ostentarías el liderazgo de un dormitorio tan prestigioso? Todo fue por tu bien.

Riddle sintió un escalofrío, pero esta vez no era de miedo, sino de una indignación gélida. Levantó la vista y clavó sus ojos en los de su madre con una mirada glacial que incluso a ella la hizo retroceder imperceptiblemente en su asiento.

—¿Tienes idea de lo que provocaron tus reglas estrictas en el mundo real? —le reprochó, y su voz subió un tono, cargada de una urgencia casi desesperada—. Tus constantes correcciones y ese perfeccionismo enfermizo que me grabaste a fuego casi provocan una tragedia irreparable. Por seguir tus pasos, por castigar a quienes no cumplían con "la norma", casi provoco la muerte de un estudiante.

Riddle apretó los dientes, evitando mencionar el nombre de Candice. No quería que su madre manchara con sus juicios la figura de la mujer que estaba sentada a unas mesas de distancia, la misma que le había dado la fuerza para estar allí.

—Me convertiste en un monstruo que no conocía la piedad o la empatía, madre. Casi destruyo la vida de una persona inocente solo porque no encajaba en las leyes. ¿Eso también era "por mi bien"? ¿Convertirme en alguien capaz de herir a quienes más me importan?

El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Riddle respiraba agitado, sintiendo cómo el peso que llevaba en el pecho empezaba, finalmente, a aligerarse.

 

El silencio que siguió a las palabras de Riddle no fue el habitual silencio de sumisión que solía reinar en su casa. Era un vacío pesado, cargado de una verdad que ni siquiera la mujer más estricta del Reino de las Rosas podía ignorar.

La madre de Riddle, que hasta ese momento mantenía una postura de hierro, dejó de alisar el mantel. Sus dedos se quedaron quietos, casi rígidos. Por un instante, el brillo gélido de sus ojos se nubló. No fue un llanto, ni un grito, sino algo mucho más sutil: una vacilación en su mirada, como si el mapa perfecto que había trazado para la vida de su hijo acabara de mostrar un abismo que ella no previó.

—¿La muerte de un estudiante? —repitió ella. Su voz, siempre tan melódica y controlada, flaqueó en la última sílaba—. Riddle, eso es... una exageración dramática. Tú siempre has sido un joven responsable. Mis métodos estaban diseñados para prevenir el caos, no para crearlo.

—No es una exageración, madre —sentenció Riddle, y esta vez no hubo rastro de duda en él—. Perdí el control. Mi magia, esa misma que tú te encargaste de pulir con castigos y horarios de estudio de diez horas, se volvió contra mí y contra todos los que me rodeaban. De no ser por la intervención de un estudiante… — tragó saliva al recordar el colapso de Candice — eso habría podido terminar en una tragedia.

La mujer bajó la vista hacia su taza de té, que ahora se veía pequeña y frágil entre sus manos. Por primera vez en diecisiete años, hubo una chispa de duda. Sus labios se apretaron en una línea fina, pero esta vez no era de desaprobación, sino de una realización amarga.

—Yo solo... —comenzó ella, y su voz sonó extrañamente pequeña en la inmensidad de la cafetería—. Quería que fueras invulnerable. El mundo es cruel con los que cometen errores, Riddle. Pensé que si te hacía perfecto, nadie podría lastimarte… nunca. Jamás imaginé que la armadura que te puse terminaría asfixiándote.

Riddle la observó con una mezcla de tristeza y alivio. Ver a su madre dudar era como ver una montaña moverse; era aterrador, pero también le daba la libertad que tanto ansiaba.

 

—No lo hizo. Esa perfección solo me aisló del resto, en Heartslabyul, todos me temían; nadie me respetaba por quién era, sino por el miedo a ser castigados. Estaba rodeado de gente y, sin embargo, nunca estuve más solo. —dijo Riddle con suavidad, pero con una firmeza renovada—. Y fue una de las personas a las que casi lastimo quien me enseñó que el puesto de líder, es mucho más que solo dictar órdenes.

Riddle volvió a mirar a su madre. Sus ojos, antes nublados por el protocolo, ahora ardían con una honestidad brutal.

—Nunca tuve el valor de decírtelo, pero... odiaba ser el mejor —confesó, y la palabra "odiar" resonó en la cafetería como un cristal rompiéndose—. Odiaba despertarme cada mañana sabiendo que mi valor como ser humano dependía de una evaluación perfecta. Odiaba tener que reprimir el deseo de correr y jugar con otros niños solo porque no estaba en el horario. Odiaba mirar los escaparates de las pastelerías y tener que convencerme de que una tarta de fresas era un pecado contra mi salud.

A medida que las palabras salían de su boca, la armadura de Riddle se desmoronaba por completo. Su voz comenzó a quebrarse, perdiendo la firmeza del líder para recuperar el timbre del niño herido que siempre habitó en su interior.

—Odiaba tener que dejar de lado mi niñez para convertirme en el verdugo al que todos temen —continuó, con las lágrimas asomando finalmente en el borde de sus párpados—. Me robaste los años en los que debía equivocarme. Me obligaste a ser un adulto antes de que pudiera aprender a ser un niño. Y ya no puedo más... no tolero más ser perfecto.

El silencio que siguió fue absoluto. Riddle bajó la mirada hacia sus manos, que ahora temblaban sin control sobre la mesa. Había dicho lo indecible, había roto la ley suprema de su casa, y por primera vez en su vida, se sentía extrañamente ligero, como si finalmente hubiera dejado de cargar el peso de todo el Reino de las Rosas sobre sus hombros.

El silencio que siguió al estallido de Riddle fue absoluto, roto únicamente por el sonido de su respiración entrecortada y el leve temblor de sus hombros. La madre de Riddle se quedó petrificada. Sus ojos, siempre analíticos y severos, recorrieron el rostro de su hijo, deteniéndose en las lágrimas que finalmente habían traicionado la compostura del joven líder.

Por primera vez en su vida, ella no vio a un estudiante destacado, ni a un futuro médico, ni al sucesor de un legado. Vio a un niño de ocho años atrapado en el cuerpo de un joven de diecisiete. Vio el vacío que ella misma había cavado con cada regla, con cada tarta prohibida y con cada hora de estudio impuesta.

Lentamente, como si sus propios movimientos le resultaran ajenos, ella estiró la mano. Sus dedos rozaron los de Riddle sobre la mesa, y al sentir la frialdad de su piel y su temblor incesante, algo dentro de ella —una estructura de décadas de orgullo y rectitud— se derrumbó con un estrépito silencioso.

—Riddle... —susurró. Ya no era la voz de la doctora Rosehearts; era la voz de una madre que acababa de darse cuenta de que había estado matando el espíritu de su propio hijo para "salvarlo".

Sin previo aviso, ella se levantó de su asiento. Con una torpeza que delataba lo poco acostumbrada que estaba al afecto físico, rodeó la mesa y se arrojó hacia él. Riddle se tensó por puro instinto, esperando un reproche o un castigo por su "falta de control", pero lo que recibió fue el calor de unos brazos que lo rodeaban con una desesperación contenida.

—Perdóname... Oh, Riddle, perdóname —murmuró ella contra su cabello, y por primera vez, él sintió la humedad de las lágrimas de su madre mojando su uniforme—. Pensé que te estaba preparando para enfrentar el mundo, pero solo logré que el mundo fuera cruel contigo antes de tiempo. — sollozó — No quería que me odiaras, solo quería que tuvieras un futuro prometedor. Perdóname hijo.

Riddle se quedó inmóvil por un segundo, con los ojos muy abiertos, procesando el contacto que le había sido negado durante tanto tiempo. Poco a poco, sus manos, que antes estaban apretadas en puños, subieron para aferrarse a la espalda de su madre. Escondió el rostro en su hombro y dejó que el llanto fluyera libremente, soltando años de soledad acumulada.

A unas mesas de distancia, Candice observaba la escena con el corazón en un puño. Sintió un nudo en la garganta y una calidez que le recorrió el pecho; la carta, el riesgo, el miedo... todo había valido la pena. Se permitió sonreír con suavidad, limpiándose una lágrima solitaria mientras veía cómo Riddle, finalmente, comenzaba a sanar la herida más profunda de su corazón.

La chica se tomó un momento para respirar. Ver a Riddle abrazado a su madre, rompiendo ese ciclo de hielo que parecía eterno, era la victoria más dulce que podía haber imaginado. Con paso lento y una elegancia natural que recordaba a las frías pero hermosas calles de Luminous Alabaster, se levantó de su mesa y se acercó a ellos.

Al sentir una presencia cercana, la madre de Riddle se separó ligeramente de su hijo, recuperando un poco de su compostura, aunque sus ojos aún estaban enrojecidos y su mano seguía apretando el hombro de Riddle como si temiera que él se desvaneciera.

—Madre... —Riddle se limpió apresuradamente el rastro de las lágrimas, aunque su voz aún sonaba pastosa—. Hay alguien a quien quiero presentarte.

Candice se detuvo frente a la mesa. No mostró arrogancia ni timidez; se mantuvo erguida, con esa serenidad plateada que la caracterizaba. Realizó una reverencia perfecta, una muestra de respeto que su padre le había inculcado, pero sus ojos brillaban con una calidez humana que ninguna regla de etiqueta podía enseñar.

—Señora Rosehearts —dijo Candice con voz clara y melodiosa—. Es un honor conocerla al fin en persona. Mi nombre es Candice Lidell.

La madre de Riddle la observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos expertos analizaron cada detalle: el cabello blanco como el cuarzo, la firmeza de su mirada y, sobre todo, la forma en que Riddle buscó instintivamente la mano de la joven en cuanto ella estuvo cerca. La mujer mayor reconoció de inmediato el nombre de la carta que había recibido días atrás.

—Así que tú eres la joven de la carta —dijo ella, con una voz que, aunque recuperaba su tono educado, ya no tenía ese filo cortante de antes—. Admito que su contenido fue... inquietante. Una audacia que no esperaba de alguien que no pertenece a nuestra familia.

—Sé que mi intervención fue atrevida —respondió Candice, sosteniendo la mirada con suavidad—, pero Riddle es alguien por quien vale la pena arriesgarlo todo. — dijo sin vacilar apretando la mano de su novio — Yo solo quería… que lo viera de la forma en la que yo lo veo. — sus ojos brillantes desplazándose hacia los de Riddle. — Riddle es muy importante para mí.

Riddle devolvió el apretón de la mano de Candice, entrelazando sus dedos con fuerza frente a su madre. Fue un gesto sencillo, pero cargado de un simbolismo enorme: era su declaración de independencia y de pertenencia al mismo tiempo.

—Candice es la mujer ideal para mí, madre—murmuró Riddle, mirando a Candice con una devoción que no necesitaba palabras—. Me enseñó a ser un mejor líder, y un mejor amigo. — dijo con emoción — gracias a ella evité caer en Overblot. Le debo mi vida, madre. Le debo todo lo que soy ahora.

La señora Rosehearts contuvo el aliento, mirando las manos entrelazadas de los jóvenes. Por primera vez, una pequeña y casi imperceptible sonrisa de resignación y agradecimiento cruzó su rostro.

—Parece que mi hijo finalmente ha encontrado a alguien que ha sido capaz de enseñarle mucho mejor que yo—admitió la mujer, haciendo un gesto para que Candice tomara asiento con ellos—. Por favor, señorita Lidell, siéntese. Me temo que tengo muchas preguntas para ambos... y sospecho que el té no será suficiente para todas las historias que necesito escuchar.

Notes:

Me alegra mucho haberle dado un cierre al sufrimiento de Riddle, su reina lo ha cambiado por completo, pero tenía que cerrar ciclos.

Además, pudimos explorar un poco más sobre él origen de Candice. ¿Tenían idea de que era Alabastrina? Algunos detalles de esta ciudad, es que todos sus habitantes tienen el cabello color blanco y la piel clara, de ahí las características físicas de Candice.

Sí quieren ver algún otro momento especial de esta pareja o quieren saber algo más, solo tienen que comentar y yo accederé encantada.

Y por cierto, ¡Vayan a leer la siguiente historia!: "La Dosis Perfecta" está vez, nuestro querido Vil será quien protagonice la historia, espero les guste, ya que es mi tercera pareja favorita O/////O.

Notes:

Espero les haya gustado el personaje de Candice Lidell, debo decir, que es el personaje al que más le he tomado cariño, pues fue el primero que creé. Y por si no se dieron cuenta, sí, Candice Lidell está inspirada en La Reina Blanca del Live Action de Alicia en el país de las maravillas.

¡Besos a todos! Esperen el siguiente capítulo